EL INDIO DORADO 

 

                                                                                Juan Rodríguez Freyle

 

De las muchas leyendas de las que surgió y se amplió la fama de “El Dorado”, la más probable es la registrada por Juan Rodríguez Freyle en su crónica conocida como El Carnero. En ella incluye, en el capítulo II, una costumbre de los chibchas contada a él por un heredero del “trono”, don Juan, su amigo y futuro cacique y señor de Guatavita. La ceremonia ritual de la toma del poder del sobrino del anterior “rey” -los sobrinos eran los herederos-, movió a muchos españoles a buscar los tesoros de la laguna donde se realizaban las ofrendas. Ya en el último tercio del siglo XVI -según Freyle-, antes de la escritura de El Carnero, un tal Antonio de Sepúlveda capituló con Felipe II para desaguar la laguna de Guatavita; fue fama que el secado parcial permitió el hallazgo de piezas de oro y piedras preciosas por un valor superior a doce mil pesos de oro, incluyendo una esmeralda de dos onzas, valuada en quinientos pesos. Freyle cuenta que conoció bien y charló mucho con Sepúlveda, y que la segunda vez que trató de hacer un nuevo desagüe a la laguna, no pudo: “murió pobre y cansado”. Antes que él, y siglos después, se trató de sacar más tesoros de la laguna, y según cuenta Darío Achury Valenzuela, en su magnífica edición crítica de El Carnero, en el fondo de la laguna Guatavita “yacen una apreciable cantidad de maquinas -grúas, bombas desaguadoras, palas y mezcladoras- que los ingleses abandonaron al regresar a su país” al estallar la segunda guerra mundial. Ignoró si después de estas noticias, aún se persiste -o se persistió- en extraer tesoros de la famosa laguna.

 

 

 

 


EL INDIO DORADO

 


…Entre los muchos amigos que tuve fue uno don Juan, Cacique y señor de Guatavita, sobrino de aquel que hallaron los conquistadores en la silla al tiempo que conquistaron este Reino; el cual sucedió luego a su tío y me contó estas antigüedades y las siguientes.

 


Díjome que al tiempo que los españoles entraron por Vélez al descubrimiento de este Reino y su conquista, él estaba en el ayuno para la sucesión del señorío de su tío; porque entre ellos heredaban los sobrinos hijos de hermana, y se guarda esa costumbre hasta hoy día; y que cuando entró en este ayuno ya él conocía mujeres; el cual ayuno y ceremonias eran como se sigue.

 


Era costumbre entre estos naturales, que el que había de ser sucesor y heredero del señorío o cacicazgo de su tío, a quien heredaba, había de ayunar seis años, metido en una cueva que tenían dedicada y señalada para esto, y que en todo este tiempo no había de tener parte con mujeres, ni comer carne, sal ni ají, y otras cosas que les vedaban; y entre ellas que durante el ayuno no habían de ver el sol; solo de noche tenían licencia para salir de la cueva y ver la luna y estrellas y recogerse antes que el sol los viese; y cumplido este ayuno y ceremonias se metían en posesión del cacicazgo o señorío, y la primera jornada que habían de hacer era ir a la gran laguna de Guatavita a ofrecer y sacrificar al demonio, que tenían por su dios y señor.

 


La ceremonia que en esto había era que en aquella laguna se hacía una gran balsa de juncos, la aderezábanla y adornábanla todo lo más vistoso que podían; metían en ella cuatro braseros encendidos en que desde luego quemaban mucho moque, que es el sahumerio de estos naturales, y trementina con otros muchos y diversos perfumes.

 


Estaba a este tiempo toda la laguna en redondo, con ser muy grande y hondable de tal manera que puede navegar en ella un navío de alto bordo, la cual estaba toda coronada de infinidad de indios e indias, con mucha plumería, chaguales y coronas de oro, con infinitos fuegos a la redonda, y luego que en la balsa comenzaba el sahumerio, lo encendían en tierra, en tal manera, que el humo impedía la luz del día.

 


A este tiempo desnudaban al heredero en carnes vivas y lo untaban con una tierra pegajosa y lo espolvoreaban con oro en polvo y molido, de tal manera que iba cubierto todo de este metal. Metíanle en la balsa, en la cual iba parado, y a los pies le ponían un gran montón de oro y esmeraldas para que ofreciese a su dios. Entraban con él en la balsa cuatro caciques, los más principales, sus sujetos muy aderezados de plumería, coronas de oro, brazales y chagualas y orejeras de oro, también desnudos, y cada cual llevaba su ofrecimiento.

 


En partiendo la balsa de tierra comenzaban los instrumentos, cornetas, fotutos y otros instrumentos, y con esto una gran vocería que atronaba montes y valles, y duraba hasta que la balsa llegaba al medio de la laguna, de donde, con una bandera, se hacía señal para el silencio.

 


Hacia el indio dorado su ofrecimiento echando todo el oro que llevaba a los pies en el medio de la laguna, y los demás caciques que iban con él y le acompañaban, hacían lo propio; lo cual acabado, abatían la bandera, que en todo el tiempo que gastaban en el ofrecimiento la tenían levantada, y partiendo la balsa a tierra comenzaba la grita, gaitas y fotutos con muy largos corros de bailes y danzas a su modo; con la cual ceremonia recibían al nuevo electo y quedaba reconocido por señor y príncipe.

 


De esta ceremonia se tomó aquel nombre tan celebrado de El Dorado, que tantas vidas ha costado, y haciendas. En el Perú fue donde sonó primero este nombre dorado; y fue el caso que habiendo ganado a Quito, donde Sebastián de Belalcázar andando en aquellas guerras o conquistas topó con un indio de este Reino de los de Bogotá, el cual le dijo que cuando querían en su tierra hacer su rey, lo llevaban a una laguna muy grande y allí lo doraban todo, o le cubrían de oro, y con muchas fiestas lo hacían rey. De aquí vino a decir el don Sebastián “vamos a buscar este indio dorado”.

 


De aquí corrió la voz a Castilla y a las demás partes de Indias, y a Belalcázar le movió venirlo a buscar, como vino, y se halló en esta conquista y fundación de esta ciudad, como mas largo lo cuenta el padre fray Pedro Simón en la quinta parte de sus noticias historiales, donde se podrá ver…