EL PRIMER AMOR DE TARZÁN 

                                                                                                             

                                                                           Edgar Rice Burroughs

 

No recuerdo, con precisión, la forma y la razón por la que Jane se incorpora a la vida de Tarzán como su pareja y compañera de aventuras, ni el momento en que ambos adoptan a la encantadora Chita como hija predilecta. En cambio, si tengo presente una conversación de muchachitos sobre la vida sexual de Tarzán (Johnny Weissmüller o Lex Baxter), en que se trataba de dilucidar si era un monógamo rey de la selva o un activo rey de la zoofilia, con  permanente y variado harén animal a su alrededor. En realidad, e igual como sucede con otras creaciones narrativas, será el cine quien volverá famoso al personaje nacido en 1912 en una modesta revista pulp norteamericana y desarrollado con amplitud durante las tres décadas siguientes a través de veintiséis novelas firmadas por su creador, Edgar Rice Burroughs. Pero como ha sucedido con los vampiros, con Su-permán, con Batman y Robin, el cine les ha quitado y agregado características de gran impacto popular.Tarzán de los monos es el hijo único de un matrimonio de aristócratas ingleses, traicionado y abandonado en la selva, donde inician una primitiva y de resignada sobrevivencia hasta la muerte de la madre y luego la del padre, asesinado por un gorila. Por este desamparo, el niño es recogido, criado, educado y alimentado por un grupo de gorilas magnani, desconocidos por la ciencia (o, mejor, invención del autor), pero que parecen situados en esos límites inciertos de la evolución, en que siendo gorilas poseen algunas características de homínidos, entre ellas un elemental lenguaje. El niño blanco se desarrolla excelentemente bien y, aparte de convertirse en líder de su grupo, es un magnífico luchador y en un ser protector y lleno de bondades con su propio grupo y con sus amistades; además, Tarzán aprende a hablar a la perfección, y sin acento, inglés y francés, gracias a unos libros de sus padres. En las tres narraciones que siguen a esta presenta-ción, Tarzán se enfrenta a situaciones definitivas para esclarecer su personalidad: el amor, la reproducción, incluyendo la relación madre-hijo, y la maldad que representa apropiarse por la fuerza de otro ser humano. Él no es un gorila, no es un mono, es un ser diferente y por lo tanto está obligado a fijar sus límites para continuar conviviendo con su grupo animal y, a la vez, distanciarse de ellos y a la vez de las tribus nativas de raza negra, que tampoco son como él. Tarzán es John Clayton III, Lord de Greystoke, y lo continuará siendo incluso cuando aún lo ignore.  A esta figura elemental y desarrollada por su autor en es-trambóticas alternativas, el cine le fijó la figura humana que se grabará en todo el mundo: Johnny Weissmüller, el invicto nadador de origen rumano, poseedor de más de 60 records mundiales, y de varias medallas olímpicas y estadounidenses, será el Tarzán que se trasladara por la selva utilizando lianas y dando esos gritos guturales que todos alguna vez hemos imitado entre bromas y risas. A él se le agregará una compañera, Jane, encarnada por la belleza Maureen O'Sullivan; luego un chimpancé, la inolvidable Chita, y después un desangelado hijo, Boy. Tarzán es el salvaje buen mozo y bien proporcionado que logra decir, después de semanas de enseñanzas de la esposa: “Yo Tarzán; tú, Jane”, y sonreír lleno de la satisfacción por el deber cumplido. (En el cine en los inicios de las películas habladas, se dio una peculiar situación: los padres de familia y la iglesia pidieron suprimir de la segunda película de Johnny Weissmüller y Maureen O'Sullivan, una escena en que los dos se bañan desnudos en una laguna, a la vez que indicaron que los senos de la nadadora -la campeona olímpica Josephine McKim, que actuó en esa escena-, eran más pequeños que los de la exuberante Maureen O'Sullivan).Pero si el creador literario de Tarzán desarrolló a su personaje al margen del cinema y lo enfrentó a la civilización, a la alta vida social, e incluso lo llevó a compartir con otro de sus personajes un viaje al centro de la Tierra, el cine y el comic se mantuvieron dentro de los limites de la selva africana, sabiendo, por experiencia, que cada salida de Tarzán de su contexto original era ir contra la imagen aceptada y reverenciada por el mundo como un icono popular.La historieta, el comic de Tarzán, surgió en 1929, tres años antes  de su primera película, pero el dibujante, Harold Foster, declinó continuar con la serie y se limitó a dar la adaptación de la primera novela, que se desarrollaría durante dos meses. Sin embargo, el Tarzán de Foster fijó determinadas técnicas, siendo quizá la principal el constituirla en un todo compacto en el que cada episodio era una continuación del anterior y también un fragmento de la totalidad de la serie. Siete años más tarde, otro dibujante, Burne Hogarth, aceptó la tarea de continuar con el comic y persistió en su difusión desde 1937 hasta 1945 con una serie de cualidades artísticas ajenas y superiores a los comics de la época.Evidentemente, en este mundo actual de enfrentamientos y confusiones ideológicas, Tarzán también fue sometido a contro-versias sobre su razón de ser. Para unos, los más ingenuos, el personaje era la representación extrema del amor a la naturaleza, de la vida sencilla, de la convivencia pacifica del ser humano con los animales salvajes, la felicidad alcanzada lejos de las ciudades y el mundo industrial. En fin, que Tarzán era la expresión práctica del auténtico ecologista. Otras posiciones más complejas y exageradas se empeñaron en definir a Tarzán de los monos como el máximo ejemplo de la explotación colonialista y del discurso hegemónico de la superioridad del hombre blanco y su natural dominio sobre razas, culturas, animales y ambientes.Ideas más simples, derivan a Tarzán de la teoría de Darwin sobre el origen de la especies y de la evolución del ser humano (del homo sapiens sapiens), y entroncan su existencia con los mellizos fundadores de Roma, Rómulo y Remo, alimentados por una loba y con Mowgli, personaje creado por Rudyard Kipling en su Libro de la Selva.Los defensores de la ingenuidad del personaje, recalcan el hecho de ser un héroe natural, es decir, sin poderes sobrehuma-nos y sin necesidad de emplear armas de la última tecnología para combatir al mal, la delincuencia y la inmoralidad. Y, en última instancia, dicen, Tarzán sólo enfrenta y lucha contra depredadores, sean animales o cazadores blancos, que vienen a destrozar la vida animal y la naturaleza, y además, lo hace sin contaminar ni afectar la capa de ozono, lo cual es un gran méri-to.
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  EL PRIMER AMOR DE TARZÁN
Edgar Rice Burroughs
Tendida voluptuosamente a la sombra, en la floresta de la selva tropical, Teeka presentaba una preciosa imagen de juvenil belleza femenina. Al menos, así se lo parecía a Tarzán de los Monos, que la contemplaba desde la altura de la oscilante rama de un árbol próximo, donde permanecía sentado en cuclillas.Cualquiera que le hubiese visto allí habría tomado a Tarzán por la reencarnación de algún semidiós antiguo. Su atlético cuerpo se mecía en actitud de relajado abandono sobre la rama de aquel gigante de la jungla, los rayos del sol ecuatorial se filtraban a través de la verde y tupida fronda para salpicar de brillantes motas de luz la bronceada piel. Tenía inclinada la cabeza en absorta meditación, en tanto devoraba con los grises ojos, inteligentes y soñadores, el objeto de su reverencia. Nadie hubiera supuesto que, en su infancia, aquella criatura se amamantó en los pechos de una espantosa y peluda simia, ni que, desde que sus padres murieron en la cabaña construida en una pequeña cala, al borde de la selva, el muchacho no tuvo ni conoció más compañeros que los torvos machos y las gruñonas hembras de la tribu de Kerchak, el gran mono. Tarzán no recordaba haber tenido otros.Si alguien hubiese podido leer los pensamientos que bullían en el activo y saludable cerebro del joven hombre mono, los anhelos, deseos y pretensiones que le inspiraba la vista de Teeka, tampoco se habría sentido más inclinado a dar crédito al auténtico origen de Tarzán. Porque, sobre la única base de tales pensamientos, ni por lo más remoto se hubiera podido nunca espigar la verdad: que aquel mozo era hijo de una bellísima dama inglesa y que su padre fue un aristócrata británico de la más antigua alcurnia. Para Tarzán de los Monos la verdad de su origen resultaba un misterio absoluto. Ignoraba que él era John Clayton, lord Greystoke, con escaño en la Cámara de los Lores. No lo sabía pero, de saberlo, tampoco hubiera comprendido lo que representaba.¡Sí, Teeka era una auténtica preciosidad! Naturalmente, Kala había sido hermosa -la madre de uno siempre lo es-, pero la belleza de Teeka tenía algo especial, algo inefable que Tarzán empezaba a percibir de un modo ambiguo y nebuloso. Durante años, Tarzán y Teeka habían sido compañeros de juegos. Y Teeka continuaba mostrándose juguetona y alegre mientras los machos de su edad se convertían con pasmosa rapidez en individuos ariscos y malhumorados. De plantearse Tarzán la cuestión, es probable que hubiese atribuido su creciente inclinación hacia la joven hembra al hecho de que, de todos los antiguos compañeros de barrabasadas, sólo Teeka y él seguían manteniendo vivo el deseo de divertirse, de jugar y hacer diabluras como antes.Pero aquel día, mientras contemplaba a Teeka, se sorprendió al reparar en la belleza de sus facciones y de su figura: algo que hasta entonces no había hecho nunca, puesto que tales detalles nada tenían que ver con las aptitudes de Teeka para saltar ágilmente de un árbol a otro por las altas enramadas, en el curso de las persecuciones y juegos del escon-dite y demás que la fértil imaginación de Tarzán inventaba. El hombre mono se rascó la cabeza y deslizó los dedos por debajo de la espesa melena negra que enmarcaba su bien parecido rostro juvenil. Se rascó la cabeza y dejó escapar un suspiro. El descubrimiento de la belleza de Teeka se convirtió en súbito motivo de desesperación. Empezó a envidiar la espléndida capa de pelo que cubría el cuerpo de la hembra. A Tarzán, su propia piel tersa y bronceada le producía una aversión hija del disgusto y la repugnancia. Años antes alimentó la esperanza de que algún día su piel iba a recubrirse de pelo, como el que adornaba a sus hermanos, pero al final no tuvo más remedio que abandonar aquella grata ilusión.Allí estaba la hermosa dentadura de Teeka, no tan grande como la de los machos, naturalmente, pero dotada de piezas fuertes y estupendas, comparadas con los débiles y blancos dientes de Tarzán. ¡Y las pobladas y ceñudas cejas, y la ancha y aplastada nariz, y los gruesos labios! Tarzán se había entrenado intentando poner la boca en forma de semicírculo, al tiempo que inflaba los carrillos y guiñaba los ojos repetida y rápidamente, pero tras una infinidad de esfuerzos inútiles llegó a la conclusión de que jamás conseguiría hacer aquello con la gracia irresistible que lograba Teeka.Aquella tarde, mientras la observaba con ojos maravillados, un joven macho que rebuscaba con aire apático bajo la húmeda y enmarañada alfombra de vegetación medio putrefacta que cubría las raíces de un árbol próximo, a la caza de algún bicho comestible, se acercó a Teeka con torpes andares. Los demás miembros de la tribu de Kerchak deambulaban indiferentes por allí o descansaban tumbados en el suelo, sumidos en la modorra que les contaminaba el calor del mediodía de la selva ecuatorial. De vez en cuando, alguno de ellos había pasado por las proximidades de Teeka, pero Tarzán no le prestó atención. ¿Por qué, entonces, frunció el ceño y se le tensaron los músculos cuando vio que Taug se detenía delante de la joven hembra y luego se sentaba en cuclillas junto a ella?A Tarzán siempre le había caído bien Taug. Desde niños compartieron juegos y travesuras. Solían agazaparse codo con codo a la orilla del agua, dispuestos los rápidos, ágiles y fuertes dedos para salir disparados y agarrar al Pisah, el pez, cuando este cauteloso morador de las frías profundidades acuáticas se remontaba hasta la superficie atraído por los insectos que Tarzán lanzaba a la laguna. Juntos habían hecho mil trastadas a Tublat y amargado la existencia a Numa, el león. ¿Por qué, pues, se le erizaban a Tarzán los pelos de la nuca simplemente porque a Taug se le ocurriera ir a sentarse al lado de Teeka?Desde luego, Taug ya no era el mono juguetón de otros tiempos. Cuando se le contraían los músculos faciales para dejar al descubierto sus formidables colmillos nadie imaginaba que estuviese del mismo talante zaragatero y retozón de que hacía gala cuando Tarzán y él se revolcaban por la hierba en sus simulacros de lucha a brazo partido. El Taug actual era un simio de tamaño impresionante, humor taciturno y expresión torva, tétrica, amenazadora. Sin embargo, Tarzán y él nunca habían llegado a pelearse.El hombre mono observó durante varios minutos las maniobras que efectuó Taug para arrimarse a Teeka. Vio la ruda caricia con que la enorme zarpa del macho golpeó más que rozó el lustroso hombro de la mona y, entonces, Tarzán se deslizó al suelo como un felino y se encaminó hacia la pareja. Al acercarse, contrajo hacia arriba el labio superior en una mueca que dejó al aire los dientes y de las profundidades de su pecho brotó un sordo y cavernoso gruñido. Taug alzó la cabeza. Parpadearon sus sanguinolentos ojos. Teeka se incorporó a medias y miró a Tarzán. ¿Acaso adivinaba la causa de la inquietud del hombre mono? ¿Quién lo sabe? De cualquier modo, era femenina, así que alargó la mano y rascó a Taug en la parte posterior de una de sus pequeñas y aplastadas orejas. Tarzán vio aquel gesto y en ese preciso instante comprendió que Teeka había dejado de ser la enredadora compañera de juegos de una hora antes. Acababa de convertirse en un ser maravilloso -la criatura más maravillosa del mundo-, por cuya posesión Tarzán estaba presto a luchara muerte contra Taug o con cualquier otro macho que se atreviera a disputarle su derecho de propiedad.Agazapado, tensos los músculos y con uno de sus enormes hombros vuelto hacia el joven macho, Tarzán de los Monos se fue acercando paulatina y cautelosamente. Ladeado parcialmente el rostro, sus ojos grises, sin embargo, no se apartaron un segundo de Taug y, mientras se le iba aproximando, la profundidad y volumen de sus gruñidos no cesó de aumentar. Taug se irguió sobre sus cortas piernas, erizado el pelo. Enseñaba ya los dientes. También avanzó cautelosamente, rígidas las extremidades inferiores, mientras respondía con los suyos a los gruñidos del hombre mono.-Teeka pertenece a Tarzán -declaró éste mediante los sonidos guturales propios de los antropoides.