EL ALIENISTA

 

                                                                        Joaquín Machado de Assis

 

 

Jaquín Machado de Assis nació el 21 de junio de 1839 en el Morro do Livramento, uno de los cerros que rodean Río de Janeiro y que actualmente es una zona de favelas a la que resulta en extremo peligroso y desa- gradable subir caminando por esos senderos de miseria y violencia. Su padre, mulato y descendiente de esclavos, era pintor de brocha gorda y dorador; su madre, de origen portugués, había nacido en una isla de las Azores.
Desde estos antecedentes, la crítica ha elaborado una historia en la que este muchacho humilde, zambón, de piel oscura, logró realizar una vertiginosa carrera que lo encumbró, gracias a continuas luchas y una enorme paciencia ante las humillaciones, hasta las más altas cumbres de la cultura y la sociedad brasileña. Y si se agrega la epilepsia como otro de sus rasgos constitutivos, la imagen del genio labrando su destino por sí mismo es casi perfecta. El perfecto self made man.
Sin embargo, como indica el crítico brasileño Antonio Candido, lo que convendría resaltar es la facilidad como fue subiendo y mereciendo los más altos reconocimientos. Y no fue una excepción: durante el imperio colonial, hombres negros y pobres, no sólo recibieron títulos portugueses de nobleza, sino que también desempeñaron altos cargos en la organización colonial. La de Machado fue una vida plácida, según Candido: tipógrafo, periodista, modesto oficinista, funcionario de alto nivel, fundador y primer presidente de la Academia Brasileña de Letras, y, desde los cincuenta años, “el escritor más importante del país, y objeto de tanta reverencia y admiración general como ningún otro novelista o poeta brasileño lo fue en vida, ni antes ni después.”
La carrera literaria de Machado de Assis se inició en 1861, al cumplir veintidós años, con la publicación de una aparente traducción y una fantasía dramática. Antes, a los quince años, se había presentado a la tertulia del librero y editor Francisco de Paula Brito con un poema que nadie creyó que fuera escrito por él. Desde entonces frecuentó a los más importantes literatos del Brasil y colaboró con la revista del cenáculo, la Marmota Fluminense.
Por lo general se considera como una primera época de su obra la que va desde los quince o los veintidós años de edad hasta 1880, cuando se inicia la publicación en folletín de las Memorias póstumas de Bras Cubas y se inicia la andadura de quien llegaría a ser el máximo escritor del Brasil, el más importante escritor latinoamericano del siglo XIX, y un escritor de relevancia mundial que, como sostiene Susan Sontag, no ha merecido ese reconocimiento por ser brasileño y haber pasado toda su vida en Río de Janeiro, aparte, dice, de que en Latinoamérica jamás se lo leyó ni se le dio la importancia que merecía por haber escrito en portugués y no en castellano*.

*En su artículo, Susan Sontag se equivoca sobre los años de traducción al castellano de la obra de Machado de Assis; fue a principios del siglo XX, y no en los años 60, una década después de las traducciones al inglés. Las Memorias póstumas…, por ejemplo, se publicaron en castellano en 1904. (N. del E.)


Machado de Assis dejó una muy amplia obra, fruto de medio siglo de trabajo literario, en la que se contabilizan obras de teatro, poesías, prólogos, críticas, discursos, más de doscientos cuentos y varias novelas. Entre los cuentos hay más de una decena que son de lo mejor que se ha escrito en portugués; y entre las novelas, tres que alcanzan cimas desconocidas para la literatura escrita en castellano durante el siglo XIX: las Memorias póstumas de Bras Cubas (1880), Quincas Borba (1891) y Don Casmurro, considerada por una parte de la crítica como su obra maestra.
La vida de Machado de Assis fue en verdad tranquila y fácil. Siempre tuvo a su lado a escritores y personas de buena posición social y económica, apoyándolo. A pesar de la oposición familiar a su boda con una joven portuguesa, hermana del poeta Francisco Xavier de Novais, el matrimonio resultó un acierto y la esposa desempeñó un papel fundamental en la vida y en la obra de su esposo.
Por otra parte se sabe que fue un hombre en exceso formal, amigo de mantener las distancias, convencional, de una vida privada muy protegida. Se dice que lo único que le faltó en la vida fue un hijo.

 

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Dentro de la obra de Machado de Assis destaca de manera especial El alienista, novela corta que fue lo primero que escribió en la segunda etapa de su vida literaria. En ella, como en toda su literatura posterior, hay una constante preocupación por los límites conflictivos que pueden establecerse en los actos de la vida humana. El tono bromista, mesurado, irónico, incluso estrafalario, oculta de alguna forma el verdadero trasfondo de lo narrado. En este aspecto, resulta que el escritor era en verdad un ser atormentado, lleno de dudas, pesimista, y angustiado por una sociedad que no llegaba a entender del todo y con la que prefería jugar inventando un mundo formal en el que cada cosa está en su sitio, en que no existe nada con lo cual escandalizarse, y en el que las pequeñas alteraciones suelen remediarse antes de que alcancen dimensiones irreparables.
Es verdad que nosotros podemos leer la obra de Machado de Assis desde otra perspectiva que la de sus contemporáneos. Para ellos todo lo firmado por él llevaba el sello del convencionalismo y la garantía de respetar los valores morales de la época: era una lectura para todos, absolutamente inofensiva, neutral, sin aspavientos. Basta raspar un poco para que caiga el oropel y nos encontremos en un mundo en el que la realidad resulta igualmente afectada por la verdad o la imaginación. Los hechos se suceden teniendo bajo ellos unas fuerzas más potentes que la simple voluntad. Cuentos al parecer tan sencillos como “Un hombre célebre”, “La causa secreta”, “Singular ocurrencia” poseen una terrible tragedia, oculta por el aparente despego e indiferencia del narrador. El admirado compositor de música popular destrozado por su incapacidad de lograr componer una obra seria, trascendente; el marido que tras sus amabilidades esconde un sádico en plena actividad; la fiel mujer que se entrega al primer vagabundo con el que se cruza por la calle, no son argumentos inocentes. Incluso un cuento al parecer tan ambiguo y simplón como la relación que se establece entre la señora de la casa y el muchacho provinciano en “Misa de gallo”, es de una fuerza erótica extrema que se diluye en la nada, en la aparente y simple anécdota.
El alienista muestra en sus pocas páginas un resumen de las principales preocupaciones no exteriorizadas de Machado de Assis. La identidad, la separación entre lo normal y lo anormal, la lucha y los trasfondos políticos, la relación matrimonial, la amistad, las preocupaciones sociales, el dinero, el status.
La historia es simple, un médico brasileño, graduado en Lisboa, rechaza las propuestas de ser médico de la corte o catedrático universitaria para regresar a su pueblo natal y dedicarse al estudio y la experimentación científica. Su especialidad es la psiquiatría. Con el fin de estudiar y remediar los males de la locura, construye un manicomio, la Casa verde, en la más bella calle de Itaguaí, y se le abren cincuenta ventanas, pintadas de verde en cada cara del edificio. Con la subvención del Ayuntamiento y el pago de los internados pudientes, se inicia la gran obra que comienza, como era de esperar, con la reclusión de cualquier persona que exteriorizase el menor signo de anormalidad. Estos límites se van ampliando y llega un momento en que prácticamente la totalidad de la población debería ser internada. De ahí el psiquiatra, el sabio Simão Bacamarte, llega a la conclusión de que la anormalidad es la normalidad, y libera a los primeros locos para internar a los supuestos cuerdos. Finalmente, es el propio psiquiatra quien se autoencierra en el manicomio con el convencimiento de que el único loco del pueblo es él.
Esta historia, en su línea central, resulta graciosa. Machado de Assis le va creando una serie de envolturas -que ahora suele llamarse la técnica narrativa “cebolla” o “reloj de arena”- para crear un denso y subterráneo mundo de conflictos humanos y sociales. A pesar de que haberse calificado la obra como precursora de la antipsiquiatría -“el loco es loco porque así se le define”-, El alienista es algo más, bastante más que un caso médico.
Es la relación del psiquiatra con su esposa, que no le puede dar hijos y a quien envía de
paseo a Río de Janeiro; la relación con el boticario, quizá su único amigo en el pueblo; su actitud ante “el golpe de estado”, causado por la cantidad de ciudadanos encerrados, liderado por el barbero; su relación con el Ayuntamiento, la fuerza política del pueblo, a quien debe convencer de la bondad de su proyecto médico; su relación con la autoridad religiosa, el párroco del pueblo. En fin, lo que se va erigiendo en nuestra lectura es un microcosmos solapado en el que se encuentran convocadas todas las fuerzas sociales y se plantean las relaciones elementales del trato humano. Y todos, de la esposa al cura, terminan encerrados en la Casa verde.
El lector sonríe ante lo que le van contando con un tono amable, elegante, sin altibajos, suave e inalterable, sin exclamaciones o juicios morales, en lo que todo se desenvuelve como si fuera una broma. Al final resulta que el loquero era el único loco. Y se cierra el libro.
Debe reconocerse que ha sido una mala lectura. Habría que volver a abrirlo y comenzar de nuevo, con el espíritu atento, y sabiendo que en esta historia tan simple hay mucho mayor trasfondo que el que aparenta.

 

Soler de Terrades, Moía, 2008

 


EL ALIENISTA

 

I. De cómo Itaguaí logró tener una casa de orates

 

Las crónicas de la villa de Itaguaí cuentan que en tiempos remotos vivió allí cierto médico, el doctor Simão Bacamarte, hijo de la nobleza de la tierra y el más grande de los médicos del Brasil, de Portugal y de las Españas. Había estudiado en Coimbra y Padua. A los treinta y cuatro años volvió al Brasil, no habiendo podido el rey lograr que se quedara en Coimbra dirigiendo la universidad, o en Lisboa, encargándose de los asuntos médicos de la monarquía.
-La ciencia -le explicó a su majestad- es mi interés exclusivo; Itaguaí es mi universo.
Dicho esto, regresó a Itaguaí, y se dedicó en cuerpo y alma al estudio de la ciencia, alternando las curaciones con las lecturas, y demostrando los teoremas con cataplasmas. A los cuarenta años se casó con doña Evarista da Costa e Mascarenhas, señora de veinticinco años, viuda de un juez y ni bonita ni simpática. Uno de sus tíos, cazador de pacas* ante el Eterno, y no menos franco que buen trampero, se sorprendió ante semejante elección y se lo dijo. Simão Bacamarte le explicó que doña Evarista reunía condiciones fisiológicas y anatómicas de primer orden: digería con facilidad, dormía con regularidad, poseía buen pulso y excelente vista; estaba, en consecuencia, apta para darle hijos robustos, sanos e inteligentes. Si además de estas virtudes -las únicas dignas de la preocupación de un sabio-, doña Evarista estaba mal compuesta de facciones, eso era algo que, lejos de molestarlo, agradecía a Dios, porque así no corría el riesgo de relegar los intereses de la ciencia en favor de la contemplación exclusiva, menuda y vulgar, de su consorte.
Doña Evarista desmintió las esperanzas del doctor Bacamarte: no le dio hijos, ni robustos, ni frágiles. La índole natural de la ciencia es la paciencia; nuestro médico esperó tres años, luego cuatro, después cinco. Al cabo de ese tiempo, hizo un profundo estudio de la materia, releyó todos los escritos árabes y otros que había traído a Itaguaí, envió varias consultas a universidades italianas y alemanas, y terminó por sugerir a su esposa una dieta especial. La ilustre dama, nutri-

*Paca: Mamífero roedor americano, de cerca de medio metro de largo, de pelo entre marrón y rojizo, patas y cola cortas, hocico en punta y orejas redondas (en México: Tepeizcuinte).
da en exclusiva con la carne de los hermosos
cerdos de Itaguaí, no escuchó los consejos del esposo; y a su resistencia -explicable pero incalificable- debemos la total extinción de la dinastía de los Bacamarte.
Pero la ciencia tiene el inefable don de curar todas las penas; nuestro médico se sumergió enteramente en el estudio y en la práctica de la medicina. Fue entonces cuando uno de los vericuetos de ésta le llamó especialmente la atención: el área de lo psíquico, el examen de la patología cerebral. No había en la colonia, y ni siquiera en el reino, una sola autoridad en semejante materia, mal explorada o casi inexplorada. Simão Bacamarte comprendió que la ciencia lusitana y, particularmente, la brasileña, podía cubrirse de "laureles inmarcesibles"... expresión usada por él mismo, en un impulso favorecido por la intimidad doméstica -exteriormente era modesto, como conviene a los sabios.
-La salud del alma -proclamó él- es la ocupación más digna del médico.
-Del verdadero médico -especificó Crispim Soares, boticario de la villa, y uno de sus amigos y comensales.
Entre otros pecados de los que fue acusado el Ayuntamiento de Itaguaí por los cronistas, figura el de ser indiferente a los dementes. Así es que cuando aparecía algún loco furioso se lo encerraba en una habitación de su casa y, ni atendido ni desatendido, allí lo dejaban hasta que la muerte lo venía a privar del beneficio de la vida; los mansos andaban sueltos por la calle. Simão Bacamarte se propuso enseguida reformar tan mala costumbre; pidió autorización al Ayuntamiento para recibir y tratar, en el edificio que iba a construir, a todos los locos de Itaguaí y de las demás villas y ciudades cercanas, mediante una paga que el Ayuntamiento le daría cuando la familia del enfermo no lo pudiese hacer. La propuesta excitó la curiosidad de toda la villa, y encontró gran resistencia, pues difícilmente se desarraigan las costumbres absurdas o aun malas. La idea de meter a los locos en la misma casa, viviendo en común, pareció en sí misma un síntoma de demencia, y no faltó quien se lo insinuara a la propia mujer del médico.
-Mire, doña Evarista -le dijo el padre Lopes, párroco del lugar-, miré a ver si su marido se da un paseo a Río de Janeiro. Eso de estudiar siempre, siempre, no es bueno, trastorna el juicio.
Doña Evarista quedó aterrada. Fue donde su marido, le dijo que tenía “antojos”, uno principalmente: ir a Río de Janeiro y comer todo lo que a él le pareciese adecuado para lograr cierto fin. Pero aquel hombre, con la rara sagacidad que lo distinguía, comprendió la intención de la esposa y le respondió sonriendo que no tuviese miedo. De allí se dirigió al Ayuntamiento, donde los concejales discutían la propuesta, y la defendió con tanta elocuencia que la mayoría resolvió autorizar lo que había pedido, votando al mismo tiempo un impuesto destinado a subsidiar el tratamiento, alojamiento y mantenimiento de los locos pobres. El motivo del impuesto no fue fácil determinarlo, pues en Itaguaí ya todo estaba sometido a tributación. Después de largos estudios, se decidió permitir el uso de dos penachos en los caballos de los entierros. Quien desease emplumar los caballos de una carroza funeraria pagaría dos tostones* al Ayuntamiento, repitiéndose tantas veces esta cantidad cuantas fuesen las horas transcurridas desde el fallecimiento hasta la última bendición en la sepultura. El escribano se confundió en los cálculos aritméticos del posible rendimiento del nuevo impuesto, y uno de los concejales que no creía en el proyecto del médico, pidió que se dispensara al notario de un trabajo inútil.
-Los cálculos no son necesarios -dijo- porque el doctor Bacamarte no va a conseguir nada. ¿Cuándo se ha visto meter a todos los locos en una misma casa?
Se engañaba el digno magistrado; el médico obtuvo todo lo que quería. Una vez en posesión de la licencia, inició de inmediato la construcción de la casa. Estaría en la Rua Nova, en aquellos tiempos la calle más bella* de Itaguaí; tendría cincuenta ventanas de cada lado, un patio central y numerosas habitaciones para los internos. Como era un gran arabista, encontró en el Corán que Mahoma declara venerables a los locos, por estimar que Alá les quitaba el juicio para que no pequen. La idea le pareció bonita y profunda, y la hizo grabar en el frontispicio de la casa; pero como le temía al párroco, y por consiguiente al obispo, atribuyó el pensamiento a Benedicto VIII, mereciendo por ese fraude, por lo demás piadoso, que el padre Lopes le contara, durante un almuerzo, la vida del eminente pontífice.

