YUCATÁN
El segundo descubrimiento


Para mi poker de ases mexicano:
Marco Antonio Campos
Fernando Curiel
Francisco Prieto
Vicente Quirarte

 
Y, claro, para la reina de corazones: Nonoi
Y para el rey de diamantes: Agustín.

 


PRESENTACIÓN

 

Hace poco más de una década y media, me entretuve en leer so-bre Historia de México, en especial lo denominado “Descubrimiento y Conquista”. Debido a esa congénita inclinación por las “causas perdidas”, me interesaron más los viajes de Francisco Hernández de Córdoba y de Juan de Grijalva, que la deslumbrante e increíble expedición de Hernán Cortés.
Leyendo por aquí y por allá, comencé a notar que la autoridad de Bernal Díaz del Castillo y la de Bartolomé de las Casas, eran aplastantes sobre los otros testimonios y crónicas que se ocupaban, aunque fuera someramente, del viaje que inició la catástrofe del Imperio Azteca. De todo lo leído sobre el tema, saqué en conclusión que esos dos testimonios, aceptados y repetidos por historiadores o curiosos, eran los más estrafalarios en lo refrente a los dos primeros viajes. Incluso se dio el caso de un historiador muy serio y respetable, que en sus primeros trabajos aceptó la fantasía de Bernal sobre la sociedad de los 110 soldados para ir a descubrir, calificándola de una clásica “empresa de rasgos modestos y de pureza contractual admirable”.
Otro punto que me resultó atractivo fue saber dónde tocó tierra la expedición. El lugar aceptado es Isla Mujeres, pero no es consignado por ninguna crónica. En cambio, lo que indican algunas de ellas, es una punta (Carta de Relación) y la nombran “punta de las Mujeres” (Gomara), designación implícita en la utilizada por el Itinerario de la armada… para referirse a un lugar por donde costean las naves del viaje de Grijalva (“una punta que se dice estar habitada por Mujeres”). Andrés de Tapia en su crónica sobre el viaje con Cortés afirma que la armada navegó de Cozumel a una “punta que llamó de las Mujeres”, y bastantes años más tarde, en sus averiguaciones, Dorantes de Carranza dice que Hernández de Córdoba “dio sin pensar en Punta Mujeres y costa de Yucatán”.
Un tema importante sin posibilidad de solución es: ¿a donde se dirigía la expedición? ¿A capturar in-dios lucayos o a descubrir nuevas tierras? Me inclino por la de cazar indios y por la tormenta que los desvió de ruta. Pero cualquier otra suposición tiene el mismo peso de veracidad que la mía.
Otra opinión que aventuro, sin respaldo documental pero ve-rosímil, es la pobreza de los 110 soldados de la expedición, que se habían pasado tres años sin hacer nada desde que llegaron a Améri-ca (la mayoría casi en la expedición de Pedrarias), y que, además, por ese sin hacer nada, habían ya vendido cuanto tenían, en especial, como era usanza en tales casos, ropa y armas (lo que explicaría la derrota que les infligieron los mayas, matando a la mitad de los soldados, supongo que la casi totalidad desarmados y casi a desnudos).  
 
Aparte de esta breve presentación, he escrito algo así como cin-cuenta páginas, dando y comentando mi versión de los hechos. Sigo ocho crónicas, con las cuales he confeccionado una “Tabla de concordancias” después de compulsarlas entre ellas (lo cual también incluyo).
Reproduzco, asimismo, la lista de los tripulantes, aceptando la elaborada por Wagner, de la cual no he podido encontrar la fuente de cinco de ellos, y agrego sólo dos nombres, uno de ellos con ciertas dudas. De cualquier manera, si la expedición estaba compuesta por 110 soldados, los identificados no llegan ni siquiera al tercio, y dada la escasa atención puesta en la expedición de 1517, dudo mucho que encuentre su Alice R. Gould que busque y rebusque en el inacabable océano de documentos existentes en los archivos españoles (¿habrá Las Casas guardado en algún sitio los informes que, dice, le envió Hernández de Córdoba para que lo defendiera en la Corte?).
La bibliografía está compuesta por los libros que leí en su totalidad o en las partes que me interesaban.
Supongo que alguna utilidad puede tener este trabajo.

 

Masía Soler de Terrades, Moià 2008.


LA LLEGADA A MÉXICO

 

No es mucho lo que podemos tener entre manos. Los hechos se van disolviendo hasta parecer, en verdad, una historia escrita por distintas personas . ¿Cómo y cuándo se arribó a lo hoy conocido como México, quién fue el primero, quién el último? ¿Descubrieron México quienes bordearon sus costas  o, más bien, aquellos náufragos a quienes las corrientes marítimas arrojaron en las costas yucatecas?

 

I

 

La información histórica más temprana e irrebatible sobre la llegada de españoles a la costa de Yucatán, es la dada por Jerónimo de Aguilar, quien contó las peripecias del naufragio de un navío de la expedición de Nicuensa (1509), el capitaneado por Francisco Niño, del que sólo sobrevivieron ocho o diez personas gracias a una barca en la que lograron subirse; sin embargo, las mareas los llevaron a las costas yucatecas, donde fueron sacrificadas a los dioses, comidas por los mayas (¡!); sólo un par de hombres logró sobrevivir . Uno de ellos se convertiría con el tiempo en el prototipo del mestizaje americano: Gonzalo Guerrero, el soldado integrado a un grupo maya, donde se casó, tuvo hijos y se negó a abandonar a su familia ; la historia registra su muerte casi dieciocho años más tarde, por un disparo de arcabuz, al enfrentarse a los españoles en Honduras, a donde llegó comandando una gran flota de ayuda a los mayas. El otro, Jerónimo de Aguilar, el casi cura, casto y puro, fue el indio en apariencia y ropas que corrió desesperado al encuentro de Cortés pidiendo regresar a la civilización cristiana (1519); resultó ser de gran ayuda para la conquista del Imperio azteca, pues durante un tiempo se desempeñó como intérprete intermedio entre Malinche y Cortés; moriría de bubas veintisiete años después, “pobre y necesitado”.

 

II

 

Pero en honor a la verdad, corresponde a Francisco Hernández de Córdoba, capitán de una expedición salida de la isla de Cuba (1517), ser el primer español en llegar a tierras yucatecas; desembarcar; capturar indios para que sirvieran de “lenguas”; asombrarse al ver casas, templos, gente vestida; ser muy bien recibido en Campeche por un jefe maya al que bautizó Lázaro; y, al final, ser masacrado con casi todos sus hombres en Tabasco: Se encontraron con un cacique y sus guerreros, decididos a no darles agua y matarlos de persistir en el empeño de quedarse en sus tierras.
Para los mayas del lugar, la expedición de Hernández de Córdoba sólo estaba formada por unos raros hombres barbados, medio blancos, que descendían de una casa inmensa, capaz de navegar. No les tuvieron miedo: los atacaron en la madrugada siguiente.
El gran mérito del capitán de la flota fue regresar con vida a Cuba, a la isla Fernandina, aunque moribundo (moriría días des-pués), e informar sobre su viaje –a dónde llegó, qué vio, cuál fue su ruta de regreso, qué trajo–; en fin, cumplió con la obligación de comunicar en detalle su experiencia descubridora .
Velázquez se entusiasmó con la idea de encontrar nuevas tie-rras: en pocos meses armó una nueva flota, al mando de su pariente Juan de Grijalva, para traer más noticias de los territorios hallados. Todos los españoles de Cuba se forjaron una idea bastante fantasiosa del lugar: Yucatán, una tierra rica en oro (lo cual no era verdad), con construcciones de piedra, poblado por gente más civilizada que la del Caribe, y capaz de imponerse con facilidad a los soldados españoles en un enfrentamiento guerrero (lo cual tampoco era cierto).

 

III

 

Es a él, a Francisco Hernández de Córdoba, a quien se debe atribuir el abrir las puertas para este segundo descubrimiento de las Indias, para esa nueva invasión española que destruyó imperios, exterminó a millones de indígenas, halló oro, plata, piedras preciosas a toneladas, y se enriqueció ocupando territorios, esclavizando a los nativos, y trayendo, además, esclavos africanos para aumentar el saqueo; pero que también trabajó las tierras, las minas, las aguas; preñó a indias, negras, mestizas; convivió algún tiempo con sus bastardos e impuso un idioma, una religión, unas costumbres y una economía aún vigente en todo el territorio ocupado. ¿Bien o mal? Quién sabe, de cualquier modo irreversible .