-Teeka es de Taug -contradijo el mono macho.Thaka, Numgo y Gunto, alertados por los gruñidos de los dos jóvenes galanes, levantaron la cabeza medio displicentes, medio interesados. También estaban medio dormidos, pero aquello tenía todos los visos de lucha inminente. Algo que iba a interrumpir la monótona uniformidad de la vida que llevaban en la selva.Colgada del hombro llevaba Tarzán la enrollada cuerda de hierbas y su mano empuñaba el cuchillo de monte de su padre, muerto mucho tiempo atrás y al que no llegó a conocer. En el minúsculo cerebro de Taug anidaba un gran respeto hacia la brillante y afilada hoja de metal que con tanta destreza sabía utilizar el hombre mono. Con ella había matado a Tublat, su feroz padre adoptivo, así como a Bulgani, el gorila. Taug no ignoraba aquellas hazañas, de modo que extremó sus pre-cauciones en tanto giraba alrededor de Tarzán, a la espera de la oportunidad para lanzarse al ataque con garantías. Su menor corpulencia y la inferioridad de su armamento natural hacían al hombre mono precavido, de modo que siguió análoga táctica.Durante cierto tiempo pareció que el altercado seguiría los mismos derroteros de la mayor parte de tales desavenencias entre miembros de la tribu y que uno de los contendientes acabaría por perder todo interés en la cuestión y se retiraría para dedicarse a cualquier otra actividad. Y ese pudo haber sido el final del asunto si el casus beli hubiera sido otro, pero Teeka estaba en la gloria, halagadísima por la atención que había despertado y por la circunstancia de que aquellos dos machos jóvenes se dispusieran a enzarzarse en violento combate por ella. En toda su breve existencia era la primera vez que le sucedía tan memorable acontecimiento. Había visto a otros machos pelear por hembras de más edad y en el fondo de su pequeño y selvático corazón anheló que llegase el día en que la hierba de la jungla enrojeciese con la sangre que se derramara en un combate a muerte por ella. De modo que se puso en cuclillas y procedió a insultar profusa e indiscriminadamente a ambos admiradores. Les lanzaba pullas reprochándoles su cobardía y los insultaba aplicándoles los apelativos más humillantes, como Histah, la serpiente, o Dango, la hiena. Los amenazaba con llamar a Mumga para que los corriera a estacazos... Precisamente a Mumga, que era tan vieja que no podía subirse a los árboles y tan desdentada que tenía que alimentarse casi exclusivamente de plátanos y gusanos.Los monos que presenciaban el espectáculo escuchaban a Teeka y le reían aquellas gracias. Taug estaba furioso. Acometió a Tarzán con súbita embestida, pero el hombre mono dio un salto lateral, esquivó el ataque y, con felina celeridad, giró en redondo y se plantó de nuevo frente a Taug. Al acercarse, enarbolaba el cuchillo de monte por encima de la cabeza; con la peor de las intenciones descargó un tajo al cuello de Taug. Éste hurtó el cuerpo con celérico regate y el filo del arma sólo le ocasionó un rasguño en el hombro. El pequeño borbotón de sangre arrancó un agudo grito de placer a la encantada Teeka. ¡Ajá, aquello merecía la pena! Lanzó una mirada en torno, para comprobar si los demás habían sido testigos de aquella prueba de su popularidad. Helena de Troya nunca se sintió tan orgullosa como Teeka en aquel instante. Si no hubiese estado tan absorta en su propia vanagloria es posible que hubiese percibido el susurro que produjeron las hojas del árbol al pie del cual se hallaba, un murmullo que no causaba el viento, dado que no circulaba el menor soplo de aire. Y de haber alzado la mirada, seguramente habría visto el estilizado cuerpo agazapado casi directamente encima de ella, así como los perversos ojos glaucos que la observaban con fulgor voraz en las pupilas. Pero Teeka no levantó la vista.Al sentir la herida, Taug retrocedió y prorrumpió en una serie de pavorosos rugidos. Tarzán siguió acosándolo, cuchillo en ristre y con un diluvio de insultos y amenazas derramándose desde su boca. Teeka se apartó de debajo del árbol para mantenerse cerca de los contendientes. La rama situada encima de la mona se combó y agitó levemente al deslizarse por ella el cuerpo del depredador al acecho. Taug se había detenido y se aprestaba a afrontar un nuevo asalto. La espuma cubría sus labios y de las mandíbulas descendían hilillos de baba. Erecto, baja la cabeza y extendidos los brazos, se preparaba para desencadenar un ataque y fajarse en una lucha cuerpo a cuerpo. Si lograra plantar sus poderosas manos sobre la suave y bronceada piel de su adversario habría ganado la batalla. Taug consideraba poco limpia la forma de combatir de Tarzán. Nunca se acercaba, su estilo consistía en saltar ágilmente de un lado a otro y mantenerse en todo momento fuera del alcance de los musculosos dedos de Taug.Como hasta entonces el joven hombre mono sólo había jugado, sin medir nunca sus fuerzas con un mono macho adulto en una pelea de verdad, no estaba muy seguro de que fuera aconsejable poner a prueba sus músculos en un combate a muerte. No es que tuviera miedo, ya que el miedo era una emoción que desconocía de un modo absoluto. El instinto de conservación le aconsejaba andarse con cien ojos..., eso era todo. Sólo corría riesgos cuando lo consideraba necesario y, al presentarse tal circunstancia, no vacilaba ante nada.Su propio sistema de lucha parecía más a tono con su constitución física y las armas con que le había dotado la naturaleza. Su dentadura, aunque fuerte y afilada, se encontraba en lamentable desventaja a la hora de competir con las formidables armas de ataque que constituían los colmillos de los antropoides. Con aquella táctica de saltos y movimientos rápidos alrededor del adversario, manteniéndose lejos del alcance de éste, y a base de utilizar diestramente el largo y afilado cuchillo de monte, Tarzán podía ocasionar infinitamente más castigo a su antagonista y al propio tiempo eludir muchas de las dolorosas y graves heridas que estaba seguro iba sufrir en el caso de caer en las garras de un mono macho. Así, pues, Taug se lanzaba a la carga, embistiendo y mugiendo como un toro y Tarzán danzaba con ágiles pasos laterales, sin dejar de zaherir a su rival con burlones insultos, ni de clavarle de vez en cuando la punta del cuchillo.En el transcurso de la pelea se daba alguna que otra tregua, durante la cual los contendientes interrumpían sus afanes béli-cos, jadeaban, recobraban el aliento, hacían acopio de fuerzas y aguzaban el ingenio con vistas al modo de plantear el siguiente asalto. Durante una de esas pausas, la mirada de Taug rebasó casualmente la figura de su antagonista. Automáticamente, la expresión de Taug cambió de manera radical. La cólera desapareció de su rostro, sustituida por un gesto de pánico. Al tiempo que profería un grito que todos los simios comprendie-ron al instante, Taug dio media vuelta y huyó a todo correr. No hizo falta preguntarle nada: su chillido anunciaba la cercana presencia del ancestral enemigo de los monos.Lo mismo que los demás miembros de la tribu, Tarzán se aprestó a ponerse a salvo y en ese momento, mezclado con el rugir de la pantera, oyó el alarido de terror de una mona. Taug también lo oyó, pero no interrumpió su huida. Con el hombre mono, sin embargo, las cosas fueron distintas. Miró por enci-ma del hombro para comprobar si algún miembro de la tribu se veía acosado de cerca por el carnívoro y la escena que contemplaron sus ojos los llenó de espanto.Era Teeka quien gritaba aterrada mientras corría a través del claro, hacia los árboles de la orilla opuesta, perseguida por Sheeta, la pantera, que acortaba terreno mediante gráciles saltos. Sheeta no parecía tener prisa. Tenía asegurada su buena ración de carne, puesto que aunque la mona alcanzase los árboles, no podría trepar hasta alcanzar la altura suficiente antes de ponerse a salvo de las garras de la pantera.Tarzán comprendió que Teeka iba a morir. A gritos, indicó a Taug y alos otros machos que se apresuraran a acudir en auxilio de Teeka Simultáneamente, corrió en pos de la fiera y cogió la cuerda que llevaba al hombro. Tarzán sabía que, una vez soliviantados los grandes monos machos, ni siquiera a Numa, el león, le entusiasmaba, ni mucho menos, la idea de oponer sus colmillos a los de ellos. Le constaba, así mismo, que si todos los de la tribu decidían unánimemente lanzarse al ataque, a Sheeta, el enorme felino, le iban a faltar décimas de segundo para volver grupas, meterse el rabo entre las piernas y retirarse a toda velocidad. Taug oyó los gritos, lo mismo que todos los demás, pero nadie acudió a echar una mano a Tarzán en la misión de salvar a Teeka, mientras Sheeta reducía velozmente la distancia entre ella y su presa.Al tiempo que perseguía a la pantera, Tarzán no cesaba de gritarle, con la idea de apartarla de Teeka, de distraer la atención del felino lo suficiente para que la mona tuviese tiempo de ascender a las ramas altas, donde Sheeta no se atrevería a subir. Dedicó a la pantera todos los insultos que se le vinieron a la lengua, pero el carnívoro no estaba dispuesto a detenerse para entablar combate con él; a Sheeta se le ha-bía hecho la boca agua y su único interés era aquel exquisito bocado que casi tenía ya al alcance de sus dientes.Tarzán no se encontraba muy lejos de la pantera, a la que ga-naba terreno, pero la distancia de aquella carrera era tan corta que resultaba utópico pensar que atraparía al felino antes de que éste hubiese caído sobre Teeka Al tiempo que corría, el hombre mono volteaba la cuerda de hierba por encima de la cabeza. Temía errar el lanzamiento, porque la distancia era muy superior a los tiros que había efectuado hasta entonces. El trecho que le separaba de Sheeta era más o menos el de la longitud de la cuerda. Sin embargo, no existía más solución que aquella: intentarlo. Le era imposible de todo punto llegar a la altura de la pantera antes de que ésta alcanzase a Teeka Tenía que jugárselo todo a la carta del lanzamiento del lazo.Y justo en el preciso instante en que Teeka se abalanzaba hacia la rama inferior de un árbol gigantesco y Sheeta acometía su salto largo y sinuoso en pos de la presa, los círculos de la cuerda de Tarzán se estiraron al surcar el aire rápidamente, dibujaron una larga y delgada línea recta mientras el lazo permanecía suspendido un segundo sobre la salvaje cabeza y las rugientes fauces de la pantera. Acto seguido, el lazo descendió y, limpia y certeramente, el nudo corredizo se ciñó en torno al rojizo cuello de Sheeta. Tarzán dio un tirón seco a la cuerda, tensó el nudo y afirmó los pies en el suelo, preparándose a afrontar la violenta reacción de la pantera cuando se sintiese atrapada.Las crueles garras del felino arañaron el aire a escasos centí-metros delas lustrosas posaderas de Teeka en el momento en que la cuerda setensó y Sheeta se veía frenada bruscamente: un frenazo que la lanzó deespaldas contra el suelo. Pero se levantó como una exhala-ción, con losojos echando chispas y la cola convertida en látigo fustigante, mientrasde sus abiertas fauces brotaban espantosos rugidos de furia y decepción.Sheeta vio al joven hombre mono, el culpable de su descon-cierto,Historias de la Jungla Edgar Rice Burroughsapenas a diez o doce metros, y se precipitó hacia él.Teeka ya estaba a salvo. Tarzán lo comprobó mediante un rápidovistazo a la enramada del árbol que la mona había alcanzado en el últimosegundo. Pero Sheeta iba ahora a por él. Era una insensatez arriesgar lavida en un combate ocioso y desigual, del que no podía resultar nadapositivo, ¿pero cómo eludir la batalla con aquel felino iracundo? Y en elcaso de verse obligado a luchar, ¿qué probabilidades tenía de sobrevivir?A Tarzán no le quedó más remedio que admitir que su situación distabamucho de ser apetecible. Los árboles estaban demasiado lejos como paraalbergar la esperanza de llegar a ellos a tiempo de esquivar al carnívoro.Empuñaba en la diestra el cuchillo de monte: un arrea insig-nificante,una nadería en comparación con las formidables hileras de dientes deque estaban dotadas las poderosas mandíbulas de Sheeta y las afiladasgarras encajadas en sus acolchadas patas. A pesar de todo, el joven lordGreystoke les hizo frente con la misma valerosa resignación con que unintrépido antepasado suyo se lanzó a la derrota y la muerte en la colinade Senlac, cuando tuvo lugar la batalla de Hastings.Desde la seguridad que les brindaban las ramas altas de los árboles,los grandes monos presenciaban el espectáculo, proyectaban sobreSheeta los calificativos más insultantes y dirigían a Tarzán consejos yconsignas, porque, naturalmente, el antecesor del hombre tiene muchosrasgos humanos. Teeka estaba aterrorizada. A gritos, apremiaba a losmachos a que corrieran en auxilio de Tarzán, pero ellos esta-ban atareadísimoscon otras ocupaciones más interesantes: asesorar a Tarzán ydedicar muecas a Sheeta. Al fin y a la postre, Tarzán no era un auténticomangan, ¿por qué, entonces, debían arriesgar el pellejo intentandoprotegerle?Sheeta casi se había echado encima de aquel cuerpo ágil y desnudo... yel cuerpo ya no estaba allí. Con todo lo rápido que era el felino, aquelmuchacho mono todavía lo era más. Se apartó a un lado con celéricosalto cuando las garras de la pantera daban la impresión de haber caídosobre él. Sheeta pasó de largo y fue a aterrizar más allá de la que creíapresa segura, mientras ésta, tras el regate, se alejaba a la carre-ra, haciala salvación del árbol más próximo.La pantera se recobró prácticamente al instante, se revolvió y saliódisparada en persecución del hombre mono, con la cuerda arrastrándosepor el suelo. Al correr en pos de Tarzán, Sheeta rodeó un pequeñoarbusto. Como obstáculo no sería gran cosa para ningún animal de laselva del tamaño y peso de la pantera... siempre y cuando no llevase trasde sí una cuerda alrededor del cuello. Lo malo para Sheeta fue justo esacuerda, porque cuando el felino perseguía a Tarzán de los Monos, lacuerda se enredó en el arbusto y obligó a la pantera a detenerse en seco.Instantes después, Tarzán se hallaba a salvo en la copa de un árbol, auna altura a la que Sheeta no podía acceder.Allí asentó sus reales el hombre mono, para dedicarse a arro-jar trozosde rama e insultos diversos al indignado felino que tenía a sus pies. Losdemás integrantes de la tribu se sumaron al bombardeo, lan-zandocuantas ramitas y frutos duros tenían a su alcance, hasta que Sheeta, abase de frenéticos tirones y mordiscos, consiguió romper la cuerda.Durante unos segundos más la pantera se mantuvo allí ergui-da,mientras, uno tras otro, fulminaba con los ojos a los que la torturaban.Por último, emitió un rugido final de rabia, dio media vuelta ydesapareció en la enmarañada y laberíntica espesura de la jungla.Al cabo de media hora, la tribu volvía a estar en el suelo, en-tregada a latarea de buscar alimento, como si no hubiese ocurrido nada susceptiblede interrumpir la grisácea monotonía de su existencia. Tarzán habíarecuperado la mayor parte de su cuerda y se entretenía preparando unnuevo lazo, mientras Teeka permanecía en cuclillas a su lado, comoevidente demostración de que lo había elegido por compañero.Taug los observaba con sombrío resentimiento. Se les acercó una vez yTeeka le enseñó los colmillos y le gruñó, hostil recibimiento que Tarzáncorroboró dejando al descubierto los incisivos y emitiendo otro gruñido.Pero Taug no buscó pelea. Pareció aceptar la decisión de la hembra, deacuerdo con la norma de la tribu, reconociendo que había salidoderrotado en la lid por conquistar los favores de Teeka.Más avanzado el día, reparada la cuerda, Tarzán partió en busca decaza, desplazándose por los árboles. Necesitaba consumir carne enmayor medida que sus compañeros y, mientras éstos se con-formabancon una dieta a base de frutas, hierbas, escarabajos y otros insectos, queencontraban sin excesivo esfuerzo, Tarzán dedicaba una con-siderablecantidad de tiempo a la caza de animales cuya carne era la única quesatisfacía los apetitos de su estómago y proporcionaba resis-tencia, vigory fortaleza a sus poderosos músculos que de día en día se formaban bajola tersa y suave textura de su piel bronceada.Taug le vio alejarse y, como quien no quiere la cosa, mientras buscababichitos comestibles, se fue aproximando a Teeka poco a poco. Al final,cuando se encontraba a unos cuantos palmos de la hembra, le echó unamirada, con disimulo, y observó que la mona le estaba mirandoapreciativamente, sin que su expresión denotara asomo algu-no de enojo.Taug abombó su enorme pecho, dio unas cuantas vueltas sobre suscortas piernas y su garganta emitió una serie de extraños gru-ñidos.Curvó los labios para dejar al descubierto la dentadura. ¡Ra-yos, quécolmillos más espléndidos tenía! Teeka no pudo por menos que fijarse enellos. También dejó que sus ojos se recrearan admirativamente en lashirsutas cejas de Taug y en su cuello corto y recio. Realmente, ¡quécriatura más hermosa era aquel macho!Halagado por la expresión de indisimulada maravilla que percibió enlos ojos de la hembra, Taug se dio unos paseos por delante de Teeka, conla altivez vanidosa propia de un pavo real. Empezó a hacer inventariomentalmente de sus cualidades y no tardó en compararlas con las de surival.Taug soltó un gruñido, porque no había parangón posible. ¿Cómo ibanadie a comparar su precioso pelaje con la repugnante piel lisa ydesnuda de Tarzán? Después de contemplar las anchas y aplastadasnapias de Taug, ¿cómo podía alguien encontrar belleza en aquellamiseria de nariz que tenía el tarmangani? ¡Y los ojos de Tar-zan! Puntitoshorribles, rodeados de blanco y sin veta alguna de rojo en las órbitas.Taug tenía plena conciencia de que sus ojos sanguinolentos eran bonitos,porque los había visto reflejados en la espejeante superficie de muchaslagunas y charcas a las que fue a beber.El macho siguió acercándose a Teeka hasta que, por último, acabósentándose pegado a ella. Cuando, poco después, regresó Tarzán de sucacería vio a Teeka dedicada con alegre entusiasmo a la tarea de rascarla espalda de Taug.El muchacho se sintió desazonado. Ni Taugh ni Teeka le vie-rondescolgarse de la enramada y entrar en el claro. Hizo una pausamomentánea, mientras los miraba; luego, tras esbozar un gesto cargadode tristeza, dio media vuelta y se perdió en el dédalo de la frondafestoneada de musgo del que había salido momentos antes.Deseaba irse lo más lejos posible de la causa de su dolor. Eran losprimeros ramalazos producto de un amor desdeñado y Tarzán no sabía aciencia cierta qué era lo que le pasaba. Al principio pensó estar furiosocon Taug, por lo que no acababa de entender por qué se ale-jaba de allí,en vez de entablar un combate a muerte con el que había destruido sufelicidad.También creyó estar indignado con Teeka, pese a lo cual la imagen delos numerosos encantos de aquella hembra preciosa no cesaba deacosarle, por lo que, a la luz del amor que sentía por ella, sólo podía considerarlala criatura más deseable del mundo.El hombre mono anhelaba afecto. Hasta que la