LA PROPIA

 

                                                                   Manuel González Zeledón

 

La casita es un enjambre. Enjalbegadas con cal las chatas paredes del amplio corredor y adornadas con vivos azules las anchas ventanas que dan luz a la espaciosa sala. En una de las esquinas de aquél, un mocetón robusto, cubierto de sudor y polvo, no da punto de reposo al manubrio del Campeón, que avienta y clasifica el café con sonidos de cascada que fingen los granos al revolverse entre el cilindro espiral de la criba de alambre, y con mugidos de huracán que imitan las paletas que lanzan al aire, como columnas de humo amarillento, la cascarilla que los rayos del sol desprendieron del aromoso grano y que, arremolinada por el viento del aparato, va formando en el costado de la casa, un montículo dorado.
A lo largo de las paredes del corredor están las escogedoras apartando con primor los granos negros y quebrados sobre las lisas tablas de las mesas y dejando caer por las tolvas los granos limpios y parejos, que van llenando, puñado a puñado, sacos panzudos. No paran las manos, ora persiguiendo el negro, ora entresacando el pedazo, apartando los palillos, espulgando los terroncitos y las piedrecillas y empujando con el filo de la mano y el desnudo brazo, el montón de los escogidos; mas tampoco paran los ojos ni las lenguas: aquéllos para miradas de envidia a las afanosas, para guiños a los peones de acarreo, que con sus delantales de gangoche amarrados a la cintura, llenan las mesas o recogen y cambian los sacos; éstas para la charla salerosa, el chiste picante, la relación de la aventura pasada o para el secreto de los proyectos de la venidera. La morena regordeta del rincón canturrea la última polka escuchada a la Filarmonía de la villa; la negrilla orillera refiere a la vieja zarrapatrosa, su vecina, un cuento de espantos; la vieja estruja trabajosamente con las recias encías un grano caracolillo, a la par que babosamente chupa un chircagre resistido; un grupo de cholillas alborota entre carcajadas que les remueven las flácidas panzas, celebrando la torta que les refiere una rabia descolorida y pecosa, con cara de candela derretida: y allá en el extremo, en mesa aparte, un pedazo de cielo tropical como sólo en esta tierra bendita se ven y como sólo este suelo los produce: una muchacha de quince años, alta, flexible como rama de guayabo, de carnes firmes como el guayacán, de ojos y pelo negrísimos como el güiscoyol, de dientes parejos, blancos, pequeñitos, como granitos de elote tierno, morena con el tinte del cobre viejo y con la eterna y provocadora sonrisa en los carnosos labios de pitahaya; y una gracia, un contoneo y un palpitar de pasiones ardorosas cabrilleando en las húmedas pupilas, ensanchando las ventanillas de la nariz, vibrando en el turgente seno; es María Engracia, la guaria de Escasú, el macito de muestra de aquella villa famosa por sus muchachas galanas.
En la sala, ñor Julián Oconitrillo, el dueño del beneficio y del cafetal y del cerco y del potrero y de la "bueyada" y de las sacas de leña y del trapiche del bajo y del cañal que lo rodea y del potro azulejo que en el caedizo se regodea con su buen cajón de pasto picado, atiende a la delicada tarea de la pesa de los sacos llenos, a la costura que sus hijos Bernabé y Zoila desempeñan y a la marca que Micaela su mujer les planta orgullosa con la lámina perforada "J. O. London" y la brocha untada de negrísimo betún.
Ñor Julián, cholote panzudo, peliparado, afeitado de barba y boca, con camisa gris de lana, pañuelo de seda arrollado al pescuezo robusto de toro, banda de redecilla que ciñe por bajo del vientre el calzón pardo de casimir y calzado con zapatos burdos de becerro amarillos. Cuenta cuarenta y ocho años y es gamonal y tagarote de peso en todo el cantón, en donde en lo administrativo es Munícipe del Ilustre Ayuntamiento, en lo religioso, Vicepresidente de la Junta de Edificación del Nuevo Templo, y en lo político, es nada menos que Presidente Honorario del Gran Partido Progresista que trabaja por la candidatura presidencial del eximio Coronel don Torcuato Morúa.
Ña Micaela, como de treinta y cinco años, flaca, enfermiza, avejentada por el trabajo rudísimo de la piedra y de la batea en sus dieciocho años de matrimonio. Bernabé, de diez y siete años por el estilo del tata, y Zoila de quince, con cara bonita y expresiva, pero de cuerpecillo enclenque y desmedrado.
