RIP VAN WINKLE

 

                                                                                     Washington Irving

 

El siguiente relato apareció entre los papeles del di-funto Diedrich Knickerbocker, un anciano caballero de Nueva York que sentía mucha curiosidad por la historia holandesa de su provincia y por las costumbres de los des-cendientes de los primitivos colonos. Sin embargo, sus indagaciones históricas no se orientaron tanto hacia los libros como hacia los hombres, porque los primeros eran lamentablemente parcos en lo que consernía a sus tópicos favoritos, en tanto que los viejos burgueses, y aún más sus esposas, tenían una rica provisión de ese acervo legendario que es tan valioso para la verdadera historia. Por consi-guiente, cada vez que tropezaba con una familia holandesa genuina, confortablemente encerrada en su granja de techo bajo, a la sombra de un frondoso sicomoro, la examinaba como si se tratase de un librito abrochado con sus páginas cubiertas de escritura gótica y lo estudiaba con el celo de una rata de biblioteca.
 El fruto de todas estas investigaciones fue una histo-ria de la provincia durante la administración de los gober-nadores holandeses, historia que publicó hace varios años. Se han expresado múltiples opiniones acerca del carácter literario de su obra, y confesemos que no es un ápice mejor de lo que debiera ser. Su mérito principal reside en su escrupulosa exactitud la que en verdad fue un poco discu-tida cuando recién apareció pero que desde entonces ha sido totalmente ratificada hasta el punto de que en todas las colecciones históricas se admite la autoridad incuestio-nable de este libro.
 El anciano caballero falleció poco después de la pu-blicación de la obra, y ahora que esta muerto y liquidado no será demasiado pernicioso para su memoria afirmar que podría haber empleado mucho mejor su tiempo en activi-dades más sustanciosas. Sin embargo, pudo orientar su afición según sus propías preferencias y aunque de vez en cuando echaba un poco de polvo en los ojos de sus vecinos y acongojaba a algunos amigos por los que sentía el afecto y la deferencía más sinceros sus errores y locuras se recuerdan "con más pena que ira" y se empieza a sospechar que nunca tuvo el propósito de herir u ofender. Mas cualquiera sea el juicio que los críticos se hayan formado ésta aun goza de la estima de muchos individuos cuya opi-nión favorable es valiosa, sobre todo cuando se trata de ciertos reposteros que han llegado al extremo de estampar su imagen sobre sus tortas de Año Nuevo, brindándole así casi tantas probabilidades de conquistar la inmortalidad como si se la hubiera grabado sobre una medalla de Wa-terloo o un cuarto de penique de la reina Ana.

 

 

 

 

 


RIP VAN WINKLE
Un escrito Póstumo de Diedrich [Knickerbocker

                       Por Odín, dios de los semejantes,
                       Que conmemoran el miércoles, o sea el día de Odín,
                       La verdad es algo que siempre sostendré
                       Hasta el último día en que me deslice
                       En mí sepultura...
                                       CARTWRIGHT