flecha enve-nenada deKulonga atravesó el corazón selvático de Kala y acabó con la vida de lamona, ésta había representado para el niño inglés el único objeto decariño que Tarzán de los Monos conoció durante toda su infancia.A su feroz y salvaje manera, Kala adoraba a su hijo adoptivo y Tarzáncorrespondió a aquel afecto, aunque sus demostraciones ex-ternas nopasaran de ser las que podían esperarse por parte de cualquier otroanimal de la jungla. Hasta que la perdió, el muchacho no tuvo plenaconciencia de lo profundo que era el cariño que sentía hacia su madre,ya que siempre la consideró su única madre.En el curso de las últimas horas había visto en Teeka la sustituta deKala: alguien por quien luchar y por quien salir de caza, al-guien a quienacariciar. Pero el sueño había saltado hecho trizas. En el pe-cho deTarzán se había abierto una herida dolorosa. Se llevó la mano al corazóny se preguntó qué le ocurría. De una manera ambigua culpó a Teeka deaquel dolor. Cuanto más pensaba en Teeka tal como la viera momentosantes, acariciando a Taug, más se acentuaba aquel dolor que sentía en elpecho.Tarzán sacudió la cabeza al tiempo que emitía un gruñido. A medidaque se desplazaba a través de la selva, cuanto más se alejaba y cuantomás meditaba en sus errores, más cerca estaba de convertirse enmisógino irredento.Dos días después continuaba cazando en solitario... Se sentía muytriste y muy desdichado, pero conservaba la firme determinación de novolver a la tribu. No soportaría ver siempre juntos a Teeka y a Taug.Mientras se balanceaba en una rama gruesa, pasaron por de-bajo de élNuma, el león, y Sabor, la leona, uno junto a otro, y Sabor se inclinósobre su compañero y le mordisqueó juguetonamente la mejilla. Unasemicaricia. Tarzán suspiró y les lanzó un fruto seco.Poco después encontró en su camino una partida de guerre-ros negrosde Mbonga. Se disponía a echar el lazo al cuello de uno de ellos, que seencontraba a cierta distancia de sus compañeros, cuando despertó suinterés la tarea a que estaban entregados los salvajes. Acaba-ban deconstruir una jaula en el sendero y procedían a cubrirla con ramasfrondosas. Una vez remataron los negros su labor, la jaula resultabaprácticamente invisible.Tarzán se preguntó qué finalidad tendría aquella estructura y por qué,después de montarla, los guerreros se alejaron por el camino, de vuelta asu aldea.Había transcurrido cierto tiempo desde la última vez que Tarzán visitóa los negros y, oculto en la enramada de los gigantes de la selva quepermitían contemplar el interior de la empalizada, espió a sus enemigos,de entre los cuales había salido el asesino de Kala.Pese a que los aborrecía con toda su alma, no por eso dejaba Tarzán dedivertirse contemplándolos en su vida cotidiana dentro de la aldea, enespecial cuando practicaban sus danzas, cuando las llamas de lashogueras multiplicaban su resplandor al quebrarse sobre los desnudoscuerpos de ébano, que saltaban, giraban y se contorsionaban en sussimulacros bélicos. Animado más bien por la esperanza de presenciaralgún espectáculo de aquel estilo, Tarzán siguió a los guerre-ros en suresgreso al poblado, pero esa vez sufrió una decepción, por-que aquellanoche no hubo danza.En vez de baile, lo que vio Tarzán desde su encubierta atalaya arbórea,fue pequeños grupos de indígenas sentados en torno a minúsculasfogatas, que se entretenían comentando los acontecimientos de la jornaday, en los rincones más oscuros del recinto de la aldea, parejasaisladas que charlaban y reían. Observó que, en todos los ca-sos, cadauna de aquellas parejas la formaban un hombre y una mujer, jóvenesambos.Tarzán ladeó la cabeza, reflexionó y antes de conciliar el sue-ño, aquellanoche, hecho un ovillo en la horqueta del gran árbol que dominaba el poblado, Teeka llenó sus pensamientos y poco después su sueño... Teekay los muchachos negros que reían y charlaban con las muchachasnegras.Taug había salido a cazar solo y se había alejado un tanto del resto dela tribu. Avanzaba despacio por una senda de elefantes cuan-dodescubrió de pronto que un montón de maleza obstruía el paso.Adentrado ya en la madurez, Taug era una bestia de naturaleza perversay paciencia escasa. Cuando algo se interponía en su camino, en lo únicoque pensaba era en eliminarlo volcando sobre ello ferocidad y fuerzabruta, de modo que al tropezarse con aquella cortina de maleza que leimpedía seguir adelante, trató de apartarla con un manotazo rabioso yun instante después se encontró en el interior de un extraño cubil que levedaba el paso de manera firme y eficaz, por violentos que fuesen susesfuerzos para abrirse paso.Tras una infructuosa sesión de golpes y mordiscos, Taug acabó porcaer de lleno en brazos de la cólera, pero eso tampoco le sirvió de mucho.Al final, no tuvo más remedio que convencerse de que lo mejor era darsepor vencido y regresar por donde había llegado. Pero cuando se dispuso ahacerlo, ¡cuál no sería su disgusto al comprobar que, mientras bregabapor abatir la que tenía delante, otra barrera había caído a su espalda!Taug estaba atrapado. Luchó frenéticamente por liberarse, hasta que elagotamiento se apoderó de él. Todos sus esfuerzos fueron inútiles.Por la mañana, una partida de indígenas salió de la aldea de Mbongarumbo a la trampa construida el día anterior, mientras a través de lasramas de los árboles sobrevolaba por encima de ellos un joven gigantedesnudo rebosante de curiosidad. Manu, el mico, parloteó y refunfuñó alpaso de Tarzán y, aunque la figura familiar del hombre mono no leinspiraba miedo alguno, apretó más contra el suyo el oscuro cuerpo de lacompañera de su vida. Tarzán se echó a reír al verlo, pero a su carcajadasucedió un súbito gesto de tristeza y un suspiro profundo.Un poco más allá, un ave de alegre plumaje colorista aleteópavoneándose ante los admirados ojos de su pareja, cuyas plumas erande tonos menos brillantes. Tarzán tuvo la impresión de que en la junglatodo se combinaba para recordarle que había perdido a Tee-ka. Sinembargo, durante todos los días de su existencia había estado viendoaquellas mismas cosas, sin que le sugirieran ningún pensa-miento fuerade lo normal.Cuando los negros llegaron a la trampa, Taug se soliviantó de un modoaterrador. Sus manos aferraron los barrotes de aquella celda y lossacudieron con demencial frenesí, al tiempo que gruñía y rugía demanera escalofriante. Los negros se sintieron eufóricos, por-que aunqueno construyeron la trampa para que cayera en ella aquel peludo hombrearborícola, haberlo capturado los inundaba de contento.Tarzán aguzó el oído al percibir la voz de un gran mono. Dio un rápidorodeo para situarse de cara al viento, que llegaba de la direc-ción de latrampa, y olfateó el aire para captar el olor del prisionero. No transcurriómucho tiempo antes de que a sus delicadas fosas nasales llegara unaemanación familiar que permitió a Tarzán identificar al pri-sionero con lamisma certeza que si estuviese viendo a Taug con sus propios ojos. Sí,era Taug, y estaba solo.Mientras se acercaba para averiguar qué pretendían hacer losindígenas con su prisionero, una sonrisa animó el semblante de Tarzán.Sin duda lo matarían inmediatamente. Tarzán volvió a son-reír. AhoraTeeka sería suya, puesto que nadie se atrevería a disputarle el derecho ala hembra. Vio que los guerreros negros retiraban la cortina de follajeque encubría la jaula, ataban cuerdas a ésta y luego la arras-traban endirección a la aldea.Tarzán estuvo observando la operación hasta que su rival se perdió devista. Ni un segundo dejó Taug de golpear los barrotes de su celda ni deproferir rugientes y furibundas amenazas. El hombre mono dio mediavuelta y emprendió un rápido regreso en busca de la tribu y de Teeka.Durante el trayecto sorprendió una vez a Sheeta y a su familia en unclaro de la selva invadido por la maleza. El enorme felino permanecíaestirado en el suelo, mientras su compañera, con una pata sobre la carade Sheeta, le lamía amorosamente la suave y blanca piel del cuello.Tarzán aceleró el ritmo de marcha hasta que casi podía decirse quevolaba a través de la selva. No tardó en llegar al punto donde estaba latribu. Los vio antes de que ellos se percatasen de su llegada, porqueentre todos los habitantes de la jungla, ninguno se des-plazaba tansilenciosamente como Tarzán de los Monos. Avistó a Kamma y a supareja que comían uno al lado del otro, con los peludos cuerposrozándose. Localizó a Teeka, que se alimentaba a solas. No estaríamucho tiempo así, en solitario, pensó Tarzán, al tiempo que saltaba de laenramada y aterrizaba entre los monos.Se produjo un conato de huida precipitada y el aire se colmó degruñidos coléricos y amedrentados, porque Tarzán los sobre-saltó con suinesperada irrupción. Pero había algo más que el mero susto ynerviosismo, porque los pelos de la nuca de los simios continuaban depunta un buen rato después de que hubieran constatado la identidad delhombre mono.No se le escapó a Tarzán tal detalle, porque ya había observado conanterioridad que siempre que se presentaba in-opinadamente, suaparición producía entre los miembros de la tribu un nerviosismo que losmantenía excitados durante un espacio de tiempo considera-ble. Tambiénhabía comprobado que todos y cada uno de ellos necesitabanconvencerse de que era realmente Tarzán y tenían que olfate-arle bienmedia docena de veces antes de tranquilizarse.Tarzán se abrió paso entre ellos, en dirección a Teeka, pero cuando seacercaba a ella, la mona se retiró.-Teeka -llamó el muchacho-, soy Tarzán. He venido por ti.La mona se acercó, sin dejar de escrutarle atentamente. Por último, leolfateó, como si quisiera redoblar su certeza de que verdade-ramente eraél.-¿Dónde está Taug? -quiso saber.-Ha caído en poder de los gomanganis -respondió Tarzán-. Lo matarán.En los ojos de Teeka vio Tarzán una expresión de amarga nostalgia,remachada luego por el dolor que reflejaron sus pupilas al enterarse delinfausto destino que aguardaba a Taug. Pero la hembra se pegó a él yTarzán, lord Greystoke, le pasó un brazo por los hombros.Al hacerlo notó, con cierta sensación de inquietud, la extrañaincongruencia que representaba aquel brazo de piel lisa y bronceadasobre el pelaje negro que cubría a su dama. Acudió a su mente la imagende la pata de la compañera de Sheeta a través de la cara de la panteramacho: allí no había incongruencia de ninguna clase. Pensó en elpequeño abrazado a su pareja y en el modo absoluto en que uno parecíapertenecer, complementar al otro. Incluso el pájaro que ex-ponía orgullosola brillantez policroma de sus plumas guardaba una gran se-mejanzanatural con su pareja, cuyo plumaje tenía tonos más apaga-dos. Y Numa,aparte su enmarañada melena, era casi un duplicado perfecto de Sabor,la leona. Los machos y las hembras diferían, ciertamente, pero sus diferenciasno eran tan acentuadas como las que existían entre Tarzán yTeeka.Tarzán estaba desconcertado. Allí había algo que no encajaba. Dejócaer el brazo de encima del hombro de la mona. Despacio, muy despacio,se fue apartado de ella. Teeka le miró, inclinada lateralmente la cabeza.Tarzán se puso en pie y, erguido en toda su estatura, se golpeó el pechocon los puños. Levantó la cabeza hacia el cielo y abrió la boca. De laprofundidad de sus pulmones se elevó el feroz y extraño grito desafiantedel mono macho victorioso. Todos los miembros de la tribu volvieron lacabeza y lo contemplaron impelidos por la curiosidad. No sólo no habíamatado a nadie, sino que ni siquiera tenía adversario alguno al quesublevar hasta enloquecerlo de rabia con aquel alarido salvaje. No, notenía la menor excusa, de forma que todos volvieron a sus afanesalimenticios, aunque sin dejar de espiarle con disimulo, no fuera casoque le entrase de pronto la ventolera asesina.Como seguían observándole de reojo, al cabo de un momento le vieronsaltar a la rama de un árbol próximo y perderse de vista engullido por lafronda. Casi instantáneamente, todos se olvidaron de él, in-cluida Teeka.Los guerreros de Mbonga avanzaban lentamente hacia su po-blado,sudorosos a causa del tremendo esfuerzo que exigía el traslado a rastrasde la tosca jaula en que iba Taug. Se detenían con frecuencia adescansar. A cada movimiento el salvaje cuadrumano que habíanatrapado reiteraba sus rugidos y amenazas, al tiempo que sa-cudía conincesante furia los barrotes de aquella celda móvil. Armaba una escandaleraespantosa.Historias de la Jungla Edgar Rice BurroughsLos indígenas estaban a punto de concluir su trayecto y se tomaban elúltimo descanso antes de emprender la etapa final que los llevaría alclaro de la selva en que se alzaba su poblado. Unos pocos minutos máslos hubieran llevado fuera de la arboleda, en cuyo caso no habríaocurrido lo que ocurrió.Una figura silenciosa se trasladó a través de la enramada, por encimade los indígenas. Unos ojos agudos examinaron la jaula y contaron elnúmero de guerreros. Y un cerebro inteligente, sagaz y osado calculó lasprobabilidades de éxito que tendría el plan que iba a poner en práctica.Tarzán observó a los negros, tumbados a la sombra. Estabanexhaustos. Varios se habían quedado dormidos. Se les fue acercandosigilosamente y se detuvo inmediatamente encima de ellos. Ni una hojase había agitado durante su avance. Esperó con la paciencia infinita delanimal de presa. Sólo dos guerreros permanecían despiertos y uno deellos empezaba ya a dar cabezadas.Tarzán de los Monos se aprestó a entrar en acción y, mientras sepreparaba, el indígena que aún no dormía echó a andar en dirección a laparte trasera de la jaula. El hombre mono lo siguió casi rozándole lacabeza. Taug miraba al guerrero y emitía sordos gruñidos. Tarzán temióque el antropoide despertase a los durmientes.Mediante un susurro inaudible para el indígena, Tarzán pro-nunció elnombre de Taug y advirtió al simio que guardara silencio. Cesaron losgruñidos de Taug.El negro se llegó a la parte posterior de la jaula y procedió a examinarlos cierres de la puerta. No había terminado de hacerlo cuando la fieraque se encontraba encima de él abandonó la rama del árbol y cayó sobresu espalda. Unos dedos de acero rodearon la garganta del negro,sofocando el grito que iba a aflorar en los labios del aterrado indígena.Unos dientes implacables se hundieron en el hombro del hombre y unaspiernas dotadas de enorme fuerza se ciñeron alrededor de su torso.Frenéticamente empavorecido, el guerrero bregó para zafarse de aquelser silencioso que se le había venido encima. Se tiró al suelo y rodó sobresí mismo; pero los dedos seguían apretándole la garganta, ca-da vez conmás fuerza, inflexibles en su presa mortal.Por la abierta boca del hombre salía una lengua hinchadísima,mientras los ojos amenazaban con escapársele de las órbitas. Pero losimplacables dedos continuaron aumentando la presión.Taug era testigo mudo de la contienda. En su diminuto y salvajecerebro sin duda se estaría preguntando qué motivo impulsaba a Tarzána atacar al negro. Taug no había olvidado su reciente combate con elhombre mono ni la causa que lo motivara. De pronto, vio que el cuerpodel gomangani caía inerte. Un estremecimiento convulsivo lo agitó yluego se quedó inmóvil.Tarzán se apartó de un salto de su víctima y corrió hacia la puerta de lajaula. Sus ágiles dedos actuaron rápidamente sobre las tiras de cueroque mantenían sujeta y cerrada la puerta. Taug no pudo hacer otra cosaque observar, no le era posible prestar la menor ayuda.Por fin, Tarzán consiguió levantar la trampilla de la jaula cosa desesenta centímetros y Taug salió arrastrándose de la prisión. De muybuena gana, el simio se habría precipitado sobre los negros dormidospara dar rienda suelta a su venganza, pero Tarzán se negó a permitírselo.Lo que sí hizo el hombre mono fue introducir en la jaula el cuerpo delindígena y dejarlo apoyado contra los barrotes laterales. A continuaciónbajó la puerta y ligó de nuevo las correas, dejándolas tal como estabanantes.Una sonrisa de felicidad iluminó su rostro mientras llevaba a caboaquella tarea, porque una de las principales diversiones de Tarzán eraamargar la vida a los negros de la aldea de Mbonga. Se imagi-naba suterror cuando, al despertarse, encontraran el cadáver de su compañerodentro de la jaula en la que apenas hacía unos minutos deja-ron al granmono encerrado y con la puerta bien asegurada.Tarzán y Taug treparon juntos a los árboles, con la peluda piel delsimio rozando la tersa epidermis del lord inglés mientras se desplazabanhombro con hombro a través de la selva primitiva.-Vuelve junto a Teeka dijo Tarzán-. Es tuya. Tarzán no la quiere.-¿Tarzán ha encontrado otra hembra? -preguntó Taug.El muchacho se encogió de hombros.-Para el gomangani hay otra gomangani -dijo-. Numa, el león, tiene aSabor, la leona; Sheeta tiene una hembra de su propia espe-cie; lo mismoque Bara, el ciervo, y Manu, el mico... Todos los animales y todas lasaves de la jungla tienen su pareja. Todos, menos Tarzán de los Monos.Taug es un mono. Teeka es una mona. Vuelve junto a Teeka. Tarzán esun hombre. Seguirá solo.
