CURIOSIDADES EN LAS CRONICAS DE LA CONQUISTA

 

 

3

TIBURONES

Seguían el rastro de nuestras carabelas ciertos peces grandes, que se llaman tiburones, que tienen dientes terribles, y, si encuentran a un hombre en el mar, lo devoran. A arponazos cazábamos muchos, aunque no son buenos para comer, salvo los pequeños; y tampoco demasiado. (Primer viaje alre¬dedor del mundo. Pigafetta. Pág. 57)

 
4

PÁJAROS

Vi muchas clases de pájaros, entre los cuales uno que no tenía culo otro que, cuando la hembra quiere poner un huevo, lo pone sobre la espalda del macho, y allí se incuban. No tienen pies, y viven siempre en el mar. Los de otra especie viven del estiércol de los demás pájaros, y les basta: así, vi tantas veces a los tales, a quienes llaman cagassela, correr detrás de los otros pájaros, hasta el momento en que éstos se ven en la precisión de echar fuera su detritus; inmediatamente se apodera de él el perseguidor, y deja de perseguir. Vi, aún, muchos peces que volaban, y muchos otros agrupados juntos, que parecían una isla.

 
5

ROBO: EL MEJOR ESCONDITE

Una hermosa joven subió un día a la nao capi¬tana, donde me encontraba yo, no con otro propósito que el de aprove-char alguna nadería de desecho. Andando en lo cual, le echo el ojo, en la cámara del suboficial, abierta, a un clavo, largo más que un dedo, y apoderándose de él con gran gentileza y galantería, lo hundió entero, de punta a cabo, entre los labios de su natura; tras ello, se marchó pasito a pasito. Viéndolo todo perfecta¬mente el capitán general y yo*. (Primer viaje alre¬dedor del mundo. Pigafetta. Pág. 62)


*El editor, Leoncio Cabrero, se pregunta: ¿Lo hizo la india con ánimo de esconderlo? ¿Lo hizo por ignorancia? Des¬cartamos la hipótesis de que se tratase de una ninfómana. Su conclusión es que se trata sólo de una fantasía del Pigafetta.

 
6

EL ORIGEN DEL CANIBALISMO

Inició esta (costumbre de comer carne humana) –como ley del Talión– una anciana, quien tenía un solo hijo, que fue muerto por los de una tribu rival; pasados algunos días, los de la suya apresaron a uno de los de que le habían matado al hijo y lo trajeron a donde se encontraba la vieja.
Ella viéndolo y acordándose de su muerto, corrió hasta el muchacho como perra rabiosa, mordiéndole la espalda. Aquel, a poco pudo huir, y mostró a los suyos la señal, como si lo fuese de que querían devorarlo.
Cuando los suyos, más tarde, apresaron a alguno de los otros, se lo comieron; y los parientes de los comidos a los de los que comieran; de lo cual nació la costumbre.
No se los comen de una vez; antes uno corta una rebanada para llevársela a su vivienda y ahumarla allí; y vuelve a los ocho días para llevarse otro pedacito que comer asado entre los demás manjares… y siempre como memoria de sus ene-migos.
Esto me lo contó Ioanne Carvagio, piloto que con nosotros venía, quien anduvo antes cuatro años por estas tierras. (Primer viaje alre¬dedor del mundo. Pigafetta. Pág. 60)