 

*Tostón, tostao, moneda portuguesa de plata que circuló también en el Brasil durante la colonia.

Casa Verde fue el nombre dado al asilo, por alusión al color de las ventanas, que por primera vez eran pintadas de verde en Itaguaí. Se inauguró con inmensa pompa; de todas las villas y pueblos cercanos, y hasta lejanos, hasta de la misma ciudad de Río de Janeiro, acudió gente para asistir a las ceremonias, que duraron siete días. Muchos dementes ya estaban ingresados; y los parientes tuvieron oportunidad de ver el cariño paternal y la caridad cristiana con que los tratarían. Doña Evarista, contentísima de la fama de su marido, se vistió con gran lujo, cubriéndose de joyas, flores y sedas. Fue la verdadera reina de aquellos días memorables; nadie dejó de ir a visitarla dos o tres veces, a pesar de las costumbres caseras y recatadas del siglo, y era cortejada tanto como alababa; y todo porque -el hecho es un testimonio altamente honroso para la sociedad de la época- veían en ella a la feliz esposa de un alto espíritu, de un varón ilustre y, si le tenían envidia, era la santa y noble envidia de los admiradores.
A los siete días terminaron las fiestas públicas; Itaguaí tenía al fin una casa de orates.


II. Torrente de locos

 

Tres días después, en una conversación íntima con el boticario Crispim Soares, el alienista le abrió el misterio de su corazón.
– La caridad, señor Soares, entra por cierto en mi proceder, pero entra como el condimento, como la sal de las cosas, pues así es como interpreto las palabras de San Pablo a los Corintios: "Si yo conozco cuanto se puede saber y no tengo caridad, no soy nada." Lo principal de mi obra en la Casa Verde es estudiar profundamente la locura, sus diversos grados, clasificando sus casos; y descubrir al fin la causa del fenómeno y el remedio universal. Éste es el misterio que guardo de manera permanente en mi corazón. Creo que con esto le presto un buen servicio a la humanidad.
-Un excelente servicio –dijo el boticario.
-Sin este asilo -continuó el alienista-, es poco lo que podría hacer yo; es él quien le da mucho mayor campo a mis estudios.
-Mucho más grande -añadió el otro.
Y tenía razón. De todas las villas y aldeas vecinas afluían locos a la Casa Verde: fueran furiosos, fueran mansos, fueran monomaniacos; era toda la familia de los desheredados del espíritu. Al cabo de cuatro meses, la Casa Verde era una poblado. No bastaron las primeras habitaciones; se mandó anexar una galería con treinta y siete más. El padre Lopes confesó que nunca hubiera creído que había tantos locos en el mundo, y menos todavía lo inexplicable de ciertos casos. Uno, por ejemplo, era el de ese muchacho tosco y pueblerino, que todos los días después del almuerzo pronunciaba con regularidad un discurso académico, adornado de tropos, de antítesis, de apóstrofes, con sus recamos de griego y latín, y sus borlas de Cicerón, Apuleyo y Tertuliano. El párroco no podía terminar de creérselo. Pero ¡cómo era posible algo así! Aquél era un muchacho a quien él había visto, tres meses atrás, jugando a la pelota en la calle.
-No digo que no -le respondía el alienista-; pero la verdad es que lo que vuestra eminencia está viendo aquí sucede todos los días.
-Por lo que a mí me concierne -respondió el párroco-, lo que aquí vemos sólo puede explicarse por la confusión de lenguas en la Torre de Babel, según nos cuentan las Escrituras; probablemente, habiendo sido confundidas las lenguas en la antigüedad, es fácil intercambiarlas ahora, siempre y cuando la razón no trabaje...
-Ésa puede ser, en verdad, la explicación divina del fenómeno -convino el alienista después de pensar durante un instante-, pero no es imposible que exista también alguna razón humana, y sólo científica; y eso es…
-Tal vez, tal vez eso sea, y eso es lo que me intriga. ¡Ojala!
Los locos de amor eran tres o cuatro, pero sólo dos asombraban por lo curioso de su delirio. Uno de ellos era un tal Falcão, muchacho de veinticinco años que se imaginaba ser la estrella del alba; abría los brazos y separaba las piernas para darles aspecto de rayos, y se quedaba así durante largas horas preguntando si el sol ya había salido para él poder retirarse. El otro daba vueltas siempre, siempre, siempre, alrededor de sala o del patio, a lo largo de los corredores, buscando el fin del mundo. Era un desgraciado a quien su mujer dejó para seguir a un fantoche. Apenas descubrió la fuga se armó de un mazo y salió en su busca; los encontró dos horas después, en las orillas de una laguna, y los mató con la crueldad más refinada. Los celos desaparecieron, pero el vengador quedó loco. Y entonces empezó el ansia de ir al fin del mundo en busca de los fugitivos.
La manía de grandeza contaba con exponentes notables. El más notable era un pobre diablo, hijo de un ropavejero, que recitaba a las paredes (nunca miraba a una persona) toda su genealogía, que era ésta:
-Dios engendró un huevo, el huevo engendró la espada, la espada engendró a David, David engendró la púrpura, la púrpura engendró al duque, el duque engendró al marqués, el marqués engendró al conde, que soy yo. -Se daba una fuerte palmada en la frente, chasqueaba los dedos y lo repetía cinco o seis veces seguidas-: Dios engendró un huevo, el huevo, etcétera.
Otro de su misma especie, era un notario que se decía ser mayordomo del rey; también había un ganadero de Minas, cuya manía era distribuir vacas entre todos los que lo rodeaban: le daba a uno treinta cabezas, seiscientas a otro, mil doscientas a otro, y no terminaba nunca. No hablo de los casos de monomanía religiosa; apenas contaré de un sujeto llamando João de Dios que ahora decía ser el dios João, que prometía el reino de los cielos a quien lo adorase, y las penas del infierno a los demás; otro era el licenciado García, que no decía nada, porque imaginaba que el día que dijera una sola palabra, todas las estrellas se desprenderían del cielo y abrasarían la tierra, tal era el poder que había recibido de Dios. Así lo escribía en el papel que el alienista le mandaba dar, más por interés científico que por caridad.
Lo cierto es que la paciencia del alienista era aún más extraordinaria que todas las manías hospedadas en la Casa Verde: era verdaderamente asombrosa. Simão Bacamarte empezó por organizar al personal de administración; y aceptando esa idea del boticario Crispim Soares, le aceptó también a dos sobrinos, a quienes encargó la ejecución de un reglamento que les entregó, aprobado por el Ayuntamiento, sobre la distribución de la comida y la ropa. Era lo mejor que podía hacer, para dedicarse solamente a su oficio.
-La Casa Verde -le dijo al párroco-, es ahora como un mundo, en el que existe un gobierno temporal y un gobierno espiritual.
El padre Lopes, se reía de esta broma y, para decir él también algo gracioso, replicaba:
-Ya verá usted; lo denunciaré al Papa.
Una vez liberado de la administración, el alienista procedió a una vasta clasificación de sus enfermos. Los dividió primeramente en dos clases principales: los furiosos y los mansos; de ahí pasó a las subclases: monomanías, delirios, alucinaciones varias. Hecho esto, inicio un estudio intenso y continuo; analizaba los hábitos de cada loco, las horas de crisis, las aversiones, las simpatías, el vocabulario, los gestos, las tendencias; investigaba sobre la vida de los enfermos: profesión, costumbres, circunstancias de la revelación mórbida, accidentes de infancia y juventud, enfermedades de otro tipo, antecedentes familiares; una averiguación, en fin, que no realizaría el más estricto corregidor.
Y cada día anotaba una observación nueva, un descubrimiento interesante, un fenómeno extraordinario. Al mismo tiempo estudiaba el mejor régimen, las sustancias medicinales, los medios curativos y los medios paliativos, no sólo los que encontraba en sus amados árabes, sino también los que él descubría, a fuerza de sagacidad y paciencia. Este trabajo se llevaba lo mejor y la mayor parte de su tiempo. Dormía mal y comía mal; y si comía era como si trabajase, pues o bien buscaba una solución en un texto antiguo, o rumiaba un problema, y muchas veces se pasaba desde el inicio al final de la comida sin decirle ni una sola palabra a doña Evarista.


III. ¡Dios sabe lo que hace!

 

La ilustre dama, a los dos meses, se sintió la más desgraciada de las mujeres; cayó en una profunda melancolía, se puso amarilla, adelgazó, comía poco y suspiraba por los rincones. No se atrevía a hacerle alguna queja o reproche, porque respetaba en él a su marido y señor, pero padecía callada y languidecía a ojos vistas. Un día, durante la cena, al preguntarle su marido qué le pasaba, respondió con tristeza que nada; después se atrevió un poco, y llegó a decirle que se sentía tan viuda como antes. Y agregó:
-Quién diría que media docena de lunáticos...
No terminó la frase; o mejor, la terminó alzando los ojos al techo -los ojos que eran su rasgo más insinuante: negros, grandes, lavados por una luz húmeda, como los de la aurora. En cuanto al gesto, era el mismo que empleó el día en que Simão Bacamarte la pidió en casamiento. No dicen las crónicas si doña Evarista blandió aquella arma con el perverso fin de degollar de un golpe a la ciencia, o, por lo menos amputarle las manos; pero la conjetura es verosímil. En todo caso el alienista no le atribuyó otra intención, pero no se irritó el gran hombre, ni siquiera quedó consternado. El metal de sus ojos no dejó de ser el mismo metal, duro, liso, eterno; ni una mínima arruga vino a alterar la superficie de su frente, serena como el agua de Botafogo. Quizás una sonrisa le abrió los labios, y por ellos se filtraron unas palabras suaves como el óleo del Cántico:
-Permito que vayas a pasear a Río de Janeiro.
Doña Evarista sintió que le faltaba el piso debajo de los pies. Jamás de los jamases había visto Río de Janeiro, que si bien no era ni una pálida sombra de lo que es hoy, sin duda ya era algo más que Itaguaí. Para ella, ver Río de Janeiro, equivalía al sueño del judío cautivo. Sobre todo ahora que el marido se había instalado para siempre en aquella villa del interior; ahora que ya había perdido las últimas esperanzas de respirar los aires de nuestra buena ciudad; y justamente ahora él la invitaba a realizar sus deseos de niña y de joven. Doña Evarista no pudo disimular el placer de semejante propuesta. Simão Bacamarte le tomó una mano y sonrió, una sonrisa algo filosófica, además de conyugal, en la que parecía traducirse este pensamiento: "No hay medicina segura para los dolores del alma; esta señora se consume porque le parece que no la amo; le doy Río de Janeiro y se consuela." Y como era un hombre estudioso, tomó nota de la observación.
Pero un dardo atravesó el corazón de doña Evarista. Se contuvo, sin embargo, limitándose a decirle al marido que si él no iba ella tampoco, porque no estaba dispuesta a correr riesgos sola por los caminos.
-Irás con tu tía -contestó el alienista.
Doña Evarista ya lo había pensado, pero no quiso pedirlo ni insinuarlo, porque, en primer lugar, sería imponerle grandes gastos al marido, y en segundo lugar, porque era mejor, más metódico y racional, que la propuesta viniera de él.
-¡Oh, pero se gastara tanto dinero! -suspiró doña Evarista sin mayor convicción.
-¿Qué importancia tiene? Hemos ganando mucho -la tranquilizó su marido-. Justo ayer el contador me presentó cuentas. ¿Quieres verlas?
Y la llevó ante los libros. Doña Evarista quedó deslumbrada. Era una vía láctea de cifras. Y después la llevó hasta las arcas, donde estaba el dinero. ¡Dios!, eran pilas de oro, eran mil cruceiros sobre miles de cruzeiros y doblones. ¡Era la opulencia! Y mientras ella se comía el oro con sus ojos negros, el alienista la miraba y le decía al oído con la más pérfida de las intenciones:
-Quién diría que media docena de lunáticos...
Doña Evarista comprendió, sonrió y respondió con mucha resignación:
-¡Dios sabe lo que hace!
Tres meses después tuvo lugar la partida. Doña Evarista, la tía, la mujer del boticario, un sobrino de éste, un cura que el alienista había conocido en Lisboa, y que casualmente estaba en Itaguaí, cinco criados, cuatro mucamas, esa fue la comitiva que la población vio salir de ahí una mañana del mes de mayo. Las despedidas fueron tristes para todos menos para el alienista. Si bien las lágrimas de doña Evarista fueron abundantes y sinceras, no pudieron conmoverlo. Hombre de ciencia y sólo de ciencia, nada lo consternaba fuera de la ciencia; y si algo lo preocupaba en aquel momento, si dejaba correr sobre la multitud una mirada inquieta y policíaca, no era por otra cosa que la idea de que algún demente podría encontrarse allí, mezclado entre la gente de buen juicio.
-¡Adiós! -sollozaron por última vez las damas y el boticario.
Y partió la comitiva. Crispim Soares, al volver a su casa, traía la mirada entre las dos orejas del caballo ruano en que venía montado; Simão Bacamarte dejaba vagar la suya por el horizonte lejano, dejando al caballo la responsabilidad del regreso. ¡La imagen viva del genio y del vulgo! Uno mira al presente con todas sus lágrimas y nostalgias; el otro escudriña el futuro con todas sus auroras.


