ENOCH SOAMES

 

                                                                                     Max Beerbohm

 

Cuando el señor Holbrook Jackson publicó un libro sobre la literatura de la penúltima década del siglo XIX, miré con ansiedad el índice, en busca del nombre SOAMES ENOCH. Temía no encontrarlo. En efecto, no lo encontré. Todos los otros nombres estaban ahí. Muchos escritores, así como sus libros ya olvidados, o que sólo recordaba vagamente, renacieron para mí en las páginas del señor Holbrook Jackson. Era una obra exhaustiva, brillantemente escrita. Aquella omisión confirmaba el fracaso total del pobre Soames.

Sospecho que soy la única persona que lo notó. ¡Hasta ese punto Soames había fracasado! Tampoco es un consuelo suponer que si hubiera logrado algún éxito, yo lo habría olvidado, como a los otros, y sólo hubiese vuelto al llamado del historiador. Es cierto que si sus dotes, tales como eran, hubieran sido reconocidas en vida, no hubiera hecho el pacto que hizo, ese extraño pacto, cuyas consecuencias lo han destacado siempre en mi memoria. Pero esas consecuencias subrayan la plenitud de su infortunio.

No es compasión, sin embargo, lo que me impulsa escribir sobre él. Por su bien, pobre amigo, preferiría guardar silencio. No hay que burlarse de los muertos. ¿Y cómo escribir sobre Enoch Soames sin ponerlo en ridículo? Más bien ¿cómo ocultar el hecho nefasto de que era un ser ridículo? No seré capaz de hacer eso. Tarde o temprano, sin embargo, tendré que escribir sobre él. Ustedes verán, a su debido tiempo, que no me queda otra alternativa. Tanto da que ahora lo haga.

En el verano de 1893, un bólido cayó sobre Oxford. Se hundió profundamente en la tierra. Algo pálidos, profesores y estudiantes se apiñaron a su alrededor sin hablar de otra cosa. ¿De dónde procedía ese meteoro? De París. ¿Su nombre? Will Rothenstein. ¿Su propósito? Ejecutar veinticuatro retratos en litografía, que publicaría la Bodley Head, de Londres. El asunto era urgente. Ya el director de A, el de B, como el decano de C, habían posado con humildad. Ancianos majestuosos y confusos que nunca se habían dignado posar, no resistieron al forastero. No suplicaba: invitaba; no invitaba: ordenaba. Tenía veintiún años. Sus anteojos resplandecían. Conocía a Whistler, a Edmond de Goncourt, conocía a todos en París. Se murmuraba que en cuanto liquidara su colección de profesores, incluiría a algunos estudiantes. Fue orgulloso día para mí cuando me incluyeron. Admiraba y temía a Rothenstein; surgió entre nosotros una amistad que los años enriquecieron.

Cuando llegaron las vacaciones se estableció en Londres. A él debo mi conocimiento de Chelsea. Fue Rothenstein quien me hizo conocer, en Pimlico, a un joven cuyos dibujos eran famosos entre la minoría. Se llamaba Aubrey Beardsley. Me llevó también a otro centro de inteligencia y osadía, el Café Royal.

Ahí, en ese tardecer de octubre, ahí, en ese exuberante panorama de ornamentos dorados y terciopelo carmesí, entre opuestos espejos y cariátides laboriosas, entre columnas de humo de tabaco que ascendían al cielorraso pintado y pagano, entre el zumbido de conversaciones sin duda cínicas, interrumpidas por las fichas de dominó en las mesas de mármol, respiré profundamente y me dije:

—Esta, esta es la vida.

Anochecía. Bebimos vermouth. Quienes conocían a Rothenstein lo señalaban a quienes sólo lo conocían de nombre. Constantemente entraban hombres que erraban de un lado a otro en busca de mesas libres o de mesas ocupadas por amigos. Uno de ellos me interesó porque parecía querer llamar la atención de Rothenstein. Pasó dos veces, con mirada indecisa; pero Rothenstein, absorto en una disertación sobre Puvis de Chavannes, no lo vio... Era una persona encorvada, vacilante, más bien alta, muy pálida, de pelo algo largo y negro. Tenía una rala, imprecisa barba o, mejor dicho, tenía un mentón sobre el cual muchos pelos se retorcían para cubrir su retirada. Era una persona de aspecto extraño, pero a fines del siglo pasado, si no me equivoco, los aspectos extraños eran más frecuentes que ahora. Los jóvenes escritores de aquella época —y estaba seguro de que ese hombre lo era— procuraban impresionar por la apariencia. Este hombre lo procuraba en vano. Usaba chambergo de corte clerical pero de intención bohemia, y una impermeable capa gris, que, tal vez por ser impermeable, no conseguía ser romántica. Decidí que "impreciso" era el mot juste que le correspondía. Yo también había intentado escribir y me perturbaba el mot juste, aquel talismán de la época.

El hombre impreciso volvió a pasar; esta vez se detuvo.

—Usted no me recuerda —dijo con una voz insípida. Rothenstein lo miró.

—Sí, lo recuerdo —replicó después de un momento, con más orgullo que efusión, orgullo por la eficacia de su memoria—. Edwin Soames.

—Enoch Soames —dijo Enoch.

—Enoch Soames —repitió Rothenstein como significando que ya era mucho haber recordado el apellido—. Nos encontramos en París, dos o tres veces, cuando usted vivía ahí. Nos encontramos en el Café Groche. Y fui a su estudio una vez.

—Deploro que no me encontrara.

—Pero lo encontré. Usted me mostró algunos de sus cuadros. ¿No recuerda? He oído que usted vive en Chelsea, ahora.

—Sí.

Me asombró que después de este monosílabo, Mr Soames no se fuera. Se quedó pacientemente donde estaba, como un animal inerte, como un borrico mirando una tranquera. Melancólica figura, la suya. Se me ocurrió que "hambriento" era quizá el mot juste que le correspondía; pero ¿hambriento de qué? Parecía más bien desganado. Me dio lástima; y Rothenstein, aunque no lo había invitado a Chelsea, lo invitó a sentarse y a tomar algo.

entado, adquirió más aplomo. Echó hacia atrás las alas de su capa, con un gesto que —si las alas no hubieran sido impermeables— podía haber parecido un desafío a todas las cosas. Y pidió un ajenjo.

-Je me tiens toujours fidèle —le dijo a Rothenstein— à la sorcière glauque.

—Le va a hacer mal —dijo Rothenstein secamente.

—No puede hacer mal —dijo Soames— Dans ce monde il n'y a ni de bien ni de mal.

—¿Nada bueno y nada malo? ¿Qué quiere usted decir?

—Todo eso lo expliqué en el prefacio de Negaciones.

—¿Negaciones?

—Sí; le di a usted un ejemplar.

—Sí, desde luego. ¿Pero usted llegó a explicar, por ejemplo, que no hay diferencia entre buena y mala sintaxis?

-No —dijo Soames—. En el Arte existen el Bien y el Mal. Pero en la Vida... no. —Estaba armando un cigarrillo. Tenía manos débiles y blancas, no muy limpias y con las puntas de los dedos manchadas con nicotina.— En la vida tenemos la ilusión del bien y del mal, pero —su voz se apagó hasta convertirse en un murmullo donde las palabras vieux jeux y rococó apenas se oían. Quizá comprendía que no estaba muy elocuente y temía que Rothenstein le descubriese alguna falacia. Tosió y dijo:

Parlons d'autre chose.