 Quienquiera haya viajado remontando el Hudson debe recordar las montañas Kaatskill. Son un cordón des-menbrado de la gran familia de los Apalaches, hacía el oeste del río, elevándose hasta una noble altura e imperan-do la comarca circundante. Cada cambio de estación, cada cambio de clima, en verdad cada hora del día, produce alguna transformación en las tonalidades y formas mágicas de estas montañas, y todas las buenas esposas, próximas o distantes, las consideran barómetros perfectos. Cuando el tiempo es bueno y estable se envuelven en un manto azul y púrpura e imprimen sus siluetas audaces contra el cielo despejado del crepúculo; pero a veces, cuando el resto del paísaje está libre de nubes, acumulan en torno a sus cimas una caperuza de vapor gris que, bajo los últimos rayos del sol poniente, refulge y se enciende como una corona de gloria.
 Es posible que al pie de estas montañas hechizadas el viajero haya divisado el humo tenue que sube en espiral desde una aldea cuyos techos de tejas relumbran entre los árboles, precisamente allí donde los tintes azules de la montaña se funden en el verde fresco del paisaje más próximo. Se trata de una aldea pequeña, muy antigua, fun-dada por algunos colonizadores holandeses en los primeros tiempos de la provincia, justo hacia los comienzos del gobierno del buen Peter Stuyvesant (¡qué en paz descan-se!) y donde después de pocos años se erguían algunas de las casas de los colonos originarios, construidas con pe-queños ladrillos amarillos traídos de Holanda, provistas de ventanas enrejadas y frentes oivales, rematadas por veletas.
 En esa misma aldea y en una de esas mismas casas (que para decir la pura verdad estaban lamentablemente deterioradas por el transcurso del tiempo y castigadas por los elementos) vivió hace muchos años, cuando la región todavía era  una provincia de Gran Bretaña, un sujeto bo-nachón llamado Rip Van Winkle. Este descendía de los Van Winkle que tuvieron una figuración tan gallarda en los días hidalgos de Peter Stuyvesant y que lo acompañaron durante el sitio a Fort Christina. Sin embargo, era muy poco lo que había heredado del carácter marcial de sus antepasados. He observado que era un hombre sencillo y benévolo; más aún, era un vecino amable y un marido obediente y dominado por su mujer. En realidad, quizás esta última circunstancia fue la que lo dotó de la manse-dumbre de espíritu gracias a la cual conquistó una popula-ridad tan universal. Porque los hombres que en sus hogares están sometidos a la disciplina de una mujer autoritaria son los más proclives a adoptar fuera de estos un compor-tamiento obsequioso y conciliador. es indudable que sus caracteres adquieren flexibilidad y maleabilidad en el hor-no abrasador de la tribulación doméstica y que un regaño privado vale más que todos los sermones del mundo para enseñar las virtudes de la paciencia y la resignación. Por lo tanto, desde ciertos ángulos, a una esposa pendenciaria se le puede definir como una bendición tolerable y en tal caso Rip Van Winkle era tres veces bendito.
 Lo cierto es que Rip era el favorito de todas las bue-nas esposas de la aldea, las que, tomaban el partido de él en todas las rencillas familiares y nunca olvidaban cargar todas las culpas sobre la señora Van Winkle cuando dis-cutían estos temas en sus chismorreos vespertinos. Los niños de la aldea también gritaban alborozados cada vez que lo veían aparecer. Él asistía a sus competencias depor-tivas, les fabrican juguetes, les enseñaba a remontar come-tas y a arrojar canicas y les contaba largas historias de apa-recidos, brujas e indios. Cada vez que deambulaba por la aldea lo rodeaba una multitud de niños que se le colgaban de los faldones de la camisa, se le trepaban sobre la espal-da y le hacían impunemente una infinidad de travesuras, y en todo el vecindario no había un solo perro que le ladrara.
 El gran defecto de la personalidad de Rip  consistía en su insuperable aversión contra todas las formas de tra-bajo lucrativo. Esto no se puede explicar por falta de per-severancia, pues a veces se sentaba sobre una roca húmeda, empuñando una vara tan larga y pesada como una lanza tártara, y permanecía allí durante todo el día, pescando, aunque ni un solo pique le alentara a continuar su faena. Era capaz de cargar una escopeta sobre el hombro durante horas y horas, recorriendo bosques y pantanos, trepando cuesta arriba y bajando a las hondonadas, para cazar unas pocas ardillas o torcazas. Nunca se negaba a ayudar a un vecino en el trabajo más engorroso y era el primero en todos los torneos campesinos donde se hombrebaba maíz o se levantaban muros de piedra. Las mujeres de la aldea también acostumbraban a emplearlo para que hiciera sus mandados o para que se ocupara de aquellos pequeños quehaceres que sus maridos menos voluntariosos no ac-cedían a realizar. En una palabra, Rip estaba dispuesto a encargarse de todas las tareas menos de las suyas propias y le resultaba imposible cumplir con sus deberes familiares y mantener en orden su granja.
 En verdad, afirmaba que era inútil trabajar en su granja. Su lote de terreno era el más infame de la región y en él todo salía mal sin remedio por mucho que hiciera para evitarlo. Sus cercas se desmoronaban continuamente; la vaca se perdía o se internaba entre los repollos; era seguro que en sus campos los suyos crecerían más rápidamente que en cualquier otra parte; la lluvia siempre se decidía a caer cuando él debía realizar algún trabajo al aire libre. Por lo tanto, a pesar de que su hacienda había ido menguando bajo su administración, acre por acre, hasta que apenas quedaba algo más que un simple lote sembrado con maíz y patatas, la suya continuaba siendo la peor granja de la zona.
 Sus hijos también andaban tan andrajosos y eran tan salvajes como si no tuvieran padre. Su hijo Rip, un pillo engendrado a su imagen y semejanza, prometía heredar los hábitos del padre junto con sus ropas viejas. Generalmente se le veía galopando como un potrillo en pos de su madre, equipado con un par de alzacalzones descartados de su padre, que debía sostener trabajosamente con una mano imitando la técnica con que una dama distinguida levanta el ruedo de su vestido en un día de tormenta.
