LA ZAMACUECA

 

                                                                                        Darío Herrera

 

En Valparaíso, el 18 de setiembre. La ciudad, toda omamentada con banderas y gallardetes, vibraba sono¬ramente, en el regocijo de la fiesta nacional. La pobla¬ción entera se había echado a la calle, para aglomerarse en el malecón, frente a la bahía, donde los barcos de guerra y los mercantes - engalanados tam-bién con las telas simbólicas del patriotismo cosmopolita- simula¬ban actos triun-fales, flotantes y danzarines sobre el oleaje bravío. En el fondo, por encima de los techos de la ciudad comercial, asomaban las casas de los cerros, cual si se empi-naran para atisbar a la muchedumbre del puerto. Las regatas de botes atraían a aquella concu¬rrencia heterogénea. Y, en la omnicromía de su indu¬mento, ondula-ba compacta y vistosa bajo el sol prima¬veral, alto ya sobre la transparencia de azul.
Con el inglés, Mr. Litchman, mi compañero de viaje desde Lima, presencié un rato las regatas. Los rotos de piel curtida, de pechos robustos y brazos muscu-losos, remaban vertiginosamente; y al impulso de los remos los botes, saltando, cabeceando, cortaban con celeridad ardua, las olas convulsivas.
- Hay bailes hoy en Playa Ancha? - me preguntó Litchman.
- Sí, durante toda la semana.
- Entonces, Si le parece, vamos... Son más interesan¬tes que las regatas.  Estos hombres no saben remar.
Un coche pasaba, y subimos a él. Salvamos rápidamente las ultimas casas del barrio sur, y seguimos por una calzada estrecha, elevada algunos metros sobre el mar. El sol llameaba como en pleno estío, y ante el in¬cendio del espacio, la llanura oceánica resplandecía ofus¬cante, refractando el fuego del astro. Al mismo tiempo, soplaba un viento marino, glacial por su frescura; y así el ambiente, dulcificado en su calor, amortecido en su frío, hacíase grato como un perfume. A un lado, abajo, el agua reventaba, con hervores estruendosos con sono¬ras turbulencias de espuma. Al otro, se alzaba, casi recto, el flanco del cerro, a cuya meseta nos dirigíamos; y lejos, en la raya luminosa del horizonte, se perdía gradualmente la silueta de un bosque.
El coche llegó al término de la ruta plana, e inició luego el ascenso de la espi-ral labrada en el costado del cerro. Ya en la meseta, con amplitud de valle, apare-ció en toda su magnificencia el paisaje, prestigiosamente panorámico. Frente, el mar, enorme de extensión, todo rizado de olas, reverberante de sol; atrás, la cordi-llera costeña, recortando sus cumbres níveas en la gran curva del firmamento a la izquierda, próxima, la playa de are¬na rubia, y a la derecha, con su puerto conste-lado de naves, con su aspecto caprichoso, con su singular fisonomía, Valparaíso, alegre hasta por la misma asimetría de su conjunto, y radiante bajo el oro del sol.
En la meseta, a través de boscajes, vestidos por la re¬surrección invernal, apa-recía una extraña agrupación de carpas, semejantes al aduar de una tribu nómada. De¬trás, dos hileras de casas de piedra constituían la edifica¬ción estable del paraje. Y de las carpas y de las casas volaban ritmos de música raras, cantares de voces dis¬cordantes, gritos, carcajadas: todo en una polifonía estrepitosa. Cruzamos, con pasos elásticos, los boscajes; bajo los arboles renacientes encontrábamos parejas de mozos y mozas, en agreste idilio, 0 bien familias com¬pletas, merendando a la sombra hospitalaria de algún toldo. Nos metimos por entre las carpas: alrededor de una, más grande, se aprestaba la gente, en turba nutrida, aguardando su turno de baile. Penetramos. Dentro, la concurrencia no era menos espesa. Hombres, tra-jeados con pantalones y camisas de lana, de colores obscuros, y mujeres con telas de tintes violetas, formaban ancha rueda, eslabonada por un piano viejo, ante el cual estaba el pianista. Junto al piano, un muchacho tocaba la guitarra y tres mu-jeres cantaban, llevando el compás con palmadas. En un ángulo de la sala le-vantábase el mostrador cargado de botellas y vasos con bebidas, cuyos fermentos alcohólicos saturaban el recinto de emanaciones mareantes. Y en el centro de la rueda, sobre la alfombra, tendida en el piso terroso, una pareja bailaba la zama-cueca.
