LA MUERTE DEL REY MORO

 

                                                                                         Arturo Ambrogi

 
                                                                         A Enrique Córdova
                                                                         Vieja amistad. Sincero afecto.
 
El señor Margarito Torres, el viejo Rey Moro, se resistía a morir. Un largo mes hacía que guardaba cama, y el médico que habían llamado de la capital para verle, había dicho a la señora Medarda Vásquez, su cónyuge, sin an-darse con ambajes:
–Yo, señora, a la verdad nada tengo que hacer aquí. Es la maquinaria, gasta¬das las piezas se resiste a caminar más tiempo. Hay que tener resignación y… esperar.
Y conforme a los consejos del facultativo, que por dos visitas que había hecho cobraba veinte barras, a diez barras visita, inclusas las cuatro del alquiler del desvencijado carruaje de punto, la señora Medarda Vásquez supo ar-marse de resignación y esperar tranquila a que, el resto de vida que alentaba aún en el cuerpo decrépito del cónyuge se extinguiera tranquilamente.
El viejo Rey Moro se resistía a morir. Se atrampaba a la vida con la tenacidad del molusco que se pega a la roca musgosa. Cierto era que no se moría de ninguna enferme-dad. Se moría de puro viejo. De puro inútil. De puro estor-boso. Chupadito todo él como un cuchampel sancochado. Caminaba encor¬vado, a pasitos, vacilante y tembloroso sobre las flacas piernas. De estatura mediana un tiempo, parecía, con los años, haberse ido achicando, comprimien-do. Arrastraba los pies apoyando su paso fatigado en lo recio de un bastón de madera de memble. La vista se le extinguía. Iba casi a tientas, tanteando terreno con la punta de sus zapatones de becerro, golpeando con la contera del bastón en las lozas de la acera, o en el zócalo de las pare-des, para de esa manera orientar su marcha. En la boca, de labios hundidos y mamones como los de un niño recién nacido, no restaba huella alguna de dentadura. El filo de las encías mondas, que por entre ellas podía divisarse, simulaba barba de ballena. Solamente el cabello perma-necía firme, como espigas bien arraigadas al surco. Como buen indio que era, fueron las canas las únicas que pudie-ron hacer mella en él. La cabeza la tenía toda de color de yesca; pero sin una entrada siquiera, sin asomo alguno de calvicie.
Sin embargo, aquella ruina humana se emperraba en no desmoronarse. Se mantenía en pie, a pura fuerza de volun-tad, a puro apego terco a la vida.
Aldábale bastante cercana al siglo la edad al señor Margarito Torres.
Cuando Arzú, después de ocupar Mejicanos con sus tropas, el año 28, marchó sobre Aculhuaca y desalojó a Merino que en esa plaza se había atrincherado, Margarito aldábalas gateando en un petate que su nana le tendía ene. Suelo del rancho, cercano a las orillas del Urbina. Gatean-do, desnudito y todo chorreado, en el estiércol amontona-do y los chanchos que hociqueaban en los charcos que formaba el barril de duelas de madera en que se recogía el agua, o en la cernada del nixtamal que arrojaban de la co-cina. Su nana fue una indita trabajadora, que molía cacao, y hacía chocolate. Sus tablillas y sus panecitos les procu-raban el sustento. El tata, que había sido alguacil durante la Colonia y que fue de los del grito en 1811; que estuvo en Milingo el 27 y luego el 29 fue a Guatemala con don Chico Morazán, murió cuando Margarito apenas tenía ocho años. Siempre en sus funciones edilescas, le tocó en suerte recoger colerientos, y morir a consecuencia del contagio, cuando, el 37, la terrible epidemia invadió la República traída por los rome¬ristas que regresaban de Esquipulas. Medio aprendió a deletrear en la Cartilla de San Juan y a palotear con pluma labrada a punta de navaja de las que solía arrancar a los chompipes que creaba su nana. Su tata le había relatado historias de motines. Le había hablado de peinado y de Bustamante. Y de lo que hicieron Arce y el padre Delgado por lo que hemos dado en la flor de llamar, estúpidamente, nuestra “emancipación política”. Ya talludito, le tiró, “al pleito”. Soñó con tiros. Con balloneta-zos. Con vivas. Con ganglores de cornetas y redoblar de parches. Eso lo pudo realizar, en parte, cuando una partida, armada de machetes y escopetas, vino de su pueblo ala capital a par¬ticipar en la asonada de una noche de siembre del 44. En unión de un nume¬roso grupo de ciudadanos, a los que se unieron los “serenos, atacaron, con mal éxito, el cuartel del Principal. Unos cuantos tiros les dispersaron, y las tropas leales por poco los capturan. Margarito y tres de sus compañeros lo¬graron ganar La Garita, y orillando las márgenes del Urbina, lograron llegar a Aculhuaca. Tenía entonces dieciocho años. Su nana le tuvo oculto mucho tiempo; y le dejó salir hasta que se convenció que ya no corría peligro. Tranquila la pasaba hasta el instante en que los antiguos compañeros de aventuras bélicas le inquieta-ron de nuevo. El 51, cuando la guerra con Guatemala, apresuráronse a presentarse al cuartel, y fueron alistados en la fuerza que sacó Cabañas. Concurrió Margarito a la acción de La Arada, y fue entonces que corrió por primera vez. Era Cabañas el genio de la carrera. El pobre don Trini, de las barbas de chivo, tenía mala estrella. Iba casi siempre a la de perder. A través de los breñales de nuestro historial tumultuoso, atraviesa su figura como la de un caduco centauro, sobrecogido de pavura, al que nadie persigue, ni se ocupa en echarle la soga.
No volvió a militar sino hasta el 56 en que formó parte de la primera división que, al mando de Belloso, fue a Nicaragua a combatir a los filibusteros de Walter. Peleó bien, y ganó las jinetas de cabo. Fue ahí que conoció a don Gerardo Barrios, y se contaminó, por toda su vida, de “ba-rrismo´”. La facha atuendosa de don Gerardo, lleno de doraduras y de revuelo de plumas, impre¬sionaba a los in-genuos soldaditos. Pasaba ante ellos, en brioso alazán, bicornio en mano, en la propia actitud en que está en el bronce que en el parque Central le monumentiza. Los indi-tos se quedaban papos contemplán¬dole. Regresó con Ba-rrios a la República, y fue de los que trajo de nuevo, el cólera. Se amotinaron en el puerto, y ya en la capital, des-conocieron a Campo, el Presidente legítimo, y proclamaron a Barrios. Barrios era hombre de carreras y de mala estrella, como don Trini. Al Héroe de Coatepeque y de la Plaza de San Salvador, le salió el tiro por la culata. Margarito fue de los que le acompañó hasta Cojutepeque, y tuvo que tirar al suelo su arma, mansamente, en tanto su jefe fachendoso se veía obligado a entregar su espada, doblada la rodilla, ante el austero representante de la Legalidad.
Fue de nuevo el 63 a Guatemala, esta vez con don Ge-rardo que, al fin, que había logrado atrapar la Presidencia. En Coatepeque repitió la táctica seguida con Cabañas: la de correr. Enjaulados en la plaza de San Salvador siete meses después, resistieron hasta que en octubre tuvieron que huir, despavoridos, y eso muy a pesar del “Libertad o Muerte”, que ostentaban en su roja divisa. Carrera les caía encima, y los inditos se los comerían vivos. Margarito como todos los que siguieron al Caudillo durante su azaro-sa vida, no tuvieron más remedio que quedarse; eso sí, rindiéndole al fuyente un fervoroso y desati¬nado culto. Vivían pensando en él. Hablando de él. Soñando en su regreso. Forjando in menti, fantásticos planes para dar en tierra con el régimen del Licenciado Dueñas. De pronto un día de tantos del 65, supieron que don Trini se había pro-nunciado en San Miguel, y desconocido la autoridad del Presidente. Margarito y otros cuantos “barristas” se esca-paron del pueblo, favorecidos por las sombras de la noche; y por vericuetos y atajos, tratando siempre de ocultarse, procuraban ganar la ciudad rebelde. En un caserío de las orillas del Lempa lograron saber que Cabañas había des-ocupado la plaza migueleña  al saber que se aproximaban las fuerzas del Gobierno, y que, parando su carrera en el puerto de La Unión, les había alcanzado don Santiago González, y los había hecho parche.
