EL DIARIO de JULES RENARD

 

                                                                         William Somerset Maugham

 

Jules Renard empezó a escribir su Diario en 1887. Es un documento único. No tenía ilusiones sobre sí mismo, y se describía con salvaje sinceridad; tanta, que a veces da escalofríos al lector. Cuesta imaginarse que destinara su Diario a ser publicado. Cierta vez dijo que deseaba que su hijo no lo leyera hasta que fuera digno de hacerlo. Es difícil saber qué quiso decir con esto. Pensamos que si su hijo llegara a leerlo, podría más bien perder todo el respeto y afecto que pudiera tener por su padre. En su Diario, Renard se muestra inescrupuloso, rudamente egoísta, mal educado, envidioso, duro y, a veces, hasta cruel. Murió en 1910, y hoy queda poca gente que lo conoció. Con los dos o tres con quienes me he encontrado, estuvieron de acuerdo en que era destestable a pesar su brillante inteligencia. Al menos habla en su favor el que nunca haya intentado mostrarse mejor de lo que era.
 Es fácil relatar su vida, pues tenemos material, aparte del de su Diario, en sus novelas Poil de Carotte y L'Ecornifleur; en sus tres piezas cortas: Le Plaisir de Rompre, La Paix du Ménage y La Bigote, y en el cuento llamado La Maîtresse. Todos sus autobiográficos. Jules Renard nació en el seno de una familia campesina que habitaba en el centro de Francia, en la Niévre, desde hacía varias generaciones. Su padre, uno entre numerosos hermanos, había nacido en una cabaña de una sola habitación, que era la de la familia. En una u otra forma -no se nos dice cómo- se las arregló para adquirir algo de educación y llegó a ser contratista en el Departamento de Obras Públicas. Después de construir un puente sobre el estero de La Viette, hizo dinero suficiente como para retirarse y comprar una casa en Chitry. Pasó allí el resto de su vida, pescando, cazando y cultivando las pocas héctáreas de tierra que había adquirido. Hasta su muerte, prmaneció campesino de corazón. Jules era el menor de sus tres hijos. Su madre lo odiaba. Jamás quiso tenerlo y su nacimientos se debió a un accidente en sus relaciones sexuales. Era un niño feo, pelirrojo y sucio. Desde temprana edad lo pusieron a hacer quehaceres domésticos. En Poil de Carotte hay un incidente que nos choca aún más que las palizas que su madre le propinaba. Como algunos niños, Jule se orinaba en la cama durante la noche, por lo que al otro día era golpeado sonoramente. Cierta vez, debido a la visita de un pariente al que hubo de dejar a dormir, mandaron a Jules a acostarse a la cama de su madre. El niño hizo todo lo que pudo para retenerse, pro al fin no pudo más y se orinó. Lo castigaron dejándole en cama al día siguiente, En la tarde, a modo de cena, su madre le trajo una taza de caldo. Su hermano y hermana, tratando de no reir burlonamente, observaban cómo la madre introducía una cucharada tras otra en la boca del niño. Cuando terminó, aplaudieron exclamando: "¡Se la bebió, se la bebió!" Al contarle su madre que se trataba de la orina que había dejado en la cama durante la noche, Jules sólo dijo: "Así me pareció que era".
 El padre de Renard -que en la novela se llama Monsieur Lepic- no era descariñado con él, pero no se metía en el trato que su esposa daba al niño. Era un hombe callado, introvertido, que vivía sólo por necesidad en estrecho contacto con su familia, ya que por su gusto habría permanecido aparte. Cuando Poil de Carotte trató de poner a su padre de su parte y fracasó, emitió la desesperada exclamación que conmovió tanto al público lector: Tout le monde ne peut pas être orphelin. Al cumplir Jules diez años lo enviaron a un internado en Nevers. Su padre iba de vez en cuando a verle y ambos se escribían. Contestando una carta del niño, el padre le preguntaba por qué en la que recién había recibido empezaba cada línea con mayúscula. El niño respondió: "Querido papá: no te diste cuenta de que mi carta estaba en verso".
