LA PUERTA DE LA OPORTUNIDAD

 

                                                                        William Somerset Maugham

  

Consiguieron estar solos en un departamento de primera, una suerte, porque llevaban bastante equipaje: las maletas con los trajes de Alban y de Anne, un portamantas y la sombrerera. Además, habían facturado en el mismo tren dos baúles que contenían lo más necesario. Alban había enviado el resto por una agencia de Londres, donde lo guardarían hasta que decidieron lo que iban a hacer. Tenían muchas cosas, cuadros, libros y curiosidades que Alban había coleccionado en el Este, aparte de sus escopetas y monturas. Por fin habían salido de Sondurah para siempre, Alban, siguiendo su costumbre, dio una generosa propina al mozo y después fue a buscar periódicos. Compró The New Statesman, The Nation, The Nation, The Tatler, The Sketch y el último número de The London Mercury, regresando con ellos al vagón y arrojándolos sobre el asiento.

-El viaje sólo dura una hora -dijo Anne. -Lo sé, pero quería comprarlos todos. ¡He estado tanto tiempo sin ninguno! ¿No te parece maravilloso que mañana podamos leer el The Times, The Express y The Mail del día?

Anne no dijo nada, y él se volvió al ver que se acercaba a ellos un matrimonio con quien habían hecho el viaje desde Singapur.

-¿Pasaron sin novedad la aduana? -les preguntó alegremente.

El marido pareció no oírle, porque siguió andando, pero su mujer contestó:

-Sí, no encontraron los cigarrillos.

Entonces vio a Anne, sonriéndole cariñosamente al pasar. Anne enrojeció.

-He temido que se metieran aquí -dijo Alban-. Pero de ser posible, será mucho mejor que el departamento sea sólo para nosotros dos.

-Me parece que no tienes porqué preocuparte -dijo Anne. -Creo que no nos molestará nadie.

Alban encendió un cigarrillo, asomándose a la puerta del vagón. En su rostro se dibujaba una sonrisa feliz. Cuando cruzaron el Mar Rojo, encontrado en el Canal un viento frío, Anne se quedó sorprendida al ver cómo habían cambiado los hombres sólo al quitarse sus trajes blancos, con los que estaba acostumbrada a verlos, y ponerse otros de más abrigo. Tenían un aspecto desastroso. Sus corbatas eran horribles y sus camisas estaban mal hechas. Llevaban unos pantalones de franela y unas viejas chaquetas deportivas, o bien unos trajes azules de estambre que claramente indicaban un sastre provinciano. La mayoría de los pasajeros habían desembarcado en Marsella, pero unos doce, sea porque después de una larga permanencia en los trópicos creyeran que el viaje por mar les sentaría bien, sea por razones de economía -en este caso se encontraban ellos-, siguieron directamente hacia Tilbury. En aquel momento iban apareciendo en el andén. Unos llevaban sombreros de ala ancha y recios abrigos; otros se cubrían con sombreros de fieltro sin forma alguna o con bombines no muy bien cepillados que parecían quedarles pequeños. Tenían un aspecto tosco, como el de personas de modesta condición. Pero Alban parecía un perfecto londinense. Su elegante abrigo no tenía una mota de polvo, y su sombrero era impecable. Nadie hubiera dicho que hacía tres años que estaba ausente de Inglaterra. El cuello le ajustaba perfectamente, y la corbata de seda tenía un nudo primoroso. Anne, al mirarle, no pudo menos de reconocer que era un hombre guapo. Tenía unos seis pies de estatura, era esbelto y vestía con un gusto exquisito; además, sus trajes estaban bien cortados. Su pelo era rubio y aun abundante; sus ojos, azules, y su tez de ese tono levemente amarillo que es común en los hombres de su temperamento después que han perdido la frescura de la primera juventud. Sus mejillas carecían de color. Su cabeza era bien proporcionada, y el cuello algo largo con una nuez un poco sobresaliente, pero impresionaba más su distinción que la belleza de su rostro. Salía muy bien en las fotografías, debido a sus facciones regulares, a su nariz recta y a su frente ancha. Es más, por ellas se hubiera dicho que era verdaderamente guapo. Y no era sí, porque sus cejas y sus pestañas eran incoloras y sus labios muy finos. Tenía el aspecto de un intelectual. Su rostro denotaba un refinamiento y una espiritualidad extraordinarias. Así debían de ser los poetas. Cuando eran novios, Anne les dijo a las amigos que le preguntaron por él que se parecía a Shelley.

De pronto, su marido se volvió hacia ella con una leve sonrisa en sus ojos azules. Su sonrisa era muy atractiva.

-¡Qué día más hermoso para desembarcar en Inglaterra!

Era octubre. Habían cruzado el Canal sobre un mar gris y bajo un cielo plomizo. No había el menor soplo de viento. Las lanchas pesqueras parecían reposar en el agua plácida, como si los elementos hubiesen olvidado su tradicional hostilidad. La costa era de un extraordinario color verde, pero de un verde acogedor completamente distinto del lujurioso y vehemente de las selvas tropicales. Las rojas ciudades que surgían en tierra parecían dar cariñosamente la bienvenida a los desterrados. Al penetrar en el estuario del Támesis divisaron la llanura de Essex y poco después Chalk Church, en la costa de Lent, alzándose solitaria en medio de árboles azotados por los temporales, y más allá aún los bosques de Cobhamw. El sol, un disco rojo entre una leve neblina, desapareció tras los pantanos, y se hizo de noche. En la estación, la luz de los arcos voltaicos resaltaba trozos vivamente iluminados en medio de la oscuridad. Era agradable ver a los mozos con sus viejos uniformes ir de un lado para otro, y al jefe de estación, un hombre grueso, dándose importancia con su bombín. De pronto tocó un silbato, haciendo a la vez una señal con la mano. Alban subió al coche, sentándose en el rincón opuesto al de Anne. El tren se puso en marcha.

-A las seis y diez llegaremos a Londres -dijo Alban. -Podremos estar en Jermyn Street a las siete. Así tendremos una hora para bañarnos y cambiarnos de ropa. Y a las ocho y media iremos al Savoy para cenar. Pediremos una botella de champaña y una buena cena, querida-. Se echó a reír. -He oído que los Stroud y los Maundy se citaban en el Trocadero.

Alban cogió los periódicos, preguntándole a su mujer si quería alguno. Anne negó con la cabeza.

-¿Estás cansada? -preguntó él sonriendo.

-No.

-¿Nerviosa?

Para no contestar, ella se rió levemente. Alban se puso a leer los periódicos, comenzando por los anuncios, y Anne se dio cuenta de la profunda satisfacción que experimentaba al tenerlos otra vez entre las manos. En Sondurah también recibían aquellos periódicos, pero con un retraso de seis meses, y aunque los tenían al corriente de cuanto sucedía en el mundo y podía interesarles, esto no hacía más que acentuar su destierro. En cambio, estos acababan de imprimirse. Olían de una forma diferente. Su frescura era casi voluptuosa. Alban quería leerlos todos inmediatamente. Anne miró por la ventanilla. Era de noche y apenas si podía ver otra cosa que la luz de su departamento reflejándose en los cristales. Pero al poco tiempo surgió a través de ellos la ciudad, con sus innumerables casas sórdidas y pequeñas, una luz en alguna ventana y las chimeneas de las fábricas alzando al cielo su triste silueta. Pasaron por Barking, East Ham y Bromley. Sin saber por que, el nombre que había leído al pasar por la estación le produjo un estremecimiento. Después, Stepney. Alban dejó los periódicos.

-Llegaremos dentro de cinco minutos.

Se puso el sombrero y empezó a bajar de la rejilla el equipaje que había colocado el mozo. Dirigió a Anne una mirada con ojos resplandecientes, y sus labios se contrajeron. Ella se dio cuenta de que a duras penas podía dominar su emoción. Después Alban se asomó también por la ventanilla. Pasaban sobre calles vivamente iluminadas, llenas de tranvías, autobuses y camiones, con las aceras llenas de gente. ¡Qué muchedumbre! Las tiendas raudales de luz. Vieron incluso a los vendedores ambulantes con sus carretones al borde de las aceras.

Alban cogió la mano de su mujer y la apretó dulcemente. Su sonrisa era tan cariñosa que Anne comprendió que tenía que decir algo, pero trató de hacerlo en broma:

-¿No sientes dentro algo raro?

-No sé si tengo ganas de llorar o de reír.

Fenchurch Street. Alban bajó el cristal de la ventanilla y llamó a un mozo. El tren con un rechinar de frenos, se detuvo. Un mozo abrió la portezuela, y Alban fue dán-dole el equipaje. Después saltó al andén, y con su habitual cortesía dio la mano a Anne para ayudarla a bajar. El mozo fue a buscar una carretilla, y ellos permanecieron junto al montón de sus maletas. Alban saludó a dos pasajeros del mismo barco en que habían viajado, los cuales pasaron junto a él. Uno de ellos le correspondió secamente.

-No sabes cómo me alegro al pensar que ya no tendré que tratar con esa insopor-table gente -dijo Alban.

Anne le dirigió una rápida mirada. Era verdaderamente incomprensible. Llegó el mozo con su carretilla, cargó el equipaje en ella y le siguieron para recoger los baúles. Alban cogió el brazo de su mujer y lo apretó ligeramente.

-El olor de Londres... ¡Dios! ¡Esto es magnífico!

