CARTA DE HERNANDO PIZARRO

A LOS OIDORES DE LA AUDIENCIA DE SANTO DOMINGO (1533).

 

A los magníficos señores, los señores Oidores de la Audiencia Real de su Majestad, que residen en la ciudad de Santo Domingo

 

Magníficos señores:

Yo llegué a este puerto de La Yaguana, de camino para pasar a España, por mandado del Gobernador Francisco Pizarro, a informar a Su Majestad de lo sucedido en aquella gobernación del Perú e la manera de la tierra y estado en que queda. E porque creo que los que a esa ciudad van darán a vuestras mercedes variables nuevas, me ha parecido escribir en suma lo sucedido en la tierra, para que sean informados de la verdad.

Después que de aquella tierra vino Isasaga, de quien vuestras mercedes se informarían de lo hasta allí acaecido, el Gobernador fundó en nombre de Su Majestad un pueblo, cerca de la costa, que se llama San Miguel, veinticinco leguas de aquel cabo de Túmbez. Dejados allí los vecinos e repartidos los Indios que había en la comarca del pueblo, se partió con sesenta de caballo e noventa peones, en demanda del pueblo de Caxamalca, que tuvo noticias que estaba en él Atabaliba, hijo del Cuzco viejo y hermano del que al presente era señor de la tierra. Y entre los dos hermanos había muy cruda guerra, e aquel Atabaliba le había venido ganando la tierra hasta allí, que hay desde donde partió cien­to cincuenta leguas.

Pasadas siete u ocho jornadas, vino al Gobernador un capitán de Atabaliba e díjole que su señor Atabaliba había sabido de su venida e holgaba mucho de ello e tenía deseo de conocer a los cristianos. E así como hubo estado dos días con el Gobernador, dijo que quería adelantarse a decir a su señor cómo iba e que el otro venía al camino con presente en señal de paz.

El Gobernador fue de camino adelante, hasta llegar a un pueblo que se dice La Ramada, que hasta allí era todo tierra llana e desde allí era sierra muy áspera e de muy malos pesos. Y visto que no volvía el mensajero de Atabaliba, quiso informarse de al­gunos indios que habían venido de Caxamalca e atormentáronse e dijeron que habían oído que Atabaliba esperaba al Gobernador en la sierra, para darle guerra. E así mandó apercibir la gente, dejando la rezaga en el llano, e subió. Y el camino era tan malo, que de verdad, si así fuera que allí nos esperaran, o en otro paso que hallamos desde allí a Caxamalca, muy ligeramente nos llevaran, porque aun del dies­tro no podíamos llevar los caballos por los caminos, e fuera de camino, ni caballos ni peones. E esta sie­rra, hasta llegar a Caxamalca, hay veinte leguas.

A la mitad del camino vinieron mensajeros de Atabaliba e trajeron al Gobernador comida e dijeron que Atabaliba le esperaba en Caxamalca, que quería ser su amigo e que le hacía saber que sus capitanes, que había enviado a la guerra del Cuzco, su hermano, le traían preso, e que sería en Caxamalca desde en dos días e que toda la tierra de su padre estaba ya por él. El Gobernador le envió decir que holgaba mucho de ello e que si algún señor había que no le quería dar la obediencia, que él le ayudaría a sojuzgarle.

Desde a dos días llegó el Gobernador a vista de Caxamalca e halló allí indios con comida. E puesta la gente en orden, caminó al pueblo e halló que Atabaliba no estaba en él, que estaba una legua de allí, en el campo, con toda su gente en toldos. E visto que Atabaliba no venía a verle, envió un capitán con quince de caballo a hablar a Atabaliba, diciendo que no se aposentaba hasta saber dónde era su voluntad que se aposentasen los cristianos e que le rogaba que viniese, porque quería holgarse con él.

En esto, yo vine a hablar al Gobernador, que había ido a mirar la manera del pueblo, para si de noche diesen en nosotros los indios, e díjome cómo había enviado a hablar a Atabaliba. Yo le dije que me parecía que en sesenta de caballo que tenía había algunas personas que no eran diestros a caballo e otros caballos mancos, e que sacar quince de caballo de los mejores, que era yerro, porque, si Atabaliba algo quisiese hacer, no eran para defenderse, e que caeciéndoles algún revés, que le harían mucha falta. E así mandó que yo fuere con otros veinte de caballo, que había para poder ir, e que allá hiciese como me pareciese que convenía.

