VANINA VANINI seguido de LOS CENCI

 

                                                                                         Stendhal

 

Stendhal comparte con Flaubert y Balzac la cumbre máxima de la narrativa francesa del siglo XIX, además de una posición por demás resaltante de la literatura occidental de todos los tiempos.

Henry-Marie Beyle, que adoptaría el seudónimo de “Stendhal” para firmar sus obras literarias, nació en Grenoble, Francia, el 23 de enero de 1783, en una familia acomodada (el padre era abogado en la Audiencia Provincial). A los siete años quedó huérfano de madre, y bajo la autoridad de su padre –quien no le tenía especial simpatía-, y de una tía, tuvo una educación social y religiosa que iría desechando con el paso del tiempo. La influencia de su abuelo materno, médico, a quien admiraba casi incondicionalmente, también gravitó de manera especial en su formación, seguramente como un dique depurador de la ideología burguesa de la época. La leyenda le atribuye haber celebrado en la niñez la ejecución del rey de Francia e, incluso, el encarcelamiento de su padre por asumir la defensa del sistema monárquico.

Sus estudios los realizó en su ciudad natal -donde obtuvo un primer premio en matemáticas-. A los dieciseis años viajó a París para ingresar en el Politécnico, pero una enfermedad circunstancial le impidió presentarse a los exámenes.

Gracias al apoyo de un pariente lejano, Pierre Daru, que siempre estuvo dispuesto a ayudarlo, ingresó a trabajar en el Ministerio de Defensa. Al año siguiente, como subteniente de los dragones, fue incorporado al ejército de Napoleón, actuando en la retaguardia como ayudante del general Michaud, a quien también sirvió en 1880 en la llamada “Campaña de Italia”.

Esta breve y peculiar estancia en Italia, fue suficiente para convertirlo en un profundo admirador del país, su cultura y sus mujeres. Sin embargo, a pesar de este súbito amor, tuvo que regresar a París, donde renunció al poco tiempo del ejército y pasó a prestar servicios en la administración imperial, gracias también al apoyo de Daru.

Es a partir de esta estada en París que comienza en verdad la vida que Stendhal desea vivir y realmente vive. Feo, gordo, bajo, sin recursos económicos, su única arma para lucir en los salones y en los teatros será un ingenio superior, que él de continuo pule y hace brillar en sociedad. Permanentemente enamorado, su vida transcurre gozando al máximo esta tan famosa monotonía chispeante del París del siglo XIX.

En 1814, a la caída de Napoleón, se exilía voluntariamente a Milán, donde fija por varios años su residencia. Realiza diversos viajes por la península italiana, escribe críticas de arte y publica, utilizando por primera vez el seudónimo de Stendhal, Roma, Nápoles y Florencia (1817), una indudable declaración de amor a Italia y un trabajo brillante en que mezcla opiniones artísticas con experiencias personales.

En 1821 es expulsado de Italia, acusado de espía y de apoyar al movimiento independentista. Viaja a Londres y regresa a París, donde vuelve a frecuentar salones y teatros, y se mantiene de manera precaria, gracias a los pagos por sus colaboraciones periodísticas, en especial en publicaciones inglesas.

Por estos años, ya la producción literaria de Stendhal es numerosa. Trae tras él, además de Roma, Nápoles y Florencia (1817), unas Vidas de Haydn, Mozart y Metastasio (1815), Historia de la pintura en Italia (1817) y Vida de Napoleón (1817), y agrega en esa época parisina Racine y Shakespeare (1823), Vida de Rossini (1823), y dos libros que comenzarán ya a marcar la genialidad de quien escribe: Sobre el amor (1822), Armancia (1826).

Con excepción de estos dos últimos libros, en esta peculiar bibliografía se basa la fama de Stendhal de haber saqueado a diestra y siniestra, desde papeles históricos a periódicos contemporáneos, la información, los argumentos e incluso frases enteras. Muchos de sus cuentos y de sus novelas cortas ambientadas en Italia, entre ellos Vanina Vanini (1829) y Los Cenci, partieron de historias pertenecientes a la cultura italiana y de las que ya existían varios testimonios que él aprovechó (Stendhal alguna vez dijo que lo que a él le interesaba era contar cómo se reflejaban en él los argumentos y no los argumentos por los argumentos).

En 1830, antes de iniciar sus actividades como cónsul en Trieste, publica una de sus obras más renombradas y de la que existen muy pocas dudas, o ninguna, para clasificarla de genial: Rojo y negro, novela sobre la sociedad francesa de la Restauración, en el que ya sobresale el estilo “realista” de la narración (“el espejo en el camino”) y el análisis psicológico de los personajes.

En 1831, se le cambia de destino por no ser aceptado por la administración austriaca, y se le nombra en Civitavecchia, ciudad portuaria en la que la única ventaja para él es la proximidad a Roma. Ahí permanecerá durante cuatro años. En 1836, obtiene un permiso de tres meses para trasladarse a París, que en realidad se convertirán en tres años.

Pero los años en Civitavecchia no fueron estériles para la literatura: publicó La Cartuja de Parma (1839), su segunda obra genial, y dejó inconclusas las novelas Lamiel (1889), Vida de Henry Brulard (1890) y Lucien Leuwen (1894), y también sus tan personales Recuerdos de egotismo (1893). Además, escribió los cuentos que póstumamente formarían las Crónicas italianas.

En 1841, Stendhal tiene el primer ataque de apoplejía y se le concede permiso para regresar a París a recuperarse. El 22 de marzo de 1842, sufre un nuevo ataque mientras caminaba por las calles de París, y de inmediato es trasladado a su casa, en donde fallece en la madrugada del día siguiente. En la lápida de su tumba en Montmartre se escribió el epitafio que dejó apuntado: “Arrigo Beyle, milanese. Scrisse, amò, visse Ann. LIX M. II. Mori il XXIII marzo MDCCCLII” (Henry Beyle, milanés. Escribió, amó, vivió 59 años, 2 meses. Murió el 23 de marzo de 1842).

En la leyenda sobre Stendhal, se halla su absoluta seguridad de que alrededor de 1890 se le podría comprender, lo cual resultó cierto, pues en torno a esa fecha se publicaron sus trabajos inéditos y se revalorizó su obra publicada; también se reconoció que sólo el amor y la literatura fueron sus intereses vitales; sobre esto,  Ortega escribió que en realidad Stendhal ni amó ni fue amado, la suya fue “una vida llena de falsos amores”, quizá refiriéndose a la lista de las doce amantes que anotó Stendhal para la posterioridad.

Más incisivo aún es el juicio final de Carlos Pujol sobre la vida de Stendhal: “Vive en perpetua fuga de sí mismo, elaborándose una vida ideal que es el reverso de la mediocridad de su existencia; el origen oscuro, un aspecto físico poco atractivo, la pobreza, un currículum vitae anodino, el vegetar siempre en puestos secundarios (cónsul en la diminuta y aburrida Civitavecchia desde 1831), sin que casi nadie valorara la importancia de su obra, todo eso desaparece bajo el retrato de un dandy orgulloso y displicente, hipersensible, alma noble y ambiciosa que está por encima del bien y del mal en pugna con la sociedad ruin.”

 
***

Un gran conocedor de la obra de Stendhal fue G.T de Lampedusa, el autor de El gatopardo. Ambos tenían algo en común: escribir al margen de su tiempo, sabiendo que el reconocimiento de su obra se produciría tardíamente. Stendhal lo situó casi a medio siglo de sus días; Lampedusa no lo pronóstico, pero su fama también fue póstuma: al año siguiente al de su fallecimiento (1957), el mundo cultural se estremeció con la publicación, y el éxito inmediato de su gran novela.

Por esto, en la elección de los textos de esta edición de Stendhal, me he basado en el juicio de Lampedusa, a quien cito con largueza:

“De hecho, en este mismo año de 1826 nos encontramos, por vez primera, con un Stendhal que es el autor de una obra exclusivamente narrativa. Él tenía 43 años y evidentemente estimaba haber acumulado bastantes experiencias para estar en grado de proyectarlas hacia el exterior. Debía de pensar en esto cuando comenzó a escribir Vanina Vanini; pero no estaba convencido de ello cuando hubo completado su redacción. De hecho, este cuento se quedó en el cajón durante varios años y fue publicado solamente como una de las Chroniques italiennes.

Ya he dicho que la forma del cuento no cuaja en Stendhal: en él es imposible, entre otras razones, a causa de la brevedad de la acción, del logro de fundir la triple personalidad del autor, del protagonista y del lector; fusión que constituye el “séptimo cielo” del arte stendhaliano. Además, en un cuento es indispensable que exista un plan preconcebido y riguroso.

Son observaciones, en mi opinión, verdaderas e irrefutables, destinadas sin embargo a hundirse ante la irrefutable irracionalidad de la obra de arte. Stendhal no se encuentra a gusto cuando escribe cuentos. Es indudable. Sin embargo, Vanina Vanini es una obra maestra.

Dispersando triunfalmente “les noirs vols du blasphème épars dans le futur”, el autor ha encontrado un argumento completamente suyo y de rara belleza: los celos de una mujer por una idea. Y este asunto ha sabido tratarlo de manera muy incisiva, con una ansiedad rápida y cruel. No existe ni una sola línea que no sea indispensable para el tema; la sátira social, la admiración por la pasión, el culto a la personalidad, la milagrosa descripción del tiempo y del ambiente, todo ha sido relatado en un número de páginas que a Balzac sólo le hubiera bastado para describir al portero de la casa de los Vanini.

En este cuento aparecen todos los temas que pronto tendrán un desarrollo pleno: la figura de Vanina, la orgullosa, primero enamorada y luego nuevamente orgullosa, es algo más que un esbozo de la que será Matilde de la Mole; un esbozo que, como frecuentemente sucede en pintura, vale más que el retrato acabado; nos anuncia incluso toda la atmósfera desleída en melancolía, en voluntad y en desengaño que se evidencia en la Chartreuse. Y en ella se da la conclusión, poéticamente sincopada, de las grandes obras.

No es que Vanina Vanini esté libre de defectos, el principal de los cuales es una cierta carga de las tintas en algunas escenas (la última, por ejemplo, y quizá también la del Monseñor), imputables al gusto romántico del tiempo, y que por lo demás no logrará perturbar el magnífico y robusto diseño de tanta energía desencadenada. He releído este cuento ayer por la noche. Luego me carcomía pensando: “Así es necesario escribir”, y reflexionaba a continuación sobre el hecho de que esto se halla al alcance de pocos, porque para escribir de esta manera es preciso tener a disposición de uno más ideas que palabras. De hecho, con frecuencia, en Vanina Vanini cada línea es al mismo tiempo una revelación espiritual, acción y pintura.

Cuando una poeta juzga insuficientemente una obra así y la conserva guardada en un cajón durante muchos años, quiere decir que se siente semejante a los máximos autores." 

Más adelante, en otro capítulo, Lampedusa analiza las Chroniques italiennes, y luego de observar que Stendhal las publicó como traducciones en la Revue des Deux-Mondes, califica esta modestia como una mistificación, pues son obras ori-ginales aunque estén basadas en viejas crónicas.

Sobre el segundo cuento o novela corta de esta selección, dice:

Les Cenci está plenamente lograda, porque se halla enteramente construida sobre una sensación: la estética-sentimental que el autor siente ante el supuesto retrato de Beatrice Cenci, que en aquellos tiempos era admiradísimo y que se atribuía a Guido Reni. (Ahora se encuentra en la Galería Corsini y son pocos los que le prestan atención.) Esta cabeza de una joven “dans laquelle la passion c’est changée en douleur”, conmovió profundamente al escritor, y la crónica acerca del proceso que se le hizo a ella y a sus hermanos, le sirvió solamente de pentagrama sobre el cual escribir las notas de su emoción.

Sin la menor duda, las obras geniales de Stendhal son El rojo y el negro y La cartuja de Parma, pero a juicio de Lampedusa, también debería considerarse como una obra genial a Vanina Vanini, y darle a Los Cenci la categoría de obra de primer orden.

 

Soler de Terrades, Moía, 2008.

 


VANINA VANINI
  Particularidades sobre la última vendetta

de carbonarios descubierta en los estados del Papa

 

 

Era una noche de primavera de 182... Toda Roma estaba en movimiento: el duque de B., el famoso ban­quero, daba un baile en su nuevo palacio de la plaza de Venecia. Para embellecimiento del mismo, se había reunido en él todo lo más espléndido que el lujo de Pa­rís y de Londres puede producir. La concurrencia era inmensa. Las rubias y circunspectas beldades de la no­ble Inglaterra habían recabado el honor de asistir a aquel baile; llegaban en gran número. Las mujeres más hermosas de Roma les disputaban el trofeo de la belle­za. Acompañada por su padre, llegó una joven a la que el fuego de sus ojos bellísimos y su cabello de ébano pro­clamaban romana. En toda su apostura, en todos sus gestos, trascendía un singular orgullo.

Los extranjeros que iban llegando se quedaban asombrados ante la magnificencia de aquel baile. “Ninguna fiesta de un rey europeo se puede compa­rar con esto, decían. Los reyes no tienen un palacio de arquitectura ro­mana y se ven obligados a invitar a las grandes damas de su corte, mientras que el duque de B. no invita más que a las mujeres bonitas.”

Aquel día tuvo suerte en su fiesta; los hombres estaban deslumbrados. Entre tantas mujeres hermosas, hubo que decidir cuál era la más bella: la elección no fue rápida, pero al fin quedó proclamada reina del baile la princesa Vanina, aquella joven de cabello negro y ojos de fuego. De inmediato los extranjeros y los jó­venes romanos abandonaron todos los demás salones y se aglomeraron en el que estaba ella.

El príncipe, don Asdrúbal Vanini, quiso que los primeros bailes de su hija fuera con dos o tres reyes sobe­ranos de Alemania. Después, Vanina aceptó las invita­ciones de algunos ingleses muy buenmozos y muy nobles, pero su porte tan estirado la fastidió. Al pare­cer, le divertía más mortificar al joven Livio Savelli, que parecía muy enamorado. Era el joven más brillan­te de Roma y, además, también él era príncipe; pero si le dieran a leer una novela, a las veinte páginas la tira­ría diciendo que le daba dolor de cabeza. Esto era para Vanina una desventaja.

A medianoche se difundió por el baile una noticia que suscitó bastante interés. Esa misma noche, un joven carbonario que estaba preso en el fuerte de Sant'Angelo acababa de fugarse, disfrazado, y, con un alarde de audacia romancesca, al llegar al último cuerpo de guardia de la prisión, atacó a los soldados con un puñal, pero resultó herido; los esbirros lo buscaban por las calles siguiendo el rastro de su sangre, y se espe­raba que lo atraparían.

Mientras contaban esta anécdota, don Livio Savelli, deslumbrado por las gracias y los triunfos de Vani­na, con la que acababa de bailar, le decía, al acompa­ñarla a su sitio y casi loco de amor:

-Pero, por Dios, ¿quién puede conquistar su agrado?

-Ese joven carbonario que acaba de fugarse -le contestó Vanina-. Por lo menos ha hecho algo más que tomarse el trabajo de nacer.

El príncipe don Asdrúbal se acercó a su hija. Es un hombre rico que lleva veinte años sin hacer cuen­tas con su administrador, el cual se beneficia prestando sus rentas a un interés muy alto. Cualquiera que lo en­cuentre en la calle lo tomará por un viejo actor, sin ob­servar que lleva en las manos cinco o seis anillos muy grandes con unos dia- mantes gruesísimos. Sus dos hijos se hicieron jesuitas y al poco tiempo murieron locos. El padre los ha olvidado, pero le fastidia mucho que su hija única, Vanina, no quiera casarse. Tiene ya diecinueve años y rechaza candidatos brillantísimos. ¿Por qué ra­zón? Por la misma que tuvo Sila para abdicar: su des­precio por los romanos.

Al día siguiente del baile, Vanina observó que su padre, el más negligente de los hombres y que jamás se había tomado el trabajo de agarrar una llave, cerraba con mucho cuidado la puerta de una pequeña escalera que subía a unas habitaciones situadas en el tercer piso del palacio. Esas habitaciones tenían unas venta­nas que daban a una terraza con naranjos. Vanina sa­lió a hacer unas visitas en Roma; al volver a casa se en­contró con que la puerta principal estaba cerrada por los preparativos de una instalación de luz, y el coche en­tró por el patio de atrás. Vanina miró hacia arriba y le extrañó que estuviera abierta una de las ventanas del piso que con tanto cuidado había cerrado su padre. Se alejó de su dama de compañía, subió a los desvanes del palacio y a fuerza de buscar dio con una ventanita enrejada que daba a la terraza de los naran­jos. La ventana abierta que le había llamado la aten­ción estaba a dos pasos. No cabía duda: en aquella ha­bitación había alguien, pero ¿quién? Al día siguiente, Vanina consiguió la llave de una pequeña puerta que daba a la terraza de los naranjos.