 IIIRefriega por el hijo de TeekaTeeka había sido madre. Tarzán de los Monos se sentía pro-fundamenteHistorias de la Jungla Edgar Rice Burroughsinteresado, mucho más, desde luego, que Taug, el padre. Tarzánapreciaba mucho a Teeka. siquiera los cuidados que exigía la prematernidadconsiguieron apagar por completo los ardores de la juventuddespreocupada, y Teeka había seguido siendo una compañera de juegosagradable y estupenda incluso a una edad en la que las demás hembrasde la tribu de Kerchak habían asumido la hosca dignidad de la madurez.Teeka conservaba su gusto infantil por los juegos primitivos delescondite y el corre que te pillo, a los que la fértil ima-ginación de Tarzánhabía añadido variantes y nuevos detalles.Jugar al corre que te pillo por las copas de los árboles era unentretenimiento excitante y sugerente. A Tarzán le en-cantaba, a pesar deque los machos de su juventud habían abandonado tan infantiles diversionesmucho tiempo atrás. Teeka, sin embargo, fue siempre unaentusiasta de tales juegos hasta poco antes de que le naciese el hijo. Perocon la llegada de su primogénito, el carácter de Teeka cambió.La evidencia de ese cambio sorprendió y dolió inconmensu-rablemente aTarzán. Una mañana vio a Teeka sentada en una rama baja. La monaestrechaba algo contra su peludo pecho... una criaturita que no cesabade removerse y agitarse. Tarzán se acercó, con el ánimo lleno de esacuriosidad común a todos los seres dotados de un cerebro que haevolucionado y progresado hasta superar la fase mi-croscópica.Teeka dirigió la mirada de sus ojos hacia él y apretó más contra sucuerpo aquel ser diminuto. Tarzán continuó acercándose y la mona seapartó y le enseñó los dientes. Tarzán se quedó desconcerta-do. En todasu prolongada relación con ella, Teeka jamás le había enseñado loscolmillos, como no fuera jugando; pero esa vez no parecía tener ganas dejuego. Tarzán se pasó los dedos por la negra y espesa cabellera, ladeó lacabeza y se la quedó mirando fijamente. Luego se acercó un poco más yestiró el cuello para ver aquella cosa que Teeka tenía en bra-zos.La mona volvió a curvar hacia arriba el labio superior y emitió ungruñido amenazador. Tarzán alargó una mano, cautelosamente, con laintención de tocar a la criatura que sostenía Teeka. Ésta soltó un rugidoy se revolvió repentinamente contra el hombre mono. Le clavó los dientesen el antebrazo, antes de que Tarzán tuviese tiempo de retirarlo y cuandoel hombre mono emprendió la retirada, Teeka le persiguióatropelladamente durante una corta distancia a través de las ramas delos árboles. Cargada con su retoño, la mona no podía alcan-zarlo. Fuerade su alcance, Tarzán se detuvo y se volvió para contemplar con abiertoasombro a su en otro tiempo compañera de juegos. ¿Qué había ocurridopara que la dulce y pacífica Teeka hubiese cambiado de tal modo?Llevaba tan bien tapado lo que sostenía en los brazos que hasta entoncesno le había sido posible a Tarzán reconocerlo. Pero en aquel momento,cuando la mona renunció a seguir persiguiéndole y dio media vuelta,Tarzán lo vio. A pesar de lo dolido y apesadumbrado que se sentía,Tarzán sonrió, porque no era la primera vez que veía a una mona jovenHistorias de la Jungla Edgar Rice Burroughsque acababa de ser madre. Pasados unos días, Teeka se mostró yamenos desconfiada. Con todo, Tarzán continuaba sintiéndose dolido. Nole parecía justo que Teeka, precisamente Teeka, tuviese miedo de él. Pornada del mundo le hubiera hecho daño, ni a ella ni a su balu, palabracon la que los simios designan a sus bebés.Pero ahora, por encima del dolor que le producía el antebrazo herido ysu no menos herido orgullo, experimentaba un deseo aún más intenso deacercarse para echar una buena mirada al hijo de Taug. Puede que osextrañe el que Tarzán de los Monos, el poderoso luchador, huyera alverse atacado por una mona irritada y que se abstuviera de volver deinmediato para satisfacer su curiosidad, aunque fuese a la fuerza, puestoque poco le costaría vencer a la debilitada madre de un recién nacido;pero no debéis extrañaros. Si fueseis monos, sabríais que sólo un macholoco se lanzaría contra una hembra, como no fuera para apli-carle uncorrectivo suave; aparte la ocasional excepción del individuo que, comoocurre también en nuestra especie, se deleita sádicamente ensañándosecon su pareja porque la naturaleza la ha hecho más pequeña y más débilque él.Tarzán se dirigió de nuevo a la joven madre... con toda la precaucióndel mundo y asegurándose de tener abierta la retirada. Teeka volvió aacogerle con feroces gruñidos. Tarzán protestó.-Tarzán de los Monos no quiere hacer ningún daño al balu de Teeka -declaró-. Déjame verlo.-¡Largo de aquí! -conminó la mona-. ¡Lárgate si no quieres que te mate!-Déjame verlo -apremió Tarzán.-Lárgate de una vez -insistió Teeka-. Ahí viene Taug. Te obli-gará amarcharte. Taug te matará. Éste es el balu de Taug.El gruñido salvaje que sonó a su espalda indicó a Tarzán la proximidadde Taug, que sin duda había oído las advertencias y amenazas de sucompañera y acudía en su auxilio.Al igual que Teeka, Taug había sido compañero de juegos de Tarzáncuando aún era lo bastante joven como para tener ganas de jugar.Tarzán había salvado la vida al mono en una ocasión, pero la memoriadel simio no dura gran cosa y, además, la gratitud nunca se impondrá alinstinto paterno. Tarzán y Taug ya habían medido una vez sus fuerzas enun encuentro del que Tarzán resultó vencedor. Era posible que Taug sírecordara esa circunstancia pero, con todo, lo más probable era queestuviese dispuesto a exponerse a otra derrota, luchando en defensa desu primogénito, caso de encontrarse del talante apropiado.A juzgar por sus horrendos gruñidos, que aumentaban en fuerza yvolumen, parecía estar de ese talante. Taug no le inspiraba a Tarzánmiedo alguno y tampoco la ley no escrita de la selva le obligaba a eludirel combate con cualquier macho, a no ser que deseara hacerlo porrazones personales. Pero al hombre mono le caía bien Taug. No sólo notenía ninguna rencilla con él, sino que, por otra parte, su inteligenciaHistorias de la Jungla Edgar Rice Burroughshumana le decía lo que el cerebro de un mono jamás llegaría a deducir:que la actitud de Taug bajo ningún concepto estaba inducida por el odio.Se trataba, ni más ni menos, del instinto que apremia al ma-cho aproteger a su compañera y a su descendencia.Tarzán, pues, no albergaba el menor deseo de entablar una trifulca conTaug, aunque tampoco la sangre de sus antepasados ingleses le permitíaaceptar de buena gana la idea de echarse atrás. Cuando Taug se lanzó alataque, Tarzán dio un ágil salto lateral. Alentado al dar por supuesto quesu rival eludía la lucha, Taug giró en redondo y repitió la carga, enloquecida,frenéticamente. Puede que le aguijoneara el recuerdo de laderrota sufrida a manos de Tarzán. O tal vez el hecho de que Teekaestuviera presente, contemplando la escena, despertara en Taug el afánde derrotarle ante los ojos de la dama, porque en el ánimo de todo machode la selva alienta un inmenso narcisismo que suele explayarse llevandoa cabo hazañas ante una audiencia del sexo opuesto.Tarzán llevaba colgada del hombro su larga cuerda de hierba, juguetede ayer y arma efectiva hoy, y cuando Taug desencadenó su segundoataque, el hombre mono se pasó el rollo por encima de la cabeza y dispusocon rápida destreza el nudo corredizo, al tiempo que esquivaba conun quiebro la embestida del desgarbado animal. Antes de que Taugpudiera revolverse, Tarzán se encontraba en las ramas más al-tas de lacopa de un árbol.Ya en la paroxismo de la furia, Taug se apresuró a seguirle. Teeka alzóla cabeza para mirarlos, aunque era difícil saber si le interesa-ba o no lacuestión. Taug no trepaba con la misma rapidez que Tarzán y éstealcanzó las alturas superiores -a las que el torpón simio no se atrevía asubir- antes de que su antagonista le alcanzara.El hombre se detuvo, bajó la mirada hacia su perseguidor y empezó apasárselo en grande dedicándole muecas burlonas, sazonadas con unabonita serie de los fantásticos calificativos que su fértil imaginación sabíaimprovisar. Luego, cuando puso a Taug al borde de la deses-peración,cuando el gigantesco mono macho echaba espumarajos por la boca ycasi bailaba furibundo en la inclinada rama que lo sostenía, la mano deTarzán salió disparada hacia adelante, el lazo con su nudo corredizosurcó el aire, descendió sobre el enorme simio. Con una sa-cudida, el lazose tensó alrededor de Taug, que cayó de rodillas. Y el nudo corredizo seciñó en tomo a las peludas piernas del antropoide.Lento de reflejos, Taug comprendió demasiado tarde la in-tención de sutorturador. Bregó para zafarse del lazo, pero el hombre mono dio un tiróna la cuerda y Taug perdió pie y cayó de la rama. Unos segun-dos después,el mono rugía espantosamente, suspendido cabeza abajo, a diez metrosdel suelo.Tarzán ató el extremo de la cuerda a una rama sólida y des-cendió hastasituarse un punto próximo a su adversario.-Taug -le increpó-, eres tan estúpido como Buto, el rinoceronte. AhoraHistorias de la Jungla Edgar Rice Burroughste quedarás colgado ahí hasta que en ese tarugo que tienes por cabezaentre un poco de buen juicio. Sigue, pues, donde estás y ob-serva mientrasbajo a charlar con Teeka.Taug continuó bramando y soltando amenazas, a las que Tarzáncorrespondió con nuevas muecas zumbonas, mientras des-cendíaágilmente hacia los niveles inferiores de la enramada. Después se acercóuna vez más a Teeka, que le 'recibió de nuevo con los colmi-llos al aire yemitiendo gruñidos ominosos. Tarzán se esforzó en tranquilizarla; intentóconvencerla de lo amistoso de sus intenciones y alargó el cuello para versi podía echarle un vistazo al balu de Teeka. La mona, sin embargo,siguió en sus trece, convencida de que Tarzán lo único que pretendía eracausar daño a la criatura. Su maternidad era tan reciente que Teeka aúncontinuaba sometida a lo que el instinto le imponía.Al comprender que todo intento de atrapar y castigar a Tarzán estabacondenado al fracaso, la mona decidió apartarse de sudado, de escapar.Descendió al suelo y echó a correr a través del pequeño claro en torno alcual los simios de la tribu descansaban o buscaban cosas que comer.Tarzán abandonó entonces la idea de convencer a Teeka de que le dejaseechar una mirada de cerca al pequeño balu. Le hubiera gustado coger enbrazos a aquella criaturita. Sólo imaginárselo despertaba en su pecho unextraño anhelo. Deseaba acunar y acariciar a aquel grotesco reciénnacido. Era el balu de Teeka y Tarzán había sentido en su ju-ventud unprofundo afecto por Teeka...La voz de Taug reclamó de pronto su atención. Las amenazas que pocoantes colmaban la boca del simio se habían convertido en súplicas. Ellazo le apretaba de tal modo que había interrumpido la circulación sanguíneade las piernas..., que ya empezaban a dolerle. Sentados en lasramas, cerca de él, había varios congéneres suyos, interesadí-simos en elapuro en que se encontraba. Intercambiaban comentarios nada halagadorespara Taug, porque todos y cada uno de ellos había sufrido encarne propia el peso de las manos de su compañero, así como la fuerzade sus grandes mandíbulas. Disfrutaban de su venganza.Al ver que Tarzán daba media vuelta y regresaba hacia los árboles,Teeka se detuvo en mitad del claro, donde se sentó para dedicarse aapretar a su balu contra el pecho y a lanzar miradas recelosas aquí yallá. Con la llegada del hijo, el despreocupado mundo de Teeka se habíapoblado súbitamente de infinitos enemigos. Veía en Tarzán a uno de losmás implacables; precisamente Tarzán, que había sido uno de sus mejorescamaradas. Hasta la anciana Mumga representaba para Teeka unespíritu maligno, sediento de sangre de balus recién nacidos... La pobreMumga, medio ciega y a la que casi no le quedaba diente al-guno, quebuscaba pacientemente los gusanos que pudieran arrastrarse por debajode un tronco caído.Y mientras Teeka, desconfiada, trataba de protegerse de todo daño, allídonde no la amenazaba daño alguno, se le pasaba por alto la miradaHistorias de la Jungla Edgar Rice Burroughssiniestra de unos ojos verde amarillos que la miraban fijamente desdedetrás de unos matorrales que crecían en el lado opuesto del calvero.Agobiada por el hambre, Sheeta, la pantera, había clavado su vorazmirada en aquel tentador manjar que tan al alcance de sus garrasparecía estar, aunque la presencia de los grandes monos que pululabanun poco más allá imponía al felino una espera obligada.¡Ah, si aquella hembra y su balu estuviesen un poco más cer-ca! Unrápido salto y caería sobre ellos. Después se alejaría de inme-diato con lapresa entre los dientes, antes de que los machos pudieran evitarlo.La punta de su cola pardo rojiza fustigaba el aire en sacudidasespasmódicas, mientras la caída, más que abierta, mandíbula inferiordejaba a la vista una lengua roja y unos colmillos amarillentos. PeroTeeka no vio nada de aquello, como tampoco lo vieron nin-guno de losotros simios que comían o descansaban cerca de ella. La pre-sencia de lapantera tampoco la detectaron ni Tarzán ni los monos que estaban en losárboles.Al oír los improperios que el grupo de machos rencorosos proyectabansobre el desvalido Taug, Tarzán se apresuró a trepar y colocarse entreellos. Uno de los simios se había desplazado por la rama, para acercarsea Taug todo lo que le era posible, y se inclinaba hacia adelante con ánimode tocar al mono suspendido por los pies. Era uno al que le había soliviantadoel recuerdo-de la última ocasión en que Taug le zurró y quecreía llegado el momento de desquitarse. Una vez su mano agarrara elcuerpo oscilante de Taug, no tardaría en tenerlo al alcance de sus mandíbulas.Tarzán observó la maniobra y se le encendió la sangre. Leencantaban las luchas limpias, pero lo que planeaba aquel mono leindignó. La peluda mano del simio ya había agarrado al indefenso Taug,cuando Tarzán emitió un furioso grito de protesta, saltó a la ramacontigua a la que ocupaba el atacante y, de un manotazo sa-cudido contodas sus fuerzas, despidió al mono de la rama que ocupaba.Sorprendido e irritado, el macho trató de agarrarse a algo mientras caíade lado y luego, con un ágil movimiento, logró desviarse hacia otra ramasituada a cosa de un metro más abajo. Se aferró a ella, se las arreglópara recuperar el equilibrio encima de aquel nuevo sostén y luego trepóvelozmente enramada arriba, dispuesto a vengarse de Tarzán. Pero elhombre mono estaba ocupado con otro menester y no quería que leinterrumpiesen. Indicaba de nuevo a Taug las profundidades del abismo de ignorancia en que el simio se hallaba y le explicaba lo infinitamente más grande y poderoso que era Tarzán de los Monos, comparado con Taug o cualquier otro miembro de su especie.Al final acabaría por liberar a Taug, pero no iba a hacerlo hasta que elsimio reconociera de modo pleno y absoluto su inferioridad. Entoncesllegó desde abajo el mono macho, animado por las peores intenciones, y el amable, tranquilo y guasón Tarzán se transformó automáticamente en una fiera salvaje y rugiente. Se le erizaron los pelos de la nuca, mientras curvaba hacia arriba el labio superior y enseñaba los dientes, prestos a entrar en acción. No esperó a que el macho llegara hasta él, algo en la actitud o en la voz del atacante despertó en el interior del hombre mono una sensación de antagonismo beligerante que no podía dejarse pasar por alto. Con un alarido cuyas notas poco tenían de humanas, Tarzán saltó sin más hacia la garganta del agresor.El ímpetu del embate, así como el peso y el empuje de Tarzán,despidieron al simio hacia atrás. Éste alargó las manos con ánimo deagarrarse a algo que le sostuviera pero, al no encontrarlo, atravesó deespaldas las frondosas ramas. Con los dientes hundidos en la yugular desu adversario, Tarzán le acompañó en su caída hasta que, cosa de cincometros más abajo, una rama detuvo su descenso. La rabadilla del monomacho chocó con la rama y el simio permaneció allí unos segundos, conTarzán sobre su pecho, y luego se desplomó de cabeza y fue a estrellarsecontra el suelo.Tarzán había notado la instantánea relajación del cuerpo que quedódebajo del suyo, tras el terrible impacto contra la rama, y cuando su rivalabandonó ésta, rumbo al suelo, el hombre mono alargó la mano y seagarró a tiempo de evitar su propia caída, mientras el simio descendía aplomo y quedaba inerte al pie del árbol.Tarzán bajó la mirada y contempló durante un momento la figurainmóvil de. su difunto antagonista. Después se irguió en toda suestatura, abombó el pecho, se lo golpeó repetidamente con los puños yenvió al aire el impresionante grito de desafío del mono ma-cho victorioso.Hasta la propia Sheeta, la pantera, agazapada en el borde del claro,lista para saltar, se removió inquieta cuando los ecos de la poderosa vozde Tarzán repercutieron a lo largo y ancho de la jungla. Sheeta mirónerviosamente a derecha e izquierda, como si deseara asegu-rarse de quetenía una vía de escape.