RELACIÓN DE LA CONQUISTA DE MÉXICO

 

                                                                           Andrés de Tapia

 

Una de las primeras cosas que debe saber el lector de esta crónica de Andrés de Tapia sobre la conquista de México y la destrucción del imperio azteca, es la peculiar vicisitud que pasa este tipo de documentos históricos. Contándolo brevemente, se debe comenzar indicando que no se sabe cuándo escribió este soldado de a pie de Hernán Cortés su testimonio sobre los hechos en los que participó. El historiador español Germán Vázquez, supone que entre 1540 y 1547, y también que es sólo un apunte realizado a petición de Francisco López de Gomara, en Árgel, para que pusiera por escrito lo que le había narrado oralmente. Como era de esperar, el contenido de estas páginas las utilizó López de Gomara en su famosa historia sobre la Conquista de México. Y aquí se abre otro interrogante al lado del cuándo y el por qué anteriores: cuáles fueron los caminos para que estas pocas páginas, además ser utilizadas por el destinatario original, López de Gomara (1552), también influyeran -siguiendo a Vázquez- en las crónicas de Cervantes de Salazar (1595), Herrera y Tordesillas (1601), Argensola (1630), Solís (1648) y Diego Luis Moctezuma (1686). Pues bien, estos tan importantes papeles se extraviaron durante casi tres siglos, hasta que a mitades del siglo XIX, Joaquín García Icazbalceta leyó una mención del testimonio en el prólogo del primer tomo de los Historiadores primitivo8s de Indias (preparados por Enrique de Vedia y publicado por Ribadeneyra). De inmediato el célebre historiador me-xicano pidió una copia a España y, por motivos circunstanciales, la copia tardó cincuenta meses (más de cuatro años) en llegar a sus manos. Y no fue una simple copia la que le enviaron, sino un testimonio autorizado de que era un traslado fiel del original. Sin pensárselo dos veces, García Icazbalceta incluyó la copia en el segundo tomo de su Colección de Documentos para la Historia de México (1866), diciendo: “este documento, enteramente desconocido hasta ahora, es de la mayor importancia. Su autor era uno de los capitanes más notables del ejército de Cortés, se halló en todas las guerras y expediciones, figuró mucho en las discordias entre los gobernadores de México, fue con Cortés a España, y al fin se avecindó en México, donde murió. Es una lástima que su relación no pase de la prisión de Narváez. Si hubiera escrito por completo y de ese modo la historia de todos los sucesos en que tuvo parte, apenas tendríamos documentos que lo igualase en extensión e importancia.” A pesar de este tan elocuente juicio, la crónica quedó nuevamente no extraviada pero sí olvidada. Casi tres cuartos de siglo más tarde, en 1939, Agustín Yáñez la recuperó para incluirla en el segundo tomo de la Biblioteca del Estudiante Universitario de la UNAM -Crónicas de la Conquista-, y en la presentación anotó: “En ninguna parte del relato se pierde la dimensión épica, y en algunas adquiere proporciones extremadas. Tapia es más objetivo que Bernal Díaz del Castillo y su historia está casi exenta de digresiones y alegatos personales. También es más crédulo y propenso a la interpretación maravillosa, clímax de lo épico. El arrojo heroico y la humana flaqueza, la crueldad bárbara y la cristiana compasión, las penas, los enojos violentos, las alegrías de la victoria, se conjugan con fluencia vital, con dramático realismo, en este enjundioso cronicón.” Y ahí quedó. Medio siglo después, Germán Vázquez la incluyó en La conquista de Tenochtitlan (1988), de la colección Historia 16. Veinte años más tarde, publicamos esta cuarta edición en castellano. *** Al margen de cualquier juicio literario o histórico, debe señalarse que la lectura del testimonio de Tapia se lee con asombro e interés. Molesta, como debe molestar, esa redacción llena de arcaísmos, de palabras fuera de uso, y la construcción más oral que escrita. Pero la curiosidad supera estos estorbos. En esta edición se han corregido algunos de estos problemas, pero no todos; se ha mantenido una rigurosa disciplina en no alterar el más mínimo sentido de lo escrito o dictado por Tapia. Por momentos estuvimos tentados a modernizar la totalidad del texto para hacerlo más asequible al lector común, pero no nos atrevimos: todas nuestras correcciones pecan de timidez. En este punto del prólogo, quizá sería conveniente preguntarse ¿por qué ese empeño de los editores de textos históricos en conservar una redacción y una ortografía que llega a sobrepasar la paciencia del lector no diestro en este tipo de lecturas? Aceptar que las ediciones para especialistas mantengan escrupulosamente el texto original, no justifica extender las dificultades de lectura al lector curioso o interesado en el tema de manera no profesional. Mucho ganaría la historia y los lectores con la modernización total del texto original, evitando la pérdida del sentido de lo expresado por el autor, lo cual no es tarea difícil. Además, y esto debería resaltarse, la mayoría de los conquistadores que dieron testimonio sobre sus actos, estaban más próximos al analfabetismo que a una capacidad de redacción. Pero en fin… Poco más es posible agregar sobre la crónica de Andrés de Tapia. Su testimonio lo revela como incondicional admirador de “el marqués”, tal como acostumbra referirse a Cortés. Temporalmente abarca desde las vísperas de la salida de Cuba de la armada preparada por Cortés, hasta la increíble derrota del ejército de Narváez, muy superior en hombres y en armas. Algo absolutamente asombroso es la facilidad con que Cortés avanzó desde Veracruz para llegar hasta el mismísimo Moctezuma, y la delirante tranquilidad con que lo tomó prisionero dentro de su propio palacio. Pero si la historia contada por Tapia es un terrible testimonio sobre el arrojo de un grupo de españoles en un territorio desconocido y ante un imperio con un poder infinitamente más grande que el suyo -por lo menos en gente-, no lo es menos el incompresible temor de los líderes aztecas y de sus ejércitos a las armas cortantes, a los caballos, a las armaduras, a los perros, a los cañones y a las balas, así como la delirante explicación de Moctezuma sobre su derrota y su entrega, atribuyendo a Cortés la propiedad natural del imperio según las profecías. Aparte de esta tenebrosa historia central, la narración de Tapia esta plagada de anécdotas. Se cuenta la veracidad del dios parlanchín de los indígenas; el reencuentro con Jerónimo de Aguilar, el español que estuvo cautivo de los mayas durante mas de diez años, y de su compañero, Gonzalo Guerrero, que prefirió quedarse entre los mayas; la captura de un tiburón que se había tragado desde treinta tocinos de puerco hasta zapatos y un plato de estaño; la del lebrel, abandonado por Grijalva, que se dedica a cazar conejos para ofrecer a los españoles; la ayuda que reciben los soldados de a pie de un misterioso guerrero a caballo; la cantidad de indios que suponen los atacan (cuarenta y ocho mil o cien mil, fácilmente); el regalo de la Malinche a Cortés; la realidad del quemazón de las naves por Cortés; las historias sobre dio ses mayas; las comidas de Moctezuma, su zoológico, su templo, sus ídolos, sus esposas y las mujeres para regalar; y finalmente la captura de Narváez y de todo su ejercito. Es de verdad una lástima que no continuara Tapia su testimonio. Pero así como se encuentra, tal como ha llegado a nosotros, tiene un gran valor histórico y es una narración de primera mano de una increíble aventura en un mundo que aún se estaba comenzando a conocer.

 

Soler de Terrades, Moía, 2008.

 

 

Relación de algunas cosas

de las que acaecieron al

Muy Ilustre Señor Don Hernando Cortés,

Marqués del Valle,

desde que se determinó ir a descubrir tierra

en la Tierra Firme del mar Océano

 

