CARTUCHO

de Nelly Campobello

 

I

Si mal no recuerdo, el primer libro que leí sobre la Revolución mexicana fue Cartucho, de Nellie Campobello. No sé cómo habrá llegado a Lima esa pequeña edición de 1931, con una dedicatoria manuscrita de la autora a un dorado de Pancho Villa -siempre me lo quise imaginar así por unas postales guardadas dentro del ejemplar-, pero lo cierto es que quedé fascinado por ese tan impactante mundo que se abría ante mí. Después, pasados los años y viviendo ya en México, leí a otros novelistas y cuentistas que trataban temas relacionados con la Revolución (Azuela, Guzmán, Muñoz, Urquizo, López y Fuentes...), pero ninguno de ellos logró modificar la imagen que me había dejado Cartucho. Es probable que Los de abajo, El águila y la serpiente, La sombra del caudillo, Tropa vieja, Campamento, ¡Vámonos con Pancho Villa!, sean obras de mayor aliento y ambición literaria, que en ellas se reflejen aspectos más esclarecedores del signficado de la Revolución para los escritores mexicanos, pero dudo mucho que cualquiera de esos libros opaque el mérito a ese mundo tan sincero, tan propio y tan verdadero como el que consiguió recrear la mirada de la niña de Nellie Campobello desde su ventana en la calle de la Segunda del Rayo.
 Cartucho está formado por una serie de cuadros breves, rápidos, poéticos y crueles. Al contrario de otros textos literarios sobre la Revolución mexicana, el personaje central -una tierna e inquieta niña- no tiene una posición crítica, no desprecia, no se asusta (dentro o fuera del texto) por la actitud, los gestos y los hombres de la Revolución. Ella mira, ama, se encariña y, en especial, juega; juega con todo como si 
fueran muñecas o muñecos que el destino, la Mamá -con mayúsculas, como a ella le gustaba escribirlo- y las circunstancias históricas le imponen alrededor suyo. Y todo le es familiar, todo es suyo, de su más íntimo ámbito doméstico, como El Siete -su hermano-, El Peet, los hermanos Martín y Pablo López, El Kirilí, y los anónimos fusilados que ella conoció cuando en alguna ocasión previa a su encuentro con la muerte, pasaron por su calle y la niña les dio unas gordas o los convirtió en novios de su muñeca Pitaflorida; y del mismo modo son suyos el general y paisano Tomás Urbina, el amado y respetado Pancho Villa, y, entre ellos y sobre todos ellos, la Mamá, la tan importante Mamá a la que la autora consagrará, además, un libro aparte -también de cuadros, breves, rápidos, poéticos y crueles- que llevará un título tan significativo como Las manos de Mamá.
 Nellie Campobello siempre se preció de que todas las estampas de su libro eran históricas; también de que el demoledor paso de los años había desvirtuado -e incluso robado- el valor, la humanidad y los méritos de los Hombres del Norte, en particular de los villistas y, más en particular, de su admirado Pancho Villa. Ella escribió para reivindicar, para realizar justicia histórica. Lo hizo desde la literatura: creó un universo parcialmente cerrado, la calle de la Segunda del Rayo, en Parral, Chihuahua; evocó en él una casa; reinventó a una niña -ella misma- aferrada a la falda de su madre, asomada a la ventana o correteando por la calle frente a la casa; reacomodó muchos recuerdos -propios y ajenos- sobre los hombres que ella vio haciendo la Revolución mexicana; utilizó un lenguaje poético y rompió unos moldes literarios para no hacer "relatos ñoños y anticuados: medidos, atildados" (1): empleó la mirada, los sentimientos y la ternura de cuando ella era apenas una niña y la gente de verdad se moría a balazos frente a las puertas de su casa.
 Cartucho está divido en tres secciones: "Hombres del Norte", 
"Fusilados" y "En el fuego". Un tema de fondo o de primera línea los une: la muerte. En cualquiera de las tres secciones, los revolucionarios de los que la niña nos cuenta, mueren violentamente. Muchos de ellos, fusilados; uno que otro en un acto guerrero. Todos tienen también en común el haber mantenido algún tipo de relación con la niña o con su madre. Muchas veces no sabe el nombre, o sólo los ha visto una vez, cuando pasaban frente a su ventana para ir a enfrenatarse a la muerte. En todo esto hay una crueldad implícita, pero, a la vez, una asombrosa naturalidad para narrarla. El que se espanta es el lector, no la niña. Para ella, eso es su infancia: revolucionarios que llegan, se detienen frente a la casa de Segunda del Rayo, conversan con la Mamá, le hacen un cariño a la niña o son motivo de rumores, admiraciones y hasta temores. Después desaparecen, simplemente se mueren. A veces delante de ella misma; otras, unas calles más adelante o cerca de algún lugar que le es muy conocido.
