EL HORLA

 

                                                                                  Guy de Mauppasant

 

La crítica literaria ha dictaminado una lectura biográfica para el “El Horla”, de Guy de Maupassant. Para los profesores -como ha renovado Harold Bloom-, es la confesión de un hombre enfermo de sífilis, y en la que vaticina, además, su propia locura y su intento de suicidio un par de años más tarde. Otros lectores, entre los que me encuentro, de manera más simple hemos preferido leerlo como lo que en verdad es: un magnífico y precursor cuento fantástico.Además, y esto es importante de tener en cuenta, Maupassant desarrolló el mismo argumento de “El Horla”, con un tratamiento literario diferente, en una primera versión publicada en 1886. Y si se lee con atención, se comprobará que también en el cuento “Carta de un loco” (1885) se anticipan elementos que serán repetidos literalmente en las descripciones y los sucesos de las dos versiones de “El Horla” -por mi parte, no dudo en considerar a “Carta de un loco” como el origen de la idea y del argumento que concretaría tres años después en ese pavoroso ente. (Me resulta difícil de creer que un enfermo de sífilis, como era el autor, comience a describir los síntomas de su locura en un arranque confesional, y continúe interesado en regresar al tema a fin de reestructurarlo y modificarlo literariamente, pero sin abandonar los lineamientos esenciales).Aparte de este hecho y de esta suposición, hay otros argumentos para minimizar el trasfondo biográfico. Por ejemplo, poco antes de los cuentos citados, Maupassant había publicado “¿Él?” (1883), en el que figura un ente invisible asediando al narrador.Otro aspecto a considerar radica en que la temática de los cuentos fantásticos de Maupassant se encuentra sustentada en las ideas de moda en su época, aquellas que impulsaban la investigación científica sobre espiritismo, hipnosis y telepatía, y de ahí que resulte obvio que rascando un poco en el argumento salte un menjurje en el que se distingue creencias relacionadas con Mesmer, Flammarion, Spencer y Charcot.Y no menos destacable es el hecho de que en la producción narrativa de Maupassant, los cuentos fantásticos ocupen un lugar constante en su obra, sin que aparezcan picos indicativos de una mayor preocupación por el tema. Su correspondencia también refuerza la idea de que no se producían en esos años alteraciones como las que después le causaría la sífilis (y que no se limitaron a ser sólo como las descritas en “El Horla”). La gama temática de los cuentos fantásticos de Maupassant, y en general de toda su narrativa, resulta tan amplia que hasta llega a ser simplón considerar a “El Horla” como la descripción subjetiva, y exclusiva, de una enfermedad individual.De alguna manera, el tema de la existencia de una presencia invisible viviendo al lado o en el narrador, es un tema persistente en la narrativa fantástica desde sus orígenes literarios. En última instancia, un fantasma también puede incorporarse a esta galería, en cuanto existencia invisible y habitante de lugares que se ve obligado a compartir con seres vivos. Y si como en el caso de lo narrado, que realiza actos de vampirismo aunque no extraiga sangre y se limite al aliento vital de su víctima, también es el clásico vampiro otro personaje para emparentar con el Horla.Lo original de la historia de Maupassant no se halla en la procedencia brasilera del atormentador, ni el hecho que beba leche y agua, y obligue a su víctima a comer fresas, sino la circunstancia de ser una presencia sobrenatural, venida para remplazar al humano, a quien absorbe la vida, la voluntad, y maneja en grupo como a un rebaño. Por cualquier lado por donde se le mire, el Horla es una presencia espantosa, sea por su forma, su manera de existir o la finalidad de su existencia.Los estudiosos de la literatura fantástica sitúan como antecedente de este cuento a “¿Qué fue eso?”, de Fritz James O’Brien, publicado casi un cuarto de siglo antes (1859) en los Estados Unidos, por este escritor de origen irlandés fallecido de manera prematura (1828-1862) en la guerra de secesión norteamericana. También en este caso es un ente invisible el que ataca al narrador y entabla una lucha mortal con él. El Horla es quizá descendiente de este ser, pero resulta mucho más elaborado, como si fuera una evolución de la especie, más dotada para subsistir en su enfrentamiento con el ser humano.(El cuento de O’Brien lo hemos agregado como apéndice a fin de ofrecer el origen de la figura creada por Maupassant. El lector curioso podrá encontrar en la literatura fantástica un buen número de continuadores de la Cosa de O’Brien y del Horla de Maupassant, pero no podrá dejar de situar en lugar eminente a H. P. Lovecraft y su riquísima creación de extraños y terribles entes precursores de la humanidad, expuesta en los variados cuentos y novelas sobre los mitos de Chulutl y el Necromicón).
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Guy de Maupassant nació el 5 de agosto de 1850, en Dieppe, Francia, hijo de Gustave de Maupassant y de Laura Le Poittevin, quien, con su hermano Alfred –fallecido en plena juventud-, fueron amigos desde niños de Gustave Flaubert.Hasta los veinte años, Maupassant prefirió los ejercicios corporales a los mentales. Una enfermedad abrió las puertas a la poesía y a la narrativa. Flaubert fue el guía. “Demasiadas galanterías, demasiado remar, demasiados ejercicios violentos. No lo dude. A un civilizado no le conviene tanta gimnasia…” El maestro quería potenciar las inclinaciones naturales del discípulo a la literatura: “Nació usted para escribir versos. Todo lo demás es en usted cosa vana.”De los veinte a los treinta años se comportó como un alumno devoto y disciplinado, que sólo se atrevió a publicar una media docena de cuentos en periódicos. Zola, que lo conoció en casa de Flaubert, durante las tertulias de los domingos, cuenta que al llegar sobre las dos de la tarde con otros literatos (Goncourt, Turgueniev, por ejemplo), “solíamos encontrar a Maupassant, que había almorzado con el maestro, a quien acababa de leer sus ejercicios literarios de la semana, después de corregir las frases que la semana anterior habían sido consideradas de sonoridad dudosa. En cuanto llegábamos nosotros, él se arrinconaba. Modesto y sin hablar apenas…”.Con el tiempo los literatos de la tertulia, intimaron con él. Era un muchachón de regular estatura, fornido, recio, rebosante de vida, que los entretenía con sus “poesías sólo para hombres” y sus asombrosas conquistas sexuales. Es fama que Maupassant siempre se vanaglorió de tener relaciones sexuales diarias y con varias mujeres, hasta seis en una hora, juraba. “Se comportaba con ellas -dice Alberto Savinio-, como el toro con las becerras, como el gallo con las gallinas, como el ministro con las cartas que le presentan los directores de los diversos servicios, a cuyo pie firma, sin siquiera leerlas”.A los treinta años, Maupassant publica el primero de sus grandes cuentos o novelas cortas, “Boule de suif”, en Les soirées de Médan, libro de principios naturalistas, zolianos. Desde ahí, hasta su muerte, trece años más tarde, la fama, el dinero, la gloria, las mujeres, la navegación, cerca de trescientos cuentos y seis novelas, más algunos prólogos y semblanzas literarias, serán el entorno y el producto final de su vida. Las fechas claves son 1883, 1884, 1885, en los que escribe un promedio de sesenta y dos cuentos anuales, más de uno por semana.También a los treinta años de edad se le declara la sífilis. Era, en esa época, un pasaporte definitivo para la muerte. Hervé, su hermano (se duda si mayor o menor), muere loco en 1889, encerrado en un manicomio. A Maupassant se le viene el mundo abajo. Tiembla ante el peligro de enfermedades nerviosas hereditarias. Su padre, divorciado a los diez años de matrimonio, por “cabeza hueca y mariposón. Traicionaba a su mujer a mansalva” –indica Savinio-, podría haberle pasado esa sífilis, o, venirle de mucho antes, como transmisión hereditaria de algún abuelo o bisabuelo, o que se la contagiaran a él en alguna de sus aventuras sexuales de juventud. Maupassant sabe que está perdido. Se inician los problemas nerviosos, se acerca la locura a pasos agigantados.Si “El Horla” es una descripción de su locura, el resto de cuentos qué significarían. Como ya se indicó, son demasiados temas y demasiados personajes. Es la burguesía parisina, pero también la normanda, en cualquiera de sus niveles. Intervienen bastantes campesinos normandos, llenos de picardía, maldad, bajeza, mezquindad. Abundan los adulterios, las prostitutas, los empleaditos, los crímenes, pero en todo el orden social, en París y en la provincia. Están los cazadores, los pescadores, los hijos abandonados. Artistas pocos, pero también figuran. La ocupación alemana en los 70 origina cuentos no exactamente patrióticos (como “Bola de cebo”) o ligeramente reivindicativos (como “La cama N.º 29”, en el que una prostituta le dice a su amante, un capitán francés, que ella ha matado más alemanes con su sífilis que los franceses en la guerra o por lo menos de los que ha matado su batallón). Y hay cuentos excelentes, otros muy buenos, algunos buenos, varios chistecitos y cuentos de salón burgués, y algunos malos, bastantes malos como corresponde a un gran narrador.Con todo el dinero que ganó con sus escritos, se compró un magnifico y lujoso yate, al que bautizó con el nombre de una de sus novelas, Bel Ami. También tuvo un globo aerostático, al que llamó El Horla, en homenaje al cuento que aquí se publica.Existe una versión, no confirmada, de una larga relación amorosa de Maupassant con Josephine Litzelmann, modista y señora de escasos medios económicos, con la que incluso habría tenido tres hijos: Honoré Lucien Litzelmann, nacido en 1883; Jeanne Lucienne, en 1884; y Marthe-Marguerite, en 1887. Lamentablemente, los documentos probatorios de esta relación fueron robados del hogar de los Litzelmann en 1893, a la muerte del escritor, según dijeron los descendientes. A partir de esta revelación, hecha el mismo año del fallecimiento de Maupassant, y a la que nadie prestó atención, se inició alrededor de 1926 un trabajo periodístico que encontró a los supuestos hijos y a quienes de inmediato se les atribuyó parecidos con Maupassant y su madre, la abuela materna. De los Litzelmann, sólo la hija menor, Marthe-Marguerite, tuvo hijos, pero ni los supuestos hijos ni los supuestos nietos llevaron el apellido del pretendido progenitor.El resto de la vida de Maupassant ya es sólo tragedia. Intentos de suicidio, alucinaciones, terrores, malestares físicos, incontinencia y, finalmente, la locura total. La sífilis lo destrozó en diez años. Secuenta que en sus últimos años lúcidos, recurría al champagne, el éter o a cualquier droga que tuviera a mano para animarse a escribir y a vivir. En casos como este, cualquier diagnóstico que se aventure resulta por completo disparatado. ¿Fueron los estimulantes los que aceleraron las manifestaciones de la sífilis o fue la sífilis la que lo obligó a recurrir a estimulantes para prolongar su obra y su vida?Guy de Maupassant publicó su último cuento en 1890. El 6 de julio de 1893, a los cuarenta y tres años de edad, falleció, como su hermano, encerrado en un manicomio. Él sabía que la locura era algo más penoso que el simple hecho de morir.

