Papeles Tlahuapenses. (Publicado en el Boletín del Instituto de Investigaciones literarias de la UNAM, Volumen 13, Nro. 1-2, 2005)

 

Notas de trabajo del

MUSEO POPULAR (1840)

 

                                    Para Nonoi,

                                    Tres veces.

                                    Para Agustín,

                                    Dos.

  

PRESENTACIÓN

                  

Dentro de la ortodoxia de la investigación literaria, supongo que cada quien adopta y adapta diferentes formas de trabajo. Desde que comencé a trabajar en revistas literarias mexicanas del siglo XIX, el primer paso que daba era levantar un índice total de la revista. Anotaba el título –completo- del primer artículo, así como el
nombre del autor, la fecha del calce, si la llevaba, y cualquier indicación sobre su procedencia –que podía ir desde el nombre de una revista española, francesa o inglesa, por ejemplo, hasta un simple Trad., Cop., Remitido o referencias similares. Y así me iba anotando hasta llegar a la última página, por lo general el índice. Al principio también levantaba una lista de las ilustraciones sin paginar o en hoja independiente, pero dejé de lado muy pronto este inventario por la cantidad de hojas que se arrancaban de las revistas, por la inseguridad –si no habían pautas de colocación de láminas- sobre la totalidad del número que incluía el ejemplar original y, también, por mi ignorancia sobre este ramo de las artes gráficas. Ya con la lista en la mano, procedía a la fotocopia total de la revista. Después anotaba en cada artículo
el nombre de la revista, el nombre del autor y la página. Se recortaba todo, se pegaba en hojas tamaño carta y se clasificaba por el nombre alfabético de autor. Si, por ejemplo, se daba el caso de que encontraba un artículo de Prieto sobre Payno, se hacía una nueva copia y se incluía en la carpeta de Payno. Este era, y es, un trabajo aburrido, monótono, absurdo y cansador, pero en él ocupe muchas horas de los seis años en que me consideré vampiro y trabajé de noche y dormí de día.

Por los años 60 del siglo XX, el Centro de Estudios Literarios de la  UNAM realizó una truncada pero excelente labor de investigación y publicación de índices de revistas literarias mexicanas del siglo XIX. Fue un trabajo exhaustivo, minucioso y profesional, en que no sólo se daba el inventario sino que se describían los contenidos de lo ubicado y se realizaba un amplio y erudito estudio sobre la revista trabajada y su
contexto. Una verdadera y utilísima maravilla. Se publicaron, hasta donde conozco, los índices de El domingo (1871-1873), El Nacional (1880-1884), El Renacimiento (1869), Revista Azul (1894-1896), Revista Moderna (1898-1903), y ya en los 80s, el de Revista Nacional de Letras y Ciencias. Paralelamente, pero de forma esporádica, los institutos literarios y de publicaciones de la UNAM también se dieron a la labor de editar facsímiles completos de revistas del siglo XIX, con prólogos que incluían índices y estudios tan valiosos como los que llevaban las ediciones de índices. El Renacimiento
(1869), El Recreo de las Familias, El Iris, El Mercurio, Ilustración Potosina, Revista Moderna, Revista Azul y El Año Nuevo.
Una editorial privada, Cosmos, editó un facsímil de El Presente Amistoso, impreso por Cumplido en 1847, sin índice ni estudio, pero valioso aporte para la investigación literaria. También su publicó un incompleto índice de los trabajos literarios en El Siglo Diez y Nueve y otro, más cuidado y de igual tema, sobre El Mundo ilustrado de 1905  a 1910. Es muy probable que en los cinco últimos años se hayan publicado más índices y más facsímiles de Revistas literarias mexicanas del siglo XIX, pero mi alejamiento de México y la enorme dificultad o imposibilidad de estar enterado –y peor, al día- de lo que se publica sobre lo que podría decir que era “mi tema”, me hacen dejar en blanco lo sucedido después del año 2000. Sin embargo, sí llegaron a mis manos, gracias a la amistad y gentileza de Vicente Quirarte, los dos excelentes tomos de Publicaciones periódicas mexicanas del siglo XIX, en que se realiza un inventario y descripción de lo indicado en el título. Y ya en este somero conjunto de indicaciones, debe resaltarse la importante e ignorada labor del Boletín Bibliográfico de la Secretaria de Hacienda y Crédito Público, que traía en sus páginas no sólo trabajos literarios de exposición y análisis literario sobre el siglo XIX, sino también bibliografías, más indicativas que exhaustivas, de autores y revistas de ese siglo.

Es dentro de este contexto en el que deseo incluir la publicación de mis “papeles de trabajo” sobre la literatura mexicana del siglo XIX. Es obvio que son papeles de ayuda, de apoyo, y que sólo pueden servir como punto de inicio y referencia para investigaciones y bibliografías como las que he indicado. Cualquier otra pretensión sería absurda.

 

Moià, 2006.

FERNANDO TOLA DE HABICH  

  

 

Nota. Durante años, Fernando Curiel y Belem Clark de Lara han insistido en que reúna mis papeles dispersos y los vaya publicando. Ojala no resulte una caja de Pandora. De cualquier manera, sólo ellos serán los responsables de la idea, lo cual, sin duda, les agradezco.

 

 

EL MUSEO POPULAR (1840)

Notas de trabajo.

  

Proyecto. La fecha del primer número es el 15 de enero de 1840, por
lo que se debe aceptar que el proyecto de la revista debió haberse iniciado a
más tardar en 1839.

 

Primer número. Aunque el primer número lleva la fecha de 15 de enero
de 1840, lo cierto es que se demoró la publicación, atrasando de paso a todos
los siguientes y obligando a fijar como fecha de publicación el 10 y 25 de cada
mes (seguramente en lugar del 15 y 30 que se habría planeado)

 

“Dificultades imprevistas hicieron que el primer número de este periódico no se publicara en el día que habíamos señalado; necesariamente han sufrido igual atraso los números posteriores; por lo que advertimos que para evitar en lo sucesivo esta falta, se repartirá puntualmente este periódico los días 10 y 25 de todos los meses.”

 

Números. Puede afirmarse, sin dudar, que hasta la página 216, de las 264 de la revista, cada número tuvo 24 páginas. En principio, y por la ordenación tipográfica, resulta fácil determinar la finalización de cada número y, claro, el inicio del siguiente. Y si se acepta que por el atraso El Museo Popular se inició el 25 de enero, y el número 2 el 10 de febrero en lugar del 30 de enero, resulta también fácil fijar fechas probables.

 

Nro 1= 24: 25 de enero

Nro 2= 48: 10 de febrero

Nro 3= 72: 25 de febrero

Nro 4= 96: 10 de marzo*

Nro 5= 120: 25 de marzo**

Nro 6= 144: 10 de abril

Nro 7= 168: 25 de abril

Nro 8= 192: 10 de mayo

Nro 9= 216: 25 de mayo

Nro 10= Pág. 264: Fin de El Museo Popular.

 

*Se avisa de los atrasos y se anuncia el cambio de fechas de la entrega, corriéndose 10 días a lo planeado: del 15 al 25 y del 30 al 10 de cada mes.

**Se explica sobre el atraso del número 5 por ocupaciones de la imprenta. No se indica si en el número siguiente se recupera la fecha fijada o si esta volverá a correrse en los siguientes números por esta nueva demora.

 

Número 10. De acuerdo a esta paginación, el número 10 debería terminar en la página 240, lo cual no sucede, y todo pareciera indicar que el último número es doble, de 48 páginas, terminando en la 264, última página, donde se indica, sin explicación, que termina la publicación de El Museo Popular, y se agradece a los suscriptores.

El hallazgo de algún ejemplar de la revista con las cubiertas de reparto, permitiría tener ideas más aproximadas sobre las dos principales dudas que podrían tenerse a este respecto:

 Una: si fueron 10 o 11 los números totales de la revista o si el número 10 trajo el doble de páginas.

Dos: la fecha del último número, aunque esto también podría plantear dudas si es que se mantiene la fecha establecida y no la verdadera, como en el primer número.

 

Cubiertas. Por las costumbres de la época, cada número de la revista debería publicarse con unas cubiertas en la que se da el título, los miembros directivos, mensajes a los representantes fuera de la capital, el nombre del impresor, a veces alguna publicidad circunstancial, el índice, algún grabadito de adorno, en fin, se emplea el espacio que dan cuatro páginas de protección a las páginas del número.

 

Impresor. Sólo en la última línea del primer número, pág. 24, aparece el nombre del impresor.

 

"Impreso por Juan Ojeda, calle de las Escalerillas n. 2".

 

Introducción. Terriblemente agresiva para la época, atacando por igual a jóvenes y adultos *.

