IMAGENES SOBRE IGNACIO RODRÍGUEZ GALVÁN

 


I

¿A quién retratar querías
Dibujando mi semblante?
¿Al librero, al estudiante
O al hijo del labrador?

 

Esta pregunta, planteada en un poema a Miguel Mata y Reyes, resume de alguna manera la biografía de Ignacio Rodríguez Galván. Todo aquel que se ha visto en la necesidad de bosquejar su vida, escalona la narración en las mismas formulaciones: campesino hasta los once años de edad, librero hasta los veinticuatro y estudiante desde su llegada a la ciudad de México hasta el momento de la muerte. La evaluación del escritor siempre se utiliza con precauciones pues "habría dejado para su propio honor y el de su país prendas más brillantes, si la muerte no lo hubiera arrebatado a los veintiséis años de edad, cuando su talento aún no había llegado a su madurez, cuando su gusto literario no había podido aún formarse, corregirse y rectificarse completamente con una lectura más vasta, y con un estudio más extenso de los maestros del arte" (1). Sin embargo, resulta inevitable agregar que se le conceptúa como el iniciador del romanticismo en México y conforma, con Fernando Calderón, la 
mancuerna que lo cultivó, lo implantó y lo expresó en el comienzo mismo de la literatura republicana del país.
II

Los padres. José Simón Rodríguez Maldonado, hijo legítimo de Joaquín Rodríguez y Micaela Maldonado, difuntos, y María Ignacia Galván Rivera, hija legítima de José Antonio Galván y María Gertrudis Rivera, se casaron el 25 de noviembre de 1795 en la Parroquia del Santo Salvador Tizayuca, siendo los padrinos Laureano Antonio Reyes y su esposa María Mónica Reyes, vecinos de Quantitlán. El padre figura en el registro matrimonial como español, soltero, originario y vecino de Tizayuca; la madre también como española, soltera, originaria de Teposotlán (sic) y vecina de la Hacienda de Redonda (2).

III

Partida de bautismo. "En esta Parroquia del Divino Salvador Tizayuca, a veinte y tres días del mes de marzo de mil ochocientos diez y seis, yo el Br. D. José Manuel Rodríguez, teniente de Cura en ella, bautisé solemnemente y puso los Santos Oleos a un niño de un día de nacido a qn. puse por nombre José Patricio español hijo de D. José Simón Rodríguez y Ma. Ignacia Galbán (sic) de Tizayuca. Fue su padrino el Licenciado D. José Ignacio López Aguado cura de dho. a qn. advertí su obligación y lo firmé con el Sr. Cura.- José Igno. López Aguado.- Una rúbrica". (Archivo Parroquial, número 5 de bautizos, a fojas 24 vuelta) (3).

 
IV

Una anécdota infantil. "Ocho días antes de haber venido al mundo, y ocho días después de haber lanzado el primer gemido, fue atacada la población en que nació por las tropas conocidas en esa época con el nombre de insurgentes, y en el segundo de estos ataques, en medio de los desórdenes que se cometían generalmente en casos semejantes y del terror consiguiente a ellos, fue abandonado el recién nacido, por un olvido muy natural en tales circunstancias en la precipitada fuga a que tuvo que apelar su familia, no notándose su falta hasta algunos minutos después de haberla emprendido, en que volvieron apresuradamente sus padres a recogerlo, para ponerlo a salvo en unión del resto de la familia" (4). Los amigos, además de contar el hecho años despues, lo comentan: "este primer momentáneo abandono, precursor del completo y prolongado de que tan tiernamente se lamentaba Rodríguez en todas sus composiciones" (5). ¡Todo un símbolo!

V

Situación económica familiar. Dudo mucho que la familia Rodríguez Galván perteneciera a los terratenientes de México, ni siquiera a los de Tizayuca. El hermano del poeta hace referencia a una "corta fortuna agrícola" familiar, arruinada por la Guerra de Insurrección (6). En 1901, se publicó en el Tiempo literario ilustrado, un artículo en el que se recordaba a Ignacio Rodríguez Galván y se pedía recuperar la casa natal, "hoy abandonada" y que "podría ser comprada 
a muy bajo precio", para convertirla en museo que honrara su memoria, reuniendo "multitud de autógrafos y objetos de Rodríguez Galván que hoy andan dispersos, tenidos en poco y expuestos a perecer lastimosamente...". Nada de esto se llevó a cabo. En ese mismo artículo, se afirma que el padre, José Simón Rodríguez, "era uno de los más ricos y honrados labradores que por aquel entonces vivían en Tizayuca" y que en la parte Sur, en el barrio de Atempa, poseía "una buena casa de labranza" (7). Sin forzar mucho la imaginación, es fácil ver a esta familia entre la normalidad típica de los campesinos, sin mayor fortuna, dedicada toda ella al trabajo agrícola, y sin más recursos que los que suele dar de forma tan caprichosa el cultivo de la tierra. A este nivel, el calificativo de "los más ricos y honrados labradores" aplicada a la familia o al padre, no da ninguna valorización burguesa de riqueza... y no hablemos ya en términos capitalistas. Mi opinión, por la información que se posee, es que siempre fue una familia bastante humilde, una más del campesinado de México o de América Latina.

VI

El traslado a la Capital. Existe el consenso de que Ignacio Rodríguez Galván, a los once años de edad, en julio de 1827, fue llevado por su padre a la capital y entregado a un tío materno, Mariano Galván Rivera, el librero y famoso editor de los calendarios Galván, para que con su trabajo "adquiriese una subsistencia de que lo habían privado en su pueblo natal las convulsiones políticas del país en que había nacido" (8). En otras palabras, el niño de once años tuvo que 
comenzar a trabajar en la librería del tío porque a los padres le resultaba imposible hacerse cargo de su manutención. No existe en esto algún romance: la miseria familiar obligó a los padres a desprenderse del hijo pequeño. Y quién sabe la suerte corrida por los otros hermanos pues, al parecer, eran varios (Ignacio, ¿o deberíamos decir José Patricio?, nació a los veintiún años del matrimonio de los padres). En 1883, Aurelio Horta pinta un cuadro aún más lúgubre para ser leído en las escuelas primarias de México: "En aquel pueblo oscuro, sufiendo los azotes de la miseria y entregado a trabajos agrícolas que su delicada complexión hacía más penosos, permaneció Rodríguez Galván hasta la edad de once años, y entonces sufrió un nuevo dolor separándose del hogar paterno y del calor de la familia..." (9).

VII

La educación del niño. Los amigos de Rodríguez Galván que lo recuerdan casi al mes de su muerte, en un artículo en El Siglo diez y nueve, afirman que la educación que había recibido en Tizayuca "no era otra que la que se da a las personas destinadas a la agricultura". Para evitar malentendidos, líneas más adelante precisan aún más: "debe recordarse que su primera educación fue enteramente perdida por lo que mira a las letras, que a la edad de once años nada había contribuido a despertar su genio, ni había favorecido el desarrollo de su inteligencia" (10). La verdad es que tampoco creo que tuviera grandes conocimientos sobre el campo o la agricultura. Es muy probable que supiera leer algo, tal vez escribir sus primeros 
palotes; ni los padres ni el ambiente darían para algo más. ¿Asistió a la escuela? Debe reconocerse, un largo siglo y medio después, que ninguna escuela para campesinos de la provincia mexicana prepara a niños de once años para leer de corrido o a escribir sin graves faltas ortográficas. De todas formas, se acepta que esta salida súbita del medio familiar campesino para trabajar en una librería "indirectamente decidió de las inclinaciones y vocación de mi hermano" (11). Para los amigos del recuerdo de 1842, "Esta época de la vida de Rodríguez decidió completamente de su suerte futura; ella fue el origen de todas las penas que en lo sucesivo amargaron su vida y también la fuente de los poquísimos placeres que en ella gozó" (12). Se cierra una etapa. Ahora pasamos ya a un niño de once años, posible semianalfabeto, entregado para trabajos en una librería, con seguridad de barrendero, recadero y "bueno para todo" en el local comercial del tío, y también, por qué no, en el hogar familiar que lo había acogido. El campesino seguirá presente, será la base desde la que se alce el primer romántico mexicano, pero se agregará a ella el sobrino refugiado entre libros, el autodidacta afanoso por alcanzar la gloria.

VIII

La formación de un literato. "El amor a la gloria literaria es uno de los que más fácilmente se apoderan en la juventud de una alma bien formada, y una vez suscitado ese sentimiento, forma el único móvil de todos los actos de la vida. Mi malogrado hermano desde bien temprano dio cabida en su pecho a ese deseo, y a su logro consagró su 
existencia, no omitiendo para realizarlo, esfuerzo ni sacrificio alguno" (13). Pero el amor a la gloria no lo es todo y, menos aún, suficiente para alcanzarla. De los once a los diecinueve años, en que publicó sus primeros poemas, "su educación literaria fue obra de si mismo, sin director ni maestro, (...) los estudios que con ese objeto emprendió sin otra guía que su propio corazón, tenía que hacerlos de noche, por ser el único tiempo de que podía disponer, teniendo empleado todo el resto del día en el desempeño de sus deberes, y admirará cómo a través de tantos obstáculos no desmayó nunca en la empresa que había acometido, y cómo después de los trabajos mecánicos y corporales a que estaba entregado todas las horas de luz, y a veces gran parte de la noche, le quedaban aún fuerzas para entregarse en esta a sus estudios y lecturas" (14). Retomando y resumiendo los temas anteriores, un amigo muy próximo, al que dedicó dos poemas, Eulalio María Ortega, recuerda "que su educación primaria fue escasa e imperfecta, que no estudió en ningún establecimiento de instrucción secundaria, que no tuvo maestros de ningún género, que se formó así mismo, y que lo hizo aprovechando horas de ocio, tan escasas, que para otros jóvenes de su edad, apenas habrían bastado para gustar los placeres propios de esa época de la vida" (15). Lo cierto, por lo que se cuenta, es que leyó muchísimo, aprendió francés e italiano sin ayuda, y obtuvo "la vasta erudición que lo distinguía, y reteniendo, a pesar de su mala memoria que vencía a fuerza de dedicación, trozos diversos de casi todos los escritores que había leído" (16).

IX

 
Un primer resumen sobre la vida del poeta. Cualquiera que desee tener una idea sobre los tiempos de Rodríguez Galván, y en especial de los literarios, la mejor fuente a mano, y casi con seguridad la única, es Memorias de mis tiempos (1828-1853) de Guillermo Prieto, testigo y actor fundamental de los acontecimientos. Es cierto que en prólogos, artículos y notas dispersos en libros y revistas, podrá hallarse información, pero ninguna tan amplia, detallada y tan sabrosa como las que proporciona el viejo "Romancero nacional" (y, también, ninguna escrita tan a vuela pluma como las de él, y, además, con tantos errores de detalles como los que le ofrece su memoria). Aunque exista cierta repetición con lo que he venido exponiendo hasta ahora, vale la pena reproducir en su integridad la primera aparición de Rodríguez Galván en ese libro póstumo de Prieto, pues servirá para agudizar, reafirmar y ampliar rasgos y situaciones ya dichas:

   "Hagamos que dé su grito de presente, en esta revista, Ignacio  Rodríguez Galván.
  Era nativo de Tizacuya, poblacho del rumbo de Pachuca, dotado de  tres monumentos que, si no le daban celebridad alguna, le valieron el  nombre y los honores de pueblo.
  Estos tres monumentos eran una iglesia que servía a las mil  maravillas para esquilmar y embrutecer a los indios. Tenía tienda en  que el chiringuito hacía el principal papel y las atarrías y aparejos  figuraban entre comestibles; y una pileta con agua solobre para  gentes y bestias, a la que llegaban ansiosas, y se retiraban haciendo  gestos los consumidores.
  El aspecto de Ignacio era de indio puro, alto, de ancho 
busto y  piernas delgadas no muy rectas, cabello negro y lacio que caía sobre  una frente no levantada pero llena y saliente; tosca nariz, pómulos  carnudos, boca grande y unos ojos negros un tanto parecidos a los de  los chinos.
  Era Ignacio retraído y encogido, y solía interrumpir su silencio  meditabundo con arranques bruscos y risas destempladas y estrepitosas.
  Entró como dependiente a la casa de su tío D. Mariano Galván, en  su librería del portal de Agustinos; aseaba y barría la librería,  hacía mandados y cobranzas, y por su aspecto y pelaje parecía un  críado.
  El tío le alojó en su casa en un observatorio astronómico, de  suerte que sus primeras relaciones fueron con los astros y con el  infinito. Acaso alguna idealidad de las obras de Rodríguez refleja  estas primeras impresiones.
  En la librería había tertulia perpetua de literatos chancistas,  clérigos de polendas, como el Dr. Quintero, Moreno Jové y otros, y  poetas como Couto, Carpio, Pesado y alguno más.
  La discusión sobre libros y asuntos literarios impresionaron a  Rodríguez, que no leía sino que devoraba los libros, sobre que  llamaban la atención los parroquianos de Galván.
  Por sí, y con trabajo asiduo sobre toda ponderación, emprendió el  estudio del francés, del italiano y del latín, y se proveyó de una  erudición asombrosa en escritores y poetas españoles.
  En esa época dominaba la escuela romántica. Han de Islandia nos  hacía dormir con los ojos abiertos, y la Torre de Nesle nos conducía  al arrobamiento de la admiración y el entusiasmo.
 
  Rodríguez se lanzó de bruces a la escuela romántica, y su vestido  y su larga cabellera, su andar trágico y sus paseos solitarios, lo  constituyeron en un tipo estrambótico de esa escuela.
  Sus gustos, sus modales, su conversación, se resentían de su  pasión romántica; pasaba de las lágrimas a las risas, del heróico  caballero al bufón, del trovador enamorado al rústico intolerante.
  Lamentaba, como el gemir de Satán, las roturas de sus zapatos; se  quejaba, como Dido, de las distracciones de la lavandera, y las  escaceses las veía como obras de su mal sino y como predestinación al  infortunio y la desesperación.
   Después de mucho leer y estudiar reservado y recóndito, escribió  varios versos que remitió a un periódico de Veracruz con el nombre de  Isidoro de Almada, entre los cuales había unos al Buitre, que llamaron  la atención.
  Ensayó también un drama que se titulaba el Precito, en que  ángeles y demonios, monstruos y vestigios, frailes y chinas, reyes y  mendigos andaban a las vueltas, y en que los trancos, no actos,  abarcaban infierno, cielo y tierra en desastrada confusión.
  Pero estos ensayos nadie los sabía ni sospechaba siquiera.  Rodríguez asistía a la casa del Sr. Ortega como un chico estudioso y  de excelentes cualidades, no obstante su susceptibilidad y  extravagancias" (17).

X

Notas para la definición del romántico. Es sabido que hasta el inició 
de la insurgencia contra las autoridades españolas, la poesía mexicana había sido formalmente neoclásica, y si bien pueden rastrearse indicios de ese tan extraño territorio poético llamado prerromanticismo, e incluso hallar dentro o marginal a él ciertos elementos criollistas o folklóricos, las pastoras y sus enamorados pastorcillos endulzaban las páginas del Diario de México bajo la clara égida del mayoral Navarrete.
 La guerra de insurgencia que conduciría a la independencia, trajo cantores patrióticos, y hasta el nuevo mayoral de la Arcadia, Sánchez de Tagle, se convertiría en poeta cívico, dispuesto a ensalzar con otros tonos y en otros lenguajes las hazañas de los forjadores de la naciente república. No está de más señalar al infatigable Pensador mexicano, entregado a seguir la pauta de las novelas picarescas españolas y escribir mamotretos como El Periquillo Sarniento y La Quijotita y su prima, en los que a la vez que funda la ficción novelada en América española, luce evidentes intenciones pedagógicas aunque no muy ambiciosas desde empeños literarios.
 De todas formas, si la Arcadia creó una escuela, o por lo menos grupo por la similitud de poética, la poesía cívica respondió a circunstancias más inmediatas, aisladas y sin mayor nexo que el tema patriótico. Incluso pensando en el cubano José María Heredia y en el Conde la Cortina, podría afirmarse con cierta rotundidad que desde el alzamiento del cura Hidalgo hasta 1836, México tuvo circunstanciales expresiones literarias pero no una literatura patria. Fue sólo con la fundación de la Academia de Letrán, gracias a los entusiasmos e inclinaciones literarias de unos jovencitos, que se agruparían las personas interesadas en escribir, leer y publicar sus textos. Sin 
importar estilos, clases sociales, inclinaciones o partidarismos políticos, edades y niveles de cultura, esta Academia creó un cenáculo del que salió la primera publicación que anunció de manera clara una finalidad: crear la literatura mexicana. Sin riesgo de equívoco, podría afirmarse que la literatura republicana del país tiene una fecha, un nombre y un certificado de nacimiento: 1836, Academia de Letrán y El Año nuevo de 1837.
 Por los años es fácil colegir que el movimiento literario iniciado en Alemania, trasladado a Francia, Italia e Inglaterra, ya había sentado sus reales en España y marcado un nuevo camino a sus poetas. Me refiero al romanticismo. En México, los lectores de revistas y ediciones españolas, estarían muy al tanto de esta nueva poética, de los problemas que suscitaba, de las discusiones que la enfrentaba al bando de los clasicistas; los de libros y revistas francesas (al parecer tan o más numerosos que los de las españolas), tendrían mejores elementos de actualidad sobre esta irrupción de una literatura que soprepasando sus propios márgenes representaba una absoluta revolución en el concepto del hombre, la sociedad, la ética y la cultura.
 Ignacio Rodríguez Galván, bordeando los veinte años, era un romántico de papel. Toda su cultura oscilaba entre los clásicos y los románticos. No podía ser de otro modo. El muchacho autodidacta y diletante, se hallaba obligado a leer sólo aquello que era dable encontrar en una librería en la que aparecían y desaparecían los ejemplares de revistas y libros importados. No existía ni un método ni un maestro para orientar su formación. Es posible que se deslumbrara ante el prestigio de los autores clásicos -infaltables en 
México como venta segura-, pero aún es más probable que, dadas sus condiciones, se identificara plenamente con todos los elementos que constituían la literatura del día de su época. Nadie va a soñar que se iba desarrollar leyendo diarios mexicanos, o con la lectura de los esporádicos libros de autores nacionales -no llegaban a la decena- o buscando los folletitos impresos por alguna fiesta patriótica o religiosa. Toda su cultura y preparación fue libresca y, además, importada. Creo que de esto no debería dudarse. Más tarde, tal vez poco a poco, fue incorporándose como oyente tímido y arrinconado a las tertulias en la librería del tío, y quizá algún día dio una respuesta a una pregunta gentil y encontró sorpresa y atención para sus afirmaciones. Es posible; pero para esto ya debería estar culturizado y haber asumido una posición literaría clara y defendible. En caso contrario hubiera seguido pasando desapercibido y nadie lo vería aceptado en la tertulia de Francisco Ortega, según contó Guillermo Prieto líneas antes... y menos aún con esa facha, ese carácter y tantas poses raras.
 Si quisieramos buscar un parámetro para definir a Rodríguez Galván, nada más fácil que recurrir a cualquier manual de literatura y repetir los rasgos característicos de la escuela romántica. Improvisaré. Afirmación del yo como centro del universo; prioridad del sentimiento sobre la razón; inclinación a la fantasía, el sueño, el amor como ejes centrales de cualquier preocupación; acentuada subjetividad, pesimismo y melancolía; también cierta actitud de rebelión contra las convenciones vigentes en la sociedad, en la literatura, en cualquier "forma" aceptada. Literariamente, una vuelta a asuntos religiosos como transfondos poéticos; búsqueda del romance 
como vehículo de expresión; paisajes oscuros, tormentosos, lluviosos; exaltación y anclaje en elementos históricos del pasado (factibles de "romantizar"); reivindicaciones patrióticas; amores siempre frustrados, desgarradores, muy deprimentes; llantos, quejas, protestas, reclamaciones e inclinaciones suicidas por despecho, celos y comprobaciones de ingratitud. ¡Ah, el amor! Y además la pose externa "romántica": el solitario, encapotado, silencioso y aislado paseante, meditabundo y viviendo en las nubes; claro, anexa una muerte joven o por lo menos la posibilidad de que suceda; pobreza, sacrificios, indiferencia social al artista, males y enfermedades reales o probables. En fin, la desgracia nacida del arte. El artista maldito estaba ya a la vuelta de la esquina. Así me imagino a Rodríguez Galván y no creo equivocarme mucho.