IV. Una nueva teoría

 

Mientras doña Evarista, bañada en lágrimas, viajaba hacia Río de Janeiro, Simão Bacamarte estudiaba todos los aspectos de una idea audaz y nueva, destinada a la ampliación de las bases de la psicología. Todo el tiempo libre que le dejaba el cuidado de la Casa Verde, era poco para su interés de caminar por las calles o para ir de visita de casa en casa, conversando con la gente sobre treinta mil asuntos y echando unas miradas que aterraban a los más heroicos.
Un día por la mañana –habían pasado tres semanas desde el inicio del viaje a Río-, estando Crispim Soares ocupado en la mezcla de la preparación de un medicamento, fueron a avisarle que el alienista lo llamaba.
-Me dijo que se trata de un asunto importante -avisó el mensajero.
Crispim palideció. ¿Qué asunto importante podía ser sino alguna triste noticia de la comitiva, y especialmente de su mujer? Porque este asunto debe quedar definido con claridad, pues los cronistas insisten en él: Crispim amaba a su mujer, y desde hacía treinta años, no se habían separado un solo día. Esta era la explicación de los monólogos en que andaba ahora y que muchas veces oían sus sirvientes: "¡Vaya! ¿Quién te mandó consentir en el viaje de Cesaria? ¡Adulador, torpe adulador! Todo lo hiciste solamente para adular al doctor Bacamarte. Sí, pues ahora aguántate; ¡vamos, aguántate, alma de lacayo, cobardón, vil, miserable! ¿Dices amén a todo, verdad? ¡Pues ahí tienes la ganancia, sinvergüenza!" Y seguía con otros muchos nombres feos, esos que uno no debe decirle a otros, y mucho menos a sí mismo. Desde esta situación resulta fácil imaginar la impresión que le causó el mensaje. Dejo a un lado la medicina y voló a la Casa Verde.
Simão Bacamarte lo recibió con la alegría propia de un sabio, una alegría abotonada de circunspección hasta el cuello.
-Estoy muy contento -dijo al recibirlo.
-¿Noticias de nuestra gente? -preguntó el boticario con voz trémula.
El alienista hizo un gesto magnífico, y respondió:
-Se trata de una cosa más alta, se trata de una experiencia científica. Digo experiencia, porque no me atrevo a garantizar desde ahora la efectividad de mi idea; la ciencia no es otra cosa, señor Soares, que una investigación constante. Se trata, pues, de una experiencia, pero de una experiencia que va a cambiar la faz del mundo. La locura, objeto de mis estudios, era hasta ahora una isla perdida en el océano de la razón; empiezo a sospechar que es un continente.
Dijo esto y se calló para rumiar el asombro del boticario. Después explicó largamente su idea. En su concepto, la locura abarcaba una amplia superficie de cerebros; y desarrolló el tema con gran cantidad de razonamientos, de citas, de ejemplos. Los ejemplos los encontró en la historia y en Itaguaí; pero siendo como era un espíritu poco vulgar, reconoció el peligro de referirse en exclusiva a los casos de Itaguaí, y buscó refugió en la historia. Por tal motivo trajo especialmente a colación a algunos personajes célebres: Sócrates, que decía tener un demonio familiar; Pascal, que veía un abismo a su izquierda; Mahoma, Caracalla, Domiciano, Calígula, etcétera, una cantidad de casos y personas en las que estaban mezclados seres odiosos y seres ridículos. Y como el boticario mostrara su desconcierto ante tal promiscuidad, el alienista le aseguró que en el fondo todo era la misma cosa, y agregó sentenciosamente:
-La ferocidad, señor Soares, va de lo grotesco a lo serio.
-¡Gracioso, muy gracioso! -exclamó Crispim alzando los brazos al cielo.
En cuanto a la idea de ampliar el territorio de la locura, el boticario la encontró extravagante; pero la modestia, principal atributo de su espíritu, no le permitió confesar otra cosa que no fuera un noble entusiasmo; la declaró sublime y verdadera, agregando que era una idea "digna de matraca". Esta expresión no tiene equivalente en el estilo moderno. En aquellos tiempos, Itaguaí, que como las demás villas, aldeas y poblados de la colonia no disponía de imprenta, tenía dos maneras de divulgar una noticia: mediante carteles manuscritos y clavados en las puertas del Ayuntamiento y de la Iglesia; o por medio de llamadas con una matraca.
He aquí en lo que consistía el segundo recurso. Se contrataba a un hombre, por uno o más días, para que recorriera las calles del lugar, con una matraca en la mano. De rato en rato tocaba la matraca, la gente se reunía y él anunciaba lo que le mandaron: un remedio para las fiebres, tierras aptas para el cultivo, un soneto, un donativo eclesiástico, la mejor tijera de la villa, el más bello discurso del año, etcétera. El sistema tenía inconvenientes para la paz pública; pero continuaba funcionando por la innegable gran fuerza de divulgación que poseía.
Por ejemplo, uno de los concejales -justo aquel que más se opuso a la creación de la Casa Verde- gozaba de la reputación de ser el más perfecto educador de culebras y monos, aunque la verdad fuera que jamás había domesticado a uno solo de esos bichos, tenía la precaución de hacerse anunciar por la matraca todos los meses. Y las crónicas cuentan que algunas personas afirmaban haber visto serpientes cascabeles bailando en el pecho del concejal; afirmación perfectamente falsa, debida a la absoluta confianza en el sistema que lo anunciaba. Lo cierto, cierto, es que no todas las instituciones del antiguo régimen merecen el desprecio de nuestro siglo.
-Hay algo mejor que anunciar mi idea: ponerla en práctica -respondió el alienista a la insinuación del boticario.
Y el boticario que no se oponía sensiblemente a este parecer, le dijo que sí, que lo mejor era comenzar por ponerla en práctica.
-Siempre habrá tiempo de darle a la matraca -concluyó él.
Simão Bacamarte pensó un instante y dijo:
-Suponiendo que el espíritu humano sea una vasta concha, mi objetivo, señor Soares, es ver si puedo extraer la perla, que es la razón; en otros términos, señalaremos de forma definitiva los límites entre la razón y la locura. La razón es el perfecto equilibrio de todas las facultades; fuera de ella, todo es locura, locura y nada más que locura.
El párroco Lopes, a quien confió la nueva teoría, confesó sin más que no lograba entenderla, que era una obra absurda y, si no era absurda, era tan colosal que no valía la pena comenzarla.
-Con la definición actual, que es la de todos los tiempos –agregó-, la locura y la razón están perfectamente delimitadas. Si se sabe dónde termina una y dónde comienza la otra. ¿Para qué saltar la cerca?
El labio fino y discreto del alienista bosquejó la vaga sombra de una intención de sonrisa, en la que el desdén iba unido a la conmiseración; pero ninguna palabra salió de sus egregias entrañas.
La ciencia se contentó con extender la mano a la teología, y con tal seguridad que la teología no supo al final si debía creer en sí misma o en la otra. Itaguaí y el universo estaban al borde de una revolución.


V. El terror

 

