MUERTE DE FERNANDO DE MAGALLANES

(Isla Mactan, Filipinas, 27 de abril de 1521)

 

                                                                                       Antonio Pigafetta.

 

El viernes 26 de abril, Zula, señor de la isla de Ma-tan, envió a uno de sus hijos para que se presentase ante el capitán general con dos cabras; y le dice que él hubiese querido rendir entero su tributo, pero que el otro señor de allá, Celapulapu, se negaba a obedecer al rey de España, y no lo había completado. Y que la noche siguiente le mandara una sola lancha llena de hombres, pues él cooperaría en el combate. El capitán general decidió ir en persona, con tres embarcaciones. Le suplicamos reiteradamente que no fuera, pero él, buen pastor, se negaba a abandonar a su grey. A medianoche, partimos sesenta hombres, armados con coseletes y celadas, junto al rey cristiano, los príncipes y algunos poderosos, más veinte o treinta balangai; llegamos a Matan tres horas antes del amanecer. No quiso el capitán combatir desde el primer mo-mento; antes ordenó advertirles, por el moro, que si querían obedecer al rey de España, y reconocer al rey cristiano como su señor, pagándonos además el tributo, sería él su amigo; mas de lo contrario, que aguardasen a saber cómo herían nuestras lanzas. Respondieron que si nosotros disponíamos de lanzas, las de ellos, de caña, habían ardido en el incendio, como sus armas todas; y que no empezásemos el asalto entonces, pues era mejor aguardar a que rompiese el día, que iban a ser más gente. Lo cual proclamaban a fin de que emprendiésemos su persecución, pues habían cavado fosas detrás de las viviendas y querían hacernos caer allí. Hecho el día, saltamos al agua ––nos llegaba al muslo— sólo cuarenta y nueve hombres y avanzamos más de dos tiros de ballesta hasta alcanzar la playa. Las lanchas no pudieron avanzar de ninguna forma por los pedruscos casi a flor de agua. Los otros once hombres quedaron a su cuidado. Cuando alcanzamos la tierra, aquella gente había conseguido reunir tres batallones con más de mil quinientos indígenas. Cuyos tres, de pronto, al oír-nos, se abalanzaron hacia donde estábamos con fortí-simas voces, uno por cada flanco, de frente el otro. Cuando se percató de esto el capitán, nos dividió en dos grupos, y así se dio comienzo a la refriega. Los escopeteros y ballesteros tiraron desde dema-siado lejos, cerca de media hora en vano, traspasándoles sólo los escudos, hechos de tabla delgadísima, y los brazos. El capitán gritaba: ¡No disparéis! ¡No disparéis!, mas no le valía de nada. Cuando vieron los otros que las balas no los he– rían, se determinaron a insistir, y arreciaban en sus gritos. En el momento de cada descarga, no la aguar-daban quietos, sino con saltos de acá para allá; a cubierto de sus escudos, nos disparaban tantas flechas, tantas lanzas de caña (sobre el capitán general, alguna de hierro), tantas jabalinas endurecidas al fuego, piedras y fango, que apenas nos podíamos defender. Ante ello, comisionó el capitán a algunos para que les incendiasen las casas y asustarlos. Cuando vieron que sus casas ardían, su ferocidad se redobló. Próximos a tal hoguera, caían para siempre dos de los nuestros; conseguimos que aquella alcanzase a veinte o treinta viviendas, a lo más. Pero atacaron tanto, en ese punto, que una flecha envenenada traspasó la pierna derecha del capitán. Por lo que éste ordenó que nos retiráramos poco a poco; pero la mayoría huyó en desbandada. Así que seis u ocho solamente permanecimos junto al capitán. No nos disparaban alto, sino a las piernas, por lle-varlas desnudas. Y no podíamos resistir, ante un aluvión de lanzas y piedras como aquél. Las bombardas de las naos eran incapaces de prestarnos ayuda, por la distancia, así que hubimos de replegarnos más de un tiro de ballesta dentro del agua, que nos alcanzó ya a la rodilla, sin dejar de combatir. Ni de perseguirnos ellos: que llegaban a recoger hasta cuatro o seis veces la misma lanza, para enviárnosla nuevamente. Conociendo al capitán, tanto se concentró el ata-que en él, que por dos veces le destocaron del yelmo. Pero, como buen caballero que era, se sostuvo con gallardía. Con algunos otros, más de una hora combatimos así, y rehuyendo retirarse, un indio le alcanzó con una lanza de caña en el rostro. Él, instantáneamente, mató al agresor con la suya, dejándosela recta en el cuerpo; metió mano, pero no consiguió desenvainar sino media tizona, por otro lanzazo que cerca del codo le dieran. Viendo lo cual, vinieron todos por él, y uno, con un gran terciado ––que es como una cimitarra, pero mayor––, medio le rebañó la pierna izquierda, de-rrumbándose él boca abajo. Llovieron sobre