El cual salió de la isla de Cuba, que está en las dichas Indias, y fue hasta el puerto de la Villa Rica de la Veracruz, que es el primer nombre que puso a una villa que pobló y fundó en lo que él después llamó Nueva España. Llevaba el marqués una bandera que tenía unos fuegos blancos y azules, una cruz colorada en medio, y letras que decían: Amici, sequamur crucem, et si nos fidem habemus, vere in hoc signo vincemus*. *Amigos, sigamos a esta cruz, y si tenemos fe verdadera, con este signo venceremos. (N. del E.). Salió de la isla de Cuba el señor marqués, no tan abastecido como él quisiera, para continuar su viaje, y se fue por la costa de la isla de Cuba a un puerto que en ella se encuentra, que se llama Macaca, donde hizo hacer cierto pan de raíces, llamadas yucas, que nacen sembrándolas en unos montones de tierra, y salen como nabos; estas raíces, antes de ser desmenuzadas y cocidas de una cierta manera, son ponzoña y tóxico, y después de ralladas y estrujadas se convierten en pan y en razonable mantenimiento. Y de aquí, de este puerto, despachó ciertos navíos a la punta de la isla, y otro navío a otra isla que se llama Jamaica, con cosas de bastimentos de Castilla y con algún oro para comprar de este pan que hemos dicho, y tocinos de puerco, porque en aquella isla los había en ese tiempo más que en la isla de Cuba. Y, asimismo, tuvo aviso de que un na-vío de un vecino de Cuba venía cargado de este pan para ir a venderlo al lugar donde se cogía oro en esa isla; y mandó a algunos de su compañía a buscar ese navío y, por fuerza o por su voluntad, lo trajesen a la punta de la isla, donde él había ordenado ir a sus navíos. Lo cual fue hecho como el marqués lo mandó, y de esta manera abasteció algo más su armada, y pagó con algunas joyas de oro lo que valían las provisiones y el navío que así tomó. Después de lo cual el marqués anduvo perdido quince o veinte días entre unos bajos e islotes, y finalmente fue a la villa de San Cristóbal, del puerto de La Habana, que está en la isla de Cuba, donde negoció (utilizando las joyas de oro que tenía) con uno que tenía los diezmos de la dicha isla arrendados, y con otro que era receptor de unas bulas, y por el precio de ellas le daban tocinos y pan, porque en aquella parte no se coge oro. Y con esto se acabó de aprovisionar, mas una que otra provisión que después com-pró a los vecinos, y se fue rumbo a otro puerto que se dice Guaniguanico, que es en la misma isla de Cuba. En el puerto de Guaniguanico juntó el señor marqués del Valle sus navíos, y repartió entre ellos las provisiones que habían y a la gente. Y nombró capitanes, a los cuales dio las instrucciones según creía que debían seguir las derrotas, y sobre cómo se habían de regir y gobernar la gente que cada uno llevaba. Y luego que se desabrazó de la isla, dio en su armada un temporal que dispersó los navíos, pero por las instrucciones que les había dado sobre por donde habían de navegar, llegaron todos a una isla pequeña que en la mar se encontró, cerca de la Tierra Firme, a quien los indios de ella llaman Aqucamil. Y de todos los navíos no faltó más de uno, del que después diremos. En la dicha isla se hallarían como dos mil hombres, y la isla será de cinco leguas por lo más largo, y una y media o dos de ancho. Adoraba la gente de ella a ídolos, a los cuales hacían sacrificios, en especial a uno que estaba en la costa de la mar en una torre alta. Este ídolo era de barro cocido y hueco, pegado con cal a una pared, y por detrás de la pared había una entrada secreta por donde parecía que un hombre podía entrar y acomodarse dentro del ídolo, y así debía de ser, porque los indios decían, según después se entendió, que aquel ídolo hablaba. En esta isla se halló delante del ídolo, abajo de la torre, una cruz* de cal, de una altura de estado y medio, y un cerco y alrededor de ella, donde los indios decían que ofrendaban codornices y sangre de ellas, y quemaban cierta resina a manera de incienso, y que esto hacían cuan- do tenían necesidad de agua, y haciéndolo, llovía. *Está comprobado que no existe alguna relación entre las cruces halladas en América y el cristianismo (N. del E.) En esta isla se entendió por señas, o como mejor se pudo entender, que en la Tierra Firme que estaba frente a esta isla, había hombres con barbas como nosotros, hasta tres o cuatro. El señor marqués del Valle dio a un indio ciertas joyas y cosas de rescate de las que él llevaba, para que llevase una carta a aquellos cristianos, y con este indio envió un bergantín y cuatro bateles, y un capitán. Y porque el indio decía que estaban cerca de la costa de la mar, les escribió en la carta que aquellos bajeles los esperarían cinco días, y no más. Y con este fin se fueron el bergantín y los bajeles, y estuvieron ocho días, y el indio que llevó la carta volvió con nuestra gente, e dijo por señas de que no querían venir, y por eso regresaron todos a la isla. Y luego el señor marqués mandó embarcar a toda su gente, y él también se embarcó e hizo la señal de que todos se hiciesen a la vela, y así lo hicieron. Y de improviso se volvió el viento tan contrario que fue necesario regresar al puerto, sin poder hacer otra cosa, y volver a de-sembarcar. Y otro día estando en un navío el que esta relación da, y otros gentiles hombres, vieron venir por la mar una canoa, que así se llama, que es en lo que los indios navegan, y es hecha de una pieza de un árbol cavada. Y al darse cuenta que venía a tomar tierra en la isla, salieron del navío a tierra, y por la costa se fueron lo más encubiertamente que pudieron, y al llegar donde la canoa quería tomar tierra, y la tomó, vieron tres hombres desnudos, tapadas sus vergüenzas, atados los cabellos atrás como mujeres, y sus arcos y flechas en las manos, y les hicimos señas que no tuviesen miedo. Y uno de ellos se adelantó, y los otros dos mostraban tener miedo y querer huir a su canoa, y el que se adelantó les habló en una lengua que no entendimos, y se vino hacia nosotros, diciendo en nuestro castellano: "Señores, ¿sois cristianos, y cuyos vasallos?" Le dijimos que sí, y que del rey de Castilla éramos vasallos. Y se alegró y nos rogó que diésemos gracias a Dios, y él así lo hizo con muchas lágrimas. Y levantados de la oración, fuimos caminando al real, y él llevó los dos compañeros suyos, que eran indios, consigo. Y por el camino nos fue diciendo que hacía diez años yendo en un navío por la mar, no sabe a qué parte, sólo que había partido de la isla de Santo Domingo, y yendo a la Tierra Firme, hacia las Perlas, se les abrió el navío, y que trece hombres de él tomaron el batel y le pusieron una vela, y corrieron donde el viento lo quiso llevar. El navío se fue a fondo con los demás, y que a ellos los había llevado Dios a aquella tierra, en la que él había trabajado en contentar a un señor indio en cuyo poder había estado, y que otro español había tomado por mujer a una señora india, y que a los demás, los indios los habían muerto. Y que él sintió del otro, su compañero, que no quería venir, por otras veces que le había hablado: decía que tenía horadadas las narices y orejas y pintado el rostro y las manos; y por esto no lo llamó cuando se vino. El señor marqués se holgó mucho con este español, el cual servía de intérprete, y con él hizo llamar los indios de la isla, y les predicó e hizo amonestaciones. Y les rogó que derribasen sus ídolos, y lo hicieron de buena voluntad, al parecer, y le pidieron imágenes, y se las dio de Nuestra Señora la Virgen María. Y puso e hizo poner por toda la isla en partes y en la torre donde estaba el ídolo, cruces. Y dando a los indios de lo que él tenía y que veía que le parecía bien, y así se partió de la dicha isla. Y después supimos que cuando por allí algún navío venía, los indios salían a él en una canoa con una imagen de Nuestra Señora, y le daban de lo que tenían. Partió el dicho señor marqués con su armada de esta isla, algo llegado a la Tierra Firme, en busca del navío que le faltaba. Y yendo por la derrota que había mandado seguir, halló en un portezuelo el navío que le faltaba. El cual navío te-nía por la jarcia de él mucho número de pellejos de conejos y liebres, y algunos pellejos de venado, pequeños y grandes. Y dijeron los españoles del dicho navío, que luego que allí llegaron vieron andar un perro español por la costa, y ladraba hacia el navío; y como saltaron en tierra el capitán del navío y algunos españoles, vieron una lebrela de buen talle, y se vino a ellos y los halagaba, y se volvió al monte, y les comenzó a traer conejos, y con esta lebrela cazaban los días que allí estuvieron, y tenían hecha alguna cecina de conejos y venados. De aquí partió el señor marqués y fue a la punta que llamó de las Mujeres, porque todos los ídolos que en unas salinas que ende había estaban, eran a manera de mujeres. Allí estuvo dos días por falta de buen tiempo. Y yo vi que en el navío donde yo estaba tomamos un pescado que llaman tiburón, que es a la manera de marrajo, y según pareció había comido todas las raciones que daban de carne a los soldados y personas que iban en el armada, que como era de puerco salada, para echarla en mojo cada cual la ataba al bordo de su navío en el agua; y le tomamos en nuestro navío con un anzuelo y con ciertos lazos que le echaron por la veta do iba el anzuelo; y no pudiéndolo subir con los aparejos porque daba mucho lado el navío, con el batel lo matamos en el agua, y como pudimos lo metimos a pedazos en el batel y en el navío con los aparejos, y tenía en el cuerpo más que treinta tocinos de puerco, y un queso, y dos o tres zapatos, y un plato de estaño, que parecía después haberse caído el plato y el queso de un navío que era del adelantado Alvarado, a quien el señor marqués ha-bía hecho capitán de un navío de los de su armada. Eran los navíos que llevaba trece, e irían en toda la armada quinientas y sesenta personas. Los navíos eran el mayor de hasta cien toneladas, y los otros tres, de sesenta hasta ochenta toneles; y de los demás de allí abajo, pequeños. La carne que se sacó del pescado comimos, porque estaba más desalada que la otra y sabía mejor. De aquí partió la armada y fue a un río, y llamaban Tabasco a la provincia por donde él pasa. Dejó los navíos mayores fuera en la mar, y metió la gente y la artillería en los bajeles más pequeños, y entró con ellos por el río, donde le salieron ciertos in-dios de guerra, y con el intérprete les habló y prometió de no tomarles cosa alguna, ni consentirles hacer mal si lo recibiesen de paz y le escuchasen la razón porque allí era venido. Ellos tomaron de término para responder hasta el otro día en la mañana, y el dicho señor marqués se estuvo con su gente en sus bajeles en una islitilla que el río hacía; y según pareció pedían el tér- mino para alzar su ropa. Otro día como a las diez, el marqués llegó con su gente junto a la tierra en los bateles, y los indios se mostraban de guerra con sus arcos y flechas y varas, y tiraban hacia los bateles, y el marqués les tornó a requerir muchas veces que lo recibiesen de paz, y que se les rogaba tanto porque sabía que habían de ser destruidos si otra cosa hacían, y no quisieron, sino amenazarnos que si saltábamos en tierra que nos matarían; y así saltamos y se les ganó el pueblo, y en un patio de aposentos de la gente que servía a los ídolos del dicho pueblo se aposentó el dicho señor marqués y su gente; y después de recogida, puso esa noche guarda en su real. Y por la mañana envió por tres partes a alguna de su gente, por caminos anchos que de pueblos salían, los cuales iban a buscar algunas cosas de yerbas y frutas para comer, y los caminos los llevaron a los unos y a los otros a las labranzas de los de aquel pueblo, y hallaron alguna gente con quien pelearon. Y trajeron ciertos indios que llegados al real dijeron cómo ellos se andaban juntando para darnos batalla y pelear con todo su poder para matarnos y comernos; y que estaba acordado entre ellos que si los cristianos los vencían, de servirlos desde en adelante como a señores, lo cual se entendió por el intérprete español de quien ya dijimos. El señor marqués les habló y los envió por mensajeros, y los aseguró de que si quisiesen no pelear se les haría muy buen tratamiento y él los tendría como a sus hijos. No volvieron con respuesta. Pero alguna gente que andaba de guerra entre unas acequias y rías, decían a los nuestros que en tres días sería junta toda la tierra y nos comerían; y así se juntaron y aparecieron una mañana. El marqués y toda su gente oyeron misa, y salió a ellos. Y porque la tierra es acequiada, y por el camino por donde habíamos de ir había rías hondas, tomó con diez de a caballo, de trece que tenía, y se fue sobre la mano izquierda a lo largo de la ría, para ver dónde podría encubrirse con unos árboles y dar contra los enemigos o por las espaldas o por un lado. Y la gente de píe fue camino derecho pasando acequias. Y como los indios sabían los pasos, que son más sueltos que los españoles, pasaban por las acequias, y