LAS AZTECAS

de José Joaquín Pesado

 


Las Aztecas se editó en 1854 en un pequeño volumen de 60 páginas y de un formato de 13.7 x 9 centímetros. A pesar de su importancia temática y de ser la primera vez que se publicaban poemas inspirados en los antiguos cantares mexicanos -versiones e imitaciones, los llamó el mismo José Joaquín Pesado-, el libro pasó desapercibido. En realidad, las actitudes políticas conservadoras del autor, más su militancia abierta y muy polémica a favor de la Iglesia católica -con sus dogmas y sus bienes- a través de la revista La Cruz, lo sumieron en el descrédito entre el triunfante mundo liberal de esos años. Por si esto fuera poco, la reputación literaria de que gozó Pesado también ya por entonces estaba oscurecida por las constantes acusaciones de plagio y de excesivas imitaciones que empezó a recibir desde antes de 1850 (1). A su muerte, el 3 de marzo de 1861, Pesado prácticamente había desaparecido del recuerdo literario y de nada valió el esfuerzo de sus hijas al editar en 1886, por última vez, las Poesías originales y traducidas, tal como el mismo poeta las había formado para su publicación. En ellas, sin que nadie lo apreciara, se hallaba ampliada la edición príncipe de Las Aztecas con una sección erótica y con la inclusión de tres leyendas sobre el Antiguo México.
 Durante el siglo XX, si bien es cierto que la presencia de Pesado no se ha evitado en las antologías temáticas o históricas, su prestigio y el conocimiento de su trabajo literario están muy lejos de las altas valorizaciones críticas que mereció en su siglo por personalidades como José María Heredia, el Conde de la Cortina, José Zorrilla, Marcelino Menéndez y Pelayo y, claro, de sus colegas conservadores que lo trataron y estimaron. Las Aztecas, por otra parte, tampoco fueron reconocidas como lo que en verdad son -versiones e imitaciones- por los nahualtecos contemporáneos, que persisten en censurar el trabajo de Pesado sin tomar en cuenta la diferencia de conocimientos sobre el mundo nahual que existe entre el que se poseía en el siglo XIX y el que se tiene en la actualidad.
 De todas formas, y a fin de situar el contexto histórico de la edición de Las Aztecas y su papel fundador, conviene recordar lo indicado por José María Roa Barcena en 1862, en el prólogo a su libro Leyendas mexicanas, Cuentos y baladas del Norte de Europa y algunos otros ensayos poéticos:

 En el estado actual de comunicación y relaciones de los principales pueblos, y cuando el cristianismo y la civilización han difundido unas mismas ideas y establecido casi idénticas costumbres en ellos (2), es muy difícil que su literatura tenga otro carácter distintivo que el que llevan unas respecto de otras las razas septentrionales y meridionales, o asiáticas y europeas y americanas; y para darla algún color local no queda más arbitrio que recurrir a la historia y las tradiciones especiales de cada país. Aplicando esta regla, halléme una mina, abandonada hoy de casi todos los que cultivan aquí las bellas letras (3), no obstante haber abierto el tiro, Ortega y Rodríguez Galván, y estar patentes las muestras de su riqueza en Las Aztecas de Pesado (...)
 Fuera de los poquísimos asuntos por mí escogidos, quedan en nuestra historia ofreciéndose a los aficionados al romance y la novela, los altos hechos de Moctezuma I a quien daban el sobrenombre de Flechador del cielo; la lucha de Nezahualcoyotl para recobrar el trono usurpado a su familia; la defensa de México contra Cortés; la mediación evangélica de los misioneros católicos en favor de los vencidos; la anarquía que siguió de pronto al triunfo de los conquistadores; la formación gradual de nuestra sociedad; y, en suma, multitud de caracteres y situaciones en las dos grandes épocas anterior y posterior a la conquista; no faltando en los días más recientes glorias militares como la de Morelos, ni actos de heroismo como el Bravo, ni ejemplos de enaltecimiento y desdicha como el que nos ofrece Iturbide (4)

