OCHO CUENTOS FANTÁSTICOS de ANATOLE FRANCE 



Prólogo
Adriana Buquet
El huevo rojo
La misa de los aparecidos
El manuscrito de un médido de aldea
Leslie Wood
El camafeo
La hija de Lilith
El señor Pigeonneau

 

PRÓLOGO 

                                                                                                                                                                                                                   
Es difícil valorar hoy lo que significó Anatole France en su tiempo (1). Fue un escritor prácticamente adorado por los liberales del mundo occidental. En él se daba esa militancia respetuosa por los lugares comunes de lo políticamente correcto. Era anticlerical, sardónico con los valores burgueses del amor, el sexo, el matrimonio, escéptico de salón, obsceno hasta el punto exacto de la balanza del buen y el mal gusto, erudito bibliográfico y divertidamente superficial, conversador cautivante en los más famosos salones de la burguesía francesa, que se disputaba el honor de tenerlo entre sus invitados. 1. Se incluyó un texto del poeta colombiano José Asunción Silva a fin de dar una idea aproximada del prestigio de Anatole France a finales del siglo XIX y que se prolongó hasta su muerte. En 1921 recibió el Premio Nóbel y desde años antes era ya uno de los “inmortales” de la Academia francesa. En lo político participó activamente en la defensa de Dreyfus, y fue socialista y comunista en los momentos adecuados. Dicen que era tímido, feo, desgarbado, descuidado en el vestir y en su hablar, por lo menos hasta que una noche llegó a casa de la señora Armando Caillavet en pijama, con su gorrito rojo de dormir, una carpeta con cuartillas a medio llenar, un tintero y su pluma de escribir; había abandonado el hogar conyugal a consecuencia de una nueva riña doméstica con la esposa. Puede afirmarse que a partir de esa noche, Anatole France comenzó a cambiar y a convertirse en la figura respetable, admirada, seductora y deslumbrante del mundo literario y de la sociedad francesa. La señora Caillavet lo educó, lo disciplinó, lo paseó, lo convirtió en la figura central de su salón literario, le sirvió de secretaria cuando fue necesario y durante veinte años empleó toda la paciencia necesaria para encaminarlo al éxito y lograr que éste se le manifestara en todo su esplendor mundano e intelectual. La obra de Anatole France abarca la poesía, el teatro, la novela, el aforismo, la crítica literaria, la semblanza biográfica, la novelización histórica, la alegoría y la sátira. Los dioses tienen sed, La isla de los pingüinos y La rebelión de los ángeles se consideran sus obras más ambiciosas; el ciclo novelado de su infancia y juventud –El libro de mi amigo, Pierre Noziere: Infancia y El pequeño Pierre (Pedrín en la edición castellana)- lo más tierno; Las opiniones de Jerónimo Coignard, El crimen de Silvestre Bonanrd y Los deseos de Juan Servien, las más influyentes y características por sus temas y tonos; y Thais, la novela obscena, casi pornográfica, que se leía a escondidas y se guardaba bajo llave, lejos de la curiosidad de los niños. En este volumen he reunido ocho cuentos de Anatole France. Tienen un elemento que de alguna forma los unifica: todos ellos pretenden inscribirse en el género fantástico. La idea de esta edición surgió al no encontrar en las antologías de cuentos fantásticos franceses alguna inclusión –aunque sólo fuera como curiosidad o por diversidad- de cualquiera de estos textos suyos, por ejemplo. No creo -conviene aclararlo- que algunos de estos cuentos posean los méritos necesarios para situarse entre los más destacados de la literatura fantástica, pero por lo menos debería aceptarse que alguno de ellos, según los gustos, muy bien podría tener un lugar en esas amplias antologías francesas del tema. Para disfrutarlos debe tenerse en cuenta que el autor era un magnífico conversador, que sus temas literarios nacían, por lo general, de libros, de historias de salón y de sobremesa, que su gran capacidad narrativa residía, más que en la originalidad, en la recreación de lo escuchado o leído. El primero de los cuentos, “Adriana Buquet”, es de una simpleza absoluta. Casos como este se cuentan a millares; pocas serán las personas que no hayan escuchado alguno parecido proveniente de una persona próxima y digna de toda credibilidad. Es, digamos, la historia de jardín de infantes de la parapsicología. Los testigos próximos son el marido de Adriana Bouquet y un amigo médico, que es quien cuenta la historia. La utilización de un médico, un científico, en algunos de estos cuentos de Anatole France, no es gratuita. El médico representa la ciencia y por lo tanto, para el lector, su mente científica está imposibilitada a aceptar o creer una impostura. La primera explicación que da, relacionada con una indisposición gástrica, es remplazada casi de inmediato por la aceptación de que ha sucedido un hecho sobrenatural. Nada más. Es una historia que no precisa de corolarios o explicaciones extras. Se cuenta y concluye en si misma: Algo extraño ha sucedido. Incluso, el ligero aire de adulterio que flota desde el inicio de la narración, es rechazado de tajo por el médico al contar la historia. Es una historia simple, de un solo hecho, y como tal la mantiene el autor. El segundo cuento, “El huevo rojo”, guarda similar estructura narrativa que el primero. Al concluir una comida, un personaje, un médico, cuenta una historia que para él posee elementos sobrenaturales. En este caso, la historia se halla, para mi gusto, excesivamente trabada con la locura. El final, con su colofón situado en un manicomio, destruye el ligero vientecillo fantástico que logra levantarse cuando el narrador hace referencia a la repercusión, diez y seis siglo más tarde, de una frase perdida en la historia del emperador Augusto, y menciona de pasada los enredos del “ovillo de las causas y los efectos”. Sin duda, Anatole France pretendió enriquecer en exceso la historia simple que seguramente le contaron. El manicomio y la referencia histórica no logran darle la complejidad que sin duda pretendió el autor. Pero si el lector –en este caso, yo- no sale muy convencido del carácter fantástico de la historia, atribuyamos la inclusión en este libro a que el médico que la cuenta sí está convencido de lo sobrenatural que hay en ella. El tercer cuento, “La misa de los aparecidos”, respeta el mismo convencionalismo narrativo de los dos primeros cuentos: una persona cuenta un hecho sobrenatural, en este ocasión conectado con Dios y con un ángel (lo que lo aproxima peligrosamente al sartal de milagros católicos), y trata de demostrar su veracidad con un hecho posterior a lo sucedido. También, como en el caso de los dos primeros cuentos, el argumento pertenece al folklore del mundo cristiano, católico, más concretamente, y no hay originalidad, sólo una cierta gracia narrativa. Los dos cuentos siguientes, “El manuscrito de un médico de aldea” y “Leslie Word“, son, seguramente, dentro de la narrativa fantástica, el mejor aporte de France, aunque, como siempre, se pueda minimizar el argumento resumiéndolos como un cuento sobre trasmigración y un cuento sobre el amor después de la muerte de la mujer amada. Pero, también sin duda, tal actitud elimina el trabajo de recreación literaria que hay en ellos y que es lo que los valoriza y da una dimensión propia dentro del género fantástico. “El camafeo” es una divertida historia sobre un talismán mágico, capaz de llevar al suicidio o al ridículo a la persona que se halla sometida a su sortilegio. No puede resaltarse su originalidad, pero si decirse que los tres personajes centrales de la narración están bien elegidos y aunque un lector exigente pueda alegar cierta ruptura narrativa para concluirlo, la verdad es que compite sin sonrojarse con otros cuentos de similar temática. Los dos últimos cuentos, “La hija de Lilith” y “El señor Pigeonneau”, son característicos de los temas mayores de la obra de la Anatole France. El primero es una elaboración fantástica a partir de un tema religioso: sobre las hijas de la primera esposa de Adán, Lilith (Eva fue la segunda); el segundo cuento es una terrible historia, escondida en el tono de broma, burla e ironía sobre los académicos, el orientalismo y la fascinación femenina. Ambos tienen la gracia narrativa de los mejores textos de este escritor francés que tanta gloria disfrutó en vida y tanto olvido después de su muerte.

 
Tlahuapan, Puebla, Mexico, 2000

 

 ADRIANA BUQUET


Cuando acabamos de comer, me dijo Laboullée:
-Reconozco que todos los hechos relacionados con maneras de ser de nuestro organismo, aún mal definidas (doble vista, sugestión a distancia, presentimientos verídicos), no están comprobados la mayor parte de las veces de un modo bastante riguroso para satisfacer todas las exigencias de la crítica científica. Casi siempre se fundan en testimonios que, aun cuando sean verdaderos, dejan subsistir la incertidumbre acerca de la naturaleza del fenómeno. Esos hechos están mal definidos, lo acepto; pero acerca de su existencia no admito duda posible desde que yo mismo comprobé uno. Por una feliz casualidad, mis conocimientos me permitieron reunir todos los elementos de observación. Puedes creerme cuando te digo que procedí con método y tuve cuidado para evitar causas de error.
Al decir la última frase, el joven doctor Laboullée se golpeaba con las dos manos su pecho hundido, acolchonado con folletos, y adelantaba provocativamente por encima de la mesa su cabeza agresiva y calva.
-Sí, amigo -añadió-, por suerte inesperada, uno de esos fenómenos clasificados por Myers y Podmore bajo la denominación de fantasmas de los vivos, se ha desarrollado con todas sus fases en presencia de un hombre científico. He comprobado todo y he anotado todo.
-Te escucho –le dije.
-Los hechos -inició Laboullée- se remontan al verano de 1891. Mi amigo Pablo Buquet, de quien repetidas veces te he hablado, vivía con su mujer en su casa de la calle de Grenelle, frente a la fuente. ¿No has conocido a Buquet?
-Lo vi dos o tres veces: un mocetón robusto con una barba pobladísima. Su mujer más bien morena, pálida, de facciones pronunciadas y hermosos ojos grises.
-Exacto: temperamento bilioso y nervioso bastante bien equilibrado. Pero a una mujer que vive en París la dominan los nervios... y no te digo más... Se llamaba Adriana; ¿hablaste con ella alguna vez?
-La encontré una noche en la calle de la Paz, acompañada de su marido, delante de la vidriera de una joyería. Con ojos encandilados admiraba unos zafiros. ¡Era una hermosa mujer elegantemente vestida! No parecía la esposa de un pobre infeliz hundido en los subterráneos de la química industrial; Buquet no era hombre de suerte.
-Llevaba ya cinco años empleado en la casa Jacob, productora de reactivos y aparatos de fotografía, en el bulevar Magenta. Esperaba que de un momento a otro le dieran participación en los negocios. Sin aspirar a ganancias fabulosas podía soñar con un brillante porvenir. Era un hombre paciente, sencillo, laborioso, de esos que a la larga llegan a prosperar. Entre tanto su mujer no lo arruinaba, ni mucho menos. Como buena parisiense, se ingeniaba para descubrir por cualquier rumbo saldos maravillosos de ropa blanca, vestidos, encajes y joyas. Su marido la admiraba por el arte de saber vestirse maravillosamente con muy poco dinero. Pablo estaba orgulloso de verla siempre tan atildada y vestida con gran elegancia. Pero todo esto carece de interés.
-Al contrario, me interesa mucho, querido Laboullée.
-De todos modos, este tema nos aleja del tema principal. No ignoras que Pablo Buquet fue compañero mío en el colegio; nos conocimos cuando estudiábamos segundo año en Louis-leGrand; no habíamos dejado de vernos. A los veintiséis años, y sin tener una buena posición, se casó con Adriana, enamorado y, como se dice vulgarmente, sin más bien que lo puesto. Su boda no interrumpió nuestra amistad. Adriana me demostró bastante afecto y con frecuencia me invitaban a comer. Soy, como sabes, médico del actor Laroche y amigo de varios actores que de vez en cuando me regalan entradas para sus obras. Adriana y su marido eran aficionadísimos al teatro. Cuando yo tenía un palco, cenaba en su casa y después nos íbamos a la Comedia Francesa. Estaba seguro de hallar siempre dispuesto a Buquet, porque volvía puntualmente de su trabajo, a las seis y media, y conversaba, hasta que servían la comida, con su mujer y el amigo Geraud.
-¿Geraud? -pregunté-; ¿Marcel Geraud, empleado en un banco, y que lucía siempre unas corbatas preciosas?
-El mismo. Era un amigo inseparable del matrimonio; y como además de soltero era obsequioso e sin compromisos, solía convidarse a comer todas las noches: acostumbraba presentarse con mariscos, pasteles, y otras golosinas. Era gracioso, amable y de pocas palabras. Buquet no sabía vivir sin él, y al ir al teatro lo llevábamos con nosotros.
-¿Qué edad tenía?
-¿Geraud? No lo sé. De treinta a cuarenta... Una tarde que Laroche me había regalado un palco, fui como de costumbre, a la calle de Grenelle, a casa de los Buquet. Me retrasé un poco, y al llegar ya estaba la comida servida en la mesa. Pablo tenía un hambre terrible, pero Adriana había resuelto no comenzar hasta que llegara Geraud. "Hijos míos -dije-, tengo un palco para la Comedia; representan Dionisia." "Muy bien- repuso Buquet-, comamos a prisa; no quisiera perder el primer acto..."
"Comimos. A Adriana se la notaba muy preocupada, y cada vez que abría la boca le daba un vuelco el corazón; Buquet sorbía ruidosamente los fideos y limpiaba con la lengua los que se le quedaban adheridos al bigote.
"-Las mujeres son extraordinarias -exclamó-. Figúrese, Laboullée, que Adriana está inquieta porque Geraud no ha venido a comer esta noche. ¡Se crea unos problemas! Dígale que todo lo que imagina es absurdo. Geraud pudo tener algún compromiso o que le surgiera algo impensado; como buen soltero no debe darle a nadie cuenta de sus actos. Bastante incomprensible es ya que está con nosotros todas las noches. Yo se lo agradezco, pero me parece justo que de vez en cuando disfrute de su libertad. Tengo por sistema no preocuparse nunca por lo que hacen mis amigos, pero las mujeres piensan de otro modo." La señora Buquet respondió con voz altiva: "Estoy intranquila; temo que le pasara algo desagradable."
"Entre tanto, Buquet apresuraba la cena: "Sofía -gritó a la criada-, ¡el asado! ¡la ensalada! ¡el queso! ¡el café!" Pude observar que la señora Buquet apenas había comido. "Vamos -le dijo su esposo-. Arréglate de prisa; no nos hagas perder el primer acto. Una obra de Dumas no es como las operetas que pueden oírse a trozos. Una comedia es la sucesión lógica de bien encadenadas deducciones, de las cuales no se puede perder la más mínima. Anda, criatura, que ya es tarde. Yo sólo he de ponerme la levita." Adriana se levantó y se encaminó hacia su habitación con paso lento, maquinalmente.
"Su marido y yo tomamos café fumándonos un cigarro. "Me molesta -dijo Pablo- que no haya venido esta noche Geraud; le hubiera gustado ver Dionisia; pero ¿tiene razón Adriana en preocuparse tanto por su ausencia? No he podido hacerle comprender que un hombre tiene a veces asuntos privados, aventuras amorosas. En fin, no atiende razones. Déme un cigarrillo, me dijo.
"En el momento de entregarle la petaca, escuchamos en la habitación de al lado un grito de espanto, seguido del golpe que produce la caída de un cuerpo que se desploma pesada e inarticuladamente. "¡Adriana!" -exclamó Buquet, corriendo hacia la alcoba. Lo seguí. Encontramos a Adriana tendida en el suelo, con el rostro pálido, los ojos en blanco, inmóvil. No mostraba ningún síntoma de un estado epiléptico o epileptiforme. No había en sus labios ni rastro de espuma. Sus miembros no presentaban rigidez; su pulsación era desigual y rápida. Ayudé a su marido a sentarla en un sillón. De pronto comenzó a normalizarse la circulación, y la cara de Adriana, por lo común de un blanco mate, adquirió un tinte sonrosado. "Ahí -dijo señalando al espejo de su armario-, ahí lo he visto. Mientras me abrochaba la chaqueta, lo he visto reflejado, y he vuelto la cabeza, segura de que estaba detrás de mí; pero al encontrarme con que no había nadie, me he asustado tanto que me desmaye."
"Mientras ella hablaba, yo la examine para comprobar si se había lesionado al caerse. Estaba bien. Buquet le daba agua de azahar azucarada. "Vamos, hijita -le dijo-, tranquilízate. ¿A quién has visto? ¿Qué dices?" Ella palideció nuevamente. -"¡Ah, he visto a Marcelo!" -"¿Viste a Geraud? ¡Es muy extraño!" -exclamó Buquet. "Sí; lo he visto- insistió ella con gravedad-, me ha mirado sin hablarme; me ha mirado así." Y mostró una fisonomía cadavérica.
"Buquet me interrogaba con los ojos. -No se preocupe -le dije-, estos alteraciones visuales no tienen importancia; quizá estén producidos por algún trastorno del estómago. Ya lo investigaremos despacio. Por lo pronto no hay que darle importancia. He conocido en el Hospital a un sujeto gastrálgico que veía gatos debajo de todos los muebles.
"Algunos minutos después, la señora de Buquet se había repuesto completamente; su marido sacó el reloj, y dijo: -Si considera usted, amigo Laboullée, que no puede perjudicarla el teatro, ya es hora de irnos. Le diré a Sofía que nos busque un coche.
"Adriana se puso con rapidez el sombrero. "¡Pablo! ¡Pablo! ¡Doctor! Escúchenme. Vayamos primero a casa de Geraud. Estoy preocupada; más preocupada de lo que yo misma creo." ¡Estás loca! -exclamó Buquet- ¿Qué puede haberle sucedido a Geraud? Ayer le vimos y estaba completamente bien." Adriana me dirigió una mirada suplicante, cuyos ardientes destellos me traspasaron el corazón. "Laboullée, amigo mío, vayamos enseguida a casa de Geraud, ¿de acuerdo?"
"Trataba de complacerla: ¡Me lo había suplicado de tal modo!... Pablo murmuraba, temeroso de perder el primer acto. Yo le dije: "Vayamos a casa de Geraud, nos queda en camino." El coche ya nos esperaba. Ordené al cochero: "Calle del Louvre, núm. 5. ¡Rápido!"
"Geraud vivía en el número 5 de la calle del Louvre, cerca de su oficina, un departamento formado por tres habitaciones y rebosante de corbatas. Ese era el lujo de aquel hombre. Aún no se había detenido el coche frente al portal, cuando Buquet se apeó de un salto, corrió hacia la puerta y preguntó: "¿Está el señor Geraud?" La portera respondió: -"El señor Geraud ha venido a las cinco, recogió su correspondencia, y no ha vuelto a salir. Si desea usted verle, vive en el piso cuarto de la derecha, escalera interior." Pero ya Buquet, agarrado a la portezuela del coche, decía: "Geraud está en su casa; ya ves que tus preocupaciones carecen de fundamento. ¡Cochero, a la Comedia Francesa!" Pero Adriana cubrió con su cuerpo la entrada del coche para impedir que su marido entrara, y le suplicó: "¡Pablo, te lo ruego, sube a su casa! Procura verlo. ¡Quiero que lo veas!"
"¡Subir cuatro pisos!" –dijo asombrado-. ¡Adriana, no llegaremos al primer acto! Pero, en fin, cuando a una mujer se le mete algo en la cabeza..."
"Me quedé solo en el coche con la señora Buquet. Brillaban en la oscuridad sus ojos fijos en la puerta de la casa. Pablo apareció al fin: "Hijita: he llamado tres veces y nadie contesta. Sin duda tendrá motivos para no querer que lo molesten. Imagina que haya venido a verlo una mujer. ¿Qué habría de extraordinario en eso?"
"Los ojos de Adriana tomaron una expresión tan horrible que yo mismo experimenté una sensación de inquietud, y además, no me parecía normal que Geraud estuviese a esas horas encerrado en su casa, contra su costumbre. "Espérenme aquí -dije al matrimonio-; hablaré con la portera."
"También la portera juzgaba extraño que Geraud no hubiera salido a comer. Como se encargaba de hacer la limpieza del departamento, tenía la llave. La saco del bolsillo y me dijo para subir. Una vez llegados al descansillo, abrió la puerta y desde ahí gritó tres o cuatro veces: "¡Señor Geraud!" Como nadie respondió, entro más hacia el dormitorio y gritó más fuerte: "¡Señor Geraud! ¡Señor Geraud!" Esperamos inútilmente, con cierta angustia... Nadie respondía. El cuarto estaba oscuro y no teníamos fósforos. "Debe haber una cajetilla sobre la mesa de noche" -dijo la mujer, temblorosa, incapaz de dar un paso. Avancé hasta la mesa de noche, a tientas, y mis dedos se mojaron en un líquido viscoso. Era sangre.
"Encendí la vela; Geraud estaba echado en su cama, con la cabeza destrozada. De su mano derecha, colgante, se había caído un revólver. Sobre la mesilla vi una carta sin cerrar y con salpicaduras de sangre. De su puño y letra estaba dirigido el sobre al matrimonio Buquet. Y decía: "Mis bondadosos amigos, han sido ustedes el encanto de mi vida." Les anunciaba su resolución de morir, pero no precisaba los motivos que lo llevaron a hacerlo, aunque daba a entender que la falta de recursos económicos era la causa del suicidio. Comprobé que había muerto casi una hora antes, en el momento preciso en que la señora Buquet lo vio reflejado en el espejo de su habitación.
"¿No es éste, como yo te decía, un fenómeno verídico de doble vista, o para hablar con más exactitud, un ejemplo de los extraños sincronismos psíquicos que la ciencia estudia en la actualidad con más entusiasmo que fortuna?"
-Quizá sea otra cosa- respondí-. ¿Estás seguro de que no tenían amores Marcelo Geraud y la señora de Buquet?
-Yo jamás observé nada, pero sobre todo no viene al caso…


