JUAN DE DIOS PEZA

 


Si existe un escritor mexicano del siglo XIX que reuna todos los méritos para ocupar el primer lugar entre las causas perdidas, ese, sin lugar a dudas, es Juan de Dios Peza (1852 1910). Su historia es la evolución de la gloria al olvido, del éxito al fracaso. En él se conjugan todos los elementos que ejemplarizan la ingratitud de la fama pública, la inutilidad del esfuerzo literario, la traición de la facilidad versificado-ra y hasta la caducidad o la temporalidad de lo que podríamos llamar los buenos sen-timientos de toda una época o un siglo. Lo más triste de esta historia es que Peza fue testigo viviente de la oscilación del gusto de su tiempo cuando recién transponía los cuarenta años de su vida y aún le quedaban veinte años más de nostalgias, de recuer-dos, de silencios.
La historia literaria de Juan de Dios Peza se inicia, según cuenta la leyenda, cuan-do a los 16 años fue convocado con urgencia por la dirección de su colegio, la Escuela Nacional Preparatoria, a fin de que remplazara a un compañero que tenía a su cargo la lectura de una poesía patriótica en conmemoración de la Independencia; Peza no sólo aceptó el encargo sino que, en unos instantes, compuso unas décimas que le valieron el entusiasta aplauso del público congregado en el Teatro Nacional. Esta anécdota, contada por sus biógrafos, señala la ambiguedad propia de toda historia personal: para unos fue el milagroso llamado de la literatura; para otros, el momento en que se simboliza el destino del poeta: la improvisación y la facilidad para componer versos como una característica innata de su obra.
Peza, desde ese día de sus 16 años, fue poeta. Es cierto que se matriculó en la Es-cuela de Medicina, pero también que al poco tiempo abandonó los estudios para dedi-carse en cuerpo y alma a la literatura y al periodismo. Fue fiel e íntimo amigo de Ma-nuel Acuña, y uno de los que más lo lloró, en público y en privado, por su suicidio; fue también miembro de la Sociedad Netzahualcóyotl, en donde inició gran amistad con Agustín F. Cuenca; fue, igualmente, buen amigo de Justo Sierra, a quien acom-pañó en sus primeras aventuras literarias; y, según el mismo Peza nos ha contado en uno de esos nostálgicos recuerdos de su juventud, fue testigo casi infantil de la reu-nión que celebraron los literatos mexicanos al restaurarse la República y en la que fes-tivamente Guillermo Prieto le anunció la inminente creación de la revista literaria que agruparía a todos los escritores nacionales sin distinción de ideologías políticas: El renacimiento.
Peza, desde antes de cumplir los 20 años de edad, conoció la miel de los halagos, del aplauso público y de la aceptación por los literatos más eminentes de México. Las cuatro grandes glorias de su tiempo  Manuel Ignacio Altamirano, el maestro genera-cional; Guillermo Prieto, el poeta de la musa callejera; Ignacio Ramírez, el admirado Nigromante; Vicente Riva Palacio, el triunfante general republicano  lo felicitaron por sus versos, lo apoyaron abriéndole las páginas de diarios y revistas, y lo alentaron a encaminarse gozosamente por las sendas de la literatura. En 1874, a los 22 años de edad, Juan de Dios Peza ya era todo un nombre distinguido de la literatura patria: se le convocaba para recitar versos de su inspiración en las fiestas cívicas y patrióticas, se le pedían poemas para las mejores publicaciones literarias y para las páginas domi-nicales de los diarios, se estrenaban y se apludían sus obras de teatro en verso, se edi-taba la primera recopilación de sus poemas con una carta laudatoria del respetado Ig-nacio Ramírez: "Ya, en su primera comedia, he tenido el gusto de saludar a un poeta dramático; ahora felicito a un poeta lírico; la literatura contempla en usted dos prome-sas, y yo hago votos porque ellas se vean pronto coronadas por la gloria".
Peza alcanzó esa gloria con la prontitud que le deseaba el Nigromante. Cuando en 1878 el poeta viaja a España como segundo secretario de la Legación mexicana, tiene todas las cartas de recomendación para presentarse ante el medio literario español como un poeta consagrado en su país. Los aplausos, los halagos, las facilidades para publicar en revistas y en diarios se repiten. Peza se hace amigo de Campoamor, Nuñez de Arce, Grilo, Selgas y de otros muchos escritores hispánicos; también se relaciona con el literato y tribuno Emilio Castelar, quien lo elogia y le desea una suerte distinta a la suya: "Viajero ceñido de ilusiones, poeta visitado por la celeste inspiración, amigo del alma, al verte tan joven, sólo se me ocurre que plegue al destino salvarte de los naufragios en que yo he caido, y de las borrascas a cuyos glaciales fríos se han salvado tan milagrosamente mis creencias". Peza hace relaciones públicas en la corte española tanto en favor de sí mismo como de los escritores mexicanos: no sólo logra publicar poemas de sus amigos literatos, sino también consigue que se edite La lira mexicana, antología formada por él y que presenta al lector español la nada despreciable suma de 59 poetas, avalada por un prólogo del doctor Antonio Balbín de Unquera y varias cartas elogiosas de poetas españoles. Marcelino Menéndez Pelayo protestará por la exclusión de José Joaquín Pesado, pero la repuesta ya estaba en el prólogo: es una antología de poetas jóvenes a fin de que se pudiera juzgar el porvenir literario de México puesto que la poesía del pasado "queda palpitante en la historia... ya está juzgada".