Los mocetones alzan en vilo, con un vigoroso empuje de caderas, los sacos repletos y se los encajan en la membruda espalda y encorvados y haciendo resonar en el duro suelo sus talones de hierro, van tirando la carga en las carretas que el "bueyero" acomoda. Pela un muchacho con su afilado "Colis" las sabrosas cañas y partiéndolas en cabos, las ataruga en los hocicos de los bueyes, ya ocupados con el verde "cojollo" cuyas colas tiemblan a cada magullón de las poderosas quijadas y por cuyas hojas ásperas y cortantes corre la babosa espuma en hilos mucilaginosos, en tanto que las tenaces moscas saltan de las húmedas narices a los ojos y de los ojos a los lomos, de donde las espanta el colazo siempre tardo o las ahuyenta la vibración del músculo bajo el elástico pellejo del sufrido bruto. De cuando en cuando, un cinchazo cruza la cerdosa barriga de un marrano que arrebata un trozo de caña y el ratero salta chillando y se zambulle entre el fango de la paja de agua, en donde gruñendo mastica la dulce presa y la convierte en amarilla estopa.
Allá a lo lejos aguija otra yunta un chiquillo, a horcajadas en el volador, y las macizas ruedas de piedra pasan y repasan machacando el café y desprendiendo la cáscara, en la trilla circular. Como granizada resuena en el patio el café que los peones remueven con palas de madera, unos extendiendo el mojado, otros volteando el que está a medio palo, otros amontonando el seco.
Por todas partes el sol de febrero, rojo como cara de borracho, quemante, abrasador, llenando de vida exuberante a la campiña, dorando la lejana loma, resecando la tierra desnuda, achicharrando los jarales, despellejando los troncos de los árboles viejos, metiendo sus rayos, como hojas de machete nuevo, entre las breñas y fingiendo relucientes monedas de oro en la fina grama de la espesura. Ese sol que es nuestra gloria, sol tico, amigo nuestro, el gran peón sin salario, que vigoriza el cafeto, barniza la hoja, hinche de miel la roja cereza, seca el abejón, rasga la cascarilla, colora el pergamino, azulea el grano y...
el aroma le da que en los festines,
la fiebre insana templará a Lieo.
Mucho le gusta a ñor Julián, pero mucho, la tal María Engracia. Mucho se le arrima, mucho le ayuda a escoger, con sus dedotes de guineo morado, y con disimulo le atiza piropos vulgarísimos a la vez que le echa café casi limpio en su mesa y le hace cachete en la medida. Todos lo notan: la rubia descolorida ya se lo hizo ver a las cholas, una de éstas al mocetón del aventador, éste a un arriero.
Ña Micaela no las tiene todas consigo, pero teme tanto la brutalidad del padrote, que a nada se atreve; ya una vez, reuniendo toda su energía, le dijo:
—Fulián, podías dejar quieta a Engracia...
—Y vos podías estar en lo que estás y dejarte de fisgoniar lo que no te importa.
Y la infeliz mujer masca sus celos junta con sus rezos, haciendo promesas al Santo Patrono del pueblo, que en pintarrajeado camarín de hoja de lata brilla entre clavelones en el testero de la sala, o ya cuando el retorcido corazón se le sube a la garganta y allí se le anuda y va a deshacerse, en copioso llanto, se levanta presurosa con el pretexto de encandilar el fogón de la cocina y allí desahoga a solas sus angustias y a su regreso se queja en alta voz del humo corrosivo de los tizones que enchila los ojos.
—¿Idiái, te resolvés?, susurra ñor Julián casi al oído de María Engracia.
—Hable usted con mama, contesta la morenilla ruborizada.
—Bueno, avisále que esta noche iré.
El sátiro se retira y finge inspeccionar la yunta de mansos pailetas que el muchacho está "cojollando".
—¿Verdá, ñor Fulián, que al güey viejo le gusta el cojollo tierno?, insinúa el chacalín con sorna.
El gamonal coge al vuelo la puya, enrojece de cólera y con un "Abreviá mocoso", da por terminado el incidente.
La madre de María Engracia no se hizo de rogar mucho; fingió al principio grandísima indignación que fué paulatinamente disminuyendo a la par que fueron en aumento las ofertas del padrote: seis onzas para entejar el rancho, un rebozo de seda de los atorzalados y una cerda parida desvanecieron los escrúpulos de la otra marrana y dieron por cerrado el infame trato. Ñor Julián se adueñó de la vendida fortaleza. El señor Vice—Presidente de la junta de Edificación del Nuevo Templo se hizo cargo, desde esa noche, de costearles la penosa vida a la harpía y a la manceba.