Cuatro días después, la población de Itaguaí escuchó consternada la noticia de que un cierto Costa fue recluido en la Casa Verde.
-¡Imposible!
-¡Cómo que imposible! Les aviso que esta mañana lo recogieron.
-Pero, ¿por qué? Él no se lo merecía... ¡Además es un hombre que ha hecho tanto por Itaguaí!...
Costa era uno de los ciudadanos más estimados por todos. Había heredado cuatro mil cruceiros en buena moneda del rey don João V, dinero cuya renta bastaba, según lo declaró el tío en el testamento, para vivir sin preocupaciones "hasta el fin del mundo". Tan pronto tuvo la herencia en su poder, comenzó a darla en préstamos sin usura, mil cruceiros a uno, dos mil a otro, trescientos a éstos, ochocientos a aquél, de tal forma, que al cabo de cinco años se había quedado sin nada. Si la miseria le hubiese llegado de golpe, el asombro de Itaguaí habría sido enorme; pero llegó despacio; fue pasando de la opulencia a la abundancia, de la abundancia a la medianía, de la medianía a la pobreza, de la pobreza a la miseria, gradualmente. Al final de aquellos cinco años, personas que se quitaban el sombrero y lo llevaban casi hasta el suelo en cuanto él aparecía al final de una calle, ahora le palmeaban el hombro con intimidad, lo toqueteaban sin rubor, se burlaban de él. Y Costa siempre sencillo, risueño. Ni se le ocurría pensar que los menos amables eran justamente los que aún tenían deudas pendientes con él; todo lo contrario, a ésos era a quienes parecía saludar con el mayor placer y la más sublime resignación. Un día, como uno de aquellos incurables deudores le hiciese una burla grotesca, y él se riera de ella, una persona presente le comentó con cierta perfidia: “Tú soportas a este tipo para ver si te paga”. Costa no vaciló un instante; fue a la casa del deudor y le perdonó la deuda. “No me asombra -dijo el otro-; Costa dejó escapar una estrella que se fue al cielo.” Costa era perspicaz, entendió que con ese comentario se negaba todo valor a su acto y que se le atribuía la intención de olvidarse de lo que nunca iba ya a regresar a su bolsillo. Era también pundonoroso e imaginativo: dos horas después encontró la forma de demostrar que no le correspondía tan injuria; agarró algunos doblones y se los envió como préstamo al deudor. "Ahora espero que...", pensó sin concluir la frase.
Este último gesto de Costa convenció a crédulos e incrédulos y ya nadie más puso en duda los sentimientos nobles de aquel digno ciudadano. Las necesidades más ocultas salieron a la calle, acudieron a tocar su puerta, llegaban con sus chancletas viejas y sus capas remendadas. Pero un gusano roía mientras tanto el alma de Costa: era la opinión del desagradecido. Pero ese fastidio también terminó: tres meses después se presentó su antiguo deudor a pedirle ciento veinte cruceiros con la promesa de devolvérselos dos días más tarde; esa cantidad era más o menos el residuo de su gran herencia, pero también la posibilidad de un cristiano desquite. Costa de inmediato le prestó el dinero y sin intereses. Desgraciadamente no tuvo tiempo de que le pagaran; cinco meses después era recluido en la Casa Verde.
No es difícil imaginarse la consternación de Itaguaí, cuando se supo lo ocurrido. No se habló de otra cosa, se decía que Costa había enloquecido durante el almuerzo, otros que de madrugada, y se narraban los accesos, que eran furiosos, sombríos, terribles o mansos, y hasta graciosos según las versiones. Mucha gente corrió a la Casa Verde, y encontró al pobre Costa tranquilo, un poco asombrado, hablando con mucha claridad y preguntando por qué motivos lo habían llevado allí. Algunos fueron a hablar con el alienista. Bacamarte aprobaba tales sentimientos de estima y compasión, pero agregaba que la ciencia era la ciencia, y que él no podía dejar en la calle a un mentecato. La última persona que intercedió por él fue una pobre señora, prima de Costa (porque después de lo que voy a contar nadie más se atrevió a interceder ante tan terrible médico). El alienista le explicó que aquel digno hombre no estaba en sus cabales, para lo cual bastaba recordar la manera cómo había despilfarrado los bienes que...
-¡Eso no! ¡Eso no! -interrumpió la buena señora con energía-. Si gastó tan rápido lo que recibió, no fue culpa suya.
-¿Ah, no?
-No, señor. Yo le diré cómo fue la cosa. Mi difunto tío no era un mal hombre; pero cuando estaba furioso era capaz de no sacarse el sombrero ni ante el Santísimo. Pues bien, un día, poco tiempo antes de morir, descubrió que un esclavo le había robado un buey; imagínese cómo se puso. Su cara se puso roja como un pimiento; temblaba de la cabeza a los pies, echaba espuma por la boca, me acuerdo como si fuese hoy. Entonces un hombre feo, peludo, en mangas de camisa, se acercó a pedirle agua. Mi tío (¡Dios lo tenga en la gloria!) le contestó que se fuera a beber al río o al infierno. El hombre lo miró, abrió la mano en un gesto de amenaza, y le lanzó esta maldición: “¡Todo su dinero no durará más de siete años y un día, tan cierto como que ésta es "la estrella de Salomón!” Y mostró la estrella de Salomón que tenía tatuada en un brazo. ¡Y eso fue lo que pasó! ¡Fue la maldición de aquel malvado!
Bacamarte clavó en la pobre señora un par de ojos filosos como puñales. Al terminar le extendió la mano educadamente, como si lo hiciera a la mismísima esposa del virrey, y la invitó a visitar a su primo. La pobre mujer lo aceptó, y él la llevó a la Casa Verde y la encerró en la sección de los alucinados.
La noticia de este vil engaño del ilustre Bacamarte llenó de terror el alma de la población. Nadie podía creer que sin motivo, sin enemistad, el alienista encerrase en la Casa Verde a una señora en su perfecto juicio, que no había cometido otro crimen que interceder por un infeliz. Se comentaba el episodio en todas las esquinas, en las barberías; se hizo circular un supuesto romance, algunas pretensiones amorosas que el alienista en tiempos pasados había tenido por la prima de Costa, que motivó la indignación de éste y el desprecio de la prima. Por eso la venganza. Era obvio. Pero la austeridad del alienista, la vida que llevaba consagrada al estudio, parecían desmentir semejante hipótesis. ¡Tonterías! Todo eso era sólo la piel de oveja sobre el lobo. Y uno de los más crédulos llegó a murmurar que sabía otras cosas, pero que no las decía por faltarle la total seguridad sobre ellas, pero que él las conocía, claro que las conocía, y hasta podría jurar que eran ciertas.
-Tú que eres tan íntimo amigo suyo, deberías decirnos qué es lo que hay, qué hubo, qué motivo...
Crispim Soares se derretía de vanidad. Esas preguntas de la gente preocupada o curiosa, de los amigos asombrados, era para él una consagración pública. No había duda: todo el mundo sabía al fin que el amigo del alienista era él, Crispim, el boticario, el colaborador del gran hombre y de los grandes proyectos: de ahí las continuas llegadas hasta la botica en busca de informes e intervención. Todo eso se reflejaba en la cara feliz y en la sonrisa discreta del boticario, la sonrisa y el silencio, porque él no decía nada; uno, dos, tres monosílabos, cuando mucho, sueltos, secos, envueltos por la fiel sonrisa, constante y mal disimulada, y llena de misterios científicos que él no podía, sin descrédito ni peligro, contar confidencias.
"Algo hay", sospechaban los concurrentes.
Uno de los que así pensaban, se encogió de hombros y se fue de la botica. Tenía asuntos personales que tratar. Acababa de construir una casa suntuosa. La casa por sí misma ya era motivo suficiente para llamar la atención de la gente; pero había algo más: los muebles, que él había mandado traer de Hungría y de Holanda, según contaba, y que era posible ver desde la calle pues las ventanas estaban siempre abiertas, y además, el jardín, una obra maestra de arte y de buen gusto. Este hombre, enriquecido con la fabricación de sillas de montar o aparejos para cargar caballos, había soñado siempre con tener una casa magnífica, jardín pomposo, muebles finos. Continuaba con el negocio de los aparejos para animales, pero se relajaba contemplando su casa nueva, la primera de Itaguaí, más grandiosa que la Casa Verde, más noble que la del Ayuntamiento. Entre la gente ilustre de la villa había llantos y rechinar de dientes cuando se pensaba, se hablaba o se elogiaba la casa del albardero… ¡un simple albardero, Dios del cielo!
-Mírenlo, ahí está como siempre, atontado -comentaban los vecinos por la mañana.
Era verdad. Mateus tenía la costumbre de echarse en medio del jardín, contemplando embobado su casa, totalmente subyugado por ella, y así permanecía durante una larga hora, hasta que venían a llamarlo para almorzar. Los vecinos, si bien lo saludaban con algún respeto, a sus espaldas se reían de él a carcajada limpia. Incluso uno de ellos llegó a decir que Mateus sería mucho más ahorrador y muchísimo más rico si fabricase los aparejos para él mismo; epigrama ininteligible, pero que todo celebraban muertos de la risa.
-Ya está allí Mateus para ser contemplado -decían por la tarde.
La razón de este cambio de expresión era que por la tarde, cuando las familias salían a pasear (cenaban temprano), Mateus solía situarse en una ventana, al centro de ella, a la vista de todos, sobre un fondo oscuro, vestido de blanco, en actitud señorial, y así se quedaba dos o tres horas hasta que anochecía completamente. Podría creerse que la finalidad de Mateus era ser admirado y envidiado, aunque él no se lo confesara a nadie, ni siquiera al boticario, ni al padre Lopes, sus dos grandes amigos. Y sin embargo, esa y no otra fue la explicación del boticario, cuando el alienista le dijo que quizás Mateus padeciese de amor de las piedras, manía que él, Bacamarte, había descubierto y estudiaba desde hacia ya algún tiempo. Eso de contemplar la casa...
-No, señor -intercedió vivamente Crispim.
-¿No?
-Ha de perdonarme, pero tal vez ignore que él por la mañana examina la obra, no la admira; y por la tarde son los otros quienes lo admiran a él y a la obra. -Y contó la costumbre de Mateus, de cada día, desde temprano hasta el anochecer.
Una voluptuosidad científica iluminó los ojos de Simão Bacamarte. O él no conocía todas las costumbres de Mateus, o preguntándole a Crispim sólo quiso confirmar alguna información incierta o una vaga sospecha. La explicación lo satisfizo; pero como tenía concentradas las alegrías propias de un sabio, nada vio el boticario que le hiciese sospechar una intención siniestra. Al contrario, era de tarde, y el alienista le pidió el brazo para ir de paseo. ¡Dios!, era la primera vez que Simão Bacamarte le daba a su amigo tan grande honor; Crispim se sintió trémulo, confundido, y dijo que sí, que estaba listo. De pronto llegaron dos o tres personas a la botica, Crispim las mandó mentalmente al infierno; no sólo atrasaban el paseo, sino que podía ocurrir que Bacamarte eligiese a alguna de ellas para acompañarlo, prescindiendo de él. ¡Qué impaciencia! ¡Qué angustia! Por fin, salieron. El alienista se dirigió hacia la casa de Mateus, y lo vio en la ventana; pasó ante él cinco, seis veces, despacio, deteniéndose, estudiando las actitudes, la expresión de la cara. El pobre Mateus, al darse cuenta que era objeto de la curiosidad o admiración de la primera figura de Itaguaí, enfatizó su pose, dio mayor relieve a su expresión... Triste, triste cosa pues el desgraciado lo único que logró fue condenarse: ¡al día siguiente fue recluido en la Casa Verde!
-La Casa Verde sólo es una cárcel privada -dijo un médico sin clínica.
Nunca una opinión repercutió y se propaló con tal rapidez. Cárcel privada; eso era lo que se repetía de norte a sur y de este a oeste en Itaguaí -con miedo, es cierto, porque en la semana siguiente a la captura del pobre Mateus, veintitantas personas más -dos o tres de ellas de consideración-, fueron encerradas en la Casa Verde. El alienista afirmaba que sólo eran admitidos los casos patológicos, pero muy poca gente creía en lo que decía. Se sucedían las versiones populares. Venganza, ambición económica, castigo de Dios, monomanía del propio médico o plan secreto de las autoridades de Río de Janeiro con el propósito de destruir en Itaguaí todo germen de prosperidad que pudiese brotar, desarrollarse, florecer, en desdoro y mengua de aquella ciudad. Mil explicaciones diferentes, que no explicaban nada, era el producto diario de la imaginación pública.
Tal era la situación cuando regresaron de Río de Janeiro la esposa del alienista, la tía, la mujer de Crispim Soares, y todo el resto de la comitiva -o casi toda- que semanas antes habían partido de Itaguaí. El alienista fue a recibirla con el boticario, el padre Lopes, los concejales y algunos magistrados. El instante en que doña Evarista puso los ojos en la persona de su marido es considerado por los cronistas de ese tiempo como uno de los más sublimes de la historia moral de la humanidad, y ello en virtud del contraste entre las dos naturalezas, ambas extremas, ambas egregias. Doña Evarista dejó escapar un grito, balbuceó unas palabras, y se arrojó en brazos de su consorte, con un gesto que no puede ser mejor definido que como una combinación onza y tórtola. No respondió así el ilustre Bacamarte. Frío como un diagnóstico, sin suspender ni por un instante la rigidez científica, extendió los brazos a su esposa, que cayó en ellos y se desmayó. Breve incidente: al cabo de dos minutos, doña Evarista recibió los saludos de los amigos, y el sequito se puso en marcha.
Doña Evarista era la esperanza de Itaguaí; se contaba con ella para atenuar el flagelo de la Casa Verde. De allí las aclamaciones públicas, la multitud que colmaba las calles, los banderines, las flores y damascos en las ventanas. Con la mano apoyada en el brazo del padre Lucas -porque el eminente Bacamarte había confiado su mujer al párroco, y los acompañaba con paso meditativo-, doña Evarista movía la cabeza de un lado a otro, curiosa, inquieta, halagada. El cura le preguntaba por Río de Janeiro, a donde no había regresado desde el virreinato anterior; y doña Evarista respondía entusiasmada que era la cosa más bella que podía haber en la tierra. El Paseo Público estaba terminado, un paraíso, adonde ella había ido muchas veces, y la Rua das Belas Noites, el Chafariz de las Ocas... ¡Ah, el Chafariz de las Ocas! Realmente eran ocas, estaban hechas de metal y echaban agua por los picos. ¡Ah, hermosísimo! El párroco decía que sí, que Río de Janeiro debía estar ahora mucho más bonito. ¡Si ya lo era desde mucho antes! Y no era cuestión de extrañarse pues era más grande que Itaguaí, y además la sede del gobierno... Pero no se puede decir que Itaguaí fuese feo; tenía hermosas residencias, la de Mateus, el edificio de la Casa Verde...
-A propósito de la Casa Verde -dijo el padre Lopes deslizándose hábilmente hacia el tema del momento-, usted va a encontrarla muy llena de internos.
-¿No me diga?
-Así es. Allá esta Mateus…
-¿El de los caballos?
-El de los caballos, doña Evarista; y además, Costa, la prima de Costa, y Fulano, y Zutano, y...
-¿Todos locos?
-O casi locos -corrigió el párroco.
-Pero ¿qué ha pasado?
El sacerdote cerró las comisuras de los labios, como quien no sabe nada, o no quiere decir todo lo que sabe. A doña Evarista le pareció extraordinario que tanta gente haya enloquecido; uno que otro, sea, ¡pero todos! Por otra parte le costaba dudar; su marido era un sabio, no encerraría a nadie en la Casa Verde sin pruebas evidentes de locura.
-Sin duda... sin duda... -repetía el vicario.
Tres horas después, cerca de cincuenta invitados se sentaban en torno a la mesa de Simão Bacamarte; era la cena de bienvenida. Doña Evarista fue el motivo obligado de todos los brindis, discursos, versos de todo tipo, metáforas, hipérboles, apologías. Ella era la esposa del nuevo Hipócrates, la musa de la ciencia, ángel, divina, aurora, caridad, vida, consuelo; traía en los ojos dos luceros, según la versión modesta de Crispim Soares, y dos soles, en el concepto de un concejal. El alienista escuchaba todas estas cosas con cierto fastidio, pero sin visible impaciencia. Lo que más llegaba a hacer era decirle al oído a su mujer que sólo la retórica podía permitir semejantes exageraciones sin significación. Doña Evarista hacía esfuerzos por adherirse a la opinión de su marido; pero aun quitando tres cuartas partes de las lisonjas pronunciadas, quedaba mucho para llenarle el alma. Por ejemplo, uno de los oradores, Martim Brito, joven de veinticinco años, petimetre reconocido, curtido de amoríos y aventuras, pronunció un discurso en el que el nacimiento de doña Evarista era explicado del modo más singular que pueda imaginarse. "Dios -dijo-, después de dar al universo el hombre y la mujer, ese diamante y esa perla de la corona divina (y el orador arrastraba en triunfo esta frase de una punta a otra de la mesa), Dios quiso vencer a Dios, y creó a doña Evarista.”
Doña Evarista bajó los ojos con ejemplar modestia. Dos señoras que encontraron el galanteo excesivo y audaz, se fijaron en los ojos del dueño de casa; y, en verdad, el gesto del alienista les pareció enturbiado de sospechas, amenazas y, sin duda, de sangre. El atrevimiento fue grande, pensaron las dos damas. Y una y otra le pedían a Dios evitar cualquier desenlace trágico, o por lo menos dejarlo para el día siguiente. Sí, que lo aplazara. Una de ellas, la más piadosa, llegó a pensar que doña Evarista no podía ser objeto de la menor sospecha, tan lejos estaba de ser atractiva o bonita. Simple agua tibia. Pero también es verdad que si todos los gustos fueran iguales, ¿qué sería del amarillo? Esta idea la volvió a hacer temblar, aunque menos, porque el alienista sonreía ahora a Martim Brito. Y cuando todos se pusieron de pie, se acercó a él para hablarle del discurso. Reconoció que era una improvisación brillante, llena de matices magníficos. ¿Era suya la idea relativa al nacimiento de doña Evarista, o la había encontrado en algún autor que...? No, señor; era en verdad suya; le vino a la mente mientras hablaba y le pareció apropiada para lo que estaba diciendo. Además, sus ideas siempre eran más atrevidas que tiernas o graciosas. Ideales para la épica. Una vez, por ejemplo, compuso una oda a la caída del marqués de Pombal, en la que decía que ese ministro era "el dragón aspérrimo de la Nada", aplastado por las "garras vengadoras del Todo"; y así otras, más o menos fuera de lo común; le gustaban las ideas sublimes y raras, las imágenes grandes y nobles...
"¡Pobre muchacho! -pensó el alienista-. Se trata de un caso de lesión cerebral; fenómeno sin gravedad, pero digno de estudio..."
Doña Evarista quedó asombrada cuando supo, tres días más tarde, que Martim Brito había sido recluido en la Casa Verde. ¡Un muchacho que tenía ideas tan hermosas! Las dos señoras atribuyeron a celos la decisión de Bacamarte. No podía ser otra cosa; sin duda, las frases del joven fueron en exceso audaces.
¿Celos? Si no, ¿cómo explicar que días después fuesen encerrados José Borges do Couto Leme, persona estimada; Chico das Cambrays, holgazán emérito; el escribano Fabricio, y algunos otros? El terror se acentuó. Ya no se podía saber quién estaba sano y quién estaba loco. Las mujeres, cuando sus maridos salían de sus casas, mandaban encender una vela a Nuestra Señora; y no todos los maridos eran valientes; algunos sólo salían con uno o dos criados. Positivamente, eso era el terror. Quien podía emigraba. Uno de esos fugitivos fue detenido a doscientos pasos de la villa. Era un joven de treinta años, amable, conversador, cortés, tan cortés que era incapaz de saludar a alguien sin llevar su sombrero hasta el suelo; en la calle era frecuente verlo correr una distancia de quince a treinta metros para estrechar la mano de un hombre serio, una señora, y a veces hasta de un niño, como sucedió con el hijo del magistrado. Tenía la vocación de la cortesía. Además, debía su buenas relaciones sociales no sólo a sus dotes personales, que eran excepcionales, sino también a su noble tenacidad que le impedía desanimarse ante uno, dos, cuatro, seis rechazos, caras feas, etcétera. Pero también sucedía que cada vez que entraba a una casa, no la dejaba más, ni los de la casa lo dejaban a él, tan gracioso era Gil Bernardes. Pues bien, Gil Bernardes pese a saberse tan estimado, tuvo miedo el día en que le dijeron que el alienista lo tenía en estudio; en la madrugada siguiente huyó de la villa, pero lo apresaron de inmediato y lo encerraron en la Casa Verde.
-¡Debemos terminar con esto!
-¡Esto no puede seguir así!
-¡Abajo la tiranía!
-¡Déspota! ¡Violento! ¡Goliat!
No eran gritos callejeros, eran susurros de entrecasa, pero la hora de los gritos no estaba lejana. El terror crecía; se avecinaba la rebelión. La idea de una petición al gobierno para que Simão Bacamarte fuese detenido y deportado estuvo dando vueltas por algunas cabezas hasta que el barbero Porfirio la hizo pública en su local con grandes gestos de indignación. Adviértase -y esta es una de las páginas más puras de esta sombría historia-, que Porfirio, desde que la Casa Verde empezó a poblarse de forma tan extraordinaria, vio crecer sus beneficios por la constante aplicación de sanguijuelas que desde ahí le pedían; pero el interés particular, decía, debe ceder al interés público. Y agregaba: “¡Hay que derrocar al tirano!”. El valor añadido a su grito fue que lo pronunció el mismo día que Simão Bacamarte había encerrado en la Casa Verde a un hombre que había presentado una demanda contra él, el señor Coelho.
-¡No me van a decir que Coelho está loco! -gritó Porfirio.
Y aunque nadie le contestaba, todos sabían que era un hombre en su sano juicio. Y además sabía que la demanda que había presentado contra él por unos pedazos de tierra era hija de la oscuridad de una cédula real, y no de la codicia o el odio. Una excelente persona el tal Coelho. Los únicos enemigos que tenía, si es que así puede llamárseles, eran aquellas personas que haciéndose los serios o alegando estar con prisa, apenas lo veían de lejos doblaban en la primera esquina, entraban en alguna tienda, etcétera. En verdad que a él le encantaba la buena charla, tranquila, pausada, degustada a sorbos grandes, y por eso es que nunca estaba solo, prefiriendo a quienes sabían decir dos palabras, pero sin desdeñar tampoco a los otros. El padre Lopes, que gustaba de Dante, era uno de los enemigos de Coelho, pues no había vez en que lo viera despedirse de alguien sin declamar, cambiados, estos versos:

La bocca sollevò dal fiero pasto
Quel "seccatore"...

que unos sabían que motivaban el odio del cura y otros creían que se trataba de una oración en latín.