 

Por desgracia, nuestra patria no recobró con su gloriosa libertad política, la libertad de la razón y de la filosofía:

(1) vegetan aun varios de nuestros sabios en vergonzosa servidumbre;

(2) mientras la mayoría de nuestra juventud, más audaz, pero más ignorante, desprecia las cosas sin conocerlas;

(3) trae al tribunal de su intolerante juicio a hombres a quienes se tributa con veneración el incienso sagrado de la gloria.

Por esto es, a nuestro entender, difícil empeño de escribir en Méjico:

(4) hay personas verdaderamente sabias, que acumulan durante su vida entera las riquezas de la instrucción, y que tiemblan como el avaro, cuando se les propone que muestren sus tesoros a los demás:

(5) conocemos sujetos ilustrados, pero a quienes lastima la reputación ajena, y que parece que se desdeñan de admirar a los demás: 

(6) sin embargo, confesamos en obsequio de la justicia, que hay un crecido número de hombres deseosos de que se propaguen los conocimientos útiles, de que campeé la razón sin obstáculos, finalmente de que se funde nuestra felicidad pública por la mano robusta de la sabiduría.

 

*La división en párrafos numerados y las cursivas son mías.

 

Letrán y El Año Nuevo. He sostenido en el prólogo a la edición facsímile del El Año Nuevo, que en mi opinión la Academia de Letrán se dispersó a finales de 1838 o principios de 1839, y cito en mi apoyo una serie de testimonios directos e indirectos que lo comprueban. La publicación de El Museo Popular es también un apoyo a mi posición. Guillermo Prieto, una de las figuras claves de la Academia, no colabora en el anuario de 1840 –formado en 1839 con todo el apresuramiento e improvisación posible por Ignacio Rodríguez Galván- y ocupa los finales de 1839 en planear la publicación de una revista ajena a la Academia, para publicarla casi simultánea a El Año Nuevo de 1840.

Sus colaboradores en el proyecto no son sus antiguos contertulios. En realidad sólo Ignacio Rodríguez Galván, siempre generoso y ajeno a rencores, entrega a Prieto dos colaboraciones: un artículo sobre teatro y un poema, “Eva ante el cadáver de Abel”. Si, como se considera, las iniciales J. N. corresponden a Joaquín Navarro y A.L. a Antonio Larrañaga, fallecido en 1838, el aporte del primero es por completo insulso y la presencia póstuma del segundo sin la menor relevancia. Los otros colaboradores mexicanos no eran, en esos años, escritores conocidos: el José María Andrade que colabora, no es el Manuel Andrade de la Academia de Letrán; Calero es un poeta yucateco que desde los Estados Unidos envía colaboraciones -poemas- a todas las revistas mexicanas; Casimiro del Collado es un jovencito santanderino recién llegado a México para trabajar en el comercio y que se dejaba seducir por la literatura; José María Lafragua venía de Puebla dispuesto a iniciar su carrera política y literaria; Camilo Bros debutaba en esos menesteres; Ruz de Cea era un espontáneo; y el poema de Gorostiza significaba más un refrito que una colaboración. Prieto estaba solo, sin sus amigos de antes, porque, como opino, la  Academia de Letrán ya había dejado de reunirse e, incluso, él estaba distanciado de sus amigos. ¿Se deberá a esa soledad la agresividad contra jóvenes y adultos en la presentación de El Museo Popular?

 

Colaboradores. Si alguna importancia literaria puede tener El Museo Popular esta se basa en su totalidad en los aportes de Prieto y Rodríguez Galván. En cambio, en significados para la historia literaria pueden señalarse algunas colaboraciones: la traducción de Lord Byron por Lafragua y Collado, y, quizá de los mismos traductores, la de Ossian; el error en la elección del insignificante texto de Víctor Hugo; y el señalamiento de un interés por la educación y el teatro, aunque resultara efímero. De cualquier forma, debe resaltarse el valor del remitido

 

64 Teatro principal. Artículo remitido, por G. Ruz de Cea, 181,

 

la respuesta de la revista y el siguiente artículo sobre las unidades clásicas de la obra teatral

 

83 De las formas dramáticas, por A. L., 245,

 

que si nos descuidamos también se atribuirá al fallecido Antonio Larrañaga. 
 

Costumbrismo. La verdadera importancia histórica de El Museo Popular se fundamenta en la publicación de dos significativos textos del costumbrista español Ramón de Mesonero Romanos –“El amante corto de vista” y “La político-manía”-, y, sobre todo, la publicación de los primeros cuadros de costumbres mexicanos, atribuidos a Guillermo Prieto: agregado nacional a “Primer día de Año Nuevo”, ubicado en Escocia; “Costumbres mejicanas: Un domingo”; agregado nacional a “Ensayo histórico sobre las modas”; “Lecciones a un periodista novel”; y “Las doncellas”. En verdad, de estos escritos el único que tiene un cierto valor es “Un domingo”, el resto resulta bastante ingenuo y sin la gracia, la chispa popular, que caracterizará a Guillermo Prieto.

(Y aquí también se presenta la ocasión para evidenciar de pasada la falta de precisión de la memoria de Prieto:

 

"y yo a nuestras costumbres, cuyos cuadros me había yo atrevido a exponer al público en el Domingo, periódico que redactábamos Camilo Bros y yo, pronunciándonos contra los vicios de la educación clerical y de los sistemas de estudios" (Pág. 217 de Memorias de mis tiempos).

 

Prieto y Don Benedetto. En la revista, Guillermo Prieto publicó, firmando con su nombre, seis poemas que aún no tienen la menor sombra de lo que pocos años más tarde se llamará “la musa callejera” y convertirá al autor en el “Romancero nacional” y en “el poeta más popular de México”. Son poemas convencionales y con todos los caracteres de época, incluyendo tímidos asomos románticos.

 

6 La desesperación, 15

18 Ernesto, 43

24 El caballo salvaje, 62

33 Letrilla, 77

40 El celaje, 101

54 La libertad, 143

 

También con su apellido y la inicial de su nombre, publica una traducción que, es obvio, no se refiere a México sino a España, a la resistencia contra la invasión napoleónica de 1809.

 

65 Toma de Zaragoza (Trad. por G(uillermo). Prieto), 191

 

En sus memorias, Prieto declara que

 

"Érase el año de 1840, y publicaba yo con el seudónimo de Don Benedetto, en El Museo Popular, los versos siguientes,



 

Versos que se encuentra al final del artículo de costumbres, firmado por D. Benedetto, "Un domingo"

 

17 Costumbres mejicanas. Un domingo, por D. Benedetto, 36

 

Esta información descarta cualquier duda de que este trabajo no sea de Prieto y confirma que D. Benedetto es el seudónimo que emplea en El Museo Popular. Sin embargo, en verdad, sólo figura en la revista un artículo firmado con ese seudónimo. El resto, que se atribuye a Prieto por estar firmado con la B de D. Benedetto o… del apellido Bros, del otro director de la revista, presenta algunos problemas.

Son cuatro las colaboraciones firmadas con sólo una “B”:

 

6 Fabricación del Lacre, sin firma (Trad. por B.), 33

9 Primer día de Año Nuevo (Trad.) Con un agregado firmado por B., 18

20 Ensayo histórico sobre las modas, por B., 47

52 Lecciones a un periodista novel, por B., 129

 

En principio se acepta que la traducción “Fabricación del Lacre” no pertenece a D. Benedetto sino a Bros, por tratarse un tema que no es propio de los intereses de Prieto. En cambio, los tres restantes si se consideran como escritos por él.

El “Primer día de Año Nuevo”, al igual que “Ensayo histórico sobre las modas”, pertenece a:

 

 "losartículos cuyas traducciones presentaremos sucesivamente, con sus respectivas adiciones y comentarios adaptados a nuestras circunstancias..."

 

Pensar que correspondió a Guillermo Prieto hacer los agregados y firmar con una simple “B” es tan peregrino como la probabilidad de que sea de la autoría de Bros. Los agregados no tienen la menor importancia, gracia u originalidad para justificar atribuírselos a Prieto y descartar de forma radical que sean de Bros.

Pero, de cualquier manera, son tan riesgosas estas atribuciones, que “Lecciones a un periodista novel”, firmado también con una “B” y atribuido a Prieto, tiene entre los consejos dados, “Procurar proveerte de alguna real orden* en cuya virtud se suscribiesen a él diez o doce centenares de ayuntamientos”, lo cual resulta insólito en una república independiente como era en ese entonces México, y, en cambio, más propio, digamos, de España, y, es evidente, de un costumbrista español.

 

*La cursiva es mía

 

Similar de problema presenta “Las doncellas”, también atribuido a Prieto por el “D. Benedetto” de la firma y el olvido del agregado “I de F.J.”