XI

La entrada a la Academia de Letrán. De nuevo habrá que citar a Guillermo Prieto y recurrir a sus Memorias de mis tiempos, para fijar el ingreso de Ignacio Rodríguez Galván en la naciente Academia de Letrán:

 "Sin anuncio, sin ruido, y como caído de las vigas, apareció una  tarde de sesión un pliego dirigido al Secretario de la Academia, es  decir, al primer chico que había a las manos el Sr. Quintana, y a  quien hacía fungir de tal.
  Abrióse el pliego en medio de la más grande curiosidad, y Lacunza  José María leyó el contenido.
 
   Era una oda, en la que se figuraba el autor hundido en un  calabozo obscuro, y que tendía los brazos a unos que llevaban  antorchas en las manos; pero, impotente para hacerse escuchar, e  inmovilizado por sus grillos, se restituía a la obscuridad, que en su  despecho, creía merecida.
  La versificación era trabajosa y brusca, el sentimiento  tiernísimo, las imágenes vivas y aspirando a una novedad muy cercana a  la extravagancia. Trascendía la oda a la escuela romántica, pero  indudablemente revelaba un ingenio superior.
  Después de un reñidísimo debate, en el que por primera vez se  pronunciaron los nombres de Dumas y Victor Hugo, y vimos relucir los  aceros de clásicos y románticos, nos comisionaron a Lacunza y a mi  para contestar al poeta anónimo, y ambos en un abrir y cerrar de ojos,  presentamos la siguiente cuarteta, que fue aprobaba:

           A la voz de los cantos y dolores
              nuestra alma en tierna comunión responde:
              si hoy el mérito tímido se esconde,
              la gloria un día le ornará de flores.

  A la sesión siguiente se presentó Ignacio Rodríguez Galván, con  su gran capa azul, su sombrero en la mano, su raya abierta en el negro  cabello, sus dientes sarrosos, su mirada melancólica y tierna, sus  piernas no muy rectas, y su conjunto desgarbado y encogido.
  Entro deshaciéndose en caravanas; le abrazamos, y tomo asiento,  escupiendo sin cesar, y con unas manos grandes, gruesas 
y mal hechas,  que no tenía quietas un momento.
  Leyó Rodríguez una composición fantástica, al través de cuya  bruma se percibió la llama de un amor delicadísimo y apasionado, a una  actriz modelo de virtudes, que era la rosa de oro del Teatro   Principal" (18).

XII

Una temática para el poeta. No es tan fácil pensar cómo este mestizo de provincia, dependiente y chico para todo de la librería del tío, arrimado, como suele decirse, dio el paso necesario en la búsqueda de apoyo para el desarrollo de sus inquietudes literarias en muchachos de su edad y, más difícil todavía, para llenarse de ánimos y asistir a las tertulias de la librería, de la casa de Francisco Ortega y de la Academia de Letrán. De todos los asistentes, sin lugar a dudas, era el más indio, el más pobre, el más lleno de lo que ahora llamaríamos complejos, y el más indicado para desprecios sociales y susceptibilidades raciales. Prieto, quien lo ha pintado con algunas ambigüedades en sus Memorias, en otra parte de ellas no duda en ser menos fino: "Rodríguez Galván, obscuro dependiente de su tío el librero D. Mariano Galván, y que, advenedizo, me santificaba y corregía para hacerme digno de mis amigos" (19). ¿Habría cierta necesidad de remontar sus orígenes sociales y sus malos estados económicos "santificando" a sus coetáneos literarios? Es muy probable que sí, y, más probable aún, que ninguno de sus amigos o cotertulios, olvidaran esa condición de oscuro dependiente del tío librero ni, sin duda, la situación de advenedizo -¡cruel palabra para recordar a un 
amigo!- o, si se quiere, de arribista, entrometido entre ellos.
 A Rodríguez Galván lo salva el talento. Un talento remendado, bastante verde pero, como afirma José Zorrilla, un español con mayor vuelo que los literatos mexicanos de la época: "el adalid más audaz y el más ardiente mantenedor de los principios de la escuela llamada romántica, con todos sus defectos y sus bellezas" (20). Zorrilla, recibido en triunfo en México, alabado y admirado por los círculos literarios casi un cuarto de siglo después de la muerte de Rodríguez Galván, realiza sobre su personalidad un juicio a base de lecturas y oídas que se antoja bastante acertado: "la desesperación del genio que se siente con alas para volar, y que amarrado entre los escollos de una mala fortuna, de una época que no le comprenderá ni le hará justicia hasta después de muerto, y de una sociedad sin atmósfera para su alma, no puede desplegar el vuelo que se siente capaz de intentar" (21). Así, por cierto, debió ser el ánimo de este poeta mexicano: lleno de genio o talento, con mala fortuna en amores, en aventuras editoriales y en aceptación social, incomprendido, tal vez recordado en la inmediatez literaria por el impacto sentimental de esa muerte a los veintiséis años de edad y, sobre todo, asfixiado en sus posibilidades por un país en que no se dan ninguna de las condiciones para el cultivo y desarrollo de las potencialidades literarias, artísticas e intelectuales.
 Desde su oscuridad, Rodríguez Galván anhelaba la gloria. Creyó posible hallarla a través de la literatura. Su hermano señala esta búsqueda y meta en los afanes del poeta. La gloria, la gloria, en sus poemas incluso es varias veces señalada:

 
Abrasa mi corazón
La ardiente voraz pasión
     De la gloria:
¡Oh, si en mi patria querida
Durara más que mi vida
     Mi memoria!...(22)

 Pero es una gloria con trasfondo social. Es la gloria para la aceptación social, para el orgullo de los padres, para que lo miren con ternura y "de gozo enajenados" se le acerquen. Es una gloria para ser de inmediato cambiada por un valor más necesitado:

¡Oh, si mi nombre se oyera
Por el ancho coliseo
     Resonar!

En aquel feliz instante
Buscara ansioso a mi amante
     Bella y fiel,
Y de mis sienes quitara
Y en las suyas colocara
      Mi laurel (23).

 La amante, la mujer amada; tema persistente de Rodríguez Galván. No el canto a la felicidad del amor, sino la imprecación contra la infiel, la desdeñosa, la que abandona, el "ángel puro e inocente" que revela, de pronto, la maldad del ser humano, del mundo y de la 
sociedad.
 La amistad, probable refugio para los desengaños del poeta, tampoco es exaltada:

Necio de aquel que en la amistad confia:
¡Amistad!... la que dura un sólo día
      Es sempiterna ya...! (24).

 Este afán de gloria, este desengaño amoroso y la decepción amistosa, se hallan insertos en una realidad dada, en un país con una historia y una contrahistoria llena de "esas sangrientas memorias que el vulgo apellida glorias y carnicerías yo" (25). La importancia de este trasfondo cotidiano es también una poética y, para quien lo dude, ahí está la inserción histórica y paisajista en los poemas, obras de teatro y narraciones, y, aún más, en esa clara visión teórica de que tanto la literatura como la pintura deberían asumir como tema la historia patria para que no fuera ignorada como lo era en esos inicios de la literatura nacional (26).
 Como soporte de estos temas fundamentales de Rodríguez Galván está Dios, un Dios católico que consuela de los desengaños amorosos, que dará la paz y la serenidad después de la muerte, que hará olvidar en su seno la atroz realidad del mundo y que incluso brinda los modelos para el arte pues "todo hombre es imitador" de la muy amplia creación divina (27).
 De estas líneas básicas, señaladas a partir de generalizaciones, podría formarse un recuadro temático para una poética de Rodríguez Galván. Sus amigos, en el artículo luctuoso que publicaron en El 
Siglo diez y nueve al enterarse de su muerte, señalaron el lado vital del problema: "Colocado en una posición por su destino, arrastrado violentamente a otra por su corazón y su cabeza, el tiempo pasado no le recordaba sino penas, el presente sólo le presentaba dolores, y el futuro no le ofrecía sino el mismo porvenir que hasta entonces había amargado su existencia" (28). Una amargura, por cierto, refrendada por la experiencia vital, y expuesta, sin más consuelo que el divino, en prosa y verso.

XIII

La profecía de Guatimoc. Una poética como la indicada requiere más genio que el propio de Rodríguez Galván para cuajar en una obra fundamental. La gloria o el reconocimiento, el amor frustrado, la traición sentimental, la amargura y la decepción vital, la esperanza del consuelo en Dios, son temas recurrentes de toda literatura. Sólo el gran talento o el golpe de genialidad los saca del lugar común. Y si en toda la poesía de Rodríguez Galván hay un asomo de aproximación a tal posibilidad, esta, sin duda, se da por un momento en determinadas líneas de su poema "La profecía de Guatimoc", escrito entre el 16 y el 27 de setiembre de 1839, y ubicado casi en la mitad -como rompe aguas- de la producción literaria que le conocemos. En él se resumen de forma literal todos los temas tratados hasta entonces y, a partir de ahí, su tono poético adquirirá otro sonido, tal vez una cierta resignación, y, con seguridad, un equilibro melancólico que sólo rompe la explosión frenética, maldiciente, de "Bailad, bailad!".
 
 Si en la opinión compartida en su época, y repetida hasta el presente, de que con su muerte a los 26 años se frustró un talento poético especial, la convicción sólo puede surgir de "La profecía de Guatimoc". Sin embargo, este poema fue dejado de lado hasta 1893 en que un español -nada menos que Marcelino Menéndez y Pelayo- vino a distinguirlo con la calificación de que era "sin disputa la obra maestra del romanticismo mexicano" (29). Hasta esa fecha, las bases literarias específicas de la reputación de Rodríguez Galván, no están indicadas por ninguno de sus contemporáneos o de sus escasos comentadores, con la excepción, como siempre, de Pimentel, quien se aventura a juzgar y a dar calificativos a determinados poemas de su gusto (30). Es posible, en cambio, señalar la paradoja: tres veces mereció en el XIX la edición de sus obras -en 1851, 1876 y 1883-, lo cual resulta una situación fuera de lo común para la historia editorial de los poetas nacionales en el siglo, pero en 1885, cuando el comité directivo de El parnaso mexicano decide dedicarle uno de sus tomitos, la biografía la firma el "maestro" Ignacio Manuel Altamirano -reconocido honor- (31), pero nadie supo escoger los poemas representativos a incluir. En los 30 volúmenes de esta importante, amplia y curiosa antología de la poesía mexicana, los colaboradores, antologadores y recopiladores se mostraron en la más absoluta ignoracia sobre la obra de este escritor; tan es así, que en toda la colección, en los más de 700 poemas de los 187 poetas seleccionados, sólo se incluyó -y repito, a pesar de haberle dedicado un volumen a su memoria- un poema, un solo poema: "¡Bailad, Bailad!" (32).
 A un siglo del definitivo juicio de Menédez y Pelayo, se acepta 
el valor de "La profecía de Guatiomoc" en la historia de la poesía mexicana, y acierta José Emilio Pacheco cuando pide, en 1992, "ampliar el redescubrimiento iniciado por Antonio Castro Leal con la publicación de Poesía y teatro (1965)", de la obra de este poeta (33).
 Sin embargo, podría resultar una precaución poética saludable evitar valoraciones tan contundentes -y elecciones tan generalizadoras para toda una época, una escuela y, al fin y al cabo, un siglo- como el expresado por el estudioso español. Pero, de ser este un tipo de ejercicio válido y necesario, es más aceptable inclinarse, dentro de un conjunto determinado, por el mejor texto de un autor. El "mejor" puede nacer de dispares puntos de vista: la época, la escuela, los contemporáneos, la situación política, la obra dentro la cual se elige, las características propias del poeta, la aspiración o la ambición, el lenguaje, el área idiomática, la necesidad de antologar, el gusto personal, la historia literaria, la historia nacional. No olvido el concepto de valor literario de cierta pretensión universal. Dentro de la obra de Ignacio Rodríguez Galván, sin disputa, "La profecía


de Guatimoc" es el más importante, no se si el mejor; también es el más significativo, original, ambicioso y característico; en fin, el poema mayor. Dejo, a propósito, en el aire, la elección de "el mejor".


 
 No sería nada complicado, pero tal vez sí amplio, analizar el texto de forma detenida (34). Líneas antes di la opinión de que en este poema se reunen todos los temas de Rodríguez Galván. Sólo en los versos del primer canto aparecen, uno tras otro, los asuntos que trató en los diversos poemas que escribió con anterioridad: el paisaje, la búsqueda de inspiración, la desdicha familiar, el desengaño de la amistad y el amor -deteniéndose, en especial, a continuar evocando la traición femenina-, el refugio en la poesía, la soledad. La novedad es la amplitud conferida a la temática señalada en una línea de la imagen anterior: "esas sangrientas memorias que el vulgo apellida glorias y carnicerías yo". Esta actitud ante la historia patria es la que llena el poema, le confiere su fuerza y le da una originalidad fuera de serie en el panorama de la poesía mexicana de su época y, a la vez, en la latinoamericana. Simultáneamente, y esta es la importancia que me interesa resaltar, es una posición en la encrucijada del mestizaje que ningún poeta o narrador había expuesto ni manejado en

sus argumentos. Dentro del paupérrimo caudal de las artificiales poesías

románticas de "indigenismo" antihispánico que se ejercitó en esos años posteriores a la independencia, este poema toma distancia y se impone como un claro mensaje y una línea ideológica fundadora, no tomada en cuenta, tampoco continuada, ni siquiera por el mismo Rodríguez Galván quien, seis meses más tarde, se inscribiría en el convencionalismo de época escribiendo "La visión de Moctezuma" (35).
 
 "La profecía de Guatimoc" es un extenso poema divido en cuatro partes. En la primera, el poeta recurre al paisaje para situar un estado de ánimo. Esta búsqueda de identificación de exterioridad e interioridad es parte de una retórica que en esos años resultaba convencional. El mérito podría darse en la eliminación de elementos extraños, no naturales al paisaje nacional. Este recurso ya había sido buscado desde la temprana leyenda "Mora", en la que se ingenia para incluir un café (¿una tradicional o precursora cantina?), una comparación con una pelea de gallos y una noche de tormenta en el Ajusco (36).
 Descrito el paisaje ambiental -ubicado en las faldas de Chapultepec- el poeta saluda a la soledad y le pide la inspiración de "los sacros vates". De inmediato expone su triste situación recurriendo, como he señalado, a los temas tratados, de manera idéntica, en textos previos:

la familia:

"Mi pobre madre descendió a la tumba,
Y a mi padre infeliz dejé buscando
Un lecho y un pan en la piedad ajena.

la amistad:

".....Amistad sincera
Busqué en los hombres y la hallé...Mentira
Perfidia y falsedad hallé tan sólo.
 

el amor:

"Busqué el amor, y una mujer, un ángel
 A mi turbada vista se presenta
..............................
En vez de una alma ardiente cual la mia
En vez de un corazón a amar creado,
Aridez y frialdad encontró sólo,
Aridez y frialdad, ¡indiferencia!...
Y mis sueños de placer volaron.
Y el fantasma de mi dicha huyose,
Y sin lumbre quedé perdido y ciego.

y la solución existencial dada por la poesía:

"......Y abandonado y solo
En la tierra quedé. Mi pecho entonces
Se oprimió más y más, y la poesía
Fue mi gozo y placer, mi único amigo:
Y misteriosa soledad de entonces
       Mi amada fue".
 
En tal situación, y sin que se espere, mientras el poeta comprueba la dulzura y sublimidad del silencio que lo rodea, más lo grato que resulta para su dolor el rayo de luna, surge una idea y una invocación:
 

"........ Quizá me escuchan
Las sombras veneradas de los reyes
Que dominaron el Anáhuac, presa
Hoy de las aves de rapiña y lobos
Que ya su seno y corazón desgarran.
- "¡Oh varón inmortal! ¡oh rey potente!
Guatimoc valeroso y desgraciado,
Si quebrantar las puertas del sepulcro
Te es dado acaso, ven! oye mi acento;
Contemplar quiero tu guerrera frente,
Quiero escuchar tu voz..." (37).

Este es el final de primer canto de "La profecía de Guatimoc". Un paisaje de negros nubarrones, pálidos rayos de luna blanquéando los peñascos de las faldas de Chapultepec, árboles "ancianos", aleteo nocturno de cuervos, aullido de lobos, balar lastimoso de corderos, bramido prolongado de toros, junto al triste recapitular íntimo de sentimientos capitales en su vida, concluyen en la invocación por la presencia, desde el pasado y desde la tumba, de uno de los héroes de la historia indígena mexicana: Guatimoc.
 El canto segundo se inicia de manera terrible y espectacular. La llamada es aceptada y, tal vez con cierta lógica sobrenatural:

            Siento la tierra
Girar bajo mis pies, nieblas extrañas
Mi vista ofuscan y hasta el cielo suben.
 