Se acercó en silencio a la ventana, que continuaba abierta. Una persiana impedía que la vieran desde den­tro. Al fondo de la habitación había una cama y en la cama una persona. Su primera reacción fue retirarse, pero vio en una silla un vestido de mujer. Mirando me­jor a la persona que estaba en la cama, observó que era rubia y que parecía muy joven. Ya no dudó de que esa persona fuera una mujer. El vestido que estaba en la silla tenía manchas de sangre, lo mismo que los zapatos femeninos que se veían sobre la mesa. La desconocida hizo un movimiento y Vanina se dio cuenta de que estaba heri­da. Le cubría el pecho una gran franja de tela mancha­da de sangre, y aquella franja estaba sólo atada con dos cintas; no era un médico quien así se la había puesto.

A partir de entonces, Vanina observó que todos los días, a eso de las cuatro, su padre salía de sus habitaciones y subía a ver a la desconocida; luego bajaba y se iba a casa de la condesa Vitteleschi. Nada más irse, Vanina subía a la pequeña terraza desde donde podía ver a la desconocida. Su sensibilidad estaba muy interesada por aquella joven tan desgraciada; intentaba adivinar su aventura. El vestido ensangrentado que es­taba sobre la silla mostraba cortes de varias puñaladas. Vanina podía contar los desgarrones. Un día vio mejor a la desconocida: tenía los ojos, azules, fijos en el cielo. La joven princesa tuvo que esforzarse mucho para evitar hablarle. Al día siguiente, Vanina se atrevió a escon­derse en la pequeña terraza antes de que llegara su padre. Vio a don Asdrúbal entrar en la habitación de la desconocida. Llevaba una pequeña cesta con provisiones. El príncipe parecía preocupado y no dijo gran cosa. Ade­más, hablaba tan bajo que, aunque la puerta-ventana estaba abierta, Vanina no pudo oír sus palabras. El príncipe se marchó enseguida.

“Muy terrible tiene que ser lo que le pasa a esta pobre mujer -pensó Vanina- para que mi padre, con su carácter tan despreocupado, no se fíe de nadie y se tome la molestia de subir todos los días veinte esca­lones.”

Un día, Vanina acercó un poco más la cabeza a la ven­tana de la desconocida y, al encontrarse sus miradas, se descubrió todo. Vanina cayó de rodillas y exclamó:

-La quiero; cuente conmigo.

La desconocida le hizo seña de que entrara.

-Le pido mil perdones -se disculpó Vanina-. ¡Qué ofensa debe de parecerle mi curiosidad! Le juro que guardaré el secreto y que si me lo exige no volve­ré más.

-¿Quién no se sentiría feliz al verla? -dijo la desconocida-. ¿Vive usted en este palacio?

-¡Claro que sí! Usted no me conoce: soy Vanina, la hija de don Asdrúbal.

La desconocida la miró con gesto de sorpresa, se sonrojó vivamente y añadió:

-Dígnese permitirme esperar su venida todos los días, pero por ahora desearía que el príncipe no se enterase de sus visitas.

A Vanina le palpitaba con fuerza el corazón. Las maneras de la desconocida le parecían sumamente dis­tinguidas. Sin duda aquella pobre muchacha había ofendido a algún hombre poderoso. ¿No habría matado a su amante en un arrebato de celos? Vanina no podía atribuir su desgracia a una causa vulgar. La descono­cida le dijo que tenía una herida en la espalda porque había recibido una puñalada que le había llegado al pecho y le dolía mucho; incluso a veces se le llenaba la boca de sangre.

-¡Y no la ha visto un médico!

-Ya sabe usted que en Roma -dijo la desconoci­da- los médicos tienen que dar parte a la policía de todos los heridos que atienden. El príncipe se dignó vendarme las mías con este lienzo.

La desconocida evitaba con una naturalidad per­fecta compadecerse de su accidente; Vanina la quería ya con locura. Pero a la joven princesa le chocó mucho una cosa: que en una conversación evidentemente tan seria, a la desconocida le costara tanto trabajo conte­ner unas repentinas ganas de reír.

-Me gustaría mucho -le dijo Vanina- saber su nombre.

-Me llamo Clementina.

-Bueno, querida Clementina, mañana a las cinco vendré a verla.

Al día siguiente, Vanina encontró muy mal a su nueva amiga.

-Le voy a traer un médico -le dijo al besarla cuando la saludaba.

-Prefiero morir -dijo la desconocida-. ¿Cómo voy a comprometer a mis bienhechores?

-El médico de monseñor Savelli-Catan- zara, go­bernador de Roma, es hijo de un criado nuestro -re­plicó vivamente Vanina-. Nos es muy adicto y, por su posición, no teme a nadie. Mi padre no hace justicia a su fidelidad. Voy a llamarle.

-No quiero ningún médico -exclamó la desco­nocida con una energía que sorprendió a Vanina-. Venga a verme mañana, y si Dios ha de llamarme a él, moriré dichosa en brazos de usted.

Al día siguiente, la desconocida se encontraba en peor estado de salud.

-Si me quiere -le dijo Vanina al marcharse-, permitirá que la vea un médico.

-Si viene, se acabó mi felicidad.

-Voy a mandar a buscarlo -insistió Vanina.

La desconocida, sin decir nada, la detuvo, le cogió la mano y se la besó una y otra vez. Por fin la soltó y, como quien va camino a la muerte, le dijo:

-Tengo que hacerle una confesión. Anteayer mentí diciéndole que me llamaba Clementina: soy un desventurado carbonario...

Vanina, estupefacta, se levantó y retiró su silla.

-Bien me doy cuenta -prosiguió el carbonario- de que esta confesión me va a hacer perder el único bien que me une a la vida; pero engañarla es indigno de mí. Me llamo Pedro Missirilli y tengo diecinueve años. Mi padre es un pobre médico de Sant'Angelo in Vado y yo soy carbonario. Sorprendieron a nuestra vendita, y a mí me llevaron encadenado de la Romaña a Roma. Allí estuve trece meses en un calabozo alumbra­do noche y día con una lamparilla. A un alma caritati­va se le ocurrió la idea de facilitarme la fuga. Me vis­tieron de mujer. Cuando salía de la prisión, al pasar por delante de los guardianes de la última puerta, uno de ellos se puso a echar pestes de los carbonarios. Le di un bofetón. Le aseguro que no fue una fanfarronada tonta, sino simplemente un descuido. Después de esta imprudencia fui perseguido de noche por las calles de Roma y herido a bayonetazos. Perdiendo ya mucha sangre y casi sin fuerzas, subo a una casa que tenía la puerta abierta, oigo a los soldados subir detrás de mí, salto a un jardín y caigo a unos pasos de una mujer que estaba paseando...

-La condesa Vitteleschi, la amiga de mi padre -interrumpió Vanina.

-¡Cómo! ¿Se lo ha dicho ella? -exclamó Missirilli-. El caso es que esa señora, cuyo nombre no se debe pronunciar jamás, me salvó la vida. Cuando los soldados entraban en su casa para atraparme, su padre me hizo subir a su coche. Me siento muy mal: desde hace unos días, este bayonetazo en la espalda no me deja respirar. Voy a morir, y de-sesperado porque ya no la veré más.

Vanina había escuchado con impaciencia. Salió rápidamente. Missirilli no encontró ninguna piedad en aquellos ojos tan bellos: sólo la expresión de un carác­ter altivo al que acababan de ofender.

Aquella noche apareció un médico; nadie lo acompañaba. Missirilli estaba, en efecto, desesperado: tenía miedo de no ver nunca más a Vanina. Hizo preguntas al médico, el cual se limitó a curarlo sin contestar. En los días siguientes, mantuvo el mismo silencio. Pedro no apartaba los ojos de la venta­na de la terraza por la que antes entraba Vanina. Se sen­tía muy desgraciado. Una vez, a medianoche, creyó divi­sar a alguien en la oscuridad de la terraza. ¿Sería Vanina?

Vanina iba todas las noches a mirar por los cristales de la ventana del joven carbonario.

“Si le hablo -pensaba-, estoy perdida. ¡No, no debo verlo nunca más!”

Tomada esta resolución, Vanina recordó con pesar el cariño que le había tomado a aquel joven cuan­do, tan tontamente, lo creía mujer. ¡De modo que des­pués de una intimidad tan dulce tenía que olvidarlo! En los momentos más razonables, se asustaba del cam­bio producido en sus ideas. Desde que Missirilli había dicho su nombre, todas las cosas en las que Vanina es­taba acostumbrada a pensar le parecían ahora como cu­biertas por un velo y le resultaban muy lejanas.

No había transcurrido ni una semana cuando Vanina, pálida y trémula, entró con el médico en la habita­ción del joven carbonario. Venía a decirle que había que convencer al príncipe de que se hiciese sustituir por un criado. No se quedó ni diez segundos; pero a los pocos días volvió otra vez con el médico, por humani­dad. Una noche, aunque Missirilli estaba mucho mejor y Vanina no tenía ya el pretexto de temer por su vida, se atrevió a presentarse sola. Al verla, Missirilli se sin­tió muy feliz, pero decidió ocultar su amor; ante todo, no quería apartarse de la dignidad que convenía a un hombre. A Vanina, que había entrado en la habitación muy sonrojada y temiendo oír palabras de amor, la desconcertó la amistad noble y leal, pero muy poco tierna, con que la recibió Missirilli. Se marchó sin que él intentara retenerla.

Volvió a los pocos días. La misma conducta, las mismas promesas de adhesión respetuosa y de agrade­cimiento eterno. Vanina, muy lejos de tener que poner freno a las efusiones del joven carbonario, se preguntó si era ella sola la enamorada. Aquella muchacha hasta entonces tan orgullosa se dio cuenta amargamente de toda la magnitud de su locura. Simuló jovialidad y has­ta frialdad, espació las visitas, pero no tuvo la fuerza de voluntad de dejar de ver al joven enfermo.

Missirilli, abrasado de amor, pero pensando en su origen oscuro y en su deber, se ha- bía prometido no descender a hablar de amor sino en el caso de que Vanina dejara pasar ocho días sin ir a verlo. El orgullo de la joven princesa combatió paso a paso. “Pues bien -acabó por decirse-, si lo veo es por mí, porque me gusta hacerlo, y jamás le confesaré el amor que me ins­pira.” Hacía largas visitas a Missirilli, que le hablaba como hubiera podido hacerlo en presencia de veinte personas. Una noche, después de pasar el día odiándolo y prometiéndose solemnemente estar con él aún más fría y más severa que de costumbre, le dijo que lo ama­ba. Al poco tiempo ya no le quedó nada que negarle.

Gran locura la suya, pero hay que reconocer que Vanina fue perfectamente feliz. Missirilli ya no pensó en lo que él creía deber a su dignidad de hombre; amó como se ama por primera vez a los diecinueve años y en Italia. Sintió todos los escrúpulos del amor pasión, hasta el punto de confesar a aquella joven princesa tan orgullosa la política que había puesto en práctica para conquistar su amor. Estaba asombrado de tanta feli­cidad.

Pasaron volando cuatro meses. Un día el médico dio de alta a su paciente. “¿Qué voy a hacer ahora? -pensó Missirilli-, ¿permanecer escondido en casa de una de las mujeres más bellas de Roma? ¡Los infa­mes tiranos, que me tuvieron trece meses encarcelado sin dejarme ver la luz del día, creerán que me han de­sanimado! ¡Italia, muy desdichada eres, si tus hijos te abandonan por tan poco!”

Vanina no pensaba ni por un momento que para Pedro hubiera en el mundo mayor felicidad que la de permanecer toda la vida unido a ella; Missirilli parecía muy dichoso, pero en su alma resonaba amargamente una frase del general Bonaparte que influía en toda su conducta ante las mujeres. En 1796, cuando el general Bonaparte se fue de Brescia, las autoridades municipa­les que lo acompañaban hasta la puerta de la ciudad, le dijeron que los brescianos amaban la libertad más que los demás italianos. “Sí -con- testó Bonaparte-, aman hablar de la libertad a sus amantes.”

Missirilli le dijo a Vanina, con un aire bastante cor­tado:

-En cuanto anochezca, tengo que salir.

-Ten mucho cuidado de volver al palacio antes del amanecer; te esperaré.

-Al amanecer estaré a varias millas de Roma.

-Muy bien -dijo Vanina fríamente-, y ¿adónde irás?

-A la Romaña, a vengarme.

-Como yo soy rica -dijo Vanina en un tono muy tranquilo-, espero que aceptarás de mí armas y di­nero.

Missirilli la miró unos instantes sin pestañear; después, arrojándose en sus brazos:

-Alma mía, me haces olvidar todo -le dijo-, hasta mi deber. Pero precisamente por la noble­za de tu corazón debes comprenderme mejor que nadie.

Vanina lloró mucho, y quedaron en que Missirilli tardaría dos días más en marcharse de Roma.

-Pedro -le dijo ella al día siguiente-, me has di­cho muchas veces que si alguna vez se compromete Austria, lejos de nosotros, en alguna gran guerra, algún hombre conocido, un príncipe romano, por ejemplo, que dispusiera de mucho dinero, podría ayudar muchí­simo a la causa de la libertad.

-Desde luego -dijo Pedro, extrañado.

-Pues bien, tú tienes valor; no te falta más que una elevada posición: te ofrezco mi mano y doscientas mil libras de renta. Yo me encargo de obtener el con­sentimiento de mi padre.

Pedro se arrojó a sus pies; Vanina estaba radiante de gozo.

-Te amo con pasión -le dijo el carbonario-, pero soy un pobre servidor de la patria, y cuanto más desgraciada es Italia, más obligado estoy a serle fiel. Para obtener el consentimiento de don Asdrúbal, ha­bría que desempeñar durante varios años un triste pa­pel. No te acepto, Vanina.

Missirilli se apresuró a comprometerse con estas palabras. Iba a faltarle el valor.

-Por mi desgracia -exclamó-, te amo más que a la vida, y dejar Roma es el peor de los supli­cios. ¡Ah, si Italia se viera liberada de los bárbaros! ¡Con qué alegría me embarcaría contigo para ir a vivir en América!

Vanina se quedo helada. Que Missirilli rechazara su mano fue sorprendente para su orgullo; pero ense­guida se echó en sus brazos:

-Nunca me has parecido tan digno de amarte -exclamó-; sí, mi cirujanito de campaña: soy tuya para siempre. Eres un gran hombre, como nuestros an­tiguos romanos.

Todas las ideas sobre el futuro, todos los tristes consejos de la cordura, desaparecieron; fue un momen­to de amor perfecto.

Cuando pudieron volver a la razón, Vanina dijo:

-Yo estaré en la Romaña casi tan pronto como tú. Voy a hacer que me receten los baños de “La Poretta”. Viviré en el palacio que tenemos en San Nicolo, cerca de Forli...

-¡Pasaré allí mi vida contigo! -exclamó Missi­rilli.

-Desde ahora mi destino es atreverme a todo -repuso Vanina, suspirando-. Me perderé por ti, pero no importa... ¿Podrás amar tú a una muchacha deshonrada?

-¿No eres mi mujer -repuso Missirilli-, y una mujer adorada para siempre? Sabré amarte y prote­gerte.

Vanina no tenía más remedio que regresar a la vida social. Apenas se separó de Missirilli, éste empezó a pensar que su conducta era bárbara.

“¿Qué es la patria? -se dijo-. No es una persona a la que debemos gratitud por un bien que nos ha he­cho y que sea desgraciada y pueda maldecirnos si falta­mos a ese deber de gratitud. La patria y la libertad son como mi gabán, una cosa que me es útil, que tengo que comprar, verdad es, cuando no la he heredado de mi padre; después de todo, yo amo a la patria y a la liber­tad porque estas dos cosas me son útiles. Si no sé qué hacer con ellas, si son para mí como un gabán en el mes de agosto, ¿por qué comprarlas, y a un precio enorme? ¡Vanina es tan bella! ¡Tiene un talento tan sin­gular! Procurarán conquistarla; me olvidará. ¿Qué mu­jer no ha tenido nunca más que un amante? ¡Esos prín­cipes romanos a los que yo desprecio como ciudadanos tienen tantas ventajas sobre mí! ¡Deben de ser muy atractivos! ¡Ah, si me voy, me olvida y la pierdo para siempre!”

