JUGANDO CON EL AMOR

 10 CUENTOS DE GUY DE MAUPASSANT

 

Prólogo
Las sepulcrales
Encuentro
El Cristo de la baronesa
El vengador
Junto al lecho
Burla
La puerta
La modelo
Marroca
Llega la primavera

 

 

PRÓLOGO

 

 ¿Es posible jugar con el amor? La respuesta debe ser terminantemente afirmativa. El amor ha sido y continúa siendo un juego, un juego con reglas o sin reglas, pero juego en toda su esencia. Desde siempre, la estructura social estuvo planteada para que hubiera un perdedor visible: la mujer. El hombre la burlaba si lograba quitarle la virginidad, peor aún, la deshonraba. Un hombre de muchas mujeres era un don Juan, un burlador, un héroe; una mujer de muchos hombres era una cortesana, una puta. El marido vivía en la calle, la mujer en la casa. Todos hemos escuchado hablar o hemos leído sobre los cinturones de castidad y, en tiempos inmediatos, de la mutilación sexual de la mujer. El matriarcado es una suposición, el harem una realidad. En fin, el adulterio masculino era una sonrisa, el de la mujer una deshonra: eran dos los vencidos por el burlador: el marido y la esposa eran los perdedores.

Pareciera que en estos inicios del siglo XXI –y desde años antes- el juego hubiera terminado. El amor es una debilidad sentimental fuera de práctica. La relación amorosa entre un hombre y una mujer se plantea y se vive en otros términos. La virginidad, por lo pronto, ya ha perdido cualquier valorización, y el matrimonio es una institución terriblemente postergada. El adulterio no es necesario porque el quiere se va y asunto concluido; es más, puede irse con consentimiento, con sapiencia, y regresar también si quiere. El sexo ya tampoco se encuentra rodeado de esos principios de exclusividad, primacías y estrenos.  

Pero esta vida actual, al igual que las apariencias de años y siglos antes, sigue manteniendo al amor como un complicado juego en el que se enfrentan fuerzas, personalidades, complejos, necesidades, deseos y burlas. Es decir todo sigue igual porque han cambiado las apariencias.

Nadie en su sano juicio puede esperar que las reglas de nuestros padres, nuestros abuelos y de nuestros más remotos antepasados fueran como la vivieron ellos y como nos la contaron. Como nos hemos ido enterando por las reconstrucciones históricas y las lecturas de diarios femeninos, jamás el hombre fue un triunfador en su juego con la mujer. Si alguien vivió engañado ese fue el don Juan, y el marido celoso, y el adúltero y el juerguista. La mujer vivió como le vino en gana, tuvo los amantes que quiso y cuando fue necesario también fue virgen. E igual hemos llegado a saber que los cinturones de castidad eran abiertos con una asombrosa facilidad a la menor oportunidad de juerga y seducción.

Pero tampoco ha sido así. Ni antes, ni ahora ni después. En realidad, el amor es un juego que nadie sabe jugarlo.

Maupassant, por ejemplo, fue un terrible perdedor en su juego amoroso: una sífilis lo volvió loco y lo mató a los 43 años de edad. Y con la lista de los escritores sifilíticos del siglo XIX se podrían llenar varios estadios de fútbol. Los dos últimos años de vida de Maupassant acosado y torturado por la locura, fue un precio muy alto para esos amores a salto de mata o entre encajes cortesanos.

Sin duda, Maupassant fue uno de los más eximios cuentistas franceses y mundiales del siglo XIX. Todo el mundo trató de escribir cuentos “a lo Maupassant”. Cuando era posible leer un cuento en castellano que tuviera cierta valía y redondez, de inmediato se señalaba la influencia o el parentesco de él. Estaba presente, fuera o dentro, de cualquier cuento del siglo y de varias décadas que siguieron.

A los 30 años, infiltrado en el grupo naturalista de Zola, Maupassant publicó su primer cuento: “Bola de sebo” (Boule de suif), una obra maestra por sus cuatro costados. En los 11 años siguientes, con un ritmo, una facilidad y una calidad deslumbrante, Maupassant publicó cerca de 300 cuentos y seis novelas. Muchos de ellos, una muy buena cantidad, son magníficos, verdaderas joyas de la literatura universal.

Se dice que la temática base de su obra fueron los pequeños funcionarios y los campesinos normandos. Otros textos se limitan a contar anécdotas, reelaborar “cuentos de salón” y a ser sólo pinceladas sociales. Pero en verdad la gama temática de Maupassant fue mucho más amplia que la señalada. Habría que mencionar los cuentos que tienen como tema la guerra, la vida matrimonial, la vida sexual, el reencuentro con hijos perdidos, abandonados o ajenos aunque parecieran propios, los perjuicios de las clases medias y las soberbias y tonterías de la nobleza francesa. Todo un mundo de hipocresías, maldades, violencias y miserias fue retratado por él con una maestría absoluta.            

   Y en esta rápida enumeración falta la temática fantástica, breve pero de gran importancia en su realización. Basta mencionar “El Horla”, un cuento fundador que anticipa muchas de las grandes líneas de la literatura fantástica del siglo XX, la de Lovecraft, por ejemplo.

Esta selección reúne una decena de cuentos con cierto parecido sentido: el juego del amor. Si se pudiera decir algo sobre ellos, destacaría la sutil ingeniosidad de “Las sepultureras”, de “Encuentro” y, ¿por qué no?, de “Junto al lecho”; la fineza psicológica de “El vengador”; la pequeña maldad defensiva de “La puerta”; el espantoso gesto de “La modelo”; la cotidianidad de “Burla” y de “El Cristo de la baronesa”; la terrible posibilidad latente en “Marroca” y el acierto del consejo dado en “Llega la primavera”. En fin, 10 muy buenos cuentos que abren un camino para nuevas selecciones de Guy de Maupassant (1850-1893).      

 

Moia, 2005

 

 

LAS SEPULCRALES

 

     Estaban acabando de cenar. Eran cinco amigos, ya maduros, todos hombres de mundo y ricos; tres de ellos casados, y los otros dos, solteros. Se reunían así todos los meses, en recuerdo de sus tiempos mozos; y, acababa la cena, permanecían conversando hasta las dos de la madrugada. Seguían manteniendo amistad íntima, les agradaba verse juntos y eran tal vez aquellas veladas las más felices de su vida. Charlaban de todo, de todo lo que al hombre de París interesa y divierte. Al estilo de los salones de entonces, hacían de viva voz un repaso de lo leído en los diarios de la mañana.

     Uno de los más alegres entre los cinco era José de Bardón, soltero, y que sólo pensaba en vivir de la manera más caprichosa la vida parisiense. No era un libertino, ni era un depravado; más bien un versátil, el calaverón todavía joven, porque apenas alcanzaba los cuarenta. Hombre de mundo, en el más amplio y benévolo sentido que se puede asignar al vocablo, estaba dotado de mucho ingenio, aunque no de gran profundidad; enterado de muchas cosas, no llegaba por eso a ser un verdadero erudito; rápido en el comprender, pero sin verdadero dominio de las materias, convertía sus observaciones y aventuras, cuanto veía, se encontraba o descubría, en episodios de novela a un tiempo cómica y filosófica, y en comentarios humorísticos que le daban en la capital fama de hombre inteligente.

     Le correspondía en aquellas cenas el papel de orador. Se daba por descontado que siempre contaría algún lance, y él llevaba su cuento preparado. No aguardó, para entrar en materia, a que se lo pidiesen.

     Fumando, con los codos sobre la mesa, una copita de fine champagne a medio llenar delante de su platillo, entumecido por aquella atmósfera de humo de tabaco aromatizado por el vaho del café caliente, se sentía en su propio elemento, como ciertos seres que en determinados lugares y circunstancias parecen estar como en casa; por ejemplo: una beata en la iglesia o un pez de colores en su globo de cristal.

     Entre bocanada y bocanada de humo, comenzó a decir:

     -Me ocurrió no hace mucho una curiosa aventura.

     De todas las bocas salió casi a un tiempo la misma petición: "¡Venga!"

     El prosiguió:

     -Allá voy. Ya sabéis que yo recorro París como los coleccionistas de chucherías los escaparates. Ando al acecho de escenas, de tipos, de cuanto pasa por la calle y de cuanto en la calle ocurre.

     Hacia la mitad de septiembre, con unos días magníficos, salí de casa por la tarde, sin rumbo fijo. Más o menos, nunca falta ese deseo indefinido de visitar a una mujer bonita cualquiera. Se hace un repaso mental de las que conocemos, comparándolas, sopesando el interés que nos inspiran, el encanto que sobre nosotros ejercen, y se deja uno llevar por la preferida del día. Pero un sol hermoso y una atmósfera tibia borran muchas veces las ganas de hacer visitas.

     Esa tarde hacia un sol hermoso y una atmósfera tibia; encendí un cigarro y me dejé ir, sin pensarlo siquiera, hacia los bulevares exteriores. Caminando sin rumbo ni propósito, me asaltó de improviso la idea de seguir hasta el cementerio de Montmartre y penetrar en él. A mí me gustan mucho los cementerios; responden a la necesidad que siento de sosiego y de melancolía. Hay en ellos, además, buenos amigos a las que ya nadie visita; yo, sí, voy a verlos de cuando en cuando. En ese cementerio de Montmartre, precisamente, yo tengo un capítulo de amor; una querida que me hizo sufrir mucho y sentir mucho: una mujercita adorable, cuyo recuerdo me deja profundamente dolorido, pero también pesaroso..., por muchos conceptos... Sobre su tumba suelo abandonarme a mis pensamientos... Todo ha acabado para ella.

     Mi amor a los cementerios nace también de que son ciudades enormes, habitadas por un número prodigioso de personas. Imagínense la cifra de muertos que habrá en espacio tan reducido, la cantidad de generaciones de parisienses que están alojadas allí para siempre, trogloditas perpetuos, encerrados cada cual en su pequeña bóveda cubierta con una piedra o marcada con una cruz, mientras los imbéciles de los vivos exigen tanto espacio y arman tanto estrépito.

     Hay más aún: en los cementerios se encuentran monumentos casi tan interesantes como en los museos. Tengo que decir que la tumba de Cavaignac me ha traído el recuerdo de la obra maestra de Jean Goujon, la estatua yaciente de Luis de Brézé, en la capilla subterránea de la catedral de Ruán; de ahí ha salido, señores, ese arte que llamamos moderno y realista. La estatua yaciente de Luis de Brézé tiene más de verdad, más de carne que se quedó petrificada en las convulsiones de la agonía, que todos los cadáveres dislocados que hoy se someten al tormento sobre las tumbas.

     Se puede admirar también en el cementerio de Montmartre el monumento de Baudin, obra que tiene cierta majestad; el de Gautier, el de Murger. ¿Quién depositaría en éste la solitaria y modesta corona de amarillas siemprevivas que vi yo hace poco? ¿La llevó la última superviviente de sus alegres modistillas, viejísima ya y tal vez hoy portera de algún inmueble de los alrededores? ¡El monumento tiene una linda estatuilla de Millet, carcomida de suciedad y de abandono! ¡Para que cantes a la juventud, oh, Murger!

     Entré, pues, en el cementerio de Montmartre, y me sentí de pronto impregnado de tristeza, pero no de una tristeza exagerada, sino de una de esas tristezas capaces de sugerir al hombre que goza de buena salud esta reflexión: "No es muy alegre este lugar; pero, de aquí a que yo venga, ha de pasar tiempo..."

     El ambiente de otoño, con su olor a tibia humedad de hojas muertas y sol extenuado, mortecino y anémico, agudiza, envolviéndola en poesía, la sensación de soledad, de acabamiento definitivo que flota sobre aquel lugar en que el hombre husmea la muerte.

     Iba adelantando a paso lento por las calles de tumbas, en las que los vecinos no se tratan, ni se acuestan por parejas, ni leen los periódicos. Pero yo sí que me puse a leer los epitafios. Os aseguro que es la cosa más divertida del mundo. Ni Labiche, ni Meilhac me han movido jamás a risa tanto como la comicidad de la prosa sepulcral. Las losas de mármol y las cruces en que los deudos de los muertos dan rienda suelta a su dolor, hacen votos por la felicidad del que se fue y pintan el anhelo que los acucia de ir a reunirse con él, son más eficaces que las mismas obras de Paul de Kock para descongestionar el hígado... ¡Vaya bromistas!

     Lo que mayor reverencia me inspira en este cementerio es la parte abandonada y solitaria, poblada de grandes tejos y cipreses, viejo barrio de los muertos antiguos, que ha de convertirse pronto en un barrio flamante, cuando se derriben los árboles verdes, nutridos con savia de cadáveres humanos, para ir colocando en fila, debajo de pequeñas lápidas de mármol, los difuntos recientes.

     Cuando, a fuerza de vagabundear por allí, sentí aligerando mi espíritu, supe comprender que la insistencia traería el aburrimiento, y que no me quedaba por hacer otra cosa que llevar el homenaje fiel de mi recuerdo al lecho postrero de mi amiguita. Al acercarme a su tumba, experimenté una ligera angustia. ¡Pobre mujercita querida, tan gentil, tan apasionada, tan blanca, tan lozana como era!... Mientras que ahora..., si esa losa se alzase...

     Asomado por encima de la verja de hierro, le expresé, muy quedo, mi aflicción, completamente seguro de que ella no me oía. Me disponía a partir, cuando vi que se arrodillaba junto a la tumba de al lado una mujer vestida de negro, de luto riguroso. El velo de crespón, echado hacia atrás, dejaba al descubierto una linda cabeza rubia, y sus cabellos, partidos en dos bandas laterales simétricas, brillaban con reflejos de luz de aurora, entre la noche de su tocado. Me quedé donde estaba.

     No cabía duda de que el dolor que la aquejaba era profundo. Sepultados los ojos en las palmas de las manos, rígida como estatua que medita, volando en alas de sus pesares, desgranando a la sombra de sus ojos ocultos y cerrados las cuentas del rosario torturados de sus recuerdos, se la hubiera podido tomar por una muerta que estaba pensando en un muerto. Adiviné de improviso que iba a romper a llorar; lo adiviné por un movimiento apenas perceptible de sus espaldas, algo así como un escalofrío del viento en un sauce. Al suave llanto de los primeros momentos sucedió otro más fuerte, acompañado de rápidas sacudidas del cuello y de los hombros. Dejó ver de pronto sus ojos. Estaban cuajados de lágrimas y eran encantadores; los paseó en torno suyo, y tenían expresión de loca que parece despertar de una pesadilla. Cayó en la cuenta de que yo la miraba, y ocultó, como avergonzada, el rostro entre las manos. Sus sollozos se hicieron convulsivos y su cabeza se fue inclinando lentamente hacia el mármol. Apoyo en él su frente, y el velo, que se desplegó en torno de ella, vino a cubrir los ángulos blancos de la sepultura amada como una pena nueva. La oí gemir, y, de pronto, se desplomó, quedando inmóvil y sin conocimiento, con la mejilla apoyada en la loseta.

     Me precipité hacia ella, le di golpecitos en las manos, le soplé sobre los párpados, y entre tanto recorría con mi vista el sencillo epitafio: "Aquí descansa Luis-Teodoro Carrel, capitán de Infantería de Marina, muerto por el enemigo en Tonquín. Rogad por él."

     La muerte databa de algunos meses. Me encendí hasta derramar lágrimas, y puse doble interés en mis cuidados. Fueron eficaces, y ella volvió en sí. Mi emoción se reflejaba en mi rostro -no soy mal parecido, aún no he cumplido los cuarenta-. Me bastó su primera mirada para comprender que sería atenta y agradecida. Lo ge, después de otro acceso de lágrimas y de contarme su historia, que ge saliendo entrecortada de su pecho anhelante; cómo al año de casado cayó el oficial muerto en Tonquín, y cómo había sido el suyo un matrimonio de amor, porque ella era huérfana de padre y madre, y apenas disponía de la dote reglamentaria.

     Le di ánimos, la consolé, la incorporé, la levanté del suelo y luego le dije:

     -No debe permanecer aquí. Venga. Ella murmuró:

     -Me siento incapaz de caminar.

     -Yo la sostendré.

     -Gracias, caballero, es usted bondadoso. ¿También usted ha venido para llorar a algún muerto?

     -¿Tal vez a una mujer?

     -A una mujer; sí, señora.

     -¿Su esposa?

     -Una amiga mía.

     -Se puede querer a una amiga tanto como a su propia esposa; la pasión no reconoce ley.

     -Exacto, señora.

     Y hétenos en marcha, juntos los dos, ella apoyándose en mí, yo llevándola casi en brazos por los caminos del cementerio. Fuera ya de éste, murmuró con acento desfallecido:

     -Temo que me vaya a dar un desmayo.

     -¿Por qué no entramos en algún sitio? Podría tomar usted alguna cosa.

     -Entremos, sí, señor.

     Descubrí un restaurante, uno de esos establecimiento en los que los amigos del difunto celebran haber cumplido ya con la pesada obligación. Entramos. Hice que bebiese una taza de té bien caliente, y esto pareció reanimarla. Se esbozó en sus labios una tenue sonrisa. Me habló de sí misma.

     Era triste, muy triste, encontrarse sola en la vida; sola siempre en casa, noche y día, sin tener ya nadie a quien dar su cariño, su confianza, su intimidad.

     Tenía visos de sincero todo aquello Dicho por tal boca, resultaba un encanto. Me enternecí. Era muy joven, quizá de veinte años.