El ruido, la animación y hasta la gente que le apretujaba eran para él un motivo de alegría. La luz de los arcos voltaicos y las sombras que formaban le producían una especie de júbilo. Salieron a la calle y el mozo fue a buscar un taxi. Los ojos de Alban brillaron al ver los autobuses y el guardia urbano que dirigía el tráfico. En su rostro distinguido se reflejaba algo semejante a la inspiración. Llegó el taxi y amontonaron el equipaje al lado del chofer. Alban dio al mozo media corona y el coche arrancó. Doblaron Gracechurch Street, y en Cannon Street los detuvo el guardia de tráfico. Alban se echó a reír.

-¿Qué te pasa? -le preguntó Anne.

-Que estoy muy excitado.

Después siguieron a lo largo del Embankment. Reinaba allí una tranquilidad rela-tiva. Los adelantaron varios taxis y coches particulares. Las campanas de los tranvías eran música en sus oídos. En Westminster cruzaron Parliament Square, continuando por el verde silencio de St. James's Park. Habían tomado una habitación en un hotel de Jermyn Street. El conserje los condujo al primer piso, y un mozo subió el equipaje. La habitación tenía dos camas y un cuarto de baño.

-Esto parece que está bien -dijo Alban-. Podemos quedarnos aquí hasta que en-contremos un piso.

Entonces miró el reloj.

-Escucha, querida. Si nos ponemos a deshacer el equipaje juntos vamos a estor-barnos mutuamente. Para esto tenemos tiempo de sobra, y como tú tardarás más en arreglarte y vestirte que yo, voy a salir. Quiero ir al club a ver si tengo alguna carta. Mi smoking está en la maleta, y no tardaré veinte minutos en bañarme y vestirme. ¿Qué te parece?

-Muy bien.

-Estaré de vuelta dentro de una hora.

-De acuerdo.

Alban sacó del bolsillo el pequeño peine que siempre llevaba consigo y se lo pa-só por su largo pelo rubio. Después se puso el sombrero y se miró un instante al espejo.

-¿Te abro el grifo del baño?

-No, no te preocupes.

-Bien; entonces, adiós,

Cuando hubo salido, Anne cogió su maleta y su sombrerera, y las puso encima de su baúl. Después pulsó el timbre. Ni siquiera se había quitado el sombrero. Se sentó, encendiendo un cigarrillo. Cuando contestaron a su llamada, encargó que llamaran al mozo, quien entró poco después. Ella señaló su equipaje.

-Haga el favor de bajar esto y dejarlo en el vestíbulo. Ya le diré lo que tiene que hacer.

-Está bien, señora.

Anne le dio un florín. El mozo cargó con el baúl y el resto del equipaje y salió, cerrando la puerta tras de sí. Unas lágrimas se deslizaron por las mejillas de Anne, pero trató de sobreponerse. Se secó los ojos y se empolvó la cara. Necesitaba de toda su serenidad. Había sido una suerte que a Alban se le ocurriera ir al club. Eso haría que todo fuese más fácil, y, además, le daba tiempo para pensar.

Ya que había llegado el momento de poner en práctica lo que había decidido hacía tanto tiempo, ahora que tenía que decir aquellas cosas terribles, le faltaba el ánimo. Se sentía acobardada. Sabía exactamente lo que iba a decir a Alban; lo había pensado mucho antes y se lo había repetido interiormente infinidad de veces durante su largo viaje desde Singapur, pero tenía miedo de no ser lo suficientemente explícita. La posibilidad de una discusión la espantaba. Al pensar en una escena sentía horror. Así, pues, era algo tener una hora para intentar dominar su nerviosismo. Alban diría que era cruel, despiadada e irrazonable. Pero no podía hacer otra cosa.

-No, no, no... -exclamó en voz alta.

Se estremeció, y, de pronto, se vio nuevamente en el bungalow, sentada, como había estado cuando aquello comenzó. Era casi la hora de comer, y Alban estaba a punto de regresar de la oficina. Entonces, al pensar que tenía una habitación conforta-ble para recibirle, sentía una gran satisfacción; aquella espaciosa era su sala de estar, y se daba cuenta de que, aunque ya llevaban viviendo allí dieciocho meses, aun se recordaba en la colonia el éxito que había obtenido con ella. Las persianas estaban echadas, como una protección contre el sol del mediodía, y la luz que se filtraba a través de ellas daba la sensación de un silencio fresco. Anne estaba orgullosa de su casa, y aunque se trasladaban de distrito en distrito, según las exigencias del servicio, y rara vez permanecían en uno mucho tiempo, en cada nuevo sitio se lanzaba con re-novado entusiasmo a hacer su casa acogedora y confortable. Tenía un gusto moderno. Los visitantes se quedaban sorprendidos al no ver baratijas, y les llamaba la atención el atrevido color de las cortinas. Tampoco llegaban a comprender las reproducciones, colocadas en marcos plateados, de cuadros de Marie Laurencin y Gauguin, que pen-dían de las paredes con extraordinario buen gusto. Se daba cuenta de que había muy pocos que lo aprobaban porque las buenas señoras de Port Wallece y Pemberton juz-gaban sus arreglos afectados y fuera de lugar, pero ella le tenía sin cuidado. Ya aprenderían. Les sentaría bien la sorpresa. Entonces miró en torno suyo con la sonrisa de complacencia de un artista satisfecho de su obra. La veranda era alegre; era senci-lla; era acogedora. Vivificaba el espíritu excitado y la imaginación. Tres inmensos ja-rrones con canas amarillas completaban el colorido de la veranda. Sus ojos se fijaron un momento en los estantes completamente llenos de libros; también aquello había desconcertado a la colonia, porque juzgaban pesados todos los libros que tenían; pero ella los miró cariñosamente, como si fueran seres vivientes. Después se fijó en el pia-no. Una partitura estaba aún abierta en el atril. Era de Debussy. Alban había estado tocándola antes de ir a la oficina.

Sus amistades de la colonia la habían compadecido cuando Alban fue destinado a Dakar, el distrito más aislado de Sondurah. No tenía comunicación con la residencia del gobernador ni por telégrafo ni por teléfono. Pero a ella le gustó. Hacía bastante tiempo que residían allí, y esperaba que se quedasen hasta que, al cabo de un año. Al-ban disfrutase de sus vacaciones. El distrito era tan grande como un condado inglés, con una extensa costa y un mar salpicado de pequeñas islas. Lo atravesaba un río an-cho y tortuoso que corría entre colinas densamente cubiertas por una selva virgen. Su capital, situada muy al interior, remontando el río, se componía de unas tiendas chinas, un poblado indígena en medio cocoteros, la oficina del distrito, el bungalow del jefe del mismo, la residencia del ayudante y los cuarteles. Sus únicos vecinos eran el encargado de una plantación de goma, a unas millas río arriba, y el director y su ayudante, ambos holandeses, de un campo de madera situado en uno de los afluyentes del río. La lancha de la plantación de goma pasaba dos veces al mes y era su único medio de comunicación con el mundo. Pero a pesar de lo solitario que era el lugar, no se aburrían. Tenían ocupado todo el día. Al alba los esperaban los caballos para dar un paseo, aprovechando el fresco de la mañana, por las sendas de la jungla que aun pare-cían conservar el misterio de las noches tropicales. De regreso se bañaban y se muda-ban de ropa para desayunarse. Después, Alban se iba a la oficina. Anne se pasaba la mañana escribiendo cartas y trabajando. Desde el primer día se había enamorado de aquel país, y le costó mucho entender el dialecto más generalizado. Oyendo contar historias de amor, de celos y de muerte, su imaginación se exaltaba; eran historias románticas de un tiempo que acababa de pasar. Anne trató de conocer la erudición de aquellas extrañas gentes. Tanto ella como Alban leían bastante. Su librería era nume-rosa, y casi en cada correo les llegaban nuevos libros de Londres. Pocas novedades interesantes desconocían. A Alban, además, le gustaba tocar el piano. Para ser un afi-cionado, tocaba muy bien. Había estudiado música con bastante seriedad y poseía una agradable ejecución y buen oído. Alban podía leer música con facilidad, y Anne dis-frutaba sentándose a su lado y siguiendo la partitura cuando intentaba tocar algo nue-vo. Pero su mayor diversión eran los viajes por el distrito. Algunas veces estaban au-sentes quince días. Bajaban por el río en un praho, y al llegar al mar iban de una isla a otra, bañándose y pescando; otras veces remontaban el río hasta que éste se convertía en un arroyo y los árboles de ambas orillas se juntaban tanto que sólo se veía una es-trecha franja de cielo entre ellos. El barquero tenía allí que remar con pértiga. Des-pués pasaban la noche en una choza indígena. Se bañaban en los remansos del río, donde el agua era tan transparente que se veía relucir como plata la arena del fondo. Había sitios encantadores, tan tranquilos y aislados que a uno le asaltaba el deseo de quedarse allí para siempre. Por lo contrario, en otras ocasiones recorrían durante días enteros la jungla, durmiendo en tiendas de campaña, y a pesar de los mosquitos que los atormentaban y de las sanguijuelas que les chupaban la sangre, se divertían mu-chísimo. ¿Dónde podía dormirse mejor que en una cama de campaña? Después goza-ban del placer de regresar, de la alegría de hallar la casa acogedora y el orden prees-tablecido, las cartas que habían llegado de la patria, los periódicos y el piano.

Alban se sentaba entonces en el taburete. Sus dedos estaban deseando sentir el roce de las teclas, y tocaba piezas de Strawinsky, Ravel y Darius Milhaud, y a ella le parecía que él también ponía algo suyo en la música, algo que le habían inspirado los rumores de la jungla durante la noche, el alba en el estuario del río, las noches estrelladas y la transparencia cristalina de los remansos de la selva.

