LOS LIOS Y LAS MUERTES POR ANA DE HEREDIA

                                

                                                                           Juan Rodríguez Freyle

 

Entre estos negocios andaban también los del doctor Mesa. Habíale venido al secretario Lorenzo del Mármol un sobrino, mozo, galán y dispuesto, llamado Andrés de Escobedo. El tío le metió luego entre los papeles del visitador, con que fue allegando amigos y dándose a conocer. El doctor Mesa con los suyos trató de que se le trajesen, y con él platicaba sus cosas y le pedia le fuese favorable con su tío, el secretario.
De las entradas y salidas del Escobedo en casa del doctor se vino a enamorar de la señora doña Ana de Heredia, su mujer, que era moza y hermosa. ¡Ah hermosura! ¡Lazo disimulado! Esto alentó al Escobedo en su voluntad, y no porque la honrada señora le diera ocasión para ello. No paró este mozo hasta descubrirle sus pensamientos, y ella como tan discreta y honrada se los desvaneció, diciéndole “que con las mujeres de su calidad parecía mal tanta libertad"; y volviéndole las espaldas le dejó con sola esta respuesta, brasa de fuego que siempre le ardía en el pecho.
Sucedió que un día fue el Andrés de Escobedo en busca del doctor Mesa; preguntó a una moza de servicio por él, y dijole que estaba en la recámara de su señora. El Escobedo le dijo:
“Pues decidle que estoy aquí, y que tengo necesidad de hablar con su merced».
Fue la moza y díjoselo. Respondió el doctor:
“Anda, dile que suba acá que aquí hablaremos».
A estas razones le dijo su mujer:
“Por vida vuestra, señor, que bajéis a hablar con él y no suba acá».
A esto dijo el doctor:
“No, Señora, mas que eso me habéis de decir, y la causa’,
Fuéla apurando e importunando, hasta que le dijo lo que pasaba, a las cuales razones respondió el doctor:
“Quizá será este el camino por donde tengan mejoría mis negocios. Alma mía, mirando por vuestra honra y por la mía, dádle cuantos favores pudiréis, y mirad s le podéis coger mi proceso, que lo han traído a la visita’,.
Con esta licencia hizo esta señora muchas diligencias, que no fueron de efecto, porque el escribano, como sintió de qué pie cojeaba el sobrino, por no quitarlo del oficio tomó todos los papeles que tocaban al doctor Mesa, y en un baúl los metió debajo de la cama de visitador, con que se aseguró y el doctor no salió con su intento.
Sucedió, pues, que un día, estándose paseando el Escobedo y el doctor en el zaguán, junto a la puerta de la calle, pasó por ella el Juan de los Ríos. Vióle por las espaldas el doctor, y por enterarse bien se asomó a la puerta y volvió diciendo:
“Ah, traidor! Aquí va aqueste traidor, que él me tiene puesto en este estado.
Asomóse el Escobedo y viólo, y dijo:
“A un pobrecillo como ese, quitalle la vida”.
Respondió el doctor:
“No tengo yo un amigo de quien fiarme, que ya yo lo hubiera hecho».
Respondió el Escobedo: “Pues aquí estoy yo, señor doctor, que os ayudaré a la satisfacción de vuestra honra’.
Este fue el principio por donde se trazó la muerte al Juan de los Ríos; otras veces lo consultaron, como consta de sus confesiones. Finalmente, el demonio, cuando quiere romper sus zapatos, lo sabe muy bien hacer.
El Juan de los Ríos era jugador y gastaba los días y las noches por las tablas de los juegos. Pues sucedió que estando jugando en una de ellas un día entró el Andrés de Escobedo y púsose junto al Río a verle jugar, el cual perdió el dinero que tenía; y queriéndose levantar, le dijo el Andrés de Escobedo:
“No se levante vuesa merced, juegue este pedazo de oro por ambos’.
Echóle en la mesa un pedazo de barra, de más de ochenta pesos, con el cual el Ríos volvió al juego, tuvo desquite de lo que había perdido, hizo buena ganancia que partieron entre los dos; y de aquí tra¬baron muy grande amistad, de tal manera que andaban juntos y muchas veces comían juntos, y jugaba el uno por el otro. Duró esta amistad más de seis meses, y al cabo de ellos el doctor Mesa y el Escobedo trataron el cómo lo habían de matar y a dónde.
