MUERTE DE PEDRO VALDIVIA
(25 de Diciembre de 1553, Tucapel, Chile)

                         

                                                                      Alonso de Góngora Marmolejo

 

En estos mismos días (el capitán Martín Ariza, capturó a caciques de Tucapel y, en un acto de cólera, los mató con una barreta de hierro), Valdivia salió de la Concepción con cuarenta soldados, los más de ellos capitanes, muy en orden; no llevó más número de gente porque en aquel tiempo eran los indios tenidos en poco, como gente que no sabía pelear ni aun tenían ánimo para ello; mas después que conocieron los caballos y trataron a los cristianos, supieron defender sus tierras.
Valdivia fue al asiento de minas donde sacaban el oro, dejando reparado aquel sitio y dado orden que un vecino de la Concepción llamado Diego Díaz, natural de Sanlúcar, pusiese en defensa todo lo que entendiese que para buena seguridad convenía.
Atravesó de allí y se fue a Arauco, donde tenía otra casa fuerte. Siendo allí informado de lo de Tucapel, partió luego con treinta y seis soldados; no llevó más porque había escrito a la ciudad Imperial que para tal día se juntasen con él en la casa de Tucapel veinte hombres principales, y de su letra todos señalados, que si quisiera llevar mucha gente, en el reino tenía mucha con que pudiera ir al seguro.
Mas cuando las cosas están ordenadas por el Divi-no juez, no se puede ir contra ellas, y así es de enten-der que quiso a Valdivia castigarlo por sus culpas y vivienda pública dando mal ejemplo a todos con una mujer de Castilla siempre amancebado.
Dejados estos secretos para el juez justo que lo sa-be, él fue camino de Tucapel, confiado en su ventura y buenos sucesos; los indios, como tuvieron plática de su venida se juntaron grandísimo número de ellos como a cosa que tanto les iba, y hechos grandes escuadrones fueron sobre el fuerte de Tucapel y lo quemaron.
Estando todos juntos tratando qué orden tendrían para pelear con Valdivia, se levantó de entre ellos un yanacona llamado Alonso, que había sido criado de Valdivia y le había servido de mozo de caballos, y les dijo, que le escuchasen, que les quería hablar y decir cosas que les convenía. Estando atentos a lo que decía, en voz alta les comenzó a decir que los cristianos eran mortales como ellos y los caballos también, y se cansaban cuando hacía calor más que en otro tiempo alguno; que si ellos querían pelear bien no dudasen sino que los desbaratarían, y echarían de sí el yugo de servidumbre tan áspero, y que entendiesen que no era nada lo que al presente servían y trabajaban en comparación de lo mucho que habían de trabajar ellos y sus hijos y mujeres; que quisiesen más como hombres morir una muerte noble defendiendo sus casas, que no vivir siempre muriendo, y que si querían estar por lo que él les dijese, que les daría orden cómo habían de pelear y de lo que habían de hacer para desbaratarlos.
Los indios principales, que son entre ellos los señores, le dijeron que en todo guardarían cualquier precepto de guerra que les diese.
Luego les mandó que en una loma rasa que había cerca de la casa fuerte de Tucapel, el río en medio, allí se juntasen y le esperasen dejándole llegar sin mostrársele hasta que estuviese con ellos; y entonces tomando las armas le defendiesen el camino ponién-dosele delante un escuadrón, y que los demás escua-drones estuviesen a la mira esperando el suceso de aquel que peleaba: y que cuando aquél se viese roto, se echase a las laderas, que era en donde los caballos no podían ser bien manejados, y que saliese luego otro escuadrón a pelear y tras de aquél, otro.
Que Valdivia no pensasen que era más de un hombre como los demás, y que aunque quisiese pasar adelante no lo osarían hacer sin desbaratarlos primero, de temor que perderían la ropa que llevaban que era para los cristianos grande afrenta; y demás de lo dicho, se había de poner otro escuadrón junto al río por donde habían de pasar, que también los tendría suspensos viendo tanta gente delante: y que estando los caballos muy sudados, de que él tenía plática, arremeterían cerrados en su escuadrón con los cristianos, el cual tiempo y aviso él lo daría en voz alta que lo entendiesen todos; y que con esta orden no dudasen sino que los desbaratarían; mas que era menester para buen efecto dar aviso a todos los indios de la comarca que como viesen a Valdivia ir caminando que viniesen tras él a tomarle los pasos por donde había de volver desbaratado.
Los indios lo hicieron así y despacharon mensaje-ros por toda la provincia para que acudiesen con sus armas tras de Valdivia, y en pasando tomasen luego el paso; y así en todas las partes que era paso dificultoso lo fortificaban con gente, dándoles por aviso que en viendo un humo que en tal parte se haría, entende– rían por él que estaban peleando.