 

Soler de Terrades, Moía, 2008

 

EL HORLA

 

8 de mayo

 

¡Qué día tan dichoso! He pasado toda la mañana echado sobre la hierba delante de mi casa, bajo el enorme plátano que la cubre, abriga y sombrea por completo. Adoro este lugar y me agrada vivir en él, porque tengo aquí mis raíces, las profundas y delicadas raíces que nos unen a la tierra donde nacieron y murieron nuestros abuelos, que nos identifican con lo que se piensa y con lo que se come, lo mismo con las costumbres que con alimentos, con los modismos locales, con las entonaciones de los campesinos, con los perfumes de la tierra, con el ambiente de los pueblos, con el aire.Adoro la casa donde me crié. Desde sus ventanas veo correr el Sena lamiendo la tapia de mi jardín, junto a la carretera; el anchuroso río va de Ruán a El Havre, cubierto siempre de barcos.A la izquierda y a lo lejos, Ruán, la ciudad espaciosa, con sus tejados azules, con sus innumerables campanarios góticos dominados por la veleta de hierro de la catedral, con sus campanas, que resuenan en el aire de los días claros, trayendo a mis oídos en dulce y lejano murmullo, su canto de bronce, ya resonante, ya débil, según la brisa despierte o se adormezca.¡Qué mañana tan deliciosa!A eso de las once cruzaron por delante de mi verja varios buques arrastrados por un remolcador del tamaño de una mosca, que jadeaba de fatiga, vomitando un humo espeso.A la saga de dos goletas inglesas, cuya roja bandera ondeaba en el aire, iba un soberbio bergantín brasileño, muy blanco, admirablemente limpio y resplandeciente. Lo saludé, no sé por qué, quizá porque su presencia me agradó.

12 de mayo
Hace días que me siento afiebrado; estoy enfermo o, mejor dicho, estoy triste.¿De qué provienen esas influencias misteriosas que truecan en desaliento nuestra dicha, y nuestra confianza en angustia? Se diría que el aire, la invisible atmósfera está llena de ignorados poderes que nos hacen sentir su misteriosa proximidad. Me despierto alegre, con deseos de cantar. ¿Por qué? Bajo hasta la orilla del río, y después de un corto paseo, vuelvo desolado, como si temiera encontrar en mi casa una desdicha. ¿Por qué? ¿Acaso un escalofrío, estremeciendo mi piel, ha desquiciado mis nervios y entristecido mi alma? ¿Tal vez la forma de las nubes o los reflejos del sol, o el color tan variable de los objetos que se ofrecen a mis ojos, ha turbado mi pensamiento? ¡Quién sabe!... Todo lo que nos rodea, todo lo que vemos hasta sin mirarlo, todo lo desconocido que nos roza, todo aquello en que tropezamos sin tener intención de tocarlo, todo lo que se nos aparece sin que hubiéramos pensado verlo, todo ejerce sobre nosotros, sobre nuestros sentidos, sobre nuestro pensamiento, sobre nuestro corazón, una influencia rápida, sorprendente, inexplicable.¡Qué profundo es el misterio de lo invisible! Nuestra pobre naturaleza no puede medirlo; nuestros ojos no saben percibir ni lo muy pequeño ni lo muy grande, ni lo muy próximo ni lo muy lejano, ni los pobladores de una estrella ni los pobladores de una gota de agua... Nuestros oídos nos mienten, porque nos transmiten las vibraciones del aire, formando sonoras notas. Como hadas, hacen el milagro de convertir en ruido el movimiento, y mediante esa metamorfosis crean la música, en la cual aparece convertida en cántico la silenciosa elaboración de la Naturaleza…; nuestro olfato tiene una percepción mucho menor que el de un perro...; nuestro paladar apenas precisa los años que tiene un vino...¡Ah! Si tuviéramos otros órganos que realizaran en nuestro favor otros milagros, ¡cuántas cosas descubriríamos a nuestro alrededor!

16 de mayo
Estoy enfermo. ¡No hay duda! Y me sentía perfectamente bien hace un mes. Tengo fiebre, una fiebre devoradora o, más bien, un nerviosismo febril que abate mi alma tanto como mi cuerpo. Me abruma sin cesar la sensación espantosa de un peligro inminente; siento una desdicha amenazándome o la muerte que se aproxima, presentimientos que deben ser manifestaciones de una enfermedad desconocida que invade todo mi organismo.

18 de mayo
Acabo de consultar a un médico pues ya no podía dormir. Encontró mi pulso alterado, mis pupilas dilatadas, mis nervios tensos, pero ningún síntoma alarmante. Debo darme duchas y medicarme con bromuro de potasio.

25 de mayo
¡Ninguna mejora! Mi situación es muy extraña. A medida que se acerca la noche, una inquietud incomprensible me invade, como si la noche guardara para mi algo terrible. Como de prisa; intento distraerme con un libro; pero ni sé lo que leo, apenas distingo las letras. Entonces, azorado, en un ir y venir inquieto, recorro mil veces la sala, porque me impulsa un terror confuso, irresistible; temo dormir, temo acostarme.A las diez, aproximadamente, voy a mi cuarto a acostarme. Cierro con llave y cerrojo; tengo miedo. ¿Por qué? Nunca he tenido esta clase de miedo... Registro los armarios, levanto las sábanas y las mantas de la cama..., escucho..., ¿qué? ¿Resulta extraño que una insignificante dolencia, tal vez un desequilibrio en la circulación, el trastornó de un nervio, alguna congestión, una perturbación mínima en las funciones -tan imperfectas como delicadas- de nuestro organismo, pueda entristecer al más alegre de los hombres y acobardar al más valiente? Finalmente me acuesto y espero al sueño como quien espera al verdugo. Espero muerto de miedo que llegue, mi corazón palpita muy agitado, mis piernas tiemblan bajo las sábanas, todo mi cuerpo se estremece en el calor de las sábanas hasta que al fin me hundo en el descanso, igual a quien se sumergiera en un pozo para ahogarse. No siento acercarse, como me sucedía antes, a ese sueño malvado que se oculta cerca de mí, que me observa, que me agarra por la cabeza, cerrándome los ojos, destrozándome.A lo más que duermo son dos o tres horas. Después el sueño, no, una pesadilla me atrapa. Sé muy bien que me hallo en la cama y que duermo. Lo sé..., pero también sé que alguien se acerca a mí, me mira, me toca, sube sobre mi cama, se arrodilla sobre mi pecho, me agarra el cuello con sus manos, y aprieta, aprieta... con todas sus fuerzas… trata de estrangularme.Yo lucho, abrumado por la horrible impotencia que nos paraliza cuando soñamos; quiero gritar, y no puedo; quiero levantarme de la cama, y no puedo; con esfuerzos terribles, jadeando, me empeño en cambiar la postura para liberarme de ese ser que me aplasta y me ahoga y… y no puedo. ¡No puedo!De pronto me despierto, enloquecido, sudoroso. Enciendo una vela. Estoy solo. No hay nadie.Pasada la crisis, que se repite todas las noches, duermo ya tranquilo hasta el amanecer.