 EL HUEVO ROJO


El doctor N*** dejó su taza de café sobre la chimenea, y después de arrojar a la lumbre la colilla del cigarro, me dijo:
-Amigo mío, hace tiempo me contó usted el extraño suicidio de una mujer atormentada por el terror y los remordimientos. Su naturaleza era delicada y su cultura exquisita. Sospechosa de complicidad en un crimen, del que sólo fue testigo mudo, agitada por su irreparable cobardía y presa de perpetuas pesadillas, que representaban a su marido muerto y putrefacto señalándola con el dedo a los magistrados: era la víctima inerte de su sensibilidad exasperada.
En aquel estado, una circunstancia insignificante y fortuita decidió su suerte. Su sobrino, niño y escolar, vivía con ella. Una mañana escribió, como de costumbre, sus lecciones en el comedor. Allí se encontraba también la pobre señora. El niño comenzó a traducir, palabra por palabra, versos de Sófocles, pronunciando en voz alta los términos griegos y franceses a medida que los iba escribiendo: "Kxxxxxxx, la cabeza divina; Kxxxxxxx, de Yocasta; Kxxxxxxx, ha muerto; Kxxxxxxx, destrenzado su cabellera; Kxxxxxxx; le nombra; Kxxxxxxx, Laïs, muerto... Kxxxxxxx, vimos; Kxxxxxxx, la mujer ahorcada." Hizo una rúbrica rasgando el papel, sacó la lengua que estaba del color de la tinta por haber lamido la lapicera y canturreó: "¡Ahorcada! ¡Ahorcada! ¡Ahorcada!" La infeliz, cuya voluntad se hallaba extinguida, obedeció, sin defenderse, a la sugestión de la palabra que había escuchado tres veces. Se levantó rígida, muda, con los ojos cristalizados, y entró en su aposento.
Algunas horas después, el comisario de policía, llamado para certificar el suicidio, pensaba lo siguiente:
"He visto muchas mujeres suicidas; pero ésta es la primera que se ahorca."
Se habla de sugestión. Este caso uno de las más naturales y de los más creíbles. Desconfío bastante, a pesar de todo, de las sugestiones aplicadas en las clínicas. Pero que un ser cuya voluntad se halle aletargada obedezca a todas las excitaciones exteriores, es una certidumbre que la razón admite y que la experiencia demuestra.
Este caso que usted me refirió me recuerda uno análogo: el de mi desdichado compañero Alejandro Le Mansel. Un verso de Sófocles mató a la heroína de aquel relato, y una frase de Lampride perdió al amigo de quien me propongo hablarle.
Le Mansel, con el cual estudié en el colegio de Abranches, no se parecía a ninguno de sus compañeros. Resultaba al mismo tiempo más aniñado y más viejo de lo que en realidad era.
Bajito y endeble, a los quince años aún se asustaba de todo lo que asusta a los niños pequeños. La oscuridad le inspiraba un espanto invencible. No podía ver, sin llorar, a uno de los criados del colegio que tenía un lobanillo muy gordo en la coronilla. Muchas veces, a corta distancia, presentaba el aspecto de un viejo. Su piel reseca, tirante sobre las sienes, prestaba poco vigor a sus pobres cabellos. Su frente relucía como la de los hombres maduros. sus ojos mortecinos carecían de brillantez. Sólo su boca daba cierto carácter a su fisonomía. Sus labios expresaban alternativamente alegría infantil y sufrimientos misteriosos.
El timbre de su voz era claro y agradable, pero su manera enfática de recitar versos nos hizo reír muchas veces.
En las horas de recreo le gustaba jugar bulliciosamente con los demás, y no era desmañado ni retraído; pero en todo ponía siempre un ardor febril y actitudes de sonámbulo que le valieron entre muchos de sus compañeros una antipatía invencible.
No inspiraba ningún afecto, y hubiera sido el hazmerreir de no impedirlo su extraña dignidad agreste y su fama de buen estudiante, la que nos obligaba a respetarle.
No siempre sabía sus lecciones con la misma seguridad: algunas veces se le notaba distraído, pero a pesar de eso, solía ser el primero de la clase.
Se decía que hablaba de noche en el dormitorio y que llegó a levantarse sonámbulo de la cama. En realidad nadie lo vio ni oyó, porque nadie se despertaba una vez que se quedaba dormido. Atravesábamos la dichosa época de la vida en que se duerme profundamente.
Durante mucho tiempo me inspiró más curiosidad que simpatía, pero de pronto, en una excursión hecha por todos los de la clase a la abadía del Monte Saint-Michel, intimamos de verdad.
Entre cánticos ensordecedores recorrimos la playa con los pies desnudos, llevando las botas y la merienda colgadas al hombro en la punta de un palo. Penetramos por la poterna y, después de dejar al pie de los torreones toda la carga, Le Mansel se sentó a mi lado sobre una de aquellas antiguas bombardas, oxidadas por la lluvia y la humedad de cinco siglos, que habían carcomido el hierro levantando quebradiza y profundas escamas.
Allí, mientras observaba con su mirada incolora y sus ojos vagos las ruinosas piedras que parecían elevarse hasta el cielo azul, y balanceaba sus pies desnudos, me dijo:
-Me hubiera gustado vivir en esas épocas de rudas batallas y ser un caballero de esos. Seguramente conquistaría estos dos miqueletes y veinte más, y ciento más, quitándole al ejército inglés todos sus cañones. Hubiera peleado solo y fieramente junto a la poterna, mientras el Arcángel San Miguel revoloteaba sobre mi cabeza como una luminosa y blanca nube.
Aquellas frases y la cantilena monótona que las acompañaba, me hicieron estremecer. Le dije:
-Yo hubiera sido tu escudero. Me agrada escucharte, Le Mansel, y a veces pienso como tú. Seamos amigos.
Le tendí la mano, que él estrechó con solemnidad.
Obedientes al mandato del maestro, nos calzamos y subimos en pelotón la estrecha rampa que conduce a la abadía.
Cerca de una higuera trepadora, y a medio camino, contemplamos la casita donde Tifania Raguel, viuda de Beltrán Duguesclín, vivió expuesta a los peligros del mar. Aquel sitio es tan reducido que resulta incomprensible pasarse una vida encerrada en él. Para vivir allí resultaba necesario que la buena Tifania fuese una viejecita muy encogida o más bien una santa, y que se limitase a una vida de pura contemplación.
Le Mansel extendió los brazos ansioso de oprimir contra su pecho aquel angelical y minúsculo retiro; luego, arrodillándose, besó la tierra sin advertir las burlas de sus compañeros, quienes alborotados por su regocijo le tiraron piedrecitas.
No detallaré nuestro paseo mientras nos enseñaban los calabozos, el claustro, las salas y la capilla. Observando a Le Mansel se hubiera creído que no veía nada. Sólo hablo sobre ese paseo para explicar cómo empezamos a ser amigos.
A la mañana siguiente, muy temprano, me despertó una voz temblorosa, que resonaba en mi oído y decía:
-Tifania no ha muerto.
Restregándome los ojos vi junto a mí el rostro de Le Mansel; había venido sólo para decirme eso; estaba en pijama. Le dije con brusquedad que me dejara dormir; al día siguiente no le dije nada sobre tan extraña confidencia.
Desde aquel día comprendí mejor a mi amigo, y descubrí en su carácter un orgullo inmenso que hasta entonces no había podido ni siquiera sospechar. A nadie sorprenderá saber que a mis quince años carecía yo de perspicacia psicológica, y, además, el orgullo de Le Mansel era demasiado sutil para que pudiera ser apreciado a primera vista; se basaba en lejanas quimeras y carecía de forma tangible; coordinando todos los sentimientos de mi amigo, les daba una especie de unidad a sus ideas raras e incoherentes. Durante las vacaciones que siguieron a nuestra excursión al Monte Saint-Michel, Le Mansel me invitó a pasar un día en casa de sus padres, labradores y propietarios de Saint-Julien.
Mi madre puso algún reparo, y aun después de permitirme que aceptara la invitación, se quedó poco tranquila por haber sido tan condescendiente.
Saint-Julien dista seis kilómetros de la ciudad. Luciendo un chaleco blanco y una bonita corbata azul, me dirigí allí un domingo por la mañana, temprano.
Alejandro me aguardaba en la puerta sonriendo infantilmente. Me agarró de la mano y me hizo entrar en "la sala". La vivienda, mitad rústica y mitad señoril, no me pareció pobre ni mal amueblada. Sin embargo, se me oprimió el corazón al entrar en ella y sentir el silencio y la tristeza que la invadían. Junto a la ventana, cuyos visillos estaban un poco levantados como delatores de una tímida curiosidad, vi una mujer que me pareció vieja. No aseguro de que lo fuese tanto como entonces creí. Era flaca y pálida, sus ojos brillaban en órbitas de sombra bajo unos párpados enrojecidos; a pesar de hallarnos en verano, su cuerpo y su cabeza se cubrían y arrebujaban con envolturas de abrigo; pero lo que le daba un aspecto más extraño, era la cinta de metal que ceñía su frente como una diadema.
-Es mamá -me dijo Le Mansel-. Tiene jaqueca.
La señora Le Mansel me saludó amablemente con voz quejumbrosa, y al advertir mi atónita mirada fija en su frente:
-Caballero -me dijo risueña-, lo que oprime mis sienes no es una corona, es un aro magnético para curar el dolor de cabeza.
Trataba yo de responder con la mayor amabilidad posible, cuando Le Mansel me jaló hacia el jardín, donde vimos un hombrecito calvo que se deslizaba por un camino como si fuera un fantasma. Tan menudo y tan flaco era, que daba miedo que el viento se lo llevara por los aires como un pajita cualquiera. Su aparente timidez, su cuello descarnado y largo, encorvado hacia delante, su cabeza del tamaño de un puño cerrado, su mirada furtiva, su andar a saltitos, como un pájaro, sus brazos cortos como alones le daban un aspecto de volátil desplumado.
Mi compañero Le Mansel me dijo que aquella extraña persona era su padre, y agregó que pasaríamos sin saludarle para no entorpecer su camino en dirección al corral, el único lugar donde vivía contento, rodeado de gallinas y pollos, entre los cuales había perdido la costumbre de hablar con los hombres. Mientras mi amigo me daba estas explicaciones, perdimos de vista a papá Le Mansel y su desaparición fue seguida inmediatamente de ruidosos y alegres cacareos. El buen señor estaba ya en su gallinero.
Dimos algunas caminatas por diferentes rumbos, siempre alrededor del jardín, y me advirtió que a la hora de almorzar conocería a su abuela, una señora muy respetable, pero cuyas palabras y opiniones no podían ser tomadas en consideración porque, por ratos, tenía bastante confuso y trastornado el juicio. Luego fuimos hasta un agradable bosquecillo, y allí, ruborizándose, me confesó en voz baja:
-He escrito unos versos dedicados a Tifania Raguel. Te los leeré otro día. ¡Ya verás! ¡Ya verás!
Con su repiqueteo, nos avisó la campana la hora del almuerzo, y nos dirigimos hacia el comedor, donde papá Le Mansel entró después que nosotros, llevando una cesta llena de huevos.
-Diez y ocho esta mañana -dijo con voz muy semejante a un cacareo.
Nos sirvieron una tortilla deliciosa. Estaba sentado entre la señora Le Mansel, que suspiraba bajo su diadema, y su madre, una vieja normanda, mofletuda, y que por no enseñar su boca sin dientes, reía con los ojos y apretaba mucho los labios. La imagine persona complaciente y amable.
Mientras comíamos el pato asado y el pollo en salsa, la buena señora nos refirió cuentos muy entretenidos, y aunque esperaba en cada instante que se realizara la advertencia de su nieto, no advertí en sus palabras la menor cosa que mostrase la perturbación de su inteligencia. Todo lo contrario, aquella viejecita me pareció risueña y locuaz, y el espíritu más equilibrado y alegre de la casa.
Terminado el almuerzo, fuimos a una salita cuyos muebles eran de nogal y estaban tapizados con terciopelo amarillo de Utrecht. Un reloj de figuras lucía sobre la chimenea entre dos candelabros. En la negra peana del reloj descansaba, protegido por el fanal que le cubría, un huevo rojo. Ignoro por qué motivo contemplé atentamente aquel huevo en cuanto lo vi. Los niños tienen curiosidades inexplicables. Debo añadir que aquel huevo presentaba una coloración extraordinaria y magnífica. No se parecía en absoluto a los huevos de Pascua, los cuales, impregnados en zumo de remolacha, toman ese color vinoso que atrae la admiración de los chiquillos, obligándoles a detenerse ante los escaparates de las fruterías. Aquel huevo estaba revestido de una púrpura real. No pude reprimirme y exprese mi opinión, con la indiscreción propia de mi edad.
El señor Le Mansel me respondió cacareando, y en las desafinaciones de su voz revelaba el asombro que la coloración del huevo le producía.
-Caballerito: este huevo no está pintado como usted sin duda supone. Así fue como salió de una gallina creylandesa de mi gallinero. Es un huevo extraordinario.
-Debes de añadir, porque no deja de ser curioso -le dijo la señora Le Mansel, con voz doliente-, que la gallina puso este huevo el mismo día en que nació nuestro Alejandro.
-Cierto -dijo el señor Le Mansel.
Entre tanto la abuela me miraba con ojos burlones, apretaba sus labios carnosos y me hacia señas de que no les creyese.
-¡Hum! -murmuró-; las gallinas empollan a veces huevos que no son suyos: con facilidad se echan sobre un huevo que no pusieron, y si algún vecino colocara en sus nidales un...
Su nieto la interrumpió furioso. Estaba pálido, sus manos temblaban.
-¡No la escuches! –gritó dirigiéndose a mí-. Recuerda lo que te dije. ¡No la escuches! ¡No la escuches!
-¡Extraordinario, extraordinario! -repetía el señor Le Mansel; y clavaba sus ojos redondos en el huevo purpúreo.
En lo sucesivo mi intimidad con Alejandro Le Mansel no dio lugar a ninguna anécdota que merezca contarse. Mi amigo me habló con frecuencia de sus versos a Tifania, pero sin llegar a leérmelos. Poco tiempo más tarde lo perdí de vista, porque mi madre me envió a París para que siguiera mis estudios. Hice los dos cursos del bachillerato y estudié medicina. Cuando preparaba mis tesis para el doctorado, recibí una carta de mi madre contándome que Alejandro había estado muy enfermo, y aquella enfermedad le dejó como triste recuerdo un miedo y una desconfianza insuperables, pero que a pesar de las hondas perturbaciones de su salud y de su mente, se había revelado en él unas extraordinarias dotes para el estudio de las matemáticas. No me sorprendieron esas noticias, porque algunas veces, al estudiar las perturbaciones de los centros nerviosos, había recordado a mi pobre amigo de Saint-Julien, y sospeché la parálisis general que sin duda amenazaba al hijo de una jaquecosa y de un microcéfalo reumático.
Al principio las apariencias no me dieron la razón. Alejandro Le Mansel, según me comunicaron desde Avranches, fue adquiriendo con los años un equilibrio saludable, y llegado a la edad adulta dio pruebas indudables de una clara inteligencia.
Adelantó mucho en sus estudios matemáticos; envió a la Academia de Ciencia la solución de varios problemas matemáticos hasta entonces no resueltos, que, a juicio de los académicos, fueron desarrolladas por mi amigo en forma tan acertada como elegante. Absorbido por sus trabajos pocas veces halló ocasión de escribirme. Sus cartas eran afectuosas, claras, bien redactadas; nada había en ellas que pudiera parecer sospechoso al neurólogo más perspicaz. Pero un buen día cesó por completo nuestra correspondencia y durante diez años no volví a tener noticias de mi amigo.
Me quedé muy sorprendido cuando hace un año, mi criado me trajo la tarjeta de Le Mansel, y me dijo que aquel caballero aguardaba en la antesala. En ese momento estaba en mi despacho con otro médico, reunidos para resolver asuntos profesionales de bastante importancia, pero ante aquella inesperada visita pedí a mi colega que aguardara unos instantes y salí para darle un abrazo a mi antiguo amigo. Lo vi muy avejentado, calvo, pálido y enflaquecido. Lo tome de un brazo y le lleve hasta el salón.
-Me alegra mucho volver a verte -me dijo-, y vengo a darte cuenta de muchas novedades. Sufro persecuciones absurdas, pero tengo valor de sobra. Los enfrentó heroicamente y al final derrotaré a mis enemigos.
Aquellas frases me inquietaron, como le hubiera sucedido a cualquier otro médico neurólogo que se encontrará en mi lugar. Era un síntoma de la enfermedad que amenazaba fieramente a mi amigo, según las leyes fatales de la herencia, y que hasta entonces se había mantenido oculta.
-Ya me contarás todo y te escucharé atentamente, amigo mío -le dije-. Te dejo unos instantes, mientras con un colega termino un asunto que no puedo postergar. Agarra un libro para pasar el rato, y espérame, por favor.
No ignora usted, amigo mío, que tengo muchos libros y que mi salón alberga, repartidos en tres grandes estantes de caoba, seis mil volúmenes y pico. ¿Por qué fatalidad mi desgraciado amigo fue a sacar entre todos justamente el que podía perjudicarle, y que además lo abrió por la página funesta? Trabajé aproximadamente veinte minutos con mi colega, y en cuanto éste se despidió volví al salón donde había dejado a Le Mansel. Se hallaba el infeliz sumido en una exaltación espantosa, golpeando sobre sus rodillas un libro abierto que al instante reconocí: era la traducción de la Historia de Augusto. Le Mansel repetía en voz alta esta frase de Lampride: "El día que nació Alejandro Severo, una gallina del padre del recién nacido puso un huevo rojo, presagio de la púrpura imperial que la criatura debía revestir."
Su exaltación rayaba en locura. Echaba espuma por la boca y vociferaba: "¡El huevo, el huevo de mi nacimiento! Soy emperador. Ya sé que pretendes asesinarme. ¡No te aproximes, villano!"
Y mientras hablaba, iba y venía rápidamente. Luego cambió su ira en entusiasmo, y abriéndome sus brazos, dijo:
-Amigo mío, compañero de la niñez, ¿cómo quieres que yo te favorezca? ¡Pide!... Soy emperador... emperador... Mi padre no se había engañado... ¡El huevo rojo! ¡Soy emperador! Era inevitable que lo fuese.
Volvió a entristecerse y desesperar:
-Malvado, ¿por qué me ocultabas este libro? Yo castigaré tu crimen de lesa majestad... ¡Emperador! ¡Emperador! He de serlo; sí; es mi deber. ¡Vamos, vamos!...
Salió. En vano traté de retenerle; pudo soltarse y huir. Ya sabe usted lo demás. Todos los periódicos han referido que al salir de mi casa compró un revólver y mató al empleado que le impidió la entrada en el Palacio Imperial.
Una frase escrita en el siglo IV por un historiador latino, ocasiona, pasados quince siglos, la muerte de un desdichado joven en París... ¿Quién desenmarañará nunca el ovillo de las causas y los efectos? ¿Quién puede decir a conciencia, al realizar un acto cualquiera: "Sé lo que hago"? Amigo mío, esto es lo que quería contarle. Lo demás incumbe sólo a las estadísticas médicas y puede reducirse a dos palabras: "Le Mansel, encerrado en un sanatorio, fue víctima durante quince días de una locura furiosa. Luego cayó en un estado de imbecilidad completa, en el cual su glotonería era tanta que el infeliz devoraba hasta la cera de sacar lustre a los pisos. Hace tres meses quiso tragarse una esponja, y se ahogó."
El doctor encendió un cigarrillo. Nos quedamos un rato en silencio. Después dije:
-Acaba usted de contarme una historia terrible, doctor.
-Muy terrible -respondió el doctor-, y además muy cierta. Con mucho gusto saborearía una copita de coñac.