7

LAS PENURIAS Y LAS ENFERMEDADES

El miércoles 28 de noviembre de 1520 nos desencajonamos de aquel estrecho, sumiéndonos en el mar Pacífico. Estuvimos tres meses sin probar alguna clase de viandas frescas. Comíamos galletas: ni galleta ya, sino su polvo, con los gusanos a puñados, porque lo mejor se lo habían comido ellos; olía endiabladamente a orines de rata.
Y bebíamos agua amarillenta, putrefacta ya de muchos días, completando nuestra alimentación  con cellos de cuero de buey, que en la cofa del palo mayor protegían del roce de las jarcias; pieles más que endurecidas por el sol, la lluvia y el viento. Poniéndolas al remojo del mar cuatro o cinco días y después un poco sobre las brasas, se comían no mal, mejor que el serrín, que tampoco despreciábamos. Las ratas se vendían a medio ducado la pieza y más que hubieran aparecido.
Pero por encima de todas las penalidades, esta era la peor: que le crecían a algunos las encías sobre los dientes –así los superiores como los inferiores de la boca-, hasta que de ningún modo les era posible comer: que morían de esta enfermedad. Diecinueve hombres murieron, más el gigante (apresado en Puerto y Bahía de San Julián o tal vez en la costa argentina, a la altura de la Patagonia) y otro indio de la tierra de Verzin. Otros veinticinco o treinta hombres enfermaron, quien en los brazos, quien en las piernas o en otra parte; así que sanos quedaban pocos. Por la gracia de Dios, yo no sufrí ninguna enfermedad. (Primer viaje alre-dedor del mundo. Pigafetta. Pág. 75, 76)  
  
8

COMO APRESAR A UNOS GIGANTES

A los quince días encontramos a cuatro de estos gigantes sin armas, que las tenían ocultas entre unos pinos. Cada uno iba pintado de diferente manera. El capitán general retuvo a dos –los más jóvenes y despejados- con ejemplar astucia para conducirlos a España. De haber procedido sin ella, lo probable es que alguno de nosotros no lo contara.
El ardid de que se valió para retenerlos fue este: les dio muchos cuchillos, tijeras, espejos, esquilones y cuentas de vidrio. Teniendo los dos las manos rebosantes de dichas cosas, hizo el capitán general que trajeran un par de grille-tes, que se depositaron a sus pies como tratándose de un regalo, y a ellos, por ser hierro, les placía mucho. Pero no sabían cómo llevárselos, y les apenaba renunciar: no tenían donde guardar las mercedes, y debiendo sujetar con las manos la piel que las envolvía. Quisieron ayudarles los otros dos, pero el capitán se opuso. Viendo lo que les preocupaba abandonar aquellos grilletes, les indicó por señas que los haría ceñir a los pies, y que así podrían llevarlos. Respondieron con la cabeza que sí. Rápidamente, y al mismo tiempo, hizo que los argollaran a los dos; y, aunque notaron el hierro transversal, les asaltó la duda, ante el gesto de seguridad del capitán permanecieron firmes. Sólo después, al comprender el engaño, bufaban como toros, pidiendo a grandes gritos a su dios “Setebos” que les ayudara. (Primer viaje alre¬dedor del mundo. Pigafetta. Pág. 67)      

 

9

COSTUMBRES SEXUALES
(Isla de Zubu, ciudad Matan)

Aunque esta costumbre indígena ya no pertenece a pueblos de América, me ha parecido tan curiosa y extravagante que no he podido resistir la tentación de incluirla.

Estos pueblos andan desnudos, cubriéndose solamente las vergüenzas con un tejido de palmas que atan a la cintura. Grandes y pequeños se han hecho traspasar el pene cerca de la cabeza y de lado a lado, con una barrita de oro o bien de estaño, del espesor de las plumas de oca y en cada remate de esa barra tienen unos como una estrella, con pinchos en la parte de arriba; otros, como una cabeza de clavo de carro. Diversas veces quise que me lo enseñaran muchos, así viejos como jóvenes, pues no lo podía creer. En mitad del artefacto hay un agujero, por el cual orinan, pues aquél y sus estrellas no tienen el menor movimiento. Afirman ellos que sus mujeres lo desean así y que de lo contrario, nada les permitirían. Cuando desean usar de tales mujeres, ellos mismos pinzan su pene, retorciéndolo, de forma que, muy cuidadosamente, puedan meter antes la estrella, ahora encima y después la otra. Cuando está todo dentro, recupera su posición normal y así no se sale hasta que se reblandece, porque de inflamado no hay quien lo extraiga ya. Estos pueblos recurren a tales cosas por ser de potencia muy escasa.
Tienen cuantas esposas desean, pero una principal. (Primer viaje alre¬dedor del mundo. Pigafetta. Pág. 107)
 