 No obstante, Rip Van Winkle era uno de esos felices mortales, de indole necia y bien dispuesta, que toman el mundo despreocupadamente, que comen pan blanco u oscuro sin pensar ni inquietarse sea el color y que preferían pasar hambre por un penique antes que trabajar por una libra. Si lo hubieran dejado en paz habría pasado su vida silbando con inconmovible satisfacción pero su esposa no hacía más que calentarle las orejas con refunfuños por su pereza, su indolencia y la ruina que estaba provocando en su familia. A la mañana, al mediodia y a la noche ella meneaba incesantemente la lengua y era seguro que cual-quier cosa que él dijera o hiciera desencadenaría un torrente de elocuencia doméstica. Rip tenía un solo sistema para contestar a todos los sermones de tal género, sistema que por su usu frecuente se había convertido en hábito. Se encogía de hombros, sacudía la cabeza, levantaba la mirada al cielo y no decía nada. Empero esta reacción provocaba un nuevo estallido de su esposa, de modo que a él no le quedaba otro recurso que replegar sus fuerzas y salir de la casa buscando el único refugio que queda a los maridos acosados.
 El único compinche doméstico de Rip era su perro Lobo, tan hostigado como su amo porque la señora Van Winkle los catalogaba, e incluso miraba a Lobo con malos ojos culpándolo de que su amo se descarriara con tanta frecuencia. Es cierto que, en lo que concierne a todos los rasgos de carácter dignos de un perro honorable, este era el animal más valiente que había pisado el bosque... ¿pero qué coraje basta para soportar los interminables e indis-criminados abusos de una lengua femenina? Apenas Lobo entraba a la casa bajaba la cabeza, dejaba caer la cola al suelo o la enroscaba entre las patas y se deslizaba con aire patibulario, mirando siempre a la señora Van Winkle por el rabillo del ojo, y no bien observaba el más ligero bamboleo del palo de escoba o del cucharón volaba hacia la puerta con un ladrido lastimoso.
 La situación continuó empeorando a medida que transcurrían los años de vida matrimonial de Rip Van Winkle. El genio de una arpía jamás se endulza con la edad, y la lengua cortante es la única herramienta afiliada que se aguza con el uso continuo. Durante mucho tiempo Rip se habituó a consolarse, cuando debía abadonar su casa, frecuentemente una especie de club perpetuo de sa-bios, filósofos y otros personajes ociosos de la aldea, que celebraba sus sesiones sobre un banco situado frente a una pequeña hostería identificada por un rubicundo retrato de Su Majestad Jorge III. Allí permanecían sentados a la sombra durante una larga jornada de holganza estival, charlando con indiferencia acerca de los chismes de la aldea, o narrando somnolientas historias interminables totalmente desprovistas de tema. Pero cualquier estadista habría hecho una buena inversión pagando para escuchar las profundas discusiones que se entablaban a veces cuan-do un diario viejo caía por azar de las manos de algún via-jero de paso. Con cuánta solemnidad escuchaban el conte-nido silabeado por Derrick Van Bummel, el maestro de escuela, un hombrecito enjunto e instruido que no se deja-ba amedrentar por la palabra más colosal del diccionario; y con cuánta sensatez deliberaban sobre los acontecimientos públicos algunos meses después de que estos se habían materializado.
 Las opiniones de este cónclave estaban totalmente controladas por Nicholas Vedder, patriarca de la aldea y propietario de la posada frente a cuya puerta permanecía sentado desde la mañana hasta la noche desplazandose apenas lo suficiente para eludir los rayos solares y perma-necer a la sombra de un árbol enorme, de modo tal que observando sus movimientos los vecinos podían calcular la hora  con tanta precisión como si hubieran consultado un reloj de sol. Es cierto que pocas veces se le oía hablar pues fumaba incesantemente su pipa. Pero sus partidarios (por que todo gran hombre tiene sus partidarios) lo entendían perfectamente y sabían cómo recoger sus opiniones. Cuando se sentía contrariado por algo que se leía o conta-ba, aspiraba la pipa con vehemencia y lanzaba bocanadas de humo breves, frecuentes y cólericas, pero cuando estaba satisfecho inhalaba el humo lenta y tranquilamente y lo emitía en nubes ligeras y plácidas. Y a veces se quitaba la pipa de la boca y dejando que el humo fragante formara un espiral en torno a su nariz asentía gravemente con la cabeza para dar una prueba de perfecta aprobación.
 Finalmente el infortunado Rip fue excluído incluso de ese bastión por obra de su belicosa cónyuge que acos-tumbraba a interrumpir súbitamente la tranquilidad de la asamblea para vilipendiar a todos sus integrantes. Ni si-quiera un personaje tan augusto como el mismo Nicholas Vedder estaba a salva de la lengua de la terrible arpía que lo acusaba desenfadadamente de alentar la holgazanería de su esposo.
 En última instancia el pobre Rip quedó prácticamen-te reducido a la desesperación y su única alternativa, para escapar de las faenas de la granja y de las vociferaciones de su esposa, consistía en empuñar la escopeta e internarse en el bosque. Allí se sentaba a veces al pie de un árbol, y compartía el contenido de su morral con Lobo al que com-padecía como un hermano de padecimientos.
 -Pobre Lobo -acostumbraba a decir-, tu ama te hace vivir una existencia de perro. Pero no te preocupes, mu-chacho, mientras yo esté en el mundo jamás te faltará  el apoyo de un amigo!
 Lobo meneaba la cola, miraba ansiosamente el rostro de su amo y estoy convencido de que si los perros pueden experimentar compasión él retribuía esos sentimientos con toda el alma.
 Durante una larga caminata de este género empren-dida en un hermoso día de otoño, Rip trepó distraídamente a uno de los puntos más elevados de las montañas Kaats-kill. Estaba entregado a su deporte favorito de la caza de ardilla y la quieta soledad había retumbado una y otra vez con las detonaciones de su arma. Jadeante y fatigado se dejó caer, a última hora de la tarde, sobre un promontorio verde cubierto con hierbas montañesas que coronaba el borde de un precipicio. Desde un claro que quedaba entre los árboles, Rip podía divisar todas las zonas bajas que ocupaban muchas millas de fértil terreno boscoso. Vio a lo lejos el imponente Hundsonque se deslizaba muy pero muy abajo por su curso callado pero majestuoso, mientras el reflejo de una nube purpúrea o la vela de una barca re-zagada dormitaba sobre su seno cristalino, hasta que por fin se perdía en las lejanas tierras altas azules.
