Itinerario de la armada del rey católico

a la isla de Yucatán, en la India,

el año 1518,

en la que fue por Comandante

y Capitán General Juan de Grijalva.

Escrito para su alteza

por el capellán mayor de la dicha armada.
Mayo 1, 1518

   
 
   

 

Sábado, primer día del mes de Mayo del dicho año (1518), el dicho capitán de la armada salió de la isla Fernandina (Cuba), de donde emprendió la marcha para seguir su viaje;

y el lunes siguiente, que se contaron tres días de este mes de Mayo, vimos tierra, y llegando cerca de ella vimos en una punta una casa blanca y algunas otras cubiertas de paja, y una lagunilla que el mar formaba adentro de la tierra;

y por ser el día de la Santa Cruz, llamamos así a aquella tierra; y vimos que por aquella parte estaba toda llena de bancos de arena y escollos, por lo cual nos arrimamos a la otra costa de donde vimos la dicha casa mas claramente.

Era una torrecilla que parecía ser del largo de una casa de ocho palmos y de la altura de un hombre, y allí surgió la armada casi a seis millas de tierra.

Llegaron luego dos barcas que llaman canoas, y en cada una venían tres Indios que las gobernaban, los cuales se acercaron a los navíos a tiro de bombarda, y no quisieron aproximarse más, ni pudimos hablarles, ni saber cosa alguna de ellos, salvo que por señas nos dieron a entender que al día siguiente por la mañana vendría a los navíos el cacique, que quiere decir en su lengua el señor del lugar;

y al día siguiente por la mañana nos hicimos a la vela para reconocer un cabo que se divisaba, y dijo el piloto que era la isla de Yucatán. Entre esta punta y la punta de Cozumel donde estábamos, descubrimos un golfo en el que entramos, y llegamos cerca de la ribera de la dicha isla de Cozumel, la que costeamos.

Desde la dicha primera torre vimos otras catorce de la misma forma antedicha;

y antes que dejásemos la primera volvieron las dichas dos canoas de Indios, en las que venía un señor del lugar, nombrado el cacique, el cual entró en la nao capitana, y hablando por intérprete, dijo: que holgaría que el capitán fuese a su pueblo donde sería muy obsequiado.

Los nuestros le demandaron nuevas de los cristianos que Francisco Fernández, capitán de la otra primera armada, había dejado en la isla de Yucatán, y él les respondió: que uno vivía y el otro había muerto; y habiéndole dado el capitán algunas camisas españolas y otras cosas, se volvieron los dichos Indios a su pueblo.
Nosotros nos hicimos a la vela y seguimos la costa para encontrar al dicho cristiano, que fue dejado aquí con un compañero para informarse de la naturaleza y condición de la isla; y así andábamos apartados de la costa sólo un tiro de piedra, por tener la mar mucho fondo en aquella orilla.

La tierra parecía muy deleitosa; contamos desde la dicha punta catorce torres de la forma ya dicha; y casi al ponerse el sol vimos una torre blanca que parecía ser muy grande, a la cual nos llegamos, y vimos cerca de ella muchos Indios de ambos sexos que nos estaban mirando, y permanecieron allí hasta que la armada se detuvo a un tiro de ballesta de la dicha torre, la que nos pareció ser muy grande; y se oía entre los Indios un grandísimo estrépito de tambores, causado de la mucha gente que habita la dicha isla.

Jueves, a 6 días del dicho mes de Mayo, el dicho capitán mandó que se armasen y apercibiesen cien hombres, los que entraron en las chalupas y saltaron en tierra llevando consigo un clérigo: creyeron estos que saldrían en su contra muchos Indios, y así apercibidos y en buena orden llegaron a la torre, donde no encontraron gente alguna, ni vieron a nadie por aquellos alrededores.

El capitán subió a la dicha torre juntamente con el alférez, que llevaba la bandera en la mano, la cual puso en el lugar que convenía al servido del rey católico; allí tomó posesión en nombre de su alteza y pidiólo por testimonio; y en fe y señal de la dicha posesión, quedó fijado un escrito del dicho capitán en uno de los frentes de la dicha torre;

la cual tenía diez y ocho escalones de alto, con la base maciza, y en derredor tenía ciento ochenta pies. Encima de ella había una torrecilla de la altura de dos hombres, uno sobre otro, y dentro tenía ciertas figuras, y huesos, y cenís, que son los ídolos que ellos adoraban, y según su manera se presume que son idólatras.
Estando el capitán con muchos de los nuestros encima de la dicha torre, entró un Indio acompañado de otros tres, los cuales quedaron guardando la puerta, y puso dentro un tiesto con algunos perfumes muy olorosos, que parecían estoraque.

