MUERTE DE PEDRO DE ALVARADO
(4 de julio de 1541, Nochistlan, Jalisco)

 

                                                                          Matías de la Mota Padilla

 

1.– A largas jornadas caminaba el Adelantado a socorrer la ciudad de Guadalajara; llegó a Tonalá, en donde fue recibido por los indios de Tetlan y comarcanos, sino con bailes y festejos, por estar afligidos por las muertes de sus hermanos y deudos, que perecieron en el Mixton, a lo menos con benevolencia, mostrando el agradecimiento de que fuese a socorrerlos un hombre de tanto nombre, como en el reino tenía Alvarado, ministrándole a él y a sus soldados con abundancia, lo necesario, por haberlo así prevenido Oñate; guiáronle para el paso del río, el que había crecido, por haber sido abundantes las aguas, y en canoas en breve se hallaron de la otra banda; salió Oñate a recibirle, acompañado de la justicia y regimiento de la ciudad: saludáronse con las recíprocas y urbanas atenciones debidas, a en-trambos capitanes, como que eran dos de los mayores que habían militado en ambos reinos de la Nueva España y Galicia; los vecinos y soldados manifestaron la alegría de los unos en llegar a tiempo, y la de los otros, el consuelo de hallarse socorridos: conociéronse algunos veteranos conmilitones, y otros deudos y amigos; fueron hospedados todos, repartidos en la ciudad a proporción de las cortas fábricas; y el Adelantado fue a posar a la casa de Juan del Camino, como que estaba casado con Doña Magdalena de Alvarado, deuda de dicho Adelantado.

 

2.– Luego aquel día, trataron los dos capitanes de lo acaecidos, y se propusieron medios para el reparo: “a mi me parece, dijo el Adelantado, no se dilate el castigo: vergüenza es, que cuatro gatillos encaramados, hayan dado tanto tronido, que alboroten todo el reino: con menos gente de la que traigo, sobra para sujetarlos; no hay que esperar mas”. Como tenía probado su valor con los indios mexicanos, los de Guatemala y otras provincias, le pareció que ya llegaba el socorro de México, y lo confundía la gloria del vencimiento. Sonrojado Oñate, de que el Adelantado atribuyese a poca resolución, el mantenerse sin buscar a los indios, procuró desempeñarse, diciendo: “no hay que tratar de eso, señor Adelantado, pues debe creerse que todos hacen su deber en lo que es de cargo; yo he procurado cumplir con el mío y en mas de diez años de Nueva Galicia, mayor dificultad tengo experimentada en conservar lo ganado, que en descubrir tierras y en vencer indi-os…

 

3.– el adelantado, con gran resolución, dijo: “que él había de ir con su gente, sin que le acompañase soldado de la ciudad; que en cuatro días quería allanar la tierra, por convenirle embarcarse para su viaje”. Hubo demandas y respuestas, y al fin quedó determinado, que el gobernador quedase en conserva de la ciudad con su gente, y el Adelantado con la suya saliese al combate con los empeñolados. “Temo suceda algún desastre, señor Adelantado, por no aguardar V.S. mejor tiempo y el socorro de México” (dijo Oñate); y el Adelantado se fue parando y diciendo: ya está echada la suerte: en el nombre Dios, a marchar amigos, cada uno haga su deber, pues a esto venimos”. Oñate hizo protestas y mandó aprestar su gente, diciéndoles: “dispongamos para el so-corros, que discurro necesario, para los que nos lo han venido a dar”. La gente que lleva el Adelantado, la mas era bisoña, sin cuyo embargo, manifestaba su esfuerzo, y alababan la determinación de emprender el Adelantado por si solo allanar la tierra, dejando descansar a los sitiados de tanto trabajo, como el que habían tenido. Llegaron al Peñol de Nochistlan, reconociose la fortaleza, y se halló murada con siete albarradas a mano, sin portillo alguno; y desmontando del caballo el Adelantado dijo: “esto ha de ser así”, y al punto todos le siguieron con espada y rodela en mano, dejando los caballos al pie del peñol en poder de los indios amigos, y de algunos escolteros; y al punto fue tanta la piedra manual que arrojaron acompañada de flechas y dardos, que a no retirarse Alvarado y los suyos, quedaran cubiertos de ellas, pues fue tanta, que la primera albarrada quedó destruida, y mudada en acerbos de piedra mas adelante, como que en dicha primera albarrada habían los indios recogido para munición cuanta piedra les pareció a propósito, y mientras los indios resentían por donde eran combatidos, a millares bajaban por ambos cuernos en proporcionada distancia, e iban en el llano formando una media luna para encorra-lar a los nuestros.