 La literatura mexicana que trata el tema de la Revolución, siempre se ha regodeado en la violencia y la crueldad manifiesta que se dio en ella. La novela paradigmática del tema, Los de abajo, de Mariano Azuela, es una meticulosa descripción de la ignorancia, la bestialidad, el analfabetismo, el sadismo, los atropellos, la corrupción de los "hombres del pueblo" que participaron en la Revolución mexicana. Ninguna obra que trate de este hecho histórico se ha apartado de estas revelaciones. En realidad, no sería muy exagerado afirmar que no existe una "narrativa revolucionaria" sino, muy por el contrario, una narrativa abierta y francamente anti-revolucionaria. Contar desde la literatura las hazañas de villistas, zapatistas, carrancistas, orozquistas, federalistas, o de cualquier grupo que revolucionaba por su propia cuenta contra lo que se le pusiera al frente y sin saber muy bien por qué estaba en la bola, es sumergirse en la exposición de actos vandálicos e infrahumanos. Recordar el viaje en tren 
de los revolucionarios azuelistas rumbo a la Convención de Aguascalientes, o los pequeños injertos cuentísticos de Martín Luis Guzmán en su crónica o novela sobre los primeros años revolucionarios, o cualquiera de los cuentos de Rafael F. Muñoz, los cuadros de Campamento o Tierra de Gregorio López y Fuentes, los recuerdos de Francisco L. Urquizo, por no mencionar las barbaridades condenatorias de las temperamentales memorias de José Vasconcelos, es aceptar la injusta petición de principio de que la Revolución mexicana fue la apertura de una compuerta que inundó al país de las mayores bestialidades a las que puede entregarse el ser humano cuando se le pone en las manos un 30-30, se le sube a un caballo y se le dice que mate y muera para alcanzar la libertad, ser propietario de la tierra que trabaja, acabar con las tiendas de raya y con el regimen cuasi feudal que imperaba en las haciendas bajo la égida represiva de una dictadura de más de treinta años de gobierno; es aceptar y reafirmar en grado superlativo sobre el pueblo mexicano, lo que se cuenta que dijo Porfirio Díaz momentos antes de embarcarse en el Ipiranga: "Madero ha soltado un tigre; veremos si puede manejarlo".
 De alguna manera, Cartucho es la versión discrepante. Es evidente que en los cuadros que lo forman se da casi todo lo que cuentan esas otras novelas canónicas de un género literario dubitativo. Pero la intención es diferente. La niña no juzga, más bien ve a casi todos los personajes de los que nos habla con una marcada simpatía, con mucha familiaridad; su posición es la de narrar lo que simplemente sucedía, lo que era algo de todos los días. Si al dar el tiro de gracia a un fusilado, se desprende una oreja, alguien la patea y va a quedar sobre la mesa de un escritorio, así eran las cosas; de la misma manera que así fueron las cosas cuando la niña se encariña con el anónimo muerto que queda tendido frente a su ventana y que se convierte en algo suyo, como una de sus muñecas, como 
algo familiar que dormía junto a ella en las noches. Pensar en la revolución -una revolución, cualquier revolución- como un acontecimiento rosado, es una ingenuidad que ya no nos permite la historia. En Cartucho también, sin duda, el mundo está de cabeza, y es cruel, sangra, es inhumano, tiene toques bestiales. Nadie va a sonre+rse y aceptar como algo natural que un ser humano decida y ordene que otro ser humano sea fusilado por tener diferentes ideas, pertenecer a un bando rival, porque hubo equivocaciones y la orden de perdón no llegó a tiempo. Pero una revolución -todos lo sabemos- es la ruptura de un orden en apariencia natural por acontecimientos, hechos y actitudes violentas. Los días de esta niña, sin la menor duda, se hallan inscritos en ese orden antinatural, en una revolución que se va desarrollando en su calle, frente a su casa, o dentro de ella, en su pueblo, en su país. Y ese estado de antinaturalidad es lo que resulta lo natural para ella; y así lo cuenta, y así lo vive, y así es como nos escandalizamos los lectores.
 Resulta bastante claro que el novelista, el narrador, tiene la opción de elegir los materiales sobre los que va escribir. Con los recuerdos sucede igual. Al fin y al cabo, cada cual tiene los recuerdos que desea. Nellie Campobello, sin duda, también elige; elige sus materiales y elige sus recuerdos para escribir su galería de estampas (cuadros, postales o miniaturas; "verso sin rima", los llamó en algún momento ella misma). Pero sobre los materiales de un escritor y los recuerdos de una persona, hay una idea dominante: el significado que tienen para el que los cuenta o los evoca. Para la muchacha de menos de 20 años que escribía en La Habana, en una libreta verde, sus recuerdos de lo que fue la Revolución mexicana, dos ideas unificaban su escritura: que lo que estaba contando eran hechos trágicos y -lo cual le era mucho más importante- que los revolucionarios que ella evocaba eran gente dispuesta a "entregar la vida en el acto 
heroico de rescatar la libertad en bien del pueblo". Nellie Campobello escribía Cartucho alrededor de 1929, cuando ya los villistas, y Pancho Villa en especial, habían sido desvirtuados por los obregonistas y los callistas desde el poder del Estado mexicano. Ella tenía su verdad que contar, y la contó. Hizo historia, e hizo literatura. Mi opinión es que su libro, desde la literatura, es uno de los mejores que se han escrito con el tema de la Revolución mexicana.


