BIBLIOGRAFÍA LITERARIA

DE LA

REVOLUCIÓN MEXICANA.

 

 

 

 

En recuerdo de unas permanentes

presencias en sus ausencias,

este trabajo es un homenaje

a la amistad y el talento de

Carlos Montemayor,

Boris Rosen

y Teresa Silva.

 

PRÓLOGO

 

1.– Una bibliografía es un libro sobre libros; más aún, una bibliografía puede prescindir de cualquier información que no se encuentre en el libro registrado. En este caso, lo consignado sólo hace referencia a las características físicas del libro descrito.

Las bibliografías pueden informar desde diversas posiciones:
a.– Los ejemplares que existen en una biblioteca particular: la de Genaro García, de Francisco Sosa.
b.–Los custodiados en una institución o un departamento de ella: biblioteca del Instituto de Defensa de las ballenas, del Convento de los mercedarios; de la Facultad de Filología de la UNAM.
c.– Durante un espacio de tiempo: libros y folletos publica-dos en 1965 (o de la década del setenta) en México (o en Zacatecas, Monterrey o Puebla).
d.– Sobre un tema específico: de fútbol, de un periódico, de una revista, de petróleo, de viajes, de gastronomía, de un editor.
e.– De un autor, en donde se suele poner en algunas ocasio-nes tanto lo producido por él, como los comentarios –a favor o en contra– sobre su trabajo. 
f.– Muchas veces, su función sirve como respaldo o comple-mento en un diccionario, un libro, un artículo.

Aparte de los prólogos explicativos que acostumbran llevar las bibliografías, a veces suelen presentarse las fichas con una biografía del autor –por lo general breve–, y/o un comentario sobre el tema o las particularidades del libro; a veces también se indica la biblioteca donde se encuentra el ejemplar descrito.

Pero aunque se enriquezca una bibliografía con detalles aje-nos a su continente físico, una bibliografía continua siendo un libro sobre libros, pues, en definitiva, lo esencial de ellas es la descripción física de los ejemplares.

2–La bibliografía que he preparado, como su título lo indica,  se refiere a los libros de carácter literario que hacen referencia a la Revolución Mexicana.
Sin embargo, el límite impuesto, excluye a la poesía, a las obras teatrales, y, en general, a las biografías, por estimar que lo probable es que fueran por encargo y obligaran a un carácter laudatorio. También excluyo a los ensayos sin individualizar acciones del autor, los relatos periodísticos y los libros anónimos (estas dos ultimas exclusiones podrían rectificarse; las fichas figuran en la bibliografía general y en el índice “No entran”).  

3– Antes de continuar con las características de la bibliografía que he preparado, es conveniente analizar  lo publicado sobre el tema. Será una especie de guía de la metodología a seguir o rechazar, para mantenerme en el tema y trabajar sobre él. Nadie dudara que el primer paso obligado para llevar a cabo una bibliografía temática, o de cualquier tipo, en la que sea referencia obligada el tema y los años de la Revolución, la consulta debe abarcar, por lo menos, a las ya publicadas sobre el tema y que se emplean como instrumento de estudio, de búsqueda, de consulta.
 4– Bibliografía de Roberto Ramos.– Se ha dicho que con todo lo escrito acerca de la Revolución mexicana es posible formar una bien dotada biblioteca. Es bastante probable que esto sea una bienaventurada exageración, pero cualquier bibliófilo o biblioteca a la que interese el tema, debe contar, de inicio, con la Bibliografía de la Revolución mexicana, de Roberto Ramos, cuyo primer tomo abarcaba lo publicado hasta el año de 1931 y contenía 1925 fichas; su segundo tomo, que abarca hasta el año 1935, era una ampliación de los años de registro y de títulos omitidos en el primer volumen; se agregaban 1205 fichas, con lo que los dos tomos alcanzaban un total de 3,130 fichas. En 1940, Roberto Ramos publicaba un tercer tomo que llegaba hasta 1940 y redondeaba un total de 3600 fichas.
Estos tres tomos se volvieron imposibles de encontrar en li-brerías y subastas. Felizmente, en 1959 y 1960, se reeditaron, con agregado, los tres tomos la Bibliografía de Ramos. El tomo primero y el segundo reproducían los tomos de 1931 y 1935 y el tercer tomo se ampliaba en el registro hasta 1960 e incluía en su corpus las fichas pertenecientes al tercer tomo (el de 1940), más las nuevas fichas que Ramos logró reunir hasta 1960. De esta forma, la Bibliografía de la Revolución mexicana saltaba de la ficha 3130 a la 5067 (es decir, 1467 más que la última ficha del tercer tomo original (el de 1940).  
Para un neófito en el tema como era yo, este primer paso resultó abrumador. La tranquilidad volvió a mí cuando al revisar la bibliografía de Ramos encontré que en ella se registraban informes de gobierno, leyes, juicios, amparos, panfletos, folletos políticos, temas especializados (agrarismo, bancos, moneda , empréstitos, manifiestos, partes de guerra), además, claro está,  libros de poemas, cuentos, novelas, memorias, testimonios, crónicas, diarios, piezas de teatro, etc.
No puede dudarse de la importancia del trabajo publicado por Ramos en 1931, 1935, 1940, y, también, de la reedición ampliada con un tercer volumen en 1960. Sin embargo, la bibliografía debía servirme como corroboración de los libros que yo hallara: si el libro que adquiría se hallaba en la bibliografía de Ramos, me alegraba porque indudablemente trataría de la Revolución; si no estaba, me alegraba aún más porque suponía que era un libro raro sobre la Revolución. 
 