 De alguna manera, esta invitación y señalización de temas ofrecida por Roa Bárcena fue aceptada por algunos escritores, en especial de novela, a partir de la restauración de la República, pero sin que se llegara, salvo excepciones no muy brillantes, a los tiempos previos a Hernán Cortés.
 En cuanto a la recuperación de la tradición poética indígena, también ha de recordarse que la documentación más importante, el manuscrito de los Cantares mexicanos, fue copiado en 1859 por José Fernando Ramírez; descrito en 1866 por Joaquín García Icazbalceta en sus Apuntes para un catálogo de escritores de lenguas indígenas de América; y traspapelado hasta 1889, en que José María Vigil, director de la Biblioteca Nacional, lo encontró "mezclado entre multitud de volúmenes hacinados". También ha de tenerse presente que la primera publicación de algunos de estos cantares fue en inglés, gracias a la versión de Daniel G. Brinton en su Ancient nahuatl poetry, containing the nahuatl text of XXVII ancient mexicans poems... ¡Filadelfia, 1887!, los cuales -triste paradoja- recién en 1958 merecieron una edición bilingue, con traducción directa del nahual al castellano, gracias a la labor pionera de Angel María Garibay. E igual debe traerse a colación, a este respecto, que José María Vigil, aún por esas fechas de 1889, insitía en pedir a los estudiosos nacionales que evitaran ser depojados de la primacía en la investigación de su historia y de su literatura.
 En verdad, la recuperación de la tradición literaria del Antiguo México sólo es posible fijarla a partir de años posteriores a la mitad del siglo XX, en que alcanzó un gran auge -y moda- lo que se dio en llamar -siguiendo el título de un célebre libro de Miguel León-Portilla (5)- "la visión de los vencidos". Recién a partir de entonces, la poesía previa a la llegada de Hernán Cortés -y en especial la obra y la personalidad de Netzahuacóyotl- ha sido incorporada con literalidad y prestancia en la cultura del México actual, y debido, sobre todo, al perseverante trabajo de los ya citados eruditos Angel María Garibay y Miguel León Portilla.
 Desde esta perspectiva, el acto fundador de José Joaquín Pesado con la publicación de Las Aztecas, adquiere una dimensión histórica que no puede desvalorizarse lamentándose, por ejemplo, el que no conociera la lengua de los antiguos mexicanos o expresando reservas sobre la literalidad de sus versiones e imitaciones. Sin embargo, este ha sido el sentimiento que ha influido en las pocas aproximaciones críticas que se han realizado a Las Aztecas desde su publicación. A fin de ilustrar al respecto, baste referir cuatro ejemplos, tomados del siglo XIX, de escritores que admiraban y estimaban en mucho a José Joaquín Pesado, y que de alguna manera sentían la necesidad de salir en su defensa no dejando de lado el trabajo poético que había llevado a cabo con los cantares antiguos de los mexicanos.
 Evidentemente, el primer interesado en manifestarse sobre el tema fue José María Roa Bárcena, quien en 1878 había publicado la biografía y el estudio más amplio y completo que se ha escrito hasta la fecha de su amigo y maestro José Joaquín Pesado. En él, al referirse a Las Aztecas, escribe lo siguiente:

 Antes que estas dos últimas obras (6), aparecieron en un tomo de 60 páginas en dieciseisavo, Las Aztecas, poesías tomadas de los antiguos cantares mexicanos por nuestro infatigable escritor, quien se valió de la versión en prosa que por encargo suyo hizo don Faustino Galicia Chimalpopoca. Lo que dije del género de las "Escenas del campo y de la aldea", es aplicable al de estos versos, también nuevo o muy poco cultivado, pues entiendo que antes de 1854 solamente había sido ensayado por don Francisco Ortega (7), no obstante constituir una mina riquísima, y que escogiendo los asuntos brillantes o patéticos que no escasean en la historia antigua de estas regiones y dándoles al tratarlos el sabor de la dulcísima poesía azteca, podríamos agregar a la lira castellana una cuerda enteramente nueva, aspirando a la originalidad tan difícil de alcanzarse en nuestros días. Los ensayos de Pesado abrazan en su primera parte una serie de composiciones de autores desconocidos, en que ninguna hay despreciable, siendo las más bellas la "Enrohabuena de un embajador en el nacimiento de un príncipe", la "Respuesta del padre", y las intituladas "Consejos de un padre a su hija" y "Consejos de una madre a su hija al tiempo de casarla"; y en su segunda parte los cantos de Netzahualcóyotl, rey de Texcoco, en que lamenta sus desgracias al huir perseguido del rey de Atzcapotzalco, exhorta a gozar de los placeres antres del término de la vida, habla de las vicisitudes humanas, de la vanidad de la gloria y de los tormentos de la ausencia de un hijo, y describe una fiesta doméstica. No me es dado juzgar de la exactitud de todas estas versiones, y me inclino a creer que son bastante libres; pero cuantos hayan estudiado en los historiadores del Anáhuac y principalmente en nuestro inapreciable Clavijero, el carácter y las costumbres de los pueblos conquistados por Cortés, convendrán en que uno y otras, y hasta las imágenes y los giros comunmente empleados por los antiguos pobladores de nuestra tierra, aparecen fielmente interpretados en el librito a que me contraigo. Días después su autor vertió o imitó otras canciones aztecas intituladas "El Cazador", "Señas de amor", "Extremos de amor", "Llanto disimulado", "La tardanza" y "La separación"; así como la justamente celebrada "Arenga de Netzahualpilli a Moctezuma"; y escribió y publicó en La Cruz dos excelentes romances, "La Princesa de Culhuacán" y "El rústico y el monarca", modelos acabados para cuantos quieran explotar la rica mina que más arriba indiqué. (8)

 Desde antes de que  José María Roa Bárcena publicara la biografía de Pesado, Francisco Pimentel, un escritor católico, conservador y de una muy minuciosa y controvertida cualidad crítica, se había dedicado a historiar la literatura mexicana a través del análisis de los textos más representativos de los autores que estudiaba. En 1885 editaría en forma de libro su Historia crítica de la poesía en México, que abarcaba desde la llegada de los españoles -dejo a propósito de lado cualquier estudio de la poesía indígena- hasta casi sus propios tiempos, aunque sin consignar a los que aún vivían o estaban empezando a dar a conocer su obra (9). El capítulo XV estaba dedicado a Pesado, calificándolo entre los poetas que más se inclinaban por la poesía ecléctica. Pimentel, a pesar de respetar y admirar a Pesado, traza distancias críticas con algunos de sus poemas, calificándolos con reservas y censurando imperfecciones, pero al llegar a Las Aztecas expone este comentario:

 Después de haber engalanado nuestro autor el Parnaso mexicano con todas las producciones que hemos ido estudiando o citando, todavía quiso enriquecer nuestra literatura con una joya de gran valía, más característica de país, indígena, nacional, en una palabra. Tal es el carácter de la preciosa colección de poesías intitulada: Las Aztecas, tomadas de los antiguos cantares mexicanos. El mérito de Las Aztecas consiste en tres circunstancias: 1a. El idioma español, en que escribe el poeta, generalmente bien manejado. 2a. La forma poética, acercándose a la clásica, según lo que hemos explicado ya varias veces. 3a. Conservado, hasta donde es posible en una versión, el espíritu de la poesía azteca, de la cual daremos una ligera idea.
 Los antiguos mexicanos medían sus versos para que tuvieran rotundidad y armonía. Con el fin de ajustarse al metro, usaban ciertas interjecciones o sílabas de las que en algunos idiomas se llaman vacías, esto es, que no tienen sentido, y servían a los mexicanos para completar el verso, el cual otras veces constaba de una sola palabra compuesta formada de muchas sílabas: esa clase de palabras abundan en el idioma mexicano, y son propias de su mecanismo polisintético. El estilo poético era vivo, brillante y figurado, al modo oriental, con personificaciones o símiles de los objetos naturales. Poemas históricos, himnos sagrados, odas morales o eróticas, descripciones, todo esto comprendía la poesía antigua de los aztecas. Debe advertirse respecto a los cantares del antiguo México, publicados por Pesado, que la traducción no es suya; lo que hizo fue poner libre y felizmente en magnífica poesía lo que a prosa castellana trasladaron otros. (10)