Algunas veces llovía torrencialmente durante días enteros. Entonces, Alban se dedicaba a estudiar el chino. Quería aprenderlo para entenderse con los chinos del pa-ís en su propio idioma, y Anne, entretanto, hacía innumerable cantidad de cosas que hasta entonces no había hecho por falta de tiempo. Esos días acrecentaban su intimidad; siempre tenían mucho de que hablar, y cuando cada uno estaba ocupado en su trabajo particular se alegraban, no obstante, de sentirse el uno tan cerca del otro. Ambos estaban muy unidos. La lluvia, que los obligaba a permanecer encerrados entre las cuatro paredes del bungalow, les hacía creer que eran un solo cuerpo frente al mundo.

En una ocasión fueron a Port Wallace. Fue un cambio, pero Anne se alegró al verse de nuevo en su casa. Allí no se había encontrado a gusto. Se dio cuenta de que Alban no le era simpático a nadie. Aquella gente era bastante ordinaria, de esa estúpi-da clase media de provincias, sin ninguno de esos intereses intelectuales que hacían que la vida fuese tan rica y variada para Alban y para ella; además, había muchos de carácter mezquino y de mal genio. Pero ya que tenían que relacionarse tanto con ellos, era desagradable que sintiesen antipatía por Alban. Decían de él que era orgu-lloso. Sin embargo, Alban los trataba afablemente, pero Anne se daba cuenta de que los ofendía con su cordialidad. Cuando era jovial, le acusaban de darse importancia, y cuando les gastaba alguna broma, de reírse a su costa.

Una vez se hospedaron en la residencia del gobernador, y la esposa de éste, la se-ñora Hannay, que sentía mucha simpatía por Anne, le habló del asunto. Quizá su marido le sugiriera que hiciese a Anne alguna observación.

-Evidentemente, querida, es una lástima que su marido no procure llevarse mejor con la gente. Es un hombre muy listo, pero, ¿no cree que sería mejor que no lo demostrase tan claramente? Ayer, precisamente, me dijo mi marido: "Desde luego, sé que Alban Torel es el funcionario más capaz del Servicio, pero no sé cómo se las arregla para que parezca siempre que quiere humillarme. Yo soy el gobernador, y cuando me habla me da la impresión de que me considera un majadero."

Lo peor era que Anne sabía la pésima opinión que tenía Alban del gobernador.

-No es que pretenda ser superior a los demás -repuso entonces sonriendo. -Tampoco es nada orgulloso. Yo creo que esto sólo se debe a que tiene una nariz recta y unos pómulos prominentes.

-En el club tampoco goza de muchas simpatías. Le llaman "Percy borla de polvos".

Anne enrojeció. Ya se lo habían dicho, y el mote la enfureció. Sus ojos se llena-ron de lágrimas.

-No es justo.

La señora Hannay le cogió una mano, dándole un pellizco cariñoso.

-Querida, ya sabe que no quiero herir sus sentimientos. Indudablemente, su mari-do hará una gran carrera, pero le sería más fácil el camino si se portara un poco más humanamente. ¿Por qué no juega al fútbol?

-No le gusta. Prefiere el tenis.

-Pues no le parece. Da la impresión de que aquí no hay nadie digno de jugar con él.

-Bueno, reconozco que eso es cierto -dijo Anne, picada.

Alban era un magnífico jugador de tenis. Había tomado parte en muchos concur-sos en Inglaterra, y Anne sabía que a aquellos hombres rollizos y vigorosos. Era ca-paz de poner en ridículo a los jugadores más hábiles. En la pista volvía loco a cual-quiera, y Anne se daba cuanta de que algunas veces no podía resistir la tentación.

-Juega para la galería, ¿No le parece? -dijo la señora Hannay.

-Supongo que no. Y créame, Alban no tiene la menor sospecha de que no le es simpático a la gente. Por lo que veo trata siempre con cordialidad a todo el mundo.

-Entonces es cuando ofende más -observó la señora Hannay.

-Ya sé que no gozamos de muchas simpatías, -dijo Anne con una leve sonrisa-. Lo siento, pero, en realidad, no sé qué podemos hacer.

-No se trata de usted, querida amiga -exclamó la señora Hannay-. A usted la aprecia todo el mundo. Por eso es más lamentable lo que ocurre con su marido. Es imposible no simpatizar con usted.

-Pues no lo comprendo -dijo Anne.

Pero no fue del todo sincero. Representaba deliberadamente el papel de una bue-na mujercita, y en su interior no podía menos de reírse. Alban les era antipático porque tenía un aspecto distinguido y porque se interesaba por el arte y la literatura. Ellos no entendían de esas cosas, y por eso las juzgaban poco masculinas; le aborrecían porque era más inteligente y estaba mejor educado. Le acusaban de creerse superior a los demás, y así era, en efecto, pero no en el sentido que ellos creían. A ella, en cambio, le perdonaban porque era una mujer fea e insignificante. Así se juzgaba ella misma, pero no era cierto; y, en caso de serlo, su fealdad no podía ser más atractiva. Parecía un pequeño mono, pero un mono encantador y muy humano. Tenía buen tipo. Ésta era su mejor cualidad. Ésa, y sus ojos. Unos ojos grandes, de color castaño oscu-ro, líquidos y resplandecientes. Poseían una vivacidad jovial, pero a veces también sabían expresar una profunda ternura. Era morena; su pelo rizado casi negro, y su tez era de un tono oscuro. Tenía una nariz pequeña y carnosa, un poco chata, y una boca excesivamente grande. Pero su carácter era alegre y vivaz. Podía demostrar un verda-dero interés al hablar de sus maridos con las señoras de la colonia, al hablar de los criados y de los hijos que estaban en Inglaterra, así como también oír a los hombres con atención, aunque contasen cosas que yo había oído muchas veces. Todos la con-sideraban una mujer excelente. Pero no sabían que en privado se burlaba irónicamen-te de ellos. No se les ocurrió nunca que ella los creyese mezquinos, lerdos y afecta-dos. No les entusiasmaba el Este, porque sólo veían se vulgaridad con ojos materia-les. La poesía se hallaba en el mismo umbral de sus casas y la rechazaban como a un mendigo inoportuno. Anne se sentía alejada de ellos. Interiormente, repitió aquel ver-so de Landor (1):  la Naturaleza y después el Arte.

Muchas veces había pensado en su conversación con la señora Hannay, más en el fondo no le preocupó lo más mínimo. Pero dudaba si decir algo a Alban; a ella le había parecido siempre un poco extraño que no se diera cuenta de su impopularidad, pero a la vez temía que si se lo cantaba se volviera más orgulloso. Alban no había no-tado la frialdad con que le recibían en el club. Esto hacía que sus amigos se sintieran desconcertados y violentos. Su presencia causaba una especie de malestar, pero él, impasible, se dirigía a todos con cordialidad. Era evidente que parecía desconocer a las demás personas. A ella la consideraba aparte, a ella y a un pequeño grupo de ami-gos que tenían en Londres, pero no llegaba a comprender que los habitantes de la co-lonia, los funcionarios, los plantadores y sus esposas fueran seres humanos. Par él eran como las piezas cordialmente. Anne, riéndose interiormente, se dijo a sus alum-nos a una excursión y procurara que se divirtiesen.

Además, temía que no sirviera de mucho el decírselo a Alban. Él era incapaz de disimular; ella, por el contrario, sabía hacerlo fácilmente. ¿Qué iba a hacer uno con tales personas? Los hombres habían llegado a la colonia al salir de escuelas medio-cres, y la vida no les había enseñado nada. A los cincuenta años tenían un punto de vista de adolescentes. Muchos abusaban de la bebida. Sus lecturas eran vulgares, y su ambición únicamente la de ser como todo el mundo. Su mayor alabanza consistía en decir de un hombre que era divertidísimo. Si uno se interesaba por las cosas del espí-ritu, entonces era un pedante. Se envidiaban unos a otros y se consumían con recelos mezquinos. Y las mujeres, pobres infelices, estaban obsesionadas por estúpidas riva-lidades. Formaban un círculo que era más provinciano que los de la ciudad inglesa más insignificante. Eran gazmoñas y vengativas. ¿Qué importaba que Alban no les fuera simpático? Tenían que aguantarle porque valía mucho. Alban era inteligente y enérgico. Nadie podía decir que no hacía bien su trabajo. Desempeñó todos sus car-gos con éxito. Gracias a su sensibilidad y a su imaginación comprendía perfectamente la mentalidad de los indígenas, y por eso lograba que hicieran cosas que ningún otro en su puesto había conseguido. Además, poseía una gran facilidad para los idiomas y hablaba todos los dialectos locales. No sólo conocía la lengua que hablaban la mayo-ría de los funcionarios, sino que también dominaba sus sutilezas e incluso en algunas ocasiones pronunció ceremoniosos discursos que halagaron e impresionaron a los je-fes indígenas. También tenía el don de la organización. No le asustaba la responsabi-lidad. Con el tiempo llegaría a ser gobernador. Alban tenía alguna influencia en In-glaterra; su padre fue general de brigada y murió durante la guerra, y aunque carecía de bienes de fortuna dejó amigos influyentes. Alban hablaba de ellos con bondadosa ironía.

-La mayor ventaja de los regímenes democráticos -decía- es que en ellos el méri-to, apoyado por las recomendaciones, casi siempre recibe su recompensa.