5.– La Bibliografía de Ernest Moore.– Como siempre, en todo hay caminos laterales que permiten mantener la esperanza de poder en el incursionar adecuadamente en el tema. Supongo que en algún libro sobre la Revolución me encontré con la referencia al trabajo del profesor norteamericano Ernest Moore, publicada por El Colegio de México en 1941: Bibliografía de novelistas de la Revolución mexicana. Era fácil deducir que ya sería también un libro raro. Primero lo trabajé con fotocopias y mucho después conseguí un ejemplar.
La bibliografía de Moore es un libro de 190 páginas, con letra cómoda de leer. Después de un corto prólogo (7 páginas), el profesor enlista en tres páginas las más de treinta bibliotecas y colecciones, públicas y privadas, en donde ha investigado para realizar su trabajo, además de catálogos libreros, bibliografías, revistas. Digamos que esta amplia lista nos dispensa de tener que recorrer por lo menos unas 30 bibliotecas, archivos, casas particulares, librerías, catálogos de libros raros, nacionales y extranjeros, pues ya un bibliófilo de fama continental, como el Moore, se ha tomado el trabajo de realizar los viajes y la investigación por nosotros. Sin embargo, el asombro nunca falta: en la bibliografía no se incluye, entre los consultados, el libro de Roberto Ramos, que debería haber sido su referencia inmediata (en 1940 ya estaban publicados los tres tomos de la edición original de Ramos).
El profesor norteamericano divide su exposición en tres apartados. El primero lleva por título "Novelistas de la Revolución mexicana. 1. Obras"; el segundo, "Novelistas de la Revolución mexicana. Artículos y colaboraciones en revistas" (esta vez son cuatro páginas de periódicos y revistas consultadas); y el tercero –que figura como el “5”–, “Crítica de la Novela de la Revolución mexicana”.
 El profesor Moore ha realizado su trabajo movido por buenos sentimientos, los cuales explica claramente:
En la introducción: “Con estas bibliografías he pensado remediar un poco las faltas que he notado en el material existente para el estudio de la novela mexicana moderna”.
En el primer apartado: “ayudar a completar y corregir la Bibliografía de la novela mejicana de Torres Rioseco, la cual, aunque defectuosa, es la mejor compilación que existe (se agregan un total de más de doscientas ediciones).
En segundo apartado: “formar por primera vez una Bibliogra–fía de la Novela de la Revolución Mexicana (obras señaladas en la primera sección con un asterisco), siendo ésta a la vez la lista más completa que hasta ahora se ha compilado de las obras de sesenta y un escritores modernos”.
En el tercer apartado: “facilitar el estudio de la literatura mexicana actual”.
 El trabajo del profesor es producto de un esfuerzo: "Puesto que es dificilísimo o aún imposible encontrar estos libros en las librerías, he tratado de localizarlos en bibliotecas donde los pueden consultar los críticos u otros que se interesen por ellos. He registrado muchas bibliotecas públicas y particulares de México y algunas de las más importantes de Estados Unidos. Los signos al fin de cada cita indican su procedencia o la biblioteca que posee un ejemplar de la citada edición".
 Como consecuencia de esta largo y amplio recorrido bibliografico, el profesor Moore tiene una primera conclusión que adelantar: "las obras novelescas que tratan de la Revolución mexicana suman más de doscientos ochenta títulos, cantidad que por sí sola muestra la importancia de este movimiento literario".
 Acto seguido, resultaba casi obligatorio realizar precisiones teóricas y exponer juicios de calidad para que los "críticos u otros" sacaran aún más provecho de su labor.
 En primer lugar era pertinente especificar que "se emplea la designación 'Novela de la Revolución' con cierto escrúpulo, porque bien se sabe que incluye obras que o no son precisamente novelas o no tratan solamente de la Revolución".
 Después de tan ambigua afirmación (obras que no son novelas o que no tratan sólo de la revolución), el  profesor Moore da ánimos teóricos: "Sin embargo, no se puede negar que la Revolución ha producido una verdadera literatura novelesca. Los escritores se sirven de las actitudes e ideas centrales de la Revolución para expresarlas con gran elocuencia en la novela. La Revolución ha producido la novela, la novela ha reproducido con la exactitud de un espejo –esto suena muy stendhaliano– todas las fases de la Revolución. De todas las formas literarias empleadas entonces se destaca la novela, de la cual se puede afirmar que mayor número no ha sido escrito en igual período de tiempo en toda la historia literaria de México. Natural es, pues, nombrar este movimiento según sus dos aspectos más importantes, es decir, según la forma (novela) y el tema (Revolución)".
El profesor Moore, afirmando que "aunque la novela no contribuyó absolutamente nada a la génesis de la Revolución", en su bibliografía incluye dos novelistas precursores: Heriberto Frías –por haber escrito la primera novela de protesta política– y Salvador Quevedo y Zubieta –porque documento, tardíamente sí, la semblanza de una nación camino a la guerra civil–. Estos dos escritores son imprescindibles para formarse un juicio justo del valor literario del movimiento revolucionario.
 Hecha esta importante salvedad metodológica, se nos proporciona la caracterización y el juicio literario sobre la "Novela de la Revolución", el cual también resulta pertinente copiar literalmente: "Para conocer bien la novela mexicana moderna es menester interpretarla como producto más bien del período histórico que del genio personal de los autores. Sólo así se puede explicar la forma que sin excepción tomo la novela, forma anecdótica, episódica, visión de quien no pudo ver entera la vida tumultuosa en torno suyo, visión de quien la miró sólo por momentos y por partes pequeñísimas. Vendida después de las guerras, no era novela teórica sino realista, más bien histórica y brutal que fantástica y suave; por eso era novela pictórica, pintoresca y a veces picaresca; era como la vida misma de aquellos días caóticos, sin trama, sin composición, sin balance, sin belleza".
 A esta singular novela que no es novela y que trata de temas que no son sólo de la Revolución, y que, además, son novelas sin trama, sin composición, sin balance y sin belleza, el profesor Moore la clasifica por su tema en tres etapas.
Primera etapa. Novelas que copian la vida de los soldados estoicos, de los indios libertados por la guerra, de las ciudades trastornadas por la bola que todo lo barre, que todo lo limpia, de los vínculos porfiristas. Canon: Los de abajo, de Mariano Azuela, médico militar que escribió una gran novela sin haber sido un gran artista.
Segunda etapa. El de las novelas ordenadas. Los escritores, en los tiempos posrrevolucionarios, se preguntan: "entre tanta gente perdida ¿cómo fue que no me dieron agua?; ¿quiénes fueron esos que no mandaron?; ¿que fue de Pancho, Emiliano, de Paco?... Casi inconscientemete se escoge la manera más simple de ordenar la novela: construirla sobre la personalidad de una persona principal, un general, un Emiliano Zapato, un Pancho Villa. Canon: El aguila y la serpiente, de Martín Luis Guzmán, joven escritor que casi sin esfuerzo, por cierto sin mucha práctica, logra gran éxito con esta obra maestra. Y, muy cerca, lo sigue ¿Vámonos con Pancho Villa?, de Rafael F. Muñoz, novela periodística de la misma índole.
Tercera etapa. El de las novelas intérpretes. Es el tiempo de los autores que tratan de profundizar tanto en el alma mexicana como en el hecho histórico, para luego interpretar la una con respecto al otro, para decir con acierto cómo la una ha originado ciertas características del otro y cómo ha resultado transformada por sí misma en el proceso de los cambios sociales. Canon: aun no ha salido de la fragua de la Revolución. Modelos próximos: José Mancisidor y Gregorio Líopez y Fuentes, con más éxito.
Además de la clasificación anterior Moore incluye un nuevo orden de los novelistas de la Revolución:
Primer rango: Mariano Azuela; Martín Luis Guzmán; Gregorio López y Fuentes; Rafael F. Muñoz; José Mancisidor; José Rubén Romero.
Segundo rango: Jorge Ferretis; Mauricio Magdaleno; Xavier Icaza; Hernán Robleto, etc.
En fin, ya arropados con un conocimiento sobre cómo fue realizada la bibliografía, que criterios teóricos se siguieron y cuáles fueron las conclusiones prácticas de la investigación, el profesor Moore da a conocer su bibliografía de novelistas de la Revolución Mexicana:
 Al revisarla surgen dos sorpresas numéricas: los autores se eleva de los sesenta y uno que indicó en el prólogo, a sesenta y seis, cinco autores más; en cambio, la cantidad de títulos que anunció, bajó de 280 a 200: ochenta títulos menos.
 Examinando algo a la ligera la bibliografía, también se hace evidente que el profesor Moore marcó con asterisco libros que igual eran de cuentos (como lo indica el subtítulo), anecdotarios (como lo especifica el mismo título), teatro (Mariano Azuela), una autobiografía (Almada), un trabajo histórico (Arenas Guzmán: La consumación del crimen) y hasta me atrevería a suponer –por no sospechar de ausencias– que en la bibliografía se hallan marcados con asteriscos libros que no pueden clasificarse, ni con la mejor voluntad, dentro del tema de la Revolución mexicana.
 Pero en fin –como suele decirse (y yo discrepo)– un esfuerzo es un esfuerzo, y aún más aplaudible revestido de precursor. Si algo me atrevería a señalar como un error garrafal, es no haber revisado los tomos de la Bibliografía de la Revolución mexicana de Roberto Ramos, que abarca hasta 1940 e incluye casi todas las novelas, libros de cuentos y anecdotarios como los que figuran en el trabajo del profesor Moore.
 No me corresponde a mí –y lo agradezco– hacer el juicio final sobre la Bibliografía de novelistas de la Revolución mexicana del profesor Ernest Moore. Es otro bibliógrafo de la novela de la Revolución mexicana, el profesor norteamericano John Rutherford, quien publicó en 1972, en New York, su An Annotated Bibliography of the Novels of the Mexican Revolution of 1910–1917. In English and Spanish, treinta años después de la bibliografía de Moore.
En el prólogo a su trabajo anuncia que “Esta lista –la suya– remplaza a la única bibliografía existente sobre este tema, la Bibliografía de novelistas de la Revolución mexicana de Ernest Moore (México, 1941), que adolece de muchos defectos que le restan casi toda utilidad para el estudiante moderno. Dista mucho de ser completa (de las 106 novelas contenidas en la presente bibliografía –la suya– que se escribieron y se editaron con anterioridad a la publicación de la lista de Moore, éste omitió nada menos de cuarenta), está tan llena de errores de imprenta que ninguna fecha, abreviatura ni otra referencia es de fiar; y además, no parece estar basada en ninguna norma constantemente aplicada, de modo que toda clase de obra totalmente ajena al asunto entra en ella. Y naturalmente han aparecido muchas nuevas novelas de la Revolución después de 1941".
Sin duda, una descalificación radical al trabajo de Moore.