A medianoche subió Vanina a verle. Pedro le con­tó la incertidumbre en que había estado sumido y la revisión a que había sometido, porque la amaba, a la gran palabra patria. Vanina era muy feliz.

“Si Pedro no tuviera más remedio que elegir entre la patria y yo -pensó-, tendría yo la preferencia.”

Dieron las tres en el reloj de la iglesia vecina; llegaba el momento de los últimos adioses. Pedro se des­prendió con gran esfuerzo de los brazos de su amante. Estaba ya bajando la pequeña escalera cuando Vanina, conteniendo las lágrimas, le dijo con una sonrisa:

-Si te hubiera cuidado una pobre campesina, ¿no harías nada por agradecerle? ¿No desearías pa­garle? El porvenir es inseguro, viajaras entre enemigos: dame tres días de agradecimiento, como si yo fuera una pobre mujer, en pago de mis cui­dados.

Missirilli se quedó tres días más. Por fin se fue de Roma. Gra­cias a un pasaporte comprado de una embajada extran­jera, llegó a casa de su familia. Fue una gran alegría; lo creían muerto. Sus amigos quisieron celebrar la bien­venida matando a uno o dos carabineros (así se llaman los guardias en los estados del Papa).

-No debemos matar sin necesidad a un italiano que sabe manejar las armas -dijo Missirilli-; nuestra patria no es una isla, como la venturosa Inglaterra: no­sotros carecemos de soldados para resistir la interven­ción de los reyes de Europa.

Al poco tiempo, Missirilli, seguido de cerca por los carabineros, mató a dos con las pistolas que le había dado Vanina. Pusieron su cabeza a precio.

Vanina no aparecía en la Romaña y Missirilli se creyó olvidado. Su vanidad se sintió ofendida; empezó a pensar mucho en la diferencia de rango que lo sepa­raba de su amante. En un momento de debilidad amo­rosa y de añoranza de la felicidad pasada, le pasó por la mente la idea de volver a Roma a ver qué hacía Vani­na. Esta insensata ocurrencia iba ya a imponerse a lo que él creía su deber, cuando una noche la campana de una iglesia de la montaña tocó el Angelus de una mane­ra especial, como si el campanero se hubiera distraído. Era una señal de reunión para la vendita de carbona­rios a la que se había afiliado Missirilli al llegar a la Romaña. Aquella misma noche se encontraron todos en cierta ermita de los bosques. Los dos ermitaños, adormilados por el opio, no se dieron cuenta en absolu­to del uso que se hacía de su pequeña vivienda. Missirilli, que llegó muy triste, se enteró de que habían dete­nido al jefe de la vendita y a él, un joven de apenas veinte años, lo iban a elegir jefe de una vendita en la que había hombres de más de cincuenta años y que estaban en las conspiraciones desde la expedición de Murat en 1815. Al recibir este honor inesperado, a Pedro le palpi­tó con fuerza el corazón. Cuando se quedó solo, decidió no pensar más en la joven romana que lo había olvida­do y consagrar todos sus pensamientos al deber de «li­berar a Italia de los bárbaros»

Dos días después Missirilli vio, en el informe de las llegadas y las salidas que como jefe de vendita le enviaban, que la princesa Vanina acababa de llegar a su palacio de San Nicolo. La lectura de este nombre le pro­dujo más perturbación que alegría. En vano creyó ase­gurar su fidelidad a la patria imponiéndose la resolu­ción de no correr aquella misma noche al palacio de San Nicolo. Pero la imagen de Vanina, que él desdeñaba, le impidió cumplir sus deberes de una manera eficaz.

La vio al día siguiente; Vanina lo amaba como en Roma. Su padre, que quería casarla, había retrasado su marcha. Traía dos mil monedas de oro. Esta ayuda imprevista sirvió maravillosamente para acreditar a Missirilli en su nueva dignidad. Hicieron fabricar puñales en Corfú; compraron al secretario del juez encargado de perse­guir a los carbonarios. Con esto consiguieron la lista de los curas que servían de espías al gobierno.

En esa época acabó de organizarse una de las conspiraciones menos insensatas que se habían inten­tado en la infortunada Italia. No voy a entrar aquí en detalles fuera de lugar. Me limitaré a decir que, si la empresa hubiera sido coronada por el éxito, a Missirilli le habría correspondido buena parte de la gloria. Por él se habrían levantado miles de insurrectos a una señal dada y habrían esperado en armas la llegada de los jefes superiores. Se acercaba el momento decisivo cuando, como siempre ocurre, la conspiración quedó paralizada por el arresto de los jefes.

Vanina, apenas llegada a Romaña, creyó ver que el amor a la patria hacía olvidar a su amante todo otro amor. El orgullo de la joven romana se soliviantó. In­tentó inútilmente entrar en razón; se apoderó de ella una honda pena: se sorprendió maldiciendo la libertad.

Un día en que había ido a Forli para ver a Missirilli, no pudo dominar su dolor, al que hasta entonces había sa­bido imponer su orgullo.

-En realidad -le dijo-, me amas como un mari­do; eso no me satisface.

Y lloró, pero de vergüenza por rebajarse hasta los reproches. Missirilli respondió a sus lágri­mas como un hombre preocupado. De pronto Vanina pensó dejarle y volverse a Roma. Sintió una alegría fe­roz en castigarse por la debilidad que acababa de obli­garla a hablar. Al cabo de unos momentos de silencio, ya estaba tomada su resolución: se creería indigna de Missirilli si no lo dejaba. Gozaba ya de la dolorosa sor­presa de Pedro cuando la buscara en vano cerca de él. De inmediato, la idea de no haber podido lograr el amor del hombre por el que tantas locuras había hecho, la en­terneció profundamente. Rompió el silencio que se había creado e hizo lo imposible por arrancarle una palabra de amor. Missirilli le dijo con aire distraído cosas muy tiernas, pero, con un acento mucho más profundo, exclamó con dolor, hablando de sus empresas políticas:

-¡Ah!, si esto fracasa, si el gobierno lo descubre también, abandono la partida.

Vanina se quedó petrificada. Desde hacía una hora sentía que veía a su amante por última vez. Las palabras que Missirilli pronunció proyectaron en su mente una luz fatal. Se dijo: “Los carbonarios han reci­bido de mí varios miles de monedas de oro; no se puede dudar de mi fidelidad a la conspiración”. Vanina sólo salió de su abstracción para decirle a Pedro:

-¿Quieres venir a pasar veinticuatro horas con­migo en el palacio de San Nicolo? La reunión de esta noche no necesita tu presencia. Mañana por la ma­ñana podremos pasear en San Nicolo; esto calmará tu excitación y te devolverá la serenidad que necesitas en estas graves circunstancias.

Pedro accedió. Vanina lo dejó para ordenar los preparati­vos del viaje, cerrando con llave, como de costumbre, la pequeña habitación donde se habían encontrado.

Fue a casa de una doncella suya que la había deja­do para casarse y encargarse de un pequeño comercio en Forli. Al llegar a casa de esta mujer, escribió apresurada­mente en el margen de un devocionario que encontró en su cuarto la indicación exacta del lugar donde iba a reunirse aquella misma noche la vendita de los carbonarios. Terminó su denuncia con estas palabras: “Esta vendita está formada por diecinueve miembros; he aquí sus nombres y sus direcciones». Después de hacer esa lista, muy precisa, salvo por la omisión del nombre de Missirilli, dijo a la mujer en la que confiaba:

-Lleva este libro al cardenal legado; que lea lo que está escrito y te devuelva el libro. Aquí tienes diez monedas de oro; si el legado llega un día a pronunciar tu nom­bre, tu muerte es segura; pero si haces leer al legado la página que acabo de escribir, me salvas la vida.

Todo salió como una seda. El miedo del legado hizo que no se condujera como un gran señor. Permitió a la mujer del pueblo que solicitaba hablarle presen­tarse ante él con un antifaz, pero a condición de que tu­viera las manos atadas. Así fue introducida la tendera ante el gran personaje, al que encontró atrincherado detrás de una inmensa mesa cubierta con un tapete verde.

El legado leyó la página del libro de horas soste­niéndolo muy lejos de él, por miedo a un veneno sutil. Se lo devolvió a la tendera y no ordenó que la siguie­ran. Menos de cuarenta minutos después de separarse de su amante, Vanina, que ya había visto regresar a su anti­gua doncella, estaba de nuevo con Missirilli, creyendo que ya sería para siempre suyo. Le dijo que había un movi­miento extraordinario en la ciudad; que se veían patrullas de carabineros por calles adonde no iban jamás.

-Si quieres hacerme caso -añadió-, nos iremos ahora mismo a San Nicolo.

Missirilli aceptó. Fueron a pie hasta el coche de la joven princesa, que esperaba a media legua de la ciudad con la mujer de compañía.

Al llegar al palacio de San Nicolo, Vanina, preocu­pada por lo que había hecho, estuvo más cariñosa que nunca con su amante. Pero le parecía que al hablarle de amor estaba representando una comedia. La víspe­ra, cuando lo estaba traicionando, había olvidado los remordimientos. Ahora, mientras lo estrechaba entre sus brazos, se decía: “Puedo dejar escapar alguna palabra que una vez pronunciada sentirá por mí un ho­rror instantáneo y eterno”.

A medianoche entró bruscamente en la habitación de Vanina uno de sus criados. Este hombre era carbonario, pero ella no lo sabía. Missirilli te­nía secretos para ella, hasta en estos detalles. Vanina se estremeció. Aquel hombre venía a avisar a Missirilli de que aquella noche habían sido rodeados en Forli y detenidos diecinueve carbonarios que volvían de la vendita. Aunque los cogieron de improviso, escaparon nueve. Los carabineros lograron llevar diez a la pri­sión de la ciudadela. Al entrar, uno de ellos se arrojó a un pozo muy profundo y se mató. Vanina perdió el do­minio de sí misma; afortunadamente, Pedro no lo notó: habría podido leer la infamia en sus ojos.

-En este momento -añadió el criado-, la guar­nición de Forli forma una fila en todas las calles. Los soldados están tan cerca uno de otro, que pueden ha­blarse. Los habitantes sólo pueden atravesar la calle por el lugar en que está un oficial.

Cuando salió este hombre, sólo un instante perma­neció Pedro pensativo.

-Por ahora no hay nada que hacer -dijo por fin.

Vanina se moría de susto; temblaba bajo la mira­da de su amante.

-Pero ¿qué te pasa? -le preguntó él.

Enseguida pensó en otra cosa y desvió la vista. A la mitad del día, Vanina se arriesgó a decirle:

-Otra vendita descubierta; creo que ahora estarás tranquilo por algún tiempo.

-Muy tranquilo -contestó Missirilli, con una sonrisa que lo hizo estremecerse.

Vanina fue a hacer una visita indispensable al cura del pueblo de San Nicolo, acaso espía de los jesui­tas. Al volver a comer, a las siete, encontró desierta la pequeña habitación donde se escondía su amante. Fue­ra de sí, corrió a buscarlo por toda la casa. No estaba. Desesperada, volvió a la pequeña habitación y sólo en­tonces pudo ver una esquela, en la que leyó:

 


Me voy a entregar preso al legado; desespero de nuestra causa; el cielo está contra nosotros. ¿Quién nos ha traicionado? Al parecer, el miserable que se arrojó al pozo. Puesto que mi vida es inútil a la pobre Italia, no quiero que mis compañeros, al ver que soy el único al que no han detenido, puedan figurarse que los he vendi­do. ¡Adiós! Si me amas, piensa en vengarme. Busca, ani­quila al infame que nos ha traicionado, aunque fuera mi padre.

 


Vanina, medio desvanecida y sumida en el más espantoso dolor, se dejó caer en una silla. No podía decir palabra; tenía los ojos secos y le ardían.

Por fin cayó de rodillas exclamando:

-¡Santo Dios!, recibe mi promesa; sí, castigaré al infame que ha traicionado, pero antes hay que poner en libertad a Pedro.

Pasada una hora estaba en camino hacia Roma. Hacía tiempo que su padre la instaba a que volviera.

En su ausencia había arreglado su boda con el príncipe Livio Savelli. Nada más llegar, don Asdrúbal le habló, temblando, de la boda. Con gran asombro suyo, Vanina consintió desde las primeras palabras. Aquella misma noche, en casa de la condesa Vitteleschi, su pa­dre le presentó casi oficialmente a don Livio. Vanina habló mucho con él. Era el joven más elegante y el que tenía los mejores caballos; pero si bien pasaba por ser muy inteligente, su carácter tenía tal fama de ligereza que no era en absoluto sospechoso para el gobierno. Vanina pensó que después de enamorarlo, podría hacer de él un agente cómodo. Como era sobrino de monseñor Savelli-Catanzara, gobernador de Roma y ministro de policía, suponía que los espías no se atreverían a seguirlo.

Después de tratar muy bien al gentil don Livio du­rante unos días, Vanina le dijo que no sería nunca su esposo: según veía, tenía la cabeza demasiado li­gera.

-Si no fuera usted tan niño -le dijo-, los emplea­dos de su tío no tendrían secretos para usted. Por ejem­plo, ¿qué van a hacer con los carbonarios descubiertos hace poco en Forli?

Dos días más tarde, don Livio le contó que todos los carbonarios detenidos en Forli se habían escapado. Vanina clavó en él sus grandes ojos negros con la amarga sonrisa del más profundo desprecio, y no se dignó ha­blarle en toda la noche. Días después, don Livio fue a confesarle, sonrojándose, que lo habían engañado.

-Pero -le dijo- tengo una llave del despa­cho de mi tío; por los papeles que vi allí, me he enterado de que una comisión, com­puesta por los cardenales y los prelados más importan­tes, se reunirá en el mayor secreto para deliberar sobre la cuestión de saber si conviene juzgar a esos carbonarios en Ravena o en Roma. Los nueve carbonarios cogi­dos en Forli, y su jefe, un tal Missirilli, que cometió la tontería de entregarse, están en este momento deteni­dos en el castillo de San Leo.

A escuchar la palabra “tontería”, Vanina reaccionó pe­llizcando con todas sus fuerzas al príncipe.

-Quiero ver yo misma los papeles oficiales -le dijo- y entrar con usted en el gabinete de su tío; habrá leído mal.

Al escuchar estas palabras, don Livio se estremeció: Vanina le pedía una cosa casi imposible; pero el genio especial de la muchacha encendía su amor. A los pocos días, Vanina, disfrazada de hombre y vestida con un uniforme que llevaba la librea de la casa Savelli, pudo pasar media hora revisando los papeles más secretos del ministro de policía. Sintió una viva alegría cuando descubrió el informe diario sobre “el detenido Pedro Missirilli”. Le temblaban las ma­nos cuando encontró ese documento. Estuvo a punto de desma­yarse al volver a leer ese nombre. Al salir del palacio del gobernador de Roma, Vanina permitió a don Livio que la besara.

-Se desempeña usted muy bien -le dijo- en las prue­bas a que quiero someterle.

Después de escuchar tales palabras, el joven príncipe hubie­ra sido capaz de prender fuego al Vaticano por dar gus­to a Vanina. Aquella noche había un baile en la emba­jada de Francia. Vanina bailó mucho y casi todo el tiempo con él. Don Livio estaba loco de alegría; había que impedirle reflexionar.

-A veces mi padre hace cosas raras -le dijo un día Vanina-. Esta mañana ha despedido a dos emplea­dos suyos, que vinieron después a llorar conmigo y solicitarme ayuda. Uno de ellos me pidió que lo colocara en casa de un tío suyo, el gobernador de Roma, y el otro, que ha sido soldado de artillería con los franceses, quisiera ser emplea­do en el castillo de Sant'Angelo.

-Los tomo a ambos a mi servicio -dijo vivamen­te el joven príncipe.

-¿Es eso lo que le pido? -replicó altanera Vanina-. Le repito textualmente el ruego de esos pobres hombres; tienen que conseguir lo que han pedido y no otra cosa.

Era dificilísimo. Monseñor Catanzara no era una persona ligera y sólo admitía en su casa a personas que él conociera bien. Vanina, reconcomida de remordi­mientos en medio de una vida colmada, en apariencia, de todos los placeres, era muy desgraciada. La lentitud de los acontecimientos la mataba. El administrador de su padre le había procurado dinero. ¿Debía escapar de la casa paterna e ir a la Romaña para lograr la eva­sión de su amante? Por muy disparatada que fuera esta idea, Vanina estaba a punto de ponerla en práctica, cuando el azar se apiadó de ella.