2 de junio
Mi situación se agrava. ¿Qué tengo? El bromuro no me sirve de nada; las duchas no me hacen efecto. Hace un rato, deseando fatigar mi cuerpo-tan abatido ya-, salí a caminar por el bosque Roumare, creyendo al principio que la frescura de aquel ambiente ligero y suave, lleno de perfumes, renovaría la sangre de mis venas dando energías a mi corazón. Seguí un largo camino de cazadores y tomé luego hacía La Bouille por un desvío muy estrecho, entre dos filas de árboles que interponían un techo vegetal impenetrable, casi negro, entre mis ojos y el cielo.Sentí un repentino estremecimiento; no un estremecimiento de frío, sino un temblor de angustia.Me apresuré, inquieto de hallarme solo en aquel bosque, acobardado sin motivo, estúpidamente, por la profunda soledad en que me encontraba. Me pareció que me seguían, pisándome los talones, muy cerca, tocándome. Me volví bruscamente. No había nadie. Sólo tenía a mi espalda la doble fila de árboles que bordeaba el camino recto y solitario, espantosamente solitario; y delante de mi también continuaba de igual forma, recto y cerrado, hasta perderse de vista, todo igual, solitario y terrible.Cerré los ojos. ¿Por qué? Comencé a dar vueltas sobre mi mismo, muy de prisa, como un trompo. Estuve a punto de caerme, mareado, y abrí los ojos; los árboles bailaban en torno mío, la tierra flotaba; tuve que sentarme. Luego no supe ya por dónde había venido. ¡Extraña idea! ¡Extraña! ¡Muy extraña idea! No lo sabía. Caminé hacia la derecha, y llegué al camino que me internó en el bosque.

3 de junio
La noche ha sido espantosa. He resuelto irme por un mes. Un viajecito, sin duda, me repondrá.

2 de julio
Vuelvo curado. Hice una excursión encantadora. Fui al monte de San Miguel, donde no había estado nunca.¡Qué magnífico espectáculo llegar a Avranches como llegué yo, al atardecer! La ciudad se encuentra sobre una colina; me llevaron a ver el jardín que sirve de paseo público, en un extremo de la población. Allí lancé un grito de sorpresa. Se extendía frente a mi una bahía inmensa, perdiéndose a lo lejos entre las brumas de dos costas divergentes, y en el centro de aquella inmensa bahía dorada, bajo un cielo de oro y luz, se elevaba, en punta y sombrío, un extraño monte entre las arenas, dibujando en el horizonte su perfil de fantástica roca, en cuya cumbre se levanta un increíble monumento.Al amanecer volví a la bahía. La marea baja me permitió avanzar; anduve algunas horas pisando arena, con los ojos fijos en un sorprendente monasterio que se alzaba delante mío. Después de varias horas de marcha, llegué a la roca donde se acoge un corto vecindario al pie de la majestuosa iglesia. Encaramándome por la estrecha calle, puede admirar el más precioso edificio gótico construido para honrar a Dios en la tierra, grande como ciudad, cuyas criptas parecen aplastadas por las resistentes bóvedas y cuyas altas galerías apoyan sus techos en delgadas columnas. Entré a la gigantesca joya de granito, ligera como un encaje de seda, erizada de torres, de esbeltos campanarios, a cuyas elevadas alturas conducen escaleras retorcidas, torres que horadan el cielo azul de los días, el oscuro cielo de las noches, con sus cabezas coronadas de fantasías, de diablos, de animales quiméricos, de floraciones monstruosas, unidos entre si por tenues arcos primorosamente labrados.Cuando llegué a lo más alto de la abadía, le dije al fraile que me acompañaba:-Reverendo padre: ¡qué bien vivirán ustedes aquí!Me contestó: Hace mucho viento, caballero. Y nos pusimos a conversar, tranquilos, mientras la marea subía corriendo por el arenal con una coraza reluciente como el acero.El fraile me contó historias de otros tiempos, leyendas referentes al monte de San Miguel; siempre leyendas.Una de ellas, sobre todo, me impresionó. Los habitantes de aquella roca dicen que por la noche se escucha hablar en la playa desierta; además también oyen los balidos de dos cabras: una, de voz potente; débil la de la otra. No faltan incrédulos que atribuyen aquellas voces a las aves del mar; a veces parecen balidos y otras quejas humanas. Los pescadores juran haber visto vagando sobre las dunas, entre las dos mareas, rodeando a ese pueblito perdido en el mundo, a un viejo pastor que lleva siempre la cabeza cubierta por una manta, y que conduce a un macho cabrío con apariencia de hombre y a una cabra con formas de mujer, ambos con largos cabellos blancos y hablan sin parar en un idioma desconocido, peleándose; luego interrumpen su diálogo y balan con todas su fuerzas.Le dije al fraile: -¿Merece crédito esa historia?Y el fraile contestó: -Lo ignoro.Insistí:-Sí existieran en este mundo seres distintos de nosotros, ¿no lo conoceríamos desde hace tiempo? ¿Es posible que no los hubiera visto usted? ¿Que no los viera yo?Me respondió:-¿Acaso vemos la cienmilésima parte de lo existente? El viento es una de las mayores energías de la Naturaleza; arrastra al hombre, derriba edificios, arranca los árboles, levanta montañas de agua en el mar, destruye acantilados, arroja grandes embarcaciones contra los rompientes, silba, gime, ruge, mata; y, sin embargo, ¿lo ha visto usted? Y es imposible negar su existencia. Existe.No supe replicar a tan sencillo razonamiento. Aquel hombre que hablaba conmigo era tal vez juicioso, o tal vez un tonto; no pude saberlo en aquel momento, y me callé. Sin embargo, lo que decía ya se me había ocurrido a mi con bastante frecuencia.
3 de julio
He dormido mal; seguramente hay aquí alguna influencia maligna que produce calentura. Mi cochero padece la misma enfermedad que yo. Al volver del viaje lo vi muy pálido, y le pregunté:-¿Está usted enfermo, Juan?-No consigo descansar, señor; el sueño no me aprovecha. Desde que se marchó el señor, me canso más de noche durmiendo que de día trabajando.El resto de la servidumbre se encuentra bien de salud, pero tengo miedo de que la fiebre me vuelva.