VI. La rebelión

 

Cerca de treinta personas se unieron al barbero, y redactaron y presentaron una petición al Ayuntamiento.
El Ayuntamiento se negó a aceptarla, declarando que la Casa Verde era una institución pública y que la ciencia no podía ser censurada por votación administrativa y, menos aún, por protestas callejeras.
-Vuelvan al trabajo -concluyó el presidente-; esa es la respuesta que les damos.
La rabia de los sublevados fue enorme. El barbero declaró que levantarían la bandera de la rebeldía y destruirían la Casa Verde; que Itaguaí no podía seguir sirviendo de conejillo de Indias para los estudios y experiencias de un déspota; que muchas personas estimables, algunas distinguidas, otras hu- mildes pero dignas de aprecio, yacían en las celdas de la Casa Verde; que el despotismo científico del alienista se mezclaba con el interés por el lucro, puesto que ningún loco, o los así llamados, no eran tratados gratis; las familias, y cuando estas no podían, el Ayuntamiento, pagaban al alienista...
-Eso es falso -interrumpió el presidente.
-¿Falso?
-Hace cerca de dos semanas recibimos un oficio del ilustre médico, declarando que por desear hacer experimentos de alto valor psicológico, renunciaba al estipendio aprobado por votación en el Ayuntamiento, y que tampoco aceptaría algo de los familiares de los enfermos.
La noticia de este acto tan noble, tan puro, tranquilizó un poco los ánimos rebeldes. Seguramente, el alienista podía estar equivocado, pero ningún interés ajeno a la ciencia lo instigaba; y para demostrar un error era necesario algo más que reclamaciones y amenazas. Eso fue lo que dijo el presidente entre el aplauso de todo el Ayuntamiento. El barbero, después de algunos instantes de meditación, afirmó que estaba investido de un mandato público, y que no restituiría la paz a Itaguaí antes de ver la destrucción de la Casa Verde -"esa Bastilla de la razón humana", expresión que oyera a un poeta local, y que él repitió con mucho énfasis. Así respondió, y tras una señal todos salieron con él.
Imagínese el lector la situación de los concejales; debían impedir las manifestaciones, la rebelión, la lucha, la sangre. Para colmo de males, uno de los concejales que había apoyado al presidente, al escuchar la denominación dada por el barbero a la Casa Verde -"Bastilla de la razón humana"-, la encontró tan elegante que cambió de parecer. Dijo que consideraba prudente decretar alguna medida que limitase el poder de la Casa Verde; y cuando el presidente, indignado, manifestó en términos enérgicos su asombro, el concejal dio la siguiente explicación:
-Nada tengo contra la ciencia; pero si tantos hombres que suponemos cuerdos son encerrados por demencia, ¿quién puede aseguramos que el alienado no sea el alienista?
Sebastião Freitas, el concejal disidente, tenía el don de la palabra y habló durante un rato más con prudencia pero firmemente. Sus colegas estaban atónitos; el presidente le pidió que por lo menos diera ejemplo de orden y de respeto a la ley, no difundiendo sus ideas en la calle, evitando así dar cuerpo y alma a la rebelión, que por el momento sólo era un torbellino de átomos dispersos sin llegar a imponer peligro. Esta petición corrigió un poco el efecto de la otra: Sebastião Freitas prometió evitar cualquier acción, reservándose el derecho de pedir por los medios legales limitar los poderes de la Casa Verde. Y se repetía a sí mismo, fascinado: "Bastilla de la razón humana."
Mientras tanto, la oposición aumentaba. Ya no eran treinta sino trescientas las personas que seguían al barbero, cuyo apodo familiar debe ser dicho porque dio nombre a la revuelta; lo llamaban el Canjica, y el movimiento se hizo célebre con el nombre de “La rebelión de los Canjicas”. La acción era reducida, ya que muchos, por miedo o educación, no se manifestaban por las calles, pero el sentimiento era unánime, o casi unánime, y los trescientos que marchaban hacia la Casa Verde, considerando las diferencias entre París e Itaguaí, podían ser comparados a los que tomaron la Bastilla.
Doña Evarista tuvo noticias de la manifestación antes de que llegase a las puertas de la Casa Verde; vino a contárselo una de sus criadas. En ese momento, ella se estaba probando un vestido de seda -uno de los treinta y siete que se había traído de Río de Janeiro- y no quiso creer lo que le decían.
-Ha de ser alguna celebración -dijo mientras cambiaba de lugar un alfiler-. Benedita, mira si el borde está bien hecho...
-Sí, señora -contestó la esclava de rodillas en el suelo-. A ver... si mi señora se volviera un poquito... Así. Está muy bien, señora.
-No es una celebración, mi señora. Ellos vienen gritando: ¡Muera el doctor Bacamarte, el tirano! -insistía el negrito asustado.
– ¡Cállate, tonto! Benedita, fíjate en el lado izquierdo, me parece que la costura está un poco torcida. La raya azul no sigue hasta abajo… así queda muy feo… hay que descoserlo para que quede parejito y...
– ¡Muera el doctor Bacamarte! ¡Muera el tirano! -gritaban afuera más de trescientas voces. Era la manifestación que desembocaba en la Rua Nova.
Doña Evarista se quedó helada. Con la primera impresión quedó petrificada: no pudo dar ni un paso ni hacer un gesto. La esclava corrió instintivamente hacia la puerta del fondo. En cuanto al negrito a quien doña Evarista no le hizo el menor caso, vivió un instante triunfal, inesperado, imperceptible, íntimo, de satisfacción moral, al ver que la realidad venía a confirmar sus palabras.
-¡Muera el alienista! -vociferaban los opositares más próximos.
Doña Evarista, si bien no resistía fácilmente las conmociones placenteras, sabía enfrentarse a los momentos de peligro. No se desmayó; corrió al salón interior donde su marido estudiaba. Cuando entró ahí, precipitadamente, el ilustre médico estaba enfrascado en un texto de Averroes; sus ojos, empañados por la meditación, subían del libro al techo y bajaban del techo al libro, ciegos a la realidad exterior, videntes sólo para los profundos trabajos mentales. Doña Evarista le habló a su marido dos veces, sin que él le prestase atención; a la tercera la oyó y le preguntó qué ocurría, si estaba enferma.
-¿No oyes esos gritos? -preguntó la digna esposa bañada en lágrimas.
Entonces el alienista escuchó; los gritos cada vez se acercaban, terribles, amenazadores; al instante comprendió todo. Se levantó del sillón con gran respaldar en donde estaba sentado, cerró el libro, y con paso firme y tranquilo fue a depositarlo en el estante. Como la introducción del volumen moviera un poco la línea del lomo de los dos tomos próximos, Simão Bacamarte arregló ese defecto mínimo pero, además, revelador de su ánimo. Después le dijo a su mujer que fuera a su cuarto y no se moviera de allí.
-No, no -rogaba la digna señora-, quiero morir a tu lado...
Simão Bacamarte le dijo que no, que no era un caso de muerte y, agregó, aunque lo fuera, le ordenaba que, en nombre de la vida, se quedara donde le dijo. La infeliz dama inclinó la cabeza obediente y llorosa.
-¡Abajo la Casa Verde! –vociferaban los Canjicas.
El alienista se dirigió hacia el balcón delantero y salió justo en el momento en el que la manifestación llegaba con sus trescientas cabezas rutilantes de civismo y sombrías de desesperación. “¡Muera, muera!”, gritaron de todos lados apenas el alienista se asomó al balcón. Simão Bacamarte hizo un gesto pidiendo silencio; los revoltosos contestaron a gritos indignados haciéndolo callar. Entonces el barbero, agitando el sombrero para imponer silencio, logró tranquilizar a sus seguidores y le dijo al alienista que podía hablar, pero advirtiéndole que no abusara de la paciencia del pueblo como venía haciéndolo hasta ahora.
-Diré poco, y si es necesario no diré nada, pero antes deseo saber qué es lo que quieren.
-No pedimos nada -replicó vibrante el barbero-; ordenamos que la Casa Verde sea demolida, o por lo menos que se suelte a los infelices que están encerrados allí dentro.
-No entiendo.
-Entiendes bien, tirano; queremos liberar a las víctimas de tu odio, capricho, lucro...
El alienista sonrió, pero la sonrisa del gran hombre no fue visible a los ojos de la multitud; era una contracción ligera de dos o tres músculos, nada más. Y respondió:
-Señores míos, la ciencia es una cosa seria y merece ser tratada con seriedad. No doy explicaciones de mis actos de alienista, a excepción de maestros y de Dios. Si quieren enmendar la administración de la Casa Verde, estoy dispuesto a escucharlos; pero si exigen que me niegue a mí mismo, no ganarán nada. Podría invitar a algunos de ustedes, en representación de los restantes, a visitar conmigo a los locos recluidos; pero no lo hago porque sería darles explicación de mi sistema, lo que no haré ante legos ni rebeldes.
Ante esto, la multitud quedó atónita frente al alienista; era obvio que no esperaba tanta energía y menos aún tamaña serenidad. Pero el asombró creció aún más cuando el alienista, haciendo ante la multitud una reverencia con suma seriedad, le dio la espalda y entró lentamente al interior de la casa. El barbero reaccionó de inmediato, y agitando el sombrero invitó a sus seguidores a demoler la Casa Verde; pocas y débiles voces le respondieron. Fue en ese momento decisivo cuando el barbero sintió despertar en sí la ambición de poder; le pareció entonces que demoliendo la Casa Verde y disminuyendo la influencia del alienista, llegaría a apoderarse del Ayuntamiento, dominar a las restantes autoridades y constituirse en el señor de Itaguaí. Desde hacía algunos años luchaba por ver su nombre incluido en las listas de candidatos a concejal, pero lo rechazaban por no tener una posición compatible con tan digno cargo. La ocasión era ahora o nunca. Además, ya había llevado tan lejos la manifestación, que la derrota supondría la cárcel o quizás la horca o el destierro. Desgraciadamente, la respuesta del alienista había disminuido la furia de sus seguidores. El barbero, apenas se dio cuenta de lo que sucedía, se llenó de indignación y quiso gritarles “¡canallas!, ¡cobardes!”, pero se dominó, y habló de este modo:
-¡Amigos, debemos luchar hasta el fin! La salvación de Itaguaí está en sus dignas y heroicas manos. Destruyamos la cárcel de sus hijos y padres, de sus madres y hermanas, de sus parientes y amigos, y de ustedes mismos. ¡O morirán a pan y agua, tal vez azotados, en las mazmorras de este miserable!
La multitud de inmediato se agitó, murmuró, gritó, amenazó y cerró filas alrededor del barbero. Era la furia que volvía a crecer, tras ese ligero síncope, y amenazaba con derrumbar la Casa Verde.
-¡Adelante! -ordenó Porfirio moviendo su sombrero.
-¡Adelante! -repitieron todos.
Pero los detuvo un suceso inesperado: un cuerpo de dragones entraba en la Rua Nova al trote de sus caballos.

 

VII. Lo inesperado

 

Cuando los dragones se detuvieron ante los Canjicas, hubo un instante de asombro: los Canjicas no querían creer que la fuerza pública se hubiese mandado contra ellos; pero el barbero comprendió todo y esperó. Los dragones se detuvieron, el capitán intimó a la multitud a dispersarse; pero aunque una parte de ella estuviera inclinada a hacerlo, la otra apoyó decididamente al barbero, cuya respuesta fue expresada en estos elevados términos:
-No nos dispersaremos. Si quieren nuestros cadáveres, pueden tenerlos, pero sólo los cadáveres; no podrán llevarse nuestro honor, nuestras creencias, nuestros derechos, y con ellos la salvación de Itaguaí.
Nada más imprudente que la respuesta del barbero; y nada más natural. Era el vértigo de las grandes crisis. Tal vez fuese también un exceso de confianza por no haber los dragones usado sus armas; confianza que el capitán se encargó de eliminar en seguida, ordenando cargar sobre los Canjicas. El momento fue indescriptible. La multitud rugió enfurecida, algunos, trepándose a las ventanas de las casas o corriendo hacia las calles laterales, lograron escapar; pero la mayoría permaneció donde estaba, gritando encolerizada, indignada, animada por el barbero. La derrota de los Canjicas era inminente, cuando una tercera parte de los dragones –las crónicas no aclaran cuál fue el motivo- se pasó inesperadamente a las filas de los manifestantes. Este inesperado refuerzo aumentó el valor de los Canjicas, y des-animó a las filas del orden y la legalidad. Los soldados fieles no tuvieron el coraje de atacar a sus compañeros y, uno a uno, fueron cambiando de bando, de tal forma que a los pocos minutos las cosas eran totalmente distintas. El capitán estaba de un lado, con algunos pocos hombres, y al frente tenía una masa compacta que lo amenazaba de muerte. No tuvo otra alternativa que declararse vencido, y entregó su espada al barbero.
La revolución triunfante no perdió ni un solo minuto; llevó a los heridos a las casas vecinas y se dirigió hacia el Ayuntamiento. Pueblo y tropa confraternizaban, daban vivas al rey, al virrey, a Itaguaí, al "ilustre Porfirio". Éste iba adelante, empuñando la espada con tanta seguridad, como si fuera una navaja de afeitar, quizá un poco más larga. La victoria rodeaba su frente con un aura misteriosa. La dignidad del gobierno empezaba a enaltecer su aspecto.
Los concejales, asomados en las ventanas, al ver junta a la multitud y a la tropa, creyeron que todos los manifestantes habían sido tomados prisioneros, y sin más trámite, entraron al salón de juntas y aprobaron una petición al virrey para que ordenase dar un mes de sueldo extra a los dragones, "cuyo valor salvó a Itaguaí del abismo al que lo había lanzado una pandilla de rebeldes". Esta frase fue propuesta por Sebastião Freitas, el concejal disidente, cuya defensa de los Canjicas tanto había escandalizado a sus colegas. Pero la ilusión desapareció rápidamente. Los “vivas” al barbero, los “mueras” a los concejales y al alienista, les hicieron descubrir la triste realidad. El presidente no se desanimó: "Cualquiera que sea nuestra suerte –dijo-, recordemos que estamos al servicio de su majestad y del pueblo.” Sebastião Freitas insinuó que mejor se podía servir a la corona y a la villa saliendo por la parte de atrás para ir a conferenciar con el juez, pero todos los miembros del Ayuntamiento rechazaron esta propuesta.
Inmediatamente, el barbero, acompañado por algunos de sus más próximos colaboradores, entró al salón del Ayuntamiento para obligar a sus integrantes a dimitir. El Ayuntamiento no se resistió, sus integrantes se rindieron sin más y fueron trasladados a la prisión. Entonces los amigos del barbero le propusieron asumir el gobierno de la villa en nombre de Su Majestad. Porfirio aceptó el cargo, aunque no desconocía, aclaró, las espinas que éste traía; además, dijo, no podía dejar de lado la colaboración de los amigos allí presentes, lo que de inmediato fue aceptado entre estruendosos aplausos. El barbero se asomó por la ventana y comunicó al pueblo estas resoluciones, que de inmediato ratificó aclamando al barbero, quien aceptó el título de "Protector de la Villa en nombre de Su Majestad y del Pueblo". De inmediato se emitieron varias órdenes importantes, comunicaciones oficiales del nuevo gobierno, una exposición minuciosa al virrey, con muchas expresiones de obediencia a las órdenes de Su Majestad, y, finalmente, una proclama al pueblo, corta pero enérgica:

 

¡ITAGUAÍANOS!
Un Ayuntamiento corrupto y violento conspiraba contra los intereses de Su Majestad y del Pueblo. La opinión pública lo había condenado; un puñado de ciudadanos, fuertemente apoyados por los bravos dragones de Su Majestad, acaba de disolverlo ignominiosamente, y por unánime consenso de la Villa, me fue confiado el mando supremo, hasta que Su Majestad se sirva ordenar lo que le pareciere mejor a su real servicio. ¡Itaguaíanos! No les pido sino que me rodeen de confianza, que me ayuden a restaurar la paz y la hacienda pública, tan dilapidada por el Ayuntamiento que acaba de ser disuelto por las manos de todos ustedes. Cuenten con mi sacrificio y estén seguros de que la corona estará con nosotros.
El Protector de la villa, en nombre de Su Majestad y del Pueblo.