 En el mismo año de la publicación del libro de Pimentel, las hijas de José Joaquín Pesado pidieron a un gran amigo de su padre, el poeta y sacerdote católico monseñor Ignacio Montes de Oca y Obregón, obispo de San Luis Potosí, un estudio que sirviera de prólogo a la cuarta edición (11) de las Poesías originales y traducidas que ellas ordenarían imprimir. El obispo aceptó, y en 12 páginas del libro hace un recorrido elogioso de cada una de las secciones de la poesía de Pesado. Al llegar a Las Aztecas expresa el siguiente comentario:

 ¡Qué bello romance el de "La Princesa de Colhuacan"! ¡Cuán tiernas, cuán dulces las rimas todas, que bajo el título de Las Aztecas forman la parte cuarta! (12) Nos sentimos trasportados a los tiempos cuasi místicos que precedieron a la conquista del Anáhuac, y si hemos leido a Clavigero o a Prescott, soñamos con los héroes indígenas cuyos nombres en ellos encontramos y nos parece oirlos invocar al Dios de la guerra, llorar la muerte de un guerrero, o felicitar a un rey por el nacimiento de un príncipe, con las palabras que nuestro poeta pone en sus labios, y que no desdicen de la índole y carácter de los antiguos mexicanos, tales como los describen los autores antes mencionados.
 Pero guardémonos de creer que son en realidad cantares de vates aztecas, meramente vertidos al castellano como el Idilio de Teócrito o las Odas de Horacio antes elogiadas (13). El distinguido y noble indígena D. Faustino Chimalpopoca Galicia, que fue quien ofreció a Pesado la versión literal en prosa de la mayor parte de estas poesías, solía decir a sus discípulos de idioma mexicano, que en nada se parecían a los versos de nuestro poeta ni el original azteca ni su propia traducción. Más grande, por tanto, que el de un simple traductor, es el mérito de Pesado. Como Solís al redactar las arengas de los jefes indios y españoles, como Ercilla al poner en magníficas octavas los discursos atribuidos a los caudillos araucanos, como Homero al hacer hablar en inimitables exámetros a Aquiles y a Héctor, tiene el vate mexicano el insigne mérito de haber estudiado la historia y el carácter de los aztecas, de haber penetrado , si así puede decirse, en lo íntimo de su alma, y de haberlos hecho cantar en castellano con la armonía, dulzura, ritmo y fuego semisalvaje con que ellos hubieran versificado en su propio idioma. Cosa digna de notarse en Pesado es que estas poesías que apellida traducciones, son en realidad de las más originales que salieron de su pluma; mientras que otras que por originales se tienen, son imitaciones y aun cuasi traducciones, aunque nobles y bellas... (14)

 Pero a pesar de lo escrito por Roa Bárcena, Pimentel y Montes de Oca, lo que en verdad continuó prevaleciendo en México fue la contundente opinión condenatoria de Ignacio Manuel Altamirano sobre los poetas conservadores más destacados, y que muy bien podría resumirse en este categórico juicio sumario dictado en 1871:

 Los patriarcas de aquella familia de poetas -los de la generación de la Academia de Letrán-, Carpio, Pesado y Lacunza, coronan magníficos cantos a la religión y al amor, cantos hermosos y que enaltecen nuestra literatura; pero en sus liras no hay un himno, un himno solo para la patria y la libertad. Cuando más deja oirse en ellas en tono quejumbroso, una especie de recriminación contra la obra santa de la independencia.
 Los grandes hechos de 1810, la sublime audacia de Hidalgo, de nuestro padre, así como su muerte, las hazañas de Allende, de Morelos, de Matamoros, de Galeana, de los Bravos, de Mina, de Guerrero, parecen inspirarles hastío o pesadumbre, o al menos el más glacial desdén.
 El hecho es que con un gran talento poético y con un vigor extraordinario, tuvieron por conveniente atravesar, sin detenerse siquiera, el campo exhuberante y virgen aún de la poesía épica, y prefirieron asentar sus musas en el campo de la religión y del amor, que encontraron ya muy cosechado por los poetas de todo el mundo, y particularmente por los españoles. (15)

 Desde el conocimiento de la influencia de Ignacio Manuel Altamirano en su tiempo y durante todo el resto del siglo XIX, resulta fácil comprender el más absoluto desprecio e ignorancia directa que cayó sobre la obra de estos poetas. Nadie hubo en esos años que le recordara al maestro un poema como "Mexico en 1847", de Manuel Carpio, y conversara con él sobre el significado poético de las huidas territoriales de sus otros poemas; nadie que le hiciera leer "Netzula", de José María Lacunza, la primera novela de temática indígena escrita por un mexicano; y nadie que pusiera sobre su mesa el pequeño volumen de Las Aztecas, en el que se recreaba por primera vez la poesía de los antiguos mexicanos. Pero así era Altamirano y así fueron muchos de sus radicales y tan injustos comentarios literarios que, lamentablemente, no sólo sivieron de referencia definitiva en el siglo XIX, sino que han pervivido hasta estos mismos finales del siglo XX.
 Desde este juicio, em el que se encuentra incluido de forma destacada José Joaquín Pesado, no puede ya resultar extraño el transfondo defensivo que se aprecia en los textos de Roa Bárcena, Pimentel y Montes de Oca. Pero esta actitud no era exclusiva de México. En España, lejos de las inmediatas riñas políticas y de la referencia tan gravitante de la opinión de Altamirano, Marcelino Menéndez y Pelayo, un sabio hispano, también conservador, católico y con inclinaciones literarias, salió en diversas ocasiones en defensa de Pesado. En su libro Horacio en España protestó porque "Aunque parezca increible, Pesado no figura en la La Lira Mexicana, impresa en Madrid, 1879, y ordenada por D. Juan de Dios Peza. Lo cual no obsta para que la Europa culta ponga a Pesado al frente de todos los poetas mexicanos". Y en su famoso estudio y antología de la poesía hispanoamericana de 1893, Menéndez y Pelayo vuelve a resaltar la obra de Pesado y a defenderlo de las acusaciones de plagio. En lo referente a Las Aztecas, esta es su opinión:

 Lo más original, lo más mexicano, y a la vez lo más perfecto de Pesado, son sus sonetos y romances descriptivos, en que fácil y risueño pincel traslada paisajes de Orizaba y Córdoba o escenas del campo y de la aldea; procesiones, lidias de toros, riñas de gallos, carreras de caballos, volantines y fuegos. Al lado de esta colección bien puede ponerse otra titulada Las Aztecas, en que su autor intentó la creación de una poesía indígena, traduciendo y glosando (al decir suyo) cantares de más o menos sospechosa autenticidad, entre los cuales estan las famosas poesías del rey Netzahualcóyotl, y otras anónimas. Semejante trabajo no puede ni debe estimarse como traducción; es cosa probada que Pesado no conocía las lenguas indígenas, y que se valió únicamente de algunos fragmentos traducidos en prosa en las antiguas crónicas, y de otros que le interpretó un indio, amigo suyo, llamado D. Faustino Chimalpopoca y Galicia, el cual solía decir después que los versos de Pesado nada tenían que ver con el texto que él le había dado literalmente traducido (16). Trátase, pues, de una inocente broma literaria, de una poesía popular mexicana tan auténtica como la poesía lírica de la Guzla de Mérimée. La reputación poética de Pesado nada pierde con ello; al contrario, "estas que él apellida traducciones, son lo más original que salió de su pluma" (17), y, sobre todo, son "magnífica poesía" (18), no sabemos si muy azteca, pero seguramente muy emparentada por una rama con Horacio, y por otra con los libros sapienciales. Quien lea la exhortación del Rey de Tezcuco a gozar de los placeres de la vida feliz, no tiene que dudar del primer origen, y quien los "Consejos del Padre a la Hija" o la "Enhorabuena en la coronación de un Príncipe", no podrá menor de reconocer que el espíritu de la primitiva poesía didáctica y gnómica no le había encontrado Pesado en los jeroglíficos del Anahuac, sino en el libro de la Sabiduría y en el Eclesiastes. (19)