desde la otra parte nos tiraban muchas flechas y varas y piedras con hondas. Y aunque matábamos a algunos de ellos con ciertos tirillos de campo que teníamos, y con las ballestas, ellos nos hacían gran daño por ser mucho número de gente como eran. Y nos vimos en mucho peligro, y no sa-bíamos del marqués, porque no halló por donde pasar contra los enemigos, pues hallaba muchos malos pasos de acequias. Y cuando los enemigos nos tuviesen ya cercados a los peones por todas partes, apareció por la retaguardia de ellos un hombre en un caballo rucio picado, y los indios comenzaron a huir y a dejarnos algún tanto. Por el daño que aquel jinete en ellos hacía; y nosotros creyendo que fuese el marqués, arremetimos y matamos algunos de los enemigos, y el de caballo no apareció más por entonces. Y al volver los enemigos sobre nosotros, nos tornaban a maltratar como de primero, y tornó a aparecer el de caballo más cerca de nosotros, haciendo daño en ellos, por manera que todos lo veíamos, y tornamos a arremeter, y se tornó a desaparecer como de primero. Y así que lo hizo otra vez, de manera que fueron tres veces las que apareció y lo vimos, y siempre creímos que fuese alguno de los de la compañía del marqués. El marqués con sus nueve de a caballo volvieron a venir por nuestra retaguardia, y nos hizo saber cómo no había podido pasar, y le dijimos cómo habíamos visto uno de a caballo y dijo: "Adelante, compañeros, que Dios está con nosotros", y arremetió estando ya fuera de las acequias, y dio en los enemigos, y la gente de pie tras él, y así los desbaratamos, matando a muchos de ellos y huyendo los demás a guarecer en los malos pasos entre las acequias. El marqués se volvió al real con su gente, y de algunos prisioneros que se habían tomado hizo mensajeros, y los envió a decir a los enemigos que le pesaba el daño que en ellos había hecho y que todavía los tendría por amigos si ellos quisiesen venir a obediencia. Y vinieron ciertos señores y trajeron aves que acá llamamos gallinas de las Indias, y frutas de aquella tierra, y otras cosas de bastimento, y dieron la obediencia al dicho marqués. Y él les rogó que quitasen sus ídolos y pusiesen cruces en el lugar donde los tenían, y así se hizo en lo que por allí vimos. Y tomando algún maíz, que es una semilla con que ellos se mantienen, y algunas frutas, y enviándolo a los navíos, los señores de la tierra dieron al marqués veinte mujeres de las que ellos tenían por esclavas, para que moliesen pan. Y después de andada la procesión el Domingo de Ramos, y dicha la misa en el patio de los ídolos, nos fuimos a embarcar. Decían los indios que serían los que con nosotros habían peleado hasta cuarenta y ocho mil hombres, porque su manera de contar es de ocho en ocho mil, y decían que se habían juntado por copia seis veces ocho mil. Salidos de aquí nos hizo buen tiempo para ir por la costa abajo, y llegamos el Viernes Santo al puerto de San Juan, que así lo llaman los españoles. El marqués sacó la más de su gente a tierra, dejando guarda en los navíos, y en el nombre del rey de Castilla, nuestro señor, fundó una villa, a quien puso por nombre la Villa Rica de la Veracruz. Aquí vinieron indios de aquella tierra a hablarle, y nuestro intérprete español no los entendía, porque es la lengua muy diferente de la de donde él había estado. Y nos daban los dichos indios algunas cosas para que comiésemos, de frutas y pan de maíz, de lo que ellos comen. El marqués había repartido algunas de las veinte indias que dijimos que le dieron, entre ciertos caballeros, y dos de ellas estaban en la compañía donde estaba el que esto escribe; y pasando ciertos indios, una de ellas les habló, de manera que sabe dos lenguas, y nuestro intérprete español la entendía, y supimos de ella que siendo niña la habían hurtado unos mercaderes y llevándola a vender a aquella tierra donde se había criado*. Y así tornamos a tener intérprete, y con él el marqués hizo llamar a ciertos indios de los principales que por allí parecían, y les preguntó por el señor o señores de aquella tierra, y le dijeron que toda ella era de un gran señor o gobernador, y que todos eran vasallos de este. Este Muteczuma** se servía de sus vasallos de esta manera: que como él y sus antecesores fuesen extranjeros de esta tierra donde él señoreaba, y hubiesen entrado en ella bajo su especie de religión, y creció mucho su partido. Estando metidos en una isla que se hacía donde ahora es la ciudad de México, y lo de alrededor era agua y acequias hondas, de manera que en algunas partes sembraban de cierta manera. Viéndose con poder para ello, hicieron guerra a los naturales *Aunque no diga el nombre, se trata de la célebre Malinche. **El original escribe Muteczuma. Lo cambiamos en todo el texto por Moctezuma (N. del E.) de la tierra, y los que se les daban de paz, sin querer pelear con ellos, tomaban ellos cierto tributo y parias, y a los que vencían por la fuerza de las armas, no queriéndoseles dar de paz, se servían de ellos como de esclavos, y tenían por suyo todo lo que los tales poseían; y además de servir con sus personas y de sus hijos y mujeres, desde que el sol sa-lía hasta que se ponía, en lo que se les mandaba, si después en su casa les hallaban algo, también se lo tomaban los recaudadores de las rentas de los señores; y en esta costa había de estos algunos pueblos y provincias. Informado el marqués de esto, procuró de hablar con algunos de los naturales de la tierra que vivían en esta sujeción, los cuales se le quejaron y pidieron, y él les ofreció que haría por ellos con todo su poder, y que no consentiría que les hiciesen agravio. Envió la costa abajo a ciertos navíos ligeros a que viesen la costa, y que buscasen algún puerto, si había. Visto esto, los indios que por Moctezuma estaban, y le hacían de mensajeros que iban y venían muy en breve, maguer haya sesenta leguas desde el puerto de Sant Juan a la ciudad de México, donde Moctezuma estaba; y él mandó que le diesen al marqués cierto presente de oro y plata, y con ello una rueda de oro y otra de plata, cada una del tamaño de una rueda de carreta, aunque no muy gruesas, las cuales decían que tenían hechas a semejanza del sol y de la luna. El marqués dio ciertas ropas de su persona, y gorras y calzas y collares de cuentas de vidrio de colores, para que llevasen a Moctezuma; y asimismo dio de lo que tuvo a los mensajeros y a otros señores de los que venían a verle y hablar. Y aquí hubo noticia de un motín que entre su gente se pensaba hacer, e hizo prender a ciertos gentiles hombres de su compañía, y meterlos en los navíos con buena guarda e irse a un puerto pequeño que está diez leguas abajo de este, porque era mejor tierra para pueblo de españoles, y tenía más cerca buenas aguas y montes. Y el marqués se fue por tierra, la costa abajo, con la más de su gente, y halló una ciudad en el camino, adonde asimismo se le quejaron de agravios que Moctezuma y sus recaudadores les ha- cían, y él les dijo que a Moctezuma lo tenía por amigo, pero no por eso consentiría que se hiciese agravio alguno a ellos ni a otros que quisiesen ser amigos del dicho marqués; y así le envió a rogar a Moctezuma, y lo dijo a sus criados, que le rogaba que no quisiesen hacer agravio a los naturales de la tierra. Llegó el marqués al puerto donde ha- bía mandado ir los navíos, y allí asentó el pueblo de españoles que había hecho en el puerto de San Juan. Y halló a media y a una legua del puerto, ciertos pueblos de indios que asimismo se le quejaron como los demás de agravios que recibían de ciertos recaudadores que a la sazón allí eran venidos a pedirles tributos y mandar a que hiciesen otras cosas que ellos no solían hacer. El marqués les dijo lo que otras veces les había dicho, y les certificó que sería su amigo, y no les consentiría hacer mal ni daño. Y con este favor, ellos acuerdan de dar en los recaudadores y gente que con ellos venía, y ataron a muchos de ellos y les dieron de palos; algunos se huyeron donde el marqués estaba, y como a él no le pesaba la discordia que entre ellos hubiese, solamente los amparó para que no los matasen, pero no del todo se los quitó de poder, y así hizo soltar algunos de ellos, a quienes envió a Moctezuma diciéndole que él era llegado en aquella tierra, y que había hallado allí aquella gente suya a quien los de aquellos pueblos habían querido matarlos, que él los había amparado, y que le dicen que sin ser obligados a dar tributo se les pedía, y como recién llegado a la tierra no sabía la razón que cada uno tenía o no; que él le hacía saber lo sucedido; y así quedaron rebelados contra el servicio del dicho Moctezuma todos aquellos, y muy amigos del marqués y de los cristianos. Visto el marqués que entre los suyos había algunas personas que no le tenían buena voluntad, y que de estos y de los otros que mostraban voluntad de tornarse a la isla de Cuba, de donde habíamos salido, había cierto número, habló con algunos de los que iban por maestros de los navíos, y a algunos les rogó que diesen barrenos a los navíos, y a otros que le viniesen a decir que sus navíos estaban mal acondicionados; y cuando así lo hacían, les decía: "Pues no están para navegar, vengan a la costa, y rompeldos, porque se excuse el trabajo de sostenerlos". Y así dieron al través con seis o siete navíos, y en uno, que era la capitana, en que él había ido a aquella tierra, hizo meter todo el oro que le habían dado y las cosas que en aquella tierra había habido, y lo envió al rey de Castilla, nuestro señor, que entonces era rey de romanos, electo Emperador. Y hubo personas españolas en su compañía que pusieron en plática y por obra hurtar un navío pequeño, y salir a robar lo que llevaban para el rey. Sabido por el marqués, prendió a algunos e hizo justicia de los más culpados, y a otros perdonó e hizo decir en su real que él quería enviar un navío, que era el mejor de los que allí había, a la isla de Cuba, y por tanto los que no quisiesen su compañía se podrían ir en él. Y así vinieron algunas personas a pedirle licencia para irse, y él se las daba, y decía: "Porque yo determino de ganar de comer en esta tierra o morir en ella, échense todos los demás navíos al través, además de los que ya se habían echado, y los que no quisiesen seguir mi opinión, ahí queda ese para que se vayan"; y así los echó al través. Y después que los otros fueron echados al través, echó también este, y así quedó certificado quiénes eran los que no que-rían su compañía. Es así que un Diego Velázquez, gobernador que era de la isla de Cuba, a quien el almirante don Diego Colón había enviado a la dicha isla de Cuba por su teniente de gobernador; y el dicho Diego Velázquez, con ayuda del marqués del Valle y de otros, había conquistado la dicha isla y tenido inteligencia en Castilla con los del consejo del rey, para que le diesen una cédula del rey, como se la dieron, por donde se le mandaba que no acudiese al almirante con la dicha isla y que tuviese la gobernación de ella. Este Diego Velázquez, que teniendo la dicha gobernación se hizo rico, y habiéndosele muerto su mujer, procuró amistad con D. Juan de Fonseca, obispo de Burgos, que a la sazón era presidente del consejo de Indias, y señaló a algunos de los del consejo del rey pueblos de indios en la dicha isla, para aprovecharlos. El dicho obispo pretendía casarle con una parienta suya, y así estaba hablado y concertado, y de esta manera el dicho Diego Velázquez se creía que en el consejo del rey tener mucho favor. Como supiese que un Francisco Her- nández de Córdoba y otro vecino de la villa de la Trinidad, que es en la isla de Cuba, habían enviado un navío que tenían, con intención de pasar a unas islas que dicen de los Guanajos a traer gente para sus minas, con una tormenta que les dio aportaron a una parte de la Tierra Firme, y habían descubierto en cierta parte de la costa, que es algo bajo de la isla de Cozumel, tierra poblada, determinó el dicho Diego Velázquez de enviar una armada. Y la envió por la vía que aquel navío de los dos vecinos había ido, y en ella por capitán a un su deudo, o que decía que lo era, que se llamaba Juan de Grijalva, y éste fue y desembarcó con su gente donde el otro navío había llegado. Y allí peleó con los naturales de la tierra, y le mataron un hombre que se decía Juan de Guitalla, y al capitán dieron con una flecha por la boca, donde derribaron un diente. Y se tornó a embarcar con asaz peligro de su gente, y anduvo por la costa bajo, y viéndola poblada no se atrevió a quedar en ella; Y en tanto que este capitán era ido, se platicó entre Diego Velázquez y el marqués del Valle que ahora es, que entonces era vecino de la isla de Cuba, de que el dicho marqués fuese en busca del dicho Grijalva, y para esto se comenzó a hacer de alguna gente. Y como Diego Velázquez viese que el marqués gastaba largo de su hacienda, y hacía más gente de la que a él le parecía que bastaba, receló y quiso estorbar la ida del dicho marqués. Pero el marqués estaba muy bien quisto de la gente que había hecho, y