¿Les parecerá a ustedes que Soames era un imbécil? No era mi opinión. Yo era joven y me faltaba el discernimiento que había alcanzado Rothenstein. Soames nos llevaba cinco o seis años. Además, había escrito un libro.

Era maravilloso haber escrito un libro.

Si Rothenstein no hubiera estado ahí, yo hubiera reverenciado a Soames. Aun así, lo respetaba. Y me acerqué mucho a la reverencia cuando dijo que pronto publicaría otro. Pregunté si podía preguntar qué clase de libro sería.

—Mis poemas —contestó. Rothenstein preguntó si era ese el título de la obra.

El poeta estudió la sugestión, pero dijo que había pensado no darle título.

—Si un libro es bueno... —murmuró, agitando el cigarrillo.

Rothenstein hizo notar que la falta de título podía perjudicar la venta del libro. Insistió:

—Si yo fuera a una librería y preguntara: ¿Tiene usted...? ¿Tiene usted un ejemplar de...? ¿Cómo iban a saber lo que quiero?

—Por supuesto, llevará mi nombre en la tapa.—contestó Soames vivamente—. Y me gustaría —agregó, clavando la mirada en Rothenstein— un retrato mío en la portada. —Rothenstein admitió que era una idea espléndida y mencionó que se iba al campo y que no volvería por algún tiempo. Miró luego el reloj, se asombró de la hora, pagó al mozo y salió conmigo a comer. Soames permaneció en su puesto, fiel a la bruja glauca.

—¿Por qué usted estaba tan decidido a no dibujarlo?

—¿Dibujarlo? ¿A él? ¿Cómo se puede dibujar a un hombre que no existe?

—Es impreciso —admití. Pero mi mot juste cayó en el vacío. Rothenstein repitió que Soames no existía.

Pero Soames había escrito un libro. Le pregunté a Rothenstein si había leído Negaciones. Dijo que había mirado el libro, "pero", añadió vivamente, "no entiendo nada de literatura". Una salvedad típica de la época. Los pintores de entonces no permitían que ningún profano juzgara de pintura. Esa ley, grabada sobre las tablas que Whistler trajo de la cumbre del Fujiyama, imponía ciertas limitaciones. Si las otras artes eran comprensibles a los hombres que no las ejercían, la ley se derrumbaba. Por consiguiente, ningún pintor juzgaba un libro sin prevenir que su juicio carecía de autoridad. Nadie es mejor juez literario que Rothenstein: pero no hubiera convenido decírselo en aquellos días. Comprendí que no me ayudaría a tener una opinión sobre Negaciones.

En aquel tiempo, no comprar un libro de un autor que yo conocía personalmente hubiera sido un imposible sacrificio. Cuando volví a Oxford, llevaba un ejemplar de Negaciones. Solía dejarlo sobre la mesa y cuando alguno de mis amigos me interrogaba, le decía:

—Es un libro bastante notable. Conozco al autor. —Nunca fui capaz de decir de qué se trataba. El prefacio no contenía la clave del exiguo laberinto; el laberinto, nada para explicar el prefacio.

Inclínate sobre la vida. Inclínate muy cerca, más cerca. La vida es un tejido y por lo tanto ni trama ni urdimbre sino tejido.

Por ello soy Católico en la iglesia y en la idea, pero dejo que la fugaz fantasía teja lo que a la lanzadera de la fantasía se le antoje.

Tales eran los párrafos iniciales del prólogo, pero los siguientes eran de comprensión menos fácil. Luego venía un cuento, Stark, sobre una midinette, que, según alcancé a comprender, había asesinado o estaba por asesinar a un maniquí. Era como un cuento de Catulle Mendès, del que hubieran traducido una frase sí y otra no. Después, un diálogo entre Pan y Santa Úrsula, que carecía, me parece, de vivacidad. Después algunos aforismos (titulados Aphorismata). En el libro había gran variedad deformas; esas formas habían sido elaboradas con mucho cuidado. La sustancia se me escapaba un poco. ¿Había sustancia? Llegué a pensar: Y si Enoch Soames fuera un tonto... Inmediatamente surgió una hipótesis rival: Si el "tonto fuera yo... Resolví conceder a Soames el beneficio de la duda. Había leído L'Après-midi d'un Faune sin vislumbrar sentido alguno. Pero Mallarmé era un Maestro. ¿Cómo averiguar que Soames no lo era? En su prosa había cierta música, no muy llamativa, tal vez, pero obsesionante. Y quizá cargada de significaciones tan profundas como la de Mallarmé. Esperé sus poemas con espíritu abierto.

Los esperé con verdadera impaciencia después de mi segundo encuentro con Soames. Ocurrió una tarde de enero, en el Café Royal. Pasé al lado de un hombre pálido, sentado ante una mesa, con un libro abierto en las manos. Alzó la mirada, lo miré con la vaga sensación de que debí reconocerlo. Volví para saludarlo. Después de unas palabras, le dije:

—Veo que lo interrumpo —y estaba por despedirme, cuando Soames respondió con su opaca voz

—Prefiero que me interrumpan —Acatando su ademán, me senté.

Le pregunté si solía leer ahí.

—Sí; aquí leo cosas de esta clase —respondió indicando el título del libro—: Poemas de Shelley.

—Cosas que usted realmente —e iba a decir admira, pero dejé inconclusa la frase y me felicité de haberlo hecho así, porque Soames dijo con inusitado énfasis:

—Cosas de segundo orden.

Conocía muy poco a Shelley, pero murmuré:

—Por supuesto, es muy desigual.

—Yo opinaría que, precisamente, es la igualdad lo que lo mata. Una igualdad mortal. Por eso lo leo aquí. El ruido de este lugar rompe el ritmo. Es tolerable aquí. Soames tomó el libro y ojeó las páginas. Echó a reír. La risa de Soames era un sonido gutural, solo y triste, no acompañado por ningún movimiento de la cara ni brillo de los ojos:

—iQué época! —exclamó cerrando el libro—. iQué país!

Algo nervioso, le pregunté si Keats no se mantenía a pesar de las limitaciones de la época y del país. Admitió que había pasajes en Keats, pero no los nombró. De los mayores, como él los llamaba, sólo parecía gustarle Milton.

-Milton —dijo— no era sentimental. Además, Milton tenía una oscura intuición. —Y luego—: Siempre puedo leer a Milton en la sala de lectura.

—¿La sala de lectura?

—Del Museo Británico. Voy todos los días.

—¿Va usted? Solo estuve una vez. Me pareció más bien un lugar deprimente. Le quita a uno la vitalidad.

—Así es. Por eso voy. Cuanto menor la vitalidad, más sensible es uno al gran arte. Vivo cerca del Museo. Mi departamento esta en Dyott Street.

—¿Y usted va a la sala de lectura a leer a Milton?

—Casi siempre, a Milton. —me miró— Fue Milton quien me convirtió al satanismo.

—¿Satanismo? ¿Realmente? —dije yo con la vaga incomodidad y el intenso deseo de ser cortés que uno siente cuando un hombre habla de su religión—. ¿Usted... adora al Diablo?

Soames sacudió la cabeza:

—No es exactamente adoración —rectificó sorbiendo un ajenjo—. Es más bien un asunto de confianza y estímulo.