 

IV

 

Lo de segundo descubrimiento no ha sido una frase casual. Basta recordar cómo era América, las Indias, el Nuevo Mundo, en 1516, a un cuarto de siglo de la llegada de Cristóbal Colón. Los españoles parecían resignados a poblar sólo algunas islas y mínimas tierras de las costas continentales visitadas por el descubridor . Cuando se realizaban viajes aventurados, era en barcos fletados por comerciantes, ansiosos de tocar tierra, cualquier tierra sin poblar por españoles, para buscar oro, otros metales preciosos, perlas, o para capturar indios y venderlos en España como esclavos. Se obtenían pingües ganancias con estas expediciones depredadoras. Esa era toda su aspiración. El espíritu que animó a Colón de buscar, de conocer, de ver, de descubrir, había desaparecido desde antes de su muerte. “El Almirante de todos los mares” se había transformado en el “Almirante de los mosquitos”, el hazmerreir de la corte española.

 

V

 

Hasta ese año de 1516, nada de lo buscado en el Nuevo Mundo fue encontrado. Oro había a cuentagotas y alcanzaba para muy pocos. En España se ofrecían a los colonizadores tierras e indios; pero nada de ello alcanzaba para tanto reparto. Además, los indios no soportaban el trabajo de sol a sol: morían agotados al poco tiempo; sembrar no era tan fácil, las semillas debían aclimatarse; se criaba ganado, pero sólo podían exportarse las pieles; las minas eran pobres; la extracción del metal lenta y ardua; los ríos no arrastraban pepitas de oro como para recogerlas con baldes. Cada día resultaba más evidente la total imposibilidad de dar a los colonos lo ofrecido. Para colmo, quien obtenía un pequeño poder –y no se diga, los gobernadores–, se convertía en prepotente, abusivo, codicioso, vengativo y hasta con la autoridad o las influencias suficientes para hacer lo que quisiera, incluso matar a los indios que trabajaban para él.
La pasividad resultaba evidente. Se limitaban a sobrevivir. Cuando lograban juntar algún dinero, pensaban de inmediato en fletar un barco para ir a las islas próximas a “cazar indios” para hacerlos trabajar en sus propiedades. El plan de regresar a España se  había esfumado de sus sueños.

 

VI

 

Pensemos en Cuba. El Teniente Gobernador era Diego Veláz-quez. Su gobierno dependía de Santo Domingo, pero ni los de Santo Domingo se interesaban por él ni él por los de Santo Domingo. Se le consideraba un soldado impetuoso, valiente, pero estas virtudes importantes en los tiempos de la conquista, habían menguado de forma considerable, casi extinguidas. Vivía instalado en el relativo lujo de esos tiempos, rodeado de una pequeña corte de secretarios, favoritos, e incluso un bufón deslenguado llamado Francisquillo que, se cuenta, le hizo una broma pesada sobre el nombramiento de Cortés para comandar la expedición a las nuevas tierras encontradas.
En 1514 le escribió un memorial al Rey dándole noticias de Cuba, de su conquista y de los avances alcanzados. Informaba, además, haber obtenido de indios comerciantes, llegados en sus canoas a las costas cubanas, noticias de islas, gentes, pueblos grandes con mucho oro, ubicados a sólo a cinco o seis días de navegación; también comunicaba al rey sus intenciones de enviar españoles a descubrir el secreto de esas tierras. Pero Velázquez, en esos años, ya vivía agotado y decepcionado de lo poco obtenido en relación a sus ambiciones; ni siquiera tuvo ánimos para recorrer la isla de Cuba en su totalidad.

 

VII

 

Uno puede preguntarse ¿qué hacían esos españoles más o me-nos enriquecidos o empobrecidos en las islas o en Tierra Firme de América? ¿Por qué se quedaban vegetando, sabiendo que el oro no existía en grandes cantidades y sólo podrían aspirar a continuar viviendo en esa vida semisalvaje en que estaban instalados ?
Nada resultaba fácil. El clima tropical era fuerte, diferente al de sus pueblos de origen; las selvas los rodeaban; los indígenas a veces tenían conatos de rebeldía y mataban a algún español distraído. Y encima los mosquitos, las diarreas, las bubas, los tifus, las pestes.
Vivir en Cuba o en Tierra Firme como si fuera España, era im-posible. Esto es algo evidente. En esos tiempos nadie amaba tanto la naturaleza, las puestas de Sol o el mar del Caribe como para renunciar a lo conocido del mundo europeo.
Al fin y al cabo, los españoles emigraban en busca de riquezas para después regresar en olor de triunfo. ¿Los retenía el orgullo o esa patraña del amor a las nuevas tierras? ¿La vergüenza del fracaso? ¿La persistencia de los motivos personales que los llevaron a escaparse hacia el Nuevo Mundo? ¿El disfrute de los muy pequeños poderes y de las aún más pequeñas subordinaciones? Es difícil imaginar sus pensamientos. Pero se quedaban, pasaban los años, malvivían y morían en el Nuevo Mundo.
Volvamos a Velázquez: era de familia hidalga, luchó en la re-conquista de Granada y se lo incluye como pasajero en el segundo viaje de Colón; en 1502 ya tenía fortuna; se convirtió en lugarte-niente de Ovando, luego representante de Diego Colón en Cuba, donde se quedó a vivir como la máxima autoridad de la isla hasta su muerte, en 1524. Su rabia, su gran derrota, fue la codicia de su secretario Hernán Cortés, quien le arrebató la gloria y las grandes riquezas que durante años tuvo al alcance de su mano y por desidia no se interesó en buscar. ¿Por qué no regreso con su riqueza a España, a la corte española?

 

VIII

 

A partir de estas realidades, aventuro que sin la llegada de Hernández de Córdoba

a las costas de Yucatán, la gran armada comandada por Pedrarias Dávila a Tierra Firme hubiera sido el canto del cisne de la Corona española en América. Todos los hechos se conjugan para sugerirlo.

 

IX

 

Al llegar a la Corte la noticia de la supuesta muerte de Diego de Nicuensa en 1509, tanto el Rey como la Casa de Contratación de Sevilla, decidieron enviar a una persona encumbrada para someter a juicio de residencia a Blasco Núñez de Balboa. El descubridor del Océano Pacífico, en un arranque de soberbia, había metido a la fuerza a Nicuensa en una barcaza y luego la soltó a la deriva sin darle víveres: nunca más se supo de él.
Para realizar tal misión se eligió al hidalgo Diego de Águila, quien después de pensárselo, declinó el nombramiento. Por consejo del obispo de Burgos, respaldado por el presidente del Consejo de Indias, el Rey nombró a Pedro Arias de Ávila –mejor conocido como Pedrarias Dávila– Capitán General y Gobernador de Castilla del Oro, nuevo nombre de la región conocida como Tierra Firme.
Pedrarias, también llamado el galán, el gran justador, el bravo, el resucitado, contaba 73 años de edad; su piel era de un color muy blanco, ojos verdes, pelirrojo, buena estatura; estaba casado con una influyente dama de la nobleza, Isabel de Bobadilla, con quien tenía nueve hijos, siete menores de 15 años; había luchado contra los moros en Granada, participado en las campañas de África y dirigido la defensa del castillo de Bujía, por lo cual obtuvo un escudo de armas, honores, más un sólido prestigio en la Corte.
La expedición capitaneada por él era tan importante, que el Rey en persona intervino en la organización, en el nombramiento de nuevos cargos y hasta en supervisar lo más mínimos detalles de lo imprescindible de llevar. Por primera vez partía de España una gran armada con un claro plan de poblamiento.
El mejor incentivo para enrolares fue la seductora versión de que en Tierra Firme se extraía el oro con bateas. Más de tres mil personas se inscribieron para el viaje. Curas, artesanos, comercian-tes, campesinos, nobles e hidalgos arruinados, buscaban enrolarse en la expedición. Incluso coincidieron la fecha de reclutamiento con la cancelación de la armada española destinada a Italia bajo el mando del gran capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, dejando desocupados a soldados experimentados, militares de rango y nobles ambiciosos o en situaciones riesgosas en la Corte.
De esta manera, Pedrarias tuvo a su alcance un personal de primera categoría al elegir los 1500 expedicionarios autorizados de llevar por la Corona (en realidad fueron 2000). Las semillas, animales, armas, instrumentos de trabajo, ropa, medicamentos, y hasta las 700 bateas para recoger oro, se escogieron una a una.
Cuando el Rey dio la orden de salida, una tormenta causó gra-ves destrozos a la armada, obligándola a regresar, para gran fastidio del monarca: al fin, con un retraso de varios meses, la escuadra se hizo a la mar el 11 de abril de 1514.
Acompañado por su esposa y sus dos hijos mayores, Pedrarias comandaba un viaje compuesto por 22 barcos de diverso tipo y tonelaje, una tripulación de 117 marinos (9 maestres; 9 contramaestres, 9 pilotos, 90 marineros, además de grumetes y pajes), más 2000 mil hombres.
Aunque en ese tiempo fueran personajes de poca o ninguna importancia, en la armada de Pedrarias viajaron a las Indias Her-nando de Soto, Diego de Almagro, Sebastián de Benalcázar, Gonzalo Fernández de Oviedo, Francisco de Montejo, Hernando de Luque, Pascual de Andagoya, Bernal Díaz del Castillo, quienes alcanzarían nombradía por sus hazañas o sus testimonios sobre las acciones militares en que participaron o conocieron de primera mano.