el dicho Diego Velázquez no fue bastante para estorbarle la ida. Y así el marqués salió de aquel puerto de la ciudad de Santiago, que es en Cuba, no tan bien abastecido como fuera menester y se fue por el largo de la isla abasteciendo y llegando navíos y gente, como ya hemos dicho. Y Diego Velázquez no hiciese público que el marqués fuese contra su voluntad, ni el marqués tampoco publicaba que iba enemigo del dicho Diego Velázquez, puesto que el marqués decía a sus amigos: “ved si será bien que habiendo yo gastado toda mi hacienda, y tanta que con ella pudiera vivir en España, que acuda a Diego Velázquez con la tierra que hallare, y con lo que trabajaremos en buscarla”. Y por esto Diego Velázquez pretendía hacer suya la conquista y demanda que el marqués traía, magüer que en ella no había gastado mucho. Porque el que esto escribe llegó al puerto de Cuba, donde es la ciudad de Santiago, y le dije a Diego Velázquez cómo yo le iba a servir, y que quería ir a aquella jornada con el marqués del Valle. Y él me dijo: "No sé que intención se lleva Cortés para conmigo, y creo que mala, porque él ha gastado cuanto tiene y queda empeñado, y ha recibido oficiales para su servicio, como si fuera un señor de los de España; pero con todo holgaré que vayáis en su compañía, que no hace más de quince días que salió de este puerto, y en breve lo tomaréis, y yo os socorreré a vos y a los que más quisieran ir". Nos juntamos ciertos gentiles hombres, y nos dio de socorro a cada uno un libramiento de cuarenta ds. (ducados) para que nos lo diesen en ropa en una tienda, que era lo que en ella se vendía del dicho Diego Velázquez. Con decirme a mí que era su sobrino y hacerme muchos ofrecimientos, me dieron por los cuarenta pesos de oro cosas que por diez pesos hubimos yo y otros mis compañeros más cantidad de ellas en otras tiendas; y por esto nos hizo hacer obligaciones, a cada uno de los dichos cuarenta pesos, y se las hicimos y se los pagamos después. Lo dicho en este capítulo es para que se entienda la razón que tuvieron después, para enviar una armada de españoles contra el dicho marqués y contra sus compañeros, y sepa quien esto leyere, que es así, que cuando el navío de que hemos dicho se partió a traer lo que hasta entonces habíamos habido a nuestro rey, nos juntamos todos unánimes y dijimos al dicho marqués del Valle nuestro parecer acerca de lo que teníamos que podría suceder por la confederación y amistad que había entre el obispo de Burgos, presidente de Indias, y Diego Velázquez. Y todos de acuerdo escribimos a S.M. el Emperador y rey nuestro señor, una carta firmada de todos a los más de los que había en la compañía del marqués, y dada cuenta a S.M. de lo sucedido hasta entonces, le jurábamos y prometíamos que por lo que a su real servicio conve- nía, y porque creíamos que Diego Velázquez, con favor del obispo de Burgos, podría ganar o habría ganado alguna provisión de S.M., y se le concediese creyendo ser como en alguna otra parte de las Indias de lo que hasta entonces estaba descubierto; por ende, que todas las cartas y provisiones de S.M. y su consejo que nos fuesen mostradas, las obedece-ríamos como mandado de nuestro rey y señor, y cuanto a la ejecución del cumplimiento, suplicamos desde entonces de ello y suplicaríamos hasta ser certificado que S.M. era informado de aquella nuestra relación y de lo que habíamos trabajado y pensábamos trabajar en su servicio; y para que otra cosa en contrario de ello que le escribíamos no se hiciese, que S.M. sin saber de qué hacía mercedes no se hiciese, estábamos prestos a morir y tener la tierra en su real nombre hasta ver la respuesta de esta carta que le escribíamos. Ido el navío para España, hubo algunas revueltas entre los naturales de la tierra, y no queriendo los de un pueblo que se llama Ticapancinga dejar de hacer daño a otros, aunque el marqués se lo envió a decir que no le hiciesen, el marqués fue a castigarlos con cierta gente, y los castigó, magüer ellos se pusieron en armas. Y dejando en la villa que había poblado, la gente que le pareció que bastaba para estar seguros, con toda la demás que tenía se partió la tierra adentro, por do le decían que era la vía para ir donde Moctezuma estaba*. A este tiempo ningún indio de los vasallos de Moctezuma había quedado, pa- *En el margen del manuscrito se lee: “Aquí ha de entrar lo de los navíos de Garay”, haciendo referencia a la llegada de los barcos del gobernador de Jamaica y al fracasado intento del capitán de la flota, Alonso Álvarez de Pineda, de pactar con Cortés. ra no mostrarnos el camino, y como mejor sabían los naturales de aquella tierra a casi a tiento lo iban mostrando; y después de haber andado el marqués con toda su gente poco más de veinte leguas de despoblado, salido de la tierra de estos que se habían dado por nuestros amigos, las cuales veinte leguas anduvo por cabe unos largos salados de agua como de la mar y por tierra de salitrales, donde el dicho marqués y su gente pasaron alguna necesidad de hambre, aunque más de sed, y llegó a un pueblo que se dice Zacotlán. Preguntó al señor de él si era vasallo de Moctezuma, y él le respondió: "¿Pues quién hay que no sea vasallo de ese señor?" El marqués del Valle hacía poner cruces en todos los lugares donde llegaba, y puestas en éste se partió de él con once de a caballo que en su compañía llevaba, y algunos peones, los más sueltos que le parecían, iba siempre descubriendo el campo. Y subida una cuesta, mandó decir al capitán de la gente de pie que caminase aprisa. Y el marqués con los de a caballo se adelantó y fue a dar con ciertos indios que estaban por espías, que dicen que serían hasta ocho; y queriendo tomar alguno de ellos para saber de dónde eran, se defendieron y mataron de dos cuchilladas dos caballos, e hirieron a dos españoles, y al fin no pudieron tomar a ninguno de los dichos indios con vida. Allí nos esperó el marqués, porque ya era tarde, y llegamos a él puesto el sol, y supimos y vimos lo que he dicho. El marqués hizo poner sus centinelas y durmió allí aquella noche, y al otro día levantó su real, y como a cosa de las ocho del día, salía contra nosotros tanto número de gente de guerra, que me parece que serían más que cien mil, y hay opiniones que eran mucho más de los que digo. Algunos de ellos nos aguardaron en ciertas quebradas hondas de unos arroyos que atravesaban el camino; y pasándolas con harto trabajo, nos metía- mos en medio de ellos. Nos ayudaban algo ciertos indios que iban con nosotros de los que se habían dado por amigos en la costa de la mar, lo que ya dijimos. El marqués y los de caballo iban siempre en la delantera peleando, y volvía de cuando en cuando a concertar su gente, y hacerlos que fuesen juntos en buen concierto, y así iban. Hubo indios que arremetían contra los de caballo para tomarles las lanzas. Y así peleando se fue este día a aposentar a una casa de un ídolo que tenía alrededor de sí dos o tres casillas, y allí pusieron los españoles el hato que llevaban: salieron a pelear en el orden que el marqués les mandaba. Estuvimos en este cerro diez y ocho días, y se tenía en el pelear este orden. Los indios venían ordinariamente a pelear con nosotros unas veces por la mañana, y otras algo más tarde, y otras veces a la puesta del sol. Y como probasen esto los primeros tres días, acordaron que para saber el daño que hacían en nosotros, venir a hablar al marqués; y le dijeron que les pesaba mucho de que en aquella tierra se le hiciese enojo, y que no era por voluntad de ellos, sino que aquella gente que con nosotros peleaba era de otra nación, y que moraban tras de unas sierras que nos señalaban, y que ellos le dicen que no lo hicieran, y ellos que no querían hacer menos; y de esta manera ordinariamente venían y traían algunas tortillas de pan y algunas gallinas, y cerezas, y luego preguntaban: "¿Qué daño han hecho estos bellacos en vosotros?" El marqués les decía que se lo agrade-cía, y que no era ninguno el daño que en nosotros hacían, y que le pesaba mucho el que ellos recibían. Y con tanto se volvían, y los veíamos entrar entre la gente de guerra que con nosotros peleaba. De esta manera ellos probaron su fortuna en todas las horas del día, y viendo que no les aprovechaba cosa alguna, dieron en nuestro real ciertas otras veces de noche, e iban algo aflojando en acometernos. Y el marqués, viendo que aflojaban, los iba a buscar por una y por otra parte del real, hacia donde de noche veíamos que había humos y podría haber población, y siempre hallábamos pueblos y gente en ellos con quien pelear, y ellos venían a buscarnos, aunque no tantas veces. Con que luego que allí llegamos, en este tiempo dieron al marqués ciertas calenturas, y acordó de purgarse, y llevaba cierta masa de píldoras que en la isla de Cuba había hecho; y como no hubiese quien las supiese desatar para ablandarlas y hacer las píldoras, partió ciertos pedazos y se los tragó así duros. Y al otro día, comenzando a purgar, vimos venir mucho número de gente, y él cabalgó, y salió a ellos y peleó todo ese día, y a la noche le preguntamos cómo le había ido con la purga, y nos dijo que se le había olvidado de que estaba purgado, y purgó otro día como si entonces tomara la purga. El marqués posaba en la torre del ídolo, como ya hemos dicho, y algunas veces de noche, en lo que le cabía de dormir, miraba desde allí a todas partes para ver humos, y vio a algo más de cuatro leguas de allí cabe, unos peñoles de sierra y por entre cierto monte cantidad de humos, por donde creyó haber mucha gente en aquella parte. Y al otro día partió con su gente y dejó en el real la que le pareció, y luego que fueron dos o tres horas, de noche comenzó a caminar hacia los peñoles a tino, porque la noche era oscura, y yendo como una legua del real, súbitamente dio en los caballos una manera de torozón, que se caían en el suelo sin poderlos menear. Y el primero que se cayó y se lo dijeron al marqués, dijo: "Pues vuélvase su dueño con él al real"; y al segundo dijo lo mismo, y le comenzamos a decir algunos de los españoles, “Señor, mira que es mal pronóstico, y mejor sería que dejemos amanecer; luego veremos por donde vamos.” Él dice: “¿Por qué miráis en agüeros? No dejaré la jornada, porque se me figura que de ella ha de seguir mucho bien esta noche, y el diablo por estorbar pone estos inconvenientes”. Y luego se le cayó a él su caballo, como a los otros, e hizo un poco alto, y de diestro llevaban los caballos, que serían ocho, y así caminamos hasta que perdimos el tino de la vía de los peñoles, y dimos en una mala tierra de pedregales y barrancas y atinando a una lumbrecilla que estaba en una choza, fuimos allá y tomamos dos mujeres. Y unos españoles que el marqués había puesto en un camino, tomaron dos indios: estos nos llevaron hacia los peñoles, y llegamos allá a amanecer, y los caballos iban ya buenos. Y llegando cabo los peñoles a un pueblo grande que allí estaba, que se dice Zimpanzingo; como habíamos ido fuera de camino, estaba la gente de él muy descuidada, y el marqués mandó que no matasen ningún indio, ni les tomasen cosa alguna, y cada uno de ellos salía de su casa, y haciéndoles señas que no tuviesen miedo, se reposaron algún tanto, puesto que todavía huían. Y luego que comenzó a salir el sol, el marqués se puso en un alto a descubrir tierra, y vio lo más de la población de Tascala, que desde allí se parecía, y llamó a los españoles y dijo: "Ved qué hiciere al caso matar unos pocos indios que había en este pueblo, donde tanta multitud de gente debe haber". Tres o cuatro días antes de esto, habían venido ciertos indios al real, y traído al marqués cinco indios, diciéndole: "Si eres dios de los que comen sangre y carne, cómete estos indios, y traerte hemos más; y si eres dios bueno, ves aquí incienso y plumas; y si eres hombre, ves aquí gallinas y pan y cerezas". El marqués siempre les dice: "Yo y mis compañeros hombres somos como vosotros; y yo mucho deseo tengo de que no me mintáis, porque yo siempre os diré verdad, y de verdad os digo que deseo mucho que no seáis locos ni peleéis, porque no recibáis daño". Y luego que estos se fueron, a la tarde pareció atravesar por cabo un cerro mucho número de gente, y desde a poco vinieron al marqués de hacia aquella parte quince o veinte indios en compañía de unos mensajeros que vinieron a decir que venían a saber cómo estábamos, y qué pensábamos hacer. El marqués les dijo con los intérpretes dichos: "Os he ya avisado siempre que conmigo habláis, que no me mintáis, porque yo nunca os miento, y ahora venís por espías y con mentiras"; y los apartó unos de otros, y confesaron que era verdad, y que aquella noche habían de dar en nosotros mucha cantidad de gente, y morir o matarnos. El marqués les hizo a algunos de ellos cortar las manos, y así los envío diciendo que a todos los que hallase que era es- pías haría lo mismo, y que luego iba a pelear con ellos. Y puesta su gente en orden, hizo que los de caballo se pusiesen pretales de cascabeles, y ya anoche- cía cuando