El concierto fue que el doctor Mesa aguardase a la vuelta de la cerca del convento de San Francisco, donde se hacía un pozo hondo en aquellos tiempos, que hoy cae dentro de la cerca del dicho convento, y que el Andrés de Escobedo llevase allí al Juan de los Ríos, donde le matarían.
Asentado esto, una noche obscura el doctor Mesa tomó una aguja enhastada y fuese al puesto, y el Escobedo fue en busca del Juan de los Ríos. Hallóle en su casa cenando, llamóle, díjole que entrase y cenarían. Respondióle que ya había cenado, y que lo había menester para un negocio. Salió el Ríos y díjole:
“Qué habéis menester?»
Respondió el Escobedo:
“Unas mujeres me han convidado esta noche y no me atrevo a ir solo”.
Díjole el Ríos:
“Pues yo iré con vos,’.
Entró a su aposento, tomo su es¬pada y capa, y fuéronse juntos hacia San Francisco. Llegando a la puente comenzó el Escobedo a cojear de un píe. Díjole el Ríos:
“¿Qué tenéis, que vais cojeando?»
Respondióle:
“Llevo una piedrezuela metida en una bota y vame matando.’
 ‘Pues des¬calzaos,’, dijo el Ríos.
Ahi adelante lo haré,’.
 Pasaron la puen¬te, tomaron la calle abajo hacia donde le esperaban. Llegando cerca de la esquina dijo:
“Ya no puedo sufrir esta bota, quié¬rome descalzar».
Asentóse y comenzó a tirar de la bota. Dijole el Ríos:
“Dad acá, que yo os descalzaré”.
Puso la espada en el suelo y comenzó a tirar de la bota. El Escobedo saco un pañuelo de la faltriquera, dijo:
“Sudando vengo" en alta voz; limpióse el rostro y echó el pañuelo sobre el sombrero, señal ya platicada. Salió el doctor Mesa y con la aguja que había llevado atravesó al Juan de los Ríos, cosiéndolo con el suelo. Levantóse el Esco¬bedo y diole otras tres o cuatro estocadas, con que le acabaron de matar; y antes que muriese, a un grito que dio el Ríos a los primeros golpes, le acudió el doctor Mesa a la boca a quitarle la lengua, y el herido le atravesó un dedo con los dientes. Muerto, como tengo dicho, le sacaron el corazón, le cortaron las narices y orejas y los miembros genitales, y todo esto echaron en un pa¬ñuelo; desviaron el cuerpo de la calle hacia el río, metiéronlo en¬tre las yerbas, y fuéronse a casa del doctor Mesa.
El Escobedo le hizo presente a la señora doña Ana de Here¬dia de lo que llevaba en el pañuelo, la cual hizo grandes extremos. afeando el mal hecho. Metióse en su aposento y cerró la puerta, dejándolos en la sala. Ellos acordaron de ir a quitar el cuerpo de donde lo habían dejado, diciendo que sería mejor echarlo en aquel pozo, que con las lluvias de aquellos días estaba muy hondo; y para echarle pesgas (1) pidió el doctor a una negra de su servicio una botija y un cordel. Trajo la botija; no hallaba el cordel; su amo le daba prisa. Tenía en el patio uno de cáñamo en que tendía la ropa; quitólo y dióselo. Llamó el doctor a don Luis de Mesa, su hermano, y diole la botija y el cordel que los llevase, y fuéronse todos tres donde estaba el cuerpo. Hincheron la botija de agua, atáronsela al pescuezo, y una piedra que trajeron del río, a los pies, y echáronlo en el pozo. Las demás cosas que llevaron en el pañuelo lleváronlas y por bajo de la ermita de Nuestra Señora de las Nie¬ves, en aquellos pantanos las enterraron. Amanecía ya el día; el doctor se fue a su casa y el Andrés de Escobedo a casa del visi¬tador.
Al cabo de ocho días habían cesado las aguas. Andaba una in¬dia sacando barro del pozo donde estaba el muerto, para teñir una manta. Metiendo, pues, una vez las manos, topó con los pies del desdichado Ríos. Salió huyendo, fue a San Francisco y díjolo a los padres; ellos le respondieron que fuese a otra parte, porque ellos no se metían en esas cosas. Pasó la india adelante, dio aviso a la justicia, llegó la voz a la Audiencia, la cual cometió la dili¬gencia al licenciado Antonio de Cetina. Salió a ella acompañado de alcaldes ordinarios, alguaciles y mucha gente. Pasó por la calle donde vivía el doctor Mesa, la cual miraba al pozo donde estaba el muerto, que es la de don Cristóbal Clavijo. En ella estaba la escuela de Segovia; estábamos en lección.