—Ah sí... pero el prefacio de Negaciones me había inducido a creer que usted era católico.

Je l´étais à cette époque. Tal vez lo soy, aún. Sí, soy un satanista católico.

Hizo esta profesión de fe de un modo casual. Noté que lo que más le importaba era que yo hubiera leído Negaciones. Sus ojos pálidos brillaron por primera vez. Tuve la sensación característica del que va a ser examinado en voz alta sobre el tema que menos conoce. En el acto le pregunté cuándo se publicarían sus poemas.

—La semana que viene —me contestó.

—¿Y se publicarán sin título?

—No. Di por fin con el título. Pero no se lo diré —me declaró como si yo hubiera tenido la impertinencia de preguntárselo—. Sospecho que no me satisface del todo. Pero es lo mejor que he podido encontrar. Sugiere, en cierto modo, la calidad de los poemas... Extraños crecimientos, naturales y salvajes, pero exquisitos y matizados y llenos de venenos.

Le pregunté qué pensaba de Baudelaire. Emitió el sonido que era su risa y dijo:

—Baudelaire es un bourgeois malgré lui. —Francia sólo había tenido un poeta: Villon; y las dos terceras partes de Villon eran periodismo puro. Verlaine era un épicier malgré lui. En conjunto pensaba que la literatura francesa era inferior a la inglesa, juicio que me sorprendió. Sin embargo, algunos pasajes de Villiers de L'Isle-Adam...

—Pero yo nada le debo a Francia. —Predijo—: Usted verá.

Cuando llegó el momento, no lo vi. Pensé que el autor de Fungoides debía algo, desde luego inconscientemente, a los jóvenes simbolistas de París o a los jóvenes simbolistas de Londres, que debían algo a los franceses. Sigo pensándolo. Tengo a la vista el breve libro que compré en Oxford. La pálida tapa gris y las letras de plata no han resistido al tiempo. Tampoco el texto, que he vuelto a recorrer con un interés melancólico. Cuando se publicó tuve la vaga sospecha de que era bueno. Es muy posible que mi fe se haya debilitado; no la obra de Soames.

 

TO A YOUNG WOMAN

Thou art, who hast not been!

Pale tunes irresolute

And traceries of old sounds

Blown from a rotted flute

Mingle with noise of cymbals rouged with dust,

Nor not strange forms and epicene

Lie bleeding in the dust,

Being wounded with wounds.

For this it is

That in thy counterpart

Of age-long mockeries

Thou hast not been nor art!1

 

Me pareció descubrir cierta contradicción entre el primer verso y el último. Traté, no sin esfuerzo, de resolver la discordia. No deduje que mi fracaso demostrara que esos versos nada querían decir. ¿No demostraría, más bien, la profundidad de su sentido? En cuanto a la técnica, "adornados de moho" me pareció un acierto; en “y tampoco” había una curiosa felicidad. Me preguntaba quién sería la joven y qué habría sacado en limpio de todo aquello. Sospecho, tristemente, que Soames no hubiera podido ayudarla mucho. Pero, aún ahora, si no trato de entender el poema y lo leo sólo por el ritmo, le encuentro cierta gracia. Soames era un artista, si es que el pobre era algo.

Cuando por primera vez leí Fungoides me pareció que el lado satánico de Soames era el mejor. El satanismo parecía ejercer una alegre y hasta saludable influencia en su vida.


NOCTURNE

Round and round the shutter'd Square

I stroll'd with the Devil's arm in mine.

No sound but the scrape of his hoof was there

And the ring of his laughter and mine.

We had drunk black wine.

I scream'd, "I will race you, Master!"

"What matter", he shriek'd, "to-night

Which of us runs the faster?

There is nothing to fear to-night

In the foul moons' light!"

Then I look'd him in the eyes,

And I laugh'd full shrill at the lie he told

And the gnawing fear he would fain disguise.

It was true, what I'd time and again been told:

He was old — old.2

 

Sentí que en la primera estrofa había ímpetu, un acento de gozosa camaradería. Quizá la segunda era algo histérica. Me gustaba la tercera, era tan animosa su heterodoxia, aun ateniéndonos a los principios de la secta peculiar de Soames. ¡No mucha “confianza y estímulo”! Soames, mostrando al diablo como a un mentiroso y riéndose de él, resultaba una figura estimulante. Así me pareció, entonces. Ahora, a la luz de lo que sucedió, ninguno de sus poemas me deprime tanto como Nocturno.

Busqué las críticas de los diarios. Parecían dividirse en dos clases. Las que decían muy poco, las que no decían nada. La segunda era la más numerosa y las palabras de la primera eran frías hasta el punto de que: “Logra dar una nota de modernidad... Esos ágiles versos. Preston Telegraph.”

era el único cebo ofrecido al público por el editor de Soames. Yo había esperado poder felicitar al poeta por el éxito del libro, sospechaba que Soames no estaba muy seguro de su grandeza intrínseca. Cuando lo vi, sólo fui capaz de decirle con cierta torpeza, que esperaba que Fungoides se vendiera muy bien. Me miró sobre su vaso de ajenjo y me preguntó si había comprado un ejemplar. Su editor le dijo que había vendido tres. Me reí, como de una broma.

—¿Usted no se imagina que me importa, verdad? —dijo con una mueca. Rechacé la suposición. Agregó que él no era un comerciante. Contesté con suavidad que yo tampoco, y murmuré que los artistas que dan al mundo cosas verdaderamente nuevas y grandes están condenados a una larga espera, antes de que les reconozcan su mérito. Dijo que el reconocimiento no le importaba un sou. Compartí su opinión de que el acto mismo de crear es la recompensa del poeta.

Si yo me hubiera considerado una nulidad, me hubiera alejado su malhumor. Pero, ¿no habían sugerido John Lane y Aubrey Beardsley que yo escribiera un artículo para la gran revista que proyectaban, The Yeílou Book? ¿No había Henry Harland, el director, aceptado mi artículo? En Oxford me encontraba aún in statu pupillari. En Londres ya me había recibido, y ningún Soames podía asustarme. Con una mezcla de jactancia y de buena voluntad, le dije a Soames que debía colaborar en el Yellou Book. Emitió, desde la garganta, un ruido despectivo.

Sin embargo, uno o dos días después, le pregunté a Harland si conocía algo de la obra de un tal Enoch Soames. Harland, que recorría el cuarto a largos pasos, se detuvo en seco, levantó las manos hacia el techo y protestó. Se había encontrado muchas veces con ese “personaje absurdo” y esa mañana había recibido, manuscritos, varios poemas suyos.

—¿No tiene talento? —pregunté.

-Tiene una renta. Está en buena situación.