     Le dirigí algunos cumplidos, que ella aceptó con agrado. Me pareció que aquello se alargaba demasiado y me brindé a volverla a su casa en carruaje. Aceptó, y dentro ya del coche nos quedamos tan juntos, hombro con hombro, que el calor de nuestros cuerpos se mezclaba a través de la ropa, que es una cosa que a mí me trastorna por completo.

     Al detenerse el carruaje frente a su casa, me dijo ella en un susurro:

     -Vivo en el cuarto piso, y me siento sin fuerzas para llegar por mí pie hasta arriba. Puesto que ha sido tan bondadoso, ¿quiere darme una vez más su brazo para subir a mis habitaciones?

     Me apresuré a aceptar. Subió despacio, jadeando mucho. Cuando estuvimos frente a su puerta, agregó:

     -Entre usted, y pase conmigo unos momentos para que pueda darle las gracias.

     Entré, ¡vaya si entré!

     El interior era modesto, casi tirando a pobre, pero sencillo y muy en orden.

     Nos sentamos el uno junto al otro, en un pequeño canapé, y otra vez me habló ella de su soledad. Llamó a su criada, con intención de ofrecerme alguna bebida, pero la criada no acudió, con grandísimo contento mío. Supuse que la tendría nada más que para las mañanas; lo que se llama una asistenta.

     Se había quitado el sombrero. Era un verdadero encanto de mujer, y sus ojos claros se clavaban en mí; se clavaban de tal manera y era tan claros, que sentí una tentación terrible, y me dejé llevar de la tentación. La cogí entre mis brazos, y sobre sus parpados, que se cerraron de pronto, puse besos... y besos, y cada vez más besos.

     Ella forcejeaba, rechazándome, a la vez que repetía:

     -Acabe..., acabe..., acabe ya.

     ¿En qué sentido lo decía? Dos por lo menos puede tener, en situaciones semejantes, el verbo acabar. Yo le di el que era de mi gusto, y salté de los ojos a la boca para hacerla callar. No llevó su resistencia al extremo; y cuando, después de tamaño insulto a la memoria del capitán muerto en Tonquín, volvimos a mirarnos, vi en ella una expresión de languidez, enternecimiento y resignación, que disipó mis inquietudes.

     Entonces me mostré galante, solicito, agradecido. Después de otra charla íntima de casi una hora, le pregunté:

     -¿Dónde acostumbra cenar?

     -En un pequeño restaurante de aquí cerca.

     -¿Completamente sola?

     -Desde luego.

     -¿Quiere cenar conmigo?

     -¿Dónde va a ser?

     -En un buen restaurante del bulevar.

Se mostró un poco reacia. Insistí, y ella se rindió, diciendo, para justificarse a sí misma:

     -Me aburro tanto..., tanto.

     Y agregó a continuación:

     -Es preciso que me ponga un vestido menos lúgubre.

     Se metió en su dormitorio, y cuando reapareció vestía de alivio de luto, estaba encantadora, delicada y esbelta con su sencillísimo vestido gris. Tenía, por lo visto, trajes distintos para el cementerio y para la ciudad.

     La cena ge cordial Bebió champaña, se enardeció, cobró valor, y yo me recogí a su casa con ella.

     Esta conexión, trabada sobre las tumbas, duró cerca de tres semanas. Pero todo cansa, y aún más las mujeres. La dejé, alegando como pretexto cierto viajar ineludible. Me despedí con mucha esplendidez, lo que me valió su efusivo agradecimiento. Me hizo prometer, me hizo jurar que volvería a visitarla a mi regreso. Parecía que, en efecto, me hubiese tomado algo de cariño.

     Corrí en busca de otras ternuras, y transcurrió casi un mes sin que el pensamiento de entrevistarme otra vez con aquella delicada amante funeraria se me presentase con fuerza tal que me obligase a ceder a él. A decir verdad, nunca la olvidé por completo. Me asaltaba a menudo su recuerdo como un misterio, como un problema de psicología, como una de esas cuestiones inexplicables cuya solución nos aguijonea.

     Sin saber por que, vino a figurárseme cierto día que otra vez iba a tropezar con ella en el cementerio de Montmartre, y allí me fui.

     Largo rato anduve paseando sin encontrar más que las visitas corrientes de aquel lugar, es decir, personas que no han roto del todo sus lazos con los muertos. Ninguna mujer derramaba lágrimas sobre la tumba del capitán muerto en Tonquín, ni había flores ni coronas sobre el mármol.

     Pero al desviarme por otro barrio de aquella gran ciudad de difuntos, descubrí de pronto, al final de una estrecha avenida de cruces, a una pareja de luto, hombre y mujer, que venían en dirección a donde yo estaba. ¡Qué asombro! ¡Era ella! ¡La reconocí cuando llegaron cerca!

     Me vio, se ruborizó, y al rozar yo con ella de pasada, me dirigió un guiño imperceptible, que quería decir: "Haga como que no me conoce", pero que también debía de entenderse como: "No dejes de verme, amor mío."

     Su acompañante era un caballero distinguido, elegante, oficial de la Legión de Honor, como de cincuenta años. La iba sosteniendo como yo mismo la sostuve cuando salimos del cementerio.

     Me alejé de allí, estupefacto, dudando aún de lo que había visto, preguntándome en qué clasificación biológica habría que colocar a la cazadora sepulcral. ¿Era una chica cualquiera, una prostituta inspirada, que hacía sobre las tumbas su cosecha de hombres tristes, apegados a la memoria de una mujer, esposa o amante, y sacudidos todavía por el recuerdo de las caricias que se fueron para siempre? ¿Era ella la única? ¿Existen otra más? ¿Se trata de una verdadera profesión? ¿Corren unas al cementerio, como otras corren la acera? ¡Cazadoras sepulcrales! ¿O es que tuvo ella acaso la idea admirable, de una filosofía profunda, de explotar la necesidad de un amor que quienes lo perdieron sienten reavivarse en aquellos lugares fúnebres?

     ¡Ya me hubiera gustado saber el nombre del difunto de quien había enviudado por aquel día!

 

ENCUENTRO

 

      Fue una casualidad, una verdadera casualidad.

     El barón de Etraille, aburrido, al fin de pasar tantas horas a pie firme, y sabiendo que todas las habitaciones de la princesa estaban aquella noche abiertas a los invitados, se encaminó hacia la elegante alcoba solitaria y casi obscura para quien salía de un salón esplendoroso.

     Buscaba un refugio que no frecuentasen las gentes, decidido a dormir un buen rato, en la seguridad absoluta de que su mujer no querría irse hasta la madrugada. Vio desde la puerta la monumental cama, que lucía en el centro de la habitación sus vestiduras azules con flores doradas, como un catafalco donde hubieran enterrado al amor -porque la princesa no era joven. Detrás, una superficie clara y extensa ofrecía en la pared la sensación de un lago visto por una ventana. Era el espejo, colosal, prudente, revestido con obscuros paños, que se dejaban caer en ocasiones, y que se alzaron a veces con tentadora curiosidad; el espejo parecía mirar a la cama, su cómplice. Se hubiera dicho que guardaban recuerdos, imágenes-como esos castillos frecuentados por apariciones- y que se verían cruzar sobre la superficie alisada y desierta, los pronunciados contornos de mujeres desnudas, los movimientos encantadores de brazos que aguardan.

     El barón se había detenido sonriendo, un poco emocionado, en el umbral de aquel templo del amor. Y al instante algo surgió en la transparencia del espejo, como si las apariciones evocadas quisieran ofrecerse a sus ojos. Un hombre y una mujer, se levantaron de un diván muy bajo, sumergido en la sombra; el cristal reflejaba sus imágenes, reteniéndolas de pie, besándose con apasionamiento en los labios antes de irse.

     No le fue difícil reconocer en aquellas figuras a su esposa y al marqués de Cervigné. Convencido, se alejó volviendo la espalda, como un hombre prudente y seguro de sí mismo. Esperó a que se hiciera de día para irse con la baronesa; pero ya no pensaba en dormir.

     Cuando estuvo solo con ella, le dijo:

     -Señora: la he visto sin proponérmelo, sin acecharla, en la alcoba de la princesa de Raynes. Me parece inconveniente dar mayores referencias. La he visto y basta. Odio las disputas, las recriminaciones, el ridículo. Par evitarlo todo, nos divorciaremos tranquilamente. Mi administrador le dará cuenta de ciertos detalles, obedeciendo a órdenes mías. Queda usted autorizada para vivir a su gusto, pero no bajo mi techo; advirtiéndole sólo que si da ocasión a escandalosos comentarios por su proceder, como ha de decir llevando mi nombre, me obligará, señora, contra mi gusto, a mostrarme severo.

     Ella quiso hablar; él no se lo consintió. Saludándola, se retiró.

     Más que desdichado, se sentía triste y sorprendido. Llegó a quererla mucho en los primeros meses de matrimonio. Después, aquellos ardores, poco a poco iban menguando; y al presente, se permitía el barón algunos caprichos con mujeres de teatro y con señoras de buena sociedad, conservando ciertas predilecciones por la baronesa; la cual era muy joven aún -veinticuatro años, bajita, singularmente rubia y delgada, muy delgada. Era una muñeca de París, encantadora, elegante, coqueta, ocurrente, con más atractivos que perfecciones: una criatura bonita.


     El barón decía familiarmente a su hermano, hablándole de la baronesa: "Mi mujer es provocativa, insinuante; pero es como una copa de champagne, todo espuma; cuando la bebes, un sorbo. Una delicia para el paladar; una delicia... en miniatura. No satisface, nos convence, no llena."

     Recorría una vez, y otra, y otra su habitación, intranquilo, agitado por mil pensamientos. De pronto, la cólera le cegaba y sentía impulsos de acogotar al marqués en su propia casa, o de abofetearle cuando le viera en el casino. Luego juzgaba de un gusto deplorable aquellas manifestaciones airadas, pensando que la gente hace burla del esposo y no del amante y que sus exaltaciones procedían sólo de su orgullo herido, no de su corazón maltrecho.

     Algunos días después corrí la noticia del divorcio amistoso, por incompatibilidad de caracteres. Nadie sospechó nada, ni se dijo nada, ni aquello sorprendió a nadie.

     Sin embargo, el barón, para evitar encuentros desagradables, viajó durante un año; al volver de regreso, pasó el verano en una playa, el otoño en el monte, y a principios de invierno volvió a París. Ni una sola vez por casualidad vio a la baronesa.

     Sabía que no daba en absoluto de qué hablar. Al menos, caso de que tuviese amoríos, guardaba correctamente las apariencias.

     El barón se aburría; hizo más viajes; luego, restauró su residencia señorial de Villebose, empleando en esa obra dos años. Cuando estuvo terminada, recibió allí a sus amigos, distrayendo así otros quince meses; luego, hasta de la vida campestre, volvió a su hotel de la calle de Lille, a los seis años de su divorcio amistoso.

     Tenía ya entonces cuarenta y cinco años, muchas canas, un poco de arrugas y la expresión melancólica de los que habiendo sido buenos mozos, admirados y pretendidos, comienzas a deteriorarse.

     Al mes de hallarse de regreso en París, se enfrió al salir del Casino y tuvo tos. El médico le dijo que acabara de pasar aquel invierno en Niza.

     Se fue, un lunes, en el rápido.

     Llegó a la hora precisa de salir el tren, y le indicaron un sitio disponible en un cupé. Subió. En el sillón del fondo se hallaba instalada otra persona, de tal modo envuelta en abrigos y pieles, que apenas podía conjeturarse si era hombre o mujer. El barón se caló su gorra de viaje, y bien envuelto en sus mantas, se durmió.

     Despertando, al amanecer, miró hacia el sitio que ocupaba su compañero de viaje. Continuaba inmóvil, en la misma postura, entre los mismos envoltorios.

     El barón se alegró de hallarse aún sin testigo, y se aprovechó para hacer su tocado matinal: peinarse la barba y el cabello, restaurar el buen aspecto del rostro que la noche cambia tan lastimosamente cuando se tiene cierta edad.

     El gran poeta lo dijo:

    

     Tiene la juventud

el despertar triunfante.

 

     Los jóvenes despiertan con los ojos vivos, la boca risueña, el cutis rosado, el pelo rizoso; los viejos, con los ojos empañados, la boca seca, las mejillas amoratadas, los cabellos lacios. Y es que a los unos acompaña el vigor y a los otros la fatiga.

     Cuando se hubo asustado un poco, el barón aguardó.

     La locomotora silbaba; el tren se detuvo. El otro viajero se movió. Sin duda en aquel instante despertaba. El tren se puso de nuevo en marcha. Un rayo de sol, oblicuo, entraba en el vagón cruzado al arrebujado soñoliento, el cual volvió a moverse, dic algunas sacudidas, como un polluelo que rompen su cascarón, y asomó tranquilamente la cabeza.

     Era una mujer muy rubia, regordeta y apetitosa.

     El barón se sentía acosado por la incertidumbre. ¿No se hallaba junto a su mujer? ¿O sería otra semejante? Después de seis años de ausencia, podía equivocarse fácilmente.

     La señora bostezó. Entonces él, recordó en seguida su gesto. Pero volvió a dudar viendo que la mujer le analizaba de pies a cabeza, tranquila, indiferente, sin la más pequeña impresión que revelara un recuerdo. Después, ella se volvió a mirar la campiña.

     El barón, horriblemente perplejo, aturdido, aguardó, contemplándola de reojo, tenaz, obstinado.

     ¡Sí! Era su mujer. De seguro. ¿Cómo dudó un instante? No había dos narices de mujer en el mundo como aquella nariz. Mil recuerdos le asediaron; recuerdos amorosos, de caricias, de minuciosos detalles de su figura; un lunar en un muslo; y en la espalda otro. ¡Cuántos besos en aquellos lunares! Y sentía los ahogos de lejanas embriágueles, el perfume de la carne adorada, la sonrisa de unos labios deseosos entre unas manos que se ceñían a su cuello, las entonaciones melodiosas de su voz, todas las insinuaciones provocativas de una mujer que seduce...

     La encontraba diferente; más agradable; siendo la misma, y parecía otra. Más apetecible, más frondosa, más mujer; y la deseaba como nunca.

     ¡Decir que aquella desconocida, viajando en el mismo vagón casualmente, le pertenecía! La ley se la otorgaba; podía el barón hacerla suya con sólo querer.

     En otro tiempo, había dormido en sus brazos, viviendo en su amor, gozando sus caricias. Y la encontraba tan diferente, que apenas la reconoció. Era otra y era la misma. Era otra que se había formado en su ausencia; y era también la que tantas veces acarició, cuyas actitudes, cuyas facciones conservaba; su sonrisa era menos mimosa y sus gestos más aplomados. Eran dos mujeres en una, mezclando una gran parte de lo nuevo ignorado al encanto mil veces conocido. Era una mezcla singular perturbadora, excitante; una especie de misterio amoroso en el cual flotaba una confusión deliciosa. Era su mujer con nueva envoltura, en una carne que los labios del esposo, no habían recorrido.

     Y pensó que seis años bastan para mudar completamente un cuerpo. Algo conservaba en el perfil, pero aun a veces desaparecía también esa tenue semejanza.

     La sangre, los cabellos, la piel, todo se reforma, todo se rehace sin cesar. Y al cabo de algún tiempo, encontramos otro ser diferente, aun cuando sea el mismo y lleve el mismo nombre.

     También se modifican sentimientos, ideas, todo va renovándose de tal forma, que a los cuarenta años, por lentas y constantes variaciones, podemos en cinco épocas alejadas unas de otras, aparecer como cinco seres en absoluto distintos.

     Meditaba, confuso, perturbado. De pronto se le ofreció el recuerdo triste de aquella noche, de aquella sorpresa, de aquella imagen reflejada en el espejo de la princesa. No sintió furores ni odios. La que tenía delante, no era la muñeca delgada y frágil de otro tiempo.

     ¿Qué haría? ¿Cómo se insinuaría? ¿Qué le diría? ¿Le habría reconocido también ella?

     El tren se detuvo. El barón, poniéndose de pie, dijo:

     -¿Necesitas algo, Berta? Yo te lo traeré...

     Ella le miró de pies a cabeza y sin aturdimiento, sin cólera, sin disgusto, con placidez indiferente, respondió:

     -Nada; no quiero nada; muchas gracias.

     El barón, apeándose, dio un paseo por el andén como para desentumecer las piernas y recobrar los movimientos después de haber sufrido una caída. ¿Qué resolvería? ¿Marcharse a otro vagón? Eso podría interpretarse como una huída. ¿Mostrarse atento y galante? Daba lugar a que le juzgase arrepentido. ¿Hablar como dueño y señor? Le resultaba un tanto expuesto a producirse como un canalla; y, después de tantos años...

     Volvió a ocupar su puesto en el vagón.

     También ella, viéndose un momento sola, trató de atusarse un poco y cambiar de postura. Estaba recostada en el sillón, impasible y espléndida.

     El barón, inclinándose hacia ella, dijo:

     -Querida Berta: cuando la fortuna, de una manera tan singular, vuelve a reunirnos después de una separación de seis años, de una separación amistosa: ¿continuaremos tratándonos como enemigos irreconciliables? Viajamos juntos y solos; así lo quiere la casualidad. ¿No es preferible que hablemos como... como... como amigos, hasta el fin de nuestro viaje?

     La baronesa respondió tranquilamente:

     -Como usted guste.