 Jules Renard -Poil de Carotte, como lo llamaban por su pelo colorín- no era un buen niñito. El él no había nada de Little Lord Fauntleroy, ni siquiera de David Copperfield. Era, en realidad, una horrible bestezuela. Jules Renard cuenta una chocante historia de su época de colegial. Un maestro, cuyo deber consistía en inspeccionar el dormitorio cuando los muchachos estaban acostados, tenía el hábito de sentarse en la cama de uno de ellos y conversarle, y cuando se levantaba para ise, lo besaba deseándole buenas noches. Poil de Carotte, locamente celoso halló un oportunidad para exagerar al rector el inofensivo hecho. El maestro fue despedido. El día en que el desgraciado hombre, ignominiosamente echado, se iba, Poil de Carotte le dijo: "¿Por qué no me besaste a mí también?" Repulsivo, por supuesto. ¡Pero qué pasión hay en ese grito!
 A los diecisiete años, habiendo Jules egresado existosamente del colegio, Monsieur Renard lo envió a París para que completase su educación. Le asignó ciento cincuenta francos mensuales, que equivalían entonces a seis libras esterlinas. Tomó un cuarto en un hotel barato. En 1888 pasó su bachillerato y se puso a buscar trabajo. No pudo hallarlo. Ya había empezado a escribir y mandó algunos cuentos a un periódico de provincia: Le Journal de la Nivre. Se los publicaron sin pagárselos. Pronto tuvo un número suficiente como para completar un volumen, y encontró un editor que accedió a publicárselo. Pero el editor desapareció sin dejar rastros. Jule hizo su servicio militar; cuando lo licenciaron regresó a París en busca de medios de ganarse la vida. Al fin obtuvo trabajo en una firma de corredores de propiedades con un sueldo de cien francos al mes. Debe haber hecho buena impresión al director de la firma, Monsieur Lion, y a su señora, pues lo contrataron como tutor de sus tres hijos con un sueldo más elevado aunque todavía miserable. Esto lo saqué del Prefacio a las obras completas de Renard, publicadas después de su muerte; en él, Henry Bachelin relata los primeros años de la vida del escritor. En ciertos puntos, Monsieur Bachelin se pone extrañamente vago. Por suerte la obra titulada La Maîtresse y la cartas de Jules a su padre -que se publicaron- permiten conocer hechos que el autor de Prefacio debe haber considerado indiscreto referir.
 Mediante los Lion, que eran gente de cierta cultura, Renard reconoció a varios de sus amigos, siendo ocasionalmente invitado a sus fiestas. Jules era para entonces un joven alto, con una hermosa cabeza pelirroja, rasgos pasables, buena figura y aire varonil. Después de una de estas fiestas, acompañó de vuelta a su departamento a una actriz quue había estado en ella. Aunque mucho mayor que Jules, era una mujer atractiva, y durante el camino él le hizo ciertas proposiciones. A ella le asombraron lo repentino de éstas, sobre todo que no se habían encontrado jamás antes, pero tal audacia y persuasión no le desagradaron. Le dio a entender que estaba magníficamente mantenida por un hombre rico y que no podía arriesgarse a perder la buena renta que éste le daba. Sin embargo, consintió en ir al hotel de Tenard, bajo la promesa de que él no trataría de ir a su departamento. Así empezó una relación que se prolognó bastante para satisfacción de ambos. La dama consiguió que algunos poemas de Renard fueran publicados, y él los recitaba en las fiestas. Su juventud, su buena presencia y su acento provinciano, que nunca perdió del todo, le ganaron un modesto éxito. No obstante -exigencia propia de un joven- se sentía molesto de compartir  a su amante con otro. Un día, sabiendo que ella iba a recibir a su rival -si así podemos llamarlo-, se ocultó fuera de la casa en la que ella vivía. Pronto vio entrar a un añoso y corpulento hombre de negocios. Renard se turbó profundamente y decidió cortar relaciones con su amante. No podía seguir tolerando regalos y favores de ella, pues, de hecho, eran pagados por otro. Profundamente ultrajado le escribió una larga carta diciéndole que debía elegir entre ambos. Su orgullo y su honor no le permitían continuar en esta humillante situación. Ella había quedado en ir a su hotel la misma tarde en que él escribió la carta, y, como de costumbre, fueron a parar a la cama. En no envió la carta y el asunto siguió como antes. Llegaron las vacaciones estivales y Renard, sin tener que enseñar a los hijos de Monsieur Lion, fue invitado por unos amigos a pasar unas cuantas semanas en la costa. Henry Bachelin no nos dice quienes eran ni por qué lo invitaron. Las cartas de Reanrd a su padre parecen explicarlo. Cierto Monsieur Morneau, fabricante de muebles del sigo XVIII, deseaba