HOMENAJE A IGNACIO M. ALTAMIRANO

 

EXPLICACIÓN EDITORIAL

En los primeros meses de 1983, propusimos a la Secretaría de Educación Pública la edición de las Obras completas  de Ignacio Altamirano con motivo de cumplirse, en noviembre del año siguiente, el 150 aniversario de su nacimiento; creíamos que pocos escritores mexicanos del siglo XIX tenían la importancia y significado del “maestro Altamirano” y que era más que justificado el homenaje que proponíamos a tan preclaro prócer de la historia y de la literatura nacional. Incluso en la proposición decíamos que nosotros podríamos encargarnos sólo de la reunión de la obra de Altamirano, teniendo como base la Bibliografía realizada por el profesor norteamericano Ralph E. Warner en 1955 (y que nosotros ampliaríamos), con la finalidad de dejar en libertad a la SEP en la designación de los especialistas mexicanos que han trabajado sobre él (por ejemplo, José Luis Martínez, Huberto Batis) para que revisasen la recopilación y prologasen los tomos. Lamentablemente, nuestra propuesta fue ignorada.
Casi un año después, la SEP decidió declarar 1984 el año de Altamirano, convocar a un concurso sobre su vida con escasos meses de plazo para la presentación de trabajos, y nombrar una comisión que se encargase, también con muy pocos meses de plazo, de la edición de las Obras completas de Altamirano. Para nuestra sorpresa, José Luis Martínez, un especialista en Altamirano quien ostenta el prestigio, los cargos culturales, los estudios y publicaciones necesarias, no era el presidente e esta comisión, y esto además de que ya en 1949 había colaborado en el proyecto truco de la SEP –sólo se publicó un volumen– de editar las Obras completas de Altamirano, teniendo a su cargo, como él mismo escribe, la preparación de El Zarco, la novela póstuma del “maestro”, cotejando la edición de Ballesca con el original que obraba en poder del ingeniero Marte R. Gómez (edición restaurada que el mismo José Luis Martínez ignora dónde fue a parar). Desde nuestro punto de vista, dado el plazo de tiempo existente para la edición de la Obras completas de Altamirano, sólo José Luis Martínez podría haberse ocupado de dirigir este trabajo con una mínima posibilidad, por el tiempo, de que pudiese llevarse a cabo, o por lo menos iniciarse decorosamente en la fecha del aniversario, y continuarse.
En vista de tales circunstancias, en septiembre de este año, volvimos a hacer una nueva propuesta a la SEP sobre Altamirano para evitar que el día del aniversario no tuviera siquiera alguna publicación que rindiera homenaje al “maestro”. Propusimos a edición de la Velada literaria que el Liceo mexicano dedicó Altamirano la noche del 5 de agosto de 1889, e indicábamos que la importancia de esta publicación radicaba en que, aparte de reflejar el significado y valí de Altamirano para el país y los intelectuales de su época, realmente fue el Adiós de México que se le dio al “maestro”. Murió en San Remo, Italia, en 1893, sin haber regresado a su país. Nuevamente fuimos totalmente ignorados.
La posible explicación de esta situación quizá sea la misma que da José Luis Martínez, en la nota de la página 70 de su libro La expresión nacional. Letras mexi-canas del siglo XIX, en 1955 –¡hace ya casi 30 años! – sobre la frustración del proyecto de 1949 de la edición de las Obras completas de Altamirano:
“Cuando ya se habían entregado la mayor parte de los materiales, el proyecto –considerado sin importancia por educadores que al mismo tiempo premian a sus me-jores maestros con la Medalla Altamirano– fue abandonado”.
Considerando que sí es importante no sólo rendir homenaje a figuras como Al-tamirano sino también rescatar los materiales y documentos del siglo XIX que conforman la literatura nacional, decidimos realizar esta edición facsimilar, sin ningún apoyo oficial, para que en la fecha del aniversario del nacimiento de Ignacio Manuel Altamirano el homenaje, que aún esperamos se le rinda, no sólo sea oral sino que también exista un testimonio bibliográfico de que fue recordado por una editorial privada.*

 

PRESENTACION

 

1. De manera convencional, y aceptada por la generalidad de estudioso, prolo-guistas e investigadores de la obra y biografía de Ignacio Manuel Altamirano, incluyendo las historias literarias y los diccionarios, la fecha de su nacimiento es el 3 de noviembre de 1834, fecha que también ha sido aceptada oficialmente cuando se ha pretendido rendirle el homenaje que merece en los aniversarios que se consideran in-eludibles de celebrar. Sin embargo, y a ciertas dudas. El último cambio de opiniones al respecto que tuvo una cierta seriedad se planteó en 1934 1 –con motivo de cumplirse el centenario del nacimiento–, cuando Carlos Gonzáles Peña dio, en las páginas de El universal del 23 de septiembre, una serie de argumentos que concluían diciendo que “Por lo tanto, el centenario de don Ignacio Manuel Altamirano habrá que celebrarlo el próximo 12 de diciembre”. El 4 de octubre, 11 días después, un pariente del “maestro”, Jorge D. Casasús y Altamirano, mediante una carta al mismo periódico y utilizando como respaldo a sus afirmaciones el decir poseer “casi todos los manuscri-tos, así como los diarios y apuntes íntimos del maestro Altamirano los cuales heredé de mi familia; por lo tanto son documentos irrecusables por su autoridad”, copia tex-tualmente de un libro manuscrito titulado Páginas íntimas:

 

NOVIEMBRE 13 DE 1834 (Sic)
Hoy cumplo treinta y seis años.
¡Horror! Sí, hoy a las 11 de la mañana si no me equivoco2 cumplí esa bonita edad a la que es agradable haber llegado sin tener tras que caerse.
¡Tengo un sueño brutal! He aquí todo el honor que hago a mi cumpleaños.
¡Pase!

y después transcribe otras frases sobre los sentimientos, los obsequios y el significado social, festivo y oficial que representaba para él la celebración de su cumpleaños.
El 14 de octubre, diez días después, González Peña volvió a escribir sobre el asunto y, con otra serie de argumentos, aceptaba que la verdadera fecha del nacimien-to de Altamirano era el 13 de noviembre de 1834. Y ahí quedó el asunto.


*A esta edición facsimilar de la Velada literaria, le hemos suprimido el retrato de Altamirano que figuraba entre la anteportada y la portada, y en el que ilustra la cu-bierta; hemos agregado, además de esta explicación editorial, una presentación y un índice general.

 

1 El primer artículo fue”¿Cuándo nació Altamirano?” de Carlos González Peña, publicado el 23 de septiembre de 1934 en el “Magazine para todos”, páginas 3 y 7, de El universal; el segundo, que no pretendía ser una respuesta sino tan sólo una aclara-ción,, fue “La fecha del nacimiento del maestro Altamirano”, carta a El Universal de Jorge D. Casasús y Altamirano publicad en la “Primera sección” el 4 de octubre de 1934; el tercero y último fue “El natalicio de Altamirano2 de Carlos González Peña, publicado el 14 de octubre de 194 en el “Magazine para todos”, páginas 3 y 7, de El universal
2. La cursiva es mía.


 

Si uno se pregunta cuál es la verdadera importancia de la fecha del naci¬miento de Altamirano –un mes antes o un mes después– la respuesta es que indudablemente no tiene mayor importancia que la precisión histórica sobre un hecho intrascendente para su obra y su personalidad; en fin, un dato de insignificante erudición. De todas for-mas, creo que es conveniente ahora, al celebrarse el 150 aniversario de su nacimiento, volver a traer a colación los argumentos que se usaron para estas discrepancias.