De regreso a Aculhuaca, agobiado por el peso del des-engaño y del descalabro, Margarito se consagró a las labo-res del güatalito que les había dejado el alguacil y al cuido de su nana, ya anciana y achacosa. Casó esta vez y tuvo su primer hijo. Estaba tranquilo una tarde, aporcando las ta-reyitas de yucal que había sembrado, cuando acertó a alle-gar uno de sus compañeros. Con voz trémula y pupilas humedecidas por lágrimas le comunicó que a don Gerardo lo habían capturado en Corinto. A la goleta en que venía a costas salvadoreñas, un rayo le había quebrado el palo mayor, y se había visto for¬zada a arrimar al puerto. El li-cenciado gestionaba su entrega. Los “barristas” andaban consternados. Vivían, esos días, con el alma en un hilo. Eran todos secretos. Todo esperanzas. Todo vanos proyec-tos. El Presidente de Nicaragua entregó a don Gerardo. –¿Qué no habría Dios para evitar estas cosas? –se pregun-taban los parciales sin acordarse ni un momento de que don Gerardo, como “Gobierno”, había ofendido a ese mismo Dios que ahora cla¬maban, en la respetable persona del señor Obispo Zaldaña, a quien extrañó del país. Esta vez, Dios se mostraba sordo. Don Gerardo le debía aquel “freno” y había llegado la ocasión de cobrárselo, y con réditos. Sometido a Consejo de Guerra, y condenado a muerte, lo arrimaron a un tapial del Cementerio, y le pega-ron los cuatro tiros que, años antes, debió haberle metido el seráfico varón de don Rafael Campo. Margarito fue de los que acudieron llorosos a recoger los despojos ensan-grentados y, chupando jutes, los llevaron a darle cristiana sepultura en el presbiterio de la vieja Iglesia del Calvario. Con los años fue apaciguándose su pesar; pero en nada menguó, y si más bien acreció, el culto a la memoria de su antiguo jefe. En su rancho, clavado a la pared, conservaba dentro de un marco de moldura dorada y amparada por vidrio, una empañada fotografía sacada por Shevlin, en la que don Gerardo aparecía vestido de Capitán General con un catalejo en la mano. Los primeros años, al llegar la fecha de su muerte, venía a la capital para asistir a la misa que doña Adela, la viuda, mandaba a celebrar en sufragio del alma de su señor marido, en la Iglesia del Calvario. Y cuando el doctor Zaldívar, procurando de halagar el sen-timiento popular, hizo trasladar los restos de don Gerardo al mausoleo mandado a erigir por su Gobierno en el Ce-menterio General, comenzó la costumbre de la manifesta-ción partidarista que, si bien harto menguada, persiste aún. El 29 de agosto, indefectiblemente el señor Margarito se vestía su uniforme de veterano, se prendía a la manga con unos ganchos sus jinetas de cabo, se ensartaba la famosa divisa roja en el quepí y venía a formar en la columna cívica que, con la Banda Marcial a la cabeza, se encami-naba hacia el Cementerio. Al son de la REINA VICTO-RIA, que don Gerardo oyó cuando su último viaje a Euro-pa, y que trajo e hizo instrumentar por el belga Cousin, director de la Banda, marcha a la que han dado en la manía de bautizar con su nombre, al veterano soldado de Coa-tepeque y del Sitio, se le imaginaba que actuaba todavía en los buenos tiempos del barrismo, cuando don Gerardo, en pose, todo atruendoso de doraduras y con el bicornio en alto, les saludaba al paso marcial de su brioso alazán. Frente al mausoleo, de pie sobre un cajón vacío, los orado-res desfilaban. Eran candentes sus discursos. Los concu-rrentes, descubierta la cabeza, en actitud reverente, se beb-ían las palabras. La brisa del atardecer susurraba entre los elevados pinos. El silencio era profundo. Las frases fogo-sas, los períodos retumbantes, caían, y rebotaban como chibolería de vidrio de color en juego malabaresco. Y cuando la manifestación concluía, y Margarito y sus com-pañeros tenían que regresar, ya anochecido, a su pueblo, todos ellos caminaban silenciosos, pensativos, torva la mirada, fruncido el entrecejo, agobiada el alma por la me-lancolía de los recuerdos evocados por los oradores, y en sus oídos resonaban aún los bélicos acordes de la REINA VICTORIA, los mismos que, al escucharlos en sus tiempos de fortuna don Gerardo, lo inflaban como un pavo real.