 El siglo XX, como ya se señaló, ha sido muy discreto con la obra de José Joaquín Pesado. Se le ha citado e incluido en antologías, y una que otra vez ha figurado alguna ligera mención sin mayor compromiso sobre Las Aztecas. Los especialistas en idiomas indígenas continuan desvalorizando el significado que pudo tener en 1854, y ni siquiera Angel María Garibay o Miguel León-Portilla han tenido opiniones generosas sobre el trabajo de este poeta de mitades del siglo XIX. Tal vez por eso resulte conveniente hacer una nueva lectura de este libro desde la historia de la incorporación de la tradición indígena en la cultura mexicana y analizar el significado intelectual de escribirlo. También es cierto que no puede dejarse de señalar la verdadera posición de sus defensores conservadores del siglo XIX: Roa Bárcena se deslinda con elegancia del contenido de Las Aztecas diciendo que "no me es dado juzgar de la exactitud de todas estas versiones, y me inclino a creer que son bastante libres"; Pimentel evita el juicio de fondo; Montes de Oca maneja un planteamiento algo ambiguo al decir que "Cosa digna de notarse en Pesado es que estas poesías que apellida traducciones, son en realidad de las más originales que salieron de su pluma"; y Menéndez y Pelayo, por último, reduce todo el asunto a "una inocente broma literaria, de una poesía popular mexicana tan auténtica como la poesía lírica de la Guzla de Mérimée". Sin embargo, y esto es lo digno de resaltar, los cuatro comentaristas decimonónicos coinciden en señalar el valor poético de los textos por sí mismos, opinión que ratifica Marco Antonio Campos en el prólogo escrito para esta edición y en el que, por primera vez, un poeta y crítico contemporáneo analiza y opina desde la literatura y la referencia histórica sobre Las Aztecas.

 Esta edición sigue el texto preparado por José Joaquín Pesado antes de su muerte y que publicaron sus hijas en 1886. En el ordenamiento realizado por el poeta, tal como ya se indicó, se agregó una sección erótica y tres leyendas que no figuraron en la edición de 1854. Esto, sin duda, enriquece el trabajo fundador de Pesado y abre aún más su aporte a la literatura mexicana.

BIBLIOGRAFIA DE JOSE JOAQUIN PESADO


Ediciones de Poesías originales y traducidas:
1839 (Impresas por Ignacio Cumplido: XI + 240 págs);
1840 (Imprenta de I. Cumplido: Retrato, VI + 366 págs.) (20).
1885 (A. Donnamette y las Librerías "La Ilustración", en la Biblioteca de Autores Mexicanos, con "Apuntes Biográficos...." de R.B. de la Colina, fechado el 1 de junio de 1883: XV + 368 págs.).
1886 (Imprenta de Ignacio Escalante: Retrato de la edición de 1840, "Noticias biográficas" por José María Roa Bárcena, fechada en 1885, y "Poesías de Pesado" por Ignacio Montes de Oca, fechado el 3 de agosto de 1886; es la edición a cargo de las hijas de acuerdo al texto preparado por Pesado antes de su muerte en 1861, e incluye nuevamente el prólogo escrito por el mismo Pesado para la edición de 1839 y que ya se había repetido en la de 1840: XXVI + 687 págs + VII de índice. Sólo esta edición incorpora en la Cuarta Sección del libro a Las Aztecas, ampliándose el texto de la edición original con el agregado de las "Poesías eróticas" y las "Leyendas Mexicanas".).