PORFIRIO CAETANO DAS NEVES


Todo el mundo advirtió el absoluto silencio de esta proclama sobre la Casa Verde; y, según algunos, no podía haber más vivo indicio de los proyectos tenebrosos del barbero. El peligro era inmediato, pues en medio de estos graves sucesos, el alienista había metido en la Casa Verde unas siete u ocho personas, entre ellas dos señoras, y a un hombre emparentado con el Protector. No era un desafio, un acto intencional, pero todos lo interpretaron de esa manera, y la villa respiró con la esperanza de ver, en menos de veinticuatro horas, al alienista en la cárcel y la terrible cárcel destruida.
El día terminó alegremente. Mientras el pregonero de la matraca iba repitiendo la proclama de esquina en esquina, el pueblo salía a las calles jurando morir en defensa del ilustre Porfirio. Pocos gritos se escucharon contra la Casa Verde, prueba de confianza en la rápida acción del gobierno. El barbero hizo redactar una proclama declarando día de fiesta aquel día, y entabló negociaciones con el párroco para la celebración de un Te Deum, pues a sus ojos era de lo más convincente la conjunción del poder temporal con el espiritual; pero el padre Lopes se negó a colaborar con ese proyecto.
-En cualquier caso, me imagino que su eminencia no se alistará entre los enemigos del gobierno -le dijo el barbero dando a su fisonomía un aspecto tenebroso.
-¿Cómo alistarme, si el nuevo gobierno no tiene enemigos? -respondió el cura sin responder.
El barbero sonrió; era la pura verdad. Salvo el capitán, los concejales y los principales de la villa, toda la gente lo aclamaba. Y los principales, si bien no lo aclamaban, tampoco se habían manifestado en su contra. Y ante él también se habían presentado a recibir órdenes los encargados de la salud pública. Por lo general, las familias bendecían el nombre de aquel que finalmente iba a liberar a Itaguaí de la Casa Verde y del terrible Simão Bacamarte.


VIII. Las angustias del boticario

 

Veinticuatro horas después de los sucesos narrados en el capítulo anterior, el barbero dejó el Palacio de Gobierno -tal era el nuevo nombre del Ayuntamiento- en compañía de dos funcionarios de categoría, para dirigirse a la residencia de Simão Bacamarte. No ignoraba que era más decoroso para el gobierno mandar llamarlo; pero el temor de que el alienista no obedeciese, lo obligó a aparentar tolerancia y moderación.
No describo el terror del boticario cuando escuchó decir que el barbero iba a la casa del alienista. "Va a tomarlo prisionero", pensó. Y aumentaron sus angustias. En verdad, la tortura moral del boticario en aquellos días revueltos excede cualquier posible descripción. Nunca un hombre se encontró en situación tan difícil: su íntima amistad con el alienista lo llamaban para un lado; la victoria del barbero lo atraía hacia el barbero. Ya la simple noticia de la sublevación le había producido una fuerte impresión porque conocía él odio unánime hacia el alienista; pero la victoria final fue también el golpe final. Su esposa, mujer de fuerte carácter, amiga íntima de doña Evarista, le decía que su lugar estaba junto a Simão Bacamarte; pero, al contrario, su corazón le gritaba que no, que la causa del alienista estaba perdida, y que nadie, por puro gusto, se ata a un cadáver.
"Lo hizo Catón, es cierto, Sed victa Catón -pensaba, recordando algunas palabras citadas por el padre Lopes-; pero Catón no se ató a una causa vencida; él mismo era su causa perdida, la causa de la república; su acto, por lo tanto, fue el de un egoísta, el de un miserable egoísta. Mi situación es otra".
Pero al insistir su esposa en la causa que ella creía que debía apoyar, Crispim Soares no encontró otra alternativa a la crisis que enfermarse; se declaró enfermo y se metió en la cama.
-Allá va Porfirio rumbo a la casa del doctor Bacamarte -le dijo la mujer al día siguiente, parada al pie de la cama-, lo acompaña un grupo.
"Lo van a encarcelar", pensó el boticario. Y tras esa idea le vino a la cabeza la certeza de que una vez en la cárcel el alienista, vendrían detenerlo a él en calidad de cómplice. Esta idea fue el mejor de los remedios. Crispim Soares se levantó de la cama, dijo que ya se sentía bien, que iba a salir; y pese a todos los esfuerzos y protestas de su esposa, se vistió y salió. Los viejos cronistas coinciden el registrar que el convencimiento de que su marido iba a colocarse noblemente al lado del alienista, consoló mucho a la esposa del boticario; y agregan, con mucha perspicacia, el inmenso poder moral que posee una ilusión, pues la verdad es que el boticario se dirigió sin dudar un instante hacia el Palacio de Gobierno y no hacia la casa de su amigo. Una vez allí, se mostró sorprendido de no encontrar al barbero, a quien iba a declarar su adhesión y a justificarse por no haberlo hecho el día anterior debido a que se encontraba enfermo. Y tosía con algún aspaviento. Los altos funcionarios que lo escuchaban, sabiendo la amistad que lo unía al alienista, comprendieron la importancia del gesto y le dieron a Crispim Soares muestras de la debida atención; le aseguraron que el barbero no tardaría; que su señoría había ido a la Casa Verde por asuntos de gobierno, pero que no se demoraría. Le ofrecieron una silla, le invitaron refrescos, lo elogiaron; le aseguraron que la causa del ilustre Porfirio era la de todos los patriotas, a lo que el boticario iba repitiendo que sí, que nunca había pensado otra cosa y que eso era exactamente lo que le pensaba decir a Su Majestad.


IX. Dos lindos casos

 

No debió esperar mucho el barbero para ser recibido por el alienista, quien le declaró que no tenía medios para oponerse, y que por lo tanto se ponía a sus órdenes. Sólo una cosa pedía: no ser obligado a estar presente durante la destrucción de la Casa Verde.
-Se engaña Vuestra Señoría -dijo el barbero después de una breve pausa-, se engaña al atribuir al gobierno intenciones vandálicas. Con razón o sin ella, la opinión general cree que la mayor parte de los locos encerrados allí están en su sano juicio, pero el gobierno reconoce que el asunto es puramente científico, y no pretende resolver con medidas precipitadas temas que sólo conciernen a la ciencia. Además la Casa Verde es una institución pública, y así la recibimos de manos del Ayuntamiento disuelto. Sin embargo, debe haber alguna opinión intermedia que restituya el sosiego al espíritu público.
El alienista apenas podía disimular su asombro; confesó que esperaba otra cosa: el derrumbe del manicomio, su prisión, el destierro, todo, menos...
-El asombro de Vuestra Señoría -lo interrumpió con gravedad el barbero- viene de no entender la grave responsabilidad del gobierno. El pueblo, poseído por una ciega piedad, que le provoca en esas circunstancias una legítima indignación, puede exigir al gobierno cierta prioridad en sus actos; pero éste, con la responsabilidad que le incumbe, no los debe practicar, en su totalidad, y esa es nuestra situación. La generosa revolución que ayer destituyó un Ayuntamiento vilipendiado y corrupto pidió a gritos la demolición de la Casa Verde; pero ¿puede entrar en el ánimo del gobierno eliminar la locura? No. ¿Y si el gobierno no la puede eliminar, está al menos preparado para discriminarla y para reconocerla? Tampoco. Eso corresponde a la ciencia. Por lo tanto, en asunto tan delicado, el gobierno no puede, no quiere prescindir de la colaboración de Vuestra Señoría. Lo que le pide es que busquemos una forma para calmar al pueblo. Unámonos, y el pueblo sabrá obedecer. Una de las ideas aceptables, a menos que Vuestra Señoría tenga otra, sería permitir salir de la Casa Verde a los enfermos que estuvieren casi curados y a los maniacos de poca importancia, etcétera. Así, sin gran peligro, mostraremos alguna tolerancia y benignidad.
-¿Cuántos muertos y heridos hubo ayer en la revuelta? -preguntó Simão Bacamarte después de tres minutos de silencio.
Al barbero lo sorprendió la pregunta, pero en seguida respondió que once muertos y veinticinco heridos.
-¡Once muertos y veinticinco heridos! -re-pitió dos o tres veces el alienista.
Y a continuación le dijo al barbero que la idea no le parecía buena, pero que él iba a pensar en alguna otra, y que en pocos días le daría una respuesta. Y le hizo varias preguntas sobre los sucesos de la víspera: ataque, defensa, adhesión de los dragones, resistencia del Ayuntamiento, etcétera, etcétera, a las que el barbero iba respondiendo con mucho detalle, insistiendo de manera especial en el descrédito en que había caído el Ayuntamiento. El barbero confesó que el nuevo gobierno no contaba aún con el apoyo de los principales de la villa, y que el alienista podía ayudar mucho en lo concerniente a ese punto. El gobierno, concluyó el barbero, se alegraría si pudiera contar no ya con la simpatía, sino con la benevolencia del más alto espíritu de Itaguaí, y seguramente del reino.
Pero nada de eso alteraba la noble y austera fisonomía de aquel gran hombre, que oía en silencio, sin orgullo ni modestia, impasible como un dios de piedra.
-Once muertos y veinticinco heridos -re-pitió el alienista, después de acompañar al barbero hasta la puerta-. Hoy tenemos dos lindos casos de enfermedad mental. Los síntomas de duplicidad y descaro de este barbero son positivos. En cuanto a la idiotez de quienes lo aclaman basta con la prueba de los once muertos y veinticinco heridos. ¡Dos lindos casos!
-¡Viva el ilustre Porfirio! -gritaron unas treinta personas que esperaban al barbero a la salida de la casa.
El alienista se acercó a la ventana y escucho una parte de las palabras que el barbero dijo a las treinta personas que lo aclamaban:
-...porque yo velo, pueden estar seguros, por el cumplimiento de la voluntad popular. Confíen en mí y todo se hará de la mejor manera. Sólo les recomiendo orden. El orden, mis amigos, es la base del gobierno...
-¡Viva el ilustre Porfirio! –volvieron a gritar las treinta voces, agitando los sombreros.
-¡Dos lindos casos! -murmuró el alienista.


X. La restauración

 