Este Indio era hombre anciano; traía cortados los dedos de los pies, e incensaba mucho a aquellos ídolos que estaban dentro de la torre, diciendo en alta voz un canto casi de un tenor; y a lo que pudimos entender creímos que llamaba a aquellos sus ídolos.
Dieron al capitán y a otros de los nuestros unas cañas largas de un palmo, que quemándolas despedían muy suave olor.

Luego al punto se puso en orden la torre y se dijo misa;

acabada esta mandó el capitán que inmediatamente se publicasen ciertos capítulos que convenían al servicio de su alteza,

y en seguida llegó aquel mismo Indio, que parecía ser sacerdote de los demás; venían en su compañía otros ocho Indios, los cuales traían gallinas, miel y ciertas raíces con que hacen pan, las que llaman maíz:

el capitán les dijo que no quería sino oro, que en su lengua llaman taquin, e hízoles entender que les daría en cambio mercancías de las que consigo traía para tal fin.
Estos Indios llevaron al capitán, junto con otros diez o doce, y les dieron de comer en un cenáculo todo cercado de piedra y cubierto de paja, y delante de este lugar estaba un pozo donde bebió toda la gente; y a las nueve de la mañana, que son cerca de las quince en Italia, ya no parecía Indio alguno en todo aquel lugar, y de este modo nos dejaron solos:

entramos en aquel mismo pueblo cuyas casas eran todas de piedra, y entre otras había cinco con sus torres encima muy gentilmente labradas, excepto tres torres. Las bases sobre que están edificadas cogen mucho terreno y son macizas y rematan en pequeño espacio: estos parecen ser edificios viejos, aunque también los hay nuevos.

Esta aldea o pueblo tenía las calles empedradas en forma cóncava, que de ambos lados van alzadas y en medio hacen una concavidad, y en aquella parte de en medio la calle va toda empedrada de piedras grandes. A todo lo largo tenían los vecinos de aquel lugar muchas casas, hecho el cimiento de piedra y lodo hasta la mitad de las paredes, y luego cubiertas de paja.

Esta gente del dicho lugar, en los edificios y en las casas, parece ser gente de grande ingenio: y si no fuera porque parecía haber allí algunos edificios nuevos, se pudiera presumir que eran edificios hechos por Españoles.
Esta isla me parece muy buena, y diez millas antes que a ella llegásemos se percibían olores tan suaves, que era cosa maravillosa.

Fuera de esto se encuentran en esta isla muchos mantenimientos, es decir, muchas colmenas, mucha cera y miel: las colmenas son como las de España, salvo que son mas pequeñas: no hay otra cosa en esta isla según que dicen.

Entramos diez hombres tres o cuatro millas la tierra adentro, y vimos pueblos y estancias separadas unas de otras, muy lindamente aderezadas.

Hay aquí unos árboles llamados jarales, de que se alimentan las abejas; hay también liebres, conejos, y dicen los Indios que hay puercos, ciervos y otros muchos animales monteses; así en esta isla de Cozumel, que ahora se llama de Santa Cruz, como en la isla de Yucatán, adonde pasamos al día siguiente.

Viernes a 7 de Mayo comenzó a descubrirse la isla de Yucatán.-

Este día nos partimos de esta isla llamada Santa Cruz, y pasamos a la isla de Yucatán atravesando quince millas de golfo.

Llegando a la costa vimos tres pueblos grandes que estaban separados cerca de dos millas uno de otro, y se veían en ellos muchas casas de piedra y torres muy grandes, y muchas casas de paja.

Quisiéramos entrar en estos lugares si el capitán nos lo hubiese permitido; mas habiéndonoslo negado, corrimos el día y la noche por esta costa,

y al día siguiente, cerca de ponerse el sol, vimos muy lejos un pueblo o aldea tan grande, que la ciudad de Sevilla no podría parecer mayor ni mejor; y se veía en él una torre muy grande. Por la costa andaban muchos Indios con dos banderas que alzaban y bajaban, haciéndonos señal de que nos acercásemos; pero el capitán no quiso.

Este día llegamos hasta una playa que estaba junto a una torre, la más alta que habíamos visto, y se divisaba un pueblo muy grande; por la tierra había muchos ríos.

Descubrimos una entrada ancha rodeada de maderos, hecha por pescadores, donde bajó a tierra el capitán; y en toda esta tierra no encontramos por donde seguir costeando ni pasar adelante; por lo cual hicimos vela y tornamos a salir por donde habíamos entrado.

Dominica siguiente.- Este día tomamos por esta costa hasta reconocer otra vez a la isla de Santa Cruz, en la cual volvimos a desembarcar en el mismo lugar o pueblo en que antes habíamos estado; porque nos faltaba agua.