 

32 Las doncellas por D. Benedetto I del F. J, 74

 

Al igual que lo dicho al referirme a “Lecciones a un periodista novel”, las atribuciones son asuntos muy riesgosos. En la advertencia 6º de “Las doncellas” se dice que “mucho cuidado” con “las que hablen de política y respondan a una declaración amorosa con un artículo de reformas del Independiente o del Cosmopolita”, siendo así que en 1840 no existía en México ningún diario o revista con esos títulos y, según tengo entendido, sí existían en España.

Quedan, por último, de Prieto, D. Benedetto, B y las atribuciones, los cuatro artículos sobre “Instrucción Pública”, publicados sin firma, los dos primeros como “remitidos” y los dos siguientes como defensa a ataques recibidos por lo dicho sobre el Colegio Seminario en los que, al parecer, hasta se llamó a los directores de la revista
“mozalbetes (sic) casquivanos del Museo Popular”.

 

13 Instrucción Pública. Remitido, sin firma, 25

23 Instrucción pública. Remitido, sin firma, 58

37 Instrucción Pública, Colegio Seminario, sin firma, 89

48 Instrucción Pública. Colegio Seminario, sin firma, 117

 

No creo que este tema de Instrucción Pública fuese de un interés muy marcado en Prieto cuando rondaba los 22 años de edad. Que opinó, que dijo, que agregó alguna frase y hasta alguna idea, es posible creerlo, pero dudo que él fuese la cabeza directriz en este asunto. Existe el testimonio directo en el sentido que estaba comprometido con el tema, pero debe tenerse presente que en su declaración hasta la redacción de los artículos lo escribe en plural:

 

“redactábamos Camilo Bros y yo, pronunciándonos contra los vicios de la educación clerical y de los sistemas de estudios”

 

Nota. En e “Índice por autores”, se anotan los artículos que han sido incluidos en Obras completas en circulación y de fácil consulta –ver en la Bibliografía-, y que por lo tanto resultaba innecesario incluir en la selección de artículos. El poema de Gorostiza, si bien conocido, no resulta un exceso volver a publicarlo. 

 

BIBLIOGRAFÍA

Índices bibliográficos, ediciones facsimilares y recuperaciones de la obra de escritores de la Academia de Letrán.

 

Batis, Huberto: Índices de El Renacimiento. Semanario literario mexicano (1869). Centro de Estudios Literarios. UNAM. México, 1963. 328 págs. Edición de 2000 ejemplares.

Batis, Huberto: El Renacimiento. Periódico literario (México, 1869). Edición Facsimilar. Centro de Estudios Literarios. Instituto de Investigaciones Filológicas. UNAM. México, 1979. Edición de 3000 ejemplares.

Calderón, Fernando: Obras poéticas. (Parnaso Mexicano 1844) Edición Facsimilar. Edición, presentación y apéndices Fernando Tola de Habich. Coordinación de Humanidades. Ida y Regreso al siglo XIX. UNAM. 1999. Edición de 1000 ejemplares.

Campos, Marco Antonio: La  Academia de Letrán. Centro de Estudios Literarios. Instituto de Investigaciones Filológicas. UNAM. México, 2004. 89 págs. Edición de 1000 ejemplares.

Carpio, Manuel: Poesía. Edición Facsimilar. Presentación y apéndices Fernando Tola de Habich. Coordinación de Humanidades. Ida y Regreso al siglo XIX. UNAM. 1998. Edición de 1000 ejemplares.

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Clark de Lara, Belem y Fernando Curiel Defossé: Revista Moderna de México
(1903-1911).
I. Índices. II. Contexto. Instituto de Investigaciones Filológicas. UNAM. México, 2002. 2 tomos. 700 y 220 págs. Edición de 500 ejemplares.

Cumplido, Ignacio: Presente amistoso dedicado a las señoritas mexicanas. I. Cumplido. México, 1851. 435 págs. + láminas intercaladas. Edición facsimilar. Editorial Cosmos-César Macazaga Ordoño, México, 1976. Edición de 500 ejemplares.

Curiel, Fernando: Revista Moderna. (1898-1903). Edición Facsimilar. Coordinación de Difusión Cultural. UNAM. México, 1987. Cinco Tomos. Edición de 1000 ejemplares.

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Devega, Nelson R., Universidad de Missouri-Columbia: El Mundo Ilustrado como vehículo literario de 1905  a 1910. Ediciones del “Boletín Bibliográfico de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público. México, 1974. 217 págs. Edición de 1000 ejemplares.

Díaz Alejo, Ana Elena y Ernesto Prado Velázquez: Índices de El Domingo. (1871-1873). Centro de Estudios Literarios. UNAM. México, 1968. 414 págs. Edición de 2000 ejemplares.

Díaz Alejo, Ana Elena y Ernesto Prado Velázquez: Índices de la El Nacional (1880-1884). Centro de Estudios Literarios. UNAM. México, 1968. 414 págs. Edición de 2000 ejemplares.

Díaz Alejo, Ana Elena y Ernesto Prado Velázquez: Índice de la Revista Azul (1894-1896). Centro de Estudios Literarios. UNAM. México, 1968. 414 págs. Edición de 2000
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Lacunza, José María: (Obra). Los muchachos de Letrán. Estudio y recopilación de Ángel Múñoz Fernández. Factoría Ediciones. México, 1997. 401 págs. Edición de 1000 ejemplares.

Lafragua, José María: Obras. Edición, prólogo y notas: Fernando Tola de Habich. Secretaría de Cultura. Gobierno del Estado de Puebla. México, 2000. 2 Tomos. Edición de 2000 ejemplares.

Martínez de Castro, Luis: La visita inesperada. Crónicas y traducciones. Edición y estudio introductoria de Marco Antonio Campos. Coordinación de Humanidades. Ida y Regreso al siglo XIX. UNAM. México, 2003. 166 págs. Edición de 500 ejemplares.

Mata, Oscar: La novela corta mexicana en el siglo XIX. Coordinación de Humanidades. Ida y Regreso al siglo XIX. UNAM. México, 1999. 166 págs. Edición de 500 ejemplares.

McLean, Malcolm Dallas. Archivist San Jacinto Museum of History, Houston, Texas: El contenido literario de “El siglo Diez y nueve”. Inter-American Bibliographical and Library Association. Washington, D.C. 1940. 75 págs.

Miranda Cárabes, Celia: Índice de la Revista Nacional de Letras y Ciencias (1889-1890). Centro de Estudios Literarios. Instituto de Investigaciones Filológicas. UNAM. México, 1980. 158 págs. Edición de 2000 ejemplares.

Muñoz Fernández, Ángel: Fichero Bio-Bibliográfico de la Literatura mexicana del
Siglo XIX.
Factoría Ediciones. México, 1995. XXI + 880 págs. Edición de 1000 ejemplares

Muñoz Fernández, Ángel: Los muchachos de Letrán. Antología. Factoría Ediciones. México, 2004. LI + 446 págs. Edición de 1000 ejemplares

Payno, Manuel: Obras completas. Edición de Boris Rosen Jélomer. Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. México 1996-2003. 14 tomos (¿). Edición de 2000 ejemplares

Pesado, José Joaquín: Obra literaria. Recopilación, prólogo y notas de Fernando Tola de Habich. Coordinación de Humanidades. Ida y Regreso al siglo XIX. UNAM. Secretaría de Cultura. Gobierno de Puebla. México, 2001. 420 págs. + facímil. 2 Tomos. Edición de 500 ejemplares.

Prieto, Guillermo: Obras completas. Edición de Boris Rosen Jélomer. Consejo Nacional para la  Cultura y las Artes. México 1992-1999. 29 tomos. Edición de 5000 ejemplares (Tomo I); Edición de 2000 ejemplares (Tomo XXIX).

Rodríguez Galván, Ignacio: Obras. Prólogo y apéndices: Fernando Tola de Habich. Coordinación de Humanidades. Ida y Regreso al siglo XIX. UNAM. 1994. 2 Tomos. Edición de 2000 ejemplares.

Ruiz Castañeda, María del Carmen: Índice de revistas literarias del siglo XIX (ciudad de México). Instituto de Investigaciones Filológicas. UNAM. México, 1999. 81 págs. Edición de 500 ejemplares.

Ruiz Castañeda, María del Carmen: Minerva. Periódico literario. Presentación, notas e índice de… Universidad Nacional Autónoma de México. Dirección General de Publicaciones. México, 1972. XV + 86 págs. Edición de 2000 ejemplares.

Ruiz Castañeda, María del Carmen: El Iris (México, 1826). Periódico crítico y literario. Edición facsimilar. Instituto de Investigaciones Bibliográficas. UNAM. 1986. 2 Tomos. Edición de 1000 ejemplares.

