BARRAGANIA

                                                                        

                                                                                    José de la Cuadra

 

Se encontraron en la chingana del Nemesio Guashco, en Alausí.
Las facciones de ambas cobraron irritado aspecto y se miraron con ojos enconados.
Cambiaron injurias a voz mordida:
–¡Fiera longa!
–¡Runa, hija de buey!
Después se maldijeron:
–¡Te aplastará un cerro!
–¡Taita Dios quiera que paras un mono!
Luego cada una pidió en el mostrador un quemado de sangorache.
–Asisito no más, señor Nemesio; tres dedos ralos.
–Cargado de puro el mío, señor Ñemesito.
Trasegaron de un sorbo el aguardiente compuesto. Acabado, cada una escupió en dirección segura de los pies de la otra.
Y tornaron al mirar agresivo.
–¡Anda, verásle a tu madre!
–¡Anda, verásle a la tuya!
Fue la declaración de guerra. Se confundieron en un abrazo ahogador. Teníanse de los moños. Buscaban morderse y arañarse. Cada una procuraba hundir en los ojos de la contraria los dedos engarabitados. Rodaron por el suelo con los anacos abiertos, sin importarles enseñar los muslos. Jadeaban. Bufaban.
Rodeábalas un corro de gentes, pero nadie se atrevía a intervenir.
–Déjenlas. Son pleitos de ellas.
–Ahá. Que desfoguen.
–¿Y por qué se han agarrado?
–Celos.
–¡Ah!...
–Con las dos se acuesta el sagra Jesús Tenén.
–Cañarejo es el Tenén, ¿no?
–Sí.
–¿No es el barchilón del lazareto?
–El misu.
–¡Ah!...
Seguía el combate cuerpo a cuerpo, sobre el piso de tierra de la chingana, recubierto de estera.
Los espectadores comentaban:
–Piernas gordas ha tenido la Laura, ¿no?
–¡Y blancotas!
–Pero más mejores son las de la Mariana, ¡fíjense!
–Buenos ranchos se consigue el sagra…
–Ahá.
–Y él que es tan feote… Hasta tuerto…
–Tendrá sus gracias.
–Así ha de ser, pues…
El indio viejo Samuel Pilote se rió con una risa de cuy, mostrándolos incisivos.
–¡Ji, ji, ji!…
–¿De qué se ríe, ño Pilote?
El indio se rió de nuevo.
–¿No saben sus mercedes dónde están las gracias del hombre?
Hizo un guiño malicioso.
Los circunstantes esperaban un chiste obsceno. Alguien preguntó:
–¿Dónde?
El indio Pilote estaba chumado. Su boca babeaba. Hablaba tartajeando.
–Donde miso las mujeres, pues…
El corro se sintió defraudado con la respuesta, y regresó su atención al grupo que formaban las mujeres.
Pilote murmuró, sin percatarse de que no lo escuchaban ya:
–Yo soy un hombre lindo… ¡Vieran!... Es que la ropa tapa…
Encarándose con un mozalbete añadió:
–Pregúntele a la mamá de su merced. Ella me conoce de cuando le estuve trabajando en la quinta…
El mozalbete se revolvió indignado para golpear al viejo; pero lo contuvo a tiempo el grito de los espectadores:
–¡Se han herido! ¡Se han herido!
–¡Vean la sangre!
Nemesio Guashco, que tras el mostrador había permanecido impertérrito contemplando el espectáculo áspero, intervino ahora.
–¡Desatráquense!
Las mujeres no le hicieron caso alguno. Parecían dos gatas bravías, revolcán¬dose en su contienda.
El cantinero requirió a los asistentes:
–¡Ayúdenme!
Se aproximó a las hembras enfurecidas. En las desnudas posaderas de la una le propinó un recio puntapié; en seguida repitió el golpe con la otra.
No obtuvo resultado.
Entonces se puso de pies encima de ellas.
–¡Aflójense o las apachurro!
Auxiliaron los demás y consiguieron a la postre separarlas.
Quedaron las mujeres frente a frente, sentadas en el suelo. Pero no se atacaron.
Ambas estaban maltrechas.
A la Laura le sangraba copiosamente el rostro. No era cosa mayor. Unos cuantos arañazos someros.
A la Mariana le sangraba el seno derecho.