Y fiestas van y fiestas vienen y allá ruedan las cuartas de India tras las enaguas de todos géneros y colores y las camisas lentejueladas y las cintas como franjas de arco iris; y a cambio de rebozos salvadoreños y chales tornasolados y aretes y gargantillas de oro, sortijas de carey encasquilladas y peinetas y pañuelos chinos y hasta un caballo fino pasitrotero aperado con montura de ante.
Y siguen las paseos al Puente de las Mulas, y a la Catarata del Brasil, y a la romería de Esquipulas, y a la Pasada de la Negrita, y turnos, toros, retretas, juegos de pólvora y... ¡la mar!... El viejo estaba embobado en la conquista y ésta le chupaba la sangre y los reales con vigor de tromba marina.
Sólo una idea bullía en el encandilado cerebro de ñor Julián: "dale gusto a la Engracia" y sólo un sentimiento hormigueaba en el corazón de la muchacha: "sacarle los riales a ñor Fulián," y ambos cumplían a maravilla sus propósitos.
Pasaron así tres años: los "Lachures" ya no querían hacerle más adelantos a ñor Julián, el Partido Progresista había sido derrotado en las elecciones y el Coronel Morúa había muerto de despecho; el precio del café no daba ni para la cogida; la garrapata se llevaba las reses dundas; el Gobierno rehusaba recibir dulce de los que habían sido contrarios, y el chapulín había arrasado milpas y frijolares.
Las cosas, para ñor Julián, eran cada vez peores; hipotecado el beneficio, vendida a ruin precio la montañuela; ña Micaela, acogida al último jirón de su escasa energía, se negaba a dar la firma para hipotecar el cañal y el trapiche que eran su hijuela paterna; las deudas engrosando con los intereses que se acumulaban: y el embargo como la espada de Damocles pendiente del cuello que en su mano sostenía el ahogado de los acreedores. Pero Julián no ponía remedio: cada vez más encalabrinado con su amachinamiento y la morenilla cada día más pedigüeña y antojadiza.
¡Y se rompió el cabello y cayó la espada...!
Cuando el depositario nombrado por el señor juez Civil tomó posesión de los bienes, Julián estaba de paseo en la Boca del Río Grande con la manceba. Ña Micaela se llevó su camarín con su Santo, Zoila se echó al cuadril el escuálido motete de los trapillos de ambas; bañadas de lágrimas, abandonaron la casa en donde hacía veintidós años que aquélla había entrado feliz del brazo de su querido cholo y en donde la otra había nacido, se había mecido su hamaca y había echado aquel cuerpecito canijo. No estaba con ellas Bernabé: el pobre mozo, harto de vergüenzas y de improperios, había decidido buscarse la vida en las selvas de Santa Clara, en donde hacía dos años que tragaba miasmas y tiritaba sudando paludismo.
La negativa de ña Micaela dejaba libre el trapiche y el cañal, pero Julián se había hecho gato bravo con ellos y los explotaba con el descuido de quien no los quiere porque no son suyos.
Allá en la Boca, hubo amagos de tempestad: ñor Julián siempre celoso con su adorado tormento, notó que María Engracia no miraba con malos ojos a ñor Aureliano, mandador de las fincas de don Leoncio, mozo apuesto y pendenciero, gastador y rumboso, tocador de vihuela y echador de coplas. De las explicaciones resultó el mocito ser primo segundo de la hembra, por parte de madre y que la morenilla había sido sacada de pila por el mismísimo padrino a quien Aureliano rezaba el bendito!...
A pelo quemado o cosa parecida le olieron los parentescos de consanguinidad y espirituales al taimado viejo y como a él nadie se le enredaba entre las patas, al rayar la luna voló con su presa y ya el sol principiaba a asarles la cara, cuando se apearon a sestear en los Nances. Lo que el viejo decía a la chiquilla, con hartos ademanes y visajes:
—¡Mirá, si no me cuelga el güecho! Y se pasaba el filo de la ceniza manota a raíz del robusto pescuezo.
—Pero de onde saca... murmuraba Engracia.