Ruiz Castañeda, María del Carmen: El Recreo de las Familias (1838). Edición Facsimilar. Instituto de Investigaciones Bibliográficas. UNAM. 1986. 2 Tomos. Edición de 1000 ejemplares.

Tola de Habich, Fernando: El Año Nuevo de 1837 (1837-1840). Edición Facsimilar. Coordinación de Humanidades. Ida y Regreso al siglo XIX. UNAM. 1996. 4 Tomos. Edición de 2000 ejemplares.

Valdés, Héctor: Índice de La Revista Moderna. Arte y ciencia (1898-1903). Centro de Estudios Literarios. UNAM. México, 1967. 302 págs. Edición de 2000 ejemplares.

 

 ÍNDICE GENERAL de El Museo Literario

 

 

 

1 Introducción, sin firma, 1

2 Ideología, por J.N., 2

3 Las palabras (Cop.), 4

4 (El primero que unió las palabras a la música...) (Trad.), 6

5 Veinte y cuatro horas de la vida de una mujer, sin firma (Trad. por C. Bros), 7

6 La desesperación, por Guillermo Prieto, 15

7 Pensamientos, por J. N., 16

8 Descripción pintoresca del mes de Enero (Cop.), 16

9 Primer día de Año
Nuevo (Trad.) Con un agregado firmado por B., 18

10 Influencia del bello sexo (Cop.), 19

11 Teatro. Falso testimonio, sin firma, 23

12 La leche de la Virgen María (Trad.), 24

13 Instrucción pública. Remitido, sin firma, 25

14 Aereografía, por C. Bros, 28

15 Vacuna. Remitido, sin firma, 31

16 Fabricación del Lacre, sin firma (Trad. por B.), 33

17 Costumbres mejicanas. Un domingo, por D. Benedetto, 36

18 Ernesto, por Guillermo Prieto, 43

19 Romance morisco, por M. E. de Gorostiza, 46

20 Ensayo histórico sobre las modas, por B., 47

21 Ciencias naturales, (Diario de Conocimientos útiles: París), 49

22 El amante corto de vista, por Mesonero, 52

23 Instrucción pública. Remitido, sin firma, 58

24 El caballo salvaje, por Guillermo Prieto, 62

25 Aereografía. De la atmósfera, por C. Bros, 63

26 Colegio seminario, por EE., 66

27 Mascaras, sin firma, 66

28 Escribir como un ángel (Ángelo) (Trad.), 67

29 Teatro, por I, Rodríguez, 67

30 Teatro, sin firma, 72

31 La ciega, por José Fernández de la Vega,73



32 Las doncellas por D. Benedetto I del F. J, 74

33 A... Letrilla, por Guillermo Prieto, 77

34 Pensamientos de un soltero, sin firma, (Trad. por J.M. Andrade), 79

35 Lekain- Vendome, sin firma (Trad. por C. Bros), 81

36 Historia de una botella contada por ella misma, sin firma, (Trad. por J.M. Andrade), 87

37 Instrucción Pública, Colegio Seminario, sin firma, 89

38 (Dificultades imprevistas hicieron...), 96

39 La político-manía, por Mesonero, 97

40 El celage, por Guillermo Prieto, 101

41 Sobre la excesiva locuacidad (Cop.), 103

42 Abul- Hacem. Novela de 1174, por J.M. de A., 104

43 Las catacumbas de Alejandría, por N.P.P., 113

44 Reseña Biográfica de doña María Napoleona Albini de Vellani, por F.G., 114

45 Horticultura. Del modo de fertilizar los árboles frutales (Prop. de con. útil), 16

46 Epitafio, sin firma.



47 Epigrama, sin firma, 117

48 Instrucción Pública. Colegio Seminario, sin firma, 117

49 (Por ocupaciones dela imprenta no fue posible...), 120

50 Los tembladores, 1833, (Recuerdos e impresiones de mis viajes), por L.P., 21

51 El café, sin firma (Traducido), 124

52 Lecciones a un periodista novel, por B., 129

53 Margarita, Crónica de 1570, por J.M. de A., 132

54 La libertad, por Guillermo Prieto, 143

55 Sentencias morales, sin firma, 144

56 Epigrama, sin firma, 144

57 Abdhul- Adhel o el Mantes. Cuento del siglo XV, por L.G. Bravo. (El Artista) 45

58 Fragmentos de historia por Victor Hugo (Traducido), 154

59 Los amores de diligencia (Trad, para el Museo), 159

60 La campana de las doce, por Casimiro Collado, 164

61 Costumbres alemanas (El Patriota), 166

62 Emigración de las aves, sin firma, 169

63 Magnetismo animal, sin firma, 171

64 Teatro principal. Artículo remitido, por G. Ruz de Cea, 181

65 Toma de Zaragoza (Trad. por G. Prieto), 191

66 Tradiciones alemanas. El torneo, sin firma, 193

67 Raro testamento de L. Cortusio de Padua, en el año de 1418, sin firma, 194

68 Raro descubrimiento de un tesoro, sin firma, 195

69 Ramiro, por E. de O.,196

70 Bacon, sin firma, 207

71 Eva ante el cadáver de Abel, por I. Rodríguez, 211

72 Profundidad del mar, sin firma, 214

73 Apega (Suplicio de la), sin firma, 216

74 Campanas, por EE., 216

75 Chisme, sin firma, 216

76 Nociones generales sobre los egipcios (Trad. para el Museo), 217

77 Rarezas que se observan en la historia natural (Trad. para el Museo), 222

78 Educación y condición social de las mujeres de Paris (Trad.), 224

79 El seductor y la víctima, sin firma, 226

80 La opera de la calle, sin firma, 228

81 El bosque, por C. Collado, 231

82 Carric- thura: Poema de Ossian (Trad. para el Museo), 234

83 De las formas dramáticas, por A.L., 245

84 Un árbol de invierno, por Vicente Calero Quintana, 252.

85 Las tinieblas por Lord Byron (Traducido para El Museo Popular
por J.M.L. y 
C.C.), 253

86 Metereología. Causas de los vientos, sin firma, 255

87 Novias y queridas, por D. (Copiado), 259

88 El aparecido, sin firma, 261

89 Del epigrama, sin firma, 263

90 (Con este número concluye El Museo Popular...), 264

   

ÍNDICE POR AUTORES

 

ANDRADE, JOSÉ MARÍA (México, Hidalgo, 1807 - Ciudad de México, 1883)

34 Pensamientos de un soltero, sin firma, (Trad. por J(osé). M(aría). Andrade), 79

36 Historia de una botella contada por ella misma, sin firma, (Trad. por J(osé). M(aría). Andrade), 87

42 Abul- Hacem. Novela de 1174, por J(osé). M(aría). de A(ndrade)., 104

53 Margarita, Crónica de 1570, por J(osé). M(aría). de A(ndrade)., 132

Ruiz Castañeda dice que j. m. de a. posiblemente sean las iniciales de José María Andrade, quien las utilizó para firmar estos cuentos inspirados en textos similares del escritor español Eugenio de Ochoa. Tengo mis dudas.

 

B. (Inicial del apellido de Camilo Bros. Se atribuye la autoría de los textos firmados por B a Guillermo Prieto por ser la primera letra de su seudónimo D. Benedetto. Esto es una confusión.

 

(BENEDETTO, D.) Seudónimo de PRIETO, GUILLERMO (Ciudad de México, 1818-1897)

 

BRAVO, L. G. (¿Español?)

57Abdhul- Adhel o el Mantes. Cuento del siglo XV, por L.G. Bravo. (El Artista) 145

 

BROS, CAMILO (Estado de México, 1812? - San Luis Potosí, 1888)

5 Veinte y cuatro horas de la vida de una mujer, sin firma (Trad. por C(amilo). Bros, 7

Drama romántico, ambientado en Francia (y probablemente traducido del francés), sobre el enfrentamiento entre dos hermanas enamoradas del mismo hombre y al que ambas han aceptado. La mayor, ya viuda y en vísperas de casarse, descubre que su hermana menor ama al novio, que corresponde a sus amores, y en consecuencia renuncia a casarse y cede el novio a la hermana. A los pocos días de la boda la hermana viuda muere y los nuevos esposos terminan separándose y viviendo una vida llena de remordimientos e infortunios.

14 Aerografía, por C(amilo). Bros, 28

25 Aerografía. De la atmósfera, por C(amilo). Bros, 63

35 Lekain- Vendome, sin firma (Trad. por C(amilo). Bros, 81

 

16 Fabricación del Lacre, sin firma (Trad. por B.), 33

Inicial del apellido de Bros pero también de Benedetto, seudónimo usado por Guillermo Prieto en esta revista. Boris Rosen no lo considera como obra de Prieto. Ruiz Castañeda dice que esta inicial fue usada por Camilo Bros en El Museo Popular para obras originales y traducciones. Sin embargo, también se atribuyen a Prieto textos de esta misma revista firmados solo con una B.