En cinco días el alienista encerró en la Casa Verde a cerca de cincuenta entusiastas del nuevo gobierno. El pueblo se indignó. El gobierno, aturdido, no sabía cómo reaccionar. João Pina, otro barbero, decía arbitrariamente en las calles que Porfirio estaba "vendido al oro de Simão Bacamarte", afirmación que congregó a su alrededor a la gente más radical de la villa. Porfirio, viendo a su antiguo rival de la navaja al frente de la insurrección, comprendió que estaba irremediablemente perdido si no daba un gran golpe; expidió dos decretos, uno aboliendo la Casa Verde, otro desterrando al alienista. João Pina mostró claramente, con grandes frases, que las medidas de Porfirio eran simples maniobras, un cebo que el pueblo no podía creer. Dos horas más tarde, Porfirio caía ignominiosamente, y João Pina asumía la difícil tarea del gobierno. Al hallar en los archivos los borradores de la proclama, del informe al virrey y de otros actos iniciales del gobierno anterior, se dio prisa en mandar copiarlos y expedir; los cronistas agregan, cosa por demás sobrentendida, que se cambiaron los nombres, y donde el otro barbero se refería a un Ayuntamiento corrupto, el nuevo gobierno recalcaba que el anterior estaba dirigido por "un intruso influido por las malas doctrinas francesas, y contrario a los sacrosantos intereses de Su Majestad", etc.
Y de pronto, en medio de estas actividades, se presentó en la villa el ejercito, al mando del mismo virrey, y se restableció el orden. De inmediato el alienista exigió, como se esperaba, que le entregaran al barbero Porfirio, así como a unos cincuenta y tantos individuos, a quienes declaró mentecatos; y no sólo se los entregaron sino que le garantizaron la pronta entrega de otros diez y nueve seguidores del barbero, que convalecían de las heridas recibidas en la primera rebelión.
Este momento del desarrollo de la crisis de Itaguaí marca también el máximo punto de la influencia de Simão Bacamarte. Todo cuanto quiso se le dio; y una de las más evidentes pruebas del poder del ilustre médico la encontramos en la rapidez con que los concejales, restituidos en sus cargos, consintieron en que Sebastião Freitas también fuese recluido en el hospicio. El alienista, enterado de la extraordinaria inconsistencia de las opiniones de ese concejal, declaró que era un caso patológico, y lo pidió para la Casa Verde. Lo mismo sucedió con el boticario. El alienista, al saber de la momentánea adhesión de Crispim Soares a la rebelión de los Canjicas, comparó este hecho con las palabras de apoyó que siempre había recibido de él, aún en la misma víspera del levantamiento, y finalmente dio la orden de que lo capturaran. Crispim Soares aceptó el hecho, pero lo explicó diciendo que había cedido a un momentáneo arranque de terror al ver la rebelión triunfante, y alegó como prueba la ausencia de otra acción suya en esa misma dirección, agregando que de inmediato se había vuelto a meter a la cama, enfermo. Simão Bacamarte no lo contradijo; pero sentenció ante los presentes que el terror también es padre de la locura, y que el caso de Crispim Soares le parecía de los más característicos.
Pero la prueba más evidente de la influencia de Simão Bacamarte fue la docilidad con que el Ayuntamiento le entregó a su propio presidente. Este digno magistrado había declarado, en plena sesión, que para lavar la afrenta que le habían causado los Canjicas, no se contentaba con menos de treinta almudes de sangre; declaración que llego a conocimiento del alienista a través del secretario del Ayuntamiento, entusiasmado por la gran energía demostrada. Simão Bacamarte lo primero que hizo fue encerrar al secretario en la Casa Verde, y de allí se fue al Ayuntamiento a declarar que el presidente padecía de "la demencia de los toros", una variante de la locura que él pretendía estudiar con gran beneficio para los pueblos. El Ayuntamiento primero vaciló, pero cedió al final.
De ahí en adelante se produjo una recogida desenfrenada de reclusos para la Casa Verde. Un hombre no podía dar origen o curso a la mentira más simple del mundo, ni siquiera las que beneficiaban al inventor o divulgador, si no quería que lo recluyeran en el manicomio. Cualquier cosa era locura. Los fascinados por las adivinanzas, los inventores de charadas, de anagramas, los chismosos, los que espiaban la vida ajena, los empeñados en acicalarse, algún funcionario envanecido; nadie escapaba a los vigilantes del alienista. Él respetaba a las enamoradas, pero no a las coquetas, diciendo que las primeras cedían a un impulso natural, y las segundas a un vicio. Si un hombre era avaro o pródigo igual terminaba en la Casa Verde; de allí se infería que no había regla que pudiese establecer la completa sanidad mental. Algunos cronistas creen que Simão Bacamarte no procedía con franqueza, y citan como prueba (que no sé si puede ser aceptada) haber logrado que el Ayuntamiento aprobase una resolución ordenando el uso de un anillo de plata en el dedo pulgar de la mano izquierda a toda persona que, sin otra prueba documental o tradicional, declarase tener en las venas sesenta o noventa gramos de sangre goda. Dicen estos cronistas que la finalidad secreta de la resolución era la intención del alienista por favorecer a un joyero, amigo y cliente suyo; pero, aunque es verdad que el joyero vio prosperar su negocio después de la nueva resolución municipal, no es menos cierto que la promulgación dio a la Casa Verde una multitud de inquilinos; por lo cual no se puede definir, sin temeridad, el auténtico fin del ilustre médico. En cuanto a la razón determinante de la captura y encierro en la Casa Verde de todos los que usaran el anillo, es uno de los temas más oscuros de la historia de Itaguaí; la opinión más probable es que fueron encerrados por gesticular, a lo tonto, en las calles, en las casas, en la iglesia. Nadie ignora que los locos gesticulan mucho. En todo caso es una simple conjetura; de verdadero no hay nada.
-¿Adónde irá a parar este hombre? -decían los principales de la villa-. ¡Ah, si hubiésemos apoyado a los Canjicas...!
Un día, por la mañana -día en que el Ayuntamiento daba un gran baile- toda la villa quedó muy impresionada con la noticia de que la misma esposa del alienista estaba encerrada en la Casa Verde. Nadie lo creyó; debía de ser un invento de algún bromista. Y no, era la pura verdad. Doña Evarista había sido encerrada a las dos de la mañana. El cura Lopes corrió donde el alienista y le preguntó discretamente sobre lo sucedido.
-Desde hace un tiempo desconfiaba -ex-plicó gravemente el esposo- La modestia con que vivió en sus dos matrimonios hacía incomprensible el furor por las sedas, los terciopelos, los encajes y las joyas que mostró desde su regreso de Río de Janeiro. Desde entonces comencé a observarla. El tema de su conversación giraba exclusivamente sobre esos objetos; si yo le hablaba de las antiguas cortes, de inmediato preguntaba por la manera como se vestían aquellas damas; si alguna señora la visitaba durante mi ausencia, antes de decirme el motivo de la visita cuál había sido el objeto de la visita, me describía su vestido, aprobando unas cosas y criticando otras. Un día, y creo que Vuestra Reverendísima debe recordarlo, prometió hacer cada año un vestido para la imagen de Nuestra Señora, la de la parroquia. Esos síntomas ya de por sí eran graves, pero anoche se declaró su demencia total. Ya había escogido, preparado y adornado el vestido que llevaría al baile del Ayuntamiento; sólo dudaba entre un collar de granate y otro de zafiros. Hace un par de días me preguntó cuál me parecía que debía llevar; le respondí que los dos le quedaban muy bien. Ayer, durante el almuerzo, me repitió la pregunta; poco después la encontré callada y meditativa.
-¿Qué te ocurre? -le pregunté.
-¡Pensaba ponerme el collar de granates pero el de zafiros es tan bonito!
-Pues entonces ponte el de zafiros.
-Sí, pero tendré que dejar el de granates.
Pues bien, entre esas idas y vueltas se pasó el resto del día. Hacia el atardecer cenamos algo ligero y nos acostamos. En plena noche, a eso de la una y media, me despierto y no la encuentro. Me levanto, voy al cuarto de vestir, y la encuentro con los dos collares, probándoselos alternativamente ante el espejo, primero uno, después el otro. Era tan evidente su demencia que la encerré de inmediato.
El padre Lopes no quedó contento con la explicación, pero no dijo nada. Sin embargo, el alienista se dio cuenta y le explicó que el caso de doña Evarista se llamaba "manía suntuaria", no era incurable y, más bien, era digna de estudio.
-Espero que esté bien en unas seis semanas -concluyó el alienista.
La dedicación a su tarea que mostraba el ilustre médico redundo a favor suyo. Cayeron por tierra las conjeturas, los chismes, las sospechas desde el preciso instante en que no dudo en encerrar a su propia esposa en la Casa Verde, a quien amaba con toda la fuerza de su alma. Nadie tuvo ya derecho de oponérsele, menos aún atribuirle motivos ajenos a la ciencia.
Era un gran hombre austero, Hipócrates vestido de Catón.


XI. El asombro de Itaguaí

 

Y ahora prepárese el lector para vivir igual asombro al que experimentó la villa cuando supo un día que todos los locos de la Casa Verde iban a salir a la calle en libertad.
-¿Todos?
-Todos.
-Imposible, quizá algunos; pero todos...
-Todos. Así lo dijo en el oficio que envió hoy en la mañana al Ayuntamiento.
De hecho, el alienista se había dirigido a las autoridades informándolas;
1. Que había comprobando de acuerdo a las estadísticas de la villa y de la Casa Verde que las cuatro quintas partes de la población estaban encerradas en aquel establecimiento.
2. Que esta situación de la población lo había llevado a revisar los fundamentos de su teoría sobre las molestias cerebrales, teoría que excluía de la razón a todos los casos en los que el equilibrio de las facultades no fuese perfecto y absoluto.
3. Que de esta revisión sumado al hecho estadístico lo había convencido de que la verdadera doctrina no era esa sino la contraria, y por lo tanto se debía admitir como normal y ejemplar el desequilibrio de las facultades, y como hipótesis patológicas los casos en que equilibrio fuese permanente.
4. Que por todo esto comunicaba al Ayuntamiento su decisión de poner en libertad a todos los encerrados en la Casa Verde y su disposición para recibir a quienes se encontraban en las condiciones indicadas.
5. Que para tratar de descubrir la verdad científica, no ahorraría esfuerzos de cualquier tipo, y que esperaba igual dedicación de parte del Ayuntamiento.
6. Que devolvía al Ayuntamiento y a los particulares las cantidades dadas para alojar a los supuestos locos, descontando la parte efectivamente gastada en alimentación, ropa, etc. Estos gastos serían comprobados por el Ayuntamiento en los libros y arcas de la Casa Verde.
El asombro de Itaguaí fue grande; no menos que la alegría de los parientes y amigos de los encerrados. Cenas, bailes, fuegos artificiales, canciones; de todo hubo para celebrar tan gran acontecimiento. No describo las fiestas por no interesar a nuestro tema, pero fueron espléndidas, conmovedoras y prolongadas.
¡Y así son las cosas humanas! En medio de la alegría producida por la decisión de Simão Bacamarte, nadie prestó atención a la línea final de la cuarta cláusula, una frase llena de futuros sucesos.


XII. El final de la cuarta cláusula

 

Se apagaron los fuegos de artificio, se reconstituyeron las familias, todo parecía haber regresado a sus antiguos cauces. Reinaba el orden, el Ayuntamiento gobernaba sin la menor presión externa; el presidente y el concejal Freitas volvieron a sus puestos. El barbero Porfirio, aleccionado por los sucesos, después de haber "probado todo", como el poeta dijo de Napoleón, y algo más, pues Napoleón no probó la Casa Verde, prefirió la modesta gloria de la navaja y de la tijera a las brillantes molestias del poder; fue, es verdad, procesado; pero la población de la villa imploró la clemencia de Su Majestad; y el perdón fue concedido. João Pina fue absuelto, por el hecho de haber derrocado a un rebelde. Los cronistas piensan que de este hecho nació un proverbio: Ladrón que roba a ladrón, tiene cien años de perdón; proverbio inmoral, es verdad, pero de gran utilidad.
No sólo se acabaron las quejas contra el alienista, sino que no quedó en nadie ningún resentimiento por sus actos; a esto debe sumarse que los antiguos reclusos de la Casa Verde, desde que los declaró en su pleno juicio, se sintieron poseídos por un profundo agradecimiento y un ferviente entusiasmo. Muchos pensaron que el alienista merecía un reconocimiento especial, y le organizaron un baile en su honor, al que siguieron otros. Dicen las crónicas que doña Evarista tuvo al principio la idea de separarse de su esposo, pero el dolor de perder la compañía de tan gran hombre venció a cualquier resentimiento de amor propio, y la pareja fue aun más feliz que antes.
No menos íntima volvió a ser la amistad entre el alienista y el boticario. Éste llegó a la conclusión de que la propuesta dada por Simão Bacamarte, demostraba que la prudencia es la primera de las virtudes en tiempos revueltos, y apreció mucho la magnanimidad del alienista que, al darle la libertad, le extendió también su mano de viejo amigo.
-Es un gran hombre -le dijo a su mujer, al comentar aquella situación.
No es preciso hablar del fabricante de aparejos caballares, de Costa, de Coelho, de Martim Brito y de los otros citados de manera especial en este relato. Baste decir que volvieron a practicar sus viejas costumbres. Martim Brito, encerrado por un discurso en el cual había elogiado enfáticamente a doña Evarista, hizo ahora otro en honor del insigne médico, "cuyo altísimo genio, elevando sus alas por encima del sol, dejó debajo de sí a los demás espíritus de la tierra".
-Le agradezco sus palabras -le respondió el médico-, y aún no me arrepiento de haberle devuelto la libertad.
Mientras tanto, el Ayuntamiento que había contestado el comunicado de Simão Bacamarte, con la salvedad de que oportunamente se pronunciaría con respecto al final de la cuarta cláusula, trató, finalmente, de legislar sobre ella. Fue sancionada, sin debate, una ordenanza autorizando al alienista a acoger en la Casa Verde a las personas que se encontraban en goce del perfecto equilibrio de sus facultades mentales. Y porque la experiencia del Ayuntamiento había sido hasta allí penosa en tales menesteres, estableció él una cláusula que especificaba que la autorización era provisoria, válida por un solo año, a fin de que pudiera ser experimentada la nueva teoría psicológica, pudiendo el Ayuntamiento, antes de cumplido el referido plazo, mandar cerrar la Casa Verde, si a eso fuese inducido por motivos de orden público. El concejal Freitas propuso también que se decretase que en ningún caso fuesen los concejales encerrados en el asilo de alienados: cláusula que fue aceptada, votada e incluida en la ordenanza, pese a las protestas del concejal Galvão. El principal argumento de este magistrado era que el Ayuntamiento, legislando sobre una experiencia científica, no podía excluir a sus miembros de las consecuencias de la ley; la excepción, dijo, era odiosa y ridícula. Apenas dichas estas duras frases, los concejales vociferaron contra la audacia y la insensatez del colega; éste, empero, los oyó sin inmutarse y se limitó a decir que votaba contra la excepción.
-La concejalía -concluyó- no nos da ningún poder especial ni nos excluye de la naturaleza humana.
Simão Bacamarte aceptó el decreto con todas las restricciones. En cuanto a la exclusión de los concejales, declaró que se sentiría profundamente dolido si se viese obligarlo a recluirlos en la Casa Verde; la cláusula, empero, era la mejor prueba de que ellos no padecían del perfecto equilibrio de sus facultades mentales. No sucedía lo mismo con el concejal Galvão, cuyo acierto en la objeción formulada, y cuya moderación en la respuesta dada a las invectivas de los colegas mostraba, de su parte, un cerebro bien organizado; por lo que rogaba a la Cámara que se lo entregase. La Cámara, sintiéndose aún agraviada por el proceder del concejal Galvão, puso a consideración el pedido del alienista y votó unánimemente por la entrega.
Se comprende que, de acuerdo con la nueva teoría, no bastaba un hecho o un dicho, para recluir a alguien en la Casa Verde; era preciso un largo examen, una minuciosa indagación del pasado y del presente. El padre Lopes, por ejemplo, sólo fue detenido y encerrado treinta días después del decreto, y la mujer del boticario a los cuarenta días. El encierro de esta señora llenó a su consorte de indignación. Crispim Soares salió de su casa rojo de cólera, y diciendo a todos los que con él se cruzaban que iba a arrancarle las orejas al tirano. Un hombre, adversario del alienista, oyendo en la calle esa amenaza, olvidó los motivos de disidencia que tenía con el médico, y corrió a la casa de Simão Bacamarte para informarle del peligro que corría. Simão Bacamarte supo mostrarse reconocido al viejo adversario por su gesto, y pocos minutos le bastaron para reconocer la rectitud de sus sentimientos, su buena fe, su sensibilidad hacia el prójimo, la generosidad; le estrechó calurosamente ambas manos y lo encerró en la Casa Verde.
– Un caso de estos es raro -dijo él a su mujer, que lo miraba pasmada-. Ahora esperemos a nuestro Crispim.
Crispim Soares entró. El dolor había vencido a la rabia y el boticario no le arrancó las orejas al alienista. Éste consoló a su auxiliar, asegurándole que no era un caso perdido; tal vez la mujer tuviese alguna lesión cerebral; iba a examinarla con mucha atención; pero antes de hacerlo no podía dejarla en libertad. Y pareciéndole ventajoso reunirlos, porque la astucia y maña del marido podrían de algún modo curar la belleza moral que él había descubierto en la esposa, pensó Simão Bacamarte:
-Usted trabajará durante el día en la botica, pero almorzará y cenará con su mujer, y aquí pasará las noches, los domingos y días de guardar.
La propuesta colocó al pobre boticario en la situación del asno de Buridán. Quería vivir con la mujer, pero temía volver a la Casa Verde; y en esa lucha estuvo algún tiempo, hasta que doña Evarista lo sacó del atolladero, prometiéndole que se encargaría de ver a la amiga y oficiar de mensajera entre ellos. Crispim Soares le besó las manos agradecido. Este último rasgo de egoísmo pusilánime le pareció sublime al alienista.
Al cabo de cinco meses estaban encerradas unas dieciocho personas; pero Simão Bacamarte no desistía; iba de calle en calle, de casa en casa, observando, interrogando, estudiando; y cuando descubría un enfermo se lo llevaba con la misma alegría con que antes los encerraba a docenas. Esa misma desproporción entre lo de antes y lo de ahora confirmaba la nueva teoría; finalmente había encontrado la verdadera patología cerebral. Un día logró encerrar en la Casa Verde al juez; pero actuaba con tanto cuidado que sólo decidió encerrarlo después de estudiar minuciosamente todos sus actos e interrogar a los principales de la villa. Más de una vez encerró a personas totalmente desequilibradas; fue lo que sucedió con un abogado, en quien reconoció un conjunto tan rico de cualidades morales y mentales, que era peligroso dejarlo fuera de la Casa Verde. Ordenó su detención; pero el agente, dudando, le pidió permiso para hacer una prueba; buscó a un compadre, demandado por un testamento falso, y le aconsejó contratar los servicios del abogado Salustiano, que así se llamaba la persona en cuestión.
-Pero ¿te parece…?
-Sin duda: vaya, confiésele todo, toda la verdad, sea cual fuere, y encárguele el caso.
El compadre buscó al abogado, le confesó haber falsificado el testamento, y le pidió que se hiciese cargo de su defensa. No se negó el abogado, estudió el documento, lo analizó con largueza y probó con la máxima objetividad que el testamento era más que verdadero. La inocencia del acusado fue formalmente aceptada por el juez, y la herencia pasó a sus manos. El reputado abogado debió a este comportamiento su libertad. Pero nada escapa a un espíritu original y penetrante. Simão Bacamarte, quien ya desde hacía un tiempo notaba el celo, la sagacidad, la paciencia, la moderación de aquel colaborador, y reconociendo la habilidad y el tino con que había ejecutado una prueba tan delicada y difícil, ordenó su inmediato encierro en la Casa Verde; pero le dio uno de los mejores cuartos a fin de que su permanencia le resultara por lo menos pasadera.
Los alienados fueron separados por clases. Se creó una galería de modestos, o sea, locos en los que predominaba esta cualidad moral; otra de tolerantes, otra de veraces, otra de sencillos, otra de leales, otra de magnánimos, otra de sagaces, otra de sinceros, etc. Como era de esperar, las familias y amigos de los encerrados protestaron contra la teoría, y algunos de ellos trataron de lograr que el Ayuntamiento anulara el decreto. Pero ninguno de los miembros había olvidado las palabras del concejal Galvão, y si se anulaba el permiso el primero en quedar en libertad sería él, obligándolos a restituirle en el cargo, razón por la cual rechazaron las peticiones. Simão Bacamarte les escribió una carta a los concejales, no para agradecerles sino para por ese acto de venganza personal.
Desilusionados de la legalidad, algunos de los principales de la villa recurrieron secretamente al barbero Porfirio y le garantizaron el apoyo con gente, dinero e influencias en la corte, si él encabezaba otra revuelta contra el Ayuntamiento y el alienista. El barbero se negó. Les explicó que la ambición lo había llevado una vez a transgredir las leyes, y que había aprendido la lección, reconociendo su equivocación y la poca consistencia de la opinión de sus seguidores. Además, continuó, el Ayuntamiento había creído conveniente autorizar al alienista para realizar una nueva experiencia durante un año y, por lo tanto, había que esperar la finalización del plazo dado o, en su defecto, dirigirse al virrey si el Ayuntamiento se negaba a escucharlos. Terminó diciendo que jamás aconsejaría utilizar un recurso como el empleado por él, y al que vio fracasar en sus manos a costa de muertos y heridos, lo cual sería motivo de su eterno remordimiento.
-¿Qué es lo que me está contando? -le preguntó el alienista al agente que le estaba informando de la inesperada reunión del barbero con los principales de la villa. Dos días después, el barbero era encerrado en la Casa Verde.
“Preso por tener perro, preso por no tenerlo”, dijo cuando lo detuvieron.
Pocos días después del plazo fijado, el Ayuntamiento prorrogó en seis meses la aplicación de los nuevos medios terapéuticos. El desenlace de este episodio de la crónica itaguaíana es de tal clase, y tan inesperado, que necesitaría por lo menos diez capítulos para explicarlo; pero me limitaré a uno, que será el resumen de lo sucedido, y uno de los más bellos ejemplos de convicción científica y abnegación humana.


