VAMPIROS
(Una mirada ortodoxa)

 

No todo el mundo puede aspirar a ser vampiro. Se requieren diversas virtudes, entre las que se encuentran como características esenciales, alimentarse de sangre humana para vivir estando muerto y transformar en vampiros a quienes mueren a causa de este paulatino y permanente desangrado, que podríamos considerar también como “una pionera y demencial manera de realizar una transfusión sanguínea”.
A estas alturas del siglo XXI, ya es posible decir que existe el vampiro folklórico, el vampiro literario y la tendencia democrática de bautizar vampiro, vampírico, vampirizar, a cualquier situación en que se produce una extracción de cualquier cosa o se obtiene sangre por motivos ajenos a la alimentación individual.
Digamos, si el mariscal de Francia, Gilles de Laval, barón de Rais, necesitó sangre de más de setecientos niños, entre los seis y doce años, para experimentos de alquimia -consistentes en convertir el hierro y el plomo en oro y plata-, pues ya tenemos un marqués vampiro en el siglo XV; y si una hermosa señora, la condesa Elisa-beth Bathory, arriba a la conclusión de que bañándose en sangre humana -y si es de niños mejor- podrá continuar siendo joven y hermosa, tenemos a sus secuaces durante once años atareados en raptar a cuanto niño o niña tuvieron a su alcance para que la señora se bañara en sangre y, poco después, también para que la bebiera con el fin de rejuvenecer los órganos internos, y así ya tenemos una condesa tan loca como una cabra para acompañar al demente ma-riscal en nuestro museo vampírico.   
Pero el equivoco no concluye ahí. Desde hace ya un buen tiempo la sabiduría léxica de los pueblos occidentales ha decido llamar vampiresa a “una mujer liviana que trastorna a los hombres enamorándoles con su gran atractivo”; vampirizar es “anular la personalidad de una persona y conseguir que adopte otra forma de pensar y de comportarse”, y lo que es aún más denigrante para los vampiros, la segunda acepción de la señora Moliner, asienta que vampiro también es la “persona que explota cruelmente a otras”, lo cual viene repitiéndose desde los tiempos de Voltaire, ya que él le correspondió ser el primero en considerar vampiros a los explota-dores sociales (“Pero en Londres y en París nadie ha hablado de vampiros. Admito que en estas dos ciudades han existido agiotistas, recaudadores de impuestos y hombres de negocios que chupan la sangre del pueblo a plena luz del día, pero no estaban muertos, aunque si lo suficientemente corruptos. Estos auténticos chupones no vivían en cementerios sino en hermosos palacios”.)
Con la eliminación de la elegante mordida en el cuello -dos mínimas señales de colmillos-, la espectacular chupada absorbente, y la sabrosa nutrición con sangre fresca, tibia, dulzona, el vampiro ya puede ser cualquier cosa: un capitalista, todos los banqueros, los prestamistas y también una amante, la esposa, los hijos, el auto-móvil, las hipotecas, la aun existente nobleza, los familiares putati-vos y las flores en invierno. Incluso la religión ha sido abusivamente atacada en el corazón de su existencia. Dijo Cristo: “aquel que coma mi carne y beba mi sangre, tendrá la vida eterna.” 
Pero -y que me perdonen los dioses- incluso los libros, sin ca-racteres especiales, se convierten en vampiros. En declaración de Michel Tournier, los escritores saben que al publicar un libro  “sueltan entre la multitud anónima de hombres y mujeres una ban-dada de alados seres de papel, vampiros secos ávidos de sangre que se desperdigan al azar en busca de lectores”. Pero eso no es todo, una vez que ha sido leído, el libro queda a la espera de otro ser vivo para cumplir su vocación, pues “circulará de mano en mano como un gallo que pisa gallina tras gallina”.
Con esta extrema alteración de la esencia vampírica, su defini-ción se convierte en agua de borraja, es decir, en nada: Desmodus rotundus, la especie más conocida: “es un quiróptero americano, semejante a un murciélago con un apéndice membranoso en forma de lanza en la cabeza, que chupa la sangre de las heridas que causa con sus dientes incisivos a las personas y animales dormidos. (Hematófago).”
La consigna vigente obliga a creer que desde el origen del hombre, en todas las culturas existe la imagen, la leyenda, la su-perstición, el temor al vampiro. Una prueba de esto es difundida también por Wikipedia: el léxico: La palabra "vampiro" viene de las lenguas eslavas (del alemán vampir, que se deriva del polaco temprano vaper y éste a su vez del eslavo arcaico oper; con raíces indoeuropeas paralelas en el turco y en el persa). Significa a la vez "ser volador", "beber o chupar" y "lobo", además de hacer referencia a cierto tipo de murciélago… Otros nombres son vurdalak (ruso moderno), vrolok (eslovaco), strigoï o strigoiul (rumano moderno), vampir o vukodlak (serbio), upiro (polaco), nosferatu (del griego nosophoro (??s?f????), portador de enfermedad) vampyrus (latín) y Kyuuketsuki (???) o Kuei-jin en japonés.
Pero ignoramos los matices subjetivos que designan estas pala-bras, aunque algo se nos indica: "ser volador", "beber o chupar" y "lobo", “cierto tipo de murciélago”, “portador de enfermedad”, lo cual también es atribuible a otros temores humanos. Pero de todas las palabras y leyendas que pueden rastrearse en el Antiguo Egipto, en China, Japón, Persia, la India, la Biblia, Grecia, Roma, dándoles unas costumbres horripilantes, la más amable es la que considera a los vampiros como compañeros inseparables del hombre desde que éste buscó las cavernas para alojarse. Lo ignorado es si fue el hom-bre quien atacó a los vampiros o fueron los vampiros los decididos a expulsar a los hombres de las cuevas habitadas por ellos. Lo cierto, se dice, es que de estos primeros enfrentamientos cavernícolas surgió un ente vampírico que a partir de entonces inició su disper-sión por los mundos conocidos e incluso los aún desconocidos. Si fue una evolución, un sortilegio o el resultado de su naturaleza afectada por el medio ambiente o por los componentes químicos de la tierra en donde lo sepultaron, el hecho cierto parece ser que un Neandertal o un Cromañón logró abandonar su tumba, después de haber muerto por ataques vampíricos dentro de las cuevas, con do-nes especiales: la vida eterna, beber sangre humana como único alimento, y convertir a sus víctimas en entes similares a su terrible condición de no-muerto. 
Hasta bien entrado el siglo XVII, este folklórico vampiro, en-tremezclado con otros entes igual de temibles y horripilantes, dis-frutaba de una existencia vaporosa. Existía sin predominar. Vivía y se alimentaba evitando exagerar su presencia. Al llegar a sumar  diez o veinte vampiros en un pueblo, por necesidad de “sobrevi-vencia” uno o dos o tres o cuatro vampiros se alejaban del grupo original para crear otra colonia donde no hubiera competencia. De esa manera se evitó la actual sobrepoblación. Se sabía de su exis-tencia, se les temía, pero no había ensañamiento contra ellos. Algu-na vez alguien contaba una actuación poco cuidadosa de un vampi-ro, pero la anécdota se diluía entre las muchas protagonizadas por el diablo y sus diablillos, los fantasmas, los humanos transformados en animales feroces, las brujas, los hechiceros, las hadas, los duendes, la magia negra enfrentada a la blanca… También se contaban historias de bellísimas diablesas empeñadas en disfrutar sexual-mente de hombres jóvenes, a quienes solían volver locos o los eje-cutaban sin escrúpulos. Y no faltaban las doncellas sanas y hermo-sas obligadas a mantener relaciones sexuales con brujos, demonios, vampiros y uno que otro sinvergüenza. En fin, podría decirse que con sus naturales alternancias y su discreto actuar, los vampiros tenían una existencia relativamente plácida.
Pero la gran crisis vampírica se produjo entre 1672 y 1772. Es-pecialmente en Europa Central se desarrollaron cruentas epidemias que amenazaban con exterminar pueblos y ciudades enteras. Y al-guien, quién sabe por qué motivo (se suponen envidias, celos, de-seos de eliminar la majestuosidad innata del vampiro), se empeñó en propagar que los responsables y propagadores de la peste eran los vampiros (los cuales, al sentir la llegada de las epidemias, se limita-ron a beber grandes cantidades de sangre animal o a emigrar). De esta manera se designó el chivo expiatorio. Se corrió la voz y los rumores continuaron extendiéndose hasta llegar a Francia, In-glaterra, España, como un hecho real. A fines del siglo XVII, se daba como una realidad indiscutida que “Hombres muertos hacia meses o años regresaban, hablaban, caminaban por las calles de sus pueblos, atacaban a los vivos, en especial a familiares, chupándoles la sangre y trasmitiendo la peste en cada mordisco”.
En Europa Oriental (Polonia, Hungría, Rumanía, Austria, Rusia, Lituania, Bosnia, Serbia, Bulgaria) e incluso en Turquía, las historias de vampiros se convirtieron en el tema del día y en material de exportación. Se publicaron informes detallados por comisionados de las cortes, de las sociedades científicas y de la iglesia católica, del ejército. También se publicaron libros encaminados a negar la existencia de vampiros y otros en afirmar la veracidad de su existencia. Mientras Voltaire se alarmaba por la creencia en esas supercherías que resucitaban en el Siglo ilustrado, el de la razón (“Desde 1730 a 1735 sólo se oyó hablar de vampiros. Se les acechó, se les arrancó el corazón, se les quemó: se parecían a los antiguos mártires: cuantos más quemaban, más aparecían”), Rousseau ironizaba (“Si hay una historia bien acreditada es la de los vampiros. No falta nada: testimonios orales, certificados de personas notables, cirujanos, curas y magistrados. La evidencia jurídica es de las más completas. Sin embargo: ¿quién cree en los vampiros? ¿Seremos todos condenados por no haber creído en ellos”).
En el segundo tercio del siglo XVIII, con las pestes mengua-das, los vampiros fueron pasando de moda. Se creía y no se creía en ellos, pero ni los vampiros actuaban de forma tal que resultara fácil identificarlos (sobre todo por las huellas dejadas en el cuello de sus víctimas), ni en los pueblos se continuó abriendo sepulturas ni haciendo los rituales de cortarles la cabeza, clavarles una estaca y quemar los cuerpos, cabeza incluida. Y también se olvidó la su-posición de que la carne de los animales -vacas, corderos, cabras…- mordidos por un vampiro convertía en vampiros a quienes comieran de ella.
Justo cuando esta calma y la ostentosa manifestación de que muchos crímenes y asaltos no eran producto de la sed de los vampi-ros, un sacerdote especialista en la Biblia y en historia sagrada, Dom August Calmet publicó en París un libro voluminoso en dos tomos titulado Dissertation sur les apparitions des esprits et sur les vampires et revenants (1751). El prestigio del sacerdote más lo curioso y espeluznante de las historias que contaba, hizo que se leyera y se hablara mucho del libro en los círculos ilustrados, siem-pre atentos a lo extraño y sorprendente. El interés del tema hizo que se tradujera al inglés, alemán e italiano; y cuando las espeluznantes historias del libro de Calmet pasaron al vulgo, sobretodo por la continua publicación de fragmentos anecdóticos en diarios y revis-tas, volvieron a ponerse de moda los vampiros. Calmet decía que la palabra derivaba de upyr, que significaba “sanguijuela”, ese anima-lejo que utilizaban los médicos para sangrar a sus pacientes. Pero de todas las historias que contaba el sacerdote, una fue citada repe-tidamente por quienes trataron el tema. La versión que sigue es la recreada literariamente por Charles Nodier:

“EL VAMPIRO ARNOLD-PAUL”.

Un campesino de Medreiga (aldea de Hungría), llamado Arnold-Paul, fue aplastado por un carro cargado de heno. Treinta días después de su muerte, cuatro personas murieron súbitamente, de la misma forma que los que son atacados por vampiros. Se recordó entonces que Arnold-Paul había contado a menudo que, en lo alrededores de Cassova, en la frontera de Turquía, le había acosado un vampiro turco; pero como sabía que las víctimas de los vampiros se convertían a su vez en vampiros después de la muerte, había encontrado el medio de curarse comiendo tierra del vampiro turco y frotándose con su sangre. Se presumió que si este remedí había curado a Arnold-Paul, no le había impedido convertirse a su vez en vampiro. En consecuencia, le desenterraron para asegurarse de ello y, aunque llevaba inhumado cuarenta días, encontraron que el cuerpo estaba sonrosado; advirtieron que los cabellos, las uñas y la barba se habían renovado, y que las venas estaban llenas de una sangre fluida.
El magistrado del lugar, en presencia del cual se realizó la exhumación y que era un hombre experto en vampirismo, ordenó hundir en el corazón del cadáver una estaca puntiaguda y atravesarle de parte a parte; lo que fue ejecutado enseguida. El vampiro lanzó gritos espantosos e hizo los mismos movimientos que si hubiera estado vivo. Después de lo cual le cortaron la cabeza y le quemaron en una gran hoguera. A continuación hicieron sufrir el mismo tratamiento a las cuatro personas a quienes Arnold-Paul había matado, por temor de que se convirtieran también en vampiros.
A pesar de todas estas precauciones, el vampiro reapareció al cabo de algunos años; y en el espacio de tres meses, diecisiete personas, de distintas edades y sexo, perecieron miserablemente: unas sin estar enfermas, y las otras después de dos o tres días de abatimiento. Una joven llamada Stanoska, después de haberse acostado una noche en estado de perfecta salud, se despertó en medio de la noche, temblando, lanzando gritos horribles y diciendo que el joven Millo, muerto desde hacía nueve semanas, había estado a punto de estrangularla mientras dormía. Al día siguiente, Stanoska se sintió muy enferma y murió después de tres días de padecimientos.
Las sospechas recayeron sobre el joven muerto, y se pensó que debía de ser un vampiro Le desenterraron, le reconocieron como tal y le ejecutaron en consecuencia. Los médicos y cirujanos del lugar investigaron cómo había podido renacer el vampiro al cabo de un tiempo tan considerable, y después de mucho indagar, descubrieron que Arnold-Paul, el primer vampiro, había atormentado no sólo a las personas que habían muerto poco tiempo después que él, sino también a varias bestias cuya carne había comido gente que moría poco después, y entre otra el joven Millo. Reanudaron las ejecuciones y encontraron diecisiete vampiros, a quienes les atravesaron el corazón, les cortaron la cabeza les quemaron y arrojaron sus cenizas al río...
Estas medidas acabaron con el vampirismo en Medreiga.