 

X

 

El 30 de junio, algo más de dos meses después de la salida, la gran armada de Pedrarias fondeó en Santa María la Antigua del Darién, centro desde el cual debería gobernar la provincia.
Al día siguiente de la llegada, con gran pompa, vestidos de gala, con banderas, retumbar de tambores, con la tropa formada y las armas listas para el combate, los dos mil viajeros hicieron su entrada a Santa María la Antigua, encabezados por Pedrarias Dávila, quien llevaba de la mano a su señora esposa, tal como se acostumbraba en la Corte española .

 

XI

 

El asentamiento más importante de Castilla del Oro, era un poblado donde vivían 515 españoles con 1500 indios e indias ocupados en trabajos domésticos o en labores agrícolas. Los españoles, como los indios, vivían en chozas techadas con palma entremezclada con paja, los tan descritos bohíos. Ahora ese poblado debía alojar a más de 2000 viajeros. Sin contar a todo el servicio acompañante.
Los nobles descubrirán muy pronto la inutilidad absoluta de las sedas, los brocados y las joyas en su nueva vida. Los viejos soldados comprobarán desconcertados los enfrentamientos con los nativos: ya no es guerra, ahora son guazabaras. Peor aún, no abundaba el oro ni nada valioso de pescar con redes. El nuevo obispo de Bética Áurea tampoco tendrá un templo ni alguna edificación parecida.
El resto es fácil de imaginar. Gran parte de los alimentos traídos se pudrieron durante la travesía; la choza destinada a guardar la comida utilizable, fue quemada a los pocos días; los 2000 viajeros se dedicaron a robar las cosechas de los indios, los alimentos de los pobladores españoles y cuanto tuvieran al alcance de la mano; una plaga de langosta acabó con los sembradíos; una enfermedad llamada modorra, mataba sólo a los recién llegados luego de un desgastante proceso de fiebre con letargo. Además, debían protegerse de los mosquitos, las culebras, los vientos, las diarreas, el clima, los pantanos, la vegetación tropical, los calores insufribles…
Día a día fueron muriendo uno tras otro los recién llegados. Por un pedazo de pan se daba cuanto se tenía. La mayoría de los viajeros sólo encontró en Castilla del Oro hambre, enfermedades y muerte. En un mes fallecieron por enfermedad 700 hombres, más de un tercio de los recién llegados. Muchos de los sobrevivientes regresaron a España o se trasladaron a las islas vecinas pobladas por españoles . El mismo Pedrarias estuvo en un momento dispuesto a regresar a España, enfermo y derrotado, pero los vecinos se lo impidieron, por lo menos hasta que fuera sometido al juicio de residencia por su mala gestión.

 

XII

 

Pero con todos sus achaques y enfermedades, Pedrarias fue el diablo desatado en Castilla del Oro. Fernández de Oviedo calcula en dos millones, por lo menos, los indios asesinados con responsabilidad suya. Todos los años, desde su “resurrección” después de las Guerras de África, en su cumpleaños se acostaba en un ataúd simulando su Requiem.
Prácticamente todos sus capitanes mostraron una crueldad in-audita. De sus cabalgadas o entradas, volvían después de semanas, meses, a veces hasta de un año de campaña, trayendo oro, esclavos herrados, y decenas de anécdotas sobre el número de indios ahorcados, lanceados o entregados a los perros.
Del botín, se separaba el quinto de los Reyes, una parte se di-vidía entre Pedrarias, los funcionarios de la Corona y los oficiales reales. El resto, por escalafón, se repartía entre los participantes, pero teniéndose en cuenta que el capitán era quien había costeado la expedición. Alguno de estos sanguinarios capitanes regresó a España con una significativa cantidad de oro en su equipaje .

 

XIII

 

Un buen resumen de esta experiencia en Tierra Firme lo pro-porciona Bernal Díaz del Castillo:

“En el año de 1514 salí de Castilla en compañía del gobernador Pedro Arias de Ávila, que en aquella sazón le dieron la gobernación de Tierra Firme; y viniendo por la mar con buen tiempo, y otras veces con contrario, llegamos a Nombre de Dios; y en aquel tiempo hubo pestilencia, de la que se nos murieron muchos soldados, y además de esto, todos los más adolecimos, y se nos hacían unas malas llagas en las piernas; y también en aquel tiempo tuvo diferencias el mismo gobernador con un hidalgo que en aquella sazón estaba por capitán y había conquistado aquella provincia, que se decía Vasco Núñez de Balboa; hombre rico, con quien Pedro Arias de Ávila casó en aquel tiempo una su hija doncella con el mismo Balboa; y después que la hubo desposado, según pareció, y sobre sospechas que tuvo que el yerno se le quería alzar con copia de soldados por la Mar del Sur, por sentencia le mandó degollar.
Y después que vimos lo que dicho tengo y otras revueltas entre capitanes y soldados, y alcanzamos a saber que era nuevamente ganada la isla de Cuba, y que estaba en ella por gobernador un hidalgo que se decía Diego Velázquez, natural de Cuéllar; acordamos ciertos hidalgos y soldados, personas de calidad de los que habíamos venido con el Pedro Arias de Ávila, de demandarle licencia para nos ir a la isla de Cuba, y él nos la dio de buena voluntad, porque no tenía necesidad de tantos soldados como los que trajo de Castilla, para hacer guerra, porque no había qué conquistar; que todo estaba de paz, porque el Vasco Núñez de Balboa, yerno de Pedro Arias de Ávila, lo había conquistado, y la tierra de suyo es muy corta y de poca gente.
Y desde que tuvimos la licencia, nos embarcamos en buen navío; y con buen tiempo, llegamos a la isla de Cuba, y fuimos a besar las manos del gobernador de ella, y nos mostró mucho amor y prometió que nos daría indios de los primeros que vacasen; y como se habían pasado ya tres años, así en lo que estuvimos en Tierra Firme como lo que estuvimos en la isla de Cuba aguardando a que nos depositase algunos indios, como nos había prometido, y no habíamos hecho cosa ninguna que de contar sea, acordamos de nos juntar ciento y diez compañeros de los que habíamos venido de Tierra Firme y de otros que en la isla de Cuba no tenían indios…”

 

XIV

 

A partir de este momento, según mi opinión, Bernal Díaz co-mienza a desvariar en su crónica, por lo menos en lo referente a la expedición de Hernández de Córdoba, de la cual dice formar parte (afirma, además, ser el único español participante en las tres expediciones a las tierras del actual México, lo que no es cierto, por lo menos en ser “el único”).
Pero aquí lo destacable es que, desde su llegada a América, tanto él como más de un centenar de sus compatriotas, estuvieron tres años matando el tiempo, es decir, sin hacer nada, en Castilla del Oro y en Cuba. Según lo contado por Bernal, es fácil suponer que ni él ni sus compañeros se alistaron en alguna cabalgada decidida a encontrar oro o cazar y matar indios en Tierra Firme. Tampoco indica en qué se ocuparon en Cuba. Tres años con las manos cruzadas es mucho tiempo.
Los españoles, ya se sabe, consideraban deshonroso trabajar manualmente, mucho más aún si se pensaban hidalgos. Deben de haber sido unos años vividos a salto de mata, buscando alojamiento y comida, frecuentando amistosamente a compatriotas con suerte; también en ese tiempo se habrán visto obligados a  cambiar todas sus pertenencias por algunos días de bonanza.
Es difícil suponer que, en esos años, estas decenas de españoles, justificados por la falta de indios y tierras para darles o por no hallar actividades militares más al gusto de ellos, sobresalieran como la parte valiosa de los llegados con Pedrarias. Lo más acertado es suponerlos una sarta de inútiles, buenos para nada, llenos de vanidades y aspiraciones fatuas, dispuestos a ganarse unas pocas monedas alistándose en cómodas expediciones de caza de indios indefensos en las islas Lucayos .
  

