LUISA TAFUR

 

                                                                                   Juan Rodríguez Freyle


Vivían, pues, en la ciudad de Marequita, una doña Luisa Tafur, moza gallarda y hermosa, casada con un Francisco Vela, hijo de Diego López Vela, vecinos que habían sido de Victoria la vieja. Esta señora tenía un hermano, llamado don Francisco Tafur, mozo de pensamientos desordenados e incorregible, el cual había muerto a un Miranda, dándole una estocada pensando que la daba a otro, por lo cual andaba huyendo de la justicia.
Sucedió que la doña Luisa, su hermana, trataba sus amores con un caballero llamado don Diego de Fuenmayor, vecino de la dicha ciudad, hombre rico y hacendado. Siempre la hermosura fue causa de muchas desgracias, pero no tiene ella la culpa, que es
dón dado de Dios; los culpados son aquellos que usan mal de ella. Poca culpa tuviera la hermosura de Dina, hija de Jacob, si el prín-cipe de Siquen no hubiera usado mal de ella. Poca culpa tuviera la hermosura de Elena, la greciana, si Paris, el troyano, no la roba¬ra. Todo esto nació de irse estas hermosas a pasear. Finalmente, la ocasión es mala, porque en los lugares ocasionados peligran los mas virtuosos. Dice San Agustín: <‘Nunca hallé en mí mas vir¬tudes de cuanto me aparté de las ocasiones”.
El Francisco Vela traía algunas sospechas de estos amores de la mujer con el don Diego Fuenmayor, y para enterarse hizo sus dili-gencias. Pues un día, entre otros, que él había espiado buscan¬do Ocasión para satisfacerse y satisfacer a su honor, halló una, que de ella no surtió más efecto que dar a la mujer unas heridas, de lo cual quedó el don Diego escaldado, o por mejor decir, más bien avisado para mirar por sí y procurar, por todos los modos po¬sibles, quitar de en medio el perturbador de sus gustos.
La doña Luisa, ofendida del marido y privada de poder ver a don Diego, que era la herida que ella más sentía, porque las que el marido le dio sólo cortaron la carne y sacaron la sangre; pero la ‘de la ausencia y privación de ver lo que amaba teníala en el cora¬zón, el cual le espoleaba a la venganza, y así puso la mira en matar al marido y quitarle de enemigo. Comunicó este pensamiento con el don Francisco Tafur, su hermano, al cual halló dispuesto al he¬cho, espoleado del honor en ver que el cuñado había sido causa, con las heridas que había dado a la hermana, de que la ciudad mur¬murase y cada cual juzgase a su intento, con lo cual se dispuso a matar al cuñado. El don Diego de Fuenmayor, que le conoció el propósito y lo que pretendía hacer, acudió (como dicen) a echar leña al fuego, prometiéndole al don Francisco Tafur que si hacía el hecho le daría dineros, cabalgaduras y todo avío para que se fuese al Perú, o a donde quisiese; con lo cual el don Francisco puso mucho cuidado en matar al cuñado.
En esta sazón vino a la ciudad de Marequita un maestro de ar-mas, llamado Alonso Núñez, con quien trabó amistad el don Fran-cisco Tafur, el cual de muchos días atrás posaba en compañía de Francisco Antonio de Olmos, fundidor y ensayador de la mo¬neda de este Reino. Pues trabadas las amistades del Alonso Núñez, ci don Francisco Tafur se salió de esta posada y se fue a vivir en casa de la doña Luisa Tafur, su hermana. El Francisco Vela, que con las heridas que había dado a la mujer andaba con cuidado, procurando ocasión y tiempo para satisfacerse mejor. La mujer por su parte no se descuidaba en hacer diligencias, viéndose pri¬vada de la vista y amistad del don Diego de Fuenmayor, que esto era lo que ella más sentía.
¡Oh mujeres, armas del diablo] las malas digo, que las buenas, que hay muchas, no toca mi pluma sino para alabarías; pues si dan en crueles, Dios nos libre, que por venganza echan todo el resto, sin que reparen en honra y vida ni tampoco se acuerdan de Dios, de quien no pueden huir para ser juzgadas; todo lo atro¬pellan por salir con la suya y vengarse.
Tulia hizo matar a su padre, el rey Tarquino de Roma, por que-darse con el Reino, e hízolo arrojar en una calle; y pasando por allí en su carro triunfal, quiso el carretero, movido de piedad, tor¬cer por otra vía el camino, pero la hija le forzó a que pasase las ruedas por encima de su padre y hacerle pedazos después de muer¬to. Dime, Tarquino, rey de Roma, ¿cuál pecado fue el tuyo, pues permitió Dios que tal hija engendrases? Sin duda fue gravísimo. Dime tam-bién, pues allá estáis entrambos, ¿qué pena se le da en el infierno a la hija que tal crueldad usó con su padre? Sin duda es gravísima, porque demás de ser contra el precepto de Dios, tiene en sí el delito, horror y espanto. Paréceme que carros de fuego pa¬sarán por sobre ella horas y momentos, y que tú, cargado de tus penas y tormentos, eres el carretero. ¡Justa venganza, si de ella pudieras tener gozo]