Cuando yo llegué a este paso de Atabaliba, hallé los de caballo junto con el real. Y el capitán había ido a hablar con Atabaliba. Yo dejé allí la gente que llevaba e con dos de caballo pasé al aposento. Y el capitán le dijo cómo iba y quién era yo. E yo dije al Atabaliba que el Gobernador me enviaba a visitarle e que le rogaba que le viniese a ver, porque le estaba esperando para holgarse con él, e que le tenía por amigo.

Díjome que un cacique del pueblo de San Miguel le había enviado a decir que éramos mala gente e no buena para la guerra, e que aquel cacique nos había muerto caballos e gente. Yo le dije que aque­lla gente de San Miguel eran como mujeres e que un caballo bastaba para toda aquella tierra, e que cuando nos viese pelear vería quién éramos; que el Gobernador le quería mucho e que si tenía algún enemigo, que se lo dijese, que él lo enviaría a con­quistar. Díjome que cuatro jornadas de allí estaban unos indios muy recios, que no podía con ellos, que allí irían cristianos a ayudar a su gente. Díjole que el Gobernador enviaría diez de caballo, que bastaban para toda la tierra, que sus indios no eran menester sino para buscar los que se escondiesen. Sonrióse, como hombre que no nos tenía en tanto.

Díjome el capitán que hasta que yo llegué nunca pudo acabar con él que le hablase, sino un princi­pal suyo hablaba por él, y él siempre la cabeza baja. Estaba sentado en un dúho, con toda la majestad del mundo, cercado de todas sus mujeres e muchos principales cerca de él. Antes de llegar allí estaba otro golpe de principales, e así, por orden, cada uno del estado que eran.

Ya puesto el sol, yo le dije que me quería ir, que viese lo que quería que dijese al Gobernador. Díjome que le dijese que otro día por la mañana le iría a ver e que se aposentase en tres galpones grandes, que estaban en aquella plaza, e uno que estaba en medio le dejasen para él.

Aquella noche se hizo buena guarda. A la mañana envió sus mensajeros, dilatando la venida hasta que era ya tarde. E de aquellos mensajeros que venían hablando con algunas indias tenían los cristianos parientas suyas e les dijeron que se huyesen, porque Atabaliba venía sobre tarde, para dar aquella noche en los cristianos e matarlos.

Entre los mensajeros que envió vino aquel capi­tán que primero había venido al Gobernador al camino. E dijo al Gobernador que su señor Atabaliba decía que, pues los cristianos habían ido con armas a su real, que él quería venir con sus armas; el Go­bernador le dijo que viniese como él quisiese. E Ata­baliba partió de su real a mediodía. Y en llegar hasta un campo que estaba medio cuarto de legua de Ca­xamalca tardó hasta que el sol iba muy bajo. Allí asentó sus toldos e hizo tres escuadrones de gente. E a todo venía el camino lleno e no había acabado de salir del real.

El Gobernador había mandado repartir la gente en los tres galpones, que estaban en la plaza, en triángulo, e que estuviesen a caballo e armados, hasta ver qué determinación traía Atabaliba.

Asentados sus toldos, envió a decir al Goberna­dor que ya era tarde, que él quería dormir allí, que por la mañana vendría. El Gobernador le envió a decir que le rogaba que viniese luego, porque le es­peraba a cenar, e que no había de cenar hasta que fuese. Tornaron los mensajeros a decir al Goberna­dor que le enviase allá un cristiano, que él quería venir luego e que vendría sin armas.

El Gobernador envió un cristiano. E luego Ata­baliba se movió para venir e dejó allí la gente con las armas e llevó consigo hasta cinco o seis mil indios sin armas, salvo que debajo de las camisetas traían unas porras pequeñas e hondas e bolsas con piedras. Venía en unas andas. E delante de él hasta trescientos o cuatrocientos indios con camisetas de librea, limpiando las pajas del camino e cantando, y él en medio de la otra gente, que eran. caciques e principales, e los más principales caciques le traían en los hombros.

En entrando en la plaza, subieron doce o quince indios en una fortalecilla que allí está e tomáronla a manera de posesión, con una bandera puesta en una lanza.