 

BYRON, LORD (Inglaterra, 1788-1824)

85 Las tinieblas, por Lord Byron (Traducido para El Museo Popular por J(osé). M(aría). L(afragua). y C(asimiro). C(ollado).), 253

 

CALERO QUINTANA, VICENTE (México,Yucatán, 1817-1853)

84 Un árbol de invierno, por Vicente Calero Quintana, 252.

 

COLLADO, CASIMIRO (España, Santander, 1822 - Ciudad de México, 1898)

60 La campana de las doce, por Casimiro Collado, 164

81 El bosque, por C(asimiro). Collado, 231

85 Las tinieblas, por Lord Byron (Traducido para El Museo Popular por J(osé). M(aría). L(afragua). y C(asimiro). C(ollado).), 253

 

EDITORES (LA REDACCIÓN)

1 Introducción, sin firma, 1

Es bastante probable que fuera escrita por cualquiera de los editores -Prieto o Bros- y que recibiera del otro la conformidad o la sugerencia de algún arreglo o cambio. Por el tono agresivo sobre el medio intelectual, es posible inclinarse por suponer que el redactor fue Prieto.

26 Colegio seminario, por EE., 66

38 (Dificultades imprevistas hicieron...), 96

49 (Por ocupaciones de la imprenta no fue posible...), 120

90 (Con este número concluye El Museo Popular...), 264

74 Campanas, por EE., 216

75 Chisme, sin firma, 216

 

FERNÁNDEZ DELA VEGA, JOSÉ (¿Español?)

31 La ciega, por José Fernández de la  Vega, 73

 

G. F.

44 Reseña Biográfica de doña María Napoleona Albini de Vellani, por F. G., 114

 

GOROSTIZA, MANUEL EDUARDO (México, Veracruz, 1789 - Ciudad de México, 1851)

19 Romance morisco, por M(anuel). E(duardo). de Gorostiza, 46

 

HUGO, VÍCTOR (Francia, 1802-1885)

58 Fragmentos de historia, por Víctor Hugo (Traducido), 154

 

LAFRAGUA, JOSÉ MARÍA (México, Puebla, 1813- Ciudad de México, 1875)

85 Las tinieblas, por Lord Byron (Traducido para El Museo Popular por J(osé). M(aría). L(afragua). y C(asimiro). C(ollado).), 253

 

L. A. (A. L.)

83 De las formas dramáticas, por A. L., 245

 

MESONERO ROMANOS, RAMÓN DE (España, 1803-1882)

22 El amante corto de vista, por Mesonero, 52

39 La político-manía, por Mesonero, 97

 

N. J. (J. N.)

Se atribuyen estas iniciales específicamente a Joaquín Navarro (1820-1851), a quien se considera el único escritor que las ha utilizado en México para firmar sus trabajos. En el momento de la publicación de sus dos artículos en El Museo Popular, Navarro estaría en vísperas de cumplir los 20 años de edad. Perteneció a la Academia
de Letrán, fue muy amigo de todos los miembros de esta brillante generación literaria y política, colaboró en El Año Nuevo de 1838 y 1839 con un par de poemas. Murió a los 31 años de edad siendo senador por la Ciudad de México. No llegó a reunir sus trabajos literarios en libro.

2 Ideología, por J.N., 2

Artículo de difusión cultural sobre una nueva ciencia que no se conocía en México: "El abandono casi universal que se ha visto entre nosotros esta ciencia, es la causa de que pasen por sabios tantos hombres que no tienen más arte que el de vestir con frases pomposas, pensamientos pobres y vanos en el fondo".

7 Pensamientos, por J. N., 16

Meditación sobre el paso del tiempo, con referencia a 1839.

 

OCHOA, EUGENIO DE (España, 1815-1872)

69 Ramiro, por E. de O., 196

Iniciales de Eugenio de Ochoa. costumbrista español y director del El Artista, importante revista del romanticismo español.

 

OSSIAN (Inglaterra, Siglo III – Siglo XVIII)

Nombre que utilizó el poeta inglés James MacPherson (1736-1796) para publicar unos poemas que atribuyó a un supuesto bardo gálico del siglo III, descubierto y traducido por él. Alcanzó un éxito generalizado en todo Occidente aunque se discutieran su autenticidad y el carácter de falsificación que tenían.

82 Carric-thura: Poema de Ossian (Trad. para el Museo), 234

 

P. L. (L. P.)

50 Los tembladores, 1833, (Recuerdos e impresiones de mis viajes), por L. P., 121

 

P. P. N. (N. P. P)

43 Las catacumbas de Alejandría, por N. P. P., 113

 

PRIETO, GUILLERMO (D. BENEDETTO, B.)(Ciudad de México, 1818-1897)

6 La desesperación, por Guillermo Prieto, 15

Poema de extraños amores en conflicto sobre madre muerta y la amada.

Obras Completas de Guillermo Prieto, Tomo XI, Págs. 81 a 83.

18 Ernesto, por Guillermo Prieto, 43

Obras Completas de Guillermo Prieto, Tomo XI, Págs. 87 a 92.

24 El caballo salvaje, por Guillermo Prieto, 62

Obras Completas de Guillermo Prieto, Tomo XI, Págs. 93 Y 94.

33 Letrilla, por Guillermo Prieto, 77

Obras Completas de Guillermo Prieto, Tomo XI, Págs. 84 Y 86.

40 El celaje, por Guillermo Prieto, 101

Obras Completas de Guillermo Prieto, Tomo XI, Págs. 95 Y 97.

54 La libertad, por Guillermo Prieto, 143

Obras Completas de Guillermo Prieto, Tomo XI, Págs. 95 Y 97.

65 Toma de Zaragoza (Trad. por G(uillermo). Prieto), 191

 

17 Costumbres mejicanas. Un domingo, por D. Benedetto, 36

Benedetto, seudónimo usado por Guillermo Prieto en esta revista. Obras Completas de Guillermo Prieto, Tomo II, Págs. 39 y 47.

 9 Primer día de Año Nuevo (Trad.) Con un agregado firmado por B., 18

A un breve artículo referente a las costumbres en Escocia, traducido quizá del inglés, se agrega una nota de casi igual extensión en que se comentan las costumbres de las familias mexicanas devotas. Aunque pueda creerse que la B. de la firma corresponde a Camilo Bros, se ha atribuido a Prieto: Obras Completas de Guillermo Prieto, Tomo II, Págs. 37 y 38.

20 Ensayo histórico sobre las modas, por B., 47

Inicial del apellido de Bros pero también de Benedetto, seudónimo usado por Guillermo Prieto en esta revista. Boris Rosen lo incluye como obra de Prieto: Obras Completas de Guillermo Prieto, Tomo XXVII, Págs. 375 a 376.

52 Lecciones a un periodista novel, por B., 129

Inicial del apellido de Bros pero también de Benedetto, seudónimo usado por Guillermo Prieto en esta revista. Boris Rosen lo incluye como obra de Prieto.

Obras Completas de Guillermo Prieto, Tomo XXVII, Págs. 381 a 383.

 

13 Instrucción Pública. Remitido, sin firma, 25

Obras Completas de Guillermo Prieto, Tomo XXVII, Págs. 25 a 28.

23 Instrucción pública. Remitido, sin firma, 58

Obras Completas de Guillermo Prieto, Tomo XXVII, Págs. 29 a 32.

37 Instrucción Pública, Colegio Seminario, sin firma, 89

Obras Completas de Guillermo Prieto, Tomo XXVII, Págs. 33 a 40.

48 Instrucción Pública. Colegio Seminario, sin firma, 117

Obras Completas de Guillermo Prieto, Tomo XXVII, Págs. 40 a 43.

 

32 Las doncellas por D. Benedetto I del F. J, 74

Benedetto, seudónimo usado por Guillermo Prieto en esta revista. Obras
Completas de Guillermo Prieto, Tomo XXVII, Págs. 377 a 380.

 

RODRÍGUEZ GALVÁN, IGNACIO (México, Hidalgo, 1816 - La  Habana, 1842)

29 Teatro, por I(gnacio). Rodríguez (Galván), 67



Obras I

71 Eva ante el cadáver de Abel, por I(gnacio). Rodríguez (Galván), 211

Obras I. Págs. 45 a 48.

 

RUZ DE CEA, G.