 

a) Nació el 11 de diciembre de 1834
El argumento más contundente es la partida de bautismo que halló y publicó Luis González Obregón en vida de Altamirano3:

 

FE DE BAUTISMO

–En el Periódico Oficial del Estado de Guerrero, hemos encontrado la siguiente fe de bautismo, que por ser de un hombre notable, reproducimos a continuación.
“Al margen una estampilla de a cincuenta centavos, cancelada con un sello de tinta verde que dice: ‘Juzgado Eclesiástico y Vicaria foránea de Guerrero’.
–“Anselmo de J. González y Cienfuegos, Cura encarado de la Parroquia de San Martín Tixtla. –Certifico en debida forma que el núm. 22 a fojas 24 se encuentra una partida que a la letra es como sigue: –‘En esta Iglesia Parroquial Cabecera de partido de esta Ciudad de San Martín Tuxtla, a trece de diciembre de mil ochocientos treinta y cuatro años. Yo, D. Antonio Reyes, Cura propia de esta feligresía, bauticé solem-nemente, puse óleo y crisma a Ignacio Homobono Serapio de un día de nacido, hijo legítimo de Francisco Altamirano, y de Gertrudis Bacilio, fueron sus padrinos Manuel Dimas Rodríguez y su mujer Juana Incolaza López, todos d esta Ciudad, les advertí la obligación de enseñar la doctrina cristiana a su ahijado y el parentesco espiritual que contrajeron con él en primer grado y con sus padres en segundo. Y lo firmé. –A. Re-yes, una rúbrica’. –Concuerda fiel y legalmente con la original a que me refiero que obra en este archivo de mi cargo. Y para los fines que convengan doy el presente en este Juzgado Eclesiástico de San Martín Tuxtla, a veinticuatro de agosto de mil ocho-cientos ochenta y nueve. –Firmado, Anselmo de J. González y Cienfuegos, rúbrica”.

 

Según este documento no cabe duda que el 13 de diciembre Altamirano tenía un día de nacido.
El otro argumento, que puede ser ideológicamente irritante en esta época de “progresismos social”, pero que no por eso puede ignorarse por lo que tiene de realidad, lo da González Peña:
Altamirano era indio de raza pura, y, los autores de sus días, gente humildísima que, en fuerza de nada poseer, no tenían propio ni el apellido, que conservaban posti-zo y tomado de un español que llevó a la pila bautismal a uno de sus ascendientes. A los catorce años, el niño todavía ignoraba el castellano y campaba por sus respectos en los bosques tropicales nativos.
¿Qué tiene entonces de particular que años adelante, D. Ignacio Manuel conser-vara en a mente el preciso año en que vino al mundo, y trastocase la fecha del día y del mes? Bullian en su memoria las visiones de los paisajes tixtlenses. Pormenores de la vida y gente del rincón de su niñez, los encon¬tramos, quizá idealizados al través de vaporoso velo de poesía en sus versos principalmente. ¡Pero, fechas! ¡Acordarse de fechas precisas el hijo de padres analfabetos, que, por la fuerza de su genio y el temple de su carácter,

 

3 El liceo mexicano, tomo V. No. 4. páginas 32,  1 de diciembre de 1889
legó a encumbrarse tanto! ¡Ya era mucho que las retuviera aproximadas!4

 

b) Nació el 13 de noviembre de 1834
Un argumento es la costumbre de Altamirano de decir: “En 13 nací, en 1 me casé y en 13 me he de morir”, o cual aparte de revelar la superstición de Altamirano sobre el día 13 –de hecho murió también el 13 de febrero–, se considera como refutación a su nacimiento el día 12.

 

Otro argumento es que cuando González Obregón le preguntó por qué Peza había dado equívocamente el día 13 de noviembre de 1834 como la fecha de su nacimiento en el Anuario mexicano publicado por Filomeno Mata, Altamirano se encogió de hombros y le contestó: “¡Pues hijo mío, porque la fe de bautismo estaba errada”.5

 

Otro  argumento está relacionado con los verdaderos nombres de Altamirano: Ig-nacio Homobono Serapio. Según le hizo ver un corresponsal a González Peña, de acuerdo al Calendario de Galván, el 13 de noviembre es el día de San Homobono y el 14 de noviembre el de San Serapio –en realidad es San Serapión–, y esto parece que-rer afirmar la costumbre de que las personas lleven el nombre correspondiente al día del santo en que nacieron y el Homobono de Altamirano fijaría el 13 de noviembre como la fecha de su nacimiento.6 Pero, entonces ¿qué significa que el primer nombre fuese Ignacio (que no era el del padre que se llamaba Francisco) y que además le pu-sieran el nombre de un santo que no correspondía el día del nacimiento –Serapión– sino el día siguiente? (Se dice que el Manuel que utilizó siempre Altamirano se debía a su padrino quien así se llamaba.)
Lo que hace aún más graciosa esta discusión sobre la fecha del nacimiento de Al-tamirano en los argumentos de González Peña y de Casasús y Altamirano, es que ambos dicen: “En materia histórica, los papeles hablan.” Aunque González Peña se retractara al respecto, entre lo que pueda escribir el mismo Altamirano, decir a sus amigos o afirmar públicamente, el papel que habla como materia histórica es el de la partida de bautismo: que Ignacio Homobono Serapio nació el 12 de diciembre ya que tenía un día de nacido el 13 de diciembre de 1834. Si como decía el maestro, “la fe de bautismo estaba errada”, ese error es verdad historia mientras no exista otro documento que vaya más allá de la palabra del interesado.

 

4 Este argumento lo expuso González Peña en su primer artículo, el del 23 de septiembre de 934, y es una lástima que se retractara pues en esto de las fechas tenía la más absoluta razón. En otros fragmentos de las Páginas íntimas de Altamirano da-das a conocer por Catalina Sierra Casasús en Historia mexicana, revista trimestral publicada por El Colegio de México. Vol. I. No. 1, julio-septiembre, 1951, págs 96 a 103. Altamirano escribe en mayo 22 de 1869: “Voy dejando de ser joven. Tengo treinta y cuatro años, seis meses y diecinueve días”, con lo cual la  fecha de nacimien-to varía nuevamente y se sitúa el 3 de noviembre de 1834. (Ver también: Sánchez Castro, Alejandro, Altamirano como militar, página 15.)

 

5 Esta anécdota le fue contada a González Peña por González Obregón e incluida en el artículo “¿Cuándo nació Altamirano?”
6 El argumento de los nombres de Altamirano, dejando la incógnita del Ignacio, pero recargando en el segundo y el tercero. González Peña lo considera “contundente, irrebatible” en el artículo en que se retracta y acepta el trece de noviembre de 1834 como la acertada sobre la fecha de nacimiento del “maestro”, con lo cual tampoco fue bautizado el 13 de diciembre sino el 14 de noviembre y de ahí el Serapio.

 

Pero, en fin, si nació el 12 de diciembre de 1834, pero respetando las razones que podría tener Altamirano, aunque fueran baladíes, para afirmar que había nacido el 13 e noviembre, y estas razones son las que actualmente se utilizan para fijar la fecha de su nacimiento, celebrémoslo así: ¿por qué no continuar dándole gusto, aunque ahora sea póstumamente, a este supersticioso capricho del “maestro”?

 

2. Luis González Obregón, en agosto del mismo año de la muerte de Altamirano, publicó un folleto de 24 páginas7 que había terminado de escribir  tres meses antes y en el que trataba de hacer una narración “sencilla y fría” de la vida de quien fue su maestro y amigo, pero en la que también aparecían el sentimentalismo y los recuerdos de las intimidades  de las experiencias y anécdotas contadas por el mismo biografiado en su trato directo con el que estaba escribiendo sobre su vida al morirse. A pesar de la proximidad a la muerte de Altamirano, y, lógicamente, de las circunstancias en que fue escrito, este texto de González obregón ha sido la base y la fuente principal para la escritura de las noticias biográficas. De hecho, no creo que nadie haya investigado un dato más de los que González Obregón da sobre los años que transcurren desde el nacimiento de Altamirano hasta su llegada a la capital; por tal motivo, me parece válido copiar textualmente esta parte del folleto de González Obregón, y considerarlo, a pesar de sus pocas precisiones y lirismos, como un testimonio fiel de esos años y del ambiente del cual surgió el “maestro”:
Altamirano hasta la edad de catorce años fue el tipo de los hijos de nuestros indí-genas, que no tienen más patrimonio que una milpa y unos asnos, una choza y un poco de voluntad para el trabajo. Altamirano vivió así, humilde, casi salvaje, sin saber el idioma español, sin más ocupaciones que apedrear a los pájaros en los bosques, y emprender descomunales combates infantiles con los muchachos vagabundos de los barrios de su pueblo.
Por fin entró a una escuela. La división de razas no había sido aún relegada al ol-vidado. Subsistía como un fatal una fatal herencia de la dominación espa¬ñola. De un lado estaban los de razón, los hijos de españoles, para los cuales eran los privilegios de la enseñanza; del otro se encontraban los indios, los desheredados, los que sólo aprendían a leer y retenían de memoria el Catecismo de Ripalda. Entre éstos estuvo Altamirano, como ha dicho muy bien el Dr. Betancès.
Pero la fortuna y la aplicación de ese indio se tornó bien pronto. Su padre fue nombrado alcalde, y el maestro del pueblo, queriendo sin duda complacerlo, le felicitó con entusiasmo por la acertada elección. El buen alcalde, in ofus¬carse por las adulaciones, sin ensordecerse con los pífanos y chirimías que entonces fueron a tocar a su casa, no se olvidó de su hijo, lo recomendó al maestro, y éste le protestó que al día siguiente Ignacio figuraría entre los seres de razón.
Fue el primer paso. Pronto una benéfica ley del Estado de México, iniciada por Ramírez, llamó a los jóvenes indios más aplicados de los Municipios, previo examen, a recibir la instrucción n el Instituto Literario de Toluca.