Don Livio le dijo:

-Los diez carbonarios de la vendita Missirilli van a ser trasladados a Roma, a no ser que los ejecuten en la Romaña después de la condena. Esto es lo que mi tío acaba de conseguir del Papa esta misma noche. Es un secreto que sólo usted y yo conocemos en toda Roma. ¿Está contenta?

-Se está usted haciendo hombre -contestó Vanina-; regáleme su retrato.

La víspera del día en que Missirilli tenía que lle­gar a Roma, Vanina inventó un pretexto para ir a Cittá-Castellana. En la cárcel de esa ciudad pasaban la noche los carbonarios que trasladaban de la Romaña a Roma. Vio a Missirilli cuando, por la mañana, salía de la cárcel: iba él solo, encadenado, en un carro; le pareció muy pálido, pero no desa- lentado. Una vieja le echó un ramillete de violetas, que Missirilli agradeció con una sonrisa.

Vanina había visto a su amante. Fue como si todos sus pensamientos se hubieran renovado; se sintió con un valor nuevo. Tiempo atrás había conseguido un as­censo para el señor cura Cari, capellán del castillo de Sant'Angelo, donde iban a encerrar a su amante; había tomado como confesor a este buen sacerdote. En Roma no es poca cosa ser confesor de una princesa y además so­brina del gobernador.

El proceso de los carbonarios de Forli no fue lar­go. El partido “ultra”, para vengarse de no haber podi­do impedir que llegaran a Roma, hizo que la comisión que tenía que juzgarlos estuviera formada por los pre­lados más ambiciosos. La presidió el ministro de la po­licía.

La ley contra los carbonarios era clara: los de Forli no podían abrigar ninguna esperanza, pero no por eso dejaron de defender su vida con todos los sub­terfugios posibles. Sus jueces no sólo los condenaron a muerte, sino que varios de ellos propusieron suplicios atroces: la mano cortada, etc., El ministro de policía, que ya había hecho su carrera (pues del puesto que ocupaba se pasa al cardenalato), no tenía ninguna necesidad de la mano cortada: al llevar la sentencia al Papa, hizo conmutar por varios años de prisión la pena de todos los condenados. La única excepción fue Pedro Missirilli. El ministro veía en este joven un fanático peligro­so, y además lo habían también condenado a muerte por ser culpable de haber dado muerte a los dos carabi­neros de los que dimos cuenta antes. Vanina se enteró de la sentencia y de la condena a los pocos minutos de vol­ver el ministro de ver al Papa.

Al día siguiente, monseñor Catanzara volvió a su palacio a medianoche y no encontró a su ayuda de cá­mara; el ministro, extrañado, llamó varias veces; finalmente apareció un viejo criado imbécil; el ministro, furio­so, decidió desvestirse él mismo. Cerró la puerta con llave; hacía mucho calor; cogió su hábito, lo enrolló y lo tiró hacia una silla. El hábito, lanzado con demasia­da fuerza, pasó por encima de la silla, pegó contra la cortina de muselina de la ventana y dibujó la forma de un hombre. El ministro se precipitó hacia la cama y co­gió una pistola. Al regresar frente a la ventana, se acercó a él, pistola en mano, un hombre muy joven que vestía la li­brea de la casa. El ministro apuntó; iba a disparar. El joven le dijo riendo:

-¡Vamos!, ¿no reconoce monseñor a Vanina Va­nini?

-¿Cuál es el significado de esta pesada broma? -contestó fu­ribundo el ministro.

-Hablemos con calma -dijo Vanina-. En pri­mer lugar, su pistola no está cargada.

El ministro, atónito, comprobó el hecho; después sacó un puñal del bolsillo de su chaleco.

Vanina le dijo, con un encantador airecillo de au­toridad:

-Sentémonos, monseñor.

Y se sentó tranquilamente en un canapé.

-Al menos, ¿está usted sola? -preguntó el mi­nistro.

-¡Completamente sola, se lo juro! -respon- dió Vanina.

El ministro se ocupó de comprobarlo: recorrió la habitación mirando por todas partes, y después se sen­tó en una silla a tres pasos de Vanina.

-¿Qué interés iba a tener yo -dijo Vanina en un tono dulce y tranquilo- en atentar contra los días de un hombre moderado y que probablemente sería susti­tuido por algún otro, débil y exaltado, capaz de labrar su propia perdición y la ajena?

-Bueno, ¿qué es lo que usted quiere, señorita? -dijo el ministro, con enfado-. Esta escena no me gusta nada y no se debe prolongar.

-Lo que voy a decir –le contestó Vanina, con alta­nería y olvidando de inmediato su tono amable- importa a monseñor más que a mí. Se desea la salvación de la vida del carbonario Missirilli: si es ejecutado, monseñor no le sobrevivirá una semana. Yo no tengo el menor interés en todo esto; la locura de que se queja monseñor la he hecho, en primer lugar, por divertirme, y, después, por, servir a una amiga mía. He querido -siguió diciendo Vani­na, de nuevo con tono amable- servir a un hombre inteligente que pronto será mi tío y que, según todas las apariencias, llevará muy lejos la fortuna de su casa.

Al ministro le desapareció el enfado: seguramente la belleza de Vanina contribuyó a este súbito cambio. Era conocida en Roma la inclinación de monseñor Catanzara por las mujeres bonitas, y Vanina, con su disfraz de lacayo de la casa Savelli, sus medias de seda bien ceñi­das, su casaca roja, su uniforme azul celeste con galones de plata, y con la pistola en la mano, esta­ba seductora.

-Mi futura sobrina -dijo el ministro, casi rien­do- está cometiendo una gran locura, y no será la úl­tima.

-Espero que una persona tan sensata como usted -respon­dió Vanina- guardará el secreto, sobre todo con don Livio; y para obligarlo a ello, querido tío, si me concede la vida del protegido de mi amiga, le daré un beso.

Era el tono de conversación, medio en broma, con el que las damas romanas saben tratar los más im­portantes asuntos: Vanina convirtió la entrevista iniciada pistola en mano, en una visita hecha por la joven princesa Savelli a su tío el gobernador de Roma.

Monseñor Catanzara, rechazando con al­tivez la posibilidad de dejarse dominar por el miedo, no tardó en contar a su sobrina todas las dificultades que enfrentaría para salvar la vida de Missirilli. El ministro caminaba por la habitación discutiendo con Vanina; cogió una botella de limonada que estaba sobre la chimenea y llenó un vaso de cristal. En el momento de llevárselo a los labios, Vanina se lo quitó, y, después de tenerlo un momento en la mano, lo dejó caer al jardín como por descuido. Poco después el ministro cogió una pastilla de chocolate de una bombonera; Vanina se la quitó y le dijo riendo:

-Cuidado, en su casa está todo envenenado, pues querían su muerte. Soy yo quien ha obtenido gracia para mi futuro tío, a fin de no entrar en la familia Savelli con las manos del todo vacías.

Monseñor Catanzara, muy impresionado, dio a su sobrina las gracias y manifestó grandes esperanzas de salvar la vida de Missirilli.

-¡Trato hecho! -exclamó Vanina-; y la prueba está en esta recompensa -añadió besándole.

El ministro aceptó la recompensa.

-Ha de saber, mi querida Vanina, que a mí no me gusta la sangre. Además, todavía soy joven, aunque quizá a usted le parezca muy viejo, y puedo vivir en una época en que la sangre derramada hoy será una mancha infame mañana.

Daban las dos de la madrugada cuando monseñor Catanzara acom­pañó a Vanina hasta la puerta pequeña de su jardín.

Un par de días después, cuando el ministro se pre­sentó ante el Papa, bastante preocupado por la gestión que tenía que hacer, Su Santidad le dijo:

-Antes que todo, debo pedirle una gracia. Sigue condenado a muerte uno de los carbonarios de Forli; esta idea no me deja dormir: hay que salvar a ese hombre.

El ministro, viendo que el Papa había tomado su propio partido, hizo muchas objeciones, pero acabó por redactar un decreto o motu proprio; el Papa, contra la cos­tumbre, lo firmó.

Vanina había pensado que quizá consiguiera el in­dulto de su amante, pero que intentarían envenenarlo.

En la víspera de su ejecución, Missirilli había recibido del señor cura Cari, su confesor, unos paquetes de galletas, con el aviso de no tocar los alimentos procedentes del Estado.

Vanina supo después que iban a trasladar al casti­llo de San Leo a los carbonarios de Forli, y decidió que intentaría ver a Missirilli cuando pasara por Cittá-Castellana; llegó a esta ciudad veinticuatro horas antes que los presos y en ella encontró al clérigo Cari, que la había precedido en varios días. Ya había conseguido del carcelero que Missirilli pu­diera oír misa a medianoche en la capilla de la prisión.

Hicieron más: si Missirilli permitía que le atasen los brazos y las piernas con una cadena, el carcelero se retiraría hacia la puerta de la capilla, desde donde pudiese seguir viendo al prisionero, del que era res­ponsable, pero no escuchar lo que dijera.

Llegó por fin el día en que iba a decidirse la suerte de Vanina. Muy de mañana se encerró en la capilla de la prisión. ¿Quién podría decir los pensamientos que la agitaron durante aquel largo día? ¿La amaba Missirilli lo suficiente para perdonarla? Había denunciado a su vendita, pero le había salvado a él la vida. Vanina esperaba que, cuando la razón se impusiera en aquella alma atormentada, Missirilli accedería a marcharse de Italia con ella: si había pecado, era por exceso de amor. A eso de las cuatro oyó acercarse los pasos de los caballos de los carabineros sobre el pavimento. Cada uno de aque­llos pasos parecía repercutirle en el corazón. No tardó en distinguir el rodar de los carros en que trasladaban a los presos. Se detuvieron en la explanada que daba acceso a la prisión. Vanina vio cómo dos carabineros cargaban a Missirilli, que iba solo en un carro y tan cargado de cadenas que no podía moverse. “Por lo me­nos -se dijo, con lágrimas en los ojos-, todavía no lo han envenenado.”

La noche fue terrible; sólo la lámpa­ra del altar, muy alta y en la que el carcelero economi­zaba el aceite, alumbraba aquella oscura capilla. Las miradas de Vanina erraban sobre las tumbas de los grandes señores de la Edad Media muertos en la pri­sión contigua. Sus estatuas tenían una traza feroz.

Hacía tiempo que había cesado todo ruido. Vanina estaba absorta en sus negros pensamientos. Poco des­pués de dar las doce creyó oír un ligero rumor, algo así como el vuelo de un murciélago. Echó a andar y cayó medio desvanecida sobre la balaustrada del altar. Ins­tantáneamente surgieron a su lado dos fantasmas, sin que ella los hubiera oído llegar. Eran el carcelero y Missirilli, cargado de cadenas, hasta el punto de que parecía como fajado. El carcelero abrió un farol y lo puso sobre la balaustrada del altar, junto a Vanina, para que pudiera ver bien a su preso. Luego se retiró al fondo, junto a la puerta. Apenas se hubo alejado el carcelero, Vanina se precipitó al cuello de Missirilli. Al estrecharloe entre sus brazos no sintió más que sus cadenas fías y lacerantes. “¿Quién le ha puesto estas cadenas?”, pensó. No sintió ningún placer besando a su amante. A este dolor siguió otro más terrible: hubo un momento en que creyó que Missirilli sabía su traición, tan fríamente la recibía.

-Querida amiga -le dijo por fin-, lamento el amor que siente por mí; en vano busco el mérito que pudo inspirárselo. Volvamos, créame, a sentimientos más cristianos; olvidemos las ilusiones que nos extravia­ron: yo no puedo ser suyo. Quizás la mala suerte que ha acompañado siempre a mis acciones se debe a que siempre estuve en pecado mortal. Aun sin atender más que a los consejos de la prudencia humana, ¿por qué no fui detenido con mis amigos la fatal noche de Forli? ¿Por qué no estaba en mi puesto en el momento de peli­gro? ¿Por qué mi ausencia pudo justificar las sospe­chas más terribles? Tenía otra pasión que no era la de la libertad de Italia.

Vanina no volvía de la sorpresa que le causaba el cambio de Missirilli. Sin haber enflaquecido mucho, parecía un hombre de treinta años. Vanina atribuyó este cambio a los malos tratos que había sufrido en la prisión y se echó a llorar.

-¡Ah! -le dijo-, los carceleros habían prometido tanto que te tratarían bien...

El hecho es que, al acercarse la muerte, habían re­surgido en el corazón del carbonario todos los princi­pios religiosos que podían ser compatibles con la pasión por la libertad. Vanina se fue dando cuenta poco a poco de que el impresionante cambio que observaba en su amante era enteramente moral, y en modo alguno consecuencia de malos tratos físicos. Su dolor, que ella creyera insuperable, aumentó más aún.

Missirilli callaba. Vanina seguía llorando amarga­mente. El preso añadió, también un poco emocionado:

-Si yo amara algo en el mundo, sería a usted, Vanina; pero, gracias a Dios, ya no tengo más que una fi­nalidad en la vida: moriré encarcelado o intentando dar la libertad a Italia.

Otro silencio; evidentemente, Vanina no podía ha­blar: en vano lo intentaba. Missirilli añadió:

-El deber es cruel, amiga mía; pero, si no costara un poco cumplirlo, ¿dónde estaría el heroísmo? Promé­tame que nunca más intentará verme.

Hasta donde se lo permitía la cadena, bastante apretada, hizo un pequeño movimiento de muñeca y tendió los dedos a Vanina.

-Si permite que un consejo del hombre al que quiso, cásese juiciosamente con la persona de mé­rito que su padre le destina. No le haga ninguna confi­dencia enojosa; pero, por otra parte, no intente nunca más volver a verme. En lo sucesivo debemos ser extra­ños el uno para el otro. Dio usted una cantidad importante para el servicio de la patria; si algún día la patria se ve libre dé sus tiranos, esa cantidad lo será fielmente devuelta en bienes nacionales.

Vanina estaba aterrada. Mientras Pedro le habla­ba, sólo una vez le habían brillado los ojos: en el mo­mento de nombrar a la patria. Finalmente surgió el orgullo en ayuda de la joven prince­sa. Se había provisto de diamantes y de unas pequeñas li­mas. Sin contestar a Missirilli, se los ofreció.

-Acepto por deber -dijo él-, pues debo intentar escaparme; pero nunca volveré a verla, lo juro ante sus nuevos dones. ¡Adiós, Vanina! Prométame no es­cribirme jamás, no intentar nunca verme; déjeme todo entero para la patria; he muerto para usted. ¡Adiós!

-¡No! -replicó Vanina, furiosa-, quiero que se­pas lo que he hecho llevada por el amor que te tenía.

Y le contó todos sus pasos desde el momento en que salió del palacio de San Nicolo para ir al del ministro de policía. Terminado este relato, añadió:

-Y eso no es nada: por amor a ti, hice más.

Le contó su traición.

-¡Ah, monstruo! -exclamó entonces Pedro, furi­bundo, arrojándose sobre ella e intentando matarla con sus cadenas.

Lo habría conseguido a no ser porque a los prime­ros gritos acudió el carcelero que sujetó a Missirilli.

-¡Toma, monstruo, no quiero deberte nada! –le gritó Missirilli a Vanina, tirándole, hasta donde se lo permitían sus cadenas, las limas y los diamantes. Y se alejó rápidamente.

Vanina quedó aniquilada. Volvió a Roma. El pe­riódico informa que acaba de casarse con el príncipe don Livio Savelli.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LOS CENCI

 

 

El don Juan de Molière es, sin duda, un mujeriego, pero sobre todo es un hombre de buena sociedad: antes de entregarse a su irresistible incli­nación por las mujeres bonitas, lo importa principalmente ajustarse a cierto modelo ideal: quiere ser el hombre que sea soberanamente admirado en la corte de un rey joven, galante e inteligente.

El don Juan de Mozart está ya más cerca de la naturaleza y es menos francés, piensa menos en la opinión ajena; no se preocupa, ante todo, por pa­restre (aparentar) como dice el barón de Foeneste sobre D’Aubigné. Del don Juan de Italia, tal como debió de ser en ese bello país en el siglo XVI, en los prin­cipios de la civilización del Renacimiento, poseemos sólo dos retratos.