Igualmente nos informaron que los mozos de Java, cuando se enamoran de alguna bella joven, se atan con hilo ciertas campanillas entre miembro y prepucio; acuden bajo las ventanas de su enamorada, y haciendo acción de orinar t agitando el miembro, tintinean las tales campanillas hasta que las requeridas las oyen. Inmediatamente acuden al reclamo, y hacen su voluntad: siempre con las campanillas, porque a sus mujeres les causa gran placer escucharlas cómo le resuenan dentro de sí. Las campanillas van siempre cubiertas del todo, t cuanto más se las cubre, más suenan. (Primer viaje alre¬dedor del mundo. Pigafetta. Pág. 153) 

 
10

HOMBRES DE OREJAS AGUJEREADAS

Próximos a aquella isla habitan hombres de cuyas orejas penden tan descomunales aros que pueden meter sus brazos en ellos. Esos pueblos son cafres, o sea gentiles; van desnu-dos, sin más que un tejido de corteza de árbol que les cubre las vergüenzas y sólo sus principales usan lienzos de algodón recamado de seda, como turbante particular. Son oliváceos, gordos, pintarrajeados y se ungen con aceite de coco o de ajonjolí para preservarse del sol y del viento. Les cuelga el pelo, negrísimo, hasta la cintura y poseen dagas, cuchillos, lanzas de oro, escudos, anzuelos, arpones y redes para pescar encestando. Sus barcas son semejantes a nuestras falúas. (Primer viaje alrededor del mundo. Pigafetta. Pág. 83)


11

HOMBRES CHICOS DE OREJAS GRANDES

Expliconos nuestro viejo piloto de Maluco que existe cerca de aquí una isla llamada Arucheto. Los hombres y mujeres de la cual no son más altos que un cubo, y tienen las orejas tan grandes como ellos mismos, pues en la una hacen su lecho, y con la otra se cubren. Van afeitados y desnudos del todo; corren mucho, tienen la voz muy fina, habitan en cavernas subterráneas y devoran peces y una sustancia que se oculta entre las cortezas y los troncos, que es blanca y redonda como confites, y la llaman ambulon. Por las fortísimas corrientes y los bajos no fuimos hasta allí. P.150

 

12

CERDOS DE CARGA

Cuenta un viajero español que allá, en América, algo después de la mitad del siglo XVI, vio en Santa Barbosa, próximo a San Francisco de Quito, algo que no había visto en España: cerdos cargados como si fueran burros. La ventaja de esta modalidad de transporte era que al llegar a destino se comían al cerdo. (En ese tiempo un animal de estos valía un escudo; poco menos, una docena de gallinas o, de preferirse, una docena de conejos;  una fanega de trigo de castilla, valía medio escudo. (Relación de Pero López, pág. 43.)

 
13

LO RECOGIÓ EL SEÑOR

Por ser caso notable, contaré lo que pasó a nuestro galeón en Martinica, y fue que, como se llega a una de aquellas islas Dominicas (Islas de Barlovento) a hacer agua, que es lo que más se carece en el mar, y de temor de los indios de guerra, que suelen hacer notables daños se descuidan, los navíos en llegando disparan piezas por aquellas montañas y los soldados van por tierra con sus escopetas mientras lavan y se recoge la gente.
Vio un soldado un salvaje en cueros, solas tapadas sus vergüenzas; éste dio voces en portugués diciendo que era cris-tiano; trajéronle a la capitana y dio cuenta que que había cuarenta años que, siendo niño, le había cogido un cacique de aquella isla, y, criándose con una hija suya, de la vino a dar el cacique por mujer, y tenía en ella cinco hijos e hijas, y, acordándose y que no confesaba ni oía misa, le daba tanta pena que vivía tristísimo y acudía allí por tiempos a ver si podía alcanzar aquella ocasión, y que dejaba mujer e hijos y aun mando, que era ya cacique por muerte de su suegro, por sólo venir a confesar sus pecados.
Fue forzoso salir aquel propio día los navío, estúvose el cuarto confesando con un fraile del glorioso padre San Francisco, que era capellán del navío, y al quinto día, ya después de absuelto, estando sentado en el borde del navío, se soltó una escota o amantillo, que son con las que está asida la vela mayor, y le dio con tanta furia en los pechos que le arrpjó a la mar, y sin poder ser socorrido se ahogó, de que todos quedamos tristes  y juntamente dando infinitas gracias al Señor de la muestra de la predestinación de su escogido. (Ordoñez de Ceballos, pág. 75. En Cartagena) 