     Por de pronto, el hombre no supo de qué hablar. Luego, acercándose a la mujer, ocupando el sillón del centro, dijo:

     -Si es preciso galantearte, lo haré; después de todo, es un gusto galantear a una mujer tan deliciosa, tan adorable, aun cuando se muestre algo esquiva. Tú no puede comprender lo hermosa que te pusiste desde hace seis años. Ninguna mujer me produjo una emoción tan espléndida como la que sentí al verte surgir hace un rato entre las envolturas que te cubrían por completo. Te aseguro que no creía posible un cambio tan absoluto...

     Sin levantar los ojos y sin un solo movimiento de cabeza, la señora indicó:

     -Mis observaciones me impiden que le diga otro tanto, porque usted... ha perdido mucho.

     Confundido y turbado, el barón se ruborizó; después añadió, con una sonrisa resignada:

     -Eres muy dura.

     Ella levantó la cabeza, diciendo:

     -¿Por qué? Supongo que no tendrá usted pretensiones de amante; ¿no es cierto?, y, por consiguiente, nada importa que le haya encontrado bien o mal. Pero, si este asunto le molesta, me parece justo cambiar de conversación. ¿Qué hizo usted en tanto tiempo?

     El barón había perdido la serenidad y balbució:

     -¿Qué hice? ¡Nada! Viajar, cazar, envejecer... Ya lo notaste... Y tú, ¿qué hiciste?

     Ella declaró imperturbable:

     -¿Yo? Guardar las apariencias, como usted me había ordenado.

     Una frase brutal vibró en los labios del hombre, pero no fue pronunciada. El barón, cogiendo una mano de su mujer, la besó mientras decía:

     -Te lo agradezco.

     Le sorprendió ver que su marido siempre era para todo dueño de sí.

     -Puesto que has consentido a mi primer deseo -prosiguió el barón-, consiente al segundo: que nos hablemos ahora sin acritud.

     Ella hizo un gesto despreciativo.

     -¿Acritud? No la tengo. Usted no tiene ya influencia ninguna en mí. Es difícil que nuestra conversación sea muy animada.

     El barón contemplaba fijamente, seducido, a pesar de su rudeza, sintiendo que le invadía un deseo brutal, un deseo irresistible, un deseo de amo y señor.

     La baronesa, conociendo que le había herido, se encarnizó:

     -¿Cuántos años tiene usted ahora? Le creía más joven de lo que parece.

     -Cuarenta y cinco años -dijo el hombre palideciendo, y prosiguió-: Se me ha pasado pedirte noticias de la princesa de Raynes. ¿Continúas viéndola?

     Envolviéndole con una mirada llena de odio, la mujer contestó:

     -Sí, con mucha frecuencia. Está bien. Gracias.

     Permanecieron así, juntos, en silencio, con el corazón agitado y el alma soliviantada. El barón, de pronto, declaró:

     -Querida Berta: He resuelto cambiar de vida. Eres mi mujer, y me propongo que volvamos a reunirnos bajo el mismo techo. Soy tu marido.

     Absorta, ella le miró a los ojos para leer en su pensamiento. El rostro del barón se ofrecía impasible, impenetrable y resuelto.

     Ella respondió:

     -Lo siento, pero no puede ser.

     Él sonrió diciendo:

     -La ley me ampara.

     Llegaban a Marsella; la máquina silbó, aminorando la velocidad. La baronesa, después de poner en orden su equipaje, dijo el barón:

     -No abuse usted de una entrevista que yo he preparado. Quise tomar una precaución, siguiendo sus instrucciones, para no temer a nadie, suceda lo que suceda. Va usted a Niza, ¿no es cierto?

     -Voy a donde tú vayas.

     -No. Estoy segura de que me dejará libre si me oye. Pronto verá usted en la estación a la princesa de Raynes y a la condesa Henriot, que habrán salido a esperarme con sus maridos. Quise que nos vieran juntos, enterándose de que habíamos pasado la noche solos en su cupé. No se preocupe usted. Ellas referirán a todo el mundo este suceso extraordinario. Hace poco le dije que, siguiendo sus instrucciones, he guardado las apariencias. Guardando las apariencias, lo demás no importa, ¿verdad? Pues bien, para continuar guardándolas, he preparado este... casual encuentro. Usted me ordenó que no diese nunca motivo a escandalosos comentarios con mi proceder, y hago todo esto para evitar un escándalo, porque temo... temo...

     Esperó a que se hubiera detenido el tren, y que un grupo de amigas corriese hacia el coche, para terminar la frase:

     -Temo estar embarazada.

     La princesa tendió los brazos deseosa de oprimirla y besarla, y ella presentó al barón, estúpidamente asombrado:

     -¿No le reconocen ustedes? ¡Mi marido! La verdad es que parece otro. Me hizo el favor de acompañarme porque no me gusta viajar sola. De vez en cuando, nos permitimos alguna escapada como buenos camaradas que no pueden vivir juntos. Ahora nos despediremos y... ¡sabe Dios hasta cuando!

     Le tendió la mano, que oprimió el barón maquinalmente, y luego la baronesa bajó al andén, rodeándose de sus amigas.

     El marido cerró bruscamente la portezuela, de sobre emocionado para decir una palabra ni para tomar una resolución. Oía la voz de su mujer y las alegres risas que se alejaban.

     Jamás volvió a verla.

     ¿Por qué le dijo aquello? ¿Era verdad? ¿Era un engaño? Lo ignoró siempre.

 

 

EL CRISTO DE LA BARONESA

 

 

     -Verás allí preciosidades artísticas -me dijo Boisrené-, vente conmigo.

     Y me llevó al primer piso de una hermosa casa en una de las mejores calles de París. Nos recibió un hombre muy correcto, de modales distinguidos, y nos hizo recorrer varias habitaciones llenas de objetos raros, cuyos precios decía con particular negligencia. Las cifras diez, veinte, cuarenta mil francos eran pronunciadas como si nada representasen para el vendedor, persona de buen trato y muy acaudalado sin duda.

     Yo le conocía de nombre. Diestro, acomodaticio, inteligente, servía de intermediario en muchas transacciones. En correspondencia con los coleccionistas más afortunados y ricos de París, y algunos de toda Europa y de América también, conociendo los gustos o las preferencias de cada cual, por carta o por telégrafo les avisaba cuando se ofrecía un objeto que pudiera convenirles.

     Hombres de lo más encopetado habían recurrido a él en momentos de apuro, ya para cubrir oportunamente deudas contraídas en el juego, ya para vender un cuadro, una joya de familia, un tapiz, y hasta un caballo y una finca en urgencias de crisis agudas.

     En tales ocasiones, viendo alguna esperanza de lucro, nunca negaba un servicio.

     Boisrené tenía sin duda intimidad con el extraño comerciante. Debió haber tratado con él más de un asunto. Yo le miraba con mucho interés. Era delgado, alto, calvo, elegante. Su voz era suave, persuasiva, con un atractivo particular, un timbre que realzaba el valor de las cosas. Cuando tenía un objeto curioso entre sus manos, lo volvía una vez y otra vez, haciéndolo girar de cierta manera, y mirándolo con tanta simpatía, que le comunicaba interés, embelleciéndolo, trasformándolo con sus dedos y con sus ojos. Y en seguida el objeto aquel era estimado en más que antes de salir de la vitrina.

     -¿Y el Cristo? -pregunto Boisrené-, aquel hermoso Cristo del Renacimiento?

     El hombre, sonriendo, contestó:

     -Está vendido, y en forma extraña. Es una historia parisién, una historia singular. ¿Quieren que se la refiera?

     -Sin duda.

     -¿Conoce usted a la baronesa de Samoris?

     -La conozco y no la conozco. La he visto un día solamente... pero ya sé de quién me habla.

     -Lo dudo.

     -Sí, ya sé.

     -¿Quiere usted decirme lo que supone, para que te diga yo si se equivoca?

     -La señora de Samoris tiene una hija, cuyo padre no fue conocido nunca. Es muy posible que fuera casada; pero es muy seguro que tiene sus amantes muy discretamente, y es recibida en una sociedad tolerante o ciega. Frecuenta las funciones religiosas, recibe los Sacramentos con mucha unción y no se compromete jamás. Espera conseguirle a su hija un matrimonio de ventaja. ¿No es eso?

     -Eso es; pero yo completaré sus noticias. La baronesa es una mujer entretenida que se hace respetar por sus amantes más que si no se acostase con ellos. ¡Una extraña condición! Así obtiene cuanto se propone. Cuando se fija en uno, éste la enamora mucho tiempo, la desea con timidez, la solicita pudorosamente, la consigue asombrado y la goza con respeto. El no se da cuenta de que paga; de tal modo ella se porta. Y mantiene sus relaciones con tal reserva, dignidad y distinción, que al salir un hombre de su lecho, abofetearía fieramente al que dudara un instante de la virtud de la señora; y todo con la más absoluta buena fe.

     Algunas veces la serví, y ella no tiene secretos conmigo.

     En los primeros días de Enero vino a pedirme treinta mil francos. Claro que no se los di; pero como deseaba complacerla, hice que me refiriera sus apuros que estudiar el medio posible de ayudarla.

     Me lo dijo todo con tales reservas de lenguaje, con tanta delicadeza, como si me hubiese contado la primera comunión de su hija. Comprendí que sus negocios iban mal y que no tenía un cuarto.

     La crisis mercantil y las inquietudes políticas alentadoras por el Gobierno expresamente, los temores de guerra, la escasez de recursos, habían hecho al dinero temeroso hasta en las manos de los amantes; y aquella mujer no podía entregarse a cualquiera.

     Necesitaba un hombre de buena sociedad, aristócrata, que diera validez a su reputación y atendiese a sus necesidades cotidianas. Un vividor, aun siendo muy rico, la comprometería para siempre, haciendo problemático el casamiento de la niña. Tampoco podía contar con la agencia galante, cuya mediación deshonrosa pudiera, durante algún tiempo, sacarla de apuros.

     Pero debía sostener su casa, seguir aguardando en su elegante salón al amante discreto elegido entre sus visitas.

     Le hice notar que mis treinta mil francos volverían difícilmente a mis manos desde que pasaran a las suyas, porque, una vez consumidos, necesitaba recibir lo menos sesenta mil para darme la mitad.

     Pareció desconsolada por mis reflexiones; y yo no sabía ya qué proponerle, cuando una idea, una idea verdaderamente genial, brotó en mi cerebro.

     Acababa de adquirir el Cristo del Renacimiento que vio usted, una hermosa escultura, lo mejor en su género que se puede imaginar.

     -Amiga -le dije-, enviaré a su casa esta joya de marfil. Usted inventará una historia bien tramada, conmovedora, poética, para explicar la precisión de venderlo. Es, ¡claro está!, una herencia de familia. Yo recomendaré algunos compradores, acompañando a otros yo mismo. Lo demás corre de cuenta de usted, enterada por mí de la situación de cada personaje desde la víspera. El Cristo vale cincuenta mil francos; pero lo dejo en treinta mil. Saque usted lo que pueda.

     Reflexionó algunos instantes muy preocupada, y luego dijo:

     -Sí; acaso es una excelente idea. Se lo agradezco mucho.

     Al día siguiente aun estaba el Cristo en su casa, y por la tarde fue a verlo el barón del Hospital.

     Durante algún tiempo envié a la señora de Samoris lo más florido y selecto de mi clientela. Pero no tuve noticias.

     Habiéndome visitado un día un extranjero que hablaba muy mal en francés, me decidí a llevarle a casa de la baronesa para ver el Cristo.

     Un lacayo vestido de negro nos hizo pasar a un elegante salón, a media luz, bien amueblado, y allí aguardamos. Apareció encantadora, tendiéndome una mano, y nos invitó a que tomáramos asiento.

     Cuando le hube explicado el motivo de mi visita, tocó un timbre.

     -Que le digan a usted -ordenó al lacayo- si se puede pasar al oratorio de la señorita Isabel.

     La hija de la baronesa entró a dar la respuesta con expresión tímida y bondadosa. Tenía quince años y todo el atractivo de su lozana juventud.

     Quiso guiarnos hasta su oratorio ella misma.

     El oratorio era una especie de gabinetito piadoso, donde ardía una lámpara de plata delante de un Cristo de marfil, mi Cristo del Renacimiento, echado sobre un almohadón de terciopelo, negro. La presentación era interesante y expresiva.

     La niña se persignó en silencio, y después dijo:

     -¿Les gusta?

     Yo cogí el objeto, la joya de arte, y examinándola detenidamente, la juzgué notabilísima. El extranjero lo examinaba también todo, pero sin duda le preocuparon más que mi Cristo las dos mujeres.

     Era muy agradable aquel rinconcito; se respiraba allí emanaciones de incienso, de flores, de perfumes. Era un encanto. Y toda la casa, muy bien dispuesta, convidaba con su grato silencio al bienestar.

     Cuando volvimos al salón, abordé con suma delicadeza un asunto inevitable; ¿qué precio...? La señora de Samoris pronunció, bajando los ojos:

     -Cincuenta mil francos.

     Luego añadió:

     -Si desea usted verlo más detenidamente, antes de las tres nos hallará en casa todos los días.

     En la calle me pidió el extranjero noticias de la baronesa, que le había parecido una mujer encantadora. Pero en adelante nada supe de ninguno de los dos.

     Pasaba tiempo, y una mañana (debe hacer quince días), a la hora de almorzar, entró la baronesa en mi comedor, poniendo en mis manos una cartera, y me dijo:

     -Es usted un ángel. Ahí tiene sus cincuenta mil francos; me quedo con el Cristo, y pago veinte mil francos más de lo convenido, a condición de que siga usted enviándome siempre, siempre... nuevos compradores... porque... aún lo tengo en venta...

 

EL VENGADOR

 

 

     Cuando Antonio Leuillet se casó con Matilde, la viuda de Souris, hacía ya diez años que estaba enamorado de ella.

     Souris, el viejo camarada de colegio de Antonio Leuillet, quien le quería mucho, encontrándole, sin embargo, un poco simple, y decía con frecuencia:

     -Este pobre Souris no ha inventado la pólvora.

     Cuando supo que Souris se casaba con Matilde, quedó Leuillet sorprendido y un poco molesto, porque sentía mucha inclinación hacia ella.

     Era la hija única de una señora de su vecindad, retirada del comercio con un insignificante capital. Matilde, bonita, delicada, inteligente, apechugó sin duda con Souris por verse rica.

     Entonces Leuillet concibió esperanzas de otro género, pretendiendo a la mujer de su amigo, y, a pesar de que tenía buena figura, talento y tanta renta como Souris, nada consiguió. Lo imposible de sus propósitos fue causa de que se apasionara verdaderamente, siendo un enamorado discreto, prudente y tímido.

     La señora de Souris, convenciéndose de que ya no la pretendía con deseos voluptuosos, correspondió sinceramente a sus atenciones con una verdadera y noble amistad.

     Pasaron así nueve años, hasta que una mañana un recadero llevó a Leuillet, escrita en el respaldo de una tarjeta una frase desconsolada de la pobre señora. Souris acababa de morir de repente.

     Lo primero que sintió Leuillet fue la sacudida desagradable que una peligrosa noticia produce, pues los dos amigos eran de una misma edad. Pero al instante borraron sus temores destellos de profundas alegrías: Matilde no tenía ya dueño.

     Sin embargo, supo mostrarse afligido como lo exigían las circunstancias, y aguardó el tiempo necesario para no faltar a las usuales conveniencias.

     A los quince meses contrajo matrimonio con la viuda.

     Este suceso pareció cosa natural y hasta un arranque generoso.

     Al fin hallaba su felicidad.

     Vivieron cordialmente, íntimamente, comprendiéndose y estimándose desde el primer día. No tenían secretos el uno para el otro, y se comunicaban sus más íntimos pensamientos. Leuillet sentía por Matilde un amor tranquilo y confiado. Pero le quedaba un resentimiento singular, inexplicable, contra el difunto Souris, que había gozado antes a la mujer que le sacrificó el primer perfume de su juventud y de su alma. Este recuerdo nublaba un poco las dichas del segundo marido.

     Celoso y soliviantado, hablaba con frecuencia de Souris, queriendo conocer mis detalles íntimos de sus costumbres; y todo le inspiraba ironías y burlas, recalcando sus defectos y poniendo más de relieve sus ridiculeces.

     Llamando a su mujer cuando se encontraba en otras habitaciones, la decía:

     -Ven, que deseo preguntarte una cosa.

     Y ella se acercaba sonriente, segura de que le hablaría del difunto y halagando esta inofensiva preocupación de su nuevo esposo.

     -Dime, ¿recuerdas que un día Souris quiso demostrarme que las mujeres gustan más de los hombres de mediana estatura que de los altos?

     Y se perdía en divagaciones que honraban poco al difunto, poniéndole a él en buen lugar; Matilde, que le daba la razón en todo, reía graciosamente.

     Así eran felices, muy felices, y Leuillet no dejaba de probar a Matilde su amor inagotable, con todas las manifestaciones de costumbre.

     Pero una noche, hallándose desvelados los dos, Leuillet, que acariciaba muy apasionadamente a su esposa, le dijo:

     -Escucha.

     -¿Qué quieres?

     -Hacerte una pregunta... bastante difícil: ¿Souris era muy... cariñoso?

     Ella, besándole con ternura, balbuceó:

     -No tanto como tú, rico mío.

     Satisfecho en su amor propio, el marido insistió:

     -Debía ser bastante... soso, ¿eh?