 

4.– Conoció el Adelantado, como diestro, el riesgo; y así, volviendo a montar, formalizó su retirada, desistiendo de su primer intento; y quien antes emprendió la ofensiva guerra, tuvo a buena suerte a poco rato, retirarse defendiéndose; y viendo en lo llano multitud de indios, determino romperles con el esfuerzo que otras veces, en mayor multitud, lo había conseguido en la Nueva España, mas al mismo tiempo, advirtió mayor peligro que del que había salido, por los muchos cardones, magueyes, y lo peor, por los dilatados pantanos y ciénagas que en aquellos llanos había; y así, no eran los soldados señores de los caballos, porque en los atolladeros perecían, por lo que procuró el Adelantado, con gran valor y esfuerzo, sacar su campo. Los indios conocieron la retirada, y salieron al alcance hasta las mujeres y muchachos, alentados con la presa que conseguían de soldados que quedaban en los pantanos imposibilitados de moverse: así pereció a vista de todos, un pobre llamado Juan de Cárdenes, quién sacaba un pie del atolladero, se le quedaba el otro mas arraigado, y esforzándose otros a socorrerle, quedaron del mismo modo, por lo que tomó el Adelantado (desmontado del caballo), hacer rostro a los indios, mientras que los nuestros, por donde hallaban mas tiesa la tierra podían salir; y cuando con grandes trabajos habían caminado tres leguas y salieron a tierra tiesa, cesaron los indios de seguir al alcance; y sin embargo, un soldado llamado Baltasar de Montoya, natural de Sevilla (escribano del ejército de Alvarado, y que después lo fue del cabildo en Guadalajara muchos años, y murió de ciento cinco), iba de fuga en un caballo cansado, y subiendo una cuesta, espoleaba por adelantarse, temiendo, si se les daba alcance, peligrar; y el Adelantado iba a pie en la retaguardia, porque siempre por defender a los suyos, ocupaba el lugar mas peligroso; y viendo la fatiga del soldado, le dijo: “sosegaos, Montoya, que parece que los indios nos han dejado”; mas el miedo que había concebido de que su caballo se le estancaba, le hacía espolearle mas, por salir del riesgo, y se le fueron pies y manos al caballo, y dando vueltas por la cuesta, antecogió al Adelantado, dándole tal golpe, que lo dejó sin movimiento. Volvieron los soldados a socorrerle, y luego conocieron el grave peligro en que hallábase su general; y como los indios que habían seguido el alcance, vieron la suspensión de su fuga, se esforzaron al seguimiento, y en medio de sus fatigas volvió el Adelantado, diciendo: “no es bien que los indios conozcan mi peligro”, y quitándose las armas, y principalmente aquellas que lo distinguían de los demás capitanes, se las dio a uno de ellos cónsul bastón, diciéndole saliese a donde los indios le viesen, y que le imitase, pues de él fiaba; y volviendo a los demás les ordenó se esforzasen a resistir aquel avance, que ya lo hecho no tenía remedio, que aquello merecía quien llevaba consigo tales hombres como Montoya. Pregúntole uno de su capitanes que le dolía, a que respondió “el alma: llévenme a donde la cure con la resina de la penitencia”; luego aderezaron un paves, y le llevaron a un pueblo llamado Atenguillo, cuatro leguas del de Yagualica, pueblo inmediato, a donde acaeció la desgracia, y fue el día veinticuatro de Junio de mil quinientos cuarenta y uno.