Desembarcados que fuimos no encontramos gente ninguna, y tomamos agua de un pozo, porque no la hallamos de río;

aquí nos proveimos de managi, que son frutos de árboles de la grandeza y sabor de melones, y asimismo de ages, que son raíces como zanahorias al comer; y de ungias, que son animales que en Italia se llaman schirati.

Permanecimos allí hasta el martes, e hicimos vela y tornarnos a la isla de Yucatán por la banda del Norte; y anduvimos por la costa, donde encontramos una muy hermosa torre en una punta, la que se dice ser habitada por mujeres que viven sin hombres; creese que serán de raza de Amazonas.

Se veían cerca otras torres al parecer con pueblos: mas el capitán no nos dejó saltar en tierra.

En esta costa se veía gente y muchas humaredas una tras otra: y anduvimos por ella buscando al cacique o señor Lázaro, el cual era un cacique que hizo mucha honra a Francisco Fernández, capitán de la otra armada, que fue el primero que descubrió esta isla y entró en el pueblo.

Dentro del dicho pueblo y asiento de este cacique está un río que se dice río de Lagartos: como estábamos muy necesitados de agua, el capitán nos mandó que bajásemos a tierra para ver si había en ella agua, y no se halló; pero se reconoció la tierra.

Nos pareció que estábamos cerca del dicho cacique, y anduvimos por la costa y llegamos a él; y surgimos a cosa de dos millas de una torre que estaba en el mar, a una milla del lugar que habita el dicho cacique.

El capitán mandó que se armasen cien hombres, con cinco tiros y ciertos arcabuces para saltar en tierra.

Otro día de mañana, y aun toda la noche, sonaban en tierra muchos tambores, y se oían grandes gritos, como de gente que vela y hace guardia, pues estaban bien apercibidos.

Antes del alba saltamos nosotros en tierra y nos arrimamos a la torre, donde se puso la artillería, y toda la gente quedó al pie; y los espías de los Indios estaban cerca mirándonos.

Las barcas de los navíos volvieron por el resto de la gente, que había quedado en la nave, que fueron otros cien hombres,

y aclarando el día vino un escuadrón de Indios;

nuestro capitán mandó a la gente que callase, y al intérprete que les dijese: que no queríamos guerra, sino solamente tomar agua y leña, y que al punto nos marcharíamos:

y luego fueron y vinieron ciertos mensajeros,

y creímos que el intérprete nos engañaba, porque era natural de esta isla y pueblo; pues como viese que le hacíamos guardia y no se podía ir, lloraba, y de esto tomamos mala sospecha; por último hubimos de seguir en ordenanza la vuelta de otra torre que estaba más adelante.

Los Indios nos dijeron que no prosiguiéramos, sino que retrocediésemos a tomar agua de una peña que había quedado atrás, la cual era poca y no se podía coger,

y seguimos nuestro camino la vuelta del pueblo deteniéndonos los Indios cuanto podían, y así hubimos de llegar a un pozo donde Francisco Fernández, capitán de la otra armada, tomó agua el primer viaje.

Los Indios llevaron al capitán una gallina cocida y muchas crudas,

y el capitán les preguntó si tenían oro para cambiar por otras mercaderías, y ellos trajeron una máscara de madera dorada y otras dos piezas como patenas de oro de poco valor, y nos dijeron que nos fuéramos, que no querían que tomáramos agua.

En esto al oscurecer vinieron los Indios a regalarse con nosotros, trayendo maíz, que es la raíz de que hacen el pan, y asimismo algunos panecillos de la dicha raíz;

mas todavía rogaban que nos fuésemos, y toda aquella noche hicieron muy bien su vela y tuvieron buena guarda.

Otro día de mañana salieron y se hicieron en tres escuadrones, y traían muchas flechas y arcos; y los dichos Indios iban vestidos de colores: nosotros estábamos apercibidos.

Vinieron un hermano y un hijo del cacique a decirnos que nos marchásemos, y el intérprete les respondió: que a otro día nos iríamos y que no queríamos guerra, y así nos quedamos.

En esto ya tarde volvieron los Indios a vista de nuestro ejército, y toda la gente estaba desesperada porque el capitán no los dejaba pelear con los Indios.

Los cuales aquella noche estuvieron asimismo con buena guarda; y a otro día de mañana se apercibieron y puestos en ordenanza volvieron a decirnos que nos fuésemos;

y al punto pusieron en medio del campo un tiesto con cierto sahumerio, diciéndonos que nos fuéramos antes que aquel sahumerio se consumiese, que de no hacerlo así nos darían guerra.

Y acabado el sahumerio nos empezaron a tirar muchas flechas, y el capitán mandó disparar la artillería, con que murieron tres Indios, y nuestra gente empezó a perseguirlos hasta que huyeron al pueblo;

quemamos tres casas de paja y los ballesteros mataron algunos Indios.