No sé si es algo aventurado creer que con esos desnaturalizados  ataques contra la paz de los sepulcros, se erradicó el vampirismo de forma definitiva. El informe de Gerard van Swieten, médico perso-nal de la emperatriz y reina de Hungría, María Teresa, calificó de superstición popular la creencia en los vampiros, y solicitó castigos por la exhumación de cadáveres sin razón natural, pues la sacrílega ceremonia, además de violar el asilo de las tumbas, ensombrecía la reputación del difunto y de su familia. Para aumentar el peso moral de su solicitud de penas, hacia referencia a niños muertos en ino-cencia, cuyo cuerpo se entregaba al verdugo para que lo decapitase, e igual sucedía con los cadáveres de hombres cuya forma de vida fue irreprochable.
El papa Benedicto XIV, en una carta enviada al arzobispo de Leopolis, se burló de los muertos andantes de Polonia; recordó su De canonizatione Sanctorum, en donde dejó claramente establecido que la conservación de los cuerpos más allá de la muerte no es un milagro; aceptó el informe del médico de la Emperatriz, repitiendo  que la causa puede deberse al tipo de terreno donde son inhumados;  con máxima claridad atribuyó a sacerdotes la propagación de la superstición del vampiro para poder cobrar sus exorcismos y misas; y le pedía al arzobispo interdecir a todo sacerdote que resultara culpable de tal prevaricación. 
Ante estas afirmaciones y negaciones, la leyenda del vampiro fue convirtiéndose en algo tan creíble como no creíble: era una agradable posición llena de ambigüedad; de alguna manera era el mismo espíritu de la clásica pregunta sobre los fantasmas: “¿Crees en los vampiros? No, pero me dan miedo.” Si la superstición y el terror eran elementos esenciales de esta pavorosa leyenda folklórica, la literatura culta del siglo XVIII inicio el estudio de la mejor manera de aprovechar el tema. Con esclarecido juicio, Ricardo Ibarlucía y Valería Castello-Joubert, descartan de la tradición el poema “El vampiro” (1748), de Heinrich August Ossenfelder, ex-plicando que el tema no tiene nada de vampirismo, y sí de artimaña amorosa para vencer la resistencia de una joven piadosa que ha impedido la entrada a su alcoba de un asiduo galán.
En cambio, no dudan en considerar al poema “Lenore” (1774), de Gottfried August Bürger, como el  primer tratamiento literario de la superstición del vampiro, opinión de la que es fácil discrepar, pues tampoco, como ellos lo explican, existe un vampiro, y menos aun una buena mordida en el cuello; se trata sí del fantasma de un soldado, muerto durante la “Guerra de los siete años”, que sale del sepulcro para buscar a la novia, que ha renegado de su religión, y llevarla a galope tendido al cementerio donde él se halla enterrado. Al llegar, él va perdiendo su apariencia humana, y su aspiración es convertir la fosa donde está su esqueleto en el lecho nupcial. Sin duda es un poema impactante, sobre todo por la acertada frase: “ve-loces cabalgan los muertos” que suena tétricamente al ser pronun-ciada dentro del poema.
En vísperas de concluir el siglo XVIII, un indudable genio lite-rario, Johann Wolfgang von Goethe, con todo el pudor necesario, utiliza una anécdota griega, para introducir por su cuenta un rama-lazo vampírico: “La novia de Corinto” (1797)

 

“El sepulcro ha librado a su presa y vengo a reclamar el bien que me fue arrebatado; vengo para amar aún al esposo perdido y sorber la sangre de su corazón. Tan pronto concluya con él, iré a otros, y la joven raza sucumbirá a mi furia.”

 

Esta estrofa es la que marca el carácter vampírico del poema. En estrofas anteriores se ha descrito el festín amoroso; el corazón del joven arde de pasión, pero la novia fantasma es tal como debe ser en alguien salido de una tumba: blanca como la nieve, fría como el hielo, con un corazón que no palpita.
El atrevimiento de Goethe fue convertir en femenino la encar-nación de su vampiro. Pero en todo el poema, lo que prima es el acto sexual de la muerta con el joven ateniense; después “la novia de Corintio” le sorberá la sangre del corazón, anunciándole su próxima muerte por debilitamiento. Pero fijándose bien, no se trata de una acción de vampiro sino de un revanchismo o venganza de gran contenido amoroso, sexual, con el fin de castigar a la “joven raza”: a todos les absorberá la sangre del corazón y los dejará lan-guideciendo hasta que les llegue la muerte. Los chupa por vengan-za, no como alimento; los matará después de una noche de bacanal sexual; es un acto sin trascendencia vampírica: termina con la orgía amorosa. Nada más. Nadie renace convertido en vampiro y no se hace referencia a los colmillos en el cuello: digamos que la mordida es sólo simbólica y no sentida por el amante.
El siglo XVIII concluye de alguna manera con el poema de Goethe. La literatura no logró integrar al vampiro entre sus temas. No fue capaz de trabajar con las más esenciales características po-pulares: por haber sido mordido por un vampiro, el muerto revive; bebe sangre humana para “vivir muerto”; y sus primeras víctimas son familiares o conocidos. La superstición fue desarrollada con amplitud en los pueblos, dedicando especial énfasis a describir la forma de eliminar de manera definitiva a los no-muertos. Es proba-ble que antes que los alemanes, algún poeta o narrador de Europa oriental escribiera un cuento o un poema sobre el tema, pero si así sucedió, su aporte no traspasó las fronteras de su idioma.

 

II

 

Con la languidez característica de los fines de siglo, el XVIII concluyó sin trazar ningún porvenir para los vampiros. La literatura por pudor o por ignorancia dejó a la leyenda como un fardo aban-donado. No fue capaz de conquistar o desenvolver un personaje que era temor generalizado en los pueblos. Lo que en la actualidad llamaríamos publicidad, relaciones públicas, cabildeo, resultó una campaña para un producto feneciente. Y entonces…
Y entonces, en 1816, se celebró la famosa reunión en la villa Diodati encabezada por Lord Byron y la participación de sus amigos Percy B. Shelley, Mary Godwin, Claire Clairmont, y la de su secretario privado, John William Polidori. Byron retó a los presentes a escribir una historia de fantasmas, de fantasmas ingleses, claro. El reto no funcionó: Byron escribió unas estrofas interrumpidas, Shelley trazó el plan de un poema que nunca terminó; Claire Clairmont, nada que se sepa. La gran sorpresa la dieron los que casi no tenían velo en ese entierro: Mary Godwin con su genial Frankestein, y el despreciado secretario Polidori ni más ni menos que con “El vampiro”.
La historia se ha contado cientos de veces: enviada en 1819 a The New Monthly Magazine, con una carta y una introducción, en la que se hacia referencia a varias leyendas, entre ellas a la tan socorrida de Arnold Paul, pero por error o pillería del editor, se publicó como un texto del escandaloso y ya admirado Lord Byron. El éxito fue inmediato. Byron negó ser el autor; Goethe dijo que era uno de los mejores escritos del poeta inglés. Al año siguiente estaba traducido a los idiomas europeos. La literatura había, por fin, traído a su campo la tenebrosa figura del vampiro. Aún se daban caracteres ajenos a la leyenda popular, pero de cualquier modo, el vampiro entró por la puerta grande de la literatura.
Haciendo un pequeño paréntesis copiaré los significativos primeros versos del incompleto “El Infiel”, de Lord Byron:

 

Pero primero sobre la tierra, como vampiro enviado           
tu cadáver de su tumba será arrancado;
entonces atrozmente rondarás el lugar natal
y chuparás la sangre de toda tu raza;
allí de tu hija, hermana, esposa,
a medianoche agotarás la corriente de la vida;
más abominarás el banquete que por fuerza
tendrá que nutrir tu lívido cadáver viviente;
tus victimas ya aún antes de expirar,
conocerán al demonio por su señor…

 

Byron, como ha podido leerse, utiliza los temas esenciales de la leyenda de los vampiros: Sale de la tumba, ronda su casa y a su familia, les chupa la sangre a sus parientes, “a su raza” -la hija, la esposa, la hermana- y antes de morir, ellas sabrán que están ende-moniadas. (Habría que señalar entre estos paréntesis, el error de Byron al suponer un arrepentimiento del vampiro después del ban-quete familiar: sentimiento ajeno a la condición de no-muerto)  
Este era el camino, apoyarse en la leyenda y tratarla literariamente tal como Byron trazó desde que dio a conocer en 1813 el fragmento de su poema inconcluso. Pero el resultado literario fue un malentendido que sigue ampliándose hasta hoy: cualquier historia en la que el personaje principal o el secundario importante sale de su tumba, los comentaristas de inmediato lo tratan de vampiro. Y esto es sin duda una curiosidad: en ninguna de las historias previas a la novela de Stoker, el no-muerto se convierte en el “super ratón volador”. El nombre de vampiro le llega por los actos: ¨bebe sangre”, y eso fue suficiente para recibir tan terrorífico apelativo, dejando to-talmente de lado la transformación física en vampiro.  
Polidori no sacó a su vampiro de la tumba; la primera vez que lo vemos, se encuentra en una fiesta de la alta sociedad londinense. Es atractivo, gusta a las mujeres, es un excelente conversador, sobre todo con las damitas más virtuosas de los salones, pero sin ignorar a las adúlteras. Se le estima. Es Lord, Lord Ruthven. No se nos dice que sea un personaje nocturno, que duerma en un ataúd; el vampiro de Polidori anda por todos lados, con sol o de noche, sin temer nada ni escondiéndose. Le encantan las malas compañías y detesta a las buenas personas. A las de ínfima catadura, las ayuda en lo que puede, pero su ayuda las encamina a mayores crímenes: sus beneficiados terminan en la cárcel o ahorcados. Incluso las chicas más virtuosas de Londres que conversaron con él, se transformarán en unas desvergonzadas sin control: es como si arrastrase con él una maldad contagiosa que destruye a quienes se le acercan o andan por donde él camina. Lord Ruthven, además de vampiro, es la perversión personificada. Los dos mordiscos que nos cuentan, las realiza en mujeres, no en hombres; a pesar de tener a su “amigo” Aubrey al alcance de sus colmillos, no se le ocurre darle ni una pequeña chupadita de sangre como desayuno. Y esta limitación es un rasgo nuevo que aporta Polidori: a los vampiros les gustan las chicas, sólo las chicas, y de ellas se alimenta. (Un error de lectura ha llevado a diversos comentaristas a indicar que Lord Ruthven muere en Grecia ¡por un pistoletazo! Lo correcto es aceptar que Lord Ruthven en Londres, en Italia y en Grecia ya era un vampiro. Cuando tanto Aubrey como los bandoleros lo suponen al borde de la muerte, y éstos lo llevan a la cumbre de un monte vecino para que recibiera “el primer rayo frío de la luna después de su muerte”, lo que están realizando no es una ceremonia fúnebre sino el aleja-miento necesario para la reacomodación del vampiro en sus malda-des. Lógicamente, cuando van a buscarlo, ni Aubrey ni los bando-leros lo encuentran; ya ha viajado hacia Londres. Para un vampiro, un balazo en el hombro no representa una herida mortal).   
De cualquier manera, el hecho concreto es que la significación publicitaria y la difusión del tema, resultó por lo menos equivalente a la causada por la aparición del libro de Agustín Calmet. El cuento de Polidori se tradujo a idiomas europeos a pesar de saberse que Lord Byron no era el autor de la historia. La reacción más inmediata fue en Francia donde pulularon las obras teatrales, comedias, tragedias, incluyendo la forma cantada del tan famoso vodevil francés, en la que el personaje central era el mismísimo lord Ruth- ven o lord Ruthwen o algún próximo pariente vampiro.
Como ejemplo de esta popularidad, se nos muestra “La novia de las islas”, publicada por James Robinson Plancheron en 1820. A pesar de que se indica que es una novelización del drama de Nodier inspirado en el lord Ruthven de Polidori, lo cierto es que no tiene nada que ver con ese supuesto antecedente. Estamos ante un vam-piro que debe casarse con la víctima para poder chuparla y continuar así en la inmortalidad durante un año más (¿?). La historia es la continua frustración del vampiro para celebrar sus esponsales, y mien-tras esto le sucede, no puede chupar a nadie, y menos aún a cualquier muchacha virgen para cumplir su impostergable colabo-ración anual del “tributo de sangre a Belcebú”. (Quizá deberíamos agradecer que seguramente “el canonista” Harold Bloom no leyera este cuento, pues la sorpresiva presencia de Ariel, “el espíritu del aire”, lo hubiera obligado a recalcarnos el influjo de Shakespeare en la historia).  
Uno de los supuestos inspiradores de “La novia de las islas”, Charles Nodier, fue también cabeza visible de los más importantes impulsores en Francia de esta moda vampírica. Al margen de su adaptación teatral de la obra de Polidori, también publicó, en 1820, bajo el seudónimo de Cyprien Bérard, una olvidada narración titulada Lord Ruthwen o Los vampiros, en que aparte del vampiro de Polidori reaparece también su amigo-enemigo Aubrey; Ruthwen, es ministro de un califa con el nombre de lord Seymour, y es Aubrey quien se encarga de desenmascararlo. La acción se sitúa en Bagdad y, en verdad, tampoco actúa el vampiro como vampiro. Esta histo-ria, como la de Robinson son similares en cuanto a la impotencia de los vampiros para salir triunfantes en sus maldades, y además, tienen la etiqueta de vampiros pero sin que los veamos actuar como tales.
 Más éxito lograron los cuentos fantásticos de Nodier sin vam-piros (por ejemplo: “El hada de las migajas”, “Lydia o la Resurrección”, “Smarra o los demonios de la noche”, “La quebrada del hombre muerto”). En 1822 publicó Infernalia, un pequeño libro en que reescribe las historias populares sobre vampiros, fantasmas, resucitados, brujas, bajo la advertencia: “Es sorprendente que seres racionales hayan podido creer durante tanto tiempo que los muertos saliesen por la noche de los cementerios para ir a chupar la sangre a los vivos, y que estos muertos volvieran después a sus féretros”. También en esa advertencia figura una nota que en esos tiempos se aceptaba y que en la actualidad se ha buscado superarla con genealogías que buscan llegar hasta el origen del hombre: “el vampirismo sólo existe desde hace un siglo más o menos, la creencia en aparecidos, brujas, etc. Existe, creo yo, desde la creación del mun-do”.