 

LA MISA DE LOS APARECIDOS

 

                                                    Al señor Bladé, de Agen, el "escriba piadoso"
                                                    que ha recogido los cuentos populares

                                                    de la Gascuña.

 

Lean lo que el sacristán de la iglesia Santa Eulalia, en Neuville-d'Aumont, me ha referido bajo el emparrado de El Caballo blanco, en un apacible atardecer veraniego, mientras bebíamos una botella de vino rancio a la salud de un difunto muy bien acomodado que acababa de recibir cristiana sepultura con todos los honores, envuelto en un sudario en el que resplandecían hermosas lágrimas de plata.
-Mi pobre padre difunto, fue toda su vida enterrador. Tenía un ingenio agudo, probablemente a causa de su profesión, porque se ha dicho que las personas que trabajan en los cementerios disfrutan de un humor jovial. La muerte no los asusta ni les inspira la más pequeña preocupación. Yo mismo, señor, entro en un cementerio por la noche con la misma tranquilidad que si entrara en la glorieta de El Caballo Blanco. Y si de casualidad me saliera al camino un fantasma, no me asustaría, porque supondría que lo sacaban de la tumba sus asuntos privados, igual que los míos me sacaron de mi casa. Conozco las costumbres de los muertos y su carácter, y sé cosas que los mismos curas no saben. Si le contara todo lo que he visto, usted asombraría; pero no todas las verdades deben decirse, y mi padre, a pesar de ser bastante hablador, no ha revelado la vigésima parte de lo que supo. En compensación desquite repetía con frecuencia las mismas historias, y ha narrado cien veces, delante de mí, la aventura de Catalina Fontaine.
Mi padre recordaba haber visto de niño a Catalina Fontaine, que ya entonces era una vieja solterona. No me sorprendería que aún vivieran en la comarca tres o cuatro ancianos que recordarán haber oído hablar de ella, porque era muy conocida y de muy buena reputación, aunque pobre. Vivía, en la esquina de la Calle de las Monjas, en la casita que se puede todavía ver y que forma parte de una vieja casona medio destruida, con vista al jardín de las monjas Ursulinas. Hay en esa casita inscripciones y figuras medio borradas. El difunto párroco de Santa Eulalia, señor Levasseur, aseguraba que una de aquellas inscripciones decía en latín: El amor es más fuerte que la muerte. Se sobreentiende, añadía, que se refiere al amor divino.
Catalina Fontaine vivía sola en aquella pequeña casa. Hacía encajes. Ya sabe usted que los encajes de nuestra comarca eran antiguamente muy famosos. No se le conocían parientes ni amigos; se decía que a los diez y ocho años se enamoró del joven caballero de Aumont-Cléry, con quien se casó en secreto; pero las personas sensatas nunca lo creyeron y suponían que se inventó esa historia porque Catalina Fontaine tenía más aspecto de señora que de obrera, porque bajo la sombra de sus cabellos blancos aún conservaba restos de una espléndida hermosura, porque su expresión era triste, y porque llevaba una de esas sortijas con dos manos unidas, que en antiguamente se solían cambiar en los matrimonios. Pronto sabrá usted lo que en realidad representaba.
Catalina Fontaine vivía santamente, frecuentaba la iglesia, y todas las mañanas, por muy crudo que fuera el tiempo, salía para oír la misa de seis en Santa Eulalia.
Pero una noche de diciembre la despertó el tañido de las campanas. Segura de que anunciaban la primera misa, se vistió y bajó a la calle donde la oscuridad era tan intensa que no se veían las casas y ninguna estrella brillaba en el cielo. Era tan profundo el silencio en las tinieblas, que ni un perro ladraba a lo lejos, ni se sentía la proximidad de ninguna criatura viviente. Pero Catalina Fontaine, tan conocedora del camino que hubiera podido ir a la iglesia con los ojos cerrados, llegó sin dificultad al ángulo que forma la calle de las Monjas con la calle de la Parroquia, allí donde se alza la casa de madera que tiene un árbol de Jessé esculpido en una gruesa viga. Desde allí vio que las puertas de la iglesia estaban abiertas y proyectaban una claridad magnífica de cirios. Avanzó más, y frente al pórtico notó que la iglesia la llenaban numerosos devotos, pero no pudo reconocer a ninguno de los presentes, y se sorprendió de que la mayoría de los presentes vistiesen traje de terciopelo y de brocado, con plumas en el sombrero, y la espada ceñida según la moda de tiempos pasados. Se veían caballeros apoyados en largos bastones con empuñadura de oro, y damas con una cofia de encaje sujeta por un peine en forma de diadema. Caballeros de San Luis daban la mano a señoras que ocultaban bajo el abanico el colorete de su rostro, del cual sólo se veía la sien empolvada, y un lunar próximo a la sien. Todos se acomodaban en sus lugares sin hacer el menor ruido, y al andar no se oía el rumor de sus pasos sobre las losas ni el roce de sus vestidos. Las naves laterales se encontraban llenas de jóvenes artesanos con parda chupa, calzones de bombasí y medias azules, y abrazaban por la cintura a muchachas muy bonitas, de buen color y con los ojos bajos. Alrededor de las pilas del agua bendita se sentaban en el suelo, con la tranquilidad de los animales domésticos, campesinas de saya roja y corpiño negro, mientras los mozos, de pie tras ellas, las miraban con placer y hacían girar el sombrero entre las manos. Todos aquellos rostros silenciosos parecían eternizados en un instante, amable y triste a la vez. Arrodillada en el lugar que acostumbraba, Catalina Fontaine vio al cura que avanzaba hacia el altar precedido de dos monaguillos. No reconoció a ninguno de ellos. Empezó la misa, una ceremonia completamente silenciosa, donde no se escuchaba el más leve rumor de los labios ni el repiqueteo de la campanilla. Catalina Fontaine, sintiéndose observada por el caballero más próximo, volviendo un poco la cabeza reconoció al joven caballero de Aumont-Cléry, muerto cuarenta y cinco años antes. Lo reconoció por una pequeña señal que tenía bajo la oreja izquierda y, sobre todo, por sus largas pestañas negras. Vestía el traje de caza rojo y galoneado que llevaba la tarde en que se encontraron en el bosque de San Leonardo, y le pidió agua y le dio un beso. Conservaba su juventud y su buena presencia. Al sonreír enseñaba todavía sus dientes de lobo. Catalina le dijo en voz baja:
-Monseñor, que fuisteis mi amigo y a quien yo di en otro tiempo todo lo más preciado que una muchacha puede dar; Dios lo tenga en su gracia y me dé al fin remordimiento por el pecado cometido con usted; porque la verdad es que bajo mis cabellos blancos y cercana la hora de la muerte, no me arrepiento de haberlo amado. Amigo difunto, bello señor; dime quiénes son estas personas, vestidas a la moda de tiempo ya pasado, que presencian esta silenciosa misa.
El caballero de Aumont-Cléry respondió con voz más débil que un suspiro, y sin embargo clara como el cristal:
-Catalina; estos hombres y estas mujeres son almas del Purgatorio que han ofendido a Dios; pecaron como nosotros por amor, pero eso no las aleja de Dios, porque su pecado fue, igual que el nuestro, carente de cualquier malicia.
"Mientras alejadas de lo que más amaron sobre la tierra se purifican en el fuego lustral del Purgatorio, sufren el dolor de la ausencia y este sufrimiento es para ellas el más cruel. Son tan desdichadas, que un ángel del cielo se compadece de su amorosa pena y, con permiso de Dios, reúne cada año durante una hora nocturna al enamorado y a la enamorada en su iglesia parroquial, donde las permite oír la misa de los aparecidos con las manos unidas. Esta es la verdad. El hecho de verte aquí, antes de que murieras, Catalina, es una cosa que no puede realizarse sin la voluntad de Dios”.
Catalina Fontaine le respondió:
-Quisiera morir y sentirme de nuevo hermosa para ti, como aquel día, mi difunto señor, en que calme tu sed en el bosque.
Mientras hablaban en voz baja, un canónigo hacía la colecta y pasaba una bandeja de cobre. Todos los asistentes depositaban en ella monedas antiguas que ya no circulaban desde hacía tiempo; escudos de seis libras, ducados de oro y de plata, jacobos y doblones. Las monedas caían sin producir el menor ruido. Cuando le fue presentada la bandeja de cobre al caballero de Aumont-Cléry, depositó un luis.
Después el viejo canónigo se detuvo ante Catalina, la cual buscó en su bolsillo sin encontrar un marevedí, pero deseosa de hacer una ofrenda como los demás, desprendió de su dedo la sortija que el caballero le había dado la víspera de su muerte y la dejó caer en la bandeja de cobre. El anillo de oro sonó como un pesado badajo golpeando una campana, y al ruido estremecedor que produjo, el enamorado, el canónigo, el celebrante, los monaguillos, las damas, los caballeros, todos los presentes desaparecieron, y se apagaron los cirios, quedando Catalina Fontaine sola en la oscuridad.
Terminada su narración, el sacristán bebió un buen trago de vino; se quedó un momento meditabundo y luego dijo estas palabras:
-Le he contado la historia de Catalina Fontaine tal como mi padre la contó muchas veces, y creo que es verdadera porque está de acuerdo con todo lo que yo he observado sobre las costumbre y las formas que emplean los muertos. Desde mi infancia los he frecuentado mucho, y sé que suelen volver en busca de sus amores.
"Por eso los avaros bajan de noche en busca de los tesoros que ocultaron mientras vivían; llegan y dan vueltas alrededor de su oro; pero sus ansias, lejos de servirle, a veces los perjudica; porque no es raro descubrir el dinero escondido bajo tierra, si se escarba en el sitio donde aparece un fantasma. También los maridos difuntos regresan para atormentar por las noches a sus esposas, casadas en segundas nupcias; y pudiera nombrar a varios de ellos que después de muertos han vigilado a sus esposas mucho más de lo que hicieron mientras vivían.
"Estos últimos son censurables, pues en verdad los difuntos no deberían mostrase celosos; pero yo me limito a referir lo que tengo muy visto. Y esto es algo que no debe olvidar quien se casa con una viuda.
"Pero la verdad absoluta de mi historia se comprueba del modo siguiente: Por la mañana, después de aquella noche, Catalina Fontaine apareció muerta en su habitación; y el sacristán de Santa Eulalia encontró en el plato de cobre que sirve para la colecta, un anillo de oro con dos manos unidas. Además, yo no soy hombre dispuesto a inventar nada... ¿Quiere usted que pidamos otra botella de vino?

 

EL MANUSCRITO DE UN MÉDICO DE ALDEA.

                                                                                         

                                                                                   A Marcel Schwob.

 
El doctor H., muerto hace poco en Servigny (Aisne), donde ejerció la medicina durante cuarenta años, ha dejado un diario no destinado a publicarse. No me atrevería a editarlo en su integridad, ni siquiera en fragmentos de alguna extensión, aun cuando sean muchos los que ahora piensan, como Taine, que lo más adecuado es imprimir lo que no se ha escrito para ser impreso; pero dígase lo que se diga, no basta que un hombre no sea escritor para que sus escritos interesen. El diario del doctor H. aburriría por su rusticidad monótona. Sin embargo, el hombre que lo escribió mostraba en su condición humilde un genio nada común. Este médico de aldea era un médico filósofo. Es posible que sean leídas sin disgusto las últimas páginas de su diario. Me tomo la libertad de transcribirlas:

Extracto del diario del difunto señor H.,
médico en Servigny (Aisne).

"Es posible asegurar, desde la filosofía, que nada en el mundo es del todo malo ni del todo bueno. La más suave, la más natural y la más útil de las virtudes, la compasión, no siempre conviene al soldado y al sacerdote, porque uno y otro deben acallarla ante el enemigo. No se sabe que los oficiales recomienden compasión al entrar en combate, y he leído en un viejo libro que el señor Nicole la temía como un principio de concupiscencia. No soy sacerdote y mucho menos soldado; soy médico, de los más insignificantes: soy médico rural. Tengo una prolongada práctica de mi ciencia y puedo afirmar que, si bien la compasión nos impulsa noblemente hasta el sacrificio, debe abandonarse por completo en presencia de las miserias que nos enseñó a remediar. Un médico a quien acompañe la compasión hasta la cabecera de los enfermos, no tiene la mirada tranquila ni la mano bastante firme. Acudamos adonde nos guíe la caridad por el género humano; consintamos que nos guíe, pero no que nos acompañe. Por lo demás, los médicos, en su mayoría, adquieren fácilmente la insensibilidad necesaria. Los estudios y la práctica de su carrera se la dan por varias razones; la compasión se embota pronto en contacto con el sufrimiento; emocionan menos las miserias que se pueden remediar; la enfermedad presenta al médico una serie interesante de fenómenos que absorbe su atención
"Cuando empecé a practicar la medicina, me entusiasmaba; sólo veía en el enfermo una ocasión para ejercer mi ciencia. Cuando la enfermedad se desarrollaba en su totalidad, siguiendo el proceso normal, para mí poseía el encanto de la belleza. Los fenómenos mórbidos, que ofrecen aparentes anomalías, excitaban mi curiosidad. En fin, todas las dolencias del cuerpo humano me atraían y me entusiasmaban. Desde el punto de vista en que me hallaba situado, enfermedad y salud eran sólo puras entidades. Observador entusiasta de la máquina humana, la admiraba en sus modificaciones más funestas como en las más saludables. Me parecía natural y lógica la exclamación de Pinel: "¡Hermoso cáncer!" Me hallaba en camino de ser un médico filósofo; sólo me faltaba, tal vez, el genio de mi ciencia, para poseer y saborear plenamente la belleza nosológica. Es el genio propio quien descubre el esplendor de las cosas. Donde el hombre vulgar sólo ve una llaga repugnante, el naturalista digno de este nombre, admira un campo de batalla en el cual las fuerzas misteriosas de la vida se disputan el triunfo en una lucha más ciega y más terrible que el combate pintado con tanta furia por Salvador Rosa. Yo sólo pude entrever este espectáculo, del cual fueron testigos continuos los Magendie y los Claudio Bernard, y considero un honor haberlo entrevisto; pero resignado a ser un humilde médico, he conservado como necesidad profesional la costumbre de encararme fríamente con el dolor. Consagré a mis enfermos todas mis energías y toda mi inteligencia, pero no les hice partícipes de mi compasión. Líbreme Dios de poner sobre la compasión alguna otra virtud, por preciosa que sea. La compasión es el dinero de la viuda, la ofrenda incomparable del pobre, el cual, más generosos que todos los ricos del mundo, entrega con sus lágrimas algo de su corazón. Y por su misma excelencia, la caridad no puede intervenir en el cumplimiento de un deber profesional, por muy noble que éste sea.
"Para entrar en consideraciones más particulares, diré que los hombres entre los cuales vivo inspiran en su desgracia un sentimiento que no es precisamente la compasión. Hay algo de verdad al suponer que sólo se inspira lo que se siente, y los aldeanos de nuestras comarcas no son compasivos. Duros para los otros y para sí, viven en una indiferencia taciturna, de la que nos hacen partícipes con su trato constante. Lo bello de su fisonomía moral es que aún conservan puras las líneas generales de la humanidad. Como imaginan poco son escasas y rudas sus ideas, pero revisten a ciertas horas un aspecto solemne. He oído pronunciar algunas veces a un moribundo frases breves y enérgicas, dignas de los ancianos de la Biblia. Estos hombres pueden llegar a ser admirables, pero no son jamás conmovedores. Todo es sencillo en ellos, hasta la enfermedad. La reflexión no aumenta sus padecimientos. No son como esas personas reflexivas que se forman de sus males un concepto más trascendente que los males mismos. Mueren con tanta naturalidad que no es posible preocuparse mucho por su muerte. Añadiré que hay entre ellos mucha semejanza, y que no desaparece nada de particular al desaparecer uno de ellos.
"Resulta de lo que acabo de decir, que ejerzo tranquilamente la profesión de médico de aldea. No estoy arrepentido de serlo. Acaso pude ser algo más, pero si bien es lamentable para un hombre ocupar una posición inferior a la que merece, considero mucho más lamentable ocupar una superior a la que le corresponde. No soy rico ni lo seré nunca, pero, ¿acaso hace falta mucho dinero para vivir en un pueblo? Jenny, mi borriquilla gris, no tiene aún quince años; trota como en su primera juventud, sobre todo de regreso a casa. Yo no poseo, como mis ilustres compañeros de París, una galería de pinturas para enseñar a mis clientes, pero tengo perales que ellos no tienen. Mi huerto es famoso en veinte leguas a la redonda y desde los castillos próximos viene a pedirme injertos. Un lunes -precisamente mañana se cumplirá el año- mientras yo me entretenía con los árboles de mi huerta, un mozo de granja vino a decirme que fuera lo antes posible a los Alies.
"Le pregunté si Juan Blin, el arrendatario de los Alies, había dado algún tropezón la noche antes al entrar en su casa, porque en mi país las calamidades ocurren los domingos y no es raro que al salir de la taberna se le hundan a uno dos o tres costillas. Juan Blin es un buen hombre, pero muy aficionado a beber en compañía; y más de una vez la fatalidad lo ha retenido en una cuneta cenagosa desde la noche del domingo hasta el amanecer del lunes.
"El criado de la granja me respondió que Juan Blin no estaba enfermo; era Eloy, el hijito de Juan Blin, que tenía fiebre.
"Sin preocuparse ya de mis frutales cogí mi sombrero y mi bastón y fui a pie hasta los Alies, que se hallan a veinte minutos de mi casa. Por el camino iba pensando en el tipo de fiebre que podría tener el hijito de Juan Blin. Su padre es un campesino como todos los campesinos, pero "el pensamiento creador" se olvidó de dotarlo de un cerebro. El pobre Juan Blin tiene la cabeza del tamaño del puño. La sabiduría divina sólo ha puesto en su cráneo lo estrictamente indispensable, como si fuera un estuche de urgencia. Su mujer, la más hermosa mujer de los contornos, es una ama de casa diligente y cuidadosa, de tosca virtud. Pues bien: entre los dos han creado una criatura que es el ser más delicado y espiritual que jamás vino al mundo. La herencia tiene unos exabruptos extraordinarios, y es justo decir que nadie sabe lo que hace cuando hace una criatura. La herencia, dice mi viejo Nysten, es un fenómeno biológico, y junto al tipo propio de la especie los ascendientes transmiten a los descendientes tendencias de organización y aptitud. Esto lo comprendo; pero ¿qué particularidades son transmisibles y cuáles no? Es imposible saberlo, ni siquiera después de leer los magníficos estudios de Lucas y de Ribot. Mi vecino, el notario, me prestó hace poco tiempo un libro de Emilio Zola, y vi que este novelista presume de tener sobre este tema conceptos muy originales. "Si sabemos -dice en resumen- de un ascendiente afectado de neurosis, sus descendientes podrán ser neurópatas o acaso no serlo; habrá en su familia sensatos y habrá locos; y también es posible que alguno resulte genial." Y este autor ha construido un cuadro genealógico, para que su idea fuese más comprensible. ¡Caramba! El descubrimiento no es nada nuevo y su autor no debería tener grandes motivos para enorgullecerse pues en realidad lo que dice de la herencia lo sabemos casi todos. Pero lo cierto es que Eloy, el hijo de Juan Blin, tiene un ingenio agudo, una imaginación creadora. Lo he visto más de una vez cuando no era más alto que mi bastón y hacía novillos con los granujillas del pueblo. Mientras los otros buscaban nidos, esa criatura perspicaz construía molinos y hacía sifones con pajuelas. Ingenioso y montaraz interrogaba a la Naturaleza; el maestro no sabía cómo educar a un muchacho tan distraído, y en verdad Eloy, que a los ocho años apenas conocía las letras, de pronto aprendió a leer y a escribir con una rapidez sorprendente, y en pocos meses se convirtió en el alumno más adelantado de la escuela.
"También era el niño más respetuoso y más cariñoso del pueblo. Yo le di algunas lecciones de matemáticas y me sorprendió la claridad de su inteligencia. En fin (lo confesaré sin temor a que se burlen de mí, porque puede perdonársele alguna exageración a un viejo médico rural): me complacía sorprender en aquel niño las primicias de una de esas almas luminosas que aparecen de tarde en tarde en nuestra oscura humanidad, y que necesitadas de amar tanto como de saber, realizan, donde el destino las coloca, una obra útil y bella.
"Con estos pensamientos y otros muy semejantes, llegué hasta los Alies. En el aposento bajo encontré al niño en la cama de matrimonio, de colcha rayada, donde sus padres lo habían acostado en vista, sin duda, de la gravedad de su estado. Dormitaba; su cabecita delicada se hundía en las almohadas como si fuera de un peso enorme. Me acerqué; su frente ardía; sus ojos estaban enrojecidos; la temperatura de todo el cuerpo era devastadora. La madre y la abuela lo atendían angustiadas; Juan Blin, abatido por sus temores, sin saber qué hacer y sin atreverse a irse, con las manos en los bolsillos, nos miraba a todos, uno después de otro. El niño volvió hacia mí su carita demacrada, me miró dolorosamente y respondió a mis preguntas diciéndome que le dolían la cabeza y los ojos, que le zumbaban los oídos, que me reconocía y que me quería mucho.
"-Tiene escalofríos y sofocaciones -añadió la madre.
Juan Blin, después de pensarlo bastante, añadió:
"-Debe ser un mal de muy adentro -Y volvió a quedar en silencio.
"Me fue fácil comprobar que eran los síntomas de una meningitis aguda. Receté revulsivos en los pies y sanguijuelas detrás de las orejas; me acerqué de nuevo a mi amiguito y traté de decirle una frase cariñosa, una frase más grata, ¡ay!, que la realidad; pero entonces se produjo en mí un fenómeno enteramente inesperado. Aun cuando yo no me había inmutado, veía al enfermo como a través de un velo y tan distante de mí que se me figuraba pequeñito, muy pequeñito. Esta perturbación en la idea del espacio fue pronto acompañada por otra perturbación en la idea del tiempo. Es seguro mi visita médica no duró más de cinco minutos, pero imaginé que llevaba ya muchas horas en aquel aposento, ante la cama de matrimonio con la colcha rayada, y que los meses y los años transcurrían sin que yo pudiera marcharme de allí.
"Situándome en la razón y empleando toda mi inteligencia, analicé aquella extraña impresión y logré encontrar con toda claridad la causa de lo sucedido. Era muy sencilla; yo le tenía cariño a Eloy; al verle enfermo, sin esperarlo y de tanta gravedad, "no volvía de mi asombro" Esa la frase vulgar y justa: "no volvía de mi asombro". Los momentos crueles nos parecen interminables, y por eso tuve la sensación de que los cinco o seis minutos pasados junto al niño eran algo interminable. En cuanto al fenómeno de ver al niño tan alejado de mí, se derivaba de la idea de perderlo. Esta idea, que de inmediato arraigó en mí a pesar de tratar de evitarlo, tomó el carácter de certidumbre absoluta.
"Al día siguiente era menos alarmante el estado del niño, y durante algunos días continuó la mejoría. Mandé que trajeran hielo de la ciudad y obró favorablemente, pero al quinto día se presentó un delirio agudo. El enfermo hablaba demasiado, y entre las palabras sin sentido que le oí pronunciar recuerdo estas:
"-¡El globo! ¡El globo! Tengo el timón del globo. Sube, el cielo está oscuro. Mamá, mamá, ¿por qué no vienes conmigo? Yo guío mi globo hacia un país más bello. Ven; aquí nos ahogamos.
"Aquel día Juan Blin me acompañó hasta el camino. Se balanceaba con el aspecto receloso de un hombre que quiere decir algo pero no se atreve. Por fin, después de andar en silencio unos veinte pasos, se detuvo y poniéndome una mano sobre el brazo me dijo:
"-Créame usted, doctor; deber ser un mal de muy adentro.
"Yo continué tristemente mi camino y por primera vez el deseo de estar entre mis perales y mis albaricoqueros no me hizo apresurar el paso. Por primera vez después de cuarenta años de práctica, sentía mi corazón entristecido por uno de mis enfermos y lloraba dentro de mí por el pobre niño a quien no podía salvar.
"Pronto se agregó a mi dolor una angustia cruel.
Temía que mis cuidados fueran contraproducentes. No recordaba las prescripciones del día anterior; diagnosticaba con inseguridad, vacilando y con timidez. Llamé a uno de mis compañeros, un joven hábil que ejercía en la ciudad próxima. Cuando llegó, el enfermito, ciego ya, estaba sumido en un coma profundo.
"Murió al día siguiente.
"Al año de aquella desdicha me llamaron en consulta desde la capital. El hecho no es frecuente; las causas que lo determinaron son extrañas, pero ahora no me interesan. Después de la consulta, el doctor C., médico de la prefectura, me hizo el honor de invitarme a almorzar con otros dos colegas. Almorzamos agradablemente. La conversación fue interesante y variada, y tomamos café en el gabinete del doctor. Al acercarme a la chimenea para dejar sobre el mármol mi taza vacía, vi junto al marco del espejo un retrato; me emocioné tan violentamente que no pude contener una exclamación. Era una miniatura, el retrato de un niño. Aquel niño se parecía de tal modo al que yo no pude salvar y en el cual pensaba todos los días desde su muerte, que de momento me sentí inclinado a creer que era el mismo. Sin embargo mi suposición resultaba un absurdo. El marco de madera negra con filo dorado atestiguaba el gusto de fines del siglo XVIII, y el niño de la miniatura vestía un traje a rayas rosas y blancas, como un Luis XVII en su niñez; pero el rostro era con exactitud el rostro de Eloy. La misma frente reveladora de firme voluntad, una frente de hombre bajo unos rizos de querubín; el mismo fuego en los ojos, la misma gracia enfermiza en los labios, en una palabra: sobre las mismas facciones la misma expresión. Debí estar bastante rato en contemplación de la miniatura, porque el dueño de la casa se acercó, me puso la mano sobre el hombro y me dijo:
"-Querido colega: esta es una reliquia familiar que me enorgullece. Mi abuelo materno fue amigo del hombre ilustre representado en esa miniatura.
"Le pregunté si podía decirme el nombre de aquel ilustre niño. Entonces descolgó la miniatura y me la ofreció:
"-Lea usted la fecha en el dorso -dijo-.
-Lyon 1787
-¿No le recuerda nada? ¿No? Pues ese niño de doce años es el famoso Ampere.
"En aquel instante comprendí con exactitud la importancia de lo que la muerte había destruido el año anterior en la granja de los Alies”.

