LA MUERTE DE FRANCISCO PIZARRO
(Lima, 26 de junio de 1541)

 

                                                                             Pedro Cieza de León.

 

Juntados los que tengo dicho, en la posada de D. Diego (se refiere a Diego de Almagro, el mozo, y a los más allegados a él, enumerados en el capítulo anterior), sin mandárselo él ni tampoco estorbarlo, Juan de Herrada dijo: “Señores, mirá que si nos mostramos con ánimo é nos damos maña á matar al Marqués, que vengamos la muerte del Adelantado y tenemos en la tierra el premio que merecen los servicios que le hemos hecho al Rey en ella, y si no salimos con nuestra intención, nuestras cabezas serán puestas en el rollo que está en la plaza; pero cada uno mire lo que le va en este negocio”.

 
Todos le respondieron conforme á lo que él deseaba, é así salieron de donde estaban, armados con cotas é coracinas y alabardas, y dos ballestas, é un arcabuz, y á grandes voces iban diciendo: “¡Viva el Rey, mueran tiranos!” García de Alvarado, con los que hemos nombrado, salió por otra calle á caballo á les dar favor.

 
Prosiguiendo su camino los de Chile hacia las casas del Marqués, iban atravesando hacia la pla-za por las calles de la ciudad, adonde había más de mil hombres, solos diez é nueve, é aunque oían el apellido, por algún secreto juicio de Dios, no lo estorbaban, antes decían: “Ó van á matar al Marqués ó á Picado”.

 
Los  conjurados fueron todavía la plaza adelante diciendo: “¡Viva el Rey, mueran tiranos!” é algunas veces nombraban á Almagro; y así llega-ron sin contraste á las casas del Marqués, las cua-les son fuertes, y que para llegar adonde él estaba hay dos patios, y en el uno unas portadas estre-chas, en las cuales estaban unas puertas tan fuer-tes, que si un hombre solo cerrara el cerrojo, no eran parte doscientos que viniera á le enojar, sin esto, adonde él estaba había otra puerta que, á ponerse en ella todos los que con él se hallaron, no eran parte los que venían á le enojar; mas no hobo atención á nada de esto.


Estaban en el patio Lozano, su Maestre–sala, é un Antonio Navarro, é Hurtado, su criado, y con él estaban en la sala, con solamente capas y espa-das, Francisco Martín de Alcántara, y el capitán Francisco de Chaves, D. García Diez, obispo del Quito, su Teniente, el doctor Juan Blázquez, el veedor García de Salcedo, Luis de Rivera, Juan Ortiz de Zárate, Alonso de Manjarres, D.  Gómez de Luna, el secretario Pedro López de Cáceres, Francisco de Ampuero, Rodrigo Pantoja, Diego Ortiz de Guzmán, el capitán Juan Pérez, Alonso Pérez de Esquivel, Hernán Núñez de Segura, Juan Enríquez, el viejo, Gonzalo Hernández de la Torre, Juan Bautista Mallero, Hernán González, y otros algunos criados del Marqués é de los que con él estaban.

 
Y estando hablando el Marqués con el electo obispo del Quito, Diego de Vargas, su paje, hijo de Gómez de Todoya, estaba á la puerta de la calle, y como viese por la plaza venir á los de Chile y conociese á Juan de Herrada y á Martín de Bilbao, con gran turbación entró por las casas dando voces, diciendo: “¡Arma, arma, que todos los de Chile vienen á matar al Marqués, mi señor!”

 
A estas voces el Marqués y los que con él esta-ban se alteraron é bajaron hasta ponerse en el descanso que hacia la escalera, para ver lo que era, y en esto los de Chile entraban ya por el se-gundo patio diciendo: ¡Viva el Rey, mueran tira-nos!” y Jerónimo de Almagro hirió malamente á Hurtado, criado del Marqués; Lozano, su Maes-tre–sala, animosamente se mostró contra ellos, mas siendo él solo poco aprovechaba su ánimo, y por intercesión de Diego Méndez no lo mataron.

