¡VÁMONOS CON PANCHO VILLA!

de Rafael F. Muñoz

     
    La primera edición de ¡Vámonos con Pancho Villa!, de Rafael F. Muñoz, fue publicada en Madrid, por la importante editorial española Espasa Calpe, en 1931. Cuatro años más tarde, en 1935, se imprime, con idénticas características editoriales pero diferente tipografía, la segunda edición. En el catálogo de "Autores Americanos" que la editorial española incluyó en la última página del libro, figuran varios escritores mexicanos: Mariano Azuela (Los de abajo  con la indicación que es una novela de la revolución mexicana  y La luciernaga); María Enriqueta (con nueve libros); Martín Luis Guzmán (La sombra del caudillo y El aguila y la serpiente, en dos tomos); Gregorio López y Fuentes (Campamento); Rafael F. Muñoz (¡Vámonos con Pancho Villa!), Salvador Quevedo y Zubieta (México, manicomio); y Jaime Torres Bodet (con cinco libros (1)). Si quitamos la fallida novela de Quevedo y Zubieta  bastante mejor es Tierra de sangre y broma, editada en 1921, con tema de la revolución , podremos decir que, en la década de los treinta, los lectores españoles tuvieron a su alcance la mayoría de las novelas que se considerarían como las mejores y más representativas de la "literatura de la Revolución Mexicana" (agreguemos, también, Tierra caliente, de Jorge Ferretis, publicada por Espasa Calpe en ese mismo año de 1935).
    En México, en la misma década de los treinta, bajo el patrocinio de la Editorial Botas, se produjo un deslumbrante aluvión de ediciones en las que el tema principal o el ambiente que predominaba era el revolucionario. Tal como podía esperarse, la gran mayoría de libros  fueran novelas, cuentos, memorias, testimonios o ensayos interpretativos  tuvieron escasa importancia y se quedaron en sus primeras ediciones. Le correspondió a los norteamericanos, como casi siempre sucede, trazar, en la década siguiente, los primeros balances de este inesperado fervor temático y reseñar los valores literarios de lo que se dio en llamar "la novela de Revolución Mexicana" (2). Los estudiosos nacionales no se alejaron mucho de estas primeras coordenadas y reafirmaron, casi con las mismas palabras, las características que se habían enunciado y que continuan repitiéndose hasta ahora (3). En verdad, poco había que agregar a lo generalizado por Ernest Richard Moore y F. Rand Morton. En la década de los sesenta, encabezados por José Luis Martínez, diversos estudiosos mexicanos se empeñaron en releer, valorizar y reeditar la ya tan olvidada "novela de la Revolución Mexicana", que parecía sobrevivir sólo por la presencia librera de sus dos escritores más encumbrados: Mariano Azuela y Martín Luis Guzmán. El esfuerzo no produjo resultados y la "novela de la revolución", en su conjunto, fue marginada totalmente de las propuestas editoriales (4).
    Rafael F. Muñoz compartió la misma suerte de sus coetáneos y su obra quedó reservada para los especialistas, con excepción de un libro ajeno a la Revolución, Santa Anna, el dictador resplandeciente, y una que otra eventual recopilación de sus cuentos o novelas. Era una suerte injusta. Sus dos novelas  ¡Vámonos con Pancho Villa! y Se llevaron el cañón para Bachimba  y su más de tres decenas de cuentos recopilados (5), consituyen un aporte valioso y muy significativo para la literatura mexicana.