 Hacia el otro lado veía una profunda hoya montañe-sa, salvaje, solitaria y escabrosa, con el fondo alfombrado por fragmentos desprendidos de los riscos amenazantes y apenas iluminado por los rayos reflejados del sol poniente. Ripe permaneció un rato contemplando esta escena: el crepúsculo avanzaba gradualmente, las montañas empeza-ban a proyectar sus largas sombras azules sobre los valles. Comprendió que oscurecía mucho antes de que pudiera llegar a la aldea y lanzó un hondo suspiro cuando pensó que debería enfrentar la furia de la señora Van Winkle.
 Cuando se disponía a descender oyó una voz que gritaba a lo lejos:
 -¡Rip Van Winkle! Rip Van Winkle!
 Miró en torno, pero sólo alcanzó a ver un cuervo que continuaba su vuelo solitario através de la montaña. Se dijo que su imaginación debía de haberlo engañado y volvió a girar en redondo para emprender en descenso cuando oyó que el mismo grito vibraba en el aire sereno del crepúsculo.
 -¡Rip Van Winkle! ¡Rip Van Winkle!
 Al mismo tiempo a Lobo se le erizaban los pelos del lomo y, lanzando un fuerte gruñido, fue a buscar refugio junto a su amo, mientras miraba asustado hacia el fondo de la hoya. Rip sintió entonces que una vaga inquietud se iba apoderando de él. Miró ansiosamente en la misma di-rección y vio una extraña, figura que trepaba lentamente por las rocas, agobiada bajo un peso que cargaba sobre la espalda. Le sorprendió ver a un ser humano en ese lugar solitario y poco concurrido, pero, imaginando que podía tratarse de algún vecino que necesitaba ayuda bajó de prisa para darsela.
 Al acortar la distancia quedó aún más desconcertado por el insólito aspecto del desconocido. Era un anciano bajo, robusto, con una espesa cabellera enmarañada y barba gris. Vestía al antiguo estilo holandés: chaquetón de paño con un cordón atado en torno a la cintura de los cuales el que estaba a la vista era muy ancho, decorado a los lados con cintas como los de los lacayos y abultado en las rodillas. Llevaba sobre el hombro un sólido barrilito que parecía lleno de licor y le hizo las señas a Rip para que este se acercara y lo auxiliase con la carga. Aunque el recién llegado le inspiraba a Rip un poco de temor y desconfianza acudió en su auxilio con su habitual presteza y ayudándose el uno al otro ascendieron por una estrecha garganta que aparentemente constituía el lecho seco de un torrente montañés. Mientras trepaban, Rip oía de vez en cuando el retumbar de largos estampidos, semejantes a truenos lejanos, los que parecían provenir de un cañadón profundo o más exactamente una grieta encerrada entre rocas elevadas. Hacía allí conducía la garganta. Hizo una leve pausa en la marcha, pero luego se dijo que debía tratarse del estrépido de una de esas tormentas eléctricas pasajeras que a menudo estallan en las alturas y siguió adelante. Después de atravesar el cañadón desembocaron en un hueco semejante a un pequeño anfiteatro circundado por precipicios perpendículares sobre suyos bordes se pro-yectaban las ramas de los árboles de modo tal que solo se percibían vislumbres del cielo azul y de la refulgante nube crepúscular. Durante todo ese lapso Rip y su compañero se habían afanado en silencio porque, aunque el primero se preguntaba maravillado cuál podía ser el propósito de transportar un barrilito de licor hasta lo alto de esa monta-ña agreste, un algo extraño e incomprensible que inspiraba respeto y vedaba toda familiaridad emanaba del descono-cido.
 Cuando entraron en el anfiteatro Rip tuvo nuevos motivos para maravillarse. En un techo plano situado en el centro del mismo un grupo de personajes de raro aspecto jugaba a los bolos. Sus indumentarias eran de un insólito estilo exótico: algunos lucían jubones cortos, y otros cha-quetones con cuchillos largos en el cinto y la mayoría usaba calzones inmensos parecidos a los del guía. Sus caras también eran muy peculiares: uno tenía una cabeza enorme, rostro ancho y ojitos porcinos; la cara de otro parecía consistir exclusivamente en la nariz y estaba rematada por un sombrero blanco, en forma de pan de azúcar, adornado con una plumita roja de gallo. Todos ellos ostentaban bar-bas de distintas formas y colores y había  uno que parecía ser el jefe. Era un caballero anciano, gordo, de facciones curtidas por la intemperie. Usaba un jubón de encaje, cin-turon ancho, sombrero de copa alta con pluma, medias rojas y zapatos de tacones  elevados adornados con rose-tas. Mirando al grupo Rip recordó las figuras de un viejo cuadro flamenco que había sido traído de Holanda en la época de colonización y que colgaba en la sala de Dominie Van Shaick, el párroco de al aldea.
 Lo que sorprendió especialmente a Rip fué que, si bien era evidente que esos sujetos se estaban divirtiendo, todos ellos conservaban la expresión más adusta, perma-necían misteriosamente callados y constituían, en términos generales el grupo de recreo más melancólico que había visto en su vida. Lo unico que interrumpía el silencio de la escena era el ruido de los bolos que, cada vez que ronda-ban, retumbaban como truenos arrancando ecos de la ca-dena de montañas.
 Cuando Rip y su acompañante se acercaron a los personajes, estos desistieron súbitamente del juego y lo observaron con miradas tan fijas, como de estatuas, y con semblantes tan singulares, rústicos y opacos, que el corazón le dió un vuelco y se le entrechocaron las rodillas. Entonces su acompañante vació el contenido del barrilito en grandes frascos y le hizo una seña para que atendiera a la concurrencia. Rip obedeció asustado y tembloroso. Los hombrecillos bebieron el licor sin romper el silencio y después reanudaron el juego.
 El temor y la aprensión de Rip se fueron disipando gradualmente. Inclusó se aventuró, cuando nadie le mira-ba, a probar el licor y comprobó que su sabor era muy pa-recido al de una excelente ginebra holandesa. Por natura-leza la suya era un alma ardiente y se sintió tentado a repe-tir la prueba. Un trago trajo otro y reiteró con tanta fre-cuencia sus visitas al frasco que por fin se le embotaron los sentidos, los ojos se flotaron en la cabeza, su frente se inclinó poco a poco y quedó sumido en un sueño profun-do.