Harland era el más alegre, el más generoso de los críticos, y detestaba hablar de algo que no le entusiasmara. No se habló más de Soames. La noticia de que Soames tenía una renta moderó mi ansiedad. Supe después que era hijo de un librero arruinado, de Preston, y que había heredado, de una tía, una renta anual de trescientas libras esterlinas. No tenía parientes. Materialmente, pues, estaba en buena situación. Pero seguía en una pathos espiritual, más evidente ahora para mí, al sospechar que las alabanzas del Preston Telegraph se debían a que Soames era hijo de un vecino de Preston. Tenía mi amigo una especie de débil tenacidad que yo no podía sino admirar. Ni él ni su obra recibieron el más ligero estímulo, pero persistió en conducirse como un personaje. Donde se congregaban los jeunes féroces de las artes —en cualquier restaurante de Soho que descubrieran— ahí estaba Soames, en el medio, o más bien al borde, una vaga pero inevitable figura. Jamás trató de congraciarse con sus colegas, jamás renunció a su actitud arrogante cuando se trataba de su propia obra, ni a su desprecio por la ajena. Con los pintores era respetuoso, hasta la humildad; pero de los poetas y prosistas del Yellow Book y luego del Savoy nunca habló sino con desprecio. Nadie se resentía. Nadie reparaba en él, ni en su satanismo católico. Cuando en el otoño del 96 publicó, por su cuenta, el tercer libro, el último libro, nadie dijo una palabra a favor o en contra. Tuve la intención de comprarlo, pero me olvidé. Jamás lo vi y me avergüenza decir que ni siquiera recuerdo el título. Pero cuando se publicó le dije a Rothenstein que el pobre Soames era una figura trágica y que se iba a morir, literalmente, por falta de éxito. Rothenstein se burló. Dijo que yo fingía compasión; tal vez era cierto. Pero en el vernissage de la exposición del New English Art Club, pocas semanas después, vi un retrato, al pastel, de "Enoch Soames, esq.". Estaba idéntico, y era muy de Rothenstein haberlo hecho. Toda la tarde estuvo Soames al lado del cuadro, con la capa impermeable y con el chambergo. Cualquiera que lo conocía identificaba inmediatamente el retrato, pero el retrato no permitía identificar el modelo. "Existía" mucho más que él. Carecía de esa expresión de vaga felicidad que esa tarde podía notarse en el rostro de Soames. Volví dos veces más al salón y las dos veces Soames estaba exhibiéndose. Ahora me parece que la clausura de esa exposición fue la clausura virtual de su carrera. La fama, la proximidad de la fama, le había llegado tarde y por muy poco tiempo; extinguido ese halago, capituló. Él, que nunca se había sentido fuerte, parecía ahora afantasmado, una sombra de la sombra que era antes. Seguía frecuentando el Café Royal, pero, como ya no quería asombrar, ya no leía ahí.

—¿Usted ahora sólo lee en el museo? —le pregunté con deliberada jovialidad. Me respondió que ya no iba nunca. "No hay ajenjo ahí" —murmuró—. Era el tipo de frase que antes hubiera dicho para impresionar; ahora parecía verdad. El ajenjo, antes un mero detalle de la personalidad que se había esforzado tanto en construir, era un consuelo y una necesidad, ahora. Ya no lo llamaba la sorcière glauque. Se había despojado de todas las frases francesas. Era un hombre de Preston, llano y sin barniz.

El fracaso, cuando es un fracaso total, llano y sin barniz, siempre tiene alguna dignidad. Yo lo evitaba a Soames, porque a su lado me sentía un poco vulgar. John Lane me había publicado dos libros y éstos habían obtenido un agradable succès d'estime. Yo mismo tenía una leve, pero indiscutible personalidad. Frank Harris me hacía colaborar en la Saturday Review; Alfred Hammersworth, en el Daily Mail. Yo era precisamente lo que Soames no era. Su presencia empañaba un poco mi brillo. Si yo hubiera sabido que él creía firmemente en la grandeza de su obra, no lo hubiera evitado. El hombre que no ha perdido su vanidad, no ha fracasado totalmente. La dignidad de Soames era una ilusión mía. Un día, en la primera semana de junio de 1897, esa ilusión se desvaneció. Pero en la tarde de ese día, Soames se desvaneció también.

Yo había estado fuera de casa toda la mañana, y como se me había hecho tarde para volver a almorzar, fui al Vingtième. Este modesto Restaurant du Vingtième Siècle, había sido descubierto en el 96 por los poetas y los prosistas; pero estaba más o menos abandonado a beneficio de alguna trouvaille posterior. Creo que no duró lo bastante para justificar su nombre; pero ahí estaba, en Greek Street, a pocos pasos de Soho Square y casi enfrente de la casa donde; en los primeros años del siglo, una muchachita y con ella un muchacho llamado De Quincey, acampaban de noche, en la oscuridad y en el hambre, entre el polvo, y las ratas, y viejos pergaminos legales. El Vingtième era un cuartito blanqueado, que daba por un lado a la calle y por el otro a una cocina. El propietario y cocinero era un francés, a quien le decían Monsieur Vingtième; los mozos eran sus dos hijas, Rose y Berthe; la comida, según fama, era buena. Las mesas eran tan angostas y estaban tan apretadas, que cabían doce, seis de cada lado.

Cuando entré, sólo las dos más próximas a la puerta estaban ocupadas. En una estaba sentado un hombre alto, vulgar, algo mefistofélico, que yo había encontrado en el Café Royal y en alguna otra parte. En la otra estaba Soames. Contrastaban extrañamente en esa pieza llena de sol: Soames, pálido, con la capa y con el inevitable chambergo, y ese otro, ese hombre de ofensiva vitalidad, cuyo aspecto siempre me hacía conjeturar que era un prestidigitador, o que traficaba en diamantes, o que dirigía una agencia de detectives. Estaba seguro de que Soames no deseaba mi compañía; pero pregunté, pues hubiera sido una grosería no hacerlo, si podía acompañarlo, y ocupé una silla frente a él. En silencio fumaba un cigarrillo ante una media botella de Sauternes y un salmi que no había probado. Dije que los preparativos del Jubileo hacían de Londres un lugar imposible. (Más bien me gustaban, realmente.) Manifesté un deseo de alejarme de la ciudad hasta que pasaran las fiestas. En vano me puse a tono con su tristeza. Sentí que su conducta me ponía en ridículo ante el desconocido. El pasillo entre las dos filas de mesas tenía apenas dos pies de ancho (Rose y Berthe, cuando se encontraban, apenas podían pasar y peleaban en voz baja) y de una mesa a la otra se oía plenamente la conversación. Pensé que el desconocido se divertía con mi fracaso en interesar a Soames, y como no podía explicarle que mi insistencia era sólo caritativa, me quedé silencioso. Sin volver la cabeza, lo veía perfectamente. Tenía la esperanza de parecer menos vulgar que él, comparado con Soames. Estaba seguro de que no era inglés, pero, ¿cuál era su nacionalidad? Aunque su pelo negro retinto estaba cortado en brosse, no me pareció francés. Hablaba en francés corrido con Berthe, que lo servía, pero no como si fuera su idioma. Deduje que era su primera visita al Vingtième; Berthe lo trataba con indiferencia; no había impresionado bien. El desconocido tenía ojos hermosos, pero —como las mesas del Vingtième— demasiado angostos y juntos. La nariz era aguileña y las rígidas guías del bigote le helaban la sonrisa. Decididamente, era siniestro. El chaleco punzó (tan fuera de estación), que envainaba el pecho vastísimo, agravaba mi sensación de incomodidad. Ese chaleco era malvado. Hubiera desentonado en el estreno de Hernani... Soames, brusca y extrañamente, rompió el silencio:

—¡De aquí cien años! —murmuró como en un trance.

—No estaremos aquí —observé con más vivacidad que ingenio.

—No estaremos aquí. No —zumbó—, pero el museo estará precisamente donde ahora está. Y el salón de lectura, precisamente donde ahora está. Y habrá gente que podrá ir y leer. —Tragó el humo del cigarrillo y un espasmo, como de dolor, le contrajo la cara.