Silencio reina por doquier; los campos,
Los árboles, las aves, la natura,
La natura parece agonizante.
Mis miembros tiemblan, las rodillas doblo,
Y no me atrevo a levantar la vista.

Y, por si esto fuera poco -permítaseme citarlo sin partir verso-: "De repente parece que una mano de cadáver me aferra el brazo y me levanta... ¡Cielos! ¿Qué estoy mirando?". El susto es de altos vuelos en esta conjunción de noche tenebrosa, soledad, ruidos de animales, tristeza, especie de terremoto sobrenatural, cadáver que agarra el brazo. "¡Aparta, aparta!", grita el poeta; al rato el alma regresará al cuerpo y el corazón volverá a latir. Entonces acontece una visión deslumbrante:

"De oro y telas cubierto y ricas piedras
Un guerrero se ve: cetro y penacho
De ondeantes plumas se descubre; tiene
potente maza a su siniestra, y arco
y rica aljaba de sus hombros penden..."

Esta es la visión romántica, viril, reinvidicativa y orgullosa: una figura proindigenista de Guatimoc. El guerrero azteca en toda su elegancia, poder y esplendor. Desde la tumba se presenta imponente, con los oropeles de la nobleza, valentía e intacta fuerza de sus cargos. Pero no es la realidad:

 
"¡Qué horror!... entre las nieblas se descubren
Llenas de sangre sus tostadas plantas
En carbón convertidas; aún se mira
bajo sus pies brillar la viva lumbre;
Grillas, esposas, y cadenas duras
Visten su cuerpo, y acerado anillo
Oprime su cintura; y para colmo
De dolor, un dogal su cuello aprieta".

Ahora la figura de Guatimoc se revela humillada, vencida, derrotada. No hay timbre de orgullo en esta imagen. Es la pura esencia definida por la historia; se presenta tal como vivió los últimos momentos de su vida. El cambio de ropaje, este dar la vuelta a la esplendorosa presencia inicial para imponer la triste, la dolorosa, la sangrienta, es también parte de la iconografía indigenista como, de igual forma, lo es la reacción del poeta:

"Reconozco, exclamé, sí, reconozco
La mano de Cortes bárbaro y crudo.
¡Conquistador! ¡aventurero impío!
¿Así trata un guerrero a otro guerrero?
¿Así un valiente a otro valiente?....."

Es, sin duda, una reclamación importante, pero en última instancia una reclamación de "caballeros", código que no se observó, ni les vino a mientes a los conquistadores. Si se desea ser veraz y apartar ridículos toques de sentimentalismo, esta protesta es propia de 
torneos de nobleza, a enfrentamientos entre condes, duques, príncipes y reyes, y no, con absoluta certeza, a las brutalidades guerreras medievales de las tropas, comportamientos fáciles de espigar en la historia europea de la época. Pedirle a Cortés códigos de honor y respetos de caballería, es desubicar de manera irracional su condición, su circunstancia y su carácter. El poeta, desolado, después de tan indignado reclamo, trata de agarrar el manto del monarca, pero él se desliza y lo deja tocando el aire.
 En los primeros setenta versos del canto tercero se halla toda la fuerza modular del poema. Es la parte del diálogo entre el poeta y el rey del Anáhuac. En él intercambiarán algunas ideas y sentimientos; luego Guatimoc asumirá la voz principal y planteará un largo monólogo profético en el que se mezclará, con igual importancia, predicciones sobre la vida del poeta, examen frío y decepcionado de la realidad inmediata y de las consecuencias de la conquista, análisis del carácter indígena, español y europeo, incluso con mención de pasada de la "inglesa América", y de los acontecimientos que se estaban dando en esos mismos momentos. Reproduciré el diálogo agrupado como prosa:
 
 - Rey de Anáhuac, noble varón, Guatimoctzin valiente, indigno soy de que tu voz me halague, indigno soy de contemplar tu frente. Huye de mí.
 - No tal -él me responde, y su voz parecía que del sepulcro lóbrego salía-. Háblame -continuó- pero en la lengua del gran Nezahualcoyotl.
 Bajé la frente y respondí:
 
 -La ignoro.
 El rey gimió en su corazón.
 -¡Oh mengua, oh vergüenza! -gritó. Rugó las cejas, y en sus ojos brilló súbito lloro.
 -Pero siempre te amé, rey infelice; maldigo a tu asesino y a la Europa, la injusta Europa que tu nombre olvida. Vuelve, vuelve a la vida, empuña luego la robusta lanza, de polo a polo sonará tu nombre, temblarán a tu voz cáducos reyes, el cuello rendirán a tu pujanza, serán para ellos tus mandatos, leyes; y en Méjico, en París, centro de orgullo, resonará la trompa de venganza. ¡Qué destos tiempos los guerreros valen cabe Cortes sañudo y Alvarado (varones invencibles, sí crueles), y los venciste tú, sí, los venciste en nobleza y valor, rey desdichado!.
 -Ya mi siglo pasó; mi pueblo todo jamás elevará la oscura frente, hundida ahora en asqueroso lodo. Ya mi siglo pasó: del mar de Oriente nueva familia de distinto idioma, de distintas costumbres y semblantes, en hora de dolor al puerto asoma; y asolando mi reino, nuevo reino sobre sus ruinas miseras levanta; y cayó para siempre el mejicano, y ahora imprime en mi ciudad la planta el hijo del soberbio castellano. Ya mi siglo pasó.
 Su voz augusta sofocada quedó con los sollozos; hondo gemido arrojó del seno, retemblaron sus miembros vigorosos, el dolor ofuscó su faz adusta, y la inclinó de abatamiento lleno.
 -¿Pues las pasiones que al mortal oprimen, acosan a los muertos en la tumba? ¿Hasta ella el grito del rencor retumba? ¿También las almas en el cielo gimen?
 Así hablé y respondió:
 
 -Joven audace, el atrevido pensamiento enfrena. Piensa en tí, en tu nación; mas lo Infinito no será manifiesto a los ojos del hombre: así está escrito. Si el destino funesto el denso velo destrozar pudiera que la profunda eternidad te esconde, mas, joven infeliz, más te valiera ver a tu amante en brazos de tu amigo, y ambos a dos el solapado acero clavar en tus entrañas, y reír a tu grito lastimero y, sin poder morir, sediento y flaco, agonizar un siglo, ¡un siglo entero!

 Para su tiempo, este es, sin duda, el diálogo más terrible, veraz, realista y doloroso que se ha escrito dentro de la literatura mexicana y

 

de la latinoamericana sobre el tema. Es el intercambio de ilusiones y realidades entre el mestizo empeñado en reclamar venganzas y reinvidicaciones desde el pasado indígena, y la dolorosa pero lúcida serenidad del guerrero simbólico en la defensa de un reino y unas tierras, consciente de haber sido sobrepasado y vencido por un rival que "todo lo rompe, y tala, y aniquila con brazo furibundo".
 La posición de Guatimoc, surgida de las rápidas respuestas que da a las peticiones del mestizo, son de un impacto impresionante: "Háblame en la lengua del gran Nezahualcoyotl", y la catastrófica realidad: "Ya mi tiempo pasó", dicho tres veces, como para que quede claro y mueran sueños.
 La actitud del poeta en el texto de Rodríguez Galván es común y 
es propia de uno de los lineamientos ideológicos y culturales del mestizaje. Invocar al pasado indígena para realizar cuentas con Europa, se ha venido proponiendo desde concluída la conquista, y se ha proclamado con palabras estrepitosas desde que comenzó a vislumbrarse el camino de fracasos que se ha forjado a partir del logro de la independencia. Echar culpas a España, a Europa, y desde el siglo XIX a los Estados Unidos, sólo puede realizarse deslizándose del centro del cruce de razas para acentuar la inclinación de la herencia hacia el lado nativo y la idealización superlativa de lo truncado por la conquista hispánica. La línea compensatoria planteada a Guatimoc de su triunfo en nobleza y valor sobre la crueldad de los españoles, a pesar de estar contemplándolo en la evidencia externa de lo humillante y aplastante de su derrota, es también parte integrante de las balanzas reversibles de una ideología que se niega de manera truculenta a enfrentar responsabilidades individuales y a asumir el destino como algo propio, forjado sin ajenos culpables. De ahí, asimismo, el poder del consejo de Guatimoc antes de iniciar su monólogo profético: "Piensa en tí, en tu nación".
 En la posición de rey del Anáhuac no hay contemplaciones ni miradas sentimentales a lo que fue su pueblo:

Ya eres esclavo de nación extraña,
     Tus hijos son esclavos,
A tu esposa arrebatan de tu seno...
¡Ay si provocas la extranjera saña!...

¿Lloras, pueblo infeliz y miserable?
 
     ¿A qué sirve tu llanto?
     ¿Qué vale tu lamento?
     Es tu agudo quebranto
Para el hijo de Europa inaplacable
     Su más grato alimento.

De ese frío reconocimiento nace su capacidad intelectual y emotiva para afirmar tan duramente que ya su tiempo ha pasado. Es verdad que anuncia, al final del tercer canto, posibilidades de venganza y de castigo, pero es desde un "hacedor" que suena y se lee cristianizado. De alguna manera Rodríguez Galván se inclinó, al final del monólogo del rey, hacia el lado hispánico de sus creencias y su cultura pero sin liberarse del gran desorden mental que la propia lógica interna del poema le imponía. De ahí el salto desde las resonancias bíblicas que se escuchan en estos versos:

El que del infeliz el llanto vierte,
Amargo llanto verterá angustiado;
El que huella al endeble, será hollado;
El que la muerte da, recibe muerte;

hasta la espantosa imagen en la que es posible reconocer la voz azteca de Guatimoc, bajo el guiño de Huitzilopochtli, elaborando el tipo de venganza posible de compensar ultrajes:

Y el que amasa su espléndida fortuna
Con sangre de la víctima llorosa,
 
Su sangre beberá si sed lo seca,
Sus miembros comerá si hambre lo acosa.

Con la posibilidad de este sangriento banquete canibalesco, termina el tercer canto. El cuarto, y último, es la reflexión sobre si fue sueño o realidad la visión de Guatimoc y de las profecías anunciadas. Sueño fue, y el poeta retoma sus obsesiones preferidas para terminar pidiendo:

Sueño sea mi paso por el mundo,
Hasta que nuevo sueño, dulce y grato,
Me presente de Dios la faz sublime.

De alguna manera la plenitud del texto se le escapa de las manos a Ignacio Rodríguez Galván. Nunca más volvió al tema modular que trató en algunas líneas del tercer canto. Tal como lo he señalado, cuando seis meses más tarde regresa al personaje indígena como eje de un poema -está vez Moctezuma-, ya es convención, retórica y debilidad conceptual lo que se expresa. La óptica mestiza se ha difuminado y sólo puede escribir unos versos españoles sobre difíciles y abusivos amores de Moctezuma con una hermosa y humilde muchacha indígena: el absoluto lugar común, incluso con anuncios de la llegada de los conquistadores. Pero en setenta líneas del tercer canto de "La profecía de Guatimoc", dejó un contenido ideológico y planteó un problema cultural que siglo y medio después no se ha resuelto. Ni siquiera el mismo continuó la línea presentada; nadie tampoco la llevó más lejos. De cualquier modo, ahí estuvo el gran acierto de 
Rodríguez Galván.

XIV

La vida literaria. "La profecía de Guatimoc" se escribe en setiembre de 1839 y se publica, casi cuatro meses después, en El año nuevo de 1840. En ese tiempo, Rodríguez Galván ya tenía tras de sí una importante labor realizada. El trabajo literario iniciado a los veinte años -con el envio en secreto, bajo seudónimo, de versos a distintos periódicos-, alcanzó pronto reconocimiento. Pero debe resaltarse también sus empeños de animador cultural.
 De todos los señores y jovencitos que asistían a las tertulias a que hemos hecho referencia, el único que tenía una idea del negocio de la edición y de la venta de libros, era él. Si de las reuniones en casa de Francisco Ortega salió un periódico manuscrito titulado Obsequio a la amistad, ahora la propuesta, a los pocos meses de fundada la Academia de Letrán, fue una publicación a editarse cada principio de año, para dar a conocer los escritos de los miembros y hacer tangible la idea central que los reunía: "mexicanizar la literatura, emancipándola de toda otra y dándole carácter peculiar (38)". El proyecto fue aceptado y llevado a cabo, a sus expensas y con la sola ayuda de su hermano Antonio, durante cuatro años: El año nuevo para 1837, 1838, 1839 y 1840; pequeños volumenes que, como se afirma en la presentación de 1837, "creemos ser el primero en su género y de piezas originales que se presenta en Méjico (39)".
  Las colaboraciones de Rodríguez Galván en estos volúmenes son las más numerosas y sólo su admirado José Joaquín Pesado logra 
acercársele en número y constancia. Cuentos, poemas, breves obras teatrales, algún ensayo corto, son muestra del talento del romántico más evidente del México de su época. La aparición de El Año nuevo conmueve y modifica los planteamientos de las escasas publicaciones de ambición literaria o, por lo menos, no política, que se editaban en México. Rodríguez Galván se siente respaldado y ese mismo año se empeña en otra nueva aventura editorial: El Recreo de las familias (40). Es de lamentar que sus amigos de Letrán le prestaran poca ayuda y la revista concluyera en fracaso (41).
 Pero el poeta no se desanima y al año siguiente, en 1838, presenta una obra teatral con personajes y situaciones propias del país: Muñoz, visitador de México (42). No sólo es una pieza romántica sino, a la vez, la presencia en escenarios mexicanos de una obra escrita por un nacional y sobre tema nacional (43). Se afirma que fue un gran éxito y que se obligó al autor, repetidas veces, a salir al escenario para recibir el aplauso de un público entusiasta. También se indica que tuvo el desusado honor de ser repuesta un par de años después con igual acogida.
 Desde su ingreso a la Academia de Letrán a los 20 años, hasta su salida del país para ocupar un puesto diplomático en Sudamérica a los 26, la obra del poeta y del editor es importante. Sin embargo, es difícil calibrar cuál sería la verdadera presencia y significación de Rodríguez Galván en el escenario literario de esos años. Editar en cuatro oportunidades El año nuevo, fracasar con El Recreo de las familias, ser un autor teatral estrenado y aplaudido, figurar en publicaciones periódicas con poemas y traducciones, ayudar al tío en la edición de los Calendarios de las señoritas mexicanas (44), ser 
conocido o amigo de los escritores importantes de su país, tener editadas dos obras teatrales -una en 1838 y


otra en 1842-, suman datos importantes en el currículum de cualquier escritor de 26 años. Pero en su caso ignoramos el alcance positivo que pudo tener para su obra, su persona y su vida social e intelectual.

 

 Un par de años antes, en 1840, a los veinticuatro años de edad, deja su puesto en la librería del tío; unos dicen que para dedicarse a escribir, otros por problemas económicos del negocio. Su amigo Eulalio María Ortega afirma que con este paso no logró dedicarse en exclusiva a la literatura por "distraerse" en aprender latín (45). Lo cierto que todo le salió mal: su pobreza aumentó, la depresión amorosa se acentuó, sus dificultades sociales se agravaron. En 1841, José María Tornel, Ministro de la Guerra, le inventa un cargo de oficinista en su ministerio; poco más tarde logró que se le encargase la redacción de la parte literaria del Diario del Gobierno y, al final, el nombramiento de oficial de legación antes los gobiernos sudamericanos. Así, el 15 de mayo de 1842, se encaminó

a la muerte. En La Habana, mientras esperaba el barco que debería transportarlo a su destino diplomático -espera de cerca de mes y medio-, murió de vómito negro el 25 de julio. No faltó la anécdota 
fatídica: en vísperas de su partida de Cuba dicen unos, a nueve días otros, el barco que debería llevarlo a América del Sur se incendió; si hubiera podido embarcarse... (46).

XIV

La partida de defunción. En el libro 19 de Entierros de Españoles folio 136 No. 1467, de la Iglesia de Nuestra Señora de la Caridad de La Habana, Cuba, dice lo siguiente: "El día veinte y seis de julio de mil ochocientos cuarenta y dos años: se dio sepultura en el Cementerio General según consta en la papeleta de su Capp.n al cadáver de D. Ignacio Rodríguez Galván individuo de la legación megicana, natural de Méjico y vecino de esta feligresía, soltero, se ignora el nombre de sus padres, no testó ni recibió los Stos. Sacramentos por su pronta muerte: era de veinte y seis años de edad y lo firmé: Anolay Domingo del Manzano" (47).

XV

A tres años de la muerte del poeta. Manuel Payno, en uno de sus viajes fuera de México, paso por La Habana y, a raíz de sus conversaciones con literatos, obtuvo una versión directa sobre la muerte de su amigo. Como esta nota se halla perdida dentro de sus "Fragmentos de viaje a La Habana" de la Revista Científica y literaria, copiaré en su totalidad la versión que da sobre el fallecimiento de Rodríguez Galván:

 
  Nuestro poeta, y mi amigo Ignacio Rodríguez, duerme el sueño  eterno en este cementerio (de la Habana, construído por los años de  1804 y 1806 por el obispo Espada). Bachiller, ese joven excelente que  le dio hopitalidad en vida, se la dio también después de su muerte,  colocándolo en el sepulcro de su familia; pues de otra manera los  restos de Rodríguez habrían sido exhumados y confundidos en los altos  hosarios que hay en cada ángulo del cementerio. En la Habana, como en  México, es costumbre que a los muertos que no pagan su casa se les  desaloje y se les ponga al fresco. Los hombres no tienen piedad con  los pobres ni aún después de muertos.
  Mas volviendo a Rodríguez: en medio de la gran desgracia que  sufrió, no de morir, pues esto en algunas situaciones de la vida es un  bien, sino de morir en tierra extranjera, careciendo de todas esas  afecciones de amistad y de familia, que se avivan más cuando uno va a  dejarlas para siempre, me consoló muchísimo el saber que su muerte fue  un día de duelo y de lágrimas para esta sensible y buena juventud de  La Habana. Rodríguez, quizá cansado de la vida, presa de esos  indefinibles sufrimientos morales que nos hacen odiar la existencia,  hacía lo que verdaderamente pueden llamarse locuras. Comía con exceso,  bebía vino, se asoleaba, se bañaba en horas desuadas, esto en un clima  como el de La Habana y en el mes de julio, le produjo un vómito prieto  terrible. Fue atacado en la misma posada, en el mismo cuarto, y quizá  en el mismo lecho donde yo duermo (calle del teniente del Rey, Hotel  Francés). Luego que se difundió la noticia de la enfermedad, acudió  Bachiller, lo transportó a su casa, situada fuera de La Habana y en un  sitio 
ventilado y hermoso. Allí personalmente lo asistió como un  hermano, y le prodigó todos los auxilios de facultativos y medicinas;  pero la enfermedad era mortal y nada bastó para comntener su influjo  destructor. Rodríguez en su enfermedad fue visitado por todos los  jóvenes de La Habana y por multitud de personas, y si no miró en sus  últimos momentos a sus amigos de México y a su familia, si vio que su  genio y su excelente corazón le habían grangeado vivas y sinceras  simpatías. Rodríguez murió y fue enterrado en el sepulcro de la  familia de Bachiller como he dicho.
  Algún día que Bachiller se presente en México a reclamar  hospitalidad, tendrá el recomendable título de haber sido el  benefactor de un mexicano desgraciado, y el generoso amigo del pobre  poeta, a quien lanzó su fortuna de este lado de los mares a ver un  momento esta bella naturaleza de la Isla y cerrar los ojos para  siempre.
  No necesito decir los sentimientos que despertó en mí, por esta  causa, la visita al cementerio de la Habana. Rodríguez era mi amigo,  lo quería yo, y lo admiraba, y esto basta.
  ........
  Rodríguez, por su comportamiento moderado y fino, su buen talento  y su generosa alma, se grangeó en pocos días simpatías de cuantos lo  conocieron, y aún hoy se conserva su memoria fresca y viva como si  acabase de morir; y es un título que recomienda, el haber sido su  amigo y su compañero en tareas literarias. He aquí uno de los pocos  jóvenes mexicanos que verdaderamente han honrado a su país en el  extranjero. Justo es, que aunque sea por compensación, honremos  también su memoria, y lloremos su fin desgraciado y 
prematuro.  (Habana, 1845) (48).

