MUERTE DE HERNANDO DE SOTO
(Quigualtanqui, 27 de Junio de 1542
o en Guacholla, 21 de mayo de 1542)

 

                                                                 Inca Garcilaso de la Vega

 

En los cuidados y pretensiones que hemos dicho (planeando pasar el estío y el invierno en Qui-gualtanqui, hasta tener el socorro que pensaba pedir a México, Cuba y Santo Domingo) andaba engolfado de día y de noche este heroico caballe-ro, deseando, como buen padre, que los muchos trabajos que él y los suyos en aquel descubrimien-to habían pasado y los grandes gastos que para él habían hecho no se perdiesen sin fruto de ellos.
Cuando a los veinte de junio del año de mil y quinientos y cuarenta y dos, sintió una calenturilla que el primer día se mostró lenta y al tercero rigurosísima. Y el gobernador, viendo el excesivo crecimiento de ella, entendió que su mal era de muerte, y así luego se apercibió para ella y, como católico cristiano, ordenó casi en cifra su testamento por no haber recaudo bastante de papel, y, con dolor y arrepentimiento de haber ofendido a Dios, confesó sus pecados.
Nombró por sucesor en el cargo de gobernador y capitán general del reino y provincia de la Florida a Luis de Moscoso de Alvarado, a quien en la provincia de Chicaza había quitado el oficio de maese de campo, para el cual auto mandó llamar ante sí a los caballeros, capitanes y soldados de más cuenta y, de parte de la Majestad Imperial, les mandó, y de la suya les rogó y encargó, que atenta la calidad, virtud y méritos de Luis de Moscoso, lo tuviesen por su gobernador y capitán general hasta que Su Majestad enviase otra orden, y de que así lo cumplirían les tomó juramento en forma solemne.
Hecha esta diligencia, llamó de dos en dos y de tres en tres a los más nobles del ejército y después de ellos mandó que entrase toda la demás gente de veinte en veinte y de treinta en treinta, y de todos se despidió con gran dolor suyo y muchas lágrimas de ellos, y les encargó la conversión a la Fe Católica de aquellos naturales y el aumento de la corona de España, diciendo que el cumpli-miento de estos deseos le atajaba la muerte. Les pidió muy encarecidamente tuviesen paz y amor entre sí.
En estas cosas gastó cinco días que duró la ca-lentura recia, la cual fue siempre en crecimiento hasta el día seteno, que lo privó de esta presente vida. Falleció como católico cristiano, pidiendo misericordia a la Santísima Trinidad, invocando en su favor y amparo la sangre de Jesu Cristo Nuestro Señor y la intercesión de la Virgen y de toda la Corte Celestial, y la fe de la Iglesia Roma-na.
Con estas palabras, repitiéndolas muchas veces, dio el ánima a Dios este magnánimo y nunca vencido caballero, digno de grandes estados y señoríos e indigno de que su historia la escribiera un indio. Murió de cuarenta y dos años.
Fue el adelantado Hernando de Soto, como al principio dijimos, natural de Villanueva de Bar-carrota, hijodalgo de todos cuatro costados, de lo cual habiéndose informado la Cesárea Majestad, le había enviado el hábito de Santiago, mas no gozo de esta merced, porque, cuando la cédula llegó a la isla de Cuba, ya el gobernador había entrado al descubrimiento y conquista de la Flo-rida.
Fue más que mediano de cuerpo, de buen aire, parecía bien a pie y a caballo. Era alegre de ros-tro, de color moreno, diestro de ambas sillas, y más de la jineta que de la brida. Fue pacientísimo en los trabajos y necesidades, tanto que el mayor alivio que sus soldados en ellas tenían era ver la paciencia y sufrimiento de su capitán general. Era venturoso en las jornadas particulares que por su persona emprendía, aunque en la principal no lo fue, pues al mejor tiempo le faltó la vida.
Fue el primer español que vio y habló a Atahu-allpa, rey tirano y último de los del Perú, como diremos en la propia historia del descubrimiento y conquista de aquel imperio, si Dios Nuestro Señor se sirve de alargarnos la vida, que anda ya muy flaca y cansada. Fue severo en castigar los delitos de milicia; los demás perdonaba con faci-lidad. Honraba mucho a los soldados, a los que eran virtuosos y valientes. Fue valentísimo por su persona en tanto grado que por doquiera que entraba peleando en las batallas campales dejaba hecho lugar y camino por do pudiesen pasar diez de los suyos, y así lo confesaban todos ellos, que diez lanzas del todo su ejército no valían tanto como la suya.
Tuvo este valeroso capitán en la guerra una co-sa muy notable y digna de memoria y fue que, en los rebatos que los enemigos daban en su campo de día, siempre era el primero o el segundo que salía al arma, y nunca fue el tercero, y, en las que le daban de noche, jamás fue el segundo, sino siempre el primero, que parecía que después de haberse apercibido para salir al arma, la mandaba tocar él mismo. Con tanta prontitud y vigilancia como ésta andaba de continuo en la guerra. En suma, fue una de las mejores lanzas que al nuevo mundo han pasado, y pocas tan buenas, y ninguna mejor, si no fue la de Gonzalo Pizarro, a la cual, de común consentimiento, se dio siempre la honra del primer lugar.
Gastó en este descubrimiento más de cien mil ducados que hubo en la primera conquista del Perú, de las partes de Casamarca, de aquel rico despojo que allí hubieron los españoles. Gastó su vida y feneció en la demanda, como hemos visto.