 

 LESLIE WOOD

 

                                                          A la señora condesa de Martel-Jauville.

 

Daban un concierto y representaban una comedia en casa de la señora N..., boulevar Malesherbes.
Mientras los jóvenes, amontonados en las puertas del salón se asfixiaban con los cálidos perfumes de aquel campo de magníficos escotes, nosotros, los viejos contertulios, algo remolones, nos retrazamos para gozar del aire fresco en una salita desde donde no se veía nada y adonde llegaba la voz de la Réjane como el leve zumbido del revoloteo de una libélula. De vez en cuando se oían los ecos de risas y de aplausos que estallaban en aquel horno, y nos sentíamos inclinados a compadecer con benignidad un goce que no compartíamos. Nuestra conversación era insignificante hasta que uno de nosotros, al amable diputado B., nos dijo:
-¿No saben ustedes? Wood ha venido.
Esta noticia nos animó y produjo varias exclamaciones:
-¿Wood? ¿Leslie Wood? No es posible. Hace diez años que no se le ve en París, no se sabe dónde se encuentra.
-Se dice que ha fundado una república de negros a bordo del Victoria Nyanza.
-Ese es un cuento, pero nadie ignora que es enormemente rico y capaz de realizar imposibles. Yo sé que vive en Ceilán, en un palacio fantástico, entre jardines deliciosos, en los que durante la noche y el día danzan las bayaderas.
-¿Cómo pueden ustedes creer esas tonterías? La verdad es que Leslie Wood se fue con una Biblia y un rifle a evangelizar a los zulús.
El diputado B. insistió en voz baja:
-Está en el salón, vean ustedes.
Y señaló, con un movimiento de cabeza y de ojos, a un hombre apoyado en el marco de una puerta, dominando con su estatura las cabezas amontonadas delante de él, y que parecía seguir muy atento al espectáculo.
Aquella estatura atlética, aquel rostro enrojecido de patillas blancas, aquellos ojos claros, aquella mirada tranquila... No había duda, era Leslie Wood.
Recordando los admirables artículos que envió durante diez años al World, le dije a B.:
-Este hombre es el primer periodista de la época.
-Es posible que no le falte a usted razón -me respondió B.-; lo menos que puedo afirmar es que hace veinte años nadie conocía Europa como Leslie Wood.
El barón Moise, que nos oía, movió la cabeza:
-Ustedes no conocen a Wood; yo le conozco muy bien. Era, ante todo, un economista; nadie lo igualaba en lo referente a saber de negocios. ¿Por qué se ríe usted, princesa?
Recostaba en el sofá, sumida en el aburrimiento por no poder fumar un cigarrillo, la princesa Zevorina sonreía:
-Ninguno de ustedes conoce a Wood -dijo la princesa-. Wood ha sido siempre un místico y un enamorado.
-No creo eso -replicó el barón Moise-; pero me agradaría saber donde ha pasado ese maldito los mejores diez años de su vida.
-¿Cuáles son para usted los mejores diez años de la vida?
-De los cincuenta a los sesenta; se tiene ya una posición lograda y se puede gozar de todo. Pero podrá preguntarle al propio Wood, puesto que viene acercándose.
Los aplausos, más ruidosos que antes, indicaban que el espectáculo había terminado. Los vestidos de fracs abandonaban las puertas y se diseminaban por la salita, mientras la procesión de parejas se encaminaba hacia el comedor. Leslie Wood se dirigió hacia nosotros y nos saludo oprimiendo nuestras manos con plácida cordialidad.
-¡Un aparecido! ¡Un aparecido! -exclamó el barón Moise.
-¡Oh! -dijo Wood-, yo no puedo venir de tan lejos; el mundo es pequeño.
-¿Sabe usted lo que decía la princesa? Decía que usted es un místico, amigo Wood, ¿es verdad?
-Eso depende de lo que entiendan ustedes por místico.
-La palabra se explica por sí sola; un místico es el que se ocupa de los negocios del otro mundo; y me parece que usted conoce demasiado los de este mundo para ocuparse de los del otro.
-Se equivoca usted, Moise; los negocios del otro mundo son, indudablemente, los más importantes.
-Amigo Leslie Wood -exclamó el barón, zumbonamente-: usted es un hombre de ingenio.
La princesa replicó muy seria:
-¿Verdad, Wood, que no tiene usted ingenio? A mí me horrorizan los hombres ingeniosos.
La princesa se levantó:
-Wood: acompáñeme al comedor.
Una hora después, mientras M. G. encantaba con sus canciones a los hombres y a las mujeres, descubrí a Leslie Wood y a la princesa Zevorina en el comedor solitario.
La princesa hablaba entusiasmada, fieramente entusiasmada, del conde Tolstoy, de quien era muy amiga. Era fácil imaginar al famoso escritor como un hombre sencillo, con el traje y el alma de un mujic, haciendo zapatos para los pobres con aquellas manos que habían escrito obras maestras. Me sorprendió que Wood aprobara un género de vida tan contraria al sentido común. Con su voz un poco entrecortada, a la cual un principio de asma daba una especie de dulzura, decía:
-Ese Tolstoy tiene razón. Toda la filosofía se compendia en esta frase: "Hágase la voluntad de Dios" Ha comprendido que todas las desdichas humanas vienen de que existe una voluntad diferente a la voluntad divina. Sólo temo que desvirtúe tan hermosa doctrina con invenciones y extravagancias.
-¡Oh! -replicó la princesa en voz baja, y algo insegura-: ¡Oh!, la doctrina del conde sólo es extravagante en un punto: prolonga hasta una edad muy avanzada los derechos y los deberes de los esposos, e impone a los futuros santos la vejez fecunda de los patriarcas.
El viejo Wood respondió con exaltación contenida:
-Aun en esto es magnífico y poderoso. El amor físico y natural conviene a todas las criaturas de Dios, y si no lo estorban las confusiones y las inquietudes prolonga la simplicidad divina, la santa animalidad, sin la cual no hay salvación posible. Ese escepticismo sólo es orgullo y rebeldía. Téngase presente el ejemplo de Booz, el hombre honrado, y recuérdese que la Biblia hace del amor el pan de los viejos.
De pronto, entusiasmado, iluminado, transfigurado, en éxtasis, con los ojos, con los brazos, con toda el alma, se dirigió hacia algo invisible:
-¡Ana! ¡Ana! ¡Ana, mi adorada! ¿No es verdad que el Señor quiere que los santos y las santas gocen de sus amores con la humildad de los animales de los campos?
Luego, abrumado, se desplomó en un sillón. Un aliento espantoso agitó su ancho pecho, y en aquellas circunstancias parecía más robusto, semejante a esas máquinas que parecen más formidables cuando están rotas. La princesa Zevorina, sin inmutarse, le enjugó la frente con un pañuelo y le dio a beber un poco de agua.
Yo estaba sorprendido. No podía reconocer en aquel iluminado al hombre que tantas y tantas veces, en el estudio donde se amontonaban sus Blue-Books, me había explicado con gran lucidez los asuntos de Oriente, el tratado de Francfort y las crisis de la Bolsa. La princesa comprendió mi inquietud y, encogiéndose de hombros, me dijo:
-Es usted un verdadero francés; considera locos a todos los que no piensan como usted. Nuestro amigo Wood es lúcido, muy lucido. Oigamos a M. G...
Después de acompañar a la princesa hasta el salón decidí regresar a mi casa. En la sala de la entrada encontré a Wood poniéndose el abrigo. Me pareció que no se advertían en él rastros de su crisis.
-Amigo mío -me dijo-, creo que llevamos la misma dirección. Usted vivirá, como siempre, en el muelle Malaquais; yo esta vez me hospedo en un hotel de la calle de los Saints-Peres. En una noche como esta es un gusto caminar. Si usted quiere vámonos juntos y así conversamos por el camino.
Acepté su ofrecimiento. En la puerta me dio un cigarro y me ofreció la llama de un encendedor eléctrico.
-Es muy cómodo -me dijo, y expuso en pocas palabras su funcionamiento.
Reconocí al Wood de otros tiempos. Al principio la conversación giró sobre temas baladíes. De pronto, mi acompañante me puso la mano sobre el hombro y me dijo:
-Algunas de las palabras que he dicho esta noche han debido sorprenderle, y tal vez le agradaría que se las explicara.
-Todo lo de usted me interesa mucho, mi querido Wood.
-Voy a explicárselas porque usted merece mi confianza. No enfocamos de igual modo la vida, pero a usted no le asustan las ideas, y este es un valor poco frecuente, sobre todo en Francia.
-Creo, sin embargo, mi querido Wood, que el librepensamiento tiene raíces en Francia.
-¡Oh, no! Francia no es como Inglaterra, un pueblo de teólogos. Pero dejemos para otro día este asunto; ahora le diré en pocas palabras la historia de mis ideas. Cuando me conoció usted, hace quince años, yo era corresponsal del World, de Londres. El periodismo es allí más lucrativo y mejor considerado que aquí. Mi situación era buena, y creo que logré sacar de ella todo el partido posible. Sé de negocios e hice varios excelentes; conquisté en pocos años dos cosas muy envidiables: influencia y fortuna. Ya sabe usted que soy un hombre práctico.
"Nunca hice nada sin un objetivo, y sobre todo me preocupaba llegar al objetivo supremo: el sentido de la vida. Profundos estudios teológicos realizados desde mi juventud me indicaban que ese objeto estaba situado más allá de la existencia terrena, pero me quedaban dudas acerca de los medios prácticos para llegar a él y esto me hacía sufrir cruelmente. La incertidumbre es insoportable para un hombre de mi carácter.
"En tal estado de ánimo, seguí con atención profunda las investigaciones psíquicas de Willian Crookes, uno de los miembros más ilustres de la Academia Real. Lo conocía personalmente y lo estimaba tanto por su sabiduría como por su gentileza. Entonces hacía experimentos con una muchacha de facultades psíquicas muy singulares, y como Saúl en la antigüedad, se veía favorecido por la presencia de un fantasma auténtico.
"Una mujer encantadora que había vivido en otro tiempo entre nosotros y que existía ya en el ultra mundo, se prestaba a las experiencias del eminente espiritualista, sumisa a todo lo que él le pedía pero sin salirse nunca de ciertos límites. Supongo que aquellas investigaciones relativas al punto en que la existencia terrestre limita con la existencia extraterrestre, seguidas paso a paso, me hubieran conducido a descubrir lo que es indispensable conocer, o sea el verdadero sentido de la vida. Pero no tardé mucho en ver frustradas mis esperanzas. Las investigaciones de mi respetable amigo, aunque se desarrollaban con un método que no dejaba nada que desear, no conducían a una conclusión teológica y moral bastante clara.
"Por añadidura, Willian Crooke se vió de pronto privado de la colaboración de la incomparable señora fallecida que le había concedido amablemente tantas sesiones de espiritismo.
"Desalentado por la incredulidad pública y molesto por las burlas de sus compañeros, se negó a de publicar algún trabajo relativo a los conocimientos psíquicos. Le conté mis desencantos al reverendo Burthogge, a quien frecuentaba desde su regreso del África Austral, en donde anduvo evangelizado con un espíritu religioso y práctico verdaderamente digno de la vieja Inglaterra.
"El reverendo Burthogge es entre todos los hombres el que ejerció siempre sobre mí un dominio más enérgico y más poderoso.
-¿Será un hombre inteligentísimo? -pregunté.
-Su inteligencia doctrinal es profunda -me contestó Leslie Wood-; sobre todo sorprende su entereza de carácter y no ignorará usted, amigo mío, que es el carácter lo que influye principalmente en los hombres. Mis desilusiones no le causaron la menor sorpresa. Las atribuyó a mi falta de método y sobre todo a la debilidad moral que yo había demostrado en aquellas circunstancias.
"-Una investigación de orden científico –me explicó- sólo puede conducir a un descubrimiento del mismo orden. ¿Cómo es posible que no pensara usted en eso? Actuó usted con una extraña ligereza y mucha frivolidad, Leslie Wood. El espíritu busca al espíritu, como dijo el apóstol San Pablo. Para descubrir las verdades espirituales es preciso sumergirse en la vida espiritual.
"Estas palabras me produjeron una impresión profunda.
"-Reverendo padre -le dije-, ¿cómo podría yo sumergirme en la vida espiritual?
"-¡Por la pobreza y la sencillez! -me respondió el reverendo Burthogge-. Venda usted sus propiedades y reparta el dinero entre los pobres. Como es usted muy conocido, ocúltese.
“Ore, y realice obras caritativas. Haga usted lo posible para conseguir la sencillez y la pureza de su alma. Este es el camino de la verdad.
"Resolví seguir sus consejos al pie de la letra; presenté mi dimisión de corresponsal del World; junte mi fortuna que se hallaba entonces repartida en acciones de varios negocios, y temeroso de renovar el crimen de Ananías y de Safira, actué con toda la destreza posible para no perder ni un céntimo de aquellos capitales que ya no me pertenecían. El barón Moise, que me vio ejecutar difíciles operaciones económicas, tributaba elogios de religiosa admiración a mi genio financiero. Aconsejado por el reverendo Burthogge, deposité en la Caja de la Sociedad Evangélica las cantidades obtenidas de la venta de mis acciones, y cuando informé al eminente teólogo mi alegría de ser pobre, me dijo:
"-Cuide mucho de sentir en el pobreza sólo el triunfo de su energía. ¿De qué sirve despojarse de lo exterior si se conserva dentro el ídolo de oro? Sea humilde."
Leslie Wood decía estas palabras mientras llegábamos al puente Real. El Sena, donde retemblaban infinitos reflejos de luces, corría bajo los arcos del puente con sordo gemido.
-He de abreviar -prosiguió el narrador nocturno-. Para referir cada episodio de mi nueva vida necesitaría una noche entera. Burthogge, a quien yo obedecía como un niño, me envió al país de los Basutos con la misión de evitar la trata de negros. Viví en mi tienda de campaña con ese generoso compañero que se llama el peligro, víctima de la fiebre y de la sed, pero sentía la presencia de Dios.
"Al cabo de cinco años el reverendo Burthogge me ordenó volver a Inglaterra. En el barco encontré a una muchacha. ¡Qué encanto! ¡Qué aparición mil veces más resplandeciente que el fantasma que se le aparecía a William Crookes!
"Era la hija huérfana y pobre de un coronel del ejército de las Indias. La belleza de sus facciones no me pareció extraordinaria. La palidez de su rostro demacrado indicaba el sufrimiento, pero sus ojos expresaban todo lo que se puede imaginar de celestial. Su carne parecía iluminada suavemente por una luz interior. ¡Cuánto la amé! ¡De qué modo comprendí, al mirarla, el sentido oculto de la creación entera! ¡De qué modo aquella sencilla muchacha me reveló en una mirada la secreta armonía del mundo!
"¡Oh! ¡Qué modesta era mi iniciadora! ¡Mi adorable criatura, la dulce Anita Fraser! Leí en su alma transparente la simpatía con que fui correspondido. Una noche, una noche clara, mientras estábamos solos en el puente del buque bajo la asamblea seráfica de las estrellas que palpitan a coro en el cielo, la cogí una mano y le dije:
"-¡Anita Frase, la adoro! Comprendo que sería mi dicha tenerla por mujer, pero he renunciado a mi destino para que Dios me lleve por donde quiera. Ojalá nos una. Yo dejé mi voluntad en manos del reverendo Burthogge. Cuando lleguemos a Inglaterra iremos a visitarle juntos; ¿quiere usted, Anita Fraser? Y si él lo permite nos casaremos.
"Ella consintió; durante el resto de la travesía leímos la Biblia juntos
"En cuanto estuvimos en Londres, le presenté a mi compañera de viaje al reverendo Burthogge, y le dije lo que para mí significaba el amor de aquella mujer que había inundado mi corazón de luz.
"El reverendo Burthogge la contempló bondadosamente durante largo rato.
"-Pueden ustedes casarse -dijo al fin-; el Apóstol Pablo ha dicho: "Los esposos se santificarán el uno al otro." Pero que esta unión sea semejante a las uniones entre los cristianos de la primitiva Iglesia, que se limite a la pureza espiritual, y que la espada del ángel se interponga entre los dos en el lecho. Permanezcan humildes y castos. Que todo el mundo ignore su dicha y su nombre.
"Me casé con Anita Fraser y no es preciso decir que observamos exactamente la ley que el reverendo Burthogge nos impuso. Durante cuatro años aquella unión fraternal fue mi deleite.
"Por gracia de la sencilla Anita Fraser avancé mucho en el conocimiento de Dios. Nada podía hacernos sufrir.
"Anita estaba enferma, sus fuerzas declinaban y decíamos alegremente: "Que se cumpla la voluntad de Dios así en la tierra como en el cielo."
"Después de cuatro años de matrimonio, un día, el día de Navidad, el reverendo Burthogge me llamó:
"-Leslie Wood -me dijo-, le impuse a usted una prueba saludable; pero sería fomentar el error de los papistas creer que la unión de los seres conforme a los sentidos no es grata a Dios, que bendijo dos veces, en el Paraíso terrestre y en el arca de Noé, las parejas humanas y las de los animales; desde ahora en adelante viva usted con Anita Fraser como marido y mujer.
"Cuando volví a mi casa, Anita, mi adorable Anita, había muerto...
"Confieso mi debilidad. Pronuncié con los labios, pero no con el corazón, la frase: "Dios mío, cúmplase tu voluntad", y al pensar en lo que el reverendo Burthogge acababa de permitir a nuestro amor, sentí mi boca amarga y el corazón lleno de cenizas.
"Con el alma dolorida me arrodillé a los pies del lecho donde Anita dormía, bajo una cruz de rosas, blanca y silenciosa, con las pálidas violetas de la muerte en las mejillas.
"Hombre de poca fe, le dije "¡adiós!", y estuve durante ocho días sumido en una tristeza estéril rayana en la desesperación, precisamente cuando la conformidad absoluta debiera fortalecer mi alma y mi carne.
"En la noche del octavo día, mientras lloraba con la frente apoyada en el lecho vacío y helado, tuve de pronto la certeza de que mi Anita estaba cerca de mí, en mi alcoba.
"No me había engañado; alcé los ojos y la vi sonriente y luminosa con los brazos abiertos. Pero, ¿cómo expresar lo demás? ¿Cómo decir lo inefable? ¿Tales misterios de amor deben ser revelados?
"Seguramente cuando el reverendo Burthogge me dijo: "¡Viva usted con ella como marido y mujer!", no ignoraba que el amor es más fuerte que la muerte.
"Amigo mío: sepa usted que desde aquel momento de gracia y de dicha, mi esposa viene cada noche a embalsamar mi lecho con celestiales perfumes."
Hablaba con una exaltación espantosa.
Nos detuvimos delante de un hotel de humilde apariencia.
-Me hospedo aquí -dijo-. ¿Ve usted una claridad en aquella ventana del segundo piso? Ella me aguarda.
Y se despidió bruscamente.
Algunos días después, los periódicos publicaron la muerte repentina de Leslie Wood, antiguo corresponsal del World.