La siguiente narración importante de vampiros suele ubicarse en 1823, escrita por la más difundida figura del romanticismo terrorífico alemán: E.T.A. Hoffmann. Se trata de “Vampirismo”. Las antologías más serias lo incluyen y un especialista como el Conde de Siruela, dice que este cuento “es la única incursión de Hoffmann en el tema propiamente vampírico”.
El personaje de las tinieblas es, en este caso, una encantadora muchacha, hija de una baronesa bruja y malvada, que se casa con el conde Hypolitt, lejano pariente suyo. Después de un tiempo de tranquilidad, en que ella le cuenta a su esposo las desgracias pasadas junto a su terrible madre, se descubre que la baronesa pasaba semanas y meses sin comer. Un día, un fiel sirviente encuentra la ocasión para avisarle al amo que su esposa sale todas las noches y no regresa hasta la madrugada. El conde, esa misma noche la sigue y, “al claro de luna pudo observar entonces un círculo de espantosas figuras fantasmales. Viejas mujeres semidesnudas y con los cabellos al viento, se acuclillaban en el suelo, y en el centro del círculo yacía el cadáver de una persona, del que se alimentaba con voracidad de lobas. ¡Aurelia estaba entre ellas!”. Al día siguiente al darse cuenta de que su esposa no quería comer, la insultó llamándola engendro del Infierno y mujer diabólica; ella, sabiéndose descubierta, se lanzó a morderlo en el pecho, pero el conde le dio un empujón y su extraña esposa murió entre horribles convulsiones. Este, evidentemente, es un caso de canibalismo y no de vampirismo. Incluso uno de los presentes en la reunión donde se cuenta esta historia, dice “Frente a tu historia, el vampirismo es un juego de niños, una hilarante broma de carnaval.” Pero este comentario trae su cola: a un vampiro no se le mata con un simple empujón.
Otra historia para el árbol genealógico es de 1823: “Deja a los muertos en paz”. Durante un tiempo, el cuento fue atribuido al romántico alemán Johann Ludwig Tieck, pero posteriormente se identificó al autor como Ernest Salomo Rauppach. El aporte de esta narración a la imagen del vampiro resultó minúscula: el vampiro no soporta la luz del día, detalle que no figuraba resaltado en el vampi-ro de Polidori, y que aquí, sin tanta fuerza pero repetido, se halla incluido. Pero más fueron los detalles que no se repitieron en el desarrollo literario del vampirismo. No se aceptó la mediación de un mago o brujo para resucitar a un muerto; no se aceptó la necesidad de beber sangre humana para poder devolver con ardor las caricias del esposo, gracias al despertarse en ella “el calor de la vida y la llama del amor”; tampoco se aceptó la prohibición de usar joyas de oro: sólo adornos de plata y perlas; tampoco se aceptó que la alimentación normal sirviera para mantener su cuerpo restituido, que la sangre humana fuera necesaria para la vitalidad de su cuerpo y la existencia de pasiones (amor y odio); tampoco se aceptó que en las noches de luna nueva, la resucitada durmiera el mismo sueño de los seres humanos y la abandonara el poder sobrenatural que recibe de la tumba, siendo ese es el único momento para matarla;  tampoco se aceptó el absorber el fluido vital sin dolor y sin dejar marca (este tipo de vampiro ejemplifica lo que se ha dado en llamar “vampirismo energético”, con lo cual se abrió una nueva vía para ir incorporando a no-vampiros en la historia del vampirismo literario).
Al año siguiente, en 1824, Elizabeth Caroline Grey publicó en un semanario literario de clara tendencia populachera y terrorífica, su cuento “El esqueleto del conde o la amante vampiro”. Es una historia sin mayor proyección sobre el linaje vampírico. El personaje es un conde, quien tiene un pacto de inmortalidad con el diablo; con sus experimentos y lecturas logra crear un líquido mágico que le permite resucitar a una bella campesina de diez y siete años -la atracción por las bellas campesinas o por mujeres de condición plebeya, parece una inclinación muy propia de los nobles europeos. Bertha, que así se llamaba la revivida, se transforma en una vampira que comienza a chupar sangre a los vecinos del castillo; ellos, de inmediato, la culpan de las muertes de una niña y una joven, y sin dilación alguna se arman y se dirigen sublevados al castillo para matar a la vampira. El conde se defiende con su guardia de seguri-dad, pero es derrotado; han matado o se han rendido sus defenso-res. La vampira es quemada con el castillo inclusive, luego de cla-varle una puntiaguda estaca en la boca del estomago. Y el conde, humillado y sin propiedad en la cual vivir, se traslada de inmediato a otra región para continuar transformándose en esqueleto inmortal entre el ocaso y la salida del sol.    
Los dos primeros libros de Prosper Mérimée, Teatro de Clara Gazul, comedianta española (1825), y La Guzla o selección de poemas líricos recogidos en Dalmacia, Bosnia, Croacia y Herzegovina (1827), fueron presentados como si su papel hubiera sido sólo la de recopilador. El éxito y la difusión del primer y segundo libro fueron inmediatos. La Guzla le pareció tan importante a Alejandro Pushkin que deseo traducir algunos poemas y canciones al ruso; Goethe, en Alemania, como buen zorro viejo, dudo de la au-tenticidad de lo publicado. El valor del segundo libro era el de re-coger del folklore y de la tradición popular, una literatura hasta entonces inédita, lo cual no era cierto; fue todo obra suya. Quizá lo menos inédito sería la parte referente a los vampiros, donde incluye también la tan conocida historia de Arnold Paul. Su aporte fue de-clararse testigo de un caso de vampirismo en la persona de la hija del dueño morlaco de la casa donde estuvo alojado. Desde el mo-mento en que la hija grita al ser mordida por un vampiro, hasta su muerte once días más tarde, Mérimée está al lado de ella e inclusive la cuida algunas noches para que no volvieran a atacarla. No ve a ningún vampiro ni cualquier cosa que lo demostrara, sólo observa el terrible fanatismo en la exhumación de un cadáver, la masacre realizada en la cabeza del supuesto vampiro y luego la forma como lo quemaron en una hoguera. Ninguna de las otras historias y re-flexiones del escritor francés tenían algo de original. Sus datos de-rivaban del libro de Calmet y de tradiciones populares ya conoci-das.
La nueva incorporación al árbol familiar de los vampiros es ni más ni menos que la de Edgar Allan Poe con su cuento “Berenice”. Es una historia de dos primos criados juntos. Ambos están enfer-mos: la prima con una especie de epilepsia que suele terminar en catalepsia (según la traducción de Cortázar); el primo con altera-ciones mentales que concluyen en monomanías e intensidades de atención, digamos en pocas palabras que estaba chiflado. Los primos acuerdan casarse, pero la desgracia cae sobre sus proyectos. El primo queda terriblemente obsesionado por los dientes de la prima, los convierte en el único medio para que le regresara la perdida razón; y ella, una mañana tuvo un nuevo ataque de epilepsia y los criados la consideraron muerta: esa misma noche la enterraron. El primo quedó más chiflado que antes, pero los dientes… Toca a la puerta un sirviente que muerto de miedo le cuenta que se había escuchado un grito espantoso y la servidumbre para ver qué pasaba, buscó el origen y encontraron una tumba violada -la tumba de la prima-, con “un cadáver desfigurado, sin mortaja, y que aún respi-raba, aún palpitaba, aún vivía.” El sirviente señala la ropa del amo: está manchada de barro y de sangre; las manos se ven arañadas, una pala se apoya en la pared. El primo da un grito, y al querer abrir una caja que había sobre la mesa, se le cae, desparramándose lo que había dentro: “algunos instrumentos de cirugía dental, mezclados con treinta y dos objetos pequeños, blancos, marfileños…”.