La muerte del gobernador y capitán general Her-nando de Soto, tan digna de ser llorada, causó en todos los suyos gran dolor y tristeza, así por haberlo perdido y por la orfandad que les queda-ba, que lo tenían por padre, como por no poderle dar [la] sepultura que su cuerpo merecía ni hacerle la solemnidad de obsequias que quisieran hacer a capitán y señor tan amado.
Doblábaseles esta pena y dolor con ver que an-tes les era forzoso enterrarlo con silencio y en secreto, que no en público, porque los indios no supiesen dónde quedaba, porque temían no hiciesen en su cuerpo algunas ignominias y afren-tas que en otros españoles habían hecho, que los habían desenterrado y atasajado y puestos por los árboles, cada coyuntura en su rama. Y era ve-rosímil que en el gobernador, como en la cabeza principal de los españoles, para mayor afrenta de ellos, las hiciesen mayores y más vituperosas. Y decían los nuestros que, pues no las había recibi-do en vida, no sería razón que por negligencia de ellos las recibiese en muerte.
Por lo cual acordaron enterrarlo de noche, con centinelas puestas, para que los indios no lo vie-sen ni supiesen dónde quedaba. Eligieron para sepultura una de muchas hoyas grandes y anchas que cerca del pueblo había en un llano, de donde los indios, para sus edificios, habían sacado tierra, y en una de ellas enterraron al famoso adelantado Hernando de Soto con muchas lágrimas de los sacerdotes y caballeros que a sus tristes obsequias se hallaron.
Y el día siguiente, para disimular el lugar don-de quedaba el cuerpo y encubrir la tristeza que ellos tenían, echaron nueva por los indios que el gobernador estaba mejor de salud, y con esta novela subieron en sus caballos e hicieron muestras de mucha fiesta y regocijo, corriendo por el llano y trayendo galopes por las hoyas y encima de la misma sepultura, cosas bien diferentes y contrarias de las que en sus corazones tenían, que, deseando poner en el Mausoleo o en la aguja de Julio César al que tanto amaban y estimaban, los hollasen ellos mismos para mayor dolor suyo, mas lo hacían por evitar que los indios no le hiciesen otras mayores afrentas. Y para que la señal de la sepultura se perdiese del todo no se habían contentado con que los caballos la hollasen, sino que, antes de las fiestas, habían mandado echar mucha agua por el llano y por las hoyas, con achaque de que al correr no hiciesen polvo los caballos.
Todas estas diligencias hicieron los españoles por desmentir los indios y encubrir la tristeza y dolor que tenían; empero, como se pueda fingir mal el placer ni disimular el pesar que no se vea de muy lejos al que lo tiene, no pudieron los nuestros hacer tanto que los indios no sospecha-sen así la muerte del gobernador como el lugar donde lo habían puesto, que, pasando por el llano y por las hoyas, se iban deteniendo y con mucha atención miraban a todas partes y habla-ban unos con otros y señalaban con la barba y guiñaban con los ojos hacia el puesto donde el cuerpo estaba.
Y como los españoles viesen y notasen estos ademanes, y con ellos les creciese el primer temor y la sospecha que habían tenido, acordaron sacar-lo de donde estaba y ponerlo en otra sepultura no tan cierta, donde el hallarlo, si los indios lo buscasen, les fuese más dificultoso, porque decían que, sospechando los infieles que el gobernador quedaba allí, cavarían todo aquel llano hasta el centro y no descansarían hasta haberlo hallado, por lo cual les pareció sería bien darle por sepul-tura el Río Grande y, antes que lo pusiesen por obra, quisieron ver la hondura del río si era sufi-ciente para esconderlo en ella.
El contador Juan de Añasco y los capitanes Juan de Guzmán y Arias Tinoco y Alonso Romo de Cardeñosa y Diego Arias, alférez general del ejército, tomaron el cargo de ver el río y, llevando consigo un vizcaíno llamado Ioanes de Abbadía, hombre de la mar y gran ingeniero, lo sondaron una tarde con toda la disimulación posible, haciendo muestras que andaban pescando y regocijándose por el río porque los indios no lo sintiesen, y hallaron que en medio de la canal tenía diez y nueve brazas de fondo y un cuarto de legua de ancho, lo cual visto por los españoles, determinaron sepultar en él al gobernador, y, porque en toda aquella comarca no había piedra que echar con el cuerpo para que lo llevase a fondo, cortaron una muy gruesa encina y, a medida del altor de un hombre, la socavaron por un lado donde pudiesen meter el cuerpo. Y la noche siguiente, con todo el silencio posible, lo desenterraron y pusieron en el trozo de la encina, con tablas clavadas que abrazaron el cuerpo por el otro lado, y así quedó como en una arca, y, con muchas lágrimas y dolor de los sacerdotes y caballeros que se hallaron en este segundo entierro, lo pusieron en medio de la corriente del río encomendando su ánima a Dios, y le vieron irse luego a fondo.
