FANTASMAS EN LA ESPAÑOLA 

 

 

I.

 


De los primeros hechos fantásticos vividos por los soldados españoles en América, el más repetido figura en la crónica de Las Casas.

 


“Por esta causa (la cantidad de muertos y enfermos), muchos tiempos en esta isla española se tuvo por muchos ser cosa averiguada no osar, sin gran temor y peligro, pasar algunos por la Isabela después de despoblada, porque se publicaba ver y oír de noche y de día los que por allí pasaban o tenían que hacer, así como los que iban a montear puercos (que por allí después hubo muchos), y otros que cerca de allí en el campo moraban, muchas voces temerosas de horrible espanto, por los cuales no osaban tornar allí.

 


Se dijo también públicamente y entre la gente común al menos se platicaba y afirmaba, que una vez, yendo de día un hombre o dos por entre aquellos edificios de la Isabela, en una calle, aparecieron dos rengleras, a manera de dos coros de hombres, que parecían todos como gente noble y del Palacio, bien vestidos, ceñidas sus espadas y rebozados con tocas de camino, de las que entonces en España se usaban. Y estando admirados aquel o aquellos a quien esta visión pare-cómo habían venido allí (a) aportar gente tan nueva y ataviada, sin haberse sabido en esta isla de ellos nada, saludándolos y preguntándolos cuándo y de dónde venían, respondieron callando, solamente echando mano a los sombreros para los resaludar, quitaron juntamente con los sombreros las cabezas de sus cuerpos, quedando descabezados, y luego desaparecieron. De la cual visión y turbación quedaron los que los vieron cuasi muertos y por muchos días penados y asombrados.

 


II

Sin embargo, antes que estas extrañas visiones de los soldados en La Española, Mártir cuenta en el Libro Tercero de la Primera Década, correspondiente al segundo viaje de Colón, una historia igual de fantástica:

 


Al salir a un mar abierto, observo el almirante, a distancia de ochenta millas, otro elevadísimo monte. Se dirigió a él para proveerse de agua y de leña. Entre palmeras y pinos muy altos halló dos manantiales de agua dulce. Mientras cortaban madera y llenaban los barriles, uno de los ballesteros se aventuró en el bosque con ánimo de cazar, y allí se ofreció a su vista tan de improviso un hombre revestido de una túnica blanca, que al principio creyó ser un fraile de la orden de Santa María de la Merced, que el almirante llevaba consigo como sacerdote; pero al punto se juntaron s éste otros dos, procedentes del mismo sitio, y no tardó en revisar una tropa de cerca de treinta individuos, cubiertos con vestidos. Entonces, volviendo las espaldas y dando voces, huyó hacia las naves lo más rápidamente que pudo. Los de las túnicas se esforzaron por todos los medios y le persuadían a deponer todo temor; pero nuestro hombre no interrumpió su fuga.

 


Cuando el almirante tuvo conocimiento de esto, satisfecho de haber hallado gente civilizada, envió al punto a treinta hombres armados con orden de que si era preciso, se internasen cuarenta millas por la isla hasta que, buscándolos con toda diligencia, encontrasen a aquellos hombres u otros indígenas.

 


Después de cruzar el bosque tropezaron con una extensa llanura cubierta de hierba, en ninguna parte de la cual se veía vestigio de sendero; al intentar abrirse camino por la hierba, se vieron tan embarazados, que apenas pudieron avanzar una milla, pues aquella no era menor que nuestras mieses espigadas. Regresaron extenuados, sin haber encontrado una senda.

 


Al día siguiente envió Colón veinticinco hombres armados, a los que ordenó averiguar qué clase de gente habitaba aquella tierra. Los emisarios vieron no lejos de la playa huellas recientes de grandes animales, entre los cuales juzgaron que las había de leones, por lo que se dieron prisa a regresar llenos de miedo. (No doy el nombre del lugar a donde llego Colón para no equivocarme: la unica indicacion que hallo es que "Al salir a mar abierto, observó el Almirante, a distnacia de 80 millas, otro elevadísimo monte. Dirigiose a él...")