Ocurrió aquí un grave accidente; que algunos de los nuestros siguieron el estandarte y otros al capitán; y por estar entre muchos hirieron cuarenta cristianos y mataron uno;

y cierto que según su determinación, si no fuera por los tiros de artillería nos hubieran dado bien en qué entender, y así nos retiramos a nuestro real donde se curaron los heridos, y no volvió a parecer Indio alguno.
Pero ya tarde vino uno trayendo una máscara de oro, y dijo que los Indios querían paz,

y todos nosotros rogamos al capitán que nos dejase vengar la muerte del cristiano, mas no quiso, antes nos hizo embarcar aquella noche;

y ya que estuvimos embarcados no vimos más Indios, salvo uno sólo; el cual vino a nosotros antes de la batalla, y era esclavo de aquel cacique o señor, según que nos dijo; éste nos dio señas de un paraje donde dijo que había muchas islas, en las cuales había carabelas y hombres como nosotros, sino que tenían las orejas grandes, y que tenían espadas y rodelas, y que habla allí otras muchas provincias:

y dijo al capitán que quería venir con nosotros, y él no quiso traerlo, de lo cual fuimos todos descontentos.

La tierra que corrimos hasta el 29 de Mayo que salimos del pueblo del cacique Lázaro, era muy baja y no nos contentó nada, porque era mejor la isla de Cozumel, llamada de Santa Cruz.

De aquí reconocimos hasta Champotón donde Francisco Fernández, capitán de la otra armada, había dejado la gente que le mataron, que es lugar distante treinta y seis millas, poco más o menos, de este otro cacique;

y por esta tierra vimos muchas sierras y muchas barcas de Indios, que dicen canoas, con que pensaban darnos guerra.

Y como se llegasen a un navío les tiraron dos tiros de artillería, los cuales les pusieron tanto temor, que huyeron.

Desde las naves vimos las casas de piedra, y en la orilla del mar una torre blanca en la que el capitán no nos dejó desembarcar.

El día último de Mayo encontramos por fin un puerto muy bueno, que llamamos Puerto Deseado, porque hasta entonces no habíamos hallado ninguno;

aquí asentamos y salió toda la gente a tierra, e hicimos una enramada y algunos pozos de donde se sacaba muy buena agua;

y aquí aderezamos una nave y la carenamos,

y estuvimos en este puerto doce días,

porque es muy deleitoso y tiene mucho pescado; y el pescado de este puerto es todo de una suerte; se llama jurel y es muy buen pescado.

En esta tierra encontramos conejos, liebres y ciervos, y por este puerto pasa un brazo de mar por el que navegan los Indios con sus barcos, que llaman canoas;

de esta isla pasan a rescatar a tierra firme de la India, según dijeron tres Indios que tomó el general de Diego Velázquez, quienes afirmaron las cosas arriba dichas.

Y los pilotos declararon, que aquí se apartaba la isla de Yucatán de la isla rica llamada Valor, que nosotros descubrimos.

Aquí tomamos agua y leña, y siguiendo nuestro viaje fuimos a descubrir otra tierra que se llama Mulua y a acabar de reconocer aquella.

Comenzamos a 8 días del mes de Junio; y yendo la armada por la costa unas seis millas apartada de tierra, vimos una corriente de agua muy grande que salía de un río principal, el que arrojaba agua dulce cosa de seis millas mar adentro.

Y con esta corriente no pudimos entrar por el dicho río, al que pusimos por nombre el río de Grijalva. Nos iban siguiendo más de dos mil Indios y nos ha- cían señales de guerra.

En este puerto, luego que llegamos, se echó al agua un perro, y como lo vieron los Indios creyeron que ha-cían gran hazaña, y dieran tras él y lo siguieron hasta que lo mataron.

También a nosotros nos tiraron muchas flechas, por lo que asestamos un tiro de artillería y matamos un Indio.

A otro día pasaron, de la otra banda hacia nosotros más de cien canoas o barcas, en las que podría haber tres mil Indios, quienes mandaron una de las dichas canoas a saber qué queríamos; el intérprete les respondió que buscábamos oro, y que si lo tenian y lo querian dar, que les dariamos buen rescate por ello.
Los nuestros dieron a los Indios de la dicha canoa ciertos vasos y otros útiles de las naves para contentarles, por ser hombres bien dispuestos.

Un Indio de los que se tomaron en la canoa del Puerto Deseado fue conocido de algunas de los que ahora vinieron, y trajeron cierto oro y lo dieron al capitán. Otro día de mañana vino el cacique o señor en una canoa,

y dijo al capitán que entrase en la embarcación; hízolo así

y dijo el cacique a uno de aquellos Indios que consigo traía, que vistiese al capitán:

el Indio le vistió un coselete y unos brazaletes de oro, borceguíes hasta media pierna con adornos de oro, y en la cabeza le puso una corona de oro, salvo que la dicha corona era de hojas de oro muy sutiles.