6.– Bibliografía de John Rutherford.– La autoponderada bibliografía de Rutherford sobre las novelas de la Revolución Mexicana, me toca ahora comentar.
En los más de treinta años transcurridos desde que se publicó la primera y única bibliografía existente sobre los novelistas de la Revolución mexicana, era de esperarse que el nuevo investigador corriera con más suerte en el hallazgo de los ejemplares difíciles de encontrar que mencionaba Moore, sus normas de trabajo fueran más claras y constantes, y que ahora sí, por fin, se pudiera afirmar que se tenía entre manos una completa y útil bibliografía sobre el tema... aunque se haya publicado en 1972, hace ya también cerca de cuarenta años. Al menos así lo pensé yo
El profesor Rutherford traza sus fuentes de trabajo. No serán las tres páginas de Moore, pues lo que el tiene que informar cabe en una página: "La presente bibliografía se ha desarrollado a base de una revisión minuciosa de la de Moore, completada por adiciones derivadas de la Biblioteca Nacional de México, la Biblioteca del Congreso de la Unión, la Biblioteca de México y la Colección Basave, y de los siguientes libros: Juan B. Iguiniz, Bibliografía de novelistas mexicanos (México, 1926); Arturo Torres Rioseco, Bibliografía de la novela mexicana (Harvard University Press, 1933), que sigue a Iguiniz en su casi totalidad; Roberto Ramos, Bibliografía de la Revolución mexicana (segunda edición, tres tomos, México, 1959–1960); José Luis Martínez, Literatura mexicana siglo veinte (México, 1950); Manuel Pedro González, Trayectoria de la novela en México (México, 1951); John S. Brushwood, México in its Novel (Austin, Texas, 1966); Alberto Valenzuela Rodarte, Historia de la literatura en México (México, 1961); F. Rand Morton, Los novelistas de la Revolución mexicana (México, 1949); Julia Hernández, Novelistas y cuentistas de la Revolución (México, 1960); David L. Campa, The Mexican Revolution as Interpreted in the Mexican Novel (Ph.D. dissertation, California, 1941); E. R. Staton, La novela de la Revolución mexicana: estudio relacionado con el movimiento literario y social (Ph.D. dissertation, South Carolina, 1943), de cuyo texto y bibliografía largos pasajes corren paralelos con las obras de Campa y de Moore; Antonio Magaña Esquivel, La novela de la Revolución mexicana (dos tomos, México, 1964–1965); y The Handbook of Latin–American Studies (Harvard University Press, 1936). Algunas menciones de novelas no se derivan de ninguna de estas fuentes, sino de diversas observaciones hechas en librerías de la Ciudad de México y otros sitios. El Diccionario Porrúa (segunda edición, 1965) ha proporcionado detalles biográficos sobre algunos de los novelistas".
 Previamente, el profesor Rutherford había expuesto el marco teórico de su trabajo. De acuerdo a su apreciación, tenía dos problemas por delante: la definición de los conceptos novela y Revolución, y la justificación de restringir su investigación a los años que van de 1910 a 1917.
 El primer problema serio es el de la definición: "Ha habido poco acuerdo entre los críticos sobre la cuestión de exactamente cuáles obras literarias sería correcto incluir dentro de la categoría 'La novela de la Revolución mexicana'... Cuando se permutan los posibles significados de 'novela' con los de 'la Revolución mexicana', el resultado es una combinación confusa de definiciones variadas: de modo que cuando los críticos hablan sobre 'la novela de la Revolución mexicana' en realidad cada uno de ellos se está refiriendo a algo fundamentalmente distinto".
  Para la definición de novela recurre al Shorter Oxford English Dictionary para aclarar su primer marco de trabajo: "Obra, bastante extensa y de tipo ficticio, narrada en prosa, en la cual están descritos unos personajes y acciones que representan la vida real de tiempos presentes o pasados, dentro de un argumento de mayor o menor complejidad".
Pero esta definición tampoco es adecuada. El tropiezo desvalorizador radica en la palabra “ficticio”, por lo cual Rutherford se ve obligado a realizar breves y superficiales disquisiciones sobre lo que es ficticio y no ficticio, lo que es novela y lo que es historia, y las formas de enfrentar y tratar la "realidad objetiva", los "hechos del mundo exterior". Una de sus conclusiones es del tipo de: "Tanto el novelista como el historiador se ocupan, pues, de hechos reales, pero de manera distinta", unos los describen 'artísticamente' (con técnicas basadas en la síntesis cualitativa) y los otro 'científicamente' (con técnicas basadas en el análisis cuantitativo).
En resumen: "no obstante todo lo dicho, la novela no puede ser definida con exactitud". Sin embargo, cabe un ensayo de definición: la novela es "una narración en prosa en que se trata de los aspecto cualitativos de la realidad exterior pintada según la experimentamos, y que por eso está escrita en un lenguaje plurivalente, y que tiene un alcance amplio". En fin: "no hay duda de que al tratar de las novelas de la Revolución mexicana cualquier definición, para ser significativa y útil, tiene que basarse en criterios amplios".
El problema real, de fondo, para definir la Novela de la Revolución mexicana, consiste en que "casi todas estas obras contienen aún más de documental y de autobiográfico de lo que es normal en las novelas, y también una proporción más reducida de imaginación, de invención y de reorganización artística".
Por ejemplo,  El águila y la serpiente, de Martín Luis Guzmán, "no podría considerarse como una novela fuera de México, pues no es más que una colección de relatos de viaje bien escritos, (Aquí, sin querer, el profesor Rutherford plantea y no resuelve, otro problema teórico: lo que es posible considerar novela en el ámbito geográfico de México y lo que significa fuera de él).
 Apuntes de un lugareño, de José Rubén Romero, memorias del autor sobre su vida antes y después de la Revolución, dictadas a su secretaria (no sé si este será otro matiz cuantitativo o cualificativo para definiciones), y Desbandada, del mismo autor, igualmente autobiográfica, a pesar de haberse hecho con más cuidado.
 Ulises criollo, de José Vasconcelos, que, según la terminología de la crítica literaria, es sin duda posible una autobiografía y no una novela.
  Cartucho y Las manos de mamá, de Nellie Campobello, memorias anecdóticas de una niñez transcurrida durante la Revolución, recordadas en escenas aisladas e inconexas (ni siquiera van en orden cronológico).
 Campamento, de Gregorio López y Fuentes. que es simple-mente una descripción –sin ningún argumento ni personajes individuales– de una noche pasada en un campamento de soldados revolucionarios.
 La conclusión de estos ejemplos es que "ninguna de estas obras es novela", y la razón del embrollo es que todas estas obras se hallan incluidas en la difundida antología de Antonio Castro Leal, La novela de la Revolución mexicana.
 "Resulta claro que sería equivocado y pedante el intentar imponer una definición normal –suponiendo que la haya del vocablo 'novela' en las obras narrativas que tratan de la Revolución mexicana, y así crear divisiones artificiales dentro de un grupo de escritores y libros que evidentemente constituyen una sola unidad. Todas estas obras han ejercido las funciones literarias y sociales de la novela y todas fueron consideradas por sus autores y sus lectores como novelas; por lo tanto son novelas, para cualquier efecto práctico”
"Hay, pues, que incluir en la categoría 'las novelas de la Revolución mexicana' todas aquellas narraciones en prosa –sean autobiografías, memorias, colecciones de cuentos, de cuadros o de descripciones en torno a un tema común, biografías noveladas o novelas en la acepción corriente–, que se ocupan de la Revolución de una manera principalmente artística”.
 "Al tratar con un sub–género que es tan heterogéneo en cuanto a la forma artística, es preferible correr el riesgo de ser excesivamente inclusivo en cuestión de definición, que caer en el extremo opuesto.
