EL VAMPIRO

 

                                                                Víctor Juan Guillot

   

Comieron junto en el coche-comedor y salieron a fumar un cigarro en la plataforma. El hombre se encogió de hombros, sonriendo ligeramente, cuando Aliaga le recordó que infringían una disposición de la empresa; agregó algo como que existía en la vida un conjunto de leyes y reglamentaciones, que, como los cercados demasiado bajos, sólo sirven para dar a ciertos actos los incentivos de lo vedado. Hablaba con desdeñosa frialdad, alzando el labio superior de una manera particular, que dejaba ver la blancura de agudos incisivos. Aliaga lo había conocido en el Retiro, mediante la presentación de un conocido común, al tomar entrambos el nocturno de Santa Fe. No había oído claramente el apellido, sonaba como Cortínez o Martínez y otra cosa. Uno de esos nombres que dicen poco, en fin.

El tren rodaba rápidamente a través de campos obscuros y silenciosos. La noche era serena y fresa y en el azul tenebroso el cielo, las estrellas brillaban altísimas, como profundizadas en el firmamento. Fumaban en silencio; Aliaga convenía consigo mismo en que los cigarros del amigo eran excelentes. Había comido con buen apetito y se sentía inclinado a preparar calmosamente el sueño de la noche.

El tren pasó sin detenerse por frente a una estación rural y los fanales del andén iluminaron fugazmente el semblante de su mudo compañero. Aliaga tuvo un sobresalto y miró, sorprendido. Falacia de la luz sería, pero el caso es que el hombre tenía una cara inquietante. No se explicó Aliaga cómo no había reparado antes en aquel semblante alargado, – parece estirado artificialmente, pensó – donde los ojos pequeños y fríos fulguraban agudamente. En la boca, de labios finos, había un no sé qué de extraño que hizo vibrar secretamente los nervios de Aliaga.

–No es una boca humana, – díjose, iluminado de súbito. – Hay algo que no es humano en ella. Se rió en seguida, silenciosamente, de la ocurrencia. Pero había pensado en los vampiros. De todos modos, en aquella boca había algo de animalidad inferior que infundía sorda desazón en el espíritu.

El hombre dio una vigorosa chupada al cigarro, cuyo resplandor rojizo le encendió la cara. Decididamente, Aliaga abusa del rico “chartreuse” de la sobremesa. Nada más tranquilizador que aquella fisonomía alargada y pálida, un poco demacrada por el insomnio. Para aliviarse de su mal pensamiento, se lo confesó sonriendo, con esa franqueza un poco intempestiva de las borracheras. ¿No lo había tomado al señor Martínez por un vampiro?

El señor Martínez – ¿o se llamaba Cortínez el individuo aquel? – pareció un tanto cohibido al principio; pero contestó con gran reposo. Sabía él algo sobre eso de los vampiros y hasta – lo confesaba no sin algún rubor, – creía un poco en tales cosas. Un amigo suyo, rumano de nacimiento, contaba muchas y muy verídicas historias sobre el particular. Hasta presencia la operación de hundir un palo aguzado en el corazón del cadáver de un vampiro. ¿Sabía el señor Aliaga que esta práctica lúgubre era la usual para neutralizar la siniestra influencia que ejerce un vampiro sobre las personas a quienes en vida escogiera como víctimas?

Hizo un gesto vago y continuó, hablando siempre con una especie de fatigada displicencia.

– Después de todo, ¿por qué no creer en ello? Cosas hay en el cielo y en la tierra, – añadió citando con cierta fisga, – que la filosofía no alcanza. La antigua farmacopea y aún la alquimia, atribuyeron siempre eficaces virtudes a la sangre de los niños, exigida frecuentemente como elemento indispensable en alguna de esas extrañas combinaciones de laboratorio que se transmitían los iniciados. Aún ahora en ciertas regiones del Este de Europa, existía muy difundida la siniestra superstición.

Por lo demás –añadió el hombre, mirando con fijeza a Aliga–, la cosa no puede andar descaminada del todo. La transfusión de la sangre y esas inyecciones de diversos sueros de que es tan pródiga la medicina moderna, sería, quizá desenvolvimientos científicos del viejo principio inspirador de la práctica del vampirismo: la incorporación a organismos agotados de los elementos renovadores que puede proporcionar una naturaleza fresca y rica en vitalidad.

Aliaga escuchaba, receloso. Evidentemente, el individuo quería vengarse de la sospecha, que le había llegado al hondo. Con todo, lo tenían un poco confuso aquellas teorías expuestas con tranquila gravedad, mientras el convoy marchaba a cuarenta kilómetros por hora.