escribir una obra sobre este asunto. Como no era capaz de hacerlo, necesitaba un "fantasma" que realizara el trabajo que después el publicaría con su nombre. Podemos presumir que Jules Renard, a sugerencia de Monsieur Lion, fue contratado con una considerable remuneración. Debía vivir con la familia que estaba compuesta por Monsieur Morneau, su mujer y su hija. Con este material fue con el que Renard escribió su novela L'Ecornifleur. Esta obra fue elegida hace poco por un grupo de escritores como la mejor novela escrita en Francia en los últimos cincuenta años, y traducida recientemente al inglés con el título de The Sponger. La historia se puede contar en pocas líneas. El protagonista, un joven peota sin dinero, conoce a un hombre de negocios y su esposa. De este conocimiento nace una amistad y es invitado a visitarles en la costa. Allí se les reúne su sobrina, huérfana, poseedora de una fortuna. El joven considera que es su deber el tratar de seducir a la dueña de la casa. Aunque él le atrae y ella llega a estar bastante enamorada, no tiene éxito. Entonces él enseña a nadar a la sobrina, y ésta se enamora de él. Naturalmente -sabemos qué tipo de hombre es- la seduce. No es fácil exponer en inglés, en términos decorosos, hasta donde llegó el asunto; sólo puedo decir que llegó hasta donde era posible que llegara sin caer en los últimos extremos. Con ambas -tía y sobrina- enamoradas de él, su situación es tan difícil que le parece prudente volver a París, y la historia termina con su partida. Como en su Diario Renard hace notar que su imaginación consiste en su memoria, siendo, como era, inmune a la decencia, podemos estar seguros de que su novela relata los hechos sin apartarse mayormente de la realidad.
 Vuelto a París, Renard se puso a trabajar en el libro que firmaría Monsieur Morneau. El joven estaba en apuros económicos. A comienzos de enero de 1884, escribió a su padre: "Estos últimos días he dudado hasta de comprar una estampilla. No exagero. Diciembre fue especialmente duro". Su amistad con los Morneau se reanudó cuando éstos volvieron a París, y cenaba todas las noches con ellos. No perdió su tiempo. El 18 de febrero, en carta a su padre, decía: "Te he hablado casualmente de un posible matrimonio. Ya me declaré". Desgraciadamente, las cartas en que habla de ello no se conservan, y el tema nos coge de sorpresa. ¿Cómo podía, en sus circunstancias, pensar en matrimonio?. Su proposición fue aceptada y él escribió a su padre pidiéndole setecientos francos para comprar un anillo de compromiso. El matrimonio de Jules Renard con Marinette, hija de Monsieur y Madame Morneau, se efectuó a fines de mayo, y la feliz pareja partió a Barfleur en un viaje de luna de miel. Nos preguntamos por qué una próspera familia burguesa aceptó que su hija única se casara con un pobre y desconocido escritor. La sola entrada de Renard consitía en el miserable sueldo que aún recibía de Monsieur Lion. Es cierto que escribía artículos para pequeñas revistas de corta y azarosa existencia, por los que le pagaban poco o nada. La primera explicación que se nos ocurre -la de que se trataba de salvar la reputación de la hija mediante el matrimonio- carece de fundamento. Su primer hijo nació después de un año de casados. Podemos suponer que los Morneau aprobaron el matrimonio basándose en la rara idea francesa de que casando a una hija con un literato se da a una familia burguesa cierto prestigio.
 Es posible que Jules Renard, antes de su boda, como es lo correcto, hay ido a despedirse de su amante, de cuyos favores sexuales había gozado por tantos meses. Unos nueve años más tarde escribió una obra en un acto titulada Le Plaisir de Rompre. Es un diálogo entre un joven y una mujer, algo mayor que él, que ha sido su amante. Este va a casarse a la mañana siguiente con una joven adinerada, y la amante, por su parte, también se las ha arreglado para hacer un matrimonio de conveniencia que asegurará su futuro. Aambos están todavía algo más que un poco enamorados el uno del otro, y ahora que el presunto novio ve por última vez a la atrativa mujer, le dice, en un momento de pasión, que bastaría que ella le dijese una sola palabra para que él dejara a su novia y renudaran sus relaciones para siempre. No obstante, prevalece el sentido común de ella: el amor está muy bien y es muy hermoso, pero no se puede vivir de él, por lo que se separan definitivamente. Es una obrita encantadora, aguda y emocionante, y tuvo gran éxito cuando se dio. Después de la primera función Jules Renard se preguntó en su Diario que habría pensado de ella la verdadera Blanca, modelo de su pequeña obra.