Con esta orden que les dio este yanacona, que no debía de ser sino demonio contrario y enemigo a la próspera fortuna que Valdivia había tenido, quedaron tan animados los indios con la oración que les hizo este demonio, que puestos en sus escuadrones más número de cincuenta mil indios y más, a lo que después se supo, fueron a el lugar que les estaba señalado, siendo el camino aquel por donde Valdivia venía.
Envió cuatro corredores delante que le descubrie-sen el campo y camino. Ellos se adelantaron tanto, que sin entenderlo Valdivia ni oírlo, por la mala orden que llevaron en su caminar, no como hombres prácticos de guerra, cayeron en una emboscada. Llegados a ella los dejaron entrar, y luego que se les mostraron, como los tenían en medio cercados por todas partes, los hicieron pedazos, y al uno de ellos cortaron el brazo y se lo echaron a Valdivia en el camino por donde había de pasar, con su manga de jubón y camisa.
El cual llegado allí, visto el brazo un yanacona que había criado y era ya hombre, llamado Agustinillo, le dijo muchas veces que se volviese y mirase que llevaba poca gente; porque este yanacona entendía la lengua de aquellos indios mejor que otro alguno, diciéndole:
–Señor, acuérdate de la noche que peleaste en An-dalien–. Mas Valdivia, como era hombre de grande ánimo, lo despreció todo.
Yendo adelante llegó a vista de la casa fuerte de Tucapel, que desamparó Martín de Ariza, siendo aquél el día que le había avisado, sería allí con él. La vio humeando, que aún no era acabada de quemar.
Desde ahí a poco llegó donde los indios estaban encubiertos con unos pajonales grandes, porque no los viesen hasta llegar a ellos. Allí se le mostraron todos con grandísimo alarido y sonido de muchas cornetas, puestos los escuadrones a manera de batalla.
 Valdivia recogió su gente a un altillo parando en él el bagaje; repartió los soldados en tres cuadrillas, y mandó a la una que rompiese con los indios, los cuales, cerrados, con sus caballos puestos en ala, rompieron y anduvieron peleando, hiriendo y matando in–dios y recibiendo muchas heridas.
Los demás escuadrones se estaban quedos guar-dando la orden que les estaba dada, y después de haberse cansado el escuadrón que peleaba, se retiró a una ladera, y salió otro escuadrón a pelear con la misma orden que el primero, al cual mandó Valdivia saliese otra cuadrilla: salieron y pelearon mucho.
Viendo que no podía hacer el efecto que deseaba, dejando por guarda del bagaje diez hombres, rompió él mismo con veinte y seis buenos soldados que le quedaban, que cierto Valdivia era buen soldado y de buena determinación, con grande ánimo.
Después de haber peleado y echado los indios por las laderas, viendo que no los podía acabar de romper, y que otros escuadrones venían de nuevo, y los indios con quien peleaban se animaban más y volvían a pelear, y que tanta gente por momentos se descubría, arremetió con todos los que con él estaban y peleó hasta que le mataron tres hombres.
Entonces mandó tocar a recoger las trompetas. Juntos todos les dijo:
–Caballeros, ¿qué haremos?
El capitán Altamirano, natural de Medellín, hom-bre bravo y arrebatado, le respondió.
–¡Qué quiere vuestra señoría que hagamos sino que peleemos y muramos!
Aunque Valdivia conocía su perdición, y veía que si perseveraba, todos se habían de perder, como los vio tan animosos volvió a romper. Viendo que le iba peor, acordó retirarse dejándoles el bagaje en las manos: entendiendo que por respeto de robarlo, ocupados cada uno por haber su parte, se podría él salvar sin que le siguiesen los enemigos. Como tenía plática de guerra le pareció que estaba en razón lo que decía: mas los indios con la orden que el yanacona Alonso en aquel punto les dio, les mandando que todos juntos cerrasen con los cristianos, porque ya los caballos estaban cansados con el calor grande que hacía, y que todos estaban heridos, con brevedad los desbaratarían y tomarían a las manos: que no les diese lugar se alentasen.
Esto les dijo en voz alta que todos lo oyeron y en-tendieron. Con aquella orden arremetieron a los cristianos con brava determinación, donde después de haber muerto infinito número de indios, y ser algunos de ellos muy heridos y otros muertos, no pudiendo sufrir el ímpetu de aquellos bárbaros volvieron las espaldas por el camino que habían traído creyendo que pudieran llegar a Arauco.