XVI

La edición de sus poemas. En 1851, a nueve años de la muerte de Rodríguez Galván, su hermano Antonio lleva a cabo la recopilación y edición de su obra. En los dos tomos aparecen sólo los poemas y tres obras de teatro. No sabemos qué criterio primó y por qué se dejó de lado los cuentos, las traducciones en prosa, artículos y hasta un muy buen ensayo que publicó en El año nuevo de 1838: "Un coplero mejicano del siglo XIX". Tampoco por qué se olvidó un poema -"¡Gran Dios, que divina!"-, y se repitieron, sin señalar, dos versiones del mismo poema: "¡Oh tormento féroz!" y "Alárcos infeliz", y por qué se dejó sin título "El teatro" (poema que se inicia con los versos "Grecia sentada en su corcel soberbio"). A pesar de estos errores -el más lamentable, sin duda, dejar de lado la obra en prosa-, la edición salvó para la posterioridad el trabajo literario de Ignacio Rodríguez Galván. Si tenemos en cuenta la reticencia, o quizá la falta de oportunidades, para la edición de libros por los autores nacionales del siglo XIX, la reunión y publicación de la obra del hermano llevada a cabo por Antonio Rodríguez Galván, es el mejor homenaje y el mejor recuerdo de cariño que podía haber realizado. Sin mayor variante, esos mismos tomos se editaron dos veces más antes que terminara el siglo pasado. ¿Cuál hubiera sido el destino de la poesía y el teatro del primer romántico mexicano de no existir esta edición? Es imposible dar una respuesta; lo más que se puede hacer es señalar la situación literaria de todos aquellos escritores que jamás 
pudieron publicar un libro y su obra quedó dispersa en periódicos o revistas de la época para siempre o por más de un siglo, y esto en caso de tener la fortuna de despertar la curiosidad de algún bienintencionado investigador literario del siglo XX.

NOTAS

(1) Ortega, Eulalio María: "Rodríguez Galván (D. Ignacio)" en Diccionario universal de Historia y Geografía. Tomo VI. México, 1855. Pág. 645.
(2) Hermogenes: "Notas biográficas de Ignacio Rodríguez Galván". El Tiempo literario ilustrado. México, 1901. Nro. 42. Pág. 496
(3) idem 2.
(4) Anónimo: "Apuntes necrológicos y biográficos sobre D. Ignacio Rodríguez Galván, que consagran a su memoria sus amigos". El Siglo diez y nueve, 8 de agosto de 1842.
(5) idem 4.
(6) Rodríguez, Antonio: "Al lector" en Poesías de D. Ignacio Rodríguez Galván. Impresas por Manuel N. de la Vega. Méjico, 1851. Pág. s/n.
(7) idem 2.
(8) idem 4.
(9) Horta, Aurelio: Mexicanos ilustres. Bosquejos biográficos para uso de los Establecimientos de Instrucción pública. Imprenta del "Hijo del trabajo". México, 1883. Pag. 74.
(10) idem 4.
(11) idem 6.
 
(12) idem 4.
(13) idem 6.
(14) idem 4.
(15) idem 1.
(16) idem 4.
(17) Prieto, Guillermo: Memorias de mis tiempos. 1828 a 1840. Librería de la Vda. de C. Bouret. París-México, 1906. Págs. 128 a 130.
(18) idem 17. Págs. 186 a 188.
(19) idem 17. Pág. 247
(20) Zorrilla, José: La flor de los recuerdos. Tomo I. México. Imprenta del Correo de España. Pag. 449
(21) idem 20.
(22) Rodríguez Galván, Ignacio: Poesías. Tomo I. Impresas por Manuel N. de la Vega. Méjico, 1851. Pág. 90.
(23) idem 22.
(24) idem 22. Pág. 57.
(25) idem 22. Pag. 121
(26) idem 22. Pag. 157. Este poema termina de manera distinta en la publicación del Repertorio de Literatura, donde incluso lleva una nota en la que se indica el concepto aquí citado.
(27) idem 22. Pag. 157. Este el nuevo concepto incluído al final del poema en la edición de 1851.
(28) idem 4.
(29) Menendez y Pelayo, Marcelino: Antología de poetas hispano-americanos publicada por la Real Academia Española. Tomo I. México y América Central. Est. Tipográfico "Sucesores de 
Rivadeneyra". Madrid, 1893. Pág. CXVII.
(30) Pimentel, Francisco: Historia crítica de la literatura y de las ciencias en México desde la conquista hasta nuestros días. Poetas. Librería de la Enseñanza. México, 1885. Págs. 512 a 544.
(31) Altamirano, Manuel Ignacio: "Ignacio Rodríguez Galván (Apuntes biográficos)" en El Parnaso mexicano. Primera serie, número 6. Librería la Ilustración. México, 1 de agosto de 1885. Págs. 5 a 9.
(32) Ignacio Rodríguez Galván. El Parnaso mexicano. Primera serie, número 6. Librería la Ilustración. México, 1 de agosto de 1885. Como titulo este poema lleva el de "Es sempiterna ya!..." y a continuación, abajo,  "Bailad!, Bailad!".
(33) Pacheco, José Emilio: Poesía Mexicana I. 1821-1914. Presentación, selección y notas de... Promexa. Gran Colección de literatura mexicana. México, segunda edición, 1992. Pág. 55.
(34) El poema, como es lógico, se encuentra íntegro en la edición facsimilar. Extenderse en un análisis detenido y cuidadoso requeriría más páginas de las permitidas a un prólogo.
(35) idem 22. Pág. 175 a 191.
(36) idem 22. Pag. 3 a 25. En especial los romances primero y segundo.
(37) Todas las citas de este apartado o esta imagen, corresponden a la "Profecia de Guatimoc". Pags. 117 a 132 de la edición facsimilar.
(38) idem 17. Pág. 216.
(39) El año nuevo de 1837. Presente amistoso. Librería de Galván. Méjico. Presentación anónima del volumen.
(40) El Recreo de las familias se publicó en el año 1837. Los volúmenes que se conocen tienen 482 páginas.
 
(41) idem 4.
(42) No solo presentó la obra en el teatro el 27 de setiembre de 1838, sino que también la editó el mismo año.
(43) Este juicio fue dado por el mismo Rodríguez Galván en el prefacio que agregó a su obra después de la representación.
(44) Los calendarios de las señoriras megicanas se publicaron en 1838, 1839, 1840, 1841 y 1843.
(45) idem 1.
(46) Muchas de las reseñas biográficas de Rodríguez Galván dan esta información, y todas se originan de las primeras dos o tres publicadas.
(47) Debo esta información y el texto de la partida de defunción a Alejandro González Acosta, quien los obtuvo gracias a la investigación de Roger González Martell y Omar F. Mauri Sierra, de La Habana, Cuba. A ellos, y en especial a Alejandro González Acosta por dármela, mi agradecimiento.
(48) Payno, Manuel: "Fragmentos de un viaje a La Habana. Cesura de periódicos. Un cementerio". Revista Científica y literaria. Tomo I. Págs. 460 y 470.
SEÑALES PARA OTROS ACERCAMIENTOS A RODRIGUEZ GALVAN

 

En trabajos de esta naturaleza, es normal la acumulación de anotaciones que después se van quedando de lado bajo la esperanza de ser empleadas en otros estudios o para su investigación y desarrollo posterior. Al no darse la necesidad de preparar las obras completas 
de Ignacio Rodríguez Galván o buscar agotar la información sobre su persona, su obra o la bibliografía acerca de él en una amplia monografía, algunas notas se guardaron en carpetas paralelas al trabajo en sí. Ahora, al terminar de revisarlas para su indefinido archivo, he pensado que podría ser adecuado incluirlas en este prólogo, tal como están, con la esperanza de servir de referencia o punto de partida a futuros investigadores o lectores. Al fin y al cabo sólo son lo que Marco Antonio Campos, en un gesto de buen humor, llamaría "señales en el camino".

La relación José María Heredia - Ignacio Rodríguez Galván no está establecida con claridad. Se carecen de detalles sobre el tipo de amistad que se dio entre ellos y el grado de proximidad personal o literaria que tuvieron. Rodríguez Galván incluye una docena de versos sobre Heredia en el poema "Por vez primera", del 1 de noviembre de 1840:

Ya tendido expirando en lecho duro
De escarnio soy y lástima el objeto;
Ya entra de Heredia el pálido esqueleto
      En mi oscura mansión.

En vida y muerte, oh vate, infeliz fuiste;
Si en tu existir tocaste sólo abrojos,
Con muertos ignorados tus despojos
      Yo confundidos vi.
Tu predijiste mi miseria cuando
 
En mi mano sentí tu mano ardiente;
Si no heredé tu númen elocuente,
      Tu mala estrella sí.

 Años después, en junio de 1842, en el que tal vez sea el último poema que escribió Rodríguez Galván, le hace una advertencia al poeta cubano José Jacinto Milanés, tomando como ejemplo circunstancias personales de Heredia:

No empero el suelo pises triste y yerto
Do el hermano al hermano hunde el puñal,
Ni mucho menos el maldito puerto
      Que a Heredia fue fatal.

 Versos que en la versión definitiva del 4 de julio del mismo año, se convierten en:

No empero pises las sangrientas playas
Do la discordia lanza horrendo grito,
Ni mucho menos el país maldito,
Que a Heredia fue de luto y dolor.

 Poco es lo que se puede concluir de las líneas de estos poemas. Por el texto de "Por vez primera" sería permitido creer que Rodríguez Galván asistió al entierro de José María Heredia en una fosa común en México y que entre ellos existía la suficiente intimidad como para que el poeta cubano predijera la miseria al mexicano y éste se 
sintiera con derecho si no a heredar su "númen elocuente" sí, por lo menos, la "mala estrella".
 Manuel Toussaint, quien realizó una Bibliografía mexicana de Heredia en 1953, dijo, en una conferencia sobre José María Heredia pronunciada en 1939 con motivo del primer centenerio de la muerte del poeta cubano: "Es raro no tener un artículo suyo (de Heredia) acerca de Rodríguez Galván, de quien se sabe fue gran amigo, pero la explicación de ésto debe buscarse acaso en la juventud de Rodríguez y en que fue quizá el último amigo de Heredia".
 Resulta extraño que Toussiant no trabajara sobre Heredia, y para hacer esta afirmación, en Rodríguez Galván, revisando las páginas del Diario de Gobierno, donde el primero colaboró en la parte literaria en 1839 y el segundo fue redactor de la misma sección antes de su viaje con destino diplomático a Sudamérica. Es probable que le sucediera como a mí: fui al Archivo General de la Nación con todo el ánimo de revisar este diario en la etapa de redactor de Rodríguez Galván, y me encontré con que sólo se conservan unos muy pocos, poquísimos, números sueltos de los años 1836 a 1842, que tampoco los tienen en microfilms y que resulta imposible fotocopiar nada. Felizmente, desde la investigación por el lado de Heredia, nos llegan noticias sobre una nota de éste sobre Ignacio Rodríguez Galván en el Diario de Gobierno, núm. 1437, Tomo XIV, sábado 6 de abril de 1839, Parte literaria. Por su rareza y la importancia para este tema, la reproduciré íntegra, tal como figura en el libro Vida de José María Heredia en México de M. García Garófalo Mesa, págs. 665 a 667:

REVISION DE OBRAS.
 

EL AÑO NUEVO DE 1839.

Presente amistoso: México: Librería de Galván.

 Este libro es el tercer tomo del periódico anual cuya publicación han emprendido algunos jóvenes llenos de talento, con el patriótico objeto de dar impulso a la literatura nacional. El segundo tomo aventajó considerablemente al primero en mérito literario, sobre todo respecto a los artículos en prosa, y por desgracia creemos que no podrá decirse lo mismo del de este año respecto a su antecesor.
 El que nos ocupa se ha teñido bastante con el color de los sucesos ocurridos durante su redacción. La indignación excitada por el ultimátum y el bloqueo y tal vez la toma de Ulúa, se halla fuertemente expresada en el odioso retrato de Mr. Le Braconier en la novelita la Procesión -de Ignacio Rodríguez Galván- (*) ; y los magníficos honores fúnebres de Iturbide parecen haber sugerido la de María -de Manuel Payno-. Sea de esto lo que fuere, deseariamos que el autor de la primera meditara sus planes con alguna más detención para que sus incidentes y desenlace fueran menos violentos e inverosímiles. Lo mismo aconsejaríamos al autor de Angela -de M. Navarro- para no quedar siquiera en la duda de como el capitán S. se convierte repentinamente en Robles, con no poca confusión del lector.
 Respecto de María nos parece que se han querido pintar costumbres muy ajenas de las nuestras y que los arenales y peñascos de Soto de la Marina jamás han oído ni oirán en algún tiempo el sonido de una arpa, ni versos tan bellos y sentimentales como los que pone el poeta 
en boca de María, ni nuestras antillanas rezan salmos, sino padrenuestros. Por lo demás hay en esta última trozos descriptivos de bastante mérito. Nada diremos del Pescador -traducción hecha del inglés por la señorita D.I.G.P.-, puesto que es una simple traducción, sino que su autor no debía ignorar que las monedas turcas carecen de efigie, por la prohibición del Alcorán, y que aún hoy el terrible reformador Mahnoud no ha podido inroducir esta novedad. Las poesías del Año Nuevo son a nuestro juicio mucho más recomendables que su prosa. Sentimos que muestros límites nos vedan insertar algunas de ellas; pero no podemos resistir el deseo de hacerlo con un fragmento de la composición intitulada Mis ilusiones -de Ignacio Rodríguez Galván-. ¿Qué joven de imaginación y sensibilidad no ha tenido iguales aspiraciones, cuya falta de satisfacción ha sido el tormento de su existencia?

De la ciudad la estrechura
Ardiente dejar ansío,
Y en un ligero navío
De la mar;
Surcar la inmensa llanura
Las ricas playas de Europa
A lo lejos divisar.
Ya en las orillas del Genil,
O en la Alhambra colosal
Miro la sombra fatal
Del inhumano Boabdil;
Ya en Sevilla
 
Miro la Giralda hermosa,
La Giralda prodigiosa
De la España maravilla.
Ya estar en Venecia quiero,
Y en una noche serena
Oigo la dulce cantilena
Y el remo del gondolero,
Y al bogar
Bajo los góticos arcos,
La campana de San Marcos
Temblando siento vibrar.
A Jerusalem visito:
El sepulcro miro ya,
Y ya escucho en Josafá
De los profetas el grito.
Relumbrar
Miro del árabe fiero
El corvo tajante acero,
Y oigo el córcel rechinar.

 El autor de esta composición y de otras que adornan el Año Nuevo, es don Ignacio Rodríguez, joven que posee talentos poéticos de orden superior, y es sensible que se haya empeñado en desfigurarlos, adoptando las rídiculas exageraciones de los insensatos que en Francia se han propuesto llamar la atención con los delirios de su fantasía. Suplicamos muy de veras al Sr. Rodríguez que salga de esta atmósfera tenebrosa en que ha querido colocarse, que abra su pecho a 
la esperanza, que olvide para siempre esos fantasmas de muerte, dolor y crimen con que se rodea, y su genio se desarrollará más vivamente bajo la influencia pura del bello cielo de su país, en vez de degradarse entre los pestilentes vapores del romanticismo. En el mismo volumen que nos ocupa hallará pruebas de esa verdad, a leer la Entrevista -de José Joaquín Pesado-, en la que el Cisne de Orizaba despliega toda la abundancia y lozanía de su admirable ingenio, dejando en el alma una impresión de deleite, de frescura, que jamás producirán las eternas lamentaciones de nuestros románticos.
 Mucho sentiremos que estas ligeras observaciones se atribuyan a un deseo innoble de deprimir méritos que apreciamos sinceramente. Deseamos a los Sres. del Año Nuevo una carrera tan larga como merecen y que perfeccionados los frutos de su talento con el estudio de los buenos autores, y con la fiel imitación de la naturaleza, ocupen en la literatura mexicana el distinguido rango a que los llame su genio. EE.
 Yo dejo gozar el gusto de su crítica: si la encontrase justa me aprovecharé de ella para enmendar los defectos en que haya incurrido; pero si no la despreciaré porque reputo demasiado preciso el tiempo para perderlo en satisfacer bagatelas (Fruto de mis lecturas).
 
 Esta nota se publicó un mes antes de la muerte de José María Heredia, acontecida el 7 de mayo de 1839. De ella no se puede extraer ningún atisbo sobre un vínculo amistoso entre el comentarista y el poeta al que dedica casi todo el artículo. Sin embargo, si esta reseña crítica de El Año nuevo de 1839 pudo motivar una aproximación de Rodríguez Galván hacia el poeta cubano, desde hacia años de amplia 
fama literaria, fue muy cercana a la muerte de Heredia como para cimentar una amistad personal. Tal vez habría que pensar que ese acercamiento ya se había producido antes: cuando la revista de Rodríguez Galván, El Recreo de las familias, dedicó en 1837 un artículo a Heredia, con retrato litográfico, escrito por Eulalio María Ortega. Pero entonces ¿por qué este distanciamiento crítico, o se trataría sólo de convencionalismo literario de la época?