-¡Soy Tarzán de los Monos! -se jactó el hombre mono-. ¡Gran cazador,poderoso luchador! ¡En toda la selva no hay nadie tan grande comoTarzán!A continuación regresó hacia Taug. Teeka había contemplado todocuanto sucedió en el árbol. Incluso dejó su precioso balu sobre la hierbapara acercarse un poco más y ver mejor lo que ocurría en la enramada,encima de su cabeza. ¿Acaso en el fondo de su corazón guar-daba ciertadosis de afecto hacia Tarzán de los Monos, el de la piel lisa? ¿Tal vez supecho se henchía de orgullo al presenciar el triunfo de Tarzán sobre elmono? Eso tendréis que preguntárselo a Teeka.Y Sheeta, por su parte, vio que la mona hembra había dejado a sucachorro solo en la hierba. La pantera agitó de nuevo la cola, como si elhecho de poder permitirse tal acción estimulase su audacia,momentáneamente desvanecida. El grito de triunfo de Tarzán aúnmantenía alterados los nervios- del felino. Era preciso que transcurriesenunos minutos más para que recuperase la suficiente presencia de ánimoHistorias de la Jungla Edgar Rice Burroughsy se considerara en condiciones de dar su golpe de mano, te-niendo comotenía los gigantescos antropoides a la vista.Y mientras Sheeta se recobraba, Tarzán llegó junto a Taug. Luego trepóun poco más, hasta el punto donde había atado la cuerda de hierba. Lasoltó, fue bajando poco a poco al mono y lo balanceó hasta que lasmanos de Taug lograron aferrarse a una rama.Taug se situó en un punto seguro y se desembarazó del nudo corredizo.Loco de rabia, en su corazón no alentaba el más leve senti-miento degratitud hacia Tarzán. Sólo tenía presente la dolorosa humi-llación a quele había sometido el hombre mono. Su venganza iba a ser terrible, peroen aquel momento sus piernas estaban entumecidas y la cabeza era unpuro vértigo, de modo que no le quedaba más remedio que aplazar elcumplimiento de esa venganza.Al tiempo que enrollaba la cuerda, Tarzán dirigía a Taug una educativaconferencia acerca de la estupidez que representaba enfrentar su fuerzafísica y su capacidad intelectual, por demás limitadas, a las de alguienque las poseía en medida muy superior. Teeka se había acer-cado muchoal árbol y escudriñaba las alturas. Sheeta avanzaba felina y sigilosa, conla barriga pegada al suelo. Unos segundos más y habría aban-donado lamaleza, momento en que desencadenaría su veloz ataque y llevaría acabo su no menos celérica retirada; una maniobra que acabaría con labreve existencia del balu de Teeka.Dio la casualidad, entonces, de que la mirada de Tarzán se dirigiesehacia aquella orilla del claro. Automáticamente, abandonó su actitud debonachona ironía y de pomposa jactancia. Rápida y silencio-samente sedeslizó hasta el suelo. Al verlo encaminarse hacia ella, Teeka se erizó y seaprestó a la lucha, convencida de que Tarzán la iba a emprender con ellao con su balu. Pero el hombre mono pasó junto a Teeka, sin prestarleatención alguna, y al seguirle con la mirada, la hembra vio la causa delveloz descenso y la fulgurante carrera a través del claro. Allí, a la vista,Sheeta, la pantera, se arrastraba despacio en dirección al minúsculobalu, que se revolvía inquieto encima de la hierba, a bastantes metros dedistancia.Teeka emitió un estridente alarido de terror y advertencia, al tiempoque salía disparada detrás de Tarzán. Sheeta vio que el hom-bre mono sele acercaba. La pantera ya tenía delante al cachorro de la mo-na y pensóque aquel otro individuo se proponía arrebatarle la presa que ella tenía alalcance de sus zarpas. Sheeta emitió un rugido colérico y se lanzó a lacarga.Avisado por el agudo grito de Teeka, Taug acudió con paso torpe enauxilio de su compañera. Unos cuantos machos más gruñe-ron yladraron amenazadoramente al tiempo que se precipitaban hacia el claro,pero se encontraban mucho más lejos del balu y de la pantera queTarzán de los Monos, de forma que éste y Sheeta llegaron al cachorro demono casi simultáneamente. Y allí permanecieron, uno a ca-da lado delHistorias de la Jungla Edgar Rice Burroughsbalu, enseñando los colmillos y gruñéndose mutuamente por encima delpequeño simio recién nacido.Sheeta no se atrevía a lanzarse sobre el bato para cogerlo, porque esoproporcionaría al hombre mono la oportunidad de atacarlaventajosamente. Por análoga razón, Tarzán vacilaba en aga-charse yarrebatar a la pantera la presa, porque el enorme felino se habríaprecipitado inmediatamente sobre él. Así permanecieron, uno frente aotra, mientras Teeka cruzaba el claro. La mona aminoró, el paso alacercarse a Sheeta, porque ni siquiera su amor de madre lo-graba superardel todo el terror atávico que le inspiraba aquel enemigo na-tural de suespecie.Tras ella marchaba Taug, cauteloso, deteniéndose de vez en cuandopara bravuconear, pero sin pasar a mayores. Y detrás se acer-caban unoscuantos machos, que rugían y lanzaban pavorosos gritos de desafío. Laspupilas amarillo-verdosas de Sheeta fulminaban a Tarzán con el brilloterrible de su mirada, que sólo se apartaba de él para disparar rápidosvistazos a los simios de Kerchak que corrían a precipitarse sobre lapantera. La prudencia aconsejaba al felino dar media vuelta y emprenderveloz huida, pero el hambre y la proximidad de aquel apetitoso bocado lainstaban a seguir allí. Extendió la zarpa hacia el balu de Teeka y,automáticamente, al tiempo que emitía un salvaje alarido gutural,Tarzán de los Monos dio un salto y se lanzó hacia la pantera.Sheeta retrocedió para afrontar la acometida y sus garras tra-zaron unarco en el aire; un zarpazo terrorífico que se le hubiera llevado la carapor delante, caso de alcanzarle, pero que no llegó a su destino porqueTarzán se agachó, eludió el golpe y se lanzó hacia adelante con el largocuchillo en la mano..., el cuchillo de su difunto padre, del padre que nohabía llegado a conocer.Sheeta, la pantera, se olvidó al instante del balu de Teeka. La únicaidea que llenaba ahora su pequeño cerebro era la de destrozar con suspoderosas garras las costillas de aquel adversario, desgarrar su carne,hundir los largos colmillos amarillentos en la piel lisa y suave del hombremono. Pero Tarzán ya se las había entendido con criaturas de la junglaarmadas de: afiladas uñas. Ya había luchado con monstruos dotados deferoces colmillos... y no siempre se había ido de cositas. No ignoraba losriesgos que corría, pero Tarzán de los Monos, acostumbrado a ver muertey sufrimiento, no se amedrentaba ante ellos, no los temía en absoluto.Nada: más agacharse bajo la zarpa de Sheeta, casi simultá-neamente,saltó para situarse detrás del felino y luego se le echó encima del lomo.Le clavó los dientes en el cuello y los dedos de una mano en la piel de lagarganta, mientras la otra mano hundía el cuchillo en el cos-tado de lafiera.En su enloquecido deseo de quitarse de encima a aquel ene-migo, oalcanzarle con los dientes o con las uñas, Sheeta rodó por la hierba unay otra vez, rugió y gruñó, lanzó zarpazos y mordiscos...Historias de la Jungla Edgar Rice BurroughsEn cuanto Tarzán entabló su cuerpo a cuerpo con el felino, Teeka habíacorrido a rescatar a su hijo. Ya se encontraba a salvo, en una rama delas más altas. Apretaba el balu contra su peludo pecho, mientras lamirada de sus ojillos salvajes descendía para contemplar a la pareja defieras que luchaban en el claro y su voz apremiaba a Taug y a los demásmachos para que se arrojasen a participar en la pelea.Aguijoneados por los gritos de Teeka, los simios se acercaron más alescenario de la lucha y redoblaron su espantoso clamor. Pero Sheeta yaestaba demasiado enzarzada en la batalla... ni siquiera los oía. Logródesembarazarse parcialmente del hombre mono, quitándoselo de encimadel lomo, y durante los segundos que Tarzán permaneció ex-puesto a lasterribles garras de la pantera, antes de que pudiera aferrarse de nuevo alfelino y subir a su lomo, el zarpazo de una de las patas traseras deSheeta le desgarró el muslo, desde la cadera hasta la rodilla.Es posible que la vista y el olor de la sangre afectase a los monos quelos rodeaban, pero el verdadero responsable de lo que hicie-ron fue Taug.Taug, que apenas un momento antes rebosaba indignado re-sentimientocontra Tarzán de los Monos, se mantenía cerca de los dos luchadores, alos que observaba iracundo con sus perversos ojillos veteados de rojo.¿Qué ocurría en su salvaje cerebro? ¿Saboreaba con deleite la pocoenvidiable situación en que se encontraba el ser que hasta poco antes leestuvo atormentando? ¿Aguardaba ansiosamente ver hundirse loscolmillos de Sheeta en la suave garganta del hombre mono? ¿Ocomprendía la valerosa generosidad de Tarzán, que arriesgaba su vida allanzarse a rescatar al balu de Teeka, el balu del propio Taug? ¿Es elagradecimiento una cualidad exclusiva del hombre o la pose-en tambiénlos animales pertenecientes a órdenes inferiores?La sangre que brotó de la herida de Tarzán hizo que Taug respondiese aesas preguntas. Con todo el peso de su enorme cuerpo se abalanzó sobreSheeta, al tiempo que profería espantosos rugidos. Hundió los largoscolmillos en la garganta del felino. Sus poderosos brazos gol-pearon yarañaron la suave piel de la pantera, cuyas tiras arrancadas se agitaronal impulso del aire de la jungla.El ejemplo de Taug impelió a los otros machos al ataque. Seabalanzaron al unísono sobre Sheeta, la sepultaron bajo una lluvia dedentelladas y sus gritos de batalla colmaron de estremecedora algarabíatodo el espacio de la selva.¡Ah! ¡Qué maravilloso espectáculo el de aquel combate soberbio de lossimios primitivos y el gigantesco hombre mono blanco contra su enemigoancestral, Sheeta, la pantera!En su frenética agitación, Teeka bailoteaba sobre la rama que sosteníasu enorme peso y azuzaba a los machos de la tribu, mientras Thaka,Mumga, Kamma y las demás hembras del clan de Kerchak contribuíancon sus gritos estridentes o sus feroces rugidos al pandemó-nium quereinaba en la jungla.Historias de la Jungla Edgar Rice BurroughsRepartiendo y recibiendo dentelladas, desgarrando y sufrien-do zarpazosno menos desgarradores, Sheeta luchaba por su vida, pero lasuperioridad numérica de sus enemigos era abrumadora. Hasta Numa, elleón, hubiera dudado antes de enfrentarse a todo aquel con-tingente degrandes machos de la tribu de Kerchak. Y lo cierto es que en aquelmomento, a cosa de kilómetro y medio de distancia, el estrépito de laterrorífica contienda despertó al rey de los animales, que se revolvióinquieto, al ver interrumpida su siesta y se alejó selva adentro, como sise escabullera para eludir complicaciones.Destrozada y manando sangre por múltiples heridas, Sheeta cesó ensus titánicos esfuerzos. Se cuerpo se tensó es-pasmódicamente y, trasuna contorsión, se inmovilizó, rígida. Pero los monos conti-nuaron desgarrándolahasta que la hermosa piel del felino quedó reducida a jirones.Al final, por puro agotamiento físico, los simios abandonaron su labordestructora y de entre la maraña de cuerpos ensangrentados se irguió ungigante teñido de rojo, derecho como una flecha.Apoyó la planta de un pie en el cadáver de la pantera, alzó su rostromanchado de sangre hacia el azul del cielo ecuatorial y envió a lasalturas el horripilante grito triunfal del mono macho.Uno tras otro, los peludos miembros de la tribu de Kerchak siguieronsu ejemplo. Las hembras descendieron de las ramas en las que se habíanrefugiado y sobre el cuerpo sin vida de Sheeta cayó una lluvia de golpes einsultos. Los monos jóvenes revivieron el combate imitando las accionesde sus mayores.Teeka estaba muy cerca de Tarzán. Al volverse, éste vio a la mona consu balu en brazos, apretado contra el peludo pecho. El hombre monoalargó la mano para coger al pequeño, medio convencido de que Teeka leenseñaría los colmillos y se precipitaría sobre él, pero lo que hizo lamona, en cambio, fue poner a su bebé en los brazos de Tarzán, acercarsemás a éste y lamerle las atroces heridas.Taug, que había escapado de la pelea con apenas unos rasgu-ños, seacercó también a Tarzán, se sentó en cuclillas a su lado y le observómientras el hombre mono jugaba con el balu. Por último, Taug se inclinótambién hacia adelante y colaboró con Teeka en la tarea de limpiar ycurar las heridas de Tarzán.
 VTarzán y el negritoTarzán preparaba una nueva cuerda de hierbas trenzadas, sentado alpie de un árbol gigantesco. En el suelo, junto a él, yacían los restos de lavieja, deshilachados, partidos, rotos por los dientes y las uñas de Sheeta,la pantera. Sólo quedaba la mitad de la cuerda primitiva, la otra mitad sela había llevado consigo el colérico felino al alejarse dando saltos selvaadentro, todavía con el lazo alrededor del cuello y arrastrando el resto dela cuerda por entre matojos y arbustos.Tarzán sonrió al recordar la enorme furia de Sheeta, sus es-fuerzosfrenéticos para desembarazarse del enredo de los cabos em-brollados, susterribles alaridos que en parte eran odio, en parte rabia y en parte puroterror. Se le amplió la sonrisa al evocar el desconcierto de su enemiga yal pensar en otro día futuro, mientras agregaba un nuevo cabo a sucuerda nueva.Sería la más gruesa, la más fuerte y la más resistente de cuan-tashubiese fabricado Tarzán de los Monos. Se imaginaba a Nu-ma, el león,forcejeando en vano para librarse del tenso nudo corredizo con que elhombre mono le había atrapado. Le alegraba tener ocupadas la mente ylas manos. También estaban contentos los monos de la tribu de Kerchak,que en aquellos instantes buscaban comida por el claro y en los árbolesque lo rodeaban.No les preocupaba ningún pensamiento acerca de lo que pu-dierareservarles el porvenir y sólo de tarde en tarde surgían en la mente de lossimios débiles recuerdos relativos al pasado inmediato. Sent-ían unaespecie de satisfactorio estímulo brutal al dedicarse a aquella deliciosatarea de llenar el estómago. Después se tumbarían a descabe-zar la bienganada siesta. Ésa era su vida y disfrutaban de ella como los hombresdisfrutamos de la nuestra... y como Tarzán disfrutaba de la suya. InclusoHistorias de la Jungla Edgar Rice Burroughses posible que ellos la gozasen más que nosotros, porque ¿quién puededecir que los animales de la selva no cumplen mejor los fines para losque fueron creados que el hombre, que continuamente estáaventurándose en territorios extraños y que no cesa de infringir las leyesde la naturaleza? ¿Y qué proporciona mayor gozo y felicidad que elcumplimiento de un destino?Mientras Tarzán trabajaba en su cuerda, Gazán, el balu de Teeka,jugaba cerca de él y Teeka buscaba alimento en la parte opuesta delclaro. Tanto la mona como Taug, su hosco compañero, habían dejado dedesconfiar de las intenciones de Tarzán hacia el primogénito de la pareja.¿No había puesto en peligro su vida para salvar a Gazán de las garras ylos colmillos de Sheeta? ¿No mimaba, acariciaba y abrazaba al pequeño yno le demostraba más cariño que la propia madre? Se habían disipadopor completo los temores de Teeka y Taug, y Tarzán se encontraba amenudo desempeñando el papel de niñera de aquel diminutoantropoide... Una ocupación que en absoluto le parecía fastidiosa, puestoque Gazán constituía para él una fuente inagotable de entre-tenimiento ysorpresas.El cachorro de mono empezaba ya a desarrollar las tendenciasarborícolas que le colocarían en la buena situación precisa cuandollegasen sus años de juventud, cuando trepar rápidamente a las ramasmás altas y ponerse allí a salvo tendría más importancia y va-lor que losmúsculos, aún no desarrollados, y los colmillos, aún no puestos aprueba. A unos cinco o seis metros del árbol bajo cuyas ramas Tarzánfabricaba su cuerda, Gazán tomaba rápida carrerilla y se lan-zabaágilmente a las enramadas bajas. Permanecía sentado allí unosinstantes, orgullosísimo de su proeza, y después saltaba al suelo yrepetía la maniobra. A veces, en realidad con mucha frecuen-cia, ya queera un simio, su atención se quedaba prendida de otras cosas: unescarabajo, una oruga, un ratón de campo. Emprendía su persecución ysiempre lograba coger a la oruga; en ocasiones, incluso al es-carabajo;pero nunca a los ratones.Gazán reparó en el extremo de la cuerda que Tarzán estaba trenzandoy, ni corto ni perezoso, lo agarró con una de sus manitas, se echó haciaatrás de un salto y empezó a jugar con él, como si se tratase de unaanimada pelota de goma. Arrancó la cuerda de las manos del hombremono y echó a correr a través del claro. Tarzán se puso en pie comoimpulsado por un resorte y emprendió una instantánea persecución; nien su semblante ni en su voz se apreciaba el menor asomo de enfado,mientras ordenaba a aquel granuja que soltara la cuerda de una vez.Gazán huyó en línea recta hacia Teeka, y Tarzán corrió en pos del balu.Teeka alzó la cabeza, apartando la mirada del alimento, y de entrada, alver que Gazán huía perseguido por alguien, enseñó los dien-tes y se leerizaron los pelos, pero al comprobar que quien iba tras su retoño eraTarzán volvió de nuevo al importante asunto que ocupaba su atención.Historias de la Jungla Edgar Rice BurroughsTarzán alcanzó al balu cuando éste llegaba a los pies de Teeka y aunqueel cachorro de simio chilló y se resistió como un condenado cuando elhombre mono lo agarró, Teeka se limitó a volver la cabeza y lanzar unamirada indiferente en su dirección. Ya no temía que su pri-mogénitosufriera algún daño en manos de Tarzán. ¿Acaso éste no había salvado lavida a Gazán en dos ocasiones?Recuperada la cuerda, Tarzán regresó al pie del árbol, se sentó yreanudó su tarea. Pero tomó buena nota mental para, en adelante, noperder de vista al juguetón balu, empeñado en escamotearle la cuerda encuanto creía que su grandote primo de piel lisa estabamomentáneamente distraído.A pesar de todo aquel incordio, Tarzán logró terminar por fin la cuerda,un arma larga, enrollable, la más fuerte de cuantas había pre-paradohasta entonces. Le dio a Gazán el trozo desechado de la anterior paraque jugase con él. Tarzán albergaba la intención de aleccionar al balu deTeeka e imbuirle sus propios conocimientos y habilidades para que,cuando el cachorro de mono hubiera crecido lo suficiente y fuese lobastante fuerte, sacara partido de las normas y lecciones reci-bidas. Demomento, el innato sentido de la imitación que poseía el balu bastabapara que se fuera familiarizando con los métodos y armas de Tarzán. Asíque cuando el hombre mono se adentró en la selva, con el rollo de sunueva cuerda colgado del hombro, Gazán se dedicó a saltar por el claro ya arrastrar tras de sí, con infantil alegría, el trozo de cuerda vieja.Mientras Tarzán recorría la floresta, animado por el deseo de que subúsqueda de alimento coincidiese con la circunstancia feliz de encontraren su camino una presa noble en la que probar su nueva ar-ma, su mentevolaba de vez en cuando hacia Gazán. Casi desde el primer momento,el hombre mono experimentó un cariño profundo por el balu, en parteporque se trataba del hijo de Teeka y en parte por el propio cachorro demono, que satisfacía por sí mismo el natural anhelo que experimentabaTarzán de proyectar sobre alguien esos afectos naturales del espírituinherentes a todo miembro normal del genus homo. Tarzán envidiaba aTeeka. Desde luego, Gazán correspondía de modo evidente y amplio alcariño que Tarzán le profesaba e incluso le prefería a su pro-pioprogenitor. Pero siempre que al monito le dominaba el terror, así comocuando estaba cansado o tenía hambre, a quien recurría era a Teeka. Entales ocasiones, Tarzán se sentía solo en el mundo y deseabadesesperadamente que alguien acudiera a él, antes que a ningún otroser, en busca de ayuda y protección.Taug tenía a Teeka; Teeka tenía a Gazán; y prácticamente to-dos losdemás machos y hembras de la tribu de Kerchak también contaban conuno o más congéneres a los que querer y de los que recibir cariño. Claroque Tarzán no podía explicar verbalmente tal idea con la precisiónexpuesta aquí: lo único que sabía era que anhelaba algo que se lenegaba; algo que parecían representar las relaciones entre Teeka y suHistorias de la Jungla Edgar Rice BurroughsGazán. Por eso envidiaba a Teeka y se perecía por tener un balu propio.Veía a Sheeta y a su compañera, con sus tres cachorros; y tie-rraadentro, en dirección a las montañas rocosas, donde uno podía tendersea descansar durante las horas calurosas del día, a la sombra de la densamaraña de matorrales, frente a la fresca cara de una pared de roca,Tarzán descubrió el cubil de Numa, el león, y Sabor, la leona. Los observómientras estaban con sus balus, criaturas juguetonas de piel rociada demanchas a semejanza de la del leopardo. También había visto al jovencervatillo con su padre, Bara, y a Buto, el rinoceronte, acompañado de sutorpón y desgarbado vástago. Cada criatura de la selva tenía su propioretoño, todos menos Tarzán. Al pensar en ello, el hombre mono se sentíatriste y solitario. Pero en aquel momento, el olor de una pieza eliminó desu joven cerebro todo lo que no fuera cazar y se deslizó como un felinopor una rama que cimbreaba sobre el sendero que conducía alabrevadero de los seres salvajes de aquel mundo salvaje.