Entrado hasta la mitad de la plaza, reparó allí e salió un fraile dominico que estaba con el Gober­nador a hablarle de su parte, que el Gobernador le estaba esperando en su aposento, que le fuese a hablar. E díjole cómo era sacerdote e que era en­viado por el Emperador para que les enseñase las cosas de la fe, si quisiesen ser cristianos. E díjole que aquel libro era de las cosas de Dios. Y el Ata­baliba pidió el libro e arrojóle en el sue lo e dijo:

—Yo no pasaré de aquí hasta que deis todo lo que habéis tomado en mi tierra; que yo bien sé quién sois vosotros y en lo que andáis.

E levantóse en las andas e habló a su gente e hubo murmullo entre ellos, llamando a la gente que tenían las armas.

El fraile fue al Gobernador e díjole que qué hacía, ya que no estaba la cosa en tiempo de esperar más. El Gobernador me lo envió decir.

Yo tenía concertado con el capitán de la arti­llería que, haciéndole una seña, disparase los tiros, e con la gente que, oyéndolos, saliesen todos a un tiempo. E así se hizo. E como los indios estaban sin armas, fueron desbaratados sin peligro de ningún cristiano. Los que traían las andas e los que venían alrededor de él nunca lo desampararon, hasta que todos murieron alrededor de él. El Gobernador salió e tomó a Atabaliba. E por defenderle, le dio un cristiano una cuchillada en una mano.

La gente siguió el alcance hasta donde estaban los indios con armas: no se halló en ellos resistencia ninguna, porque ya era noche. Recogiéronse todos al pueblo, donde el Gobernador quedaba.

Otro día, de mañana, mandó el Gobernador que fuésemos al real de Atabaliba. Hallóse en él hasta cuarenta mil castellanos e cuatro o cinco mil marcos de plata, y el real tan lleno de gente como si nunca hubiera faltado ninguna. Recogióse toda la gente y el Gobernador les habló que fuesen a sus casas, que él no venía a hacerles mal, que lo que se había hecho había sido por la soberbia de Atabaliba. Y el Atabaliba asimismo se lo mandó.

Preguntando a Atabaliba por qué había echado el libro e mostrado tanta soberbia, dijo que aquel capitán suyo que había venido a hablar al Gobernador le había dicho que los cristianos no eran hom­bres de guerra e que los caballos se desensillaban de noche e que con doscientos indios que le diese se los ataría a todos, e que este capitán y el cacique que arriba he dicho de San Miguel le engañaron. Preguntóle el Gobernador por su hermano, el Cuzco. Dijo que otro día allegaría allí, que le traían preso e que sus capitanes quedaban con la gente en el pueblo del Cuzco. E según después pareció, dijo verdad en todo, salvo que a su hermano lo envió a matar, con temor que el Gobernador le restituyese en su señorío.

El Gobernador le dijo que no venía a hacer gue­rra a los indios, sino que el Emperador, nuestro Señor, que era Señor de todo el mundo, le mandó venir, por que le viese e le hiciese saber las cosas de nuestra fe, para si quisiese ser cristiano, e que aquellas tie­rras e todas las demás eran del Emperador e que le había de tener por Señor. E le dijo que era contento.

E visto que los cristianos recogían algún oro, dijo Atabaliba al Gobernador que no se curase de aquel oro, que era poco, que él le daría diez mil tejuelos le henchiría de piezas de oro aquel bohío en que estaba, hasta una raya blanca, que sería estado e medio de alto. Y el bohío tenía de ancho diecisiete dieciocho pies, e de largo treinta o treinta y cinco. E que cumpliría dentro de dos meses.

Pasados los dos meses que el oro no venía, antes el Gobernador tenía nuevas cada día que venía gente de guerra sobre él. Así por eso, como por dar prisa al oro que viniese, el Gobernador me mandó que saliese con veinte de caballo e diez o doce peo­nes, hasta un pueblo que se dice Guamachuco, que está veinte leguas de Caxamalca, que es adonde se decía que se hacía junta de los indios de guerra. E así fui hasta aquel pueblo, adonde hallamos can­tidad de oro e plata e desde allí la envié a Caxamalca.

Unos indios, que se atormentaron, me dijeron que los capitanes e gente de guerra estaban seis leguas de aquel pueblo. E aunque yo no llevaba comisión del Gobernador para pasar de allí, porque los indios no cobrasen ánimo de pensar que volvíamos huyendo, acordé de llegar a aquel pueblo con catorce de caballo e nueve peones, porque los demás se enviaron en guarda del oro, porque tenían los caballos cojos.