 
Los que estaban con el Marqués se retiraron dentro á la sala, y con mucha cobardía todos los más de ellos huyeron feamente: el Doctor, con su vara, se arrojó por una ventana que salía á la huerta, é lo mesmo hizo el veedor García de Sal-cedo, é otros con tanto miedo é temor iban, que les parecía que los de Chile descargaban sus es-padas en ellos. Algunos se metieron entre las camas y debajo de los aparadores.

 
El Marqués y Francisco Marín, su hermano, y D. Gómez de Luna, é Vargas y Cardona, sus pa-jes, se metieron en la cámara que estaba más adentro para armarse.

 
Francisco de Chaves y Diego Ortiz de Guzmán, y Juan Ortiz é Pedro López de Cazalla, é Barto-lomé de Vergara, con algunos que no huyeron, estaban en la sala turbados y no sabían qué se hacer.

 
El Marqués, con ánimo valeroso, echando de sí una ropa larga de grana que tenía vestida, se entró en su recámara á armarse, é se vistió unas corazas, é tomando una espada ancha que le sir-vió en el descubrimiento, la sacó de la vaina, di-ciendo: “Vení acá vos, mi buena espada, compa-ñera de mis trabajos”.

 
La puerta de la sala la habían cerrado, y los de Chile subían por la escalera, é Juan de Herrada delante diciendo: “¡Oh, día dichoso y de grande felicidad, y cómo todos han de conocer que Al-magro fue digno de tener tales amigos, pues tan bien supieron vengar su muerte en el cruel tirano que fue causa de ello!”

 
El capitán Francisco de Chaves salió de donde se había metido con el Obispo, é mandó que abriesen la puerta, y aunque le dijeron que mejor estaba cerrada, pues con defenderla algún rato estaban ciertos que les vendría socorro, no bastó, porque vino a mandar que la abriese; é abierta que fue, encontró con Juan de Herrada é con los otros, á los cuales, con mucha humildad é sin semblante de resistencia, pues aún no echó mano á la espada, les dijo: “Señores, ¿qué es esto? No se entienda conmigo el enojo que traeis con el Mar-qués, pues yo siempre fui amigo”.

 
No le respondieron palabra los delanteros, y volviendo Juan de Herrada la cabeza á los que venían atrás, Arbolancha le dio una estocada mortal, de que luego el capitán Francisco Chaves cayó dando arcadas con la muerte, y fue rodando hasta el patio; los de Chile subieron á la sala di-ciendo: “¿Qué es del tirano? ¿Dónde está?” Martín de Bilbao allegó á la cámara donde estaba el Marqués, y Juan Ortiz de Zárate con una ala-barda le dio una herida o dos, y el Juan Ortiz fue también herido malamente.

 
Algunos quisieron decir que este Juan Ortiz de Zárate avisó a los de Chile que el Doctor los quería prender por mandado del Marqués, y otras cosas que hallo ser dichos de pueblo y no se puede averiguar nada, y por lo que hizo se colije ser mentira.

   
Francisco Martín de Alcántara estaba á la puer-ta de la cámara con su espada en la mano, y como viese que los de Chile habían ganado la segunda puerta, se retrajo á la recámara donde estaba el Marqués, su hermano, para le ayudar y morir con él.

 
Los de Chile daban grandes voces diciendo: “Muerta el tirano, que se nos pasa el tiempo y podría ser que le viniese favor”. El Marqués de-cía: “¿Qué desvergüenza tan grande ha sido ésta? ¿por qué me quereis matar?” y ellos, llamándole traidor, pugnaban por entrar para matarle.


El anciano Gobernador no dejaba con su denuedo de querer que la fama, que nunca muere, tuviese un punto de menoscabar el gran valor con que su persona se adornaba; tan animoso y de fuerte corazón se mostraba, que yo creyera, si estuviera en un campo espacioso, antes que por sus enemigos muriera tomara por sí propio la venganza.