 


7 González Obregón, Luis, Biografía de D. Ignacio M. Altamirano. Imp del Sa-grado Corazón de Jesús, México, 1893. Edición de 150 ejemplares. Por la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística. La nota “Necrológica” está fechada en “Méxi-co, agosto de 1893”, y la biografía en sí, en “México, mayo de 1893”.

 

Altamirano sobresalió entre sus condiscípulos en la prueba, por su instrucción y talento, y después de dar el adiós a sus padres, se trasladó a Toluca el año de 1849.8 En el Instituto cursó español, latinidad, francés y filosofía, obteniendo las primeras calificaciones y los primeros premios. Fue además agraciado con el empleo de biblio-tecario del establecimiento, y ahí fue donde nutrió su espíritu de saber y erudición. Todos aquellos libros que encerraba la biblioteca, fueron leídos y estudiados con avidez por Altamirano, en sus ratos de solaz y en las noches enteras que rodaba al sueño. En el Instituto conoció a Ramírez, su ilustre maestro, que un día le llamó a la clase de literatura, sorprendido de que en su afán de escucharle. Altamirano se sentaba humil-de en la puerta que daba entrada ala cátedra. En el mismo Instituto, hábilmente dirigido entonces por el Lic. D. Felipe Sánchez Solís, Altamirano escribió sus primeras producciones en prosa, sus primeros versos, y unos artículos satíricos que publicó en el periódico Los papachos, que aún son recordados con gusto por los que tuvieron oportunidad de leerlos.
Sea por sus ideas liberales ya manifiestas y conocidas de todos, sea que su genio altivo e independiente disgustara a los moderados que en el Instituto habían sustituido a Ramírez ya  otros profesores de principios progresistas, lo cierto es que Altamirano tuvo que abandonar aquel plantel, donde el estudio había amamantado a su espíritu.
Pobre, desvalido, sin amparo, refugiase en un colegio particular, que tenían en Toluca en esa época D. Miguel Domínguez, donde en cambio de la clase de francés que daba a los alumnos, le proporcionaban alimentos y un techo hospitalario.
Empero, el carácter de Altamirano buscó nuevos horizontes. Dejó la escuela humilde del benéfico Domínguez y se lanzó a una vida peregrina y de aventuras, llena de peripecias y de vicisitudes, en que hoy enseñaba en un pueblo las primeras letras, y mañana con su mente juvenil y soñadora se embebía en los dulces ensueños del primer amor, en el que fue desgraciado como sucede casi siempre, pues este dulce sen-timiento agita el corazón del hombre como una ráfaga primaveral que embriaga con su perfume y su frescura, pero que pasa ligera y fugitiva…
  

8 También se agrega  a esta parte de la”historia” infantil y juvenil de Altamirano que, para que pudiera ir de su pueblo a Toluca, la familia tuvo que hacer una colecta en la que el mayor aporte que de dos pesetas y, así, resaltar aún más la pobreza familiar del “maestro”. Aunque no dudo de la pobreza de la familia de Altamirano, tampoco puedo dejar de pasar por alto la afirmación de Ángel Pola en su artículo “Ignacio M. Altamirano” (ver: Sánchez Castro, Alejandro, Altamirano como militar, pág. 27), cuando dice, además que el padre sabía leer y escribir, que “El autor de sus días llegó a ser alcalde; en aquel tiempo, autoridad de mucho valer y respeto”. Dudo mucho que en Tuxtla, donde habían dos alcaldes de razón y uno indígena, se eligiera para este cargo al indígena más pobre o de los más pobres del pueblo y que bastase su recomendación al maestro para que el niño Altamirano pasase inmediatamente de la escuela en donde estudiaban los indígenas a donde estudiaban los de razón; igual-mente me parece más anecdótico que razonable el creer que Altamirano recién a los catorce años aprendiera el castellano.

 

Más volvamos a nuestra narración sencilla y fría. Altamirano vino a México para inscribirse en el Colegio de Letrán y continuar sus cursos de filosofía comenzados en el Instituto de Toluca. El círculo de sus conocimientos se ensanchó, y los triunfos es-colares admiraron a condiscípulos y profesores.9

 

3. Si bien la venida a la capital tenía como finalidad la continuación de sus estu-dios, Altamirano inicia en 1854, a los veinte años de edad, una etapa de su vida que se prolongará a lo largo de trece años, hasta 1867, en que Benito Juárez regresa a la capital, es ejecutado Maximiliano y termina la Intervención Francesa. Son los años militares, políticos y oratorios del “maestro”. Es cierto que o abandonó sus estudios y que tampoco dejó de lado completamente sus intereses literarios y filosóficos, pero lo que primó en todos estos años fue la actividad comprometida con la situación del país, con sus ideas y su partidarismo político, y tan compenetrado estaba de esta si-tuación que en una carta dirigida a su amigo Manuel Parra el 19 de enero de 1867,10 le cuenta sus actividades del último mes y medio:
La acción de Ixtla que yo mandé y en que quité un convoy de parque, 80 prisio-neros, armas –la sorpresa de Nexpa en que aniquile la guarnición de Iguala quitando sus mejores elementos y cuya sorpresa fue un pensamiento mío, el sitio de Cuernavaca que si yo hubiera dirigido habría tenido éxito; por que aterró a los cuernavaqueños, y el terrible combate a arma blanca con los gendarmes en Chiepetlán en que yo cargué y derroté al enemigo que dejó la calle tendida de cadáveres y entre ellos a su jefe Paulino Lamadrid, la conquista de todo el 3er. Disto. Del E. de México, menos el ca-so de Cuernavaca y la consiguiente evacuación de esta plaza. He aquí la obra exclusivamente mía y el resultado de mi audacia y de mis pensamientos. He hecho es-to con 4400 hombres que se me confiaron y que he tenido tal pena en subordinar a mis deseos y a mis intenciones que algunos de ellos han estado próximos a asesinarme. En fin, este ha sido un mes y medio de emociones continuas. Hoy por aquel rumbo tengo una reputación militar casi igual a mi reputación de tribuno. Relato a usted esto, porque siendo mi mejor amigo allí y el único tal vez que tuve plena fe, en mi espíritu de calavera, debe tener gusto, hoy que ve los resultados.
Resulta curioso en esta carta el orgullo de Altamirano por sus éxitos y sus accio-nes militares, así como también cierto toque de vanidad al afirmar que de haber dirigido él el sitio de Cuernavaca se hubiera tenido éxito. Pero también está el hombre frío dispuesto a correr los mayores riesgos para llevar a cabo sus “pensamientos” hasta un punto que sus propios subordinados estuviesen próximos a asesinarle para que no los realizara. Este es, quizá, el mismo Altamirano que en su famoso discurso de 1861, que tanta fama y prestigio le diera, pedía el castigo del enemigo “cuyo cráneo debía estar ya blanco en la picota”, lamentaba que se hubiera desterrado a los obispos en lugar de ahorcarlos y, en fin, se oponía ala ley de amnistía diciendo: “Yo creo que el Legislativo dirá con frecuencia al Ejecutivo, en presencia de cada malvado, lo que Mario a Cinna en presencia de cada enemigo: ‘Es preciso que muera’”.11

 

9 González Obregón, Luis, op. cit., páginas 6 a 9. además de este trabajo bio-gráfico también debe tomarse en cuenta: Ruiz Meza. Víctor. Altamirano (Bocetos juveniles), Departamento de Bibliotecas, México, 1958, que se refiere fundamental-mente a la vida del “maestro” en Toluca, a sus estudios y trabajos, y aporta documentos desconocidos de esta etapa de la vida de Altamirano.
10 Sánchez Castro, Alejandro, Altamirano como militar (Con varias cartas inédi-tas y una breve semblanza por don Angel Pola). México, D.F., diciembre de 1964, páginas 12 y 13.