64 Teatro principal. Artículo remitido, por G. Ruz de Cea, 181

 

II ESCRITORES ESPAÑOLES

57 Abdhul- Adhel o el Mantes. Cuento del siglo XV, por L.G. Bravo. (El Artista) 145

31 La ciega, por José Fernández de la  Vega, 73

22 El amante corto de vista, por Mesonero, 52

39 La político-manía, por Mesonero, 97

69 Ramiro, por E. de O., 196

 

III ESCRITORES FRANCESES

58 Fragmentos de historia, por Victor Hugo (Traducido), 154

 

IV ESCRITORES INGLESES

85 Las tinieblas, por Lord Byron (Traducido para El Museo Popular por J(osé). M(aría). L(afragua). y C(asimiro). C(ollado).), 253

82 Carric- thura: Poema de Ossian (Trad. para el Museo), 234

 

V  INICIALES NO IDENTIFICADAS

44 Reseña Biográfica de doña María Napoleona Albini de Vellani, por F. G., 114

50 Los tembladores, 1833, (Recuerdos e impresiones de mis viajes), por L. P., 121

43 Las catacumbas de Alejandría, por N. P. P., 113

 

VI ARTÍCULO SIN FIRMA PERO CON AGREGADO O REFERENCIA A MÉXICO

11 Teatro. Falso testimonio, sin firma, 23

Acre crítica a propaganda de función teatral donde se dice, al parecer, que el pueblo mexicano estaba contento por la llegada de un diplomático extranjero. También se hace burla del uso de diminutivo en el nombre de las actrices, en especial de una a la que llaman Joaquina, Joaquinita o Joaquinilla en los avisos de propaganda.

15 Vacuna. Remitido, sin firma, 31

Es posible creer que el remitente de este texto sea un mexicano, pues en caso contrario no se publicaría como un “remitido a la revista”.

27 Máscaras, sin firma, 66

30 Teatro, sin firma, 72

63 Magnetismo animal, sin firma, 171

 

VI ARTÍCULO SIN FIRMA Y SIN REFERENCIA A MÉXICO

46 Epitafio, sin firma, 117

47 Epigrama, sin firma, 117

55 Sentencias morales, sin firma, 144

56 Epigrama, sin firma, 144

62 Emigración de las aves, sin firma, 169

66 Tradiciones alemanas. El torneo, sin firma, 193

67 Raro testamento de L. Cortusio de Padua, en el año de 1418, sin firma, 194

68 Raro descubrimiento de un tesoro, sin firma, 195

70 Bacon, sin firma, 207

72 Profundidad del mar, sin firma, 214

73 Apega (Suplicio de la), sin firma, 216

79 El seductor y la víctima, sin firma, 226

80 La opera de la calle, sin firma, 228

86 Meteorología. Causas, de los vientos, sin firma, 255

88 El aparecido, sin firma, 261

89 Del epigrama, sin firma, 263

 

VII TRADUCCIONES SIN FIRMAR PERO INDICÁNDOSE QUE SE ESCRIBIERON PARA EL MUSEO

(72.) 59 Los amores de diligencia (Trad, para el Museo), 159

(73.) 76 Nociones generales sobre los egipcios (Trad. para el Museo), 217

(74.) 77 Rarezas que se observan en la historia natural (Trad. para el Museo), 222

82 Carric- thura: Poema de Ossian (Trad. para el Museo), 234

 

VIII TRADUCCIONES SIN FIRMAR Y SIN INDICACIÓN DE SU PROCEDENCIA O AUTORÍA

4 (El primero que unió las palabras a la música...) (Trad.), 6

Al final de página del artículo "Las palabras" se agrega una breve nota en que también se denigra a la primera persona que se le ocurrió unir la palabra a la música.

12 La leche de la Virgen  María (Trad.), 24

Relleno sobre unos polvos disueltos en agua a los que se llama leche de la Virgen y que surgen de una tierra blanca y suave que hay en una gruta de Belén donde se dice que se ocultó la Virgen.

28 Escribir como un ángel (Ángelo) (Trad.), 67

51 El café, sin firma (Traducido), 124

78 Educación y condición social de las mujeres de París (Trad.), 224

 

IX ARTÍCULOS COPIADOS DE OTRAS REVISTAS

21 Ciencias naturales (Diario de Conocimientos útiles: París), 49

45 Horticultura. Del modo de fertilizar los árboles frutales (Prop. de con. útil), 116

57 Abdhul- Adhel o el Mantes. Cuento del siglo XV, por L.G. Bravo. (El Artista)



61 Costumbres alemanas (El Patriota), 166

 

X ARTÍCULOS COPIADOS SIN ESPECIFICAR SU PROCEDENCIA

3 Las palabras (Cop.), 4

Este artículo concluye así: "Tal es la historia de todos los pueblos, tal la historia del hombre... palabras todo, ruido, confusión: positivo nada. ¡Bienaventurados los que no hablan, porque ellos se entienden!"

8 Descripción pintoresca del mes de Enero (Cop.), 16

Con todas las referencias climáticas a Europa, se expone que en cada país se tiene un ambiente adecuado y que la Naturaleza ha repartido bien la pena y los placeres.

10 Influencia del bello sexo (Cop.), 19

Trabajo extenso en el que se sostiene la idea de que la instrucción literaria de la mujer debe ser fundamentalmente moral y se concluye con cuatro máximas morales que en sus líneas iniciales dicen: 1º La virtud religiosa no consiste en las prácticas de
la devoción, sino en el cumplimiento de los deberes y en el ejercicio de las virtudes morales, combinado con la idea de la presencia del Ser Supremo que las mandó y las premiará, y con la frecuente memoria de sus beneficios en el orden sobrenatural. 2º Las obligaciones de las mujeres son muchas, fastidiosas y continuas; no hay un hombre capaz de hacerlas. 3º Para las mujeres es una obligación lo que para los hombres es un premio de la virtud; a saber, la buena fama y reputación. 4º Inspirad a las mujeres la virtud de la caridad, y habréis completado su educación moral.

41 Sobre la excesiva locuacidad (Cop.), 103

87 Novias y queridas, por D. (Copiado), 259



 

(He tratado de arreglar, línea a linea, los margenes de este trabajo (no así el tipo de letra del texto original). Me han quedado pendientes los articulos, cuentos y poemas de la antología. Trataré de hacerlo más adelante)   

 

ARTÍCULOS

Antología

 

 

1. INTRODUCCION

 

He
aquí el primer número del Museo Popular;
ni recurren sus editores a las hipócritas disculpas para que se disimule su
incapacidad, ni tienen la pueril preocupación de creer que sus escritos serán
acogidos con entusiasmo.

En
todos los países requiere un periodista, estudio profundo, tacto delicado en la
elección de los artículos que debe ofrecer a la lectura y perspicaz
conocimiento del gusto y de la instrucción del público para quien escribe.

Por
desgracia, nuestra patria no recobró con su gloriosa libertad política, la
libertad de la razón y de la filosofía: vegetan aun varios de nuestros sabios
en vergonzosa servidumbre; mientras la mayoría de nuestra juventud, más audaz,
pero más ignorante, desprecia las cosas sin conocerlas; trae al tribunal de su
intolerante juicio a hombres a quienes se tributa con veneración el incienso
sagrado de la gloria.

Por
esto es, a nuestro entender, difícil empeño de escribir en Méjico: hay personas
verdaderamente sabias, que acumulan durante su vida entera las riquezas de la
instrucción, y que tiemblan como el avaro, cuando se les propone que muestren
sus tesoros a los demás: conocemos sujetos ilustrados, pero a quienes lastima
la reputación ajena, y que parece que se desdeñan de admirar a los demás: hemos
visto otros, semejantes al cerdo de la fábula, que concurrió al baile sólo a
gruñir; sin embargo, confesamos en obsequio de la justicia, que hay un crecido
número de hombres deseosos de que se propaguen los conocimientos útiles, de que
campeé la razón sin obstáculos, finalmente de que se funde nuestra felicidad
pública por la mano robusta de la sabiduría.

A
éstos dedicamos nuestro periódico; sus columnas están abiertas para todos los
que nos quieran honrar con sus producciones, y quedaremos suficientemente
recompensados, cuando escuchemos en los labios de alguno, una doctrina, una
máxima, un verso de este periódico, o veamos que han producido alguna utilidad
las tareas de los EE. dEl Museo Popular
(Págs. 1 y 2).

 

 

2. IDEOLOGÍA

                                                               

En
los siglos medios todas las ciencias fueron envueltas en la noche de la
ignorancia y de la barbarie, y permanecieron así, hasta que un hombre
extraordinario, honor de su país, y admiración de su siglo, derrocó el ídolo de
la falsa filosofía y levantó un altar a la razón y a la verdad: hasta que el
inmortal Bacon, introduciendo el método analítico en las ciencias intelectuales
y el experimental en las físicas, abrió el sendero que debía conducir a unas y
otras al alto grado de perfección en que hoy las vemos.