     Matilde no respondió, y riendo maliciosamente apoyaba el rostro en el cuello de su marido. Este insistía.

     -Debió ser muy soso... y también algo torpe...

     Ella hizo un gesto afirmativo. El prosiguió:

     -Y algunas noches debería molestarte, aburrirte con sus...

     Matilde respondió viva y francamente:

     -¡Oh! ¡Sí!

     Leuillet la besó con entusiasmo, añadiendo:

     -Era un poco bruto; incapaz de hacerte feliz.

     -No me hizo feliz.

     Leuillet estaba encantado, comparando en su imaginación el primer matrimonio de Matilde con el segundo y deduciendo, naturalmente, un juicio muy favorable para él.

     Estuvo sin hablar un rato; y luego exclamó satisfecho:

     -Dime.

     -¿Qué?

     -¿Vas a responderme con franqueza? ¿Con absoluta franqueza?

     -Sí.

     -Dime, ¿no sentiste nunca tentaciones de... de engañarle?

     Matilde lanzó una exclamación de sorpresa pudorosa, ocultando la cara en el pecho de su marido; pero él, notando que reía, insistió:

     -Confiésalo. El pobre hombre tenía cabeza de cornudo. ¡Sería tan gracioso! Dímelo, anda, no dudes. A mí no me lo debes ocultar. A mí...

     Suponía que si alguna vez pensó en engañar a Souris fue con él, con Antonio Leuillet, su adorador constante, su amigo de confianza, y el gusto de oír aquella confesión le obsesionaba, estando convencido de que, a no ser por la gran virtud de Matilde, la hubiera gozado ya en tiempo del otro. Pero ella no respondía, riendo sin cesar, como si recordara un suceso muy cómico.

     También Leuillet comenzó a reír, porque le cosquilleaba la idea de que los deseos refrenados y las intenciones de Matilde habían hecho moralmente cornudo al primer marido. ¡Qué jugarreta! ¡Qué burla!

     Y balbuceaba, estremecido por su alegre risa:

     -El pobre Souris... ¡ah! ¡ah! tenía la cabeza... ¡ah! ¡ah!... de predestina- do... ¡ah! ¡ah!... Sí... ¡ah! ¡ah!...

     Matilde retorciéndose, muerta de risa, no podía más.

     Y Leuillet insistía.

     -Cuenta, cuenta. Sé franca. Comprenderás que la cosa no puede molestarme.

     Ella, que seguía riendo, balbuceó:

     -Sí... Sí...

     -Sí... ¿Qué? Vamos; dilo todo.

     Matilde, acercando los labios al oído de Leuillet, que aguardaba impaciente una deliciosa confidencia, murmuró:

     -Sí; le había engañado.

     Su marido sintió un estremecimiento como si se le hubiera helado la medula, y balbuceó:

     -¿Tú... tú... le has engañado... completamente?

     Matilde, creyendo que aún le alegraba la confidencia, prosiguió:

     -Sí... ¡Completamente!

     Leuillet tuvo que incorporarse porque se ahogaba. Le hizo tanto daño adquirir aquella certeza como si fuera engañado él mismo. Calló de pronto y al cabo de un momento lanzó un profundo suspiro.

     Matilde ya no reía, segura de que su alegre aturdimiento la hizo cometer una imprudencia.

     Al cabo Leuillet preguntó:

     -¿Y con quién?

     Hubo unos instantes de silencio.

     El marido repitió:

     -¿Con quién?

     Y la mujer dijo:

     -Con un joven.

     Leuillet, inclinándose hacia ella bruscamente, hablaba con sequedad.

     -Ya me figuro que no sería con la cocinera. Pero lo que yo te pregunto es quién era ese joven.

     Matilde no respondió. El marido, tirando de la sábana con que ella se cubría la cabeza, repitió:

     -Lo que yo te pregunto es quién era ese joven. ¿Has entendido?

     Y ella, esforzándose vanamente para disimular su angustia, dijo:

     -Fue una broma.

     -¿Cómo? ¿Una broma? -exclamó el marido furioso-. ¿Querías divertirte conmigo? No es una broma. Dime lo que te pregunto.

     Ella seguía silenciosa, inmóvil.

     Cogiéndola de un brazo y sacudiéndola violentamente, Leuillet gritó:

     -¿No quieres contestarme? Pues yo exijo que me contestes a lo que te pregunto.

     Matilde murmuró nerviosamente:

     -Calla. Te has vuelto loco.

     Leuillet furioso, desesperado, zarandeándola, repitió:

     -¿Me oyes? ¿Me oyes?

     Ella quiso desasirse con un movimiento brusco y con la punta de los dedos tocó a la nariz de su marido. Este, creyendo que su mujer había intentado pegarle una bofetada, la emprendió a golpes con ella, abofeteándola muy lindamente.

     -¡Toma! ¡toma! ¡descarada! ¡maldita! ¡mujerzuela! ¡mujerzuela!

     Cuando estuvo cansado, se levantó, y acercándose a la mesa, tomó un vaso de agua con azúcar y azahar.

     Matilde lloró amargamente, sintiendo que se derrumbaba toda su dicha.

     Entre abundantes lágrimas, repetía sollozando:

     -Escúchame, Antonio, no me abandones, ven; te juro que fue una mentira; tú sabes que no puede ser verdad. Acércate, Antonio; escúchame...

     Preparando su defensa con explicaciones y mentiras bien hilvanadas, Matilde se incorporaba humildemente.

     Y Antonio se acercó a ella silencioso, avergonzado ya de sus furores, pero sintiendo en su corazón de marido un odio inextinguible contra la mujer que había engañado al otro, contra la casada que faltó a sus deberes de buena esposa.

  

JUNTO AL LECHO

 

      Ardía una gran fogata en le chimenea. Sobre la mesita estilo japonés, dos tazas, una frente a otra, esperaban que se inclinase sobre ellas la tetera humeante; junto al azucarero se alzaba una botella de ron.

     El conde de Sallure dejó sobre una silla el sombrero, los guantes y el gabán de pieles, mientras la condesa, con el abrigo desabrochado, se arreglaba un poco el pelo ante un espejo. Sonreía dulcemente a su imagen, haciendo brillar en sus dedos las sortijas mientras acariciaba sus rizos, que le caían sobre las sienes.

     Luego volvió hacia su marido la cabeza. El tenía clavados en ella los ojos, como si fuese víctima de una vacilación, como si un pensamiento íntimo le turbara.

     Por fin, dijo:

     -¿Te han galanteado mucho esta noche tus adoradores?

     Ella, desafiándolo con una mirada luminosa y triunfal, respondió:

     -¡Ya lo creo!

     Y se acercó a su taza. El tomó asiento junto a la suya, y mientras partía un bollito, prosiguió:

     -La situación en que me pones, dime, ¿no es algo ridícula?

     Ella preguntó secamente:

     -¿Vas a darme quejas?

     -No, hijita; sólo quiero decirte que ha estado un poco inconveniente a tu lado ese caballero, el señor de Burel. Si... si conservar yo mis derechos, no lo hubiera consentido.

     -Sé una vez sincero, ahora no piensas como hace un año. La verdad; mudaste de parecer. Cuando supe que tenías una querida, una mujer idolatrada por ti, entonces le preocuparon poco, nada, mis pretendientes. Te di mis quejas; te dije, como tú esta noche, pero con más razón: "Comprometes a la señora de Servy, me lastimas y me pones en ridículo." ¿Recuerdas cómo respondiste? ¡Oh! Me respondiste que los matrimonios inteligentes eran libres, que sólo había en ellos una comunidad de intereses, un lazo social, pero no un lazo moral. ¿Es cierto? Me diste a entender que tu querida valía infinitamente más que yo, siendo más femenina y seductora; tú lo dijiste: ¡más femenina! Todo, naturalmente, dulcificado con fórmulas corteses, casi halagadoras, con todos los miramientos y sutilezas de un hombre bien educado. A pesar de todo, comprendí el verdadero sentido de tus palabras. Acordamos vivir juntos, pero distanciados. Teníamos un hijo: el único lazo que nos unía. Me dejaste adivinar que de mí sólo te interesaban las apariencias. Sí; yo podía, si fuese mi gusto, tener un amante, siempre que mis relaciones guardaran el prudente secreto. Hablaste mucho, y muy bien, del talento que muestran las mujeres, de su delicadeza en asuntos amorosos, no comprometiendo en ellos la reputación de la familia. Te comprendí perfectamente, amiguito. Entonces querías mucho, mucho a la señora de Servy; mi cariño legítimo y mi ternura legal te molestaban. Creíste que yo atentaba contra tus derechos y tu libertad, disminuyendo tus goces. Nos acostumbramos a vivir distanciados. Ahora, vamos juntos a los salones, pero de regreso en casa, ya es otra cosa: nada tiene que ver el uno con el otro. Y hace cosa de un mes te muestras celoso. ¿Qué significa esto?

     -No son celos, como tú supones; pero me asusta pensar que podrías comprometerte... Tu juventud y tu carácter apasionado...

     -Si hablas de apasionamiento, recordaré...

     -Te ruego que no insistas. Hablo como te hablaría un bondadoso amigo; y tú exageras mucho en todo lo que dices.

     -No exagero nada. Tú mismo confesaste la pasión que te dominaba; por ti me cercioré de que tales relaciones existían, con lo cual me autorizabas para imitarte. No lo hice, sin embargo...

     -Perdona que te interrumpa...

     -Déjame hablar. No lo hice. No tuve un amante no lo he tenido... hasta hoy. Aguardo, elijo... ninguno me satisface. Hasta hoy no encontré lo que deseo... Un amante que valga más que tú. No dirás que no soy galante y considerada contigo...

     -Creo inconvenientes ya esas bromas...

     -No es broma. Me hablaste del siglo XVIII, dándome a entender que vivías al estilo de la regencia. No se me olvida. Cuando me convenga usar de mis derechos, cuando me plazca, entiéndelo bien, cuando encuentre un hombre a mi gusto, serás... o que son tantos otros.

     -¡Dices cosas intolerables!

     -¿Qué digo? ¿Mi advertencia te parece intolerable? Pues bien reías cuando la señora de Gers dijo que Servy andaba como un... buscando sus cuernos.

     -Lo que puede ser gracioso en boca de la señora de Gers, puede ser molesto en la tuya.

     -No. Sucede otra cosa: que te parece muy natural que Servy sea... eso, y no te resignas a serlo tú. Cambia todo, según el punto de vista. La palabra importa poco; yo quería saber si estabas ya bien preparado...

     -¿Para qué?

     -Para... eso. El hombre que se molesta se disgusta con esos temores, ya está cerca... Dentro de tres meses, reirás cuando yo hable de un... predestinado.

     -Esa noche te complaces en resultar provocativa y desatenta. No me gusta verte así.

     -¡Vaya! Si he perdido con el cambio, tuya es la culpa.

     -Bien. Hablemos formalmente. Yo te ruego, te suplico, por lo que más quieras, que no autorices los asedios imprudentes del señor de Burel.

     -Estás celoso. ¡Bien decía yo!

     -No lo creas. Pero, lamentaría que hiciésemos un papel ridículo. Y si otra vez te habla ese caballero como esta noche, rozando casi tus mejillas con su boca...

     -Lo decía tan quedo...

     -¡Le daré un tirón de orejas!

     -Tendría gracia que ahora... ¡estuvieras enamorado tú... de mí!

     -No es ningún absurdo.

     -Pero sería una lástima; porque no te quiero ya.

     El conde se puso de pie, y acercándose a su esposa, le dio, sorprendiéndola, un beso en la nuca. Ella se levantó de un salto, y encarándose con él, dijo:

     -Esas cosas acabaron entre nosotros; no estoy para juegos. Vivimos completamente distanciados; todo acabó.

     -No te disgustes. Hace algún tiempo que me pareces encantadora.

     -Eso indica... eso quiere decir que va llegando el momento...

     -Eso quiere decir que me fascinas, que me atraen tus encantos... Tienes unos brazos, un cutis, un escote...

     -¿Ves? de todo eso me hablaba el señor de Burel, muy quedo...

     -Eres terrible. Pero... No conozco mujer tan seductora como tú.

     -¿Estarás en ayunas?

     -¿Qué?

     -Hombre, cuando no se ha comido, se tiene hambre, y el hambriento apechuga con todo. Hasta lo que se desprecia cuando se vive ahíto, se devora cuando el hambre apura. Hoy... me hincarías el diente.

     -¡Oh! ¡Margarita! ¿Quién te ha enseñado a expresarte así?

     -Tú. Vamos a cuentas. Desde que acabaste con la señora de Servy, tuviste, que yo sepa, cuatro queridas, mujeres galantes o de teatro. ¿A qué, sino a un ayuno prolongado podré atribuir tus devaneos de ahora?

     -Voy a serte franco; voy a confesarme brutalmente, sin ambages. Te deseo como nunca; en mi renace todo el amor que agonizaba...

     -¡Oh! ¿Y quieres que volvamos a empezar?

     -Sí; para que no acabe.

     -¡Bah! Esta noche... ¿Ha de ser esta noche?

     -Margarita, perdóname.

     -Aguarda: entendámonos. Vivimos en la mayor indiferencia, completamente separados. Tú eres libre, yo también, y cuando me decido a usar de mis derechos, me pides la preferencia. No tengo inconveniente: voy a concederte lo que deseas, al mismo precio.

     -Explícate más.

     -¿No comprendes? ¿Te parezco tan bien como esas damas galantes que son tus queridas?

     -¡Mil veces mejor!

     -¿No me adulas?

     -Te lo juro.

     -¿Y cuánto dinero te costó la más cara en un trimestre?

     -No lo sé.

     -Calcula: metálico, alhajas, cenas, teatro, etc. ¿Cuánto en total?

     -No puedo calcularlo.

     -Aproximadamente: cinco mil francos al mes. ¿Algo más?

     -Casi, casi.

     -Pues bien, dame quince mil francos y seré tuya durante un trimestre.

     -¡Margarita! ¿Estás loca?

     -Ya lo sabes; no puede ser de otro modo. Buenas noches.

     La condesa recogió su abrigo retirándose; un suave perfume impregnaba el ambiente de su alcoba. El conde la siguió:

     -Huele muy bien tu cuarto.

     -Pues uso la misma esencia de siempre.

     -¿La misma? Cuando tú lo dices; pero me parece más agradable ahora.

     -Es posible. Vete, que me quiero acostar.

     -¡Margarita!

     -Vete; no seas pesado.

     El conde se había sentado en un sillón. Ella, exclamó:

     -¿No te vas? Peor para ti.

     Lentamente, se desnudaba; en corsé, levantó los brazos para soltarse el pelo frente al espejo. El conde se acercó resueltamente a ella, que le dijo con sequedad:

     -¿Quieres enfadarme?

     La cogió, la oprimió, y, sujetándola, se propuso darle un beso en la boca. Ella, echándose atrás, cogiendo una copa llena de agua, la vació sobre la cabeza de su marido, que murmuró rabioso:

     -Haces una estupidez... resistiéndote así.

     -No lo niego; pero ya sabes las condiciones: adelante quince mil francos.

     -No; sería más necio aún.

     -¿Por qué razón?

     -¿Te parece decente que un marido le pague a su mujer los...

     -¡Cómo discurres!

     -Eres mi esposa; lo que te pido es justo. -Si es justo que me lo pidas, ¿por qué lo compraste a esas mujeres?

     -No hagamos extravagancias.

     La condesa no cedía. Sentada en un diván, comenzó a quitarse las medias, apareció su pantorrilla sonrosada, y su diminuto pie se apoyó en la caliente alfombra.

     El conde, acercándose a ella de nuevo, dijo con ternura:

     -¿Qué ocurrencia tuviste?

     -¿Cuál?

     -Exigirme a quince mil francos.

     -Nada más justo. Somos libres los dos. Tú me deseas. No podemos casarnos, porque ya soy tu esposa. No queda más que un recurso: págame, como pagas a otra; y seguramente, otras, valiendo menos, te costarían más. Reflexiona. Ese dinero, en vez de ir a manos de una perdida, quedará en tu casa. Puesto que sólo te gustan los amores que te cuestan caros, hago valer el mío. Paga. Nuestro amor legítimo tiene su tasa como los amores viciosos; tal vez así lo despreciarás menos.

     Levantándose casi desnuda la condesa, se dirigió al tocador.

     -Vete si no te parece aceptable mi proposición; vete, o llamo a la doncella.

     El conde, indeciso, humillado, la miró, y, bruscamente, arrojándole todo el dinero que llevaba en la cartera y en los bolsillos, grito con rabia:

     -Toma veinte mil. Ahí los tienes; cuéntalos bien, ¡arrastrada!

     La condesa recogió los billetes y el oro tranquilamente, murmurando:

     -¿Lo ves, hombre?

     -Sí, lo veo; pero no te acostumbres.

     Ella, riendo, muy satisfecha, se acercó a su marido:

     -Te sobran cinco mil francos para otro mes. Cuando haya pasado ese tiempo, si no me pagas, tendrás que volver a tus mujeres galantes. Y te advierto que te pediré más dinero cuanto más apasionado te vea. A medida que aumente para ti la satisfacción, aumentaré el precio.

  

BURLA

 

 ¿Las mujeres? ¡Bah!

-¿Qué tiene usted que decir de las mujeres?

-Tengo que decir que no hay prestidigitadores más sutiles que ellas para jugar con nosotros a cada paso, con o sin razón, a veces por el solo placer de jugar. Y lo hacen con una sencillez invisible, con una audacia sorprendente, con una invencible finura. Lo hacen desde por la mañana hasta por la noche, y todas, las más honradas, las más sensatas, las más rectas.