De estos dos retratos, hay uno que no puedo dar a conocer: el siglo es demasiado mojigato; hay que recordar aquella gran frase que yo oí repetir va­rias veces a lord Byron: This age of cant (“estos tiempos de hipocresía”). Esta hipocresía tan aburri­da y que no engaña a nadie, ofrece la inmensa ven­taja de dar a los hombres algo que decir: se escandalizan de que alguien se atreva a hablar de tal cosa, de que alguien se permita reírse de tal otra, etc. La desventaja está en reducir enormemente el cam­po de la historia.

Si el lector tiene el buen gusto de permitírmelo, voy a ofrecerle, con toda humildad, una informa­ción histórica sobre el segundo de los don Juan, del que se puede hablar en 1837. Se llamaba Francisco Cenci.

Para que un don Juan sea posible, es necesario que en la sociedad exista hipocresía. En la antigüedad, don Juan habría sido un efecto sin causa; entonces la religión era una fiesta, exhortaba a los hombres al placer: ¿cómo iba a criticar a los seres que ponían todo su afán en cierto placer? Sólo el gobierno ha­blaba de “abstenerse”; prohibía las cosas que podían dañar a la patria, es decir, al interés general bien en­tendido, y no lo que puede dañar al individuo que actúa.

Es decir, en Atenas cualquier hombre que tuvie­ra afición a las mujeres, y mucho dinero, podía ser un don Juan sin que nadie tuviera nada que decir, por­que nadie creía que esta vida es un valle de lá­grimas y que hay mérito en sufrir.

Yo no creo que el don Juan ateniense pudiera llegar al crimen tan fácilmente como el don Juan de las monarquías modernas; gran parte desu placer consiste en desafiar a la opinión, pero, en su ju­ventud, empezó por imaginar que sólo desafiaba a la hipocresía.

“Violar las leyes”, en la monarquía tipo Luis XV, disparar un tiro a un retejador y hacerle caer del te­jado, ¿no es una prueba de que se vive en la socie­dad del príncipe, de que se es persona de muy buen tono y que se burla por completo del juez? ¿No es burlarse del juez el primer paso, el primer ensayo de todo pequeño don Juan que se inicia?

Entre nosotros, las mujeres ya no están de moda; por eso los don Juanes son raros; pero cuando los había, empezaban siempre por buscar placeres muy naturales, teniendo a gala desafiar lo que consideraban ideas no razonables de la religión de sus contemporáneos. Sólo pasado el tiempo, cuando don Juan empieza a pervertirse, encuentra una voluptuosidad exquisita en desafiar las opinio­nes que a él mismo le parecen justas y razonables.

Este paso debía de ser muy difícil entre los anti­guos, y hasta el tiempo de los emperadores romanos, y después de Tiberio y Nerón, apenas se encuentran libertinos que tiendan a la corrupción por sí misma, es decir, por el gusto de desafiar las opiniones razonables de sus contemporáneos.

Por eso atribuyo a la religión cristiana la posibi­lidad del papel satánico de don Juan. No cabe duda de que es esta religión la que enseña al mundo que un pobre esclavo, que un gladiador, tenía un alma absolutamente igual en facultad a la del propio Ce­sar; hay, pues, que agradecerle la aparición de los sentimientos delicados; de todos modos, no dudo de que, tarde o temprano, esos sentimientos habrían surgido en el seno de los pueblos. La Eneida es ya mucho más “tierna” que La Ilíada.

La teoría de Jesús era la de los filósofos árabes contemporáneos suyos. Lo único nuevo que intro­dujeron en el mundo los principios predicados por san Pablo, es un cuerpo de sacerdotes absoluta­mente separado del resto de los ciudadanos y hasta con intereses opuestos.

Este cuerpo se impuso, como única misión, cultivar y afianzar el «sentimiento religioso»; inventó prestigios y costumbres para impresionar a los espí­ritus de todas las clases sociales, desde el pastor in­culto hasta el viejo cortesano hastiado; supo asociar su recuerdo con las impresiones seductoras de la primera infancia; no dejó pasar la menor peste o la menor plaga sin aprovecharla para aumentar el mie­do y el «sentimiento religioso», o al menos para construir una bella iglesia, como la Salute de Vene­cia.

La existencia de este cuerpo produjo aquella cosa admirable: el papa san León resistiendo sin “fuer­za física” al feroz Atila y a su banda de bárbaros que venían de aterrorizar a China, a Persia y a las Galias.

Por eso la religión, como el poder absoluto atemperado con canciones que se llama la monar­quía francesa, ha producido cosas singulares que quizá el mundo no habría visto jamás sin tener esas dos instituciones.

Entre estas cosas buenas o malas, pero siempre singulares y curiosas, y que habrían asombrado mu­cho a Aristóteles, a Polibio, a Augusto y a las demás buenas cabezas de la antigüedad, pongo yo sin va­cilar el carácter completamente moderno de don Juan. A mi parecer, es un producto de las institu­ciones ascéticas de los papas posteriores a Lutero, pues León X y su corte (1506) seguían aproxima­damente los principios de la religión de Atenas.

El Don Juan de Molière se representó al princi­pio del reinado de Luis XIV, el 15 de febrero de 1665; este príncipe no era todavía devoto, y sin em­bargo la censura eclesiástica obligó a suprimir la es­cena del pobre en el bosque. Esta censura, para cobrar fuerzas, quería convencer a aquel joven rey, tan prodigiosamente ignorante, de que la palabra “jansenista” era sinónima de “republicano”.

El original es de un español, Tirso de Molina; y hacia 1664 una compañía italiana representaba en París una imitación, con gran éxito. Probablemente se trata de la comedia más representada en el mundo entero. Y es que hay en ella el diablo y el amor, el miedo al infierno y una pasión exaltada por una mujer; es decir, lo más terrible y lo más dulce para todos los hombres, a poco que se eleven sobre el estado salvaje.

No es extraño que la pintura de don Juan fuera introducida en la literatura por un poeta español. El amor ocupa un gran lugar en la vida de ese pueblo; allí es una pasión seria que se impone, con mucho, a todas las demás, incluso, ¿quién lo creyera?, a la va­nidad. Lo mismo ocurre en Alemania y en Italia. En realidad, sólo Francia está completamente libre de esta pasión que tantas locuras hace cometer a esos extranjeros: por ejemplo, casarse con una mucha­cha pobre, con el pretexto de que es bonita y se está enamorado de ella. En Francia, las muchachas que carecen de belleza no carecen de admiradores; no­sotros somos muy listos. En otros países tienen que meterse de monjas, y por eso en España son indispen­sables los conventos. En ese país, las muchachas no tienen dote, y esta ley ha mantenido el triunfo del amor. En Francia, ¿no se ha refugiado el amor en el quinto piso, es decir, entre las muchachas que no se casan por medio del notario de la familia?

Del don Juan de lord Byron no hay que hablar: no es más que un Faublas, un guapo mozo insignifi­cante y sobre el cual se precipitan toda clase de venturas inverosímiles.

Fue, pues, en Italia, y sólo en el siglo XVI, donde debió aparecer por primera vez ese carácter singu­lar. Fue en Italia, y en el siglo XVII, donde una prin­cesa decía, tomando con placer un helado la noche de un día muy caluroso: “¡Qué lástima que esto no sea pecado!”.

Este sentimiento es, a mi juicio, la base del ca­rácter de don Juan; y, como se ve, le es necesaria la religión cristiana.

A lo cual exclama un autor napolitano: “¿Acaso no es nada desafiar al cielo y creer que el cielo pue­de en ese mismo momento reducirnos a cenizas? De ahí la suma voluptuosidad, dicen, de tener una amante monja, y monja piadosísima, que sabe muy bien que peca y pide perdón a Dios con pasión, como con pasión peca.”

Supongamos un cristiano muy perverso, nacido en Roma, justo en el momento en que el severo Pío V acababa de restaurar o de inventar multitud de prácticas minuciosas absolutamente ajenas a esa moral sencilla que sólo llama virtud a “lo que es útil a los hombres.” Acababa de ser reforzada, y aterro­rizaba a todos, una Inquisición inexorable, tan ine­xorable, que duró poco en Italia y tuvo que refugiarse en España. Durante años, se aplicaron penas muy grandes al incumplimiento o al menos­precio público de esas pequeñas prácticas minucio­sas elevadas a la categoría de los deberes más sagrados de la religión; ese supuesto cristiano perverso se encogería de hombros al ver temblar a todos los ciudadanos ante las terribles leyes de la inquisición.

“¡Muy bien! -se diría- Soy el hombre más rico de Roma, esta capital del mundo; voy a ser también el más valiente; me burlaré públicamente de todo lo que esa gente respeta y que tan poco se parece a lo que se debe respetar.”

Pues un don Juan, para serlo, tiene que ser hombre valiente y poseer esa inteligencia viva y certera que hace ver claros los motivos de las accio­nes de los hombres.

Francisco Cenci se diría: “¿Con qué acciones re­sonantes podré yo, un romano nacido en Roma en 1527, precisamente durante los seis meses en que los soldados luteranos del condestable de Borbón co­metieron aquí las más horrendas profanaciones de las cosas sagradas; con qué acciones podré poner de manifiesto mi valor y darme, lo más profundamente posible, el gusto de desafiar a la opinión? ¿Cómo asombrar a mis mentecatos contemporáneos? ¿Có­mo darme el vivísimo placer de sentirme diferente de ese vulgo?”.

A un romano, a un romano de la Edad Media, no podía caberle en la cabeza quedarse sólo en palabras. No hay país donde tanto se desprecien las palabras audaces corno en Italia.

El hombre que pudo decirse a sí mismo estas cosas se llamaba Francisco Cenci; fue asesinado frente a su hija y a su mujer el 15 de septiembre de 1598. De este don Juan no nos queda nada simpático, pues su carácter no fue dulcificado y “atenuado” por la idea de ser ante todo un hombre de buena sociedad, como el don Juan de Molière. Sólo pensaba en los demás para destacar su superioridad sobre ellos, y para utilizarlos en sus propósitos u odiarlos. Don Juan no siente nunca placer en las simpatías, en las dulces ensoñaciones o en las ilusiones de un corazón tierno. Necesita ante todo placeres que sean triunfos, que puedan verlos los demás, que no se puedan negar; necesita la lista enumerada por el insolente Le­porello ante la triste Elvira.

El don Juan romano se guardó muy bien de la insigne torpeza de dar la clave de su carácter y hacer confidencias a un lacayo, como lo hace el don Juan de Molière; vivió sin confidente y no pronunció más palabras que las que eran útiles para llevar adelante sus designios. Nadie vio en él esos momentos de ternura verdadera y de jovialidad seductora que nos hacen perdonar al don Juan de Mozart; en suma, el retrato que voy a exponer es horrible.

Por mi gusto, no hablaría sobre este carácter, me ha­bría limitado a estudiarlo, pues está más cerca de lo horrible que de lo curioso; pero he de confesar que me lo han pedido unos amigos a los que no podía negar nada. En 1823 tuve la suerte de ver Italia con unas personas adorables a las que nunca olvidaré, y, como a ellos, me sedujo el admirable retrato de Beatriz Cenci que está en el palacio Barberini de Roma.

Actualmente, la galería de ese palacio ha queda­do reducida a siete u ocho cuadros, pero cuatro de ellos son obras maestras. En primer lugar, el retrato de la célebre “Fornarina”, la amante de Rafael, pin­tado por el propio Rafael. Este retrato, de cuya au­tenticidad no puede caber la menor duda pues existen copias contemporáneas, es completamente distinto de la figura que, en la galería de Florencia, se presenta como retrato de la amante de Rafael y que con este nombre fue grabado por Morghen. El retrato de Florencia no es siguiera de Rafael. ¿Se dignará el lector, en obsequio a este gran nombre, perdonar esta pequeña digresión?

El segundo retrato valioso de la galería Barberi­ni es de Guido; es el retrato de Beatriz Cenci, del que tantos malos grabados se ven. Este gran pintor puso en el cuello de Beatriz un insigni­ficante trozo de tela, y en la cabeza un turbante; tuvo miedo de llevar la verdad hasta lo horrible, sí hubiera repro­ducido exactamente la vestidura que Beatriz se ma­ndó hacer para ir al suplicio y la cabellera en desor­den de una pobre niña de dieciséis años que acaba de entregarse a la desesperación. El rostro es dulce y bello, la mirada muy tierna y los ojos muy grandes, con la expresión asombrada de una persona a la que acaban de sorprender llorando amargamente. El cabello es rubio y muy bonito. Este rostro no tiene nada de la altivez romana y de esa conciencia de las propias fuerzas que solemos observar en la firme mirada de una “hija del Tíber”, de una figlia del Tevere, como dicen ellas mismas con tanto orgullo. Desgracia­damente, las medias tintas han tomado un rojo la­drillo en ese intervalo de doscientos treinta y ocho años que nos separa de la catástrofe cuyo relato se va a leer.

El tercer retrato de la galería Barberini es el de Lucrecia Petroni, madrastra de Beatriz, que fue eje­cutada con ella. Es el tipo de la matrona romana en su belleza y su orgullo naturales. Las facciones son grandes y la tez de una blancura resplandeciente, las cejas negras y muy marcadas, la mirada imperiosa y al mismo tiempo llena de voluptuosidad. Es un be­llo contraste con el rostro tan dulce, tan inocente, casi alemán, de su hijastra.

El cuarto retrato, brillante por el verismo y es­plendor de los colores, es una de las obras maestras de Tiziano; es el de una esclava griega que fue amante del famoso dux Barbarigo.

Casi todos los extranjeros que llegan a Roma empiezan por ir a la galería Barberini, atraídos, so­bre todo las mujeres, por los retratos de Beatriz Cenci y de su madrastra. Yo compartí la curiosidad general; después, como todo el mundo, procuré conocer los documentos de ese proceso céle­bre. Creo que el que los consiga le extrañará mucho, al leer estos documentos donde todo está en latín, excepto las respuestas de los acusados, casi no encontrar la explicación de los hechos. Y eso es porque en 1599 no los ignoraba nadie en Roma. Yo adquirí el derecho de copiar un relato contem­poráneo; he creído que podía dar a conocer la traducción sin afectar ninguna norma social. Por lo menos esta traducción era posible leerla en voz alta delante de las damas en 1823. Claro que el traductor deja de ser fiel cuando no puede serlo: el horror se impondría fá­cilmente al interés por curiosidad.

Aquí se expone en todo su horror el triste papel del don Juan puro (el que no intenta ajustarse a nin­gún modelo ideal y sólo para ultrajarla piensa en la opinión del mundo). La magnitud de sus crímenes obliga a dos mujeres desdichadas a hacer que lo maten en su presencia; estas dos mujeres eran su esposa y su hija, y el lector no se atreverá a decidir si fueron culpables. Sus contemporáneos pensaron que no debían morir.

Yo estoy convencido de que la tragedia de Ga­leotto Manfredi muerto por su mujer, tema tratado por el gran poeta Monti así como tantas otras tra­gedias domésticas del siglo XV menos conocidas y apenas registradas en las historias particulares de las ciudades de Italia, acabó en una escena semejante a la del palacio de Petrella. He aquí la traducción del relato contemporáneo (está en italiano de Roma y fue escrito el 14 de septiembre de 1599).

 

 

 

HISTORIA VERDADERA
de la muerte de Santiago y Beatriz Cenci, y de Lucrecia Pe­croni Cenci, su madrastra,

ejecutados por delito de parricidio el sábado pasado, 11 de septiembre de 1599,

bajo el reinado de nuestro santo padre el papa Clemente VIII Aldobrandini.

 

 

 

La execrable vida que llevó siempre Francisco Cenci, nacido en Roma y uno de nuestros conciu­dadanos más opulentos, acabó por labrar su perdi­ción. Arrastró a una muerte prematura a sus hijos, jóvenes fuertes y valerosos, y a su hija Beatriz, que, aunque apenas tenía dieciséis años cuando fue al suplicio (hace hoy cuatro días), era ya considerada como una de las mujeres más bellas de los estados del papa y de toda Italia.

Se dice que el señor Gui­do Reni, uno de los discípulos de la admirable es­cuela de Bolonia, quiso hacer el retrato de la pobre Beatriz el viernes pasado, es decir, la víspera misma de su ejecución. Si ese gran pintor ha dado cima a esta obra como lo ha hecho con otras pinturas reali­zadas en esta capital, la posteridad podrá tener una idea de lo que fue la belleza de esta muchacha admi­rable.