 

EL CAMAFEO


Cumpliendo su amable invitación, a las doce fui a su casa. Mientras almorzábamos en aquel comedor tan largo como una nave de iglesia, donde ha reunido un tesoro de antigüedades de plata, le hallé, no precisamente triste, pero sí muy caviloso. De cuando en cuando chisporroteaba en sus frases la elegancia sutil de su ingenio, y mostraba con sencillez sus delicados gustos artísticos o recordaba sus aficiones cinegéticas, tan apasionadas que no disminuyeron ni cuando se abrió la cabeza al caer del caballo; pero sus ideas se desvanecían de pronto, como si una tras otra chocaran en un obstáculo infranqueable.
De aquella conversación, bastante difícil y confusa, sólo pude entender que acababa de enviar un par de pavos reales blancos a su castillo de Raray, y que llevaba cerca de un mes completamente alejado de sus amigos, incluso de los más íntimos, como el señor y la señora de N***.
Era evidente que no me había invitado a su casa sólo para hacerme semejantes confidencias. Mientras tomábamos el café le pregunté si tenía algo que decirme de manera especial. Me miró sorprendido y exclamó:
-¿Si tengo algo que decirte?
-Naturalmente; recuerda tu carta; me escribiste: “Ven a almorzar mañana conmigo. Deseo hablarte.”
Al verlo silencioso y distraído ante lo que le dije, saqué su carta. En el sobre se veía su magnífica letra, un poco temblorosa, quizá. En el reverso tenía un sello de lacre violeta.
Se pasó la mano por la frente.
-Ya, ya recuerdo. Hazme el favor de ir a casa de Feral, donde te enseñarán un boceto de Rommey, una mujer muy joven con hermosa cabellera rubia, cuyos reflejos doran la frente y las mejillas... Sus pupilas azul oscuro se destacan sobre azules ojeras... En su piel hay frescura y ardor... Es una delicia, pero encuentro el brazo algo apergaminado... En fin: examínalo y procura enterarte de...
Se interrumpió.
Ya con la mano en el picaporte, dijo:
-Espérame. Voy a vestirme y nos iremos juntos.
Al quedarme solo en el comedor, me acerqué a la ventana y examiné el sello de lacre violeta con mayor atención que antes. Era una figura de camafeo: un sátiro que levantaba los velos de una ninfa dormida al pie de una pilastra y a la sombra de un laurel, asunto favorito de los pintores y los grabadores de la mejor época romana. Aquel vaciado me pareció excelente. La pureza del estilo, el incomparable sentimiento de la forma y la armonía de la composición en una obra del tamaño de una uña, daban al objeto importancia y grandeza.
Aún lo admiraba entusiasmado, cuando mi amigo asomó por la puerta entreabierta: traía el sombrero puesto y mostraba tener prisa por salir a la calle.
Elogie su sello y agregué:
-No te conocía tan hermosa piedra.
M respondió que era suya desde hacía muy poco tiempo, a lo más un mes y medio. Se la quitó del dedo, donde la llevaba montada en una sortija, y me la dio.
Es sabido que la mayoría de las piedras grabadas en ese hermoso estilo clásico, son cornalinas; por lo tanto me sorprendió ver una gema sin brillo, de color violeta oscuro.
-¡Vaya! –exclamé-. ¡Una amatista!
-Sí; una piedra triste, ¿verdad? Una piedra de mal augurio. ¿Crees que es antigua?
Mandó traer una lente. El cristal de aumento me permitió admirar mejor la finura del vaciado. Era, sin género de duda, una obra maestra de la glíptica griega de los primeros tiempos del Imperio, y no había visto nada más hermoso en el Museo de Nápoles, donde hay reunidas tantas piedras preciosas. Con el la lupa se distinguía sobre la columna truncada el emblema frecuentemente repetido en los monumentos consagrados a los personajes del ciclo de Baco. Se lo comenté.
Se encogió de hombros y sonrió. La piedra estaba montada al aire, y al examinar el reverso me extrañó ver algunos signos trazados con una torpeza chocante y que databan, evidentemente, de una época muy posterior al de la talla. Tenían cierto parecido con los grabados de los abraxas, tan familiares a los anticuarios, y a pesar de mi inexperiencia creí reconocer signos cabalísticos. Mi amigo opinaba de la misma manera.
-Dicen –me dijo- que es una fórmula mágica de las maldiciones que se encuentran en un poeta griego.
-¿En cuál?
-No los conozco bien.
-¿Teócrito?
-Quizá sea Teócrito.
Con la lente pude leer un grupo de cuatro letras.
XXXXX
-Eso no es una palabra –dijo mi amigo.
Le hice notar que en griego significaba.
KÈRÈ
Le devolví la piedra y la contempló largo rato con una especie de estupefacción antes de volver a ponérsela en el dedo. Luego impaciente, dijo:
-¡Vámonos, vámonos! Tú, ¿hacia dónde vas?
-Hacia la Magdalena; ¿y tú?
-Yo... ¿adónde voy?... ¡Ah, sí! Voy a casa de Gaulot a ver un caballo. No quiere formalizar la compra sin que yo le dé mi opinión; ya sabes que soy chalán, y hasta un poco veterinario. Soy también cambalachero, tapicero, arquitecto, horticultor, y en caso preciso, comisionista. Les daría ciento y raya a todos los judíos si no fuese tan fatigoso tratar con ellos.
Avanzamos por la avenida y mi amigo apresuró el paso con una agilidad que contrastaba con su indolencia habitual. Pronto anduvo con tanta rapidez que me costaba esfuerzo seguirle. Una mujer, elegantemente vestida, iba delante de nosotros. Me pidió fijarme en ella.
-Su cuerpo no es muy esbelto y su cintura algo ancha; pero mira su tobillo. Estoy seguro de que la pierna es encantadora. ¿Ves? Los caballos, las mujeres y todos los animales hermosos, están formados de igual manera. Sus miembros, gruesos y redondeados en las partes carnosas, van adelgazándose hacia las articulaciones, donde aparece la figura de los huesos. Mira esa mujer: de cintura arriba no vale nada; pero si bajas los ojos advertirás que su forma libre y potente va reduciendo las carnosidades hermosas y bien equilibradas. ¡Mira qué fina es la parte baja de la pierna! Estoy seguro de que tiene la corva pujante y esbelta, lo cual es verdaderamente admirable.
-No puede exigirse a una mujer que lo reúna todo, y debemos conformarnos con lo exquisito, éste donde éste. ¡Y aun así es difícil hallarlo!
Inmediatamente, por una misteriosa asociación de ideas, alzó el dedo meñique para contemplar su sortija. Yo le dije:
-¿Has sustituido con esta maravillosa bacanal tu escudo nobiliario, tu encina?
-¡Ah, sí! La famosa encina que simboliza la gloria de mis antepasados. Mi bisabuelo era, en Poitou, en tiempo de Luis Dieciséis, lo que se llama un hidalgo, es decir, un plebeyo ennoblecido. Luego fue miembro del Club revolucionario de Poitiers y acaparador de bienes nacionales, lo cual me asegura hoy la amistad de los príncipes y un rango en nuestra sociedad de israelitas americanos. ¿Por qué no uso mi heráldico arbolito, mi encina? ¿Por qué? Valía casi tanto como la encina de Dúchense de la Socotière, y la he sustituido por la bacanal, el laurel estéril y la pilastra simbólica.
Mientras pronunciaba esas últimas frases con énfasis burlón, pasábamos frente a la casa de su amigo Gaulot, pero no se detuvo ante la puerta de los picaportes de cobre en forma de Neptuno que relucen sobre la puerta como los grifos de un baño.
-¿No tenías mucha prisa por llegar a casa de Gaulot?
Como si no me oyese, apresuró el paso. En un instante llegamos a la calle de Matignon, en la cual se metió. Y a los pocos pasos se detuvo bruscamente ante una casa grande y triste de cinco pisos. Contemplaba con ansia y en silencio la pared lisa y estucada en la cual se abrían numerosos balcones.
-¿Vas a estar mucho tiempo aquí? –le pregunté-. ¿Sabes que en esta casa vive la señora de Cère?
Estaba seguro de que le irritaría el nombre de una mujer cuya falsa belleza, cuya famosa codicia y cuya estúpida presunción él había detestado siempre, y de la cual sospechaba que envejecida y asquerosa se dedicaba a robar encajes en las tiendas.
Pero con voz débil y lastimera me respondió:
-¿Estás seguro?
-Estoy seguro. ¡Mira! ¿Ves en los balcones del segundo piso esas cortinillas horribles con leopardos rojos?
Meneó la cabeza.
-La señora de Cère... sí, sí; creo que habita en esta casa. Me parece también que se asoma en este momento detrás de uno de esos leopardos rojos.
Sin duda tenía intención de visitarla. Le demostré mi sorpresa.
-En otro tiempo, cuando todo el mundo la encontraba hermosa y decorativa, cuando inspiraba pasiones fatales y amores trágicos, te desagradaba. Entonces decías: “El más leve contacto con esa mujer me produciría una repugnancia invencible. Además, tiene la espalda muy ancha y las muñecas muy gordas.” Y ahora, ¿descubres en la ruina de toda su persona uno de esos rinconcitos con los cuales debemos contentarnos, como indicabas hace un momento? ¿Qué piensas de la delgadez de su tobillo y de la nobleza de su alma? ¡Una vistosa facha, sin pecho ni caderas, que al entrar en un salón reviraba los ojos y atraía por ese único medio a un sinfín de imbéciles y vanidosos que se arruinan por mujeres que no se atreverían a desnudarse delante de un hombre!
Me detuve un poco avergonzado por hablar tan agresivamente contra alguien. Pero esa mujer había dado pruebas inequívocas de su horrible maldad y merecía el desprecio que me inspiraba y que no pude contener. De no tener la certeza de su infamia y de su perfidia seguro que no me hubiera expresado como lo hice. Además tuve el gusto de comprobar que Du Fau no había oído ni una palabra de todo lo que dije.
En voz alta, como si hablara consigo mismo, masculló:
-Que vaya o no vaya es igual. Desde hace mes y medio no consigo ir a algún sitio sin encontrármela. Es verdad que ahora frecuento salones adonde no había ido en muchos años y a los cuales ahora vuelvo sin saber la razón. ¡Vaya unas casas!
Le dejé plantado delante de la puerta abierta, sin explicarme la atracción que lo detenía. Que Du Fau, a quien horrorizaba la señora de Cère cuando era hermosa, y que había rechazado sus insinuaciones en los años de esplendor, la persiguiera vieja y morfinómana, tal vez fuera resultado de alguna depravación extraña de mi amigo. Me atrevería a asegurar que semejante perversidad sensorial es imposible, si se pudiera afirmar con seguridad sobre el oscuro dominio de la patología pasional.
Un mes después tuve que salir de París sin haber visto nuevamente a Pablo Du Fau. Después de pasar algunos días en Bretaña fui a Trouville, a casa de mi prima B***, que allí vivía con sus hijos. Dediqué la primera semana de mi estancia en Alcyons a dar lecciones de acuarela a mis sobrinas, a manejar armas con mis sobrinos y a oír a mi prima tocar al piano música de Wagner.
El domingo por la mañana los acompañé a la iglesia, y mientras ellos escuchaban misa di una vuelta por la ciudad. Camine por la calle donde abundan las tiendas de juguetes, calle que conduce a la plaza, y de pronto apareció la señora de Cère frente a mí. Se dirigía a las casetas, sola, triste, abandonada, arrastrando los pies como si llevase zuecos. Su vestido, humilde y deslucido, parecía caérsele del cuerpo. Le vi la cara, y sus ojos hundidos, su mirada apagada y su boca torcida me asustaron. Mientras las mujeres la observaban de reojo, ella andaba sola, triste, indiferente.
Sin duda, la pobre mujer estaba envenenada por la morfina. Al final de la calle se detuvo ante la tienda de la señora Guillot y extendió su mano temblorosa para palpar los encajes. En aquel momento, su mirada codiciosa me recordó lo que se decía de sus atrevidos hurtos en los grandes almacenes. La señora Guillot se asomó a la puerta despidiendo a unos clientes, y la señora de Cère, sorprendida, soltó los encajes y prosiguió su desolado camino hacia la playa.
-¡Ya no me compra usted nada! ¡Que mal parroquiano es usted! –exclamó la señora Guillot al verme-. Quiero enseñarle los abanicos y alfileres que tanto les gustan a sus sobrinas.
Y al ver alejarse a la señora de Cère, meneó la cabeza como diciendo: “¡Eh! ¿No es una desgracia?”
Elegí algunos alfileres, y mientras la tendera empacaba mis compras, vi a través de los cristales a Du Fau, que se dirigía hacia la playa. Andaba muy deprisa, con aspecto preocupado. Igual que las personas inquietas, se mordía las uñas, y noté que lucía en un dedo la amatista. Ver a Du Fau me sorprendió, tanto más cuanto que me había dicho que por estas fechas estaría en Dinard, donde tiene una casa pequeña y donde monta caballo. Fui a la iglesia para recoger a mi prima y le pregunté si tenía conocimiento de la estancia de Du Fau en Trouville. Mi prima me respondió afirmativamente, y añadió, un poco azorada:
-Nuestro pobre amigo se pone a diario en ridículo; no se aparta de esa mujer. Y realmente...
Se detuvo; luego continuó:
-Es él quien la persigue con insistencia. ¡Una cosa inexplicable!
¡La perseguía!
Al día siguiente pude cerciorarme de que mi prima no exageraba. Du Fau era un verdadero perseguidor de la señora Cère, ¡y del señor Cère!, del cual no se sabe aún si es un marido complaciente o un estúpido. Pero la imbecilidad lo ha salvado. Subsisten algunas dudas acerca de su infamia. En otro tiempo aquella mujer hizo verdaderas locuras para agradar a Du Fau, entonces muy complaciente con los matrimonios apurados y fastuosos; pero Du Fau no disimulaba su apatía ante ella y llegó a decir en presencia de la señora de Cère: “Una mujer artificialmente hermosa es más desagradable que una fea. De una fea puedo esperar sorpresas gratas; la otra es un fruto lleno de ceniza.” En aquella ocasión, la energía del sentimiento elevaba la palabra de Du Fau al estilo de la Santa Escritura.
Ahora era la señora de Cère la que no se interesaba por mi amigo; indiferente a los hombres, sólo estimaba su jeringuilla de Parvas y a su amiga la condesa V***, de la cual no solía separarse; pero no se dieron malas interpretaciones a su intimidad, porque las dos estaban casi moribundas. Du Fau las acompañaba en los paseos. Un día lo vi cargado los abrigos y los enormes gemelos del señor Cère. Finalmente consiguió pasear en lancha con la señora de Cère, y aquello produjo en toda la playa una dolorosa burla.
Es natural que, al verle de tal modo acompañado, sintiera pocos deseos de frecuentarlo, y como durante los días que estuve en Trouville siempre lo vi medio sonámbulo, apenas logré cambiar diez palabras con mi pobre amigo, consagrado en absoluto a servir y acompañar a la señora de Cère y a la condesa V***.
Lo volví a encontrar una noche en París, en casa de mis vecinos, los señores N***, que gustan atender a sus invitados con amabilidad y distinción. Reconocí en la elegancia discreta de la casa de la avenida de Kléber, el delicado gusto de la señora N*** y el de Du Fau, con el cual simpatizaba mucho y la había aconsejado en la decoración. Era una reunión íntima, en la cual Du Fau mostraba, como en sus mejores tiempos, su característico ingenio y aquella refinada delicadeza, que se transforma, sin saber cómo, en una brusquedad arbitraria. La señora de N*** es una mujer inteligente, y su conversación resulta interesante. Sin embargo, las primeras palabras que oí al entrar fueron de una frivolidad asombrosa. Un magistrado, el señor Nicolau, refería detalladamente la conocidísima historia de aquella garita en la cual todos los centinelas se suicidaban, y que fue destruida para finalizar con aquel inexplicable contagio. Luego, la señora de N*** me preguntó si yo creía en los talismanes. El magistrado, señor Nicolau, me evitó la molestia de contestar, asegurando que yo era supersticioso, puesto que soy incrédulo.
-No se engaña usted –replicó la señora N***-. No cree en Dios ni en el diablo, y le seducen las historias del otro mundo.
Contemplé a la deliciosa mujer mientras hablaba. Admiraba la belleza encantadora de sus mejillas, de su cuello y de sus hombros; toda su persona es original y atractiva. Ignoro lo que opinaba Du Fau del pie de la señora N***, pero a mí me parecía encantador.
Pablo Du Fau se acercó a saludarme. Observé que no llevaba la sortija en el dedo.
-¿Qué has hecho de tu amatista?
-La he perdido.
-¿Has perdido el más precioso camafeo de cuantos grabaron en Roma y en Nápoles?
Sin dejarle tiempo de contestar, el señor N***, que no le abandonaba ni un momento, exclamó:
-Sí; es una historia extraña. Ha perdido su amatista.
N***, hombre bonachón, confiado, bastante grueso y de una sencillez que a veces hace reír, llamó ruidosamente a su mujer:
-Marta, hija mía, un amigo nuestro ignora que Du Fau ha perdido su amatista.
Y, volviéndose hacia mí, prosiguió:
-Es toda una historia. Imagínese que Du Fau nos tenía completamente olvidados. Con frecuencia le preguntaba a mi mujer: “Pero ¿qué les has hecho a Du Fau?” Y ella me respondía: “¿Yo? Nada; no sé nada.” Aquello era incomprensible y aumentó nuestra sorpresa cuando supimos que andaba siguiendo siempre a la señora de Cère.
La señora de N*** interrumpió a su marido:
-Pero ¿qué interés puede tener esto?
N*** insistió:
-Permíteme, hija mía. Lo cuento para explicar la historia de la famosa amatista. Este verano, nuestro amigo Du Fau se negó a ir con nosotros al campo, como es costumbre, adonde mi mujer y yo insistimos en invitarlo con mucha cordialidad, pero él prefirió estar en Trouville, en casa de su prima, la señora Maureil, donde, sin duda, se aburrió muy lindamente.
Y como la señora N*** protestara, su marido insistió:
-Sí, donde, sin duda se aburrió muy lindamente. Paseaba en la lancha todo el día con la señora de Cère.
Du Fau nos indicó que no había una palabra de verdad en todo lo que se decía. N*** dio un golpecito en el hombro de su amigo, diciéndole:
-Atrévete a desmentirme.
Y siguió con su relato:
-Du Fau paseaba en lancha todo el día con la señora de Cère, mejor dicho, con su sombra, porque la señora de Cère, según cuentan, ya no es ni la sombra de lo que ha sido. El señor de Cère se quedaba en la playa con sus gemelos. Una de aquellas tardes, Du Fau perdió su amatista. A raíz de semejante contratiempo no quiso permanecer en Trouville ni un solo día más. Abandonó la playa sin despedirse de nadie, tomó el tren y se presentó en nuestra casa de Eyzies, donde ya no lo esperábamos. Eran las dos de la madrugada. “Aquí estoy”, me dijo con absoluta tranquilidad. ¡Qué original!
-¿Y la amatista? –pregunté.
“-La verdad –repuso Du Fau- es que se me cayó al mar. Descansa entre la suave arena. Por lo menos esto es lo que se ha de suponer pues a mí ningún pescador me la ha devuelto metida en el vientre de un pescado, como es costumbre.”