"Añádase que en ocasiones se ven obligadas a hacerlo. Constantemente, el hombre tiene testarudeces de imbécil y deseos de tirano. Un marido, en su hogar, impone a cada momento ridículas voluntades. Está lleno de manías; su mujer le halaga engañándole. Le hace creer que una cosa vale tanto, porque chillaría si aquélla costase más. Y sale diestramente de apuros por medios tan fáciles y malignos, que nos dejan, estupefactos cuando por casualidad los llegamos a descubrir. Y nos decimos, llenos de sorpresa: ¿Pero cómo no nos habremos percatado antes?"

El que así hablaba era un antiguo ministro del Imperio, el conde de L..., muy taimado, según él decía, y un espíritu superior.

Lo escuchaban varios jóvenes.

Prosiguió:

-Una humilde burguesa me engañó en cierta ocasión de un modo cómico y magistral.

"Voy a referirles el suceso para que aprendan.

"Era yo entonces ministro de Negocios Extranjeros y, todas las mañanas, tenía la costumbre de dar un largo paseo a pie por los Campos Elíseos. Corría el mes de Mayo; yo caminaba respirando el agradable aroma de las hojas primeras.

Muy pronto me di cuenta de que todas las mañanas encontraba a una adorable mujercita, una de esas sorprendentes y graciosas criaturas que llevan encima el sello de París. ¿Linda? Sí y no. ¿Bien formada? No; mejor aún. El talle era en extremo delgado, los hombros demasiado angostos, el pecho en extremo abultado; pero prefiero esas exquisitas muñecas de redonda carne a la enorme armazón de la Venus de Milo.

"Por otra parte, andan de un modo incomparabilísimo, y el solo temblor de su cuerpo hace correr el estremecimiento del deseo por nuestras medulas. Parecía mirarme al pasar. Pero estas mujeres todo lo aparentan, y nunca se sabe...

"Una mañana me la encontré sentada en un banco y con un libro abierto en la mano. Me apresuré a sentarme junta a ella. Cinco minutos después éramos amigos. Entonces, todos los días, después del saludo sonriente: "Buenos días, señora", "Felices, caballero" se conversó. Ella me hizo saber que estaba casada con un empleado, que la vida era triste, que los placeres eran raros y las preocupaciones frecuentes, y otras mil cosas.

"Yo le dije quién era, por casualidad y por vanidad tal vez; ella fingió bien la sorpresa.

"Al siguiente día fue a verme al Ministerio; y tan a menudo me visitó en él desde entonces, que los ugieres, conociéndola ya, se decían en voz baja unos a otros, cuando la veían acercarse, el apodo conque la habían bautizado: "la señora León." Este es mi nombre de pila.

"Durante tres meses la vi todas las mañanas sin cansarme de ella un segundo; de tal modo sabía variar y aderezar su ternura. Pero un día observé que tenía los ojos irritados y brillantes por un llanto contenido, que, perdida en secretas preocupaciones, le costaba trabajo hablar.

"La rogué, la supliqué me pusiese al corriente de la inquietud de su corazón; y acabó por murmurar estremeciéndose:

"-Estoy... estoy encinta.

"Y se puso a sollozar.

"¡Oh! hice un horrible gesto, y debí palidecer, como acontece al oír noticias semejantes. No podrían ustedes imaginarse lo desagradable que es el golpe que se recibe cuando se escucha el anuncio de estas paternidades inesperadas. Pero ya lo sabrán pronto o tarde. A mi vez tartajeé:

"-Pero... pero... tú estás casada; ¿no es verdad?

"Ella respondió:

"-Sí; mas mi marido se encuentra en Italia desde hace dos meses y no regresará en mucho tiempo.

"Yo quería, costara lo que costase, eludir mi responsabilidad. Dije:

"-Es necesario ir a reunirse a él inmediatamente.

"Ella se ruborizó hasta las orejas, y bajando la vista,

"-Sí... replicó-; pero...

"No se atrevió o no quiso acabar.

"Yo había comprendido y le entregué discretamente lo necesario para el viaje.

"Ocho días después me dirigía una carta desde Génova. Y de Florencia recibí otra a la semana siguiente. Luego tuve otra de Liborna, de Roma, de Nápoles. Me decía:

"Marcha la cosa, querido amor mío, pero estoy horrible. No quiero que me vuelvas a ver hasta que todo haya terminado; no me amarías ya si hoy me mirases. Mi marido no ha sospechado nada. Como su misión le retendrá todavía mucho tiempo en este país, no regresaré a Francia sino después de mi libramiento."

"Y, al cabo de ocho meses aproximadamente, recibí de Venecia estas solas palabras:

"Es un niño."

"Poco tiempo después ella entró bruscamente una mañana en mi despacho, más fresca y más linda que nunca, y se dejó caer sobre mi pecho.

"Y nuestra antigua ternura recomenzó.

"Deje el Ministerio; ge a mi hotel de la calle de Grenelle. Con frecuencia me hablaba del niño, mas yo no la escuchaba; aquello me tenía sin cuidado. De cuando en cuando le daba una suma regular, diciéndola sencillamente:

"-Coloca eso a su nombre.

"Transcurrieron dos años más; ella insistía en darme noticias del pequeñuelo, "de León". A veces lloraba.

"-No le quieres -decía-. Ni aun deseas verle. ¡Si supieras lo que me haces sufrir...!


"Un día me mareó tanto, que le prometí ir al siguiente a los Campos Elíseos a la hora en que le sacaban de paseo.

"Mas, en el momento de salir, cierto temor me detuvo. El hombre es débil y bestia; ¿quién sabía lo que iba a ocurrir en mi corazón? ¿Y si empezaba a cobrar amor a aquel pequeño ser, nacido gracias a mí, a mi hijo?

"Tenía el sombrero puesto y los guantes en la mano. Tiré los guantes encima de mi mesa, y dejé el sombrero sobre una silla, diciéndome:

"-No; decididamente, no voy; la prudencia ante todo.

"Se abrió la puerta de mi despacho. Mi hermano apareció. Me tendió una misiva anónima, recibida aquella mañana y que decía lo siguiente:

"Advierta usted al conde de L..., su hermano, que la mujercita de la calle de Cassete se burla desvergonzadamente de él. Que tome informes acerca de ella."

"Nunca había contado nada a nadie respecto a aquella vieja intriga. Quedé estepefacto y referí a mi hermano la historia desde el principio al fin, agregando después:

"Por lo que a mí hace, no me quiero ocupar de nada; pero tú tendrás la amabilidad de informarte en nombre mío.

"Mi hermano se marchó, y yo quedé allí, diciéndome:

"-¿En qué me puede engañar? ¿Tienes otros amantes? Y ¡qué me importa! Es joven, franca y linda; no le pido más. Parece amarme y, en resumidas cuentas, me cuestas poco cara. Francamente, no me explico la cosa.

"Mi hermano volvió en seguida. En la Prefectura de policía le habían dado informes terminantes acerca del marido. "Empleado en el Ministerio del Interior, correcto, ordenado, sesudo, pero casado con una mujer cuyos gastos parecían algo eagerados, dada su modesta posición." Y nada más.

"Por otra parte, habiendo mi hermano buscado su domicilio, al enterarse en él de que había salido la inquilina, había hecho charlar, pagándole bien, a la portera.

"-La señora D... -le dijo ésta- es una buena mujer, y su esposo un hombre ecelente; nada presumidos, no ricos, pero generosos.

"Mi hermano preguntó, por decir algo:

"-¿Qué edad cuenta ahora su hijo?

"-¡Si no tiene ninguno, caballero!

"-¡Cómo! ¿Y el pequeño León?

"-Señor mío, usted se confunde.

"-Pero ¿y el que tuvo durante su viaje a Italia, un viaje que hizo dos años atrás?

"-La señora no ha estado nunca en Italia, caballero; en los cinco años que llevan en esta casa nunca salió de París.

"Mi hermano, sorprendido, había nuevamente interrogado, ahondado, profundizado en sus investigaciones. No había niño ni había habido viaje.

"Yo quedé prodigiosamente admirado, pero sin comprender el sentido final de aquella comedia.

"-Quiero -dije- saber a qué atenerme. La voy a rogar que venga mañana aquí. Tú la recibirás en mi lugar; si se ha bufado de mí, le entregarás de mi parte estos diez mil francos y no volveré a verla. Si he de ser franco, principiaba ya a cansarme.

 

"¿Lo creerían ustedes' El día antes me desolaba tener un hijo de aquella mujer, y estaba ahora irritado, avergonzado y distinguido no teniéndolo ya. Me encontraba libre, eento de toda obligación, de toda inquietud, y sentíame furioso.

"Al siguiente día mi hermano la esperó en mi gabinete. Entró en él vivamente, como de costumbre, corriendo a él, con los brazos abiertos, y se detuvo de pronto al verle.

"Saludó, se ecusó.

"-Dispense usted, señora, que ocupe aquí el lugar de mi hermano; mas tengo encargo suyo de recabar de usted algunas eplicaciones, que a él le hubiera sido penoso obtener por sí mismo.

"Y en seguida, mirándola fijamente, agregó:

"-Sabemos que no tiene usted ningún hijo de él.

"Pasado el primer momento de estupor, ella había ido recobrando su sangre fría, se había sentado y miraba sonriendo a aquel juez. Respondió sencillamente:

"-No; no tengo ningún hijo.

"-Sabemos también que no ha estado usted en Italia.

"Al oír esto no pudo contenerse y se echó a reir.

"-No; no he estado en Italia.

"Estupefacto, mi hermano añadio:

"-El conde me ha dado encargo de entregar a usted este dinero y decirle que todo ha terminado.

"Ella se puso sería otra vez, guardóse tranquilamente el dinero en el bolsillo y preguntó con naturalidad:

"-Según eso..., ¿no volveré a ver al conde?

"-No, señora.

"Pareció contrariada, y añadió en tono tranquilo:

"-Mucho lo siento; le amaba.

"Viendo que tan resueltamente había tomado su partido, mi hermano, sonriendo a su vez, la preguntó:

"-A ver, dígame usted ahora por qué inventó esa larga y complicada comedia del viaje y el niño.

"Ella miró a mi hermano atontada, cual si le hubiese dirigido una pregunta estúpida y respondió:

"-¡Vaya una malicia! ¿Cree usted que una pobre burguesilla insignificante como yo iba a haber tenido relaciones durante tres años con el conde de L..., un ministro, un gran señor, un hombre a la moda, rico y seductor, si él no le hubiese dado algo que guardar? Ahora, todo ha concluído. Lo siento. La cosa no podía ser eterna. No por eso hice poco en tres años. Deje usted muchos recuerdos de mi parte.

"Se levantó. Mi hermano le dijo aún:

"-Pero... ¿y el niño? ¿Tenía usted uno para enseñarle?

"-Ciertamente, el hijo de mi hermana. Me lo hubiera prestado. Y apostaría a que ella es la que les ha avisado a ustedes.

"-Bueno. ¿Y todas las cartas de Italia?

"Ella volvió a sentarse para reir más cómodamente.

"-¡Oh" ¡Las cartas! ¡Eso es todo un poema! En fin, no en balde el señor conde era ministro de Negocios Etranjeros.

"-¡Cómo! ¡Aún hay más!

"-Lo que haya o deje de haber, me lo reservo. No me gusta comprometer a nadie.

Y saludando con una sonrisa burlona, salió sin más emoción, como actriz cuyo papel ha concluído."

Y el conde de L..., añadió a guisa de moraleja:

-¡Fíense ustedes ahora de esa casta de pájaros!

 

 

LA PUERTA

 

–¡Oh! –exclamó Carlos Massouligny–, verdaderamente resulta complicado el asunto de los maridos complacientes. Yo los he conocido de todas clases; y, sin embargo, no podría formar juicio de ninguno. Mu­chas veces he intentado saber si son ciegos, débiles o perspicaces; y creo que los hay de las tres maneras.

Pasemos por alto a los ciegos; éstos, en rigor, no son complacientes, puesto que lo ignoran; son, a lo sumo, unos pobres borregos, que no ven más allá de sus narices.

Resulta muy curiosa y digna de notarse la facilidad con que los hombres, y también las mujeres, se dejan engañar. Caemos en todos los lazos que nos ponen cuantos nos rodean: nuestros hijos, nuestros ami­gos, nuestra servidumbre. La Humanidad es crédula; no nos preocupamos gran cosa de recelar, adivinar y descubrir los pensamientos de los demás, la solapada intención de las delicadezas que nosotros mismos empleamos cuando queremos engañar a otro.

Los maridos perspicaces pueden subdividirse a su vez en tres categorías: Los interesados –por satisfacciones de dinero, de ambición o de cualquier otra clase –en que su mujer tenga uno o varios amantes. Estos procuran sólo cubrir las apariencias y viven contentos.

Los que rabian. Podría escribirse acerca de los tales una interesantísima novela.

Y, por último, los débiles, temerosos de un escándalo, de ir en lenguas.

Los hay también impotentes o, mejor dicho, fatigados, que huyen de los goces conyugales por medio a la ataxia o a la apoplejía; y se resignan a ver cómo un amigo arrostra semejantes riesgos.

Yo conocí a un marido –ejemplar bastante raro –que se libraba del accidente común de una manera delicada y original.

Vivía en París un matrimonio elegante, distinguido y muy bien rela­cionado. La mujer, frívola, esbelta, delgada, pero de buenas formas, te­nía fama de haber corrido algunas aventuras. Me agradó por su gracia y su agudeza; y creí que yo no le disgustaba. La distinguí mucho, con galanterías de buen género, que pagó ella con evidentes provocaciones. Pronto llegamos a las miradas ardientes, a los apretones de manos, a todas las complacencias que preceden al ataque decisivo.

Yo, sin embargo, dudaba. Opino que la mayoría de las aventuras amorosas no merecen las zozobras que nos cuestan y los compromisos que pueden acarrearnos. Comparaba yo, mentalmente, los gustos y los disgustos que podía esperar o temer, cuando advertí los recelos de su marido.

Una noche de baile, mientras me divertía requebrando a la señora, en un saloncito próximo a los salones donde bailaban, vi de pronto, refle­jado en un espejo, un rostro que nos observaba. Era él. Nuestras miradas se cruzaron. Lo vi luego, en la imagen también, que volvía la cabeza para irse.

Y dije a la señora:

–Su esposo nos acecha.

Pareció asombrarse:

–¿Mi esposo?

–Nos mira sin cesar, con disimulo.

–Se lo ha parecido a usted.

–No; es de veras

–Lo extraño, porque suele mostrarse muy afectuoso con mis amigos.

–Tal vez adivina que la quiero a usted.

–Aunque lo adivine. Otros me galantean, y él no hace caso. Todas las mujeres que frecuentan la sociedad tienen un ejército de admiradores.

–Pero no las quieren como yo la quiero a usted, apasionadamente.

–Aunque así sea, ¿usted supone que un marido adivina jamás?

–¿De manera que no es celoso?

–No..., no.

Y después de meditar unos instantes añadió:

–Nunca he notado que fuese celoso.

–¿No desconfía de usted nunca..., nunca?

–No... Ya le dije que se muestra muy afectuoso con amigos.

 

Desde aquel día, la prendí, asediándola constantemente; no porque la mujer me agradase más. Lo que me decidía era la sospecha del marido, sus celos.

En cuanto a ella, la juzgaba fríamente y sin pasión. Tenía cierto encanto mundano; alegre, amable, animada, pero sin ninguna seducción real y profunda. Como he dicho antes, era frívola, completamente super­ficial, con una elegancia tumultuosa. No sé como decirlo: era... un decorado, no un hogar.

Un día que comí en su casa, me dijo el esposo al despedirme:

–Amigo (ya me daba ese nombre de tiempo atrás): pronto nos iremos al campo, donde nos agrada recibir a las personas que distinguimos. ¿Quiere usted honrarnos siendo nuestro huésped una temporada? Se lo agradeceremos infinito.

Asombróme su proposición; pero acepté.

A los pocos días, reuníme con ellos en sus posesiones de Vertcresson, en Turena.

Salieron a recibir a la estación, que dista seis kilómetros de la finca. Eran tres: ella, el marido y otro caballero, el conde Morterade, a quien me presentaron, y que pareció muy satisfecho de conocerme. Las ideas más extrañas cruzaron mi cerebro, mientras avanzaba el coche al trote largo de los caballos, por un precioso camino entre dos márgenes de verdura. Yo iba diciéndome: “¿Qué significará esto? Hay aquí un marido que indudablemente conoce mis amoríos con su mujer, y me invita, me recibe, me agasaja, y parece decir: “Vamos, compañero, ¡adelante!” Luego me presentan un caballero, todo un caballero, buen mozo, a fe mía, instalado ya en la casa y... que busca tal vez un pretexto para lar­garse, por lo cual festeja mucho mi llegada. ¿Es acaso un antecesor que desea el retiro? Puede muy bien suponerse; pero... ¿estarán de acuerdo, tácitamente, los dos hombres, por uno de los ignominiosos pactos de conveniencia mutua, tan corrientes en sociedad? Y procuran, sin adver­tírmelo, soltar sobre mis hombros la carga, cederme sus oficios. Me tienden las manos, me tienden los brazos, me abren todas las puertas y todos los corazones. ¿Ella? Un enigma; no debe, no puede ignorar nada. Sin embargo... Sin embargo... En fin, ¡que no lo comprendo!”