Mas
a pesar del precioso y fecundo germen diseminado en los escritos de ese varón
inmortal, digno de ocupar un lugar preeminente entre los bienhechores de la
humanidad, a pesar, decimos, de que todas las ciencias habían cambiado de
aspecto, merced a sus impulsos, la más importante de todas, la que trata del
hombre en su parte más noble y más sublime, esperaba todavía que viniese un
Newton a regenerarla.

La
Inglaterra
que en 1632
había sido la cuna del regulador admirable de los astros, en 1642 lo fue del fundador
de la moderna filosofía, del portentoso anatómico del entendimiento humano.
¡Feliz país y feliz siglo el que ha visto nacer a Newton y a Locke! En 1674
apareció el libro titulado: Ensayos sobre el Entendimiento humano, y de
entonces data la renovación de la ciencia del hombre moral.

Muchos
y distinguidos filósofos se han dedicado al cultivo de este importantísimo ramo
de los conocimientos humanos, pero dos se han distinguido sobre todos, por las
considerables mejoras que le son debidas.

El
primero es Condillac, descubridor de muchas e interesantes verdades, que serán
el monumento eterno de su gloria y que mal entendidas, han dado lugar a la
crítica mordaz y a las vanas declamaciones de falsos filósofos, incapaces de
comprenderle y mucho más incapaces de juzgarle.

Condillac
es el corifeo de una escuela llamada de los sensualistas, porque desarrollando
el principio de Aristóteles: nihil est in intellectu quod prius non fuerit in
sensu (1), intentó demostrar que todas nuestras ideas eran en su origen próximo
o remoto, sensaciones; y que en último análisis todas la facultades de nuestro
espíritu se reducían a la facultad de sentir.

El
otro ideólogo de quien hablábamos es Desttut-Tracy, no menos fecundo en ideas
nuevas que el anterior, y superior a todos en lógica y en método. Desttut no
sólo modificó y mejoró la clasificación de las facultades mentales, sino que ha
llevado al último grado de perfección la parte de la ciencia que trata de las
palabras consideradas como un medio de expresar nuestros pensamientos. Él es
además el autor de la única obra donde se hallan reunidos en cuerpo de doctrina
los principios fundamentales de la Ideología.

Tal
es la historia rápida y sucinta de la ciencia que se llama Ideología: habríamos
querido hacerla más útil y amena; pero esto no era dado en los estrechos
límites de nuestro artículo, ni era conciliable con nuestro propósito de dar
una idea de lo que se entiende por Ideología.

Esta
palabra (como el nombre de casi todas las ciencias) es derivada del griego, y
literalmente significa: ciencia de las ideas; pero con ella se designa la
ciencia que nos enseña a conocer nuestras percepciones, a expresarlas y a
deducirlas. De aquí la división de la Ideología en tres grandes partes: ideología
propiamente dicha, gramática general y lógica. Como la voluntad es una de las
facultades de nuestro espíritu y la Ideología tiene por objeto a todas ellas, puede
decirse que la moral hace parte de ella, pues que la moral puede definirse: la
ciencia que dirige nuestra voluntad del modo más conveniente a nuestro. De
todas estas divisiones nosotros solo consideramos la Ideología propiamente
dicha.

El
objeto de ésta es darnos una idea de nuestro espíritu: no se crea sin embargo
que entra en las inútiles cuestiones de que están plagadas las antiguas obras
de Metafísica: que pretenden fijar las leyes misteriosas que presiden a la
unión de cuerpo y el alma: que disputa sobre el asiento de ésta: que intenta
descubrir la esencia de las cosas &c.: nada de esto: se contenta con menos,
con hacernos conocer clara y distintamente cada una de las facultades de
nuestro entendimiento: con explicarnos el origen y generación de nuestras
ideas; y con analizar, finalmente, las relaciones fijas y universales entre el
lenguaje y el pensamiento.

La
metafísica es enteramente estéril no sólo porque se ocupa en objetos que no
están ni estarán acaso jamás, bajo el dominio de la inteligencia humana; sino
también porque sus cuestiones puramente abstractas, no son suseptibles de
aplicaciones prácticas y provechosas.

La
moderna Ideología, por el contrario, nos enseña dos artes preciosos: el de
hablar y el de discurrir.

En
efecto, las proposiciones no son más que la manifestación de nuestros juicios,
nuestros razonamientos lo son de nuestros raciocinios, en una palabra, el
lenguaje todo no es más que la copia fiel y aun servil de nuestros
pensamientos. Nada es, pues, más natural que empezar por pensar bien, para
acabar por hablar bien: proceder de otro modo es asemejarse a un pintor que
intentase hacer el retrato de un objeto que nunca hubiera visto.

El
abandono casi universal con que se ha visto entre nosotros esta ciencia, es la
causa de que pasen por sabios tantos hombres que no tienen más arte que el de
vestir con frases pomposas, pensamientos pobres y vanos en el fondo.

La
importancia de esta ciencia, para discurrir con rectitud y acierto nos parece
excusada de demostrar: creemos que tan imposible es saber lógica sin ideología,
como lo sería leer sin conocer las letras del alfabeto.

Considérense
ahora las estrechas relaciones de la gramática general y la lógica, con los
diferentes ramos de la filosofía natural y con las bellas letras, y nos
habremos formado una idea completa del alto interés de la ciencia, objeto de
este artículo.

                                                                                    

Nosotros
no escribimos para los sabios: a éstos, lejos de ofrecerles nuestras escasas
luces, les suplicamos nos ilustren con las suyas. Nos dirigimos a los
ignorantes, a quienes creemos haber hecho un verdadero servicio dándoles una
idea del alto objeto y de la inmensa importancia de una ciencia que no
conocían, y que de hoy en adelante no podrá serles indiferente. J. N. (Págs. 2 a 4)

 

 

7. PENSAMIENTOS

                                                               

El
Sol que recorre los cielos asentado en el carro del tiempo, ha precipitado un
año más en el abismo de los siglos. Las horas del año de 1839, han pasado
rápidas a mi vista como los suspiros de una joven enamorada; la he visto cruzar
ante mí, con la indiferencia con que miro volar por el viento las hojas secas
de un árbol desnudado por el invierno; las he sentido rodar bajo mis pies, como
miro volar por encima de mi cabeza las golondrinas que van a buscar la
primavera a países remotos. No me han dejado otra señal de su efímera
existencia, que un recuerdo débil, semejante al surco que hace en las aguas el
ala de un buitre que rápidamente las cruzase.

Mañana,
te temeré, ¡oh tiempo!, como a catarata turbulenta que puede arrebatarme en su
caída. Pero hoy, diré un adiós a los días que pasaron y saludaré agitado a los
que van a seguírseles y que acaso alumbrará la luz mágica de la ilusión.- J. N.
(Pág. 16).

 

 

11. TEATRO

Falso testimonio

 

Los
artistas dramáticos del teatro de esta capital, no se contentan con
presentarnos diariamente a guisa de charlatanes, un convite difuso y
disparatado en que nos recomiendan sus rumbosas y estrepitosas oberturas, sus aplaudidos
y nunca bien ponderados dramas, sus magníficos trajes y vistosas decoraciones,
sino que quieren también hacer partícipe al pueblo mejicano de los delirios que
padece su acalorada fantasía. Véase si no, el convite repartido para la función
extraordinaria del día 1º de Enero: en él se atribuye al pacífico pueblo
mexicano una satisfacción que no ha manifestado, aunque no entraremos a
averiguar si ha o no sentido. Hacemos sólo esta indicación, por que no queremos
que se atribuya a principios innobles, la impugnación que hacemos de dicho
aviso.

La
llegada de un señor ministro a una corte, cuando no es en casos
extraordinarios, puede causar satisfacción a los diplomáticos, a los individuos
que componen el gobierno, a los súbditos de la nación que aquel representa;
pero no al pueblo; este regularmente permanece como ha permanecido el de
Méjico, indiferente a los acontecimientos de la diplomacia, y sin cuidarse de
saber si el ministro que se ha presentado es español, belga, turco o japonense.
Recomendamos, pues a los artistas dramáticos, que no vuelvan a mezclar al
pueblo mejicano en asuntos que no le atañen, y que al redactar sus elocuentes y
patéticos avisos recuerden al 8º precepto del decálogo.

Vaya
una preguntita suelta. ¿Quién es la niña Joaquinita, que va a tener parte en el
desempeño del drama titulado D. Juan de Austria? El amable redactor de los
avisos nos anuncia a veces que una comedia será representada por la señorita
Joaquina, otras por la niña Joaquinita y cuando la función es extraordinaria por
la Joaquinilla.
Nosotros no conocemos entre las actrices del Gran teatro de
Méjico otra de este nombre que a la señorita Joaquina Pautret; cuando dicha
señorita haya de representar algún papel deberá ponerse su nombre y apellido
con todas sus letras, sin tener que ocurrir ahora recomendarnos una comedia, a
los nombres aumentativos ni diminutivos, ¿No sería muy chusco que cuando el Sr.
Avecilla se presentara como protagonista del Mendigo de Bruselas nos dijeran
que desempeñaría dicho papel el Sr. Bernardo, Bernardito o Bernardillo?