El capitán mandó a los suyos que asimismo vistiesen al cacique, y le vistieron un jubón de terciopelo verde, calzas rosadas, un sayo, unos alpargates y una gorra de terciopelo.

Luego el cacique pidió que le diesen el Indio que traía el capitán, y éste no quiso;

entonces el cacique le dijo, que lo guardase hasta el otro día, que se lo pesaría de oro; mas no quiso aguardar.

Este río viene de unas sierras muy altas, y esta tierra parece ser la mejor que el sol alumbra; y si se ha de poblar más, es preciso que se haga un pueblo muy principal: llámase esta provincia Potonchán.

La gente es muy lucida, que tiene muchos arcos y flechas, y usa espadas y rodelas: aquí trajeron al capitán ciertos calderos de oro pequeños, manillas y brazaletes de oro.

Todos querían entrar en la tierra del dicho cacique, porque creían sacar de él más de mil pesos de oro, pero el capitán no quiso.

De aquí se partió la armada y fuimos costeando hasta encontrar un río con dos bocas, del que salía agua dulce, y se le nombró de San Bernabé, porque llegamos a aquel lugar el día de San Bernabé.

Esta tierra es muy alta por lo interior,

y presúmese que en este río haya mucho oro;

y corriendo por esta costa vimos muchas humaredas una tras otra, colocadas a manera de señales,

y más adelante se parecía un pueblo,

en el cual dijo un bergantín que andaba registrando la costa, que había visto muchos Indios que se descu-brían desde la mar, y que andaban siguiendo la nave, y traían arcos, flechas y rodelas relucientes de oro, y las mujeres brazaletes, campanillas y collares de oro. Esta tierra junto al mar es baja, y de dentro alta y montuosa; y así anduvimos todo el día costeando para descubrir algún cabo y no pudimos hallarlo.

Y llegados cerca de los montes, nos encontramos en el principio o cabo de una isleta que estaba en medio de aquellos montes, distante de ellos unas tres millas;

surgimos y saltamos todos en tierra en esta isleta, que llamamos Isla de los Sacrificios:

es isla pequeña y tendrá unas seis millas de bojeo;

hallamos algunos edificios de cal y arena, muy grandes, y un trozo de edificio asimismo de aquella materia, conforme a la fábrica de un arco antiguo que está en Mérida, y otros edificios con cimientos de la altura de dos hombres, de diez pies de ancho y muy largos;

y otro edificio de hechura de torre, redondo, de quince pasos de ancho, y encima un mármol como los de Castilla, sobre el cual estaba un animal a manera de león, hecho asimismo de mármol, y tenía un agujero en la cabeza en que ponían los perfumes; y el dicho león tenía la lengua fuera de la boca, y cerca de él estaba un vaso de piedra con sangre, que tendría ocho días, y aquí estaban dos postes de altura de un hombre, y entre ellos había algunas ropas labradas de seda a la morisca, de las que llaman almaizares; y al otro lado estaba un ídolo con una pluma en la cabeza, con el rostro vuelto a la piedra arriba dicha, y detrás de este ídolo había un montón de piedras grandes; y entre estos postes, cerca del ídolo, estaban muertos dos Indios de poca edad envueltos en una manta pintada; y tras de las ropas estaban otros dos Indios muertos, que parecía haber tres días que lo fueron, y los otros dos de antes llevaban al parecer veinte días de muertos.

Cerca de estos Indios muertos y del ídolo había muchas cabezas y huesos de muerto, y había también muchos haces de pino, y algunas piedras anchas sobre las que mataban a los dichos Indios.

Y había allí también un árbol de higuera y otro que llaman zuara, que da fruto.

Visto todo por el capitán y la gente, quiso ser informado si esto se hacía por sacrificio, y mandó a las naves por un Indio que era de esta provincia, el que viniendo para donde estaba el capitán, cayó de repente desmayado en el camino, pensando que lo traían a quitarle la vida.

Llegado a la dicha torre le preguntó el capitán, porqué se hacia tal cosa en esa torre, y el Indio le respondió que se hacía por modo de sacrificio;

y según lo que se entendió degollaban a estos en aquella piedra ancha y echaban la sangre en la pila, y les sacaban el corazón por el pecho, y lo quemaban y ofrecían a aquel ídolo; les cortaban los molledos de los brazos y de las piernas y se los comían; y esto ha-cían con sus enemigos con quienes tenían guerra.

Mientras el capitán hablaba, desenterró un cristiano dos jarros de alabastro, dignos de ser presentados al Emperador, llenos de piedras de muchas suertes.