4 de julio
No hay duda; la fiebre me ha vuelto a agarrar. Regresan mis antiguas pesadillas. En la noche sentí que alguien, echado sobre mi, ponía su boca sobre la mía, y me sorbía la vida entre mis labios. Sí, la sorbía de mi garganta, como si fuera una sanguijuela. Después de hartarse, se levantó y desapareció. Me desperté tan adolorido, tan quebrantado y aniquilado, que apenas podía moverme. Si esto continúa, me volveré a ir de viaje.5 de julio
¿Me habré vuelto loco? Lo que me ha sucedido anoche me parece tan inverosímil, que sólo de recordarlo pierdo el juicio por completo.En la noche, como tengo por costumbre, cerré con llave la puerta de mi dormitorio y pase el cerrojo; luego tuve sed y al beber medio vaso de agua, me di cuenta que la botella estaba llena hasta el tapón de cristal.Me acosté, y en cuanto me dormí, comenzó a torturarme una espantosa pesadilla, como las que antes me atormentaban todas las noches; a las dos horas me despertó una sacudida violenta.En aquel momento me sentía igual a un hombre dormido al cual asesinan, y que al despertarse con un cuchillo clavado en el pecho, jadeante, sangrado, ahogándose, moribundo, sin comprender el motivo por el que lo hayan matado.Cuando me tranquilicé, volví a tener sed. Encendí una vela y fui hasta el lugar donde había dejado la botella. La agarré, la incliné sobre el vaso, y no cayó ni una sola gota de agua. ¡Estaba completamente vacía! No supe cómo explicármelo, y luego sentí una impresión tan espantosa, que me desplomé sobre una silla; después me levanté de un brinco para mirar alrededor; volví a sentarme, loco de asombro y miedo, contemplando la botella vacía, mirando fijamente la botella de cristal, queriendo comprender lo incomprensible. Mis manos temblaban.¿Quién vació la botella? ¿Quién se bebió toda el agua? ¿Yo? Si, sin duda alguna. La puerta estaba cerrada, y en el dormitorio no había nadie más que yo. Un fenómeno de sonambulismo; yo soy sonámbulo; vivía, sin saberlo, esa doble y misteriosa vida que hace pensar en la posibilidad de que existan dos almas en un mismo cuerpo o que otro ser, extraño, desconocido e invisible, se apodere de nosotros cuando nuestro espíritu duerme, y nuestro cuerpo lo obedezca resignado, como a nosotros mismos, o quizá más que a nosotros mismos.¡Quién comprenderá mi abominable angustia! ¡Nadie comprenderá el espanto de un hombre en su sano juicio, despierto, razonable, que mira con miedo una botella vacía que antes contuvo un poco de agua que ha desaparecido sin que supiera cómo! Así estuve hasta el amanecer, sin atreverme ni a mirar mi cama.
6 de julio
Me vuelvo loco. Se han vuelto a beber toda el agua de la botella o, mejor dicho, ¿me la habré vuelto a beber yo sin darme cuenta?Pero ¿es en verdad posible que sea yo y no recuerde haberlo hecho? ¿Será otro? ¿Quién? ¡Ah, Dios mío! Me estoy volviendo loco. ¿Alguien será capaz de salvarme?

10 de julio
Acabo de hacer observaciones asombrosas. Ya no me cabe la menor duda; estoy completamente loco.El 6 de julio, antes de acostarme, dejé sobre la mesa vino, leche, agua, fresas y pan.Se bebieron -me bebí- toda el agua y un poco de leche. No tocaron al vino, ni las fresas, ni el pan.El 7 de julio repetí la prueba, y obtuve igual resultado.El 8 de julio suprimí el agua y la leche. Hallé intactos el pan, el vino y las fresas.El 9 de julio dejé sobre la mesa sólo leche y agua, teniendo el cuidado de atar los tapones con un bramante y cubrir las botellas con una muselina blanca. Después manche mis labios, barba y manos con polvos de color, y me acosté.Como cada noche, tuve un sueño pesado y terrible, seguido de un espantoso despertar. No me había movido durante el sueño; en las sábanas no había marcas de mis dedos pintados. Me levanté y fui hasta la mesa; la muselina blanca tampoco tenía marcas; desaté los bramantes, y advertí con horror que alguien se había bebido toda el agua y toda la leche. ¡Ah! ¡Dios mío!Me fui a París de inmediato.

12 de julio
Estoy en París. Aun no comprendo cómo perdí el juicio días atrás. Fui juguete de mi enervada imaginación, a menos que sea en verdad sonámbulo; también puede haber sufrido una de esas posesiones comprobadas, pero inexplicables hasta el día de hoy, que reciben el nombre de sugestiones. Lo cierto es que mi extravío rayaba en locura, y que a las veinticuatro horas de hallarme en París me sentí de lo más bien.Después de algunas diligencias y visitas a familiares y amigos, que refrescaron mi alma con alientos de vida nueva y energía, fui al Teatro Francés. Representaban una comedia de Alejandro Dumas (hijo), y el argumento y los diálogos de su ingenio sutil y poderoso acabaron de reanimarme por completo. Seguramente la soledad es peligrosa para las inteligencias que trabajan demasiado. Necesitamos tener a nuestro alrededor otras personas que nos comuniquen sus pensamientos. La soledad prolongada puebla de visiones fantasmales el vacío.Volví al hotel muy contento, recorriendo a pie los bulevares, Al cruzarme con los transeúntes pensaba, no sin ironía, en mis fantasías y terrores de la última semana, cuando incluso llegué a creer -y lo supuse de veras- que un ser invisible vivía conmigo en mi propia casa.¡Cuán débil es nuestro juicio y cómo se altera y desaparece cuando se nos presenta cualquier suceso incomprensible!En vez de pensar sencillamente: "No lo comprendo porque desconozco la causa”, imaginamos de inmediato misterios horrorosos y poderes sobrenaturales.
14 de julio
Aniversario de la República. Di un paseo por las calles. Los cohetes y los banderines me divirtieron como a un chiquillo. Y, sin embargo, considero estúpido alegrarse a fecha fija por mandato del Gobierno. La muchedumbre de ciudadanos resulta un rebaño imbécil, que tan pronto se resigna estúpidamente, como se rebela con ferocidad contra lo que le ordenan. Le dicen: "Lucha contra tu vecino", y lucha. Le dicen: "Vota por el Emperador", vota por el Emperador. Luego le dicen: "Vota por la República"; y vota por la República.Sus dirigentes son tan estúpidos como ellos; pero, en lugar de obedecer a otros hombres, obedecen a principios necios y estériles, falsos por el solo hecho de ser principios, es decir, ideas tenidas por indiscutibles e inmutables en este mundo donde no estamos seguros de nada, puesto que hasta la luz es una ilusión, y otra ilusión el sonido.

