LA ECHADORA DE CARTAS

 

                                                                        Joaquin Machado de Assis

 

Hamlet hace observar a Horacio que en el cielo y la tierra hay más cosas de las que a nuestro entender parece. Esta misma explicación daba la bella Rita al joven Camilo un viernes de noviembre de 1869, cuando él se reía de ella porque el día antes había ido a consultar una echadora de cartas; pero lo hacía con otras palabras.
–Ríete, ríete. Los hombres son así, no creen en nada. Pues sabes que fui, y que ella adivinó el motivo de la consulta antes de que yo se lo dijese. Apenas comenzó a echar las cartas me dijo. “A la señora le gusta bastante una persona…” Le confesé que sí, y continuó echándolas; las combinó de nuevo y al cabo de un momento me dijo que yo tenía miedo de que tú me olvidases, pero que podía estar tranquila…
–¡Pues está equivocada! ¡Si supieras lo que por ti he sufrido! Tú o sabes, te lo he dicho… ¡No te rías!
Le pegó en las manos y la miró serio y fijo; le juró que la quería mucho y que sus sustos eran chiquilladas, y que sobre todo, cuando tuviese algún recelo, lamedor echadora de cartas era él mismo. Luego le reprendió diciéndole que no debía ir a esas casas. Villela podía enterarse, y después…
–¡Nadie lo sabrá! Entré con mucha cautela.
–¿dónde queda la casa?
–Ahí cerca, calle de la Guardia Vieja. No pasaba nadie en aquel momento. –Él rió de nuevo.
–¿Y de veras que crees en esas cosas? –le preguntó.
Fue entonces cuando ella, sin saber que traducía Hamlet a la vulgar habla, dijo que hay en este mundo muchas cosas misteriosas y verdaderas. Si él no lo creía, pa-ciencia; pero no dejaba de ser cierto que la echadora de car¬tas lo había adivinado todo. ¿Y qué más? La prueba era que ahora estaba tranquila y satisfecha.
Creyó que iba a seguir hablando, pero se reprimió: no quería quitarle ilusiones. También él, de pequeño, y aun algo más tarde, había sido supersticioso, y había tenido muchas extrañas creencias que sólo los veinte años habían hecho desaparecer. Él día en que abandonó toda esa especie de vegetación parásita, conservando sólo la religión que había recibido de sus padres, conservó el mismo fondo de duda que más tarde le llevó a una com¬pleta negación. ¿Por qué? Es lo que no podría decir. No tenía el menor argumento: se limitaba a negar. Y aún digo mal, porque el negar es hasta cierto punto una afirmación, y él ni siquiera formulaba una incredulidad. Ante el misterio, se levantó de hombros y se fue andando.
Se separaron contentos, él más que ella. Ella quedaba segura de ser amada, pero más aún él, que a veía arriesgarse en visitas a echadoras de cartas, que no podían me-nos de halagarle, aunque por ello le reprendiera. La casa en que se veían era la de una amiga y comprovinciana de Rita, calle de los Barbones. Ella bajó por la calle de las Mangueras, camino de Botafuego, donde residía. Él bajó por la de la Guardia Vieja, mirando de camino para la casa de la echadora de cartas.
Villela, Camilo y Rita: tres nombres, una aventura, y ninguna explicación de orí-genes. Vamos a ella.
Los dos primeros eran amigos de infancia; Villela seguía la carrera de magistratu-ra, y Camilo entró en la de administración, en contra de la voluntad paterna que era la de hacerle médico; pero su padre murió y no quiso hacer nada, hasta que su madre le logró un empleo público. A principios de 1869 volvió Villela de provincias, donde se había casado con una dama hermosa; abandonó entonces la magistratura y abrió bufe-te de abogado. Camilo le preparó casa del lado de Botafuego y fue a bordo a recibirle.
–¡Ah, señor! Usted no sabe cómo lo quiere mi marido –decía Rita–, siempre hablaba de usted.
Camilo y Villela se miraban con ternura, eran amigos de veras. Y camilo le con-fesó que la mujer de Villela desmentía la pintura que él le hacía en sus cartas. Era realmente graciosa y viva de gestos, ojos cálidos, boca fina e in¬terrogativa. Era un poco más vieja que ambos: tenía treinta años, veintinueve Villela y veintiséis Camilo. Pero el porte grave de Villela le hacía parecer más viejo que su mujer; Camilo era un ingenuo en la vida moral, como en la práctica. Tanto le faltaba experiencia, como esa especie de cristales que la naturaleza pone a algunos desde la cuna para adelantar los años. Carecía de experiencia y de intuición.