                                                    XV

 

Por esto, es difícil creer en la inspiración de 110 vagabundos con el empuje para armar una expedición a fin de descubrir tierras nunca vistas, ocupándose, además, de negociar la obtención de las barcas, los permisos, buscar a los pilotos y aportar el bastimento necesario. Ciento diez inútiles no reaccionan de la noche a la ma-ñana con ideas tan atrevidas e inversiones tan inseguras como la de ir a descubrir.
Por otra parte, un acto de tal naturaleza resulta tan original e imprevisto para esos años de 1517, que diversos historiadores, lectores exclusivos de Bernal Díaz, se han apoyado en esta forma de asociación soldadesca para ejemplificar las sociedades conquistadoras o descubridoras en América. Nada más ajeno a la verdad .

 

XVI

 

Desde cualquier punto de vista, es mucho más creíble el testi-monio mayoritario de las crónicas sobre una sociedad formada en 1516 por Francisco Hernández de Córdoba, Cristóbal Morante y Lope Ochoa de Caicedo, encargada de fletar la expedición .
Las Casas, sin motivo para creerlo o descartarlo, registra aportaciones de 1500 a 2000 castellanos por cada uno de los socios. Fue decisión de los ellos nombrar capitán a Hernández de Córdoba. También nombraron veedor a Bernardino Íñiguez de la Calzada, reclutaron a los 110 soldados, contrataron a Antón Alaminos, con su nave, incluyendo a marineros, recién llegados de España, más otra nave y un bergantín, este último prestado, alquilado o dado como parte de la sociedad por el gobernador Velázquez.
Los socios contrataron a otros dos pilotos y más marineros; créase o no la veracidad del dato, Bernal registra los nombres de los dos nuevos pilotos: Camacho de Triana, y Juan Álvarez, el Manquillo, natural de Huelva. Debe recordarse la costumbre española de no incluir en sus cuentas sobre los miembros de la expedición a los marineros, que iban a sueldo y no guerreaban, ni a los indios llevados como sirvientes, ni a las mujeres, los negros y los perros, por más bravos y necesarios que fueran . Bernal agrega a la expedición un clérigo, Alonso González.
 En la Probanza con motivo del incidente que provocó la llegada de Cristóbal de Tapia. Año de 1522 , los conquistadores Ginés Martín, Pedro Prieto y Diego de Porras se referirán a un escribano Morales, ante quien Hernández de Córdoba tomó posesión de la tierra en nombre de los Reyes de España. (En la misma probanza, Alaminos, sin dar el nombre, hace referencia a un escribano como participante en la expedición; e igual en otra probanza sobre el mismo asunto, los conquistadores Álvarez Chico, Vázquez de Tapia, Alvarado, del Corral, Monjaraz, Sandoval y de Soto, declaran saber que Hernández de Córdoba tomó posesión de las tierras ante “escribano y testigos”).

 

XVII

 

La anécdota de que correspondió a Antón Alaminos convencer a Hernández de Córdoba para descubrir nuevas tierras en lugar de ir a cazar indios, es sencillamente un primitivo romanticismo bobalicón, ajeno a cualquier realidad (y más al agregar que Alaminos sabía a donde dirigirse por habérselo escuchado a Colón cuando navegó cerca de las costas de la actual Centro América ).
La versión alterna, atribuir al capitán la decisión de ir a descu-brir en lugar de ir a cazar indios es, de la misma forma, algo sin pies ni cabeza. De cualquier manera, ambas anécdotas revelan un cambio de finalidad durante el viaje, y una concordancia en el motivo inicial para fletar la expedición .

 

XVIII

 

También se ha de considerar la pobreza de la expedición. Por lo pronto, los integrantes ni siquiera se encontraban bien armados, ni para atacar ni para defenderse. Cazar indios en las Lucayas era tarea fácil y sin mayor riesgo –los indios carecían de la más mínima actitud o preparación guerrera, y se les cazaba a las carreras, cuerpo a cuerpo–; además se debía tener cuidado en no herir ni matar, pues la finalidad era llevarlos como esclavos a las tierras, ríos y minas de Cuba. Es decir, un español desarmado era incluso más útil que uno armado.

 

XIX

 

Por último, descubrir era una moneda al aire y cazar indios algo seguro. Ninguno de los dos socios sobrevivientes (¿?) reclamó algún derecho sobre el descubrimiento realizado por la expedición fletada por ellos . Hernández de Córdoba murió a los pocos días del regreso; Morante y Ochoa de Caicedo se esfumaron después de su brevísima aparición en una página poco valorada de la Historia de América. (Sobre la finalidad del viaje, me inclino a creer “en cazar indios” en las Lucayas; que fue un viento o un despiste de Alaminos la razón para llegar a Yucatán.)

 

XX

 

A pesar de haber tratado de exponer algunos argumentos en apoyo de mis creencias, no deja por eso de ser sólo una opinión. No existe documento alguno capaz de respaldar o rebatir de manera contundente mis afirmaciones. Lo único cierto es que las naves llegaron a Yucatán en 1517, fuera en febrero o en marzo, pues los días de navegación registrados por las crónicas van desde los 4 días de Las Casas hasta los 40 de Cervantes, pasando por los 6 de Mártir, Oviedo y Ginés, más los famosos y tan aceptados 21 días de Bernal Díaz .

 

XXI

 

¿A qué parte de Yucatán llegaron? Este también es un tema imposible de esclarecer. Los ocho cronistas consultados sobre este viaje, dan 7 versiones diferentes del lugar a donde arribaron los expedicionarios. Sin embargo, hay dos hechos incuestionables, dada la concordancia de las crónicas y los sucesos de los años siguientes: el primero, a pesar de ser tan obvio, la llegada a algún lugar de Tierra firme de Yucatán; el segundo, también calificable de muy obvio, la navegación hasta Campeche, sucediera lo que sucediera entre esos dos puntos .

 

XXII
 
Si se analizan los lugares señalados por las crónicas como pri-mer punto de llegada, es posible descartar de inmediato Cozumel y Campeche como el lugar donde desembarcaron, con lo cual quedan fuera del tema las crónicas de Las Casas y dos de las tres versiones de Cervantes de Salazar.
También se pueden descartar por amplias y poco esclarecedoras, las crónicas de Fernández de Oviedo y la de Ginés, pues en ambas se afirma la llegada a la provincia de Yucatán, sin precisar el lugar.
Igual descarte merece la crónica de Mártir, pues señala como lugar de llegada Eccampi, entrada a unas amplísimas tierras; pero se ignora de dónde fue a sacar ese nombre el cura italiano radicado en la Corte española. En el mejor de los casos, podría tratarse de una deformación del nombre de la región maya de Ecab, pero eso ya es mucho suponer. Me inclino a calificarlo de un error informativo; esto es tan posible que incluso los historiadores portorriqueños consideran Eccampi como una confusión con el nombre Beimeni, dado por Ponce de León a Yucatán en su tan discutida llegada de 1513, confirmada con su desembarco en 1516 cerca de San Juan de Ulúa.
De cualquier manera, los registros de Fernández de Oviedo, Ginés y Mártir hacen mención de “provincia” y “amplísimas tierras”, las cuales no son propiedades atribuibles a una isla.
Después de estas eliminaciones, nos quedan la versión de la Carta de Relación, la de Gómara, la segunda de Cervantes (un seguimiento fiel de Gómara), más la de Bernal. Ellas concuerdan con la llegada a un lugar: una Punta . Punta de Yucatán, en la Carta de Relación, lo cual es muy amplio para servir de referencia, pero significa Tierra Firme. Gómara dice Punta mujeres, y Bernal, Punta de Catoche o Gran Cairo .
En resumen, me decanto por la versión de la llegada a una Punta –no isla– de Yucatán, que pudo ser o bien Punta Mujeres o Punta de Catoche o Gran Cairo, como recuerda Bernal .


XXIII

 

Debe tenerse en cuenta que, salvo la Carta relación y la versión de Mártir, las crónicas fueron escritas bastantes años después de sucedidos los hechos. El Imperio Azteca ahora se llamaba Nueva España. Los lugares por donde pasaron, se detuvieron y exploraron los españoles ya se encontraban señalados en las cartas de marear con sus nuevos nombres castellanos. Los disparates recogidos por Cervantes sobre los primeros lugares de arribo de la expedición de Hernández de Córdoba –directo a Campeche o a Cozumel sin poder desembarcar-, es un buen ejemplo de la fragilidad de la memoria, tanto la individual como la colectiva, sobre todo en acontecimientos opacados, minimizados por nuevos hechos de mayor importancia y consecuencias. Frente al viaje de Grijalva, la primera llegada a Yucatán empalidece; el de Grijalva, comparado a la hazaña de Cortés, es casi un mínimo suceso secundario en la historia de la Conquista de México.
De hecho, de las tres versiones recogidas por Cervantes treinta cinco años después del viaje de Hernández de Córdoba, la única válida sobre el punto de llegada, es la seguida casi al pie de la letra lo escrito por Gómara .