—¡Calláte, pava! ¡Lo que es en otra, ensebáte vos y que ese fantasioso se encomiende a las ánimas!... Y besaba con chapoteo de sus carnudas jetas las cruces que en la diestra y siniestra mano ostentaba.
Cuatro cañas medio enguarapadas, molía ñor Julián en el desvencijado trapiche, María Engracia espumaba con el pascón de guacal la hirviente paila y ambos, con el auxilio de un peoncillo, sacaban la tarea de olorosas tapas, que la vieja alcahueta iba envolviendo en atados con hojas secas de caña y plátano. Poco le había lucido su tercería a la infame harpía: mal comida, mal servida y peor tratada por ambos, era la bestia de carga de la pareja: ella aguijaba la desmedrada yunta que movía las pesadas masas del trapiche; ella atendía al hacinamiento del bagazo; ella arrastraba penosamente los pesados troncos con que atizaba la hornilla; ella acarreaba baldes de agua para mojar los moldes; ella espantaba los chanchos, que por comerse las cachazas, amenazaban destruirlo todo; ella cocinaba; ella lavaba; ella molía el maíz y cuando al final de un día de molida iba a descansar sus huesos y su pellejo, servíale de cama un camastro de varillas con un cuero seco por toda estera y un cobo andrajoso por toda cobija.
Aclarando el día, montaba Julián y la muchacha, llevando a la zaga una yegüilla canija con los zurrones repletos de dulce y temprano arribaban a San José en donde, en su puesto del mercado, extendían la venta; él regateando con los marchantes, ella enmochilando los reales y dando los vueltos.
Ese sábado, parecióle a ñor Julián haber visto, entre el gentío que se apiñaba por las ventas de maíz, a Aureliano, disimulándose tras la carpa de una trucha, con la mirada clavada en María Engracia, quien se hacía la tonta. Y por sí o por no, echó a ésta un soberano viajazo que ella recibió con estudiada paciencia, abriendo desmesuradamente los negros ojazos, como admirada ante tamaña injusticia.
Sofocante era el calor; el vaho nauseabundo del rebaño humano cosquilleaba en las narices y apretaba las gargantas. Eran ya las dos de la tarde y el cielo caliginoso se cubría de pesados nubarrones asfixiantes; mayo no soltaba sus refrescantes aguaceros y los vientos alisios se habían despedido de la tierra tostada por el sol.
Gruesas gotas de sudor rodaban por la mofletuda cara del dulcero y empujaban el broncíneo pecho, pegando el escapulario mugroso al pellejo ennegrecido.
Nada más natural que la ocurrencia de María Engracia:
—Voy a ir corriendo a La Violeta, a beberme un fresco. ¿Quiere que le traiga una kola?
—Pero espacháte pronto pa que alcemos, contestó Julián. Y ella se fué, llevándose entre el seno la mochila de la venta.
Angustiábase el viejo con la tardanza de María Engracia: media hora larga había pasado y la morenilla no parecía.
—¿Cómo está, compadre?, dijo al acongojado dulcero, un viejo humilde y pobrísimamente vestido, de mirar franco y cariñoso, surcada la cara de arrugas y de miseria.
—Ahi vamos, ñor Rivera ¿y usté?
—Como Dios quiere. Cuénteme, ¿cómo sigue mi ahijao Bernabé? ¿Es verdá que está en el Hospital con fiebre de la Línea?
Julián nada sabía de la triste suerte de su hijo, pero un resto de rubor hízole mentir ante la inesperada pregunta y la mirada inquisidora del compadre, y respondió un tanto turbado.
—Pos ya ve... regular... como yo estoy desapartao y la madre concertada... él prefirió que lo llevaran al Hospital... pero yo voy a verlo cada vez que bajo... No es fiebre de la mala, son cuartanas que con hoja de guarco y con solfate...
—¿Y cómo me acaba de decir comadre Micaela, allí en las ventas de la ropa, que esta mañana lo vido y que estaba sin sentío?...
—Sólo que se haiga empiorao; voy horita mesmo a verlo. Quiere tenerme la venta un ratico mantres voy? El atao es a cuarenta y la tamuga, a seis reales. No me tardo.
Y Julián salió desalado, haciendo exclamar al compadre:
—Lo que es él será mal marido, pero es buen tata; ¡Dios lo lleve con bien y le aliente el muchacho!
A la Botica de la Violeta había dicho Engracia que iba a tomar el refresco: para allá corrió Julián; no iba a buscar médico ni medicinas para su hijo moribundo, iba a ver qué se había hecho María Engracia. ¡Excelente tata!