Alban era, indudablemente, el funcionario más capaz del servicio, y era lógico esperar que con el tiempo le nombraran gobernador. Entonces, pensó Anne, aquel ai-re de superioridad que molestaba a todos tendría un fundamente. Le aceptarían como jefe, y él sabría obedecer y respetar. Aquella situación que preveía no la deslumbraba. Era un derecho. Pero sería divertido que Alban fuese gobernador y ella la mujer del gobernador. Además, ¡qué magnífica oportunidad se les presentaría! Los funcionarios del Estado y los plantadores eran como corderos. Cuando la residencia del gobernador fuese un centro de cultura, cuando el mejor medio de ganarse las simpatías del gobernador consistiese en ser inteligente, entonces la cultura estaría de moda. Ella y Alban fomentarían el arte indígena recogiendo los recuerdos del pasado. Él país progresaría como nunca habría podido soñar, pero acomodando su progreso a los dictaos del orden y de la belleza. Harían que sus subordinados se entusiasmaran por aquella hermosa tierra y sintiesen un encendido interés por aquellas razas románticas. Los obligarían a comprender lo que significaba la música; cultivarían la literatura; crearían belleza. Aquélla iba a ser una edad de oro.

De pronto oyó los pasos de Alban. Anne despertó de aquel sueño perdido en un futuro lejano. Alban sólo era oficial del distrito, y lo que importaba era la vida que entonces estaban viviendo. Oyó a Alban entrar en el cuarto de baño y después el rui-do del agua. Al cabo de unos minutos estaba junto a ella. Se había puesto una camisa y unos pantalones cortos. Su pelo rubio estaba todavía húmedo.

-¿Está la comida? -preguntó.

-Sí.

Se sentó al piano y comenzó a tocar la misma pieza que por la mañana. Las notas cristianas resonaron con una especie de frescura en el ambiente bochornoso. Era posible imaginar un jardín aristocrático con grandes árboles, muchos estanques con surtidores y avenidas adornadas de estatuas seudo clásicas. Alban tocaba con una delicadeza exquisita. El boy les anunció que la comida estaba servida. Entonces se levantó y entraron en el comedor cogidos de la mano. Un abanico colgante refrescaba perezosamente el aire. Anne dirigió una mirada a la mesa. Con su mantel de vivos colores y sus platos risueños, tenía un aspecto muy alegre.

-¿Ha ocurrido hoy algo interesante en la oficina? -preguntó.

-No, sólo un asunto sin importancia sobre un búfalo. ¡Ah! Prynne me ha mandado un aviso diciéndome que fuese a su plantación. Algunos de sus coolies han estado últimamente estropeando los árboles, y quiere que vaya a ver qué ocurre.

Prynne era el encargado de la plantación de goma situada río arriba, y de vez en cuando iban a pasar una noche con él. Algunas veces, cuando quería variar un poco, bajaba a comer con ellos, quedándose a dormir en su bungalow. A los dos les había sido simpático. Era hombre de unos treinta y cinco años, de rostro sanguíneo y rugoso, y pelo negro. No estaba muy bien educado, pero era de una carácter alegre y comprensivo, y como era el único inglés en un radio de dos días de jornada, no pudieron menos de hacerse amigos. Al principio, Prynne los miró con cierto recelo. En el Este, las noticias se esparcen con rapidez; mucho antes de que llegasen ya sabía que eran orgullosos, y temió no saber tratarlos. Probablemente, él ignoraba que poseía una simpatía particular, lo que vale más que muchas buenas cualidades, y Alban, con su sensibilidad casi femenina, era muy adaptable a ella. Prynne encontró en el nuevo oficial un hombre mucho más humano de lo que había supuesto, y, naturalmente, en Anne una mujer encantadora. Alban tocó al piano música alegre, cosa que no hubiese hecho por el gobernador, y jugó con él al dominó. Cuando Alban hizo su primera visita al distrito con Anne y le dijo que pensaba quedarse un par de noches en la planta-ción, Prynne se creyó obligado a advertirle que vivía con una mujer indígena, con lo que había tendido dos hijos. Naturalmente, haría todo lo posible para que Anne no los viese, pero no podía mandarlos a otro sitio porque no lo había. Alban se echó a reír.

-Anne no es de esa clase de mujeres. No se le ocurra esconderlos. Adora a los ni-ños.

Anne se hizo muy pronto amiga de aquella mujer indígena tímida y hermosa, y al poco tiempo de conocerla jugaba feliz con los niños. Ella y la indígena tuvieron lar-gas conversaciones confidenciales. Los niños se encapricharon con ella. Anne les llevó unos juguetes preciosos de Port Wallace. Prynne, al comparar su bondadosa tolerancia con la frialdad altanera de las otras mujeres blancas de la colonia, afirmaba que le parecía estar viendo visiones, haciendo lo imposible por demostrar su júbilo y su gratitud.

-Si los orgullosos son como ustedes -les dijo-, que me den todos los orgullosos del mundo.

Y no podía menos de pensar con rabia que al cabo de un año dejaría aquel distri-to, y que con toda probabilidad, si el nuevo funcionario estaba casado, su mujer consideraría como algo repugnante que en vez de ir solo le acompañara una indígena, y, lo que era peor, que sintiese cariño por ella.

Pero últimamente había existido cierto descontento en la plantación. Los coolies eran chinos, estaban contagiados de las ideas comunistas y habían dado bastante que hacer. Alban condenó a algunos a penas de cárcel por varios delitos.

-Prynne me ha dicho que en cuanto expire el plazo del contrato mandará los coo-lies a China, tomando en su lugar javaneses -dijo Alban-. Estoy seguro de que hace bien. Son mucho más dóciles.

-¿Crees que ocurrirá algún incidente serio?

-¡Oh, no! Prynne sabe lo que hace y es un hombre decidido. No tolerará ninguna extralimitación, y estando yo y nuestras policías respaldándole, no creo que se atrevan a nada. -Sonrió-. La mano de hierro en el guante de terciopelo.

Pero apenas había pronunciado estas palabras, se oyeron unos gritos entre un gran revuelo y el rumor de unos pasos precipitados. Después, voces y exclamaciones.

-¡Tuan, tuan!

-¿Qué diablos pasa?

Alban se levantó de su silla, saliendo rápidamente a la veranda. Anne le siguió. Al pie de la escalera había un grupo de indígenas., formando por el sargento, tres o cuatro policías, barqueros y varios hombres del poblado.

-¿Qué ocurre?

Dos o tres le contestaron a gritos. El sargento les hizo apartarse, y Alban vio ten-dido en el suelo a un hombre en camisa y con cortos pantalones caquis. Bajó corrien-do las escaleras. En aquel hombre reconoció al ayudante de Prynne en la plantación. Era un mestizo. Sus pantalones estaban llenos de sangre y en su rostro y en su cabeza también había sangre ya coagulada. Estaba sin conocimiento.

-Súbanlo aquí -dijo Anne.

Alban dio una orden- Levantaron al hombre y lo subieron a la veranda. Le deja-ron en el suelo y Anne le uso una almohada bajo la cabeza. Mandó a buscar agua y el botiquín donde tenían lo necesario para casos de urgencias.

-¿Está muerto? -preguntó Alban.

-No.

-Lo mejor será que les des un poco de coñac.

El barquero les dio unas noticias alarmante. Los coolies chinos se habían suble-vado, atacando las oficinas. Prynne había sido asesinado, y su ayudante, llamado Oa-kley, había conseguido escapar por un verdadero milagro. Había encontrado a los in-surrectos cuando saqueaban la oficina, y vio arrojar el cadáver de Prynne por la ven-tana. Entonces se dio a la fuga. Unos chinos le vieron y el persiguieron. El huyó hacia el río, y le hirieron cuando saltaba a la lancha motora. Sin embargo, pudo ponerla en marcha antes de que la abordaran los chinos y había ido lo más rápidamente posible a pedir socorro. Al alejarse vio arder los edificios de las oficinas. Era indudable que los coolies lo habían incendiado todo.

Oakley, profiriendo un lamento, abrió los ojos. Era un hombre bajo, moreno, de facciones achatadas y pelo abundante y áspero. Sus grandes ojos de indígena expre-saban un intenso terror.

-No tema -le dijo Anne-. Aquí está usted a salvo.

Él dejó escapar un suspiro y sonrió. Anne le lavó la cara y se la limpió con un an-tiséptico. La herida de la cabeza no era grave.

-¿Puede usted hablar ya? -dijo Alban.

-Espera un poco -repuso ella-. Hemos de verle la pierna.

Alban ordenó al barquero que despejara de gente la veranda. Anne rasgó una de las perneras del pantalón. La tela se había adherido a la herida.

-He sangrado como un cerdo -dijo Oakley.

Pero era una herida superficial. Alban tenía unos dedos hábiles, y aunque volvió a manar sangre pudieron contenerla. Le puso unas gasas y un vendaje. El sargento y un policía llevaron a Oakley a un sofá. Como le dio un vaso de coñac con sifón, al poco tiempo se sintió lo suficientemente repuesto para poder hablar. Pero no sabía más de lo que el barquero había contado. Prynne había muerto, y la plantación estaba en llamas.

-¿Y la mujer y los niños? -preguntó Anne.

-No lo sé.

-¡Oh, Alban!

-Tendré que llamar a la policía. ¿Está usted seguro de que Prynne ha muerto?

-Si, señor. Yo lo vi.

-¿Tienen armas de fuego los sublevados?

-No lo sé, señor.