Revisando periódicos y revistas donde colaboró o se publicaron textos de Ignacio Rodríguez Galván, llama la atención la aparición de un Antonio Rodríguez. Firma poemas, remite artículos -una bastante curioso sobre "Las mugeres"- escribe sobre el primer viaje de Colón o una crónica titulada "Una tarde en el panteón de Santa Paula", que termina citando el epitafio de la tumba de José María Heredia:

"Su cuerpo cubre del sepulcro el velo,
Pero le hacen la ciencia, la poesía,
Y la pura virtud que en su alma ardía,
Inmortal en la tierra y en el cielo".

lo cual, pareciera, desmentir el que Heredia hubiera sido enterrado en una fosa común.
 Este Antonio Rodríguez es el hermano que años más tarde editaría los poemas líricos y dramáticos de Ignacio y, según testimonios de escritores de esos tiempos, colaboró con él en la edición de los cuatro tomos de El Año nuevo y en la aventura de El Recreo de las familias. Habría que revisar más revistas y periódicos para comprobar 
si este Antonio Rodríguez continuó escribiendo y colaborando en la prensa y sería simpático comparar su creación literaria con la de Ignacio. ¿Hermano mayor o menor? Tal vez menor. ¿También empleado en la librería del tío? Dos pistas para iniciar la búsqueda: el Semanario de las señoritas mejicanas y El Liceo mexicano.

Prieto en un escrito titulado "Un poeta", dice: "Ignacio... mil veces me dijiste que era tu hermano gemelo; porque como tú, huérfano; como tú, pobre; como tú, desventurado, me presenté al mundo sin más títulos que mis versos humildes, sin más amparo que el del Dios de los desgraciados". De trazarse un paralelo entre Rodríguez Galván y los otros miembros de la Academia de Letrán, de los románticos de su tiempo o de años posteriores, de todos los poetas que escribieron entre los años 30 y 50, el constraste temático, de resentimiento, de amarguras, es abismal. La situación social, económica, familiar, también. La semejanza señalada por Prieto no se sostiene en la realidad: ni en material poético ni en posición personal. Rodríguez Galván es mucho más agrio, más profundo en su desengaño y en su furor.

El primer poema que conocemos de Ignacio Rodríguez Galván es de decepción amorosa: "¡Adiós!". Por el ordenamiento realizado de su obra, corresponde a 1835, cuando el poeta tenía 19 años. A partir de él es posible armar un escalamiento de dolor y de rabia dentro del tema del amor.
 Copiemos el final de "Adiós":

 
Mas ¡ah! yo no intento turbar vuestra dicha:
¡Jamás la desdicha aflija a los dos!
De ti desquerido, de ti abandonado,
Huyo desolado... Adiós, Lola, ¡¡Adiós!!.

 En 1836, en el poema "A ella", el poeta ya no huye, prefiere morir:

Yo te adoro, aunque inconstante
Me dejaste... ¡eres muger!...
Pueda este mísero amante
Otra vez volverte a ver...
Y que muera en el instante.

 Tres meses más tarde, el 24 de febrero de 1837, en el poema "El desengaño", el poeta también se despide, como en 1835, pero el tono ya es diferente. Por ejemplo dice:

Pues bien, vete. Si antes necio
Te adoré, hoy te desprecio,
Que no merece ni lástima
Muger tan infame y vil.
Un juramento nos une.-
¿Quedarás, perjura, impune?
Ya Dios desde su alta bóveda
Un rayo lanza a los dos.
Mi pecho no se contrista,
 
Aleve, aunque huyo tu vista.
¡Adiós para siempre pérfida!
¡Para siempre adiós!...- Adiós".

 A los ocho meses de este final, el poeta vuelve a escribir sobre el mismo tema en "Un crimen": esta vez ya no entra en bromas. No dice adiós, no quiere morir después de verla por última vez, tampoco espera que Dios desde su alta bóveda lance un rayo a la pérfida y al acompañante, y no se limita a llamarla perjura, vil, infame...

Mas, cielos ¡qué miro!...¿La vista me engaña?
¡Es ella!... ¡la veo!... ¡Qué dulce placer!...
Mas alguien... un hombre... ¡gran Dios! la acompaña.
¡Infame, traidora, perversa muger!
Le mira amorosa... le lleva a su seno...
-¡No más! ya la daga feroz empuñé...
Y vuelo... De rabia frenética lleno
En sangre mi diestra, mi brazo empapé!...

 A partir de este poema, la actitud de Ignacio Rodríguez Galván sobre el amor ya será más reflexiva, aunque igual de desengañada y triste. No hay en toda su poesía un solo poema de amor feliz o de enamoramiento esperanzado. Ya desde el primero de 1835, hasta el último con este tema, el de 1837, la situación es idéntica: la amada sorprendida con un acompañante -en el primer poema engañándolo con un "amigo traidor"- y la actitud ante tal hecho. Por estos testimonios, podría decirse que se nos está hablando de un único amor o, por lo 
menos, de un mismo tipo de amor. ¿Rodríguez Galván tuvo uno, o quiza dos amores (¿Lola, Angela?), de los 19 a los 21 años, y después no se volvió a enamorar? ¿Y Soledad Cordero?

Guillermo Prieto -¿quién otro?- reveló en Memorias de mis tiempos, el gran amor de Rodríguez Galván: la actriz Soledad Cordero. Este es el chisme:

"Con motivo de los ensayos de alguna de las obras de Rodríguez, creo que Muñoz o el Privado del Virrey, le sorprendió a transparentó la pasión intensa de Rodríguez por Soledad Cordero, dama joven, discípula de Salgado, de escaso mérito dramático, pero muy querida del público por su conducta inmaculada y sus virtudes privadas.
 Rodríguez, concentrado y taciturno, tímido como un niño para con la señora de sus pensamientos, vehementísimo al sentir a sus solas aquella pasión tan combatida por la posición de Soledad y la mala fortuna de Ignacio, acaso fue lo que más poderosamente influyó en determinar su salida dolorosa del país...".

 Sabemos que Soledad Cordero actuó en El Privado del Virrey, que por el comentario de Guillermo Prieto en El Siglo diez y nueve, la pieza se estrenó en abril de 1842 y que Rodríguez Galván, en viaje para Sudamérica, escribe a fines de mayo sus poemas veracruzanos. Muy escaso tiempo para pasión tan intensa, y muy tarde para los poemas de desengaño amoroso del 35 al 37. A este amor de Rodríguez Galván por Soledad Cordero se atribuyen los versos del fragmento "Yo he cargado de amor el duro yugo", lo cual son bastante terribles pues hasta con 
la madre de la actriz se mete. Es fácil imaginar los chismes y los comentarios picantes entre los entendidillos de la época a pesar que "J", quien fue el primero en dar a conocer fragmentos de este fragmento en las páginas de El Museo mexicano, creyera que no servirían para descubrir a la heroína del poema -mas bien la malvada del poema- y asegura que Rodríguez Galván se "abstuvo de publicar composiciones en que había alusiones demasiado claras a la persona de su amada". Estos tres versos permiten identificar con facilidad la referencia de Prieto a Soledad Cordero.

Hacerme amante a mi infortuno plugo
De una joven y bella comedianta,
A quien mi vida consagré sincero.-

y ¿qué encontró en este amor? Lo de siempre:

...Desdenes, desprecio,
Egoísmo... ¿Qué más?... Dolor y penas,
Turba incívil de comediantes necios,
Almas de orgullo y de ignorancias llenas.

 Es de lamentar que el fragmento no lleve fecha pero en la ordenación del hermano Antonio es el que cierra el libro. ¿Eran todos estos denuestos contra Soledad Cordero? Es lo que se ha aceptado y es lo que parece indicar Prieto y los versos del fragmento "Yo he cargado de amor el duro yugo".
 Pero en 1837, en el poema "El desengaño" ya hay semejantes quejas 
de amor, y casi los mismos reproches concretos que se expresan en el fragmento que se supone dirigido a Soledad Cordero. El interés por el dinero, digamos:

Tu me abandonas, y víctima
Soy de una muger infiel
Te deslumbró la riqueza
Y has vendido tu belleza
A uno que fortuna próspera
Ostenta. Vete con él.

 Y, por supuesto, lo que encontró ya lo había encontrado antes, en setiembre de 1839, y lo expresó así en la "Profecía de Guatimoc":

"En vez de una alma ardiente cual la mía,
En vez de un corazón a amar creado
Aridez y frialdad encontré sólo,
Aridez y frialdad, ¡indiferencia!...".

Al presentar El Año Nuevo. Presente amistoso dedicado a las señoritas mejicanas, en 1848, Manuel Payno recuerda a su amigo Ignacio Rodríguez Galván y señala que lo titula así como tributo al que en 1837 inició la publicación de estos libritos con la finalidad de recoger la producción de los trabajos literarios de los miembros de la Academia de Letrán. Desde esta curiosidad y adecuado homenaje de Payno a Rodríguez Galván, llama la atención un artículo publicado en el tomo I del Semanario de las señoritas mejicanas, págs. 74 a 81, 
titulado "Origen de los aguinaldos. El Año Nuevo", que aparece firmado por I.R.G y V.G.T. Digo que llama la atención por ignorar los publicados en México antes a esa fecha -incluyendo los Calendarios para las señoritas megicanas- y que, para mayor extrañeza, las iniciales de uno de los que firmaba el texto correspondía a quien es más que probable fuera el que los introdujera en el país. El artículo más pareciera, por este rasgo, una traducción -lo cual era común en las revistas de la época- y es a la vez sintomático que el poema que cierra el texto, "El aguinaldo", tenga como indicación final "Plagio". Una lástima porque hubiera sido muy interesante tener un trabajo de Ignacio Rodríguez Galván explicando su concepto particular de El Año nuevo y las mil tribulaciones que vivió para publicarlos durante cuatro años.

Me gustaría decir que la confusión de iniciales entre Ignacio Rodríguez Galván e Isidro Rafael Gondra, es un problema que ha llamado la atención de muchos estudiosos y, como Manuel Pedro González, tener la aventurada idea de dar un toque de prepotencia a un trabajo titulándolo "Una influencia inexplorada en Ignacio Rodríguez Galván". Puedo señalar con la mitad de los dedos de una mano a los estudiosos que han hecho referencia, y ésto sólo de pasada, al problema de las iniciales y podría afirmar que "una inexplorada influencia" son todas las inexploradas influencias pues nadie se ha tomado la molestia de buscar influencias o no influencias en Rodríguez Galván. Además -como para dejar por escrito mi protesta-, el trabajo de González es mezquino y utiliza el fácil expediente de denigrar a Rodríguez Galván para elevar poéticamente a 
Heredia, lo cual no resultaba en absoluto necesario y menos utilizando el nombre del primer romántico mexicano para titular su hazaña exploradora.
 Volviendo al asunto de las iniciales, lo primero a tomar en cuenta es que Rodríguez Galván y Gondra colaboran casi en las mismas revistas. En El Año nuevo de 1837, Rodríguez Galván firma I.R.G. y no hay motivo de confusiones. En El Año nuevo de 1838, ya aparece Isidro Rafael Gondra (I.R. Gondra) y ni más ni menos que con un artículo titulado "Rápida ojeada sobre la naturaleza y origen de la poesía". Como para evitar problemas, Rodríguez Galván firma su trabajo "Un coplero mejicano del siglo XIX" sólo con una R. Desde entonces, y mientras vivió, siempre firmará Ignacio Rodríguez, I. Rodríguez, Rodríguez, I.R. o la R. de su apellido paterno. Las tres iniciales, I.R.G., quedarán para Gondra.
 Otro dato de apoyo a esta hipótesis, es que en los artículos escritos por los amigos al enterarse de su muerte, y las veces en que lo mencionan póstumamente, la referencia por lo general es "Rodríguez" y no "Rodríguez Galván". Al parecer, la utilización del apellido paterno con el materno, empieza a figurar a partir del Calendario para las señoritas megicanas para el año de 1843, publicado por el tío Galván.
 En realidad, sólo en ejemplos eventuales podría darse confusión sobre la paternidad de los artículos, y casi siempre concierne a traducciones. Es cierto que por ahí queda en el Calendario... de 1843 un cuento, "Ricardo y Laura", firmada con una "G". ¿Es de Rodríguez Galván? Lo ignoro; pero sí se que Ignacio Rodríguez Galván, era más Rodríguez que Galván en sus apariciones literarias en la prensa, como 
para servir de identificación la simple inicial de su apellido materno sin señalar el Ignacio y el Rodríguez. Esta es pues la incógnita y el problema de las iniciales, que en verdad no creo que sea un problema en la identificación para la gran mayoría de trabajos literarios importantes de cualquiera de los dos I.R.G.

Más incognita y más problema presenta, en cambio, la inclusión en la bibliografía de Ignacio Rodríguez Galván de Teatro escogido. Hasta ahora nadie ha trabajado y resuelto qué es este dato bibliográfico que indican tanto el hermano Antonio como el amigo Eulalio María Ortega. Por lo que conocemos, es bastante improbable que sea una edición en libro con obras del propio Rodríguez Galván. Al parecer toda su producción teatral fue publicada. Una posibilidad es que fuera la edición de una colección de piezas tetrales de diversos autores universales o, quizá, únicamente españoles. ¿Teatro escogido de mexicanos? Sería muy improbable. Otra posibilidad es una revista efímera. No puede descartarse la alternativa de una equivocación al aportar datos biográficos. Hay tanto desconocimiento y hechos ignorados sobre el siglo XIX mexicano, tanta desatención, tan poco interés, que lo indicado queda indicado, se repite durante casi siglo y medio, y el misterio sigue en pie pues todo el mundo -¿diez, veinte personas en siglo y medio?- continúa incluyendo Teatro escogido en la bibliografía y en las biografías de Ignacio Rodríguez Galván. De tener que dar una opinión, diría revista efímera, colección de piezas teatrales seleccionadas por él o, en el peor de las casos, equivocación informativa. Pero me encantaría encontrarme un día de estos con el Teatro escogido de Ignacio Rodríguez Galván.
 

 

(*) He agregado, entre guiones, los nombres de los autores de las piezas literarias a las que hace referencia Heredia.
ENTRETENIMIENTOS BIBLIOGRAFICOS


- Muñoz, visitador de Méjico. Drama en tres jornadas y en verso por... Representado por primera vez en el Teatro Principal de Méjico, la noche del 27 de setiembre de 1838. Librería de Galván, Méjico, 1838. 130 págs.

- El privado del virrey. Drama en cinco jornadas. Impreso por Ignacio Cumplido. (México), 1842. 159 págs.

- Poesías de... Tomo I. Composiciones líricas originales. Impresas por Manuel N. de la Vega. "Al lector" por Antonio Rodríguez Galvám. Méjico, 1851. 4 págs. sin numerar + 311 págs. + índice (1).

1.-  ¡Adios!
  Primer verso: "El crudo destino me fuerza a no verte"
2.-   Epigramas: Mi afición es de tal suerte
  El Diorama. Pág. 32. Firmado: R.Z.
3.-  Epigramas: Uno oyendo los chillidos
  El Diorama. Pág. 43. Firmado: R.Z.
4.-  Mora.
 
  Primer verso: "De Méjico en un café".
  Fechado: Setiembre 10 de 1835.
  El Año nuevo de 1837. Pág. 117. Firmado: I.R.G.
5.-  El insurgente de Ulua.
  Primer verso: "Hundido en húmeda cárcel".
  Fechado: Noviembre 19 de 1836.
  El Año nuevo de 1837. Pág. 57. Firmado: I.R.G.
6.-  A Ella.
  Primer verso: "Creí mi amor apagado".
  Fechado: Diciembre 18 de 1836.
  El Año nuevo de 1837. Pág. 116. Firmado: I.R.G.
7.-  El desengaño.
  Primer verso: "La fatal losa de la tumba fría".
  Fechado: Febrero 24 de 1837
  El Diorama. Pág. 63. Firmado: I.R.
  Repertorio de Literarura y variedades. Tomo II. Pág. 78. Firmado:   I.R.
8.-  El infortunio.
  Dedicada: A. M.
  Primer verso: "¿Ves al arbusto cual sucumbe trémulo"
  Fechado: Abril 21 de 1837.
  El Año nuevo de 1838. Pág. 77. Firmado: I. Rodríguez.
  Por el texto se entiende que la M. de la dedicatoria corresponde   a Manuel. Podría ser Manuel Tossiat Ferrer, uno de los fundadores   de la Academia de Letrán, pero no pasa de ser una suposición.
9.-  El licenciado Muñoz.
 
  Primer verso: "Decid que es el tirano"
  Fechado: Abril 24 de 1837.
  Nota a pie de página: "Visitador tirano de Méjico, que vino en   tiempo de Felipe II".
  El Diorama. Pág. 80. Firmado I. Rodríguez
10.-  El tenebrario
  Primer verso: "El templo está sombrío y silencioso".
  Fechado: 6 de mayo de 1837.
  El mosaico mexicano. Tomo II. Pág. 160. Firmado: Ignacio   Rodríguez. No lleva fecha.
11.-  Eva ante el cadáver de Abel.
  Primer verso: "Por la venganza atroz del hermano impio"
  Fechado: Mayo 23 de 1837.
  Museo popular. Pág. 211. Firmado: I. Rodríguez.
12.-  Al señor don José Joaquín Pesado.
  Primer verso: "En abyección y sueño vergonzoso".
  Fechado: Agosto 14 de 1837.
  El Diorama. Pág. 42. Firmado F.E.
13.-  Un crimen.
   Primer verso: "Hubo un tiempo en que atónito miraba".
  Fechado: Octubre 13 de 1837.
  El Año nuevo de 1838. Pág. 158. Firmado: I. Rodríguez.
14.-  La tumba
  Primer verso: "Cual brilla la esperanza seductora".
  Fechado: Noviembre 6 de 1837.
  El Recreo de las familias. Pág. 107. Firmado: I. Rodríguez.
15.-  El buitre. Canto de venganza.
 