 "Sería absurdo separar las obras de Guzmán, López y Fuentes, Vasconcelos y Romero de las de Azuela, Ancona Albertos, Muñoz y Ferretis, por ejemplo, sólo porque da la casualidad de que las definiciones normales –no mexicanas– de la novela son aplicables a las obras de éstos y no a la de áquellos.
 "En vista de que todos ellos juntos pertenecen al mismo movimiento literario, y de que las obras de todos son y siempre han sido denominadas novelas, tendremos que disponernos a cambiar la definición, si resulta necesario, para poder abarcarlas todas.
 Asi, “en este trabajo, pues, una novela es simplemente una narración en prosa, de alcance amplio, que enfoca la realidad de una manera básicamente artística".
 Definiendo así, de manera amplia, lo que resulta ser la novela de la Revolución Mexicana, le corresponde ahora esclarecer el significado y el tiempo de lo que se puede definir como “Revolución Mexicana”.
Al parecer esto es más sencillo: "La mayoría de las definiciones del término 'Revolución' sugieren que el período de guerra civil sólo constituye una etapa del proceso revolucionario total, y que ésta ni siquiera es la etapa más importante".
 Siguiendo al escritor mexicano Lucio Mendieta y Núñez, en su libro Teoría de la Revolución (México, 1959), toda Revolución tiene cuatro etapas, que aplicadas a la historia mexicana, podría quedar armada de la siguiente manera:
1. Etapa de incubación (1900–1910): la intranquilidad y la tensión aumentan paulatinamente.
2. Etapa de destrucción (1910–1917): estalla la lucha armada, y continúa hasta la emergencia de uno de los adversarios como vencedor definitivo.
3. Etapa de consolidación (1917–1940): el partido triunfante se establece en el poder.
4. Etapa verdaderamente revolucionaria (1940–1950): el nuevo regimen, firmemente instalado ya, realiza los cambios básicos en la estructura social y económica que realmente revolucionan a la sociedad.
 Estamos pues ahora ante un nuevo problema, y esta vez es en cuanto al contenido, pues “los críticos se han mostrado confusos en su definición del concepto Revolución para aplicarlo a la novela de la Revolución”.
En principio, de acuerdo a la exposición del modelo de Mendieta y Núñez, la Revolución, cualquiera que sea –y no sólo la mexicana–, tiene cuatro etapas. Tanto la primera como la cuarta etapa son partes integrantes de lo que debe llamarse una Revolución. De ahí nace –como señala el profesor Rutherford– la tendencia de los críticos de llamar "novelas de la Revolución" a las obras que se refieren a todas las cuatro etapas del modelo expuesto como base teórica, "con tal de que estén escritos en lo que uno de ellos, Antonio Magaña Esquivel, llama 'un espíritu reivindicativo'".
 Este es un craso error –advierte el profesor Rutherford–: "Toda novela escrita entre 1900 y hoy día que pinta la sociedad mexicana de un modo realista y crítico es, según este razonamiento, una novela de la Revolución. Una definición tan amplia hace que el término carezca de sentido; si ha de tener algún significado será un significado estricta y específicamente cronológico".
 Pero si el marco de Mendieta divide a la Revolución en cuatro etapas (revolucionarias), el profesor Rutherford descarta la teoría y elige sólo la segunda fase como la auténtica Revolución Mexicana: “La Revolución mexicana se define, pues, en este trabajo –pese a lo que digan el gobierno mexicano y los escritores que están bajo su influencia (sic)– como el período correspondiente a la segunda etapa del modelo de Mendieta y Núñez, la fase militar o destructiva, que comenzó en México a finales de 1910 y que puede considerarse terminada con la promulgación de la nueva Constitución revolucionaria".
 Pleno de optimismo el profesor anuncia: "Esperamos ahora haber llegado a formular una definición significativa, exacta y manejable de las novelas de la Revolución mexicana: 'aquellas narraciones artísticas, en prosa y de alcance amplio, escritas por mexicanos, que se ocupan en su totalidad o en una parte de importancia considerable de sucesos que ocurrieron en México entre noviembre de 1910 y febrero de 1917. Se verá que aunque esta definición especifica que las novelas, para ser incluidas dentro de esta categoría, tienen que ocuparse de la fase militar de la Revolución, no afirma que tengan necesariamente que referirse a las acciones militares". (Rutheford elige, pues, la etapa de la guerra civil, y sólo esa, a pesar de afirmar que esta “sólo constituye una etapa del proceso revolucionario total, y que ésta ni siquiera es la etapa más importante”).
 Esta definición es, pues, "la base de la presente bibliografía crítica de las novelas de la Revolución mexicana".
 Pero aún le queda a Rutherford una nueva aclaración teórica que agregar sobre su trabajo bibliográfico: "Algunas de las (obras) que se incluyen, como ya hemos explicado, no serían consideradas novelas en otros contextos (geográficos, especifico yo); es imposible, en el caso de la narrativa en prosa de la Revolución mexicana, establecer normas objetivas satisfactorias con las cuales distinguir, sobre todo, entre la 'novela' y la 'autobiografía', puesto que muchas de las obras son mezclas de diferentes proporciones de éstas dos. Si libros como El águila y la serpiente, de Guzmán, Con Carranza, de González, y Apuntes de un lugareño de Romero son considerados como novelas –como lo son por los estudiosos de esta materia– lógicamente hay que colocar también dentro de esta categoría otras obras de carácter autobiográfico, como las memorias apócrifas del general Victoriano Huerta e incluso Ocho mil kilómetros en campaña de Álvaro Obregón. Por lo mismo se han incluido las biografías noveladas como la Vida de Francisco Villa, de Ramón Puente y Madero, de Azuela, pero los estudios eruditos y analíticos naturalmente han sido omitidos". (Debe destacarse también la rigidez de la norma cronológica, "admitiendo solamente aquellas obras que se refieren, en una parte importante por lo menos, a lo sucedido entre 1910 y 1917 en México").
A simple vista, numéricamente, resulta que en la bilingüe An Annotated Bibliography of the Novels of the Mexican Revolution of 1910–1917, del profesor John Rutherford, registra 103 autores (contra los 66 del profesor Moore) y 136 novelas (contra las 200 del profesor Moore). Se supone, tal como pretendía y dijo el autor de esta nueva bibliografía, que con este trabajo quedaban subsanados los múltiples y tremebundos errores del profesor Moore y se ofrecía un enlistado riguroso, sin omisiones graves, sin errores de imprenta y de gran utilidad para el estudiante moderno.
Lamentablemente, y esta es mi conclusión, el profesor Rutherford fracasó rotundamente en su objetivo y, en caso de fuera necesario, hasta me atrevería a endosarle calificativos aún más fuertes de los que él empleó para descalificar tan categóricamente a la bibliografía de su colega norteamericano. En fin, para decirlo lo más amablemente posible, señalaré que el andamiaje intelectual, la estructura conceptual, es absolutamente errónea; que el trabajo está pletórico de omisiones; que las equivocaciones de fechas saltan por muchas partes; que los resúmenes de lectura y los juicios literarios compiten entre sí para no explicitar ni indicar algo de valor; que las referencias biográficas –para las que se apoyó en el Diccionario Porrúa– son de una absoluta pobreza y cubren a una parte considerable pero no mayoritaria de los 103 autores (aquí veo la paja en el ojo ajeno); y, para terminar, que por andar copiando extractos de otros autores –en este caso de Campa– yerra al incluir a una novela –El dolor de ser máquina, de Eduardo J. Correa–, que ni trata el tema de la Revolución mexicana, menos aún la época carrancista, y que no tiene la más mínima relación con el abracadabrante argumento que le atribuye en unas pocas líneas.