1854: Las Aztecas.


Prólogos: a las poesías de Manuel Carpio (1849), a las de Fernando Calderón (1849) y a las de Manuel Sánchez de Tagle (1852)


Cuentos: "El amor frustrado" y "El inquisidor de México" (El Año Nuevo de 1838).

Otros libros:
El libertador de México don Agustín de Iturbide (1872), artículo escrito para el Diccionario universal de historia y geografía, apéndice al tomo IV, coordinado por Manuel Orozco y Berra, 1854;
Ensayo Epico (1856);
Fragmentos de Jerusalem libertada de Torcuato Tasso (1860);
El pescador negro (1874), novela corta de la que no existe alguna razón para atribuírsela a Pesado y que, sin embargo, así es consignada en algunas bibliografías.


 La edición ha estado a cargo de Fernando Tola de Habich, quien también anotó el texto de Francisco Sosa y escribió esta nota editorial.


NOTAS A PIE DE PAGINA


(1) Ejemplo evidente de esto es el comentario de Francisco Zarco a las "Poesías originales y traducidas de Jose Joaquín Pesado", el cual se publicó en El Demócrata el 6 de abril de 1850. (Ver en el tomo XVII de las Obras completas de Francisco Zarco, compilación de Boris Rosen Jélomer).

(2) Recuérdese que es un texto de 1862.

(3) El subrayado es nuestro.

(4) Roa Bárcena, José María: Leyendas mexicanas, Cuentos y baladas del Norte de Europa y algunos otros ensayos poéticos. Editor, Agustín Masse. Librería Mexicana. México, 1862. Págs. 6 y 7.

(5) Léon-Portilla, Miguel: Visión de los vencidos. Relaciones indígenas de la conquista. Introducciones, selección y notas de... Versión de textos nahuas de Ángel María Garibay K. Biblioteca del Estudiante Universitario, 81. Universidad Nacional Autónoma de México. México, 1959. XXV + 211 págs.

(6) Se refiere a "Sitios y escenas de Orizaba y Córdoba" y a "Escenas del campo y de la aldea".

(7) Me parece que las leyendas contenidas en la colección de poesías de D. Emilio Rey, fueron escritas en años posteriores a la publicación de Las Aztecas. (Nota de J.M. Roa Bárcena)

(8) Roa Bárcena, José María: "Biografía de José Joaquín Pesado" en: Obras de... Tomo IV. Biografías. Biblioteca de Autores Mexicanos, 41. Imp. de V. Agüeros, Editor. México, 1902. Págs. 97 a 99. (La primera edición de esta biografía de Pesado es de 1878 y, tal como ha señalado Francisco Sosa en el Epílogo incluido en esta edición, el tiraje fue de 100 ejemplares).

(9) En la segunda edición de la Historia crítica de la literatura y de las ciencias en México desde la conquista hasta nuestro días (abreviada como Historia crítica de la poesía en México), incluida en la publicación de las Obras Completas de Francisco Pimentel como tomo IV y parte del tomo V, se incluye como capítulo XX una "Breve reseña acerca de algunos poetas mexicanos muertos en las dos últimas décadas, 1870 a 1889", donde amplia el número de poetas estudiados y polemiza, en las notas del capítulo correspondiente, con el obispo Montes de Oca sobre sus valorizaciones de la poesía de Pesado, pero sin hacer referencia a Las Aztecas.

(10) Pimentel, Francisco: Obras completas. Tomo IV. (Historia crítica de la poesía en México). Tipografía Económica. México, 1903. Capítulo XV. Págs. 560 y 561.