 Terminada la luna de miel, los Renard fueron a Chitry. La madre de Jules le tomó mala voluntad a Marinette, burlándose de la noble "señorita" con que se había casado su hijo. Hizo todo lo que pudo para hacer la vida intolerable a su nuera; pero ellos permanecieron allí, me imgino que por razones económicas, hasta que nació su primer hijo, un varón. Entonces tomaron un departamento en París. Una sardónica nota del Diario sugiere cómo pudieron hacerlo: "¿Llegó M. M. (Monsieur Morneau, suegro de Renard) a ser un afortunado y hábil comerciante sólo para que su rica hija se casara con un pobre escritor?"
 En los años que siguieron, en los que Marinette tuvo una hija, Jules Renard trabajó bastante como periodista; fue mal pagado y sólo podemos suponer que los mantenía en parte el afortunado e inteligente comerciante. Como esto es lo útlimo que sabemos del padre de Marinette, debemos presumir que murió con el tiempo. En 1888 Jules publicó su primer libro: Crime de Village, una colección de cuentos escritos en su mayoría tiempo atrás. Jules Renard amaba realmente a Marinette. En su Diario rara vez tiene una palabra amable para la gente que menciona, en cambio siempre habla de ella con hondo cariño. "Aparece Marinette -escribe- y el suelo se hace más suave (plous douce) bajo mis pies". En los círculos literarios donde, al crecer su reputación, él se movía, los hombres eran absolutamente infieles a sus esposas. Renard se mantuvo absolutamente fiel a la suya. Fue uno de los fundadores del Mercure de Fance, que, como todos sabemos, llegó a ser la más conocida y avanzada revista de época. Renard escibió regularmente para ella. Sólo en 1892 publicó su novela L'Ecornifleur, y en 1985, Poil de Carotte. Ambos libros lo consagraron como un escritor oiginal y talentoso. Su estilo nervioso, alerta y muy personal, fue muy alabado por los críticos. L'Ecornifleur tuvo buena acogida entre sus colegas ecritores, pero su cínico humor no gusto al gran público. Poil de Carotte, en cambio, obtuvo un gran éxito, y los críticos alabaron unánimente su ímpetu, su ironía y su humor. Con el tiempo, Renard teatralizó estas narraciones. L'Ecornifleur, que él tituló Monsieur Vernet para las tablas, resultó desilusionadora; pero Poil de Carotte triunfó. El público se encantó y, desde entonces la obra se ha puesto en escena numerosas veces.
 En 1895 la situación de Renard era bastante más holgada debido al dinero heredado por Marinette a la muerte de su padre, por lo que pudo alquilar, y luego comprar, en Chaumont, cerca de Chitry -donde vivían sus padres-, una casa con suficiente terreno como para tener pollos, patos, gansos, un caballo, un burro, ovejas, cerdos, una vaca y un toro. Para guardar el ganado contrató a un campesino, llamado Philippe y, como empleada de todo servicio, a su mujer Ragotte. Marinette ciudaba los niños y, ayudada por Ragotte, cocinaba. De allí en adelante, Renard pasaba con su mujer e hijos desde mayo a octubre en Cahumont, y sólo los inviernos en París. En ninguna parte se sentía más feliz que en el campo; era, en el fondo de su corazón y como decían sus enemigos, un campesino al igual que sus antepasados. Tenía muchos enemigos, pues parece que le gustaba darse el maligno placer de contrariar a la gente. Admitían su talento, pero les irritaba su rudeza, su indiferencia ante los campesinos ajenos a su arrogancia. En el campo podía cazar y pescar, pasatiempo que compartía con su padre, y se sentía a sus anchas con los campesinos, como nunca lo estaba con sus amigos de París.
 En 1887 su padre cayó enfermo. Pocas semanas más tarde, Jules escribió a Tristán Bernard: "Querido amigo: Sin esperanzas de mejorarse, mi padre se mató ayer disparándose un tiro en el corazón. Te aseguro que estoy lleno de admiración por la forma en que se dio muerte. Tu triste amigo". A otro de sus conocidos le dijo que su padre había muerto como el gran deportista que era y como un sabio. A otro le ecribió: "En cuanto a mí, espero mostrar, en esta solemne hora de mi vida, el mismo temple de alma y la misma inteligencia".