La comida fue muy alegre y cordial. Después, el marido y el otro quedáronse jugando a los naipes, mientras yo salí a contemplar la luna desde la escalinata, con la señora, la cual parecía emocionada por la Naturaleza; y juzgué próximo el momento de mi felicidad. Aquella noche, verdaderamente, mi amiga estaba encantadora. En el campo me pareció más dulce, o acaso más lánguida; su esbeltez lucía sobre la esca­linata de mármol, junto a un jarrón monumental, en el que tendía su ramaje un arbusto. Y sentí deseos de conducirla bajo los árboles y arro­jarme a sus pies murmurando palabras amorosas.

Oyóse la voz de su marido, que llamaba:

–¡Luisa!

–¿Que quieres?

–No te olvides del té.

–Voy en seguida.

Entramos, y Luisa nos sirvió el té.

Los dos hombres, acabando su partida, no acertaban a disimular el sueño; fue preciso retirarse a los dormitorios. Yo tarde mucho en dormirme y dormí mal.

Al día siguiente proyectamos una excursión para después de almorzar; y salimos en coche descubierto, con el fin de ver unas ruinas.

Ella y yo íbamos en el testero, y frente por frente, iban sentados el marido y el otro.

Hablábamos con vivacidad, con simpatía y confianza. No tengo padre ni hermanos, y me pareció que había encontrado a mi verdadera familia.

De pronto, habiendo avanzado ella el pie entre las piernas de su ma­rido, éste le dijo en son de reproche:

–Luisa, te ruego que no vuelvas a ponerte unos zapatos como ésos. Debes presentarte con la misma pulcritud y no establecer tales diferencias entre París y el campo.

Bajé los ojos. Llevaba, efectivamente, unos zapatos viejos y de tacones torcidos; vi, además, sus medias algo arrugadas.

Ella se ruborizó, escondiendo el pie bajo la falda. El amigo contem­plaba el paisaje lejano, indiferente a todo.

El marido me ofreció un cigarrillo, y lo acepté.

Durante muchos días me fue imposible estar ni dos minutos a solas con ella, pues él nos acompañaba constantemente a todas partes, mos­trándose muy afectuoso conmigo.

Una mañana que subió a mi cuarto para invitarme a dar un paseo, antes de almorzar, hablamos de matrimonio. Yo hice algunas frases acerca de la soledad, y otras acerca de la existencia compartida, endul­zada por la ternura de una mujer.

El me interrumpió bruscamente para decirme:

–Amigo mío, no hable usted de lo que desconoce. Una mujer que no está interesada en agradarle, no le agradará mucho tiempo. Todas las artes de seducción a que recurren mientras nos conquistan, se desvanece por completo en cuanto ellas logran lo que se proponen. Además, las mujeres honradas..., las mujeres propias..., nuestras mujeres...., no son...; es decir, son...; les falta... En fin, desconocen los recursos de su oficio amoroso.... Eso es... Yo me entiendo.

No dijo más, y no pude comprender claramente su idea.

Dos días después de aquella entrevista, me hizo ir a su gabinete, por la mañana, para enseñarme una colección de grabados.

Sentado en una butaca, frente a la puerta que separaba sus habitaciones de las de su mujer, percibía yo rumores de faldas, pasos, movimiento y, sin preocuparme de los grabados, murmuraba;

–¡Precioso, sí..., magnífico! ¡Magnífico!

De pronto, él exclamó:

–¡Ah! Tengo una verdadera maravilla. Voy a buscarla.

Y precipitándose hacia la puerta, empujó, abriendo las dos hojas de par en par, como si buscara un efecto escénico.

En su habitación, desordenada, entre vestidos, blusas y peinadores tirados por el suelo, enjuta, despeinada, en corsé, con una rota y descolo­rida enagua de seda pendiente de su talle desmedrado, la vi frente a une espejo, cepillando su cabello rubio, pobre y lacio.

Sus brazos formaban dos ángulos agudos, y como se volvió hacia la puerta, sorprendida y asustada, pude contar, a través de la camisa ordina­ria, los huesos de un armazón que cubría de algodones para fingir las formas en público.

El marido retrocedió al punto, cerrando la puerta de prisa y diciendo, con el semblante afligido:

–¡Qué torpe soy! ¡Qué imbécil! Nunca me perdonará mi mujer este descuido imprudente.

Yo estuve a punto de manifestarle mi agradecimiento.

A los tres días me fui, dando un fuerte apretón a los dos hombres y besando la mano a la señora, que me despidió con frialdad.

Carlos Massouligny había concluido; pero alguien hubo de preguntarle:

–Y el caballero acompañante, ¿qué representaba?

–Lo ignoro... Sin embargo..., sin embargo, me pareció que le desolaba mi huída...

 

 

LA MODELO

 

Encorvado como una media luna, el pueblo de Etretat, con sus arenas blancas, sus blancas rocas y su mar azul, reposaba tranquilamente bajo el sol de un hermoso día de julio. A uno y otro extremo de la media luna, los dos muelles, el menor a la derecha y el mayor a la izquierda, cortaban el agua tranquila; el primero, como un pequeño pie, y el se­gundo, como una pierna colosal.

En la playa, sobre la línea donde mueren las olas, una muchedumbre, sentada, se divertía contemplando a los bañistas, mientras en la terraza del Casino, formando grupo y en constante agitación, otra muchedumbre lucia sus galas, presentando al sol, como un jardín espléndido, las bor­dadas flores de las sombrillas rojas y azules.

En el paseo, al extremo de la terraza, otros veraneantes, los más reposados, los más tranquilos, iban y venían lentamente a distancia de los grupos elegantes.

Un joven pintor, conocido, famoso, Juan Summer, avanzaba tristemente junto a un cochecillo de paralítico, donde iba una mujer, la suya. Un criado empujaba suavemente aquella especie de sillón con rue­das, y la señora impedida contemplaba con ojos lánguidos los esplendores del cielo, la orgía de luz y la satisfacción de todos.

Iban en silencio. NI siquiera se miraban.

–Detengámonos un poco –dijo la señora.

Se detuvieron, y el artista sentóse en una silla de tijera que le presentó el criado.

Los que pasaban junto a la pareja, inmóvil y silenciosa, los miraban con simpatía, interesados por una conmovedora leyenda, según la cual se había casado el pintor con la impedida, comparecido ante su desgracia y su ternura.

No lejos de allí, dos jóvenes hablaban, sentados en un cabestante, con la mirada fija en el horizonte lejano.

–Lo que dicen del matrimonio es mentira. Conozco mucho a Juan Summer.

–¿Cómo se explica, pues, que se casara con una impedida?

–Se casó con una impedida... como se casan otros con mujeres demasiado... ágiles. Por estupidez.

–No me convences.

–No te convenzo... Deberías haberte convencido ya de que sólo por estupidez se casan los hombres. Y tampoco ignoras que los pintores tienen la especialidad, el privilegio de hacer matrimonios ridículos, ca­sándose la mayoría con sus modelos, con sus queridas, con mujeres descalificadas en todos conceptos. ¿Por qué? No se concibe. Lo sensato fuera que tratando, como tratan, constantemente a esa caterva de bribo­nas que se llaman las modelos, y conociéndolas como las conocen, sintiesen repugnancia por ellas. Pero sucede lo contrario. Después de copiarlas en todas las posturas imaginables y de divertirse a su placer, se casan con ellas. Daudet nos lo dice, cruel, hermosa y sinceramente en su precioso libro Mujeres de artistas.

La pareja que tenemos delante unióse por un accidente singular y terrible. No es un caso común: la mujercita representó una comedia muy a lo vivo, jugándose de una vez el todo por el todo; un final dramático. ¿Fue sincera? ¿Estaba realmente apasionada? ¿Cómo saberlo nunca? ¿Quién podría separar lo verdadero de lo engañoso en los actos de las mujeres? Fingen con sinceridad, haciendo su papel convencidas, emo­cionadas. Su voluble sentimentalismo las hace de pronto ardientes, agradecidas, criminales, encantadoras o innobles. Mienten sin cesar y sin querer, sin comprenderlo y sin sospecharlo; y a pesar de sus constantes mentiras, en sus actos domina la sinceridad, que se vela en sus resolu­ciones inesperadas, incomprensibles, irreflexivas, inverosímiles a veces, que de pronto contradicen los razonamientos lógicos, nuestra costumbre razonadora y todos los cálculos de nuestro egoísmo. La brusquedad y la sorpresa de sus resoluciones las hacen aparecer a nuestro juicio como indescifrables enigmas. Y nos preguntamos a cada instante: ¿Son falsas o sinceras?

Amigo mío: sinceras y falsas a la vez, porque su naturaleza les exige que oscilen sin cesar entre dos opuestos caminos y no se decidan por éste ni por aquél. Son ambas cosas y ninguna.

Reflexiona los recursos que las más prudentes emplean para conse­guir de nosotros lo que se proponen. Recursos tan complicados... como inocentes. Lo bastante complicados para que nunca los adivinemos, y tan inocentes, que, al sentirnos víctimas, no podemos contener nuestra sor­presa, pensando: “¿Es posible que me haya dejado engañar así?”

Consiguen todo lo que se proponen. Sobre todo, cuando se proponen casarse.

Pero limitémonos a la historia de Juan Summer.

La que hoy lleva su nombre fue una modelo, naturalmente; su modelo. Era hermosa; sobre todo, elegante, y tenía una cintura divina. Enamoróse Juan, como nos enamoramos de cualquier mujer agradable a la que vemos con frecuencia, y supuso que la quería con toda su alma. Es una singular aberración. En cuanto nos gusta una mujer y la deseamos, ya suponemos que no es imposible vivir sin ella. El más desmemoriado recuerda que le ocurrió lo mismo varias veces y que a la satisfacción de un deseo ha seguido el desencanto en todas las ocasiones; que para unir dos existencias no es bastante complacer al brutal apetito de la carne, pronto saciado, sino que precisa un acuerdo absoluto de las almas, del temperamento, del humor.

Es necesario saber distinguir si el apasionamiento que sentimos lo inspiran los atractivos corporales, un deseo voluptuoso que nos embriaga, o el encanto profundo y suave del espíritu.

Lo cierto es que Juan Summer imaginó que la quería con toda su alma, haciéndole mil juramentos de fidelidad, y vivió completamente consagrado a ella.

Era una mujer fascinadora, con el desparpajo elegante que tan fácil­mente muestran las criaturas de París. Bromeaba, charlaba, canturriaba, diciendo tonterías brillantes como rasgos de ingenio por la gracia que las envuelve al ser lanzadas. Tenía siempre actitudes y gestos oportunos para seducir al artista. Levantando los brazos, inclinándose, tendiendo la mano, subiendo al coche, se movía con desenvoltura y garbo.

Durante un trimestre, Juan Summer no reparó en que su adorable modelo era... como todas las modelos.

Para veranear tomaron una casita en Andressy. Yo estaba allí cuando, cierta noche sobresaltaron el espíritu del pintor las primeras inquietudes.

Hacía un tiempo delicioso, una luna espléndida, y decidimos dar un paseo por la orilla del río. La bóveda celeste reflejaba su esplendor en el agua temblorosa, quebrando sus reflejos amarillos en los remansos quietos, en el cauce rumoroso, en toda la extensión líquida que se deslizaba lentamente.

Avanzábamos, poseídos por la vaga exaltación que nos producen esas noches fascinadoras. Hubiéramos querido realizar sobrehumanas empresas, descubrir amores de seres desconocidos y extraordinariamente poéticos. Sintiendo amargos de aspiraciones, ansias y éxtasis incom­prensibles, callábamos, envueltos por la serena y penetrante frescura de la noche ideal, por la placidez luminosa de la luna, que parece atravesar el cuerpo, penetrarlo y bañar el espíritu, perfumándolo y sumergiéndolo en un goce infinito.

De pronto, Josefina (se llama Josefina) prorrumpió bulliciosamente:

–¡Ah! ¡Mira un pez que salta! ¿Lo has visto?

Juan respondió sin mirar hacia donde la mujer señalaba.

–Sí, nena mía.

Ella se disgustó, increpándole:

–No mientas; no lo has visto; mirabas a otro lado y no volviste siquiera los ojos a donde yo te indiqué.

Juan sonrió:

–Es tan delicioso este ambiente que nos rodea de una vaguedad soñadora... Ni miro nada, ni pienso nada, ni sé nada...

Josefina se contuvo; pero al poco rato, lanzada por el prurito de hablar, preguntó.

– ¿Irás a París mañana?

–No lo sé.

Josefina se puso nerviosa, exaltándose:

– ¡Qué divertido! ¡Pasear toda la noche, sin decir una palabra! ¡Como unos tontos!

Juan seguía callado, y entonces ella, con el perverso instinto de la mujer exasperada y que se ha propuesto exasperar a los otros, voceó la estúpida copla, con la cual nos había ensordecido ya durante los años, y que principio:

 

Mirando las musarañas...

Juan insistió:

–Te ruego que te calles.

Ella repuso, furiosa y descompuesta:

–¡Que me calle! ¿Por qué? ¿Hay algún moribundo?

Juan repuso:

–No turbes el goce que nos ofrece la quietud luminosa del paisaje.

Replicó la mujer, vomitando una sarta imbécil, odiosa, con salpica­duras de reproches inauditos, con recriminaciones intempestivas y lágrimas al final. De todo hubo.

Se retiraron. Juan la dejó desfogarse, sin contradecirla, sin atenderla, sumergido en la contemplación de la Naturaleza.

Y a los tres meses luchaba por sacudir aquellas ligaduras invencibles e invisibles. Ella le retenía, le oprimía, le martirizaba. Hubo altercados violentos, injurias recíprocas y hasta golpes brutales.

Al cabo, él se propuso terminar aquello, separarse a toda casta, romper las cadenas. Vendiendo todas las obras que pudo terminar –no era muy famoso aún –y en trampándose con los amigos, reunió veinte mil francos; los puso una mañana sobe la chimenea con una carta, despi­diéndose, y se fue a refugiarse en mi casa.

Por la tarde llamaron a la puerta. Yo mismo abrí. Una mujer, empujándome, arañándome, atropellándome, se precipitó en mi estudio. Era Josefina.

Juan al verla, se levantó.

Arrojando a los pies de su amante los veinte mil francos, le dijo con acento grave y en actitud gallarda:

–Toma tu dinero. No lo necesito.

La vi pálida, temblorosa, resuelta seguramente a cualquier locura. El palideció también, exasperado y colérico, decido acaso a todas las violencias, interrogándola:

–¿Qué pretendes?

Ella respondió:

–Pretendo que no me trates como a una mujerzuela. Me suplicaste. Cedí a tus promesas. Soy tuya, sólo tuya. No te he pedido nada. ¿Por qué me abandonas?

Juan dio una patada furiosa en el suelo, irguiéndose:

–Abusas de mi prudencia, y si te propones...

Le contuve, diciéndole:

–Calla, y déjame resolver la situación.-

Me acerqué a Josefina lentamente, con suavidad; hice todas las reflexiones oportunas. Me oyó inmóvil, con los ojos fijos, indiferente y obstinada.

Por fin, agotando los razonamientos, apelé a un recurso de comedia:

–te quiere, te adora como antes, ¡criatura! Pero su familia se ha empeñado en casarle... Ya comprenderás...

–¡Comprendo! –Exclamó indignada; y acercándose a Juan, dijo:

–¡Vas a casarte?

–Sí –respondió él con soberbia.

Josefina se adelantó, provocadora y diciendo:

–si te casas... ¡me mato!... ¡Ya lo sabes!

Juan encogióse de hombros, para responder:

–Puedes hacerlo cuando gustes.

Con angustia, con espanto, ella balbució:

–¿Qué dices?... ¿Qué dices? ¡Repítelo!

–Que puedes hacerlo cuando gustes. Josefina repuso, pálida y descompuesta:

–Sí me provocas, ahora mismo, aquí, me arrojaré por la ventana.

Riendo, Juan, adelantóse, abrió la ventana, y saludó, como una persona que hace finuras para ceder el paso a otra, y diciendo:

–Adelante.

Josefina le miró un segundo con los ojos encendidos, terribles, desesperados. Luego, tomando carera, como para saltar una valla en el campo, cruzó ante mí, junto a él, y precipitándose rápidamente sobre la balaustrada, cayó...

Nunca podré olvidar el efecto que me produjo aquella ventana, cuando hubo desaparecido tras ella el cuerpo de Josefina. Me pareció verla rasgada, abrirse anchurosa como el espacio vacío. Y retrocedí, como si temiese que me tragara su boca siniestra.

Juan, horrorizado, quedóse inmóvil.

Unos hombres la subieron, con las dos piernas rotas, imposibilitada para siempre.

Su amante, acosado por el remordimiento y talvez agradecido ala terrible prueba de amor, la hizo su esposa.

Esta es la verdad.

 

Caía la tarde. Sintiendo frío, ella quiso volver a casa; el criado empujó de nuevo el cochecillo y el pintor andaba junto a su mujer, sin que hubieran cruzado ni una palabra en una hora.

 

 

MARROCA

 

Quisiste, amigo mío, que te escribiese mis impresiones, mis aventuras y, sobre todo, mis lances de amor en esta tierra africana que me atraía desde hace mucho tiempo. Hablabas de mis enamoramientos negros y te reías de antemano; me veías, de regreso ya, seguido de una mujerona del color del ébano, tocada de un pañuelo amarillo de seda, contoneándose con su chillona vestimenta.