Peza, en triunfo, regresa al poco tiempo a México. De acuerdo a los manuales de literatura, su estada en España sirvió para que estilo adquiriese más pureza, más be-lleza su dicción y más variedad temática sus composiciones. En estos años del regreso acontece una desgracia en la vida privada de Peza: el abandono por su mujer. Desde el egoismo de la poesía, podría decirse que este acontecimiento hiere su obra literaria y la tiñe de un dolor secreto, púdico, silenciado por los amigos que leen entre líneas el pesar del poeta. Sin embargo, sigue siendo el bardo popular, el que entusiasma y conmueve a las multitudes, el que se gana los aplausos al concluir el recitado de sus versos, el que ocupa los mejores lugares en las publicaciones periódicas, el que es ci-tado y buscado por los jóvenes escritores. Pero en su obra, paradójicamente, se ha abierto o ampliado un nuevo camino literario: Peza es el poeta del hogar, el que canta a la niñez, el que se enternece hasta las lágrimas viendo a su hija Margarita besar a sus muñecas, a su hijo Juan entretenerse con fusiles y caballos de caña, y a Concha, la hija primogénita, deshojar flores como si a sus seis años compartiera su tristeza y sus dolores. Ahora es el poeta lírico, el escritor intimista que puede leerse en reuniones familiares, el poeta que trasciende las fronteras nacionales para situarse en un lugar destacado de la poesía de habla española y para trascender su idioma y ser traducido al inglés, al francés, al italiano, al portugués. Juan de Dios Peza, en esta década que va de 1878 a 1888, es reconocido como el gran poeta méxicano en su país y en el ex-tranjero; su lira  como se diría en esos años  alcanza sus mejores notas en las celebra-ciones escolares, en las fiestas cívicas, en las solemnidades patrióticas, en los aniver-sarios de amigos e instituciones, en las bienvenidas a personalidades internacionales, en los banquetes, y, sobre todo, en la reafirmación de los valores familiares, en el can-to de las dulzuras del hogar y la inmaculada inocencia de la niñez.
En 1888 se inicia, sorprendemente, la declinación de la fama pública del poeta. Existen muchas razones para tratar de explicarla. Hay nuevas sensibilidades literarias; lo que ahora llamamos los "precursores del modernismo" están usando otro tipo de versos, se interesan de manera diferente por temas también distintos; incluso la sono-ridad, la ampulosidad de la versificación típica de Peza comienza a ser sometida a un rigor mas disciplinado y no tan estruendoso. Peza no distingue estos cambios, no es capaz de adaptarse y de hallar el tono y el ritmo de los nuevos poetas, de los poetas que están escribiendo al lado suyo y en las mismas páginas en las que él escribe. Un crítico mexicano, amigo suyo, Manuel Puga y Acal, Brummel, exterioriza la censura en nombre de la poesía y de gustos literarios más refinados de los que se dan en México: Si bien Peza es el poeta más popular de México, Peza utiliza procedimientos literarios anticuados, propios del romanticismo español; Peza borda en el vacio; Peza no tiene ideas; Peza es impactante al auditorio pero no a los lectores de poesía; Peza abusa del empleo de palabras sonoras; Peza no es un espíritu cultivado; Peza es abun-dante; Peza rinde culto al dios Exito en detrimento de la poesía; Peza es un populari-zador pero no un poeta; Peza es admirado por quienes no tienen posibilidad de com-parar lo que se escribe en México con lo que se escribe en otros países; Peza es una equivocación más, sólo un versificador.
Puga y Acal escandalizó a los escritores y al público nacional. El poeta de México era denigrado. La polémica se extendió durante varias semanas y sirvió para demos-trar que, a pesar de todo, Juan de Dios Peza tenía más partidarios que detractores, y hasta Manuel Gutiérrez Nájera se sintió en la obligación de salir en defensa del poeta atacado, aun a costa de argumentar disminuyendo los méritos que el mismo crítico había elogiado en un poema suyo. Pero la evidencia ya estaba dada. La verdad es que Peza declinaba y quedaba postergado al mismo ritmo y al mismo compás con que lo hacían los poetas con los que había establecido amistad y afinidad poética durante sus años españoles: Campoamor, Nuñez de Arce, Grilo, Cañete, Velarde, Ros de Olano, Unquera, Pedrosa, Selgas, iban dejando su lugar a nuevos poetas, a nuevas formas de hacer versos, a una renovación literaria que se había iniciado en Hispanoamérica bajo el embrujo literario de Rubén Dario.