Aquí hallamos muchas frutas, todas comibles,

y a otro día por la mañana vimos muchas banderas y gente en la tierra firme,

y el general mandó al capitán Francisco de Montejo en una barca con un Indio de aquella provincia, a saber lo que querían:

y en llegando le dieron los Indios muchas mantas de colores, de muchas maneras y muy hermosas,

y Francisco de Montejo les preguntó si tenían oro, que les daría rescate; ellos se respondieron que lo traerían a la tarde, y con esto se volvió a las naves.

Luego a la tarde vino una canoa con tres Indios que traían mantas como las otras, y dijeron que a otro día traerían más oro, y así se fueron.

Otro día por la mañana aparecieron en la playa con algunas banderas blancas y comenzaron a llamar al capitán el cual saltó en tierra con cierta gente,

y los Indios le trajeron muchos ramos verdes para sentarse, y así todos incluso el capitán se sentaron;

diéronle al punto unos cañutos con ciertos perfumes, semejantes al estoraque y al benjuí,

y en seguida le dieron de comer mucho maíz molido, que son aquellas raíces de que hacen el pan, y tortas y pasteles de gallina muy bien hechos;  

y por ser viernes no se comieron:

luego trajeron muchas mantas de algodón muy bien pintadas de diversos colores.

Aquí estuvimos diez días, y los Indios todas las mañanas antes del alba estaban en la playa haciendo enramadas para que nos pusiésemos a la sombra; y si no íbamos pronto se enojaban con nosotros, porque nos tenían muy buena voluntad, y nos abrazaban y hacían muchas fiestas;

y a uno de ellos, llamado Ovando, le hicimos cacique dándole autoridad sobre los demás, y él nos mostraba tanto amor que era cosa maravillosa.

El capitán les dijo que no queríamos sino oro, y ellos le respondieron que lo traerían;

al día siguiente trajeron oro fundido en barras,

y el capitán les dijo que trajesen más de aquello;

y a otro día vinieron con una máscara de oro muy hermosa, y una figura pequeña de hombre con una mascarilla de oro, y una corona de cuentas de oro, con otras joyas y piedras de diversos colores.

Los nuestros les pidieron oro de fundición,

y ellos se lo enseñaron y les dijeron que salía del pie de aquella sierra, porque se hallaba en los ríos que nacían de ella; y que un Indio solía partir de aquí y llegar allá a medio día, y hasta la noche tenía tiempo de llenar un cañuto del grueso de un dedo; y que para cogerlo se metían al fondo del agua y sacaban las manos llenas de arena, para buscar luego en ella los granos, los que se guardaban en la boca; por donde se cree que en esta tierra hay mucho oro.

Estos Indios lo fundían en una cazuela, donde quiera que lo hallaban, y para fundirlo les servían de fuelles unos cañutos de caña, con los que encendían el fuego; y así lo vimos hacer en nuestra presencia.

El dicho cacique trajo de regalo a nuestro capitán un muchacho como de veinte y dos años, y él no quiso recibirlo.
Esta es una gente que tiene mucho respeto a su señor, porque delante de nosotros cuando no nos aparejaban presto las sombras les daba de palos el cacique. Nuestro capitán los defendía, y nos prohibía que cambiáramos nuestras mercaderías por sus mantas;

y por esto los Indios venían ocultamente a nosotros sin temor ninguno, y uno de ellos se acercaba sin recelo a diez cristianos, trayéndonos oro y excelentes mantas, y nosotros tomábamos éstas y dábamos el oro al capitán.

Había aquí un río muy principal donde teníamos asentado el real;

y los nuestros viendo la calidad de la tierra tenían pensamiento de poblarla por fuerza, lo cual pesó al capitán.

Y él fue quien de todos mas perdió, porque le faltó ventura para enseñorearse de tal tierra, donde tiénese por cierto que dentro de seis meses no hubiera habido quien hallase menos de dos mil castellanos;

y el rey tuviera más de los dos mil: cada castellano vale un ducado y un cuarto: y así partimos del dicho lugar muy descontentos por la negativa del capitán.

Al tiempo de partirnos, los Indios nos abrazaban y lloraban por nosotros;

y trajeron al capitán una India tan bien vestida, que de brocado no podría estar más rica.

Creemos que esta tierra es la más rica y más abundante del mundo en piedras de gran valor, de las que se trajeron muchas muestras, en especial una que se trajo para Diego Velázquez, lo cual se presume, según su labor, que vale más de dos mil castellanos.

De esta gente no sé qué decir más, porque aun quitando mucho de lo que se vió, apenas puede creerse.

De aquí dimos a la vela para ver si al fin de aquella sierra se acababa la isla: la corriente del agua era muy fuerte.