(11) Las hijas olvidaron o desconocían la tercera edición de las Poesías originales y traducidas de José Joaquín Pesado, impresa en Corbeil, Francia, para la casa A. Donnamette de París y las Librerías "La Ilustración" de Veracruz, en 1885, y de ahí que señalaran en la portada que su edición era la tercera. Lo que si resultaba correcto es que era "corregida y notablemente aumentada", siendo la edición más completa de las realizadas hasta hoy de la obra de Pesado. En el siglo XX no se ha impreso ni la obra ni alguna antología de su poesía.

(12) Hace referencia a la división de los poemas de la edición póstuma de las poesías de Pesado, que lleva unas "Noticias biográficas" escritas por José María Roa Bárcena, y el estudio "Poesías de Pesado", escrito por Ignacio Montes de Oca y Obregón, Obispo de San Luis Potosí (que es de donde se toma esta cita).

(13) Se refiere a traducciones realizadas por Pesado e incluidas en sus obras que, como se recordará, en todas sus ediciones se titularon Poesías originales y traducidas.

(14) Montes de Oca y Obregón, Ignacio: "Poesías de Pesado" en: Pesado, José Joaquín: Poesías originales y traducidas. Tercera edición corregida y notablemente aumentada. Imprenta de Ignacio Escalante. México, 1886. Págs. X y XI.

(15) Altamirano, Ignacio Manuel: "De la poesía épica y de la poesía lírica en 1870", publicada en El Federalista del 6 de marzo al 5 de junio de 1871 y repetida en El Domingo del 21 de abril al 6 de octubre de 1872. Recogida por José Luis Martínez en tomo XII de las Obras completas de Altamirano, pág. 209.

(16) A Pesado se le considera, por lo genral, como introductor del género indígena en la poesía mexicana. Lo singular es que uno de los primeros que siguieron esta dirección fuese un español, D. Emilio Rey, que en 1868 publicó un tomo de poesías medianas y ya olvidadas, pero en el que lo más digno de aprecio es la sección titulada "Cantos históricos mexicanos". (Nota de M. Menéndez y Pelayo).

(17) Montes de Oca. (Nota de M. Menéndez y Pelayo).

(18) Pimentel. (Nota de M. Menéndez y Pelayo).

(19) Menéndez y Pelayo, Marcelino: Antología de Poetas Hispano-americanos publicada por la Real Academia española. Tomo I. México y América central. Est. Tipográfico "Sucesores de Rivadeneyra". Madrid, 1893. Págs. CXXXIII y CXXXIV.

(20) De manera tradicional, las bibliografías citan la segunda edición de las Poesías originales y traducidas de Pesado fechándola en 1840, lo cual coincide con el ejemplar que se ha consultado. Sin embargo, en la crítica de Francisco Zarco citada en la primera nota, se hace referencia a una "segunda edición, corregida y notablemente aumentada, un volumen en 4o. México, 1849", y con la indicación "De venta en la librería del Siglo XIX". Esta última observación hace pensar en la existencia de una edición perdida de 1849, erróneamente llamada "segunda", y más aún cuando Zarco afirma que se publicó "algunos meses después de las poesías de Carpio" -que como se sabe es de 1849, editada y prologada por el mismo Pesado- y que en ella "se encuentra lo que el autor publicó en la edición anterior" (entre la primera edición de 1839 y la segunda edición de 1840 hay diferencias en el número de poesías incluidas), y que se hallaba, en ese año, a la venta en las oficinas del diario El Siglo Diez y nueve. Otra posibilidad -no descartable y digna de ser tomada muy en cuenta- es que los que alguna vez hemos citado esta segunda edición, nos equivocáramos al leer el 0 de 1840, y que, en verdad, resultaría ser un 9 mal impreso, errado o de tipografía excéntrica. Valga esta nota como observación bibliográfica para los curiosos del tema.

 

Tlahuapan, 1998