 Después de la muerte de su marido, la madre de Renard continuó viviendo en Chitry. Como siempre, seguía siendo dura, dominante y estrecha de mente. No sabemos si leyó alguna vez Poil de Carotte, y si lo hizo, que pensó del retrato que trazara su hijo de ella. Le impresionó poco su éxito literario, pero, más adelante, cuando él se dedicó a la política y fue elegido concejal y luego alcalde -por lo que la gente de su povincia natal, que hasta entonces lo había ignorado, empezó a tomarlo en cuenta-, sólo entonces ella estuvo, no sin razón, contenta... pero de só misma. No sobrevivió mucho tiempo a su marido. Dos años después de su meurte, Jules escribía en una de sus cartas: "Querido amigo: recién recibí tu hermosa carta. Iba a escribirte que mi madre, según creo por accidente, se cayó y ahogó en el pozo. Estoy algo impresionado. Marinette está como siempre. Los niños gozan de buena salud te escribiré más tarde". ¿Creyó que era realmente un accidente? Decidió vender la casa de Chaumont y cambiarse a la de Cristy, pues, aunque no había nacido en ella, la consisderaba como su lugar natal.
 A Antoine, el actor y empresario, escribió: "Te agradezco tu cordial nota sobre la muerte de mi madre. Como puedes imaginarte, la parte burlesca de este asunto no se me escapa. Durante los últimos quince días he estado un poco inquieto. Te lo contaré todo después. Entre tanto, estoy restaurando un poco la casa donde, sin duda, también moriré yo. Cuando quieras puedes tener La Bigotte. El teatro todavía continúa." La Bigotte era una obra de teatro escrita por Renard. En ella mostraba cómo la paz y la felicidad de una familia se arruinaba por la obediencia prestada por la madre al cura del pueblo. La madre constituía, por supuesto, un feroz retrato de la suya. La pieza se estrenó pocos meses después de muerta la madre de Jules. Los críticos, en general, la alabaron, y Renard creyó que sería un éxito. Pero el público no le gustó y bajó el cartel después de pocas representaciones.
 Gracias al éxito de sus obras en un acto, Renard había llegado a conocer por aquel tiempo a varias personas conectadas con el teatro: a Tristán Bernard y a Capus, ambos dramaturgos, y a Lucien Guitry, actor. Pero su mejores amigos, eran Edmond Rostand y su esposa. Rostand, después de dieciocho meses de negociaciones, logró que se diera a Renard la Legión de Honor. Hay algo particularmente interesante en el placer infantil que produjo la condecoración a ese hombre áspero e intolerable. Nos dice en su Diario que, cuando fue a comprar un paquete de cigarrillos, no pudo evitar desabroharse el abrigo para que el vendedor viera su cinta roja. Renard no era un hombre que se hiciera fácilmente de amigos, y cuando se hacía de ellos, los despachaba pronto. El mismo decía que jamás tendría amigos porque estaba inclinado a pelear con ellos. Rostand era la gran figura literaria del momento; sus ideas eran seguidas y celebradas por todos. Renard estaba al tanto de que Rostand lo consideraba un buen escritor, pero que se consideraba a sí mismo aún mejor. Acerca de Rostand escribió: "Es el único hombre a quien puedo admirar, aunque lo detesto". "Está desintegrándose, está desintegrándose", y en la línea siguiente: "Triste como una amistad muerta!. Hay que admitir que Renard perdió la amistad de Rostand por su propia culpa. Escribió una obra de teatro en un acto titulada La Paix du Ménage. Una pareja, marido y mujer, se hallan en el campo con otra pareja. Pedro, el anfitrión, se siente atraído por la bella esposa de su amigo, y cree que si le hace insinuaciones ella no lo rechazará. Al hablar con franqueza del asunto, Pedro dice a la joven que es muy feliz con su esposa y que no le causaría dolor por nada del mundo. Por su parte, ella tiene los mismo sentimientos hacia su marido. Ambos llegan a la conclusión de que no vale la pena iniciar una aventura. Es una encantador obrita, y si nos parece algo cínica, bueno, a menudo el sentido común parece cinismo.
 Rostand y su esposa habían pasado un tiempo con los Renard en Chaumont. El no era ningún tonto y, cuando leyó la obrita, se dio cuenta de que narraba un incidente que había tenido lugar entre Jules y su propia esposa. Es verdad que ella no le fue infiel, pero era desagradable saber que ambos habían discutido tal posibilidad. Tampoco podía parecerle bien que Renard pensara, aunque fuera remotamente, seducir a su esposa después todo lo que él, Rostand, había hecho en su ayuda. Cuando Renard, algo groseramente, le pidió que asistiera al estreno sin su esposa, se confirmó su sospecha y rehusó ir. Tildó a la obrita de "malévolo reportaje". Renard juró que no había tal, pero como nunca había ocultado que estaba completamente desprovisto de facultad de invención, Rostand supo que mentía. Tiempo después, Renard escribió "Rostand es el poeta de la muchedumbre y cree ser el poeta de los elegidos".