16 de julio
Ayer hice observaciones perturbadoras.Comía en casa de mi prima, la señora de Sablé, cuyo marido, comandante del regimiento 76 de Cazadores, se halla en Limoges. Estaban invitadas dos amigas de mi prima, y el marido de una de ellas, médico -el doctor Parent-, especialista en enfermedades nerviosas y en las manifestaciones extraordinarias que dan como resultado las nuevas experiencias con el hipnotismo y la sugestión.Durante un buen rato nos habló de los prodigiosos resultados logrados por sabios ingleses y por los médicos de la escuela de Nancy.Los fenómenos que exponía como verdaderos me parecieron tan extravagantes que me declaré totalmente incrédulo.-Hemos llegado -afirmaba el doctor Parent- a descubrir uno de los más importantes secretos de la Naturaleza, es decir, uno de sus más importantes secretos en este mundo, porque tendrá, sin duda alguna, otros más importantes en el espacio infinito, en las estrellas. Desde que el hombre piensa, desde que formula de palabra y por escrito su pensamiento, se siente rodeado de un misterio que no pueden penetrar con sus imperfectos y rudimentarios sentidos, y cuya impotencia pretende suplir mediante el esfuerzo intelectual. Mientras la inteligencia del hombre se iba desarrollando, la obsesión por los fenómenos invisibles tomaba formas espantosas. De ahí provienen las creencias antiguas en lo sobrenatural: las leyendas de duendes, de hadas, de gnomos, de aparecidos; pudiéramos decir que hasta la leyenda de Dios, porque la manera de presentarnos al Obrero Creador en todas las religiones no deja de ser una invención de las más necias e inaceptables que ha producido el apocado cerebro de la Humanidad... Nada más cierto que la frase de Voltaire: "Dios hizo el hombre a su imagen, pero el hombre concibe a medida de su criterio a sus propios dioses."Pero de medio siglo a esta parte, se presiente la llegada de algo nuevo. Mesmer y algunos otros nos abrieron una senda inesperada, y se ha logrado, en estos últimos años de manera principal, grandes y sorprendentes resultados.Mi prima, sin creer nada de lo que escuchaba, sonreía. El doctor Parent le dijo:-¿Me dejaría usted que la hipnotice, señora?Ella respondió:-No tengo ningún inconveniente.Mi prima se sentó en un sillón, y el doctor, mirándola fijamente a los ojos, trataba de hipnotizarla. Yo me sentí de pronto cierto malestar; mi corazón latía con violencia, y sentía la garganta seca. Vi entornarse los ojos de la señora de Sablé; advertí la crispación de sus labios y la agitada respiración de su pecho. Al poco rato se durmió.-Colóquese usted a su espalda -me pidió el médico.Lo hice. Él le dio a mi prima una tarjeta diciéndole:-Es un espejo. ¿Qué ve usted reflejado en él?-Veo a mi primo –respondió con seguridad y absoluta claridad.-¿Qué hace?-Se retuerce los bigotes.-¿Y ahora?-Saca del bolsillo una fotografía.-¿De quién?-Su propio retrato.¡Era verdad! Un retrato que mi prima no había visto nunca. El doctor continuó:-¿Cómo está la figura en ese retrato?-De pie, con el sombrero en la mano.Ya no me cabía duda; mi prima estaba viendo en la tarjeta, como se ve a través de un espejo.Las dos amigas de mi prima exclamaron asustadas:-¡Basta! ¡Basta!Pero el doctor continúo sin inmutarse.-Mañana se levantará usted a las ocho, visitará a su primo en el hotel y le pedirá un préstamo de cinco mil francos porque los necesita su marido; él se los devolverá en su próxima visita a París.Y la despertó.De regreso al hotel, pensaba en tan extraño suceso, y me asaltaba la duda, no de mi prima, pues sabía su imposibilidad para fingir en algo así por la sencillez de su carácter, sino del médico, atribuyéndole alguna superchería. ¿No pudo reflejar mi fotografía en cualquier espejillo bien disimulado y ofrecer la imagen a los ojos de la señora de Salé como si provinieran de la tarjeta? Los prestidigitadores pueden realizar actos asombrosos.Finalmente me acosté y me dormí de inmediato.A la mañana siguiente me despertó mi criado diciéndome:-La señora de Sablé lo espera y dice que necesita hablar inmediatamente con el señor.Me vestí de prisa y salí a verla.Me saludó nerviosa, con los ojos entrecerrados, y sin alzar el velo que cubría su rostro, me dijo:-Vengo a pedirte un favor inmenso.-Pídeme lo que quieras.-No sé cómo decirlo, pero es necesario que te lo diga. Préstame cinco mil francos.-¿Para qué los necesitas?-Mi marido me los pedirá en cuanto regrese. Los necesita.Me quedé tan asombrado que mi pronunciación temblaba. Se me ocurrió pensar que podía estar burlándose de mí y que el doctor Parent había preparado la representación de aquella farsa.Pero al mirarla fijamente se desvanecieron mis dudas. Angustiada, mi prima temblaba; era para la infeliz muy vergonzoso el paso que acababa de dar y comprendí los esfuerzos que hacía para contener el llanto.Además, yo estaba seguro de que mis primos disfrutaban de una renta muy alta, y le dije:-¿Pero es posible que tu esposo no disponga de cinco mil francos? Reflexiona. ¿Crees que te los puede pedir?Dudó un momento, como esforzándose para contestar. Luego me dijo:-Sí..., sí... ¡Estoy segura!-¿Te lo ha pedido por escrito?Calló de nuevo. Era obvio que rebuscaba en su memoria inútilmente, sin encontrar la respuesta adecuada. Ella sólo sabía una cosa: su obligación de pedirme prestados cinco mil francos para su marido. Y obstinada en esa idea, se decidió a mentir:-Sí, me ha escrito.-¿Cuándo? ¿Por qué no me lo contaste ayer en tu casa?-Porque recibí la carta hoy, muy temprano.-¿La traes? Enséñamela.-No... No es posible. Me escribió sobre asuntos íntimos... Tan íntimos, que... la he quemado.-¿De manera que tu esposo gasta más de lo que puede, y se ha arruinado?Dudó antes de contestar:-Lo ignoro.Entonces le dije:-Lo peor de todo es que no dispongo de cinco mil francos en este momento.Lanzó un suspiro de angustia;-¡Oh! Te lo ruego..., te lo ruego... Consíguelos...Se puso más nerviosa, uniendo las manos en expresión de súplica. Su voz era muy baja, entrecortada. Lloraba, tartamudeaba, sin poder sustraerse a la orden irresistible que le habían dado.-¡Oh! Te lo ruego. ¡Si tú supieras cuánto sufro! Los necesito hoy mismo.Me compadecí de sus ansias.-Cálmate; te juro que los tendrás.-¡Gracias! ¡Gracias! ¡Eres muy bueno! -exclamó.-¿Recuerdas lo que sucedió ayer en tu casa? –le pregunté.-Sí –contestó resuelta.-¿Recuerdas que te durmió el doctor Parent?-Sí.-Te ordenó que vinieras en la mañana a pedirme prestados cinco mil francos, y lo estas haciendo ahora, obedeciendo a la sugestión a que fuiste sometida.Después de pensar un instante, insistió:-Mi marido me los ha pedido.Durante una hora le hablé con la intención de convencerla de la verdad de lo que estaba viviendo, pero no lo logré.Cuando se hubo ido, de inmediato fui a casa del doctor Parent. Me escucho sonriendo y me preguntó:-¿Ya no duda usted?-Ya no dudo.-Vayamos a casa de su prima.La encontramos recostada en el sofá, rendida por los nervios que había pasado. El médico le tomó el pulso y la miró fijamente. La señora de Sablé cerró los ojos, no pudiendo resistirse al poder magnético de esa mirada. Entonces el doctor dijo:-A su esposo no le hacen faltan esos cinco mil francos. Olvide usted que se los ha pedido a su primo, y aunque él le hable del tema, usted no lo recordará.Después de decirlo, la despertó. Yo saqué mi cartera para contar el dinero.-Aquí tienes lo que me pediste esta mañana.Fue tanta su sorpresa, que no me atreví a insistir. Luego quise avivar su memoria; pero mi prima negaba con obstinación, suponiendo que era una broma que le hacía, y acabó por ponerse algo seria.Al volver al hotel, no he podido comer. De tal modo me ha afectado la demostración del doctor Parent.

19 de julio
Muchas personas a quienes les he contado lo sucedido se rieron de mi credulidad. No sé qué creer ¿Será todo verdad?
21 de julio
He ido a cenar a Bougival y después asistí al baile de los remeros. La influencia de los lugares, del ambiente que nos rodea, es inevitable. Sería absurdo preocuparse de lo sobrenatural en la isla de las Ranas; pero ¿y en el monte de San Miguel?... ¿Y en la India? Lo que nos rodea ejerce una enorme influencia sobre nosotros. Regresaré a mi casa dentro de una semana.

30 de julio
Ayer regresé a casa. No hay novedad.

2 de agosto
Nada nuevo; hace un tiempo magnífico. Paso las horas muertas viendo correr el agua del Sena.

4 de agosto
Peleas entre mis criados porque aparece rota la cristalería en los armarios, y nadie quiere asumir la culpa. Mi ayuda de cámara dice que la culpa es de la cocinera; la cocinera lo atribuye a la doncella, la cual les echa la responsabilidad a ellos. ¿Quién es el culpable? ¡Vaya usted a saber!

6 de agosto
Todo esto ha dejado de ser una locura. ¡Lo he visto! ¡Lo he visto! Ya no es posible dudar... Lo he visto... Aún tiemblo todo y siento frío hasta en las uñas... El miedo se ha apoderado de mí, helándome hasta la médula... Sí... Lo he visto.A las dos me paseaba por el jardín tomando el sol, recorriendo el camino bordeado por rosales de otoño que ya empiezan a florecer.Mientras contemplaba tres rosas magníficas, vi -lo vi con toda claridad- que una de ellas, la más bonita de las rosas, se doblaba y después se le partía el tallo, igual a como si una invisible mano la cortara.Luego la rosa describió en el aire la curva que pudiera marcar un brazo llevándosela, y se quedó fija, como si estuviera sujeta por una boca, horizontal, suspendida en el aire transparente, una mancha roja, sola, inmóvil, a dos metros de mí.Enloquecido, me estiré para cogerla. Desapareció. No encontré nada. Me enfurecí contra mi mismo, pensando que un hombre razonable y serio no puede permitirse semejantes alucinaciones.¿Pero eso realmente una alucinación? Miré inmediatamente el rosal; de las tres rosas, faltaba una, y se le veía el tallo recién cortado.Volví a mi casa con el alma trastornada, seguro al fin -como lo estoy de que al día le sigue la noche invariablemente- de que junto a mí existe un ser invisible, que se alimenta de leche y agua, que puede cortar una rosa, que puede agarrar y cambiar de lugar las cosas; creo, en consecuencia, que su naturaleza es material, aunque imperceptible a mis sentidos, y de que habita, junto a mí, en mi propia casa.