 

5.– Viendo los indios que los nuestros les arrostra-ban, desistieron y se retiraron a su peñol; y en el tiempo que todo pasaba, había estado el gobernador Cristóbal de Oñate, desde un montecillo distante, observando lo que pasaba; y viendo el desbarato entre dudoso y resuelto, de si el Adelantado tendría a bien que fuese a socorrerle, se determinó, y por prisa que se dio en buscar por donde bajar a incorporarse con el ejercito, con cuatro soldados que le acompañaban, solo pudo llegar a Yagualica en donde se le dio noticia del miserable estado en que llevaban al Adelantado para Atenguillo. Ya se deja entender la pesadumbre y celeridad con que trató de ir en su seguimiento, en cuyo camino tuvo extensa noticia del acaecimiento, y del desbarato en el que habían perecido treinta soldados y algunos mas indios amigos. Llegó a Atenguillo, y puéstose en presencia del Adelantado, se miraron ambos enter-necidos, y Oñate le echó los brazos sin que en tan largo espacio de tiempo pudiesen hablarse, causan-do ternura a todos. Y prorrumpió el Adelantado: “¿qué remedio hay, amigo? Curar el alma es lo que ahora conviene; quien no quiso creer a buena ma-dre crea mala madrastra; desventura fue traer un soldado tan vil como Montoya, con quien me he visto en muchos peligros por salvarle, hasta que con su caballo y poco ánimo, me ha muerto. Sea dios loado; yo me siento muy malo y mortal; por Dios, que con brevedad me lleven a la ciudad para ordenar mi alma”. Condujéronle y Oñate fue por delante a disponer lo conveniente para su curación; y habiendo encontrado al Br. D. Bartolomé Estrada, que con seis soldados iba a confesar al Adelantado, le encargó la brevedad, porque temía muriese en el camino; y una legua antes de entrar a la ciudad, llegó al pavés dicho cura a saludarle, y viéndole Alvarado, le dijo: “sea bien llegado, señor, para el remedio de un alma tan pecadora; ya no se perderá con el favor de la Divina Misericordia”; y sin más razón, mandó parar al paves debajo de unos pinos, en donde se confesó con muestras de grande arrepentimiento, y mandó le llevasen; y al cura rogó no se quitase de su lado, y de cuando en cuando, en el camino se reconciliaba con muchas lágrimas.

 

6.– Llegó a la ciudad, en donde le salieron a recibir hombres y mujeres con llanto, especialmente su sobrina Doña Magdalena, en cuya casa fue asistido de todo el lugar; se le administraron los Sacramentos, y ordenó su testamento cerrado ante Diego Hurtado de Mendoza, escribano público, el que también se autorizó por Baltasar de Montoya, escribano de su armada, y firmaron como testigos D. Luis de Castilla, Fernando Flores, Francisco de Cuellar, Alonso Lujan y Juan Mendes de Sotomayor; mandó que si muriese, volviesen sus capitanes la armada a Guatemala, y la entregasen a su mujer, Doña Beatrice de la Cueva, mandó que los capita-nes de las fronteras de Tzapotlan, Autlan, Etzatlan y Chapala, no las desamparasen, hasta que el Sr. virrey D. Antonio de Mendoza lo mandase, y que en el interin no desamparasen la tierra; ordenó que su cuerpo se depositase en aquella  parroquial, de donde le trasloasen al convento de Tiripitio (que es de religiosos agustinos de la provincia de Michoacán), de donde fuese llevado al convento de Santo Domingo de México; nombró por sus albaceas al Illmo. Sr. D. Francisco Marroquín, obispo de Guatemala (con quien tenía comunicada sus cosas), y a don Juan Alvarado, vecino de México, que después fue religioso agustino en aquella provincia, y murió con opinión de santidad.