Mas no le sucedió a Valdivia como él pensaba, porque los indios le habían tomado todos los pasos por donde habían de volver y las ciénagas que habían de pasar, que donde quiera que llegaba lo hallaba cerrado y puestos los indios a la defensa; y si dejaban el camino y se apartaban de él era peor, porque los caballos, como iban cansados, los indios que los se–guían, viéndolos embarazados buscando caminos, los alcanzaban cobrando más ánimo del que llevaban, los derribaban de los caballos a lanzadas; porque los indios que habían peleado, aunque les dejó el bagaje, no se ocuparon en él, mas de dejar algunos principales con orden que lo guardasen y recogiesen el servicio que los cristianos traían; y los más ligeros fueron siguiendo el alcance por la orden arriba dicha, los iban alcanzando y matando.
Valdivia, como llevaba tan buen caballo, pudo pa-sar algo más adelante, siguiéndole un capellán que consigo traía, clérigo llamado el padre Pozo. Llegado a una ciénaga, atolló el caballo con él. Acudieron los indios que la estaban guardando, y como estaba en aquella necesidad fatigado, lo derribaron del caballo a lanzadas y golpes de macanas.
Teniéndolo en su poder lo desarmaron y desnuda-ron en carnes, y ataron las manos con unos bejucos, y ansí atado lo llevaron a pie casi media legua sin quitarle la celada borgoñona que llevaba, que aunque lo probaron muchas veces no acertaron a quitársela; y como era hombre gordo y no podía andar tanto como querían, lo llevaban algunas veces arrastrando, diciéndole muchos vituperios y burlandose de él, hasta un bebedero, donde llegados con él se juntaron todos los indios y repartieron toda la ropa y despojo por su orden entre los señores, y al yanacona Alonso, que después se llamó Lautaro, y salió en ser belicoso más que indio, porque les dio la orden de pelear, le dieron la parte que él quiso tomar.
Allí le trajeron a Valdivia su yanacona Agustinillo, el cual le quitó la celada. Viéndose con lengua les comenzó a hablar, diciéndoles que les sacaría los cristianos de el reino y despoblaría las ciudades y daría dos mil ovejas si le daban la vida. Los indios, para dalle a entender que no querían concierto alguno, le hicieron al yanacona pedazos delante de él.
Viendo el padre Pozo que no aprovechaban amo-nestaciones con aquellos bárbaros, hizo de dos pajas que par de sí halló, una cruz, y persuadiéndole a bien morir, diciéndole muchas cosas de buen cristiano, pidiendo a Dios misericordia de sus culpas. Mientras en esto estaban, hicieron los indios un fuego delante de él, y con una cáscara de almejas de la mar, que ellos llaman pello en su lengua, le cortaron los lagartos de los brazos desde el codo a la muñeca; teniendo espadas, dagas y cuchillos con que poderlo hacer, no quisieron por darle mayor martirio, y los comieron asados en su presencia. Hechos otros muchos vituperios lo mataron a él y al capellán, y la cabeza pusieron en una lanza juntamente con las demás de los cristianos, que no se les escapó ninguno.
Este fue el fin que tuvo Pedro de Valdivia, hombre valeroso y bien afortunado hasta aquel punto. ¡Grandes secretos de Dios que debe considerar el cristiano! Un hombre como éste, tan obedecido, tan temido, tan señor y respetado, morir una muerte tan cruel a manos de bárbaros. Por donde cada cristiano ha de entender que aquel estado que Dios le da es el mejor; y si no le levanta más es para más bien suyo, porque muchas veces vemos procurar los hombres ambiciosos cargos grandes por muchas maneras y rodeos, haciendo ancha la conciencia para alcanzarlos; y es Dios servido que después de haberlos alcanzado los vengan a perder con ignominia y gran castigo hecho en sus personas, como a Valdivia le acaeció cuando tomó el oro en el navío y se fue con él al Pirú, que fue Dios servido y permitió que por aquel camino que quiso ser señor, por aquel perdiese la vida y estado.
Era Valdivia, cuando murió, de edad de cincuenta y seis años, natural de un lugar de Extremadura, pequeño, llamado Castuera, hombre de buena estatura, de rostro alegre, la cabeza grande conforme al cuerpo, que se había hecho gordo, espaldudo, ancho de pecho, hombre de buen entendimiento, aunque de palabras no bien limadas, liberal, y hacía mercedes graciosamente. Después que fue señor recibía gran contento en dar lo que tenía: era generoso en todas sus cosas, amigo de andar bien vestido y lustroso, y de los hombres que lo andaban, y de comer y beber bien; afable y humano con todos; mas tenía dos cosas con que oscurecía todas estas virtudes: que aborrecía a los hombres nobles, y de ordinario estaba amancebado con una mujer española, a lo cual fue dado.
El cómo murió y de la manera que dicho tengo, yo me informé de un principal y señor del valle de Chile en Santiago, que se llamaba don Alonso y servía a Valdivia de guardarropa, que hablaba en lengua española, y de mucha razón, que estuvo presente a todo, y escapó en hábito de indio de guerra sin ser conocido, y aquella noche llegó a la casa fuerte de Arauco y dio nueva de todo lo sucedido a los que en ella estaban, los cuales se fueron a la Concepción, que estaba de allí nueve leguas, antes que los indios les cerrasen el camino.