 Con excepción de Capus y Tristán Bernard, despreciaba a sus colegas escritores, lo que no le impedía escribirle efusivas cartas cuando éstos le enviaban sus obras. Decía que los autores son tan suceptibles que debemos alabarlos mucho más de lo que merecen. Sobre los críticos escribió algo graciosísimo : "Debemos ser indulgentes con los críticos: pasan sus vidas hablando de otras gentes y nadie habla de ellos".
 En 1908 publicó una novela titulada Ragotte. Ella está hecha en parte como un libreto de teatro -con el nombre del personaje que habla antes del diálogo- y en parte como una narración. Es la vida de la empleada de todo servicio de Renard, de su marido Philippe y de sus hijos. Ragotte -a la sazón de sesenta años- entró a servir a los trece. Tuvo una hija, que se casó, un hijo, Paul, con quien había peleado, y otro hijo más joven, Joseph, al que los Renard llevaron a París para buscarle trabajo. Este úlimo cayó enfermo, lo hospitalizaron y murió. Fue por esta obra por la que Renard rompió con el Mercure de France, donde había colaborado durante años. Es una historia amable y, en partes, emocionante. Trata de los campesinos de Nivrnaies azotados por la pobreza: el tipo de libro que un crítico despacha en una hora y comenta favorablemente, sabiendo que es la clase de obra que mucha gente leerá con agrado. La novela fue criticada en el Mercure de France por Rachilde, esposa de Alfred Vallete, fundador y editor jefe de la revista. Ella trató la novela de Renard muy precipitadamente. Ofendido por considerar que, no sólo como colaborador sino que también como accionista de la sociedad y el editor, su libro merecía mejor trato, renunció al Consejo de la Editorial. Pero a los pocos días retiró su renuncia. Parece que creyó que se le daría una explicación mediante una nueva crítica más substanciosa, pero, al ser defraudado, renunció nuevamente y vendió sus acciones. Alfred Vallette se enorgullecía de la libertad que otorgaba a sus colaboradores para que dijeran lo que quisiesen, sin importarle cuán provocativo resultara y las indignadas respuestas que acarrease. Sin duda se debió a esto el éxito de la revista. Tuve la curiosidad de leer en un viejo número del Mercure de France lo que escribió Rachilde y que ofendió tanto a Jules Renard. Dedicó al libro las ocho últimas líneas de su artículo. Mencionó el título, sin alabarlo ni criticarlo. De hecho no dijo nada sobre él. Pocas críticas podrían haber sido tan sintéticas. Decía, en suma, que ahora que Renard era alcalde de Chitry y miembro de la Academia Goncourt, podía escribir lo que se le ocurriera, y que cuando alguien escribía artículos sobre él, era sólo para alabarle; añadía que recientemente ella había leído un de esos artículos, y le había parecido absolutamente imbécil. Debemos suponer que Renard había ofendido a Rachilde, como lo hizo con tantos de sus amigos, y ella aprovechó esa oportunidad para vengarse.