 

“¡Deje usted! Lo que pasa es que este indito tiene hambre”.12 Ig-noro a qué hambre se referirías el despreciativo comentario del autor de Los bandidos de Río Frío, e igualmente no sé qué comentaría si leyera la carta de Altamirano en la que cuenta su “terrible combate a arma blanca con los gendarmes de Chiepetlán en que yo cargué y derroté al enemigo que dejó la calle tendida de cadáveres y  entre ellos a su jefe. Paulino Lamadrid”. Se dice que en la guerra todo es válido, aunque sea una guerra fraticida como la que asoló a México durante esos años, pero resulta difícil concordar este Altamirano con el creador de El renacimiento, en que da cabida a con-serva¬dores y liberales, en que trata de buscar la reconciliación nacional, con el “maestro” siempre dispuesto a ayudar y alentar a la juventud, con el literato capaz de crear obras como Clemencia, La navidad en las montañas, los Cuentos de invierno.
Este periodo militar, combativo, oratorio de Altamirano se inicia al poco tiempo de legar a la capital. Deja el Colegio de Letrán en 1854, para incorpo¬rarse a los libe-rales contra el general Santa Anna, y lucha al lado del insurgente Juan Álvarez en defensa del Plan de Ayutla. Tres años después, en 1857, terminados ya sus estudios de Derecho y miembro del grupo genera¬cional que tanto influiría en la política y la li-teratura al triunfo de la República, vuelve a incorporarse a las filas liberales como activista, como orador y como periodista defensor acérrimo de la Reforma, guerra que terminaría en enero de  1861 con la entrada triunfante de Benito Juárez a la capital después de no solamente desgastar al país y eliminar a una gran cantidad de sus pobladores, sino también de abrir el camino para el nuevo y último combate en que estaría involucrado Altamirano: Maximiliano y el Imperio. Pero en este intermedio, entre 1861 y 1863, el “maestro” alcanzó la fama, el prestigio y la gloria como tribuno en el Congreso de la Unión. Sus discursos eran comentados, alabados, discutidos, reseñados ampliamente en diarios y revistas nacionales y extranjeras el indígena que hasta los catorce años no sabía el castellano, antes de los treinta ya era uno de los más fogoso, respetados y escuchados oradores de la política mexicana y gracias, sobre todo, al tan mentado y reproducido discurso de 1861 contra la ley de amnistía en el que su figura pintoresca –joven, enflaquecido, cutis requemado, facciones endurecidas– estremeció de espanto al auditorio presentándose “ante representantes y espectadores, amenazador y temible”13 con su catilinaria sangrienta y totalmente ausente de la menor piedad o generosidad para el enemigo derrotado.
La llegada a México de los militares y soldados franceses para apoyar y sostener un Imperio encabezado por un emperador austriaco, Maximiliano, hizo que Altamira-no volviera a las armas. Juan de Dios Peza, en el artículo que escribió con motivo del nombramiento del “maestro” como Cónsul General de México en España en 1889,14 hace un recuento de su actividad militar desde 1863 hasta 1867:


13 González Obregón, Luis, op. cit., página 12.
14 Peza, Juan de Dios, “Ignacio M. Altamirano” en El álbum de la mujer, tomo XIII, año VII, No. 9, páginas 66, 67 y 70, México, setiembre 1 de 1889. El fragmento citado fue recogido por González Obregón en la biografía citada y, más tarde, incor-porado todo el artículo por Peza en su libro Memorias, Reliquias y retratos. De la gaveta íntima, Librería de la Vda. De Ch. Bouret. París-México-Guadalajara, 1900, páginas 217 a 228.


Sin más libro de consulta que las páginas verídicas donde constan sus hechos mi-litares, acaecidos desde 63 hasta 67, vamos a narrar los que principalmente distinguen a Altamirano.
Después del sitio de Puebla en 1863, cuando los franceses se apoderaron de México y el gobierno republicano se vio obligado a dejar su capital para dirigir la guerra desde el interior, Altamirano tomó las armas, y en calidad de coronel del ejér-cito, luchó sin descanso contra la Intervención y el Imperio, siendo uno de los pocos que pueden llamarse inmaculados defensores de la Independencia de México.
En 1866, a la cabeza de una brigada de caballería del Sur, ganó la acción de Tierra Blanca, contra el coronel Ortiz de la Peña, que fue completamente derrotado, y que dejó en poder de Altamirano un convoy de guerra y trescientos prisioneros.
Tres días después, batió e coronel imperialista Carranza, quedando muerto en la acción el jefe Villagrán en los Hornos.
En enero de 1867, en unión de Leyva, ganó de nuevo una acción contra el mismo Ortiz de la Peña, que dejó en su poder su artillería, armamento, y toda su tropa prisio-nera. Esta acción hizo evacuar todas las plazas del Sur a los imperialistas que se refugiaron en Cuernavaca.
Todavía en unión de Leyva puso sitio a esta última ciudad muy cercana a México, por lo cual Maximiliano pudo enviar en su auxilio una columna de 1,500 hombres, al mando del general O’Horan y del famoso coronel Lamadrid.
Leyva se retiró con las tropas de su mando, pero Altamirano esperó al ene¬migo, libró un terrible combate con su caballería, derrotó completamente esta columna mandada por Lamadrid, un jefe muy querido de Maximiliano, que murió en esta ac-ción.
Pocos días después, y ocupada por las tropas republicanas la plaza de Cuernavaca, Altamirano fue el primero que ocupó el Valle de México a la cabeza de 500 jinetes, tomando posesión de la plaza de Tlalpan a cuatro leguas de la capital del Imperio.
De allí marchó a Querétaro en marzo de 1867, cuando ocupaba ya esta plaza Maximiliano con su ejército; y bajo las órdenes del general republicano Vicente Riva Palacio, tomó parte en varios combates que tuvieron lugar en este sitio ya célebre en la historia. En todos esos combates obtuvo honoríficas recomendaciones del general Escobedo, jefe del ejército sitiador, y princi¬palmente por la terrible acción el Cimata-rio el 28 de abril de 1867, en que compartió la gloria del coronel Doria, pues con una columna de caballería rechazaron otra imperialista, compuesta de Húsares, Regimiento de la emperatriz y Policía a caballo.
El día 1o. de mayo, y bajo las órdenes del bravo general suriano Jiménez, tomó parte en el heroico combate de Callejas, el más brillante del sitio de Querétaro, y fue recomendado en la orden general del ejército, como un héroe.
Tomada la plaza de Querétaro y después la de México, Altamirano retirado del ejército por su voluntad, fue nombrado en las elecciones generales, ministro fiscal de la Suprema Corte de Justicia, encargo que desempeño satisfactoriamente, así como el de Procurador general de la Nación, por ausencia del general León Guzmán, entonces en Washington.
Otros dos testimonios o constancias  dan también fe de la destacada actuación de Altamirano contra los franceses y el Imperio:15


15 Sánchez Castro, Alejandro, op. cit., páginas 18 y 19.

 

El C. General Vicente Riva Palacio.
Certifico en toda forma por constarme oficialmente, que el C. Ignacio M. Altami-rano no permaneció un solo instante en lugares ocupados por enemigos de la República durante la época de la guerra contra la Intervención y el Imperio, sino que prestó en todo ese tiempo muy importantes servicios a la causa de la Patria siendo uno de sus más leales y decididos defensores, ya sea en la División del Sur, ya en la que estaba a mis órdenes en el Estado de México, habiéndole yo confiado el mando de una Brigada.
Además me consta que en 1866 hizo con éxito la campaña de la Tierra Caliente y en 1867 asistió con las fuerzas que yo mandaba al sitio de Querétaro y ante esta capi-tal.
Y para los usos que le convengan extiendo el presente en México a 14 de no-viembre de 1868.
Vicente Riva Palacio

 

El C. Gral. Vicente Jiménez
Certifico en toda forma por constarme oficialmente: que el C. Ignacio M. Altami-rano no sólo no estuvo un solo instante en lugares ocupados por los enemigos de a República durante la guerra contra la Intervención y el Imperio, sino que prestó como es notorio, en todo el Estado de Guerrero, eminentes servicios a la causa de la Patria, siempre como funcionario civil o militar del Gobierno Republicano. En 1866 le confié el mando de las fuerzas de caballería de la Primera Brigada de la División del Sur que yo mandaba y a su cabeza penetró en el primer Distrito del Estado de México y después de haber triunfado en cuatro combates contra las fuerzas imperialistas man-dadas por don Abraham Ortiz de la Peña y don Paulino Lamadrid en uno de los cuales sucumbió este último, restableció en aquel rumbo el orden republicano y vino a tomar posesión de la plaza de Tlalpan y establecer una línea militar en el Valle de México.
Después marchó conmigo a Toluca en 1867 donde recibió el mando de una Bri-gada de la División que mandaba el general Riva Palacio y con ella asistió al sitio de Querétaro, donde se distinguió muchas veces por su valor y dignidad y particularmen-te en los combates del 27 de abril y del 1o. de mayo de 1867, mereciendo honorífica menciones en las órdenes generales del ejército sitiador y para los usos que le con-vengan doy el presente en México a 14 de noviembre de 1868.
D. Jiménez.