    En general, la crítica ha repetido tópicos  que no tienen por qué ser falsos  sobre este escritor y su obra. De querer sintetizarlos, podría decirse que estos giran sobre las siguientes indicaciones: conoció de muy joven, entre los 10 y 15 años, a Pancho Villa en Chihuahua, e incluso lo acompañó, como periodista, en algunas de sus correrías; la base de su obra son hechos reales  documentados o respaldados por testimonios orales  en los que entrelaza una ficción narrativa; su estilo es rudo, directo y, sin la menor duda, total y definitivamente periodístico. Para muchos críticos, es el mejor cuentista de la revolución; para otros, sus dos novelas, indistintamente, valen en cuanto cuadros aislados, como cuentos, sin considerar la trama que los unifica sin hacerles perder su naturaleza original (6). No he leído una crítica en que se le descalifique, y aunque sí es posible encontrar estudios sobre la "novela de la Revolución" en que se le relega a un lugar secundario, lo más común es hallar su nombre entre los que se estiman como los más sobresalientes del sub género (Azuela, Guzmán, Urquizo, Romero, Campobello, López y Fuentes, Magdaleno, quizá Ferretis).
    En cuanto a lo lugares comunes, se sabe  porque él mismo lo declaró  que nunca tuvo una relación próxima con Pancho Villa ("ante el villismo fui simplemente un muchacho con los ojos bien abiertos"; tenía 24 años cuando lo asesinaron y no alcanzaba la mayoría de edad cuando Villa se anmistió con el gobierno de de la Huerta); el respaldo histórico de la mayoría de su ficción corresponde a toda la literatura que trata sobre la revolución, ya sea en su tema o en su ambiente para otras historias; lo que ya no podemos saber  y tampoco interesa mucho  es si Tiburcio Maya y "Los leones de San Pablo" son reales, si lo son ╡lvaro Abasolo y Marcos Ruiz, o las decenas de personajes de sus cuentos que no tienen nombre histórico (7); en lo referente al estilo periodístico, puede decirse que es una de las características de la "literatura de la revolución"; la mayoría de los escritores que colaboraron con el auge temático de los años treinta, eran periodistas profesionales, y casi no hubo un escritor que careciera de vínculos con periódicos  como colaboradores, por lo general, con las mismas historias que recopilaban en libros  y que no aceptase la idea de que la única manera de narrar los hechos de la revolución, era a través del estilo periodístico, la crónica o la redacción de noticias.
      Literariamente, Rafael F. Muñoz pertenece a lo que se califica como la segunda generación de "escritores de la revolución". La primera estaría integrada por lo que de alguna manera actuaron en ella (Azuela, Guzmán, Vasconcelos, Urquizo, Romero), y la segunda por los que la vivieron, sufriéndola de lejos o de cerca, pero sin ser participantes (Campobello, López y Fuentes, Muñoz, Magdaleno, Ferretis). Resulta difícil señalar diferencias notables entre estos dos grupos generacionales, por lo menos en lo que se refiere a la actitud ideológica ante los hombres y los hechos de la Revolución: en general, todos tienen una actitud asombrada  incluso asustada, diría yo ; un desconcierto absoluto frente a ella, sus hombres y sus correrías; un insistente empeño en recalcar las crueldades y abusos que se vivieron, así como la salvaje ignorancia de los campesinos convertidos en soldados u oficiales de cualquier bando; y, finalmente, un rechazo total a la revolución, que se manifiesta en la conclusión final de sus historias: fue un fracaso, no se cumplieron las esperanzas puestas en ella y sus generales, los jefes traicionaron a las masas, y la corrupción siguió entronizada en el gobierno. Desde esta perspectiva, hay mucho de verdad en lo dicho por Luis Alberto Sánchez y ratificado por José Luis Martínez: "la revolución no produjo una literatura revolucionaria" (8).