salió hacía donde había visto pasar la gente, y con el ruido que llevaban, y con haber visto sus espías sin manos, se pusieron en huída, y el marqués los siguió hasta dos horas de la noche. (Y este capítulo se había olvidado de poner antes.) Pues como los indios vieron la buena obra que se les había hecho en no quererlos matar, y el marqués los llamó y les dijo con los intérpretes que llamasen a los señores, y los esperó con toda su gente cabo una fuente grande que cabo aquel pueblo está. Vinieron algunos indios principales y trajeron cantidad de comida, y dijeron que agradecían mucho el daño que se les había dejado de hacer y que servirían desde ahora en adelante en lo que se les mandase, y llamarían a los señores de toda aquella tierra. El marqués les certificó que sabía que aunque le llevaban de comer eran ellos los que con nosotros peleaban, y que todo se lo perdonaba y les rogaba fuesen amigos, por excusar el daño que en ellos se hacía, pues veían lo poco que recibíamos. El marqués se volvió a su real, y mandó que no se callase daño a indio alguno desde ahora en adelante. Llegado el marqués al real, muy alegre de lo sucedido, dijo: "Yo creo que la guerra de esta provincia placerá a Dios que hoy la hemos acabado, y que estos serán nuestros amigos de aquí en adelante, y conviene que pasemos a la tierra de este gran señor, de quien nos dicen". Y llamó a un indio principal que con él andaba, y se había ido en nuestra compañía desde la costa por capitán de cierta gente, y se llamaba este indio Teuche, y era hombre cuerdo, y según él decía criado en las guerras entre ellos. Este indio dijo al marqués: "Señor, no te fatigues en pensar pasar adelante de aquí, por que yo siendo mancebo fui a México, y soy experimentado en las guerras, y conozco de vos y de vuestros compañeros que sois hombres y no dioses, y que habéis hambre y sed y os cansáis como hombres; y te hago saber que pasado de esta provincia hay tanta gente, que pelearán contigo cien mil hombres ahora, y muertos o vencidos estos, vendrán luego otros tantos, y así podrán remudarse o morir por mucho tiempo de cien mil en cien mil hombres, y tú y los tuyos, aunque seáis invencibles, moriréis de cansados de pelear, porque como te he dicho, conozco que sois hombres, y yo no tengo más que decir de que miréis en esto que he dicho, y si determinares morir, yo iré con vos". El marqués se lo agradeció y le dijo que a pesar de todo aquello quería pasar adelante, porque sabía que Dios que hizo el cielo y la tierra los ayudaría, y que así él lo creía. Antes de esto había habido plática entre los españoles, y se hablaba en que sería bien hablar al marqués para que no pasase adelante, antes se volvía a la costa, y de allí poco a poco se tenía inteligencia con los indios, y se haría según el tiempo mostrase que era bien hacerse. Y así se lo habían hablado al marqués algunos en secreto. Y estando él una noche en la torre del ídolo, habían alrededor de ella algunas chozas donde los españoles se metían, oyó que en una de ellas hablaban ciertos soldados, diciendo: "Si el capitán quisiere ser loco y irse donde lo maten, váyase solo, y no lo sigamos"; y otros decían que si lo siguiesen había de ser como Pedro Carbonero, que por entrarse en tierra de moros a hacer salto, se había quedado él y todos los que con él iban, y habían sido muertos. El marqués hizo llamar dos amigos suyos, y les dijo: "Mirad qué están diciendo aquí; y quien lo osa decir, osado ha hacer. Por tanto conviene irnos hacia donde está este señor que nos dicen". Y venían indios de Tascala, que en aquella provincia donde entonces estábamos, le dijeron: "Hecho hemos nuestro poder por matarte, y a tus compañeros, y nuestros dioses no valen nada para ayudarnos contra ti; determinamos de ser tus amigos y servirte, y te rogamos que porque estamos cercados de todas partes en esta provincia de enemigos nuestros, nos ampares de ellos, y te rogamos te vayas a la ciudad de Tascala a descansar de los trabajos que te hemos dado". El marqués hizo poner cruces en el real y en la torre del ídolo y en otras partes de alrededor, y mandó alzar el real y caminó con buen concierto para la ciudad de Tascala. Llegados allí, el marqués se aposentó en unos aposentos de unos ídolos y man- dó hacer señales y poner límites para donde los de su compañía llegasen, y nos mandó que de allí nos pasásemos ni saliésemos, y así es verdad que lo cumplimos, y que para llegar a un arroyo a un tiro de piedra, le pedíamos licencia. Estos indios por todas partes de su provincia partían término con sus enemigos, vasallos de Moctezuma y de otros sus aliados; y cada vez que Moctezuma quería hacer alguna fiesta y sacrificio a sus ídolos, juntaba gente y enviaba sobre esta provincia a pelear con los de ella y a cautivar gentes para sacrificar, puesto que muchas veces los de la provincia mataban mucha gente de los contrarios. Pero muy averiguado parecía que si Moctezuma y sus vasallos y aliados quisieran poner su poder a dar cada cual por su parte en esta provincia, los desbarataran en breve y feneciera la guerra con ellos. Y así yo que esto escribo, pregunté a Moctezuma y a otros de sus capitanes, qué era la causa porque teniendo aquellos enemigos en medio no los acababan en un día, y me respondían: "bien lo pudiéramos hacer; pero luego no quedara donde los mancebos ejercitaran sus personas, sino lejos de aquí: y también queríamos que siempre hubiese gente para sacrificar a nuestros dioses". Estos de esta provincia no alcanzaban sal, ni en su tierra la había, sino por gran des rescates la habían de sus enemigos comarcanos; y asimismo no alcanzaban oro ni ropa de algodón sino de rescate. El marqués estuvo allí con su gente ciertos días, y de los naturales de la tierra se venían muchos a vivir con los españoles y mostraban ser verdadera la amistad. Y el marqués siempre que con ellos hablaba, les encargaba mucho que dejasen sus ídolos: algunos decían que el tiempo andando verían nuestra manera de vivir, y entenderían mejor nuestras condiciones y las razones que se les daban, y podría ser tornarse cristianos. El marqués hacía poner cruces en todas las partes donde le parecía que estarían preeminentemente, y con licencia de los indios hizo una iglesia en una casa de un ídolo principal, donde puso imágenes de Nuestra Señora y de algunos santos, y a veces se ocupaba en predicarles a los indios, y les parecía bien nuestra manera de vivir, y cada día se vienen muchos a vivir con los españoles. El marqués se partió de aquí habiendo, tomado la más noticias que pudo de la tierra de adelante, y los indios de aquella provincia dijeron que irían con él a mostrarle hasta donde ellos sabían el camino; y dijeron cómo cuatro leguas de ahí había una ciudad que se llamaba Chitrula, que eran sus contrarios, y señoría por sí, aliada y amigos de Moctezuma, que era en nuestro camino. Y así salieron para esta ciudad en compañía de los españoles hasta cuarenta mil hombres de gue- rra, apartados de nosotros, porque así se lo mandaba el marqués. Llegados a Chitrula, un día por la mañana, salieron en escuadro- nes diez o once mil hombres, y traían pan de maíz y algunas gallinas, y cada escuadrón llegaba al marqués a darle la enhorabuena de su llegada, y se apartaban a una parte, y rogaron con mucha instancia al marqués que no consintiese que los de Tascala entrasen por su tierra. El marqués les mandó que se volviesen y ellos dijeron: "Mira que estos de esta ciudad son mercaderes y no gente de guerra, y hombres que tienen un corazón y muestran otro, y siempre hacen sus cosas con mañas y con mentiras, y no te querríamos dejar, pues nos dimos por tus amigos". Con todo esto, el marqués les mandó que volviesen a enviar toda su gente, y si algunas personas principales se quisiesen quedar, se aposentasen fuera de la ciudad con algunos que les sirviesen y así se hizo. Y entrando por la ciudad, salió la demás gente que en ella había, por sus escuadrones, saludando a los españoles que topaban, los cuales íbamos en nuestra orden. Y luego tras esta gente salió toda la gente, ministros de los que sirven a los ídolos, vestidos con ciertas vestimentas, algunas cerradas por delante como capuces y los brazos fuera de las vestiduras, y muchas madejas de algodón hilado por orla de las dichas vestiduras, y otros vestidos de otras maneras. Muchos de ellos llevaban cornetas y flautas tañendo, y ciertos ídolos cubiertos y muchos incensarios, y así llegaron al marqués, y después a los demás, echando de aquella resina en los incensarios. Y en esta ciudad tienen por su principal dios a un hombre que fue en los tiempos pasados, y le llamaban Quezalquate, que según se dice fundó aquella ciudad, y les mandaba que no matasen hombres, sino que al creador del sol y del cielo le hiciesen casas a donde le ofreciesen codornices y otras cosas de caza, y que no se hiciesen mal unos a otros ni se quisiesen mal. Y diz que este traía una vestidura blanca como túnica de fraile y encima una manta cubierta con cruces coloradas por ella. Y aquí tenían ciertas piedras verdes, y una de ellas era una cabeza de una mona, y decían que aquellas habían sido de este hombre, y las tenían por reliquias. En este pueblo el marqués y su gente estuvieron ciertos días. Y de aquí envió a ciertos soldados que de su voluntad quisieron ir a ver un volcán que se parecía en una sierra alta, a cinco leguas de ahí, de donde salía mucho humo; y para que de allí mirasen a una y a otra parte y trajesen nueva de la disposición de la tierra. A esta ciudad vinieron ciertas personas principales por mensajeros de Moctezuma, y hicieron su plática una y muchas veces; y unas veces decían que a qué íbamos y a dónde, porque ellos no tenían donde vivían bastimento que pudiésemos comer; y otras veces decían que decía Moctezuma que no lo viésemos, porque se moriría de miedo; y otras decían que no había camino para ir. Y visto que a todo esto el marqués les satisfacía, hicieron a los del pueblo que dijesen que donde Moctezuma estaba había mucho número de leones y tigres y otras fieras, y que cada vez que Moctezuma quería los hacía soltar, y bastaban para comernos y despedazarnos. Y visto que no aprovechaba nada todo lo que decían para estorbar el camino, se concertaron los mensajeros de Moctezuma con los de aquella ciudad para matarnos. Y la manera que para ello daban, era llevarnos por un camino sobre la mano izquierda del camino de México, donde había mucho número de malos pasos que se hacían de las aguas que bajaban de la sierra donde el volcán está; y como la tierra es arenisca y tierra liviana, poca agua hace gran quebrada, y hay algunas de más de cien estados en hondo, y son angostas, tanto que hay madera tan larga que basta a hacer de ella puentes en las dichas quebradas, y así las había, por- que después las vimos. Estando nosotros para partir, una india de esta ciudad de Cherula, mujer de un principal de allí, dijo a la india que llevamos por intérprete con el cristiano, que se quedase allí, porque ella la quería mucho y le pesaría si la matasen, y le descubrió lo que estaba acordado. Y así el marqués lo supo y dilató dos días de su partida, y siempre les decía que de pelear los hombres no se maravillaba ni recibía enojo, aunque peleasen con él; pero que de decirle mentiras le pesaría mucho, y que les avisaba en cosa que con él tratasen no le mintiesen, ni trajesen manera de traición. Ellos se le ofrecieron, que eran sus amigos y lo serían, y que no le mentirían ni le habían mentido. Y le preguntaron que cuándo se quería ir: él les dijo que otro día, y le dijeron que querían allegar mucha gente para ir con él, y les dijo que no quería más de algunos esclavos para que le llevasen el hato de los españoles. Ellos porfiaron que todavía sería bien que fuese gente, y el marqués no quiso, antes les dijo que no quería más que los que le bastasen para llevar las cargas. Y otro día de mañana sin rogarlo vino mucha gente con armas de las que ellos usan, y según pareció estos eran los más valientes que entre ellos había, y decían que era esclavos y hombres de carga. El marqués dijo que se quería despedir de todos los señores de la ciudad; por tanto, que los llamasen. Y en esta ciudad no había ningún señor principal, salvo capitanes de la república, porque eran a manera de señoría, y así se rigen. Y luego vinieron todos los más principales, y a los que pareció ser señores, hasta treinta de ellos metió el marqués en un patio pequeño de su aposento, y les dijo: "Os he dicho verdad en todo lo que con vosotros he hablado, y he mandado a todos los cristianos de mi compañía que no os hagan mal, ni se os ha hecho, y con la mala intención que tenías me dijiste que los de Tascala no entrasen en vuestra tierra; y magüer no me habéis dado de comer como fuera razón, no he consentido que se os tome una gallina, y les he avisado que no me mintáis; y en pago de estas buenas obras tenéis concertado de matarme, y a mis compañeros, y habéis traído gente para que peleen conmigo, de que esté en el mal