 

7.– Despidiose el Adelantado de todos para morir, y a Oñate dijo: “he cumplido, señor, la palabra que os di, de que primero me faltaría la vida que desampararse el reino; y ya se abrevia mi partida; ahora es tiempo, dijo al cura, de que ud. no me deje”; pidió perdón a todos y abrazado con un Santo Cristo, espiró el día cuatro de Julio de dicho año de cuarenta y uno, habiendo un día antes, según dice el Padre Tello, siguiendo a otros, llovido sangre en Toluca. Fue su muerte llorada, no solo de sus soldados, sino de todos los de la ciudad, hombres y mujeres, por sus prendas y porque por socorrerles perdió la vida; enterrose en la iglesia, a la mano izquierda, en una capilla de Nuestra Señora, y después, a su tiempo, se hicieron las traslaciones que ordenó de su cuerpo a Tiripitio, a México y a Guatemala, en donde yacen los huesos de tan heroico capitán.

 

“Muerte de Alvarado, según el cronista Matías de la Mota Padilla”, en Libro Viejo de la Fundación de Guatemala y papeles relativos a D. Pedro de Alvarado. Prólogo del licenciado Jorge García Granados. Biblioteca “Goathemala” de la Sociedad de Geografía e Historia. Guatemala C.A. Julio de 1934 (Ver págs. 379 a 383)

 

 

NOTA

 

Cesáreo Fernández Duro recuerda que Las Casas consideraba a Pedro de Alvarado como el “Capitán más cruel y feroz, de menos piedad y misericordia que el mismo Cortés, gran tirano que excedió a todos los de los tiempos pasados y presentes, que pidió cargas de oro, mandó quemar vivos a los indios que no se las daban, mató a infinita gente haciéndola cargar con los pertrechos y municiones de los navíos”. Y acto seguido plantea el correctivo a tan lapidarias frases, diciendo que era un concepto aplicado por igual a los capitanes que a los soldados de la conquista de las Indias, y realizando un recuento del  importante y decisivo comportamiento de Alvarado en la conquista española de México, Guatemala y Honduras.
En verdad, difícil es salir en defensa de Alvarado, pues participó y fue pieza fundamental en los gran-des exterminios de indígenas por el ejército de Cortés en la conquista de México. La matanza del Templo Mayor, dirigida y, al parecer, decidida solo por él, fue terrorífica y se la estima como una de las más bestiales crueldades de Alvarado sobre decenas de indígenas desarmados y encerrados en un patio de donde ni siquiera pudieron escapar.
La casual muerte de Alvarado cuando acudió cola-borar con el gobernador Oñate en la pacificación de Nueva Galicia que se enfrentaba a una rebelión indígena que no se había podido deshacer, habla de su solidaridad con sus viejos compañeros de la conquista, pero también de la vanidad de que él, con unos pocos hombres –sin contar con los efectivos de Oñate y sin esperar a los refuerzos que enviaba el virrey desde la capital de Nueva España– podía terminar con la sublevación.
Su primer y único ataque a los indígenas asentados en el Peñól de Nochistlan fue un absoluto fracaso y su muerte aconteció cuando ya había ordenado retirarse a sus hombres. De alguna manera resulta paradójico que el capitán de las grandes conquistas, al que no pudieron matar las armas nativas, muriera aplastado por un caballo que venía rodando por el peñol. “Castigo divino” se diría en esos años.
E igual “castigo divino” fue la muerte de su segunda esposa, “la sin ventura doña Beatriz”, que murió en la explosión de un volcán en Guatemala, por abandonar su habitación para ir a refugiarse en la capilla de la casa, donde la arrasó la gran masa de barro y piedras que venían destruyendo todo lo que encontraba a su paso. La paradoja fue que la habitación donde dormía la esposa de Alvarado no fue tocada por la lava y los derrumbes. Junto a ella murieron todos los hijos bastardos de Alvarado –tenidos con indígenas mexicanas– y sólo se salvó su hija Leonor Alvarado y Xicotencatl, nieta también del cacique de Tlaxcala y Cempoal.

 

“Contestación del Excmo. Señor D. Cesáreo Fernández Duro”, (al discurso en la recepción pública del señor D. Ángel de Altolaguirre y Duvale, “D. Pedro de Alvarado, conquistador de Guatemala y Honduras”), en Discursos ante la Real Academia de la Historia en la recepción pública del señor… el día 18 de junio de 1905, Madrid, 1905. (Ver pág. 114 y 115),