II

Casi nada sabemos de Nellie Campobello. No existe una biografía de ella y son inexistentes los estudios sobre su obra literaria (2). En realidad, desde los años cuarenta, la literatura dejó de serle significativa: se dedicó a la danza -como intérprete, creadora y funcionaria (llegó a ser directora de la Escuela de Danza del Instituto Nacional de Bellas Artes durante cerca de 50 años), y se enfrascó en estudios y enseñanza de bailes autóctonos de México.
 Los pocos datos biográficos que se han registrado, dicen que nació en Villa Ocampo, Durango, el 7 de noviembre de 1909 (3); que vivió en Chihuahua -Parral y Ciudad Juárez concretamente-, en Nuevo Laredo, en Florida, La Habana y en la Ciudad de México.
 En el terreno de la literatura, publicó su primer libro en 1928, Yo, versos por Francisca; en 1931, Cartucho; en 1937, Las manos de Mamá; en 1940, Apuntes sobre la vida militar de Francisco Villa, que debería leerse como una obra perteneciente a la literatura a pesar de la información histórica que contiene; en 1957, Tres poemas, adelanto de un libro de versos, Abra en la roca, que nunca llegó a editarse de manera individual, 
aunque fuera anunciado como "en prensa". En 1940 también publicó Ritmos indígenas de México, obra importante realizada con su hermana Gloria, bailarina al igual que ella. En 1960, reunió su obra literaria, de prosa y verso, en Mis libros, que contienen un interesante prólogo autobiográfico en el que, entre otras cosas, abomina del medio literario mexicano, donde recibió ataques por ser mujer, por ser villista y por defender "bandidos"; también le desagrado -así lo dice- las pretensiones de lo que se imaginan "estatuas luminosas" y sobre las que llueven "palabras elogiosísimas".
 Sobre su muerte, en estos días de 1999 se está sabiendo la verdad. Todo parece indicar que fue raptada en los años 80 por unos "sus amigos", que la despojaron de los cuadros que tenía de pintores de la calidad -y el valor- de Diego Rivera y José Clemente Orozco, quien fue muy amigo de las hermanas Campobello e, incluso, ilustró una segunda edición de Las manos de Mamá. La investigación policíaca afirma que Nellie Campobello falleció en julio de 1986 y fue enterrada en el Cementerio de Progreso de Obregón -ironías del destino en manos ajenas-, Hidalgo. Las causas de su muerte se atribuyen a "paro cardiaco respiratorio, insuficiencia cardiaca y mala absorción intestinal". El acta de defunción señala 86 años de edad en la difunta; en verdad, en 1986 tendría 77 años. Nellie Campobello se llamaba, de nacimiento, Francisca Moya Luna. Su hermana -la Gloriecita de uno de los cuentos de Cartucho-, diez años menor que ella, había fallecido en 1969.


III

La historia editorial de Cartucho es poco edificante para la cultura mexicana. La primera edición es de 1931; la segunda de 1940; la tercera de 
1958, en la antología sobre La novela de la Revolución mexicana, de Antonio Castro Leal, en dos tomos (figura en el primero); y la cuarta de 1960, en Mis libros, edición que recoge toda la obra literaria de Nellie Campobello. Es probable que la lujosa antología de Castro Leal sea la publicación más conocida y donde más haya sido leído Cartucho, pues el libro, de forma individual, no volvió a editarse desde 1940, y de Mis libros sólo se hizo la edición de 1960. Si a partir de estos datos pretendemos realizar un balance que nos indique la importancia de la obra, el probable número de sus lectores, su significación dentro de la literatura nacional o, con mayor modestia, en la narrativa sobre la Revolución mexicana, deberíamos concluir que en sus 68 años de existencia, Cartucho no ha representado absolutamente nada para la cultura nacional, para los lectores mexicanos y para la historia de su literatura. Podríamos hablar de élites, de grupos reducidos de admiradores, de su conocimiento por la gente que opina, lee y escribe; podríamos hablar de muchas cosas para justificar este desdén....
 Nellie Campobello comenzó a escribir muy joven. Ella misma nos cuenta que desde el colegio, en la Ciudad de México, ya escribía, para escándalo de los que la conocían. Ella escribía y guardaba sus notas.