7.– Bibliografía de Luis González y sus tres colaboradores de El Colegio de México (Guadalupe Monroy, Luis Muro y Susana Uribe).– Si la bibliografía de Ramos me dejó abrumado por los más de 5 mil libros que debería buscar, encontrar y leer o revisar, preferí dejar para lo último las 24,078 fichas recopiladas por Luis González en las Fuentes de la historia contemporánea de México, Libros y folletos. Los tres tomos se publicaron entre 1961–1962 y se presentaron divididos en nueve grandes partes temáticas:
1. Generalidades: dividida en 14 secciones, de las cuales 8 están a su vez divididas en diferentes subsecciones.
2. Territorio: dividida en 2 secciones, divididas a su vez en diferentes subsecciones.
3. Sociedad: dividida en 9 secciones, de las cuales 8 están a su vez divididas en diferentes subsecciones.
4. Economía: dividida en 13 secciones, de las cuales 10 están a su vez divididas en diferentes subsecciones.
5. Política: dividida en 3 secciones, divididas a su vez en diferentes subsecciones.
6. Religión: dividida en 2 secciones, de las cuales 1 está dividida en diferentes subsecciones.
7. Educación: dividida en 6 secciones, de las cuales 4 están a su vez divididas en diferentes subsecciones.
8. Filosofía y ciencias: dividida en 6 secciones, de las cuales 5 están a su vez divididas en diferentes subsecciones.
9. Letras y Artes: dividida en 3 secciones, divididas a su vez en diferentes subsecciones.
 Si algo debe elogiarse de este monumental trabajo, es la buena voluntad de cuatro personas –un director y tres colaboradores– para capturar –con las secretarias que sea y de la manera que fuera (en esos años, sin la ayuda de computadoras)– ¡24,078! Fichas –más las que a veces se duplican–, elaborar índices temáticos, de nombres y de materias –a veces con errores de clasificación–, escribir un excelente estudio introductorio y breves prólogos –muy generalizadores– antes de cada capítulo, y, además, asumir la temeridad –que elogio como intención, no como realización– de abrir la clasificación de cada una de las fichas entre bastante más de un centenar de subdivisiones, decenas de divisiones y nueve grandes secciones temáticas, con rigor absolutista (ficha que se sitúa en una subsección, no entra ya en otra subsección, sección y capítulo).
Si ya se ha visto a dos profesores norteamericanos rompiéndose la cabeza y estrellándose estrepitosamente para elaborar bibliografías sobre un tema tan concreto como puede ser la novela de la Revolución mexicana –uno maneja 200 libros y el otro 136), es fácil imaginarse lo que habrá sido para estas cuatro buenas e ilustres personas enfrentarse a la tarea de decidir, sobre tantos libros, ni leídos ni vistos muchos de ellos, en cual tema, materia, sección o subsección se incluía cada una de las fichas individuales.
Aunque buscaba confirmación de los libros que me interesaban, no agregue a mis referencias, salvo en muy contadas ocasiones,  los números correspondientes a libros literarios sobre la Revolución Mexicana que se encontraran en la Bibliografía de Ramos. 