7 de agosto
He dormido tranquilo. Bebió el agua de la botella, pero no ha perturbado mi sueño.Me pregunto si estaré loco. En este mismo instante, paseándome por la orilla del río, tomando el sol, me asaltaron dudas acerca de mi salud mental, pero no dudas vagas, como las que tuve otras veces, sino dudas concretas, claras. He visto locos; he conocido algunos que parecían inteligentes, lucidos, razonando muy bien sobre cualquier tema y desbarrando sólo en el punto que constituía su locura. Hablaban con mucha claridad, con viveza, con juicio, y de pronto, al tropezar con una idea -siempre la misma idea-, igual a la ola que tropieza en un escollo, su pensamiento se desgarraba, se deshacía, confundido y diseminado en el mar borrascoso, oscuro, lleno de tinieblas, que se llama "locura".Yo me reconocería loco, loco de remate, si no tuviese conciencia de mi estado, si no lo analizase y lo sondeara con completa lucidez. Sin duda alguna soy un alucinado reflexivo. En mi cerebro puede haberse producido una perturbación desconocida, uno de esos trastornos que en la actualidad preocupan a los filólogos, empeñados en observarlos y describirlos. Esa perturbación podría haber producido en mí espíritu, en el orden y en la lógica de mis ideas, una rotura profunda. Fenómenos similares se presentan durante el sueño, llevándonos a través de las fantasmagorías más inverosímiles sin lograr sorprendernos, pues el aparto verificador, el sentido de control que debiera comprobar su falsedad, se halla dormido, mientras que la imaginación, despierta, funciona con absoluta libertad. ¿No es razonable suponer que una de las imperceptibles teclas del múltiple organismo cerebral se encuentre paralizada en mí? Algunas personas, como consecuencia de un accidente, pierden la memoria de sus apellidos, o de los verbos, o de los números, o solo de las fechas.La localización de cada una de las funciones cerebrales está en la actualidad totalmente comprobada. Desde este punto de vista, no puede sorprender la posibilidad de que se haya dormido en mi cerebro la facultad de advertir lo inverosímil de ciertas alucinaciones.Pensaba en todo esto mientras caminaba por la orilla del río. El sol inundaba con su luz los campos, vivificando la tierra y haciéndome sentir el encanto de la vida; las golondrinas con su ágil vuelo eran una alegría para mis ojos, y también el rumor de las hierbas, al mecerse, proporcionaba un goce a mis oídos.Sin embargo, poco a poco un malestar inexplicable se fue apoderando de mí. Me parecía como que una fuerza oculta, incomprensible, me debilitaba, me frenaba, me impedía ir más lejos, obligándome a retroceder. Sentí el ansia dolorosa que nos oprime cuando hemos dejado en casa un enfermo amado y nos asalta, como un presentimiento que nos amarga y sobrecoge, advirtiéndonos que la enfermedad se ha agravado.Así pues, regresé, contra mi voluntad, a casa con la idea de encontrar en ella una funesta noticia. No hallé nada, pero quedé más angustiado e inquieto que si hubiera sufrido alguna nueva visión fantasmagórica.

8 de agosto
Pasé una velada terrible. No se muestra, pero lo siento a todas horas a mi lado, y me observa, entra en mí, me domina. Y es más terrible que me haga sentir su presencia así y se oculte, a que lo haga a través de manifestaciones sobrenaturales que me indiquen su constante presencia invisible a mi lado.Sin embargo, en la noche dormí bien.9 de agosto
Nada, pero sigo con miedo.

10 de agosto
Nada; ¿qué sucederá mañana?

11 de agosto
Nada de nada; pero me resulta totalmente imposible quedarme aquí, en mi casa, asustado, muerto de miedo, oprimido por este permanente temor y estas continuas preocupaciones tan abrumadoras metidas en el alma. Me voy.

12 de agosto (A las diez de la noche)
Pasé todo el día con la idea de irme, y no he podido lograrlo. Me fue imposible llevar a cabo lo que había decidido el día anterior. Y todo depende sólo de mí. Es algo muy sencillo: hacer que mi coche me lleve a Ruán. Y he sido totalmente incapaz de hacerlo. ¿Por qué?
13 de agosto
Cuando estamos poseídos por ciertas enfermedades, todo el organismo se resiente, perdemos las energías, se relajan los músculos, se ablandan los huesos y, toda nuestra carne se licua. He sentido semejante abatimiento en mi ser moral de una manera extraña y desoladora. No tengo fuerza, ni energía, ni el menor dominio sobre mí. No tengo ni voluntad para moverme. No soy dueño de mi voluntad. Alguien me impulsa, me contiene, me domina, y me veo obligado a obedecer.

14 de agosto
¡Estoy perdido! Alguien posee mi alma. Sí, alguien me posee y rige mis actos, mis movimientos y mis juicios. Ya no soy nada de lo que era, ahora sólo soy un espectador, un esclavo, y me horrorizan todas las cosas que hago. Quiero salir de la casa, y no puedo. Él no me permite salir; estoy desolado, tembloroso, en el sillón donde me tiene sentado. Deseo levantarme, moverme, hacer algo que me convenza de que no he perdido la voluntad de hacer lo que quiero. ¡Y no puedo! Me sujeta en el sillón, y el sillón se adhiere al suelo con tanta fuerza que ninguna otra podría levantarnos.Después, de pronto, es una obligación, es inevitable bajar al jardín para cortar fresas y comérmelas. Y voy. Corto fresas y me las como. ¡Ah! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Líbrame! ¡Sálvame! ¡Socórreme! ¡Apiádate de mí! ¡Oh! ¡Apiádate de mí! ¡Sálvame! ¡Qué sufrimiento! ¡Qué tortura! ¡Qué horror!

15 de agosto
Ahora por fin llego a comprender la forma cómo estaba poseída y dominada mi pobre prima cuando fue a pedirme los cinco mil francos. Era esclava de un mandato que se infiltró en ella como un alma parásita y dominante. ¿Indicarán estos fenómenos el fin del mundo?¿Quién es el ser invisible que me gobierna? ¿Quién es? ¿Quién es el desconocido, el merodeador de una raza sobrenatural?Pero, si existen los Invisibles, ¿por qué desde los orígenes del mundo no se han manifestado nunca de una manera concreta, como se manifiestan ahora en mí?No he tenido nunca noticias de algo semejante a lo que me está ocurriendo a mí en mi propia casa. ¡Oh! Si fuera posible irme y no volver jamás; si lograra huir, estaría salvado. Pero me es imposible. No puedo.

16 de agosto
Hoy he podido escaparme durante dos horas, como un preso que ve abierta por casualidad la puerta de su calabozo. De pronto me sentí libre, me di cuenta de que él estaba lejos. Ordené enganchar el coche de prisa y me fui a Ruán. ¡Oh, qué alegría poder decir a una persona que obedece: "¡Vamos a Ruán!"Mandé parar frente a la Biblioteca, donde pedí prestada la magnífica obra del doctor Hermann Herestauss, que trata de los habitantes ignorados en el mundo antiguo y moderno.Después, al subir de nuevo al coche, quise decir: "A la estación", y grité -di tales gritos que los transeúntes se volvieron a mirarme- "¡A casa!" Dominado por la angustia, me desplomé sobre los almohadones del coche. ¡Me había perseguido! ¡Me había vuelto a poseer!17 de agosto
¡Ah! ¡Qué noche! ¡Qué noche! Y, sin embargo, me parece que debiera mostrarme satisfecho. Hasta la una de la madrugada ¡he leído! Hermann Herestauss, doctor en Filosofía y en Teología, escribió un libro sobre la historia y las manifestaciones de todos los seres invisibles que vagan alrededor del hombre o aparecen en sus sueños. Describe su origen, su poderío, su fuerza. Pero ninguno de ellos tiene semejanzas con el que me acosa a mí. Se diría que desde que piensa, el hombre ha presentido y ha temido a un ser nuevo, más fuerte que él, destinado ha de sucederle en este mundo; lo adivina, y, sin comprender la naturaleza de su futuro dominador, su miedo ha creado una muchedumbre fantástica de seres ocultos, vagas imaginaciones hijas del terror.Habiendo leído hasta la una, me senté a esa hora junto a la ventana para refrescar mi frente y mi pensamiento en la tranquila oscuridad nocturna. ¡Con qué gusto hubiera disfrutado antaño de aquel aire tibio y suave!No había Luna. Las estrellas titilaban, estremecidas, brillando sobre un fondo azul negro. ¿Quién habita esos mundos? ¿Qué formas, qué vidas, qué animales, qué plantas hay allí? ¿La inteligencia, en esos universos lejanos, alcanzará más perfección que la de nuestro mundo? ¿Serán ellos más cuerdos que nosotros? ¿Conocerán lo que nosotros desconocemos? ¿Alguno de ellos, algún día, cruzará el espacio y llegara a la Tierra para conquistarla, igual a como en otro tiempo los normandos atravesaban el mar para esclavizar a los pueblos más débiles?¡Vivimos tan achacosos, tan desarmados, tan ignorantes!... ¡Y somos tan pequeños!... Nuestro mundo es un grano de polvo diluido en una gota de agua. Con estos pensamientos me dormí, acariciado por el ambiente apacible de la noche.Pero a la media hora, sin cambiar de postura, sin hacer un movimiento, abrí los ojos, desvelado por un sentimiento confuso y extraño. De forma inmediata no vi nada; luego me pareció que una hoja del libro, que había quedado abierto sobre mi mesa, era pasada para continuar leyendo. No era el aire, pues nada movía. Sorprendido y al acecho, esperé. A los cuatro minutos aproximadamente, vi que otra hoja también era pasada de igual modo. Mi sillón estaba vacío, al parecer estaba vacío; pero comprendí que alguien, sentado en él, ocupaba mi lugar, leía mi libro. Dando un salto, furioso, como ataca una fiera nerviosa para descuartizar a su domador, crucé la estancia para agarrarlo, para oprimirlo, para matarlo... Pero antes que yo llegara, mi sillón se volteó, mi mesa tembló, el quinqué se volcó, apagándose, y se cerró la ventana, igual como si un malhechor sorprendido se levantara, huyera a toda velocidad y desapareciera, empujando al pasar todo lo que tuviera a su paso.¡Había escapado! ¡Tenía miedo, miedo de mí!Ahora sé que mañana..., más tarde..., cualquier día..., podré sujetarlo, oprimirlo, aplastarlo contra el suelo. ¿Acaso no hay perros que finalmente se rebelan, mordiendo y matando a sus dueños?