 Al despertar se encontró sobre el monticulo verde desde donde había divisado  por primera vez el viejo ca-ñadón. Se frotó los ojos. Era una refulgente mañana solea-da. Los pájaros brincaban y piaban entre los arbustos y el águila de la montaña, impulsada por la brisa pura, describía círculos en las alturas.
 "Es imposible que haya dormido durante toda la no-che" -penso Rip.
 Recordó lo que había sucedido antes de que lo ven-ciera els sueño. El extraño hombrecillo cargado con el barrilito de licor, el agreste refugio entre las rocas, el enlo-quecido juego de bolos, el frasco...
 "¡Oh! ¡Ese frasco!" -pensó Rip-. "¿Qué excusa le daré a la señora Van Winkle?"
 Miró en torno buscando su arma, pero en lugar de la escopeta limpia  y bien aceitada encontró, caído junto a él, un viejo fusil de chispa con el caño oxidado, el cerrojo desarticulado y la culata roída por los gusanos. Empezó a sospechar que los adustos juerguistas de la montaña le habían jugado una mala pasada y que después de saturado del licor le habían robado su escopeta. Lobo también había desaparecido, pero era posible que se hubiese alejado per-siguiendo a una ardilla o una perdiz. Lo llamó con silbidos y grito su nombre, pero todo fue en vano. Los ecos repitie-ron sus silbidos y gritos, pero no apareció ningún perro.
 Decidió visitar nuevamente la escena de la travesura nocturna y reclamar el perro y la escopeta a alguno de los miembros de la pandilla. Cuando se puso de pie descubrió que tenía las articulaciones entumecidas y que había per-dido su agiliodad habitual.
 "Estos lechos montañeses no me sientan bien" -pensó Rip-, "y si esta fara termina en un ataque de reumatismo, la señora Van Winkle me las hara ver de todos los colores."
 Se introdujo bastante dificultosamente en la garganta y encontró el cañadón por donde él y su acompañante hab-ían trepado la noche anterior. Pero descubrió con gran asombro que ahora corría por allí un espumoso arroyo montaraz que saltaba de roca en roca y llenaba el cañadón con sus murmullos borboteantes. No obstante, cambió de rumbo para escalar los paredones laterales, abriéndose paso a duras penas entre montes de abedules, sasafrás y hamamelis, y tropezando o enganchándose a veces con las enredaderas silvestres que enroscaban sus serpentinas o zarcillos de un árbol a otro y desplegaban una especie de red en su camino.
 Por fin llegó al lugar donde el cañadón se había en-sanchado entre los farallones para formar el anfiteatro, pero no quedaban rastros de esa abertura. Las rocas pre-sentaban un muro alto e impenetrable sobre la cara del cual el torrente se desempeñaban en una sábana de espuma chisporroteante para caer en un remanso ancho y profundo, oscurecido por las sombras del bosque circundante. Allí el pobre Rip se vio obligado a detenerse. Volvió a silbar y a llamar a su perro, pero sólo se contesto el graznido de una bandada de cuervos ociosos, posados en las ramas supe-riores de un árbol seco y que, seguros en sus alturas, parecían despreciar y zaherir las perplejidades del pobre hombre. ¿Qué correspondía hacer? La mañana estaba pasando y Rip se moría de hambre y extrañaba su des-ayuno. Le dolía renunciar a su perro y su escopeta y tenía miedo de enfrentarse con su esposa, pero habría sido inútil dejarse caer de debilidad entre las montañas. Sacudió la cabeza, cargó sobre el hombro su oxidado fusil de chispa, y con el corazón colmado de preocupación y angustia en-filó hacia su casa.
 A medida que se acercaba a la aldea se encontró con una cantidad de personas, pero no reconoció a ninguna de ellas y esto lo sorprendió bastante, porque estaba familia-rizado con todos los habitantes de la comarca. Sus indu-mentarias también eran distintas de las que Rip estaba acostumbrado a ver. Todos lo observaban con iguales muestras de desconcierto y, cada vez que fijaban sus ojos sobre él, se acariciaban el mentón. La constante repetición del ademán indujo a Rip a imitarlo involuntariamente ... ¡y con gran asombro de su parte descubrió que su barba había crecido treinta centimetros!
 Para entonces ya había entrado en los suburbios de la aldea. Una bandada de chiquillos desconocidos corría en pos de él, señalando su barba gris. También los perros, entre los cuales no identificó a uno solo de sus viejos co-nocidos, ladraban a su paso. La aldea misma había expe-rimentado una transformación: era más grande y populosa. Descubrió hileras de casas que nunca había visto antes, y los parajes que estaba acostumbrado a frecuentar habían desaparecido. Sobre las puertas había nombres extraños, a las ventanas se asomaban caras extrañas, todo era extraño. En ese momento desconfió de sus sentidos, y empezó a preguntarse si él y el mundo que lo rodeaba no estarían hechizados. Indudablemente esa era su aldea natal, de la que había partido apenas el día anterior. Allí se erguían las montañas Kaatskill, allá a lo lejos corría el Hundson pla-teado. Todas las colinas y valles se conservaban tal como habían sido siempre. Rip estaba totalmente desconcertado.
 "¡El licor que bebi anoche me transtornó la cabeza de un modo lamentable!2 -pensó.
 Le costó bastante  trabajo encontrar el camino hacia su propia cabaña, a la que se acercó con temor reverente, esperando oír en cualquier momento la voz de la señora Van Winkle. Descubrió que la casa estaba en plena deca-dencia: el techo se había derrumbado, las ventanas estaban rotas y laspuertas se habían salido de los goznes. Un perro medio muerto de hambre que se parecía a Lobo daba vuel-tas en torno a ella. Rip lo llamó por su nombre pero el animal gruño, le mostró los dientesy siguió de largo. Esta era en realidad una alternativa dolorosa.
 -Mi propio perro -suspiró el pobre Rip-, me ha olvi-dado...
 Entró en la casa donde, en honor a la verdad, la se-ñora Van Winkle siempre había mantenido un orden esme-rado. estaba vacia, olvidada, y aparentemente abandonada. La desolación venció todos sus temores conyugales. Llamó a gritos a su esposa e hijos, y las habitaciones solitarias vibraron un momento con el eco de su voz y luego quedaron nuevamente sumidas en el silencio.