¡Cuántos miles de veces se había inclinado aquella vieja rama bajo elpeso de algún cazador sediento de sangre, en los largos años que llevabatendiendo su follaje sobre aquel trillado camino de la jungla! Tarzán, elhombre mono; Sheeta, la pantera; e Histah, la serpiente, lo sabían muybien. Entre todos habían desgastado y pulimentado la corteza de la partesuperior de su superficie.Horta, el jabalí, era el que en aquel momento se acercaba al cazadorapostado en la fronda del viejo árbol... Horta, el jabalí, cuyos formidablescolmillos y su genio diabólico le ponían a salvo de todos los habitantes dela selva, salvo de los más feroces o los más hambrientos de los grandescarnívoros.Para Tarzán, sin embargo, la carne era la carne. Nada que fueracomestible o apetitoso podía pasar cerca de Tarzán sin que éste lodesafiara o atacara. En el apetito, al igual que en la lucha, el hombremono sobrepasaba en salvajismo a los más terribles pobladores de lajungla. Ni conocía el miedo ni daba cuartel, excepto en las rarasocasiones en que una fuerza inexplicable, aparentemente so-brenatural,detenía su mano. Inexplicable para él, tal vez, debido a la ig-norancia desu origen y de todas las fuerzas de humanitarismo y civiliza-ción queformaban parte del patrimonio que ese origen le había lega-do.De modo que aquel día, en vez de mantener quieta la mano y aguardarque se presentase una pieza menos formidable que Horta, Tarzán echó ellazo al cuello del jabalí. Era una prueba excelente para la cuerda nueva.El indignado animal saltó a un lado y a otro; pero la recién estrenadacuerda resistió todos los embates del cerdo silvestre, una vez Tarzán atósu extremo al tronco del árbol, por encima de la rama desde la que lahabía lanzado.Tarzán descendió al suelo, por detrás de Horta, mientras éste rugía yatacaba furioso el tronco del robusto patriarca del bosque, cuya cortezasalla disparada en todas direcciones bajo los hachazos de los potentesHistorias de la Jungla Edgar Rice Burroughscolmillos. El hombre mono empuñaba el cuchillo de larga y afilada hoja,su compañero constante desde aquel remoto día en que el azar dirigió lapunta del arma al interior del cuerpo de Bolgani, el gorila, y salvó alherido y ensangrentado cachorro de hombre de lo que hubiera sido unamuerte segura.Tarzán anduvo hacia Horta, que se volvió para plantar cara a suenemigo. Con todo lo atlético, fuerte y musculoso que era el jovengigante, hubiera parecido una temeraria locura por su parte enfrentarsea una fiera tan terrible como Horta, sin más arma que el pe-queñocuchillo de caza. Eso hubiese pensado cualquiera que cono-ciese a Horta,aunque fuese ligeramente, y no conociese a Tarzán en absoluto.Horta permaneció inmóvil durante unos segundos, con la vista clavadaen Tarzán. Sus perversos y hundidos ojillos despidieron rayosfuribundos. Agitó la agachada cabeza.-¡Devorador de barro! -le provocó Tarzán, burlón-. ¡Siempre te estásrevolcando en la mierda! Tu carne apesta, pero es sabrosa y hace fuerte aTarzán. Hoy me comeré tu corazón, ¡oh, señor de los grandes colmillos,para que mantenga fiero y bravío el que palpita entre mis costillas!El hecho de no entender una palabra de lo que Tarzán le de-cíaenfureció todavía más a Horta. Sólo veía delante de sí a un hombredesnudo, desprovisto de pelo e inútil, que osaba oponer sus ridículos colmillosy sus insignificantes músculos a la indómita fiereza de Horta. Y eljabalí atacó.Tarzán de los Monos aguantó a pie firme la acometida, hasta que elenemigo tiró su derrote. Los malintencionados colmillos buscaron elmuslo del hombre mono... pero no lo encontraron, aunque estuvieroncerca, porque Tarzán hizo un quiebro en el último segundo. Se desvió aun lado con tal celeridad que el rayo hubiera parecido lento encomparación. Al tiempo que se apartaba, el hombre mono se agachó y,con todas las fuerzas de su brazo derecho, hundió la larga hoja delcuchillo de caza de su padre en el corazón de Horta, el jabalí. Un velozsalto le llevó fuera del punto donde el animal cayó agonizante y,segundos después, el corazón de Horta, aún caliente, goteaba en la manode Tarzán.Saciada el hambre, Tarzán no buscó un lugar apropiado para dormirun poco, como solía hacer, sino que reanudó su marcha a través de laselva, en busca de aventuras más que de alimento, porque aquel díaestaba inquieto. Se encaminó así hacia el poblado de Mbonga, el caciqueindígena, a cuyos súbditos no había dejado de acosar despia-dadamentedesde que Kulonga, el hijo de Mbonga, mató a la mona Kala.Un río serpenteaba cerca de la aldea de los negros. Tartán al-canzó suorilla un poco más abajo de la explanada donde se acurruca-ban laschozas con techo de paja de los indígenas. Al hombre mono siempre lefascinaba la vida que pululaba por el río. Observar las bufo-nadas deDuro, el hipopótamo, le hacía pasar ratos divertidísimos, y le encantabaHistorias de la Jungla Edgar Rice Burroughsatormentar al perezoso cocodrilo, Gimla, cuando tomaba el sol. Tambiénse lo pasaba en grande asustando a las hembras y a las crías de losgomanganis, cuando estaban sentadas en cuclillas junto al río; lasmujeres lavando sus escasas prendas de ropa y los balusentreteniéndose con sus primitivos juguetes.Aquel día, Tarzán encontró a una mujer y a su hijo que se habíanalejado río abajo más de lo normal. La mujer buscaba cierta especie demoluscos que se criaban en el barro de la orilla. Era una indígena joven,de unos treinta años. Tenía dientes afilados, puntiagudos, porque supueblo come carne humana. El labio inferior estaba hendido, atravesadopor un tosco colgante de cobre, un aro que pendía allí desde tanto tiempoatrás que había estirado monstruosamente el labio, de forma quequedaban al descubierto los dientes y encías de la mandíbula inferior.También tenía perforada la nariz y un pasador de madera cruzaba elapéndice nasal de parte a parte. De sus orejas, así como de su frente yde sus mejillas colgaban adornos de metal. En el mentón y en el puentede la nariz lucía tatuajes de colores que el paso del tiempo habíamarchitado. Iba completamente desnuda, a excepción de un cinturón dehojas ceñido al talle. Era muy hermosa, tanto a sus propios ojos como alos de los indígenas de la tribu de Mbonga, aunque la mujer pertenecía aotro pueblo: era un trofeo de guerra, capturado durante su virginal épocajuvenil por uno de los guerreros de Mbonga.Su hijo era un rapaz de diez años, juncal, esbelto y bastante guapo.Tarzán los contempló desde detrás del follaje de unos arbus-tos. Estaba apunto de salir de su escondite de un brinco y prorrumpir en aterradoresalaridos, para divertirse viendo su miedo y cómo emprendían una fugarebosante de pánico, cuando un repentino capricho le contuvo. Allí habíaun balu criado casi exactamente igual que él. Desde luego, su piel eranegra, pero ¿qué importaba? Tarzán no había visto nunca un hombreblanco. Que supiese, él era el único representante sobre la faz de laTierra de aquella extraña forma de vida. Dado que no tenía ningunopropio, aquel chico negro sería un balu estupendo para Tarzán. Lo atenderíacon todo esmero y cuidado, lo alimentaría bien, lo protegería comosólo Tarzán de los Monos podía proteger a los suyos, le edu-caríacomunicándole todos sus conocimientos, medio humanos, mediozoológicos y le aleccionaría en todos los secretos de la jungla, desde laputrefacta vegetación del suelo hasta los niveles superiores de las copasde los árboles.Tarzán desenrolló la cuerda y sacudió el dogal. Los dos miembros de lapareja que tenía allí delante, ajenos por completo a la cercana presenciade aquel ser terrible, siguieron entregados a la búsqueda de moluscos,removiendo el barro con unos cortos bastones.Salió de la selva y se les acercó por la espalda. En la mano llevabadispuesta la cuerda. Su brazo derecho ejecutó un rápido movimiento y ellazo se elevó graciosamente, surcó el aire, se detuvo una frac-ción desegundo sobre la cabeza del desprevenido negrito y, por últi-mo, cayó enHistorias de la Jungla Edgar Rice Burroughstomo a su cuerpo. Cuando el lazo llegó un poco más abajo de loshombros del mozalbete, Tarzán dio un tirón rápido que hizo que lacuerda inmovilizara los brazos del chico, apretándoselos contra loscostados. Un chillido de terror surgió de los labios del mu-chacho; lamadre volvió la cabeza, sobresaltada por el grito, y vio que su hijo sealejaba arrastrado rápidamente por un gigante blanco que ti-raba de éldesde la sombra de un árbol próximo, apenas a una docena de pasos deella.Al tiempo que profería un alarido de rabia y terror, la mujer se precipitóarrojadamente hacia Tarzán. En su rostro percibió el hombre mono unvalor y una determinación que no se amedrentarían ni ante la mismamuerte. Incluso estando en reposo, el semblante de la mujer negraimponía un horrendo espanto pero, contraída por la cólera, su expresiónera realmente demoniaca. Hasta Tarzán retrocedió, aunque más porrepugnancia que por miedo..., porque el miedo era algo absolutamentedesconocido para él.El balu de la mujer empezó a tirar mordiscos y patadas furiosas cuandoTarzán lo cogió, se lo puso bajo el brazo y desapareció entre el follaje delas ramas bajas, en el instante en que la iracunda negra se precipitabahacia adelante para entablar combate con él. Y mientras des-aparecíaengullido por la espesura, cargado con su presa, que conti-nuabaresistiéndose, Tarzán se preguntó hasta dónde podrían llegar las hazañasde los gomanganis si los machos eran tan tremendos como las hembras.Una vez a distancia segura de la despojada madre, donde no llegabanya sus gritos y amenazas, Tarzán se detuvo para echar un vistazo decerca a su captura, tan aterrado por entonces que había cesa-do en susforcejeos y chillidos. El chico dirigió sus asustados ojos hacia el hombremono; giraban de modo tan espantoso que el blanco parecía brillar entomo al iris.-Soy Tarzán -se presentó el hombre mono, hablando en la lenguavernácula de los antropoides-. No te voy a hacer ningún daño. Vas a serel balu de Tarzán. Tarzán te protegerá. Tarzán te alimentará. Lo mejor dela selva será para el balu de Tarzán, porque Tarzán es un for-midablecazador. No has de temer a nadie, ni siquiera a Numa, el león, porqueTarzán es un luchador poderoso. Nadie es tan grande como Tarzán, hijode Kala No tengas miedo.Pero el chico no hacía más que gimotear y temblar, ya que, al noentender el lenguaje de los grandes simios, la voz de Tarzán le sonabacomo el gruñido o el rugido de una fiera. Por si fuera poco, tambiénhabía oído contar historias de aquel malvado dios blanco de la jungla.Era el mismo que había matado a Kulonga y a otros guerreros deMbonga, el jefe. Era el que entraba en la aldea subrepticia-mente, comopor arte de magia, en la oscuridad de la noche, robaba arcos, flechas yveneno, y asustaba a las mujeres y a los niños, e incluso a los grandesguerreros. Sin duda aquel dios perverso se comía crudos a los chiquillos.Historias de la Jungla Edgar Rice BurroughsCuando él cometía alguna trastada, ¿no le amenazaba su ma-dre conentregarle al dios blanco de la selva si no se portaba bien? Ti-bo, elnegrito, empezó a tiritar como si tuviese fiebre.-¿Tienes frío, Gobubalu? -le preguntó Tarzán. A falta de otro nombremejor, empleó el equivalente, en el lenguaje de los monos, a «crío mononegro»-. El sol calienta, ¿por qué tiemblas?Tibo no entendía una palabra, pero lloraba, llamaba a su madre,imploraba al gigante blanco que lo dejara marchar y prometía sersiempre bueno en adelante, si accedía a sus súplicas. Tarzán meneaba lacabeza. Tampoco entendía al chico. ¡Así no iban a llegar a ninguna parte!Tenía que enseñar a Gobubalu una forma de hablar que so-nara alenguaje. A Tarzán no le cabía la menor duda de que los so-nidos quepronunciaba Gobubalu no eran ningún lenguaje. Tenían el mismosentido que el parloteo estúpido de los pájaros, o sea, ninguno. Tarzánpensó que lo mejor que podía hacer era llevar cuanto antes al muchachoa la tribu de Kerchak, donde oiría hablar entre ellos a los manganis. Deesa forma aprendería en seguida un lenguaje inteligible.Tarzán se puso en pie sobre la cimbreante rama donde se habíadetenido, a bastante altura del suelo, e indicó al niño, por señas, que lesiguiera. Pero lo único que pudo hacer Tibo fue aferrarse al tronco delárbol y arreciar en su llanto. Al ser niño e indígena africano,naturalmente había trepado a los árboles infinidad de veces, pero la ideade trasladarse a través del bosque saltando de una rama a otra, comohabía hecho aquel dios que acababa de capturarle, cuando lo arrebató yseparó de su madre, llenaba de pánico el corazón infantil de Tibo.Tarzán suspiró. Su recién adquirido balu tenía mucho que aprender.Era una lástima que un cachorro tan grande y robusto estu-viera tanatrasado. Recurrió al halago para intentar convencer a Tibo de que lesiguiera, pero en vista de que el chico no se atrevía a hacerlo, lo cogió yse lo echó a la espalda. Tibo ya no mordía ni arañaba. Escapar le parecíaimposible. Y consideraba que, incluso aunque estuviera en el suelo, lasposibilidades de llegar a la aldea del jefe Mbonga eran remo-tas. Aun en elcaso de que conociese el camino, la verdad es que la selva es-taba plagadade leones, hienas y leopardos, a todos los cuales, Tibo lo sabíaperfectamente bien, se les hacía la boca agua ante la perspec-tiva dehincarle el diente a un niño negro.Hasta entonces, el terrible dios blanco de la jungla no le había hechoningún daño. No podía esperar tal deferencia por parte de loshorripilantes devoradores de hombres que rondaban por la selva. Así,pues, Tibo decidió, como mal menor, dejarse llevar por el dios blanco yabstenerse de arañarle y morderle como había hecho al prin-cipio.Mientras Tarzán volaba raudo de árbol en árbol, Tibo man-teníacerrados los ojos, empavorecido, para no ver los aterradores abismos quese abrían abajo. En toda su vida había experimentado tanto miedo; y, sinembargo, a medida que el gigante blanco atravesaba la jungla, en elcorazón del niño se filtraba una inexplicable sensación de se-guridad, alHistorias de la Jungla Edgar Rice Burroughscomprobar la precisión de los saltos del hombre mono y del modoinfalible con que sus manos se agarraban a las oscilantes ra-mas.Además, en el nivel medio de las enramadas uno podía con-siderarsecompletamente a salvo, fuera del alcance de los pavorosos leones.Tarzán llegó al claro donde la tribu de Kerchak trataba de llenar elestómago y aterrizó entre los simios con su nuevo balu aferrado a loshombros. Estaba ya en medio de los monos antes de que Tibo hubieravislumbrado una sola de aquellas grandes y peludas figuras y antes deque cualquiera de éstas se hubiese percatado de que Tarzán no llegabasolo. Cuando los monos vieron al pequeño gomangani colgado de laespalda de Tarzan, se acercaron llenos de curiosidad, curvado haciaarriba el labio superior y con expresión de gruñido inminente en elrostro.Una hora antes, el pequeño Tibo habría jurado que conocía las másprofundas simas del pánico, pero a la vista de aquellas aterradorasbestias que le rodeaban comprendió que todo lo pasado no era nada encomparación con lo que tenía frente a sí. ¿Por qué se mostraba tandespreocupado y tranquilo el gigante blanco? ¿Por qué no salía huyendoantes de que aquellos horripilantes y velludos hombres de los árboles seles echaran encima y los despedazaran? Y entonces acudió a la memoriade Tibo un recuerdo estremecedor. No era más que un cuento que habíacirculado de boca en boca entre los asustados habitantes de la aldea deljefe Mbonga y que venía a decir que el gran demonio blanco de la junglano era más que un mono sin pelo, ya que ¿no lo habían visto encompañía de los simios?Los ojos de Tibo, desorbitados por el horror, no podían apartarse de losgigantescos simios que se acercaban. Vio sus hirsutas cejas, susenormes colmillos, sus pupilas perversas. Reparó en sus poderososmúsculos, que resaltaban bajo la peluda piel. Su expresión y su actituderan amenazadoras en sí mismas. Tarzan también se dio cuenta de ello.Se bajó a Tibo de la espalda y lo colocó delante de sí.