Como el maestro vio pasar al oidor y tanta gente, preguntó dónde iban; dijéronle lo del hombre muerto. Pidió la capa, fue tras el oidor, y los muchachos nos fuimos tras el maestro. Lle¬garon al pozo; el oidor mandó sacar el cuerpo, y en poniéndolo sobre tierra, por la herida que le sacaron el corazón echó un bor¬bollón de sangre fina que allegó hasta los pies del oidor, el cual dijo:
“Esta sangre pide justicia. ¿Hay aquí algún hombre o per¬sona que conozca a este hombre?,’
Entre todos los que allí esta¬ban no hubo quien lo conociese.
Mandó el oidor que le llevasen al hospital y que se pregonase por las calles que lo fuesen a ver, para si alguno lo conociese. Con esto se volvió el oidor a la Audiencia, y los muchachos nos fuimos con los que llevaban el cuerpo al hospital. Acudía mucha gente a vello, y entre ellos fue un Victoria, tratante de la calle real. Ro¬deó dos veces el cuerpo, púsose frontero de él, y dijo:
“Este es Ríos, o yo perderé la lengua con que lo digo».
Estaba allí el algua¬cil mayor, Juan Díaz de Martos, que lo era de Corte. Allegósele junto y dijo:
“¿Qué decís, Victoria?»
Respondió diciendo:
“Digo, señor, que este es Juan de los Ríos, o yo perderé la lengua”.
Asióle el alguacil mayor, llamó dos alguaciles y díjoles:
“Lleven a Vic¬toria a la cárcel, que allá nos dirá cómo sabe que es Juan de los Ríos”.
Respondió el Victoria:
“Llévenme donde quisieren, que no le maté yo”.
El alguacil mayor informó al Real Acuerdo, que ya estaban aquellos señores en él, y mandaron que el juez a quien estaba co¬metida la diligencia la hiciese. Salió luégo el licenciado Antonio de Cetina, tomó la declaración al Victoria, afirmóse en lo dicho, pero que no sabía quién lo hubiese muerto.
Fue el oidor a la posada del Juan de los Ríos, halló a la mujer sentada labrando, preguntóle por su marido, y respondióle:
“Ocho o nueve días há, señor, que salió una noche de aquí con Escobedo y no ha vuelto’.
Díjole el oidor:
“¿Pues tanto tiempo falta vues¬tro marido de casa y no hacéis diligencia para saber de él?’
Res¬pondióle la mujer:
“Señor, a mi marido los quince y veinte días y el mes entero se le pasa por esas tablas de juego, sin volver a su casa. En ellas lo hallarán”.
Díjole el oidor:
“Y si vuestro marido es muerto ¿conocerlo heis?”
Respondió:
“Si es muerto yo lo co¬noceré y diré quién lo mató».
”Pues ven conmigo,’, le dijo el juez.
Ella, sin tomar manto, sino con la ropilla, como estaba, se fue con el oidor. Entrando en el hospital, se fue a donde estaba el muerto, alzóle un brazo, tenía debajo de él un lunar tan grande como la uña del dedo pulgar. Dijo:
“Este es Juan de los Ríos, mi marido, y el doctor Mesa lo ha muerto”.
Llevóla el oidor al Acuer¬do, a donde se mandó prender al doctor Andrés Cortés de Mesa y a todos los de su casa, y secuestrar sus bienes.
Salió a la ejecución de lo decretado el licenciado Orozco, fis¬cal de la Real Audiencia, el cual con los alcaldes ordinarios, al¬guaciles de Corte y de la ciudad, con el secretario Juan de Alvis y mucha gente fue a casa del doctor Mesa a prenderle, y sacán¬dole de su aposento dijo a la puerta de él:
“Secretario, dadme por fe y testimonio cómo este dedo no me lo mordió el muerto, sino que saliendo de este aposento me lo cogió esta puerta’.
Res¬pondió el fiscal diciendo:
“No le preguntamos a vuesa merced, señor doctor, tanto como eso; pero, secretario, dadle el testimonio que os pide,’.
Lleváronle a la cárcel de Corte y aprisionáronlo; lo propio hi¬cieron de don Luis de Mesa, su hermano, y de toda la gente de su casa. A la señora doña Ana de Heredia la depositaron en casa del Regidor Nicolás de Sepúlveda; en este depósito se supo todo lo aquí dicho, y mucho más.