Hipaba:
–¡Me ha mordido un pecho! ¡Se me la ha comido la punta!
Se quejaba lastimeramente.
–¡Y ahora cómo le doy de mamar al huahua? ¡Bandida! ¡Bandida!
El Nemesio Guashco se echó una buchada de aguardiente y sopló sobre las mujeres.
–¡Lo mismo que a los gallos! –comentó uno.
–¡Gallinetas son éstas! –recalcó otro.
Las longas reiniciaron los insultos.
La Laura dijo:
–Dale a tu huahua que chupe ortiga.
La Mariana respondió:
–Envidia tienes. Como tú eres mula… Como tú no le has podido parir de Jesús… ¡Mula!...¡Mula!...
–Yo le he dado al Jesús algo más mejor que hijos…
–¿Qué, pues?
–¿Qué? ¿qué?
–La doncelleza, pues.
La Mariana soltó una carcajada burlona, arreciando la provocación.
–¡Quita! ¿La doncelleza? ¡Calláraste, peseta huequeada! ¡Qué ibas a ser don¬cella tú! Si de guambra que eras los perros te comieron la virginidad…
La Laura se abalanzó sobre la Mariana, y otra vez se enredaron en la refriega.
Pero justamente en ese instante apareció en la puerta de la chingana el sagre Jesús Tenén. Después se supo que Pilote le había llevado el soplo en un momento de descuido.
–¿Qué pasa? –tronó el sagra con voz colérica.
Al ver a las mujeres debatirse en la pelea se arrojó sobre ellas. Repartió puñadas y codazos a diestro y siniestra, entre el silencio cómplice de los espectadores.
Ni se movían ahora las longas. Habíanse quedado quietecitas. Soportaban los golpes mansamente, sin chistar.
El indio Pilote murmuró en tono admirativo para el sagra:
–¡Eso es hombre!
Cuando Tenén se hartó de golpearlas, ordenó imperiosamente a las mujeres:
–¡Váyanse!
Ni la Mariana ni la Laura pronunciaron palabra alguna. Salieron la una tras la otra, sollozando.
Como por mutuo acuerdo encamináronse a la acera opuesta a la chingana, y se acomodaron, muy próximas, al pie de una tapia, recatadas en el vano de una entrada. Desde ese lugar veían, sin ser vistas, lo que pasaba en la taberna. Muchas veces aviando ahí a espiar lo que hacía su marido común.
El sagra Tenén bebía mano a mano con el dueño de la chingana sendos tragos de sangorache.
Iba en vía de borrachera.
La Marina dijo, como hablando consigo mismo:
–Se va a chumar el Jesús.
La Laura dijo, de modo semejante:
–Se va a chumar.
La Mariana dijo:
–Habrá que llevarlo amarcado.
La Laura dijo:
–Habrá que llevarlo amarcado.
Se miraron. De sus ojos había fugado el odio. Estaban plácidos sus semblantes, preocupados no más por el hombre.
–Lo esperaremos.
–Lo esperaremos.
Guardaron un largo silencio.
De pronto la Laura preguntó:
–¿Te duele el pecho?
La Mariana repuso, conciliadora:
–Nadita. No tienes diente enconoso.
Insistió la Laura:
–¿Le podrás dar de mamar a su huahua alhaja?
–Ahá.
Callaron otra vez.
Ahora fue la Mariana quien empezó:
–Tengo un emplasto lindo para la cara. Mañana te mando.
–Bueno.
–Oite, Laura, ¿sabes lo que me contó un día el Jesús de vos?
–¿Qué?
–Que él miso fue quien te echó al mundo.
–Así es, pues.
–De iras nomás te decía yo que fueron los perros.
–Ahá.
–¡Lo que son las iras! ¡Habla una no más! Ahá.
–A mí no… A mí me malograron en Riobamba, cuando estuve de servir… Uno de los amos Recaldes…
–¿Cuál?
–Ni sé el nombre. “Catiro” no más le decían. Era bien rubio. Parecía gringo. Buen mozote.
–¡Ah!... Pero tú le has parido del Jesús…
–Dos huahuas… Y cargada estoy…
–Yo no… Pero es que yo…
La Laura se aproximó a la Mariana, y de boca a oreja comenzó a hablarle despacito…
Debía ser muy sabroso lo que la Laura contaba, porque la Mariana se reía, se reía, con una risita aguda muy parecida a la del indio viejo Samuel Pilote:
–¡Ji, ji, ji!... ¡Ji, ji, ji!... ¡Ji, ji, ji!...