LA ÚLTIMA ILUSIÓN

                                                                                            

                                                                                          Julián del Casal

 

Yo no me suicidaré –me decía mi amigo Arsenio, arrellanán¬dose en un cojín de terciopelo azul, donde un dragón de oro abría sus fauces siniestras para cazar una mariposa de ná¬car–. Yo no me suicidaré, te repito, porque me aterran los dolores físicos, por leves que sean, pero yo comprendo que como muchos hombres, estoy en el mundo de más.
Estas frases melancólicas, dichas en voz baja, con esa voz tan baja de los seres degenerados, voz que parece extraerse de las cavidades más profundas del organismo y filtrarse luego por un velo de muselina para salir al exterior, fueron pronunciadas por mi compañero al final de una larga con¬versación, en la que yo había tratado de arrancarle, por to¬dos los medios posibles, del retraimiento voluntario en que se marchitaban los días floridos de su juventud. No me cau¬saron extrañeza alguna, porque yo sabía que estaba domina¬do, desde la adolescencia, por las ideas más tristes, más ex¬trañas y más desconsoladoras. –Mi alma es una rosa –solía decir en ciertas horas de intimidad, valiéndose de una fra¬se gráfica– pero una rosa que sólo atrae mariposas negras. Así es que al oír la sombría respuesta que daba a mis pala¬bras, más bien que tratar de consolarlo, porque no hubiera hecho más que exacerbar sus nerviosa sensibilidad, yo buscaba un tema para extraviar el curso de sus pensamien¬tos, cuando lo vi incorporarse en el asiento, ponerse pálido en el instante, dilatar sus pupilas grises y, moviendo su ca-beza fina y altanera, tan semejante a la de algunos retratos de los de Clouét, oí que me decía, como si ensayase un mo¬nólogo:
–Sí, no te quede duda, yo estoy en el mundo de más. Lo peor es que, como te he dicho, hay muchos que se encuen¬tran en el mismo caso. Sólo que algunos no se aperciben de eso, mientras que yo me doy cuenta de ello con la más per¬fecta lucidez. ¿Has ido al campo, en la época de la siega, al¬guna ocasión? Si has estado alguna vez, habrás podido ob¬servar que las segadoras, después de recogida la cosecha, suelen dejar en el surco algunos granos olvidados. Ni la tie¬rra los fecunda, ni alimentan a los pájaros. Allí se pudren, día por día, bajo el influjo del viento, de la lluvia y del sol. Eso mismo le sucede a algunos hombres. La muerte, esa vi¬sión macabra de cabellos blancos que, con una hoz de plata en la mano, han pintado los Orcagna, en un bosque de na¬ranjos, segando, cabezas de dioses, de reyes, de guerreros, de sacerdotes y de enamorados, sufre también esos olvidos crueles. Yo soy uno de aquellos seres que, en el campo de la vida, ha dejado de recoger.
–¡Oh, cállate! –le interrumpí–, tú eres demasiado joven todavía para desesperar...
–Sí, soy muy joven, pero eso no importa: aunque tengo veintisiete años, me parece que llevo siglos dentro del cora¬zón. La edad no es un instrumento que regula invariable-mente nuestra temperatura espiritual.
Hay organizaciones que a los ochenta años conservan un calor primaveral, mientras hay otras que, a los veinte, se sienten heladas por los rigores del invierno más crudo, del invierno que no termina jamás. No es preciso, por otra par¬te, haber vivido mucho, para calcular la suma de dichas que podamos esperar. La historia del mundo nos lo demuestra en sus páginas. Hojeando cualquiera de ellas, se comprende de seguida que, tanto los bienes como los males, han sido siempre los mismos, pudiendo afirmarse que, no ambicio¬nando los unos ni temiendo los otros, es lógico prescindir en absoluto de todos. Interesarme por la vida equivaldría para mí a entrar en un campo de batalla, afiliarme a un ejército desconocido, ceñirme los bélicos arreos y, con las armas en la mano, combatir por extraño ideal, sin ambicionar los lauros de la victoria, ni temer las afrentas de la derrota. ¿Ha¬brá situación más enervante, más desastrosa y más deses¬perada?
–Pero tú tenías antes –le repliqué–, grandes ensueños, grandes aspiraciones.
–Sí, pero todos me han abandonado, porque todos son imposibles de realizar. Yo era como un faro encendido, en el desierto marino, que arrojaba sus dardos de fuego en la ne¬grura de las ondas. Aves errantes, al llegar la noche, iban a refugiarse en sus grietas huyendo de los azotes del viento y de la lumbre de los relámpagos. Pero no habiendo encontra¬do en su recóndito seno, calor para sus plumas, ni alimento para su pico, desertaron todas, una por una, hasta dejarme en la más aterradora soledad.
–Entonces es que, como te decía el más sabio, a la vez que el más puro de tus amigos, tú no sabes desear.