 

XXIV

 

Desde la llegada a Yucatán hasta el arribo a Campeche, las crónicas son fantasiosas o parcas. Como bien señala Milan Kundera: “Tras el frágil linde de lo incontestable (no cabe duda de que Napoleón perdió la batalla de Waterloo), se extiende un espacio infinito, el espacio aproximativo de lo inventado, simplificado, exagerado, de lo mal entendido, un espacio infinito de no verdades que copulan, se multiplican como ratas y quedan inmortalizadas”.
Para la Carta de Relación, Oviedo, Ginés y Bernal, del punto de arribo los expedicionarios pasaron a Campeche; Mártir indica Eccampi, El Gran Cairo, luego Campeche; Gómara, seguido por la segunda versión de Cervantes, registran Punta Mujeres, Punta Catoche, costeo por Yucatán, llegada a Campeche. Las Casas, igual a las otras dos versiones de Cervantes, son descartables por la confusión de datos y acciones registradas.
¿A cuál de ellas dar crédito? Es imposible aceptar con un respaldo lógico a cualquiera de las expuestas. Mi opinión -casi porque sí-, es situar el lugar de llegada en Punta Mujeres, donde hallaron un pequeño templo maya con figurillas de diosas en oro; de ahí pasaron a Punta Catoche o Gran Cairo, seguramente un pequeño poblado salinero, con algunas viviendas, un templo, pocos hombres, mujeres, niños, asombrados de ver aparecer una casa navegando en el mar. Aquí, es muy probable, fue donde capturaron a dos indígenas para llevárselos a Cuba a fin de que sirvieran después de “lenguas”.
Desde ahí siguieron costeando hasta llegar a Campeche, sin enfrentar problemas, quizá hasta sin tener contacto con alguna población nativa. Entre esos dos lugares, Punta Mujeres y Campeche, se puede situar, aunque sean discrepantes, todo lo narrado por las crónicas; pescadores mayas, gente vestida, adornos de oro, construcciones de piedra, templos, pueblos, más pueblos, cruces, banquetes, temor español ante lo que veían (pero no la batalla que cuenta Bernal).
Las dos expediciones siguientes, la de Grijalva y la de Cortés, no tuvieron el menor interés en llegar a cualquier de los primeros pueblos visitados por Hernández de Córdoba: Punta Mujeres o el llamado Gran Cairo o Cabo Catoche. Lo buscado desde el primer momento era llegar donde el cacique Lázaro o el pueblo llamado Lázaro o Campeche: intención frustrada porque Alaminos, por lo menos en la expedición de Grijalva, fue incapaz de encontrar “a ojo” donde estaba ubicado Campeche o Lázaro, y menos aún saber si donde finalmente se detuvo era Champotón, el de la “Mala pelea”, o algún otro pueblo no conocido en el viaje anterior .
Mártir, en su crónica, se deleita hablando de la grandeza e im-portancia del Cairo, (Gran Cairo, para Bernal), atribuyéndole características y sucesos que después deberá repetir al describir Campeche.
Gómara explica que el nombre de Punta Mujeres se debió a hallar “torres de piedra, con gradas y capillas cubiertas de madera y paja, en que por gentil orden estaban puestos muchos ídolos que parecían mujeres”.
En la siguiente parada, Cabo Catoche, los españoles se encon-traron con unos pescadores mayas; al preguntárseles en dónde se encontraban, ellos decían cotohe cotohe: esa fue la razón de bautizar el lugar como Cabo Catoche.
Poco más allá encontraron a otros mayas y al preguntárseles lo mismo, respondieron tectetan, tectetan: los españoles escucharon Yucatán, poniendo ese nombre no al lugar sino a toda la región.

 

XXV

 

Sólo Oviedo, Las Casas y Bernal registran la verídica captura de dos mayas bizcos, llamados por los españoles Melchor y Julián; fueron adiestrados como intérpretes para colaborar en las siguientes expediciones, la de Grijalva y la de Cortés. Fueron capturados entre Punta Mujeres y Campeche: eran pescadores.

 

XXVI

 

Es de lamentar que tanto la versión de Las Casas como la de Bernal, a las que siempre se les atribuye tanto crédito, sean tan estrambóticas.
Las Casas se enreda en descripciones, batallas, rescates, inter-cambios de indios cubanos por indios mayas, templos, ídolos, comidas, regalos, capturas, fugas, heridos, muertos, pero todo situado en tres pueblos de Cozumel, isla adonde no llegó Hernández de Córdoba en su viaje.
Bernal también confunde sus recuerdos o sus anotaciones para armar una fantasiosa batalla en Punta Catoche, resultando de esto una mezcolanza con la llegada de Grijalva a Cozumel al año siguiente, de la batalla de Champotón, aún por suceder, más algunas otras fantasías o recuerdos guerreros.

 

XXVII

 

Después de tocar dos o tres puntos de la costa Yucateca, las crónicas concuerdan en la llegada a Campeche el día de San Lázaro, domingo. En lo que discrepan es si se puso el nombre de Lázaro al cacique o al poblado; dos crónicas señalan el nombre para el cacique, y seis para remplazar el indígena Campeche.
Por lo general, los españoles iban poniendo nuevos nombres a los lugares donde llegaban; la costumbre mayoritaria era elegirlos por el santoral. Aceptando este punto de vista, el nombre de Lázaro debió de corresponder al lugar, tal como registran el mayor número de crónicas. Sin embargo, al año siguiente, en el viaje de Grijalva, se busca “al cacique o señor Lázaro, el cual era un cacique que hizo mucha honra a Francisco Hernández, capitán de la otra armada”.
Mártir es el único cronista que señala 110 leguas de navegación desde el Cairo o Cabo Catoche hasta Campeche; Bernal registra 15 días de viaje. Ninguna de estas dos medidas permite hacerse una idea cierta del lugar de salida como para generalizar de forma veraz.


 

XXVIII

 

En Campeche, el cacique los recibió con júbilo, atendiéndolos de la mejor manera posible.
Unas crónicas dicen que bajaron sólo doce españoles; otras, “bajó el capitán con los que le pareció”; pero para Bernal, más categórico, bajaron todos los soldados: ciento diez españoles “armados” ante el cacique, frente a un poblado de algo así como tres mil casas de cal y canto, lo cual implica una cantidad de mayas que podría estar, conservadoramente, entre los diez o quince mil individuos, contando hombres, mujeres y niños.

 

XXIX

 

Algunas crónicas hablan sobre rescates, pero Cervantes de Salazar no lo cree, pero tampoco tiene en este caso mayor importancia.
En cambio, si Bernal, Cervantes y los soldados de la Carta de Relación no lo creen o no recuerdan, las otras cinco crónicas se engolosinan enumerando los diversos platos del banquete ofrecido por los mayas para agasajar a los extraños visitantes. Dado lo pintoresco del menú, quizá sea válido reproducir las cinco versiones consignadas en las crónicas:

Servirles… pavos, aves no sólo cebadas, sino montaraces de los bosques y acuáticas, perdices, codornices, tórtolas, ánades, patos, cuadrúpedos salvajes, como jabalíes, ciervos, liebres, y, además, lobos, leones y tigres. (Mártir)

Les trajeron de comer muchas y muy buenas aves, que son no menores que pavos y no de menos buen sabor, y otras aves, así como codornices, y tórtolas y ánades, y ánsares, y ciervos, y liebres, y otros animales. (Oviedo)

Les dieron perdices, tórtolas, ánades y gallipavos, liebres, ciervos y otros animales de comer mucho pan de maíz y frutas. (Gómara)

…les sirvieron carne de aves parecidas a nuestros pavos reales, codornices, ánades, gansos, liebres, ciervos y otras aves y animales. (Ginés)

…les trajeron mucho de su pan de maíz, mucha carne de vena-dos, muchas liebres, perdices, tórtolas, gallinas muchas de las de papada, no menos y quizá más excelente que pavos, frutas y otras cosas de las que ellos tenían y podían traer para en todo agradarles. (Las Casas)

No puede dudarse, fue un banquete de muchos platos, aunque uniformes por cuanto se trata de carnes, se mencionan 16 tipos diferentes de animales (incluyendo sinónimos); el agregado de panes de maíz (¿tortillas?) reviste a la comilona de un buen acompañamiento, y no se diga nada de concluir gustando una variedad de frutas de la zona; un happy end muy formal, muy europeo, muy en tecnicolor.
Como se aprecia, Mártir, el primero en recibir información en Europa de este banquete, a través de los enviados de Cortés a la Corte española, es quien más se aventura en dar las variantes carní-voras, y ya en plan exótico, enlista cuadrúpedos salvajes, concluyendo con lobos, leones, tigres.
Los demás cronistas, más enterados de las costumbres mayas y de los animales de los contornos, bajan las exageraciones del agasajo buscando mantenerse en ámbitos más creíbles.
Debe prestarse especial atención a esa carne animal, incluida en las crónicas, comparada con gallinas de papada y con los pavos reales, es el famoso pavo navideño, oriundo de América, de México de manera más concreta (el sabroso guajolote), el cual se enlistará con orgullo entre los aportes americanos a la cultura culinaria occidental.