 

Y no faltan tampoco las anécdotas. La primera contada por el ahora famoso mili-tar Sóstenes Rocha con motivo de la muerte de Altamirano:16
Me tocó en suerte, ¿por qué no decirlo?, reconquistar la posición y derrotar las tropas de la salida enemiga, mandadas personalmente por Maximiliano, Miramón, Mejía y Méndez; y esto con un solo puñado de valientes de la República, a cuyo fren-te se encontraron (me es muy grato consignarlo) los hoy generales don Pedro Yépez y don José Montesinos.
En los momentos más reñidos del combate, cuando una tromba de balas silbaban sobre nuestras cabezas, el bravo e incomparable, el sublime Altamirano, pie a tierra, cubierto de polvo y de sangre, ¡me acordaré toda la vida!, se me presentó armado de un rifle y me dijo:
–Hermano, a tus órdenes quiero cumplir con el deber de mexicano y morir por mi Patria. Permíteme que vaya  a ocupar un lugar entre tus tiradores de vanguardia.


16 Sánchez Castro, Alejandro, op. cit., página 23


–Ve, hermano –le contesté–, que la suerte te proteja; muere por la Patria, ella honrará tu memoria.
Y aquel valiente casi no esperó mis últimas palabras; corrió con su arma preparada hasta la primera línea a dispararla ferozmente contra el enemigo.
¿Qué más puedo decir de este patriota que hoy arranca nuestras lágrimas más sinceras?
Y la otra, aún más curiosa, y con un toque tragicómico, contada por el mismo Al-tamirano en sus Páginas íntimas, con fecha del 22 de mayo de 1869:17
Desde que estuve enfermo en agosto de 1867, me acostumbré en mi convale-cencia a tomar agua de Seltz en la comida, y hoy no puedo hacer la digestión sin tomarme un refresco.
Cuando visité al pobre Maximiliano en su prisión de la Cruz en Querétaro el día 16 de mayo de ese mismo año, estaba él enfermo de disentería. Yo también.
–Tome usted esa agua –me dijo–, y nunca sufrirá del estómago.
Yo seguí el consejo, no conocía el uso del agua de Seltz, había estado en las mon-tañas durante cuatro años y en ese tiempo, con la invasión, se introdujo en México el uso de este líquido digestivo.
Desde entonces, hay un frasco en mi mesa a la hora de comer, y me ha ido bien. A veces, no tomo en la noche más que un bizcocho mojado en agua de Seltz. Pero quizás eso me va produciendo gastralgia. Siento inflamadas las entrañas. Me falta el apetito. Tengo sueño constante y necesito una o dos tazas de café para excitarme.

Pero Juárez regresó ala capital, se reinstauró la República y con ella terminó tam-bién la actividad militar de Altamirano y prácticamente significó su retiro de la política y de la oratoria fogosa y activista. Si en la guerra todo está permitido, también es cierto que cambia caracteres, hace ver la vida de una manera diferente a la que se tenía hasta entonces, replantea principios y fines, sobre todo en personas con la in-teligencia y la sensibilidad del “maestro”. El cambio operado en él al terminar tan trágicamente el Imperio mexicano, lo refleja también muy acertadamente Peza en el párrafo que a punto seguido continúa el texto que se ha copiado anteriormente de ma-nera literal:18
Su reputación inmaculada, crecía más y más, en todos los ámbitos de la Repúbli-ca. Retirado del ejército, volvió a tomar la pluma, agrupo en su derredor a todos los literatos distinguidos del país, impulsó a los jóvenes escritores, fundó periódicos lite-rarios, inauguró las veladas públicas, ayudó a sostener el Liceo Hidalgo, y dio vida al gran movimiento literario de 1868, que secundaron todos los escritores republicanos, y que marcó a la juventud la gran senda que actualmente sigue.
Y este es el “maestro” Altamirano, el hombre que todos querían y admiraban por su generosidad, por su talento, al que nadie dudaba en calificar de hombre bueno y cariñoso.


4. González Obregón nos cuenta, en la biografía ya citada,19 que estudiado en To-luca, Altamirano escribió sus primeras prosas, sus primeros versos, artí¬culos satíricos que se publicaron en un periódico llamado Los papachos, y
que incluso estrenó un drama histórico, Morelos en Cuautla, que “el público en-tusiasmado y seducido, pidió a gritos el nombre del autor”, y éste tuvo que salir al escenario a recibir “aquella ovación sincera y espontánea”.20

 

17 Sierra Casasús, Catalina, “Altamirano íntimo”, en Historia mexicana, Revista trimestral publicada por El Colegio de México, Vol. I, No. 1, julio-septiembre, 1951, México, páginas 97. (Ver también Sánchez Castro, Alejandro, Altamirano militar, página 15.)
18 Ver nota 14
19 González Obregón, Luis, op. cit., página 7.


Pero que se sepa, desde 1854 hasta 1867, cuando se restaura la República y tenemos un Altamirano “enfermo de disentería, enflaquecido por la guerra y por el estudio que no abandonaba”21 el “maestro” sólo escribió por militancia polí¬tica y por motivos surgi-dos de los acontecimientos cotidianos que enturbiaban la tranquilidad nacional; la literatura como que había quedado marginada de sus intereses y sus metas. Pero desde el triunfo de Juárez y el comienzo de la pacificación y unidad nacionalista, Altamirano ya no es el mismo, aunque siga siendo político, escribiendo y hablando sobre ella, ocupando cargos públicos de carácter político. Comienza a ser “el maestro de la ju-ventud” y su  actividad a partir del 67 hasta su ida a España en 1889 la resume bastante bien González Obregón, del cual habrá que volver a copiar un largo fragmento:22
Restablecida la República, el presidente don Benito Juárez firmó de su puño y le-tra los despachos militares de Altamirano y ordenó se le pagasen íntegros su haberes. Con estas sumas fundó entonces El correo de México en colaboración de don Ignacio Ramírez y don Guillermo Prieto. No era el primer periódico que establecía. En gue-rrero, como ya dijimos, publicó El eco de la Reforma,  y otro que no habíamos mencionado, La voz del pueblo. Después de El correo de México,  que estuvo brillantemente redactado, fundó El federalista con Manuel Payno; en 1875 La tribuna; y después La República, de la que dejó de ser director en 1881. Fundó, además, un interesante semanario de bellas letras, El Renacimiento (1869), en compañía de don Gonzalo A. Esteva; semanario en el que colaboraron los más distinguidos escritores y poetas nacionales, y que con aprecio se conserva en bibliotecas públicas y particulares. En él insertó muchos artículos biográficos y literarios y bellísimas Crónicas teatrales y de sociedad. Fue también redactor, entre otros, de los siguientes diarios políticos: El siglo XIX, El monitor republicano y La libertad. Colaboró en las publicaciones literarias El domingo, El artista, El semanario ilustrado, El federalista, El liceo mexicano y en otros de los Estados y del extranjero.
El espíritu de asociación, como dice el señor Peza en su biografía, le debió mucho. Fue fundador de la Sociedad Libres Pensadores; restableció varias veces el Liceo Hidalgo, que presidió en muchas ocasiones; fue secretario y vicepresidente de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, la cual le es deudora de una rica y escogida biblioteca que coleccionó él mismo con su buen gusto y discreción; fundó la Sociedad Gorostiza,  de autores dramáticos, y fue presidente de la de Escritores Públicos y de la Sociedad Nezahualcóyotl. En sus últimos días de permanencia en México, desde 1885 hasta 1889, como Presidente Honorario del Liceo Mexicano, en-señó y alentó a la mayoría de los jóvenes que constituyen actualmente la nueva generación en las letras patrias. Muchas corporaciones científicas y literarias de nues-tras República , de Norte y Sudamérica, de Alemania, Francia, Hungría, Italia, Rusia, etc., recontaron en su seno, y con el carácter de vicepresidente asistió al Congreso de Americanistas últimamente celebrado en París, y al de Ciencias Geográficas en Berna.