Pero en ese ambiente no se podía escribir, y menos se podía escribir lo que yo debía escribir. Mi tema era despreciado, mis héroes estaban proscritos. A Francisco Villa lo consideraban peor que al propio Atila. A todos su hombres los clasificaban de horribles bandidos y asesinos. Yo leía esto día a día, escuchaba las odiosas calumnias y comprendía la injusticia, la barbarie de estos nuevos ricos mexicanos, hartos de dinero, del dinero que robaban a este pueblo al cual tanto defendió aquel glorioso señor general don Francisco Villa, y lo atacaban sistemáticamente con el 
solo propósito de desvirtuarlo y destruirle su personalidad de gran mexicano y de guerrero genial. Yo me decía dentro de mí: "¿Qué hacer? ¿Por dónde empezar?".

 En 1928, "como prueba de mi capacidad de escribir", publicó Yo, versos por Francisca. Tenía 19 años, montaba a caballo, estudiaba y bailaba ballet clásico. De pronto -sin que en el prólogo de Mis libros explique la razón-, "se impuso un largo viaje, que no fue tan largo como soñamos": La Habana y Florida. En Cuba conoció al crítico y periodista José Antonio Fernández de Castro -de quien hablaría con largueza en el prólogo de la primera edición de Cartucho-, y, por mediación de él, conversó -desde un balcón, y durante tres minutos- con Federico García Lorca, y también -de manera distinta, más formal, aunque sólo eventual- al poeta norteamericano Langston Hughes, con el que se escribió y al que debió que se tradujeran y publicaran en los Estados Unidos algunos poemas suyos y algunas estampas de Cartucho.
 La idea de reivindicar a Pancho Villa y a sus hombres, no se le iba de la cabeza. Para ella, todo lo que se contaba sobre la Revolución mexicana era falso, "todo en torno de los Ocho mil kilómetros en campaña" (de +lvaro Obregón) y la suplantación de hechos de armas de los villistas y sus Hombres del Norte, a los que ella había conocido directamente y a los que tenía presentes en su recuerdo como a unos paladines:

Los datos históricos que tenía que escribir debían ser narrados con toda atención y cuidado, sin caer en la bisutería tipo miscelánea, ni en la truculencia, ni en el sentimental plañir del que implora piedad. Tipos mexicanos de esta categoría no se pueden plantar en el melodrama, ni exponer en actitudes vulgares de folletín.
 

 Fernández de Castro la alentó y la aconsejó. De alguna manera encontró al personaje narrativo, el tono conveniente y los recuerdos adecuados de la Revolución.

En el acto comencé a escribir Cartucho, a narrar su tragedia: pude al fin hablar de su generoso sacrificio trayendo su voz a mi voz, retratando lo exterior y lo interior mediante la acción, gracias al impulso divino que movía a todos aquellos hombres, y que era en ellos tan natural como es en los santos el hecho de hacer la caridad, convertida así en deber, Los míos también daban su caridad, pero la suya consistía en entregar la vida en el acto heroico de rescatar la libertad en bien del pueblo.

 Un mexicano, amigo de Fernández de Castro, G.L.A. -es todo lo indicado-, que regresaba a México después de realizar un viaje de estudios por Rusia, se entusiasmó con los "apuntes" y prometió ocuparse de la publicación del libro "exactamente como estaba escrito".
 Pasaron los meses sin noticias de Cartucho. Nellie Campobello y su hermana Gloria estaban entregadas a la danza clásica y querían dedicarse de forma profesional a bailar, mediante la creación de escuelas de danza y la práctica del ballet "a la manera inglesa o rusa". Regresaron a México y se encontraron con una realidad interna y externa que las sobrepasó: el reconocimiento de la ignorancia personal y la carencia de las instituciones culturales necesarias para poder dedicarse a la danza clásica. Se incorporaron a la Secretaría de Educación Pública y bailaron durante programas oficiales, en escenarios escolares por alguna fiesta cívica, gracias a sus puestos burocráticos de danzarianas y maestras de la Escuela Indígena y de la Normal de Maestros.
 