¿Y el vampiro? ¿La prima? Desde el ataque de epilepsia que concluyó en catalepsia, no pasaron 24 horas antes de ser enterrada (¡!). ¿El primo? Bueno, el primo fue a la tumba esa misma noche. Con la pala desenterró el ataúd, lo abrió, y con instrumentos de cirugía dental -tal vez esa especie de espantosa tenaza que usaban los dentistas- comenzó a extraerle los dientes uno a uno; ella salió del ataque de epilepsia y se encontró con el querido primo sobre ella sacándole en vivo los dientes y destrozándole las encías. ¿Quién no gritaría? Es un cuento terrible, un cuento de terror, un cuento de locura, pero no un relato de vampiros.
 El siguiente colaborador para la familia vampírica, es Théophile Gautier, que en 1836 publica “La muerta enamorada”. Es la historia de una mujer vampira que seduce a un sacerdote en el momento de su ordenación. Si seguimos hasta aquí la evolución del vampiro lite-rario a través de sus más logradas narraciones, es fácil deducir el empeño en personificar al vampiro en una mujer. Lo hace Goethe, Hoffmann, supongo que se atribuye a Poe la prima salida de su catalepsia y no al loquito de su primo (¿o será a la inversa?), Elizabeth Caroline Grey, y ahora Gautier, pero de estas vampiras la única realmente no muerta y bebedora de sangre para continuar viviendo con todo su esplendor femenil es la de Gautier. Y, además, es una deslumbrante belleza, a la que ni siquiera se aproximan, aseguran, los divinos retratos de la Virgen María: Alta, rubia, blanquísima, cejas negras, ojos verdes, “dientes del más bellos oriente brillaban en su roja sonrisa”, movimiento ondulante de culebra o pavo real. En toda la descripción, que abarca también su vestido y adornos, posee Clarimonda, que así se llama la belleza, una sensualidad exquisita que concluye con un “pequeño lunar en la barbilla”.
La vampira es una cortesana riquísima, con un castillo majestuoso, obsequio de uno de sus fervientes adoradores, el príncipe Concini. Pero en una de sus grandes orgías, después de ocho días y ocho noches de absoluto desenfreno, “infernalmente espléndido”, murió la cortesana (¿?); se dijo que era una gula, demonio femenino del desierto, que llevaba a sus amantes a finales miserables o violentos, y que ya había muerto varias veces.      
El sacerdote del pueblo, el narrador de la historia cuarenta años después, es llevado al castillo para salvar el alma de “una gran dama” antes de su definitivo fallecimiento. Pero llega tarde. Le piden velar el cuerpo y él acepta. La muerta es Clarimonda. Él la ve, se impresiona, llora, se inclina sobre la cara de la muerta, y sus lágrimas caen sobre ella; al darle un beso de adiós en la boca, ella responde y resucita gracias al amor que él siente por ella.
El párroco, un hombre de veintiséis años, entra en un estado febril, en el que durante el día se cree un mal sacerdote que sueña ser un gentilhombre, y en las noches un perverso gentilhombre que se cree sacerdote. Un día se da un corte profundo en un dedo y Clarimonda se lanza sobre la sangre que sale de la herida, y recupera su lozanía y su deslumbrante belleza, que estaban marchitándose de una manera acelerada. A partir de ese día, en las noches, con un alfiler de oro pincha al dormido amante y le bebe mínimas cantidades de sangre, “sólo tomaré de tu vida lo necesario para que no se apague la mía”. Ella es ahora una amable vampira que se impone una dieta de protección al amado y de protección a ella misma. Su amor es además excluyente: “Si no te amara tanto me decidiría a buscar otros amantes cuyas venas agotaría, pero desde que te conozco todo el mundo me produce horror”.
De la historia de Gautier sólo la deslumbrante belleza y la inconmensurable riqueza parecen haber sido heredadas por las futuras vampiras. Pero la dieta sangrienta, la dependencia amorosa y alimentaria del amante, no volvieron a repetirse. ¡Nada de amores románticos! Tampoco la extraña muerte de Clarimonda se repetirá, pues viola uno de los caracteres esenciales del vampiro: vivir de noche y dormir de día. La historia de Gautier concluye cuando un sacerdote amigo, sabio y especie de Pepito Grillo del joven párroco, después de medianoche, abre la tumba de Clarimonda: ella estaba ahí durmiendo e inmovilizada, con una gota de sangre aún en los labios. Basto una simple rociada de agua bandita a la fallecida y trazar una cruz, también con agua bendita, sobre el ataúd, y la se-ductora y enamorada Clarimonda se convirtió en polvo. Sólo una vez volverá  a presentarse en los sueños del joven sacerdote y será para repetirle lo que le dijo el primer día que lo vio ordenándose en la iglesia “¡Infeliz, infeliz, qué has hecho!”
 Un nuevo colaborador de la lista vampírica llegó de Rusia, de la mano de Alexei Tolstoi, primo lejano de León Tolstoi. “La familia Vurdalak”, su cuento de vampiros -no el único-, es el modelo canónico de  la manera de tratar un tema que interesaba y subyugaba por igual a las clases altas y bajas de Europa (fue escrito en 1840, pero recién publicado en1884). La tradición folklórica es reelaborada de manera casi perfecta. Un padre que sale a la guerra y advierte que si no regresa manden decir una misa pues habrá muerto, pero si llega después del decimo día no lo dejen entrar pues será un vampiro (un vurdalak) que viene a chuparles la sangre, y pide que lo maten clavándole una estaca en el corazón. El padre regresa en un momento en que ninguno de su familia es capaz de fijar temporalmente: ¿son o no son los diez días? De cualquier manera la regla vampírica del folklore, desechada a lo largo de todo el siglo, es la necesidad del vampiro de comenzar a alimentarse recurriendo a la sangre familiar y después continuar con la de su pueblo, convirtiendo a todos los mordidos en vampiros. Estas dos reglas las maneja Tolstoi a lo largo de historia y logra conformar un muy buen cuento de vampiros. Pero también con “La familia Vurdalak” concluye el ciclo literario folklórico y se inicia el de la imaginación, donde es el escritor quien elabora de manera individual los caracte-res de su vampiro literario a su gusto y capricho.