   Primer verso: "Yo que abrigo venganza insaciable".
  Fechado: 1837.
  El Mosaico mexicano. Tomo I. Pág. 331. "El canto de venganza".   Firmado: Ignacio Rodíguez. No aparece el título "El buitre".
  Guillermo Prieto en sus memorias (Tomo I, pag. 130), haciendo   referencia a un Rodríguez Galván aún muy joven, del que nadie   "sabía ni sospechaba" que escribiera, y que asistía la tertulía   en casa de Francisco Ortega, dice: "escribió varios versos que   remitió a un periódico de Veracruz con el nombre de Isidoro de   Almada, entre los cuales había unos al Buitre, que llamaron la   atención".
16.-  Un momento de furor.
  Primer verso: "Padecer eternamente".
  Fechado: 1837.
17.-  Suspende el rápido vuelo.
  Primer verso: "Suspende el rápido vuelo".
  Fechado: 1837
  Semanario de las señoritas mexicanas. Tomo III. Pág. 377.   Firmado: I. Rodríguez Galván.
   Al final del poema, en la página 378, figura "La niña ciega.   Imitación del inglés", de Agustín A. Franco, dedicado "A mi amigo   don Ignacio Rodríguez Galván", y fechado: Febrero 28 de 1842.
18.-  El ciego.
  Primer verso: "La luna relumbrando"
  Fechado: Marzo 12 de 1838.
 
  El Recreo de las familias. Pág. 446. Firmado: I.R.
  El Espectador de México. Tomo IV. Pág. 54. Firmado: Ignacio   Rodríguez Galván.
19.-  El soldado ausente.
  Primer verso: "No así llores, hija hermosa".
  Fechado: Marzo 15 de 1838.
  El Recreo de las familias. Pág. 439. Firmado: I. Rodríguez.
20.-  La poesía, el amor y el licor.
  Primer verso: "Mientra en el mundo existimos".
  Fechado: Junio 10 de 1838.
  El Año nuevo de 1839. Pág. 101. Firmado: I. Rodríguez.
21.-  La inocencia.
  Dedicado: "A la niña Guadalupe González del Pino, de edad de   seis años".
  Primer verso: "Al principiar la noche silenciosa"
  Fechado: Junio 27 de 1838.
  El Año nuevo de 1839. Pág. 83. Firmado: I. Rodríguez.
22.-  Oda. Leída en 30 de agosto de 1838 en la distribución de premios   del Colegio de San Juan de Letrán.
23.-  Mis ilusiones.
  Dedicado: "A mi amigo Joaquín Navarro".
  Primer verso: "La noche está tenebrosa".
  Fechado: Setiembre 6 de 1838.
  El Año nuevo de 1839. Pág. 95. Firmado: I. Rodríguez.
  Joaquín Navarro, a quien está dedicado el poema, nació en la   ciudad de México en 1820 y estudió hasta graduarse de médico.   Perteneciente a la Academia de Letrán, colaboró con 
poemas en El   Año nuevo de 1838 y 1839. Diputado y senador, se destacó por sus   dotes oratorias. Murió en 1851.
  Guillermo Prieto también da una imagen de Joaquín Navarro en   Memorias de mis tiempos, Tomo I, págs. 168 y 169: "Entre los   primeros que presentaron composiciones aspirando a pertenecer a   la Academia, descolló Joaquín Navarro, colegial de Letrán que   concluía sus estudios y se disponía a abrazar la carrera de   médico.
  Era Joaquín Navarro un chiquitín cabezón, rubio, de piernas   cortas y desmesurado busto, facciones toscas, boca grande y piel   salpicada de barros.
   Sus movimientos inquietos, su andar precipitado, su palabra   atropellada y autoritativa, y la animación que daba su talento a   sus discursos y facciones, le hacían muy notable.
  Su lógica era poderosa, y la corrección con que hablaba, tan   notable, que mil veces los taquígrafos enviaron a la imprenta sus   discursos sin una sola enmendatura.
  Joaquín hacía versos por condescendencia o vanidad, sin cuidarse   del asunto ni del éxito; era un talento práctico, como ahora se   diría, muy capaz de honrar la escuela de Spencer o de Mill, sin   que tales genios le hubieran pasado por las mientes.
  Navarro era consumado ideólogo, y nos sorprendían sus estudios   filológicos por lo profundos y trascendetales.
  En las discusiones nos obligó al estudio de esas materias   desconocidas cuasi por los literatos; extendía sus excursiones a   la prosodía, de que se había ocupado Quintana Roo por primera vez   en su célebre polémica con el padre Ochoa, haciendo 
mención de   esa polémica D. Alberto Lista, con honra para Quintana; y en   psicología apenas tuvo competidores después, en Quintana, Cardoso   y Carpio.
  Navarro era liberal exaltado; después de su recepción de médico,   que fue brillantísima, sus estrechas relaciones con Cardoso y   Farías, lo llevaron a la Cámara y a la Oficialía mayor del   Ministerio de Hacienda, que desempeñó con rara aptitud y   probidad. Navarro es el verdadero autor de la ley de 30 de   noviembre, notable por sus ideas sobre crédito público.
  Fogosísimo Joaquín, parece que reñía al discutir; intrépido se   abalanzaba a sus adversarios como diestro batallador, y cuando se   serenaban las tempestades de su naturaleza sanguínea, era dulce,   amante, juguetón servicial y excelente amigo. La muerte prematura   de Navarro, víctima de una erisipela fulminante, hundió en la   consternación a sus amigos y numerosos partidarios".
24.-  A la muerte de mi amigo D. Antonio Larrañaga.
  Primer verso: "¿Por qué, el aire surcando".
  Fechado: Diciembre 17 de 1838.
  El Año nuevo de 1839. Pág 157. Firmado: I. Rodríguez.
  De Antonio Larrañaga no se tienen mayores datos aunque en el   Diccionario Porrúa se da como el año de su nacimiento 1818 y un   interrogante en el de su muerte; sin embargo, de acuerdo a la   fecha de este poema y a otras informaciones sueltas de la época,   puede fijarse en 1838 el año en que falleció.
  Guillermo Prieto, en Memorias de nis tiempos, Tomo I, págs.   127-128, hace este retrato de Larrañaga: "... era chiquitín,   cabezón, pálido, naríz de pico de águila. Tenía un 
barragancillo   verde y un sorbete desmesurado como para corregir y aumentar su   exigua humanidad.
  Leía sin descanso, y sabía mucho y fundamentalmente. Su familia,   de tradiciones muy aristocráticas y piadosas (Flores Alatorre),   bien habría querido verlo un Santo Padre de la Iglesia; pero   aquel carácter era muy independiente y muy resuelto; entró al   Colegio de Jesús, se apasionó de Olaguibel, de Couto, de Mora y   de Farías, devoró a los enciclopedistas, a Voltaire, a Rousseau y   compañía, remató para él y su espíritu la revolución francesa que   sabía de memoria, se identificó con sus hombres y se impuso a los   liberales más avanzados en ideas, cuando apenas tendría quince   años.
  La caída de Farías lo tenía como loco; asistía a las discusiones   de la Cámara, y desde la galería desmentía a los diputados   serviles, lanzándole del recinto los policías.
  Muchas veces, de resultas de una de esas discusiones, caía en   cama y en ella pedía, en medio de sus dolores, papel y tinta para   contestar al diputado que le había producido el derrame de bilis.
  Formaban constraste en aquella naturaleza raquítica, sus   gigantescos planes políticos y sus proyectos de transformación   social, como él decía.
  Larrañaga murió muy joven, murió despedazado por su cerebro,   murió como caen esos muros que se levantan sobre las raíces de   árboles gigantescos que los cuartean, y derriban el obstáculo a   su desarrollo y engrandecimiento".
  Larrañaga se unió muy pronto a la Academia de Letrán, 
fundada por   cuatro muy próximos amigos suyos -los dos hermanos Lacunza,   Tossiat Ferrer y Prieto- y ya en El año nuevo de 1837, la primera   publicación de la Academia, aparece una colaboración suya -la   poesía "Una mirada"-. Participó con poemas y traducciones en las   aventuras editoriales de sus coetáneos literarios.
25.-  Mi ensueño.
  Primer verso: "Rendido al sueño y al fatal delirio".
  Fechado: Diciembre 19 de 1838.
  El Año nuevo de 1839. Pág. 104. Firmado: I. Rodríguez. Fechado:   Diciembre 19 de 1839 (Esta fecha, evidentemente, es un error de   imprenta pues, como su nombre lo indica, El año nuevo de 1839 se   publicaba en los primeros días del año que se iniciaba, y si bien   sorprende la publicación de un poema fechado el 19 de diciembre   de 1838, a tan pocos días de la publicación, más inverosímil   sería un adelanto de un año a la fecha de edición).
26.-  El sordo en el concierto. Fábula.
  Primer verso: "Una señorita dió".
  Fechado: Diciembre 19 de 1838.
  El Año nuevo de 1839. Pág. 32. Firmado: I. Rodríguez.
27.-  Una flor.
  Primer verso: "Dulce flor temprana y bella".
  Fechado: Febrero 15 de 1839.
  El Año nuevo de 1840. Pág. 129. Firmado: I. Rodríguez.
28.-  La sanguijuela y el cerdo. Fábula.
  Primer verso: "Dicen que en Madrid vivía".
  Fechado: Marzo 9 de 1839.
 
  El Año nuevo de 1840. Pág. 179. Firmado: I. Rodríguez.
29.-  El ángel caido.
  Dedicada: "A mi amigo Eulalio Maria Ortega".
   Primer verso: "Del negro abismo en la región oscura".
  Fechado: Abril de 1839.
  El Año nuevo de 1840. Pág. 119. Firmado: I. Rodríguez.
  A Eulalio María Ortega, a quien en noviembre de 1840 dedicaría el   poema "Por vez primera", le correspondería escribir la biografía   póstuma sobre Rodríguez Galván para el Diccionario universal de   Historia y geografía. Era hijo de Francisco Ortega, poeta   religioso y patriótico, a quien es fácil agrupar junto a Sánchez   de Tagle y Quintana Roo. En su casa se celebraba una tertulia a   la que concurría, muy joven, Rodríguez Galván y donde, es   probable, trabó amistad con Eulalio María. De éste no queda   registro literario y se le recuerda, en el Porrúa por ejemplo,   como uno de los abogados defensores del archiduque Fernando   Maximiliano de Austria ente el Consejo de Guerra que lo condenó a   muerte.
30.- Profecía de Guatimoc.
  Primer verso: "Tras negros nubarrones asomaba".
   Fechado: Setiembre 16-27 de 1839.
  El Año nuevo de 1840. Pág. 60. Firmado: I. Rodríguez.
  Desde que Marcelino Menéndez y Pelayo calificó a este poema como   la obra maestra de la poesía romántica mexicana, se ha   considerado obligatoria su inclusión en toda antología del siglo   XIX y de este poeta. Realmente es una de sus mejores piezas y una   de las más ambiciosas de su producción.
 
31.-  El anciano y el mancebo.
  Primer verso: "Era una mañana hermosa".
  Fechado: Diciembre 29 de 1839.
  Lleva al final nota justificativa para evitar que se crea que   compara el Quijote con la Biblia.
  El Año nuevo de 1840. Pág 234. Firmado: I. Rodríguez
32.-  .... (¡Guerra a los Galos guerra!)
  Primer verso: "¡Guerra a los galos guerra!"
  Fechado: Méjico 1839.
33.-  A la niña Rosa Galván Rodríguez, nacida en 5 de setiembre de   1833, muerta en 20 de enero de 1840.
  Primer verso: "Ya cubre tu rostro fatídico velo".
  Fechado: Marzo 23 de 1840.
  Calendario de las señoritas megicanas para el año de 1843. Pág.   97. Firmado: I.R. Galván.
34.- Por vez primera.
  Dedicada: "A mi amigo Eulalio María Ortega.
  Primer verso: "Por vez primera me abandono ciego"
  Fechado: Noviembre 1 de 1840.
35.-  A D. Miguel Mata y Reyes.
  Primer verso: "Copiar quisiste mi rostro"
  Fechado: Diciembre 7 de 1840
  Nota sobre Klopstock, poeta autor de El Mesías; elogio a Pesado
  Repertorio de literatura y variedades. Tomo I. Pág. 205. Firmado:   Ignacio Rodríguez Galván.
  Miguel Mata y Reyes nació en San Mateo, Naolinco, Veracruz, 
en   1814. Estudió dibujo y pintura en con José Aniceto Soler y   Joaquín Rebolledo, y los amplió en la capital con José Antonio   Castro. Maestro en la Academia de San Carlos. Se le conceptúa   como buen retratista. Fue electo varias veces regidor del   Ayuntamiento de la ciudad de México. Falleció en 1876.
  Variante importante: Los cuatro últimos versos del poema son   diferentes entre el publicado en El Repertorio y la edición de   1851. Si bien el contenido de los que figuran en el libro pueden   ser importantes temáticamente por plantear una poética, los de El   Repertorio -"y lleguen a ver mis ojos / pintada por tí la saña /   del tigre de Nueva España, / de Muñoz visitador".- adquieren un   valor por la fijación de intereses comunes entre Mata y Reyes y   Rodríguez Galván sobre el visitador Muñoz y, más resaltante aún,   por la nota que aparece a pie de página, derivada de esas líneas:   "Cuando estos versos se escribieron, pensaba el señor Mata   emprender un cuadro con este asunto. ¡Ojalá lleve a cabo ese u   otro! con tal que sea de nuestra historia; que si la poesía y la   pintura la tomasen a su cargo, trataríamos quizá de estudiarla, o   leerla por lo menos, y no nos sería tan desconocida como ahora".
36.-  Bailad! Bailad! Con motivo de un baile dado en el teatro al E.   Sr. Presidente, la noche del 25 de marzo de 1841.
  Primer verso: "Bailad mientras que llora".
  Al calce: "Jeconías".
  El mosaico mexicano. Tomo V. Pág. 326. Firmado: "Jeconías.   (Copiado del Cosmopolita)". No figura el subtítulo que aparece en   la edición de las Obras de 1851.
 
  El Cosmopolita era un periódico que se publicaba en la capital   según nota de México a través de los siglos, capítulo referente a   los años 1839-1840. Resulta bastante evidente por el contenido   político del poema, las razones para que Rodríguez Galván usara   este seudónimo que, supongo, no volvió a emplear.
  De los muy escasos comentarios de este siglo al poema, resulta   muy simpática la nota de José Emilio Pacheco concerniente al uso   de los nombres Tolemaida, China y Argel: "En una época anterior   al cable telegráfico, Rodríguez Galván tenía una sorprendente   información política internacional y una conciencia de los   avances imperiales...". Poesía mexicana I. 1821-1914. Promexa,   segunda edición, 1992. México. Ver pág. 69.
37.-  Poesía
  Primer verso: "Musa de la verdad, mi labio inspira".
  Nota: "Esta composición debió leerse en la solemne distribución   de premios del colegio de San Juan de Letrán el 29 de agosto de   1841, lo que no pudo tener lugar por circunstancias particulares   del autor".
  El Siglo XIX. 11 de noviembre de 1841.
  La edición de Poesía y teatro, preparada por Antonio Castro Leal   para la Coleccion de escritores mexicanos, número 88, de la   Editorial Porrúa, incluye este poema en la página 45 usando como   título parte del primer verso: "Musa de la verdad", sin dar   alguna explicación para justificar el uso de tal título.
38.-  Amor. A una niña de seis años de edad.
  Primer verso: "Eco feliz de música del cielo".
 
  Fechado: Setiembre 16 de 1841.
  Calendario de las señoritas megicanas para el año de 1843. Pág.   97. Firmado: I. R. Galván.
  Observación: El poema en el Calendario... no lleva la numeración   por sextetos de la edición de 1851.
39.-  El perro egoista. Fábula.
  Primer verso: "Un sereno puesto el sol".
  Fechado: 1841.
  Calendario de las señoritas megicanas para el año de 1843. Pág.   165. Firmado: I.R. Galván.
40.-  La gloria y el amor
  Fechado: Febrero 19 de 1842.
41.-  La visión de Moctezuma. Leyenda
  Carta dedicatoria a los señores Antonio y Luis Martínez de   Castro, fechada en C(asa). de UU(stedes)., Marzo 3 de 1842.
  Primer verso: "El sol declina a Occidente".
  El liceo mexicano. Tomo II. Pág. 344. Firmado, en la carta,   Ignacio Rodríguez Galván.
42.-  La cazadora.
  Fechado: Marzo 5 de 1842.
43.- La pescadora.
  Fechado: Marzo 7 de 1842.
44.- No lleva título.
 ... Primer verso: "Grecia asentada en su corcel soberbio".
  Sin fecha
  El título de este poema es "El teatro" y está dedicado "Al señor   don Francisco Arbeu".
 
  Cincuenta años después de la muerte de Rodríguez Galván, y   tomando como pretexto que en la edicion de sus poesías en 1883 se   pusiera, en el índice, como título a este texto "Poesía a la   Grecia", en El Nacional del 28 de febrero de 1892 se aclaró que   este poema había sido escrito con motivo de la colocación de la   primera piedra de la construcción del Teatro Arbeu, y que ya   había sido publicado en el número 1431 del Diario de Gobierno,   del 18 de febrero de 1842, y que llevaba dos notas. La primera   decía: "Saludos con los recomendables esfuerzos y la infatigable   actividad de este señor para la erección de un teatro digno de   esta capital, cuya primera piedra va a ponerse esta tarde"; la   segunda era una llamada al trigésimo segundo verso: "Alude a los   dramas de poca o ninguna moralidad que suelen representarse en   nuestro teatro". Se indica, asimismo, que el texto lleva la fecha   4 de enero de 1842. Es también relevante las variantes del   primer verso: "Grecia sentada en su veloz caballo", y aún más por   carecer de título y servir el primer verso para dárselo. Esta   información se halla también expuesta en el primer tomo de la   Reseña histórica del Teatro en México 1538-1911 de Enrique   Olavarría y Ferrarí.
45.- La gota de rocio.
  Dedicado: "A mi amigo M. Esteve y Ulíbarri.
   Fechado: Abril 10 de 1842.
  El Siglo XIX. 18 de abril de 1842.
46.- Jalapa.
  Dedicada: "Al Sr. D. José M. Mata".
  Primer verso: "Jalapa, tú que respiras".
 
  Fechado: Mayo 23 de 1842.
  El mosaico mexicano. Tomo VII. Pág. 566. Firmado: Ignacio R.   Galván
  El Siglo XIX. 13 de julio de 1842. Al calce: "El Mosaico".
  El las dos publicaciones en periódicos, la dedicatoria indica el   nombre sólo con inicial: "Al Sr. D.J.M. Mata".
  José María Mata, a quien está dedicado el poema, nació en 1819 en   Jalapa, Ver. e hizo sus estudios en el Colegio San Juan de Letrán    y en Escuela de medicina de la capital, donde se tituló de   cirujano en 1847. Participó en los conflictos de su época como   médico, militar responsable de cargos por elección popular o por   nombramientos directos del gobierno. Embajador en dos ocasiones   en los Estados Unidos, viajó también por Europa. En sus fincas,   procuró introducir nuevos cultivos y fundó en ellas escuelas.   Practicó el dibujo y la pintura al óleo llegando a ser buen   retratista. Murió en Veracruz en 1895.
47.-  Letrilla veracruzana.
  Fechada: Veracruz, Mayo 30 de 1842.
48.- Adios oh patria mia.
  Dedicada: "A mis amigos de Méjico.
  Fechada: "A bordo del paquete-vapor Teviot, navegando de la   Baliza de Orleans a la Habana.- Domingo 12 de Junio de 1842.
49.- .... (Amigo, ¿quieres que en la patria mia)
  Fechado: Habana, Junio 14 de 1842.
50.- La gota de hiel
  Fechado: Habana, sábado 18 de junio de 1842.
51.-  El poeta en el mundo.
 