 

20 González Obregón, Luis, op. cit,. página 8.
21Batis, Huberto, “Estudio preliminar” a Índices de El Renacimiento. Semanario literario mexicano (1869). Universidad Nacional Autónoma de México, Dirección general de publicaciones, Centro de Estudios Literarios, México, 1963, página 29.
22 González Obregón, Luis, op. cit., páginas 16 y 17

 

Desempeñó los cargos públicos que vamos a citar: Fiscal de la Suprema Corte de Justicia: Procurador General de la Nación, por ausencia de don León Guzmán; Presi-dente de la citada Corte, cuando el señor don Ignacio Vallarta paso a desempeñar la Cartera de Relaciones; Oficial Mayor de la Secretaría de Fomento, durante el Minis-terio de Riva Palacio, y diputado al 10o. Congreso de la Unión, donde pronunció su último discurso de apertura el 16 de septiembre de 1881.
Como profesor, el gobierno le distinguió en diversas épocas con las clases de De-recho Administrativo en la Escuela Nacional de Comercio; de Historia General y de México y de Historia de la Filosofía, en la Escuela Preparatoria y en la Escuela de Jurisprudencia; de Lectura Superior e Historia Universal y Patria en la Escuela Normal; cátedras que desempeñaba al partir para Europa.
La Escuela Nacional le debe su organización y Reglamento; comisión que des-empeñó con tanta inteligencia y celo, que fue el origen de la enfermedad que le llevó al sepulcro, pues días y noches enteros tuvimos oportunidad de verle consagrado al estudio, sin que tomara alimentos y descanso durante muchas horas.
Y fue durante esos años en los que Altamirano escribió y desarrolló la obra que lo fijaría definitivamente en un lugar prominente de la historia de México. Quizá el mismo Altamirano, en su “Introducción” a El Renacimiento se estaba dando a sí mismo una explicación de las razones por las que había dejado de lado sus intereses literarios para ahora, en que parecía que la paz ya sería algo definitivo en el país, re-tornar a las inquietudes que habían comen¬zado a manifestarse en Toluca cuando era un muchacho que aún no cumplía los veinte años:23
Efectivamente, ¿quién no ha observado que durante la década que concluyó en 1867, ese árbol antes tan frondoso de la literatura mexicana, no ha podido florecer ni aun conservarse vigoroso, en medio de los huracanes de la guerra?
Era natural; todos los espíritus estaban bajo la influencia de las preocupaciones políticas, apenas había familia o individuo que no participase de la conmoción que agitaba a la nación entera, y en semejantes circunstancias, ¿cómo consagrarse alas profundas tareas de la investigación histórica o a los blandos recreos de la poesía, que exigen un ánimo tranquilo y una conciencia desahogada y libre? Verdad es, que en esa época es justa¬mente cuando deben vibrar poderosos y arrebatadores los cantos de Tirteo, y cuando en el fuego de la discusión deben brotar los rayos de la verdad; pero es indudable también que esta poesía apasionada, que esta discusión política, no son los únicos ramos de la literatura, y que generalmente hablando, se necesita la sombra de la paz para que el hombre pueda entregarse a los grandiosos trabajos del espíritu.
Los hechos confirman a nuestros ojos esta aseveración. Si comparamos el movi-miento literario que ha tenido lugar de un año a esta parte, con el que se efectuó en toda la época de lucha, encontraremos una desproporción colosal.
Y México, verdaderamente, iniciaba entonces el momento de su literatura en el que se fijarían los caracteres más nítidos que tendría en esta etapa que culminaría con la llegada de los modernistas y,  después, con los escritores de la revolución de las primeras décadas de este siglo, pero sin que desaparecieran del todo. El movimiento nacionalista y unificador que plante Altamirano en El Renacimiento es también una muestra al exterior de que el -

 

23 Altamirano, Ignacio Manuel, “Introducción” en El Renacimiento. Periódico li-terario, tomo I, Imprenta de F. Díaz de León y Santiago White, México, 1869, página 3. Cito por la edición facsimilar publicada por la Universidad Nacional Autónoma de México, con “Presentación” de Huberto Batis. México, 1979
país no está lleno de esa barbarie de la que se le acusa a raíz de la ejecución de Maximiliano:24

 

En fin, el progreso de las letras en México no puede ser más favorable, y damos por ello gracias al cielo, que nos permite una ocasión de vindicar a nuestra querida patria de la acusación de barbarie con que han pretendido infamarla los escritores franceses, que en su rabioso despecho quieren deturpar al noble pueblo a quien no pudieron vencer los ejércitos de su nación.
Con el objeto, pues, de que haya en la capital de la República un órgano de estos trabajos, un foco de entusiasmo y de  animación para la juventud estudiosa de México, hemos fundado este periódico. La misma familia literaria que estableció las primeras reuniones el año pasado,, es la que viene hoy a patrocinar y a plantar este joven árbol, que no arraigará sino con la protección generosa de nuestros compatriotas que no pueden ver con indiferencia los adelantos de su país. Lo esperamos llenos de confianza en el porvenir, y no omitiremos medio alguno para ponernos a la altura de la misión que  nos hemos propuesto desempeñar, supliendo nuestra falla de inteligencia con nuestros esfuerzos y buena voluntad.
Y termina llamando “a nuestras filas a los amantes de las bellas letras de todas las comuniones políticas, y aceptáramos su auxilio con agradecimiento y con cariño. Muy felices seríamos si lográsemos por este medio apagar completamente los rencores que dividen todavía por desgracia a los hijos de la madre común”.25
El significado de El Renacimiento, estudiado amplia y detenidamente por Huber-to Batis en el prólogo a Índices del Renacimiento y, luego en la presentación de la edición facsimilar de la revista,26 es resumido también por Altamirano en la “Despedida”:27
El objeto a que aspiramos al fundar El Renacimiento, que fue el de impulsar al progreso de la bella literatura en México, se halla completamente reali¬zado, el movi-miento literario que se nota por todas partes es verdaderamente inaudito, y al desaparecer nuestro periódico, los que hemos escrito en él, llevamos la satisfacción, que no querrá negarnos la justicia pública, de haber contribuido empeñosamente a fa-vorecer ese movimiento, por cuantos medios nos han sido posibles, luchando con las dificultades que en nuestro país todavía son grandes para que una empresa literaria tenga éxito, y no perdonando sacrificios, que en nuestra humilde posición fueron de alguna cuantía.
Lo cual, casi un siglo después es avalado por otro de los especialistas en Altami-rano, José Luis Martínez en su libro La expresión nacional cuando pregunta: “¿Qué otra revista literaria mexicana del pasado o del presente, puede ofrecernos la riqueza de impulsos y la irradiación espiritual que contiene El Renacimiento? ¿Cuál otra ha conseguido esta calidad de contenido, afianzando, al mismo tiempo, su sentido mexicano y universal, su conciencia social, su integridad humana?”28

 

24 Altamirano, Ignacio Manuel, “Introducción” en El Renacimiento. Periódico li-terario, tomo I. Imprenta de F. Díaz de León y Santiago White, México, 1869, página 5.
25 Altamirano, Ignacio Manuel, “Introducción”, en El Renacimiento. Periódico literario, tomo I. Imprenta de F. Díaz de León y Santiago White, México, 1869, pági-na 6.
26 Ver notas 21 y 23.
27 Altamirano, Ignacio Manuel, “Despedida”, en El Renacimiento. Periódico li-terario, tomo II, Imprenta de F. Díaz de León y Santiago White, México, 1869, página 257.