 Creo que Ragotte fue el último libro que escribió. "¿Qué debo a mi familia?" -se peguntaba-. ¡Qué mal agradecido! Ella me proveyó de obras perfectas". Es cierto que para entonces ya había hecho todo el uso posible de su familia, y se halló en la desgraciada situación del escritor profesional que no tiene de qué escribir. Se refugió en su Diario. "He adquirido el hábito de escribir todo lo que se ocurre. Tomo nota de los pensamientos tal como vienen, sean nocivos o criminales. Claro que estas notas no siempre mostrarán el tipo de hombre que soy". No hay duda de que algo tenía que ver con las notas, pues su ferocidad o su humor le entretenían mucho. Cito algunos ejemplos: "No basta ser feliz; tienen que ser desgraciados los demás ". "Cuando alguien me cuenta que una mujer ha estado diciendo cosas hirientes sobre mí, contesto: Qué raro. Después de todo, nunca le he dicho una galantería". Era de una timidez que nunca logró superar; tal vez era motivo por el cul no podía dar una respuesta amable cuando alguien lo alababa. Declaraba que prefería ser mal educado que obvio. Al comienzo de su Diario escribió que éste no iba a ser sólo charlatanería, como el de los Goncourt, sino que le serviría para formarse el carácter y enmendarlo. Algo inesperadamente escribió: "No hay Cielo, pero debemos inventar vivir como si lo hubiera!. Se daba cuenta de que su Diario lo "vaciaba" y que no era una obra literaria; sin embargo, estaba seguro de que era lo mejor y más útil que había hecho en su vida. Quizá tenía razón. No sé de otro escritor -salvo, tal vez, Pepys, que no tuvo intención de hacerlo- que haya trazado un retrato tan brutalmente verdadero de sí mismo como el que trazó Jules Renard. Estaba devorado por la envidia. "La envidia no es un sentimiento noble -escribía-, pero tampoco lo es la hipocresía, y me pregunto qué se gana al substituir una por otra". No le gustaba leer los libros de sus amigos porque podía hallar algo que lo obligara a admirarlos. "El éxito de los otros me irrita, sobre todo si es merecido."Envidiaba hasta la felicidad de Marinette y le enojaba que ella fuera capaz de ser feliz con un hombre cuyo carácter lo hacía insoportable a todo el mundo. No obstante pudo decir, después de diecisiete años de matrimonio, que lo mejor de su vida fue el cariño de Marinette. "Mujer ¿qué es lo que te atrae en él?", preguntaba un poco retóricamente. Y él mismo se daba la respuesta: "La necesidad que tienes de mí". En otra parte escribía: "No quiero nada del pasado. No cuento con el futuro. Soy un hombre feliz porque he renunciado a la felicidad". Quizá su nota más trágica fue: "La vida sería intolerable sin amargura".
 Hay un pasaje de su Diario que no puede leerse sin dolor. Una tarde, después de que Renard había estado cazando con su empleado Philippe, éste, tímidamente, le pidió un aumento de sueldo pra su hijo Paul, que también le servía. Renard montó en cólera y, diigiéndose hacia donde se encontraba su esposa, hizo llamar a los dos hombres. "Dominando mi rabia, le dije a Philippe que me había herido, que ya no podría confiar en él, que había puesto un muro entre él y yo, y a Paul, que ya podía buscar trabajo en otra parte. Quedaron aplastados, comieron apenas una cucharada de sopa, no durmieron esa noche y, al día siguiente, Ragotte amaneció llorosa." Ragotte se disculpó humildemente y rogó a Marinette los perdonara. "Por compasión, también por egoísmo (siempre, siempre el egoísmo) me conmoví: era la segunda vez que veía llorar a Ragotte. "Estamos tan apenados -decía ella-. Philippe pasó el día entero pelando guisantes humilde y lleno de tristeza" ¿Puede haber algo más dulce para el miserable orgullo de un patrón que un viejo sirviente de pelo cano sufra porque ha dicho algo estúpido y no sabe como arreglarlo?"
 Si el lector que me ha seguido hasta aquí cree que Jules Renard era un hombre odioso, estará en lo cierto. Nadie lo sabía mejor que él. Pero los seres humanos no son de una sola pieza. Si lo fueran, la tarea de los novelistas sería más simple, y sus novelas más aburridas. Lo extraño es que pueden coexistir en nosotros las más discordantes cualidades, mostrándonos como una masa de contradicciones que se combinan para darnos una sola y consistente personalidad. Renard, terriblente egoísta, de mal genio y susceptible, era capaz de infinita ternura. Cuando se separaba de Marinette, le escribía diariamente. Empezaba sus cartas con las palabras: "Mi querida, mi muy querida". Terminó una de ellas con las palabras: "Adiós, hasta muy pronto, mi bien. A la postre verás que no hay nada para mí salvo tú, y cuando no estás, nada anda bien en mí". Adoraba a sus dos hijos. El niño se llamaba Fantec y la niña Baïe. Cierta vez que tuvo qu ir a Bourges a hacer un pequeño trabajo sobre el servicio militar, escribió a Marinette al día siguiente de su llegada: "Me encantó la divertida carita que pusiste cuando me venía. Quizás lloraste después, pero estuviste magnífica en ese último momento. ¡Pobre querida! Nosotros -Fantec y yo- también no portamos bien. Fantec estaba jugando en la arena y dijo, sin turbarse:
 "-¿Vas a Corbigny, papá?
 "-NO, a Bouges.
 "-Muy bien, adiós -dijo nuevamente concentrado en la arena-. Lo besé con todo mi corazón por su dulce despego, y aún tengo en la mejilla tu beso y el de Baïe".