No retornó Margarito a prestar servicios sino hasta el 85, en que la Banda, recorriendo las calles, tocaba la Ge-nerala, convocando a las armas a todos los salvadoreños. Don Rufino acababa de proclamar la Unión de Centro América, y al frente de un numeroso ejército marchaba sobre la frontera. Se presentó al Cuartel de Artillería y, equipado, lo alistaron en las fuerzas que el mismo día sa-lieron con Monterrosa. Hizo toda la campaña. Estuvo en la batalla de Chalchuapa, defendiendo Casa Blanca. Y cuan-do don Rufino murió, y la paz la firmaron los diplomáti-cos, regresó a su pueblo, resuelto a no meterse más en nada y vivir tranquilo el resto de su vida. Había cumplido los sesenta años, y necesitaba reposo.
La vida del señor Margarito Torres era una vida ejem-plar. Honrado. Sin vicios. Trabajador. Sus días se desliza-ban, como él ambicionó, sosegados y apacibles. Cuidaba siempre de su güatalito, que había agrandado, y por las tardes, cuando regresaba del trabajo, salía de su casa, y, congregados los antiguos compañeros que sobrevivían, todos caducos ya, se daban a la gratísima ocupación de devanar la madeja de sus recuerdos. Don Gerardo, y sus hazañas, era el objetivo principal.
Cuando el señor Margarito se sintió sin fuerzas; cuando le cansaba, al punto de hacerle acezar, la medio legua que distaban sus terrenitos del pueblo, y su mano no podía ya manejar la cuma, ni empuñar el timón del arado, dejó de trabajar. Es decir: de laborar la tierra. En su casa pasaba el día ocupado en algún quehacer doméstico. Luego hasta eso hubo que dejar. Entonces el señor Margarito adquirió el vicio de la calle.  Así que se desayunaba, cogía camino, y se iba caminando hasta el atrio de la iglesia, que quedaba en alto, y sentado en los viejos cimientos, de cara al Volcán, pasaba el tiempo hasta el instante en que la fuerza del sol le recordaba que había que regresar. Al mediodía se recostaba en su hamaquita de pita tendida en la sombra del corredor, y si bien repetidas veces le importunaba el cacareo de las gallinas, o el gruñir de los chanchos, impi-diéndole conciliar el sueño, se quedaba tendido, disfrutan-do del bienestar que le proporcionaba la cómoda postura. Cuando amenguaba el calor, y el sol iba de corrida, volvía a salir, hasta que las campanitas de las dos iglesitas sona-ban la hora de la queda.
En las calles del pueblo, todo el mundo conocía al señor Margarito Torres. Todo el mundo le saludaba, o se detenía a hablar con él. Cuando pasaba delante de alguna casa, salía de dentro una voz conocida:
–Dios, señor Margarito.
O bien:
–Hay va el señor Margarito.
Cuando se detenía, los zipotes se le acercaban, y tocán-dole el bastón, le saludaban:
–Güeños diyas, señor Margarito.
El anciano les sonreía. Apenas podía verles con sus pu-pilas que se iban apa¬gando.