Nadie le dió allí informe alguno satisfactorio; ciego de coraje y espoleado por los celos, voló al corral en donde amarraba las bestias; sólo la yegüilla canija estaba allí; los dos caballos habían desaparecido; a las anhelosas preguntas de Julián, la vieja que percibía el peaje contestó con esta terrible bofetada:
—¡Si hace tamaño rato que ella misma vino y se fué con Aureliano Meléndez y dijeron riéndose que usted pagaba el sesteo!
Y Julián, tras una horrible blasfemia, echó a correr como un loco por el Paso de la Vaca, camino del Río Torres.
Se acercaba la media noche; la luna bregaba por asomar su cuerno menguante por las rendijas de los negros nubarrones que aquel día de horno había amontonado en el cielo; el estrecho valle del Lazareto Viejo bostezaba entre los altos acantilados del Virilla, embozado en espesa capa de niebla; los cafetales yacían solemnemente silenciosos y al pie de los cuajiniquiles y los plátanos de hojas despedazadas por los vientos del pesado abril, los grillos coreaban con sus herrumbradas dulzainas; una que otra candelilla encendía su cirio funerario en la margen de la acequia, alumbrando el de profundis que entonaban los sapos y allá en la loma se estrellaban los ecos del medroso ladrido de los lambuzos atosigados por la sarna.
En una de las piezas de la hacienda de Las Animas, dormían entrelazados, hartos de tragos y de voluptuosos deseos, fatigados por la bestial orgía, Aureliano y María Engracia. Un cabillo de vela de sebo chisporroteaba próximo al hundirse entre la botella que le servía de candelero.
El débil cerrojo de la puerta cedió al empuje vigoroso de Julián y, antes que Aureliano pudiera defenderse, una tremenda puñalada le dividía la carótida izquierda; brotó la sangre en espumoso chorro y una voz de angustia infinita hendió siniestramente los aires en el silencio de la noche, volviendo el pesado cuerpo a desgajarse entre la cuja. María Engracia, a quien el terror prestó alas, saltó por encima del agonizante y se lanzó dando alaridos por entre el cafetal.
Acudieron los peones de la hacienda con realeras y linternas y lograron desarmar al asesino que seguía apuñaleando a su víctima con saña fiera, lanzando imprecaciones espeluznantes y carcajadas aterradoras.
Amarrado a la cola del caballo del juez de paz de la Uruca y rodeado de una fuerte escolta de mocetones armados, hizo su entrada a esta ciudad el reo, en la mañana del domingo; cerraba la comitiva la improvisada camilla de tijereta en la que el cadáver de Aureliano era trasportado.
Ya en las cercanías de la cárcel, dos mujercillas agarradas furiosamente de los moños, se revolcaban en el hediondo caño, cubriéndose de arañazos y denuestos; la Cinco Pelos, enclenque y desmedrada, llevaba la peor parte; uno de los de la guardia, que la conocía, acudió presuroso en su socorro y no logró que la otra saltara su presa, hasta que no le dijo:
—¡No ves que ahí traemos al tata amarrado por una muerte!
La Cinco Pelos era, en efecto, Zoila, huída años antes de su concierto con un policía de los de Orden y Seguridad!
Todo lo confesó Julián al señor juez del crimen. Allí mismo se dictó el auto motivado de prisión y el reo quedó incomunicado. No bien el corneta de la Cárcel había alborotado al vecindario despertando a los dormilones con su toque de lista de siete, cuando una viejecilla enlutada y llorosa, cubriéndose la cabeza llena de canas y con el rebocillo hecho jirones y llevando bajo el huesoso brazo una cobija de lana colorada, se acercó tímidamente al Alcaide y con temblorosa y humilde voz, entrecortada por los sollozos, pidióle permiso para ver al reo y para entregarle a más de la cobija, un medio escudo que trabajosamente desanudaba de una punta del pañuelo de hombros.
—¡Eche acá la plata!... Y empujándola groseramente hacia la sala de visitas, en donde el reo conferenciaba con un taimado tinterillo, exclamó:
—¡Conitrillo... esta vieja quiere hablarte!; ¿es algo tuyo? El reo alzó rápidamente los ojos, pero al reconocer a la intrusa, sin levantarse siquiera a recibirla, con aire indiferente y fatigado, contestó:
—Sí, señor; ¡es la propia!...


Páginas ilustradas, 15-IV-1910