-¿Cómo es posible que no lo sepa? -gritó Alban irritado-. Prynne tenía un rifle, ¿no es cierto?

-Sí, señor.

-Debía de haber más en la plantación. Usted tenía otro, ¿verdad? Y el capataz también.

El mestizo permaneció silencioso. Alban le miró con dureza.

-¿Cuántos son esos malditos chinos?

-Ciento cincuenta.

Anne no adivinaba la finalidad de tantas preguntas. Parecía perder el tiempo. Lo importante era reunir a los coolies para el transporte río arriba, preparar las lanchas y repartir municiones a la policía.

-¿De cuántos policías dispone, señor? -le preguntó Oakley.

-De ocho y el sargento.

-¿Puedo ir yo también? Así seríamos diez. Estoy seguro de que ahora, con el vendaje, estaré en condiciones de acompañarlos.

-No pienso ir -dijo Alban.

-¡Alban, es preciso! -gritó Anne. No podía dar crédito a sus oídos.

-No digas tonterías. Sería una locura. Oakley, indudablemente, no es útil. Segu-ramente tendrá fiebre dentro de unas horas, y sería un estorbo más que una ayuda. Quedamos nueve para luchar contra ciento cincuenta chinos que disponen de armas de fuego y de todas las municiones que quieren.

-¿Cómo lo sabes?

-Es lógico. De otra forma, no hubieran empezado una cosa así. Sería idiota ir.

Anne miraba boquiabierta. Los ojos de Oakley expresaban un asombro sin lími-tes.

-Entonces, ¿qué vas a hacer?

-Afortunadamente, tenemos la lancha motora. La mandaré a Port Wallace a pedir refuerzos.

-Pero tardarán por lo menos dos días.

-Bueno, ¿y qué? Prynne ha muerto y la plantación ha sido encendida. De nada serviría que fuésemos ahora. Enviaré un indígena para que haga un reconocimiento; así sabremos exactamente lo que están haciendo los sublevados-. Dirigió a Anne de sus encantadoras sonrisas-. Créeme, querida, esos bandidos no perderán nada por esperar dos días.

Oakley abrió la boca para hablar, pero tal vez no se atreviera. Era un mestizo, y el ayudante del encargado, y Alban el oficial del distrito, representaba el poder del Gobierno. Pero sus ojos buscaron los de Anne, que creyó ver en ellos una anhelante demanda.

-Pero en dos días son capaces de cometer las mayores atrocidades -exclamó An-ne-. Es imposible calcular lo que pueden hacer.

-Cualquiera que sea el daño que hagan, lo pagarán. Te lo prometo.

-Pero, Alban, no puedes quedarte aquí tan tranquilo sin hacer nada. Te suplico que vayas inmediatamente.

-No seas tonta. No puedo dominar una sublevación con ocho policías y un sar-gento. ¿Por qué afrontar un riesgo semejante? Tenemos que ir en lanchas, y no creas que podemos llegar sin que nos vean. Los matorrales de la orilla son un buen escondi-te, y tirar sobre nosotros será un juego de niños. No tenemos ninguna probabilidad de éxito.

-Temo que juzguen una debilidad el no hacer nada durante dos días, señor -dijo Oakley.

-Cuando necesite su opinión se la pediré -dijo Alban secamente-. Por lo que he visto, en cuanto hubo algún riesgo, lo único que hizo usted fue dar media vuelta y huir. No creo que su ayuda en un momento crítico pueda ser muy útil.

El mestizo enrojeció. No dijo nada más. Miró ante sí con ojos turbados.

-Voy a la oficina -dijo Alban-. Escribiré un breve informe y lo mandaré inmedia-tamente con la lancha motora.

Dio una orden al sargento, que durante todo el tiempo había permanecido rígido en lo alto de la escalera, el cual, después de saludar, salió corriendo. Alban entró en el pequeño vestíbulo para coger su salacot. Anne fue tras él apresuradamente.

-Alban, por el amor de Dios, escúcheme un minuto- le dijo.

-No quiero ser brusco contigo, querida, pero tengo mucha prisa. Me parece que lo mejor será que te ocupes en tus cosas.

-No puedes cruzarte de brazos, Alban. Tienes que ir. Sea cual fuere el riesgo.

-No seas loca -dijo colérico.

Hasta entonces, nunca se había enfadado con ella. Anne le cogió de la mano para retenerle.

-Ya te he dicho que de nada servirá que vaya.

-No lo sabes. Allí están la mujer y los niños de Prynne. Tenemos que hacer algo para salvarlos. Deja que vaya contigo. Piensas que pueden matarlos.

-Probablemente ya deben de haberlo hecho.

-¡Oh, Alban! ¿Cómo puedes ser tan insensible? Si hay alguna probabilidad de salvarlos, es nuestro deber intentarlo.

-Mi deber es obrar como una persona razonable. No voy a arriesgar mi vida y la de mis hombres por una mujer indígena y unos chiquillos. ¿Acaso me crees idiota?

-Dirán que tienes miedo.

-¿Quién?

-Toda la colonia.

Él sonrió desdeñosamente.

-¡Si supieras qué desprecio siento por la opinión de todos los de la colonia!

Anne le dirigió una mirada escrutadora. Llevaban ocho años casados y conocía todas las expresiones de su rostro y todos sus pensamientos. En sus ojos azules vio entonces como a través de una ventana abierta. De pronto palideció. Soltó su mano y dio media vuelta. Sin decir una palabra, salió de nuevo a la veranda. En su fea carita se reflejaba un profundo horror.

Alban se fue a su oficina, escribió un breve informe sobre lo sucedido y a los po-cos minutos la motora se alejó río abajo.

Los dos días siguientes fueron interminables. Indígenas huidos de la plantación llevaron noticias de lo que sucedía. Pero estaban tan aterrorizados y nerviosos que por sus palabras era imposible conocer exactamente la verdad. El derramamiento de san-gre había sido muy grande. El capataz fue asesinado. Relataban escenas de crueldad y de violencia. Anne no pudo averiguar nada sobre la mujer de Prynne y sus dos hijos, y se estremecía de horror al pensar en la suerte que podían haber corrido. Alban reunió a todos los indígenas que pudo. Estaban armados de lanzas y espaldas. También preparó lanchas. La situación era seria, pero no perdió la serenidad. Tenía el convencimiento de que había hecho cuando estaba en su mano, por lo que podía continuar su vida de siempre. Así, pues, despachó su trabajo oficial, tocó bastante el piano y paseó a caballo con Anne por la mañana temprano. Alban parecía haber olvidado que había tenido la primera diferencia seria de opinión de toda su vida matrimonial, y creyó que Anne había aceptado como buena su decisión. Se condujo con ella de la forma alegre y cordial de siempre. Cuando hablaba de los insurrectos lo hacía con ceñuda ironía; cuando llegase la hora de ajustar las cuentas, muchos desearían no haber nacido.

-¿Qué les pasará? -preguntó Anne.

-Los ahorcaremos-. Hizo un gesto de repugnancia-. No me gusta presenciar las ejecuciones. Siempre me trastorna.

Con Oakley estuvo muy afectuoso. Le habían hecho acostarse, y Anne fue su en-fermera. Tal vez sintiese haberle hablado con rudeza en un momento de exasperación, y hacía todo lo posible por serle simpático.

En la tarde del tercer día, cuando tomaban café después de comer, Alban, con su fino oídos, oyó acercarse una motora. En aquel mismo instante llegó corriendo un policía, que les dijo que la embarcación del Gobierno estaba a la vista.

-¡Por fin! -exclamó Alban.

Salió precipitadamente. Anne levantó una de las persianas y miró hacia el río. El ruido entonces era muy perceptible, y al cabo de unos instantes vio a la embarcación doblar un recodo. Alban estaba en el desembarcadero. Se embarcó en un preho, y cuando le embarcación echó el ancla subió a bordo. Anne fue entonces a decirle a Oakley que los refuerzos habían llegado.

-¿Irá el oficial del distrito con ellos cuando ataquen? -le preguntó.

-Claro que sí -dijo Anne fríamente.

-No estaba muy seguro.

Anne sintió una extraña sensación. Durante los últimos dos días había tenido que hacer un gran esfuerzo para no llorar. Entonces, sin decir palabra, salió de la habitación.

Un cuarto de hora después, Alban volvió al bungalow con el capitán de la policía que había sido enviado con sus veinte hombres para hacer frente a los insurrectos. El capitán Stratton era un hombre bajo, de rostro sanguíneo, bigote rojizo, piernas arqueadas y carácter alegre. Anne le había tratado mucho en Port Wallace.

-Bien, La señora Torel. Menudo lío se ha armado- exclamó con voz alegre y so-nora al estrecharle la mano-. Aquí estoy yo con mis hombres, pletóricos de entusiasmo y dispuestos para el combate. ¡Ánimo, muchachos, y a ellos! Pero, ¿no tiene nada para beber en este perdido lugar?

-Boy -llamó ella sonriendo.

-Algo fresco y con un poco de alcohol. Después estaré en condiciones de discutir el plan de campaña.

Su buen humor fue como un tónico reconfortante. Disipó aquel sombrío recelo que desde el suceso parecía cernerse sobre el bungalow. El boy entró con una bande-ja, y Stratton se preparó un stengah. Alban le explicó lo sucedido, y lo hizo con precisión, clara y brevemente.

-Confieso que le admiro -dijo Stratton-. En su lugar, yo no hubiese podido resistir la tentación de coger mis ocho polizontes y lanzarme contre los insurrectos.