8.–Bibliografía de apoyo.– Planteado este marco fundamental de bibliografías con las que es obligatorio trabajar para elaborar o reelaborar una bibliografía de la novela de la Revolución mexicana, resulta inevitable señalar las fuentes complementarias que deben consultarse para cercar al máximo el terreno de lo conocido en este género específico y de una temática igual de precisa.
 Evidentemente, lo que se impone por su obviedad son las historias de la literatura, los diccionarios de escritores, las bibliografías literarias, las antologías de narrativa y los estudios, ensayos y reseñas reunidos en libro, ya bien sean dedicados a un autor o a varios de ellos, además de las enciclopedias que contengan biogra–fías de escritores o personalidades relacionadas con la Revolución mexicana.

9.– ¿Sirven para algo las bibliografías?.–  No seré yo quien opine contra las bibliografías y los bibliógrafos, pero me parece adecuado tener en cuenta que a este trabajo aburrido, soso, a veces detestable, siempre incompleto, eternamente poco agradecido, tiene ilustres censores (yo había jurado no hacer nunca una bibliografía del tema o el autor que fuese… ¡y ya ven!). Aunque las bibliografías de Moore y Rutheford tengan todos los defectos que a uno se le pueda ocurrir, creo que comenzar por ellas fue para mi una estupenda guía para conocer cual era la dimensión de las publicaciones literarias sobre la Revolución y que libros eran los que debería buscar para empezar este trabajo.
 Como siempre he buscado bibliografías para iniciar cualquier estudio, y siempre las he considerado muy útiles y prácticas, me sorprendió mucho el feroz ataque que el bibliográfo mexicano Joaquín Fernández de Córdoba, planteó sobre un trabajo de Ramos muy parecido al de la Revolución, la Bibliografía de la historia de México (1956)–: sobre las bibliografías dijo: "serán útiles como lo son los catálogos de editores y libreros, pero no serán trabajo de literato sino de mozo de cordel; no llamaremos a sus autores bibliógrafos, sino acarreadores y faquines de la república de las letras".
 No creo que algún un bibliógrafo piense que su trabajo tenga un valor que sobrepase la utilidad para los estudiantes y estudiosos. No pocos trabajos intelectuales están enfocados para servir a otros intelectuales, bibliófilos, estudiosos y estudiantes. Y es muy deplorable que Fernández de Córdoba los menospreciara… y que incluso para respaldarse eligiera una deplorable cita de  Menéndez y Pelayo:
"Acúsase con frecuencia a la Bibliografía por los extraños a su cultivo, de ciencia árida e indigesta, de fechas y de nombres, superficial y pesada al mismo tiempo, como que sólo fija la atención en los accidentes externos del libro, en la calidad del papel y de los tipos, en el número de las hojas, y límita sus investigaciones a la portada y al colofón, sin cuidarse del interior del volumen... Pero no es éste el verdadero procedimiento del bibliógrafo, ni puede llamarse trabajo científico, sino mecánico, el descarnado índice de centenares de volúmenes cuyo registro externo arguye a lo sumo diligencia y buena fortuna, nunca dotes intelectuales ni saber crítico. Y la crítica ha de ser la primera condición del bibliógrafo, no porque deba éste formularla con todo el rigor del juicio estético y de la apreciación histórica diestramente combinados, sino para que sepa indicar de pasada los libros de escaso mérito, entresacando a la par cuanto de útil contengan, y detenerse en las obras ma–estras, apuntando en discretas frases su utilidad, dando alguna idea de su doctrina, método y estilo, ofreciendo extractos si escasea el libro, reproduciendo íntegros los opúsculos raros y de valor notable, y añadiendo sobre cada una de las obras por él leídas y examinadas, un juicio, no profundo y detenido como el que nace de largo estudio y atenta comparación, sino breve, ligero y sin pretensiones, como trazado al correr de la pluma por un hombre de gusto; juicio espontáneo y fresco (si vale la expresión), como que nace del contacto inspirador de las páginas del libro; impresiones verti-das sobre el papel con candor e ingenuidad erudita... Así concebida la bibliografía, es al mismo tiempo el cuerpo, la historia externa del movimiento intelectual, y una preparación excelente e indispensable para el estudio de la historia interna".
Evidentemente Menéndez y Pelayo quiere que el trabajo de un bibliógrafo sea también el de un estudioso del tema, que escriba la biografía de cada autor, que exponga sus opiniones sobre los libros que vaya catalogando, que resuma, que saque extractos, con lo cual su bibliografía dejaría de ser una bibliografía para convertirse en un diccionario. Y ciertamente, también los catálogos de editores y libreros son útiles para conocer la producción editorial, los libros que existían y que ya se han convertido en antigüedades, en libro raro por los escasos ejemplares que aun quedan o circulan por las librerías de lance o anticuarias.
En fin, sólo he de agregar que para mi las bibliografías, aunque sean defectuosas, son de una gran utilidad, que es a lo primero que aspiran y que debe agradecerse (y también censurar cuando es un trabajo pesimamente realizado.

10.– Esta bibliografía.– No me tocará a mí echarme flores sobre el trabajo realizado. El realidad mi trabajo es una invitación. Expongo un registro de libros literarios referidos a la Revolución Mexicana. Al final, el computo me dice que registrado 109 autores y 1057 libros, de los cuales 330 son de ficción y 262 de memorias, considerando en este rubro a los libros escritos o dictados por alguien que participó activamente en la Revolución o la vio y la vivió desde una actitud marginal, pero contándola como testigo. También agrego que he descartado por considerarlos ni ficción ni memorias a 464 libros, y, aún más, registro 219 libros que no he llegado a conocer, y sé que una buena porción de ellos son fáciles de encontrar en librerías o en catálogos.

a).– De acuerdo a la manera acostumbrada de iniciar las bi-bliografías, debo comenzar agradeciendo las becas y apoyos económicos recibidos, y enumerando las bibliotecas oficiales o particulares que he visitado con la finalidad de anotar los libros que tuvieran sobre el tema e incluirlos en la bibliografia que se trabaja. Aparte de no haber recibido ningún apoyo económico oficial o particular, he de confesar que no he visitado ninguna biblioteca institucional o particular en busca de libros sobre la Revolución Mexicana. Tampoco he contado con la colaboración de secretarias y ayudantes. Mi trabajo en este aspecto ha sido el de un coleccionista que va juntando, registrando y casi leyendo los libros conforme los encuentra en librerías o en catálogos (soy un buen y afortunado rebuscador de libros). Es decir, todos los libros que aparecen registrados los he tenido en mis manos, los he comprado, han sido míos. Y de ahí ha surgido esta bibliografía literaria sobre la Revolución Mexicana.
El siguiente paso es declarar lo que considero libros literarios y mi concepto del tiempo en que se desarrolla la Revolución Mexicana.
  