Y cuando no pudo salir más, cuando la debilidad de las piernas se acentuó, cuando sintió que a lo mejor se ele iba la cabeza y se quedaba turulato, viendo bailar lucitas, y que el sofoco le apretaba al menor esfuerzo que hiciera; cuando esos achaques le obligaron a quedarse en casa, le invadió la tristeza, la honda tristeza que se apodera de la chilota de cajeta que ve que la agarran, le recortan las alas y la aprisionan en una jaula de caña. Pobrecito el señor Marga-rito! Ya no pasaría más por la botica a comentar la vida del pueblo con el boticario, gran fisgador de vidas ajenas. Ya no iría a sentarse, por las tardes, a los muros derruidos de la Iglesia, y dominar desde su atalaya el panorama de San Salvador, tendido al pie del Volcán, y encenderse como un milagro, entre las nieblas, el lucerío de los millares de focos eléctricos. Pobrecito señor Margarito! Ahí, en donde ahora estaba, sentadito en su silla de brazos, ala puerta de su casa, pasaría el resto de su vida. Adiós la calle que fue su encanto, que fue su vida. Adiós la calle que fue su encanto, que fue su escuela, que fue el libro de innúmeros folios en que él aprendió tanto! En lo sucesivo, se conformaría con ver lo que ante sus ojos querría pasar. Uno que otro amigo se llegaba hasta allí a verle. Pero eso no duró mucho tiempo. Los amigos se cansaron de ir, pretextando ocupaciones, u olvidaron el camino. Y llegó el día en que ni estar sentado a la puerta pudo ya. Tuvo forzosamente que quedarse en cama. El médico lo había prescrito asó. Oyó que ese señor hablaba, misterios, con su mujer, de pulmones delicados, de probables peli¬gros de afección, de todas esas zarandajas que espetan los galenos para espantar a los sencillos, y cobrarles duro. Era, pues, el principio del fin. Tendido en su catre de lona, arropado en sus cobertores desteñidos, apenas si ocupaba espacio. Apenas si se movía. Los brazos, demasiado cortos, unos brazos esqueléticos que matas de vello espeso matizaba, los mantenía cruzados sobre el abdomen, que la fuerza del aliento apenas lograba inflar. De cuando en vez los remov-ía, y, poquito a poco, con verdadero esfuerzo, los llevaba hasta el pecho. Ahí los dejaba quietos. Los dedos; engarabitados, temblaban, raseando la tela de la sábana. Fuera de esa sola manifestación de vida, todo lo que de ella restaba se concentraba en los ojos de pupilas turbias, inexpresivas, que se iban hundiendo en las cuencas; y la mirada tenía la vacilación, la vaguedad de la llama de una veladora que se quiere extinguir, ahogada en el aceite que la alimenta. Esa mirada, que no quería apagarse, que erraba por sobre todo, que todo lo desfloraba, como mariposa que penetra a una estancia, y revolotea, atontada, se posa en todas partes, temerosa, sin saber por dónde salir. La mirada se detenía por momentos, en el hueco de la ventana que se abría sobre la calle. Se quedaba fija, sin ver, como empapán¬dose de claridad. Otra se quedaba clavada en el techo, en las manchas de formas caprichosas que las goteras han dejado en el acapetate cheleado. Con más frecuencia las miradas buscaban la pared de frente a su lecho. Se detenían allí horas y horas, sin cansarse. Casi no pestañeaba. Era una mirada de éxtasis. De arrobamiento. Pegada a esa pared, sobre el blancor lechoso de la cal, es-taba en una mesa, un tosco camarín de tabla pintada de amarillo tras cuyos cristales empañados se veía un Santiago Apóstol, en yeso, rodeado de flores de trapo descolorido. Encima del camarín del santo, sobre el fondo de pared que tapiza unos cuantos pliegos de papel de empaque, colgaba una máscara de madera; la frente y las mejillas de un rojo de bermellón; el mentón oval, voluntarioso, teñido de azul, tal como queda el canuterío de esas barbas frondosas al ser afeitadas; las cejas pobladas, embadurnadas de un azul de Prusia ofensivo; y los bigotes, gruesos como cabos de persoga, pegajosos del negro del betún; los ojos de cristal,, esféricos, estaban fijos, fijos con ese indeterminado mirar de muerto a quien se han olvidado de cerrar los párpados. Junto con la máscara, colgado de un clavo, estaba una espada, una de esas espadas güacaludas, desenvainada, en cuyo acero ordinario, el orín está haciendo mella. Y entre la máscara y la espada, pendían los collares agobiados por el peso de los macacos de plata, todos anudados de reli-quias, pedazos de cinta de seda, en los cuales la carcoma, al roer de la tela, habían empalidecido los colores, borrado en otras. Durante toda su vida el señor Margarito había formado parte importante de “la historia”. Rey Moro fue el abuelo… Rey Moro fue el padre…. Rey Moro fue el hijo. Junto con la casa de teja en el pueblo, cerca de la plaza, y un terrenito de doce manzanas en la calle que de Aculhuaca lleva a Mejicanos, en la ju¬risdicción de Cus-catancingo, el señor Margarito había heredado el rango histrionesco, de que tan orgulloso estaba, más que de sus andanzas guerreras.