-A mí me pareció que era arriesgarse tontamente.

-La seguridad ante todo, ¿verdad, amigo mío? -exclamó Stratton con jovialidad-. Me alegro de que no lo hiciera. No suceden a menudo estas cosas, y hubiesen sido una mala jugada que se aprovechara usted solo.

El capitán Stratton era partidario de remontar el río y atacar inmediatamente, pe-ro Alban le hizo ver cuán poco aconsejable era aquel plan. El ruido de la embarcación al acercarse sería una advertencia para los rebeldes. La vegetación de la orilla les proporcionaría un buen escondite, y teniendo bastantes rifles podrían hacer que el desembarco fuera difícil. Era una temeridad exponerse a su fuego. No había que olvidar que tenían que hacer frente a ciento cincuenta hombres desesperados que podían prepararles fácilmente una emboscada. Alban expuso su plan. Stratton le escuchó atentamente. De vez en cuando hacía un ademán de asentimiento. El plan, evidentemente, era bueno. Permitiría coger a los insurrectos por la espalda, sorprenderlos y probablemente zanjar el asunto sin una baja. Hubiese sido un loco de no haberlo aceptado.

-Pero, ¿por qué no lo puso usted en práctica? -preguntó Stratton.

-¿Con ocho hombres y un sargento?

Stratton no contestó.

-De todas formas, no me parece mal, y esos haremos. Y puesto que no tenemos prisa, voy a bañarme. Con su permiso, La señora Torel.

Cuando el sol se puso, el capitán Stratton, con sus veinte hombres, y Alban, con su policías y los indígenas que había reunido, emprendieron la marcha. Era una noche oscura y sin luna. Su embarcación remolcaba las canoas que Alban había podido en-contrar y en los que pensaba embarcar más adelante. Tenían que procurar por todos los medios no hacer el menor ruido que traicionase su presencia. Después de navegar unas tres horas, se embarcaron todos en las canoas y remaron silenciosamente río arriba. Por fin llegaron a la orilla de la plantación y desembarcaron. Los guías los condujeron entonces por un sendero tan estrecho que se vieron obligados a avanzar en fila india. El camino hacía tiempo que no se utilizaba, y el piso era muy arcilloso. Por dos veces tuvieron que vadear pequeños arroyos. El sendero los llevó, dando un recodo, a la retaguardia de los coolies, pero no tenían intención de enfrentarse con ellos hasta que rayara el nuevo día, por lo que el capitán Stratton dio orden de dete-nerse. Fue una espera larga y fría. Por fin pareció que la noche se hacía menos oscura. No se veían aún los troncos de los árboles, pero se dibujaban confusamente en la os-curidad. Stratton se había sentado apoyándose en un árbol. Entonces dio una orden en voz baja al sargento, y a los pocos minutos la columna se puso nuevamente en mar-cha. De pronto se encontraron en la carretera, y formaron de cuatro en fondo. Llegó la aurora, y bajo su luz espectral los objetos que los rodeaban adquirieron un aspecto fantasmagórico. A una orden dada en voz baja, la columna hizo alto. Habían llegado a la vista de los dependencias de los coolies. Reinaba en ellas un completo silencio. Después, la columna volvió a avanzar para detenerse de nuevo. Stratton, con los ojos brillantes sonrió a Alban.

-Los hemos cogido durmiendo.

Stratton alineó a sus hombres y éstos cargaron sus fusiles. Después adelantó un paso, levantando la mano. Las carabinas apuntaban hacia las líneas de los coolies.

-¡Fuego!

Sonó una descarga. Entonces se produjo un tremendo alboroto, y los chinos salie-ron corriendo, gritando y moviendo los brazos. Pero a la cabeza de ellos, con gran asombro de Alban, apareció un hombre blanco lanzando gritos y amenazándoles con el puño.

-¿Qué diablos es esto? -exclamó Stratton.

Era un hombre corpulento, extraordinariamente grueso, con unos pantalones de color caqui y una camiseta, y corría hacia ellos con toda la rapidez que le permitían sus piernas, amenazándolos al mismo tiempo con ambos puños y gritando:

-Smerige flikkers! Verlockie plocrten! (1)

-¡Dios santo, si es Van Hasseldt! -exclamó Alban.

Era el holandés encargado del campo de madera que se hallaba en un importante afluente del río, a más de veinte millas de distancia.

-¿Qué diablos se creen que están haciendo? -exclamó jadeando al llegar junto a ellos.

-¿Cómo está usted aquí? -preguntó Stratton a su vez.

Entonces vio que los chinos se diseminaban en todas direcciones, y dio a sus hombres las órdenes oportunas para que los apresaran. Después se volvió de nuevo hacia Van Hasseldt.

-¿Qué hace usted aquí?

-¿Qué hago? -exclamó el holandés, furioso. -Lo que hacen ustedes es lo que qui-siera saber; ustedes y sus malditos policías, viniendo aquí a estas horas de la mañana y disparando a diestra y siniestra. ¿Están haciendo ejercicios de tiro? Me podían haber matado. ¡Idiotas!

-¿Quiere un cigarrillo? -dijo Stratton.

-¿Cómo ha venido aquí, Van Hasseldt? -preguntó Alban, mucho más sereno-. Es-tas son las fuerzas que han llegado de Port Wallace para dominar el motín.

-¿Qué cómo he venido aquí? Pues andando. ¿Cómo iba a venir? El motín se ha ido al infierno. Yo lo dominé. Si para eso han venido, pueden volverse a marchar con todos sus malditos policías. Una bala me pasó a un palmo de la cabeza.

-No lo entiendo -dijo Alban.

-No hay nada que entender -rugió Van Hasseldt aun furioso-. Unos coolies fueron a mi campamento, contándome que los chinos habían asesinado a Prynne e in-cendiado la plantación. Entonces cogí a mi asistente, al capataz y a un amigo holandés que estaba conmigo y vinimos a ver qué sucedía.

El capitán Stratton abrió los ojos con asombro.

-¿Como se si tratase de una excursión de placer? -preguntó.

-Bueno, ¿cree usted que después de los años que llevo en este país van a asus-tarme unos cuantos chinos? Los encontré muertos de miedo. Sólo uno tuvo el valor de apuntarme con su fusil, y le levanté la tapa de los sesos. Los demás se rindieron. A los cabecillas los tengo atados. Esta mañana les iba a mandar un aviso para que vinieran a buscarlos.

Stratton le miró durante unos instantes y después rompió a reír a carcajadas. Se rió hasta que se le saltaron las lágrimas. El holandés le miraba ceñudo, hasta que de pronto se puso a reír también, con aquella risa jocosa de los hombres gruesos que hacía estremecer sus carnes. Alban los contemplaba sombrío. Estaba iracundo.

-¿Y qué ha sido de la mujer de Prynne y de los niños? -preguntó.

-¡Oh!, escaparon sin novedad.

Aquello demostraba que había tenido razón al no dejarse influir por el histerismo de Anne. Como era lógico, los chiquillos no habían sufrido el menor daño. Esto era lo que él siempre había creído.

Van Hasseldt y sus compañeros regresaron a su campo de madera, y Stratton, en cuanto pudo, embarcó a sus veinte hombres, dejando a Alban con el sargento y los policías para que liquidasen el asunto y regresando también a Porta Wallace. Alban le entregó un breve informe para el Gobierno. A él le quedaba mucho trabajo. Probablemente tendría que permanecer en la plantación bastante tiempo, pero como todas las casas habían sido destruidas tuvo que instalarse en las dependencias de los coolies, negándose por ello a que Anne le acompañase y enviándole una nota comunicándoselo. Además, se alegró de poder tranquilizarla en lo referente a la suerte de la infeliz mujer de Prynne. Después comenzó inmediatamente los trabajos preliminares de la investigación judicial, interrogando a numerosos testigos. Pero una semana des-pués recibió la orden de trasladarse sin pérdida de tiempo a Port Wallace. Debía embarcar en la misma motora que le llevó el aviso, y así, de paso, pudo ver a Anne, aunque sólo durante una hora. Alban se sentía un poco molesto.

-No sé por qué no me deja el gobernador poner las cosas en un punto sin hacerme perder tiempo. Este viaje no facilita nada mi trabajo.

-Bueno, el gobernador no se preocupa mucho de las conveniencias de sus subor-dinados, ¿no te parece? -dijo Anne sonriendo.

-Esto es una formalidad más. Te llevaría conmigo, pero sólo voy a quedarme el tiempo estrictamente preciso. Quiero prestar cuanto antes mi declaración a la autoridad judicial, porque creo que en un país como éste es muy importante que la justicia sea rápida.

Cuando llegó a Port Wallace, uno de los policías del puerto le dijo que su jefe te-nía una nota para él. Era del secretario del gobernador, y en ella le decía que Su Excelencia deseaba verle con la mayor urgencia. Eran entonces las diez de la mañana. Alban fue al club, donde se bañó y afeitó, y después, vestido con un traje limpio y pulcramente peinado, llamó a un rickshaw, ordenando al boy que el llevase a la residencia del gobierno. Inmediatamente le pasaron al despacho del secretario, el cual le estrechó la mano.

-Voy a decirle a Su Excelencia que está usted aquí -dijo-. ¿Quiere sentarse?

El secretario salió, volviendo al poco rato.

-Su Excelencia le recibirá en seguida. ¿Me permite que continúe mis cartas?