13A

AQUELLO QUE LOS LLAMABA

Acabados de apear, que ya era oscuro, oímos un gran rui-do*, como de gente de guerra. Alborotados, echamos los frenos a los caballos, y subimos: los tres fueron tras el ruido y yo me quedé aguardando a dos indios que habían ido a coger hierba. Al cabo de un rato oí una voz que casi decía: “¡Hola, acá está!”. Yo entendí que me llamaban y acudí hacia allá; y luego oí aquella voz más lejos y fui allá, y de aquella manera me llevó de una parte a otra más de tres horas, donde me perdí en aquella montaña, y para que se sepa quién da estas voces, que parecen puramente de per-sonas y que hablan en castellano, es un pájaro que ves aquel su graznido; y así se ha visto en diversos tiempos perderse personas, y unos dar en pantanos, otro en los cimarrones y en otras desgracias en que han perecido. Los compañeros fueron (como dicho es) tras el ruido más de un cuarto de legua, donde vieron que eran antas en celo, que parece ruido de gente, y, queriendo volver, se perdieron, de manerq eu ellos y yo anduvimos dos noches y dos días sin acertar a salir del arcabuco. (Ordoñez de Ceballos, pág. 75. En Cartagena)  

* El ruido que escucharon era de antas en celo. Las antas, según el diccionario, son alces; la nota de la edición de Félix Muradás las define como tapires.


13B

TODOS TUERTOS

En aquella estancia, que está en el camino a la Barranca, estaba un mayordomo tuerto, y de todo lo que se servia había de serlo también; y así hasta los caballos, perros, ga-tos, aves y demás cosas vivas que en su casa estaban todos eran tuertos, como lo era asimismo una india que le ser-vía… (Ordoñez de Ceballos, pág. 76. En Cartagena)  

13C

UNA INVITACIÓN INDÍGENA

Camino hacia la sierra grande de Omagua, les pidió el cacique Tavaisón que lo vengaran del gran cacique Manoa que lo quería tener sujeto y castigarle.
Fueron lo españoles tras el tal Manoa con los que tuvieron varias guazavara, muriendo 50 mil indios de la parte del cacique y 20 mil indios y la mitad de los españoles.
Después de tan sangrientos enfrentamientos, el gran Manoa decidió entregarse y servir a los españoles, pero su hijo mayor se alzó y mató a su padre, y al amanecer se lanzó contra los españoles con tanta furia que, dice Ordoñez de Ceballos, hizo tantas “cosas por su persona y su hermano, cual si fueran valientes españoles”.
En la batalla este cacique parricida, llamado Alejandro por el fraile, entró a la tienda del general que había ido a ella curarse, y mató a seis españoles e hirió al general en la ceja de una mortal herida y si no acudiera Pedro de Lomelín mataba a todos. Y dando voces a su gente, ordenó que no le tocaran al fraile y permitió el retiro de Lomelín con otros 36 hombres “a unas peñas”.
“Y por grande honra les hizo un convite en que les dio chicha a beber, que es su vino, en las calaveras de dos generales españoles, que se decía era el uno don Pedro de Silva. Esta es la mayor grandeza de los caciques: tener una calavera engastada en oro y piedras que fuese de un español famoso; y sólo dio con ésta a los capitanes Pedro de Lomelín y (al capitán español) Alejandro y al fraile por padre a quien veneran mucho”. (Ordoñez de Ceballos, pág. 89 a 91. En Cartagena).  