Ante esa contemplación la señora Medarda se callaba. Sabía, ella perfecta¬mente, lo que encubría... Le decía a su comadre Andrea, que siempre la acompañaba a cuidar al compadre:
–Es el muchacho el que no le deja morirse.
La señora Andrea le respondía siempre que ella le re-petía eso:
–Y por qué no la va traer?
La señora Medarda vacilaba:
–Tal vez no le quedrá mirar. Que me lo pida él y enton-ces…
La comadre insistía:
–Tráigalo nomás.
La señora Medarda lo pensaba y lo repensaba. Recor-daba cuando Margarito, furioso porque el muchacho se negaba a “estudiar” “la historia”, agarró los papeles amari-llentos, tostados por el tiempo, todos remedados con tiras de papel de arroz, ñeque estaba escrito el libreto, en que estaban las relaciones, y los hizo pedazos. No tuvo el valor suficiente para destruir los atributos. Los sacó del cofre en que los guardaba, y los clavó en la pared, tal vez para es-tarlos viendo. El muchacho se oponía a ser Rey Moro co-mo su padre. Renunciaba al trono de cartón pintado. Abdi-caba el cetro de oropel. Al manto de tafetán bermejo re-camado de lentejuelas. El muchacho era de estos tiempos. Era avispado, despierto. El solo había aprendido a leer, sirviéndole de silabario los rótulos de las tiendas, cuando le enviaban a San Salvador a algún mandado. Luego se acabó de perfeccionar en los pedazos de diario que encontraba o en el almanaque de Bristol que utilizaba su padre para consultar las fases de la luna, o el probable estado destiempo, y que colgaba en un clavo, al lado del camarín del Apóstol Santiago. Cuando el municipio, a iniciativa del coronel Lázaro Blanco, fundó la escuela nocturna, fue el muchacho el primero en inscribirse y asistir. El maestro Terezón le enseñó los palotes, las dos primeras reglas de la aritmética y sus rudimentos de gramática, los suficientes para no incurrir en barbaridades. Le tiraba la mecánica. Siempre estaba hablando de máquinas y la señora Medarda tuvo el cuidado de resguardar la suya de coser para sal-varla del precoz mecánico que andaba siempre a la búsqueda de cosas en qué practicar, desarmándolas. La señora Medarda le contemplaba boquiabierta. En cambio el señor Margarito se sonreía. Pero su sonrisa era de me-lancolía. Fue, pues, por eso, que siguiendo las manifiestas inclinaciones del muchacho la señora Medarda no vaciló ni un momento en llevarle, ella propia, a la “Fundición Mercedes”, y se lo entregó a don Bartolo Mac Intire. Allí trabajaba de aprendiz desde hacía ya diez meses; y cada vez que iba a verlo, don Bartolo le daba las mejores refe-rencias del muchacho. Era trabajador, dócil, con inteligen-cia y dedicación al oficio. Don Bartola aseguraba que el muchacho sería un operario ejemplar.
Al fin, una tarde, la señora Medarda se resolvió.
–Comadrita. Quédese aquí cuidando un momento, que ya güelvo.
Y salió. El tranvía de mulas llegaba hasta los Encuen-tros. Tuvo que caminar a pie, un cuarto de legua. Cuando regresó con el muchacho, y entraron a la estancia, el señor Margarito estaba durmiendo. El muchacho se aproximó al lecho.