 

XXX

 

Con la barriga llena, el corazón contento, quizá después de una buena siesta, los españoles aceptaron la invitación indígena a recorrer el pueblo. Si las casas de cal y canto, los mayas vestidos, algo más civilizados que los conocidos en el Caribe y en Tierra Firme, los tenían muy asombrados, darse de bruces con un templo los llenó no sólo de admiración sino de un previsible terror. El más fantasioso es Mártir, el más parco, Bernal:

…los condujeron con regio acompañamiento a una ancha en-crucijada, sita a un lado del pueblo, donde les mostraron una plataforma cuadrada, marmórea, levantada sobre cuatro escalones, en parte con betún resistente y en parte con piedrecillas, sobre la misma aparecía esculpida la estatua de un hombre, y pegados a ella 2 animales desconocidos, que como perros rabiosos parecían querer devorar las entrañas de mármol de la efigie. Una serpiente, formada de betún y piedrecillas, de 47 pies de largo y tan gorda como un buey grande, se mostraba junto al simulacro, en actitud de devorar a un león marmóreo, y cubierta de fresca sangre. Cerca había 3 palos clavados en el suelo, atravesados por otros 3 que se apoyaban sobre piedras. Reservan este lugar para castigar a los condenados, y en señal de ello vieron innumerables flechas ensangrentadas y rotas y huesos de muertos tirados al corral vecino. (Mártir)

Aquí había un torrejoncillo de piedra cuadrado y gradado, en lo alto del cual estaba un ídolo con 2 fieros animales a las ijadas, como que le comían, y una sierpe de 47 pies de larga, y gorda cuanto un buey, hecha de piedra como el ídolo, que tragaba un león; estaba todo lleno de sangre de hombres sacrificados, según usanza de todas aquellas tierras. (Gómara)

En este pueblo vieron una torre o como torre, cuadrada, de cantería hecha y blanqueada, con sus gradas; debía ser su templo por lo que después se ha visto en toda la Nueva España y Guatemala. Estaba en lo alto de ella un ídolo grande con 2 leones o tigres que parecían comerlo por los ijares, y una sierpe o animal que tenía sobre 40 pies de largo y como un grueso buey que tragaba un fiero león; todo de piedra muy bien labrado. Estaba todo asaz ensangrentado de sangre de los hombres que allí o ajusticiaban y sacrificaban, como arriba de la isla de Cozumel hablamos. (Las Casas)

Y después de estas pláticas nos dijeron por señas que fuésemos con ellos a su pueblo, y estuvimos tomando consejo si iríamos o no, y acordamos con buen concierto de ir muy sobre aviso. Y nos llevaron a unas casas muy grandes, que eran adoratorios de sus ídolos y bien labradas de cal y canto, y tenían figurado en unas paredes muchos bultos de serpientes y culebras grandes, y otras pinturas de ídolos de malas figuras, y alrededor de uno como altar, lleno de gotas de sangre. (Bernal)

 

XXXI

 

Por lo dicho, este cacique Lázaro o de Lázaro fue considerado un personaje amable. Los de la expedición de Grijalva, pocos meses más tarde, lo buscarían sin hallarlo, ni a él, ni al tenebroso templo ni a la buena predisposición indígena para darles la bienvenida con un suculento banquete. El amable Campeche de los acompañantes de Hernández de Córdoba y de los primeros cronistas desapareció sin más trámite, llevándose incluso el Río de Lagartos; en su remplazo hubo un lugar inhóspito, lleno de guerreros indígenas dispuestos a rechazarlos.

 

XXXII

 

También en Campeche surgieron los primeros testimonios so-bre la existencia de la cruz cristiana en América. Aunque en verdad nadie lo creyera, es desde esta versión donde se engrandece el inicio de la serie de fábulas sobre la evangelización de las Indias desde antes de la llegada de los españoles. La anotada por Mártir es la versión más religiosa y disparatada:

“Vieron los nuestros que tenían cruces y al preguntarles por su origen mediante las lenguas, contestaron algunos que al pasar por aquellos parajes un cierto varón hermosísimo les había dejado dicha reliquia como recuerdo. Otros dijeron que en ella había muerto un hombre más resplandeciente que el Sol. De cierto nada se sabe”.

Aunque dejando abierta la posibilidad, la más sensata explica-ción es la de Oviedo al comentar lo contado por Alaminos:

“yo lo tengo por fábula, y sí las había, no pienso que las harían por pensar lo que hacían en hacerlas, pues que en verdad son idólatras, como ha parecido por la experiencia, ninguna memoria tenían o había, entre aquella generación, de la cruz o pasión de Cristo, y aunque cruces hubiese entre ellos, no sabrían por qué las hacían; y si lo supieron en algún tiempo (como se debe creer), ya lo habían olvidado.”

Obviamente, Gómara y Ginés registran la información pero de inmediato afirman con claridad: “no hay rastro ni señal en aquella isla, ni aun en otra ninguna parte de Indias, que se haya predicado en ella el Evangelio”. Bernal se limita a decir: eran a “manera de señales de cruces”.

 

XXXIII

 

Sin la menor duda, la llegada a Campeche, donde el cacique Lázaro, fue una magnifica entrada a Yucatán. Si, como registra Oviedo, tuvieron cierto temor de ser tan poca gente para tierra tan poblada y tan grande, la experiencia vivida, a pesar del horripilante templo, les dio ánimos para continuar reconociendo la costa y los poblados.
Se afirma también que los españoles continuaron viaje al darse cuenta que incomodaban a los indígenas, lo cual sería muestra de una sensibilidad de la que carecían.

 

XXXIV

 

Las crónicas concuerdan en señalar entre 10 y 15 leguas (más o menos entre 55 o 83 kilómetros) la distancia desde Campeche hasta su nuevo punto de llegada: Champotón. Bernal dice diez días, demora causada por un largo norte de cuatro días que estuvo a punto de hundir las naves.
El fino oído español captó, como siempre, diversos nombres para el lugar: Moscobo, Champotón, Nochopobón, Potonchan, en la provincia de Aguanil o Aguanilla; los del cacique fueron: Champotón, Chapetón, Mochocoboc.
Siguiendo lo dicho por Bernal, las cartas de marear, los pilotos y los marineros bautizaron al lugar con el nombre de Costa de Mala Pelea.

 

XXXV

 

En realidad, ¿qué fue lo que pasó en Champotón? La informa-ción es muy extraña. En principio, de manera general, cuando se encontraban por primera vez los españoles con los indígenas, éstos los recibían en paz, con mucha curiosidad (la recepción en Campe-che es buena muestra de ello).
En los primeros viajes de descubrimiento y conquista, resulta excepcional la intención de matarlos o rechazarlos de buenas a primeras; a lo más, huyen.
Se menciona la probabilidad de que los indígenas de Cham-potón tuvieran noticias, advertencias, sobre la maldad de los españoles, lo cual resulta absurdo suponerlo para Champotón y no para Campeche, mucho más próximo a la entrada de los españoles en Yucatán y también de Cuba.
Si lo sucedido es como lo cuentan la mayoría de las crónicas –pero no Bernal–, desde Punta Mujeres a Champotón la única maldad de los españoles fue capturar un par de mayas para llevárselos a Cuba a fin de convertirlos en lenguas, y también el robo de unas pocas estatuillas de oro por el cura González. En verdad, no había razones ni tiempo para que pudiera ser alertado un pueblo tan lejano de Punta Mujeres como aquel.
 
                                                    XXXVI

 

Para explicar el sorprendente proyecto de emboscada y muerte, se sustenta en que los mayas, siempre escasos de agua, decidieran rechazar a los españoles para evitar que les quitaran la suya, de pozo o manantial. Pero al persistir el empeño de llenar y llevarse sus barricas a las naves, decidieran matarlos. Pero esto es bastante exagerado para tomarlo en consideración, y más de no existir algún antecedente justificativo.