    En lo que concierne a Rafael F. Muñoz, no hay  supongo  un sólo lector extranjero que no se haya asombrado y escandalizado con la temática y los hechos de su narrativa. La crueldad, la indiferencia ante la muerte, los destinos brutalmente trágicos de los personajes, la ignorancia generalizada de saber por qué se luchaba y moría, los comportamientos nada comunes en la vida diaria, con lucha armada o sin ella, que se muestran en toda su obra, llevó a escribir, por ejemplo, a un crítico literario tan agrio como Manuel Pedro González: "la técnica del autor es de un realismo descarnado, tan crudo en las descripciones de hechos sangrientos que a veces hiere nuestra sensibilidad... la crudeza de la pintura alcanza tonos tan despiados y sombríos que a veces ponen a prueba los nervios del lector" (9).
    Este terrible realismo sustenta también, y de manera acentuada, a ¡Vámonos con Pancho Villa!, una novela que la crítica no ha decidido aún si es mejor, igual o menos buena que Se llevaron el cañón para Bachimba (10). Podría decirse que, en ambas, se da una misma preocupación temática, en la que no se ha reparado y que une a las dos novelas: la meditación, no depurada intelectualmente, sobre la fidelidad absoluta al jefe militar. Los dos personajes principales ilustran el sentimiento de fidelidad hasta sus últimas consecuencias. Tanto Tiburcio Maya como el chico de 13 años, ╡lvaro Abasolo, se integran a un ejercito dominados por la personalidad del jefe. Los dos son fieles, absolutamente fieles, y la verdad es que no sé si es posible calificarla de "felicidad perruna" como lo hacía el autor.
    Habría que decir de inmediato, que La fidelidad que los dos personajes muestran a sus jefes es bastante singular, incluso excepcional. Y en ambos casos, parte de un despojo violento y de un adorcemiento sentimental. El jefe, antes de fascinarlos, eleva la crueldad a proporciones desmesuaradas, sobre todo en el caso de Tiburcio Maya, en que el asesinato de la mujer y la hija por Pancho Villa, para quitarle la preocupación por ellas al seguirlo, marcan la desaparición de referencias sentimentales que lo puedan querer hacer regresar o limitar la incondicionalidad hacia el jefe por tratar de conservar la vida; el hijo joven que lo acompaña, y que muere en Columbus por salvar a Villa, es una débil razón para sobrevivir, pero razón al fin y al cabo, que concluye pronto. Sólo poco antes de ser ejecutado, Tiburcio Maya recuerda los asesinatos y odia y desea vengarse de Pancho Villa, pero no delatando, y es ahí, en esa última fidelidad, donde encuentra la fuerza de una curiosa superioridad moral sobre los soldados norteamericanos que lo capturaron pero no vencieron su integridad ni con torturas o amenazas, promesas o atenciones.
    En el caso de Se llevaron el cañón para Bachimba, Rafael F. Muñoz plantea la misma situación, pero esta vez haciendo más sutiles los actos psicológicos y volviéndola más compleja, incluso atenuando los signos iniciales, hasta el punto de poder pasar desapercibidos para el lector, al quitarles la inhumana exageración de la novela de Tiburcio. ╡lvaro Abasolo desde el primer momento se siete deslumbrado por el jefe, que habla, se comporta y ordena como jefe. Su padre se ha ido y lo ha dejado como protector de la casona: tiene 13 años de edad. La única figura familiar que destaca en la narración  es contada en primera persona  es Aniceto, que, "desde que mis recuerdos comenzaban, él ya estaba ahí, en la casa. Llegue a imaginar alguna vez que también había sido plantado por mi abuelo"; era el sirviente que le contaba historias de brujas, lo hacía dormir y le enseñó a montar a caballo. Él es, en cuanto afectos, lo más cerca que tiene en la casona cuando irrumpe el general orozquista Marcos Ruiz. Días después, mientras enseña a ╡lvaro a disparar, el general mata de un disparo casual a Aniceto. ╡lvaro llora y sufre, ante la indeferencia de Marcos Ruiz, pero sólo es una reacción momentanea; su admiración al jefe, la fidelidad y el cariño que le dispersará a lo largo de la campaña, carece, en todo momento, de la sombra de este asesinato. Y al final, como Tiburcio, recuerda a Aniceto, pero esta vez no habrá odio, ni deseo de vengarse, ni siquiera la posibilidad de traicionar: Marcos Ruiz se ha ido, pero antes lo ha educado, le ha dejado un mensaje moral y lo ha hecho un "hombre completo". La fidelidad, transformada en alegría y agradecimiento, sobrevive entre el orgullo de lo alcanzado.