***

Al cabo de unos días fui, como suelo hacerlo con frecuencia, a casa de Hendel, en la calle de Châteaudun, para preguntarle si tenía alguna novedad que pudiera interesarme. Sabe que prefiero sobre todo los bronces y los mármoles antiguos. Abrió silenciosamente una vitrina apartada, en donde solo husmean los más entusiastas coleccionistas, y sacó un escriba egipcio en piedra y de estilo primitivo. ¡Una joya! Pero cuando supe su precio lo volví a colocar yo mismo en su lugar, no sin dirigirle antes una mirada cariñosa. Vi entonces en la vitrina un sello de lacre: reproducía las figuras que admiré tanto en el camafeo de Du Fau.
Reconocí la ninfa, la pilastra y el laurel. Era imposible dudar.
-¿Ha tenido usted el camafeo? –pregunté.
-Lo vendí el año pasado.
-Es una magnífica piedra. ¿Dónde la compró usted?
-Había pertenecido a Marco Delion, el banquero que se suicidó hace ya cerca de cinco años por causa de una señora galante… la señora... quizá la conozca usted..., la señora de Cère…

 

LA HIJA DE LILITH


Había tomado el tren en París al oscurecer, y pasé una interminable, silenciosa y helada noche arrinconado y encogido en un extremo del vagón.
Nevaba, y tuve que aguardar seis horas interminables en X, porque hasta después del mediodía no conseguí encontrar un campesino que pudiese llevarme a Artigues en su carricoche.
La llanura, que forma ligeras ondulaciones a uno y otro lado del camino, y que había visto en otra época bañada por un espléndido Sol, estaba cubierta de una espesa capa de nieve sobre la cual se retorcían los troncos negros de las viñas. Mi acompañante arreaba tranquilamente a su viejo caballo, y avanzábamos envueltos en un silencio profundo, a intervalos desgarrado por el angustioso chillido de un pajarraco.
En la tristeza mortal que invadía mi corazón surgía esta plegaria: "¡Dios mío, Dios misericordioso! Líbrame de la desesperación y no permitas que, después de tantos errores, cometa el único pecado que no me perdonarías".
Luego vi el Sol, rojo y sin irradiaciones de luz, que descendía en el horizonte como una hostia ensangrentada. Me hizo recordar el divino sacrificio del Calvario, y sentí renacer en mi espíritu la esperanza.
Las ruedas del carricoche continuaron durante largo rato aún haciendo crujir la nieve que aplastaban. Al fin mi guía me indicó con el extremo de su látigo el campanario de Artigues, que se alzaba como una sombra entre la bruma rojiza.
-Ya llegamos -dijo el buen hombre; y me preguntó-: ¿Se bajará en el presbiterio? ¿Conoce al señor cura?
-Le conozco desde la infancia. Fue mi maestro; me enseñó a leer.
-¿Es un sabio, de esos que sacan muchas cosas de los libros?
-¡Ya lo creo! El señor Safrac es tan sabio como virtuoso.
-Uno dicen eso, y otros dicen otra cosa.
-¿Qué dicen, amigo?
-Dicen lo que les parece, y como yo no he de arreglar nada, los dejo decir.
-Pero, ¿qué dicen?
-Algunos creen que el señor cura es brujo y que adivina lo que ha de suceder.
-¡Qué disparate!
-Yo no digo que sí ni que no; pero si el señor Safrac no es brujo, de esos que saben todo lo que sucederá, ¿de que le sirvió leer tanto?
El carricoche se detuvo frente al presbiterio.
Me despedí de aquel pobre ignorante y seguí a la criada del cura, la cual me condujo al comedor, donde se hallaba su amo junto a la mesa ya servida. Me pareció que la fisonomía y el aspecto del señor Safrac habían sufrido grandes alteraciones en los tres años que pasaron desde la última vez que lo vi. Hallé su cuerpo encorvado, de una delgadez extrema; sus ojos penetrantes brillaban sobre su rostro macilento. Su nariz me pareció más larga y muy caída sobre la boca de labios descoloridos. Me abrace a él y le dije entre sollozos:
-¡Padre mío! He pecado y busco refugio en su virtud y en su sabiduría. ¡Oh, padre mío, viejo maestro cuyo saber profundo y misterioso atemorizó mi espíritu, pero que tranquilizaba mi alma descubriéndome su corazón maternal: aparte a su criatura del abismo que me atrae! ¡Oh, mi único amparo! ¡acójame! ¡Oh, mi única luz! ¡ilumíname!
Me abrazó sonriente, con aquella bondad exquisita de que tantas veces me dio pruebas en los primeros años de mi juventud, y retrocediendo, como si midiese la distancia precisa para contemplarme a su gusto:
-¡Eh! ¡Adiós! -me dijo, con las palabras características de su país, pues el señor Safrac nació a orillas del Garona entre los vinos ilustres que parecen el emblema de su alma generosa y perfumada.
Después de haber sido profesor de filosofía en los seminarios de Burdeos, Poitiers y París, pidió como toda recompensa una humilde parroquia en la tierra donde había nacido y donde quería morir. Llevaba ya seis años en la iglesia de Artigues, practicando en aquel pueblecito ignorado la más humilde piedad y la ciencia más elevada.
-¡Eh! ¡Adiós, hijo mío! -repetía-. Escribiste, anunciándome tu venida, una carta que me ha conmovido profundamente. ¿De manera que no has olvidado a tu viejo maestro?
Quise arrodillarme a sus pies balbuciendo aún: "¡Acógeme" ¡Ilumíname! ¡Sálvame!" pero me detuvo con un gesto imperativo y cariñoso a la vez que me decía:
-Ary, mañana me consultarás lo que piensas consultarme. Ahora, caliéntate y recupérate. Cenaremos. Debes tener mucho frío y no poca hambre.
La criada colocó sobre la mesa una sopera de la cual salía una columna de humo de muy agradable olor.
La criada era una vieja cuyos cabellos blancos ocultaba un ceñido pañuelo negro y en cuyo rostro, arrugado y seco, reñían la belleza natural y la fealdad de la decrepitud. Me hallaba profundamente anonadado, y la paz de aquella santa casa, el alegre chisporroteo de una lumbre de sarmientos, el mantel blanco, el vino en las copas y los platos humeantes sosegaron poco a poco mi alma. Mientras comía casi olvidé que buscaba el amparo del sabio sacerdote para trocar las arideces de mis pecados por el fecundo rocío del arrepentimiento. El señor Safrac me recordó las horas ya lejanas que nos habían reunido en el colegio donde él enseñaba filosofía.
-Ary -me dijo-, fuiste el más inteligente de mis alumnos. Tu clarividencia se adelantaba siempre a las demostraciones del maestro. Así te hiciste querer y te preferí entre todos. Me agrada la intrepidez en un buen cristiano. La fe no debe ser tímida, y menos aún cuando la impiedad nos impone una audacia indomable. Actualmente la Iglesia católica sólo cuenta con sus corderos y necesita leones; ¿quién nos devolverá los santos padres y a aquellos doctores cuya perspicacia abarcaba todas las ciencias? La verdad es como el Sol: para enfrentarla es necesario tener ojos de águila.
-¡Ah! señor Safrac, usted abarcó todas las cuestiones con ojos suspicaces. Recuerdo que sus juicios más de una vez escandalizaron a los mismos que lo veneraban por la pureza de sus costumbres y su mucha piedad. Para usted no hubo nunca novedades peligrosas y las admitía sin temor, inclinándose, por ejemplo, a suponer posible la pluralidad de los mundos habitados.
Sus ojos se animaron:
-¿Qué dirán los tímidos cuando lean mi obra? Bajo este Sol espléndido, en esta fecunda tierra que Dios formó con singular delicia, he meditado, he trabajado. Ya sabes que conozco bastante bien el hebreo, el persa, el árabe y varios idiomas de la India. Tampoco ignoras que traje a esta casa una biblioteca muy rica en manuscritos antiguos. Logré tener un profundo conocimiento de las lenguas y las tradiciones del Oriente primitivo. Este arduo trabajo, Dios mediante, no será estéril. He terminado ya mi obra fundamental, que rotulo con una sola palabra: Orígenes, en cuyas páginas fortalezco y apoyo la exégesis sagrada, cuya derrota inminente creyó conseguida la ciencia de los impíos. Dios ha dispuesto, Ary, en su infinita misericordia, que la Ciencia y la Fe se reconciliasen al fin por completo, como hermanas que son. Para conseguir este acuerdo absoluto lo he cimentado así: "Todo lo contenido en la Biblia, inspirada por el Espíritu Santo, es verdad; pero la Biblia no contiene toda la verdad." Y ¿para qué necesita contener toda la verdad cuando su objetivo único era informarnos de lo indispensable a nuestra bienaventuranza?
“Por esto no toma en consideración cuanto no se ciñe a su designio maravilloso, y es tan sencillo como gigantesco su plan, continuó. Abarca la caída y la redención. Es la historia divina del hombre, completa, sin rebasar nunca sus justos límites. Nada en ella tiende a satisfacer curiosidades profanas. Pero no debemos consentir que la ciencia de los impíos continúe interpretando como ignorancia el silencio de Dios. Ha llegado la hora de gritar: "¡No! ¡La Biblia no ha mentido porque no nos haya revelado todo!" Tal es la verdad que yo proclamo.
"Con el auxilio de la Geología, de la Arqueología prehistórica, de las cosmogonías orientales, de los monumentos híticos y sumerianos, de las tradiciones caldeas y babilónicas, y de las antiguas leyendas conservadas en el Talmud, afirmo la existencia de los preadamitas, de quienes el inspirado autor del Génesis no habla, por la sencilla razón de que no interesa a la bienaventuranza de los hijos de Adán. Y esto no es todo: el minucioso examen de los primeros capítulos del Génesis me ha demostrado la existencia de dos creaciones sucesivas apartadas por un tiempo indefinido, no siendo la segunda más que algo así como adaptación de una parte de la tierra a las necesidades de Adán y de su progenie."
Se detuvo un momento y prosiguió después en voz baja, con una gravedad realmente religiosa:
-Yo, Marcial Safrac, sacerdote indigno, doctor en Teología, sumiso como un hijo obediente a la autoridad de nuestra Santa Madre la Iglesia: afirmo con absoluta independencia (salvo la reserva expresa de la autoridad de nuestro Santo Pontífice y de los Concilios): que Adán, creado a imagen de Dios, tuvo dos mujeres, de las cuales Eva fue la segunda.
Aquellas improvisadas palabras me distrajeron poco a poco de mis preocupaciones; me inspiraban singular interés.
Y sentí una decepción, como si me privasen de algo que ya consideraba mío, cuando el señor Safrac con los codos apoyados sobre la mesa me dijo:
-Hablemos de otra cosa. Es posible que leas algún día mi obra que te instruirá más que mis palabras acerca del asunto. Para cumplir con mi deber he sometido mi trabajo a la censura eclesiástica; he solicitado la aprobación de Su Eminencia. El manuscrito está en el Arzobispado y espero de un momento a otro una respuesta que no dudo será favorable. Hijo mío, saborea las setas de nuestros bosques, el vino de nuestra cosecha, y dime si este país no es la segunda tierra de promisión de la cual sólo fue la primera el anuncio y la profecía.
Desde aquel momento la conversación, más familiar, versó acerca de nuestros recuerdos comunes.
-Sí, hijo mío -me dijo el señor Safrac-, eres mi discípulo predilecto. Dios consiente las preferencias cuando están fundadas en un juicio razonado. Yo advertía en ti condiciones para llegar a ser un hombre de provecho y un buen cristiano. Tampoco te faltaban defectos, pero ¿quién no los tiene? Tu carácter era desigual, voluble; te apasionabas con facilidad. Ardores no revelados aún, dormían en tu alma. Me agradabas por tu mucha ingenuidad; me complacía tu excesiva inquietud, igual que en otro de mis discípulos encontraba cualidades absolutamente contrarias a la tuya; en Pablo Ervy me interesó la inquebrantable firmeza de sentimientos y de voluntad.
¡Pablo Ervy! Al oír aquel nombre me ruboricé; tuve que hacer un esfuerzo para reprimirme, para no gritar, y cuando quise decir algo que disimulara mi turbación no encontré palabras. Afortunadamente no pareció darse cuenta de todo ello el señor Safrac.
-Si la memoria no me engaña, era tu mejor amigo -añadió-. Mantienen todavía una buena amistad, ¿verdad? Esos afectos arraigados en la infancia, perduran. Supe que se dedicó a la carrera diplomática y que se presentaba ante él un brillante porvenir. Deseo que mejoren los tiempos y que pronto lo envíen de embajador a la Santa Sede. ¡Qué noble corazón! Era para ti lo que se llama un verdadero amigo.
-Padre -dije penosamente-, mañana le hablaré de Pablo y de otra persona.
El señor Safrac me oprimió la mano. Nos despedimos, y me retiré a la habitación que me habían destinado. En aquella cama perfumada con espliego soñé que aún era niño, y arrodillado en la capilla del colegio me divertía en contemplar las mujeres de blanca y espléndida belleza que llenaban la tribuna. De pronto una voz misteriosa, como salida de entre las nubes, resonó sobre mi cabeza y me dijo: "Ary, pretendes amarlas en Dios; pero amas a Dios en ellas".
Al despertarme temprano, vi al señor Safrac de pie a la cabecera de mi cama.
-Ary -me dijo-, levántate para oír la misa que rezaré a tu intención, y cuando haya terminado el Santo Sacrificio estaré preparado para escuchar lo que te propones decirme.
La iglesia de Artigues es un pequeño santuario de estilo románico, muy floreciente aún en la Aquitania durante el siglo XII. Al restaurarla hace veinte años, añadieron un campanario que no figuraba en el proyecto primitivo. Acaso por ser pobre ha conservado la pura desnudez de su arte. Procuré limitar mi atención todo lo posible a las oraciones del celebrante, y luego volví con él al presbiterio. Nos sirvieron el desayuno: un vaso de leche y un poco de pan, y luego nos recluimos en el dormitorio del sacerdote.
Después de acercar una silla a la chimenea, sobre la cual había un crucifijo, me invitó a sentarme; se acomodó junto a mí en actitud atenta, y mientras a cielo abierto nevaba sin cesar, bajo las tejas y junto a la lumbre desbordé mi corazón.