18 de agosto
He meditado durante todo el día. Sí, lo mejor será obedecerle, dejarse arrastrar por sus impulsos, humillarse a su voluntad, servirle con sumisión y cobardía. Es más fuerte que yo, pero llegará un momento...19 de agosto
Ya lo sé, ya lo sé, ¡ya lo sé todo!... Acabo de leer en la Revista del Mundo Científico lo siguiente:
"Recibimos de Río de Janeiro esta curiosa noticia: Una locura, una epidemia de locura, comparable a las exaltaciones contagiosas que se hicieron sentir en la Edad Media, se ha declarado en la provincia de San Pablo. Los habitantes aturdidos, abandonan sus hogares, huyen de los pueblos, no se cultivan los campos, diciéndose perseguidos, poseídos, acosados como un rebaño, por seres invisibles, aunque tangibles, por una especie de vampiros que, aprovechándose de su descanso, se nutren a expensas de su vida, que toman agua y leche, sin comer, al parecer, ningún otro alimento."El profesor don Pedro Henríquez, presidiendo una comisión de ilustres médicos, irá inmediatamente a San Pablo para estudiar sobre el terreno el origen y las manifestaciones de tan sorprendente locura, con objeto de proponer al emperador los medios que juzguen más convenientes para devolver la razón a esas muchedumbres delirantes."
¡Ah! ¡Recuerdo ahora el hermoso bergantín brasileño que pasó bajo mi ventana, subiendo por el Sena, el 8 de mayo último!... ¡Me pareció tan bello, tan blanco, tan alegre! ¡En el viajaba el dominador, venía en él… desde lejos, del país asolado por su raza! ¡Me vio! Vio mi casa blanca, limpia y alegre como el barco, y saltó del buque. ¡Oh! ¡Dios mío! Ahora ya lo sé, ya lo comprendo. El predominio del hombre ha terminado.Ha venido al mundo Aquel a quien temían los pueblos primitivos. Aquel a quien exorcizaban los sacerdotes inquietos, al que evocaban las brujas en las noches lúgubres, el que sin haber aparecido aún fue concebido por los presentimientos del hombre -dueño transitorio del mundo-, quien lo imaginaba de muchas maneras horribles o graciosas, inventando los gnomos, las almas en pena, los genios, las hadas, y los duendes. Después de las groseras concepciones del espanto primitivo, los hombres más perspicaces lo presintieron con mayor claridad. Mesmer lo adivinó, y hace algunos años los médicos descubrieron de una manera precisa la naturaleza de su poder antes de que lo ejerciera. Han ensayado, con las armas del nuevo Señor, el dominio de una misteriosa influencia, logrando esclavizar la voluntad humana. Llamaron a eso magnetismo, hipnotismo, sugestión... Los he visto entretenerse como niños traviesos con ese terrible poder. ¡Infelices de nosotros!... ¡Desdichada Humanidad! Ha llegado, ha invadido la tierra el..., ¿Cómo se llama? El... Me parece que me grita su nombre y no lo entiendo... El... ¡Sí!... Lo oigo gritar...; lo oigo y no puedo... Lo repite..., sí... ¡El Horla! Ya lo he oído... ¡El Horla!... Es él...; es el Horla... ¡Vino, al fin!¡Ah! El buitre se comió a la paloma; el lobo devoró a la oveja; el león venció al búfalo; el hombre ha matado al león con su cuchillo y con su carabina; pero el Horla puede hacer del hombre lo que hicimos con el caballo y el buey: su cosa, su esclavo y su alimento, imponiendo su voluntad. ¡Infelices de nosotros!Los animales a veces se rebelan y matan a quien los domestica... Yo también pretendo... Acaso podré... Pero es preciso que lo conozca, es preciso que lo palpe y lo vea. Los naturalistas dicen que los ojos de los animales difieren de los nuestros, que no ven como nosotros... Y mi vista no me descubre al dominador que me está oprimiendo.¿Por qué? ¡Oh! Ahora recuerdo lo que me dijo el fraile del monte de San Miguel: "¿Acaso conocemos la cien millonésima parte de lo que existe? Vea usted el viento, la fuerza más poderosa de la Naturaleza, que tira al hombre, derriba los edificios, arranca los árboles, encrespa el mar en montañas de espuma, estrella los barcos contra las rocas, mata, silba, gime, ruge, y ni lo hemos visto ni podremos verlo jamás. Y sin embargo… ¡existe!"Y pienso: mi vista es tan débil, tan imperfecta, que ni siquiera consigue distinguir los cuerpos más duros, cuando son transparentes como el cristal. De la misma forma como un pájaro se lanza contra los cristales de un balcón, un hombre se lanzaría contra un cristal inmenso cruzado en su camino. ¿No hay mil apariencias engañosas? Nada hay pues de sorprendente que no percibamos un cuerpo nuevo traslúcido y sutil.¡Un ser nuevo! ¿Por qué no? Su venida era inevitable. ¿Qué motivo hay para que seamos nosotros los últimos? Y no pudimos predecir su existencia, como tampoco lo hemos podido hacer de todos lo que nos antecedieron. ¿Por qué? Sin duda su complexión es más poderosa, y su cuerpo más acabado y fino que el nuestro, tan desastrosamente modelado, débil, víctima de las complicaciones de los órganos múltiples que se fatigan, nos angustian, y nos obligan a vivir como las plantas y como los animales, nutriéndonos con dificultad -y en continuo y fatigoso funcionamiento- de aire, de agua, de hierbas y de carne. Tenemos un mecanismo animal, sujeto a dolencias, a deformaciones, a podredumbre; embarazoso y mal organizado, sencillo y extraño; obra ingeniosamente imperfecta, burda y delicada; esbozo de un ser que pudiera transformarme finalmente en otro, inteligente y soberano.El mundo esta lleno de muy diversas especies. Antes de la aparición del hombre, existieron muchas especies que han desaparecido y otras que aún subsisten. ¿Qué razón puede existir para que no sea posible el surgimiento de una nueva especie? ¿Por qué no? ¿Por qué no ha de ser posible que se produzcan otros árboles distintos a los ya clasificados, cuyas flores ofrezcan perfumes penetrantes y desconocidos? ¿Por qué no pueden haber otros elementos además de la tierra, el agua, el aire y el fuego? ¿Por qué? ¡Son cuatro, sólo cuatro, esos engendradores de vidas! ¡Qué miseria! ¿Por qué no son cuarenta, cuatrocientos, cuatro mil? ¡Es muy pobre todo; todo mezquino, miserable! ¡Todo hecho con avaricia, torpemente, sin gusto! ¡Ah! El elefante, el hipopótamo, ¡qué esbeltez! El camello, ¡qué elegancia!En cambio, no faltará quien diga: "La mariposa es una flor que vuela." Yo imagino una mariposa del tamaño de cien universos, y no acierto a concebir la forma, el encanto, la belleza, el color de sus alas. ¡Pero la veo...! Va de unas estrellas a otras, refrescándolas, aromatizándolas en sus correrías armoniosas y ligeras... Las muchedumbres que habitan otros astros, la ven pasar, extasiándose.¿Qué me ocurre? ¿Por qué pienso en todo esto? ¡Ah! es él...; es la obsesión del Horla lo que me hace imaginar estas locuras. Ha penetrado en mí, en mi alma. ¡Lo mataré!