Ya les vendrá la vez a las moras, porque he visto algunas que han despertado en mi cierta comezón de empaparme en esta clase de tinta; pero he tropezado para mi estreno con algo de mejor calida y singularmente original.

Me escribías en tu última carta: “Conque yo sepa cómo se quiere en un país, me basta para representármelo en detalle, aunque no haya puesto en él los pies”. Pues bien: quiero que sepas que aquí la gente se ama de una manera furiosa. Desde los primeros días se siente un zumbido de ardores, una conmoción interior, la brusca tensión de los deseos, que irritan hasta la exasperación nuestra potencia amorosa y nuestras facultades todas de sensación física, desde el elemento contacto de manos, hasta esa necesidad cuyo nombre propio no se puede pronun­ciar y que nos hace cometer tantas tonterías.

Pongamos las cosas en su punto. Ignoro sí, bajo este cielo, puede darse lo que usted llama amor del corazón, el amor de las almas; el idealismo sentimental; en unas palabras: el amor platónico; llego hasta ponerlo en duda. Ahora bien: el otro amor, el de los sentidos, que es una cosa buena, y hasta muy buena, en este clima es verdaderamente terrible. El calor, esa continua quemazón del aire que lo pone a un febril, esas bocanadas sofocantes del Sur, las mareas d fuego que llegan del cercano desierto, el pesado siroco, que es más agotador, que extenúa más que el fuego; este incendio constante de todo un continente abrasado hasta las piedras por un sol enorme y devorador, ponen llamas en la sangre, enloquece la carne animaliza.

Voy a entrar en mi relato. No te digo nada de mis primeros tiempos de permanencia en Argelia. Después de visitar a Bona, Constantina, Biskra y Sétif vine a Bugía, pasando por los desfiladeros del Chabet y por una ruta incomparable que atraviesa los bosques, cavilas, que se pega al mar, dominándolo desde una altura de doscientos metros, y serpientes, siguiendo las ondulaciones de la cordillera, hasta el maravi­lloso golfo de Burgía, tan bello como del de Nápoles, como el de Ajaccio, como el de Douarnenez, que son los más admirables que yo conozco. Pongo a un lado en esta comparación la inverosímil bahía de Porto, ceñida de rojo granito y poblada por los fantásticos y sangrientos gigantes de Piana, en las costas del oeste de Córcega.

Bugía se descubre desde lejos, desde muy lejos, aun antes que uno empiece a bordear la gran concha de mar en que el agua duerme pacífi­camente. Está construida en las pendientes muy pronunciadas de una alta montaña coronada de bosque. Es como una mancha blanca en la falda verde; parece la espuma de una cascada qué se vierte en el mar.

Desde que puse los pies en esta ciudad, tan pequeña y encantadora, me di cuenta de que iba a quedarme en ella mucho tiempo. La vista abarca por todos lados un verdadero círculo de cumbres corvas, dentadas, con protuberancias que parecen cuernos, de las más extrañas formas; y es tan cerrado el círculo, que apenas se distingue el mar abierto, ofreciendo el golfo aspecto de lago. El agua es azul, de un azul lechoso y de una prodigiosa transparencia; y un cielo de cobalto, tupido, como si le hubiesen dado dos manos de color, despliega en lo alto su belleza sorprendente. Se diría que se miran el uno en el otro, reflejándose mutuamente.

Bugía es una ciudad de ruinas. En el muelle, cuando se llega, se tropieza ya con unos restos magníficos, que parecen decorado de ópera. Es la Puerta Sarracena, invadida de la hiedra. En el circuito de bosques montañosos que rodean a la ciudad se encuentran por todas partes ruinas, lienzos de murallas romanas, trozos de monumentos sarracenos y vesti­gios de construcciones árabes.

Alquilé en la ciudad alta una casita de estilo moruno. Las conoces ya, porque han sido descritas muchas veces. No tienen ventanas al exte­rior, pero un patio interior les da luz desde arriba. Disponen en la planta primera de un gran salón fresco para pasar el día, y en lo alto, de una terraza para pasar la noche.

Me acomodé en seguida a las costumbres de los países cálidos; es decir, a echar la siesta después de comer. Son las horas asfixiantes del África, las horas en que no se respira, en que quedan desiertas las calles, las llanuras, las largas carreteras deslumbrantes de sol; las horas en que todos duermen o intentan al menos dormir, tan ligeros de ropa como pueden.

En mi salón, decorado con columnitas de arquitectura árabe, instalé un amplio diván muy mullido, tapizándolo con paño de Djebel-Amour. Me tumbaba en él, en un traje parecido al de Adán, pero no lograba reposar, porque me atormentaba mi continencia.

Hay, amigo mío, en este país dos suplicios que no te los deseo: la falta de agua y la falta de mujer. ¿Cuál de los dos es el más terrible? Lo ignoro. Por un vaso de agua es capaz el hombre de cometer en el desierto cualquier infamia. ¿De qué no sería uno capaz en ciertas pobla­ciones del litoral por una guapa moza, fresca y sana? No faltan en África las vendedoras de amor. Al contrario, abundan; pero siguiendo con mi comparación, son tan dañinas y corrompidas como el líquido fangoso que se encuentra en los `pozos del Sahara.

Cierto día, más excitado que de ordinario, procuraba inútilmente conciliar el sueño. Mis piernas se estremecían como si las picoteasen por dentro; me revolvía a cada instante en el diván como poseído de inquieta angustia. No pude resistir más; me levanté y salí de casa.

Era una tarde tórrida del mes de julio. Sobre el pavimento de las calles se podía cocer el pan; la camisa, impregnada en seguida de sudor, se pegaba al cuerpo; flotaba por todo el horizonte un tenue vapor blanco; el vaho ardiente del siroco, que parece calor palpable.

Bajé hasta el mar; bordeé el puerto y fui andando por la orilla de la linda bahía en que está la playa de baños. La escarpada montaña, cubierta de bosque bajo, de altas plantas aromáticas de vivos olores, se redondea formando círculo en torno de la caleta; grandes rocas parduscas se sumergen en sus aguas a lo largo de las orillas.

No había nadie al aire libre; no se movía nada: ni un chillido de animal, ni el aleteo de un pájaro, ni el ruido más pequeño, ni siquiera el palmoteo de las aguas en la orilla, porque hasta el mar parecía entumecido por el sol. Pero en el aire, que quemaba el rostro, me parecía percibir un bordoneo de fuego.

De pronto creí adivinar un ligero movimiento detrás de uno de los peñascos medio sumergidos en el agua silenciosa; me volví para ver: una mujer joven, desnuda, metida en el agua hasta los senos, se bañaba, creyéndose completamente sola en aquella hora abrasadora. Vuelta de cara al mar y sin advertir mi presencia, daba saltitos menudos.

No podía imaginarse cuadro más admirable: la hermosa mujer, en las aguas transparentes como el cristal, bajo la luz deslumbradora. Porque era maravillosamente bella, alta, con tersuras de estatua.

Se volvió, dejó escapar un grito y, medio nadando, medio andando, se escondió detrás del peñasco cercano.

“Alguna vez saldría de allí”, pensé. Me senté en la orilla y esperé. Entonces ella sacó poco a poco la cabeza, coronada de abundantes cabellos negros, sujetos de cualquier manera. Su boca era ancha, de labios gordezuelos, vueltos hacia afuera como burletes; sus ojos, grandí­simos, descarados, y sus carnes, un poco tostadas por el clima, parecían de marfil antiguo, tersas y suaves, como de una persona de pura raza blanca, sombreadas por el sol de los negros.

–Váyase de ahí –me gritó.

Su voz sonora, un poco robusta, como toda su persona, tenía un acento gutural. No me moví. Ella insistió:

–No está bien que se quede usted ahí, caballero.

Las erres tomaban en su boca rodamientos de carretón. Seguí sin moverme. La cabeza desapareció.

Transcurrieron diez minutos; los cabellos primero, luego la frente, después los ojos, reaparecieron con lentitud y sigilo, como niño que juega al escondite y quiere ver dónde está el que lo busca.

Esta vez pareció enfadada y me gritó:

–Por culpa suya voy a coger una enfermedad. No me moveré mientras este usted ahí.

Me levanté y me alejé, no sin volverme con frecuencia a mirar. Cuando le pareció que yo estaba bastante lejos, salió del agua, medio agachada, vuelta de espaldas, y desapareció en el hueco de una roca, detrás de una falda colgada a la entrada de aquél.

Volví al día siguiente. También ella estaba bañándose, pero en traje de baño. Se echó a reír, enseñándome sus dientes brillantes.

A los ocho días éramos amigos. Pasados ocho días, nuestra amistad se hizo completa.

Se llamaba Marroca, de apodo seguramente, y pronunciaba su nombre como si tuviese quince erres. Era hija de colonos españoles, y se había casado con un francés que se llamaba Pontebèze. El marido era funcionario del Estado. Nunca llegué a saber con exactitud cuáles eran sus funciones. Pude únicamente comprobar que sus ocupaciones eran muchas, y eso era todo lo que a mí me interesaba.

Cambió, de allí adelante, la hora del baño, y todos los días, después de comer, venía a mi casa a echar la siesta. ¡Y qué siesta! ¡Si a eso se le llama descansar!

Era una mujer realmente hermosa, de tipo algo animalizado, pero espléndido. Sus ojos brillaban siempre de pasión; los labios, entreabier­tos; los dientes, puntiagudos; la sonrisa misma suya tenía algo de feroz­mente sensual; sus senos, de forma extraña, alargados y tiesos, puntiagudos como peras de carne, elásticos como si tuviesen dentro resortes de acero, daban a su cuerpo una sensación de animalidad, la convertían en un ser magnífico de categoría inferior, en una criatura formada para el amor desordenado, y despertaban en mí la imagen de las impúdicas divinidades antiguas, que se entregaban a sus desenfrenadas ternuras entre la hierba y el ramaje.

Ninguna mujer ha llevado en sus entrañas anhelos más insaciables. A sus accesos de feroz deseo, a sus abrazos clamorosos, con rechinar de dientes, convulsiones y mordiscos, sucedían profundos aletargamientos, en los que parecía muerta. Pero de improviso se despertaba entre mis brazos, dispuesta a empezar de nuevo, con la garantía rebosante de besos.

Por lo demás, su alma era tan elemental como dos y dos son cuatro, ya falta de pensamiento lo suplía con una risa sonora.

Orgullosa por instinto de su belleza, detestaba todo cuanto podía velarla, aunque fuese ligeramente; iba y venía, corría, brincaba por mi casa con un impudor inconsciente y descarado. Cuando, al fin, sentíase ahíta de amor, extenuada de gritar y moverse, se dormía junto a mí, en el diván, con sueño profundo y tranquilo; mientras dormía, el calor agobiante punteaba su piel morena con minúsculas gotitas de sudor, desprendiendo de su cuerpo, de sus brazos enlazados por debajo de la nuca, de todos sus repliegues íntimos ese olor acre tan grato al macho.

Algunas veces volvía por la noche, aprovechando que su marido se hallaba de servicio no sé dónde. Nos tendíamos entonces en el suelo, envueltos apenas en telas orientales finas y flotantes.

Cuando se exhibía de lleno en el firmamento la gran luna esplendo­rosa de los países cálidos; iluminando la ciudad y el golfo, con su redondeado marco de montañas, solíamos distinguir en las otras terrazas algo así como un ejército de fantasmas silenciosos, tumbados en el suelo, que de cuando en cuando se levantaban, mudaban de sitio y se tumbaban de nuevo bajo la tibieza lánguida del cielo en calma.

Marroca se obstinaba en exponerse desnuda a la luz de la luna, a pesar de la claridad de las noches de África, sin preocuparse en modo alguno de que pudiesen vernos. Muchas veces, a pesar de mis temores y de mis súplicas, lanzaba en medio de la noche gritos prolongados a los que respondía a lo lejos el aullido de los perros.

Cierta noche que yo dormitaba bajo el ancho firmamento salpicado de estrellas, se arrodilló junto a mi alfombra, y, acercando a mi boca sus gruesos labios arremangados, me dijo:

–Tienes que venir a dormir a mi casa.

–¿Qué es eso de dormir en tu casa? –le contesté, sin comprender bien el alcance de sus palabras.

–Que después que se haya marchado mi marido, dormirás tú en su sitio.

No pude menos de reírme:

–¿Qué necesidad tenemos de tal cosa, viniendo tú como vienes aquí?

Y ella acabó su pensamiento, hablándome a la boca, metiéndome su cálido aliento hasta el fondo de mi garganta, humedeciendo mi bigote con el vaho de su respiración:

–Quiero tener un recuerdo.

Las erres de recuerdo rodaron lentamente con ruido de torrente sobre rocas.

Todavía no lograba discernir bien su pensamiento. Enlazó sus manos alrededor de mi cuello.

–Cuando tú me faltes me acordaré de ti. Al abrazar a mi marido, creeré que eres tú a quien abrazo.

Seguían las erres poniendo en su voz retumbos de truenos íntimos.

Enternecido y al mismo tiempo regocijado, murmuré:

–Estás loca. Prefiero seguir en casa.

La verdad sea dicha, no tengo ninguna afición a las citas bajo el techo conyugal, porque suelen ser ratoneras para cazar incautos. Pero ella me rogó, me suplicó y hasta lloró, agregando:

–¡Ya verás cuánto te querré allí!

La palabra querré asemejaba un redoble de tambor tocando paso de carga.

Tan raro me resultaba aquel deseo suyo, que no le encontraba explicación: pensándolo más, creí adivinar un secreto rencor contra el marido, una de esas venganzas propias de mujer, que se regodea enga­ñando al hombre a quien aborrece, y tiene empeño en engañarlo en su misma casa, en sus mismos muebles, sobre sus mismas sábanas.

Le pregunté:

–¿Te trata mal tu marido?

Ella se molestó:

–¡De ninguna manera! Es muy bueno conmigo.

–Pero tú no le quieres, ¿no es eso?

Se me quedó mirando con sus grandes ojos, asombrados.

–Al contrario, yo lo quiero mucho, mucho, mucho, aunque no tanto como a ti, corazón mío.

Ahora sí que no comprendí nada absolutamente; cuando más cábalas me hacía, oprimió mi boca con una de las caricias cuyo poder ella cono­cía perfectamente, y luego me susurró:

–Vendrás, ¿verdad que sí?

Seguí resitiéndome, a pesar d todo. Ella se vistió inmediatamente y se marchó.

No apareció en ocho días, y al noveno llegó y se quedó muy seria en la puerta de mi habitación, preguntándome:

–¿Vendrás esta noche a “dorrmir” a mi casa? Si no vas a venir, me marcho.

Ocho días, amigo mío, son muchos días, y en África valían por un mes. Grité, pues:

–¡Iré! –y abrí los brazos, en lo que ella se precipitó.

 

Al llegar la noche, me esperó en una calle próxima y me condujo a la casita baja en que habitaban, cerca del puerto. Pasé primero por la cocina, en la que hacía sus comidas el matrimonio, y entré en una habi­tación enjalbegada, limpia, con fotografías de parientes en las paredes y flores de papel bajo globos de cristal. Marroca parecía loca de alegría, y saltaba, repitiendo:

–Ya estás en nuestra casa; ya estás en tu casa.

Actué, en efecto, como cuando estábamos en mi propia casa.

Sin embargo, me encontraba, lo reconozco, un poco cohibido, casi inquieto. Viéndome en una casa extraña, vacilaba en despojarme de cierta prenda de vestir, cuya ausencia, en caso de ser un hombre sorprendido sin ella, lo pone en una situación tan incómoda como ridícula, incapacitándolo para la acción; pero ella me la quitó a viva fuerza y se la llevó, con todas mis prendas, a la habitación próxima.

Recobré mi tranquilidad, y se lo demostré con toda la potencia de que era capaz, a tal punto que habían transcurrido dos horas y no pensábamos todavía en entregarnos al reposo; golpes violentos que alguien dio de improviso en la puerta nos sobresaltaron, y un vozarrón de hombre gritó:

–Soy yo, Marroca.

Ella dio un salto

–¡Mi marido! Escóndete debajo de la cama, ¡rápido!

Me eché a buscar, desatinado, mis pantalones; pero ella me empujó, anhelante:

–Haz lo que te digo inmediatamente.
Me tendí boca abajo y me deslicé bajo aquella cama en la que tan a gusto me encontraba.

Ella salió a la cocina. Oí que abría un armario y que volvía a cerrarlo; regresó al cuarto; vi que tenía en la mano un objeto que no distinguí bien, y que lo colocó no sé dónde. Como su marido se impacientaba, ella le contestó con voz sonora y tranquila:

–No encuentrrro las cerillas –y casi en seguida agregó–: Aquí están; voy a abrirte.

Y abrió.

Entró el marido. Yo sólo vi sus pies, unos pies enormes. Si el resto del cuerpo era en proporción, tenía que ser un coloso.

Oí ruidos de besos, una palmada sobre la carne desnuda, una riso­tada. A continuación dijo él con acento marsellés:

–Me olvidé de la bolsa y no he tenido más remedio que volver; me pareció que dormía a pierna suelta.

Fue a la cómoda y estuvo buscando largo rato lo que necesitaba; Marroca, entre tanto, se había tumbado en la cama, con muestras de estar rendida; él se acercó y debió de hacer alguna tentativa de acariciarla, porque ella le largó, en frases coléricas, una verdadera metralla de erres furiosas.

