¡SI JEUNESSE SAVAIT!

 

                                                                       Miguel Cané 

         

Hay muchas cosas en el mundo que no comprendo absolutamente, en parte por mi poco alcance intelectual y en parte por la incomprensibilidad misma de esas cosas. Hago esfuerzos sobrehumanos buscando el sentido, la razón, la causa de ellas y mi espíritu queda tan a oscuras como la honorable asamblea que presidía el mono de Florián en la famosa sesión de la linterna mágica.

Yo no entiendo, por ejemplo, lo que han querido decir la mayor parte de los filósofos alemanes. En esta deficiencia mía entra en muchos la educación. He crecido leyendo libros tan bellos como claros: mi espíritu se ha enamorado de la luz y vive en el horror de las tinieblas.

Otra cosa que entiendo, porque veo, pero que no me explico, es ese fenómeno moral que los franceses han caracterizado admirablemente en esta frase gráfica: ¡Si jeunesse savait! Es una contradicción de la naturaleza consigo misma.

Espero que ustedes no tendrán inconveniente en creer que ha habido una época en mi vida, más o menos lejana, en la que yo contaba diez y seis años, edad que todos envidian cuando la han pasado.... envidia que entra en la categoría de las cosas que no comprendo.

Yo tenía una vecina a mis diez y seis años; mi vecina tenía veintiocho, aunque había plantando en los veinticuatro, era bien parecida y, sobre todo, me producía ese efecto magnético que ejercen las mujeres que se encuentran en el vigor de la vida, sobre las naturalezas jóvenes que recién empiezan a entrever ciertos mundos en los ímpetus irresistibles de una imaginación que quiere ensayar sus alas.

Mi vecina era italiana y bastante romántica; pero con ese romanticismo que se traduce en trajes sueltos y vaporosos, en miradas lánguidas de aspiración continua, en posiciones somnolientas y en arranques poéticos de imaginación sobreexcitada.

Como esto sucedía en una quinta donde había ido mi familia a pasar el verano, me era fácil observar a la italiana en sus paseos vespertinos, por una hermosa calle de álamos, abierta en el seno de un profundo bosque de melancólicos sauces, aspirando las auras de la hora tranquila en que se adormece la naturaleza.

Generalmente, mi punto de observación era una pared baja, que dividía nuestros respectivos dominios y a la que trepaba con grave riesgo de trabar un serio altercado con unos maditos fondos de botellas rotas que habían puesto allí como guardianes leales contra los nocturnos merodeadores de fruta. En mi infantil inexperiencia y con el sentimentalismo poético que domina siempre los corazones jóvenes, confundía los álamos con acantos, los sauces con mirtos y las agrestes madreselvas que se elevaban apoyadas en los nudosos troncos, con los rosales bendecidos de las orillas del Cefizo; la italiana me parecía tener una extraordinaria semejanza con Venus y hubiera dado cualquier cosa porque un amigo me hubiese detenido en media calle para decirme, mirándome entre los dos ojos: “¡Hombre! ¡Cómo te pareces a Anquises!”

Dos palabras harán comprender estas reminiscencias helénicas: era el mes de febrero y dos meses antes había dado examen de historia griega.

No crean ustedes que yo estuviera enamorado de la italiana, que se hacía llamar poéticamente Gemma; no; pero era tan buena moza, tan bien formada, tenía unos grandes ojos negros tan brillantes, era su boca tan fresca y rosada, sus dientes tan blancos y deliciosos, que cuando la miraba, sentía correr dentro de mí algo como lo que sentimos discurrir por nuestras venas durante el sueño de una noche de enero, después de una opípara comida, en la que hemos tomado trufas de Perigord u ostras frescas de Ostende.

Gemma me conocía y siempre que me veía pasar me saludaba con cierto aire de amabilidad que halagaba mi joven vanidad.

Una tarde hacía un calor sofocante. Se sentía venir una de esas noches lascivas en los trópicos, en las que la naturaleza entera se entrega a los transportes deliciosos del amor. Las aves trinaban lánguidamente, el murmullo de los insectos de la noche subía en un tono acorde, suave y se confundía con el lejano rumor de una brisa imperceptible vagando entre los árboles. La naturaleza empalidecía de placer, absorbía la voluptuosidad, como dice Musset. Todo convidaba al reposo, desde las serenas nubes que se deslizaban por el cielo dormidas sobre las alas del viento, hasta la callada superficie del estanque, en el que algunos cisnes flotaban como blancos capullos de espuma, con la cabeza escondida bajo el ala protectora.