camino por donde me pensáis llevar. Y por esta maldad que tenías concertada, moriréis todos, y en señal de que sois traidores, destruiré vuestra ciudad, sin que más quede memoria de ella: y no hay para que negarme esto, pues lo sé como os lo digo". Ellos se maravillaron, y se miraban unos a otros, y había guardas porque no pudiesen huir, y también había guarda en la otra gente que estaba fuera en los patios grandes de los ídolos para llevarnos las cargas. El marqués les dijo a estos señores: "Yo quiero que vosotros me digáis la verdad, puesto que yo la sé, para que estos mensajeros y todos los demás la oigan de vuestra boca, y no digan que os lo levanté". Y apartados cinco o seis de ellos, cada uno a su parte, confesaron, sin tormento alguno, que así era verdad como el marqués lo había dicho. Y viendo que conformaban unos con otros, los mandó volver a juntar, y todos lo confesaron así; y decían unos a otros: "Este es como nuestros dioses, que todo lo saben; no hay para que negárselo". El marqués hizo llamar allí los mensajeros de Moctezuma y les dijo: “Estos me quieren matar y dicen que Moctezuma era en ello, y yo no lo creo, porque lo tengo por amigo, y sé que es gran señor, y que los señores no mienten; y creo que estos me querían hacer este daño a traición, y como bellacos y gente sin señor que son, y por eso morirán, y vosotros no hayáis miedo, que además de ser mensajeros, lo son de ese señor a quien tengo por amigo, y tengo creído que es muy bueno, y no bastará cosa que en contrario se me diga". Y luego mandó matar a los más de aquellos señores, dejando ciertos de ellos aprisionados, y mandó hacer señal que los españoles diesen en los que estaban en los patios y muriesen todos. Y así se hizo, y ellos se defendían lo mejor que podían y trabajaban de ofender; pero co- mo estaban en los patios cercados y tomadas las puertas, todavía murieron los más de ellos. Y hecho esto, los españoles e indios que con nosotros estaban, salimos en nuestras escuadras por muchas partes por la ciudad, matando gente de guerra y quemando las casas; y en poco rato vino número de gente de Tascala, y robaron la ciudad, y destruyeron todo lo posible, y quedaron con asaz despojo, y ciertos sacerdotes del diablo se subieron en lo alto de la torre del ídolo mayor y no quisieron darse, antes se dejaron allí quemar, lamentándose y diciendo a su ídolo cuán mal hacía en no favorecerlos. Así es que se hizo todo lo posible por destruir aquella ciudad, y el marqués mandaba que se guardasen de no matar mujeres ni niños. Y duró dos días el trabajar por destruir la ciudad, y muchos de los de ella se fueron a esconder por los montes y campos, y otros se iban a valer a la tierra de sus enemigos comarcanos. Luego pasados dos días, mandó el marqués que cesase la destrucción, y así cesó. Y donde a otros dos o tres días, según pareció, se debieron de juntar muchos de los naturales del dicho pueblo, y enviaron a suplicar al marqués los perdonase y les diese licencia para venirse a la ciudad, y para esto tomaron por valedores los de Tascala. El marqués los perdonó, y les dijo que por la traición que tenían pensada había hecho en ellos aquel castigo, y tenía voluntad de asolar la ciudad, sin dejar en ella cosa enhiesta, y que así lo haría donde en adelante en las partes donde viese que le mostraban buena voluntad y le procuraban de hacer malas obras, porque esto lo tenía por muy malo, y no tenía en tanto que peleasen con él desde luego que a alguna parte llegase: y así se tornó la ciudad a poblar y le prometieron de ser amigos leales en adelante. Y de aquí despachó los mensajeros que de Moctezuma tenía, a los cuales había hecho siempre mucha honra, y envió con ellos a dar cuenta al dicho Moctezuma de lo que en aquella ciudad había hecho, y la causa porque lo hiciere; y como ellos habían levantado que él era en ello; pero que el marqués no le daba crédito, y que él se partía luego para allá. Y luego que estos mensajeros se partieron, el marqués se partió de esta ciudad, por donde les pareció a los que ha- bían ido a la sierra del volcán que debía ser el mejor camino. Y fue un día a dormir cuatro leguas de ahí al pie del volcán, y otro día subió la sierra, y encima de ella halló gente que le salía a recibir y a traer comida. Y ha- lló cierto albergue de casa de paja que los indios habían hecho para donde reposasen, y allí durmió esta noche. Y porque en la sierra había mucho monte se salió con toda su gente a un raso que en la sierra había, porque le pareció que entre el monte había mucha gente. Llamó e hizo saber a ciertos señores y capitanes de aquella gente, diciéndoles: "Sabed que estos que conmigo vienen no duermen de noche, y si duermen es un poco cuando es de día; y de noche están con sus armas, y cualquiera que ven que anda en pie o entra donde ellos están, luego lo matan; y yo no basto a resistirlo: por tanto, hacedlo así saber a toda vuestra gente, y diles que después de puesto el sol ninguno venga donde estamos, porque morirá, y a mi me pesará de los que muriesen". Y así mandó esa noche a todos los de su compañía estar apercibidos, y puso sus centinelas y escuchas, y vinieron algunos indios a espiar qué hacíamos, y las escuchas y centinelas los mataban. Y de esto no se habló más por su parte ni por la nuestra. Y otro día el marqués bajó la sierra, y desde a cuatro leguas de ahí halló una gran población en la costa de una laguna grande, y allí se aposentó; y le hicieron casas de paja donde su gente se albergase y estuviese junta, y le dieron mucha comida. El marqués habló con el señor y con algunos principales de este pueblo y le dijeron cómo eran vasallos de Moctezuma, y en secreto se le quejaron del dicho Moctezuma, diciendo que les hacía muchos y grandes agravios en pedirles tributos y cosas que no eran obligados a dar ni hacer. Y aquí vinieron mensajeros de Moctezuma y trabajaron con su embajada de que el marqués no fuese a ver a Moctezuma, y él siempre les dijo que no lo dejaría de ver, porque deseaba mucho hablarle, y su venida no era por otra causa más que por conocerle y comunicar. Y haciéndole creer los dichos indios que no había camino, si no era por agua, y con unas canoas muy pequeñas pasaban, determinó de hacer barcas; y en cuatro días que allí estuvo, supo que había camino, aunque peligroso, porque había de ir por una calzada de piedra que por el agua entraba, y a trechos tenía puentes de madera. Partió el marqués con su gente de este pueblo, y así en él como siempre avisaba a los indios que no entrasen donde los españoles estaban, después de puesto el sol. Y fue a dormir a otro pueblo en la costa de la laguna, y allí vinieron espías por el agua en canoas pequeñas, y nuestras escuchas y centinelas les tiraban con ballestas a bulto, y así no saltaron en tierra. Y otro día comenzó el marqués con su gente a entrar por una calzada angosta de piedra que por el agua entraba, y puentes a trechos como hemos dicho, y fue a dormir a un pueblo que está en el agua, y tuvo guarda como mejor pudo para que no le rompiesen las puentes ni la calzada; y de dos a dos horas o poco más, venían siempre mensajeros. Y luego que fue de día caminó y salió de esta calzada a tierra y fue a dormir diez millas de México a una población que estaba en la ribera de una laguna salada, y allí estuvo un día. Este pueblo era de un hermano de Moctezuma, y después que entramos en la tierra de Moctezuma, siempre nos dieron de comer lo que tenían. Y desde este pueblo fue el dicho marqués y su gente por otra calzada que por el agua entraba, hasta México. Y Moctezuma le salió a recibir, habiendo enviado primero un sobrino con mucha gente y bastimento. Salió el dicho Moctezuma por en medio de la calle, y toda la demás gente arrimada a las paredes, porque así es su uso, y hizo aposentar al marqués en un patio donde era la recámara de los ídolos; y en este patio había salas asaz grandes donde cupieron toda la gente del dicho marqués y muchos indios de los de Tascala y Cherula que se habían llegado a los españoles para servirlos. En este tiempo, poco antes que en México entrase el marqués, supo que los españoles que había dejado en los poblados de la costa yendo a un pueblo de un vasallo de Moctezuma y decirle que le diese de comer, los del pueblo había peleado con ellos y matado un caballo y un español, y herido a los más de ellos. El marqués, después que reposó algo de aquel día que a México llegó, con el cuidado de que su vida y de los de su compañía tenía, se andaba paseando por dentro de su aposento, y vio una puerta que le pareció que estaba recién cerrada con piedra y cal, y la hizo abrir, y por ella adentro entró y halló mucho gran número de aposentos, y en algunos de ellos mucha cantidad de oro en joyas y en ídolos, y muchas plumas, y de esto muchas cosas muy para ver; y había entrado con dos criados suyos, y tornose a salir sin llegar a cosa alguna de ello. Y luego por la mañana hizo apercibir su gente, y temiéndose como en la verdad era sí y lo tenían acordado, que quitando uno o dos puentes de los que por donde habíamos entrado no podríamos escapar las vidas, se fue a la casa de Moctezuma, en la cual había asaz de cosas dignas de notar, y mandó que su gente dos a dos o cuatro a cuatro, se fuesen tras él. Moctezuma salió a él y lo metió a una sala donde él tenía su estrado, y con él entramos hasta treinta españoles y los demás quedaban a la puerta de la casa, y en un patio de ella, el marqués dijo a Moctezuma con los intérpretes: "Bien sabéis que siempre os he tenido por amigo, y os he rogado por vuestros mensajeros que siempre conmigo se trate verdad, y yo en cosa no os he mentido, y ahora sé que los españoles que dejé en la costa han sido maltratados de vuestra gente, y están los más de ellos heridos, y han muerto a uno, y dicen algunos de los indios que los españoles prendieron peleando, que esto se hizo por vuestro mandado; y para lo que quiero averiguar habéis de ir preso conmigo a mi aposento, donde seréis servido y bien tratado de mí y de los míos: y caso que tengáis alguna culpa de las que os ponen vuestros vasallos, yo miraré por vuestra persona como por mi hermano; y esto hago porque si lo disimulase, los que conmigo vienen se enojarían de mí, diciendo que no me daba nada de verlos maltratar; por tanto mandad a vuestra gente que de esto no se altere, y tened aviso que cualquier alteración que haya la pagareis con la vida, pues es en vuestra mano pacificarlo". Moctezuma se turbó mucho, y dijo con toda la gravedad que se puede pensar: "No es persona la mía para estar presa, y ya que yo lo quisiese, los míos no lo sufrirían". Y así estuvieron en razones más de cuatro horas, y al fin se concertaron que Moctezuma fuese con el marqués, y lo llevó a su aposento, y le dio en guarda a un capitán, y de noche y de día siempre estaban españoles en su presencia, y él no decía a los suyos que estaba preso, antes libraba y despachaba negocios tocantes a la gobernación de su tierra, y muchas veces el marqués se iba a hablar con él, y con el intérprete le rogaba que no recibiese pena de estar allí, y le hacía todos los regalos que podía. Y le dijo: "Estos cristianos son traviesos, y andando por esta casa han topado ahí cierta cantidad de oro, y la han tomado: no recibáis de ello pena". A él dijo liberalmente: "Esto es de los dioses de este pueblo: dejad las plumas y cosas que no sean oro, y el oro tomáoslo. Y yo os daré todo lo que yo tenga, porque habéis de saber que de tiempo inmemorial a esta parte tienen mis antecesores por cierto, y así se platicaba y platica entre ellos de los que hoy vivimos, que cierta generación de donde nosotros descendimos vino a esta tierra muy lejos (sic) de aquí, y vinieron en navíos, y estos se fueron desde a cierto tiempo, y nos dejaron poblados, y dijeron que volvieren, y siempre hemos creído que en algún tiempo habían de venir a mandarnos y señorear. Y esto han siempre afirmado nuestros dioses y nuestros adivinos, y yo creo que ahora se cumple. Quiero teneros por señor, y así haré que os tengan todos mis vasallos y súbditos a mi poder". Y así lo hizo. E hizo llamar a muchos de los señores de la tierra, y les dijo: "Ya sabéis lo que siempre hemos tenido creído acerca de no ser señores naturales de estas tierras, y parece que este señor de- bía de ser cuyos somos, y así como a mí me tenéis dada la obediencia, así la dad a él, y yo se la doy". Y así puestos todos uno ante otro y Moctezuma primero, cada cual hizo su razonamiento ofreciéndose por vasallos y criados de dicho marqués, y poniéndose so su amparo. Y esto fue una cosa muy de ver, lo cual hicieron con muchas lágrimas, diciendo: "Parece que nuestros hados quisieron en nuestro tiempo que se cumpliese lo que tanto ha que estaba pronosticado". Y así el marqués les respondió y consoló, y prometió a Moctezuma que siempre mandaría en su tierra como antes, y sería tan señor y más, porque se ganarían otras tierras de que también fuese señor como de esta suya. Y Moctezuma le dijo: "Váyanse con estos míos algunos