b).– En castellano, la definición de novela es bastante categórica: una novela es una "obra literaria en prosa en que se narra una acción fingida en todo o en parte, y cuyo fin es causar placer estético a los lectores por medio de la descripción o pintura de sucesos o lances interesantes, de caracteres, de pasiones y de costumbres". Pero esta definición se complica más cuando nos enteramos que en su segunda acepción, novela también puede llamarse a los "hechos interesantes de la vida real que parecen ficción" y, peor aún, que en su tercera acepción novela puede ser la "ficción o mentira en cualquier materia". Si buscásemos la acepción de novela histórica, el campo también se nos veda por razones cronológicas, pues esta es "la que se ha constituido como género en el siglo XIX, desarrollando su acción en épocas pretéritas, con personajes reales o ficticios, y tratando de evocar los ambientes, costumbres e ideales de aquellas épocas".
 A pesar de lo que nos puedan confundir estas definiciones, lo cierto es que todos tenemos una idea de lo que es una novela. Evidentemente es una obra ficticia, cuyo desarrollo narrativo no tiene respaldo histórico en la realidad, que crea con su narración un mundo propio y cerrado a través del lenguaje, y que busca una razón estética en el empleo de las palabras. Es también, si se quiere especificar más, "la descripción o pintura de sucesos o lances, de caracteres, de pasiones y de costumbres". De la definición ortodoxa me molesta lo de "placer estético" y "sucesos o lances interesantes" por el contenido subjetivo que poseen para elucidarlos (evitaré realizar una larga parrafada sobre los libros de la Revolución que narran enfrentamientos militares espeluznantes, muertes gratuitas, heridos, estallidos mortales de artefactos explosivos, trenes vacios enviados llenos de dinamita, robos, abusos, violaciones, quema de libros y obras de arte, etc. Dudo que este tipo de narración pueda producir placer estético a la generalidad de lectores). 
 Más simple que todo esto son unas precisiones que desarrolló Michel Butor en los años 60 sobre la novela: después de asentar que la novela es una forma del relato y que vivimos desde que nacemos hasta nuestra muerte rodeados de relatos, pasa a decir que ante los relatos cabe la posibilidad de comprobar su veracidad por medio de otros informantes: "si no, me hallo ante un error o una ficción".
Butor ejemplifica de manera bastante convincente:
"Si encuentro a un amigo y éste me anuncia una noticia sor-prendente, para lograr que le crea tiene siempre el recurso de decirme que tales o cuales personas han sido testigos de lo que me cuenta, y que no tengo más que ir a ver. Por el contrario, a partir del momento en que un escritor pone sobre la cubierta de su libro la palabra "novela", declara que es inútil buscar ese género de confirmación. Los personajes deben lograr ser convincentes, y vivir, en virtud de lo que él nos diga y únicamente por ello, incluso en caso de que realmente hayan existido… Mientras el relato verídico tiene siempre el apoyo y el recurso de la evidencia exterior, la novela debe bastar para suscitar aquello de que nos habla...".
 Digamos, para atraer al tema de la novela de la Revolución mexicana la larga cita que he tomado de Butor, que lo contado por cualquier militar o testigo presencial de los acontecimientos sobre la Revolución mexicana debo, en principio, tomarlo como un relato verídico; y cuando se me presentan los textos como novela o cuento, debo leerlo como una ficción con sus características propias. Si sé que lo que me está contando un militar o un testigo no concuerda con otras versiones que me han dado uno o varios militares o testigos, tengo todo el derecho del mundo para plantearme dudas de lo que leí con anterioridad y lo que estoy leyendo ahora; puedo investigar sobre quién me miente y quién me dice la verdad y tratar de sacar una conclusión sobre lo que en verdad sucedió (si esto resultara posible). Y si no tengo posibilidad de buscar otro testimonio, ya sea porque no ha sido dado o porque ya no existen sobrevivientes, mi opción es creer o no al que me cuenta por lo que yo pueda saber sobre la Revolución mexicana, por el respaldo moral del testigo o porque me parece posible. Con la novela no tengo esta opción: su calidad es la que me convencerá de su realidad propia y me permitirá juzgar si es una buena, mala o regular como novela.
 Aunque simple, y si se quiere elemental, esta primera distinción entre relato verídico y relato ficticio me parece importante para introducirse en el tema de la Novela de la Revolución mexicana.

c).– Una revolución es, en términos sencillos y generales, la ruptura violenta de un orden social a fin de imponer otros modelos sociales y dar entrada a nuevas generaciones con un concepto claro sobre lo que debe hacerse para mejorar la calidad de vida de los habitantes de un país.
La Revolución mexicana, en mi concepto, se inicia en 1910 con la muerte de los Serdán y concluye en 1940 con el fin del sexenio de Lázaro Cárdenas. En el intermedio entre esas dos fechas, suceden nuevas rebeliones encabezadas por generales revolucionarios alejados del poder, se producen asesinatos de militares y políticos destacados, se altera la propiedad de la tierra muy parcialmente, se presenta un enfrentamiento militar por razones religiosas, se nacionaliza el petróleo, se elimina la importante influencia del poder político de un antiguo general (Calles), y se pretende, desde el poder,  iniciar procesos democráticos dentro de la construcción de los fines fundamentales de la Revolución (lo cual tampoco se logra).

d).–  La ficción literaria elaborada sobre esta larga etapa de la historia mexicana, sitúa a los personajes en un ambiente en el que la Revolución existe, ya bien en los ejércitos y grupos violentos o en un contexto en que su existencia condiciona o influye en el comportamiento de los personajes. Una buena cantidad de estas ficciones se desarrollan teniendo una historia de amor como eje central de la situación de los personajes, a quienes la actividad revolucionaria o mata a uno de ellos, o los obliga a separarse, o los hacer iniciar un peregrinaje en busca de la amada raptada o el amado obligado a incorporarse a las filas militares. No son muchas las ficciones que se desarrollan en un espacio en el que la actividad y el ambiente son exclusivamente militares.
Las novelas situadas en los finales de los años veinte y la década de los treinta, se refieren de manera preferente a los problemas de los revolucionarios de cualquier grado que han sido marginados de los empleos, o a las familias, en especial a las hijas huérfanas, que por la miseria familiar se ven obligadas a implorar cualquier empleo en las oficinas gubernamentales, donde sufrirán abusos sexuales, vejaciones o despidos que las sumergen nuevamente en la pobreza del hogar. También, pero no de forma abundante, se escriben ficciones ambientadas en la revolución cristera, tanto a favor como en contra de ella.
No resulta extraño que algunas ficciones se desarrollen incorporando lugares geográficos reales, personajes verídicos y acontecimientos históricos. Pero la narración, en sus personajes descollantes, es ficticia, tanto en su problemática intima como en su participación en cualquier acontecimiento que se narre (sea real o inventado).

e) Las memorias, en su sentido amplio, tal como figura en los diccionarios (ver, por ejemplo en el de Moliner), es la parte más rica, sustanciosa y valiosa de la literatura de la Revolución Mexicana. Puede exponerse cualquier tipo de razones para explicar porqué se empeñaron en contar sus experiencias los militares de alta graduación o sólo de comparsa, los testigos directos de los hechos o el informado por participantes en la Revolución de manera inmediata a los hechos, pero lo cierto es que en los treinta años transcurridos de la Revolución Mexicana, muchas personas quisieron escribir, dictar o contar su versión propia de lo sucedido durante esos años, en especial del periodo que va de 1910 a 1930. Más que por una finalidad reivindicatoria o de insistir en su honestidad y valentía, en la gran mayoría de esos textos late un deseo de comunicar lo vivido, lo visto, incluso lo escuchado, de unos acontecimientos de gran importancia histórica. Contar que se fue partícipe o testigo inmediato de algo que con los años se ha ido descubriendo –más de lo que ellos creían– como definidor de la historia nacional, y que haber participado directamente en ella era motivo de orgullo y de admiración; algo próximo a querer decir “yo estuve ahí, “yo la viví”, “yo lo vi” y, también, “a mi me lo contó mi padre, mi abuelo o mi hermano o el vecino de donde vivía, que participaron en esos sucesos históricos de la Revolución”.
Al referirme a las memorias, incluyo en ese concepto a todo texto en el que el narrador emplea la primera persona singular  o en plural, es decir, cualquier documento en que el narrador es el protagonista principal o solo el acompañante o el testigo de un hecho de la Revolución. Incluyo, pues, bajo esta etiqueta, las autobiografías, las memorias, los diarios, la correspondencia, el testimonio sea de un hecho concreto o global. Las biografías las he descartado por suponerlas resultado de algún encargo y con la creencia de ser más exageradas que ciertas. De cualquier manera, esta es una distinción subjetiva y ya depende de nuevos bibliógrafos aceptarlas o rechazarlas como memorias o ficción.