Pero si El Renacimiento es una de las obras más importantes de Altamirano, tam-bién lo es su magisterio con todo joven que se le aproximaba, su apoyo a las nuevas ideas y las nuevas búsquedas, su respaldo práctico al desarrollo de instituciones y agrupaciones. Es el “maestro” que, además, también es admirado por obras que son fundamentales para la historia de la literatura mexicana: Clemencia y La navidad en las montañas, además de sus Cuentos de invierno, de sus Rimas, de sus Paisajes y leyendas, tradiciones y costumbres de México. De sus Revistas literarias de México, publicadas en un tomo en 1868, ahora disponemos de la recopilación casi integra de estos trabajos del “maestro”,29 lo cual nos permite no sólo apreciar sus posiciones y sus ideas críticas sino también lo que era el movimiento literario en esos años y el apoyo que brindaba al prologar o comentar un libro de un autor oven o que recién se iniciaba en las publicaciones.
Esta imagen amable, humana y humanística, es la que ha quedado más claramente establecida para la posteridad y, seguramente, también es más importante y ejemplificadota que la del guerrero sanguinario o el orador vengativo y furibundo. Y este es también el Altamirano que aún continúa viviendo en las librerías, en las bi-bliotecas y en las eventuales tertulias sobre literatura mexicana del siglo XIX.30


5. El 13 de junio de 1889, Altamirano es nombrado Cónsul general de México en España, con residencia en Barcelona. Sus amigos y discípulos del Liceo mexicano organizaron una despedida, una velada literaria en honor al “maestro”, que se celebró el 5 de agosto y en la que participaron los intelec¬tuales más representativos de la épo-ca.31 Se leyeron poemas, discursos, cartas, “en un ambiente solemne y conmovedor” y, aunque nadie lo supiera, “aquel adiós iba a ser eterno”;32 era el adiós de México a una persona que siempre había vivido teniéndolo en el corazón y la mente.
El 21 de agosto, “el maestro inicia el viaje hacia Europa bajo una lluvia torrencial y la presencia de numerosas personas, amigos, discípulos, familiares, hombres del pueblo, individuos de clase humilde que querían dar-

 

28 Martínez, José Luis, La expresión nacional. Letras mexicanas del siglo XIX, Serie Letras, No. 20, Imprenta Universitaria, México, 195, página 120.
29 Altamirano, Ignacio Manuel, La literatura nacional. Revistas, Ensayos, Bio-grafías y Prólogos, edición y prólogo de José Luis Martínez, Colección de escritores mexicanos, tomos 52, 53, 54, Editorial Porrúa, México, 1949
30 En esta presentación, más que pretender una biografía o un estudio sobre la obra de Altamirano, lo que se ha tratado es de plantear cinco imágenes sobre él: el nacimiento, la infancia y juventud, la etapa militar, su conversión en el “maestro” humanista, y su estadía en Europa y su muerte. Los trabajos citados a lo largo de estas páginas, esencialmente el de Batis, cumplen una misión más amplia que la de esta presentación originada por circunstancias concretas. De todas formas la biografía y el estudio detallado que de toda su obra se merece Altamirano aún están por hacerse, y es bastante probable que si algún día se llevaran a cabo muchos de los tópicos sobre el “maestro” cambian radicalmente.

31 Esta velada es la que se reproduce en facsimilar en esta edición siguiendo la publicación en forma de libro realizada en 1889. Como curiosidad cabe señalar que El liceo mexicano, Periódico científico y literario, rgano de la sociedad del mismo nombre, publicó en su tomo IV, Nos. 20 y 21, 22 y 23, correspondientes a septiembre y octubre de 1889, en otro orden, los mismo textos, con excepción de “Partida del maestro”, y esa misma tipografía es la que se utilizó para la composición del ejemplar que ahora estamos reproduciendo.
32 González Obregón, Luis, op. cit.,  página 18.


E el abrazo de adiós. Altamirano estaba conmovido y, a su lado, Margarita, su esposa, lloraba.

Por fin, a las ocho y diez minutos el tren púsose en lento y majestuoso movimien-to, y entonces llenaron el aire las notas marciales del Himno Nacional.
El maestro estaba, de pie y sin sombrero, en la plataforma trasera, y agitando su pañuelo.
Todas las cabezas se descubrieron, todas las manos se extendieron hacia él, tre-molando sombreros y pañuelos.
El tren se fue alejando, cada vez con más velocidad: su ruido estridente se fue poco a poco desvaneciendo, escuchándose sólo como rumor de lejano torrente… Después…. Nada… Nos quedaba hondo vacío… El maestro había partido.33
Altamirano gozó Europa –España, Francia e Italia, principalmente–, pero desde su salida de México hasta su muerte en San Remo, Italia, esos tres años y medio fueron también, y sobre todo, años de nostalgias, de deseos de regresar, de decepciones, de proyectos que no llegaron a realizarse, de enfermedad –queja que ya desde hacía por lo menos 25 años era frecuente en la correspondencia y la conversación del “maestro” –, de insatisfacciones.
Primero es su gran decepción de España y de los españoles, lo que hace cambiar, con Manuel Payno, España por Francia. Desde ahí le escribe a Francisco Sosa.34
Los literatos parisienses son encantadores. Comienzo a conocerlos y a tratarlos. Nos quieren mucho, pero nos ignoran mucho, y se sorprenden cuando les hablo de nuestro movimiento literario. Pero nos ignoran más en España y digan lo que dijeren, nos quieren allí menos, nos consideran inferiores y cada español se considera muy competente para juzgar de nuestras cosas. Yo les he afirmado tranquilamente que es-tamos más adelan¬tados que ellos en todo, lo cual es verdad, créalo V. Cuando se ha conocido a Francia y a los Estados Unidos, se experimenta una sensación de amargo desagrado y aun de tristeza conociendo a España.
Nada es bueno de los españoles, ni siquiera las ediciones de libros. Meses des-pués, en una nueva carta a Sosa, habla sobre las comisiones que se han nombrado en México con motivo del cuarto centenario del descubrimiento de América, una dirigida por Vigil y  la otra por Collado y Rosa Bárcena. Es la -


33 R(ubin), L(uis) G., “Partida del maestro”, en Velada literaria que en honor del Sr. Lic. D. Ignacio M. Altamirano celebró el Liceo Mexicano la noche del 5 de agosto de 1889, Oficina Tip. De la Secretaría de Fomento, México, 1889, páginas 143 a 146.
34 Altamirano, Ignacio Manuel, “Cartas de don…”, en el “Apéndice” de Memo-rias de la Academia mexicana correspondiente de la española (Discursos académicos), tomo XVII Editorial Jus, México, 1960, páginas 263 a 279.  Son siete cartas dirigidas desde Europa por Altamirano a Francisco Sosa y abarcan un periodo que va desde el 26 de septiembre de 1890 hasta el 22 de diciembre de 1891. He se-guido sólo estas cartas para dar la imagen de Altamirano en Europa porque intuyo, sólo intuyo, que reflejan una imagen bastante aproximada de lo que debió sentir el “maestro2 en esta etapa de su vida. Es posible que la publicación reunida de todo su correspondencia de la imagen de un Altamirano diferente; es posible pero creo que poco probable ya que estas cartas dan la impresión de ser bastante sinceras y sin cui-darse diplomáticamente de dar una imagen a sus discípulos, amigos, parientes o corresponsales eventuales.

 