vuestros, y han de mostrarles una casa de joyas de oro y aderezos de mí persona". Y quien esto escribe y otro gentilhombre fueron por mandado del marqués con dos criados de Moctezuma, y en la casa de las aves, que así la llamaban, les mostraron una sala y otras dos cámaras donde había asaz de oro y plata y piedras verdes, no de las muy finas, y yo hice llamar al marqués, y fue a verlo, y lo hizo llevar a su aposento. Después que Moctezuma vio la manera de la conversación de los españoles, parecía holgarse mucho con ellos, y así es que todos le hacían todo el placer posible, y a él le venían a servir sus criados, y le traen cada vez que comía más que cuatrocientos platos de vianda en que había frutas y yerbas y conejos y venados y codornices y gallinas y muchos géneros de pescados guisados de diversas maneras, y debajo de cada plato de los que a sus servidores les parecía que él comería, venía un braserico con lumbres; y sabed que siempre le traían platos nuevos en que comía, y jamás comía en cada plato más de una vez, ni se vestía ropa más de una vez; y se lavaba el cuerpo cada día dos veces. En este tiempo Moctezuma avisó al marqués que un su sobrino, que se decía Cacamací, señor de una ciudad que esta en la costa de esta laguna y de mucha otra tierra y pueblos, era hombre mal reposado, y como mozo era deseoso de guerra; por tanto que convenía que le pusiese cobro en él. Y él marqués así lo hizo, y lo encomendó a ciertos gentiles hombres españoles. Este Moctezuma tenía una casa con muchos patios y aposentos en ella, donde tenía ropa y otras cosas. Y en esta casa, en algunos patios de ella, tenía en jaulas grandes leones y tigres, y onzas y lobos y raposos, en cantidad cada uno por sí. Y en otros patios tenía en otra manera de jaulas, halcones de muchas maneras y águilas, y gavilanes y todo género de aves de rapiña. Y era cosa de ver cuán abundantemente daban carne a comer a todas estas aves y fieras, y la mucha gente que había por el servicio de estas. Y había en esta casa en tinajas grandes y en cántaros, culebras y víboras asaz; y todo esto era nomás que por manera de grandeza. En esta casa de las fieras, tenía hombres monstruos y mujeres: unos contrechos, otros enanos, otros corcovados. Y tenía otra casa donde tenía todas las aves de agua que se pueden pensar, y de toda otra manera de aves, cada género de aves por sí; y es así sin falta, que en el servicio de estas aves se ocupaban más de seiscientos hombres, y había en la misma casa donde apartaban las aves que enfermaban y las curaban. En la casa de estas aves de agua tenía hombres y mujeres todos blancos, cuerpo y cabello y cejas. El patio de los ídolos era tan grande que bastaba para casas de cuatrocientos vecinos españoles. En medio de él había una torre que tenía ciento y trece gradas de a más de palmo cada uno, y esto era macizo , y encima dos casas de más altura que pica y media, y aquí estaba el ídolo principal de toda la tierra, que era hecho de todo género de semillas, cuantas se podían haber, y estas molidas y amasadas con sangre de niños y niñas vírgenes, a los cuales mataban abriéndolos por los pechos y sacándoles el corazón y por allí la sangre, y con ella y las semillas hacían cantidad de masa más gruesa que un hombre y tan alta, y con sus ceremonias metían por la masa muchas joyas de oro de las que ellos en sus fiestas acostumbraban a traer cuando se ponían muy de fiesta. Y ataban esta masa con mantas muy delgadas y hacían de esta manera un bulto. Y luego hacían cierta agua con ceremonias, la cual con esta masa la metían dentro en esta casa que sobre esta torre estaba, y dicen que de esta agua daban a beber al que hacían capitán general cuando lo elegían para alguna guerra o cosa de mucha importancia. Esto metían entre la postrera pared de la torre y otra que estaba delante, y no dejaban entrada alguna, antes parecía no haber allí algo. De fuera de este hueco estaban dos ídolos sobre dos basas de piedra grande, de altura las basas de una vara de medir, y sobre estas dos ídolos de altura de casi tres varas de medir cada uno; serían de gordo de un buey cada uno. Eran de piedra de grano bruñida, y sobre la piedra cubiertos de nácar, que es conchas en que las perlas se crían, y sobre este nácar pegado con betún, a manera de engrudo, muchas joyas de oro, y hombres y culebras y aves e historias hechas de turquesas pequeñas y grandes, y de esmeraldas, y de amatistas, por manera que todo el nácar estaba cubierto, excepto en algunas partes donde lo dejaban para que hiciese labor con las piedras. Tenían estos ídolos unas culebras gordas de oro ceñidas, y por collares cada diez o doce corazones de hombre, hechos de oro, y por rostro una máscara de oro y ojos de espejo, y tenía otro rostro en el colodrillo, como cabeza de hombre sin carne. Habría más que cinco mil hombres para el servicio de este ídolo. Eran en ellos unos más preeminentes que otros, así en oficio como en vestiduras; tenían su mayor a quien obedecían grandemente. Y a este así Moctezuma como todos los demás señores lo tenían en gran veneración. Levantábanse al sacrificio a las doce de la noche en punto. El sacrificio era verter sangre de la lengua y de los brazos y de los muslos, unas veces de una parte y otras de otra, y mojar pajas en la sangre, y la sangre y las pajas ofrecían ante un muy grande fuego de leña de roble, y luego salían a echar incienso a la torre del ídolo. Estaban frontero de esta torre sesenta o setenta vigas muy altas, hincadas, desviadas de la torre cuanto un tiro de ballesta, puestas sobre un teatro grande, hecho de cal y piedra, y por las gradas de él muchas cabezas de muertos pegadas con cal, y los dientes hacía afuera. Estaba de un cabo y de otro de estas vigas, dos torres hechas de cal y de cabezas de muerto, sin otra alguna piedra, y los dientes hacia fuera, en lo que se pudiera parecer; y las vigas apartadas una de otra poco menos una vara de medir, y desde lo alto de ellas hasta abajo puestos palos cuan espesos cabían, y en cada palo cinco cabezas de muerto ensartadas por las sienes en el dicho palo: y quien esto escribe, y un Gonzalo de Umbría, contaron los palos que había, y multiplicando a cinco cabezas cada palo de los que entre viga y viga estaban, como he dicho, hallamos haber ciento treinta y seis mil cabezas, sin las de las torres. Este patio tenía cuatro puertas; en cada puerta un aposento grande, alto, lleno de armas; las puertas estaban a Levante y a Poniente, y al Norte y al Sur. Moctezuma, cuando lo prendió el marqués, envió por el señor del pueblo que había peleado con los españoles en la costa, y dio un sello con cierto carácter en él figurado, el cual se quitó del brazo, y dijo al marqués: "Váyanse dos de vuestros hombres con estos mensajeros que yo envío, y traerán al que ha hecho el daño n vuestra gente". Esto porque el marqués se lo pidió así, y dijo a sus mensajeros Moctezuma: "Id y llamad a Qualpupoca (que así se llamaba el señor); y si no quisiese venir por la creencia de esta mi seña, haréis gentes de guerra en mi tierra, y iréis sobre él y destruidlo y prendedlo por fuerza, y no vengáis sin él, y mirad por esos cristianos mucho". Fueron y lo trajeron, y confesó haber él hecho el daño en los españoles, en caso que dijo que Moctezuma se lo había mandado. El marqués hizo sacar de los almacenes de armas que hemos dicho, todas las que hubo, que eran arcos y flechas y varas y tiradas y rodelas y espadas de palo con filos de pedernal, y se-rían más que quinientas carretadas, y hizo quemarlas y con ellas a Qualpupoca, y para esto dijo que las quemaba para quemar aquél. El marqués fue al patio de los ídolos, y había enviado a su gente por tres o cuatro partes a ver la tierra, y ciertos de ellos a apaciguar cierta tierra que Moctezuma dijo que se le rebelaba, ochenta leguas de México, y otros eran idos a recoger oro por la tierra en esta manera: que Moctezuma enviaba por su tierra mensajeros que iban con españoles, y llegados a los pueblos, decían al señor del pueblo: "Moctezuma y el capitán de los cristianos os ruegan que para enviar a su tierra del capitán, les deis del oro que tuvieres"; y así lo daban liberalmente, cada cual lo que quería. Así que a la sazón que el marqués fue al patio de los ídolos, y tenía consigo poca gente de la suya; y andando por el patio me dijo a mí : "Subid a esa torre, y mirad qué hay en ella"; y yo subí y algunos de aquellos ministradores (sacerdotes) de la gente subieron conmigo, y llegué a una manta de muchos dobleces de cáñamo, y por ella había mucho número de cascabeles y campanillas de metal; y queriendo entrar hicieron tan gran ruido que me creí que la casa se caía. El marqués subió como por pasatiempo, y ocho o diez españoles con él; y por que con la manta que estaba por antepuerta, la casa estaba oscura, con las espadas quitamos la manta, y quedó claro. Todas las paredes de la casa por dentro eran hechas de imaginería de piedra, de la con que estaba hecha la pared. Estas imágenes eran de ídolos, y en las bocas de estos y por el cuerpo a partes tenían mucha sangre, de grosor de dos o tres dedos, y descubrió los ídolos de pedre-ría, y miró por allí lo que se pudo ver, y suspiró habiéndose puesto algo triste, y dijo, que todos lo oímos: "¡Oh Dios! ¿Por qué consientes que tan grandemente el diablo sea honrado en esta tierra? y ha, Señor, por bien que en ella te sirvamos". Y mandó llamar los intérpretes, y ya al ruido de los cascabeles se había llegado gente de aquella de los ídolos, y les dijo: "Dios que hizo el cielo y la tierra, os hizo a vosotros y a nosotros y a todos, y cría lo con que nos mantenemos, y si fuéramos buenos nos llevará al cielo, y si no, iremos al infierno, como más largamente os diré cuando más nos entendamos. Y yo quiero que aquí donde tenéis estos ídolos esté la imagen de Dios y de su Madre Bendita, y traed agua para lavar estas paredes, y quitaremos de aquí todo esto". Ellos se reían como que no fuera posible hacerse, y dijeron: "No solamente esta ciudad, pero toda la tierra junta, tienen a estos por sus dioses, y aquí está esto por Uchilobos, cuyos somos; y toda la gente no tiene en nada a sus padres y madres y hijos, en comparación de este, y determinarán morir; y cata que de verte subir aquí se han puesto todos en armas, y quieren morir por sus dioses". El marqués dijo a un español que fuese a que tuviesen gran recaudo en la persona de Moctezuma, y envió a que viniesen treinta o cuarenta hombres allí con él y respondió a aquellos sacerdotes: "Mucho me holgaré yo de pelear por mi Dios contra vuestros dioses, que son nonada". Y antes que los españoles por quien ha-bía enviado viniesen, se enojó de palabras que oía, y tomó con una barra de hierro que estaba allí, y comenzó a dar en los ídolos de pedrería. Y yo prometo mi fe de gentilhombre, y juro por Dios que es verdad, que me parece ahora que el marqués saltaba sobrenatural, y se abalanzaba tomando la barra por en medio a dar en lo más alto de los ojos del ídolo, y así le quitó las máscaras de oro con la barra, diciendo: "A algo nos he- mos de poner por Dios". Aquella gente le hicieron saber a Moctezuma, que estaba cerca de ahí el aposento, y Moctezuma envió a rogar al marqués que lo dejase venir allí, y que en tanto que venía no hiciese mal en los ídolos. El marqués mandó que viniese con gente que lo guardase, y venido le dice que pusiésemos a nuestras imágenes en una parte y dejásemos sus dioses en la otra. El marqués no quiso. Moctezuma dijo: "Pues yo trabajaré que se haga lo que queréis; pero nos habéis de dar los ídolos que los llevemos donde quisiéremos". Y el marqués se los dio, diciéndoles: "Ved que son piedra, y creed en Dios que hizo el cielo y la tierra, y por la obra conoceréis al maestro". Los ídolos fueron bajados de allí con una maravillosa manera y buen artificio, y lavaron las paredes de la casa. Y al marqués le pareció que había poco hueco en la casa, según lo que por de fuera parecía, y mandó cavar en la pared frontera, donde se halló el masón de sangre y semillas y la tinaja de agua, y se deshizo, y le sacaron las joyas de oro, y hubo algún oro en una sepultura que encima de la torre estaba. El marqués hizo hacer dos altares: uno en una parte de la torre, que era partida en dos huecos, y otro en otra, y puso en una parte la imagen de Nuestra Señora en un retablico de tabla, y en el otro la de San Cristóbal, porque no había entonces otras imágenes; y donde en adelante se diciese allí misa. Y los indios vinieron ciertos días a traer ciertas manadas de maíz verde y muy lacias, diciendo: "Pues que nos quitaste nuestros dioses a quien rogábamos por agua, haced que el vuestro nos la dé, porque se pierde lo sembrado". El marqués les certificó que presto llovería, y a todos nos encomendó que rogásemos a Dios por agua. Y así otro día fuimos en procesión hasta la torre, y allá se dijo misa, y hacía buen sol, y cuando venimos llovía tanto que andábamos en el patio los pies cubiertos de agua, y así los indios se maravillaron mucho. Y de esta