Otro día, de mañana, allegué sobre el pueblo e no hallé gente ninguna en él, porque, según pareció, había sido mentira lo que los indios habían dicho, salvo que pensaron meternos temor para que nos volviésemos.

A este pueblo me llegó licencia del Gobernador para que fuese a una mezquita de que teníamos noticia, que estaba cien leguas de la costa de la mar, en un pueblo que se dice Pachacama. Tardamos en llegar a ella veintidós días: los quince días fuimos por la sierra e los otros por la costa de la mar.

El camino de la sierra es cosa de ver, porque, en verdad, en tierra tan fragosa, en la cristiandad no se han visto tan hermosos caminos, toda la ma­yor parte de calzada. Todos los arroyos tienen puen­tes de piedra o de madera. En un río grande, que era muy caudaloso e muy grande, que pasamos dos veces, hallamos puentes de red, que es cosa mara­villosa de ver. Pasamos por ellas los caballos. Tiene cada pasaje dos puentes: la una, por donde pasa la gente común; la otra, por donde pasa el señor de la tierra o sus capitanes. Ésta tienen siempre cerra­da e indios que la aguardan; estos indios cobran portazgo de los que pasan.

Estos caciques de la sierra e gente tienen más arte que no los de los llanos. Es la tierra bien poblada; tienen muchas minas en muchas partes de ella; es tierra fría, nieva en ella e llueve mucho; no hay ciénagas; es pobre de leña. En todos los pueblos principales tiene Atabaliba puestos gober­nadores, e asimismo los tenían los señores antece­sores suyos.

En todos estos pueblos hay casas de mujeres encerradas. Tienen guardas a las puertas; guardan cas­tidad. Si algún indio tiene parte con alguna de ellas, muere por ello. Estas casas son: unas, para el sa­crificio del sol; otras, del Cuzco viejo, padre de Atabaliba. El sacrificio que hacen es de ovejas. E hacen chicha, para verter por el suelo. Hay otra casa de mujeres en cada pueblo de estos principales, asimis­mo guardadas, que están recogidas de los caciques comarcanos, para cuando pasa el señor de la tierra sacan de allí las mejores, para presentárselas. E sacadas aquéllas, meten otras tantas. También tienen cargo de hacer chicha, para cuando pasa la gente de guerra. De estas casas sacaban indias que nos presentaban.

A estos pueblos del camino vienen a servir todos los caciques comarcanos cuando pasa la gente de guerra. Tienen depósito de leña e maíz e de todo lo demás. E cuentan por unos nudos, en unas cuerdas, de lo que cada cacique ha traído. E cuando nos habían de traer algunas cargas de leña u ovejas o maíz o chicha, quitaban de los nudos, de los que lo tenían a cargo, e anudábanlo en otra parte. De manera que en todo tiene muy gran cuenta a razón.

En todos estos pueblos nos hicieron muy grande fiestas de danzas e bailes.

Llegados a los llanos, que es en la costa, es otra manera de gente, más bruta, no tan bien tratados, mas de mucha gente. Asimismo tienen casas de mujeres e todo lo demás, como los pueblos de la sierra.

Nunca nos quisieron decir de la mezquita, que tenían en sí ordenado que todos los que nos lo dijesen habían de morir; pero, como teníamos noticia que era en la costa, seguimos el camino real, hasta ir a dar en ella. El camino va muy ancho, tapiado de una banda e de otra. A trechos, casas de aposento hechas en él, que quedaron de cuando el Cuzco pasó por aquella tierra. Hay poblaciones muy grandes. Las casas de los indios, de cañizos; las de los caciques, de tapia, e ramada por cobertura, porque en aquella tierra no llueve.

Desde el pueblo de San Miguel hasta aquella mez­quita había ciento setenta o ciento ochenta leguas, por la costa, de la tierra muy poblada. Toda esta tierra atraviesa el camino tapiado. En toda ella, ni en doscientas leguas que se tiene noticias en las costas adelante, no llueve. Viven de riego, porque es tanto lo que llueve en la sierra, que salen de ella muchos ríos, que en toda la tierra no hay tres leguas que no haya río. Desde el mar a la sierra hay, en partes, diez leguas; a partes, doce. E toda costa va así. No hace frío.