él, al punto, las lanzas de hierro y de caña, los terciarazos también, hasta que nuestro espejo, nuestra luz, nues-tro reconforto y nuestro guía inimitable cayó muerto. Mientras lo herían, se volvió algunas veces aún para ver si todos alcanzábamos las lanchas; después, viéndolo ya cadáver, heridos y lo mejor que nos cupo, alcanzamos aquéllas, que huían ya. El rey cristiano nos hubiese prestado ayuda; pero, antes de desembarcar, le había encargado nuestro jefe que bajo ningún pretexto abandonara su balangai, sino que observase cómo combatíamos. Cuando el rey supo su fin, lloró. A no haber sido por ese pobre capitán, ninguno de nosotros se hubiese salvado en las lanchas; porque, gracias a su ardor en el combate, fue como las pudimos alcanzar. Fío mucho en Vuestra Señoría Ilustrísima porque la fama de capitán tan generoso no se extinga con nuestros tiempos. Entre las otras virtudes que concurrían en él, era la más permanente ––a través de avatares bien apreta-dos–– su fortaleza para resistir el hambre mejor que todos, así como que conocía las cartas náuticas y navegaba como nadie en el mundo. Y se verá la verdad de esto abiertamente, ya que ninguno se ingenió ni se atrevió hasta conseguir dar una vuelta a ese mundo según él ya casi la había dado. La batalla se desarrolló el sábado 27 de abril de 1521 (el capitán quiso librarla en sábado por ser el día más de su devoción). Fueron muertos con él ocho de nuestros hombres, y cuatro indios ya bautizados: éstos, por las bombardas de las naves, que en plena refriega se acercaron a prestar ayuda. Y, de los enemigos, quince sólo; contra, además, muchos heridos nuestros. Después del yantar, envió el rey cristiano a inquirir ––con nuestro consentimiento–– cerca del de Matan si no querrían entregar el cuerpo del capitán con los de los otros caídos, que, a cambio, se les daría cuanta mercancía apeteciesen. Respondieron que no se entregaba tal hombre, como pensábamos, y que no lo devolverían por la mayor riqueza del mundo; antes querían conservarlo para su memoria. Apenas murió el capitán, los cuatro hombres que teníamos en el poblado para la adquisición de víveres hicieron subir éstos a bordo. Nombramos después dos gobernadores: Duarte Barbosa, portugués, pariente del capitán, y Juan Serrano, español. Nuestro intérprete, que se llamaba Enrique, por haber resultado ligeramente herido, no bajaba ya a tierra para resolver las cosas necesarias, sino que solía permanecer tumbado bajo una tolda por lo que Duarte Barbosa, gobernador de la nao capitana, le reprendió a gritos, advirtiéndole que no por la muerte de su señor, el capitán, quedaba libre, sino que ya se encargaría él de que, apenas de regreso en España, pasase a servir a doña Beatriz, mujer del capitán general; lo amenazó con que, si no bajaba a tierra, había de mandarlo azotar. Se levantó el esclavo, pareciendo obedecer a tales palabras, y bajó a tierra a transmitir al rey cristiano que querían marcharse pronto. Pero que, si querían concertarse con él, él se apoderaría de los barcos y de la carga toda; de manera que organizaron una trai-ción. El esclavo volvió a bordo, aparentemente más activo que antes. El miércoles por a mañana, 1 de mayo, mandó el rey cristiano notificar a los gobernadores que tenía a punto ya las joyas que prometiera enviar al rey de España, con la súplica de que almorzasen con él, acompañados por otros caballeros, pues se las daría. Veinticuatro hombres bajaron a tierra; entre ellos, nuestro astrólogo, que se llamaba San Martín de Sevilla. Yo no pude bajar, por seguir vendado de resultas de una flecha envenenada que recibí en la frente. Juan Carbalho, con el preboste, volvió a poco, diciéndonos que habían visto cómo aquel hermano del príncipe que sanara casi de milagro se llevaba hacia su casa al sacerdote... Y que sospecharon algún mal. No había terminado sus palabras, cuando oímos grandes gritos y lamentos. Levamos anclas con rapidez y, disparando sobre el poblado muchas bombardas, fuimos hacia tierra; y, mientras nuestro fuego, vimos a Juan Serrano en camisa, atado y herido, que nos gritaba que no tirásemos más, o lo matarían. Le preguntamos si todos los demás habían muerto, y contestó que todos, a excepción del intérprete. Suplicaba una y otra vez que lo rescatáramos con la entrega de cualquier mercancía, pero Juan Carvalho, su compadre, no quiso ––y tampoco los portugueses, en afán de ser sus propios dueños–– tocar tierra. Sin cesar de plañir, nos repitió Juan Serrano que, aún no habríamos desplegado velas y ya sería él muerto. Y que rogaba a Dios que, en el día del juicio, demandase su alma a Juan Carvalho, su compadre. Zarpamos, sin más. No sé si quedó muerto o vivo.