Me pregunté qué hilación de ideas seguía el pobre Soames. No lo supe cuando agregó, al cabo de una larga pausa:

—Usted cree que no me ha importado.

—¿Qué no le ha importado, Soames?

—La indiferencia, el fracaso.

—¿El fracaso? —dije cordialmente—. ¿El fracaso? —repetí vagamente—. La indiferencia, sí, tal vez; pero es otro asunto. Desde luego, usted no ha sido apreciado. ¿Pero qué importa? Los artistas que, que dan... —Lo que yo quería decir era: "Los artistas que dan al mundo cosas verdaderamente nuevas y grandes están condenados a una larga espera antes de que les reconozcan su mérito." Pero la frase no salía de mis labios; su congoja tan genuina y desnuda, me enmudeció.

Y entonces, él la dijo por mí. Me sonrojé.

—¿Eso es lo que usted iba a decir? —preguntó.

—¿Cómo lo supo?

—Es lo que usted me dijo hace tres años, cuando Fungoides apareció. —Me sonrojé aun más. No debía hacerlo, pues continuó—: Es lo único importante que le he oído decir en la vida y nunca lo he olvidado. Es la verdad. Es una espantosa verdad. Pero, ¿usted recuerda lo que yo contesté? "El reconocimiento no me importa un son." Y usted me creyó. Usted ha seguido creyendo que estoy más allá de esas cosas. Usted es superficial. ¿Qué puede usted saber de los sentimientos de un hombre como yo? Usted se figura que la fe que un gran artista tiene en sí mismo y en el fallo de la posteridad basta para hacerlo feliz... Usted jamás ha adivinado la amargura y la soledad, la... —Su voz se quebró; luego prosiguió con un vigor que jamás le había conocido.— La posteridad. ¡Qué me importa! Un hombre muerto ignora que las personas están visitando su tumba, visitando el lugar de su nacimiento, inaugurando estatuas suyas. Un muerto no puede leer los libros que se escriben sobre él. ¡De aquí cien años! ¡Imagínelo! ¡Si entonces pudiera volver a la vida por unas pocas horas e ir a la sala de lectura, y leer! O mejor aun: Si pudiera proyectarme, en este momento, a ese porvenir, a esa sala de lectura, esta misma tarde. Por eso me vendería al diablo, cuerpo y alma. Piense en las páginas y páginas del catálogo: SOAMES, ENOCH, infinitamente, infinitas ediciones, comentarios, prolegómenos, biografías... —pero aquí lo interrumpió el crujido de una silla. Nuestro vecino se había levantado de su asiento. Se inclinó hacia nosotros, intrusivo y apologético.

—Permítame —dijo suavemente—. Me ha sido imposible no oír. ¿Puedo tomarme la libertad? En este restaurante sans façon —extendió las manos— ¿puedo, como quien dice, meter cuchara?

Tuve que asentir. Berthe apareció en la puerta de la cocina, creyendo que el forastero pedía la cuenta. Con el cigarro le hizo señas de que se alejara y un momento después estaba a mi lado, con los ojos puestos en Soames.

—Aunque no soy inglés —explicó— conozco bien a Londres. Su nombre y fama (los de Mr. Beerbohm también) me son muy conocidos. Ustedes se preguntarán ¿quién soy yo? —Miró rápidamente hacia atrás y dijo en voz baja—: Soy el Diablo.

No pude contenerme; solté la risa. Traté de ahogarla; comprendí que era injustificada. Mi grosería me avergonzó; pero reí aun más. La dignidad serena del diablo, el asombro y la contrariedad que manifestaron sus arqueadas cejas, aumentaron mi hilaridad. Me porté deplorablemente.

—Soy un caballero, y —agregó con énfasis— creí estar entre caballeros.

-No siga —dije jadeante—, no siga.

—Raro, nicht wahr? —oí que le decía a Soames—. Hay una clase de personas a quienes la simple mención de mi nombre les parece ridícula. En los teatros, basta que el comediante más estúpido diga "¡el Diablo!” para que se oiga "la carcajada sonora que delata la mente-vacía". ¿No es así?

Apenas acerté a pedirle disculpas. Las aceptó, pero con frialdad y volvió a dirigirse a Soames.

—Soy un hombre de negocios —dijo— y me gusta andar sin rodeos. Usted es un poeta. Les affaires usted los detesta. Muy bien. Pero nos entenderemos. Lo que usted dijo hace un momento me llena de esperanzas.

Soames no se había movido, salvo para encender otro cigarrillo. Seguía con los codos sobre la mesa, mirando fijamente al Diablo.

—Continúe —dijo. Ahora, no me quedaban ganas de reírme.

—Nuestro pequeño trato será tanto más agradable —prosiguió el Diablo— porque usted es, si no me equivoco, un satanista.

—Un satanista católico —dijo Soames.

El Diablo aceptó la enmienda, cordialmente.

—Usted desea —prosiguió— visitar ahora, esta misma tarde, la sala de lectura del Museo Británico, pero de aquí cien años ¿no es así? Parfaitement. El tiempo: una ilusión. El pasado y el porvenir son tan omnipresentes, como el presente, o están, como quien dice, a la vuelta. Puedo conectarlo con cualquier fecha. Lo proyecto, ¡paf! ¿Usted quiere encontrarse en la sala de lectura, tal como estará en el atardecer del 3 de junio de 1997? ¿Usted quiere encontrarse en esa sala, junto a las puertas giratorias, en este mismo momento, verdad, y quedarse ahí hasta que cierren? ¿No me equivoco?

Soames asintió.

El Diablo miró la hora.

—Las dos y diez —dijo—. De aquí un siglo, el horario de verano es el mismo: cierran a las siete. Eso le dará casi cinco horas. A las siete, ¡paf!, usted se encuentra aquí, en esta mesa. Ceno esta noche dans le monde, dans le higlif. Eso corona esta visita a su gran ciudad. Vendré a recogerlo aquí, Mr. Soames, y me lo llevo a casa.

—¿A casa? —repetí

—Humilde, pero es mi casa —dijo el Diablo sonriendo.

—Convenido —dijo Soames.

—¡Soames! —supliqué. Pero mi amigo no movió un músculo.

El Diablo hizo el ademán de extender la mano y de tocar el antebrazo de Soames, pero se detuvo.

—De aquí cien años, como ahora —sonrió—, no se permite fumar en la sala de lectura. Por consiguiente, lo invito a...

Soames retiró el cigarrillo de la boca y lo dejó caer en el vaso de Sauternes.

—¡Soames! —grité de nuevo—. No debe usted —pero el Diablo había extendido la mano. Con lentitud, la dejó caer en el mantel. La silla de Soames estaba vacía. El cigarrillo flotaba en el vaso de vino. No quedaba otro rastro de Soames.

Durante unos segundos el Diablo no movió la mano me observaba de reojo, vulgarmente triunfal.

Me sacudió un temblor. Haciendo un esfuerzo me dominé, y me levanté de la silla.

—Muy ingenioso —dije con insegura condescendencia— Pero, La Máquina del Tiempo es un libro delicioso, ¿no le parece? Tan original.

—A usted le gustan las burlas —dijo el Diablo, que se había levantado también—, pero una cosa es escribir sobre una máquina imposible, otra, muy distinta, ser una Potencia Sobrenatural. Con todo, yo lo había embromado.