El don Francisco Tafur, cargado de promesas del don Diego de Fuenmayor, buscaba la ocasión de poder matar al cuñado. Supo que estaba en una estancia, de la otra banda del río Guau; tomó una escopeta cargada y fue en busca de él; y llegado a ella, aunque la noche era obscura, fue sentido de los perros y de la gente de la es-tancia, con la cual y con los perros cargó el Francisco Vela sobre él, yéndose en retaguardia de su gente que llevaba, y no paró hasta quitarle la escopeta que traía; y como conoció que era el don Fran-cisco de Tafur, su cuñado, preguntóle qué era lo que buscaba y a dónde iba. Respondióle: “Que bien sabía que andaba huyendo de la justicia por la muerte que había hecho de aquel hombre, y que esto le hacía andar prevenido de armas, y que no hallaba lugar se¬guro a donde reposar ni descansar una hora». El Francisco Vela le aquietó y díjole que “mirase que era su cuñado, y que por volver por su honra había hecho lo que ya sabía”. Con estas y otras razones que-daron por entonces reconciliados y amigos, y ambos entraban y salían en la ciudad, de noche.
El Alonso Núñez, maestro de armas, como vivía en casa de la doña Luisa Tafur, y con la continua comunicación trató de re-quebraría, ella, que no atendía a otra cosa más que a la venganza del marido, dióle al Alonso Núñez muy buena salida a su preten¬sión, con que primero y ante todas cosas quitase el estorbo del ma¬rido matándole, que su hermano don Francisco Tafur le ayudaría. Con lo cual comunicó el negocio con él, y concertados buscaban la ocasión para matar al Francisco Vela, la cual les trajo el demo¬nio a las manos, que es el maestro de aquestas danzas, en esta ma¬nera:
Estaba fuéra de la ciudad el Francisco Vela, y vino una noche a casa de una tía suya, a donde se apeó, y de allí se fue a casa del cura de la ciudad, a ver a un don Antonio, amigo suyo, que estaba allí enfermo. Supo el don Francisco Tafur de la llegada del Fran-cisco Vela a casa de la tía, dióle aviso al Alonso Núñez, encargán-dole que en todo caso procurasen aquella noche matarle, y que no se sabría por estar recién venido; que él lo iría a buscar y lo saca¬ría a donde lo pudiesen hacer con seguridad. Asentado esto, fuese el don Francisco Tafur a buscarle a casa de la tía, en donde le di¬jeron que había ido a casa del cura a visitar a aquel enfermo, con lo cual fue a casa del cura, donde le halló; y habiendo hecho la vi¬sita se salieron hacia la plaza. El Alonso Núñez, que seguía los pa¬sos del don Francisco, viólos salir e hizo alto en la esquina de la calle. El don Francisco Tafur, que reconoció al Alonso Núñez, le dijo al Francisco Vela, su cuñado: “Allí veo un bulto, no quisiera que fuese la justicia. Salgamos por esta calle hacia el campo, hasta que sea un poco más tarde”. Con esto se salieron de la ciudad, si¬guiéndolos siempre el Alonso Núñez; y llegando junto a un arca¬buco metieron mano a las espadas los dos contra el Francisco Vela y le dieron muchas estocadas hasta matarle; lo cual hecho lo me¬tieron en el monte, con lo cual se fueron.
El don Francisco Tafur le dijo al cura que le dijese a Diego Ló-pez Vela como él había muerto a su hijo, por las heridas que dio a su hermana y por la deshonra que había causado; con lo cual se hizo diligencia en buscar al Francisco Vela y en tres días no pudo ser hallado, hasta que los gallinazos descubrieron el cuerpo, que u~i indio viéndolos entró en el monte pensando ser otra cosa, don¬de halló al Francisco Vela muerto. Dio de ello aviso a la justicia,la cual informada del caso despachó dos hombres contra los de¬lincuentes, que se habían retirado hacia Purnio, a los cuales des¬pués de haberse defendido gran rato prendieron y trajeron presos a la cárcel de la dicha ciudad, a donde substanciando el corregidor la causa condenó a tormento al don Francisco Tafur, en el cual negó fuertemente.
Reconoció el corregidor que se había reparado y prevenido el don Francisco para el tormento, y díjole: Muchos cuñados teneís, don Francisco, mas yo lo remediaré’,. Quitáronlo del tormento y dejó el corregidor que pasasen algunos días, al cabo de los cuales cogiéndole descuidado le volvió a dar tormento, en el cual confe¬só la verdad, condenando al Alonso Núñez; con lo cual se hizo justi¬cia de ellos, degollando al don Francisco Tafur y ahorcando al Alonso Núñez, porque este es el pago del amor mundano; y con estos casos y otros semejantes se despide.
La lujuria es una incitación y aguijón cruel de maldades, que jamás consiente en sí quietud; de noche hierve y de día suspira y anhela. Lujuria es un apetito desordenado de deleítes deshones¬tos, que engendra ceguedad en el entendimiento y quita el uso de la razón y hace a los hombres bestias.
La doña Luisa Tafur con tiempo se salió de la ciudad, fuese a la villa de la Palma, y de ella se vino a esta ciudad, a donde se me¬tió monja en la Concepción, aunque después se salió del convento sin que se supiese cuál camino tomase ni qué fuese de ella; y con esto volvamos a nuestro presidente don Francisco de Sandi.