 Al año y medio de estar en México, el 13 de octubre de 1931, se publicó Cartucho en Xalapa, bajo el sello de Ediciones Integrales, que se inició con ese pequeño volumen. La edición estuvo al cuidado del poeta estridentista Germán List Arzubide (¿el G.L.A. que recogió el manuscrito en La Habana?) y el dibujo de la portada lo "regaló" Leopoldo Méndez; "dibujo admirable; al contemplarlo se ve exactamente la espalda de aquel joven al que le decían Cartucho", afirmaba la autora. Y también agregó: "en la época en que escribí Cartucho yo no había leído ningún libro de la revolución".
 El libro -por lo que dice Nellie Campobello- "fue conocido, justamente conocido, por las personas que tenían que hablar de él". Plutarco Elías Calles lo leyó -y según le contó la esposa a la autora: "mi viejo lo tiene en su buró"-; "Carlitos Noriega Hope le dedicó un comentario psicológico"; Ermilio Abreu Gómez, "una nota gentilísima e inteligente"; Rafael Heliodoro Valle entresacó una estampa para alguna antología; y Gregorio López y Fuentes le brindó un piropo: "Cartucho está en mi biblioteca en un lugar que conquistó desde que llegó a ella".

Otros muchos comentarios despertó mi muy amado libro, pero, a pesar de todo, iba yo a pagar muy cara la tremeda osadía. Comenzaron las calumnias en mi contra; me desfiguraron como si no me conocieran, y pese a que sólo en mentes enfermas podían germinar tales engendros. Me negaron el saludo gentes que se habían dicho amigas, pues no querían nada con la defensora, según ellos y sus mentiras, de bandidos. Así los calificó la calumnia organizada. En cambio conocí a otras personas a las cuales les encantaba el libro, y esto me hacía feliz. Me defendí todo lo que pude y demostré mi desinterés al servir a causas que se podían considerar perdidas de antemano, aunque sé que al haber escrito aquellas páginas fue útil para la 
historia, ya que no para la leyenda de la Revolución: había cumplido con un deber.

 En setiembre de 1934, comenzó a escribir Las manos de Mamá, libro también de estampas como Cartucho, y necesariamente emparentado con él por el tono, el tipo de recuerdos y su coincidencia con el tiempo histórico. El libro se publicó en enero de 1938 (4), gracias a José Muñoz Cota, jefe del Departamento de Bellas Artes, quien, además, la apoyó nombrándola directora de la Escuela Nacional de Danza. Al parecer el libro tuvo un éxito mayor al de Cartucho, por lo menos entre críticos y escritores. Nellie Campobello, en el prólogo de Mis libros, se complace en incluir, en su totalidad, los juicios del poeta español José Domenchina (de 1958), de Martín Luis Guzmán (en un programa radiofónico de 1938), de José Juan Tablada y de Ermilio Abreu Gómez (ambos, también, de 1938), y un fragmento de una carta cariñosa de Esperanza López Mateos (de 1940).
 Es posible imaginar que Nellie Campobello, respaldada por este aceptable recibimiento crítico de algunos pocos escritores de prestigio, decidiera reeditar Cartucho en 1940, quizá en busca de un desagravio a la hostilidad con que imaginó o supo que fue recibido (las referencias críticas que consigna el Diccionario de Escritores Mexicanos, de Aurora M. Ocampo de Gómez y Ernesto Prado Velázquez, no registran comentarios a Cartucho, y en cambio agregan, en ese mismo año de 1938, una nota de Francisco Monterde también sobre Las manos de Mamá; es muy probable que las referencias adversas a Cartucho que cuenta la autora hayan sido sólo verbales, de ambiente social y literario).
 El editor de la segunda edición de Cartucho, fue EDIAPSA, la empresa de Martín Luis Guzmán, y se terminó de imprimir, en los Talleres Gráficos de la Nación, el 16 de agosto de 1940. Es un libro de formato pequeño -lo 
que ahora, por aproximación, podría llamarse "de bolsillo"-, con una cubierta de color crema, sobria, sin ilustración, de diseño exclusivamente tipográfico, impresa a dos colores (negro y dorado), y resaltando en ella, y en la portada, que era la segunda edición. Al parecer, por los registros bibliográficos, el silencio sobre la nueva edición fue absoluto. Tal vez ni siquiera se dieron las manifestaciones de rechazo que había recibido nueve años antes.
 Si el silencio crítico es sinónimo de fracaso literario, Mellie Campobello y Cartucho fracasaron estrepitosamente; si es sólo la manera nacional de ejercer ese gesto conocido como "el ninguneo", Nellie Campobello y Cartucho fueron clamorosamente "ninguneados". Ni en 1931 ni en 1940, Cartucho y su autora merecieron un elogio o un comentario adverso sustentado en reparos literarios o políticos. Es difícil sostener una vocación no comercial y que no ofrece ingresos económicos, cuando no hay lectores, no hay respuesta, no hay interesados en lo que uno se esfuerza. Nellie Campobello se dedicó a bailar y a escribir ballet autóctonos (Tierra, 30-30, Umbral -con decorados de José Clemente Orozco-, Alameda 1900, Fuensanta), a crear el Ballet de la Ciudad de México (en la que Gloriecita era la primera bailarina), olvidándose de la literatura, de las ganas de publicar, del deseo de ser una escritora mexicana.
 En 1949, animada seguramente por el pintor José Clemente Orozco, que había realizado unos dibujos para ella, se atrevió a publicar una segunda edición de Las manos de Mamá ilustrada por el famoso muralista (5). Nadie dijo nada. El silencio, el "ninguneo" se empeñaba en hacerse presente en cada publicación de Nellie Campobello. (En 1957, no sé por qué, la escritora publicó Tres poemas, una cuadernillo de 39 páginas y 300 ejemplares de tiro, como anticipo de un poemario ya en prensa: Abra en la roca. Hasta donde sé, si en verdad estaba en prensa, la edición fue 
destruida antes de salir al público. En 1960, Abra en la roca se incluyó en Mis libros).
 En 1958, Antonio Castro Leal incluyó en su antología La novela de la Revolución mexicana a Cartucho y a Las manos de Mamá. Fue un reconocimiento algo tardío, pero reconocimiento al fin y al cabo. Un poeta español, José Domenchina, hizo un comentario elogioso, pero dejó en manos de los críticos mexicanos la obligación de reivindicar el valor literario de Cartucho, y la importancia y el valor narrativo de la escritora. Nadie aceptó el reto.
 En 1960, Nellie Campobello realizó un último intento. Reunió todos sus escritos -poesía y prosa- en un volumen que nuevamente le editó Martín Luis Guzmán en la Compañía General de Ediciones, y escribió, como prólogo del volumen, una historia de sus libros y de su actividad dancística. Mis libros tampoco mereció un comentario crítico, una alabanza: más silencio, mayores dosis de "ninguneo". Fue su último gesto en favor de la literatura mexicana. En 1969 falleció su hermana Gloria; para Nellie Campobello siguió el silencio, el "ninguneo". Ahora, en 1999, venimos a enterarnos que había muerto en 1986: la gente del medio artístico está escandalizada de que le hayan robado sus cuadros de José Clemente Orozco, sus escenarios, sus bocetos dancísticos, que le hayan tenido secuestrada durante años y años...