En el comedor había dejado a mi padre tendido en un sofá, cerrados los ojos y con una vaga expresión de recuerdo extendida sobre su fisonomía, soñando en las delicias de sus pasada juventud; mi madre adormecía un niño entre sus brazos, cuyo suave respirar halagaba el corazón a mis hermanas, recostadas en una ventana, cuchicheaban entre sí, contándose las íntimas y misteriosas aspiraciones de sus almas cándidas.

Yo vagaba por el jardín, perdido en las regiones de las ideas maravillosas: soñaba en las riquezas, en la gloria, en batallas, en la infinita sabiduría y en los desconocidos encantos del amor. De pronto sentí el preludio suave de un armónium y a poco la voz de Gemma que cantaba, acompañándose ella misma, esa melodía divina de Rossini que Desdémona llora en su Otelo: “¡Assisa al pie d’un salice!”

Subí a mi atalaya y la oí con esa mezcla de curiosidad y placer propia de la edad. Entonces tenía yo buena voz y una afición tal al canto, que era el azote de mis poco filarmónicos amigos; aun hoy hay uno para quien, en ciertas horas, soy insoportable.

Gemma concluyó su balada y quedó pensativa: reclinó su cabeza sobre su brazo y sus dedos reposaron silenciosos sobre las calladas teclas del armónium.

Juzgué que había llegado el momento de dar mi golpe y con voz suave pero penetrante, entoné la serenata del Barbero de Sevilla. Le gustaba Rossini y quise regalarle el oído. A mitad de mi canción, Gemma, que había oído asombrada, se levantó de pronto y vino derecho a mí.

No quiero mentir: tuve un ímpetu de pegar un salto para el lado de mi casa y salir a la carrera; me detuvo una seria consideración: mi posición topográfica. Cualquier movimiento habría producido una desagradable impresión de vidrios rotos.

-¿Me había oído usted cantar, joven? –me preguntó Gemma con lánguida voz.

-Sí..., señora....... –balbuceé cortado.

-Usted tiene una bella y fresca voz; ¿quiere usted descender y procuraremos armonizar un dúo?

Estas palabras de la bella italiana fueron dichas con tal deliciosa dulzura, que cualquiera de ustedes y yo mismo, hoy, hubiera dado un salto, contra vidrios rotos y marea y caído a sus pies, murmurando una dulce súplica. Entonces yo era un cretino. Me hice de rogar, y por fin bajé.

La dí el brazo y me condujo al banco en que reposaba el armonioso instrumento. Decidimos cantar el dúo de Fausto.

La noche estaba embriagadora; la sangre hervía en las venas y los pensamientos brotaban del cerebro, como las avispas eléctricas de las puntas metálicas, en las noches de tempestad.

Gemma tenía su mirada fija en mí; me envolvía con ella y allá, en el fondo de su órbita, brillaba algo como un fuego intenso que me hacía estremecer deliciosamente.

Hoy, cuando paso por alguna galería y veo una de esas espirituales caricaturas francesas, representando un joven tímido al lado de una bella mujer exuberante de vida y de deseo, siento en el alma una sorda cólera retrospectiva y reflexiono sobre la profunda verdad que encierra la fórmula de la estupidez infantil: ¡si jeunesse savait!

Después de un preludio dulce, inefable, como sólo los escribe Gounod, canté con voz bastante baja pero con todo el sentimiento de que era capaz, el “Dame ancor” del tercer acto.

Cuando llegué a aquel verso que parecía escrito para la circunstancia, tanto interpretaba mi pensamiento y tan bien pintaba la escena del momento:

 

Al pallido chiaror

Que vien dagli astri d’or

E posa un lieve vel

l volto tuSuo si bel


los ojos de Gemma se cerraron, sus manos dejaron morir suavísimamente las últimas notas de la melodía y su bella cabeza se reclinó sobre mi hombro, embriagada por la voluptuosidad de la noche.

Me estremecí y un torrente de llamas corrió en mis venas; mis labios buscaron instintivamente los labios de Gemma y sentí grabarse en mi memoria el recuerdo del primer beso de fuego!

Gemma se levantó y mirándome de cierto modo, suplicándome con sus ojos solicitara perdón, se alejó poco a poco, como un fantasma vago que se aleja pesaroso del mundo de la luz.

¡Yo no la detuve!

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Aun siento cólera al recordarlo; tengo o más bien tenía en mi casa un retrato mío sacado de esa época, que ha pasado un número infinito de humillaciones; le he puesto colorete en las mejillas y lo peinado con raya al medio.