    Pienso que este es un tema que, si no preocupaba a Rafael F. Muñoz, por lo menos le intrigaba: ¿qué había tras esas fidelidades que existieron durante una revolución en que las traiciones también se dieron en abundancia? Se ha dicho infinidad de veces que la personalidad de Pancho Villa subyugaba hasta límites inconcebibles a sus seguidores. Esto podría explicar el caso del Tiburcio Maya de ¡Vámonos con Pancho Villa!, y tal vez, por eso mismo, el Marcos Ruiz de la segunda novela es un general orozquista que  de haber existido  no tiene nombre en la historia, que mata casualmente a Aniceto y adopta, lleno de cariño, a este niño de 13 años. Pero si esta modificación de la dimensión de los personajes es significativa, también lo es la reducción de la crueldad y el parentesco con el asesinado en Se llevaron el cañón para Bachimba. Da la impresión de que la prueba imaginativa de Rafael F. Muñoz en torno al problema de la fidelidad, necesitó ser sutilizada y aminorada en la segunda novela para que fuera posible crear ante sí una ilustración más humana de un asunto que no llegaba a entender del todo.
     Podría indicarse al margen, que este tema de Rafael F. Muñoz se halla también en algunos de sus cuentos desde diferentes puntos de enfoque. Es un mundo de sentimientos, actos y respuestas afectivas que no resultan comprensibles para el lector común ni para el lector especializado. Si ya la crítica ha resaltado la extrañísima actitud de Toribio Maya después del asesinato de su mujer e hija, es válido alinear a su lado la del personaje femenino de "La marcha nupcial", cuento en el que se bosqueja el principio de una probable fidelidad desde un escenario similar al de las novelas. En esta narración, Pancho Villa irrumpe en un hogar acomodado en busca de Roberta, la hija de la casa, a fin de casarse con ella. Cuando los padres niegan su presencia, Villa desenfunda la pistola e inicia la búsqueda de la novia matando a quienes lo estorban o pretenden detenerlo. A lo largo de su recorrido, asesina a un niño que se esconde con una vieja carabina, y mata a balazos al padre, a la madren y a la tía. Evidentemente, Villa encuentra a Roberta escondida, le anuncia que se casará con ella, que un cura está al llegar, y la arrastra a través de los patios en que se hallan tirados los cadáveres de sus familiares más próximos. Mientras se celebra la boda ante el cura, llegan los federales al poblado. Villa huye con la muchacha a caballo. Mientras se alejan, ella, colgada con los brazos del cuello del general, le dice bajito, al oido: "¡Eres lindo!".
    Es imposible saber hasta dónde habría llegado Rafael F. Muñoz en la elaboración de este tema tan desconcertante de haberlo seguido trabajando. Su última actividad literaria fue la escritura de una biografía histórica: la del general Santa Anna, el más repudiado de los militares, presidentes y políticos mexicanos del siglo XIX. Tal como él lo cuenta, su interés por este personaje surgió de la pregunta "¿quién es este traidor abominable, tal como lo llama Vasconceles?". De haberlo querido, pudo haber agregado para completar su intriga: "y que tantas fidelidades despertó en todos los niveles de la sociedad mexicana desde 1821 hasta 1854".
  