 

Relación del primer viaje alrededor del mundo. Noticias del mundo nuevo con las figuras de los países que se descubrieron señalados. Por Antonio Pigafetta Vicentino. Caballero de Rodas. Edición de Leoncio Cabrero. Historia 16. Crónicas de América, 12. Madrid, 1985. Pág. 109–113.

 

 

NOTA

 

La expedición marítima que logró dar la primera circunnavegación de la Tierra, partió de Sevilla el 10 de agosto de 1519 y estuvo de regreso en el mismo puerto el lunes 8 de setiembre de 1522: más de tres años de navegación. Como capitán general viajó el marino portugués Fernando de Magallanes, pero la flota estaba al servicio del rey de España. Esta histórica navegación resultó una aventura ca-tastrófica. De los 234 hombres que se embarcaron regresaron 18, la mayor parte enfermos; y de las cinco naves de la expedición, sólo regresó una (regresaron tres): Victoria; aunque tres años más tarde, Trinidad, que había tomado otra ruta para el tornaviaje, llegó con sólo 4 hombres de los 55 que componían la tripulación inicial. Además, Magallanes, el capitán general, fue muerto en combate, tal como se cuenta en el texto precedente, escrito por uno de los tripulantes supernumerarios (En este computo negativo se considera a la nave San Antonio y a su tripulación entre los “no llegados”, pues desertó antes de cruzar del Atlántico al Pacífico). La verdad también es que pocas veces un viaje tras-atlántico fue tan mal planeado. Todos los tiempos de navegación fueron erróneos. Sólo en ir de Sevilla al punto final en América del sur –es decir, el del pase de un océano a otro–, se demoró 15 meses, con paradas climáticas, una de las cuales duró casi cinco meses). La disciplina y la elección de capitanes también fue otra equivocación completa. Para comenzar, la ya citada deserción de la nave de mayor tonelaje (120) y mayor número de tripulantes (60), la San Antonio. La explicación de este clandestino abandono se centra en el piloto Esteban Gómez, que “odiaba sin límites al capitán general” (odio compartido con los otros capitanes que “lo aborrecían, ignoro el por qué, salvo porque él fuese portugués y ellos españoles”, aclara Pigafetta) Otra nave, Santiago, la de menor tonelaje (75) y del menor número de tripulantes (32), naufragó al salir a explorar las costas próximas a la bahía de San Julián, salvándose, sin embargo, la tripulación. Poco antes de estos lamentables hechos –perder la flota 60 hombres y dos naves–, unos marinos se conjuraron para asesinar a Magallanes. Al ponerse en marcha la conspiración, uno de ellos fue descuartiza-do y otro muerto a puñaladas por los marineros. Un tercer conjurado, quien pretendió días después llevar a cabo el asesinato, fue desterrado y dejado en tierra patagónica en compañía de un clérigo, su confidente. Para colmo, durante la primera derrota en el Océa–no Pacífico, no encontraron lugar donde repostar a lo largo de tres meses y veinte días, siendo diezmados por la hambruna y el escorbuto. Pigafetta también da un esbozo de lo que fue este terrible drama: “El miércoles 28 de noviembre de 1520 nos desencajonamos de aquel estrecho, sumiéndonos en el mar Pacífico. Estuvimos tres meses sin probar alguna clase de viandas frescas. Comíamos