20 de agosto
¡Lo mataré! Ya puedo verlo. Ayer, sentándome a la mesa, me puse a escribir como si me hallara muy concentrado en lo que estaba haciendo... Estaba seguro de sentirlo vagar en torno mío, cerca, muy cerca; seguro de poder tocarlo, de agarrarlo. ¡Ah! ¡Si lograra agarrarlo! ¡Si pudiera poner sobre él mis manos, mis rodillas, mi pecho, mi cabeza, mis dientes, para estrangularlo, aplastarlo, morderlo, desgarrarlo! Lo esperaba con todo mi organismo en tensión.Había encendido los dos quinqués y las ocho bujías de los candelabros que hay sobre la chimenea, como si aquella iluminación me ayudase a descubrirlo.Al frente mío se encontraba mi cama, una cama de columnas, antigua; a mi derecha, la chimenea; a la izquierda, la puerta, cerrada con sumo cuidado después de haberla mantenido durante bastante rato abierta, como invitándolo a entrar; detrás de mí, un armario de espejo que me sirve para vestirme, para afeitarme, y en donde tenía la costumbre de mirarme de los pies a la cabeza cada vez que pasaba frente a él.Aparentaba estar absorto en mi trabajo para así poder engañarlo mejor, pues sabía con seguridad que me estaba observando. De pronto lo sentí cerca; estuve seguro de que, rozando mi oreja, leía por encima de mi hombro lo que yo iba escribiendo.Me levanté, con las manos preparadas, y di la vuelta con tanta rapidez, que por poco pierdo el equilibrio... ¿Qué pasó? Tanta luz, tanta claridad, ¡y no me veía reflejado en el espejo a pesar de estar situado frente a él! El espejo se veía en toda su claridad, profundo y vacío. Lo miraba aterrado. No me atrevía a moverme. Sentía que el Horla se encontraba ahora cerca de mí, pero sabía que no podría atraparlo, que volvería a escaparse de nuevo, que no podría vencerlo, él, que con su cuerpo imperceptible había devorado mi imagen del espejo.¡Qué miedo tuve! De pronto comencé a verme reflejado entre una bruma densa que se desvanecía poco a poco y me parecía que era como una barrera de agua que iba moviéndose de derecha a izquierda, con lentitud. Era igual al final de un eclipse. La bruma que me ocultaba no parecía tener contornos definidos; era una especie de transparencia opaca. Después ya pude verme, reflejado con claridad en el espejo. La imagen aparecía como de costumbre cuando me aproximaba al espejo para mirarme. ¡Lo había visto! Pero aquella visión confusa y tenue, aún me hace temblar.

21 de agosto
¿Matarlo? ¿Cómo? ¿Cómo lo mataré, si no puedo llegar hasta él? ¿Un veneno?... Me verá cuando tenga que echarlo en el agua. Y, además, ¿cómo saber si los venenos tienen efecto en su cuerpo imperceptible? No, no lo dañaran, sin duda. ¿Qué hacer?

22 de agosto
Hice venir a un cerrajero de Ruán para que me construya unas persianas de hierro, como las que tienen algunos hoteles de París en las ventanas y entradas del piso bajo a fin de evitar las visitas nocturnas de ladrones. También construirá una puerta similar. Habrá pensado que soy un miedoso. No me importa.

10 de septiembre
Ruán, Hotel Continental. Ya está... Ya está... ¿Pero habrá muerto? Aún me des- concierta lo que vi.Ayer instaló el cerrajero las persianas y la puerta nueva de metal, y a pesar de que hace ya mucho frío, dejé todo abierto hasta medianoche.De pronto sentí que había regresado. Me invadió un placer infinito. Me levanté y caminé de un lado a otro, procurando evitar que adivinara mis pensamientos; más tarde me quité las botas y me puse las zapatillas; después bajé las persianas de hierro y, dirigiéndome despacio hacía la puerta, la empujé con un golpe y cerré con llave. Regresé a las persianas, las aseguré con candados y me guardé la llave en el bolsillo.De inmediato me di cuenta de que se agitaba alrededor mío; que tenía miedo, que me ordenaba abrir. Estuve al borde de ceder, pero logré dominarme. Fui hasta la puerta, la abrí lo necesario para deslizarme yo de perfil y, como soy bastante alto, mi cabeza tocaba con el dintel. De esta manera tuve la seguridad de que no había podido salir el otro. Después cerré con llave, dejándolo encerrado adentro. ¡Qué alegría! Ya lo había agarrado. Bajé la escalera corriendo: entré en la sala, que está debajo de mi dormitorio, vertí sobre los muebles el petróleo de los quinqués; prendí fuego y, cerrando la puerta de calle con llave, salí rápidamente al jardín.Me escondí entre unos laureles para esperar a ver lo que sucedía. ¡Tardaba mucho el fuego en extenderse! Todo estaba oscuro, silencioso, inmóvil; ni un soplo de aire, ni una estrella. El espacio era invadido por montañas de nubes, que no se veían, pero que pesaban sobre mi corazón; pesaban atrozmente.Con gran impaciencia esperaba contemplando mi casa. Tuve miedo de que se hubiera apagado el fuego, que Él lo apagara. En ese instante, una de las ventanas del piso bajo reventó con el calor del fuego, y una llama, una tremenda llama roja y amarilla, larga, flexible, acariciadora, subió por el muro blanco hasta el alero del tejado. Una gran claridad se filtró entre los árboles, iluminando sus ramas y sus hojas. También un temblor de miedo. Los pájaros se despertaron y revoloteaban aturdidos; un perro comenzó a ladrar. Me pareció que amanecía. Se reventaron con enorme estrépito otras dos ventanas del piso bajo, el cual ardía como un horno al tope de capacidad. Un grito, un grito horrible, agudísimo, desgarrador; un grito de mujer resonó en la noche, y se abrieron las ventanas de dos de las buhardillas. ¡Me había olvidado a la servidumbre! Vi sus rostros lívidos y sus brazos agitándose entre las llamas.Horrorizado corrí hacia el pueblo, dando gritos: "¡Fuego, socorro, ayuda, socorro, fuego!" Algunos ya iban en dirección a mi casa, y regresé con ellos para ver lo que ocurría.Mi casa se había convertido en una inmensa hoguera, una hoguera horrible y magnífica, una hoguera monstruosa que todo lo iluminaba; una hoguera donde morían mis criados y donde también moría Él, quemado. Él, Él, convertido en mi prisionero, ese ser desconocido, Él, el dominador, ¡el Horla!De pronto el tejado se desplomó entre los muros, y un volcán de llamas se encaramó hasta el cielo. Por todas las ventanas reventadas se veía la rojiza lumbre interior, y Él estaba quemándose en ese horno, muerto...¿Muerto? ¿Era posible?... Su figura impalpable, que los rayos de luz atravesaban, ¿se destruiría por los mismos medios que destruyen a los hombres?¿Y si no hubiera muerto?... Acaso sólo el tiempo puede vencer al Ser Desconocido y Temible. ¿Qué utilidad tendría su figura transparente, vaga, inmaterial, de espíritu, si tuviera que temer, igual que nosotros, las tragedias, las heridas, las enfermedades, la destrucción prematura?¡La destrucción prematura! He ahí el verdadero origen de nuestro miedo. El Horla ha venido a reemplazar al hom-bre. Después del que puede morir todos los días, a cualquier hora, en cualquier momento, por cualquier accidente, ha llegado aquel que sólo podrá morir en su día, en su hora, en su momento, cuando haya llegado al fin de su existencia.-No..., no... Sin duda, no ha muerto... no ha muerto... Y entonces, en ese caso... lo más conveniente será matarme yo.