    La actividad literaria de Rafael F. Muñoz duró apenas doce años. Su primer trabajo para un libro, fue el encargo del periódico El Universal para que completase unas memorias de Pancho Villa que, hasta 1915, le había dictado al médico y escritor Ramón Puente. Él debía prolongarlas hasta la muerte, ocurrida en esos mismos días de 1923. Lo hizo en un momento, de prisa, sin consultas y recurriendo sólo a sus recuerdos. Se publicó en ese mismo año. Sin duda, un trabajo de encargo, de oportunismo periodístico y sin acercarse a la literatura o la historia.
    Desde entonces comenzó a publicar narraciones breves en El Universal y El Gráfico, que giraban en torno a hechos de la Revolución Mexicana. Por esos finales de los años veinte  la edición no trae fecha  dio a conocer, en edición privada, "El hombre malo"; en 1928 reunió diez de sus cuentos y los publicó con el título de El feroz cabecilla y otros cuentos de la revolución en el Norte; en 1930 junto otros trece cuentos bajo el título de El hombre malo y otros relatos, o también, más correctamente  tal como figura en la cubierta y en la portada  El hombre malo, Villa ataca Ciudad Juárez y La marcha nupcial; en 1931 se editó en Madrid, España, ¡Vámonos con Pancho Villa!, novela que consolidó la reputación de la que ya disfrutaba como escritor; en 1934 (?) reunió nuevamente cuentos suyos y publicó doce en la editorial Botas, con el título de Si me han de matar mañana...; en ese mismo año de 1934, terminó de escribir su segunda novela, Se llevaron el cañón para Bachimba, que no se publicaría hasta 1941, en Argentina, en la colección Austral de la editorial Espasa Calpe, por haberla enviado a Madrid en las vísperas del inicio de la guerra civil española, y sin guardar copia de ella. Harto, cansado de que le pidieran que volviera a escribir sobre Pancho Villa, Rafael F. Muñoz trabajó durante 1934 y 1935 en la preparación de una biografía del general Santa Anna, la cual se publicaría en 1936, mutilada y con título cambiado, en España, y se reeditaría en México, completa, en 1937 (11). No volvió a publicar nada más, salvo, en 1967, una recopilación que tituló Obras incompletas dispersas o rechazadas con notas del mismo autor y, en 1969, el guión cinematográfico Traición en Queretaro, que no agregaron algo significativo a su obra ni sirvieron para que se le volviera a valorar.
    Emmanuel Carballo, que lo conocía desde 1958, publicó en 1965 una entrevista con él, como parte de su libro sobre los protagonistas de la literatura mexicana, que en la segunda edición de 1985, en los comentarios finales, incluye un triste retrato de Rafael F. Muñoz que, es de lamentar, podría aplicarse por igual, y sin alteraraciones, a muchos otros escritores nacionales: "Periodista, burócrata bien renumerado a lo largo de varios sexenios, Muñoz vivió los últimos años de su vida (años de soledad y ninguneo) con alegría, gracia y patetismo. Los jóvenes no lo conocían y los adultos lo habían olvidado. La crítica no lo tomaba en cuenta y los lectores ignoraban su existencia. Como ya no vivía del presupuesto, y le era imposible conceder empleos o prebendas, las personas que antes lo festejaban lo abandonaron". Más amable, en su simplismo, es la conclusión del escritor español Max Aub a su comentario sobre la obra de Rafael F. Muñoz: "... prefirió el hecho al dicho. Su estilo es puro, desnudo, sin cuidados femeniles. Escribió lo que tenía a pecho, luego calló, dedicándose a jugar dominó".