Alban sonrió. El secretario no era exactamente lo que se llama un hombre comu-nicativo. Esperó fumando un cigarrillo y entreteniéndose con sus propios pensamientos. Estaba satisfecho de los preliminares de la investigación. El caso le interesaba. A los pocos momentos entró un ordenanza, que le dijo que el gobernador le esperaba. Alban se puso en pie y le siguió hasta el despacho de Su Excelencia.

-Buenos días, Torel.

-Buenos días, señor.

El gobernador estaba sentado ante una espaciosa mesa. Después de saludarlo le indicó que se sentara. Era un hombre gris; su pelo, su rostro y sus ojos eran grises; parecía que el sol tropical le había arrebatado cualquier otra sombra de color. Hacía treinta años que residía en le país, y había ido ascendiendo uno a uno todos los grados, hasta llegar al que ostentaba. Tenía un aire cansado y deprimido. Hasta su voz era gris. A Alban le era simpático por sus modales tranquilos; no le creía muy inteligente, pero tenía un profundo conocimiento del país, y su gran experiencia era un excelente sustituto de la inteligencia. Entonces miró silenciosamente a Alban durante un momento, y a éste se le ocurrió la extraña idea de que estaba un poco confuso, faltándole poco para que le ofreciese una oportunidad para empezar a hablar.

-Ayer vi a Van Hasseldt -dijo el gobernador de pronto.

-¿Sí?

-¿Quería usted darme un informe sobre los sucesos Alud Estate y de las medidas que tomó para hacerles frente?

Alban tenía una inteligencia lógica y estaba seguro de sí mismo. Así, pues, pudo ordenar los hechos y exponerlos con precisión. Escogió las palabras con cuidado y estuvo elocuente en su discurso.

-Usted tenía un sargento y ocho policías. ¿Por qué no fue inmediatamente al lugar del hecho?

-Me pareció correr un riesgo injustificable.

Una leve sonrisa se dibujó en el rostro gris del gobernador.

-Si los funcionarios de este país hubieran vacilado en afrontar riesgos injustifica-bles, nunca hubiera llegado a ser esto una provincia del imperio británico.

Alban permaneció silencioso. Era difícil hablar con un hombre que decía unas necedades tan evidentes.

-Estoy deseando oír las razones de la decisión que tomó.

Alban se las expuso con frialdad. Estaba plenamente convencido de que tenía ra-zón. Entonces repitió con mayor amplitud lo que ya había dicho a Anne en los primeros momentos. El gobernador le escuchó atentamente.

-Sin embargo, Van Hasseldt, con su ayudante, un amigo holandés y un capataz indígena hicieron frente a la grave situación.

-Tuvo un feliz principio, por eso no impide que haya sido un insensato. Lo que hizo fue una locura.

-¿Se da usted cuenta de que al dejar hacer a un plantador holandés lo que usted debía haber hecho ha puesto al Gobierno en ridículo?

-No, señor.

-Usted se ha convertido en el hazmerreír de la colonia.

Alban sonrió.

-Tengo unas espaldas lo suficientemente anchas para soportar el ridículo ante unas personas cuya opinión me tiene en absoluto sin cuidado.

-La utilidad de un funcionario del Gobierno depende en gran parte del prestigio, y me parece que éste será muy pequeño cuando tiene sobre sí el estigma de la cobardía.

Alban enrojeció ligeramente.

-No sé exactamente lo que quiere usted decir, señor.

-He estudiado cuidadosamente el asunto. He visto al capitán Stratton, a Oakley, el ayudante del desgraciado Prynne, y a Van Hasseldt. Ahora he oído su defensa.

-Ignoraba que me estuviera defendiendo, señor.

-Le ruego que no me interrumpa. Creo que cometió usted un grave error. Tal co-mo resultó todo, el riesgo era escaso, pero cualquiera que fuese, debió usted afrontarlo. En esos casos, la decisión y la rapidez son esenciales. No me toca a mí examinar los motivos que le indujeron a pedir refuerzos y a permanecer sin hacer nada hasta que llegasen, pero sí he de decirle que considero que su utilidad como funcionario del Gobierno ya no es muy grande.

Alban le miró atónito.

-¿Hubiera usted ido de encontrarse en mi situación?

-Desde luego.

Alban se encogió de hombros.

-¿No me cree? -le preguntó el gobernador.

-Naturalmente que le creo, señor. Pero permítame que le diga que si usted hubie-se muerto la colonia habría sufrido una pérdida irreparable.

El gobernador tabaleó en la mesa. Miró por la ventana y después contempló a Alban. Cuando habló, su tono no estaba exento de bondad.

-Creo que, por temperamento, no es usted apto para esta vida áspera y dura, To-rel. Si quiere seguir mi consejo, regrese a Inglaterra. Estoy seguro de que con su talento encontrará una ocupación que le convenga mucho más.

-No acabo de comprenderle, señor.

-¡Vamos, Torel, no sea usted tonto! Estoy tratando de allanarle el camino. Por su mujer y por usted mismo, no quiero que deje la colonia con el estigma de haber sido despedido por cobarde. Le estoy dando la oportunidad de dimitir.

-Muchas gracias, señor. Pero no quiero aprovecharme de esta oportunidad. Mi dimisión significaría que admito que he cometido un error y que los cargos que usted me hace son justificados. Y no acepto tal cosa.

-Como guste. He considerado atentamente el asunto y no tengo la menor duda al tomar esta decisión. Me veo obligado a separarle del servicio. A su debido tiempo recibirá los documentos necesarios. Entretanto, vuelva a su puesto y entréguelo al funcionario que vaya a sucederle.

-Muy bien, señor -repuso Alban con una mirada divertida-. ¿Cuándo desea que regrese a mi puesto?

-Inmediatamente.

-¿Tiene usted algún inconveniente en que vaya al club a comer antes de irme?

El gobernador le miró con sorpresa. A pesar de su enojo, sintió una involuntaria admiración.

-Ninguno. Y siento, Torel, que este desgraciado incidente haya privado al Go-bierno de un servidor cuyo celo ha sido siempre evidente y cuyo tacto, inteligencia y laboriosidad le señalaban para un alto cargo en el porvenir.

-Supongo que Su Excelencia no habrá leído a Schiller, y probablemente no cono-ce este célebre verso suyo: Mit der Dummheit Kämpfen die Götter selbst vergebens.

-¿Qué quiere decir?

-Poco más o menos, esto: contra la estupidez hasta los dioses luchan en vano.

-Buenos días.

Alban salió de la residencia del gobernador con la cabeza alta y la sonrisa en los labios. Su Excelencia era humano, y tuvo la curiosidad de preguntar más tarde a su secretario si Alban Torel había ido verdaderamente al club.

-Sí, señor. Comió allí.

-Es necesario tener valor para eso.

Alban entró en el club airosamente, dirigiéndose a unos conocidos que estaban en el bar, y poniéndose a hablar con ellos en el mismo tono cordial y alegre de siem-pre. De esta forma quiso disipar su malestar. Desde que Stratton volvió a Port Wallace con la historia de lo sucedido habían estado hablando del asunto, burlándose y riéndose de él, y aquellos a quienes había molestado su altivez, que eran la mayoría, se consideraban triunfantes porque su orgullo había tenido un fallo. Pero entonces quedaron tan sorprendidos al verle, tan confusos al encontrarle tan confiado como siempre, que fueron ellos los que sintieron desconcertados.

Uno de ellos, aunque lo sabía de sobra, le preguntó qué hacía en Port Wallace.

-¡Oh! He venido a causa del motín en Alud Estate. Su Excelencia quería verme. No compartía mi punto de vista y el muy majadero me ha destituido. Regreso a Ingla-terra en cuanto llegue mi substituto.

Hubo un momento de embarazoso silencio, hasta que uno, más amable que los demás, le dijo:

-Lo siento muchísimo.

Alban se encogió de hombros.

-Querido amigo, ¿qué se puede hacer con un perfecto idiota? El único recurso es dejarle que haga lo que quiera.

Cuando el secretario del gobernador le contó de todo esto lo que le pareció pru-dente, Su Excelencia dijo:

-El valor es una cosa extraña. Yo me hubiera pegado un tiro antes de ir al club y enfrentarme con toda esa gente.

Quince días más tarde, después de haber vendido el nuevo oficial del distrito toda la decoración que con tanto trabajo había ido colocando Anne, y con el resto de sus cosas embaladas en cajones y baúles, llegaron a Port Wallace para tomar el vapor que los llevaría a Singapur. La mujer del pastor los invitó a su casa, pero Anne rehusó, insistiendo en ir al hotel. Una hora después de su llegada recibió una carta cariñosa de la mujer del gobernador invitándola a tomar el té. Anne aceptó, encontrando a la señora Hannay sola. Pero no tardó mucho en aparecer el gobernador. Su Excelencia le expresó su sentimiento por su marcha, lamentando la causa de ella.

-Es usted muy amable -dijo Anne sonriendo alegremente-, pero no crea que me ha afectado mucho. Estoy enteramente de acuerdo con Alban. Creo que tuvo toda la razón al hacer lo que hizo, y si me lo permiten les diré que le han tratado muy injustamente.

-Créame que me costó mucho dar el paseo que di.

-No hablemos más de eso -dijo Anne.

-¿Cuáles son sus proyectos para cuando llegue a Inglaterra? -preguntó La señora Hannay.

Anne se puso a hablar alegremente. Todo el mundo se hubiera dicho que no tenía la menor preocupación; parecía muy contenta de volver a la patria. Estuvo alegre, divertida y hasta bromista. Cuando se despidió del gobernador y de su mujer, les dio las gracias por sus bondades. Su Excelencia la acompañó hasta la puerta.