XIII. ¡Plus ultra!

 

Era el turno de la terapéutica. Simão Bacamarte, activo y sagaz en descubrir enfermos, se empeñó aún más en el cuidado y seriedad en el tratamiento. En este punto todos los cronistas están de acuerdo: el ilustre alienista logró curaciones sorprendentes, alcanzando la más viva admiración en Itaguaí.
En verdad, era difícil imaginar un sistema terapéutico más racional. Estando los locos divididos por clases, según la virtud moral en que cada uno de ellos sobresaliera, Simão Bacamarte se empeñó en atacar de frente la cualidad predominante. Veamos el ejemplo con un modesto. El alienista le daba un tratamiento que pudiera provocarle el sentimiento opuesto; y no aplicaba desde el inicio las dosis máximas: las graduaba de acuerdo al estado civil, la edad, el carácter, la posición social del enfermo. A veces bastaba una casaca, una cinta, una peluca, un bastón, para restituirle la razón al alienado; en otros casos la enfermedad era más rebelde; recurría entonces a los anillos de brillantes, a las distinciones honoríficas, etcétera. Hubo un enfermo, poeta, que resistía todo tratamiento. Simão Bacamarte empezaba a desesperar de la cura, cuando tuvo la brillante idea de pregonar por intermedio de la matraca que el poeta era un digno rival de Garção y de Píndaro.
-¡Santo remedio! -explicaba la madre del infeliz a una amiga.-; ¡santo remedio!
Otro enfermo, también de los modestos, opuso la misma resistencia a la medicación, pero al no ser escritor (apenas sabía firmar), no se le podía aplicar el remedio de la matraca. A Simão Bacamarte se le ocurrió pedir entonces solicitar para él el cargo de secretario de la Academia dos Encobertos establecida en Itaguaí. Los cargos de presidente y secretarios eran por nombramiento real, por gracia especial del fallecido rey don João V, e implicaba el tratamiento de "Excelencia" y el uso de una placa de oro en el sombrero. El gobierno de Lisboa negó el nombramiento, pero explicando que el alienista no lo pedía como premio honorífico o distinción legítima, sino sólo como un medio terapéutico para un caso difícil, el gobierno aceptó de manera excepcional a la súplica; y aun así no lo hizo sin un extraordinario esfuerzo del ministro de marina y ultramar, que era primo del alienado. Fue otro santo remedio.
-¡Realmente admirable! -se comentaba en las calles, al ver la expresión saludable y orgullosa de los dos exdementes.
Así era el tratamiento. Basta imaginar el de los otros casos. Toda belleza moral o mental era atacada en el lugar en que la perfección parecía más sólida; el resultado era seguro. Pero no siempre era seguro. Hubo casos en que la cualidad dominante se resistía a todo tratamiento; en esos casos, el alienista atacaba por otra parte, aplicando a la terapéutica el método de la estrategia militar, que captura una fortaleza por asalto cuando por otro lugar no lo puede conseguir.
A los cinco meses y medio, la Casa Verde estaba vacía; ¡todos curados! El concejal Galvão, tan cruelmente torturado por la moderación y la equidad, tuvo la dicha de perder un tío; digo dicha, porque el tío dejó una fortuna y un testamento ambiguo, y para quedarse con todo logró una interpretación favorable, que para convertirla en la justa, no dudó en corromper a los jueces, y estafar a los otros herederos. La sinceridad del alienista se manifestó en esta oportunidad; con toda ingenuidad confesó no haber participado en la curación del concejal Galvão; todo fue obra de un natural vis medicatrix. No sucedió lo mismo con el cura Lopes. Sabiendo el alienista que no sabía ni el hebreo ni el griego, le encargó analizar críticamente la versión de los Setenta; el cura aceptó el encargo; al cabo de dos meses tenía escrito un libro y lograba la libertad. En cuanto a la esposa del boticario, no se quedó mucho tiempo en la habitación que le dieron, y, además, no le faltó cariño durante su reclusión.
-¿Por qué Crispim no viene nunca a visitarme? -preguntaba cada día.
Le decían ahora una cosa, mañana otra; finalmente le dijeron toda la verdad. La digna matrona no pudo contener la indignación y la vergüenza. En las explosiones de cólera se dijo cosas vagas y sueltas como éstas:
–¡Es un canalla!... ¡Un bellaco!... ¡Un ingrato!... Un sinvergüenza que ha obtenido bienes gracias a ungüentos falsificados y podridos... ¡Es un canalla!
Simão Bacamarte se dio cuenta que aunque no fuera verdad la acusación contenida en esas palabras, bastaban para mostrar que en la excelente señora se había restituido por fin el perfecto desequilibrio de sus facultades, y de inmediato le dio el alta.
Ahora bien, si se imaginan que el alienista estaba contento cuando vio salir al último paciente de la Casa Verde, pues están equivocados y demuestran no conocerlo. Plus ultra era su divisa. No le bastaba haber descubierto la verdadera teoría de la locura; no le complacía haber establecido en Itaguaí el reinado de la razón. ¡Plus ultra! No se alegró; se preocupó, se le veía pensativo; algo le decía que la nueva teoría significaba en sí misma otra teoría y muchísimo más nueva.
"Veamos -pensaba-, veamos si finalmente llegó a la última verdad”, pensaba paseándose a lo largo de la amplia sala, donde se guardaba la biblioteca más rica de los dominios ultramarinos de su majestad. Una amplia bata de damasco, sujeta a la cintura por un cordón de seda con borlas de oro, regalo de una universidad, envolvía el cuerpo majestuoso y austero del ilustre alienista. La peluca le cubría una amplia y noble calva adquirida en las meditaciones cotidianas de la ciencia. Los pies, ni delgados ni femeninos, ni grandes ni toscos, proporcionados al tamaño del cuerpo, estaban protegidos por un par de zapatos cuyas hebillas sólo eran de simple y modesto latón. ¡Fíjense en la diferencia! Sólo había manifestación de lujo en lo que correspondía a la ciencia; lo adquirido por él, traía el color de la moderación y la simplicidad, virtudes adecuadas a la personalidad de un sabio.
Vestido así, el alienista iba y venía el gran alienista de una punta a la otra de la amplia biblioteca, ensimismado, ajeno a todo lo que no fuese el tenebroso problema de la patología cerebral. De pronto se detuvo. De pie, frente a una ventana, con el codo izquierdo apoyado en la mano derecha, y el mentón en la mano izquierda, se preguntó
– Pero ¿de verdad estaban locos y fueron curados por mí, o lo que pareció cura no fue sino el descubrimiento del perfecto desequilibrio del cerebro?
Y meditando más y más, llegó a esta conclusión: los cerebros bien organizados que él acababa de curar eran tan desequilibrados como los otros. Sí -pensaba-, yo no puedo pretender haberles dado un sentimiento o una facultad nueva; una y otra cosa existían en estado latente, pero existían.
Habiendo llegado a esta conclusión, el ilustre alienista tuvo dos sensaciones contrarias, una de placer, otra de tristeza. La de placer fue por ver al final de largas y pacientes estudios, constantes trabajos, lucha ingente con el pueblo, podía afirmar esta verdad: no había locos en Itaguaí; en Itaguaí no había un solo mentecato. Pero enseguida, apenas tenía apaciguada el alma, otra pareció neutralizar el efecto placentero; fue resultado de la duda. ¿No había en Itaguaí ningún cerebro en orden, equilibrado? ¿Esta conclusión tan absoluta, no sería, precisamente por eso, equivocada, y no vendría por lo tanto a destruir el amplio y majestuoso edificio de la nueva doctrina psicológica?
La tristeza del egregio Simão Bacamarte es definida por los cronistas itaguaíanos como una de las más terribles tempestades morales que hayan caído sobre un hombre. Pero las tempestades sólo asustan a los débiles; los fuertes las enfrentan, se endurecen y mirán el trueno. Veinte minutos después se iluminó la fisonomía del alienista con una suave claridad.
"Sí, no puede ser otra cosa -pensó.” Simão Bacamarte encontró en sí las características del perfecto equilibrio mental y moral; le pareció que poseía la sagacidad, la paciencia, la perseverancia, la tolerancia, la veracidad, el vigor moral, la lealtad, todas las cualidades que pueden formar al perfecto mentecato. En seguida dudo, es cierto, pero de inmediato pensó que todo era una simple ilusión. Sin embargo, por ser hombre prudente, resolvió convocar un consejo de amigos, a los que interrogó francamente. La opinión general fue afirmativa.
-¿Ningún defecto?
-Ninguno -dijo a coro el consejo.
-¿Ningún vicio?
-Ninguno.
-¿Todo perfecto?
-Todo.
-¡No, es imposible! -exclamó el alienista-. Les digo que no siento en mí esa superioridad que acabo de ver definida con tanta magnificencia. La simpatía es lo que los hace hablar de esa manera. Me analizo y nada encuentro que justifique los excesos de su bondad.
La asamblea insistió, el alienista se resistió. Finalmente el padre Lopes explicó todo con la claridad de un perfecto observador:
-Le explicare la razón por la que usted no ve las elevadas cualidades que todos nosotros le admiramos. Es porque usted tiene una cualidad que eleva a las otras: la modestia.
Fue decisivo. Simão Bacamarte inclinó la cabeza, triste y feliz a la vez, pero algo más alegre que triste. De inmediato se encerró en la Casa Verde. Ni la esposa ni los amigos consiguieron con sus ruegos que no lo hiciera, que estaba perfectamente sano y equili-
brado. Pero ni ruegos, ni sugerencias, ni lágrimas le hicieron cambiar de idea aunque sólo fuera por un instante.
-El problema es científico –dijo-. Se trata de una doctrina nueva, cuyo primer ejemplo soy yo. Reúno en mí la teoría y la práctica.
-¡Simão! ¡Simão! ¡Mi amor! - suplicaba la esposa con el rostro bañado en lágrimas.
Pero el ilustre médico, con ojos encendidos de convicción científica, no prestó atención a la saudade de su esposa y suavemente la rechazó.
Cerradas las puertas de la Casa Verde, el alienista se dedicó al estudio y a la cura de sí mismo. Dicen los cronistas que murió diecisiete meses después, manteniéndose en su idea, y en el mismo estado en que se encerró y sin haber logrado nada. Algunos llegan al extremo de insinuar que en Itaguaí el único loco que hubo fue él; pero esta opinión, basada en un rumor que circuló desde que el alienista murió, no tiene más prueba que el mismo rumor, y es un rumor dudoso, pues se lo atribuyen al cura Lopes, quien con tanto entusiasmo realzó las cualidades del gran hombre. Sea como fuere, el entierro se llevo a cabo con mucha pompa y rara solemnidad.