    En el interesante prólogo que Roberto Suárez Arguello y Marco Antonio Pulido escribieron para le edición de Promexa, en 1979, de ¡Vamonos con Pancho Villa! y Se llevaron el cañón para Bachimba, señalan que a Rafael F. Muñoz no le interesaba que los datos y fechas de su historia personal se conocieran. Por esto, dicen, la familia dispone de un "amplio y divertido anecdotario pero de escasísimos documentos". Tal vez sea lo correcto.
    Sin embargo, se saben diversos hechos y fechas de su vida. Nació en Chihuahua el 1 de mayo de 1899, en una familia de fortuna, que contaba entre sus antepasados a un vicegorbernador, gobernador y senador de los tiempos de Benito Juárez. La familia poseía ranchos y en ellos pasó parte de su infancia el futuro escritor. Después estudiaría en el Instituto Científico y Literario, y sería testigo de las entradas y salidas de Pancho Villa en Chihuahua, conforme a sus venturas y desventuras durante la Revolución. A la familia Muñoz no le fue bien en esos años de 1911 a 1920: muchos se refugiaron en los Estados Unidos y mermó bastante el patrimonio familiar. Se cuenta que Rafael F. Muñoz viajó a la capital a estudiar, pero que tuvo que regresar a su estado natal por el asesinato de Madero y Pino Suárez, dedicándose desde entonces al periodismo. Esto se interrumpió brevemente por una exilio político en los Estados Unidos, pero al poco tiempo se reincorporó al periodismo capitalino. Tuvo una carrera fulgurante que se desenvolvió en El Gráfico, El Universal y El Nacional. En 1929 se casó con Dolores Buckingham, con la que tuvo dos hijos: Leonor y Rafael.
    A finales de los años treinta, viró hacia la burocracia, trabajando en el equipo de su amigo, el poeta y alto funcionario gubernamental, Jaime Torres Bodet. Con él como secretario de estado, ocupó, de 1943 a 1951, altos puestos en la Secretaria de Educación y en la de Relaciones Exteriores. En 1951 presentó su renuncia para apoyar la candidatura presidencial del general Miguel Henríquez Guzmán. Esta experiencia, sumada al fallecimiento de su hijo por esas mismas fechas, lo retrajo al silencio de su biblioteca, a la tertulia con los amigos más íntimos, y, más tarde, a asesoramientos cinematográficos y la redacción de algunos guiones. En 1958, con la llegada de Adolfo López Mateos a la presidencia, Torres Bodet lo reincoporó a la burocracia en la Secretaría de Educación, donde estuvo hasta 1968  dos sexenios  en un alto puesto de cierta intención cultural. Se cuenta que sus excentricidades y ocurrencias crearon una leyenda en torno a su vida familiar y sus peculiares actividades bohemias. En ese 1968, después de su renuncia, volvió a retraerse a su biblioteca, pero manteniendo, salvo en lo del cinema, iguales actividades a las de 1951.
    Desde entonces, su vida transcurrió en un tenue anonimato. Como ya se indicó, a pesar de que se realizaron antologías de sus cuentos, e incluso se publicó la totalidad de ellos en un volumen, su valía como escritor no volvió a recordarse. En 1972, la Academia Mexicana de la lengua lo designó para ocupar el sillón vacante por la muerte de Julio Torri. Preparó con cuidado su discurso de ingreso. Tres semanas antes de la fecha en que debía leerlo, falleció de un derrame cerebral que lo sorprendió con las fichas de dominó en las manos y rodeado de sus amigos. Fue enterrado al día siguiente, domingo, tal como siempre había querido, sin molestar a nadie obligándolo a asistir a las honras fúnebres. Tenía 73 años de edad; desde entonces han pasado 28 años. Ya es tiempo de volver a leer a Rafael F. Muñoz, revalorizar sus novelas y cuentos, y darle de nuevo el lugar destacado que merece en la historia de la literatura mexicana.
  