 
Los de Chile que vieron que no le podían en-trar, pidieron á grandes voces lanzas cumplidas con quien desde afuera le pudiesen matar; dos pajes, mancebos, estaban con el marqués, el uno llamado Vargas y el otro Cardona, é con sus es-padas en las manos se pusieron al lado del Mar-qués, su señor.

 
Pues viendo los de Chile que no le podían en-trar, y que había ya gran rato que estaban allí, usaron de un ardid mañoso, y fue de echarle donde estaba el Marqués uno de ellos por fuerza, para que, embarazándose con él, ellos tuviese lugar de entrarle; y así á un Narváez, con grandes empujones que le dieron, le hicieron entrar de-ntro, y el Marqués le dio tales golpes que murió de ellos, y los de Chile entraron dentro de rondón, y Martín de Bilbao y otros descargaron sus golpes en el Capitán, que de descubrir reinos é conquistar provincias nunca se cansó, que esta-ba envejecido en el servicio Real.

 
Francisco Martín, si aprovechará su deseo conforme á lo que de sí mostró, nunca triunfarán del Marqués ni de él.

 
El Marqués, después de haber recibido muchas heridas, sin mostrar flaqueza ni falta de ánimo, cayó muerto en tierra; nombrando á Cristo, nuestro Dios, espiró, quedando el cuerpo del generoso Capitán adornado del ser que requería un tan famoso español como él fue, tendido en el suelo.

 
Fue su muerte a hora de las once del día, á veinte é seis días del mes de Junio, año de nuestra reparación de mil é quinientos é cuarenta y un años; gobernó por él y por sus Tenientes, desde la villa de Plata hasta la ciudad de Cartago, que hay novecientas leguas y más; no fue casado, tuvo, en señoras de este reino, tres hijos y una hija; cuan-do murió había sesenta é tres años é dos meses.


Se vio en el cielo una señal antes que él mu-riese, que claramente demostraba que había de suceder en el reino alguna cosa notable, y fue que vieron la luna estando llena, clara, é desde á un poco se encendió y declinó su color, á rubia san-gre la mitad de ella, y la otra mitad negra, y mostraba lanzar de sí unas esponjas, todo de color sangre; muchos hubo que lo vieron así como yo lo cuento.

 
Fue muerto asimismo su hermano Francisco Martín de Alcántara, y los dos pajes Cardona y Vargas, y fueron heridos malamente D. Gómez de Luna, é Gonzalo Hernández de la Torre, é Francisco de Vergara, y Hurtado.

 

Cieza de León, Pedro: Obras Completas II. Las Guerras civiles Peruanas. Edición crítica, comentarios e índices por Carmelo  Saenz de Santa María. Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Monumenta Hispano–Indiana II. Madrid, 1985. (Ver págs. 197 a 199)

 

NOTA

El historiador peruano Raúl Porras Barrenechea, pizarrista de hueso colorado, enumera en su capítulo sobre la muerte de Pizarro, los cronistas contemporáneos que narran los hechos en base a testimonios que recogieron de testigos próximos a los hechos: Pedro Pizarro, Zarate, Garcilaso (recuerdos infantiles y confirmados más tarde), y Cieza de León. A partir de estas narraciones se armó la historia que escribirían después Herrera, Quintana, Prescott, Mendiburu y hasta Ricardo Palma en su tradición “Los caballeros de la capa”. Sin embargo, sólo a Cieza le da su visto bueno al calificar la narración de la muerte del conquistador del Imperio Incaico como “minuciosa e imprescindible”.


En realidad, Cieza inicia su narración en el capitu-lo XXIX y la concluye en el XXXI, formando, como dice Pedro R. León, “un plan narrativo cuidadosamente organizado… en el que se observa la preocupación del narrador por el detalle ambiental, por la actitud y el gesto de los actores principales y secundarios”. (Dada la amplitud de la parte previa al asesinato  de Pizarro, he debido limitarme a copiar solo el capitulo XXXI que trata del asesinato casi desde que salen de la posada donde vivía Diego de Almagro, hijo, hasta la caída al suelo, cubierto de heridas mortales causadas por espadas y puñales, hasta el pequeño recuento de los hechos y de la vida del marqués).