Luégo la misma tarde el presidente en persona bajó a la cár¬cel a tomarle la confesión al doctor Mesa, el cual clara y abierta¬mente declaró y confesó el caso según y como había pasado, sin encubrir cosa alguna, culpando en su confesión al Andrés de Es¬cobedo. Llevóse la declaración al Real Acuerdo, a donde se mandó prender al Andrés de Escobedo. Estaba, cuando esto pasaba, en la plaza en un corrillo de hombres de buena parte. Llegó un men¬sajero a decirle que se quitase de allí, que estaba mandado pren¬der. No hizo caso del aviso, ni del segundo y tercero que tuvo.
Llegó el alguacil mayor de Corte, Juan Díaz de Martos, a quien se dio el decreto del acuerdo para que lo cumpliese, y echóle mano, y los alguaciles que iban con él lo llevaron a la cárcel de Corte, a donde el día siguiente se le tomó la confesión, habiéndole leído primero la del doctor Mesa, a donde halló la verdad de su traición y maldad, con lo cual confesó el delito llanamente.
Substancióse con ello la causa y con la demás información que estaba hecha con los esclavos, el cordel de cáñamo y la botija, y la declaración del hermano del doctor y de la señora doña Ana de Heredia, de lo que había visto en el pañuelo la noche del sa¬crificio y crueldad. Substanciado, como digo, el pleito, se pronun¬ció en él sentencia por la cual condenaron al doctor Andrés Cor¬tés de Mesa a que fuese degollado en un cadalso, y a su hermano, don Luis de Mesa, en destierro de esta ciudad; y al Andrés de Es¬cobedo en que fuese arrastrado a las colas de dos caballos y ahor¬cado en el lugar a donde cometió la traición, y cortada la cabeza y puesta en la picota, que entonces estaba a donde ahora está la fuente del agua en la plaza.
Llegó el día de la ejecución de esta sentencia. Habíase hecho el cadalso entre la picota y las casas reales. El primero que vino a él fue el señor arzobispo don fray Luis Zapata de Cárdenas. Ya veo que me están preguntando que a qué fue un arzobispo a un cadalso a donde hacían justicia de un hombre; yo lo diré todo.
Sacaron al doctor Mesa por la puerta de las casas reales, a pie, con una argolla de hierro al pie y un eslabón de cadena por prisión. En esta puerta le dieron el primer pregón, que fue del te¬nor siguiente: Esta es la justicia que manda hacer el rey, nuestro señor, su presidente y oidores en su real nombre, a este caballero porque mató a un hombre: que muera degollado”.
Allegó al cadalso, y subiendo a él por una escalerilla vio en una esquina del tablado al verdugo con una espada ancha en las manos. Conociólo, que había sido esclavo suyo, y el propio doc¬tor lo había quitado de la horca y hecho verdugo de la ciudad. En el punto que lo vio perdió el color y el habla, y yendo a caer le tuvo el señor arzobispo y el doctor Juan Suárez, cirujano que había subido al tablado a guiar la mano al verdugo.
Consoló su señoría al doctor Mesa, y vuelto en sí, con un gran suspiro dijo:
“Suplico a usía me conceda una merced, que es de las postreras que he de pedir a usía”.
Respondióle:
“Pida vuesa ¬merced, señor doctor, que como yo pueda y sea en mi mano yo lo haré».
Díjole entonces:
“No consienta usía que aquel negro me degüelle”.
Dijo el señor arzobispo:
“Quiten ese negro de ahí”.
Dieron con el negro del tablado abajo. A este tiempo sacó el doc¬tor Mesa del seno un papel de muchas satisfacciones, y de ellas diré sólo una por tenerla citada. Dijo en alta voz, que le oían los circunstantes:
“La muerte de Juan Rodríguez de los Puertos fue injusta y no a derecho conforme, porque los libelos infamatorios que se pusieron contra la Real Audiencia, por la cual razón lo ahorcaron, no los puso él, que yo los puse”.
Prosiguió por todas las demás, y acabadas, se hincó de rodillas, absolviólo el señor arzobispo, que a esto fue a aquel lugar, y habiéndole besado la mano y su seño¬ra dádole su bendición, le dijo:
“Suplico a usia me conceda otra merced, que esta es postrera súplica”.