   Tlahuapan, febrero del 2000.
                                         
   
   NOTAS
  
   1. Para satisfacer al lector curioso, relaciono aquí los libros de María Enriqueta  Brujas, Lisboa, Madrid; Enigma y símbolo; Entre el polvo del camino; La irremediable; Mirlitón; El misterio de su muerte; Sorpresas de la vida; El arca de colores; El tapiz de mi vida  y de Jaime Torres Bodet  Proserpina, rescatada; Educación sentimental; Estrella de día; Poesías; Destierro .
  
   2. El trabajo de Moore es de 1940 41, y los de Morton de 1941 y 1949. Es posible mencionar que una profesora mexicana, Berta Gamboa de Camino, publicó en 1935, en inglés y en una revista norteamericana, el primer estudio general de "la novela de la Revolución Mexicana", clasificándola con ese nombre.
  
   3. A quien desee tener un panorama del deplorable estado de los estudios sobre la literatura en torno a la Revolución Mexicana, lo remito a La novela de la Revolución mexicana, del alemán Adalbert Dessau, páginas 18 a 24, en la edición del Fondo de Cultura Económica, Colección Popular (la primera edición alemana es de 1967, la española de 1972; hay varias reediciones. La situación que denuncia y lamenta en 1967, no ha cambiado en los años transcurridos).
  
   4. En principio, el fenómeno de "la novela o narrativa de la Revolución Mexicana", se ubica en un lapso concreto que va de 1928 a 1940. Antes y después de esos años, se siguió escribiendo obra literaria en que la revolución era el tema principal o el ambiente en que se desarrollaba la acción. Cualquier estudioso de esta narrativa específica, no se limita a los años de auge mencionado, sino que, por necesidad, debe remontarse hasta 1911  cuando se publican La Majestad caida, de Juan Mateos, y Andrés Pérez, maderista, de Mariano Azuela  y continuar hasta el presente inmediato, en el que se continua escribiendo literatura sobre o con el ambiente de la Revolución Mexicana.
  
   5. Se afirma que la parte más amplia de la obra cuentística de Rafael F. Muñoz, continua dispersa en las revistas y diarios que colaboraba.
  
   6. El mismo autor dijo que el inicio de esta obra fueron cuentos sobre "Los leones de San Pablo", del que ya sólo sobrevivía Tiburcio Maya, que publicó los domingos en El Universal. Al suspenderse su colaboración, decidió utilizar el material con que contaba para escribir ¡Vámonos con Pancho Villa!. A pesar de esto, puede afirmarse que la obra es una novela, que se inicia en la primera página y concluye en la última con la ejecución del personaje principal. Si la gran mayoría de los capítulos son narraciones de hechos que concluyen en si mismos, eso no impide que también sirvan para proyectar y desarrollar la personalidad de Toribio Maya, a la vez que la de Pancho Villa. Es muy relativa la afirmación de que son un grupo de cuentos y no una novela. Yo, por lo menos, no me atrevería a decirlo.
  
   7. El mismo Rafael F. Muñoz declaró a Emmanuel Carballo que los personajes de un par de cuentos suyos eran reales, tan reales como la anécdota que los sustentaba, pero mezclados con hechos imaginarios. Su oficio, como afirmó, consistía en mezclar imaginación y realidad, recuerdos personales y lo que le contaban o había leído. En resumen, el método más empleado en la creación literaria.
  
   8. Sánchez, Luis Alberto: Nueva historia de la literatura americana. Buenos Aires, 1944; Martínez, José Luis: "La literatura", en México. 50 años de Revolución. México, 1962.
  
   9. González, Manuel Pedro: Trayectoria de la novela en México. Ediciones Botas. México, 1951.
  
   10. Aunque puede creerse en una división de opiniones, supongo que resultaría ligeramente mayoritario el porcentaje de críticos, entre los que me encuentro, que prefieren ¡Vamonos con Pancho Villa! sobre Se llevaron el cañón para Bachimba. En realidad, ésta es una novela mejor organizada y planeada, con mayores elementos líricos y más sutil en sus planteamientos de fondo, pero no logra la intensidad narrativa y la dura fascinación que ejerce sobre el lector la primera de las novelas.
  
   11. El Diccionario de escritores mexicanos de Aurora M. Ocampo y Ernesto Prado Velázquez, publicado por la UNAM en 1967, afirma que, salvo el cambio del subtítulo y del material bibliográfico, todas las ediciones de este libro son iguales. No me he tenido la curiosidad de confirmarlo.