Con el propósito de que esa posteridad pueda conservar también algún recuerdo de sus desventu­ras sin igual y de la pasmosa fuerza con que esa al­ma verdaderamente romana supo combatirlas, me determiné a escribir lo que he sabido sobre el hecho que la llevó a la muerte y lo que vi el día de su glo­riosa tragedia.

Las personas que me han dado los siguientes informes podían, por su situación, estar enteradas de las circunstancias más secretas, circunstancias igno­radas en Roma incluso hoy mismo, aunque desde hace seis semanas no se habla de otra cosa que del proceso de los Cenci. Como estoy seguro de poder depositar mis comentarios en archivos respetables, de los que seguro no saldrán antes de mi muerte, escri­biré con cierta libertad. Mi único pesar es tener que hablar, pero así lo exige la verdad, contra la inocen­cia de esa pobre Beatriz Cenci, adorada y respetada por todos los que la conocieron, tan adorada y res­petada como odiado y execrado era su horrible pa­dre.

Este hombre, había re­cibido del cielo una sagacidad y una gallardía pas­mosas -no se puede negar-, fue hijo de monseñor Cenci, el cual en el reinado de Pío V (Ghislieri) llegó al cargo de tesore­ro (ministro de Hacienda). Aquel santo papa, muy dedicado, como se sabe, por su justo odio a la he­rejía y por el restablecimiento de su admirable in­quisi- ción, desdeñó la administración temporal de su Estado, y así aquel monseñor Cenci, que fue tesore­ro durante varios años antes de 1572, se las arregló para dejar al hombre horrible que fue su hijo y padre de Beatriz una renta neta de ciento sesenta mil piastras (aproximadamente, dos millones quinientos mil francos de 1837).

Francisco Cenci, además de esta gran fortuna, tenía una fama de valor y de prudencia a la que no pudo llegar, en su joven edad, ningún otro romano; y esta fama lo daba tanto más prestigio en la corte del papa y entre todo el pueblo, pues los he­chos criminales que se le atribuían eran de esos que el mundo perdona fácilmente. Muchos romanos recordaban todavía, con amarga añoranza, la liber­tad de pensar y de obrar que se gozaba en tiem­pos de León X, al que perdimos en 1513, y de Pablo III, muerto en 1549. En el reinado de este último papa se empezó a hablar del joven Francisco Cenci por causa de ciertos amores singulares llevados a buen término por medios más singulares todavía.

En el reinado de Pablo III, un tiempo en que todavía se podía hablar con cierta confianza, muchos decían que Francisco Cenci era ávido sobre todo de hechos extraordinarios que pudieran darle peripezie di nuova idea, sensaciones nuevas e inquietantes; los que tal cosa comentan, se basan en que en sus libros de cuen­tas se encuentran detalles como éste:

“Para las aventuras y peripezie de Toscanella, tres mil quinientas piastras (unos sesenta mil francos de 1837), e non fu caro (y no fue caro).”

Quizá en las demás ciudades de Italia no se sabe que en Roma nuestra suerte y nuestra manera de ser cambian según el carácter del papa reinante. Así, durante los trece años del buen papa Gregorio XIII (Buoncompagni), todo estaba permitido en Roma; el que quería hacía apuñalar a su enemigo, y si se portaba modestamente, no lo perseguían.

A este exceso de indulgencia sucedió un exceso de severidad durante los cinco años en que reinó el gran Sixto V, del que se ha dicho, como se dijo del emperador Augusto, que hubiera sido necesario que no viniera nunca o que permaneciera para siempre. En ese tiempo fueron ejecutados algunos infelices por asesinatos o envenenamientos ya olvidados desde hacía diez años, pero de los que habían tenido la desgracia de confesarse con el cardenal Montalto, después Sixto V.

Fue sobre todo en tiempos de Gregorio XIII cuando se empezó a hablar mucho de Francisco Cenci. Se había casado con una mujer muy rica, y como correspondía a tan acreditado señor, murió después de darle siete hijos. Poco después casó en segundas nupcias con Lucrecia Petroni, una mujer bellísima y célebre sobre todo por su tez deslum­bradoramente blanca, pero un poco demasiado en­trada en carnes, defecto corriente de nuestras romanas. Con Lucrecia no tuvo hijos.

El menor vicio de Francisco Cenci fue la pro­pensión a un amor infame; el mayor, no creer en Dios. Jamás se lo vio entrar en una iglesia.

Tres veces encarcelado por sus amores infames, salió del paso dando doscientas mil piastras a las personas que gozaban de predicamento con los doce papas bajo cuyo reinado vivió sucesivamente (doscientas mil piastras equivalen aproximadamente a cinco millones de 1837).

Yo no he visto a Francisco Cenci hasta que te­nía ya el cabello gris, bajo el reinado del papa Buon­compagni, cuando al que era audaz le estaba todo permitido. Era un hombre de unos cinco pies y cuatro pulgadas, muy buen tipo, aunque demasiado delgado; tenía fama de ser muy fuerte, una fama que quizá difundía él mismo; ojos grandes y expresivos; pero el párpado superior un poco demasiado caído, la nariz muy saliente y demasiado grande, los labios delgados y una sonrisa muy atractiva, que se torna­ba terrible cuando clavaba la mirada en sus enemi­gos; a poco que se emocionara o irritara, le entraba un temblor tan grande, que lo alteraba mucho. Durante mi juventud, reinando el papa Buoncompagni, veía a Cenci ir a caballo de Roma a Nápoles, segura­mente por alguno de sus amoríos; pasaba por los bosques de San Germano y de allí a Fajola, sin preocuparse en absoluto por los bandidos, y dicen que hacía el camino en menos de veinte horas. Via­jaba siempre solo y sin avisar a nadie; cuando su primer caballo estaba cansado, compraba otro o lo robaba. A las pocas dificultades que le surgieran, él no tenía ningún problema en dar una puñalada. Pero la verdad es que en tiempos de mi juventud, es decir, cuando él tenía cuarenta y ocho o cincuenta años, nadie era lo bastante valiente como para ponerle dificulta­des. Su mayor placer era desafiar a sus enemigos.

Era muy conocido en todos los caminos de los estados de su santidad; pagaba generosamente, pero cuando lo ofendían también era capaz de mandar a uno de sus sicarios, a los tres meses de la ofensa, a matar al ofensor.

La única acción virtuosa que realizó en toda su larga vida, fue construir en el patio de su gran pala­cio, junto al Tíbet, una iglesia dedicada a santo To­más. Le motivo esta bella acción el curioso deseo de tener ante sus ojos las tumbas de todos sus hi­jos, a los que tenía un odio tremendo y contra na­tura desde que estaban en la infancia y no podían, por lo tanto, haberle ofendido en nada.

“Aquí quiero meter a todos”, solía decir, con una risa amarga, a los obreros que empleaba en construir su iglesia.

A los tres mayores, Santiago, Cristóbal y Roque, los mandó a estudiar a España, en la Universidad de Salamanca. Una vez en ese lejano país, el padre tuvo el maligno placer de no mandarles ningún dinero, de suerte que los pobres mozos, después de escribi­r a su padre muchas cartas, todas sin respuesta, se vieron en la triste necesidad de volver a su patria pidiendo prestadas pequeñas cantidades de dinero o mendigando a lo largo del camino.

En Roma hallaron a un padre más severo y más rígido, más avaro que nunca; a pesar de sus inmensas riquezas, no quiso vestirlos ni darles dine­ro para comprar los más baratos alimentos. Los desdichados hubieron de acudir al papa, que obligó a Francisco Cenci a darles una pequeña pensión. Con este mísero recurso, se sepa­raron de él.

Al poco tiempo, enjuiciado por sus amores ver­gonzosos, Francisco fue a la cárcel por tercera y última vez; los tres hermanos, aprovechando la oca­sión, solicitaron una audiencia a nuestro santo pa­dre, el papa actualmente reinante, y le suplicaron, de común acuerdo, que condenara a muerte a Francis­co Cenci, su padre, porque, decían, deshonraba su casa. Clemente VIII estaba ya muy inclinado a condenarlo así, pero no quiso seguir su idea inicial por no dar gusto a aquellos hijos desnaturalizados, y los echó ignominiosamente de su presencia.

Como antes dijimos, el padre salió de la cárcel dando una elevada cantidad de dinero a quien podía ayudarlo. Se comprende que el extraño paso que habían dado sus tres hijos mayores aumentara más aún el odio que te-nía a sus descendientes. A todos, grandes y chicos, los maldecía a cada momento, y a sus dos pobres hijas, que vivían con él en su palacio, las trataba a palos.

La mayor, aunque vigilada de cerca, se las arre­gló de tal modo, que llegó con una súplica hasta el papa. Conjuró a su santidad a que la casara o le hi­ciera entrar en un convento. Clemente VIII se apia­dó de su desventura y la casó con Carlos Gabriello, de la familia más noble de Gubbio; su santidad obligó al padre a dar una elevada dote.

Este imprevisto golpe causó a Francisco Cenci grandísima ira, y para impedir que a Beatriz, cuando fuera mayor, se le ocurriera seguir el ejemplo de su hermana, la encerró en uno de los aposentos de su inmenso palacio. Nadie tuvo permiso para ver allí a Beatriz, de apenas catorce años a la razón y ya en todo el esplendor de una grandísima belleza. Tenía sobre todo una jovialidad, un candor y un ingenioso humor que nunca vi en nadie más que en ella. Francisco Cenci le llevaba personalmente la comida. Es de suponer que fue entonces cuando el monstruo se enamoró de ella, o fingió enamorarse para ator­mentar a su desventurada hija. Le hablaba a menudo de la pérfida jugarreta que le había hecho su hermana mayor y, encolerizándose al son de sus propias palabras, acababa por agarrar a golpes a Beatriz.

Mientras tanto, a su hijo Roque Cenci lo mató un muchacho de Norcía, y al año siguiente Pablo Corso de Massa mató a Cris- tóbal Cenci. En esta ocasión, el padre demostró su negra impiedad, pues en los fu­nerales de sus dos hijos no quiso gastar ni un centavo en velas. Cuando se enteró de la desgracia de su hijo Cristóbal, exclamó que no estaría contento hasta que estuvieran enterrados todos sus hijos, y que, cuando muriera el último, le gustaría, en señal de alegría, prender fuego a su palacio. Roma se quedó pasmada de estas palabras, pero todo le pa­recía posible en semejante hombre, que se jactaba además de desafiar a todo el mundo, y hasta al mismo papa. (Aquí resulta de todo punto imposible seguir al narrador romano en el relato, muy oscuro, de las extrañas cosas con que Francisco Cenci quiso asombrar a sus contemporáneos. Todo hace supo­ner que su mujer y su desventurada hija fueron víc­timas de sus abominables ideas.)

No lo bastaron todas estas cosas; con amenazas y empleando la fuerza, violó a su propia hija Beatriz, la cual era ya alta y bella. No se avergonzó de ir a meterse, completamente desnudo, en su cama. Y completamente desnudo se paseaba con ella por los salones de su palacio; después la llevaba a la cama de su mujer para que la pobre Lucrecia viera, a la luz de las lámparas, lo que hacía con Beatriz.

Daba a entender a esta pobre muchacha una horrible herejía que apenas me atrevo a contar: le decía que cuando un padre cohabita con su propia hija, los hijos que nacen son necesariamente santos, y que todos los santos más grandes venerados por la Igle­sia nacieron de esta manera, es decir, que su abuelo materno fue su padre.

Cuando Beatriz resistía a sus execrables deseos, la golpeaba brutalmente, tanto que esta pobre muchacha no pudiendo soportar una vida tan des­graciada, se lo ocurrió la idea de seguir el ejemplo de su hermana. Dirigió a nuestro santo padre el papa una súplica muy detallada; pero es de creer que Francisco Cenci había tomado sus precauciones, pues no parece que aquella súplica llegara a manos de su santidad; al menos, fue imposible en­contrarla en el archivo de los Memoriali cuando, estando Beatriz encarcelada, su defensor tuvo gran necesidad de este documento; habría probado, en cierto modo, los inauditos excesos cometi­dos en el palacio de Petrella. ¿No habría resultado evidente para todos que Beatriz Cenci se había en­contrado en el caso de legítima defensa? Aquel memorial hablaba también en nombre de Lucrecia, madrastra de Beatriz.

El caso es que Francisco Cenci se enteró de esta tentativa, y ya se puede suponer con qué furia aumentó los malos tratos infligidos a las dos desdicha­das mujeres.

La vida llegó a serles de todo punto insoporta­ble, y fue en entonces cuando al ver con toda segu­ridad que no podían esperar nada de la justicia del soberano, cuyos cortesanos estaban comprados por los grandes regalos de Francisco, pensaron tomar la extremada resolución que las perdió, pero que, sin em­bargo, tuvo la ventaja de poner fin a sus sufrimien­tos en este mundo.

Hay que decir que el célebre monsignor Guerra frecuentaba el palacio Cenci; era alto, muy guapo y había recibido del destino el don especial de que cualquier cosa que emprendiera la llevara a cabo con una gracia muy singular. Se ha supuesto que amaba a Beatriz y tenía el propósito de dejar la mantelleta y casarse con ella; pero, aunque se cui­dó mucho de ocultar sus sentimientos, Francisco Cenci lo odiaba, reprochándole haber tenido mucho trato con todos sus hijos. Cuando monsignor Gue­rra, se enteraba de que el signor Cenci estaba fuera de su palacio, subía a los aposentos de las damas y pasaba varias horas departiendo con ellas y escuchando sus quejas por los increíbles tratos que ambas sufrían. Parece ser que Beatriz fue la primera que se atrevió a hablar de viva voz a monsignor Guerra del propósito por ellas concebido. Con el tiempo, él se prestó al proyecto y, ante las vivas y repetidas instancias de Beatriz, accedió por fin a comunicárselo a Santiago Cenci, sin cuyo consenti­miento no se podía hacer nada, porque era el pri­mogénito y jefe de la casa después de Francisco.

Les fue muy fácil incluirle en la conspiración; su padre lo trataba muy mal y no le daba nada, cosa tanto más lamentable cuanto que Santiago estaba casado y tenía seis hi-jos. Para reunirse y tratar de los medios de dar muerte a Francisco Cenci, eligie­ron la casa de monsignor Guerra. Se deliberó sobre el asunto con todas las formas debidas, y so­bre todos los detalles se solicitó el voto de la mujer y de la hija.

Decidido finalmente el procedimiento, eligieron a dos vasallos de Francisco Cenci que habían conce­bido contra él un odio mortal. Uno de ellos se lla­maba Marcio; era un hombre valiente, muy adicto a los desdichados hijos de Francisco, y, por hacer algo que les fuera agradable, accedió a tomar parte en el parricidio. El segundo, Olimpio, había sido nom­brado alcaide de la fortaleza de Petrella, en el reino de Nápoles, por el príncipe Colonna; pero Francisco Cenci, con su poderosa influencia sobre el príncipe, había logrado que lo destituyera.

Quedaron convenidos todos los detalles con estos dos hombres; como Francisco Cenci había anunciado que, para evitar el mal aire de Roma, iría a pasar el verano siguiente en la fortaleza de Petrella, se les ocurrió la idea de reunir una docena de bandidos napolitanos.

Olimpio se encargó de buscarlos. Acordaron que esperasen escondidos en los bosques cercanos a Petre­lla, que ya se les avisaría el momento en que Francis­co saliera hacia la fortaleza, que entonces lo secuestrarían en el camino y pedirían a la familia un fuerte rescate por ponerle en libertad. Por ese motivo los hijos deberían volver a Roma para reunir la suma pedida por los bandidos. Fingirían que no podían encontrar tan rápido aquella cantidad, y los bandidos, al ver que no llegaba el dinero, cumplirían su amenaza dando muerte a Francisco Cenci. De esta manera, nadie sospecharía quiénes eran los verdaderos autores de tal muerte.

Pero llegado el verano, cuando Francisco Cenci salió de Roma para Petrella, el espía que tenía que avisar de la salida, se lo dijo demasiado tarde a los bandidos escondidos en los bosques, y no tuvieron tiempo a bajar al camino. Cenci llegó sin obstáculo a Petrela. Los bandidos, cansados de esperar una presa dudosa, fueron a robar a otra parte por su propia cuenta.

Por su parte, Cenci, viejo sagaz y desconfiado, no se arriesgaba nunca a salir de la fortaleza. Y co­mo su mal humor iba en aumento con los achaques de la edad, que le resultaban insoportables, se ensa­ñaba más aún en los atroces tratos que infligía a las dos pobres mujeres. Decía que se alegraban de sus dolores.