Para allá nos dirigimos y navegamos hacia un lugar asentado bajo la dicha sierra, al que llamamos Alme-ría por causa de la otra que está llena de mucho ramaje.
De este lugar salieron cuatro canoas o barcas que se allegaron al bergantín que traíamos,

y le dijeron que prosiguiese su viaje porque ellos se alegraban de su venida;

y con tanto empeño lo rogaban a los del bergantín, que hasta parecía que lloraban;

mas por causa de la nao capitana y de las otras naves que venían más atrás, nada se hizo ni llegamos a ellos.

Más adelante encontramos otra gente más fiera;

y como vieron los navíos salieron doce canoas de Indios de un gran pueblo,

que visto desde el mar no parecía menos que Sevilla, así en las casas de piedra como en sus torres y en su grandeza.
Estos Indios salieron contra nosotros con muchas flechas y arcos, y derechamente vinieron a atacarnos, con intención de hacernos prisioneros, por creerse bastantes para ello;

mas como llegaron y vieron que los navíos eran tan grandes, se alejaron y comenzaron a tirarnos flechas;

visto lo cual mandó el capitán que se descargasen la artillería y ballestas,

con que murieron cuatro Indios y se echó a fondo una canoa, por lo que no atreviéndose a más,

huyeron los dichos Indios.

Nosotros queríamos entrar en su pueblo, y nuestro capitán no quiso.

Este día ya tarde vimos un milagro bien grande,

y fue que apareció una estrella encima de la nao después de puesto el sol, y partió despidiendo continuamente rayos de luz, hasta que se puso sobre aquel pueblo grande, y dejó un rastro en el aire que duró tres horas largas;

y vimos además otras señales bien claras, por donde entendimos que Dios quería para su servicio que poblásemos en aquella tierra;

y llegando así al dicho pueblo, después de visto el referido milagro, la corriente del agua era tan grande, que los pilotos no osaban ir adelante, y determinaron de volver atrás, y dimos vuelta:

y siendo la corriente así tan grande y el tiempo no muy bueno, el piloto mayor puso la proa al mar:

después que hubimos virado pensamos pasar delante del pueblo de San Juan, que es donde estaba el cacique antes dicho que se llama Ovando,

y se nos rompió una entena de una nave;

por lo que no dejamos de voltejear por el mar,

hasta que arribamos a tomar agua.

En quince días no anduvimos sino cosa de ciento veinte millas desde que venimos a reconocer la tierra donde estaba el río de Grijalva;

y reconocimos otro puerto que se llama San Antonio, al cual nosotros pusimos nombre,

porque entramos en él por falta de agua para la despensa;

y aquí estuvimos aderezando la entena rota y tomando el agua necesaria, en lo que gastamos ocho días.

En este puerto encontramos un pueblo que se veía de lejos,

y el capitán no nos dejó ir a él:

tanto más que una noche garraron ocho navíos y vinieron a chocar contra los otros y se rompieron ciertos aparejos de los dichos navíos.

Queríamos sin embargo permanecer allí; pero el capitán no quiso,

y saliendo de aquel puerto, la nao capitana dio en un bajo y se le rompió una tabla;

y como viéramos que se anegaba, pusimos en tierra una barcada de treinta hombres;

y puestos que fueron en tierra vimos unos diez Indios de la otra parte,

y traían treinta y tres hachuelas,

y llamaron a los cristianos que se acercasen,

haciéndoles señas de paz con la mano, y según su costumbre se sangraban la lengua y escupían en el suelo en señal de paz.

Dos de nuestros cristianos fueron a ellos;

pidiéronles las dichas hachuelas, que eran de cobre, y ellos las dieron de buen grado.

Como estaba rota la dicha nave capitana fue necesario desembarcar todo lo que tenía dentro, y asimismo toda la gente;

y así en el dicho puerto de San Antonio hicimos nuestras casas de paja, que nos fueron de mucho provecho por el mal tiempo;

pues determinamos quedarnos en el dicho puerto para adobar la nave, que fueron quince días,

en los cuales los esclavos que traíamos de la isla de Cuba andaban en tierra,

y hallaron muchas frutas de diversas suertes, todas comibles:

y los Indios de aquellos lugares traían mantas de algodón y gallinas,

y dos veces trajeron oro;

pero no osaban venir con seguridad por temor de los cristianos,

y nuestros esclavos dichos no tenían temor de ir y venir por aquellos pueblos y la tierra adentro.

Aquí cerca de un río vimos que una canoa o barca de Indios había pasado de la otra banda,

y traían un muchacho y le sacaban el corazón y lo degollaban ante el ídolo;

y pasando de la otra banda el batel de la nao capitana,

vieron una sepultura en la arena, y cavando hallaron un muchacho y una muchacha que parecían muertos de poco tiempo;

tenían los dichos muertos al cuello unas cadenillas que podían pesar unos cien castellanos, con sus pinjantes;

y los dichos muertos estaban envueltos en ciertas mantas de algodón.

