CORRER LA TIERRA

 

                                                           Juan Rodríguez Freyle 

 

… y estos naturales estaban y estuvieron en esta ceguedad (de ignorar al verdadero Dios) hasta su conquista, por lo cual el demonio se hacía adorar por dios de ellos, y que le sirviesen con muchos ritos y ceremonias, y entre ellas fue una el correr la tierra, y está tan establecida que era de tiempo y memo¬ria guardada por ley inviolable, lo cual se hacía en esta manera.
Tenían señalados cinco altares o puestos de devoción (el que mejor cuadrare) muy distintos y apartados los unos de los otros, los cuales son los siguientes: el primo era la laguna grande de Gua¬tavita, a donde coronaban y elegían sus reyes, habiendo hecho primero aquel ayuno de los seis años, con las abstinencias referidas, y éste era el mayor y de más adoración, y a donde habiendo llegado a él se hacían las mayores borracheras, ritos y ceremonias; el segundo altar era la laguna de Guasca, que hoy llamamos de Martos, porque intentó sacarle el santuario y tesoro grande que decían tenía; codicia con que le hicieron gastar hartos dine¬ros; y no fue él solo el porfiado, que otros compañeros tuvo des¬pués: el tercer altar era la laguna de Sieche, que fue la que tocó Bogotá comenzar de ella el correr la tierra, y a donde mandó que en sus laderas quedase el escuadrón reforzado para la defen¬sa de su persona, y a donde se recogió la noche de la matanza de la gente de Guatavita: el cuarto altar y puesto de devoción era Ja laguna Teusacá, que también tiene gran tesoro, según fama, porque se decía tenía dos caimanes de oro, sin otras joyas y san¬tillos, y hubo muchos golosos que le dieron tiento, pero es honda¬ble y de muchas peñas.
Yo confieso mi pecado, que entré en esta letanía con codicia de pescar uno de los caimanes, y sucedióme que habiendo galan¬teado muy bien a un jeque, que lo había sido de esta laguna o san¬tuario, me llevó a él, y así como descubrimos la laguna, que vio él el agua de ella, cayó de bruces en el suelo y nunca lo pude alzar de él, ni que me hablase más palabra. Allí lo dejé y me volví sin nada y con pérdida de lo gastado, que nunca más lo vi.
El quinto puesto y altar de devoción era la laguna de Ubaque, que hoy llaman la de Carrega, que según fama le costó la vida el querer sacar su oro que dicen tiene, y el día de hoy tiene oposito¬res. Gran golosina es el oro y la plata, pues niños y viejos andan iras ella y no se ven hartos,
Desde la laguna de Guatavita, que era la primera y primer santuario y altar de adoración, hasta esta de Ubaque, eran los bienes comunes, y la mayor prevención que hubiese mucha chi¬cha que beber para las borracheras que se hacían de noche, y en ellas infinitas ofensas a Dios N. 8., que las callo por la honesti¬dad; sólo digo que el que más ofensas cometía ese era el más san¬to, teniendo para ellas por maestro al demonio.
Coronaban los montes y altas cumbres la infinita gente que corría la tierra, encontrándose los unos con los otros, porque sa¬lían del valle de Ubaque y toda aquella tierra con la gente de la sabana grande de Bogotá, comenzaban la estación desde la lagu¬na de Ubaque. La gente de Guatavita y toda la demás de aque¬llos valles, y los que venían de la jurisdicción de Tunja, vasallos del Ramiriquí, la comenzaban desde la laguna grande de Guata¬vita, por manera que estos santuarios se habían de visitar dos ve¬ces. Solía durar la fuerza de esta fiesta veinte días y más, conforme el tiempo daba lugar, con grandes ritos y ceremonias; y en particular uno de donde le venía al demonio su granjería, de más de que todo lo que se hacía era en su servicio.
Había, como tengo dicho, en este término de tierra que se co¬rría otros muchos santuarios y enterramientos, pues era el caso que en descubriendo los corredores el cerro donde había santua¬rio, partían con gran velocidad a él, cada uno por ser el primero y ganar la corona que se daba por premio, y por ser tenido por más santo; y en las guerras y peleas que después tenían, el escuadrón que llevaba uno de estos coronados era como si llevase consigo la victoria.
Aquí era a donde por llegar primero al cerro de santuario po¬nían todas sus fuerzas, y a donde se ahogaban y morían muchos de cansados, y si no morían luégo, aquella noche siguiente, en las grandes borracheras que hacían, con el mucho beber y cansancio amanecían otro día muertos. Estos quedaban enterrados por aque¬llas cuevas de aquellos peñascos, poniéndoles ídolos, oro y mantas, y los respetaban como santos mártires, habiéndose llevado el de-monio las almas.
En los últimos días de estas fiestas y que ya se tenía noticia de que todas las gentes habían corrido la tierra, se juntaban los caci¬ques y capitanes y la gente principal en la gran laguna de Guata¬vita, a donde por tres días se hacían grandes borracheras, se que¬maba mucho moque y trementina, de día y de noche, y el tercer día en muy grandes balsas bien adornadas, y con todo el oro y santillas que tenían para esto, con grandes músicas de gaitas, fotutos y sonajas, y grandes fuegos y gentío que había en contorno de la laguna, llegaban al medio de ella, donde hacían sus ofrecimientos, y con ello se acababa la ceremonia de correr la tierra, volviéndose a sus casas. Con lo cual podía el lector quitar el dedo de donde lo puso, pues está entendida la ceremonia.
En todas estas lagunas fue siempre fama que había mucho oro y particularmente en la de Guatavita, donde había un gran tesoro…

 

…y a esta fama Antonio de Sepúlveda capituló con la Majestad de Felipe II desaguar esta laguna, y poniéndolo en efecto se dio el primer desaguadero como se ve en ella el día de hoy, y dijo que de solas las orillas de lo que había desaguado, se habían sacado más de doce mil pesos. Mucho tiempo después siguió el querer darle otro desagüe, y no pudo, y al fin murió pobre y cansado. Yo le conocí bien y lo traté mucho, y lo ayudé a enterrar en la iglesia de Guatavita.

 

Esta historia no es considerada dentro del grupo de cuentos de El carnero. Sin embargo, la explicación que da Freyle sobre el rito de “correr la tierra”, tiene la igual categoría histórica y costumbrista que el multicitado “El indio dorado”. Ésta podrá ser más espectacular por los elementos que la integran y por haber tenido una difusión muy amplia por la riqueza que ofrecía, pero tal carácter no impide su equiparación narrativa con esta narración de Freyle sobre la importancia indígena de “correr la tierra”. Mi opinión es que se debe considerar ambas como cuentos –que es a lo que me inclino- o retirar la de “El indio dorado” de la lista de cuentos de El Carnero.