Jóvenes ambos, ofrecían notorio contraste. Era el un galán de tez tostada, de mediana estatura, de cabello y barba negros: un perfecto ejemplar de roto, mezcla de campesino y marinero. Con el sombrero de fieltro en una mano, y en la otra un pañuelo rojo, fornido y ágil, giraba zapateando en torno de ella. La muchacha, en cambio, parecía algo exótica en aquel sitio. Grácil y es¬belta, bajo la borla de la cabellera broncínea destacábase su rostro, de admirable regularidad de rasgos. Tenia, lujo excéntrico, Un vestido de seda amarilla; el busto envuelto por un pa-ñolón chinesco, cuyas coloraciones radiaban en la cruda luz, y en la mano un pa-ñuelo también rojo. Muy blanca, la danza le encendía, con tonos carmíneos, las mejillas. En sus ojos garzos, circuidos de grandes ojeras azulosas, había ese brillo de potencia ex¬traordinaria, ese ardor concentrado y húmedo, peculia¬res en ciertas histerias; y con la boca entreabierta y las ventanas de la nariz palpitantes; inhalaba ávidamente el aire, como Si le fuera rebelde a los pulmones.
Bailaba, ajustando sus movimientos a los compases difíciles, cambiantes, de la música. Y su cuerpo, fino, flexible, se enarcaba, se estiraba, se encogía, se cimbrea¬ba, erguíase, vibraba, se retorcía, aceleraba los pasos, imprimíales lenti-tudes lánguidas, gestos galvánicos; o se mecía con balances muelles, adquiriendo posturas de languidez, de abandono, de desmayos absolutos. Y así, siempre ser-pentina rebosante de voluptuosidad turba¬dora, de incitaciones perversas, volte-jeaba ante los ojos como una fascinación demoniaca.
¿De qué altura social, por qué misteriosa pendiente descendió aquella hermosa criatura, de porte delicado, de apariencia aristocrática? ¿Qué lazos la unían, anti-guos o recientes, con su compañero de baile? ¿Era una degenerada nativa, a quien desequilibrios orgánicos aventaron lejos del hogar, en alguna loca aventura? ¿O la fatalidad la arrojó al abismo, convirtiéndola en la infeliz histérica, que ahora, en aquel recinto daba tan extraña nota, siendo a la vez una curiosidad dolo¬rosa y una provocación embriagante?
La voz del inglés me arrancó de estos pensamientos:
- Voy a bailar... me gustó mucho la zamacueca... y esa mujer también. Ayer bailé con ella.
Le miré: su semblante permanecía grave, y sus gran¬des ojos celtas contem-plaban serenamente a la bailadora. Sacó un pañuelo escarlata, traído sin duda para el caso, y adelantó hasta el medio de la rueda. La pareja se detuvo: el roto, ceji-junto, hostil; la muchacha, ondulan¬do sobre los pies inmóviles, sonriendo a Litchman, quien sin perder su gravedad, esbozaba ya un paso de la danza. .. Pero el suplantado, de un salto se colocó delante. Un puñal pequeño relucía en su ma-no.
- Hoy no dejo que me la quite... Acaso la traigo para que usted...
No pudo concluir la frase: el brazo de Litchman se alzó y tendióse rápido, y un formidable mazazo retumbó en la frente del roto. Vaciló este, tambaleóse y rodó por el suelo, con la cara bañada en sangre. La música y el canto enmudecie-ron; y la rueda expectante convirtióse en un grupo, arremolinado alrededor del caído Ya Litchinan, impasible siempre, estaba junto a mi y nos preparábamos para salir, cuando agudo, brotó un grito del grupo. Hubo otro remolino disolvente, y apareció de nuevo la primitiva pareja de baile. El hombre se limpiaba con el pa-ñuelo la sangre de la frente; la mu¬chacha rígida, como petrificada, como enclava-da en el piso, no trataba de enjugar la ola purpúrea que le manaba de la mejilla. La herida debía de ser grande; pero desaparecía bajo la mancha roja, cada vez más invasora.
Y el roto, con voz silbante como un latigazo, le gritó a aquella faz despavori-da y sangrienta:
- Creías, pues, que sólo yo iba a quedar marcado...