 

14

LA INVASIÓN DE LAS VERUGAS

Sobre esta pérdida (quebraron “muchedumbre” de esmeraldas) se les recreció a los de Pizarro una enfer-medad extraña y abominable, y fue que les nacían por la cabeza, por el rostro, y por todo el cuerpo unas como verrugas que lo parecían al principio cuando se les mostraba; mas después yendo creciendo se ponían como brevas prietas y del tamaño de ellas; pendían de un pezón, destilaban de sí mucha sangre, causaban grandísimo dolor y horror; no se dejaban tocar, ponían feísimos a los que le daba: porque unas verrugas colgaban de la nariz, de las barbas y orejas; no sabían qué les hacer; murieron muchos, otros muchos sanaron; no fue la enfermedad general por todos los españoles, aunque corrió por todo el Perú, que muchos años después vi en el Cuzco tres o cuatro españoles con la misma enfermedad y sanaron: debió de ser alguna mala influencia que pasó, porque después aca no se sabe que haya habido tan lama plaga. (Comentarios Reales de los Incas, Tomo III, pág. 35)

Esta enfermedad o epidemia de verrugas, Porras Barrene-chea las llama “verrugas de Coaque”, y aunque dice que las crónicas primeras evitaron hablar de ellas para no desanimar a los españoles a venir al Perú, cita doce crónicas (Estete, el primero) donde son registradas y la mayoría cree que es por haber comido “pescado emponzoñado” dado por los indios. Por lo que cuenta el Inca, la tropa de Alvarado también sufrió esta epidemia. (Una relación inédita de la Conquista… Pág. 72 a 74). 

 

15

LA DESCOMUNAL CULEBRA

En esta tierra fue donde sucedió el caso, con una de estas culebras, que se cuenta en todas estas Indias y España por cosa muy .común y sabida; y lo trae Herrera, que fue de esta suerte: En aquellos principios que se iba descubriendo esta tierra de Coro, yendo diez y ocho castellanos, uno de los cuales se llamaba Mateo Sánchez Rey, que después fue conquistador de este Nuevo Reino y vecino de esta ciudad de Santafé, en una entrada por las montañas, cansados, se sentaron sobre un tronco que les pareció viga rolliza, de disforme grandeza, muy parda y cubierta de yerba y hojas secas de los árboles; y comenzando á sacar lo que llevaban para almorzar, se comenzó á bullir la viga, y admirados del caso, se levantaron y vieron que era una de estas culebras bobas. (Simón)


16

LO QUE GUARDAN LOS TIBURONES

Se logró algún descanso en un día o dos de calma, en que vinieron a los navíos tantos tiburones, que casi ponían miedo, especialmente a los que observan agüeros; así como se dice de los buitres que barruntan donde hay cuerpo muerto, y perciben el olor a muchas leguas de distancia, esto mismo piensan algunos que sucede a los tiburones, los cuales cogen el brazo o la pierna de una persona, con los dientes, y la cortan como con una navaja, porque tienen dos filas de dientes a modo de sierra. Fue tanta la matanza que hicimos de ellos, con el anzuelo de cadena, que por no poder matar más, los dejamos correr por el agua. Es tanta la voracidad suya, que no sólo comen toda carroña, sino que son cogidos con el trapo colorado en que se envuelve el anzuelo. Yo vi sacar del vientre de uno de estos tiburones, una tortuga, que vivió después en el navío; de otro, la cabeza de un tiburón, que habíamos cortado y echado al mar, por no ser de comer, aunque lo demás es carne apetitosa; se la había engullido el tiburón, y nos pareció cosa fuera de razón que un animal se tragase una cabeza de la grandeza de la suya, pero no es de maravillar, porque tienen la boca rasgada casi hasta el vientre. Aunque algunos lo tuviesen por mal agüero, y otros por mal pecado, a todos les hicimos el honor de comerlos, por la penuria que teníamos de vituallas… (Historia del Almi-rante P.309-310)


