UNO

Los soldados que se fueron con los generales, como iban ri¬cos, echaron fama en Castilla y en las demás partes a donde arribaron, diciendo que las casas del Nuevo Reino de Granada es¬taban colgadas y entapizadas con racimos de oro; con lo cual levantaron el ánimo a muchos para que dejasen las suyas colga¬das de paños de Corte, por venir a Indias, viéndolos ir cargados de oro; los unos dijeron verdad, los otros no entendieron el frasit.
El caso fue como los soldados de los tres generales alojaron en aquellos bohíos que estaban alrededor del cercado de Bogotá, y en aquel tiempo no tenían cofres, ni cajas, ni petacas en qué echar el oro que tenían, echábanlo en unas mochilas de algodón que usaban estos naturales, y colgábanlas por los palos y barra¬ganetes de las casas donde vivían; y así dijeron que estaban col¬gadas de racimos de oro.

 

DOS
La verdad de lo que en esto pasó fue que huyendo el cacique Bogotá de los españoles, se metió por unas labranzas de maíz a donde halló unos bohíos, y se estuvo escondido en ellos; pues andando los soldados rancheando los bohíos de los indios, y bus-cando oro, un soldado que dio con estos ranchos donde estaba el cacique escondido, el cual como sintió al español quiso huir; el soldado le dio con el mocho del arcabuz y lo mató sin conocer¬lo. Al cabo de algunos días lo hallaron los suyos y callaron su muerte por mandado del sucesor.

TRES
Aquí le llegó su escuadrón volante y corredo¬res con dos mensajeros del Ramiriquí, en que por ellos avisaba al Guatavita cómo tenía aviso que por la parte de Vélez habían en¬trado unas gentes nunca vistas ni conocidas, que tenían muchos pelos en la cara, y que algunos de ellos venían encima de unos ani¬males muy grandes, que sabían hablar y daban grandes voces; pero que no entendían lo que decían, y que se iba a poner cobro en sus tierras, que lo pusiese él en las suyas.

 

CUATRO

En todas estas lagunas fue siempre fama que había mucho oro y particularmente en la de Guatavita, donde había un gran tesoro; y a esta fama Antonio de Sepúlveda capituló con la Majestad de Felipe II desaguar esta laguna, y poniéndolo en efecto se dio el primer desaguadero como se ve en ella el día de hoy, y dijo que de solas las orillas de lo que había desaguado, se habían sacado más de doce mil pesos. Mucho tiempo después siguió el querer darle otro desagüe, y no pudo, y al fin murió pobre y cansado. Yo le conocí bien y lo traté mucho, y lo ayudé a enterrar en la iglesia de Guatavita.
Otros muchos han probado la mano, y lo han dejado, porque es proceder en infinito, que la laguna es muy hondable y tiene mucha lama, y ha menester fuerza de dineros y mucha gente (1).


CINCO
Los corredores de los campos de una y otra parte por momen¬tos daban aviso a sus generales de cuán cerca tenían al contrario. El de los españoles era en número de ciento sesenta y siete hom¬bres, reliquias de aquellos ochocientos que el general sacó de San¬ta Marta, y sobras de los que se escaparon del Río grande de la Magdalena, y de sus caribes, tigres y caimanes, y de otros muchos trabajos y hambres; y aunque en número pequeño, muy grande en valor y esfuerzo y que hacía la causa de Dios N. S. El del contrario cubría los montes y campos, porque sin aquel grueso ejército con que había vencido al Guatavita, a la fama de las nuevas gentes se le habían juntado muchos millares.
Procuró el general de Quesada saber qué gente tenía su con-trario: hizo preguntar a algunos indios de la tierra que había co¬gido por intérpretes de aquel indio que cogieron con los dos pa¬nes de sal y los había guiado hasta meterlos en este Reino, que con la comunicación hablaba ya algunas palabras en español; respondieron los preguntados en su lengua diciendo musca pue nunga, que es lo propio que decir mucha gente. Los españoles que lo oyeron dijeron, “dicen que son como moscas”, y al des¬cubrirlos lo confirmaron, y aquí se les pegó este nombre de mos¬cas, que primero se acabarán todos ellos que el nombre.

 

SEIS

En el ínterin se puso por go¬bernador al dicho licenciado Jerónimo Lebrón; el cual con las nuevas que le dieron los soldados que habían bajado de este Reino, de las riquezas que había en él, le vino voluntad de venir a gozar de ellas.
Entró en este Nuevo Reino, habiendo partido de Santa Mar¬ta por el año de 1540, con más de doscientos soldados, trayendo por guías y pilotos los soldados que de este Reino habían bajado con los generales; por cuyo consejo trajo hombres casados y con hijos, y otras mujeres virtuosas, que por ser las primeras casa¬ron honrosamente: trajo así mismo las mercaderías que pudo para venderlas a los conquistadores que carecían de ellas, y se vestían de mantas de algodón, y calzaban alpargates de lo mismo. Fueron estas las primeras mercaderías que subieron a este Reino, y las más bien vendidas que en él se han vendido. Los capitanes y soldados viejos que con él venían trajeron trigo, cebada, garbanzos, habas y semillas de hortaliza, que todo se dio bien en este Reino; con que se comenzó a fertilizar la tierra con estas legumbres, porque en ella no había otro grano sino era maíz, turmas, arracachas, chuguas, hibias, cubias, otras raíces y frijo¬les, sin que tuviesen otras semillas de sustento.
…Ordena¬ron de salir al camino antes que el gobernador entrase en la ciu¬dad. Hiciéronlo así, y después de haberle hecho sus requerimien¬tos, a que el gobernador respondió muy cortés, y después que se trataron mas en particular y amigablemente, el gobernador les prometió favorecerlos en todo lo que en él fuese, y que no se había movido a subir a este Nuevo Reino más que a hacer a sus descubridores y conquistadores todo el bien que pudiese: en cuya conformidad les confirmó el apuntamiento de las encomien-das, y ellos se lo pagaron muy bien, con capa que le pagaban las mercaderías que le habían comprado, con que se volvió muy rico a la ciudad de Santa Marta, y de ella a la de Santo Domingo.