 

Historia de Chile, desde su descubrimiento hasta el año de 1575, compuesta por el capitán Alonso de Góngora Marmolejo, en: Memorial Histórico Español: Colección de documentos, opúsculo y antigüedades que publica la Real Academia de la Historia. Tomo IV. Madrid, 1852. Págs. 59 a 66.
Otra edición en: Biblioteca de Autores Españoles desde la formación del lenguaje hasta nuestros días (continuación). Crónicas del Reino de Chile. Edición y estudio preliminar de Francisco Esteve Barba. Ediciones Atlas. Madrid, 1960. Págs. 102 a 105.

 

NOTA

 

Sobre la muerte de Valdivia no hay acuerdo en las crónicas. Esta versión  de Góngora (tormento y decapitación), discrepa de la de Vivar (de un lanzazo pro-pinado por cacique Teopoñicán), ésta de la de Ercilla (un viejo pariente de Caupolicán le descarga un mazazo en la cabeza), y ésta de la de Marino de Lobera (atribuye al cacique Pilmaiquen el mazazo en la cabeza y agrega lo que se dice comúnmente: trajeron en una olla de oro, oro liquido y se lo hicieron beber diciéndole “pues tan amigo eres del oro, hártate aho–ra de él).
Otra versión, más tenebrosa, la da en su crónica Diego de Rosales, escribiendo que la ejecución fue a la usanza Mapuche:

“Poniéndolo en medio, las manos atadas atrás, y estándole hablando los caciques, y baldonándole por haberse querido enseñorear de ellos y de sus tierras, cuando hicieron señas a un capitán que estaba apercibido con una maza, sin que lo viese, le dio por detrás un fiero golpe en la cerviz, de que cayó de espaldas aturdido, y levantando todos los del cerco la vocería y las lanzas, las tendieron sobre el cuerpo murto, batiendo con los pies la tierra y haciéndola estremecer, para dar a entender que la tierra tiembla de su valentía. En esto llegó uno y, rompiéndole desde la garganta al pecho con un cuchillo, le metió la mano en él, y le sacó el corazón arrancándosele, y así, palpitando, como estaba, y chorreando sangre, se lo mostró a todos, y untando con la sangre del corazón los toquis y las flechas, le hizo pedacitos muy menudos, que comieron todos los caciques, y los demás se relamían en su sangre… Le cortaron luego la cabeza e hicieron flautas de sus canillas, y puesta sobre una pica, cantaron con ella victoria, y gastaron mucho tiempo en celebrarla con grandes brindis, fiestas y regocijos, por ver ya libertada la patria. Y como estandarte y pendón de la victoria, dejando el cuerpo arrojado para que se lo comiesen las aves y las fieras, llevaron la cabeza y la clavaron a la puerta de la casa de Caupolicán… Y últimamente cocieron la cabeza de Valdivia, y en una borrachera que hicieron muy solemne, la sacó Caupolicán y bebía chicha en el casco, y brindaba a los caciques de mayor nombre en él.    
La versión que podría considerarse “la oficial”, in-serta en la “Carta del cabildo a la Real Audiencia de Lima”, el 26 de febrero de 1554, dice que lo tuvieron vivo, con otros españoles, durante tres días “comiéndolo vivo a pedazos”.
El problema de estas versiones es que ningún espa-ñol que estuvo presente en la batalla salió con vida, por lo cual, las versiones que se recibieron fueron de indios que estuvieron en el bando enemigo o que escucharon contar o. como el informante de Góngo-ra, algún indio amigo que logró escapar disimulada-mente.
Otro aspecto sobre la que también hay dudas, concierne a la cantidad de españoles que formaron la fuerza de Valdivia. Según Góngora, salió de Concep-ción con cuarenta soldados y agregó en el fuerte de Arauco treinta y seis más. A cuatro de ellos envió de corredores para que descubriesen el campo y el cami-no: fueron capturados y “los hicieron pedazos”: el brazo de uno de ellos, con “su manga de jubón y camisa”, lo echaron en el camino por donde debía pasar Valdivia a fin de que lo viera.
  Para la batalla, Valdivia dividió a sus huestes en tres cuadrillas. Él se quedó con treinta y seis hombres: diez dejaría después como guardia del bagaje, y con “veintiséis buenos soldados” se lanzó al ataque (es lógico calcular que las dos cuadrillas ya en combate estaban integradas por veinte hombres cada una). Ningún español salvo su vida. Se supo, después, que los escuadrones indígenas sumaron más de cincuenta mil indios. (Los registros de los otros cronistas sobre la cantidad de españoles que iban con Valdivia, son: (Vivar, 36; Lobera, 63; Ercilla, 60; Rosales XXXX; Cabildo, 50 soldados).
La muerte de Valdivia y de sus acompañantes tuvo más significación de lo que es posible apreciar a sim-ple vista. Señalemos en primer lugar que de los gran-des capitanes de la Conquista de América –Cortés, Pizarro, Almagro, Ximénez de Quesada, Alvarado, Benalcazar, Soto, Ponce de León–, Valdivia es el único que muere ejecutado por los indígenas después de una batalla, –capturado, torturado y ejecutado. Varios capitanes murieron a consecuencia de heridas recibidas en los combates contra los nativos, pero ninguno de los más notables sufrió la humillación de ser totalmente desbaratado y luego estar sometido a las burlas y torturas de sus captores. Lo terrible que fue la situación para el conquistador de Chile –perder la batalla, todo sus hombres muertos, ser aprisionado y estar al borde de la muerte– se mide claramente con la desesperación que lo llevó a los inútiles ofrecimientos que dio para obtener su salvación.
El segundo punto, y menos anecdótico que el anterior, es la definitiva comprobación hecha por los indígenas de la posibilidad de vencer a los españoles –incluso a los de a caballo que eran los más contun-dentes–. La muy clara invencibilidad de los españoles concluyó de forma aparatosa.
Un tercer aspecto, fue la nueva manera de comba-tir de los mapuches. Las sucesivas oleadas de indíge-nas que llegaban a pelear contra los españoles, fue fundamental para la derrota. En lugar de llegar los cincuenta mil indios a enfrentarse a la caballería conquistadora, se prepararon para ir llegando por oleadas para renovar los combatientes por otros frescos fue contundente. Los españoles y sus caballos estaban en exceso agotados, y si bien es cierto que lograron matar algunos miles de indígenas, cada vez eran más débiles sus brazos para blandir las picas y los sables, y mas heridos y agotados se encontraban sus caballos.
Otra táctica de los mapuches, también definitiva, fue la de variar de armas. Si la primera vez salieron a enfrentarse con flechas y lanzas, en la segunda arremetida lo hicieron con boleadoras, garrotes, lazos, de tal manera que mucho de la mueva táctica residió en enlazar a los españoles, bajarlos de los caballos y darles un mazazo cuando pretendían levantarse.
El descubrir que las fuerzas españolas perdían la eficacia de su caballería en el momento que los indígenas se internaban en terrenos pantanosos o en bosques tupidos, fue también un nuevo conocimiento sobre la manera de abatir a los conquistadores de forma más eficiente.
Las nuevas tácticas guerreras y la proliferación de emboscadas fue la forma ofensiva que los indígenas de Chile emplearon para sostener durante casi un siglo un permanente estado de alerta en los pueblos y en los desplazamientos de grupos militares españoles. Estos aspectos de la eficiente y sorprendente táctica de pelear de los nativos, se dice que fue estudiada en las academias militares.