 Entonces salió corriendo y marchó de prisa hacía su viejo refugio, la hostería de la aldea, pero aquella también había desaparecido. En su solar se elevaba un amplio y raquítico edificio de madera, con grandes ventanas abier-tas, algunas de ellas rotas y reparadas con sombreros y enaguas viejos, y sobre la puerta estaba pintada la leyenda: "The Union Hotel, de John Doolittle". En lugar del árbol inmenso que había protegido a la tranquila hosteria holan-desa de antaño, se erguía ahora un elevado mástil desnudo, coronado por algo que parecía un gorro rojo de dormir, y en el cual flameaba una bandera sobre la cual se veía una singular combinación de barras y estrellas. Todo esto era extraño e ininteligible. Sin embargo reconoció la cara ru-bicunda del rey Jorge, estampada arriba del cartel, casa debajo de la cual tantas veces había fumado parsimonio-samente su pipa. Pero el retrato también había experimen-tado una rara metamorfosis. La chaqueta roja había sido cambiada por otra azul y marrón, la mano empuñaba una espada en lugar de un cetro, la cabeza estaba decorada por un sombrero de tres picos, y al pie estaba pintado en gran-des caracteres: GENERAL WASHINGTON.
 Como siempre, había una multitud frente a la puerta, pero Rip no recordaba a ninguno de esos individuos. El carácter mismo de la gente parecía haber cambiado. En torno a ella flotaba una atmósfera febril, rumorosa, belige-rante, en lugar del habitual aire flemático y somnoliento. Buscó en vano al sabio Nicholas Vedder, con su carota ancha, la doble papada y la bella pipa larga que emitia nubes de humo en lugar de discursos inútiles; o a Van Bummel, el maestro de escuela, descifrando el contenido de un diario viejo. En lugar de ellos un tipo flaco y bilioso, con los bosillos repletos de volantes, arengaba vehemen-temente al público acerca de los derechos de los ciudada-nos, las elecciones, los miembros del congreso, la libertad, Bunker Hill, los héroes del setenta y seis y otros galimatias que eran puro chino para el atónito Van Winkle.
 La aparición de Rip, con su larga barba gris, su es-copeta oxidada, su indumentaria insólita y un ejército de mujeres y chiquillos sobre los talones, no tardo en atraer la atención de los políticos de taberna. Estos se apiñaron en torno a él, mirándole de pies a cabeza con gran curiosidad. El orador se acercó a Rip, y atrayéndolo hacía un lugar más apartado le preguntó "por quién votaba". Rip lo miró estúpidamente, sin comprender. Otro hombrecillo menudo pero activo le tiró del brazo y poniéndose de puntillas le preguntó en el oído "Si era federal o demócrata". A Rip le resultó igualmente imposible descifrar el significado de esta consulta, pero entonces un caballero maduro, experi-mentado y seguro de sí, con un afilado trincornio, se abrió paso entre la multitud, empujando con los codos a derecha e izquierda, y plantándose ante Van Winkle con un brazo en jarra y el otro apoyado sobre el bastón, lo taladró por así decir hasta el alma con sus ojos penentrantes y su sombrero afilado, y le preguntó con tono austero "qué lo traía a esta elección con un arma sobre el hombro y una turba en pos de sí, y si se proponía organizar un motín en la aldea".
 -Ay, caballeros - exclamó Rip, un poco desalentado-, soy un pobre hombre manso, un nativo del lugar y un leal súbdito del rey, que Dios lo bendiga.
 Al oir esto estalló un alboroto general entre los es-pectadores.
 -¡Un tory! ¡Un espia! ¡Un refugiado! ¡Expulsenlo! ¡Fuera con él!
 Al hombre seguro de sí que lucía el tricornio le re-sultó bastante difícil reataurar el orden, y después de haber decuplicado la austeridad de su ceño le preguntó al reo desconocido que había ido a hacer allí y a quién buscaba. El pobre hombre le aseguró humildemente que no lo em-pujaba ninguna mala intención, y que sólo había acudido en busca de alguno de sus vecinos, que acostumbraban a frecuentar la taberna.
 -Bien, ¿quiénes son? Dé sus nombres.
 Rip reflexionó brevemente e inquirió:
 -¿Dónde está Nicholas Vedder?
 Hubo un breve silencio, hasta que un anciano res-pondió con débil voz aflautada:
 -¡Nicholas Vedder! ¡Vaya hace dieciocho años que está muerto! En el cementerio de la iglesia había una lápida de madera que contaba su historia, pero también se pudrió y desapareció.
 -¿Dónde está Brom Dutcher?
 -Oh, se incorporó al ejército cuando comenzó la guerra. Algunos dicen que murió en el ataque contra Stony Point... otros afriman que se ahogé en medio de una bo-rrasca al pie de Anthony's Nose. No sé... lo cierto es que nunca volvió.
 -¿Y dónde está Van Bummel, el maestro?
 -El también se fue a la guerra, fue un gran general de la milicia y ahora está en el Congreso.
 Rip sintió que se le agostaba el corazón al descubrir los tristes cambios que habían experimentado su hogar y sus amigos, y al encontrarse tan solo en el mundo. Cada respuesta también aumentaba su desconcierto, porque im-plicaba el transcurso de lapsos enormes y la mención de hechos que no podía entender: la guerra, el Congreso, Sto-ny Ponint. No tuvo coraje para preguntar por otros amigos, y en cambio grito desesperado:
 -¿aquí nadie conoce a Rip Van Winkle?
 -Oh Rip Van Winkle, exclamaron dos o tres indivi-duos. ¿Claro que sí? Ese es Rip Van Winkle el que está apoyado contra el árbol.
 Rip miró hacia donde señalaban y vió una imágen exacta de sí, tal como había sido al partir a la montaña: aparentemente no menos perezoso, y evidentemente no menos harapiento. Ahora la confusión del pobre hombre no tenía límites. Dudaba de su propia identidad, y de si era él mismo u otro individuo. En plena turbación, oyó que el hombre del tricornio le preguntaba quién era y cuál era su nombre.
 -Dios lo sabe -exclamó. totalmente atónito-. No soy yo mismo, soy algún otro... yo soy aquel que está allá... no, ese es otro que se encuentra en mis zapatos. Anoche era yo mismo , pero me quedé dormido en la mañana, y me cambiaron la escopeta, y todo cambió, y yo también, ¡y no sé decir cómo me llamo ni quién soy!
 Entonces los espectadores comenzaron a intercam-biar miradas, a sacudir la cabeza, a hacer guiños elocuentes y darse golpecillos contra la frente con el dedo indice. También hubo un susurro acerca de la necesidad de apode-rarse del arma y evitar que el viejo cometiera algún dispa-rate, pero bastó esta sugerencia para que el hombre impor-tante que lucia al tricornio se retirara con alguna precipita-ción. En ese momento una mujer, donosa, se filtró entre los curiosos para echar una mirada al hombre de la barba gris. Tenía en sus brazos a un niño regordete que, asustadi por el aspecto del desconocido empezó a llorar.