Peza, a partir de 1894 ya estaba marginado de la literatura mexicana. Sus versos seguían publicándose ne las revistas sociales de gran tiraje y en los suplementos lite-rarios de los diarios, pero ya no se le daba el lugar preferencial ni se le anunciaba entre los colaboradores importantes. Sus libros seguían imprimiéndose, pero ya la hora de su poesía había fenecido. Da algo de lástima seguir la pista de Juan de Dios Peza en las publicaciones de mayor prestigio de esos años de olvido, de fracaso, de silencio: en la Revista Azul, Peza colabora con cuatro poemas, con el mismo tono, con la misma motivación y con el mismo sabor a añejo; en la Revista Moderna, Peza se hace presente sólo con dos colaboraciones y, en realidad, ya no tiene nada que decir. Peza, de alguna manera, se retira. Es, para él, el momento de recordar, de voltear la vista hacia la prosa y tratar de escribir recuerdos, pequeñas anécdotas, reliquías de los tiempos idos, retratos de amigos literatos, algún cuento, algún apunte histórico. Tam-bién son los años de fin de siglo en que escribe, con esa facilidad asombrosa que tenía para versificar, las Leyendas históricas, tradicionales y fantásticas de la Ciudad de Mexico, en que, morosamente, se las ingenia para recrear 60 calles de su ciudad, dotándolas de una anécdota pintoresca, sentimental o histórica.
Un día, con ese mismo orden de ideas, de sentimientos, de ganas de escribir, Peza se sienta y anota: "Yo vi, de cerca y por primera vez, a don Benito Juárez, en los días históricos en que su personalidad culminaba como un sol de libertad y de gloria, del uno al otro extremo del Continente Americano: el 16 de Septiembre de 1867". Es el inicio de sus memorias personales. El gesto es doblemente delicado. Peza nos va a contar su vida en los tiempos de Benito Juárez, que son también, en algunos de sus años, los tiempos de Maximiliano y Carlota. Fueron años duros y muy difíciles para él. Su corazón, sus ideas, sus amigos estaban con Juárez; su padre, militar, estuvo al lado del emperador, llegó a ser su ministro de Guerra y fue condenado a muerte y des-terrado a Francia a la caida del Imperio. Debieron ser años de fidelidades encon-tradas, de angustias y de temores individuales. La familia, al fin y al cabo, paso de la distinción social y la comodidad material a las estrecheces de subsistencia. Peza tuvo que buscar becas y apoyos para estudiar y para sobrevivir escribiendo poesía y teatro. El gobierno juarista lo apoyó y los líderes liberales que también eran literatos, estu-vieron a su lado, alentándolo, halagándolo, abriéndole las puertas de los diarios y las revistas. Peza, en los años finales del siglo XIX vuelve la vista atrás y se situa en el momento en que se inicia también su propia historia literaria, toda esa historia que en sus líneas generales se ha venido relatando. Peza recuerda, evoca, se enfrenta a ese pasado tan inmediato y tan lejano a la vez. Y, entonces, por una extraña pero natural imposición de la personalidad sobre la literatura, regresa el poeta cívico, el poeta de las grandes solemnidades patrias, el poeta del hogar, de la infancia, de los buenos sentimientos, para darnos nuevamente su visión endulcorada de la vida, de su vida, y en la que tampoco puede atreverse a enfrentar los años de Maximiliano de manera abierta, cronológica. Es Juárez el que asume el papel protagónico, de fondo, de estas memorias parciales, íntimas, sobrias consigo mismas, y en las que no se produce ningún rompimiento, ninguna duda, ninguna angustia en el nivel personal y familiar. Es cierto que en algún momento, en algún pequeño rincón de la evocación, queda plasmado una admiración reprimida de inmediato por el porte y la elegancia de Maximiliano, pero Juárez se impone, se imponen las anécdotas y los recuerdos de la guerra contra el usurpador austriaco. Peza concluye así su historia literaria y su recuerdo cívico: escribiendo unas memorias ajenas, distantes, en la que evoca un mundo que se perdió para siempre y que se lo llevó a él mismo en su vorágine.
Desde hace muchos años se afirma que los estudiosos de la literatura mexicana deberían volver a leer a Juan de Dios Peza para revisar si no habrá algo salvable, res-catable, en sus cientos de poemas, en sus prosas de recuerdo. Hasta ahora nadie se ha atrevido a hacerlo. Quizá valga la pena consignar, como nota final de este rápido ar-pegio fúnebre del poeta, que había nacido el 29 de junio de 1852 en la Ciudad de México, donde también falleció el 16 de marzo de 1910; tenía sólo 58 años de edad. Con él acabó físicamente una larga etapa mexicana de la que él, desde hacía por lo menos 20 años, estaba ya total y absolutamente marginado. Recordarlo no dañará, ni ofenderá, a nadie; lo cual, también, no deja de ser triste.

 

Tlahuapan, 1998