manera estuvimos, y tenía el marqués tan recogida su gente, que ninguno salía un tiro de arcabuz del aposento sin licencia, y la gente tan en paz que se averiguó nunca reñir uno con otro; y Moctezuma siempre daba a los españoles algunas sortijas de oro, y a otros guarniciones de espadas de oro, y mujeres hermosas, y largamente de comer. En este tiempo Moctezuma habló al marqués y le mostró en una manta pintados diez y ocho navíos, y cinco de ellos en la costa quebrados y transformados en la arena (porque esta es la manera que ellos tienen de hacer relación de las cosas que bien quieren contar), y le dijo cómo había diez y ocho días que habían dado al través en la costa, casi a cien leguas del puerto. Y luego vino otro mensajero que traía pintado cómo ya surgen ciertos navíos en el puerto de la Veracruz. Y luego se temió el marqués que sería armada y gente que debía venir contra nosotros. Y me llamó a mí, que en ese día había llegado de poner en paz ciertos señores de Cherula y Tascala que reñían sobre unos términos, y me mandó ir fuera del camino usado para que supiese qué se había hecho de la gente que él había dejado en la Villa Rica en la costa. Y llevándome indios a cuestas de noche, y yo caminando de día a pie, llegué en tres días y medio a la Villa Rica, y ya habían hecho mensajeros al marqués el capitán de la dicha villa, y enviándole tres españoles que prendió de los contrarios. Sabido el marqués en México cómo la armada era de Diego Velázquez, gobernador de Cuba y de la gente que en ella venía, que eran, sin los que se perdieron en los cinco navíos que dieron al través, más de mil y tantos hombres, y que traían muy buena artillería y noventa de caballo y más de ciento y cincuenta ballesteros y escopeteros. Y con todo esto determinó irlos a buscar, y envió sus espías y corredores delante, y luego él se partió tras ellos, y llevó consigo ciertos señores favoritos de Moctezuma y sus vasallos, y dejando poco más que cincuenta hombres en México en guarda de Moctezuma, y con ellos por capitán a don Pedro de Alvarado, que después fue gobernador de una provincia que se llama Guatemala, caminó para donde los españoles contrarios estaban. Y los que estábamos en la villa que estaba en la costa, porque éramos pocos nos subimos a una sierra, y cuando supimos que él marqués venía salimos a juntarnos con él. En este tiempo hubo españoles de los de la compañía del marqués, que a vueltas de indios de los que iban a llevar yerba y de comer a los españoles nuestros contrarios, se entraban desnudos y teñidos como los indios, y miraban lo que los contrarios hacían y decían. Y es así que el capitán que con esta gente venía dijo a los indios que él venía no a más que a soltar a Moctezuma y prender el marqués y matarlo. Por tanto que le ayudasen porque luego se había de ir de la tierra y llevándonos de allí y matando al marqués. Y esto hizo mucho daño. Y los indios le servían por mandado de Moctezuma, y también servían al marqués, puesto que ya algunos de los indios le tenían al marqués buena voluntad. El marqués con hasta doscientos y cincuenta hombres que tenía consigo, se fue a poner en un pueblo de indios cerca de sus contrarios que estaban en otro pueblo, y desde allí envió mensajeros a Pánfilo de Narváez, que así se llamaba el capitán su contrario. Y a ruego de algunos de su compañía, el Narváez envió mensajeros al marqués, y se venían a concentrar por voluntad del Narváez y de los suyos, que darían al marqués en aquella tierra cierta parte de ella, y le harían cierto que no irían contra él en cosa alguna, y que podría estar a su placer hasta tanto que el rey mandase lo que fuese su servicio (esto se entiende que había de estar con su gente y por gobernador de la tierra que decimos que le querían dar). El marqués le comunicó con las más personas de bien de su compañía, y por su parecer de algunos, el marqués aceptara el partido; y finalmente el marqués envió a mover otro partido, y despachó a los que en su compañía estaban mensajeros de sus contrarios, diciendo que si aquel partido que enviaba a decir quisiese el capitán Narváez aceptar, y si no, que luego que sus mensajeros volviesen daría la tregua por quebrada. Y así luego que se fueron los mensajeros contrarios y los suyos, se partió tras ellos, y anduvimos aquel día casi diez leguas, y en el camino salieron ciertos puercos monteses y venados y los de caballo los alancearon. Y fuese el marqués a poner a dos leguas de los contrarios. Y allí vinieron sus mensajeros a decirle cómo el capitán y los de su compañía se reían y burlaban de mover partido por nuestra parte, estando el nuestro tan bajo, y nos certificaron de la mucha y buena artillería que los contrarios tenían, y de cómo el capitán hacía mercedes de nuestras haciendas a los suyos. Y allí cabo un río, en presencia de los mensajeros, el marqués llamó a todos sus compañeros, y les hizo una plática, diciéndoles: "Yo soy uno, y no puedo hacer por más que uno: partidos me han movido que a sola mi persona estaba bien; y porque a vosotros os estaban mal no los he aceptado. Ya veis lo que dicen, y pues en cada uno de vos está esta cosa, según lo que en sí sintiere de voluntad de pelear o querer paz, aquello diga cada cual, y no se le estorbará que haga lo que quisiere. Veáis aquí me han dicho en secreto estos nuestros mensajeros, cómo en el real de los contrarios se platica y tiene por cierto que vosotros me lleváis engañado a ponerme en sus manos: por ende cada uno diga lo que parece". Todos o los más le satisficieron a lo de llevarle engañado, y en lo demás le rogamos afectuosamente que él dijese su parecer. Y muy importunado de todos para que primero él lo dijese, dijo como enojado: "Os digo un refrán que se dice en Castilla, que es: “Muera el asno o quien lo aguija”. Y este es mi parecer, porque veo que hacer otra cosa, a todos y a mí nos será grande afrenta; y no porque hagamos lo que ellos quisieren, aseguramos todos las vidas, antes algunas correrán riesgo. Pero sobre mi parecer ved el vuestro, y cada cual tiene razón de decir su parecer". Y luego todos unánimes alzamos una voz de alegría, diciendo: "Viva tal capitán, que tan buen parecer tiene"; y así lo tomamos en los hombros muchos de nosotros, hasta que nos rogó lo dejásemos. E íbamos mojados porque había llovido, y con deseo de asar la carne de los venados y puercos que los de caballo habían muerto. Y nos fuimos a poner a una legua de los contrarios, y nos mandó el marqués que no hiciésemos lumbre porque no fuéramos vistos. Y puestas centinelas y escuchas dobladas, quisimos reposar algún tanto, y no podíamos, como veníamos mojados, y hacía un aire muy fresco. El marqués recordó, o por mejor decir, como no podía dormir, llamó sin tocar atambor, y dijo: "Señores, ya sabéis que es muy ordinario en la gente de guerra decir “al alba dar en sus enemigos”; y si hemos sido sentidos, a esta hora nos esperan nuestros contrarios. Pues no podemos dormir, mejor será gastar el tiempo peleando y holgar lo que nos quedare de (desde) que hayamos vencido, que gastarlo con la pasión que el frío nos da". Y así nos levantamos y nos hizo otra plática diciendo que aun teníamos tiempo de acordar si sería mejor pelear o no; y respondiéndole que queríamos morir o vencer, caminó, y cerca del aposento de los contrarios, poco más que una milla, nuestros corredores tomaron una de dos escuchas que los españoles tenían puestas, y el otro huyó. Y preguntando al que tomamos cómo estaban en su real, nos dijo que habían tenido nueva de indios que íbamos, y estaban acordados de al alba salir a nosotros, y nos dijo la manera de cómo estaba puesta la artillería y la orden que la gente tenía. Y decía verdad. Y el marqués dijo que no le hiciesen mal, porque lo querían ahorcar sobre que dijese verdad. Y su compañero que se huyó dio mandado en su real, y allá se creyeron que íbamos allí a ponernos para gastar lo que de la noche quedaba, para el alba dar en ellos. Y así tornaron a mandar que reposase la gente y al alba saliesen al campo. Y con todo el capitán y ciertos gentileshombres se armaron y estaban despiertos y hablando en nuestra ida y teniéndonos por locos. Y el marqués había apartado ochenta hombres para que fuesen a la casa del capitán, sin detenerse en otra parte, y procurasen de prenderlo o matar. Y para esto dio un mandamiento a un gentilhombre que era su alguacil mayor, en que le decía: "Iréis adonde Pánfilo de Narváez está, y mando que le prendáis o matéis porque así conviene al servicio del rey nuestro señor". Y de esto reíamos mucho algunos de nosotros. Y cuando llegamos junto a los contrarios, llovía y había llovido, y el artillero tenía los fogones de los tiros tapados con cera por el agua. Y así llegamos junto a las centinelas sin que nos sintiesen, e iban huyendo y diciendo: "Arma, arma", y los nuestros tras ellos tocando arma con el atambor. Y estando en el patio de su aposento, el marqués mandó a toda prisa a los ochenta hombres acometiesen a la casa del capitán, y él quedaba detrás de nosotros desarmado y prendiendo a los contrarios. Porque como tocó su arma y la nuestra junta, vienen los contrarios a nuestra gente, creyendo que eran de los suyos, a preguntar "¿qué es esto?" y así los prendían. Y el marqués tuvo aviso de cortar y hacer cortar los látigos de las cinchas de los caballos, que como pensaban desde a poco salir al campo, todos tenían ensillados sus caballos y comiendo; y algunos que acudían a enfrenarlos, como estaban los látigos cortados, en cabalgando luego caían, o desde a poco. Y los ochenta hombres que delante íbamos, fuimos a la casa del capitán, y tenía consigo hasta treinta gentileshombres, y delante de su aposento tenía diez o doce tirillos de campo, y el artillero y otros, turbados y sobresaltados, quitaban unas piedras o tejas de sobre los fogones y cebaban sobre la cera, y cuando quisieron poner fuego vimos que los tiros no salían, y les ganamos y peleamos con el capitán y con los que con él estaban, y algunos hizo de nuestros contrarios que vinieron de fuera, y rompiendo por nosotros se metieron con su capitán, y retrajímoslos todos adentro de la casa, y no pudiéndoles entrar, pegamos fuego a la casa, y así se dieron. Y prendimos al capitán y algunos de los otros. Y luego, antes que la victoria se conociese, el marqués mandó gritar, y a grandes voces decían los suyos: "¡Viva Cortés que lleva la victoria!". Y así se retrajeron a una torre alta de un ídolo de aquel pueblo casi cuatrocientos hombres, y muchos de los de caballo o los más que adobaron sus cinchas y cabalgaron y se salieron al campo. Y aquí acaeció que como ganamos la artillería, algunos tiros se derribaron de donde estaban, y otros habían llevado los nuestros, y como un caballero mancebo topase con ocho barriles de pólvora y un m (¿medio?) tonel de alquitrán, y oyó decir que los enemigos se hacían fuertes y se salían al campo para aguardar la mañana y venir a pelear. Y como no vio los tiros, con el deseo que tenía de ver por los suyos la victoria, y porque creyó que los contrarios tenían el artillería que él echaba menos, se metió entre los barriles de pólvora, diciendo a otros compañeros: "Haceos afuera, y quemaré esta pólvora, para que los enemigos no la hayan y nos hagan daño con la artillería que tienen". Y con fuego que en la mano llevaba de un haz de paja encendida, procuraba quemar la pólvora y como no podía por estar en barriles, con la espada desfondó uno de ellos, encomendándose a Dios metió el fuego dentro y se dejó caer en el suelo porque la furia de la pólvora no lo tomase. Y acaeció que el marinero que sacó los barriles de pólvora del navío, sacó siete barriles de pólvora y uno de alpargatas, creyendo que fuese de pólvora, porque tenía la marca que los otros. Y como metiese las pajas y fuego en el barril y no ardía, procuraba de abrir otro. Y a esta sazón el marqués vino por allí, que andaba peleando, y ya no hallaba con quién, preguntó: "¿qué es eso?", y yo le dije lo que pasaba, y dijo: "¡Oh hermano! no hagáis eso, que moriréis y a muchos de los nuestros que por aquí cerca están". Y así se entró entre los barriles de pólvora, y con las manos y pies mataba el fuego. Y llevada la pólvora a una casa pequeña de un ídolo donde él tenía algunos de los contrarios presos, y encomendándolos a un capitán, mandó traer algunos de los tiros, y batía en la torre donde los españoles estaban, y así se dieron, y mandó el capitán que tenía a cargo los presos, que si viese revuelta alguna o que los del campo venían, matase todos los presos. Y esto le mandó decir en manera que el general de los contrarios y los demás prisioneros lo oyeran. Y el general envió una seña a mandarles y rogar que viniesen a la obediencia del marqués, por darle la vida a él y a los presos. Y así vinieron y se dieron a prisión, y así el marqués, haciéndoles quitar a todos las armas y tomando juramento de ellos y a otros la fe, se aseguró de ellos, y donde a dos días les mandó volver sus armas, quedando preso el capitán y algunos otros.