Dos días más tarde, después de comer, embarcaron en un vaporcito limpio y con-fortable. El pastor protestante y su esposa fueron a despedirlos.

Cuando entraron en su camarote vieron un gran paquete en la litera de Anne. Iba dirigido a Alban. Éste lo abrió, encontrándose con una gigantesca borla de polvos.

-¡Hola! ¿Quién habrá mandado esto? -dijo soltando una carcajada-. Debe de ser para ti, querida.

Anne le dirigió una rápida mirada. Había palidecido. ¡Brutos! ¿Cómo habrían sido capaces de tal crueldad? Sin embargo, forzó la sonrisa.

-Es enorme, ¿no te parece? En mi vida he visto una borla de polvos tan grande.

Pero cuando Alban salió del camarote y se hallaban en alta mar, la arrojó coléri-camente por la borda.

Y a la sazón, cuando ya estaban en Londres y Sondurah quedaba a nueve mil mi-llas de distancia, apretó los puños al recordar aquello. Hasta cierto punto, había sido lo peor de todo. El acto de enviar a Alban, "Percy borla de polvos", aquel absurdo objeto, fue inhumano. Demostraba un rencor mezquino. ¿Qué idea tendrían del humor? Nada la había herido más, y aun entonces se daba cuenta de que sólo por un gran esfuerzo de voluntad no lloraba. De pronto sintió un estremecimiento. La puerta se había abierto para dejar paso a Alban. Ella continuaba en la silla donde él la había dejado.

-Vamos... ¿No te has vestido? -Miró en torno suyo-. ¿No has deshecho el equipa-je?

-No.

-¿Por qué no?

-Porque no voy a deshacerlo. No me quedo aquí. Me marcho.

-¿Qué estás diciendo?

-Lo he soportado todo hasta ahora. Decidí soportarlo hasta que llegásemos a In-glaterra, y aunque en algunos momentos me pareció imposible, logré ser fuerte. Pero ahora todo ha terminado. He hecho cuanto se podía esperar de mí. Ya estamos en Londres y puedo irme.

Él la miró con un asombro sin límites.

-¿Estás loca, Anne?

-¡Oh, Dios, lo que he sufrido! Primero en el viaje a Singapur, sabiendo que todos los oficiales conocían la verdad, y no sólo ellos, sino hasta los camareros chinos. Después en Singapur, donde toda la gente nos miraba en el hotel y donde tuve que mostrarme amable, oír las inconveniencias que decían y fingir no ver su confusión al darse cuenta de lo que habían dicho. ¡Ah, los hubiera matado! En el interminable viaje hasta aquí no había un solo pasajero a bordo que no supiera nuestra historia. Te despreciaban y se compadecían de mí. Y tú, contento y feliz, sin ver nada, sin sentir nada. Debes de tener la epidermis de un rinoceronte. Me daba vergüenza verte tan hablador y agradable cuando éramos unos parias. Tú parecías pedirles que te desairaran. No comprendo cómo puede haber un hombre con tan poca dignidad como tú.

Anne se mostraba terriblemente excitada. Ya que por fin no tenía que llevar la máscara de indiferencia y de orgullo que se había visto obligada a fingir, dejó a un lado toda reserva y dominio sobre si misma. Las palabras brotaban de sus labios temblorosos como una corriente violenta.

-Querida, no seas absurda -dijo Alban sonriendo con buen humor-. Para pensar eso debes de haber estado muy nerviosa y excitada. ¿Por qué no me lo dijiste? Pare-ces una provinciana que al encontrarse en Londres cree que todo el mundo la mira. Nadie se preocupó de nosotros, y aunque me equivocase, ¿qué diablos importaba? Debiste haber tenido más sentido común y no preocuparte de lo que los necios pudie-ran decir. ¿Qué te imaginas que decías?

-Que te había destituido.

-Bueno, eso es cierto -replicó riendo.

-Y que eres un cobarde.

-¿Y qué?

-Bien, ya ves que tú mismo reconoces que es verdad.

Él la miró durante unos momentos pensativamente. Sus labios se contrajeron un poco.

-¿Qué es lo que te hace creer eso? -le preguntó con frialdad.

-Lo vi en tus ojos el día en que nos dieron la noticia de los sucedido. Tú no qui-siste ir, y yo te seguí al vestíbulo cuando ibas a recoger tu salacot. Te supliqué que fueras. Estaba convencida de que, a pesar del peligro que pudiera haber, debías afron-tarlo; entonces vi que el miedo se reflejaba en tus ojos, y casi me desmayé de horror.

-Hubiese sido un loco arriesgando sin motivo mi vida. ¿Por qué iba a desafiar ese peligro? Nada que verdaderamente me interesara estaba en juego. El valor es la notoria virtud de los estúpidos. No le concedo la menor importancia.

-¿Qué quieres decir con que nada que verdaderamente interesase estaba en jue-go? Si así fuese, toda tu vida es una impostura. Tú traicionaste los principios que defendías, los que defendíamos los dos, y a todos nos pusiste en ridículo. Nos habíamos sentado en la cumbre; nos creíamos mejores que los demás porque nos gustaba la literatura, la pintura y la música; no nos contentábamos con vivir una vida de rastreras envidias y vulgares comadreos; amábamos las cosas del espíritu, amábamos la belleza. Éste era nuestro pan cotidiano. En la colonia se reían y se burlaban de nosotros. Era inevitable. Naturalmente, los ignorantes y los plebeyos odian y temen a aquellos que se interesan por cosas que no comprenden. Pero a nosotros nos tenía eso sin cuidado. Los llamábamos filisteos. Nuestra justificación radicaba en que éramos más nobles, más inteligentes y más intrépidos que ellos. Y resultó que tú no eras mejor, ni más noble, ni más inteligente, ni más intrépido. Cuando llegó el momento te escapaste como un perro apaleado con el rabo entre las piernas. Tú no tenías derecho a ser cobarde. Ahora, aquellos que despreciábamos nos desprecian, y con razón, Nos desprecian a nosotros y a todo aquello que representamos. Ahora pueden decir que el arte y la belleza son cosas infectas, porque en las situaciones críticas fallan siempre las personas como nosotros. No cesaron de buscar una ocasión para volverse contra nosotros, y tú se la proporcionaste. Pueden decir que siempre lo habían esperado. Ha sido un triunfo para ellos. Yo me ponía furiosa porque te llamaban "Percy borla de polvos". ¿Sabías que te llamaban así?

-Naturalmente. Me pareció muy vulgar, pero me dejó completamente indiferente.

-Es curioso que tuvieran un instinto tan certero.

-¿Y tú, durante todo este tiempo, has estado albergando esos sentimientos contra mí? No te hubiera creído nunca capaz de semejante cosa.

-No podía abandonarte cuando todo el mundo estaba contra ti. Soy demasiado orgullosa para eso. Me dije a mí misma que, sucediera lo que sucediese, estaría a tu lado hasta llegar a Inglaterra. Ha sido una tortura para mí.

-¿Ya no me amas?

-¿Amarte? Te aborrezco.

-¡Anne!

-Dios sabe cómo te he amado. Durante ocho años he adorado hasta el suelo que pisabas. Lo eras todo para mí. Creía en ti como algunas personas creen en Dios. Pero cuando aquel día vi el miedo en tus ojos, cuando me dijiste que no querías arriesgar tu vida para salvar la de una mujer y la de sus hijos, quedé anonadada. Fue como si alguien me hubiese arrancado el corazón y lo pisoteara. Tú mataste entonces mi amor, Alban. Sí, lo mataste para siempre. Desde aquel momento, cada vez que me besabas tenía que hacer un esfuerzo terrible para no apartar el rostro. La sola idea de algo más me da náuseas. Aborrezco tu complacencia y tu espantosa insensibilidad. Tal vez te hubiese podido perdonar si se hubiera tratado de un momento de flaqueza y después te hubieses sentido avergonzado. La había visto con profunda pena, pero me parece que mi amor era tan grande que sólo hubiera tenido piedad por ti. Pero tú eres incapaz de avergonzarte. Y ahora no creo en nada. Tú eres sólo un vanidoso, vulgar y necio. Prefiero mil veces ser la esposa de un plebeyo plantador que tenga las comunes virtudes humanas que la de un farsante como tú.

Él no contestó. Gradualmente, su rostro fue descomponiéndose. Sus facciones, hermosas y regulares, se alteraron de un modo horrible, y de pronto estalló en sollozos. Anne dejó escapar un grito ahogado:

-¡No, Alban, no!

-¡Ah, querida!, ¿por qué eres tan cruel conmigo? Te adoro. Daría mi vida por complacerte. No puedo vivir sin ti.

Ella extendió las manos como para protegerle de un golpe.

-No, Alban, no intentes enternecerme. No puedo quedarme. Tengo que irme. No me es posible seguir viviendo contigo. Sería horrible. No llegaría nunca a olvidar lo sucedido. Debo decirte la verdad. Sólo siento por ti desprecio y repulsión.

Alban se dejó caer a sus pies, intentando abrazarla por las rodillas. Anne se le-vantó exhalando un grito ahogado, y él apoyó la cabeza sobre la silla vacía. Lloró amargamente, con unos sollozos que el desgarraban el pecho. Oírle era espantoso. Las lágrimas corrieron por las mejillas de Anne, y entonces, tapándose los oídos con las manos para no escuchar aquel llanto histérico, se dirigió tambaleándose hacia la puerta y salió corriendo.