Estas fueron las obsequias tristes y lamentables que nuestros españoles hicieron al cuerpo del adelantado Hernando de Soto, su capitán general y gobernador de los reinos y provincias de la Flo-rida, indignas de un varón tan heroico, aunque, bien miradas, semejantes casi en todo a las que mil y ciento y treinta y un años antes hicieron los godos, antecesores de estos españoles, a su rey Alarico en Italia, en la provincia de Calabria, en el río Bisento, junto a la ciudad de Cosencia.
Dije semejantes casi en todo, porque estos es-pañoles son descendientes de aquellos godos, y las sepulturas ambas fueron ríos y los difuntos las cabezas y caudillos de su gente, y muy amados de ella, y los unos y los otros valentísimos hombres que, saliendo de sus tierras y buscando dónde poblar y hacer asiento, hicieron grandes hazañas en reinos ajenos.
Y aun la intención de los unos y de los otros fue una misma, que fue sepultar sus capitanes donde sus cuerpos no se pudiesen hallar, aunque sus enemigos los buscasen. Sólo difieren en que las obsequias de éstos nacieron de temor y piedad que a su capitán general tuvieron no maltratasen los indios su cuerpo, y las de aquéllos nacieron de presunción y vanagloria, que al mundo, por hon-ra y majestad de su rey, quisieron mostrar. Y para que se vea mejor la semejanza, será bien referir aquí el entierro que los godos hicieron a su rey Alarico, para los que no lo saben.
Aquel famoso príncipe, habiendo hecho in-numerables hazañas por el mundo con su gente y habiendo saqueado la imperial ciudad de Roma, que fue el primer saco que padeció después de su imperio y monarquía, a los 1162 años de su fun-dación y a los 412 del parto virginal de Nuestra Señora, quiso pasar a Sicilia y, habiendo estado en Regio y tentado el pasaje, se volvió a Cosencia, forzado de la mucha tempestad que en la mar había, donde falleció en pocos días. Sus godos, que le amaban muy mucho, celebraron sus obsequias con muchos y excesivos honores y grandezas y, entre otras, inventaron una solemnísima y admirable, y fue que a muchos cautivos que llevaban mandaron divertir y sacar de madre al río Bisento, y en medio de su canal edificaron un solemne sepulcro donde pusieron el cuerpo de su rey con infinito tesoro (palabras son del Colenucio, y sin él lo dicen todos los historiadores antiguos y modernos, españoles y no españoles, que escriben de aquellos tiempos) y, habiendo cubierto el sepulcro, mandaron volver a echar el río a su antiguo camino, y a los cautivos que habían trabajado en la obra, porque en algún tiempo no dijesen dónde quedaba el rey Alarico, los mataron todos.
Me pareció tocar aquí esta historia por la mu-cha semejanza que tiene con la nuestra y por de-cir que la nobleza de estos nuestros españoles, y la que hoy tiene toda España sin contradicción alguna, viene de aquellos godos, porque después de ellos no ha entrado en ella otra nación sino los alárabes de Berbería cuando la ganaron en tiempo del rey don Rodrigo. Mas las pocas reli-quias que de esos mismos godos quedaron, los echaron poco a poco de toda España y la pobla-ron como hoy está, y aún la descendencia de los reyes de Castilla derechamente, sin haberse per-dido la sangre de ellos, viene de estos reyes godos, en la cual antigüedad y majestad tan notoria hacen ventaja a todos los reyes del mundo.
Todo lo que del testamento, muerte y obse-quias del adelantado Hernando de Soto hemos dicho, lo refieren, ni más ni menos, Alonso de Carmona y Juan Coles en sus relaciones, y ambos añaden que los indios, no viendo al gobernador, preguntaban por él, y que los cristianos les res-pondían que Dios había enviado a llamarle para mandarle grandes cosas que había de hacer luego que volviese, y que con estas palabras, dichas por todos ellos, entretenían a los indios.