Tan próximos a mí estaban sus pies, que me entró un deseo loco, estúpido, inexplicable, de tocárselos con mucha suavidad. Me contuve.

Al ver que no se salía con la suya se enfadó y dijo:

–Hoy estas muy antipática.

Pero en vista de su actitud, desistió:

–Adiós, pequeña.

Se oyó el ruido de otro beso; los enormes pies dieron media vuelta, me mostraron al alejarse los abultados clavos de las suelas, pasaron a la otra habitación y volvió a cerrarse la puerta de la calle.

¡Estaba salvado!

Salí poco a poco de mi escondrijo, humilde y compungido, y me dejé caer pesadamente en una silla, mientras Marroca, que seguía completa­mente desnuda, bailaba alrededor e mí una giga, acompañada de palmas y risotadas.

Me levanté de un salto. Ago frío tenía yo debajo, y su contacto me había me había sobrecogido, porque estaba tan poco vestido como mi cómplice. Me volví a mirar.

Me había sentado encima de un hacha pequeña de cortar astillas, afilada como un cuchillo. ¿Cómo se encontraba allí? No la había visto yo al entrar.

Mi sobresalto provocó en Marroca un estallido de risa que la ahogaba, y apretándose el vientre con ambas manos, gritaba y tosía.

Semejante alegría me pareció inoportuna e inconveniente. Nos habíamos jugado la vida con una manera estúpida. Yo sentía que me corrían aún escalofríos por la espalda, y aquellas risotadas de loca me fastidiaban un poco. Por eso le pregunté:

–¿Y si me hubiese visto tu marido?

Ella replicó:

–No había peligro.

–¿Cómo que no había peligro? ¡Vaya terquedad la tuya! Conque se le hubiese ocurrido agacharse, me habría descubierto por fuerza.

Las risas de ella habían cesado; ahora se sonreía tan sólo, clavando en mí sus ojazos, en los que brotaban nuevos deseos.

–No se hubiera agachado.

Insistí:

–¡Esa es buena! Conque se le hubiese caído el sombrero, no habría tenido más remedio que agacharse para recogerlo, y es ese caso..., ¿bueno estaba yo, con el traje que llevo!

Apoyó en mis hombros sus brazos, rollizos y vigorosos, y bajando la voz, como si fuese a decirme “¡Te adoro!”, cuchicheó:

–Si hubiese hecho eso, no habría vuelto a levantarse.

No comprendí el alcance de sus palabras, y pregunté:

–¿Cómo dices eso?

Me hizo un guiño malicioso, alargó la mano hacia la silla en que yo estaba de sentarme. El índice extendido, un pliegue en su mejilla, sus labios entreabiertos, los dientes puntiagudos, blancos y feroces, todo ello me señalaba el hacha pequeña de cortar astillas, cuyo corte afilado brillaba.

Hizo además de cogerla, me ciñó luego con el brazo izquierdo, atrayéndome hacia ella, apretando su cadera contra la mía, y con el dere­cho dibujó el golpe de quien decapita a un hombre que está de rodillas...

Ahí tienes, querido amigo, la manera como aquí se comprenden los deberes conyugales, el amor y la hospitalidad.

 

 

LLEGA LA PRIMAVERA

 

Cuando llegan los primeros días de sol, se despierta y reverdece la tierra, y la tibieza perfumada del aire nos acaricia la epidermis, penetra en los pulmones y parece llegar hasta el mismo corazón, nos vemos asaltados por confusos deseos de dicha indefinible, sentimos impulsos de correr, de caminar al acaso, de buscar lo imprevisto, de emborracharnos de primavera.

Como el último invierno había sido muy crudo, al llegar el mes de mayo me invadió este acuciamiento de mi vitalidad, como un arrebato, como un empuje de savia que se desborda.

Al despertar cierta mañana, descubrí desde mi balcón, por encima de las casas próximas, la inmensa capa azul del cielo, encendida de sol. Los canarios se desgañitaban en sus jaulas colgadas en las ventanas; las cria­das cantaban en todos los pisos; ascendían de la calle rumores alegres, y yo salí de casa con gozo de día festivo, para ir a cualquier parte.

Las personas con quienes me encontraba, sonreían; en la cálida luz de la primavera recobraba, flotaba por todas partes, un soplo de felici­dad. Hubiérase dicho que una brisa de amor se había derramado por la urbe; al cruzar junto a las mujeres jóvenes que lucían sus vestidos mañaneros, descubría en sus ojos una ternura que había estado oculta, una gracia más lánguida en sus andares, y mi corazón latía desordenado.

Sin saber cómo ni por qué, fui a desembocar a la orilla del Sena. Algunos barcos de vapor marchaban con rumbo a Suresnes, y me asaltó de golpe un ansia incontenible de correr por el bosque.

La cubierta del vaporcito mosca estaba llena de pasajeros, porque las primeras jornadas de sol empujan a la gente, consciente o inconsciente­mente, fuera de casa, y todo el mundo se despabila, va, viene y traba conversación con el que tiene al lado.

Yo tenía junto a mí a una mujer; debía de ser una obrerita, joven, con un donaire exclusivo de París y una encantadora cabecita rubia, coro­nada pro cabellos que formaban bucles en las sienes. Parecían rizos de luz, acariciaban las orejas, se alargaban hasta la nuca, flotaban al viento y se convertían, al llegar al cuelo, en pelusilla tan fina, tan ligera, tan rubia, que apenas se distinguía, pero que despertaba unas ganas locas de poner allí un montón de besos.

Al sentir que yo la miraba con insistencia, volvió hacia mí la cabeza y luego bajó bruscamente los ojos; un ligero pliegue, un amago de sonrisa hundió levemente la comisura de sus labios y descubrió también allí la fina pelusilla sedosa y pálida, que el sol doraba un poco.

El río se ensanchaba plácidamente. Una paz cálida se cernía en la atmósfera, un susurro de vida parecí llenar el espacio. Mi vecina levantó la vista, y, como yo seguí mirándola, no recató ya una sonrisa franca. Estas así encantadora, y en su mirada fugitiva descubrí mil cosas que hasta entonces ignoraba. Descubrí profundidades insospechadas, toda la sugestión de las ternuras, toda la poesía con que soñamos, toda la dicha que no acabamos de encontrar. Sentí deseos locos de abrir mis brazos, de llevármela a cualquier parte y murmurar en su oído la suave música de las frases de amor.

Iba yo a abrir la boca para hablarle, pero en ese instante sentí que me daban un golpecito en el hombro. Me volví sorprendido, y me vi frente a un hombre de aspecto corriente, ni joven ni viejo, que me contemplaba con expresión de tristeza.

–Desearía hablarle –me dijo.

Se fijó, sin duda, en la mueca que hice, porque agregó:

–Es para un asunto de importancia.

Me levanté y fui tras él al otro extremo del barco. Una vez allí tomó la palabra de nuevo.

–Caballero, cuando se acerca el invierno con sus fríos, con la lluvia y la nieva, el médico de cabecera nos dice todos los días: “Conserve los pies bien calientes, evite los enfriamientos, los romadizos, las bronquitis, las pleuresías.” Adoptamos entonces mil precauciones: llevamos ropa interior d franela, abrigo grueso, calzado sólido; pero, así y todo, nadie nos quita el par de meses en cama. En cambio, cuando la primavera vuelve, cargada de verdor y de flores, de brisas tibias enervantes, del vaho que exhalan los campos penetrándonos de vagas inquietudes, de enternecimientos inexplicables, a nadie se le ocurre venir a decirnos. “Caballero, ¡cuidado con el amor! Tiende sus emboscadas por todas partes, acecha desde todos los rincones, tiene montadas todas sus trampas, afiladas todas sus armas, a punto todas sus perfidias. ¡Cuidado con el amor!... ¡Cuidado con el amor! ¡Es más peligroso que el roma­dizo, la bronquitis y la pleuresía! No perdona a nadie y hace cometer tonterías irreparables.” Sí, caballero; afirmo que el Gobierno debía cargar con la obligación de poner todos los años en las paredes grandes cartelones que dijesen: “La primavera vuelve. Ciudadanos franceses: ¡Cuidado con el amor!” Pero, puesto que no lo hace el Gobierno, yo me pongo en su lugar y le digo a usted: ¡cuidado con el amor! Está usted a pique de que os eche el guante, y obligación mía es advertírselo, como cualquier transeúnte advierte en Rusia al que se le está helando la nariz y no se da cuenta.

Me quedé de una pieza frente a tan singular individuo, y le dije, tomando un continente digno:

–Creo, señor mío, que se está usted metiendo en lo que no le va ni le viene.

Hizo un gesto brusco y me contestó:

–¡Caballero! ¡Caballero! Según eso, si veo que un hombre se va ahogar en un sitio peligroso, ¿no he de intervenir para evitar su muerte? Le voy a contar a usted mi historia y se explicará entonces que me hay atrevido a hablarle de esta manera.

Y empezó su relato:

–Fue el año último, por esta misma época. Quiero empezar por advertirle que estoy empleado en el Ministerio de la Marina, en el que nuestros jefes, los comisarios, toman muy en serio sus galones de oficiales plumíferos y nos tratan como gavieros. (Entre paréntesis, ¡ya podían ser paisanos todos los jefes!) En resumen: desde mi oficina se descubría un pedacito de cielo surcado por las golondrinas, y me entra­ban unas ganas locas de ponerme a bailar entre mis legajos. A tal punto llegaron mis ansias de libertad, que, a pesar de mi repugnancia, fui a presentarme a mi principal. Era un hombrecillo gruñón, que siempre estaba de malas pulgas. Me hice el enfermo. El me miró desconfiado, y gritó:

–No le creo ni una palabra; pero, en fin, lárguese. ¿Pensarán que puede marchar un negociado con empleados de esta calaña?

Eché a andar y me vine al Sena. Hacia el mismo tiempo que hoy, subí al vaporcito mosca para dar una vuelta por Saint Cloud.

¡Ay caballero! ¿Por qué mi jefe no me negó el permiso?

Al sentir la caricia del sol me pareció que me esponjaba. El barco, el río, los árboles, las casas, los que estaban a mi lado, todo, todo desper­taba mi cariño. Me daban impulsos de abrazarme a algo, a lo que fuese: era que el amor me tendía su trampa.

De pronto, en el Trocadero, subió a bordo una joven que llevaba un paquetito en la mano, y tomó asiento enfrente de mí.

Era bonita, sí, señor; pero hay que ver qué realce cobran las mujeres a nuestra vista en los primeros días primaverales de sol; se nos suben a la cabeza, se revisten de un encanto, de un algo que no tienen en otros momentos. Hacen el efecto del vino después del queso.

Yo la miraba y ella también me miraba....; pero sólo de cuando en cuando, lo mismito que la de usted. Tanto nos miramos, que llegó un momento en que yo creí que ya nos conocíamos lo bastante para entablar conversación y le dirigí la palabra. Me contestó. Su respuesta fue como un flechazo. Había dado con una chica encantadora. Me embelesaba querido señor.

Al llegar a Saint-Cloud, desembarcó..., y yo tras ella. Iba a entregar un encargo. Cuando volvió, se había justamente marchado el barco. Fui acompañándola; la suavidad del ambiente no s arrancaba suspiros a los dos.

–¡Qué bien se ha de estar en el bosque! –le dije yo.

Y ella contestó:

–¡Ya lo creo!

–¿Y si fuésemos a dar un paseo? ¿Qué le parece, señorita?

Me miró por lo bajo, con una ojeada rápida, como para calcular si yo le convenía; titubeó un poco y aceptó al fin. Y hétenos entre los árboles, el uno junto al otro. Las hojas, todavía menudas, dejaban pasar el sol, que inundaba la hierba, alta, tupida, de un verde lustroso, como de barniz, en la que se hacían también el amor infinidad de animalitos. Llegaba de todas direcciones el canto de los pájaros. Mi compañera, ebria de aquel aire cargado de efluvios campestres, echó a correr dando brincos. Y yo corría detrás, retozando también. Caballero, hay momentos en que uno hace el asno.

Luego, como una desesperada, se puso a cantar infinidad de cosas: trozos de ópera, la canción de Musette. ¡Ay la canción de Musette! ¡Qué poética la encontraba entonces!... Casi me arrancaba lágrima. Esa clase de necedades es la que nos hace perder la cabeza. Si usted quiere seguir mi consejo, guárdese de tomar por mujer a la que canta cuando sale al campo, sobre todo si le da por cantar la canción de Musette.

Pronto se fatigó, y se sentó en un ribazo verde. Yo me senté a sus pies, y me apoderé de sus manos, unas manecitas picoteadas por la aguja de coser. Esta observación me enterneció. Me decía a mi mismo: “He aquí las señales del trabajo que santifica.” ¡Ay caballero, caballero! ¿A qué no sabe usted lo que quieren decir esas señales del trabajo que santi­fica? Cuando las vea usted en una mano, dígase que son un pregón de las habladurías del obrador, del cuchichear de picardías, de un alma manchada de las indecencias que ha escuchado, de la castidad perdida, de las charlas insustanciales, de la mezquindad de las rutinas cotidianas, de toda la estrechez de ideas de la mujer vulgar.

Permanecimos largo rato mirándonos los ojos.

¡Ojos de mujer! ¡Qué potencia tienen! ¡Cómo conturban, penetran, poseen, dominan! ¡Qué abismos rebosantes de promesas, de infinito hay en ellos! ¡A eso suele llamársele mirarse hasta el fondo del alma! ¡Vaya una simpleza, caballero! Si pudiésemos ver en el fondo del alma, andaríamos con más tiento, se lo aseguro.

Para terminar, yo estaba desbocado, loco. Pretendí estrecharla entre mis brazos, y ella me dijo: “¡Nada de sobos!”

En vista de eso, me arrodillé a su lado y le abrí de par en par mi corazón; fui vertiendo en sus rodillas todas las ternuras que me ahogaban. Mi cambio de actitud pareció asombrarla; me miró de reojo, como si estuviese diciendo para sus adentros: “¡Ay, canelo, qué fácil eres de manejar! ¡Vamos a ver qué sale de aquí!”+

Le digo, caballero, que en asuntos de amor los hombres somos siempre cándidos, y las mujeres, mercachifles.

En aquel momento hubiera podido hacerla mía, estoy seguro; andando el tiempo comprendí mi estupidez; pero yo no iba en busca de su cuerpo, sino de ternuras, de algo ideal. En lugar de aprovechar bien la ocasión, me entregué al sentimentalismo.

Cuando ya se hartó de mis declaraciones amorosas, se puso en pie. Volvimos a Saint-Cloud. No la dejé hasta París. Tenía una expresión tan triste desde que emprendimos el regreso, que no pude menos de pregun­tarle el porqué. Ella me contestó:

–Estoy pensando en que en la vida son pocos los días como el de hoy.

El corazón quería saltárseme del pecho.

Nos volvimos a ver al domingo siguiente, y al otro, y todos los domingos. La conduje a Bougival, a Saint-Germain, a Maisons-Laffitte, a Foissy, en fin, a todos los lugares que son escenarios de amor en los alrededores de París.

Por su parte, la muy bribona representaba su papel de mujer apasionada.

En fin, que perdí por completo la razón, y que me casé con ella a los tres meses... ¡Qué le va usted a hacer, caballero! Era un empleado, me encontraba solo, sin nadie que me aconsejase bien... Piensa uno que se ha de vivir dichoso al lado de una mujer... Y en cuanto la encuentra se casa con ella.

Y, una vez casados, ella se dedica a insultarnos desde la mañana a la noche; es incapaz de comprender nada, lo ignora todo, no acaba nunca de cotorrear, canta a voz en cuello la canción de Musette –la canción de Musette, que es una tabarra–, riñe con el carbonero, cuenta a la portera las intimidades del hogar, se confiesa con la criada del vecino a propó­sito de los secretos de alcoba, desacredita a su marido en las tiendas en que hace sus compras habituales y anda siempre con la cabeza atiborrada de cuentos tan majaderos, de creencias tan idiotas, e opiniones tan grotescas y de prejuicios tan fabulosos, que siempre que hablo con la mía, caballero, acabo echándome a llorar.

Se calló porque le faltaba el aliento y estaba emocionado. Yo lo contemplaba, compadecido de aquel pobre hombre tan cándido, e iba a contestarle algo, pero en aquel momento se detuvo el barco. Llegábamos a Saint-Cloud.

La mujercita que tanto me había trastornado se levantó para bajar a tierra. Al pasar junto a mí me miró de reojo con sonrisa furtiva, esa clase de sonrisas que a uno le enloquecen, y saltó al malecón.

Hice un brusco movimiento para seguirla, pero mi acompañante me cogió de la manga. Me desasí de un tirón, pero entonces me cogió por los vuelos de la levita y tiró de mí hacía atrás, repitiendo:

–¡No permitiré que la siga! ¡No permitiré que la siga!

Lo dijo en voz tan alta, que todos se volvieron a mirarnos.

Hubo un círculo de risas en torno nuestro; yo permanecí inmóvil, furioso, pero sin atreverme a afrontar el ridículo y el escándalo.

Y, entre tanto, reanudó su marcha el barco.

La mujercita, que no se había movido del malecón, dibujó una expresión de desencanto viendo cómo yo me alejaba, mientras que mi impertinente, interlocutor me cuchicheaba a la oreja, frotándose las manos de gusto:

–Le he hecho a usted un favor que no lo pagará con nada, caballero.