Quizá, por eso, el paso siguiente sea lo que podría llamarse “una rama bastarda” de la genealogía vampírica. Se trata de Varney, el vampiro o La fiesta de la sangre, de James Malcom Rymer, publi-cado como folletín en 1846, que abarca 220 capítulos y 868 páginas a doble columna. No la he leído ni la pienso leer, me basta con la opinión del conde de Siruela: se trata de “una incansable repetición de historias húmedas y sangrientas con todos los excesos del kitsch de la novela gótica: noches frías de viento ululante, gritos exaspe-rados, puñaladas, disparos, histéricos designios y un sinfín de exclamaciones de sangre y muerte que, a la vez modulan toda una gama de ensoñaciones eróticas y de continuas resurrecciones a la luz de la luna. Sir Francis Varney es matado de todas las maneras imaginables, incluida la estaca, pero nada: siempre resucita, ávido de sorber más sangre y morder el cuello de alguna nueva victima de cabellos revueltos.”  Y aunque después diga que “es una pieza fun-damental en el desarrollo del cuento de vampiros” y que “Rymer enriquece el argumento de Polidori incluyendo muchos nuevos motivos que con el tiempo se harán clásicos y dejarán huella notoria en Drácula”, resulta difícil reunir los ánimos necesarios para leer más de 800 páginas desaforadas.
El texto de muestra que es posible leer en castellano no resulta tan deslumbrante como se indica (curiosamente, en los tres libros en que se incluye un fragmento de Varney, páginas más y páginas me-nos, es el mismo fragmento el reproducido). Estamos ante un vampiro que se ve en la obligación de romper el vidrio de una ven-tana para meter la mano y correr el pestillo a fin de lograr entrar a chupar la sangre de una bellísima joven. Y para esto debió pasarse un buen rato arañando los vidrios bajo un intensa lluvia, acompañada de granizo. Yo me mantengo en mis trece: Vade retum vampirin.
En el tema de los vampiros no era posible la ausencia de Alejandro Dumas, que se hace presente con “La bella vampirizada” o “La dama pálida”, integrante del libro fantásticoLos mil y un fantasmas. Aunque Dumas es Dumas, salta a la vista que aquí se le escaparon algunas notas; por ejemplo, la madre de los medios her-manos que no habla ni polaco ni francés, y la nuera que no entendía una palabra de moldavo, el único hablado por la madre, al final conversan directamente sin traductor que valga. ¡Milagro de los vampiros! Y aquí el vampiro es uno de los medio hermanos. No el rubio de ojos azules, sino el de ojos negros y cabello rizado. Su empeño, tras lanzarse sobre la espada de su hermano para morir y convertirse en vampiro, es lograr morder y chupar a la bella polaca recientemente acogida en el castillo de los príncipes Brankován y Waivady. Las mordidas del nuevo vampiro es sólo una mínima marca del tamaño de un alfiler. Y en la pelea final, el hermano rubio lleva a punta de espada sagrada al hermano moreno hasta la misma tumba y ahí se la clava sin más trámite. Pero el hermano bueno debe a su vez morir “por luchar contra la muerte”. Me parece que salvo atravesar puertas cerradas con cerrojos y trancas, y crear un cierto adormecimiento en la victima, más es lo que quita Dumas que lo que agrega. Pero Los mil y un fantasmas es un libro de entretenida lectura.
Poco después en las dos décadas siguientes, los diarios y las revistas se llenan de historias de vampiros, todos ellos de un valor literario muy reducido. Sin embargo, son buenos rescates el anónimo “El extraño misterioso”, de 1860, publicado en una revista in-glesa, traducida del alemán, idioma en que fue publicada originalmente en 1857. Uno de los detalles resaltantes es la invitación que debe recibir un vampiro para poder ingresar en el hogar de la víctima, y también el error de considerar como semejante al novio de la amiga por tener una mano de oro remplazando a la natural, lo que le da una fuerza superior a la extraordinaria del vampiro.
En 1867, William Gilbert, un popular novelista inglés, publica “Los últimos señores de Gardonal”, una historia en la que su pode-roso personaje de varios cuentos, el astrólogo Inominato, se enfren-ta a la maldad del barón Conrad enviándole como esposa una vam-pira creada por él para vengar a los campesinos de las tierras del barón y para que le diera muerte, tal como sucedió. Es una historia poco clara pues no logramos enterarnos de dónde salió en realidad la vampira Teresa, y donde quedó o murió la auténtica y bellísima campesina del mismo nombre, que quizá sea también la fantasma que vuela ante Conrad y sus secuaces como una “borrosa figura de blanco”, sin que lograran alcanzarla.
Desde esa fecha hasta 1897, año de la publicación del Drácula de Bram Stoker, el aporte principal, al menos el más distinguido, surge en 1872 en la novela corta Carmilla, de Joseph Sheridan Le Fanu. En realidad Le Fanu nos cuenta una historia de espejos enfrentados; es decir, nos cuenta primero una historia y luego la repite cambiando detalles (el nombre: Millarca, casi anagrama de Carmina) pero recalcando lo que estima importante de señalar. Al final, después de cumplido el ritual de la muerte definitiva de la no-muerta, se realiza una enumeración de las características esenciales. Por ejemplo: no es cierto que las vampiras tengan una palidez mortal; al contrario, se presentan en sociedad con aspecto de llevar una vida saludable. Nunca se ha sabido cómo es posible que salgan y regresen a sus tumbas diariamente evitando que el ataúd tenga marcas de haber sido abierto. La sangre de los vivos le proporciona el vigor necesario para sus horas de vigilia. Por lo general, la vampira va directamente donde su víctima, dominándola con violencia y estrangulándola, concluyendo su banquete de una sola chupada. Al parecer, las vampiras deben mantener su nombre original, aunque pueden formar un anagrama o casi con él. Otra actitud esencial de la vampira “es sentirse fascinada, con una creciente vehemencia, semejante a la pasión amorosa”. Para ello actúa con “una paciencia y una astucia inagotable”. Y jamás se dará por vencida, y “economiza y prolonga su placer asesino con un refinamiento epicúreo, con acercamientos graduales, propios de un ingenioso cortejo amoroso” Y para ello busca que su víctima también anhele el amor de la vampira. Esta especial característica es la que plantea de manera más resaltada la primera historia: el cortejo lésbico ante una ambivalencia sentimental de la que está siendo enamorada (dice la víctima de la primera historia: “Era como la pasión de un amante; me incomodaba, era odioso y, sin embargo, irresistible”).
El proceso con estas víctimas “especiales” es hacerles sentir que se les clava en el pecho dos largas agujas, que finalmente se convier-ten en una diminuta mancha azul, del tamaño de la punta del dedo meñique, ubicada en la parte baja del cuello. Y la vampira va chupando sangre día a día, y por el mismo lugar, sin causar el dolor de la primera vez, hasta que la víctima va empalideciendo, los ojos se le dilatan y se vuelven ojerosos; la languidez es una de los síntomas más obvios y los que más colaboran a la entrega total.
Por lo que se ido recorriendo, la tendencia de la narrativa del siglo XIX esta claramente inclinada hacia la vampira: es el camino iniciado con “La novia de Corintio”, de Goethe; seguido con la Clarimonda, de Gautier; la Bertha de Grey, la Teresa de Gilbert, y consagrada por la Carmina o Millarca de Le Fanu; es decir, en más de dos de los cuentos más significativos del siglo XIX. Polidori, en cambio, inició la historia literaria con Lord Ruthven enfrentado a Aubrey, pero sin tocarlo y, en cambio, si chupando la sangre de la encantadora jovencita griega de la que estaba enamorándose su amigo y después a la hermana de Aubrey, apenas logra casarse con ella e iniciar el viaje de novios. Pero la historia de Ernest Raupach también tiene un personaje femenino como vampira; la de Dumas es íntegramente contada por una mujer que fue mordida y curada con sangre de vampiro recogida con la tierra en que cayó. En la historia de Tolstoi ya no es ni un hombre ni una mujer: es toda la familia y todo el pueblo los que se convierten en vampiros, pero podría recordarse que la escena crucial del narrador se produce al tratar de seducir a Sdenka, la hija de la familia.