Berthe acudió cuando nos íbamos. Le dije que Mr. Soames había tenido que irse, y que él y yo volveríamos a cenar. Afuera, me sentí mal. Sólo me queda un vago recuerdo de lo que hice, de los lugares que recorrí en el brillante sol de esa tarde infinita. Recuerdo los martillazos de los carpinteros en Piccadilly y el desnudo aspecto caótico de las tribunas a medio levantar. ¿Fue en el Green Park o Kensington Gardens, o dónde fue que me senté en una silla, bajo un árbol, y traté de leer? Hubo una frase en el artículo editorial que se apoderó de mí: "Muy pocas cosas permanecen ocultas a esta augusta Señora, llena de la sabiduría atesorada en sesenta años de reinado.” En mi desesperación, recuerdo haber proyectado una carta (que llevaría a Windsor un mensajero con orden de esperar la respuesta).

“Señora. Como me consta que Su Majestad está llena de la sabiduría atesorada en sesenta años de reinado, me atrevo a pedirle consejo para un asunto confidencial. Mr. Enoch Soames, cuyos poemas usted puede o no conocer...”

¿No había manera de ayudarlo, de salvarlo? Un compromiso es un compromiso y jamás incitaré a nadie a eludir una obligación. No hubiera levantado un dedo para salvar a Fausto. Pero el pobre Soames, condenado a pagar con una eternidad de tormento una busca infructuosa y una amarga desilusión.

Me parecía raro y monstruoso que Soames, de carne y hueso, con su capa impermeable, estuviera en ese momento en la última década del otro siglo, hojeando libros aún no escritos y mirado por hombres aún no nacidos. Todavía más raro y más monstruoso, pensar que esta noche y para siempre estaría en el infierno. Bien dicen que la verdad es más extraña que la ficción.

Esa tarde fue interminable. Casi anhelé haber ido con Soames: no para quedarme en la sala de lectura, sino para dar una buena caminata de inspección por el futuro Londres. Intranquilo, tuve que andar y andar. Inútilmente procuré imaginar que yo era un deslumbrado turista del siglo XVIII. Los minutos, lentísimos y vacíos, eran intolerables. Mucho antes de las siete regresé al Vingtième.

Me senté en el mismo lugar. El aire entraba indiferente por la puerta a mi espalda. De vez en cuando, aparecían Rose o Berthe. Les dije que no pediría la comida hasta la llegada de Mr. Soames. Un organito empezó a tocar, ahogando el ruido de un altercado callejero. Entre vals y vals, oía las voces del altercado. Había comprado otro diario de la tarde. Lo abrí, pero mis ojos buscaban el reloj sobre la puerta de la cocina.

¡Sólo faltaban cinco minutos para las siete! Recordé que en los restaurantes los relojes se adelantan cinco minutos. Fijé mis ojos en el diario. Juré que no volvería a apartar la vista. Lo levanté, para no poder ver otra cosa... La hoja temblaba. Es la corriente de aire, me dije.

Mis brazos gradualmente se endurecían; me dolían; pero no podía bajarlos. Tenía una sospecha, una certidumbre. Los pasos rápidos de Berthe me permitieron, me obligaron a soltar el diario y a preguntar:

—¿Qué vamos a comer, Soames?

Il est souffrant, ce pauvre Monsieur Soames? —preguntó Berthe.

—Sólo está... cansado. —Le pedí que trajera vino Borgoña y algún plato ya listo. Soames estaba encorvado sobre la mesa, precisamente como antes, como si no se hubiera movido, él ¡que había ido tan lejos! Una o dos veces se me había ocurrido que su viaje tal vez no había sido estéril; que tal vez todos nos habíamos equivocado al juzgar la obra de Soames. Su rostro demostraba horriblemente que habíamos horriblemente acertado.— Pero, no pierda el ánimo —murmuré—. Quizá no ha esperado lo suficiente. De aquí dos o tres siglos, tal vez...

Volví a oír su voz.

-Sí. He pensado en eso.

—Y ahora... volviendo a un porvenir inmediato. ¿Dónde va a esconderse? ¿Qué le parece tomar el expreso a París, en Charing Cross? Tiene casi una hora. No vaya a París. Deténgase en Calais. Viva en Calais. Nunca se le ocurrirá buscarlo en Calais.

—Mi destino —dijo—. Pasar mis últimas horas con un asno. —No me ofendí.— Un asno pérfido —añadió extrañamente, entregándome un papel arrugado que tenía en la mano. Me pareció entrever un galimatías. Lo aparté, con impaciencia.

—¡Vamos, Soames! ¡Ánimo! Esto no es una simple cuestión de vida o muerte. Es una cuestión de tormentos eternos. ¡Fíjese! ¿Usted va a someterse y esperar que vengan a buscarlo?

—¿Qué voy a hacer? No me queda otra alternativa.

—Vamos, esto ya pasa de estímulo y confianza. Es el colmo del satanismo. —Le llené el vaso.— Sin duda, ahora que usted ha visto a ese bruto...

—¿A qué insultarlo?

—Admita que tiene muy poco de miltoniano, Soames.

—No niego que me lo imaginaba algo distinto.

—Es un ordinario, es un ladrón internacional. Es el tipo de hombre que ronda por los corredores de los trenes y que roba las alhajas de las señoras. ¡Imagínese los tormentos eternos presididos por él!

—¿Usted cree que me alegra esa perspectiva?

—Entonces, ¿por qué no desaparece, tranquilamente?

Una y otra vez llené su vaso; siempre, como un autómata, lo vaciaba; pero el vino no lo animaba. No comió y yo apenas probé bocado. Yo no creía que ninguna tentativa de fuga pudiera salvarlo. La persecución sería rápida; la captura, fatal. Pero cualquier cosa era preferible a esa espera pasiva, mansa, miserable. Le dije a Soames que por el honor del género humano debía ofrecer alguna resistencia. Me dijo que no le debía nada al género humano.

—Además —agregó—, ¿no entiende usted que estoy en su poder? Usted lo vio -Tocarme ¿no? Ya no hay nada que hacer. No tengo voluntad. Estoy condenado.

Hice un gesto de desesperación. Soames repetía la palabra "condenado". Empecé a comprender que el vino había nublado su cerebro. No era extraño: Sin comer había ido al porvenir; sin comer había regresado. Lo insté a que tomara un poco de pan. Pensar que él, que tenía tanto que contar, tal vez no contara nada...

—¿Cómo era aquello? —le pregunté—. Vamos. Cuénteme sus aventuras.

—Permitirían escribir un cuento muy bueno. ¿No es verdad?

—Comprendo su estado, Soames, y no le hago el menor reproche. Pero ¿qué derecho tiene usted a insinuar que yo voy a escribir un cuento con su desgracia?

El pobre hombre se apretó la cabeza con las manos.

-No sé —dijo—. Tenía alguna razón, me parece... Trataré de acordarme.

—Está bien. Trate de acordarse de todo. Coma otro pedazo de pan. ¿Qué aspecto tenía la sala de lectura?

—El de siempre —murmuró al fin.

—¿Había mucha gente?

-Como de costumbre.

—¿Cómo eran?

Soames trató de recordarlos.

—Todos —dijo— se parecían entre ellos.

Mi mente dio un tremendo salto.

—¿Todos vestidos de lana?