-Éste es el balu de Tarzán, Gobubalu -anunció-. No le hagáis daño, sino queréis que Tarzán os mate.Y acercó los colmillos desnudos al hocico del mono que tenía máscerca.-Es un gomangani -replicó el simio-. Deja que lo mate. Es ungomangani. Los gomanganis son enemigos nuestros. Deja que lo mate.-Lárgate -rugió Tarzán-. Ya he dicho, Gunto, que es el balu de Tarzán.Vete o Tarzán te matará.El hombre mono dio un paso en dirección al simio que se avanzaba.Éste se desvió, aunque, eso sí, muy erguido y altanero, como un perroque encuentra a otro que le corta el camino y que es dema-siado cobardepara luchar y demasiado orgulloso para dar media vuelta y huir con elrabo entre las patas.Teeka se presentó a continuación, impulsada por la curiosi-dad. Gazániba dando saltitos a su lado. El asombro los dominaba, lo mismo que atodos los demás, pero Teeka no enseñaba los dientes. Tarzán se percatóde ello e hizo una seña a la mona para que se acercara.Tarzán tiene ahora un balu -le dijo-. El balu de Tarzán y el de Teekapueden jugar juntos.-Es un gomangani -replicó la mona-. Matará a mi balu. Lléva-telo deaquí, Tarzán.El hombre mono se echó a reír.-Ni siquiera haría daño a Pamba, la rata -aseveró-. No es más que unbalu pequeño y muy asustado. Deja que Gazán juegue con él.A Teeka seguía sin abandonarle el temor, ya que, con toda su ferocidad,los grandes antropoides son tímidos. Al final, sin embargo, tranquilizadapor la confianza que le inspiraba Tarzán, empujó a Gazán hacia elchiquillo negro. El pequeño simio, inducido por el instinto, retrocedió,refugiándose en su madre, al tiempo que enseñaba sus colmillos ylanzaba una serie de chillidos en los que se combinaban el susto y larabia.Por su parte, Tibo tampoco manifestó el menor deseo de trabar unaamistad íntima con Gazán, de modo que el hombre mono renunció aseguir esforzándose en ello.Durante la semana siguiente, Tarzán estuvo ocupadísimo. Su baluconstituía una responsabilidad mayor de lo que había supuesto. No seatrevía a dejarlo solo ni un instante ya que sabía que el único miembrode la tribu que no intentaría matar al indefenso negrito era Teeka; todoslos demás lo hubieran hecho ya de no haber sido porque Tarzán semantenía ojo avizor constantemente. Siempre que salía de caza, sellevaba consigo a Gobubalu. Lo cual no dejaba de ser un fas-tidio.Además, el negrito le parecía estúpido y miedica por demás. Un sercompleta y lastimosamente desvalido ante la más insignificante de lascriaturas de la selva. Tarzán se preguntaba cómo era posible que hubieselogrado sobrevivir hasta entonces. Trató de instruirle y vio algo así comoun rayo de esperanza en el hecho de que Gobubalu aprendiese unoscuantos términos del lenguaje de los antropoides y que fuera capaz demantenerse agarrado a una rama alta sin prorrumpir en chi-llidos depavor; pero en aquel niño había algo que preocupaba a Tarzán. Habíaobservado muchas veces a los negros de la aldea. Había visto a loschiquillos jugar entre ellos y observado que se reían mucho; sin embargo,aquel pequeño Gobubalu no se reía nunca. Alguna que otra vez llegaba aesbozar una sonrisa, más bien torva, pero nunca llegaba a reír acarcajadas. El hombre mono razonó que, a pesar de todo, el negrito debíareírse. Era algo que los gomanganis solían hacer normalmen-te.También comprobó que el muchacho a menudo se negaba a comer yque adelgazaba a ojos vista de día en día. A veces le sorprendíasollozando disimuladamente a solas. Tarzán trataba de consolarlo, lomismo que Kala había hecho con él cuando era un balu, pero susintentos eran inútiles. Gobubalu ya no temía a Tarzán... pero eso eratodo. Continuaba teniendo miedo a todos los demás seres vivos de lajungla. Le aterraban las jornadas en la selva, con las largas ex-cursionespor las copas de los árboles, cuyas alturas le producían vértigo. Lellenaban de pavor las noches de la selva, acostado en el peli-groso lechode una rama que se balanceaba a bastante distancia del suelo, y losgruñidos y carraspeos de los grandes carnívoros que merodeaban pordebajo de él.Tarzán no sabía qué hacer. La sangre inglesa heredada de sus padres leponía difícil incluso la mera consideración de abandonar su proyecto,aunque no tenía más remedio que reconocer ante sí mismo que su bainno era lo que había esperado. Y aunque continuaba dispuesto a cumplirfielmente la tarea que se asignó e incluso descubrió que había llegado atomar cariño a Gobubalu, tampoco llegaba al extremo de engañarsepensando que sentía por el negrito el mismo afecto caluroso yapasionado que Teeka expresaba hacia su Gazán y que la ma-dre negrahabía manifestado respecto a Gobubalu.Ante Tarzán, el negrito pasó del terror indigno a la confianza en elhombre mono y, luego, a la franca admiración por sus proe-zas. Del grandios-demonio blanco no recibía más que amabilidad y, no obstante, tuvoocasión de ser testigo directo del salvajismo de que hacía gala, llegado elcaso, en sus relaciones con los demás. Le había visto abalan-zarse ferozsobre cierto mono que insistía en apoderarse de Gobubalu y matarlo. Vioentonces los blancos y fuertes dientes del hombre mono hundirse en elcuello de su adversario, mientras los formidables músculos se tensabancon el esfuerzo de la lucha. Oyó los bestiales gruñidos y rugi-dos que seproducían en el fragor de la pelea y, con un escalofrío, com-prendió queno le era posible distinguir los de su defensor de los del peludo simio.Había visto a Tarzán abatir un gamo, exactamente igual a co-mo lohubiera hecho Numa, el león, es decir, saltando sobre su lo-mo yhundiendo los colmillos en el cuello del animal. Tibo se es-tremeció alcontemplar la escena, pero también le entusiasmó la emoción de lamisma y por primera vez penetró en su obtuso cerebro ne-groide elambiguo deseo de emular a su salvaje padre adoptivo. Pero el negritoTibo carecía de la chispa divina que había permitido a Tarzán, elmuchacho blanco, sacar el máximo partido al adiestramiento que lebrindó el salvajismo de la vida en la jungla. Imaginación era algo de loque carecía Gobubalu e imaginación no es más que otra for-ma dedenominar a la superinteligencia.Mientras Tarzán meditaba en el problema relativo al futuro de su balu,el destino se disponía a quitárselo de las manos y resolverlo. Momaya, lamadre de Tibo, desconsolada por la pérdida de su hijo, recurrió al hechicerode la tribu, pero sin resultado positivo. El remedio que le preparó elbrujo curandero no era bueno, porque aunque Momaya pagó dos cabraspor aquella medicina, no sólo no le devolvió a Tibo, sino que ni siquierale indicó por dónde podía buscarle con ciertas garantías de dar con él.Historias de la Jungla Edgar Rice BurroughsMujer de temperamento vivo y perteneciente además a otro pueblo,Momaya sentía poco respeto por el hechicero de la tribu de su marido, demodo que cuando el brujo insinuó que tal vez el pago de otras dos cabrasle capacitaría para preparar un ensalmo más eficiente, la negra no pudocontenerse y volcó sobre el hechicero toda la ponzoña de su lenguaviperina, con tan formidable efecto que el hombre se alegró no poco depoder salir disparado y ponerse a salvo con su cola de cebra y su calderode poción mágica.Cuando el hechicero hubo desaparecido y Momaya logró calmarparcialmente su indignación, empezó a reflexionar, cosa que solía hacercon frecuencia desde el secuestro de Tibo, alentada por la es-peranza dedescubrir algún modo factible de localizar al chico o que, al menos, legarantizase si estaba vivo o muerto.Los negros sabían que Tarzán no comía carne humana, pues-to queaunque acabó con la vida de más de un guerrero de la tribu, nuncaprobó la carne de ninguno. Por otra parte, siempre se encontraron loscadáveres, que a veces caían a través de las nubes y aterrizaban en elcentro de la aldea. Como quiera que el cuerpo de Tibo no habíaaparecido, Momaya argumentaba ante sí misma que su hijo aún vivía,¿pero dónde?De pronto acudió a su mente el recuerdo de Bukawai, el im-puro, quemoraba en una cueva de la ladera norte de una colina y que, como sabíatodo el mundo, alternaba con los diablos en su cubil. Pocos, por no decirninguno, cometían la temeridad de ir a visitar al viejo Buka-wai; primeropor miedo a su magia negra y a las dos hienas que convivían con él, a lasque se consideraba comúnmente diablos disfrazados; y en se-gundo lugarpor la repugnante afección que había convertido a Bukawai en unmarginado... una enfermedad que le iba carcomiendo la cara poco apoco.El sagaz razonamiento de Momaya la llevó a la conclusión de que,puesto que el que se había llevado a su hijo era dios y demo-nio, sialguien podía conocer el paradero de Tibo, ese alguien sería Bukawai,que se relacionaba familiarmente con dioses y demonios. Pero con todosu inmenso amor maternal, a Momaya le costaba una barba-ridad reunirel valor necesario para aventurarse por la tenebrosa selva y caminarhasta los lejanos montes y la extraña morada de Bukawai, el impuro, ysus demonios.Pero el amor de madre, sin embargo, es una de las pasiones humanasque más se acercan a la dignidad de una fuerza irresistible. Potencia detal modo la frágil carne de una débil mujer que la impulsa a empresas deproporciones heroicas. Físicamente, Moyama no era frágil ni débil, perosí era mujer, una salvaje africana ignorante y supersticiosa. Creía endemonios, magia negra y brujería. Para Momaya, la selva estaba pobladapor cosas y seres mucho más terribles que simples leones y leopardos...por criaturas horrendas, indescriptibles y anónimas, poseedoras de lafacultad de causar daños espantosos amparadas en disfraces inocentes.Historias de la Jungla Edgar Rice BurroughsGracias a uno de los guerreros de la tribu, que en cierta oca-sión sehabía tropezado con la guarida de Bukawai, la madre de Tibo, queconocía ese detalle, se enteró dónde y cómo podía encontrar al impuro:cerca de un manantial que brotaba en una pequeña cañada rocosa, entredos montes. El que se alzaba en la parte oriental era fácil de reconocerporque en su cima descansaba un gigantesco peñasco de gra-nito. Elmonte occidental era más bajo que su compañero y estabacompletamente desprovisto de vegetación, salvo una mimosa que crecíaun poco más abajo de la cumbre.Según le informó el indígena, aquellos dos cerros eran visibles desdebastante distancia y constituían un excelente punto de refe-rencia parallegar al destino que buscaba Momaya. No obstante, el negro trató dequitar de la cabeza de la mujer la idea de emprender una aventura taninsensata y peligrosa y subrayó algo que Momaya sabía perfectamente:que si lograba escapar indemne de las manos de Bukawai y susdemonios, no dejaban de existir muchas probabilidades de que notuviera tanta suerte con los grandes carnívoros de la jungla, de una selvacuya espesura debería atravesar en un doble trayecto de ida y vuelta.El guerrero incluso fue a avisar al marido de Momaya, quien, a su vez,al comprender la poca autoridad que tenía sobre el basilisco que eligiópor esposa, recurrió a Mbonga, el jefe. Éste convocó a Momaya y cuandola tuvo ante su presencia la amenazó con aplicarle el más atroz de loscastigos posibles si se arriesgaba a tan impía excursión. En realidad, elinterés del anciano cacique se debía en exclusiva a la secular alianza queexiste entre Iglesia y Estado. El hechicero local, que conocía sus propiosremedios mejor que nadie, no estaba dispuesto a permitir competidoresen el ramo de la magia negra. Estaba celoso de Bukawai, de cuyospoderes tenía noticia desde mucho tiempo atrás, y le inquie-taba el temorde que, si el impuro conseguía que Momaya recuperara a su hijo, unaparte significativa de su parroquia, con los correspondientes honorarios,se convertiría en clientela de Bukawai. Y como Mbonga, en su condiciónde jefe de la aldea, cobraba una parte de las retribuciones del brujo deplantilla de la tribu y no podía esperar nada de Bukawai, era natural quese entregase en cuerpo y alma a la protección de la iglesia ofi-cial.Pero si Momaya había preparado con corazón sereno la osadía de aquelintrépido recorrido por la selva para visitar el temible cubil de Bukawai,era muy improbable que se echara atrás por la amenaza del futurocastigo que pudiese aplicarle el anciano Mbonga, al que des-preciaba ensecreto. Sin embargo, pareció plegarse a sus mandatos y re-gresó a suchoza sumida en un engañoso silencio. La mujer hubiera preferidoponerse en marcha de día, pero eso quedaba ahora descartado puestoque le era preciso llevar provisiones de boca y alguna clase de arma,cosas que nunca podría sacar de la aldea a plena luz del día sin provocarpreguntas curiosas y comentarios que indudablemente llegarían deinmediato a oídos de Mbonga.Así, pues, Momaya aguardó hasta que cayó la noche y, mo-mentos antesHistorias de la Jungla Edgar Rice Burroughsde que cerraran los portones del poblado, se deslizó entre las sombras yse adentró por la selva. Aunque la dominaba un miedo atroz, seencaminó hacia el norte con paso decidido, si bien se detenía de vez encuando para escuchar, contenida la respiración, por si algún ruidodelataba la presencia de grandes felinos, que era lo que más terror leinspiraba. Tras unos segundos sin captar nada, reanudaba la marcha.Llevaba varias horas de camino cuando un leve gemido, que se produjo asu espalda, un poco a la derecha, la hizo detenerse brusca-mente, enseco.Con el palpitante corazón en un puño se quedó inmóvil, casi sinatreverse a respirar. Percibió entonces, débil pero inconfundible para suaguzados oídos, el sigiloso chasquear de ramas y el rumor de hierbasoprimidas por el peso de unas patas acolchadas.Alrededor de Momaya se alzaban gigantescos árboles, orlados decolgantes enredaderas y más o menos recubiertos de musgo. La mujer seagarró a una rama del que tenía más cerca y trepó como un mono haciala fronda superior. A su espalda se produjo el súbito envite de un cuerpoque se había precipitado tras ella, un rugido fragoroso que hizo temblarla tierra y el crujido de algo que topaba con las mismas enre-daderas queella acababa de abandonar... pero por debajo de donde Mo-maya seencontraba.La mujer ascendió hasta alcanzar un punto seguro entre el follaje yagradeció el haber tenido la previsión de llevar al cuello, col-gada de uncordón, la oreja humana momificada. Siempre supo que aquel amuletoera una medicina estupenda. Se la había regalado, cuando era una niña,el hechicero de su tribu, y no tenía nada que ver con los poco eficacesremedios del brujo curandero de Mbonga.Momaya permaneció toda la noche aferrada a las ramas don-de se habíarefugiado, porque aunque el león no tardó en alejarse en busca de otrapresa, la indígena no se atrevió a bajar de nuevo al suelo, por temor aqué, en aquella oscuridad selvática, volviera a tropezarse con el felino ocon otro de su especie. Sin embargo, cuando llegó la claridad del día,descendió a tierra firme y continuó su marcha.Como quiera que su balu seguía mostrándose aterrado en presencia delos simios de la tribu y dado que la mayor parte de los adultos de lamisma seguían siendo una amenaza constante para la vida de Gobubalu,hasta el punto de que no se atrevía a dejarlo solo entre ellos, Tarzán delos Monos se llevaba siempre consigo al negrito, cuando salía de caza y,poco a poco, fue alejándose con él cada vez más de los terre-nos quesolían frecuentar los antropoides.Sus ausencias de la tribu fueron prolongándose paulatina-mente, yaque de una vez para otra se distanciaba más, hasta que por último sealejó tanto por el norte, en una ocasión, que llegó a una zona en la quenunca había estado. Era una región en la que abundaba el agua, la cazay la fruta, por lo que Tarzán no se sintió nada propenso a volver a latribu de Kerchak.Historias de la Jungla Edgar Rice BurroughsEl pequeño Gobubalu evidenciaba un mayor interés por la vida, interésque aumentaba en razón directamente proporcional a la dis-tancia que leseparaba de los simios de Kerchak. Ahora trotaba alegremente detrás deTarzán, cuando éste marchaba por el suelo e, incluso en los árboles, elmuchacho se esforzaba por seguir a su imponente padre adoptivo. Aúnseguía triste y retraído. Su cuerpo menudo, ya de por sí delgado, habíaenflaquecido todavía más desde que llegó a la tribu de antropoides,porque, si bien dada su condición de joven caníbal no se an-daba conexcesivos remilgos en cuestión de dieta alimenticia, tampoco a suestómago le hacían tilín siempre los extraños manjares que deleitan elpaladar de los monos sibaritas.Sus ojos, grandes de por sí, habían aumentado de tamaño aún más, altiempo que los carrillos estaban hundidos y las costillas resaltaban de talmodo en su escuálido tronco que se las podía contar. Tal vez el constantemiedo que le atenazaba tenía tanta culpa de su deficiente condición físicacomo la inadecuada alimentación. Tarzán, al que no se le es-capaba aquelcambio, estaba muy preocupado. Deseaba ver a su balu robusto y fuerte.No sucedía así y la decepción del hombre mono era tremen-da. Gobubalusólo parecía progresar en un aspecto: empezaba a bandeárselas en ellenguaje de los antropoides. Tarzán y él podían ya mantener una conversaciónde manera bastante satisfactoria, aunque recurriendo a lasseñas cuando el escaso léxico del chico no daba para más. Pero como nofuese para responder a las preguntas que Tarzán le formulaba, Gobubalupermanecía en silencio la mayor parte del tiempo. La pena que habíacaído sobre él era demasiado reciente y demasiado lacerante paraapartarla, ni siquiera provisionalmente. Echaba mucho de menos aMomaya, a la tal vez para nosotros malévola, iracunda, espantosa yrepulsiva Momaya, pero que para Tibo era la madre, la personificación deese gran cariño que no conoce el egoísmo y que no se consu-me jamás ensus propias llamas.Mientras ambos cazaban, mejor dicho, mientras Tarzán caza-ba yGobubalu le seguía a trancas y barrancas, el gigante blanco observabamuchas cosas y relexionaba en otras. Una vez encontraron a Saborgimoteando entre las altas hierbas. A su alrededor saltaban yjugueteaban alegremente