IV

 El silencio cultural, crítico, que ha existido siempre en torno a la obra literaria de Nellie Campobello, y en especial sobre Cartucho, evitó que se supiera que la segunda edición de este libro traía novedades 
importantes: Cartucho ya no era el Cartucho que se había conocido en la edición de 1931. Lo más evidente, hasta para el relector más distraído, consistía en que de los 33 cuadros de la primera edición, se había eliminado uno ("Villa", en la primera parte "Hombres del Norte"), pero, en cambio -y es algo muy notorio- se agregaron 24 nuevos textos y se corrigieron, con diverso sentido, la totalidad de los cuentos primerizos. De esta manera, el número de estampas de Cartucho aumentó en prácticamente un 75 por ciento y Nellie Campobello se mostraba como una escritora con un número mayor de intereses narrativos que los consignados en los primeros cuadros o estampas de la Revolución mexicana. Además, y esto también resultaba evidente, los cuadros incluidos demostraban que la autora había continuado trabajando literariamente en su tema y mantenido la voluntad de historiar a su peculiar manera al general Francisco Villa y a sus Hombres del Norte.
 De los 24 nuevos cuadros incluidos en la segunda edición, 16 aumentaron la tercera sección, "En el fuego", y sólo como un agregado a los cinco originales; y casi igual sucedió con los siete que aumentaron la segunda sección, con la variante que uno de ellos fue incluido en sexto lugar, tras "Nacha Ceniceros", y los demás a continuación de los ya publicados. No será, tal vez, baladí, señalar que en estas dos secciones, hubo un movimiento de colocación de un solo cuadro en cada una, sin que resulte claro la razón de esta alteración de orden (en "Fusilados", la segunda sección, el cuadro "Las tarjetas de Martín López" pasa al último lugar; y en la tercera sección, "Las cartucheras de El Siete", que antes se hallaba en el segundo lugar, pasa al quinto, como para cerrar la serie original, con el título de "Sus cartucheras"). El suprimido, "Villa", fue remplazado en el mismo lugar de la primera sección por "Las cintareadas de Antonio Silva".
 