Respondióle:
“Pida vuesa¬ merced, señor doctor, que como yo pueda yo lo haré’
Díjole en¬tonces:
“No permita usía que me despojen de mis ropas’,.
Sacó el señor arzobispo una sortija de oro, rica, de la mano, y diola al doctor Juan Sánchez, diciendo:
“No le quiten nada, que yo daré lo que fuere”.
Con esto se bajó del cadalso, y acompañado de los prebendados, mucha clerecía y gente popular se fue a la iglesia, y llegando a ella oyó doblar, encomendólo a Dios y esperó a ente¬rrarlo, que degollado, con toda su ropa le metieron en el ataúd y lo llevaron. Está enterrado en la catedral, en la capilla de Santa Lucia.
Muchos dirán que cómo no apeló el doctor Mesa de esta sen¬tencia. Rogado e importunado fue del propio presidente, oidores y visitador, del arzobispo, prebendados y de todos sus amigos, y no quiso apelar, antes consintió la sentencia; letrado era, 61, supo por qué. Lo que yo alcanzo es que un hombre honrado, las¬ timado en la honra, no estima la vida y arrastra con todo.
Dos cosas intentó el doctor Mesa: la una confesó en la cár¬cel delante de muchas personas; la otra quiso hacer en la misma cárcel. Confesó que la noche que mató a Juan de los Ríos le pidió la espada al Andrés de Escobedo, que la quería ver, y no se la dio, porque si se la daba lo matara allí luégo y lo dejara junto al Ríos. Negocio que si lo hubiera ejecutado, fuera dificultoso de probar quién los había muerto. Lo que intentó en la cárcel fue matar al presidente.
El día antes que se ejecutase la sentencia lo envió a llamar, suplicándole que le viese, que tenía un negocio importantísimo a su conciencia que comunicar con su señoría. Bajó el presidente a la cárcel, acompañado de algunas personas; fue al calabozo donde estaba el doctor Mesa, el cual estaba sentado a la puerta de él en una silla, con grillos y cadena. Después de haberse saludado, le dijo el doctor al presidente:
“Suplico a usia que se llegue a esta silla, que nos importa a entrambos,’.
Díjole el presidente:
“Diga vuesa merced, señor doctor, lo que le importa, que solos estamos”.
Volvióle a replicar:
“Suplico a usía que se llegue, que hay mucha gente y nos oirán”.
Mandó el presidente que apartase la gente, aunque lo estaba ya apartada. Desviáronse más, y díjole el pre¬sidente:
“Ya no nos pueden oír, diga vuesa merced lo que nos im¬porta a entrambos’
Respondió el doctor:
“Qué ¿no quiere usía hacerme merced de llegarse más?’,
Respondió el presidente:
“No tengo de pasar de aquí’.
Respondióle:
‘Pues no quiere llegarse usía, tome, que eso tenía para matarlo”.
Arrojóle a los pies un cuchillo de belduque, hecho y afilado como una navaja, vol¬viendo el rostro a la pared, que no le habló más palabra.
El pre¬sidente se santiguó, y metiéndose de hombros le dijo:
 “Dios te favorezca, hombre! Con esto se salió de la cárcel; y a este punto llegó la desesperación del doctor Andrés Cortés de Mesa, oidor que fue de la Real Audiencia de este Nuevo Reino.
De buena gana desea morir juntamente con otro el que sabe sin duda que ha de morir; a los que están encerrados y presos les crece el atrevimiento con la desesperación, y como no tienen esperanza, toma atrevimiento el temor.
En Andrés de Escobedo se ejecutó el tenor de la sentencia arrastrándolo y ahorcándolo en el puesto donde cometió la traición y alevosía. Pusieron su cabeza donde se mandó; está enterrado en San Francisco.
¡Quién se podrá librar de un traidor encubierto y arrebozado con capa de amigo falso] Mucho mayor es el quebrantamiento de fe que se tiene en hacer traición a los amigos que no a los ene¬migos. No hay castigo, por grande que sea, que llegue a la menor traición y alevosía. Saludando Joab, capitán del rey David, al ca¬pitán Almasa, que lo había sido del rey Saúl, y llegándose a abrazarlo le metió el puñal por las espaldas y le mató. Teseo fue gran traidor, que habiendo recibido grandísimos regalos y servi-dos de su amiga Ariadna, la dejó y desamparó en la ínsula de Naxos llorando, y allí murió.

 

El Carnero, Pág. 159 a 169.7