galletas: ni galleta ya, sino su polvo, con los gusanos a puñados, porque lo mejor se lo habían comido ellos; olía endiabladamente a orines de rata. Y bebíamos agua amarillenta, putrefacta ya de muchos días, completando nuestra alimentación con cellos de cuero de buey, que en la cofa del palo mayor protegían del roce de las jarcias; pieles más que endurecidas por el sol, la lluvia y el viento. Poniéndolas al remojo del mar cuatro o cinco días y después un poco sobre las brasas, se comían no mal, mejor que el serrín, que tampoco despreciábamos. Las ratas se vendían a medio ducado la pieza y más que hubieran aparecido. Pero por encima de todas las penalidades, esta fue la peor: que le crecían a algunos las encías sobre los dientes –así los superiores como los inferiores de la boca–, hasta que de ningún modo les era posible comer: que morían de esta enfermedad.” Aquí es obligatorio señalar, aunque nadie lo haga, que de no haberse perdido casi cinco meses en una de las paradas estratégicas para esperar la finalización del invierno, la alimentación embarcada antes de salir, hubiera bastado para cubrir las dietas de alimentación de cada tripulante (debe señalarse desde un utópico sentido práctico, que la totalidad de la tripulación de las cinco naves devengaba durante esos meses el salario fijado para cada uno antes de salir a la mar, lo cual, también teóricamente, era un grave perjuicio económico cargado a los costos materiales de la expedición). Igual debe recordarse, que la primera fecha de sali-da, fijada por Magallanes fue el 25 de agosto, la cual postergó la Casa de Contratación hasta diciembre del mismo año, pero se alargó hasta el 10 de agosto del año siguiente. Con lo cual la primera fecha de salida, al igual que la última, implicaba también un error elegido por el capitán portugués, quien debería haberse informado por los sobrevivientes de la expedición de Solís, sobre el clima existente por lo menos en el actual Río de la Plata). La muerte de Magallanes también fue resultado de otra absoluta ineficacia. Al ser atacados los sesenta españoles que bajaron con el capitán general a enfrentar el reto del cacique Celapulapu, que se negó a pagar su tributo al Rey de España, ¡¡los ballesteros y escopeteros dispararon durante media hora desde una distancia que no hacia daño a los indígenas y que no intentaron acortar!! Y, además, la vergonzosa desbandada de los sobrevivientes, dejando a los heridos abandonados y a Magallanes defendiéndose, rodeado sólo por media docena de sus fieles tripulantes, en una batalla cuya única finalidad era ya su muerte (Celapulapu es Lapu–Lapu, el jefe tribal a quien se considera un héroe filipino por ser el primero en rechazar la llegada de extranjeros). La vuelta al mundo fue concluida por el maestre Juan Sebastián del Cano, después de quemar la nave Concepción por la falta de marinería para seguir llevándola. De los sesenta marinos que partieron de Maluco hacía España, cuarenta y dos o “murió de hambre, se evadió en la isla de Timor o fueron ejecutados por sus delitos…"*

 

*La información de este texto se basa en lo narrado por Antonio Pigafetta, la fuente principal del viaje, según la edición de Leoncio Cabrero en Historia 16.