 -Cálmate, Rip -exclamó ella-, cálmate, tontito. El viejo no te hará daño.
 El nombre del niño, el semblante de la madre, el tono de su voz, se sumaron para despertar en su mente una serie de recuerdos.
 -¿Cómo se llama, buena mujer? -preguntó él.
 -Judith Gardenier.
 -¿Y cómo se llama su padre?
 -Ah, pobre hombre, se llamaba Rip Van Winkle, pero hace veinte años que se fue de casa con su escopeta y nunca volvimos a tener noticias de él. Pero nadie sabe si se hirió accidentalmente o si lo secuestraron los indios. en esa época yo era muy pequeña.
 Rip sólo tenía que hacer una pregunta más, pero la anunció con voz temblorosa.
 -¿Dónde esta su madre?
 -Oh, ella también murió poco después. Tuvo un sin-cope durante uan riña con un buhonero de Nueva Inglate-rra.
 Por lo menos había una dosis de consuelo en esa re-velación. El buen hombre no pudo contenerse por más tiempo. Estrechó a su hija y al niño de esta entre sus bra-zos.
 -¡Yo soy tu padre! -exclamó-. El joven Rip Van Winkle en otro tiempo... el viejo Rip Van Winkle ahora. ¿Es que nadie reconoce al pobre Rip Van Winkle?
 Todos permanecieron atónitos hasta que una anciana, que se desprendió de la multitud con paso claudicante hizo pantalla sobre sus ojos con una mano, escudriño desde abajo de esta durante un momento el rostro del hombre, y afirmó:
 -¡Claro que sí! Es Rip Van Winkle... Rip en persona. Bienvenido a casa, viejo vecino... Vaya, ¿dónde ha pasado estos veinte largos años?
Rip no demoró mucho en narrar su historia, porque los veinte años habían sido para él una sola noche. Los vecinos se quedaron boquiabiertos cuando lo oyeron. Se vió que algunos de ellos intercambiaban guiños y adoptaban expre-siones irónicas, y el hombre importante que lucía el tricornio, que había vuelto a su puesto una vez pasada la alarma, curvó hacía abajo las comisuras de la boca y meneó la cabeza, visto lo cual todos los curiosos lo imitaron.
 Sin embargo, se decidió solicitar la opinión del viejo Peter Vanderdonk que en ese momento se estaba acercan-do totalmente por el camino. Era descendiente del histo-riador del mismo nombre que había escrito  una de las primeras crónicas acerca de la provincia. Peter era el habi-tanet más antiguo de la aldea y estaba muy versado en todos los maravillosos acontecimientos y tradiciones de la comarca. Recordó en seguida a rip y corroboró su historia en la forma más satisfactoria. Aseguró a su auditorio que su antepasado el historiador había comunicado  a la poste-ridad, como un hecho  cierto, que las montañas de Kaats-kill siempre habían estado embrujadas por seres extraños. Que se afirmaba que el gran Hendrick Hudson, el primer descubridor del río y de la región, montaba guardia allí cada veinte años con su tripulación del Halfmonn, gracias a lo cual podía volver a visitar la escena de la hazaña y mantener un ojo vigilante sobre el río y la gran ciudad que llevaban su nombre. Que en una oportunidad su padre lo había visto jugar a los bolos en un hueco de la montaña, con sus viejos trajes holandeses. Y que en una tarde de verano él mismo había oído el choque de los bolos como truenos distantes.
 Para abreviar la historia, digamos que la multitud se dispersó y volvió a las tareas más importantes de la elec-ción. La hija de Rip lo llevó a su casa para que viviera con ella. Tenía un hogar confortable. bien amueblado, y su es-poso era un granjero gordo y alegre que Rip recordaba como uno de los rapazuelos que acostumbraban a trepar sobre su espalda. En cuanto al hijo y heredero de Rip, que era la imagen de éste reclinada contra el árbol, había sido empleado para trabajar en la granja, pero revelaba una predisposición hereditaria a ocuparse de cualquier  cosa menos de las de su propia incunvencia.
 Rip retomó sus viejos hábitos y paseos. pronto en-contró a muchos de sus antiguos compinches, aunque to-dos ellos reflejaban el efecto de los años, y prefirió buscar amigos entre la nueva generación que muy pronto le miró con gran simpatía.
 Como no tenía nada que hacer en su casa y había llegado a la feliz edad en que un hombre puede holgazane-ar impunentemente, volvió a ocupar su puesto en el banco vecino a la puerta de la hostería, y nuevamente se lo veneró como uno de los patriarcas de la aldea y como un cronista de los viejos tiempos "anteriores a la guerra". Tardó un poco en acostumbrarse a la rutina habitual del chismorreo y en comprender los extraños acontecimientos que se habían desarrollado durante su sopor: que se había librado una guerra revolucionaria, que el país había arrojado al yugo de la Vieja Inglaterra y que en lugar de ser súbito de Su Majestad Jorge III era ahora un ciudadano libre de Estados Unidos. En verdad, Rip no era un político. Los cambios de estados e imperios le producían poca mella, pero había un género de despotismo bajo el cual había gemido durante mucho tiempo: el gobierno de las enaguas. Felizmente este régimen había terminado. Su cerviz se había liberado del yugo del matrimonio y podía entrar y salir cada vez que le apetecía sin temer la dictadura de la señora Van Winkle. No obstante, cada vez que se mencio-naba el nombre de ella, sacudía la cabeza, se encogía de hombros y miraba al cielo, lo cual se podía interpretar ya fuera una muestra de resignación ante su destino o de re-gocijo por su liberación.
 Rip acostumbraba a contar su historia a todos los fo-rasteros que llegaban al hotel de Mr. Doolittle. Al principio se observó que cad vez que la narraba introducía modi-ficaciones en algunos puntos, lo cual se atribuía induda-blemente al hecho de que acababa de despertar. Por fin se estereotipó ni más ni menos que en la historia que acabo de contar, y no había en la comarca ningún hombre, mujer o niño que la conociese de memoria. Algunos siempre pretendieron poner en duda la veracidad del relato, e in-sistían en que Rip se había vuelto chiflado,  y que este continuaba siendo su punto débil. Pero los viejos habitan-tes holandeses creían su versión casi con unanimidad. Hasta hoy jamás oyen el estruendo de una tormenta eléc-trica de verano en los Kaatskill sin decir que Hendrick Hudson y su tripulación están jugando a los bolos, y cuan-do el ambiente se pone pesado para los maridos de la co-marca atormentados por espesas gruñonas, todos ellos sienten deseos de poder tomar un trago salvador de frasco de Rip Van Winkle.