Cuatro de nuestros esclavos salieron del real y fueron al dicho pueblo de los Indios, quienes les recibieron muy bien,

les dieron de comer gallinas, los aposentaron y les enseñaron ciertas cargas de mantas y mucho oro, y les dijeron por señas que habían aparejado las dichas cosas para traerlas a otro día al capitán.

Ya que vieron que era tarde y que era hora de volver, les dijeron que se volviesen a las naves, dando a cada uno dos pares de gallinas:

y si hubiésemos tenido un capitán como debiera ser, sacáramos de aquí más de dos mil castellanos;

y por él no pudimos trocar nuestras mercaderías, ni poblar la tierra, ni hacer letra con él.

Aderezada la nave, dejamos este puerto y salimos al mar;

rompiose el árbol mayor de una nave, y fue menester remediarlo.

Nuestro capitán dijo que no tuviésemos cuidado, y aunque estábamos flacos por la mala navegación y poca comida, nos dijo que quería llevarnos a Champotón, que es adonde los Indios mataron los cristianos que trajo Francisco Fernández, capitán, como hemos dicho, de la otra armada;

y así nosotros con buen ánimo comenzamos a aparejar las armas y poner a punto la artillería.

Estábamos a más de cuatro millas del pueblo de Champotón,

y así desembarcamos cien hombres en los bateles,

y fuimos a una torre bien alta que estaba en tierra a un tiro de ballesta del mar, donde nos quedamos a esperar el día.

Había muchos Indios en la dicha torre,

y luego que nos vieron venir dieron un grito y se embarcaron en sus canoas y comenzaron a rodear los bateles;

los nuestros les tiraron algunos tiros de artillería, y ellos se fueron a tierra y desampararon la torre, y nosotros la ocupamos.

Acercáronse las barcas con la gente que había quedado en los navíos,

la cual toda saltó en tierra,

y el capitán comenzó a tomar el parecer de la gente,

y todos con buen ánimo querían entrar a vengar la muerte de los cristianos dichos y quemar el pueblo; mas después se acordó no entrar

y nos embarcamos dirigiéndonos al otro pueblo de Lázaro

donde salimos a tierra y tomamos agua, leña y mucho maíz, que es la raíz ya dicha con que hacen el pan,

del cual hubimos bastante para toda la travesía.

Atravesamos por esta isla e hicimos rumbo a este puerto de San Cristóbal,

y encontramos otro navío que el Señor Diego Velázquez había enviado contra nosotros,

creyendo que habíamos poblado algún lugar,

y apartose del camino, que no nos halló;

y tenía otros siete navíos, que hacía doce días que nos andaba buscando;

y como supo nuestra venida y que no habíamos poblado hubo pena de ello,

y mandó a toda la gente que no pasase de esta provincia, proveyéndola de todo lo necesario para la vida;

y que al punto, siendo Dios servido, quería que fuésemos tras los otros.

Después del viaje referido escribe el capitán de la armada al Rey Católico, que ha descubierto otra isla llamada Ulúa,

en la que han hallado gentes que andan vestidas de ropas de algodón; que tienen harta policía, habitan en casas de piedra, y tienen sus leyes y ordenanzas, y lugares públicos diputados a la administración de justicia.

Adoran una cruz de mármol, blanca y grande, que encima tiene una corona de oro;

y dicen que en ella murió uno que es mas lúcido y resplandeciente que el sol.

Es gente muy ingeniosa, y se advierte su ingenio en algunos vasos de oro y en muy primas mantas de algodón con figuras tejidas, de pájaros y animales de varias suertes;

cuyas cosas dieron los habitantes de la dicha isla al capitán,

quien luego mandó buena parte de ellas al Rey Católico;

y todos comúnmente las han tenido por obras de mucho ingenio.

Y es de saberse que todos los Indios de la dicha isla están circuncidados;

por donde se sospecha que cerca se encuentren Moros y Judíos,

pues afirmaban los dichos Indios que allí cerca había gentes que usaban naves, vestidos y armas como los Españoles;

que una canoa iba en diez días adonde están, y que puede ser viaje de unas trescientas millas.

Aquí acaba el Itinerario de la isla de Yucatán;

la cual fue descubierta por Juan de Grijalva, capitán de la armada del rey de España:

escribiolo su capellán*.

 

*Colección de documentos para la historia de México. Tomo Primero. Publicada por Joaquín García Icazbalceta. México, Librería de J.M. Andrade, Portal de Agustinos n.3, 1858.