Uniéronse los tres. Convivencia trajo intimidad, poco después murió la madre de Camilo, y en este desastre, que tal fue, ambos se mostraron muy amigos suyos. Villela se cuidó del entierro, los funerales y la testamentaría, mientras Rita consolaba su corazón. Nadie mejor que ella.
Cómo de estas relaciones llegaron a amarse, es lo que él no supo nunca. El caso es que le agradaba pasar las horas junto a ella; era su enfermera moral, su hermana, ‘pero más que nada fue mujer y bonita. Odor femina. Eso es lo que él aspiraba en ella, incorporándoselo. Leían los mismos libros, e iban juntos a teatros y paseos. Camilo le enseñó los juegos de damas y ajedrez, y por las noches jugaban –mal ella, un poco menos mal él–, para agradarle. Hasta ahí las cosas. Ahora la acción de personas: los ojos temero¬sos de Rita que procuraban a menudo encontrarse con los suyos, que los consultaban antes que los de su marido, las manos frías, las actitudes insólitas. Un día de cumpleaños, recibió de Villela un rico bastón, como regalo, y Rita tan sólo le envió una tarjeta con dos palabras escritas con lápiz. Fue entonces cuando pudo leer en su corazón: no lograba quitar los ojos de aquel billetito. Palabras vulgares, pero vulgaridades sublimes, o por lo menos deleitosas, porque el destartalado coche de al-quiler en que por primera vez se ha paseado con la mujer amada no vale lo que el carro de Apolo. Así es el hombre, y así las cosas que le rodean.
Camilo quiso huir, pero no pudo. Como una serpiente, cautelosa, Rita se le acercó, lo envolvió, y en un espasmo le hizo estallar los huesos, a la vez que le ponía veneno en la boca. Él quedó aturdido y subyugado. Vejamen, remordimiento, sustos, deseos, todo le invadió el ama; pero la batalla fue corta, y la victoria, delirante. ¡Adiós, escrúpulos! No tardó lo que el zapato en acomodarse al pie, y allá se fueron ambos, de estrados a fuera, con el brazo dado, y pisando holgadamente sobre hierbas y pedruscos, sin sufrir nada más que nostalgias, cuando estaban ausentes. La confianza y la estima de Villela fueron siempre las mismas.
Un día, sin embargo, recibió Camilo una carta anónima en que se le llamaba in-moral y pérfido, y se le decía que la aventura era conocida por todos. Cobró miedo, y para desviar sospechas, comenzó a frecuentar menos la casa de su amigo, quien se lo hizo notar. Se excusó con una frívola pasión de muchacho. Luego las visitas cesaron del todo, en lo que también puede ser que interviniese el deseo de quitar alevosía al acto, disminuyendo los cons¬tantes obsequios del marido.
Fue por aquel tiempo cuando desconfiante y amedrentada acudió Rita a casa de la echadora de cartas para consultarla acerca de la verdadera causa del desvío de Camilo. Ya vimos cómo volvió a la confianza, y cómo él la reprendió. Éste recibió aún dos o tres anónimos, pero tan apasionados que no podían ser inspirados por la virtud, sino por el despecho, con cuy motivo Rita formuló esta sentencia: –La virtud es avara, y no gasta en balde tiempo y papel, sólo el interés es activo y pródigo.
Pero esto no sosegó a Camilo, que temía que el anónimo se dirigiese a Villela, y entonces la catástrofe sería inevitable.
–Bueno –añadió–, me llevaré los sobres para cotejarlos con los de las cartas que reciba, y si alguno fuese igual lo romperé.
Ninguno apareció, pero algún tiempo después comenzó Villela a mos¬trarse sombrío, hablando poco y como desconfiado, lo que ella se apresuró a comunicar a Camilo, y sobre ello deliberaron. Era su opinión que su amante debía volver a su casa para tantear a su marido, y podía ser que le oyera confidencias de algún negocio par-ticular. Pero él pensaba de otra manera: presentarse después de tantos meses era confirmar la sospecha o la denuncia. Así, pues, decretaron no volver a verse durante algunas semanas, y se separaron con lágrimas después de determinar cómo habían de quedar en correspondencia.
Al día siguiente, estando en su trabajo, recibió esta carta de Villela: –Ven pronto a casa, que necesito hablarte sin demora.