–Caramba, nána,.comu’está di’acabado
La cara del muchacho reflejaba la emoción que experi-mentaba ante el estado del moribundo. Apenas si la respi-ración, débil, apagada, alcanzaba a levantar el pecho. Se inclinó para convencerse de que aún alentaba. Con la sombra de la mano espantó una mosca que le andaba por la frente perlada de gotitas de sudor. –Po-brecito! –murmuró, y se sentó en un taburete a la cabecera del lecho.
Viendo la máscara abandonada, y los collares agobiados por el peso de los macacos de plata, y la güacaluda, cuya hoja roía el orín, pensó en la honda pena que había ocasionado al pobre viejecito al no querer “estudiar” la “historia”. Pero qué iba a lograr siendo Rey Moro? –De qué le iba a servir a su madre? –Los tiempos eran otros. El prestigio de los historiantes había venido a menos. Antes, en los tiempos de su abuelo, en los de su padre todavía, el Rey Moro era el Rey Moro. Vivía rodeado de respeto y de la admiración de todos. Su realeza de fantasía, la acataba todo el mundo. Recordaba el muchacho cuando su padre charlaba con ellos. Enternecido, hacía remembranzas de aquellos tiempos pasados. De cuando el licenciado Due-ñas, el Mariscal González, el doctor Zaldívar, el General Menéndez, le estrechaban la mano, y departían de igual a igual con él, después de haber “bailado Phistoria” en el patio de la Casa Presidencial. Eso sucedía durante los días memorables de la Fiesta de Agosto, que entonces era ver-dadera Fiesta de Agosto y no ésta que hoy celebran a la fuerza; por no dejar –dicen los munícipes –que perezca la tradición. Eran aquéllos, otros tiempos. Ahora, cuando en las fiestas del señor Santiago Apóstol se baila la historia” en el atrio de la Iglesia, los que vienen de la capital, a verla, se burlan de los pobres historiantes enmascarados en lo alto de su pretendida superioridad de vecinos de San Salvador, que en el fondo no era más que un aburrido y sucio pueblón con pretensiones, infundadas, de gran ciudad. La “historia” agoniza. La “historia” se muere… De la “histo-ria” no perdurará más que el recuerdo… Y así su tata quería que él fuera Rey Moro! Para que esa partida de holgazanes viniera a reírse de él? –Lo sentía en el alma. Pero no pudo ser. Pobre cito tatita iluso, tatita chapado a la antigua, tatita aferrado a la tradición de su pueblo y de sus mayores, como hoy se aferraba, terco, obstinado, a la vida que se le quería escapara. Pobre tatita inconforme, que se iba muriendo, sin partir un instante sus pupilas turbias y dilatas, de la contemplación de aquella máscara olvidada, de aquel collar agobiado por el peso de los macacos de plata, aquella güacaluda cuya hoja de acero ordinario roía el orín, que revivía en su memoria de agonizante, el pasado esplendor de su estirpe histrionesca, cuando los Presi-dentes de la República le estrechaban la mano y hablaban con él de igual a igual… cuando el Gobernador les brinda-ba con vasos de cerveza extranjera y les obsequiaba el “Gobierno” con diez sonoros soles peruanos a cada uno.