En el asesinato de Pizarro, se destacan varios hechos concretos que necesariamente debían desembocar en su muerte.

 
El primero de todos es la subestimación de los avisos al conquistador sobre la conspiración almagrista: al parecer eran muchas las personas que al tener noticia de los planes sangriento de los amigos de los Diego Almagro, padre e hijo, le transmitían los hechos al mismo Pizarro o a los de su entorno.

 
El segundo, es la estampida, abandonando al marqués, de la mayoría de personas que estaban en tertulia, e invitados a comer con él. De haberse quedado es probable que su muerte se impidiera o al menos les costara más esfuerzos y muertos a los almagristas.

 
El tercero, la desobediencia de Francisco de Chávez de la orden de Pizarro: cerrar el portón que daba al patio y por donde iban a entrar los asesinos, y que le costó la vida  a“ Chávez, al amigo de todos”, dejando la entrada sin el obstáculo importante que era la puerta: “que si un hombre lo cerrara el cerrojo no eran parte doscientos que le vinieran a enojarle”. (En esta versión de Cieza, Chávez ordena abrir la puerta, lo cual es una actitud bastante absurda para un acompañante de Pizarro, “paisano e íntimo amigo”).


La cuarta es lo que Porras llama “el primer cierra puertas limeño”. Los habitantes de Lima, sobre todo los más cercanos a los hechos, cerraron sus puertas y ventanas para así dar la espalda a lo que estaba suce-diendo a metros de sus casas. Nadie salió en defensa de Pizarro. Alguno de sus defensores, que murieron con él, estaban convencidos que bastaba una resistencia de minutos para dar tiempo a que vinieran en su auxilio amigos y pizarristas a impedir el asesinato y encarcelar a los almagristas. Al parecer, dos vecinos leales, los alcaldes Juan de Barrios y Juan Alonso Palomino, salieron en sus caballos gritando “¡Aquí el Rey!”, pero al ver a un almagrista con una espada ensangrentada –con sangre de carnero y que desde un principio estuvo parado ahí– gritando “¡Muerto es el tirano!”, regresaron a sus casas creyendo que ya llegaban tarde a defender a Pizarro.


Un asunto que ha interesado a historiadores y amigos de las leyendas, es si en el momento de su muerte, Pizarro trazó con su sangre una cruz y la beso.

 

Porras Barrenechea da una versión sobre este punto:

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“(Pizarro estaba) …resistiendo solo a todo el grupo de asaltantes. Estos empujaron entonces, para que lo atravesase a Diego de Nárvaez, y aprovechando ese instante Martín de Bilbao ler dio una estocada por la garganta. Y luego se echaron todos sobre él y le dieron de puñaladas y de estocadas hasta que cayó al suelo, clamando: ¡Confesión! En el desamparo de ese momento, sólo unas mujeres que vivían en la casa de Pizarro y eran trujillanas, las Cermeñas, se atrevieron a asomar a la estancia de la tragedia y vieron, aterrorizadas, como el viejo conquistador, rendido ya en el suelo y expirante, hizo una cruz con los dedos y la besó con profunda devoción.


–¡Confesión!– volvió a clamar con voz apagada el marqués y entonces Juan Rodríguez Barragán, antiguo criado suyo y hombre de viles pasiones, tomo una alcarraza llena de agua y se la quebranto en la cabeza, diciéndole:
–¡Al infierno! Al infierno os iréis a confesar–

 
Y así rindió su vida el gran capitán, heroicamente como había vivido, sin desmayo alguno en el corazón y nombrando a Cristo como buen español”.

 

Porras Barrenechea, Raúl: Pizarro. Prólogo de Luis Alberto Sánchez. Editorial Pizarro S.A. Lima, 1978. (Ver págs.. 583 a 607).