Era más de medio día. Salió enseguida y en la calle pensó que habría sido más natural llamarlo al bufete. ¿Por qué en su casa? Todo era especial, y la carta, realidad o ilusión, pareció trémula. Todo lo cual él combinó con la noticia de la víspera.
–Ven pronto, a casa, que necesito hablarte sin demora –repetía incesan¬temente con los ojos en el papel.
Imaginariamente vio el comienzo de un drama: Rita subyugada y lacri¬mosa, Vi-llela indignado, agarrando  la pluma y escribiendo aquella carta; seguro que acudiría y esperándolo para matarlo… Camilo se estremeció; tuvo miedo.
Luego sonrió, y como le repugnaba la idea de no acudir a la cita se puso en mar-cha.
En el camino se le ocurrió ir a su casa, pensando hallar una carta de Rita que le explicara todo; pero no halló nada, ni nadie. Volvió a salir, hallando cada vez más ve-rosímil o la idea de haber sido descubierto, pues era natural una denuncia anónima, hasta del mismo que antes lo amenazara. Y la misma suspensión de sus visitas, sin motivo aparente, apenas un fútil pretexto, sería confirmación de todo.
Andaba inquieto y nervioso... No releía la carta, pero veía fijas ante sus ojos las palabras, o –lo que era peor– le eran murmuradas al oído por la propia voz de Villela: –Ven pronto a casa, que necesito hablarte sin demora. –Y dichas así, por la voz del otro, parecían tener tono misterioso y de ame¬naza. –Ven pronto… ¿para qué? Eran cerca de la una de la tarde, y la conmoción crecía de minuto en minuto. Tanto imaginó lo que iba a pasar, que llegó a creerlo y a tener miedo. Dio en pensar ir armado, considerando que si nada ocurría nada perdía, y que era útil prevención. Luego recha-zaba la idea vejado por ella misma, y  apresuraba el paso camino de la Carocia para tomar un coche. Entró en él y ordenó al cochero que tomara trote largo.
–Cuando antes, mejor –pensaba– no puedo continuar así.
El tiempo volaba, y no tardaría en hallarse frente a frente del peligro. Casi al fin de la cale de la Guardia Vieja, el coche tuvo que pararse, porque se le atravesaba un caro próximo a derrumbarse. Él comprendió el obstáculo y esperó, al cabo e cinco minutos vio que hacia la izquierda estaba la casa de la echadora de cartas a quien Rita había consultado: nunca deseó tanto creer en las cartas. Miró y vio la casa con todas sus ventanas cerradas, mientras las demás estaban abiertas y llenas de curiosos. Diríase la morada del destino indiferente. Su agitación era grande, extraordinaria, y de su íntimo ser renacían las creencias y supersticiones de otro tiempo. El cochero le dijo de tomar por otro camino, pero le respondió que no, que esperase; e inclinado volvía a mirar la casa. Luego hizo un gesto de incredulidad: por lamente le pasaba la idea de visitar a la echadora de cartas. En la calle, los hombres que arreglaban el carro grita-ban:
–¡Anda! ¡Ahora! ¡U… u… up… arriba!
Pronto desaparecería el obstáculo. Él cerraba los ojos pensando en otras cosas, pero la voz de Villela le susurraba en los oídos repitiendo las palabras de la carta. –Ven pronto… –Y temblaba, viendo los contornos del drama.
La casa lo miraba, mientras sus piernas querían llevarlo a ella; pensaba en tanta cosa inexplicable que nos rodea, y oía la voz del príncipe de Dinamarca. –“Hay en el cielo y la tierra más cosas de las que pensamos”. ¿Qué perdería él si…?
Bajó del coche, dijo al cochero que lo esperara, y entró rápidamente. Como no halló a nadie en la galería, tuvo idea de volverse atrás, pero triunfó su curiosidad. Dio una palmada, y apareció una mujer: la echadora de cartas. Le dijo que iba a consultarla y ella le hizo pasar. Subieron una escalera aún más vieja, gastada, oscura y sucia que la primera, y llegaron a una pequeña sala mal alumbrada por una ventana que daba a los tejados; viejos trastos, paredes sombrías, un aire de pobreza que más aumentaba que destruía el prestigio del ambiente.
La echadora de cartas lo hizo sentar ante una mesa y se colocó ella del lado opuesto, de espaldas a la ventana, de manera que la poca luz que había daba de lleno en el rostro de Camilo. Abrió una gaveta y sacó unos naipes bastante usados, y mien-tras los barajaba lo miraba de soslayo. Era una mujer de cuarenta años, italiana, morena y delgada, con grandes ojos negros. Echó tres cartas sobre la mesa y dijo:
–Veamos primero lo que le trae aquí. Usted tiene un gran susto…
Maravillado, Camilo hizo un gesto afirmativo.