Toda esta tierra de los llanos, e mucha más adelante, no tributa al Cuzco, sino a la mezquita. El obispo de ella estaba con el Gobernador en Caxamalca; habíale mandado otro bohío de oro, como el que Atabaliba mandó. A este propósito, el Gobernador me envió ir a dar prisa, para que se llevase. Llegado a la mezquita e aposentados, pregunté por el oro e negáronmelo, que no lo había. Hizóse alguna diligencia e no se pudo hallar.

Los caciques comarcanos me vinieron a ver e trajeron presente. E allí, en la mezquita, se halló algún oro podrido, que dejaron cuando escondieron lo demás. De todo se juntó ochenta y cinco mil castellanos e tres mil marcos de plata.

Este pueblo de la mezquita es muy grande e de grandes edificios; la mezquita es grande e de grandes cercados e corrales. Fuera de ella está otro cercado grande, que por una puerta se sirve la mezquita. En este cercado están las casas de las mujeres que dicen ser mujeres del diablo, e aquí están los silos, donde están guardados los depósitos del oro. Aquí no entra nadie donde estas mujeres están. Hacen sus sacrificios como las que están en las otra casas del sol, que arriba he dicho.

Para entrar al primer patio de la mezquita han de ayunar veinte días; para subir al patio de arriba han de haber ayunado un año. En este patio de arriaba suele estar el obispo. Cuando suben algunos mensajeros de caciques, que han ya ayunado su año, a pedir al dios que les dé maíz e buenos temporales hallan el obispo, cubierta la cabeza e asentado. Hay otros indios que llaman pajes del dios. Así como estos mensajeros de los caciques dicen al obispo si embajada, entran aquellos pajes del diablo dentro a una camarilla, donde dicen que hablan con él e que el diablo les dice de qué está enojado de los caciques e los sacrificios que se han de hacer e lo presentes que quiere que le traigan. Yo creo que no hablan con el diablo, sino que aquellos servidores suyos engañan a los caciques, por servirse de ellos; porque yo hice diligencia por saberlo, e un paje vie­jo, de los más privados de su dios, que me dijo un cacique que había dicho que le dijo el diablo que no hubiese miedo de los caballos, que espantaban e no hacían mal, hícele atormentar y estuvo rebelde en su mala secta, que nunca de él se pudo saber nada más de que realmente le tienen por dios.

Esta mezquita es tan temida de todos los indios, que piensan que si alguno de aquellos servidores del diablo le pidiese cuanto tuviese e no lo diese, había de morir luego. Y, según parece, los indios no adoran a este diablo por devoción, sino por temor, que a mí me decían los caciques que hasta entonces habían servido aquella mezquita porque le habían miedo, que ya no había miedo sino a noso­tros, que a nosotros querían servir.

La cueva donde estaba el ídolo era muy oscura, que no se podía entrar a ella sin candela, e de dentro muy sucia. Hice a todos los caciques de la comarca, que me vinieron a ver, entrar dentro, para que perdiesen el miedo. E a falta de predicador les hice mi sermón, diciendo el engaño en que vivían.

En este pueblo supe que un capitán e principal de Atabaliba estaba veinte leguas de nosotros, en un pueblo que se dice Xauxa. Enviéle a llamar, que me viniese a ver, e respondió que yo me fuese camino de Caxamalca, que él saldría por otro camino a juntarse conmigo. Sabido por el Gobernador que el capitán estaba de paz e quería ir conmigo, escribióme que volviese y envió tres cristianos al Cuzco, que es cincuenta leguas más adelante de Xauxa, a tomar la posesión e ver la tierra.

Yo me volví, camino de Caxamalca, por otro camino que el que había ido. E adonde el capitán de Atabaliba quedó de salir a mí, no había salido; antes supe de aquellos caciques que se estaba quedo e me había burlado por que me viniese. Desde allí volvimos hacia donde él estaba. Y el camino fue tan fragoso e de tanta nieve, que se pasó harto trabajo en llegar allá.