 Las variantes que tuvieron los cuadros de la primera edición fueron de muy diversa índole. Las más numerosas son las referentes al cambio de signos de puntuación: comas que se convierten en punto y coma o punto, nuevas comas, nuevos puntos, puntos y comas que se convierten en puntos. Ninguna de estas correciones tiene por finalidad cambiar el sentido de las frases. Prácticamente, todos los cuadros han sufrido este tipo de corrección y uno -como lector malvado- puede llegar a suponer que estas correciones fueron realizadas por mano ajena y con un sentido en exceso puntilloso de la corrección estilística moderna. A mí, por ejemplo, me molestó ligeramente hallar el tan mexicano "luego luego" convertido en un correcto "luego, luego"; y leer una frase llena de comas y puntos y coma de la edición original -que es como debió escribirlo originalmente la autora- sometida a una literaria corrección pletórica de puntos seguidos, y por lo tanto de frases cortadas, quizá más bruscas, y de un estilo tan literario para una muchacha de 20 años. Decía que uno podía suponer una mano ajena en estas correcciones, y en el apoyo de esta maldad de lectura podría afirmarse que en los nuevos cuadros de la segunda edición no se dan esos preciosismos de puntuación, y tampoco en los otros escritos de la autora.
 También, en la segunda edición, se cambiaron títulos de los cuadros. Algunas veces buscando una mayor precisión descriptiva ("Bustillos" por "El coronel Bustillos"; "Bartolo" por "Bartolo de Santiago"); por un posible error de redacción ("Agustín Gracia" por "Agustín García"; pero en este cuento también se cambia el nombre de los otros personajes: "Elisa" por "Elías" y "María Luisa" por "Irene"); por ser más preciso con el tema del cuento ("José Antonio y Othón" por "José Antonio tenía trece años"; "Mi hermano El Siete" por "Mi hermano y su baraja"); y, quiero creer, que hasta por un error garrafal (¡"Cartucho" por "Él". Pésimo cambio!).
 
 Algunas correcciones en los cuadros buscaban modificar el carácter agresivo que podían tener algunas palabras ("bandidos o asesinos" por "traviesos y malos") o que, quizá, la autora ya consideró en desuso (eliminación de "colorado" u "orozquista", o remplazo por "enemigos", "bandidos" o "traidor"). En general, este tipo de correciones deberían pasar inadvertidas pues no alteran en nada el contenido de los textos. Es probable, en cambio, que la finalidad de la autora, al hacerlas, tuviera la intención de evitar herir suceptibilidades, quizá frescas aún en los inicios de los años cuarenta; pero a pesar de esta suposición, lo cierto es que cuando hace un agregado en la edición de 1940 o de 1960, no le tiembla la mano para calificar, por ejemplo, a los partidarios de Venustiano Carranza como "carrancistas asesinos".
 Lo que más podría llamar la atención en este tipo de correciones, es cuando la autora -o la narradora- se distancia de lo que aparecía como un testimonio en que ella participó o presenció (como cuando ante un muerto en una batalla con el que pasan frente a su casa, dice "pedí verlo y me dejaron", hecho que se suprime en la edición siguiente; o cuando da una conversación entre Villa y la madre en la edición de 1931, escribe a continuación "Esta pregunta se la hizo -Villa a la Mamá- en Hidalgo del Parral, en el mes de diciembre de 1921", y en la edición siguiente la modifica evitando precisiones al decir "Cierta vez en Parral, en la casa de los Franco...", y elimina la contundencia de la fecha). Las veces en que se da este tipo de modificación testimonial o se hacen correcciones de redacción para distanciar la presencia directa de la niña en los hechos, el contenido de lo narrado no se modifica por la alteración: la historia continúa intacta.
 Como una opinión personal, podría resumir la impresión que me dan los diversos tipos de correcciones y modificaciones realizadas en los textos 
de 1931, diciendo que fueron hechas desde afuera las estilísticas, y desde un afán muy personal de la autora las que implican modificaciones sobre la presencia de la narradora en los hechos que está contando. Sobre el primer aspecto ya señalé el fundamento de mi opinión; sobre el segundo es fácil argumentar que, aparte de no modificar la esencia y los detalles de lo narrado, las correcciones buscan, muy probablemente, un afán de precisión histórica, tan evidente y declarada por Nellie Campobello. Todo lo que ella contaba no era ficción, ella lo había vivido directa o indirectamente (como la muerte del general Felipe +ngeles, en que agrega testimonios que escuchó de una amiga de su Mamá). En los 24 nuevos textos que aumenta a la segunda edición, es la misma voz de la niña la que sigue contando, pero ahora, en el mayor número de ellos, es a partir de lo que escuchó, lo que dijeron y muy poco en lo que vio. Incluso, en estos nuevos textos, ya se da como una especie de reportaje periodístico a un compañero de su amigo Martín López, sobre una batalla en la que participaron ambos al lado de Pancho Villa, y, también, una apelación al folklore para armar en torno a canciones populares historias como la de "Abelardo Prieto" o "Los oficiales de la Segunda del Rayo". Con todo esto, evidentemente, Cartucho no pierde su impacto para el lector, pero para los que nos encariñamos con la niña de de la primera edición, algo de frescura, algo de espontaneidad se ha perdido para hacerse más literario, más correcto, algo mucho más distanciado de la candorosidad inicial.
 Un caso ejemplar -y probablemente muy desafortunado- de este tipo de modificaciones, es el de la historia de Nacha Ceniceros. El cuadro -con los pequeños cambios usuales- quedó igual en la segunda y tercera edición; en la cuarta edición (la de 1960), Nellie Campobello, por su purito de historicidad, agregó un colofón. En él dice que lo que ella había contado así se había creído en la época y en la región desde las que escribió, 
pero que no era verdad. Nacha Ceniceros vivía, había regresado a su casa de Catarinas para reconstruirla con toda tranquilidad, y "seguramente desengañada de la actitud de los pocos que pretendieron repartirse los triunfos de la mayoría". El lector que conoce la primera versión, lamenta la rectificación histórica (aunque seguramente deba alegrarse que Nacha Ceniceros ni mató a su amante ni fue fusilada por orden de Villa), pero lamenta aún más el tono y el contenido airado de lo escrito como ratificación ideológica, y tal vez -como yo- olvidando lo agregado, seguirá evocando, como final del cuento, al hormiguero que apareció donde dicen que fue enterrada la coronela Ceniceros, allá, en el Norte, junto a una estación de tren en Chihuahua.