Beatriz, enloquecida por las cosas horribles que tenía que soportar, mandó llamar a Marcio y a Olimpio al pie de los muros de la fortaleza. Por la noche, cuando su padre estaba durmiendo, les habló desde una ventana baja y les tiró unas cartas que iban dirigidas a monsignor Guerra.

Por medio de estas cartas quedaba convenido que monsignor Guerra prometería a Marcio y a Olimpio mil piastras si aceptaban encargarse ellos mismos de dar muerte a Francisco Cenci. La tercera parte de esta cantidad se las pagaría monsignor Guerra en Roma antes del hecho, y las otras dos terceras partes se las darían Lucrecia y Beatriz cuan­do, muerto Cenci, fueran dueñas de su caja fuerte.

Se acordó además que la ejecución se llevaría a cabo el día de la Natividad de la Virgen, y para ello los dos hombres fueron introducidos con habilidad en la fortaleza. Pero a Lucrecia la detuvo el respeto debido a una fiesta de la Madonna, y pidió a Beatriz el aplazamiento de un día, para no cometer un do­ble pecado.

Y en la noche del 9 de septiembre de 1598 la madre y la hija se las arreglaron para dar opio a Francisco Cenci, un hombre tan difícil de engañar, que cayó en un profundo sueño.

A medianoche la propia Beatriz introdujo en la fortaleza a Marcio y a Olimpio; inmediatamente, Lucrecia y Beatriz los llevaron al cuarto del viejo, que estaba profundamente dormido. Allí los dejaron para que hiciesen lo convenido, mientras las dos mujeres se retiraron a esperar en una estancia conti­gua. De pronto vieron volver aquellos dos hombres, pálidos y muy alterados.

-¿Qué pasa? -exclamaron las mujeres.

-¡Que es una cobardía y una vergüenza matar a un viejo dormido! –contestaron-. La compa­sión nos ha impedido hacerlo.

Esta disculpa causó gran indignación a Beatriz, que empezó a insultarlos diciéndoles: “¡De modo que ustedes, que son hombres bien preparados para semejante acción, no tienen valor para matar a un hombre dormido! Pues menos lo tendrían para mirarle a la cara si estuviera despierto. ¡Y para eso se atreven a aceptar dinero! ¡Bueno, puesto que sus cobardías así lo quiere, yo misma mataré a mi padre! ¡Y ustedes no vivirán mucho tiempo!”

Estimulados por estas pocas palabras fulmi­nantes y temiendo una disminución en el precio convenido, los asesinos entraron resueltamente en el dormitorio seguidos por las dos mujeres. Uno de ellos llevaba un gran clavo y lo colocó verticalmente sobre el ojo del viejo dormido; el otro, que llevaba un martillo, le clavó otro en la cabeza. De la misma ma­nera otro clavo le metieron en el cuello, de suerte que a aquella pobre alma, cargada con tantos peca­dos recientes, se la llevaron los demonios; el cuerpo se debatió, pero en vano.

Hecho esto, la joven entregó a Olimpio una gran bolsa llena de dinero y a Mario un abrigo de paño, adornado con un galón de oro, que había pertenecido a su padre, y los despidió.

Ya solas las mujeres, empezaron por sacar aquel gran clavo hundido en la cabeza del cadáver y los que tenía en el ojo y en el cuello; luego envolvieron el cuerpo con una sábana, lo arrastraron a través de una larga serie de habitaciones hasta una galería que daba a un pe­queño jardín abandonado, y desde allí lo tiraron so­bre un gran saúco que había en aquel lugar solitario. Como al final de aquella pequeña galería había un retrete, esperaban que cuando al día siguiente en­contraran el cadáver del viejo colgando en las ramas del saúco, supondrían que se había resbalado y caído al ir al retrete.

Ocurrió exactamente lo que habían previsto. Por la mañana, cuando encontraron el cadáver, se produjo un gran clamor en la fortaleza; las dos mu­jeres se cuidaron de lanzar grandes gritos y llorar la muerte tan infortunada de un padre y un esposo. Pero la joven Beatriz tenía el valor del pudor ofen­dido, pero no la prudencia necesaria en la vida; muy de mañana había dado a una mujer que lavaba la ropa en la fortaleza, una sábana manchada de sangre, diciéndole que no lo chocara que fuera tanta, por­que ella había perdido mucha durante toda la noche, de manera que por el momento todo fue bien.

Dieron honorable sepultura a Francisco Cenci y las mujeres tornaron a Roma a gozar de aquella tranquilidad que durante tanto tiempo habían de­seado en vano.

Se creían felices para siempre porque no sabían lo que pasaba en Nápoles.

La justicia de Dios, que no podía permitir que un parricidio tan atroz quedara sin castigo, dispuso que tan pronto como se supo en esta capital lo que había pasado en la fortaleza de Petrella, el juez prin­cipal concibiera dudas y mandara a un comisario real a examinar el cadáver y ordenar la detención de los sospechosos.

El comisario real mandó detener a todos los que vivían en la fortaleza, y fueron conducidos a Nápoles encadenados. En las declaraciones nada pareció sospechoso, excepto lo que la lavandera dijo: que Beatriz le había dado una sábana o unas sábanas llenas de sangre. Le preguntaron si Beatriz había tratado de explicar aquellas grandes manchas de sangre; contestó que Beatriz había hablado de una indisposición natural. Le preguntaron si unas manchas tan grandes podían provenir de tal indis­posición; la lavandera contestó que no, que las manchas de la sábana eran de un rojo demasiado vivo.

Inmediatamente se dio traslado del sumario a la justicia de Roma, pero pasaron varios meses antes de que en dicha ciudad pensaran en detener a los hijos de Francisco Cenci. Lucrecia, Beatriz y Santia­go hubieran podido mil veces escapar, bien yéndose a Florencia con el pretexto de una peregrinación, bien embarcándose en Civitavecchia; pero Dios les negó esta inspiración salvadora.

Monsignor Guerra, enterado de lo que estaba sucediendo en Roma, puso inmediatamente en ejecución el plan de matar a Marcio y a Olimpio; pero sólo pudieron matar, en Terni, a Olimpio. La Justicia napolitana había detenido a Marcio, el cual, conducido a Nápoles, lo confesó inmediatamente todo.

Esta terrible declaración fue enviada inmedia­tamente a la justicia de Roma, la cual decidió finalmente hacer detener y conducir a la prisión de Corte Save­lla a Santiago y a Bernardo Cenci, únicos hijos de Francisco que estaban vivos, así como a Lucrecia, su viuda. Beatriz quedó custodiada en el palacio de su padre por una numerosa tropa de esbirros. Marcio fue conducido a Nápoles y encarcelado a su vez en la prisión Savella; allí lo carearon con las dos mujeres, que lo negaron todo con firmeza, sobre todo Bea­triz, quien no quiso reconocer el abrigo galonado que había dado a Marcio. Este, entusiasmado por la admirable belleza y la pasmosa elocuencia de la muchacha al contestar al juez, negó todo lo que había confesado en Nápoles. Sometido a tortura, se mantuvo en su negación de hechos y prefirió morir en el tor­mento en justo homenaje a la belleza de Beatriz.

Al morir este hombre, el cuerpo del delito no quedaba probado, y los jueces no encontraron que hubiera razón suficiente pata aplicar la tortura a los dos hijos de Cenci o a las dos mujeres. Conduje­ron a los cuatro al castillo Sant’Angelo, donde pasa­ron varios meses muy tranquilos.

Parecía todo terminado, y nadie dudaba ya en Roma de que aquella muchacha tan hermosa, tan valiente y que tanto interés había despertado sería muy pronto puesta en libertad, cuando, por desgra­cia, la justicia detuvo al bandido que había matado a Olimpio en Terni; este hombre, conducido a Roma, lo confesó todo.

Monsignor Guerra, tan extrañamente comprome­tido por la declaración del bandido, fue citado a comparecer inmediatamente. La prisión era segura, y probablemente la muerte. Pero este hombre admi­rable, a quien el destino había dado la facultad de hacer bien todas las cosas logró salvarse de una ma­nera que tiene algo de milagro. Tenía fama de ser el hombre más guapo de la corte del papa, y era dema­siado conocido en Roma para que pudiera esperar salvarse; además, las puertas estaban bien guardadas, y probablemente desde el momento mismo de la citación su casa estaba vigilada. Hay que decir que era muy alto, tenía la cara de una blancura perfecta, una hermosa barba rubia y una cabellera soberbia del mismo color.

Con increíble rapidez, sobornó a un carbonero, se puso sus vestiduras, se afeitó la cabeza y la barba, se tiñó la cara, compró dos asnos y se echó a las calles de Roma vendiendo carbón y cojeando. Adoptó admirablemente cierto aire ordinario y atontado e iba pregonando su carbón con la boca llena de pan y cebolla, mientras centenares de esbi­rros lo buscaban no sólo en Roma, sino también por todos los caminos. Por fin, ya bien conocida su cara por la mayoría de los esbirros, se atrevió a salir de Roma, siempre arreando a sus dos asnos cargados de car- bón. Tropezó con varias tropas de esbirros, a los que no se les ocurrió detenerle. Desde entonces, no se han tenido más noticias de él, salvo una carta; su madre le ha mandado dinero a Marsella, y se supone que se ha alistado como soldado de Francia.

La declaración del asesino de Terni y la huida de monsignor Guerra, que produjo en Roma gran sensación, reavivaron de tal modo las sospechas y hasta los indicios contra los Cenci, que fueron saca­dos del castillo Saint’Angelo y llevados a la pri­sión Savella.

Los hermanos, sometidos a tortura, no imitaron, ni mucho menos, la grandeza de alma del bandido Marcio; tuvieron la pusilanimidad de con­fesar todo. La signora Lucrecia Petroni estaba tan acostumbrada a la molicie y a las comodidades del gran lujo, y además era tan corpulenta, que no pudo soportar la tortura de la cuerda: dijo todo lo que sabía.

Pero no ocurrió lo mismo con Beatriz Cenci, plena de vivacidad y valor. De nada valieron las pa­labras ni las amenazas del juez Moscati. Soportó las torturas de la cuerda sin un momento de flaqueza y con una valentía perfecta. En ningún momento lo­gró el juez inducirla a una respuesta que la com­prometiera en nada; más aún, con su vivaz inteligencia confundió por completo al célebre Ulises Moscati, el juez encargado de interrogarla. De tal manera lo asombraron las maneras de actuar de aquella muchacha, que se creyó en el deber de mandar un informe de todo el caso a su santidad, el papa Clemente VIII, por ventura reinante.

Su santidad quiso ver los autos del proceso y estudiarlo. Le asaltó el temor de que la belleza de Beatriz hubiera impresionado al juez Ulises Moscati, tan célebre por su profunda ciencia y la superior sagacidad de su inteligencia, hasta el punto de tra­tarla con miramiento en los interrogatorios. En consecuencia, su santidad lo quitó la dirección de este proceso y la encomendó a otro juez más seve­ro. Este bárbaro tuvo el valor de atormentar sin piedad a un cuerpo tan bello ad torturam capillorum (es decir, lo aplicaron la tortura de colgarla por el cabello).

Mientras estaba amarrada a la cuerda, el nuevo juez hizo comparecer ante Beatriz a su madrastra y sus hermanos. Tan pronto como Santiago y la sig­nora Lucrecia la vieron, le dijeron:

-Cometido el pecado, hay que hacer también la penitencia y no dejarse destrozar el cuerpo por una vana obstinación.

-¿De modo que quieren cubrir de vergüenza nuestra casa -contestó la muchacha- y morir con ignominia? Están en un gran error; pero ya que así lo quieren, que así sea.

Y, dirigiéndose a los esbirros, les dijo:

-Desátenme y que me lean el interrogatorio de mi madre; aprobaré lo que deba ser aprobado y ne­garé lo que deba ser negado.

Así se hizo; Beatriz confesó todo lo que era cierto. Inmediatamente les quitaron las cadenas a todos, y como hacía cinco meses que Beatriz no veía a sus hermanos, quiso comer con ellos y pasaron los cuatro un día muy alegre.

Pero al día siguiente volvieron a separarlos; a los dos hermanos los condujeron a la cárcel de Tordi­nona y las mujeres se quedaron en la de Savella. Nuestro santo padre el papa, después de ver los autos con las confesiones de todos, ordenó que sin aplazamiento alguno se diera muerte a los acusados atándolos a la cola de un caballo sin domar.

Toda Roma se estremeció al enterarse de esta rigurosa sentencia. Gran número de cardenales y príncipes fueron a postrarse ante el papa, supli­cándole que permitiera a aquellos desdichados pre­sentar su defensa.

-¿Dieron ellos tiempo a su anciano padre para presentar la suya? -contestó indignado el papa.

Finalmente, por gracia especial, se dignó conce­der un aplazamiento de veinticinco días.

Inmediatamente, los primeros abogados de Roma se pusieron a “escribir” en esta causa, que había llenado a la ciudad de desconcierto y compa­sión. Al cumplirse los veinticinco días, se presenta­ron todos juntos ante su santidad. Habló primero Nicolo de Angalis, pero apenas había leído dos lí­neas de su defensa cuando Clemente VIII lo inte­rrumpió

-¡De modo que en Roma –exclamó- se encuen­tran hombres que matan a su padre y después abo­gados que los defiendan!

Todos permanecían mudos, cuando Farinacci se atrevió a levantar la voz.

-Santísimo padre –dijo-, no hemos venido aquí a defender el crimen, sino a probar, si podemos, que uno o varios de esos desdichados son inocentes del crimen.

El papa lo hizo seña de que hablara y Farinacci habló tres horas largas, después de lo cual el papa cogió los escritos de todos y los despidió. Cuando se iban, Altieri se quedó rezagado; temeroso de ha­berse comprometido, fue a arrodillarse ante el papa, diciendo:

-Soy abogado de los pobres y no tenía más remedio que intervenir en esta causa.

A lo que el papa contestó:

-No nos extrañamos de ti, sí de los otros.

El papa no quiso acostarse: se pasó toda la no­che leyendo las defensas de los abogados, ayudado en este trabajo por el cardenal de San Marcelo. Su santidad pareció tan conmovido, que algunos con­cibieron cierta esperanza por la vida de aquellos desdichados. Los abogados, para salvar a los hijos, cargaban todo el crimen a Beatriz. Como estaba probado en el proceso que su padre había empleado varias veces la fuerza con un fin criminal, los abo­gados esperaban que a ella lo sería perdonado el de­lito por haber obrado en legítima defensa; y, si así ocurría, perdonada la vida al principal autor del cri­men, ¿cómo iban a ser condenados a muerte los hermanos, que fueron inducidos por ella?

Después de aquella noche dedicada a sus debe­res de juez, Clemente VIII ordenó que los acusados fuesen de nuevo conducidos a la cárcel e incomuni­cados. Esto dio grandes esperanzas a Roma, que en toda esta causa no veía más que a Beatriz. Era evi­dente que había amado a monsignor Guerra, pero no había transgredido jamás las reglas de la más severa virtud; luego, con verdadera justicia, no se lo podían imputar los crímenes de un monstruo, ¡y la castigarían porque había hecho uso del derecho de defenderse! ¿Cuál habría sido el castigo si hubiera sido consentidora? ¿Iba la justicia humana a au­mentar el infortunio de una criatura tan seductora, tan digna de compasión y ya tan desgraciada? Des­pués de una vida tan triste, que había acumulado sobre ella toda clase de desgracias antes de cumplir dieciséis años, ¿no tenía por fin derecho a unos días menos horribles? Era como si a todos los romanos se les hubiera encomendado su defensa. ¿No la ha­brían perdonado si la primera vez que Francisco Cenci intentó el crimen lo hubieran apuñalado?

El papa Clemente VIII era benévolo y miseri­cordioso. Empezábamos a tener la esperanza de que, un poco pesaroso del arrebato que lo había hecho interrumpir la defensa de los abogados, perdo­naría a quien había respondido a la fuerza con la fuerza, no ciertamente en el momento del primer crimen, sino cuando se intentaba cometerlo de nue­vo.