17

CON POCO DE COMER

Habían pasado más de ocho meses que corríamos por el mar, en los que se había consumido toda la carne y el pescado que llevamos de España, y con los calores y la humedad del mar, hasta el bizcocho se había llenado tanto de gusanos que, ¡así Dios me ayude!, vi muchos que esperaban a la noche para comer la mazamorra, por no ver los gusanos que tenía; otros estaban ya acostumbrados a comerlos, que no los quitaban, aunquelos viesen, porque si se detenían en est, perderían la cena. (Historia del Almirante P. 310)
 

18

"EL MILAGRO" DE MARTIN TINAJERO

Despedido Fedreman para Coro, salió Martínez para la serranía, experimentando desde luego el trabajo ordinario de no tener bastimentos; y como para remediarlo fuese necesario despachar por todas partes a buscar algún socorro; sucedió, que habiendo salido a este efecto Hernando Montero con una cuadrilla de soldados, se le murió en el camino, de enfermedad que padecía, y no daba a entender su sufrimiento, Martín Tinajero, natural de Ecija en la Andalucía, hombre, que viviendo siempre sin agraviar a nadie, se había mantenido con natural modestia entre los desórdenes que trae consigo la milicia: enterrándolo los compañeros en un hoyo de los que con el invierno había hecho el agua en una de las ramblas por donde corría, y con las semillas que pudieron recoger, dieron la vuelta al campo, que por ir esperando a Fedreman caminaba poco a poco, deteniéndose en aquel contorno, a cuya causa, pasados algunos días, se vio obligado Martínez a despachar otra escuadra de soldados para buscar bastimentos, y entre ellos iban algunos de los que habían enterrado a Tinajero, que llegando cerca de la cañada en que le dieron sepultura, movidos de la curiosidad, quisieron ver si los indios lo habían desenterrado; pero antes de acercarse, a gran distancia se hallaron acometidos de una fragancia tan suave y un olor tan singular, que suspensos ignoraban la causa a que atribuir tan maravilloso efecto, hasta que aplicando la vista hacia la rambla, reconocieron estar medio descubierto el cuerpo de Tinajero, de cuyo yerto cadáver se exhalaba aquel olor peregrino, de quien enamorados diferentes enjambres de silvestres abejas, se habían apoderado, para dar clausura de aromas entre aquellas fragancias a su miel; y no osando los compañeros tocar el cuerpo, admirados, se volvieron para el real, donde referido el prodigio, hicieron todos memoria de la modestia y costumbres, que siempre habían observado en el silencioso recato de aquel hombre; pero como los conquistadores de aquel tiempo llevaban puesta la mira, más en descubrir riquezas, que en averiguar milagros, hicieron tan poco caso, que aun siquiera no procuraron darle a aquel cuerpo más decente sepultura, ni aún señalar la parte, por memoria, donde dejaban aquel tesoro escondido. (Oviedo y Baños).