  Dedicado: A Antonio Bachiller y Morales.
  Primer verso: "Cuando el Profeta al escogido pueblo"
   Fechado: Habana: 1842.
  El museo mexicano. Tomo IV. Pág. 192. En esta revista figura la   siguiente nota introductoria: "Registrando nuestros papeles, nos   encontramos esta poesía original de nuestro desgraciado amigo el   distinguido poeta D. Ignacio Rodríguez Galván; y aunque se nos ha   asegurado que fue publicada en el Faro de la Habana, tenemos la   complacencia de reproducir en el Museo, una de las últimas   vibraciones de la lira de Rodríguez". La dedicatoria difiere de   la que figura en las Obras de 1851 pues esta dedicada "A mi amigo   don Fernando Calderón".
  Antonio Bachiller y Morales es un escritor cubano que se hizo muy   amigo de Rodríguez Galván mientras éste estuvo en La Habana y,   según testimonios, lo cuido en los días de su enfermedad y   muerte.
52.-  .... (¡Oh tormento feroz! - Alárcos, llora)
  Fechado: Habana, junio: 1842.
53.-  .... (Alárcos infeliz, vano es tu ruego)
  Fechado: Habana, junio, 1842.
    Este poema se conoce tambien como "Al señor don José Jacinto
   Milanés" y fue dedicado a este poeta cubano, tal como se suele   asentar debajo del título, "Después de la lectura de El conde de   Alárcos". En la edición de las Obras completas de José Jacinto   Milanés se afirma que el texto proviene "Del autógrafo del   autor", y está fechado "Habana, Julio 4, 1842".
  Es muy probable que este fuera el último poema que 
escribiera   Rodríguez Galván y que el poema anterior (52.-  .... (¡Oh   tormento feroz! - Alárcos, llora) fuera un borrador previo al que   obsequió a Milanés. Este, el 22 del mismo mes, tres días antes de   la muerte del poeta mexicano, contestó con una epístola que   reproduzco por su relación con estos dos últimos poemas de   Rodríguez Galván:

  EPISTOLA A IGNACIO RODRIGUEZ GALVAN

  Vate del Anahuac, pues con tu lloro
  quisiste honrar mi desmayado drama,
  esa es la hoja mejor del lauro de oro
  que codicioso demandó a la fama.

  El bello corazón de la cubana
  pintó no más, si reparar quisistes,
  en aquella hermosura sevillana,
  hija infeliz de mis ensueños tristes.

  Tiernas son nuestras bellas, y este clima
  les da un hablar simpático y suave,
  que fácil entra en la española rima
  y al corazón introducirse sabe.

  Donde deja marcada su sandalia
  la vil esclavitud, mandan las bellas
  con ternura mayor. Así es la Italia
 
  con su cielo riquísimo de estrellas.

  La causa debe ser. -y así redimen
  la vejación con que las tristes andan-
  que donde más las hermosuras gimen
  es donde más las hermosuras mandan.

  Oh! yo las amo. Y si la lira mía
  su posición amargara suavizará
  amor, y sólo amor resonaría
  mientras el corazón me palpitara.

  Mas ¿qué es la voz de un vate, eco perdido
  de un ave triste en tempestad horrenda?
  Pula el que manda al pueblo embrutecido
  y plantará la ilustración su tienda.

  Pero no buscaré, como tu dices,
  playa mejor en donde el libro goza.
  y entre sus hijas nobles y felices
  la santa imndependencia se alboroza.

  Que aunque supe adorar por dicha mía,
  la libertad augusta, pequeñuelo,
  y siempre detesté la tiranía
  como amo al sol, como bendigo al cielo:

 
  aunque abomino al mandarín malvado
  que a remachar mis grillos coadyuva,
  nunca comiendo el pan del emigrado
  pensé cumplir con mi adorada Cuba.

  Hijo de Cuba soy: a ella me liga
  un destino potente, incontrastable:
  con ella voy: forzoso es que la siga
  por una senda horrible o agradable.

  Con ella voy sin rémora ni traba,
  ya muerda el yugo o la venganza vibre.
  Con ella iré mientras la llore esclava,
  con ella iré cuando la cante libre.

  Buscando el puerto en noche procelosa,
  puedo morir en la difícil vía;
  mas siempre voy contigo ¡oh Cuba hermosa!
  y apoyado al timón espero el día.

                                         Julio 22 de 1842.

  José Jacinto Milanés, siguiendo a Raimundo Lazo, "es un poeta   típico del primer romanticismo cubano, con sus notas más   frecuentes y características, elevadas por Milanés a su mayor   agudeza: melancólica suavidad y melodia musical con excesos de   languidez y abandono que debilitan la creación, y 
además cierta   rara mezcla de idealización y de realista cubanía de expresión y   de ambiente". Contemporáneo de Rodríguez Galvan -había nacido dos   años antes, en 1814; murió en 1863-, su biografía nos da también   rasgos sociales y autodidácticos próximos al poeta mexicano:   familia humilde, carencia de medios económicos para seguir   estudios superiores, lectura intensa de autores españoles, en   especial los clásicos, y a autores franceses e italianos en su   propia lengua. Milanes debutó en El aguinaldo Habanero en 1837 y   dejó de escribir en 1843, cuando enfermó mentalmente. "El conde   Alárcos, es un drama trágico que escenifica la leyenda del   Romancero castellano de dicho personaje, obligado por el Rey al   bárbaro asesinato de su esposa para poder reparar   matrimonialmente el honor de la infanta Solisa, antes ultrajada   por el conde". Lazo informa que la buena fortuna del estreno de   la obra, hirió la hipersensibilidad de su autor, que enfermó a   consecuencia del éxito.

54.- ¡Gran Dios, qué divina!
  Primer verso: "Gran Dios, ¡qué divina".
  El mosaico mexicano. Tomo II. Pág. 300. Firmado: Ignacio   Rodríguez.
  Ver Tola de Habich, Fernando: Museo literario. Premià editora.   1984. Pág. 43. Antes en Avila, Pablo: "Textos y documentos. Dos   poesías de Ignacio Rodríguez Galván". Revista Hispánica moderna.   Año XIII. Nro. 1 y 2. Enero-abril. Págs. 85 a 87.

 
IMITACIONES

1.-  El pájaro
  Primer verso: "Yo, que siento inquietud en mi pecho".
  Fechado: Abril 15 de 1835.
  El Año nuevo de 1837. Pág. 54. Firmado: I.R.G.
  Ni en esta publicación, ni en las Poesías de 1851, se señala a   quién se imita ni se hace alguna indicación al respecto.
2.-  Un rayo de la luna. Imitación de Lamartine.
  Primer verso: "En esta roca desierta".
  Fechado: Enero 30 de 1838.
  El Recreo de las familias. Pág. 285. Firmado: I. Rodríguez.
3.-  La guerra civil. Imitación de Alejandro Manzoni.
  Fechado: Agosto 19 de 1839.
  Nota a pie de página indica que es de El Conde de Carmañola,   trajedia (sic), acto II, coro.
  El Año nuevo de 1840. Pág. 182. Firmado: I. Rodríguez.
4.-  Cantico al Señor. Imitación del salmo 135.
  Fechado: Setiembre de 1841.
  Calendario de las señoritas mexicanas para el año de 1843. Pág.   225. Firmado: I.R. Galván.
5.-  Nulidad de la vida. Imitación del salmo 89.
  Dedicada: "A Da. Josefa e Higinia Galván.
  Fechado: Febrero 25 de 1842.

TRADUCCIONES

 
1.-  Inés de Castro. Acto IV -Escena III.
  El Diorama. Pág. 31. Firmado R.Z.
2.-  La sombra de Dirce. Fragmento traducido de Vicente Monti.   Fechado: 1839.
  El Año nuevo de 1840. Pág. 131. Firmado: I. Rodríguez
3.-  La confesión de Luis XI. Fragmento traducido libremente de   Casimiro de la Vinge.
  El Año nuevo de 1840. Pág. 245. Firmado: I. Rodríguez.
  El apellido correcto es Delavigne, tal como aparece en El año   nuevo.
4.-  El angel y el niño. Elegia a una madre. Traducida de Juan Reboul.   Dedicada: "A mi estimable prima Da. Fernando Andrade.
  Fechada: Mayo 30 de 1841.
  Calendario de las señoritas mexicanas para el año de 1843. Pág.   199. Firmado: I.R. Galván.
5.-  La pasión. Himno sagrado. Traducido de Alejandro Manzoni.   Dedicado: "A mi amigo D. Agustín A. Franco.
  Fechado: Enero de 1842.
  Calendario de las señoritas mexicanas para el año de 1843. Pág.   131. Firmado: I.R. Galván.
6.-  Espejo de los poetas. Epigrama. Traducido de Balochi.
  Calendario de las señoritas mexicanas para el año de 1843. Pág.   137. Firmado: I.R. Galván.

FRAGMENTOS

1.-  Nuño Almazán. Cuento mejicano del siglo XVII.
 
  Fechado: Mayo 12 de 1837.
2.-  El teatro moderno. Fragmento de El angel de la guarda. Comedia   inédita.
  Fechado: 1839.
  Calendario de las señoritas mexicanas para el año de 1843. Pág.   289. Sin firma.
2A.- La señorita. Fragmento de El angel de la guarda. Comedia inédita.   Fechado: 1839.
  Calendario de las señoritas mexicanas para el año de 1843. Pág.   51. Firmado: Ignacio Rodríguez Galván.
3.-  .... (Cercada de tinieblas).
4.-  .... (-Paje, tu penar no cesa)
5.-  .... (Yo he cargado de amor el duro yugo)


-Poesías de... Tomo II. Composiciones dramáticas originales. Impresas por Manuel N. de la Vega. Méjico 1851. 336 págs. + índice.

1.-  La capilla. Escenas dramáticas
  Fechado: Agosto 6 de 1837.
  El Año nuevo de 1838. Pág. 51. Firmado: I. Rodríguez.
2.-  Muñoz, Visitador de Méjico. Drama.
  Dedicada: "Al muy claro varón mejicano e sublimado componedor de   comedias dotor D. Juan de Alarcón e Mendoza. Sigue cita de El   Tesoro del rey don Alonso y otra cita de Cibdareal: Centón   epistolario. A continuación poema fechado el 26 de enero de 1838.   Se estreno el 27 de setiembre de 1837 en el Teatro 
Principal.
  Edición en libro: 1838, con prefacio del autor.
3.-  El privado del virrey. Drama.
  Carta dedicatoria al Sr. General D. José María Tornel, fechada   Noviembre 25 de 1841, y carta respuesta de Tornel de Enero 10 de   1842.
  Se estreno el 24 de abril de 1842 en el Teatro Principal.
  Edición en libro: 1842.

OTRAS EDICIONES

- Obras de... Tomo I. Composiciones liricas originales. 495 págs. Tomo II. Composiciones dramáticas originales. 445 págs. Imprenta de J.R. Barbadillo
y Ca. México, 1876.
 El profesor E.R. Moore hace el siguiente comentario en su Bibliografia  de I.R.G.: "La biografia firmada por "José" puede ser obra de José  María Tornel, íntimo amigo y protector del poeta, al parecer publicada  antes en el Museo mexicano". Le diremos: La biografía firmada "José"  que aparece al final del tomo II de esta edición, págs. 429 a 445,  está escrita por Victoriano Agüeros, y es la que aparece en las págs.  198 a 201 de El Tiempo. Edición literaria. México 1883. El texto no  guarda ninguna semejanza con el firmado por "J" , págs. 265 a 269, de  El Museo mexicano, México, 1843. El profesor Moore comete este error   garrafal en su bibliografía comentada sobre Rodríguez Galván donde,  además, se toma la libertad de hacerle atribuciones literarias.
 

- Poesías. Tomo I. Prólogo de Rafael B. de la Colina. XIX + 292 págs. Tomo II. 345 págs. A. Donnamette, París; Librerías La Ilustración, Veracruz, Puebla, 1883.

EDICIONES PARCIALES

- Muñoz, visitador de México. Prólogo de Julio Jiménez Rueda. Ediciones de la Universidad Nacional Autónoma. Biblioteca del estudiante universitario 67. México, 1947. XXII + 190 págs.

- Poesía y teatro. Selección, prólogo y notas de Antonio Castro Leal. Editorial Porrúa. Colección de escritores mexicanos 88. México, 1972. XV + 326 págs.
 Incluye 15 poemas, el fragmento de otro y una imitación; dos obras de  teatro: Muñoz, visitador de México y El privado del virrey. A  continuación del prólogo, figura una noticia biográfica y una  bibibliografía directa.

Manolito el pisaverde y otros cuentos. Presentación de ITF. SEP, INBA, Premià editora. La matraca, segunda serie, 4. México, 1984. 92 págs.
 Incluye cuatro cuentos: La hija del oidor, Manolito el pisaverde, La
 procesión y, como apéndice, El visitador.


 
EN REVISTAS

Teatro
Tras un mal nos vienen ciento.
  El Año nuevo de 1840. Pág. 133. Firmado: I. Rodríguez.
   Es teatro y no "cuento dialogado" como afirma Moore.

Cuento
La hija del oidor. (Méjico, 1809; siendo virrey el arzobispo Lizama).   Fechado: Noviembre 27 de 1836.
  El Año nuevo de 1837. Pág. 73. Firmado: I.R.G.
Manolito el pisaverde. (Méjico, 1832).
  Fechado: Noviembre 9 de 1837.
  El Año nuevo de 1838. Pág. 163. Firmado: I. Rodríguez
La procesión. (Méjico, 1836)
   Fechado: Diciembre de 1838.
   El Año nuevo de 1839. Pág. 105. Firmado: I. Rodríguez
El visitador. (Año de 1567).
  Calendario de las señoritas mexicanas para el año de 1838. Pág.   265.
  Sin firma y sin fecha.
  El profesor Morre atribuye esta obra a Ignacio Rodríguez Galván   citando El museo yucateco, Tomo I, Pág. 348, Mérida 1841, donde   se reproduce firmada por I. Rodríguez. Es un buen argumento.

Artículos
 
"Un coplero mejicano del siglo XIX".
  Fechado: Octubre 19 de 1837.
   El Año nuevo de 1838. Pág. 147. Firmado: R.
"El tocado".
  Repertorio de literatura y variedades. Tomo I. Pág. 121. Firmado:   I. Rodríguez
"Leyendas españolas de José Joaquín de Mora
  Repertorio de literatura y variedades. Tomo I. Pág. 209. Firmado:   Ignacio Rodríguez Galván.
"Calderón".
  El Recreo de las familias. Pág. 5. Firmado: R.
"El zapatero literario"
  El Recreo de las familias. Pág. 285. Firmado: I.R.
"Don Angel de Saavedra".
  El Recreo de las familias. Pág. 361. Firmado: I.R.
"Bretón de los Herreros".
  El Recreo de las familias. Pág. 441. Firmado: I. Rodríguez.
"Doña Concepción Rodríguez"
  El Recreo de las familias. Pág. 457. Firmado: I.R.
"Teatro"
     Museo popular. Pág. 67. Firmado: I. Rodríguez.
"Poesías de don Manuel Bretón de los Herreros"
  El Diorama. Pág. 103. Firmado: R.Z.

Traducciones
"Los mundos imaginarios" por Aime Martin.
  Calendario de las señoritas mexicanas para el año de 1843. 
Pág.   256. Traducido por I.R. Galván.
"Comediantes chinos"
  El Recreo de las familias. Pág. 194. T. por I. Rodríguez.
"Genoveva de Brabante". Tragedia de Tieck (poeta alemán). (Extracto hecho   por X. Marmier).
        El Recreo de las familias. Pág. 426. T. por I. Rodríguez.
"El incendio
  El Recreo de las familias. Pág. 53. T. de R.
"Temblores de tierra"
  El Recreo de las familias. Pág. 315. T. de I.R.
"Venecia"
  El Recreo de las familias. Pág. 569. T. de I.R.

DUDOSAMENTE ATRIBUIBLES

"Don Juan de Escobar"
  Calendario de las señoritas mejicanas para el año de 1838. Págs   67 a 100. Sin firmar.
"La cruz rústica"
  Calendario de las señoritas mejicanas para el año de 1839. Págs   85 a 124. Sin firmar.
"Ricardo y Laura". Novela mejicana.
  Calendario de las señoritas mexicanas para el año de 1843.   Firmado: G.
"La muger"
  El Recreo de las familias. Pág. 125. Sin firmar.
  Se me disculpará la impertinencia. A pesar de la gran 
eadmiración   que se tiene en el país por los mexicanistas norteamericanos, en   realidad sus trabajos tienen una seriedad muy relativa y, en   general, escasa. Moore anota en su bibliografía sobre este poema:   "Sin firma, pero creo que es de Galván". ¿Por qué lo cree? Es un   profundo misterio. En el índice, pág. 477 de El Recreo de las   familias dice textualmente; "poesía de A. Larrañaga". Desde el   momento en que compruebo esta creencia, ya no acepto ninguna otra   sobre Rodríguez Galván aventurada por el profesor Mooree.
"La satisfacción"
  El Recreo de las familias. Pág. 297. Sin firmar.
"A una joven"
  El Recreo de las familias. Pág. 334. Sin firmar.
"Antiguedades"
  El Mosaico mexicano. Tomo II. Págs. 180 a 184. Firmado: I.R.G.
  Sobre la firma I.R.G., en este y los dos artículos que siguen, me   inclino por atribuírselos a Ignacio Rafael Gondra pues Ignacio   Rodríguez Galván firmaba, por lo general, Rodríguez, sin el   Galván, y así también lo llaman sus amigos al referirse a él,   como puede comprobarse en las notas que escriben después de su   muerte. Sólo al año siguiente, al publicarse el Calendario de las   señoritas meginas para el año de 1843, el tio del poeta, el   impresor y librero Galván, mantiene como constacia el Rodríguez   Galván o las iniciales con la G. Desde mi punto de vista es,   pues, dudosamente atribuible éste y los dos artículos siguentes.
 