 Los niños empezaron a crecer. Baïe permaneció en casa pero Fantec fue al colegio. Las cartas de que Renard le escribió son encantadoras. No son las de un padre a un hijo, sino las de un amigo a otro. Consoló al niño cuando no obtuvo el premio que esperaba, y alabó una disertación que éste escribió. "Lo que me agrada particularmente es que tu lenguaje ha mejorado. Es fuerte, sólido y claro. Ahora dices lo que quieres decir, ¡supieras lo rara que es esta cualidad! La perdemos apenas deseamos tener un estilo antes que otra cosa." Podemos perdonarle con toda seguridad su envidia, sus celos del éxito ajeno y su rudeza, cuando recordamos su gran amor por su querida Marinette y sus dos hijos; era un hombre marcado por su desgraciada niñez, la dureza de su primera juventud y esa timidez que lindaba con lo patológico, escondía hermosos sentimientos en su corazón.
 Poco más tengo que decir de Jules Renard. En 1978 fue elegido miembro de la Académie Goncourt. Esto le dio una entrada fija de cuatro mil francos anuales. Era menos de lo que los Goncourt habían querido dar a sus académicos, pero, a pesar de todo, le venían muy bien, pues su trabajo de periodista estaba miserablemente pagado. Por entonces un autor sólo podía tener una entrada razonable escribiendo obras de teatro. Las obras de un acto, a Renard le dieron muy poco dinero. Los empresarios querían obras en tres actos. Pero él nunca pudo escribirlas. Tal vez fue a través de Leon Blum (que era sólo un literato en esa época) cómo conoció a Jean Jaurès -que sería asesinado por un fanático en 1914- y bajo cuya influencia se haría socialista. Con su usual y amargo conocimiento de sí mismo, anotó en su Diario: "¿Sería yo socialista si pudiera escribir piezas de teatro en tres actos?" Aunque no escribía mucho, se ocupaba también de otros asuntos. Cumplía con esmero las funciones de alcalde de la ciudad. Lanzaba discursos políticos y presidía los banquetes oficiales. Dio conferencias bastante concurridas en el Odeón. Había sido siempre un apasionado cazador, pero, de repente, se dio cuenta de que ya no le agradaba matar pájaros. Un día que había salido con su escopeta, alzó el vuelo una alondra. Disparó, no a matar, sino para ver qué sucedería. El pajarito yacía de bruces, abriendo y cerrando su pico. "Alondra -escribió en su Diario-, ojalá llegues a ser el más delicado de mis pensamientos, el más querido de mis remordimientos. Moriste por otras. Rompo mi licencia y cuelgo mi escopeta de un clavo."
 Sólo he podido mencionar de paso que Renard tuvo un hermano y una hermana. Cada cual siguió diferentes caminos. El los trataba cariñosamente, y cuando necesitaron ayuda, se las dio con buenos consejos y dinero. Hacia fines de 1909, en una carta a su hermana, le decía que últimamente no había estado bien. "Pero Marinette está aquí y yo también, y nos cuidaremos uno al otro". Al año siguiente escribió a su hermana que los médicos le habían diagnosticado arterioesclerosis y que estaba sentenciado. "¡Oh!, más adelante, en treinta o más años, con hemorragia interna, demencia senil y parálisis parcial." En marzo, para tranquilizar a la hermana, le escribió nuevamente diciéndole que no estaba en peligro: "La misteriosa enfermedad llamada arterioesclerosis siempre me produce cierta ansiedad que tendré que vigilar, pero no hay amenaza inmediata. Trataré de vivir con ella. Quizás  uno deba estar algo enfermo para vivir intensa y razonablemente". El 6 de abril de 1910, Renard escribió a Lugné Poë, el actor y empresario, pidiéndole que pusiera Poil de Carotte en el repertorio de la Comèdie Française. Murió al día siguiente. Tenía sólo cuarenta y seis años. Si consideramos la larga tortura de su vida, no podemos sino pensar en que su desgracia consistió en haber nacido con talento, pero sin imaginación creadora. Habría sido un hombre, mucho más feliz si no hubiese escrito una sola línea.

  

WILLIAM SOMERSET MAUGHAM

 

(*) Al iniciar su diario, Renard tenía 23 años y había publicado un libro de poemas, Les Roses (Paul Sevin, París, 1886). N. del E.

 

(*) Este es el título del segundo libro publicado por Renard: París, 1888. N del E.