–Quizá sea eso, yo lo comprendo; mas ¿quién nos ense¬ña esa ciencia oculta? Y si un día la aprendemos ¿al ponerla en práctica no demostraríamos que estábamos ya doma¬dos y escarnecidos por la misma vida, puesto que teníamos que someterle de antemano cada idea que iluminase nues¬tra inteligencia, cada latido que agitara nuestro corazón? Además ¿puedo aspirar a algo, en nuestro medio social, que esté en consonancia con mi carácter, con mi educación o con mis inclinaciones? Implantar aquí mis ensueños ¿no equivaldría a sembrar rosas en una peña o a procrear mari¬posas en una cisterna? ¿Qué carrera podría elegir para lle¬gar a la cima de la felicidad? ¿La de comerciante? No me da¬ría por recompensado de tal sacrificio si supiera que, al cabo de diez años, tenía en mis arcas un tesoro mayor que el de un Rajah de las Indias. ¿La de un burócrata? Basta en¬trar un día, en cualquier oficina, para conocer las diversas especies de vampirismo o los futuros huéspedes de las pri¬siones de Ceuta. ¿La de político? Ella me conduciría, desde el primer paso, a la picota del ridículo, donde sucumbiría maniatado por mi impotencia y asaeteado por los dardos del desprecio popular. ¿La de jurisconsulto? Erigirse en juez de un semejante, estando sujeto a las mismas vicisitu¬des, ya para dignificarlo, ya para escarnecerlo, pero todo en nombre de leyes humanas, me ha parecido siempre la más nefasta de todas las aberraciones. ¿La de médico? Yo creo que, dado el atraso de esa ciencia, para elegir esa ca¬rrera se necesita ser el más inconsciente o el más depravado de los hombres. ¿La de sacerdote? Aparte de que para ella se requiere la vocación ¿hay un monasterio entre noso¬tros que, por la grandeza de sus tradiciones, por las auste¬ridades de sus reglas, por la belleza de sus ritos o por las virtudes de sus moradores sea capaz de atraer el alma en¬ferma que, como un cisne ennegrecido de lodo vuela al límpido estanque, acuda allí a purificarse de las miserias terrenales?
–Te comprendo perfectamente –exclamé yo– pero creo que el remedio está en tus manos. –¿Cuáles? –El de irte lejos. –Sí, lejos; pero ¿dónde?
–Pues a París: ¿ya no te gusta esa tierra de promisión? –Te diré: hay en París dos ciudades, la una execrable y la otra fascinadora para mí. Yo aborrezco el París célebre, rico, sano, burgués y universal; el París que celebra anualmente el 14 de Julio; el París que se exhibe en la Gran Ópera, en los martes de la Comedia Francesa o en las avenidas del Bosque de Bolonia, el París que veranea en las playas a la moda e in¬verna en Niza o en Cannes; el París que acude al Instituto y a la Academia en los días de grandes solemnidades; el París que lee el Fígaro o la Revista de Ambos Mundos; el París que, por boca de Deroulede, pide un día y otro la revancha con¬tra los alemanes; el París de Gambetta y de Thiers; el París que se extasía con Coquelin y repite las canciones de Paulus; el París de la alianza franco–rusa; el París de las exposiciones universales; el París orgulloso de la torre Eiffel; el París que hoy se interesa por la cuestión de Panamá; el París, en fin, que atrae millares y millares de seres de distintas razas, de distintas jerarquías y de distintas nacionalidades. Pero yo adoro, en cambio, el París raro, exótico, delicado, sensitivo, brillante y artificial; el París que busca sensaciones extrañas en el éter, la morfina y el haschich; el París de las mujeres de labios pintados y de cabelleras teñidas: el París de las heroí¬nas adorablemente perversas de Catulle Mendés y Rene de Maizeroy; el París que da un baile rosado, en el Palacio de Lady Caithnes, al espíritu de María Stuart; el París teósofo, mago, satánico y ocultista; el París que visita en los hospi-tales al poeta Paul Verlaine; el París que erige estatuas a Baudelaire y a Barbey de Aurevilly; el París que hizo la no¬che en el cerebro de Guy de Maupassant; el París que sueña ante los cuadros de Gustavo Moreau y de Puvis de Chavannes, los paisajes de Luisa Abbema, las esculturas de Rodin y la música de Reyer y de Mlle. Augusta Holmes; el París que resucita al rey Luis II de Baviera en la persona del con¬de Roberto de Montesquieu–Fezensac; el París que com¬prende a Huysmans e inspira las crónicas de Jean Lorrain; el París que se embriaga con la poesía de Leconte de Lisie y de Stéphane Mallarmé; el París que tiene representado el Oriente en Judith Gautier y en Pierre Loti, la Grecia de Jean Moréas y el siglo xvm en Edmundo de Goncourt; el París que lee a Rachilde, la más pura de las vírgenes, pero la más depravada de las escritoras; y el París, por último, que no conocen los extranjeros y de cuya existencia no se dan cuenta tal vez.
–Y entonces ¿por qué no te marchas?
–Porque si me fuera, yo estoy seguro que mi ensueño se desvanecería, como el aroma de una flor cogida en la mano hasta quedar despojado de todos sus encantos; mientras que viéndolo de lejos, yo creo todavía que hay algo, en el mundo, que endulce el mal de la vida, algo que constituye mi última ilusión, la que se encuentra siempre, como perla fina en co¬fre empolvado, dentro de los corazones más tristes, aquella ilusión que nunca se pierde, quizás.