—Sí, me parece. Un color gris amarillento.

—¿Una especie de uniforme? —Asintió.— ¿Con un número, tal vez? ¿Un número en un disco de metal, cosido en la manga izquierda? ¿DKF 78910, algo por el estilo? —Así era.— ¿Y todos, hombres y mujeres, con un aire muy cuidado? ¿muy utópico? ¿y con olor a ácido fénico? ¿y todos depilados? —Siempre acerté, salvo que Soames no estaba seguro de si estaban depilados o rapados.— No tuve tiempo de mirarlos detenidamente —explicó.

—No, desde luego. Pero...

--Me clavaban los ojos, le aseguro. Atraje mucho la atención —¡Por fin había logrado eso!— Creo que los asusté un poco. Se retiraban, cuando yo me acercaba. Me seguían, a distancia, por todas partes. Los empleados del pupitre del medio tenían una especie de pánico cuando les pedía informes.

-¿Qué hizo usted cuando llegó?

Naturalmente, fue derecho a mirar el catálogo, a los tomos de la S, y se detuvo mucho tiempo ante S N— S O F, incapaz de sacarlo del estante porque eran tan fuertes los latidos del corazón... Me dijo que al principio no se sintió decepcionado; pensó que podían haberse hecho nuevas clasificaciones. Fue al pupitre del medio y preguntó por el catálogo de libros del siglo XX. Le dijeron que había sólo un catálogo. Volvió otra vez a buscar su nombre. Se fijó en los tres títulos que conocía tan bien.

Luego se quedó sentado un rato largo.

—Y entonces —murmuró— consulté el Diccionario Biográfico y algunas enciclopedias... Regresé al pupitre del medio y pregunté cuál era el mejor libro moderno sobre la literatura de fines del siglo XIX. Me dijeron que el libro de Mr. T. K. Nupton era considerado el mejor. Lo busqué en el catálogo y lo pedí. Me lo trajeron. Mi nombre no figuraba en el índice, pero... sí —dijo con un repentino cambio de tono—. Eso es lo que había olvidado. ¿Dónde está el papel? Démelo.

Yo también había olvidado esa hoja críptica. La encontré en el suelo y se la di.

La alisó, sonriendo de una manera desagradable.

—Me puse a hojear el libro de Nupton —prosiguió—. Leerlo, no resultaba fácil. Una especie de escritura fonética... Todos los libros modernos que vi eran fonéticos.

—Entonces, Soames, no quiero saber más.

—Los nombres propios se escribían como ahora. Si no fuera por eso, quizá no hubiera visto el mío.

—¿Su nombre? ¿Realmente? Soames, me alegro mucho.

—Y el suyo.

—¡No puedo creerlo!

—Pensé que nos veríamos esta noche. Por eso me tomé el trabajo de copiar el párrafo. Léalo.

Le arrebaté el papel. La letra de Soames era típicamente vaga. Esa letra, y la obscena ortografía, y mi excitación, me estorbaban para comprender lo que T. K. Nupton quería decir.

Tengo el documento a la vista. Es muy extraño que las palabras que transcribo fueron ya transcritas por Soames de aquí setenta y ocho años.

De la p. 274 de Literatura Britaniqa 1890-1900 x T. K. Nupton, publicado x el Estado, 1992: x ehemplo 1 sqritor de la epoqa, Max Beerbohm, qe bibió ast´öl siglo 20, sqribió 1 quento do ai 1 typo fiqtisio llamado Enoch Soames.— 1 pueta de tersera qategoría qe se qreía 1 henio e iso 1 paqto con el Diablo para saber qe pensaría dél la posteridá. Es una satyra un poqo forsada pero no sin balor x qe muestra qen serio se tomaban los ombres hóbenes desa déqada. Aora qe la profesión literaria a sido organisada como 1 seqtor del serbisio públiqo, los sqritores an enqontrado su nibel y an aprendido a aser su obligasión sin pensar en el maniana. El hornalero stá a I'altura del hornal; i eso es todo. Felismente no qedan Enoch Soames en esta époqa.

Descubrí que dando a la "h" el valor de la "j" y a la “q" el de la "c" fuerte (artificios que demuestran la progresiva incompetencia de los filólogos), podía descifrarse el texto. Aumentaron, entonces, mi perplejidad, mi horror, mi congoja. Era una pesadilla. A lo lejos, el espantoso porvenir de las letras; aquí, en la mesa, mirándome hasta ruborizarme, el pobre a quien, a quien, evidentemente... Pero no: Por más que me depravaran los años, no incurriría en la crueldad de...

Volví a mirar el manuscrito. "Fiqtisio"... pero Soames ¡ay! era tan poco ficticio como yo.

—Todo esto es muy desconcertante —alcancé a balbucear.

Soames no dijo nada, pero cruelmente no dejó de mirarme.

—¿Está usted seguro —transé— de haber copiado esto, sin equivocarse?

—Plenamente.

—Bueno, entonces es el maldito Nupton, el que ha hecho (el que hará) un error estúpido... Vea. Soames, usted me conoce demasiado bien para imaginar que yo... Al fin y al cabo el nombre Max Beerbohm no tiene nada de excepcional y debe, de haber unos cuantos Enoch Soames en circulación (o, más bien, a cualquier cuentista se le puede ocurrir el nombre Enoch Soames). Y yo no escribo cuentos: Soy un, ensayista, un observador, un espectador... Reconozco que es una coincidencia extraordinaria. Pero usted debe comprender...

—Comprendo perfectamente —dijo Soames con serenidad. Y agregó, con algo de su antigua manera, pero con una dignidad que en él era nueva—: Parlons d'autre chose.

Acepté en el acto la sugestión. Encaré inmediatamente el futuro inmediato. Pasé aquellas horas interminables instándolo a esconderse en alguna parte. Recuerdo haber dicho que si, realmente, yo estaba destinado a escribir el supuesto "quento", un desenlace feliz era preferible. Soames repitió las últimas palabras con intenso desprecio.

—En la Vida y en el Arte —dijo— lo que importa es un final inevitable.

—Pero —insistí con una confianza que no sentía— un final que puede evitarse no es inevitable.

—Usted no es un artista —replicó—. Tan poco artista es, que lejos de poder imaginar una cosa y darle semblanza de verdad, usted va a conseguir que una cosa verdadera parezca imaginaria. Usted es un miserable chambón.

Protesté; el miserable chambón no era yo... no iba a ser yo, sino T. K. Nupton; tuvimos una discusión agitada, en medio de la cual me pareció que Soames, bruscamente, comprendió que no tenía razón: Se encogió todo. Me pregunté por qué miraba fijamente detrás de mí. Lo adiviné con un escalofrío. El portador del “inevitable” final llenaba el pórtico.

Logré darme vuelta en la silla y decir, fingiendo despreocupación:

—¡Ah! pase adelante. —Tenía un absurdo aspecto de villano de melodrama que atenuó mi temor. El brillo de su ladeado sombrero de copa y de su pechera, la continua retorsión del bigote y, sobre todo, la magnificencia de su desdén, prometían que sólo estaba ahí para fracasar.

Un paso y estaba en nuestra mesa.

—Deploro —dijo implacablemente— disolver esta amena reunión, pero...