Comisión de la tan citada Antología de poesía mexicana preparada por la Aca-demia Mexicana que Menéndez y Pelayo prácticamente ignoró al hacer la reunión de todas las antologías hispanoamericanas al antologar a los mexicanos según su gusto y saber. Altamirano, que intuía que no iba a estar incluido ni por los mexicanos ni por Ménéndez y Pelayo,35 revela amargura y cierto dejo de resentimiento al escribir sobre esas comisiones que sospecha no incluirán a ningún liberal y dice alegrarse por la probable exclusión de su venerado maestro Ramírez, “el Nigromante”, “que detestaba a los españoles y que no quería, con justicia, a Colón por que lo reputaba un negrero, una especie de negrero…”36
Por mi parte estoy tranquilo, primero porque sinceramente convengo en que no valgo nada y luego porque estoy seguro de la aversión de esos señores y de sus com-pañeros que les hace decir en todos los tonos posibles: que ni siquiera hablo español, en lo que estoy plenamente de acuerdo con ellos. Lo que deploro es haber aprendido esa lengua desde mi juventud, en vez de haber aprendido otra que me fuera más simpática.
Y pocos meses después vuelve sobre el mismo tema.
El centenario va a ser una tentativa de captación de parte d España para las Re-públicas americanas, captación, no para fraternizar, sino para dominar, para adquirir influencia, para matar en germen nuestra literatura nacional. Y como si Baranda no hubiera penetrado este espíritu, nombró precisamente una comisión de gachupines y de agachupinados como vocales, y al único mexicano de carácter independiente, co-mo secretario. ¡Qué desgracia la nuestra! ¡Siempre colonos, siempre haciendo carantoñas a la antigua domina¬dora, siempre cayendo en las redes que nos tiende, siempre creyéndonos inferiores!
Ahora que conozco más a España y a sus hombres, puedo afirmar a V. que éstos no nos quieren, nos desprecian, nos creen, en efecto, inferiores, y sólo distinguen entre los americanos a aquellos que les rinden pleitohomenaje, y que se consideran como sus libertos. Hacen ostentación de no conocernos. Así es que yo no les rindo, y cuidado que han hecho lo posible por captarme.
Evidentemente hay cierta exageración en Altamirano pro, en todo caso, bastante comprensible pues no está muy lejos de una realidad que aún persiste. El “maestro” se da cuenta que por un lado están”Los españoles aparentemente zalameros con los americanos, en el fondo creyéndose todavía los dominadores”,38 y, por otro, los comi-sionados, más bien de tendencia conservadora pro-hispánica, que no tendrán “la magnanimidad” que liberales como é han tenido con sus “contrarios”, a los que han tratado de hacer  justi cia “muchas veces, y en todos nuestros escritos”; y le aconseja a Sosa que haga como hará él de ahora en adelante, repicará “sólo cuando ellos repiquen primero”.39

35 Aquí se equivocó Altamirano pues sí fue incluido en la Antología de poetas  mexicanos publicada por la Academia mexicana correspondiente ala española en la edición de 1894, la segunda (la primera parece que sólo fue de cinco o seis ejempla-res), que circuló como respuesta a la preparada por Menéndez y Pelayo, quien no incluyó a Altamirano pero disculpándose de la exclusión de este poeta de “tan alta significación y tanta influencia” pues en su antología sólo incluía a poetas ya falleci-dos.

 

36 Carta a Francisco Sosa del 22 de abril de 1891, página 272 de la obra citada en la nota 34.
37 Carta a Francisco Sosa del 9 de julio de 1891, página 275 de la obra citada en la nota 34.
38 Misma carta de la nota 37.

 

El Congreso de Americanistas es también para Altamirano una decepción.40
En el Congreso de Americanistas donde se reunieron más de 400 sabio y literatos europeos, no encontré uno solo que comprendiese el español, ni que lo hablara, más que los cinco delegados españoles. Los delegados de la América Latina éramos ape-nas diez, de modo que el número de los que comprendíamos español era muy reducido, de 15 personas. De los españoles, lo SS. De la Rada, Vitanova y Maresartu hablaron francés, y fueron comprendidos aunque su pronunciación era defectuosa. Los SS. D. Justo Zaragoza  y Jiménez de la Espada hablaron en español y no los en-tendió ninguno, a no ser los quince susodichos. Todos los americanos tuvimos que hablar francés.
En los demás círculos científicos y literarios de París no hay nadie que hable es-pañol, y se encuentran a muchos que hablen inglés, alemán, ruso, holandés, italiano, portugués, árabe y hasta japonés y chino. De manera que la pobre lengua española tan ensalzada por nosotros, es aquí casi desconocida. Esto da la explicación de por qué no se conoce nuestra literatura tampoco.
Pero hay, y esto no puede negarse, también cierto goce de Altamirano en Europa, a pesar de las enfermedades que tanto a él como a su esposa los aquejan continua-mente. Pero son goces más estéticos que humanos; Altamirano no siente el calor fraterno que lo rodeaba en México, calor que incluso era de admiración, de continuo homenaje y pleitesía. Su editor español, Ballesca, lo va recibir a la estación cuando llega de París, luego lo visita y finalmente lo e una vez en la calle pero nunca le habla de El Zarco ni el “maestro se atreve a toar el tema. No hay invitaciones, discursos sólo en las fiestas oficiales mexicanas, no hay amigos con los cuales pasar cotidianamente largas horas de conversación. Las referencias humanas de Altamirano siempre son formales y con cierta frialdad y distancia, y prácti¬camente ninguna alcanza esa cierta alegría que se nota cuando habla de Florencia y su novela Atenea.41
Después de haber estado en Roma trece días y en Nápoles doce, he venido a Flo-rencia y después a esta bella y romántica ciudad, que yo, deseaba conocer más que ninguna de Italia, tanto por sus grandes recuerdos, como porque me importaba verlo todo para rectificar mis descripciones de Atenea que había yo hecho sólo por la lectura de los viajes. ¿Se acuerda V. de Atenea? V. se sirvió calificarla como la mejor de mis noveluchas. No la concluí, e influyó para esta suspensión no tanto mi pereza nativa, como el escrúpulo que me vino de que no conociendo de visu la ciudad, podía haber incurrido en alguna inexactitud. Pues bien, hoy que la conozco mejor de lo que esperaba, porque he penetrado en los palacios y he conocido familias de la antigua aristocracia veneciana, aseguro a V. que nada tengo que rectificar. La había conocido en parte por los viajeros, y en parte, la había adivinado por una intuición singular. He estado en la casa de Bianca Capello. Me atreví a describirla por dentro sin dato algu-no, y es igual a mi descripción. Lo único que tengo que hacer es ampliar mis descripciones, y agregar otras cuando llegue a París y concluya mi novela.
Pero es la nostalgia, la enfermedad y las ganas de regresar a México lo que pre-domina y persistirá en el ánimo y los sentimiento de Altamirano desde su llegada a Europa y, concretamente, a Barcelona.42

 

39 Carta a Francisco Sosa del 22 de diciembre de 1891, página 278 de la obra ci-tada en la nota 34
41 Carta a Francisco Sosa del 2 de marzo de 891, página 266 de la obra citada en la nota 34

 

Después, España, la influenza, la postración, el intenso fastidio, la preocupación por la enfermedad de Margarita y el deseo de regresar a México. Aseguró a V. que en ningún país ataca con más furor la nostalgia que en España, al menos en Barcelona, a pesar de que es la segunda ciudad, grande, bella y rica. Es profundamente triste. Ni la lengua española mal hablada allí, pero que al fin se comprende, es parte para endulzar la ausencia de México. Ahí no quise escribir a los amigos. Mis cartas habrían sido elegías, repeticiones de “Tristes” de Ovidio en mala prosa desordenada.
Ya en sus últimos días, cuando siente y sabe que es inminente su muerte, le dicta su testamento a Joaquín D. Casasús, en el que continúa manteniendo su deseo de “volver a la patria” aunque ahora ya no sólo sea para morir.43
Como el maestro era pobre y no tenía una fortuna que dejar a sus herederos, no necesitó hacer mención alguna de sus bienes, como no tenía asuntos difíciles de fami-lia que resolver, no le fue preciso hacer constar derechos que nadie habría de reclamar; como carecía de deudas por pagar, no le fue menester hacer mención de sus acreedores; pero en cambio, como sí tenía algo muy suyo de que disponer, me dio las instrucciones necesarias.
“No quiero que me dejen en tierra extranjera; y como el medio más seguro para volver a la patria es la cremación de mi cadáver, después de que yo muera, imponga Ud. Su voluntad y mi deseo, y lleve a la patria mis cenizas”.
El 13 de febrero de 1893, lunes por la tarde, Ignacio Manuel Altamirano muere en San Remo, Italia, lejos de México, prácticamente solo; sus últimas palabras fueron: “¡Qué feo es esto!”44 Sus cenizas se trasladaron a México en junio del mismo año y “Después de celebrados los funerales en la Cámara de Diputados, se depositaron el Panteón Francés” y el Supremo Gobierno concedió a la viuda una pensión vitalicia de cien pesos mensuales.45

 

Tlahuapan, 1984

 


 

42 Carta a Francisco Sosa del 26 de septiembre de 1890, página 263 de la obra ci-tada en la nota 34.
43 Casasús, Joaquín D. En honor de los muertos, Imprenta de Ignacio Escalante, México, 1910, páginas 60 y 61
44 Casasús, Joaquín S., op. cit., página 69
45 González Obregón, Luis, op. cit.,nota 1 de la página 22. En 1934, al cumplirse el centenario del nacimiento de Altamirano, sus cenizas fueron trasladadas al Panteón de los Hombres Ilustres.