 

La Florida, por El Inca Garcilaso. Introducción y notas de Carmen de Mora. Alianza Editorial. Madrid, 1987. Págs. 478 a 484.
Expedición de Hernando de Soto a Florida, por Fidalgo de Elvas. Texto traducido al español de la Relación del Fidalgo de Elvas por Miguel Muñoz de San Pedro, Marqués de Canilleros. España Calpe, S.A. Colección Austral, 1099. Madrid, tercera edición, 1965. Págs. 127 a 129.

 

Hernando de Soto es un magnifico ejemplo de la persistencia, añoranza y voluntad de algunos de los más notables conquistadores por continuar una vida más agitada que les diera, además, honra, emociones y  riqueza.
Muchos de los lectores de crónicas e Historias de la Conquista de América, nos hemos preguntado cuál podría ser la razón, el motivo para que una vez obtenida las tan ansiadas riqueza, fama y honra continuaran los conquistadores viviendo en América.
Los abundantes casos de conquistadores que viaja-ron a España para disfrutar con lo obtenido, pero que al poco tiempo regresaron a las Indias, parecen dar validez a la tan trillada frase de “el conquistador conquistado”. No puede dudarse que de la misma forma como extrañaban cosas españolas mientras guerreaban y vivían en América, igual añoraron cosas indianas a las que se habían acostumbrado durante los años que residieron en el Nuevo Mundo.
Es cierto que el más grande descubridor, Colón, y el más grande conquistador, Cortés, murieron en España, prácticamente olvidados y rechazados por la Corte. Pero salvo estos dos casos memorables, la inmensa mayoría de conquistadores murió en América, y los más grandes, la más de las veces, a mano de sus compatriotas. 
Acierta Sánchez Ferlosio al decir que “el oro fue en contados casos un móvil real; generalmente fue un pretexto para la hazaña por la hazaña y a lo sumo su trofeo, como lo prueba el que fueran muy pocos los casos de quienes, en vez de jugárselo y despilfarrarlo al día siguiente, supiesen apartarlo y acumularlo por despreciable amor hacia el dinero y la riqueza”, pero a partir de Soto, simplifica y generaliza en exceso, que “lo que movió a la gran mayoría de los conquistadores fue, por el contrario, la pura inquietud espiritual de continuar el ejercicio ensangrentado de esa montería de aperrear indios”.
Para aperrear indios, Soto podría haberse quedado en su gobernación cubana dedicado diariamente a la práctica de su escalofriante montería o hacer de vez en cuando incómodos viajes trasatlánticos a virreinatos donde gozaba de gran prestigio y contaba con muy buenos amigos. Pero De Soto, gracias al reparto de Cajamarca, era un hombre muy rico, apreciado en la corte española, casado con una mujer de la nobleza, Isabel de Bobadilla, y he aquí que gozando plenamente de riqueza y prestigio, decide pedir al Rey permiso para ir a conquistar Florida. El Rey lo nombró Go-bernador de Cuba y Adelantado de Florida. Algunos hidalgos se adhirieron a la expedición por el solo afán de la aventura, honor, gloria… y oro. Fue una de las expediciones conquistadoras mejor armadas de las que llegaron a América con esa finalidad.
Si se pudiera aventurar una posibilidad, me incli-naría por la idea de que de Soto, con toda razón, se sentía en un escalón más bajo que Cortés y Pizarro. No le importó gastar toda su fortuna en preparar la expedición pues su plan era encontrar una ciudad de la importancia y riqueza de la de México o del Cuzco, y el espacio posible era la Florida antes que los territorios selváticos de América del Sur. No buscaba ni el Dorado ni la Fuente de la Juventud; quería realizar una conquista de tanta o mayor importancia que la de México y el Perú. No encontró absolutamente nada.
Su expedición duro tres años: desde su llegada a las costas de Florida –con casi 700 hombres, 24 sacerdotes y 200 caballos- hasta su muerte en mayo de 1942.
Entre sus expedicionarios se hallaba un capitán o soldado portugués, que escribiría la aventura de Soto como testigo directo de lo sucedido, firmándola como “Fidalgo de Elvas”. Entre los dos informantes del Inca Garcilaso -Alonso de Carmona y Juan Coles, y lo narrado por el Fidalgo existen acentuadas discrepancias de hechos concretos y también de detalles mínimos pero significativos.