-Padre mío -dije-: hace diez años que, al abandonar sus enseñanzas, me lancé al mundo. No perdí la religión, pero desgraciadamente no supe conservar su pureza. Sería inútil y enojoso referirle mi vida; usted, mi consejero espiritual, único director de mi conciencia, ya la conoce. Además, tengo inquietud y deseo de llegar al punto en que la sentí desbaratada y trastornada por completo. Hace un año que mi familia resolvió casarme, y consentí gustoso en ello. La criatura que destinaban a ser mi compañera reunía todas las condiciones que ambicionan por lo general los padres. También era bonita; me gustó de tal modo, que un matrimonio de conveniencia se convertía para mí en un matrimonio de amor. Pedí su mano, se hicieron todos los preparativos de la boda, y supuse que la ternura, el íntimo goce y la honrada tranquilidad habían arraigado en mi vida para siempre, cuando recibí una carta de mi amigo Pablo Ervy en la que me comunicaba su regreso a París y manifestaba vivos deseos de verme. Fui a su casa y le anuncié mi próximo enlace. Me felicitó muy cordialmente.
"-Hermano mío -me dijo-, tu dicha me satisface mucho.
"Le propuse que asistiese a mi boda como testigo, y aceptó gustoso. La fecha estaba fijada para el 15 de mayo, y Pablo no tenía intención de volver a su destino, en la embajada de Constantinopla, hasta primeros de junio.
"-Ya ves que soy afortunado -le dije-. ¿Y tú?
"-¡Ah! Yo -exclamó con una sonrisa triste y alegre al mismo tiempo-, yo, amigo mío, no sé lo que me pasa. Estoy loco... Una mujer... ¡Ary, soy muy feliz o muy desgraciado! ¿Qué nombre le daremos a la felicidad que se adquiere por medios infames? Traicioné, desconsolé a un excelente amigo. Allá, en Constantinopla, le robé la...
El señor Safrac me interrumpió, diciendo:
-Hijo mío: suprime del relato las faltas ajenas, y suprime los nombres de las personas al acusar tus propias faltas.
Hice promesa de hacerlo como me ordenaba, y continúe mi relato:
-Cuando acababa Pablo de hacerme su confesión, una mujer entró en la habitación. Indudablemente era ella; no podía ser otra. La cubría una bata de color azul; su traje y sus maneras me convencieron de que era de la casa. Con una sola palabra describiré la terrible impresión que me produjo: no me pareció un ser natural. Comprendo lo vago de la palabra y que no es suficiente para explicar lo que pensé, pero ahora no se me ocurre otra palabra que lo exprese mejor y, además, la continuación de la historia acabará por hacerla oportuna y comprensible. Aquella mujer, en la expresión de sus ojos dorados que relampagueaban, en la cisura de su boca enigmática, en la transparencia de su carne a la vez morena y blanca, en la trabazón de sus líneas chocantes y armoniosas a un tiempo, en el ritmo de su andar ligero, y hasta en sus brazos desnudos que parecían sustentar unas alas invisibles; en todo su ser ardiente y vaporoso revelaba un algo inferior y superior a la mujer tal como Dios la hizo en su bondad infinita para que fuese nuestra compañera en este mundanal destierro. Desde el instante en que la vi, una congoja invadió mi alma llenándola por completo, y tuve la seguridad de que después de ver aquella fascinadora mujer no podía interesarme en ninguna otra.
"Pablo había fruncido ligeramente su entrecejo al verla entrar, pero se dominó y hasta hizo lo posible para sonreír.
"-Leila, te presento a mi mejor amigo.
"Leila respondió:
"-Ya conozco al señor Ary.
"Aquellas palabras me sorprendieron porque yo estaba seguro de que nunca nos habíamos visto, pero el acento en que fueron pronunciadas me admiró más aún. Si el cristal hablara, así lo haría.
"-Mi amigo Ary -añadió Pablo- se casará pronto, y voy a ser testigo de su boda.
"En las doradas pupilas de Leila, después de las palabras de su esposo, leí claramente su resolución: Ary no se casará.
"Me despedí preocupado y mi amigo no demostró el menor deseo de retenerme. Pasé todo el día vagando por las calles, en un ir y venir sin objeto, con el corazón dolorido y anhelante. Luego, deteniéndome por casualidad junto a un puesto de flores, me acordé de mi prometida y le compré un ramo de lilas blancas. Apenas había agarrado aquel ramo, cuando una manecita muy suave me lo quitó, y vi a Leila, sonriente, que se alejaba con la presa. Vestía una falda gris, un gabán del mismo color y un sombrerito redondo. Aquel traje de parisiense no armonizaba (y lo advertí de pronto, a pesar de mi entusiasmo ardoroso) con la maravillosa hermosura de aquella mujer; se le notaba como un improvisado disfraz. Pero, a pesar de todo, al verla sentí que un amor inextinguible me hacía su esclavo. Quise alcanzarla y no lo conseguí; desapareció entre los transeúntes y los coches.
"Desde aquel día me fue imposible vivir tranquilo. Visité a Pablo muchas veces y no tuve la fortuna de encontrar a mi adorada ni una sola vez. Mi amigo me recibía muy afectuosamente, y nunca me hablaba de Leila. No teníamos tema de conversación, y yo me retiraba fastidiado. Al fin un día me dijo el criado: "El señor ha salido..." Y añadió: "¿Desea el señor ver a la señora?" Contesté un sí... ¡Ay, padre mío! ¿Qué lágrimas de sangre bastarían para borrar aquella sencilla palabra? Me recibió Leila recostada en un diván del salón, envuelta en una bata como de oro, cuyo borde le cubría los pies. La vi... Me deslumbró, me dejó ciego. Mi garganta estaba seca; no supe hablar. Un vaho de mirra y aromas ardientes me embriagó; languidecí, presa de invencible deseo cono si todos los perfumes del Oriente hubiesen penetrado a la vez en mi olfato ansioso. No, no era como las otras mujeres, pues nada humano se advertía en su hermosura; su rostro no expresaba ningún sentimiento bueno ni malo; solamente fluía de dejadez una voluptuosidad penetrante, a la vez lasciva y candorosa.
"Al darse cuenta de mi turbación, con un timbre de voz más cristalino que los rumores de los arroyuelos entre los árboles, me dijo:
"-¿Qué le sucede?
"Me arrojé a su pies, sollozando:
"-¡La quiero con locura!... –casi grité.
"Abrió los brazos, dándome con una mirada toda la luz de sus ojos de abrasadora pureza, y casi cantó:
"-¿Por qué no me lo dijo antes?
"¡Momento feliz! Estreché con pasión a Leila y me pareció que, unidos así, nos elevábamos hasta el cielo y que todo el cielo era para nosotros. Me sintí igual a Dios, creía oprimir entre mis brazos toda la belleza del mundo, todas las armonías de la naturaleza, las estrellas, las flores, los bosques, los ríos y los mares profundos. Había encerrado el infinito en un beso..."
Al oír aquellas palabras, el sacerdote, que venía escuchando mi confesión con visible impaciencia, se puso en pie, se aproximó a la chimenea y, después de levantar la sotana por encima de las rodillas para calentarse las piernas, me dijo con una severidad rayana casi en desprecio:
-¡Eres un blasfemo miserable, y en vez de aborrecer tus crímenes te deleitas confesándolos y acaricias con su recuerdo tu orgullo! ¡No quiero saber más!
Entonces mis ojos se inundaron de llanto y humildemente le pedí que me perdonara. Seguro de mi arrepentimiento poco después me autorizó para continuar mi confesión, y me aleccionó para que mis recuerdos lascivos me inspirasen odio y no deleite.
Reanudé mi relato esforzándome por abreviarlo todo lo posible:
-Padre mío: me separé de Leila desgarrado por el remordimiento, Pero al día siguiente ella se presentó en mi casa, y desde entonces sus continuas visitas complicaron mi existencia en un abrumador laberinto de goces y torturas. Tuve celos de Pablo; lo odiaba en lugar de compadecerlo por mi traición; y sufrí mucho. No existe, sin duda, una dolencia más envilecedora que los celos, ni que ciegue las almas con tan odiosas imágenes. Leila no se dignaba mentir para consolarme. Como tengo presente que hablo a un venerable sacerdote, no molestaré su atención con observaciones repugnantes, pero es forzoso decir que Leila parecía mantenerse absolutamente indiferente al amor que me inspiraba. Sus encantos habían infundido en mí ser todos los venenos de la voluptuosidad. Me di cuenta que no sabría prescindir de su amor y me aterraba la idea de perderlo. Leila carecía en absoluto de lo que se llama sentido moral, y sin embargo no se mostraba nunca perversa ni cruel; al contrario: era muy dulce y compasiva. Tampoco dejaba de ser inteligente, pero su inteligencia era muy distinta de la nuestra. Hablaba poco, negándose a contestar a cuantas preguntas le hacía sobre su pasado. Ignoraba todo lo que sabemos nosotros, y en cambio sabía muchas cosas que nosotros ignoramos. Educada en Oriente, conocía toda clase de leyendas indias y persas, y las contaba con monótona cantinela y con gracia infinita. En sus historias sobre el florido alborear del mundo, se mostraba como contemporánea del inicio del Universo. Una vez se lo dije, y me respondió sonriente:
-Soy vieja; es indudable, soy muy vieja.
El señor Safrac, de pie, junto a la chimenea, se inclinaba de cuando en cuando hacia mí, en actitudes reveladoras de un vivo interés.
-Continúa -me dijo.
-Varias veces, padre mío, pregunté a Leila por su religión. Siempre me contestó que ni la tenía ni la necesitaba; que su madre y sus hermanas eran hijas de Dios, y por consiguiente no estaban ligadas a Él por ningún culto. Llevaba pendiente del cuello un medallón que guardaba un poco de arcilla. Me dijo que la habia guardado piadosamente por amor a su madre.
Apenas pronuncié estas palabras, el señor Safrac, pálido y tembloroso, agarrándome un brazo me gritó al oído:
-¡Y decía la verdad! Ya sé, ya sé ahora quién es esa criatura. Ary: tu instinto no te había engañado; no era una mujer... Sigue, acaba, ¡te lo ruego!
-Padre mío, casi he terminado ya. Por el amor a Leila incumplí mi palabra comprometida para solemnes esponsales, traicioné a mi mejor amigo y ofendí a Dios. Cuando supo Pablo la infidelidad de Leila, se volvió loco, atormentado por todo tipo de dolores. A sus amenazas de matarla, respondía Leila sin perder su habitual dulzura: "Inténtalo si te place; me gustaría morir y no lo consigo." Durante seis meses Leila fue mi querida. Una mañana me dijo que regresaría a Persia y que nunca más volveríamos a vernos. Lloré. Grité: "¡Ni me quieres ni me has querido nunca!" Y ella me respondió suavemente: "No lo niego; pero ninguna mujer, ni la que imaginaste más apasionada, te ha dado el goce que yo te di. Si eres justo, me lo agradecerás. Adiós". Y se fue. Durante dos días viví entre la ira y el reconocimiento de mi estupidez. Pero después, preocupado por la salvación de mi alma, decidí venir donde usted, padre mío. Sólo usted puede curarme. Su virtud y su ciencia me salvarán. Enderece, purifique, fortalezca mi corazón. ¡Todavía la quiero!
Callé, sollozando, mientras el señor Safrac reclinaba la cabeza sobre el puño cerrado, absorto y pensativo. Finalmente sus palabras terminaron con aquel silencio angustioso.
-Hijo mío, tu historia confirma por completo mis investigaciones, y con ella basta para confundir la soberbia del moderno escepticismo. Vivimos ahora entre prodigios, como los primeros hombres que habitaron la tierra. Escúchame con atención. Adán tuvo, como ya te dije; una primera mujer de la cual no habla la Biblia, pero a la que hace referencia el Talmud. Se llamaba Lilith. Formada, no de una costilla del hombre, sino del mismo barro que sirvió para formar al hombre, no era carne de su carne. Se separó voluntariamente de Adán, el cual vivía sumido en la inocencia cuando ella lo abandonó par ir a esas regiones que los persas poblaron muchísimos años después, y que en ese tiempo habitaban los preadamitas, más inteligentes y más hermosos que los hombres.
"Comprenderás, por lo que te estoy diciendo, que Lilith no tuvo participación alguna en la falta de nuestro primer padre, y no fue mancillada con el pecado original. Por eso se vio libre de la maldición lanzada contra Eva y su descendencia; ni los dolores ni la muerte la afectan. Como no tiene que redimir su alma, es incapaz de tener virtudes y de cometer pecados. Sus actos no conducen al mal ni al bien. Sus hijas, engendradas en un himeneo misterioso, también son inmortales como ella, y como ella libres en sus actos y en sus pensamientos, puesto que no pueden merecer ni desmerecer delante de Dios.
"Hijo mío: por deducciones certeras reconozco en la criatura que te indujo a pecar es una hija de Lilith. Reza mucho esta noche, y mañana podré confesarte y absolberte."
Se quedó meditabundo un instante, luego sacó del bolsillo un papel, y prosiguió:
-Anoche, después de separarnos, vino el cartero, que se había demorado por no sé qué nevada, y me trajo una carta desconsoladora. En ella me comunica el primer vicario que mi libro ha contristado a Su Ilustrísima, que ha oscurecido en su alma los goces del Carmelo. "Su libro, añade, reúne una porción de proposiciones temerarias y no pocos juicios ya condenados por los doctores de la Iglesia. Su Ilustrísima no puede aprobar estudios de índole tan inconveniente." La historia que acabas de referirme corrobora mi acierto. Lilith no es una ensoñación, puesto que Leila vive. Se lo comunicaré a Su Ilustrísima para convencerle.
Pedí al buen sacerdote que escuchara algo más:
-Leila, padre mío, me ha dejado al marcharse una corteza de ciprés, en la cual aparecen, grabados con punzón, signos indescifrables para mí. Conservo esa especie de amuleto y lo traigo. Véalo.
El señor Safrac tomó de mis manos la frágil corteza que yo le ofrecía, y después de examinarla atentamente, opinó:
-Esto está escrito en idioma persa del florecimiento, y se traduce así:

 

ORACION DE LEILA, HIJA DE LILITH
¡Dios mío! Concédeme la sombra mortal para que logre conocer la luz de la vida. Concédeme remordimiento para que halle goces, ¡Dios mío, hazme igual a las hijas de Eva!

 

EL SEÑOR PIGEONNEAU

 

He consagrado mi vida entera, como todo el mundo sabe, a la arqueología egipcia. Fuera ingratísimo con mi patria, con la ciencia y hasta conmigo mismo si me lamentase de haberme dedicado por completo, desde mi primera juventud, al estudio del tema que me interesa y trabajo muy honrosamente desde hace cuarenta años. Mis investigaciones distan mucho de ser estériles, y puedo asegurar, sin jactancia, que no es difícil obtener algún provecho y no poca enseñanza consultando mi Memoria referente al mango de un espejo egipcio del Museo de Louvre, a pesar de ser ésta una de mis primeras obras.
Muy exigente habría de ser para que no colmara mis ambiciones el trabajo, bastante voluminoso, que consagré posteriormente a una de las pesas de bronce, halladas en 1581 en las excavaciones del Serapeon, trabajo que me abrió las puertas de la Academia.
Alentado por la favorable acogida que mis investigaciones en estos temas merecieron a varios de mis nuevos colegas, me sentí de pronto decidido a reunir en un solo tratado el conjunto de pesas y medidas que se usaban en Alejandría durante el reinado de Ptolomeo Auleto (80-52). Pero en seguida reflexioné que un verdadero erudito no puede ocuparse de un tema de tal extensión, y que la ciencia verdadera no se aborda sin riesgo a un fracaso que ponga en juego su respetabilidad. Me convencí de que al tratar de varios objetos a la vez me alejaba de los principios fundamentales por querer realizar esa empresa indudablemente desmesurada; y esta aclaración la hago para que mi caso sirva de enseñanza a los jóvenes y tengan siempre presente desconfiar de la imaginación, sin duda nuestro peor y más cruel enemigo. Cualquier sabio que no haya logrado ahogarla se encuentra muy lejos de poderse llamar, con justicia, un verdadero erudito. Me horroriza pensar en qué abismos pudo entonces precipitarme mi espíritu aventurero. Estuve a dos dedos de lo que llaman historia. ¡Qué caída! Me despeñaba en el arte; porque la historia es sólo un arte o, todo lo más, una falsa ciencia. ¿Quién ignora que los historiadores han precedido a los arqueólogos, como los astrólogos han precedido a los astrónomos, como los alquimistas han precedido a los químicos y como los monos precedieron a los hombres? Gracias a Dios, no tuve que lamentar en aquella ocurrencia un desastre tremendo.
Mi tercera obra, lo diré sin ambages, fue sabiamente concebida. Era una Memoria titulada: Del atavío de una señora egipcia en el imperio medio, conforme a una pintura inédita.
Planteé la cuestión de modo que no pudiera despistarme; no recogí ninguna idea general y me abstuve de emplear esas comparaciones, esos puntos de vista con que algunos de mis colegas hacen desmerecer la exposición de sus más felices hallazgos.
¿Cómo es posible que una obra tan sana tuviera un destino tan extraño? ¿por qué burla o capricho de la suerte se produjo en mi espíritu la más monstruosa ofuscación? Pero no anticipemos los acontecimientos ni barajemos las fechas. La lectura de mi Memoria tuvo lugar en una sesión pública con las cinco Academias reunidas, honor tanto más estimable cuanto que se concede rara vez a producciones de esta índole, por la sencilla razón de que asisten a tan solemnes actos, desde fecha reciente, lo más florido de la elegante sociedad parisina, poco preparada para entender estudios algo serios.
Llenaba el salón un público selecto en el abundaban las señoras. Lindos rostros y lujosos trajes se veían en las tribunas. Mi lectura fue escuchada respetuosamente, sin que ni una sola vez me interrumpieran esas manifestaciones irreflexivas y ruidosas que promueven naturalmente los fragmentos de brillante literatura; la actitud serena de los oyentes se hallaba muy en consonancia con la naturaleza de la obra que les di a conocer. El auditorio se mostró grave y frío.
Para que se entendieran mejor las ideas, hacía una pausa entre frase y frase; y así fue como tuve ocasión de examinar atentamente, por encima de mis gafas, todo el salón; y puedo asegurar, sin exagerar, que no asomaban sonrisas triviales en los rostros de la concurrencia. Los más juveniles rostros adquirían un aspecto austero como si todos aquellos espíritus envejeciesen por encanto.
Durante mi lectura, noté que en distintos puntos del salón los jóvenes cuchicheaban con sus vecinas, y resultaba indudable comprobar que trataban de aclarar o comentar algún extremo curioso de mi Memoria pues fue obvio que les interesó profundamente.
Y aún hubo más: una señorita de entre veintidós a veinticuatro años, que se hallaba en el ángulo derecho de la tribuna del Norte, ponía toda su atención para no perder ni una frase e iba tomando notas. Observé que sus facciones eran de una delicadeza y una movilidad muy expresivas y excepcionales. El interés inteligente y minucioso con que recogía todas mis observaciones, realzaba su belleza con un encanto nuevo. No estaba sola. Un hombre alto y robusto que lucía, igual que los reyes asirios, una barba recta y rizada y largos cabellos negros, estaba junto a ella y de vez en cuando la decía unas palabras al oído.
Mi atención, repartida al principio entre todo el auditorio, se concentró poco a poco en aquella mujer. Me inspiraba, lo confieso, un interés que algunos de mis colegas considerarán impropio de un carácter científico como el mío; pero al encontrarse cualquiera de ellos en mi situación, no se hubiera librado, seguramente, de la curiosidad que me aguijoneaba. Mientras iba yo hablando iba ella escribiendo, y sentía diversas emociones con cada una de mis frases y se le reflejaban en el rostro: desde la satisfacción y la alegría hasta la sorpresa y la inquietud; sentimientos varios y contradictorios. Yo la observaba con una curiosidad creciente. ¡Quisiera Dios que sólo a ella se dirigiesen durante toda mi lectura mis curiosas miradas!
Casi había terminado mi lectura, pues a lo sumo quedarían por leer veinticinco o treinta páginas, cuando mis ojos se fijaron en los ojos del hombre de la barba asiría. ¿Cómo explicarles lo que me sucedió, si yo mismo no me di cuenta? Sólo sé que la mirada de aquel hombre me produjo al instante una inconcebible turbación. Las pupilas que se clavaban en mí eran verdes, y no me fue posible dejar de mirarlas. Sintiendo en mis ojos la influencia de aquellos ojos, enmudecí; me quedé con la boca abierta y la nariz en alto.
Al verme callado, el público pensó que había concluido y me aplaudieron.
Restablecido ya el silencio, quise proseguir mi lectura, pero toda mi voluntad no fue suficiente para sustraerme al influjo de las dos linternas vivientes que me fascinaban. Por un fenómeno aún más inconcebible, me empeñé en improvisar, lo cual no sólo iba contra mi costumbre, sino que desmentía los hábitos de toda una vida. ¡Sabe Dios hasta qué punto fue involuntario todo lo que dije! Bajo el influjo de un poder extraño, desconocido, irresistible, expuse con elegancia y vehemencia varias consideraciones filosóficas sugeridas por los trajes de las mujeres a través de los tiempos; generalicé, poeticé, hablé -¡Dios me perdone!- del eterno femenino y del deseo alado que se agita, como una exhalación perfumada, en torno de los velos que adornan la belleza femenina.
Mientras aquel hombre de la barba asiría mantuvo sus ojos clavados en los míos, hablé. Cuando inclinó la cabeza liberándome de su mirada, puse fin a mi conferencia.
Debo añadir, en honor a la verdad y por muy doloroso que para mí sea, que aquel escarceo oratorio, tan ajeno a mi propia inspiración y contrario al espíritu científico, me valió entusiastas aplausos.
La joven de los apuntes, compañera del caballero de la barba asiría, palmoteaba sonriente.
Me retiré de la tribuna para que pudiese ocuparla otro académico, el cual se mostró visiblemente contrariado ante la necesidad de hablar después de mí. Sin duda temía fracasar, pero sus temores fueron excesivos. Lo que leyó fue oído con mucha indulgencia; me pareció entender que su trabajo estaba escrito en verso.
Cuando el presidente dio por terminada la sesión, salí del edificio en compañía de varios colegas que me reiteraban sus felicitaciones, y cuya sinceridad no me parece oportuno poner en duda.
Al detenerme un momento en la acera, junto a los leones del Creuzot, para despedirme de algunos amigos, vi al hombre de la barba asiría y a su hermosa compañera subiendo a un coche. Me hallaba casualmente junto a un ilustre filósofo, al cual se le juzga tan versado en elegancias mundanas como en teorías cósmicas, cuando la encantadora criatura, asomando por la portezuela su hermoso busto y su manecita enguantada, le llamó con confianza y le dijo con ligero acento inglés:
-Amigo mío, se olvida usted de mí; eso me disgusta.
Cuando el coche se hubo alejado, pregunté a mi ilustre colega referencias de tan preciosa mujer y de su acompañante.
-¡Cómo! -respondió-. ¿No conoce usted a la señorita Morgan y a su médico Daoud, que trata todas las enfermedades por el magnetismo, el hipnotismo y la sugestión? Anita Morgan es hija del más rico negociante de Chicago. Vino a París con su madre hace dos años, y se hizo construir una residencia maravillosa en la avenida de la Emperatriz. Es una persona muy instruida y de notable inteligencia.
-No me sorprende lo que usted me dice -le respondí-. Tenía mis razones para creer en el talento y en la cultura de tan elegante señorita.
Mi distinguido compañero me apretó la mano, sonriente.
Me fui caminando hasta la calle de Saint-Jacques, donde vivo desde hace treinta años en el último piso de una modesta casa y desde la que puedo contemplar las verdes copas de los árboles del Luxemburgo.
En seguida emprendí nuevos estudios.
Sentado junto a mi escritorio pasé horas y horas durante cuatro días, contemplando la estatua de la diosa Pacht, de gatuna cabeza. Este minúsculo monumento lleva una inscripción mal interpretada por Grebault.
Me propuse traducirla fielmente y comentarla. Mi extraordinaria aventura en la solemne sesión académica me había dejado una impresión menos viva de lo que pude temer. La turbación que me produjo se había disipado casi por completo y se quedaría completamente oscurecida en un rincón de la memoria si nuevas circunstancias no hubiesen revivido su recuerdo.
Tuve bastante tranquilidad y reposo en aquellos tres días para trabajar en mi traducción y mi comentario; sólo interrumpí las tareas arqueológicas para leer en los periódicos múltiples alabanzas a mi aplaudido discurso. Hasta los más ajenos a la erudición hablaban con elogio de las "encantadoras frases" con que finalicé mi lectura. "Es una revelación -decían-: y el ilustre académico señor Pigeonneau nos tenía reservada una muy agradable sorpresa."
No sé por qué traigo a cuento estas pequeñeces, porque nunca me preocupó lo que pudiera opinar de mí la Prensa.
Llevaba ya tres días recluido en mi despacho sin ver a nadie, cuando el repiqueteo estridente de la campanilla de la entrada me sobresaltó.
La desconocida mano que tiraba del cordón impuso al campanillazo una energía imperiosa y extraña que me turbó, y con ansiedad inconcebible salí yo mismo a la puerta.
¿Quién esperaba en el descansillo?
La señorita que tan atenta estuvo escuchando la lectura de mi Memoria; la señorita Morgan, en su deliciosa figura mortal.
-¿El señor Pigeonneau?
-Me tiene a sus órdenes.
-Le reconozco perfectamente, a pesar de que ahora no luce la casaca bordada con verde y oro. No consentiré que se la ponga usted para recibirme ceremoniosamente; me gusta más así, en traje de confianza.
La hice pasar al despacho.
Dirigió una mirada curiosa a los papiros, a las estampas y a las reproducciones de toda especie que tapizan el despacho hasta el techo. Después contempló largo rato, en silencio, la estatua de la diosa Pacht que había sobre la mesa, y al fin dijo:
-Es encantadora.
-Efectivamente, su mérito es grande, y al pie del minúsculo monumento hay una singularidad epigráfica muy curiosa.
-No prestó atención a singularidades epigráficas -me respondió-; lo que me agrada es la expresión felina de la figura. ¡Un encanto! Usted no duda que sea realmente una diosa, ¿verdad, señor Pigeonneau?
Me defendí de tan alarmante sospecha.
-Yo no puedo creer, señorita, que los ídolos sean dioses verdaderos.
Mis palabras la extrañaron, y fijó en mí sus ojos verdes, muy abiertos.
-¡Ah! ¿No cree usted en los ídolos? ¿Entonces cómo puede interesarle Pacht, ya que no la considera una diosa? Pero cambiemos de tema. He venido a verle para tratar de un asunto importantísimo.
-¿Importantísimo?
-Sí; porque se trata de un traje. Míreme.
-Con mucho gusto.
-¿No le parece a usted que mi perfil tiene ciertos caracteres de la raza kouschita?
No supe qué responder. Semejante consulta discrepa por completo de mis habituales ocupaciones. Ella prosiguió:
-No sería extraño. Recuerdo que fui egipcia. Y usted, señor Pigeonneau, ¿ha sido también egipcio? ¿No lo recuerda? Es raro. Pero no dudará usted que todos sufrimos una serie de encarnaciones sucesivas.
-Lo ignoro, señorita.
-Me sorprende su ignorancia.
-¿A qué debo el honor de verla en esta casa?
-Es verdad; no le he dicho aún que recurro a usted para que me ayude con su ciencia a combinar un traje egipcio que me propongo lucir en el baile de máscaras históricas de la condesa N***. Quiero un modelo de irreprochable veracidad y de arrebatadora belleza. Ya he trabajado mucho en él, señor Pigeonneau; he consultado mis recuerdos: porque recuerdo haber vivido en Tebas hace seis mil años; he pedido también dibujos a Londres, a Boulaq y a Nueva York.
-Es lo mejor pensado para conseguir lo que se propone.
-Me ofrecen más confianza las revelaciones internas. También he sacado apuntes en el Museo Egipcio del Louvre. ¡Abundan las maravillas en él! Formas delgadas y puras, perfiles de una sutil delicadeza, mujeres semejantes a flores, rígidas y flexibles a un tiempo... ¡Dios mío! ¡Cuántas preciosidades hay allí!
-Señorita, no comprendo aún...
-Es que no le dije todo. Fui a oír su Memoria referente al tocado de una mujer en el Imperio Medio, y tomé notas. ¡Fue un poco árido aquel discurso! Pero le saqué todo el provecho posible. Con esas notas he diseñado un traje; y como no acabo de quedar satisfecha, vengo a pedirle a usted que lo revise. Mañana lo esperaré en mi casa, caballero. No deje de ir. Hágalo por el interés que le inspira Egipto. Bien, ya lo sabe usted. Hasta mañana. Me voy corriendo. Mamá me espera abajo, en el coche.
Y mientras decía estas palabras, salió apresuradamente. Quise acompañarla, pero cuando llegué al recibimiento ella estaba ya en el portal, desde donde me decía en voz alta:
-Hasta mañana. Avenida del Bosque de Bolonia, junto al palacio Saïd.
"No iré a casa de semejante chiflada", me dije. Y al día siguiente, a las cuatro en punto, me encontré llamando a la puerta de su casa. Un lacayo me introdujo en una inmensa galería de cristales, donde se amontonaban los cuadros, las estatuas de mármol y de bronce, las literas convertidas en vitrinas y cargadas de porcelanas, momias de Perú, doce maniquíes de hombres y de caballos cubiertos de armaduras, junto a los que sobresalían por su corpulencia un caballero polaco provisto de alas blancas y un caballero francés armado para entrar en liza: formaba la cimera de su casco un rostro de mujer con caperuza y velo. Multitud de palmerones convertían aquella galería en un bosquecillo; y en el centro se mostraba, gigante, un Buda de oro. A los pies de aquel dios, una anciana modestamente vestida leía la Biblia. Me quedé deslumbrado contemplando tantas maravillas. La señorita Morgan vino a donde yo estaba saliendo de detrás de un cortinón de paño rojo. Estaba vestida con un peinador blanco adornado con piel de cisne. Dos hermosos perros daneses la seguían.
-No tenía la menor duda de que vendría usted, señor Pigeonnau.
Balbuceé una galantería:
-¿Cómo negarse a una criatura tan encantadora?
-¡Oh! no es mi belleza lo que triunfa; nadie me niega nada, porque mi voluntad vence; tengo recursos secretos para obligar obediencia.
Luego, señalando a la señora que leía la Biblia, continuó:
-No se preocupe usted, es mamá. No se la presento. Aunque usted la saludara, ella no le respondería. Pertenece a una secta religiosa que prohíbe las palabras inútiles. Es una secta de novísima creación; sus adeptos van vestidos con un saco y comen en escudillas de madera. Mamá disfruta mucho con estas prácticas. Pero como no lo hice venir para referirle con detalle las costumbres de esa buena señora, y lo que me interesa es mi traje de egipcia, voy a ponérmelo. No tardaré nada. Entreténgase mirando estas chucherías.
Y me hizo sentar ante un armario que contenía un sarcófago de momia, varias estatuitas del Imperio medio, escarabajos y algunos trozos de un magnífico ritual fúnebre.
Habiéndome quedado solo, examiné aquel papiro, y me interesó profundamente hallar escrito allí un nombre que había visto tiempo atrás en un sello. Era el nombre de un escriba del rey Seti I. Con la ansiedad del hallazgo descubrí de inmediato varias particularidades interesantísimas del documento. Estaba sumergido en aquel trabajo sin darme cuenta del tiempo que pasaba, cuando fui advertido por algo semejante a una voz interior de que ya no me hallaba solo. Me volví y admiré una deliciosa figura femenina que adornaba su cabeza con un gavilán de oro y oprimía su cuerpo en una estrecha envoltura blanca, tan ajustada, que los perfiles adorables y púdicos de su carne juvenil aparecían como si se hallase en completa desnudez. Llevaba también, para dar mayor misterio a su encanto, una túnica rosa, amplia, ligera, ceñida sólo al talle por un cinturón de pedrería, y que al ritmo de los movimientos se alzaba o caía formando pliegues simétricos. En los brazos y en los pies desnudos lucía infinidad de preciosas joyas.
Se detuvo frente a mí, y al volver la cabeza sobre el hombro derecho, en actitud hierática, pensé que su deliciosa hermosura revelaba una expresión divina.
-¡Cómo! -prorrumpí asombrado-; ¿es usted, señorita Morgan?
-A menos que sea la misma Néférou-Ra resucitada. Ya sabe usted a quien me refiero: la Néférou-Ra del poeta Leconte de Lisle, la Belleza del Sol:

"La que languidecía en lecho virginal, muy pálida, ceñida por lienzos transparentes."

Para usted, esto no tendrá importancia: no le seduce la poesía, y sin embargo, la poesía es encantadora... ¡Vaya! señor mío: hagamos algo de provecho."
Cuando me fue posible dominar mi emoción, hice a la egipcia varias indicaciones acerca de su precioso traje. Me atreví a criticar algunos adornos que se alejaban de la exactitud arqueológica, y le propuse que reemplazase varias piedras de los anillos por otras de uso más generalizado en el Imperio medio. También me opuse con mucha energía a que llevara un broche de esmalte alveolado. En realidad, aquella joya constituía un anacronismo terrible. Acordamos que lo remplazaría por una placa de piedras preciosas, engastadas en pequeños alvéolos de oro. Me escuchó con extrema docilidad y se mostró agradecida, satisfecha de mis observaciones, hasta el punto de pedirme que me quedase a comer.
Me excusé aludiendo a lo metódico de mis costumbres y a la frugalidad de mi régimen, y me despedí.
Ya estaba en el recibimiento cuando escuché que me decía desde lejos:
-¿Qué tal? ¿Es bastante diáfano mi traje? ¿Le parece que rabiarán de envidia todas las mujeres que me vean en el baile de la condesa N***?
Me desilusionó aquella salida inesperada; pero al volver a aparecer ante mis ojos la deliciosa figura que me había deslumbrado, la señorita Morgan recobró sobre mí todo su dominio.
Se acercó y me retuvo:
-Señor Pigeonneau, espero que por amabilidad me dedique usted un cuento: escríbalo para mí; en compensación, le querré mucho, mucho, mucho.
-¡Escribir un cuento! No sabría hacerlo -le respondí.
Se encogió de hombros y dijo:
-¿Qué utilidad tendría toda su ciencia si no le sirviese para escribir un cuento? Usted escribirá un cuento para mí, señor Pigeonneau.
No me pareció galante contradecirla de nuevo, y me retiré sin contestar.
En la puerta se cruzó conmigo el hombre de la barba asiría, el doctor Daoud, cuya mirada me había impresionado tan extrañamente bajo la cúpula de la Academia. Al verlo tuve la impresión de que era una persona de las más vulgares, y encontrármelo me produjo una impresión fastidiosa.
El baile de la condesa N*** tuvo lugar a los quince días de mi visita. No me sorprendió nada leer en los periódicos que la hermosa señorita Morgan había causado un verdadero asombro con su magnífico traje de Néférou-Ra, "la Hermosura del Sol".
Finalizó 1886 sin que nadie me hablara de aquella criatura y sin tener la menor noticia de ella; pero el día de Año Nuevo, mientras estaba, como siempre, solo en mi despacho, ocupado en mis investigaciones, recibí una carta y una cesta.
-De parte de la señorita Morgan -me dijo el criado que me las entregó, y se retiró.
Al agarrar la cesta, que había quedado sobre mi escritorio, escuché un maullido apagado. Levanté la tapa y apareció un gatito gris.
No era un gato de Angora, sino de una raza oriental, más esbelta que los nuestros y muy parecida, por lo que pude apreciar, a aquellos de sus congéneres que tanto abundan en los hipogeos de Tebas, donde se descubren sus momias oprimidas por toscas fajas. Se desperezó, miró en torno suyo, arqueó el espinazo, bostezó y fue a restregarse contra la diosa Pacht que alzaba sobre mi mesa su figura esbelta y su hocico primoroso.
A pesar de su color indefinido y de su pelo corto, era un animal agradable; parecía inteligente y no mostraba el menor signo de salvajismo. No supe qué intención podía tener aquel regalo sorpresivo, pues la carta de la señorita Morgan tampoco explicaba su propósito, ya que se limitaba a decirme:

"Amigo mío: Le ofrezco un gato que el doctor Daoud ha traído de Egipto. Es un pobre animal que me inspira mucho afecto, y al que supongo cuidará usted con mucho esmero por esta razón. Baudelaire, un poeta que sería el mejor poeta francés, si Stéphane Mallarmé no existiera, escribió:

"El austero erudito y el que de amor se abrasa
"igualmente acarician en su madura edad
"así el gato arisco y suave, orgullo de la casa,
"que ama el calor, como ellos, y la tranquilidad."

"No creo necesario recordarle que me debe usted un cuento, y estoy segura de que lo escribirá para mí. Tráigamelo el día de Reyes. Comeremos juntos.- Anita Morgan.

"P. S.- El gatito se llama Porú."

Cuando hube terminado la lectura de la carta, contemplé a Porú, el cual apoyado sobre sus patas traseras, lamía el hocico negro de Pacht, su hermana divina.
Me miró, y debo asegurar que de los dos no era él quien estaba más asombrado.
Yo me preguntaba: "¿Qué significa esto?" Pero renuncié finalmente a explicármelo.
"Soy un infeliz -me dije- que pretende encontrar un significado razonable a los caprichos de una mozuela exaltada. Seguiré con mi trabajo y la señora Magloire, mi asistenta, cuidará de atender y alimentar a este animalito exótico".
Volví a mis tareas: una cronología, tanto más interesante para mí cuanto que al compararlas deja malparadas las investigaciones de mi eminente colega Masperó. El gato no abandonaba mi escritorio. Sentado y, con las orejas tiesas, me miraba silencioso y atento mientras yo escribía. Parecerá increíble pero no hice nada de provecho en toda la tarde. Se arremolinaban mis ideas; acudían a mi confusa imaginación estrofas de canciones y pasajes de relatos infantiles. Me fui a la cama bastante descontento de mí. Al día siguiente hallé de nuevo a Porú sentado en el escritorio. Se lamía una pata. Y también fue infructuoso mi trabajo. Porú me miraba y yo me distraía mirándole; así pasamos horas y horas. No era para mí un estorbo ni una molestia, pero aquel gato absorvía mi atención. Lo mismo sucedió al día siguiente, y al otro, y durante toda la semana. Hubiera debido entristecerme pero he de confesar que poco a poco fui soportando mi nueva situación con paciencia y hasta con alegría.
Es un espanto ver con cuánta facilidad se pervierte y se abandona un hombre. El domingo de Epifanía, después de levantarme satisfecho y alborozado, fui al escritorio, donde ya se hallaba instalado Porú, según tenía por costumbre.
Agarré un cuadernillo de papel blanco, mojé mi pluma en el tintero y me puse a rasguear, con letras grandes, mientras me contemplaba mi nuevo amigo: Desventuras de un mandadero tuerto.
Después, y sin apartar los ojos de los de Porú, escribí durante todo el día, con prodigiosa rapidez, una serie de aventuras tan extraordinarias, tan graciosas y tan amenas, que me divertía mucho inventarlas.
Un mandadero tuerto equivocaba los fardos que debía llevar y cometía los más cómicos errores. Dos novios que se hallaban en una situación difícil, recibían de él, sin que ninguno lo sospechara, un auxilio imprevisto. Se ocultaba en un armario el galán, y el mandadero lo llevaba inevitablemente a casa de unas viejas. Comprenderán el sobresalto y el susto de todos.
¿Cómo explicar un cuento tan divertido? Por lo menos veinte veces solté la carcajada mientras lo escribía.
No diré que Porú llegase a reír; pero su gatuna gravedad era tan jocosa en aquellos momentos como la mueca más cómica.
Terminé mi divertido cuento a las siete, y hacía ya una hora que mi despacho estaba sin otra luz que la fosforescencia de los ojos felinos. Había escrito a oscuras con la misma facilidad que hubiera podido hacerlo al resplandor de una potente lámpara.
Me puse el frac, me anudé la corbata blanca, y después de despedirme de Porú bajé rápidamente la escalera para salir a la calle. No había dado veinte pasos, cuando sentí que me jalaban de la manga.
-Pero ¿a dónde va usted con tanta prisa, corriendo como un sonámbulo?
Era mi sobrino Marcelo quien así me hablaba: un muchacho inteligente y formal, alumno interno en la Salpetriere. Dicen que será un buen médico, y es verdad que pensaba con muy buen criterio aunque se abandonase mucho a su imaginación caprichosa.
-Voy a llevarle a la señorita Morgan un cuento de mi cosecha -le respondí.
-¡Qué oigo! ¿Escribe usted cuentos y conoce a la señorita Morgan? Es una hermosa mujer. ¿Conocerá usted al doctor Daoud, que siempre la acompaña?
-Un empírico, un charlatán.
-Sin duda, tío; pero es un extraordinario experimentador. Ni Bernheim, ni Liegeois, ni el mismo Charcot han conseguido lo que sin esfuerzo logra su poderosa voluntad. Hipnotiza y sugestiona sin contacto, sin acción directa, por mediación de un animal doméstico. Emplea generalmente para sus experiencias unos gatos de pelo corto. Su manera de operar es muy sencilla: sugestiona a uno de sus gatos con lo que desea imponer, y envía al animal en una cesta a la persona a quien se propone hipnotizar. El animalito comunica la sugestión que ha recibido, y el receptor, dominado por la influencia que lo rodea, ejecuta lo que el experimentador quiere.
-¿Es cierto lo que me dices?
- Es indudable.
-¿Y que participación tiene la señorita Morgan en las prácticas de su amigo?
-La señorita Morgan hace trabajar a Daoud para sus fines; emplea el hipnotismo y la sugestión para conseguir que los hombres realicen mil desatinos, como si no fuesen bastantes los que inspira su hermosura.
No pude seguir escuchándolo. Un impulso irresistible me arrastraba, y corrí hacia la casa de la señorita Morgan.