19 

LA GIGANTESCA CANOA DE ALFINGER

Trayendo algunas veces la gente dividida por la laguna y por tierra, y otras veces toda junta por el agua en dos bergantines y una canoa, que según figuran su grandeza es cosa de notar; y para que mejor se pueda comprender esto que por cosa notable quiero decir, es de saber que, según en otras partes de esta Historia por la mayor parte he apuntado, todos los indios de las Indias usan de cierto género de nave pequeña, de un madero que los latinos llaman monoxilum, para navegar por los ríos y lagunas, y estas son llamadas por los españoles canoas, y son de un solo palo o madero, cavado a manera de una artesa o dornajo, excepto que se le da o hace en el palo toda la concavidad o gueso que se puede hacer, de suerte que el casco quede fornido para sufrir la navegación, y vase ensangostando de popa y proa como un navío para ser mejor gobernada; y en éstas navegan los indios, bogando o remando, partidos en dos partes, unos a la proa y otros a la popa, partiéndose por su orden, tanto a un lado como al otro, y todo el tiempo que van remando van los remeros en pie, porque ni el espacio y hueco o grandor de la canoa da más lugar ni entiendo que pudiese sufrir otro género de remos de los que para este efecto los indios han usado e inventado de su antiguo origen, los cuales son poco menos que del grandor del hombre o indio que lo ha de llevar. Lo que de este remo entra debajo del agua es una pala puntiaguda poco más ancha que dos manos, muy delgada por los lados y por medio más fornida, con una manera de lomo, y todo lo que de allí para arriba, que es lo que cae fuéra del agua, es redondo y tan grueso cuanto puede ser empuñado del que lo ha de mandar; a la cual manera de remos los españoles comúnmente llaman canaletes, que debió ser el nombre que los primeros españoles pusieron como en otras cosas se ha visto por experiencia, pero los indios en cada provincia los llaman diferentemente unos de otros.
De esta forma que he dicho que son las canoas tenía una micer Ambrosio, hecha de un solo madero o árbol, sin añadidura ni compostura alguna; mas de lo que en el propio palo se pudo cavar y labrar, en la cual cabía o traía micer Ambrosio cuarenta hombres de armada con seis caballos, y algunos afirman que más, pero esto basta y es cosa que se puede tener por extraña y no vista hasta ahora que en el hueco de un solo árbol, en la forma que éste estaba labrado, navegase tanta gente y caballos; porque aunque en las primeras conquistas y descubrimientos de ríos caudalosos y lagos o lagunas que en muchas partes de las Indias han sido andadas y descubiertas por españoles se ha hallado grandísimo número de canoas de todas suertes y nunca jamás en sus principios ni después mediante la industria de los españoles se ha hallado ni hecho canoa que sola sufra a llevar seguramente dos caballos y muy poca gente, ni que con muchas partes llegase al grandor de esta. (Aguado P. 52-54)

 

20

FANTASMAS EN LAS INDIAS 

De los primeros hechos fantásticos vividos por los soldados españoles en América, el más repetido figura en la crónica de Las Casas.

“Por esta causa (la cantidad de muertos y enfermos), muchos tiempos en esta isla española se tuvo por muchos ser cosa averiguada no osar, sin gran temor y peligro, pasar algunos por la Isabela después de despoblada, porque se publicaba ver y oír de noche y de día los que por allí pasaban o tenían que hacer, así como los que iban a montear puercos (que por allí después hubo muchos), y otros que cerca de allí en el campo moraban, muchas voces temerosas de horrible espanto, por los cuales no osaban tornar allí.
Se dijo también públicamente y entre la gente común al menos se platicaba y afirmaba, que una vez, yendo de día  un hombre o dos por entre aquellos edificios de la Isabela, en una calle, aparecieron dos rengleras, a manera de dos coros de hombres, que parecían todos como gente noble y del Palacio, bien vestidos, ceñidas sus espadas y rebozados con tocas de camino, de las que entonces en España se usaban. Y estando admirados aquel o aquellos a quien esta visión pare-cómo habían venido allí (a) aportar gente tan nueva y ataviada, sin haberse sabido en esta isla de ellos nada, saludándolos y preguntándolos cuándo y de dónde venían, respondieron callando, solamente echando mano a los sombreros para los resaludar, quitaron juntamente con los sombreros las cabezas de sus cuerpos, quedando descabezados, y luego desaparecieron. De la cual visión y turbación quedaron los que los vieron cuasi muertos y por muchos días penados y asombrados. (Las Casas, Historia de las indias, págs. 264 y 265)       

  
20A

Sin embargo, antes que estas extrañas visiones de los soldados en La Española, Mártir cuenta en el Libro Tercero de la Primera Década, correspondiente al segundo viaje de Colón, una historia igual de fantástica:

Al salir a un mar abierto, observo el almirante, a distancia de ochenta millas, otro elevadísimo monte. Se dirigió a él para proveerse de agua y de leña. Entre palmeras y pinos muy altos halló dos manantiales de agua dulce. Mientras cortaban madera y llenaban los barriles, uno de los ballesteros se aventuró en el bosque con ánimo de cazar, y allí se ofreció a su vista tan de improviso un hombre revestido de una túnica blanca, que al principio creyó ser un fraile de la orden de Santa María de la Merced, que el almirante llevaba consigo como sacerdote; pero al punto se juntaron s éste otros dos, procedentes del mismo sitio, y no tardó en revisar una tropa de cerca de treinta individuos, cubiertos con vestidos. Entonces, volviendo las espaldas y dando voces, huyó hacia las naves lo más rápidamente que pudo. Los de las túnicas se esforzaron por todos los medios y le persuadían a deponer todo temor; pero nuestro hombre no interrumpió su fuga.
Cuando el almirante tuvo conocimiento de esto, satisfecho de haber hallado gente civilizada, envió al punto a treinta hombres armados con orden de que si era preciso, se internasen cuarenta millas por la isla hasta que, buscándolos con toda diligencia, encontrasen a aquellos hombres u otros indígenas.
Después de cruzar el bosque tropezaron con una extensa llanura cubierta de hierba, en ninguna parte de la cual se veía vestigio de sendero; al intentar abrirse camino por la hierba, se vieron tan embarazados, que apenas pudieron avanzar una milla, pues aquella no era menor que nuestras mieses espigadas. Regresaron extenuados, sin haber encontrado una senda.
Al día siguiente envió Colón veinticinco hombres armados, a los que ordenó averiguar qué clase de gente habitaba aquella tierra. Los emisarios vieron no lejos de la playa huellas recientes de grandes animales, entre los cuales juzgaron que las había de leones, por lo que se dieron prisa a regresar llenos de miedo.
Mártir: P. 138-139


21

EL FÚNEBRE AVISO
Antes de la muerte del Gobernador (Pedro de Orsúa) acaecieron algunas cosas dignas de saber. Cinco días antes que lo matasen, un Comendador de San Juan, llamado Juan Núñez de Guevara, muy amigo del Gobernador, hombre de bien, viejo, persona de crédito, que venía por soldado del campo, estando una noche, ya tarde, paseándose a la puerta de un bohío donde él posaba, por causa del calor grande que hacía (estaba este bohío más cercano que ningún otro de donde posaba el Gobernador, que era en el pueblo de las Tortugas), vio pasar por detrás del bohío del Gobernador, un bulto como de persona, que dijo en una voz no muy alta: “¡Pedro de Orsúa, Gobernador del Dorado y Omagua, Dios te perdone!”. El Comendador fue a gran prisa a ver quién había dicho aquello, y dijo que delante de los ojos se le deshizo el bulto y no vio a nadie.
Y luego, otro día, lo conversó con algunos amigos suyos, y hecho sobre ello algunos juicios, concluyeron que el Gobernador a la sazón estaba malo y que podría morir de aquella enfermedad, y no se osaron decírselo porque no fuera a impresionarse mal.
Oso escribir esto, porque tuve al dicho Comendador por hombre de bien, y que en esto diría la verdad.  (Vázquez, P. 55)

 


22

EL HOMBRE PELUDO DE LAS SELVAS

En las cataratas oímos también mencionar por primera vez al hombre velludo de la selva, el denominado salvaje, que rapta mujeres, construye chozas y, a veces, devora carne humana. Los tamanacos lo llaman achi; los maypures, vasitri o el gran diablo. Ni los indígenas ni los misioneros ponen en duda la existencia de este mono antropomorfo, al que temen extraordinariamente.
Esta leyenda, montada sin duda por los misioneros, los colonizadores españoles y los negros africanos a base de diversos rasgos extraídos de las costumbres del orangután, el gibón, el yoko o el chimpancé y el pongo, nos persiguió durante cinco años tanto en el hemisferio boreal como en el austral, y en todas partes, incluso en los círculos más cultos, molestaba que
fuésemos los únicos en poner en tela de juicio la presencia en América de un gran mono antropomorfo.
¿Habría dado origen a la leyenda del salvaje el famoso mono capuchino de Esmeralda (Simia chiropotes), cuyos colmillos miden más de 14 milímetros de longitud, cuyo rostro es mucho más semejante al humano que el del orangután y que cuando se excita se frota la barba con la mano? Sea como fuere, no es tan grande como el coaita (Simia paniscus); pero cuando está en lo alto de un árbol o sólo se le ve la cabeza, podría tomarse por un ser humano? (Humboldt, Pág. 230)