Como intermedio entre Le Fanu y Stoker, se puede citar la vampira del cuento de Anne Crawford, titulado “El misterio de la campiña”, publicada en 1887. Es una historia de aristas y bohemios instalados en Italia, en la que uno de ellos cae en brazos de una vampira y, a la vez, se conecta con su amigo pintor parta hacerle sufrir todos los males que él también está padeciendo. La historia es algo larga y el descubrimiento de la vampira es en las páginas finales, pecado este en que caen las historias que no pueden ubicar-se entre las sobresalientes de la tradición literaria de los vampiros.
A pesar de que de alguna forma gravita en el vampirismo -y se auto consideró como el gran descubrimiento de la edición argentina de Vampiros en 1960-, el faltante será el escritor francés Paul Feval. De él se han publicado, en antologías, fragmentos de sus novelas La vampira (1865) y de Ciudad de los Vampiros (1867), destacando esta última más como una parodia de la literatura gótica que como una verdadera historia de vampiros. Ni en su producción ni en las antologías se encuentran cuentos que pudieran incluirse.      
 En el poco más del cuarto de siglo que separa la vampira de Le Fanu del Drácula de Stoker, los especialistas han tratado de enriquecer una tradición o una evolución literaria dotando al vampirismo de nombres y textos ilustres que alcanzan a cubrir también los primeros veinte o treinta años del siglo XX. Así se podrá comprobar que se agregan a la lista un poema de Baudelaire o un fragmento de Los Cantos de Maldoror, de Ducase, sea porque el título es “vampiro” o un nombre relacionado;  igualmente no debería extra-ñarnos encontrar clasificados como vampiros a seres incorpóreos como los que figuran en “¿Qué es eso?”, de Fritz James O’Brien, y en “El Horla”, de Maupassant. Y ya no se diga de “Thanatopia”, de Rubén Darío, un cuento en el que un hijo desatendido de un padre viudo, al ser llevado años después de la muerte de la madre a conocer a su reciente madrasta, y ella le dice que quiere besarlo, al jovencito le da un ataque de nervios y se pone a gritar y a decir que su padre está casado con una vampira. Y aunque ya sea bastante entrado el siglo XX, aparece como cuento de vampiros “El almohadón de plumas” (1927), de Horacio Quiroga, en el que solo una lectura tergiversadamente freudiana puede deducir que es el marido quien vampiriza a la esposa y no esa especie de monstruosa sanguijuela acomodada en el calor de la almohada. ¿Y que agregar del “Conde Magnus” (1904), de M.R. James? La locura de un erudito que identifica a personajes vestidos de negro, y con capa, como si fueran el conde Magnus que ha salido de su tumba y lo persigue, acompañado de otro personaje más bajo, también vestido de negro pero con capuchón y no sombrero de ala ancha.
Bram Stoker escribe la obra fundamental del vampirismo: Drácula. Literariamente es un logro; de alguna manera es la obra cumbre de la tradición literaria sobre los vampiros. Sin embargo, y sin referirme a la calidad literaria, debería reconocerse que difícilmente es posible encontrar un vampiro tan desacertado e ineficaz como el Conde Drácula. No hay nada que le salga bien, no tiene ni un solo acierto a lo largo de las 500 páginas en las que se nos describen sus patéticas derrotas. Destaquemos que el Conde debe ocuparse de las actividades domésticas del castillo durante los dos meses que tiene a Harker en su poder. Al tenebroso conde se le ve haciendo la cama y poniendo la mesa para que cene la supuesta víctima; también limpia, cocina y prende las luces de las habitaciones. Además fue el cochero que lo condujo al castillo y después cargó la maleta que Harker llevaba. Por si esto fuera poco, el joven abogado recorre por una cornisa la distancia que lo separa de la habitación donde duerme el vampiro y con toda facilidad entra por una ventana; ahí lo encuentra dormido, trata de matarlo pero sólo lo hiere, revisa como Pedro por su casa todo lo existente en las habitaciones privadas del conde  y, en otra visita, aprovecha la ocasión para llevarse unas antiguas monedas de oro a fin de utilizarlas en su fuga. Finalmente, Harker se le escapa a Drácula y después de una larga caminata se refugia en un convento de monjas, hasta que recuperada la salud puede regresar a su país.
La llegada del conde a Londres también es catastrófica: mata a los marineros y al capitán del barco en que viaja. Una vez en puerto, escapa convertido en inmenso lobo. Ahí tiene una especie de cómplice: un inestable loco encerrado en un manicomio, al que también mata cuando se le subleva de su condición de esclavo. Mata a Lucy, la íntima amiga de la novia de Hacker, y la convierte en vampiro. Días después, Hacker con sus amigos abren la tumba de Lucy y la destruyen como vampiro: solo actuó muy pocos días. Después comienza el conde a chuparle la sangre a la novia de Hacker, pero sus perseguidores eliminan 49 cajas de las cincuenta que trajo con tierra de sus posesiones y lo fuerzan a huir de Londres, humillado, para regresar a su castillo. Una vergonzosa derrota en muy breve tiempo. Pero lo persiguen y no sólo logran matarlo del todo a él, sino también a las tres vampiras del castillo. ¡Un absoluto y muy patético inútil! ¡Qué gran diferencia con el Lord Ruthven, de Polidori!
Sin embargo, este tan lamentable Drácula es qioien cerrará el camino recorrido por la imagen del vampiro en la literatura del siglo XIX. Sólo podría señalarse como colofón del vampirismo decimonónico, “La tumba de Sarah” de  F.G. Loring. Publicado en 1900, la historia traza la muerte total de una vampira -confirmando la tendencia narrativa hacia la mujer vampiro-. La revivida vampira apenas tiene tiempo de dar unos depredadores paseos transformada en un inmenso lobo y, al tercer día, ya recuperada sus formas humanas, dar un breve paseo para después encontrarse con sus ejecutores que, con la rama de un rosal silvestre, ajos, cuchillos afilados y una estaca en punta, convierten en polvo a la malvada condesa Sarah, enterrada en 1630 y sellada su tumba con una especie de mortero masilla y hostia consagrada.    
El cine, en mi opinión, más que la literatura, es quien recrea en realidad a Drácula y a los vampiros, y abrirá la puerta para que ingrese la muchedumbre de escritores de estos tenebrosos temas. A lo largo del siglo XX, la literatura y el cine de vampiros ha sido un buen negocio, pero fue el cine, con sus espectaculares efectos especiales, el que logró alcanzar altas cotas expresivas mientras la narrativa navegó por un océano de frivolidades, sin lograr, es evidente, la creación de un texto dispuesto a vivir por los siglos de los siglos, tal como lo haría un verdadero vampiro.

 

Moià, marzo de 2009.