Llegado al camino real, a un pueblo que se dice Bombon, topé un capitán de Atabaliba con cinco mil indios de guerra que a Atabaliba llevaba, en achaque de conquistar un cacique rebelde. E según después ha parecido, eran para hacer junta para matar a los cristianos. Allí hallamos hasta quinien­tos mil pesos de oro, que llevaban a Caxamalca. Este capitán me dijo que el capitán general queda­ba en Xauxa e sabía de nuestra ida e tenía mucho miedo. Yo le envié mensajeros, para que estuviese quedo e no tuviese temor. Hallé allí un negro, que había ido con los cristianos que iban al Cuzco, e díjome que aquellos temores eran fingidos, porque el capitán tenía mucha gente e muy buena e que en presencia de los cristianos la había contado por sus nudos e que había hallado treinta y cinco mil indios.

Así fuimos a Xauxa. Llegado media legua del pue­blo, visto que el capitán no salía a recibirnos, un principal de Atabaliba que llevaba conmigo, a quien yo había hecho un buen tratamiento, me dijo que hiciese ir los cristianos en orden, porque creía que el capitán estaba de guerra. Subido a un cerrillo que estaba cerca de Xauxa, vimos en la plaza gran bulto negro, que pensamos ser cosa quemada. Pre­guntado qué era aquello, dijéronnos que eran indios. La plaza es grande e tiene un cuarto de legua.

Llegados al pueblo, e como nadie nos salía a re­cibir, iba la gente toda con pensamiento de pelear con los indios. Al entrar en la plaza salieron unos principales a recibirnos de paz e dijéronnos que el capitán no estaba allí, que era ido a pacificar ciertos caciques. E según pareció, de temor se había ido con la gente de guerra e había pasado un río que estaba junto, cabe al pueblo, de una puente de red. Enviéle a decir que viniese de paz; si no, que irían los cristianos a le destruir.

Otro día, de mañana, vino la gente que estaba en la plaza, que eran indios de servicio. Y es verdad que había sobre cien mil ánimas. Allí estuvi­mos cinco días. En todo este pueblo no hicieron sino bailar e cantar e grandes fiestas de borracheras. Púsose en no venir conmigo. Al cabo, desque vio la determinación de traerle, vino de su voluntad. Dejé allí por capitán al principal que llevé conmigo.

Este pueblo de Xauxa es muy bueno e muy vistoso e de muy buenas salidas llanas. Tiene muy buena ribera. En todo lo que anduvo, no me parecí mejor disposición para asentar pueblos los cristianos, e así creo que el Gobernador asentará allí pueblo, aunque algunos, que piensan ser aprovechados del trato de la mar, son de contraria opinión. Toda la tierra desde Xauxa a Caxamalca, por donde volvimos, es de la calidad que tengo dicho.

Venidos a Caxamalca e dicho al Gobernador lo que se había hecho me mandó ir a España a hacer relación a Su Majestad de esto e de otras cosas que convienen a su servicio. Sacóse del montón del oro cien mil castellanos, para Su Majestad, en cuenta de sus quintos. Otro día de como partí de Caxamalca llegaron los cristianos que habían ido al Cuzco e trajeron millón y medio de oro.

Después de yo venido a Panamá vino otro navio, en que vinieron algunos hidalgos. Dicen que se hizo repartimiento del oro: cupo a Su Majestad, de mas de los cien mil pesos que yo llevo e cinco mil marcos de plata, otros ciento setenta y cinco mil castellanos e siete u ocho mil marcos de plata. E a todos los que delante venimos nos han enviado más socorro de oro.

Después de yo venido, según el Gobernador me escribe, supo que Atabaliba hacía junta de gente para dar guerra a los cristianos. E dice que hicie­ron justicia de él; hizo señor a otro hermano suyo, que era su enemigo.

Molina va a esa ciudad. De él podrán vuestras mercedes ser informados de todo lo que más qui­sieren saber.

A la gente cupo de parte: a los de caballo, nueve mil castellanos; al Gobernador, sesenta mil; a mí, treinta mil. Otro provecho en la tierra el Goberna­dor no le ha habido, ni en las cuentas hubo frau­de ni engaño. Dígolo a vuestras mercedes, porque, si otra cosa se dijese, ésta es la verdad.

Nuestro Señor las magníficas personas de vues­tras mercedes por largos tiempos guarde e prospere.

Fecha en esta villa de Santa María del Puerto, a veintitrés días de noviembre de mil quinientos trein­ta y tres años.

A servicio de vuestras mercedes.

Hernando Pizarro.