f).– La separación entre ficción y memorias, y la inclusión de ambas como literarias, carece de duda, al menos para clasificadas como ficción (novelas y cuentos) considerados como ficción. Sobre la inclusión de las memorias como literatura, existe desde hace años el postulado de que cualquier texto redactado en primera persona es de por sí literatura, e incluso se desea su inclusión entre las novelas. La base para esta generalización parte de la intención de excluirlas del campo de la historia y del documento histórico, para sostener que quien escribe no es la misma persona sobre la que escribe, que es imposible ver en el personaje narrado el retrato auténtico del narrador y personaje principal, y por lo tanto el resultado más que historia es creación literaria, reelaboración no objetiva de lo vivido por quien escribe sobre sí mismo o sobre lo que presencio.
Desde este concepto, pero insistiendo de hecho entre una diferenciación entre ficción y memoria, se plantea el problema de las obras que se sostienen en el margen o la frontera entre ambos campos. Aquí, como en cualquier otra clasificación, los matices para tomar una diferenciación se recuestan muchas veces en apreciaciones subjetivas, tanto del autor como del clasificador. Ya se verá en las listas, obras en que el autor la define como autobiografías personales o familiares, pero declarando que es novela o memoria novelada. En estos casos los criterios personales deben ejecutar la elección.      

g) Un tema pendiente es la falta de investigación sobre lugares y fechas de nacimiento y muerte de un buen número de autores. Mis consultas se han limitado al diccionario de Porrúa y al de Musacchio, alguna vez al DEMUNAM y un par de veces al diccionario del Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana  

h) Con respecto a las fichas, enumeraré su contenido:

1.– Numeración global del autor en la lista general.
2.– Nombre del autor (Lugar y fecha de nacimiento y muerte)
3.– Numeración global del libro en la lista general.
4.- Año de edición
5.- Reproducción de la portada del libro (con la coquetería de poner dos rayas verticales en cada cambio de fila, en la gran mayo–ría de las fichas).
6.– Ciudad de edición (si no figura en la portada).
7.– Año de edición (si no figura en la portada).
8.– Numero de páginas.
9.– Tamaño del ejemplar.
10.– Tipo de encuadernación de mi ejemplar (rustica, keratol, holandesa o piel).
11.– Agregar nota si lleva dedicatoria manuscrita.
12.– Comentario caprichoso –sin considerar la extensión–, a veces poniendo sólo “novela o memoria relacionada con la Revolución”
13.– RRA= número en que se halla calificado el autor y el libro en la Bibliografía de Ramos. NORA= No figura en la Bibliografía de Ramos entre los libros del autor, y/o tampoco figura el autor.
14.– RMO= número en que se halla calificado en la Bibliogra–fía de Moore. NORA= No figura en la Bibliografía de Moore entre los libros del autor, y/o tampoco figura el autor.
15.– RRU=  número en que se halla calificado el autor y el libro en la Bibliografía de Rutherford. NORA= No figura en la Bibliografía de Rutherford entre los libros del autor, y/o tampoco figura el autor.
16.– RGO= Registro en González (muy eventualemente)
17.– DEMUNAN= Referencia a datos o información tomados del Diccionario de Escritores Mexicanos de la UNAM (muy eventualemente)
18.– JH= Julia Hernández, de acuerdo a los comentarios incluidos en  Novelistas y cuentistas de la Revolución.
19.– XC= Xorge del Campo, de acuerdo a los comentarios in–cluidos en los ocho tomos de Cuentistas y novelistas de la Revolución Mexicana.

Llevan asterisco y no número, los autores y libros que no conozco; figuran en la bibliografía como referencia y en el índice “no conozco”.

En el listado general y en los índices he considerado los libros de varios tomos como un solo título. En los índices también, pero cuando en los varios tomos de un libro no varia el titulo de los volúmenes, solo he registrado el primer tomo.

PENDIENTES
1.– Identificar lugar de nacimiento, fechas de nacimiento y muerte de los autores que figuran en la bibliografía con la nota “sin información biobliografica”.
2.– Reseñar de forma mas precisa el tema de las ficciones o novelas, situando también su época y su lugar en los diversos ejércitos,  de tal manera que se pueda después clasificar la ficción y las memorias de acuerdo a su pertenencia militar (Pancho Villa, Obregón, Blanco, Carranza), y también los años en que transcurre lo narrado.
3.– Ampliar el marco de referencia crítica, buscando comentarios como los de Hernández y del Campo que incluyo.
4.– Revisar teóricamente el marco cronológico de la  Revolución y exponer las razones porque las novelas que parten de Agustín Yañez y llegan hasta el presente, y tratan de la Revolución, no deben –o deben– incluirse en las bibliografías literarias de la Revolución (soy partidarios de incluirlas, aun si se quiere llamándolas “novelas históricas”).
5.– Revisar lo adecuado o erróneo de los libros que considero que no son ni ficción ni memorias.
6,- Agregar fichas sobre autores extranjeros que escribieron sobre la Revolución (en mi bibliografía sólo son indicativas)
7.- Realizar antologías temáticas con los cuentos y, si es posible, agregando también escenas de la Revolución que puedan extraerse de las novelas.
8.- Antologías temáticas de la Revolución considerando solo las memorias y buscando un punto que reúna episodios sobre el mismo personaje o hecho.
9.- Una antología que seleccione los cuentos de los escritores que solo publicaron un cuento sobre la Revolución mexicana.
 
AGRADECIMIENTOS
A Nonoi, que siempre insistió en que tratara de publicar este libro en alguna editorial universitaria u organismo estatal de México antes del Centenario de la Revolución (pero no tuve suerte o méritos para conseguirlo y lo archive en un pen); a Agustín, que ya es universitario, por sus observaciones y paciencias, y a Vicente Quirarte y Paco Prieto, que trataron de ayudar para conseguir un editor. 

 

FERNANDO TOLA DE HABICH
Tlahuapan, 1999* - Moia, abril 2009.
   
*Este es el año en que inicie mi colección de libros literarios sobre la Revolución Mexicana; concluí este trabajo antes de salir de México, en 2002. En el 2008, en Moia, Barcelona, volví sobre el trabajo, pero no logré reunir nuevamente los autores y sus libros incluidos en la Bibliografía, por lo cual no pude revisar todas las fichas (lo cual no es una disculpa de nada).