"Artes y oficios"
  El Mosaico mexicano. Tomo II. Págs. 394 a 398. Firmado: I.R.G.
"Razas americanas"
  El Mosaico mexicano. Tomo II. Pág. 200. Firmado: I.R.G.

OBRAS MENCIONADAS

El Precito, drama que sólo algunos de sus amigos vieron (Payno)

El angel de la guarda. Se conocen los dos fragmentos publicados en el   Calendario de las señoritas mejicanas para el año de 1843 pero,   al parecer, estaba terminada y nunca quiso darla a imprimir o   estrenarla (Payno).


REFERENCIAS SOBRE RODR+GUEZ GALV+N

Agüeros, Victoriano: "Rodríguez Galván". El Tiempo. Edición Literaria.
Tomo I. México, l883. Págs. l98 a 20l.

Agüeros, Victoriano: editor: Novelas cortas de varios autores. Tomo I. Imp. de V. Agüeros, editor. Biblioteca de autores mexicanos 33. México, 1901. Págs. 89 a 262. (Primera recopilación de los cuentos de Ignacio Rodríguez Galván).

Aguilar, Luis Miguel: La democracia de los muertos. Ensayo sobre Poesía mexicana l800-l92l. Cal y Arena. México. l988. Ver capítulo 
II. El tren de ida y vuelta: La poesía romántica mexicana, l835-l890 y págs. 28l a 283.

Alcaraz, Ramón I.: "En la muerte del poeta don Ignacio Rodríguez Galván" en Poesías. Tomo I. Imprenta de Ignacio Cumplido. México, 1860. Págs. 7 a 11.

Altamirano, Ignacio Manuel: "Ignacio Rodríguez Galván (Apuntes biográficos) en El Parnaso mexicano. Librería La Ilustración. México, 1 de agosto de 1885. Págs. 5 a 9.

Altamirano, Ignacio Manuel: Revistas, Ensayos, Biografías y Prólogos. Tomo II. Edición y prólogo de José Luis Martínez. Editorial Porrúa, Colección de escritores mexicanos 53. México, l949. Págs. l79 a l84.

Anónimo: "Apuntes necrológicos y biográficos sobre Don Ignacio Rodríguez Galván, que consagran a su memoria sus amigos". El Siglo XIX. l8 de Agosto de l842.

Arroniz, Marcos: Manual de biografía mexicana o Galería de hombres célebres de México. Librería de Rosa y Bouret. Enciclopedia popular mexicana. París, l859. Págs. 277 a 280.

+vila, Pablo: "Textos y documentos. Dos poesías de Ignacio Rodríguez Galván". Revista Hispánica moderna. Año XIII. Nro. l y 2. Enero-Abril. Págs. 85 y 87.

 
+vila, Pablo: "Ignacio Rodríguez Galván y el Año Nuevo". Sexto Congreso del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana. Agosto-Septiembre de l953. Homenajes a Hidalgo, Díaz Mirón y Martí. Universidad Nacional Autónoma de México. México, l954. Págs. 255 a 264.

Baz, Gustavo: "Rodríguez Galván. (Ensayo crítico)". El Domingo. Tomo III. México, 1873. Págs. l8 y l9.

Blanco, José Joaquín: Crónica de la poesía mexicana. Universidad Autónoma de Sinaloa. Segunda edición. México, l979. Págs. 25 a 3l.

Castro Leal, Antonio: Prólogo, noticia biográfica y bibliografía en: Rodríguez Galván, Ignacio: Poesía y teatro. Editorial Porrúa. Colección de escritores mexicanos 88. México, l972.

Colima, Rafael B. de la: "Algunos rasgos biográficos de Ignacio Rodríguez Galván. Ligero examen de sus obras" en: Rodríguez Galván, Ignacio: Poesías. Tomo I. A. Donnamette, París: Librerías La Ilustración, Veracruz, Puebla, l883. Págs. III a XIX.

Cometta Manzoni, Aída: El indio en la poesía de América española. Joaquín Torres, editor. Buenos Aires, l939. Págs. l70 a l72.

Fernández Ledesma, Enrique : Viajes al siglo XIX. Señales y simpatías en la vida de México. México, l933. Ver "El señorío de la actriz. Soledad Cordero". Págs. 6l a 69.
 

"Galan, El": "Teatro principal. Martes 29 de junio. Muñoz, Visitador de México" en El apuntador. Semanario de Teatros, costumbres, literatura y variedades. Imprenta de Vicente García Torres. México, 1841. Págs. 72 y 73.

García Rivas, Heriberto: Historia de la literatura mexicana. Tomo II. México independiente. Siglo XIX. Textos universitarios S.A. México, 1972. Pág. 28.

González Peña, Carlos: Historia de la literatura mexicana desde los orígenes hasta nuestros días. Con un apéndice elaborado por el Centro de estudios literarios de la UNAM. Editorial Porrúa. Sepan Cuantos 44. (Primera edición: l928). Decimocuarta edición, l98l. Ver cuarta parte, en especial capítulos I, II y III. (Págs. l37 a l70).

González, Manuel P.: "Una influencia ignorada en Ignacio Rodríguez Galván" en: Ensayos críticos. Universidad Central de Venezuela. Colección Temas. Caracas, l963. Págs. 73 a 92.

"Hermógenes": "Notas biográficas de Ignacio Rodríguez Galván". El Tiempo literario ilustrado. México, 1901. Tomo I. Nro. 42. Págs. 496 a 497.

Horta, Aurelio: Mexicanos ilustres. Bosquejos biográficos para el uso de establecimientos de Instrucción pública. Imprenta del Hijo del trabajo. México, l883. Págs. 73 a 76.
 

Howland Bustamante, Sergio: Historia de la literatura mexicana. Con algunas notas sobre Literatura de Hispanoamérica. Editorial Trillas. México, 1977. Págs. 175 a 176.

"J": "Recuerdos biográficos. Don Ignacio Rodríguez Galván" El Museo mexicano Tomo II. México, l843. Págs. 265 a 269. Recogido en Rodríguez Galván, Ignacio: Manolito el pisaverde y otros cuentos. Instituto Nacional de Bellas Artes, SEP, Premiá Editora. La matraca, Segunda serie 4. México, l984. Págs. 9 a l8.

Jiménes Rueda, Julio: "Prólogo" en: Rodríguez Galván, Ignacio: Muñoz, visitador de México. Ediciones de la Universidad Nacional Autónoma. Biblioteca del estudiante universitario 67. México, l947.

Maples Arce, Manuel: El paisaje en la literatura mexicana. Librería de Porrúa Hnos. y Cia. México, 1944. Pág. 13.

Menéndez y Pelayo, Marcelino: Antología de poetas hispano-americanos publicada por la Real Academia española. Tomo I. México y América Central. Est. Tipográfico "Sucesores de Rivadeneyra". Madrid, 1893. Págs. CXIV a CXVIII.

Millán, María del Carmen: Literatura mexicana (con notas de literatura hispanoamericana y antología). Editorial Esfinge. México, tercera edición, 1966. Págs. 139 a 140.

 
Moore, Ernest Richard: "Bibliografía de Ignacio Rodríguez Galván (l8l6-l842). Guía de su producción literaria y su biografía". Revista Iberoamericana. Volumen VIII, número l5, l5 de Mayo de l944. Págs. l67 a l9l.

Ocampo de Gómez, Aurora M. y Ernesto Prado Velázquez: Diccionario de escritores mexicanos. Panorama de la literatura mexicana por María del Carmen Millán. UNAM. Centro de estudios literarios. México, 1967. Págs. 332 y 333.

Olavarría y Ferrari, Enrique de: Reseña histórica del Teatro de México. l538-l9ll. Prólogo de Salvador Novo. Editorial Porrúa. Tercera edición ilustrada y puesta al día de l9ll a l96l. Cinco tomos + uno de índices. México, l96l. Ver especialmente págs. 406 a 409.

O(rtega), E(ulalio) M(aría): "Rodríguez Galván (D. Ignacio)" en Diccionario universal de Historia y Geografía. Tomo VI. México, 1855. Págs. 644 a 648.

Pacheco, José Emilio: "Poesía mexicana I. l82l-l9l4". Presentación, selección y notas de... en La Poesía: siglos XIX y XX. Promexa. Segunda edición, l992. Págs. 54 a 72.

Payno, Manuel: "El poeta Don Ignacio Rodríguez Galván". El Siglo XIX. l2 de Septiembre de l842. (Firmado "Yo" y fechado en "Fresnillo, Agosto 28 de l842").

 
Payno, Manuel: "Fragmentos de un viaje a La Habana, Censura de periódicos": Revista Científica y literaria. Tomo I. México, l846. Págs. 469 y 470. Fechado en La Habana en l845.

Pimentel, Francisco: Historia crítica de la literatura y de las ciencias en México desde la Conquista hasta nuestros días. Poetas. Librería de la enseñanza. México, l885. Págs. 5l2 a 544.

Pimentel, Francisco: Obras completas de... Tomo IV. Tipografía económica. México, l903. Págs. 509 a 539. (Mismo texto de la edición de l885).

Porrúa: Diccionario... de Historia, biografía y geografía de México. Editorial Porrúa. Quinta edición corregida y aumentada con un suplemento. Tomo III. México, 1986. Págs. 2496 y 2497.

Prieto, Guillermo: "El privado del virrey". El siglo XIX, 27 de abril de 1842.

Prieto, Guillermo: "Un poeta". Recorte de periódico en la Colección Lafragua. Ficha 4301 correspondiente al año de 1842.

Prieto, Guillermo: Viaje a los Estados Unidos (1877) Tomo II. Tomo III. Imprenta del Comercio, de Dublán y Chávez. México, 1878. Págs. 169 a 171 del Tomo II. Pág. 295 del Tomo III.

Prieto Guillermo: Colección de poesías escogidas publicadas e 
inéditas. Palacio Nacional, México, 1895. Págs. 272 a 275.

Prieto, Guillermo: Memorias de mis tiempos. 1828 a 1840 (Tomo I) Libreria de Vda. de C. Bouret. París, México, 1906. Págs. 126, 128 a 130, 184, 187 a 188, 213 a 214, 217, 271 a 272, 337 a 338 y 360.

Reyes, Alfonso: El paisaje en la poesía mexicana del siglo XIX. Tip. de la Viuda de F. Díaz de León, Susc. México, 1911. Ver en Obras completas. Tomo I. Págs. 231 a 233.

Riva Palacio, Vicente y colaboradores: México a través de los siglos. Tomo XII. Editorial Cumbre. México, l987. (La primera edición es l884-l889)

Sánchez Mármol, Manuel: Las letras patrias. Monografía. Establecimiento editorial de J. Ballescá y Cia., Sucesor. México, 1902. Págs. 52 a 53 y 94.

Sin firmar: "Ignacio Rodríguez Galván": El Partido liberal. l-2-l887: l8-2-l887: l-4-l887 (Termina con la indicación: "Continuará"; no he podido comprobar si la continuación o el final llegó a publicarse).

Sosa, Francisco: Biografías de mexicanos distinguidos. Edición de la Secretaría de Fomento. Oficina Tipográfica de la Secretaría de Fomento. México, l884. Págs. 902 a 905.

Tola de Habich, Fernando: Museo literario. Premiá, La Red de Jonas. 
México, l984. Págs. 42 a 46 y l22 a l30.

Toussaint, Manuel: "La importancia de Heredia en la poesía mexicana de su tiempo" en: Obra literaria. Prólogo, bibliografía, recopilación y notas de Luis María Schneider. Universidad Nacional Autónoma de México. Instituto de Investigaciones bibliográficas. Instituto de Investigaciones Estéticas. México, l992. Págs. 49l a 496.

Urbina, Luis: La vida literaria de México. Imprenta Saenz Hermanos. Madrid, l9l7. Págs. l53 a l55.

Valenzuela Rodarte, Alberto: Historia de la literatura en México. Editorial Jus. México, l96l. Págs. 343 a 346.

Zorrilla, José: La flor de los recuerdos. Tomo I. México. Imprenta del Correo de España, l855. Págs. 4l8 y ss. y 449 a 452.

ACERCA DE ESTA EDICION

 

El criterio básico de este trabajo fue la reproducción facsimilar de la edición de 1851, la primera que reunió los escritos líricos y dramáticos de Ignacio Rodríguez Galván. Con la finalidad de enriquecerlo, he agregado una serie de apéndices con material que quedó olvidado en revistas de la época así como los cuentos que, a pesar de publicarse en años recientes, no son fáciles de encontrar 
por haberse agotado las ediciones. La idea de reproducir también en facsimilar los textos de los apéndices, responde a la intención de conservar la literalidad de los escritos de Rodríguez Galván con las peculiaridades ortográficas de su tiempo y, a la vez, sin eliminar los posibles errores tipográficos de las revistas en que se publicaron. Las fuentes son las siguientes

1.- ¡Gran Dios, qué divina!
El Mosaico mexicano. Tomo II. Pág. 300.
2.- Tras un mal nos vienen ciento
El Año nuevo de 1840. Pág. 133
3.- La hija del oidor
El Año nuevo de 1837. Pág. 73
4.- Manolito el pisaverde
El Año nuevo de 1838. Pág. 163
5.- La procesión
El Año nuevo de 1839. Pág. 105
6.- El visitador
Calendario de las señoritas megicanas para el año de 1838. Pág. 265
7.- Un coplero mejicano del siglo XIX
El Año nuevo de 1838. Pág. 147
8.- Calderón
El Recreo de las familias. Pág. 5
9.- Don +ngel de Saavedra
El Recreo de las familias. Pág. 361
10.- Bretón de los Herreros
El Recreo de las familias.  Pág. 441
 
11.- Doña Concepción Rodríguez
El Recreo de las familias. Pág. 457
12.- Teatro
Museo popular. Pág. 67
13.- El tocado
Repertorio de Literatura y variedades. Tomo I. Pág. 121
14.- Leyendas españolas de José Joaquín de Mora
Repertorio de Literatura y variedades. Tomo I. Pág. 209
16.- El incendio
El Recreo de las familias. Pág. 53
17.- Comediantes chinos
El Recreo de las familias. Pág. 194
18.- Temblores de tierra
El Recreo de las familias. Pág. 315
19.- El zapatero literario
El Recreo de las familias. Pág. 385
20.- Genoveva de Bravante. Tragedia de Tieck
El Recreo de las familias. Pág. 426
21.- Venecia
El Recreo de las familias. Pág. 569
22.- Los mundos imaginarios por Aimé Martín
Calendario de las señoritas megicanas para el año de 1843. Pág. 256

 He agregado la reproducción de la portada de de El Recreo de las familias, así como la presentación y la despedida de esta revista, como una curiosidad y, a la vez, por haber sido Ignacio Rodríguez Galván quien la fundó, dirigió, animó y, probablemente, escribió 
ambos textos.
 "El zapatero literario" se incluye en el apéndice de traducciones a pesar de figurar sólo con la firma de Rodríguez Galván y sin indicación de ser traducción, por la temática y la ubicación geográfica de la misma. Es un criterio personal y, de hacerse en el futuro alguna investigación al respecto, esta opinión podrá ratificarse o rectificarse. Los dos textos provenientes de El Repertorio de literatura y variedades, han sido reducidos en un 20% para su reproducción en offset dentro de la caja exigida por las medidas del libro. A pesar de figurar en la referencia bibliográfica un artículo de Rodríguez Galván sobre Bretón de los Herreros publicado en El Diorama, no lo he incluido en los apéndices pues me pareció que bastaba de muestra el publicado en el Recreo de las familias sobre el mismo escritor español.
 Bajo la misma intención de enriquecer la edición, a continuación del prólogo, figura un "Florilegio para un poeta". Este apartado reúne un muestrario bastante amplio -y también temáticamente repititivo- de lo escrito sobre Ignacio Rodríguez Galván durante el siglo XIX. La excepción es el trabajo de Alejandro González Acosta, de la UNAM, texto inédito que tuvo la amabilidad de proporcionarme cuando supo que estaba haciendo esta edición, y que no dudé en incluir como una muestra de posibilidad de aproximación no sólo a Rodríguez Galván sino a la literatura del siglo XIX. Este tipo de lecturas paralelas, ya bien encerradas en el mismo siglo XIX o ampliadas a nuestro propio siglo o a otras literaturas, me parece una muy buena manera de rescatar y volver a hacer presentes a los tan olvidados escritores mexicanos decimonónicos. Evito dar las fuentes 
de los trabajos incluidos en el llamado florilegio pues al final de cada uno de ellos se hace la indicación bibliográfica correspondiente.
 Con respecto al prólogo, a los apéndices y al florilegio, mi intención ha sido indicar líneas de investigación sin pretender ser exhaustivo. Esto abarca, evidentemente y de forma especial, la sección "Entretenimientos bibliográficos", tarea que no sobrepasa lo que su nombre indica.
 Trabajos como este requieren, por lo general, de la colaboración y el apoyo de amigos. Deseo agradecer, en primer lugar, al Consejo editorial de la colección Ida y regreso al siglo XIX, de la UNAM, por aceptar la propuesta de esta edición de las obras de Ignacio Rodríguez Galván; a Vicente Quirarte sus amabilidades durante el proceso de esta edición -incluso el trabajito especial de copiarme en la Hemeroteca de la UNAM el texto de Guillermo Prieto que se incluye en el florilegio: lujos de la amistad-; a Guadalupe Bernal, también de la UNAM, por su profesionalismo, su inagotable buena voluntad y su gran paciencia, incluso para evitar regañarme cuando pasaban los días y yo no terminaba este trabajo; a mi buen amigo Jorge Denegre Vaught que, en el momento oportuno, me prestó un par de revistas que me hacían falta; a Boris Rosen Jélomer y Alejandro González Acosta -a quienes no conozco de forma personal- por esa poco frecuente generosidad entre investigadores al proporcionarme documentos en su poder que me eran necesarios para ampliar el aporte bibliográfico de esta edición; y no puedo dejar de agradecerle -aunque quizá no sea esa la palabra exacta pues muchas veces se me confunde con el reproche- a +ngel Muñoz Fernández el motivarme con sus conversaciones 
a esta inesperada vuelta al siglo XIX mexicano cuando estaba procurando asentarme en el XVII europeo y en otros temas muy alejados de los que me he visto en la necesidad de tratar de recordar. Y a Nonoi, mi esposa -al final pero no en último lugar-, toda su colaboración en cualquiera de los muchos campos que abarca este tipo de trabajos sobre el siglo XIX mexicano, incluyendo, por supuesto, soportar mis neuras y mis navegaciones mentales; como suele decirse, sin ella hubiera sido imposible comenzar a hacerlo y, seguro, terminarlo.

 

Tlahuapan, 1994