Cuando el señor Margarito despertó y vio al muchacho sentado al a cabecera de la cama, se le quedó viendo, como si hiciese esfuerzos por reconocerle. Quiso hablar y copudo; quiso agarrarle la mano, que el muchacho había dejado apoyada en la almohada y le faltaron fuerzas para levantar el brazo. Sólo los labios, exangües, adelgazados, lograron mascullar algo que no alcanzó a descifrarse. Y le miraba con pupilas turbias, dilatadas. Le miraba fijo, cons-tantemente. Luego, la mirada se deslizó hasta la pared, y se prendió, vacilante, incierta, en la máscara ahí clavada; en los collares agobiados por el peso de los macacos de plata, y todos anudados de reliquias de colores; en la güacaluda, en cuya hoja de acero ordinario había hecho mella el orín. El muchacho comprendió lo que por la mente del viejito pasaba. El recuerdo de la repulsa, lacerante aún en el corazón, punzó a esa hora. Se abría como un botón de melancolía. El viejito alternaba la mirada. Sin mover la cabeza, los ojos empañados cambiaban de dirección. La turbiedad que adivinó en sus ojos era turbiedad de lágri-mas. El muchacho sintió remordimientos. Pobre¬cito tatita ¡qué feliz hubiera sido viéndole bailar la “historia” en el atrio de la Iglesia, en los días grandes del Apóstol Santia-go, el Santo Patrón del pueblo! El señor Margarito había cerrado nuevamente los ojos. El aliento se sentía cada vez más débil, cada vez más apagado, como que si fuese, al fin, a extinguirse. El pecho palpitaba apenas. Parecía haber muerto anticipadamente. Pero no. Un leve tic, perceptible en los labios, denotaba que la vida todavía animaba aquel ruinoso organismo. El muchacho sintió una corazonada, brusca, impulsiva. Cauteloso, se levantó. Pegó una silla a la pared, y encaramándose en ella, bajó la máscara, bajó los collares, bajó la güacaluda. Con todo en brazos se escurrió al cuarto de su madre. Esta com¬prendió. Entre ella y la comadre Andrea, que sonreían impresionadas de la idea del muchacho, le ayudaron a vestirse. El disfraz le venía flojo. Qué importaba? –Se envolvió la cabeza en el pañuelo de ritual, y se afirmó la máscara, que le pesaba demasiado. Se colgó al cuelo los collares que le cayeron, pesados, sobre el pecho. Empuñó la güacaluda, que hedía a cosa enterrada. Y así ataviado, volvió al lado del enfermo. El enfermo seguía durmiendo, inmóvil, tranquilo. Y el Rey Moro improvisado, comenzó a bailar, sin saber los pasos, repitiéndolos, al recordarlos tal como lo había visto bailar, de niño, a su padre. La fuerza del zapateo hacía rebotar sobre el pecho os chorros de macacos, que sonaban, como si alguna mano las estu¬viese revolviendo. El retintín inconfundible de la plata, despertó al viejecito. Y ante la mirada turbia de sus pupilas apagadas, la visión que acarició su mente toda la vida se plasmó en realidad. Se imaginó que, al fin, su hijo, era Rey Moro. Que bailaba en el atrio de la Iglesia, en los días grandes del Apóstol Santiago, santo Patrón del pueblo. Que el Presidente de la República le llamaba, como a él, para que bailase la “his-toria” en el patio de su casa, y que una vez concluido, le estrechaba, como a él, la mano y le trataba de igual a igual. Pobre viejito iluso, viejito sencillo y cándido! Ante él estaba el Rey Moro. Estaba tal como él lo había sido en su juventud, en su madurez. El Rey Moro de aquellos buenos tiempos tan llenos de encanto. El Rey Moro bailaba. El Rey Moro saltaba, haciendo rebotar sobre el pecho los macacos que agobiaban con su peso los collares, anudados de reliquias de colores. El Rey Moro blandía la güacaluda. Raspaba con ella el suelo para infundir pavor a los cristia-nos. El Rey Moro ahuecaba de tal manera la voz, que ésta parecía surgida del fondo de una caverna. Y el viejito son-rió. Sonrió inefablemente. Con todo el resto de alegría, con todo el resto de regocijo que pudo quedarle en la entraña de su ser. Y además, “pudo ver”. Y vio, claro, distinto, al Rey Moro que bailaba. Sonaba, más recio, el zapateado. Rebotaban, más ruidosos, los pesados macacos de los collares. El rayar de la güacaluda en el suelo era aún más tremebundo. Huían los cristianos. Y ante esa visión que se agran¬daba, que se desproporcionaba a su vista, el viejito seguía sonriendo, seguía sonriendo de manera inefable. El viejo era feliz. Y así se fue quedando dormido, se fue quedando dormido. La mirada turbia se apagó en sus pupilas, como se extingue, al cabo, ahogada en el aceite que la alimenta, la llama de una veladora. El viejito se durmió como sobre una almohada de plumas en el seno de la muerte. Pobre viejito iluso, pobre viejito sencillo y cándido! Las pupilas, muertas, seguían viendo. En los  labios enli¬videcidos, había quedado cuajada una inefable sonrisa. Entretanto, el Rey Moro seguía bailando, seguía bailando sin cesar.