 

XXXVII

 

Otra versión atribuye a los mayas el plan de emboscar a los es-pañoles para obligarlos a retroceder alejándose de sus naves y no hacia ellas. También podría agregarse el error de los españoles de dormir en tierra.
Aunque continúe siendo excepcional haber sido recibidos de forma tan siniestramente agresiva, ese plan era correcto, pues si la intención era exterminarlos, lo lógico era cerrarles la huida segura hacia las naves, obligados así a internarse cada vez más en territorio maya, eliminando de esa forma las posibilidades de salvación.
Dormir en tierra en las proximidades de un pueblo cuyos habitantes habían mostrado agresividad hacia ellos, era inoportuno, además de una tentación para un ataque sorpresa.

 

XXXVIII

 

Al parecer, el punto clave en este asunto, radica en haberse quedado a dormir en tierra, quizá como habrían hecho en Campe-che. En las “Instrucciones de Diego Velázquez a Hernán Cortés” para el viaje a Yucatán, teniendo en cuenta la información dada por Hernández de Córdoba y también por Juan de Grijalva, el gobernador de Cuba ordena específicamente:

… en ninguna manera duerman en tierra ninguna noche ni se alejen tanto de la costa del mar, que en breve no puedan volver a ella; porque si algo les acaeciera con los indios, puedan de la gente de los navíos ser socorridas.

 

XXXIX

 

Bien, los españoles duermen en tierra, preocupados, asustados, alertas, haciendo guardias para no ser sorprendidos por los indígenas, discutiendo sobre la actitud a tomar: regresar a los navíos, atacarlos en la noche, pelear a la mañana siguiente. Amanece. Los mayas están frente a los españoles, armados, pintados, en actitud de pelea,

… con sus armas de algodón que les daba a la rodilla, y arcos y flechas, y lanzas, y rodelas, y espadas que parecen de a dos manos, y hondas y piedras, y con sus penachos, de los que ellos suelen usar; las caras pintadas de blanco y prieto y enalmagrado; y venían callando. Y se vienen derecho a nosotros, como que nos venían a ver de paz,

cuenta Bernal Díaz. Eran muchos mayas para tan pocos españoles. Más de mil, diez mil o veinte mil para la siempre exagerada óptica de Bernal. Cambian cuatro señales, algunas palabras: los atacan. Si, según las crónicas, fueron cerca de 110 los españoles embarcados en Cuba, ahora las cuentas sólo señalan unos cincuenta, sedientos, hambrientos, cansados, con una mala noche encima y, sobre todo, muy mal armados para pelear, para enfrentarse a tanto indígena dispuestos a matarlos.   
Al ver a tantos compañeros heridos y muertos, los españoles se agrupan con el fin de abrirse paso hacia las naves y escapar de la trampa en que se han metido.
Los mayas, se dice, estaban muy sorprendidos de las heridas causadas por las espadas: al no encontrar armadura o protección parcial de hierro, de un tajo cortaban un brazo, una pierna, una cabeza o los atravesaban de lado a lado.
Las ballestas también entraron en acción, pero seguramente eran pocas, con muy escasas flechas. Los cañones, los arcabuces brillaron por su ausencia. Por alguna experiencia previa, Velázquez ordenaría a Cortés impedir a los indios meterse entre ellos, pues “abrazándose los unos con vosotros, salir los otros, e como son muchos podrían correr peligro y perecer.”
 También las vanidosas melenas según la moda de los soldados españoles en Europa, fueron cortadas para los dos siguientes viajes. En el combate era fácil agarrarlos por ellas, tirarlos al suelo, matarlos o arrastrarlos.
El resultado de este encuentro fue terrible para los españoles.
Una verdadera carnicería. Más de la mitad resultaron muertos, dos soldados fueron hechos prisioneros, y el capitán, el mismísimo capitán, recibió más de treinta heridas: resultaba obvio que la orden militar de los mayas era matarlo a él.
Pero el momento más sangriento para los españoles llegó cuando se metieron al agua para tratar de llegar hasta las naves: ahí los atraparon indefensos y los mataron con facilidad; por lo común, los soldados españoles no sabían nadar. Debieron de ser larguísimos minutos de gritería, de un pánico infernal. Sólo uno entre todos, cuenta Bernal, no recibió ni una sola herida. Los demás, como alfileteros.

 

XL

 

Toda esta desgraciada y triste historia sobre el inicio del regreso a Cuba, subiendo por la costa yucateca y pasando por Florida, el único que la cuenta es Bernal. Todas las demás crónicas no dicen absolutamente nada sobre esto. Simplemente consignan que se regresó a Cuba, donde el capitán Hernández de Córdoba informó a Velázquez de su descubrimiento, le pidió que fuera a poblar y murió a los pocos días por las heridas recibidas en la terrible batalla contra los mayas en la última parada en Yucatán.

 

XLI

 

Pero al saber Hernández de Córdoba que Velázquez había nombrado a su deudo Juan de Grijalva como capitán de la armada destinada a la conquista y poblamiento de las nuevas tierras halla-das, entró en cólera por considerarse despojado de algo suyo, conseguido con sus dineros y los de sus socios, después de pasar tantos peligros y recibir tantas heridas.
Decidió que al recuperarse de sus heridas, reuniría algún dinero para viajar a España a fin de presentar su queja al Rey.
Considerando a Las Casas su amigo, le escribió a Zaragoza, donde en ese tiempo se encontraba, contándole su aventura, el descubrimiento de nuevas tierras, el abuso de Velázquez contra él, y le pedía el favor de informar al Rey de su situación.
Pero como dice Las Casas, “Dios dispuso de llevarlo al otro mundo, a que le diese cuenta de otros mayores agravios que él hizo a los indios de Cuba, de quien se servía y chupaba la sangre”.

 

XLII

 

Finalmente, a principios del siglo XVII, en 1604, Baltasar Do-rantes de Carranza,

hijo del conquistador Andrés Dorantes y Carranza, quien fue uno de los participantes de la increíble aventura de Núñez Cabeza de Vaca, en la relación histórica presentada al virrey Marqués de Montesclaros en busca de dineros o empleos, al llegar al final de si relato del viaje de Hernández de Córdoba, escribe:

“Y cáeme en mucha risa que este Francisco Hernández, después que llegó a Cuba y a morir de sus heridas, que dejó muy en forma por heredero de aquella conquista y descubrimiento a Diego Velázquez, como si fuera suya o la hubiera heredado por legítima de sus padres, y este fue el primer achaque o derecho que tomó Diego Velázquez para armar a Juan de Grijalva, su sobrino, y después a Cortés.”

 

XLIII

 

Así, de esta manera, con esta gran confusión de historias, datos y ficciones, llegaron hasta nosotros los testimonios sobre el inicio de la conquista del Imperio Azteca por los españoles. Era el año de 1517...

 

NOTAS

 