Entretanto, el otro, lleno de impertinente frialdad, seguía.

–Finalmente, el vampirismo, como vicio, si más cruel, resultaba menos repugnante que la morfinomanía, la cocainomanía y perversas prácticas análogas. ¿No le parecía lo mismo al señor Aliga? En cuanto a él, confesaba comprender aproximadamente la sensación placentera de morder el cuello tierno y fresco de un niño para sorberle dulcemente la sangre. Sería como hundir los dientes en una jugosa manzana. Hasta haciendo un esfuerzo imaginaba ver colorearse suavemente el cuerpo que recibía aquel tibio manantial en el silencioso trasvasamiento. Sería algo semejante a encender tenues luces rosadas en el interior de un jarrón translúcido...

Fastidiado, Aliga hizo un gesto brutal. Comprendió el otro, porque se detuvo, riendo calladamente, con aquel modo de reír suyo, que dejaba lucir los dientes en los ángulos de la boca.

Habían conversado disparatadamente. ¿No le parecía lo mismo al señor Aliaga? Después de todo, nada más absurdo que el acusar de vampirismo a un hombre a esta altura del siglo y de una civilización científica. Creía él algo en esas cosas, – lo repetía con alguna vergüenza, – pero, a buen seguro que no se atrevería a presentarse con esa embajada ante un comisario de policía, aun cuando tuviera la certidumbre de que un hecho semejante se hubiese cometido en el mismo convoy en que viajaban. Era un recurso infalible para hacerse encerrar en el manicomio.

Contestó Aliaga con sequedad. Agotada la conversación, entraron nuevamente los dos al coche-comedor para seguir a los dormitorios. Por fortuna, no tenían el mismo compartimiento.

Algunas personas leían a la luz verde de las lamparillas colocadas sobre las mesitas. Dos ingleses bebían whisky, jugando a los dados. Se les cruzó una “nurse”, también inglesa, que conducía a dormir un pequeño rebaño de chicos. Uno de ellos, rubito mofletudo, de cara resuelta, chocó rudamente contra las piernas del compañero de Aliga, quien lo apartó con un gesto nervioso de sus manos blancas y largas. En la derecha lucía un gran ópalo que fulguró sombríamente a la luz.

Algo adivinara el hombre en Aliaga, porque le dijo a media voz, sonriéndose de su odiosa manera:

–Alimento para el ogro.

Y agregó en seguida, con tono súbitamente ensombrecido:

–Duermen en el camarote vecino al mío.

Furioso, Aliga lo dejó plantado, abandonándolo con un leve saludo. Decididamente, pertenecía el sujeto a la categoría estúpida de los bromistas cargosos.

Se tiró en la cama, sin ánimo ya de dormir y prometiéndose una formidable noche. Lo venció el sueño, sin embargo; u sueño sobresaltado y algo febril, lleno de fantásticas imaginaciones. A la madrugada le pareció escuchar agudos gritos femeniles y llantos; en seguida, un apresurado ir y venir de gentes que hablaban a media voz. Medio despierto, miró el reloj a la luz de un fósforo. Las 3 y 20 apenas. Se durmió otra vez pesadamente. Ya de día el cansado vaivén del tren, que maniobró largamente en un continuo entrechocarse de vagones y estridor de hierros, le anunció que estaban en Rosario. Entonces pensó en lo de la noche. Una pesadilla, a buen seguro.

Dudaba en levantarse, cuando en la puerta entreabierta apareció el guarda, reclamando el pasaje. En seguida dio la noticia, que sin duda propagaba de camarote en camarote:

–¿Supo la desgracia? Un chico de los ingleses que viajaban en el otro coche. La gobernanta despertó a todo el mundo con los gritos, porque el muchacho estaba en agonía. Felizmente, había un médico en el tren; ese señor amigo suyo, que apareció al primer grito. Parece que se trata... –el hombre vaciló inseguro– de una vena, no, de una arteria del cuello, rota quién sabe por qué; el caso es que el chico se iba en sangre.

Bajaron todos en el Rosario. El guarda viera al pasar el niño; estaba pálido, exangüe, como chupado por las brujas. Caso perdido, a su juicio.

Aliaga se incorporó de un salto, la cara desencajada de horror. Seguramente, era aquello. Y recordó la boca, aquella extraña boca de invertebrado y la espantable sonrisa. De modo que... Un pensamiento le cruzó de súbito por la imaginación: –“Hablar de vampirismo a un comisario de policía es el mejor recurso para hacerse llevar a un manicomio.”

Algo extraño vio en su cara el guarda, porque cerró la puerta, alejándose entre el estrépito del tren en marcha.