dos bolas de piel, pero Sabor sólo tenía ojospara otra bola que yacía entre sus enormes patas delanteras y que noretozaba, que nunca más volvería a saltar y jugar.Tarzán comprendió la angustia y sufrimiento de aquella ma-dre felina.Su primera intención había sido incordiarla un poco. A tal fin se leacercó subrepticiamente a través de las enramadas hasta si-tuarse encimade la fiera, casi en su vertical. Pero al ver la pena que irradiaba de laleona, con su cachorro muerto entre las patas, Tarzán se contuvo. Con laadquisición de Gobubalu, el hombre mono había empezado a percatarsede las responsabilidades y aflicciones que comportaba la pa-ternidad, sindisfrutar de ninguna de sus alegrías. El corazón de Tarzán seHistorias de la Jungla Edgar Rice Burroughscompadeció de Sabor como no lo hubiera hecho unas sema-nas antes.Mientras la observaba, surgió espontáneamente en su cerebro la imagende Momaya con la nariz atravesada por el pasador y con el labio inferiorcolgando bajo el peso que tiraba de él hacia abajo. En Momaya no vio sufalta de belleza, sino su angustia, que era la misma que afloraba en losojos de la leona. No pudo reprimir una mueca de dolor. Ese extrañomovimiento reflejo del cerebro que a veces se denomina aso-ciación deideas puso a Teeka y Gazán ante la visión mental del hombre mono. ¿Ysi se presentara alguien y arrebatase a Gazán de los brazos de Teeka?Tarzán emitió un gruñido sordo y amenzador, como si Gazán le perteneciese.Gobubalu alzó la cabeza y le dirigió una mirada aprensiva,dando por supuesto que su protector había detectado a un enemigo.Sabor se incorporó automáticamente, fulgurantes sus pupilas amarilloverdosasy ondulante la cola, mientras se le erizaban las orejas ylevantaba el hocico para ventear cualquier posible peligro. Los doscachorrillos dejaron al instante de jugar, se le acercaron rápi-damente y,de pie bajo el vientre de la madre, asomaron la mirada entre las patasdelanteras de la leona, rectas las orejas a la vez que inclinaban la cabeza,ora a un lado, ora al otro.Tarzán de los Monos sacudió su negra melena y dio media vuelta,dispuesto a reanudar la cacería por otros derroteros. Pero durante todala jornada no cesaron de surgir en su mente, franqueando el umbral desus objetivos, las imágenes de Sabor, de Momaya y de Teeka... Unaleona, una caníbal y una simia, a las que la maternidad, sin embargo,igualaba a los ojos de Tarzán.Al mediodía de su tercera jornada de marcha Momaya avistó la cuevade Bukawai, el impuro. El anciano hechicero había preparado unbastidor de ramas entretejidas con el que cerraba la boca de su cubil alas fieras depredadoras. En aquel momento, el tupido ar-mazón estaba aun lado y la negra, abertura de la caverna bostezaba misteriosa yrepulsiva. Momaya empezó a temblar como si la azotasen los gélidosvientos de la estación lluviosa. No se apreciaba el menor indicio de vidaen la cueva y sus aledaños, pero la mujer tuvo la ominosa sensación deque unos ojos invisibles la espiaban con aviesas intenciones. Volvió aestremecerse. Trataba de obligar a sus remolones pies a diri-girse a lagruta cuando de las profundidades de ésta surgió un extraño sonido queno era de animal ni de hombre, un sonido sobrenatural semejante al deuna risotada carente de alegría.Momaya sofocó el grito que nacía en su garganta, dio media vuelta yhuyó selva adentro. Lanzada a toda velocidad, recorrió cien metros antesde poder dominar su terror; entonces se detuvo y aguzó el oído. ¿Es quetodos sus esfuerzos, todos los terrores y peligros que había soportadoiban a resultar estériles? Intentó armarse de valor para enca-minarse denuevo hacia la cueva, pero el pánico volvió a apoderarse de ella.Triste y desmoralizada regresó despacio al sendero, de vuelta a la aldeaHistorias de la Jungla Edgar Rice Burroughsde Mbonga. Sus jóvenes hombros se encorvaban ya como los de unaanciana que llevara sobre ellos la pesada carga de muchos años, con losdolores y pesadumbres acumulados a lo largo de los mismos, y avanzabacon paso cansino y piernas vacilantes. Momaya había dejado atrás ya laprimavera de la juventud.Arrastró los pies fatigosamente a lo largo de otro centenar de metros,medio paralizado el cerebro por el sufrimiento y el terror; luego acudió asu memoria el recuerdo de una criatura recién nacida que mamaba ensu pecho y de un chico esbelto que jugaba y reía a su alrede-dor. ¡Y losdos eran Tibo... su Tibo!Sus hombros se enderezaron. Sacudió la cabeza con férreadeterminación, dio media vuelta y echó a andar audazmente hacia laboca de la caverna de Bukawai, el impuro, de Bukawai, el hechicero.Del fondo de la cueva salió otra vez aquella espantosa risa que no erarisa. En esa ocasión, Momaya la reconoció como lo que era: el gritoextraño de una hiena. Ningún escalofrío recorrió el cuerpo de la mujernegra, que mantuvo el venablo enarbolado y a punto y llamó a voces aBukawai, instándole a que saliera.Pero en vez del brujo, lo que apareció en la entrada de la ca-verna fue lacabeza de una hiena. Momaya la aguijoneó con la punta del venablo y eldesagradable y hosco animal emitió un gruñido colérico, pero se retiró.Momaya repitió su llamada a Bukawai, pronunciando su nombreclaramente. En esa ocasión obtuvo respuesta en un tono far-fullante queapenas resultaba más humano que el de la hiena.-¿Quién acude a Bukawai? -inquirió la voz.-Momaya -replicó la mujer-. Momaya, de la aldea de Mbonga, el jefe.-¿Qué es lo que quieres?-Quiero un buen ensalmo, un conjuro mejor de los que puede prepararel hechicero de Mbonga -explicó Momaya-. El gran dios blanco de lajungla ha secuestrado a mi Tibo, y quiero un hechizo que me lo devuelvao que me permita descubrir dónde está oculto para que pueda ir abuscarlo.-¿Quién es Tibo? -quiso saber Bukawai.Momaya se lo dijo.-La medicina de Bukawai es poderosa -manifestó la voz-. Cin-co cabrasy un jergón nuevo apenas serán suficiente para pagar el conjuro deBukawai.-Dos cabras bastarán -replicó Momaya, porque el arte del regateo esalgo profundamente arraigado en el ánimo de los negros.El placer de chalanear fue suficiente incentivo para que Bu-kawai sedecidiese a aparecer en la boca de la cueva. Al verle, Momaya lamentóque el anciano no hubiera continuado dentro. Hay cosas de-masiadohorribles, demasiado espeluznantes, demasiado repulsivas paradescribirlas... y el semblante de Bukawai era una de esas cosas. Encuanto sus ojos se posaron en él, Momaya comprendió por qué leresultaba casi imposible articular las palabras.Historias de la Jungla Edgar Rice BurroughsA su lado estaban las dos hienas que, según afirmaban los rumores,eran sus dos únicas y constantes compañeras. Formaban un tríomagnífico: los animales más inmundos con el más repulsivo de los sereshumanos.-Cinco cabras y una estera de dormir nueva -farfulló Bukawai.-Dos cabras y una esterilla -aumentó Momaya su oferta.Pero Bukawai se mostraba irreductible. Durante media hora sostuvo supetición de cinco cabras y la estera, mientras las hienas hus-meaban,gruñían y reían odiosamente. Momaya estaba dispuesta a dar a Bukawailo que le pidiera, si no tenía más remedio, pero regatear es para lostratantes negros algo así como una segunda naturaleza y, al final,Momaya vio recompensados en parte sus esfuerzos, ya que el trato secerró con el compromiso, por su parte, de entregar tres cabras rollizas,una estera de dormir nueva y un trozo de alambre de cobre.-Vuelve esta noche -indicó Bukawai-, cuando la luna lleve dos horas enel cielo. Entonces te prepararé el ensalmo que te devolverá a Tibo. Traecontigo las tres cabras bien cebadas, la estera nueva y el trozo dealambre de la longitud del antebrazo de un hombre.-No puedo traerlo -repuso Momaya-. Tendrás que ir tú a buscarlo.Cuando me hayas devuelto a Tibo, lo tendrás todo a tu disposición en elpoblado de Mbonga.Bukawai denegó con la cabeza.-No prepararé el conjuro -determinó- hasta que tenga las ca-bras, laestera y el alambre de cobre.Momaya suplicó y amenazó, pero en vano. Por último, dio media vueltay emprendió el regreso a través de la selva, rumbo a la aldea de Mbonga.No sabía cómo iba a arreglárselas para sacar del poblado y trasladar porla jungla, hasta la cueva de Bukawai, las cabras y la esterilla, pero de loque sí estaba completamentesegura era de que acabaría consiguiéndolo... o moriría en el empeño.Tenía que recobrar a Tibo.Tarzán vagaba apáticamente por la jungla, acompañado del pequeñoGobubalu, cuando su olfato detectó el olor de Bara, el ciervo. A Tarzán sele hizo la boca agua. Nada deleitaba su paladar tanto como la carne deciervo; tenía hambre de ella. Pero acechar a Bara, con Gobu-balu en sustalones, era impensable de todo punto. Así que aposentó al chiquillo enla horqueta de un árbol, oculto tras la densa cortina del follaje, y se lanzórápida y silenciosamente tras el rastro de Bara.A solas, Tibo se sentía más aterrado aún que cuando estaba entre losmonos. Los peligros reales y evidentes son menos turbadores que los queuno imagina, y sólo los dioses de su pueblo sabían hasta donde eracapaz de llegar la imaginación de e Tibo.Apenas llevaba unos minutos en su escondite de la enramada del árbolcuando oyó que algo se acercaba por la selva. Se encogió más sobre larama en que estaba oculto y rezó pidiendo que regresara Tarzán enseguida. Sus desorbitados ojos escrutaron la jungla en la di-rección por laHistorias de la Jungla Edgar Rice Burroughsque se acercaba el ser en movimiento.¡Como fuese el leopardo, que quizás hubiera percibido su olor! Encuestión de un minuto se habría abalanzado sobre él. Abrasadoraslágrimas de miedo brotaron de los ojos del pequeño Tibo. En la cortinavegetal de la selva, muy cerca de donde se encontraba, se produjo unsusurro de follaje. ¡Lo que se acercaba parecía estar ya a sólo unoscuantos pasos del árbol! En el semblante del chiquillo negro, los ojosparecían a punto de salir de las órbitas mientras aguardaba la apariciónde la horripilante criatura cuyas rugientes fauces asomarían de unmomento a otro entre los bejucos y enredaderas.La cortina de vegetación se abrió de pronto y una mujer apa-reció a lavista de Tibo. Al tiempo que porrumpía en un grito ahogado, el chiquillosaltó del árbol y corrió hacia ella. Sobresaltada, Momaya hizo amago deecharse atrás mientras enarbolaba el venablo, pero un segun-do despuésapartaba el arma y acogía en sus robustos brazos el cuerpo delmuchacho.Mientras le oprimía con fuerza contra su pecho, la madre lloraba y reíaal mismo tiempo y sus cálidas lágrimas de alegría se mezclaban con lasde Tibo y descendían por el canalillo formado entre los senos desnudosde la mujer.Aquel ruido alteró y despertó la atención de Numa, el león, que rondabapor allí y que al escrutar por entre la maleza divisó a Momaya y a su hijo.El felino se relamió los hocicos y calculó la distancia que le separaba dela pareja. Una carrerita y un salto le pondrían encima de la presa. Elleón sacudió el extremo de la cola y emitió un suspiro.Una ráfaga de brisa se levantó de súbito y llevó el olor de Tarzán alreceptivo olfato de Bara, el ciervo. Se pusieron tensos los músculos delanimal, las orejas se erizaron bruscamente y las patas desencadenaronun rápido salto, el ciervo salió disparado y la carne que ya paladeabaTarzán desapareció en unos segundos. Desencantado y furi-bundo,Tarzán meneó la cabeza y emprendió el regreso hacia el punto dondehabía dejado a Gobubalu. Se desplazaba silenciosamente, de acuerdocon su costumbre. Antes de llegar oyó ruidos insólitos: la risa y el llantode una mujer, que al parecer procedían de una sola garganta y que semezclaban con los sollozos convulsivos de un chico. Tarzán aceleró lamarcha y, cuando lo hacía, sólo las aves y el viento podían aventajarle envelocidad.Cuando se aproximaba a los sonidos, uno nuevo resaltó sobre los otros:una especie de suspiro profundo. Momaya no lo captó, como tampoco looyó Tibo, pero el oído de Tarzán era tan sensible como el de Bara, elciervo. Percibió aquel suspiro, comprendió al instante lo que significaba yle faltó tiempo para echar mano al pesado venablo que llevaba colgado ala espalda. Al tiempo que volaba de un árbol a otro, desprendió elvenablo de la cuerda que lo sujetaba, con la misma soltura con quecualquiera de nosotros se sacaría un pañuelo del bolsillo mientraspaseaba por una senda campestre. En un abrir y cerrar de ojos, TarzánHistorias de la Jungla Edgar Rice Burroughsde los Monos tenía empuñado y listo para cualquier eventualidad elpesado venablo de caza.Numa, el león, no se lanzó enloquecidamente al ataque. Re-flexionó denuevo y la razón le dijo que la presa ya era suya, de modo que llevó suenorme volumen entre el fóllaje y luego se detuvo, erguido, y contemplócon siniestros y fulgurantes ojos la carne que tenía al alcance de susmandíbulas.Momaya lo vio y en sus labios estalló un alarido, a la vez que apretabamás fuerte a Tibo contra su pecho. ¡Había encontrado a su hijo y lo iba aperder, todo en unos segundos! Alzó el venablo y echó el brazo haciaatrás. Numa rugió mientras avanzaba con lento paso. Momaya disparó elvenablo. El arma sólo rozó la rojiza paletilla de la fiera, causándole unarañazo poco profundo pero que provocó la terrorífica bestialidad delcarnívoro. Numa desencadenó su ataque.Momaya intentó cerrar los párpados, pero no le fue posible. Vio elraudo centelleo de la muerte que se precipitaba sobre ella... y luego vioalgo más. Vio un poderoso hombre blanco desnudo que cayó del cielo yse interpuso en el camino del león lanzado a la carga. Vio los músculosde un brazo formidable fulgurar al recibir los rayos del sol ecuatorial quese filtraban, como si goteasen, a través de las frondas. Vio un pesadovenablo que surcaba el aire y en su vuelo encontraba al león en plenosalto.Numa aterrizó sobre los cuartos traseros. Sus rugidos eranespeluznantes mientras las patas delanteras golpeaban el asta delvenablo que sobresalía de su pecho. Sus zarpazos doblaron y retorcieronel arma. Encorvado y con el cuchillo en la diestra, Tarzán describiócautelosamente un círculo alrededor del frenético felino. Con ojos comoplatos, Momaya contemplaba la escena, fascinada, inmóvil como siestuviese plantada en el suelo como un árbol.Con repentino arrebato de furor, Numa se abalanzó ciega-mente hacia elhombre mono, pero éste ágil, rápido y flexible, esquivó la ciega embestidacon un quiebro lateral, que le permitió atacar de inmediato a su enemigo.La hoja del cuchillo de caza fulguró dos veces en el aire. Dos veces sehundió en el lomo de Numa, debilitado ya por el venablo, cuya puntahabía llegado muy cerca del corazón. La segunda cuchillada atravesó laespina dorsal de la fiera, que agitó convulsivamente las patas delanteras,en un vano intento de alcanzar a su verdugo. Fue su postrer sacudida,antes de desplomarse contra el suelo, paralizado y agonizante.Temeroso de perder toda compensación por sus servicios, Bukawaihabía seguido a Momaya con la intención de convencerla para que leentregase sus adornos de hierro y cobre, como garantía de que iba avolver con el precio estipulado a cambio del conjuro. O sea, un anticipo acuenta de sus prestaciones, como la cantidad que se le adelanta, porejemplo, a un abogado, porque, como un abogado, Bukawai conocía elvalor de su medicina y que lo mejor era siempre cobrar por anticipado loHistorias de la Jungla Edgar Rice Burroughsmáximo posible.El hechicero llegó al escenario de los hechos en el preciso instante enque Tarzán saltaba para hacer frente al ataque de Numa. Pre-senció todoel episodio y, maravillado, supuso de inmediato que aquel gigante debíade ser el extraño demonio blanco acerca de cuyas hazañas ya había oídoconfusos rumores antes de que Momaya recurriese a él.En cuanto comprobó que el león ya no se encontraba en condiciones decausar el menor daño, ni a ella ni a su hijo, Momaya volvió suaterrorizado rostro hacia Tarzán. Él fue quien le robó a Tibo. Indudablemente,querría quitárselo de nuevo. Momaya apretó aún más almuchacho contra su pecho. Estaba firmemente dispuesta a perecerantes que permitir que le arrebatasen a Tibo otra vez.Tarzán los contempló en silencio. Ver al sollozante niño afe-rrado a sumadre despertó en el pecho del hombre mono una profunda sensación demelancólica soledad. Nadie se aferraba de aquel modo a Tarzán, quetanto anhelaba el cariño de alguien o de algo.Tibo levantó la cabeza al cabo de un momento, extrañado ante la calmaque había caído sobre la jungla, y miró a Tarzán. No se aco-bardó.-Tarzán -pidió, en el lenguaje de los grandes monos de la tribu deKerchak-, no me separes de Momaya, mi madre. No me vuelvas a llevar alterritorio de los peludos hombres de los árboles, porque Taug, Gunto y losotros me dan mucho miedo. ¡Deja que me quede con Momaya, oh,Tarzán, dios de la selva! Permite que me quede con Momaya, mi madre, yhasta el fin de nuestros días te bendeciremos y te pondremos alimentoante la puerta de la aldea de Mbonga, para que nunca tengas hambre.Tarzán suspiró.-Volved -dijo- al poblado de Mbonga. Tarzán os seguirá para cuidar deque no os ocurra nada malo.Tibo tradujo a su madre las palabras del hombre mono y ambos dieronmedia vuelta y echaron a andar rumbo a su casa. Un temor enorme y unjúbilo no menos inmenso colmaban el corazón de Momaya, porque nuncahabía caminado junto a Dios y porque nunca se había sentido tandichosa. Estrechaba a Tibo contra sí y le acariciaba la mejilla. Tarzán loobservó y un nuevo suspiro brotó de sus labios.-Hay un balu para Teeka -monologó-; hay balus para Sabor, lo mismoque para la gomangani, y para Bara, y para Manu, e incluso para Pamba,la rata... Pero no hay ninguno para Tarzán de los Monos. Para Tarzán delos Monos no hay hembra ni bato. Tarzán de los Monos es un hombre ysin duda el hombre tiene que caminar solo.Bukawai los vio alejarse y de su medio corrompido rostro brotó unaserie de murmullos. Farfullaba un juramento solemne: costara lo quecostara, se encargaría de conseguir las tres cabras cebadas, la estera dedormir nueva y el trozo de alambre de cobre.