Por ejemplo, la fecha de la muerte esta situada un mes antes, el 21 de mayo, y en la provincia de Gua-choya.   
 La forma como hubo de sepultar a de Soto tiene en la crónica y en la historia idénticos desarrollos, sólo que la segunda es mucho más sencilla en el Fidalgo: se le desenterró y dentro de las mantas con que estaba amortajado metieron mucha arena y lo llevaron en una canoa al centro del río y ahí lo echaron.
Tambien en su crónica, el Fidaldo cuenta que el cacique de Guachoya como sabiendo que de Soto estaba muerto, mando traer “dos indios mancebos y bien dispuestos” y le dijo a Luis de Moscoso que era costumbre de su tierra que cuando moría algún señor se mataban indios para que lo acompañaran y le sirvieran en el camino, asi que le pedía que les cortase las cabeza para que fuesen a servir “a su hermano y señor”. Moscoso le dijo que ya Soto iba a acompañado de los necesarios soldados para que lo sirvieran y que soltara a los muchachos y que no tuvieran tan malas costumbres y los mandó soltar. Uno de ellos no quiso regresar a su pueblo, decía que prefería quedarse a servir a quien le había salvado la vida y no al que lo condenó a muerte sin razón alguna.
Antes de la muerte el Fidalgo cuenta que Soto pi-dió a sus a los oficiales del Rey, capitanes y personas principales, “que tuviesen por bien elegir una persona principal y hábil para gobernar, de que todos fuesen contentos y, elegido, delante de él jurasen obedecerle”.
Baltasar de Gallegos –el maese de campo-, que habló en nombre de todos, luego de decir palabras de consuelo por su eminente muerte, le pidió que el nuevo gobernador fuese elegido por él. El Fidalgo dice “Y luego fue elegido por gobernador y jurado de todos los que presentes se hallaron.” Y aunque no lo dice, desde la línea siguiente y en todos los párrafos que siguen, Luis de Moscoso pasa a primer plano y es quien decide cada paso que deberá darse de ahí en adelante.
El Inca con toda claridad dice que el nombrado por de Soto fue Luis de Moscoso, y agrega que se le había destituido como maese de campo después de la batalla de Chicasa, atribuyéndole la responsabilidad  de la negligencia y descuido que permitió el sorpresivo ataque de los indios, que llegaron al campamento sin ser sentidos e hicieron grandes daños (Este detalle convierte en extraña la decisión final de Soto de darle el máximo poder de la expedición).
Un detalle curioso lo cuenta también el Fidalgo: ya muerto y sepultado Soto, Moscoso sacó a remate los bienes del gobernador: dos esclavos y dos esclavas, tres caballos y setecientos puercos. Por los caballos y los esclavos se daban tres mil cruzados, por los cerdos doscientos cruzados. Las compras debían pagarse de ahí a un año. Los que en España tenían dinero compraban con más tranquilidad muchos puercos.
Este detalle, llevar como parte la expedición 700 cerdos, es bastante curioso, pues es excepcional este tipo de registro en los cronistas que son testigos directos de los hechos. De los animales que acompañan a los conquistadores, el caballo es el más citado, luego vendrían los perros y finalmente los cerdos (se convierte en graciosa la imagen de los españoles vigilando y haciendo caminar a tan grande piara de cerdos a través de los desiertos, los montes y los ríos).
El Fidalgo también cuenta que al asumir la máxima autoridad de la expedición, Moscoso pidió a los capitanes y personas principales que dijeran por escrito lo que habría que hacer y lo firmaran. La mayoría decidió ir hacia el rumbo de Nueva España, dando así fin a la exploración y conquista de Florida. (Ya lo decía el Fidalgo: Luis de Moscoso era dado a la buena vida).

 

“Cortés y Soto”, en: Esas Indias equivocadas. Comentarios a la historia, de Rafael Sánchez Ferlosio. Ediciones Destino, Áncora y Delfín, 724. Barcelona, tercera edición, 1995. Págs. 32. (Sánchez Ferlosio habla de un prostíbulo ambulante en las tropas de Soto?)