Toda Roma vivía en la ansiedad, cuando el papa recibió la noticia de la muerte violenta de la mar­quesa Constancia Santa Croce. Su hijo, Pablo Santa Croce, acababa de matar a puñaladas a esta dama, de sesenta años, porque no quería nombrarle heredero de todos sus bienes. El informe añadía que Santa Croce había huido y que no tenían esperanza de detenerle. El papa recordó el fratrici­dio de los Massini, cometido poco tiempo antes. Desolado por la frecuencia de estos asesinatos co­metidos por parientes próximos, su santidad pensó que no lo era permitido perdonar. Al recibir este fatal informe sobre Santa Croce, el papa estaba en el palacio de Montecavallo, donde se encontraba el 6 de septiembre con el fin de estar más cerca de la iglesia de Santa María de los Ángeles, donde a la mañana siguiente debía consagrar obispo a un cardenal ale­mán.

El viernes, a las cuatro de la tarde, mandó lla­mar a Ferrante Taverna, gobernador de Roma, y lo dijo estas mismas palabras:

-Nos te encomendamos el asunto de los Cenci para que hagas justicia sin aplazamiento alguno.

El gobernador volvió a su palacio muy impre­sionado por la orden que acababa de recibir; pro­nunció inmediatamente la sentencia de muerte y convocó a una junta para deliberar sobre el modo de la ejecución.

La mañana del sábado, 11 de septiembre de 1599, los primeros señores de Roma, miembros de la hermandad de confortatori, se personaron en las dos prisiones, en Corte Savella, donde estaban Bea­triz y su madrastra, y en Tordinona, donde se en­contraban Santiago y Bernardo Cenci. Durante toda la noche del viernes al sábado, los señores romanos, que se habían enterado de lo que ocurría, no hicie­ron otra cosa que ir del palacio de Montecavallo a las de los principales cardenales, con el propósito de conseguir, por lo menos, que las mujeres fue­ran ejecutadas en el interior de la prisión y no en un infamante cadalso, y que se perdonara al joven Ber­nardo Cenci, el cual, de apenas quince años, no ha­bía podido entrar en ninguna conjura. En especial, el noble cardenal Sforza se distinguió por su celo en el transcurso de aquella noche fatal, pero aun siendo un príncipe tan poderoso, no pudo conseguir nada. El crimen de Santa Croce era un crimen vil, cometido por dinero, y el crimen de Beatriz se co­metió por salvar el honor.

Mientras los cardenales más poderosos daban tantos pasos inútiles, Farinacci, nuestro gran juris­consulto, tuvo la valentía de llegar hasta el papa; una vez ante su santidad, este hombre asombroso fue lo bastante hábil para llegar a la conciencia de Cle­mente VIII y, a fuerza de importunarle, logró que se perdonara la vida de Bernardo Cenci.

Cuando el papa pronunció esta gran palabra, se­rían las cuatro de la mañana (del sábado 11 de sep­tiembre). En la plaza del puente Saint’Angelo habían trabajado toda la noche en los preparativos de la cruel tragedia. Pero hasta las cinco de la maña­na no se pudieron terminar todas las copias necesa­rias de la sentencia de muerte, de manera que hasta las seis no fue posible ir a notificar la fatal noticia a aquellos pobres desdichados que estaban durmien­do tranquilamente.

En los primeros momentos, Beatriz no tuvo ni siquiera las fuerzas para vestirse. Lanzaba gritos penetrantes y continuos, y se entregaba sin contención alguna a la más terrible desesperación.

-¡Oh Dios mío! –exclamaba-, ¿es posible que haya yo de morir así, de improviso?

En cambio, Lucrecia Petroni no dijo nada que no fuera muy sensato; primero rezó de rodillas y después exhortó tranquilamente a su hija a que fue­ra con ella a la capilla, donde debían prepararse las dos para el gran tránsito de la vida a la muerte.

Estas grandes palabras devolvieron a Beatriz toda su tranquilidad. En cuanto su madrastra hizo volver en sí misma a aquella gran alma, se mostró tan prudente y razonable como extravagante

Pidió un notario para hacer testamento, cosa que le fue concedida. Dispuso que llevaran su cadá­ver a San Pietro in Montorio; dejó trescientos mil francos a las Stimate (religiosas de los estigmas de San Francisco), cantidad que debía ser destinada a formar la dote de cincuenta doncellas pobres. Este ejemplo conmovió a la signora Lucrecia, que también hizo testamento y dispuso que se llevara su cadáver a San Jorge y dejó a esta iglesia quinientos mil francos de limosnas e hizo otros legados piadosos.

A las ocho se confesaron, oyeron misa y recibie­ron la sagrada comunión. Pero, antes de la misa, Beatriz consideró que no era conveniente subir al cadalso, ante todo el pueblo, con las ricas vestiduras que llevaban. Encargó dos vestidos, uno para ella y otro para su madre. Se los hicieron como los de las monjas, sin adornos en el pecho y en los hombros, y solamente tableados y con mangas anchas. El ves­tido de la madrastra era de tela de algodón negro; el de la joven, de tafetán azul con un grueso cordón que ceñía la cintura.

Cuando llegaron los vestidos, la signora Beatriz, que estaba arrodillada, se levantó y dijo a la signora Lucrecia:

-Señora madre, se acerca la hora de nuestra pa­sión; debemos prepararnos, ponernos estos otros vestidos y prestarnos por última vez el servicio recí­proco de vestirnos.

En la plaza del puente Sant’Angelo habían le­vantado un gran patíbulo con un cepo y una mannaja (una especie de guillotina). A las ocho de la mañana, la compañía de la Misericordia llevó su gran crucifijo a la puerta de la prisión. El primero que salió fue Santiago Cenci; se arrodilló devotamente en el um­bral de la puerta, rezó y besó las sagradas llagas del crucifijo. Lo seguía Bernardo Cenci, su hermano pequeño, que tenía también las manos atadas y una tablilla delante de los ojos. El gentío era enorme, se produjo un tumulto por un vaso que cayó de una ventana casi sobre la cabeza de un penitente que iba junto al pendón con una antorcha encendida.

Cuando todos estaban mirando a los dos her­manos, avanzó de improviso el fiscal de Roma y dijo:

-Signor Bernardo, Nuestro Señor le perdona la vida; limítese a estar con sus familiares y ruegue a Dios por ellos.

Inmediatamente, dos confortatori le quita­ron la tablilla que llevaba delante de los ojos. El verdugo estaba colocando en la carreta a Santiago Cenci y ya le había quitado el vestido para poder atenazarle. Cuando el verdugo se acercó a Bernardo, comprobó la firma del indulto, lo desató, le quitó las esposas y, como estaba descubierto para ser atena­zado, el verdugo lo subió a la carreta y lo puso el rico manto de paño galonado de oro. (Se ha dicho que era el mismo que Beatriz dio a Marcio después de lo hecho en la fortaleza de Petrella.) La inmensa multitud aglomerada en la calle, en las ventanas y en los tejados se agitó de pronto; se oía un rumor sordo y profundo: la gente empezaba a decir que aquel chico había sido indultado.

Comenzaron los cantos de los salmos y la pro­cesión se dirigió despacio, por la plaza Navonne, hacia la prisión Savella. Llegados a la puerta de la misma, se detuvo el pendón, salieron las dos muje­res, adoraron la santa cruz y luego echaron a andar una detrás de otra. Iban vestidas como queda dicho, tocadas ambas con un gran velo de tafetán que les llegaba casi a la cintura.

La signora Lucrecia, en su calidad de viuda, lle­vaba un velo negro y unas chinelas de terciopelo negro sin tacones, como mandaba la costumbre. El velo de la muchacha era de tafetán azul, igual a su vestido; tenía además un velo de brocado de plata sobre los hombros, una falda de paño mo­rado y escarpines de terciopelo blanco, elegante­mente unidos y sujetos con un carmesí. Tenía una gracia singular caminando con este atuendo y a medi­da que la gente la veía avanzar despacio en las últi­mas filas de la procesión, brotaban las lágrimas en todos los ojos.

Las dos mujeres, tenían las manos libres, pero los brazos arados al cuerpo, de tal manera que po­dían llevar un crucifijo, que lo tenían muy cerca de los ojos. Las mangas de sus vestidos eran muy amplias, así que se le veían los brazos, cubiertos con una ca­misa atada en las muñecas, como es costumbre en este país.

La signora Lucrecia, menos firme de alma, llo­raba casi sin interrupción; en cambio, la joven Bea­triz demostraba gran valor, y dirigiendo los ojos a cada una de las iglesias ante las que pasaba la proce­sión, se arrodillaba un momento y decía con voz firme: Adoramus te Christe!

Mientras tanto, el pobre Santiago Cenci, atena­zado en su carreta, mostraba mucha firmeza.

A duras penas pudo la procesión atravesar la parte de abajo de la plaza del puente Saint’Angelo, tan grande era el número de carrozas y la multitud del pueblo. Inmediatamente condujeron a las muje­res a la capilla preparada para tal fin; después llevaron ahí mismo a Santiago Cenci.

El joven Bernardo, cubierto con su manto galo­nado, fue conducido directamente al patíbulo y todos creyeron que iban a darle muerte y que no había sido indultado. El pobre niño tuvo un miedo tan grande, que cayó desmayado al segundo paso que dio en el patíbulo. Lo hicieron volver en sí con agua fresca y lo sentaron frente a la mannaja.

El verdugo fue a buscar a la signora Lucrecia Petroni; tenía las manos atada a la espalda y ya no llevaba el velo sobre los hombros. Apareció en la plaza acompañada por el pendón, envuelta la cabeza en el velo de tafetán negro; hizo la reconciliación con Dios y besó las sagradas llagas. Le dijeron que dejara las chinelas en el pavimento; como era muy gruesa, le costó un poco subir los escalones. Ya en el cadalso, al quitarle el velo del tafetán negro, sufrió gran confusión de que la vieran con los hombros y los pechos descubiertos; se miró, luego miró la mannaja y, como con un gesto de resigna­ción, se encogió lentamente de hombros; se lo lle­naron de lágrimas los ojos y dijo: “¡Oh Dios mío!... Y ustedes, hermanos míos, rueguen por mi alma.”

No sabiendo lo que tenía que hacer, preguntó a Alejandro, primer verdugo, cómo debía comportar­se. El verdugo le dijo que se pusiera a horcajadas sobre la tabla del cepo. Pero a ella le pareció que esto ofendía al pudor y tardó mucho en hacerlo. (Los detalles que siguen son tolerables para el públi­co italiano, que quiere enterarse de todo con per­fecta exactitud; bástele al lector saber que aquella pobre mujer, por el pudor, se hirió en el pecho; el verdugo mostró la cabeza al pueblo y luego la en­volvió en el velo de tafetán negro.)

Mientras preparaban la mannaja para la joven, se derrumbaron unas gradas llenas de curiosos y muchos perecieron. De modo que comparecieron ante Dios antes que Beatriz.

Cuando Beatriz vio venir hacia la capilla el pen­dón para llevársela, dijo con vivacidad:

-¿Ha muerto mi señora madre?

Le contestaron que sí; se arrodilló ante el cruci­fijo y rezó con fervor por su alma. Luego habló en voz alta y durante un buen rato al crucifijo.

-Señor, resucitaste por mí, y yo te seguiré con buena voluntad, esperando en tu misericordia por mi enorme pecado...

Luego recitó varios salmos y oraciones, siempre en alabanza de Dios. Cuando por fin apareció ante ella el verdugo con una cuerda, dijo:

-Ata este cuerpo que debe ser castigado y desata esta alma que debe llegar a la inmortalidad y a una gloria eterna.

Se levantó, rezó, dejó las chinelas al pie de los escalones y, ya en el cadalso, pasó con ligereza la pierna sobre la tabla, apoyó el cuello bajo la mannaja y todo lo hizo perfectamente ella misma para evitar que la tocara el verdugo. Por la rapidez de sus movimientos, evitó que en el momento en que le quitaron el velo de tafetán el público le viera los hombros y el pecho. El verdugo tardó en la eje­cución, porque sobrevino un entorpecimiento. Mientras tanto, Beatriz invocaba en voz alta el nombre de Jesucristo y de la Virgen Santísima. En el momento fatal, el cuerpo hizo un vivo movi­miento. El pobre Bernardo Cenci, que seguía senta­do en el cadalso, volvió a caer desmayado y los confortatori tardaron más de una hora en reani­marle. Entonces subió al cadalso Santiago Cenci; (pero también, aquí hay que saltarse detalles demasiado terribles: Santiago Cenci fue muerto a golpes (mazzolato)).

Inmediatamente devolvieron a Bernardo a la pri­sión. Tenía una fiebre muy alta. Lo sangraron.

En cuanto a las pobres mujeres, metieron a cada una en su ataúd y las dejaron a unos pasos del ca­dalso, junto a la estatua de San Pablo, que es la pri­mera a la derecha en el puente Sant Angelo. Allí se quedaron hasta las cuatro y cuarto de la tarde. En­torno a cada ataúd ardían cuatro cirios de cera blan­ca.

Después las condujeron, con lo que quedaba de Santiago Cenci, al palacio del cónsul de Florencia. A las nueve y cuarto de la noche llevaron a San Pie­tro in Montorio el cadáver de Beatriz, cubierto con sus vestiduras y profusamente coronado de flores. Estaba deslumbradoramente bella; dijérase que es­taba dormida. La enterraron ante el altar mayor y la Transfiguración de Rafael de Urbino. Fue escoltada, con cincuenta grandes cirios encendidos, por todos los religiosos franciscanos de Roma. A las diez de la noche trasladaron el cadáver de Lucrecia Petroni a la iglesia de San Jorge.

Durante esta tragedia, la multitud fue innumerable; hasta donde alcanzaba la vista, las calles se veían llenas de carrozas y de gente; los tablados, las ventanas y los tejados, llenos de curiosos. El sol era aquel día tan abrasador que muchos perdieron el conocimiento y muchísimos contrajeron calenturas; y cuando acabó todo, a las dos menos cuarto, y se dispersó la mul­titud, murieron muchas personas asfixiadas y otras aplastadas por los caballos. El número de muertos fue muy considerable.

La signora Lucrecia Petroni era más bien baja que alta, y aunque tenía cincuenta años, se conser­vaba muy bien. De facciones muy bellas, tenía la nariz pequeña, los ojos negros, la tez muy blanca y con bellos colores; el cabello, escaso y castaño.

Beatriz Cenci, que será llorada eternamente, te­nía dieciséis años justos; era pequeña, bonitamente entrada en carnes y con unos hoyitos en medio de las mejillas, de manera que, muerta y coronada de flores, dijérase que estaba dormida, y hasta que re­ía como solía hacerlo en vida. Tenía la boca peque­ña, el cabello rubio y bucles naturales. Cuando iba a la muerte, estos bucles rubios le caían sobre los ojos, lo que lo daba cierta gracia y movía a compasión.

Santiago Cenci era pequeño, grueso, blanco de cara y con barba negra; cuando murió tenía aproxi­madamente veintiséis años. Bernardo Cenci era idéntico a su hermana, y como llevaba el cabello largo como ella, cuando apareció en el cadalso mu­cha gente lo confundió con ella.

El sol era tan abrasador, que varios espectado­res de esta tragedia murieron aquella noche, entre ellos Ubaldino Ubaldini, un joven guapísimo y que había gozado hasta entonces de una salud perfecta. Era hermano del signor Renzi, tan conocido en Roma. De modo que las sombras de los Cenci se fueron bien acompañadas.

Ayer, que fue martes 14 de septiembre de

1599, los penitentes de San Marcello, con ocasión de la fiesta de la Santa Cruz, hicieron uso de su privilegio para poner en libertad al signor Bernardo Cenci, que se obligó a pagar en un año cuatrocientos mil francos a la Santísima trinidad del puente Sixto.

 


(Añadido con otra letra)

De él descienden Francisco y Bernardo Cenci, que viven hoy.

El célebre Farinacci, que, gracias a su obstina­ción, salvó la vida del joven Cenci, publicó sus alegatos. Sólo da un extracto del alegato número 66, que pronunció ante Clemente VIII en defensa de los Cenci. Esta defensa, en lengua latina, ocuparía seis grandes páginas, y no puedo incluirla aquí, lo que lamento, pues pinta las maneras de pensar de 1599; me parece muy razonable. Muchos años des­pués de 1599, Farinacci, al ver impresos sus alega­tos, añadió una nota al que había pronunciado en defensa de los Cenci: Omnes fuerunt ultimo supplicio effecti, exceptoBernardo qui ad trirremes cum bonorum confis­cationes condematus fuit, ac etiam ad interessendum aliorum morti prout interfuit. El final de esta nota en latín es emocionante, pero supongo que el lector está can­sado de tan larga historia.