NOTA.- Sería lógico suponer que esta historia fue su-gerida a mr. Knickerbocker por la superstición alemana acerca del emperador Federico del Rothbart y la montaña KypphaÜser. Sin embargo, la nota adjunta, que ha sido incorporada a la narración en forma de apéndice, revela que se trata de un hecho cierto, que él relató con su habi-tual respeto por la verdad:
"La historia de Rip Van Winkle puede parecer increible a muchos, pero no obstante ello yo le otorgo absoluto crédito, pues sé que nuetras viejas colonias holandesas han presenciado hechos y apariciones maravillosas. En reali-dad, ha escuchado muchas narraciones más extrañas que esta sobre las márgenes del Hudson, todas las cuales se hallan lo suficientemente ratificadas como para no admitir dudas. Incluso he conservado con el mismo Rip Van Win-kle, quien, cuando lo ví por última vez, era un anciano muy venerable y tan racional y coherente en todas sus ex-plicaciones que creo que ninguna persona consciente podr-ía negarse a admitir su testimonio. Más aun, ha visto un certíficado sobre el tema, asentado ante un juez de campa-ña y firmando con una cruz, de puño y letra del juez. Por consiguiente, la historia no admite posibilidades de duda.
D.K."

 

POSDATA. -Las siguientes son notas de viaje tomadas de  un cuaderno de apuntes de Mr. Knickerbocker:
"Las Montañas Kaatsberg, o Catskill, siempre han constituído una región poblada de fábulas. Los indios las creían la morada de espíritus que influían sobre el estado del tiempo y que diseminaban la luz del sol o las nubes sobre el paísaje y que enviaban buenas o malas estaciones de caza. Dichos espíritus estaban gobernados por el espíri-tu de una india vieja a la que se identificaban como su madre. Esta habitaba en el cerrar a la hora justa las puertas del día y la noche. Colgaba las lunas nuevas en los cielos y fragmentaba las viejas en estrellas. En épocas de sequias, se se la complacia debidamente, tejía ligeras nubes estiva-les con telarañas y rocio matinal y las arrojaba desde la cima de la montaña, copotras copo, como si fueran vello-nes de algodón cardado, para que flotaran en el aire hasta que, disueltas por el calor del sol caían en forma de tenues chaparrones que hacían brotar el pasto, madurar las frutas y crecer el maíz a un ritmo de una pulgada por hora. En cambio, si se la irritaba, guisaba nubes negras como la tinta y se sentaba en medio de ellas como una araña panzona en el centro de su red, y cuando estas nubes se abrían, ¡ay de los valles!
"Las tradiciones indigenas cuentan que en los viejos tiempos había una especie de Manitu o Espíritu que vagaba por los recovecos más agrestes de las montañas Catskills y se complacía en descargar toda clase de males y tormentos sobre los pieles rojas. A veces asumía la forma de un oso, una pantera o un cuervo, tentaba al atónito cazador para que este inclinara una fatigosa  persecución a través de bosques enmarañados y sobre rocas filosas y por fin saltaba con un potente ¡jo! ¡jo! dejándolo boquiabierto sobre el borde de un precipicio vertiginoso o de un torrente enbravecido".
"Todavía se exhibe la morada favorita de este Manitú. Consiste en una gran roca o acantilado que se yergue en la parte más solitaria de las montañas, y las enredaderas flo-ridas que se adhieren en torno a ella y las flores silvestres que abundan en la comarca han inducido a bautizarla con el nombre de Jardín de la Roca. Cerca del pie de la misma hay una laguna, refugio del alcaraván solitario, donde las culebras de agua se entibian al sol en las hojas de los nenúfares que flotan sobre la superficie. Este lugar inspi-raba un terror reverente a los indios, hasta el punto de que ni siquiera el cazador más intrépido perseguía a su presa hasta el interior de su recinto. Sin embargo una vez un cazador que había perdido su rumbo penetró en el Jardín de la Roca, donde encontró numerosas calabazas implan-tadas en las horquetas de los árboles. Tomó una de ellas y se la llevó consigo, pero en medio de su prisa por huir la dejo caer entre las rocas y entonces brotó un gran torrente que lo barrio y lo arrastró por precipicios, destrozándolo. Este río fue a desembocar en el Hudson y continúa fluyen-do hasta hoy con el nombre de Kaaters-Kill."