IV

Ni la edicion de 1940, ni la de Castro Leal en 1958, ni Mis libros (1960), señalan los agregados ni las correcciones a la primera edición de 1931. Haberme detenido en ello para indicarlo someramente, me pareció necesario. Tan necesario como repetir el reto planteado en 1958 por el poeta español José Domenchina, y que la misma Nellie Campobello recogió en el prólogo de su última publicación literaria (Mis libros):

Hace meses, cuando se publicó el primer tomo de La novela de la Revolución mexicana, no fueron pocos los lectores sobrecogidos por el tremendo, candoroso e indeleble trazado de esos apuntes (de Cartucho). Es indudable que la crítica está en deuda con los recursos naturales y facticios de la autora de Cartucho, y que debe ser la pluma de un escritor mexicano la que salde este débito.
 

Cuarenta años más tarde, el débito con Nellie Campobello y su obra, continua pendiente.


Tlahuapan, enero 1999

                            

 

NOTAS

1 En general, salvo que se indique otra fuente, las citas, algunas de ellas entre comillas, y las indicaciones biográficas sobre la autora de Cartucho, provienen del prólogo de Mis libros, escrito también por Nellie Campobello y publicado por la Compañía General de Ediciones en 1960.

2 El único libro que conozco sobre Nellie Campobello publicado en castellano es: Matthews, Irene: Nellie Campobello. La centaura del Norte. Prólogo -deplorable- de Elena Poniatowska. Cal y Arena. Los libros de la Condesa. México, 1997. 192 págs. Esta autora cita en su bibliografía un par de artículos académicos en inglés de Doris Meyer (de 1985 y 1986), otro artículo de Dennis J. Parle (1985), también en inglés, y una tesis de Valeska S. Najera, sustentada en la Nortwestern University, en 1981, que supongo igualmente en inglés. El resto de sus referencias son entrevistas y artículos periodísticos, en castellano y circunstanciales, con excepción, quizá, del de Gabriella de Beer, publicado en Cuadernos 
Americanos en 1979. Ver nota siguiente sobre libros publicados sobre Nellie Campobello.

3 Después de publicado esta edición de Cartucho, se editó en la UNAM un estudio que supera con amplitud el trabajo de Irene Matthews: Nellie Campobello: eros y violencia, de Blanca Rodríguez, en que se afirma, con pruebas dadas en un contexto de mayor seriedad, que la escritora y bailarina nació en en san Miguel de las Bocas (hoy, Villa Ocampo), el 7 de noviembre de 1900, siendo hija natural de Rafaela Luna y padre no declarado. A pesar de las dudas que, en lo personal mantengo al respecto -por parecerme demasiados años para aparentar, sobre todo como bailarina, nueva años menos de su verdadera edad-, es de consignar que también las investigaciones policíacas realizadas a partir del hallazgo del lugar de su entierro, se inclinan a confirmar que, en efecto, Nellie Campobello era diez años mayor de los que declaró mientras vivió.

4. La primera edición de Las manos de Mamá, se terminó de imprimir el 16 de diciembre de 1937, por la Editorial Juventudes de izquierda, en los talleres de de la imprenta Mundial, D.F.

5. La segunda edición de Las manos de Mamá, se terminó de imprimir en enero de 1950, aunque la cubierta y la portada consignan el año de 1949.