  1. En este trabajo manejo las ocho crónicas más tempranas y el desbarajuste informativo es apabullante
  2. Se afirma, sin mayor respaldo, que en el viaje de Díaz de Solís–Vespucio de 1497, y en el de Hojeda–Vespucio de 1499, se costeó Yucatán y se sobrepasó el punto hasta donde alcanzó a llegar Grijalva en 1518. Éste es un tema muy polémico, incluso en lo referente a la presencia de Américo Vespucio en los viajes. También se atribuye a Juan Ponce de León haber llegado a Yucatán en 1513 y en 1516, pero tampoco hay pruebas concluyentes respaldándolo.
  3. Se dice que Nicuensa también estaba en la barca. Yo no he encontrado como respaldar ese dato. 
  4. Siempre se ha aceptado que Aguilar mandó a avisar a Guerrero de los navíos españoles esperándolos y del mensaje enviado por Cortés para resca-tarlos. Aparte de la relación de Tapia, presente en los hechos del encuentro, dice que Aguilar no le avisó a Guerrero pues ya conocía su negativa a regresar con los españoles. Debería creerse que dada su situación de cautivo, le era casi imposible disponer de un mensajero a quien enviar a dar la noticia, además del tiempo requerido para ir y regresar de donde se encontraba el otro sobreviviente: se supone que en el extremo opuesto.
  5. Este concepto de regresar e informar es el que quita carácter precursor a los recorridos costeando y a las llegadas casuales, sin regreso, anteriores al viaje de Hernández de Córdoba.
  6. Las eruditas o sentimentales elucubraciones sobre si fue positiva o negativa la conquista de América por los españoles es, a más de cinco siglos de distancia, una pérdida absoluta de tiempo y de energía. Nunca sabremos la forma en que habrían evolucionado los Imperios y los pequeños cacicazgos americanos; tampoco el desarrollo de Europa y del resto del mundo conocido sin la incorporación de América a su realidad.
  7. El arribo a Yucatán en 1517, el viaje de Grijalba a la entrada de lo que es hoy Veracruz, el encuentro del Imperio Azteca en 1519 y del Incaico en 1532, relanzaron el interés, las esperanzas, la codicia de los españoles, y de los europeos en general. América recién entonces dejó de ser un sueño para convertirse en una inequívoca realidad de enormes riquezas exportables.
  8. Sánchez Ferlosio, en Esas Yndias equivocadas y malditas (págs. 28 a 33), ejemplarizando en Hernando de Soto, opina que el oro, la riqueza, fue un motivo secundario para la mayoría de los conquistadores; se lo jugaban o despilfarraban apenas lo recibían. En su opinión “lo que movió a la gran mayoría de los conquistadores fue, por el contrario, la pura inquietud espiritual de continuar el ejercicio ensangrentado de esa montería de aperrear indios”.
    Aunque sugerente, este planteamiento generaliza desde una indudable minoría de conquistadores, pues minoría fue la que alcanzó a tener canti-dades importantes de oro y disponer del poder para organizar “montería de indios”. En una entrada o una conquista amplia, lo obtenido se repartía en tres o cuatro partes: el quinto de la Corona, una parte para la autoridad local, otra para el capitán y organizador del grupo, y la última, entre varias decenas de soldados. Y no cualquier soldado o civil español se convertía en organizador y jefe de un grupo conquistador o depredador.
  9. Es conocida la anécdota sobre la primera vez que se encontró el gran justador con Balboa, el descubridor del Océano Pacífico, Adelantado de la Mar de Sur, Gobernador de Panamá y Coiba. Esperaba verlo sentado en alguna especie de trono, pero halló a un hombre como de 40 años, alto, fuerte, rubio, vestido con una camisa sencilla de algodón, anchos calzones y alpar-gatas, subido en el techo de una cabaña india, ayudando a cubrirla con pajas.
  10. La actitud de regresar a España, huir a otras islas o morir en algún proyecto desesperado, no era inédita. Con Ovando había pasado lo mismo en 1502, muriendo la mitad de los 2500 personas que viajaron con él a La Española.
  11. Según otros cálculos de Fernández de Oviedo, a los seis meses de la egada de la armada de Pedrarias a la actual Panamá, los españoles que habían regresado a España, huido a otras islas cercanas o muerto por enfermedad o cabalgada, eran más numerosos de los que continuaban al lado del gobernador.
  12. Díaz del Castillo, Bernal: Historia verdadera de la conquista de Nueva España. Tomo A. Edición de Miguel León Portilla. Historia 16. Crónicas de América, 2ª. Madrid, segunda edición, 1984. Págs. 66–67.
  13. La situación material de los españoles “vagabundos” debe haberlos llevado a mal vender sus armas y hasta sus ropas. De acuerdo a lo contado por Juan Rodríguez Freyle en su libro conocido como El Carnero, en 1538 aún habían españoles que iban a conquistar prácticamente desnudos, y les daba una inmensa alegría encontrar mantas y camisetas, pues con éstas se vestían y hasta se hacían chancletas. Aun en esos años, ya conquistados el Imperio Azteca y el Incanato, las autoridades enviadas por los reyes, traían ropa española para vender a los soldados que ya andaban vestidos con mantas de algodón y alpargatas caseras. El caso contado Rodríguez Freyle en El Carnero se refiere al gobernador del Nuevo Reino de Granada, el licenciado Jerónimo Lebrón, quien los artículos que llevó para vender fueron lo mejor vendido en la época.
  14. Buen ejemplo de esto es el caso de Silvio Zavala, quien en los Intereses particulares en la conquista de la Nueva España (1933), utiliza para su análisis la sociedad de Bernal Díaz calificándola de “clásica y de pureza contractual admirable”, pero en la tercera edición de Las instituciones jurídicas en la Conquista de América (1988), a pesar de volver a citarla, le antecede un pru-dente “de creer a Bernal Díaz”, da más espacio a la versión del Cabildo de Veracruz y a la de Las Casas.
  15. En la Probanza con motivo del incidente que provocó la llegada de Cristóbal de Tapia. Año de 1522, tanto las preguntas como las respuestas giran en torno a los tres socios, y los once testigos interrogados los conocieron, supieron u oyeron; no hubo respuesta adversa a la existencia de la sociedad formada por ellos. Seis de los once testigos presentados formaron parte de la expedición; ninguno de ellos declaró que fue iniciativa de ellos, de los 110 soldados, la empresa que los contrató y con la que llegaron a Yucatán.
  16. Es famoso el cuento sobre “Becerrillo”, el perro que cobraba su parte en lo conseguido como si fuera soldado de a pie.
  17. Esta importante probanza fue publicada por Edmundo O’Gorman en el Boletín del Archivo General de la Nación, tomo IX, núm. 2. México, 1938. Págs. 181 a 235.
  18. No existe prueba documental de que Alaminos viajara con Colón en alguno de sus cuatro viajes.
  19. En la Probanza con motivo del incidente que provocó la llegada de Cristóbal de Tapia. Año de 1522., salvo Alaminos, los demás testigos participantes en la expedición concuerdan en afirmar que el plan era cazar indios y que un tiempo contrario los llevó hasta Yucatán.
  20. Hugh Thomas en su libro El Imperio español, incorpora a los dos socios de Hernández de Córdoba en la expedición como capitanes. Esta probabilidad no está respaldada por algún documento. Tampoco el que llegasen a Isla Mujeres ni que Hernández de Córdoba perteneciera a la familia del Gran Capitán.
  21. Bernal dice que los agarró una tormenta de 2 días y después de 21 días e “salidos de puerto”, vieron tierra. Si esos 21 días se suman al 8 de febrero, estamos hablando de una llegada que correspondería al 29 de febrero, es decir 1 de marzo (febrero tuvo 28 días), y si es al 12 de febrero, día en que se dobla el cabo –no puerto–, de San Antón, la fecha de llegada sería 5 de marzo, que es la preferida por los historiadores, no sé por qué caprichoso cálculo e ilógica deducción, pues en todo caso Bernal señala con precisión que el 4 de marzo de 1517 se acercaron a la nave diez canoas muy grandes (en el texto de Bernal figura “y una mañana, que fueron 4 de marzo”, lo cual “podría permitir suponer que llegaron al atardecer del 3 de marzo y que “y una mañana” –¿del día siguiente, 4 de marzo?– vinieron hacia la nave las diez canoas de los indios.
  22. Andrés de Tapia, en su crónica, testimonio sobre la Conquista de México, recuerda que un par de años antes, las naves de Hernández de Córdoba “debido a una tormenta llegaron a una parte de la Tierra Firme, que es algo debajo de la isla de Cozumel…”.
  23. En el Itinerario de la Armada..., referente al viaje de Grijalva en 1518, al iniciar la navegación por la costa de Yucatán, se anota: “y encontramos una muy hermosa torre en una Punta, que se dice estar habitada por mujeres que viven sin hombres (créese que serán de la estirpe de las amazonas)...”. Yo insisto en creer que esa Punta donde habitan mujeres, al inicio de las tierras de Yucatán, es el lugar a donde tocó tierra por primera vez la expedición de Hernández de Córdoba: Punta Mujeres. 
  24. Es muy probable que nunca se llamara Cairo o Gran Cairo a Cabo Ca-toche. El historiador inglés Hugh Thomas, para quien este Cairo es el tercer punto de visita al considerar, contra toda versión, que es una parada siguiente a Cabo Catoche, se apega a la afirmación de Mártir de que el lugar fue llamado así en recuerdo de la capital egipcia, explicando, además, que el nombre fue dado porque “quizá algunos miembros de la expedición había leído u oído hablar de Legatio Babylonia, el relato que escribió Mártir de su misión en El Cairo en 1498”. Esto es un disparate, aún aceptando que en la expedición hubieran "marineros levantiscos, que bien podían ser griegos (!)".
  25. En el viaje de Cortés, en 1519, en la relación de uno de sus soldados, Andrés de Tapia, se vuelve a señalar que fueron, desde Cozumel, y en “un portezuelo”, halló la nave que la faltaba, en “la Punta que llamó de las Mujeres porque todos los ídolos que en unas salinas que ende estaban eran a manera de mujeres”.
  26. Dorantes de Carranza, 87 años más tarde del viaje, dice que Hernández de Córdoba “dio sin pensar en Punta Mujeres y costa de Yucatán”, y en esos primeros años del siglo XVII ya se sabía la diferencia entre isla y Punta.
  27. Los conocimientos marítimos y geográficos de Alaminos se mostraron en las dos primeras expediciones a Yucatán, carentes de cualquier acierto. Por no trazar una carta de navegar –error imperdonable en un marino–, en el viaje con Grijalva fue incapaz de llegar o al menos identificar cualquiera de los pueblos indígenas importantes visitados pocos meses antes con Hernández de Córdoba.