–Y quiere saber si le acontecerá algo o no.
–A mí y a ella –añadió vivamente.
La echadora de cartas no sonrió; le dijo tan sólo que esperara. Reunió las cartas, y con rapidez las barajó, con sus largos dedos finos, de uñas descuidadas; cortó tres ve-ces y las extendió sobre la mesa. Él la miraba curioso, en suspenso.
–Me dicen las cartas…
Camilo se inclinó para beber una a una las palabras, y ella le dijo que no tuviera miedo de nada, que nada acontecería a uno ni a otro; que el tercero lo ignoraba todo. No obstante, era indispensable mucha cautela, pues hervían enviadas y despechos. Le habló del amor que los unía, de la belleza de Rita… Él estaba asombrado. La echado-ra de cartas acabó, recogió las cartas y las guardó en la gaveta.
–Usted vuelve la paz a mi espíritu –le dijo apretándole la mano.
Ella se levantó riendo, y le dijo:
–¡Vaya, vaya, ragazzo innamorato!
Y de pie, con el índice le tocó la cabeza, lo que produjo la misma impresión que si tocara la  propia sibila.. También él se levantó. Luego la echadora de cartas fue a una cómoda sobre la que había un plato con unas pasas, y tomando un racimo comenzó a comerlas, mostrando dos hileras de dientes que desmentían sus uñas. En esta misma acción tan vulgar tenía aquella mujer un aire particular. Ansioso de salir, Camilo, no sabía cuánto debía pagarle, y le dijo:
–Esas pasas deben costarle dinero ¿cuánto quiere?
–Pregunte a su corazón –le respondió.
Y tomando de su cartera un billete de diez mil reis se lo dio. Los ojos de ella pa-recían dos ascuas: su precio solía ser de dos mil reis.
–Veo que ella le gusta a usted mucho… Y hace bien, porque le corres¬ponde. Váyase tranquilo. ¡Cuidado con la escalera, que está oscura! Póngase el sombrero.
Bajó las escaleras y se despidió de la echadora de cartas; ella se volvía cantando una barcarola.
Halló el coche esperando, y como a la calle estaba libre, le ordenó que fuese al trote largo.
Ahora todo le parecía mejor, claro el cielo y joviales las caras que veía. Llegó a reírse de sus recelos, que llamó pueriles, y recordando los términos de la carta de Vi-llela los halló íntimos y familiares. ¿Dónde había alguna amenaza? También advirtió que eran urgentes, y que hacía mal en tardar tanto, podía ser algún asunto grave, gravísimo.
–¡Vamos, de prisa! –repetía al cochero.
Y pensaba qué disculpa daría a su amigo para explicar su tardanza, y hasta pensó en aprovechar el incidente para volver a la antigua asiduidad… Y con este proyecto se le revolvían en el alma las palabras de la echadora de cartas, y pensaba:
–Si adivinó el objeto de mi consulta y la existencia de un tercero, ¿por qué lo de-más no había de ser verdad?
Así, lentamente le volvían sus creencias de niño. A veces quería reír, y reía de sí mismo, vejado; pero la mujer, las cartas, las palabras rotundas y afirmativas, secas:
–¡Vaya, vaya, ragazzo innamorato!
Y para despedida, la barcarola lenta y graciosa, elementos que con los antiguos le formaban una fe nueva e intensa.
Llevaba el corazón alegre e impaciente, pensando en las pasadas horas felices, y en las por venir. Al pasar por Gloria miró al mar, hacia fuera, donde agua y cielo se dan un abrazo infinito, lo que le dio una sensación de futuro, largo e interminable.
A poco llegó a casa de Villela. Se apeó, empujó la puerta de hierro del jardín, y entró. La casa estaba silenciosa. Subió los seis escalones de piedra de la puerta y ape-nas había llamado cuando apareció Villela.
–Perdona –dijo Camilo–, no pude venir más pronto. ¿Qué hay?
Su amigo no le respondió; tenía las facciones descompuestas, le hizo una señal y lo introdujo en una sala interior, al entrar Camilo quedó aterrorizado: Rita estaba muerta, ensangrentada. Villela lo agarró por el cuello, y de dos tiros de revólver, lo tendió muerto.