—Usted no la disuelve, usted la completa —le aseguré—. Mr. Soames y yo teníamos que hablarle. ¿No quiere tomar asiento? Mr. Soames no sacó ningún provecho (francamente, ninguno) del viaje de esta tarde. No sugerimos que todo el asunto es una estafa, una estafa vulgar. Al contrario, creemos que usted ha procedido lealmente. Pero el convenio, si es posible darle ese nombre, queda por supuesto anulado.

El Diablo no me contestó. Miró a Soames y con el índice rígido señaló la puerta. Soames deplorablemente se levantaba cuando, con un desesperado gesto rápido, tomé dos cuchillos de postre y los puse en cruz. El Diablo reculó dando vuelta la cara y estremeciéndose.

-¡Es usted un supersticioso! —protestó.

—De ninguna manera —respondí con una sonrisa.

—¡Soames! —dijo como dirigiéndose a un subalterno, pero sin volver la cabeza—, ponga esos cuchillos en su lugar.

Con un gesto a mi amigo, dije enfáticamente al Diablo:

—Mr. Soames es un satanista católico —pero mi pobre amigo acató la orden del Diablo, no la mía; y ahora, con los ojos de su amo fijos en él, se escurrió hacia la puerta. Quise hablar; fue él quien habló.

—Trate —me suplicó mientras el Diablo iba empujándolo—, trate que sepan que existí.

Yo salí también. Me quedé mirando la calle: A derecha, a izquierda, al frente. Había luz de luna y luz de los faroles; pero no Soames ni el otro. Me quedé aturdido. Aturdido, entré en el restaurante; y supongo que pagué a Berthe o a Rose. Así lo espero, porque no volví nunca al Vingtième. Tampoco volví a pasar por Greek Street. Y durante años no pisé Soho Square, porque ahí di vueltas y vueltas esa noche, con la esperanza oscura del hombre que no se aleja del lugar en el que ha perdido algo... "Alrededor y alrededor de la plaza desierta", ese verso retumbaba en mi soledad y con ese verso, toda la estrofa, recalcando la trágica diferencia de la escena feliz imaginada por el poeta y su verdadero encuentro con aquel príncipe que, de todos lo príncipes del mundo, es el menos digno de nuestra fe.

Pero —¡cómo divaga y erra la mente de un ensayista, por atormentada que esté!— recuerdo haberme detenido ante un extenso umbral, preguntándome si no sería ahí mismo donde e! joven de Quincey yació, mareado y enfermo, mientras la pobre Ann corría a Oxford Street, esa "madrastra de corazón de piedra”, y volvía con la ropa de oporto que le salvó la vida. ¿No sería ese el mismo umbral que solía visitar en homenaje el viejo De Quincey? Pensé en el destino de Ann, en los motivos de su brusca desaparición; y me recriminé por dejar que el pasado se superpusiera al presente. ¡Pobre Soames, desaparecido!

También empecé a preocuparme por mí. ¿Qué debía hacer? ¿Habría un escándalo? —Misteriosa Desaparición de un Autor, y todo lo demás.— La última vez que lo vieron a Soames, estaba conmigo. ¿No convendría tomar un coche e ir directamente a Scotland Yard? Me creerían loco. Después de todo, me dije, Londres es muy grande; una figura tan vaga podía fácilmente desaparecer inadvertida, especialmente ahora, en la deslumbrante luz del Jubileo. Resolví no decir nada.

Y tuve razón. La desaparición de Soames no produjo la menor inquietud. Fue totalmente olvidado antes de que alguien notara que ya no andaba por ahí. Tal vez algún poeta o algún prosista habrá preguntado: ¿Y ese individuo Soames?, pero nunca oí esa pregunta. Tal vez el ahogado que le pagaba su renta anual hizo investigaciones, pero no trascendió ningún eco.

En ese párrafo del repugnante libro de Nupton, hay un problema. ¿Cómo explicarse que el autor, aunque he mencionado su nombre y he citado las palabras precisas que va a escribir, no advierte que no he inventado nada? Sólo hay una respuesta: Nupton no habrá leído las últimas páginas de este informe. Esta omisión es muy grave en un erudito. Espero que mi trabajo sea leído por algún rival contemporáneo de Nupton y sea la ruina de Nupton.

Me agrada pensar que entre 1992 y 1997 alguien habrá leído este informe y habrá impuesto al mundo sus conclusiones asombrosas e inevitables. Tengo mis razones para pensar que así ocurrirá. Comprenderán ustedes que la sala de lectura donde Soames fue proyectado por el Diablo, era, en todos sus detalles, igual a la que lo recibirá el 3 de junio de 1997. Comprenderán ustedes que en ese atardecer el mismo público llenará la sala y ahí también estará Soames, todos haciendo exactamente lo que ya hicieron. Ahora recuerden lo que dijo Soames sobre la sensación que produjo. Me replicarán que la mera diferencia de traje bastaba para hacerlo notable en esa turba uniformada. No dirían eso si alguna vez lo hubieran visto. Les juro que en ningún período Soames podría ser notable. El hecho de que la gente no le quite la vista y que lo siga y que parezca temerlo, sólo puede aceptarse mediante la hipótesis de que están esperando, de algún modo, su visita espectral. Estarán esperando con horror si realmente viene. Y cuando venga, el efecto será horrible.

Un fantasma auténtico, garantizado, probado, pero ¡sólo un fantasma! Nada más. En su primera visita, Soames era una criatura de carne y hueso, pero los seres que lo recibieron eran fantasmas, fantasmas sólidos, palpables, vocales, pero inconscientes y automáticos, en un edificio que también era una ilusión. La próxima vez, el edificio y la gente serán verdaderos. De Soames no habrá sino el simulacro. Me gustaría pensar que está predestinado a visitar el mundo realmente, físicamente, conscientemente. Me gustaría pensar que le ha sido otorgada esta breve fuga, este modesto recreo, para entretener su esperanza. No paso mucho tiempo sin recordarlo. Está donde está, y para siempre. Los moralistas rígidos pensarán que él tiene la culpa. Por mi parte, creo que el destino se ha ensañado con él. Es justo que la vanidad sea castigada; y la vanidad de Enoch Soames era, lo admito, extraordinaria y exigía un tratamiento especial. Pero la crueldad es siempre superflua. Ustedes dirán que se comprometió a pagar el precio que ahora paga; sí, pero sostengo que hubo fraude. El Diablo, siempre bien informado, tiene que haber sabido que mi amigo no ganaría nada con su visita al porvenir. Todo fue un miserable engaño. Cuanto más lo pienso, más odioso me parece el Diablo.

Desde aquel día en el Vingtème, lo he visto varias veces. Sólo una, sin embargo, lo he visto de cerca. Fue en París. Yo caminaba una tarde por la Rue d´Antin cuando lo vi venir, demasiado vistoso, como siempre y revoleando un bastón de ébano, como si fuera el dueño de la calle. Al pensar en Enoch Soames y en los millares de víctimas que gimen bajo el poder de esa bestia, un gran enojo frío me acometió; me erguí cuanto pude. Pero, bueno; uno está tan acostumbrado a sonreír y a saludar en la calle a cualquier conocido, que el acto es casi autónomo. Al cruzarme con el Diablo, sé, miserablemente, que lo saludé y sonreí. Mi vergüenza fue dolorosa cuando él me miró fijamente y siguió de largo.

Ser desairado, deliberadamente desairado por él. Estuve, estoy aún, indignado de que eso me pasara.