-En
el siguiente número, publicaremos un excelente artículo sobre teatro, tomado de
uno de los mejores diarios de Europa y sucesivamente hablaremos de las piezas
teatrales que se representan en Méjico consideradas en sí, y de su ejecución,
tanto respecto de las decoraciones y trajes, como de la parte declamatoria.

 

 

14 AEROGRAFIA

 

De
todos los fenómenos naturales, sin duda no hay otros más generalmente conocidos
que los que se refieren a ciencia llamada Meteorología. En efecto, ¿quién no ha
visto el espectáculo grandioso que representa el cielo en un día borrascoso,
cuando de las negras nubes se aglomeran sobre nuestra cabeza y despiden
tronando el rayo homicida? ¿Quién no ha visto en una hermosa mañana de
primavera a la fresca rosa, cuyos pétalos están cubiertos de las gotas
lucientes de rocío, parecidas a los preciosos brillantes con que nuestras
hermosas jóvenes adornan su rosado cuello o su negra cabellera? ¿Quién es el
que no ha sentido los efectos del calor ardoroso en los sofocantes días de
verano, o los de un frío glacial en los tristes del invierno?

Sin
embargo de que nos son tan conocidos, tan familiares todos estos fenómenos; sus
causas y las de sus variaciones son desconocidas de la multitud; así es, que si
preguntamos a un sencillo habitante del campo o a un petimetre almibarado de
una ciudad la razón natural de la formación del arco-iris, el primero se verá
precisado a recurrir a sus creencias religiosas para explicarlo y el segundo
dirá que es muy útil saber hacer con gracia un nudo a la corbata. Pero ¿qué nos
admiramos de ésto? Si igual pregunta hacemos a algunos de estos jóvenes que han
empleado tres o más años en un Colegio o Seminario estudiando la Filosofía de Jacquier o
de Altieri, nos responderán que solo han estudiado física general, o tendrán
que recurrir para resolver la pregunta a las cualidades ocultas de los
peripatéticos.

Es
tan común la ignorancia en esta materia, que no nos causa extrañeza ver que un
impresor sentado en su mesa vaticine con un año de anticipación, tempestades,
frío, escarchas o heladas. Tómese, si no, un calendario y se verá al finado
Ontiveros o a nuestros astrónomos impresores (que en Méjico casi todos lo son)
presagiando que el día 8 de Diciembre de 1840 a las 9 y 40' de la noche, habrá aguas
nieves, nubes o frío húmedo. Y no es esto lo más singular, sino que será muy
curioso ver aquel día a la atmósfera, si tiene que obedecer al mandamiento de
todos los que escriben calendarios, pues cuando para uno ha de estar limpia y
serena para otro deberá presentarse cargada de nubes y agitada de vientos
fuertes.

Creemos,
pues que es un deber que nos impone la obligación de escritores públicos, dar
algunas nociones sobre una ciencia tan interesante para un hombre que vive en
la sociedad, y aun más para aquel que no quiere representar en ella un papel
ridículo por su ignorancia.

Los
estrechos límites de este periódico no nos permiten tratar esta ciencia con la
extensión que quisiéramos, sin embargo, daremos en algunos números un artículo
pequeño, que trataremos de amenizar cuanto nos sea posible, para no fastidiar a
nuestros lectores; advirtiendo que tomamos por norma los elementos de Geografía
física y de Meteorología escritos por H. Lecoq y recientemente publicados;
compendiando extendiendo o traduciendo a sus lecciones, según nos parezca
oportuno.

Daremos
ahora una ligera lección de la ciencia en que nos vamos a ocupar.

……………………………………………………………………………………

Entendidas
ya las partes en que se divide la geografía física, debemos pasar a tratar de
cada una de ellas en particular y empezaremos por la aerografía; los ramos que
comprende son muy variados e interesantes y de práctica y continua aplicación.

En
el próximo número hablaremos de la composición, forma, extensión, peso y
densidad de la atmósfera.

Por
ahora sólo advertiremos que no escribimos para los sabios; como dijimos en
nuestro prospecto, deseamos cordialmente recibir sus lecciones: las columnas de
nuestro periódico están abiertas para todos los que quieran honrarlas con sus
producciones. Nuestro objeto se limita a dar una ligera instrucción a aquellos
individuos que o por sus ocupaciones o por descuido en su educación, no han
sido desgraciadamente iniciados en los secretos de las ciencias naturales.

También
creemos oportuno advertir que nuestro mayor placer será publicar los artículos
que se nos remitan, si son inéditos de mejicanos; porque apreciamos más una
simple letrilla, una ligera composición de uno de nuestros conciudadanos, que
las obras de los autores extranjeros por recomendables que a otros les
parezcan. C. Bros.

 

 

15 VACUNA

Remitido

 

Pocos
descubrimientos ha habido tan interesantes como el de la vacuna, pues siendo un
preservativo seguro y eficaz de una enfermedad cuyos estragos han sido
espantosos, sería imposible calcular el número de individuos a quienes ha
salvado la vida. Basta referir que en Prusia, murieron en el siglo pasado las
veces que se presentaron las viruelas, de cada doce habitantes uno; mientras
que después de la introducción de la vacuna han sido los muertos uno por cada
ciento veinte y dos; de suerte que es innegable la influencia favorable que
ejerce la vacuna sobre la dicha epidemia.

Convencidos,
pues de esta verdad, claro es, que se deben poner en uso todos los medios posibles
para la propagación de la vacuna, y careciendo de ella en muchos pueblos de la
república, creemos que sería útil tratar algo sobre el modo de propagarla,
porque ésto podría servir a los individuos que viven en esas poblaciones, y que
queriendo extenderla carecen de los conocimientos necesarios. Por tanto
comenzaremos por hablar del modo con que se practica la vacunación.

 

 

19 ROMANCE MORISCO

 

No
pienses Zaida enemiga,

Que
se ignoran tus traiciones,

Y
lo mal que a tus palabras

Con
tus hechos correspondes.

Ya
sé que Tarfe te adora

Sin
extrañar que te adore;

Que
el sol para todos luce,

Y
de ninguno se esconde:

Más
sé también que en mi daño

Escuchaste
sus razones

Y
sus finezas pagaste

Con
permitidos favores,


que tu calle pasea,

Y
que te asomas entonces,

Y
que sus ojos te hablan.

Y
que los tuyos responden.


que en los juegos te sirve

Ya
vistiendo tus colores,

Ya
ornando el novel escudo

Con
la cifra de tu nombre.


por fin que compra el necio

Interesadas
acciones

De
esclavos, que como tales

Su
vil precio reconocen;

 

Y
que sepa mis agravios

Tampoco
Zaida te asombre

Que
nunca falta quien cuente

desaires
y sinsabores.

No
te pido por lo tanto

Pensadas
satisfacciones

Pues
el que las solicita

Luego
es fuerza las abone

Sólo
si decirte quiero

Que
enhorabuena te goces

En
los plácidos recreos

De
tus recientes amores:

Que
me olvides; mas no Zaida

No
logrará tal renombre

El
infame que me ofende

Con
sus locas pretensiones;

Dárele
muerte mil veces

Antes
que su intento logre

Y
escribiré con su sangre

La
fecha de sus traiciones.

Pero
no quiero matarle

Sólo
porque no le llores

Y
tus lágrimas le vuelvan

Lo
que mi acero le cobre.

Segunda
vez lo repito

Enhorabuena
le goces

 

Y
en tiernos lazos, tirana,

Su
constancia galardones

Que
a mí para consolarme

No
es maravilla me sobre

Ocasión
en la memoria

De
tu trato falso y doble.

Dijo
Zulema a su Zaida

En
mal concertadas voces

Estas
quejas que sus celos

Califican
de razones;

Ella
quiso responderle

Mas
no pudo, que a galope,

Apenas
las articula

Para
Antequera volviese.

 

M.
E. de Gorostiza.

 

 

25 AEROGRAFíA. De la atmósfera

 

……………………………………………………………………………………

La
transparencia de la atmósfera es mayor, cuanta mayor es la altura a que estamos
colocados. Cualquiera de nuestros lectores que haya transitado por el camino de
Puebla, habrá visto al llegar a Río-frío la claridad con que se ven las heladas
cimas de Popocatepetl; a pesar de la distancia a que están de aquel lugar,
parece que las tenemos muy inmediatas.

                                                                                     ………………………………………………………………………………

Aunque
en el número anterior de nuestro periódico ofrecimos hablar en éste de la
forma, extensión y peso de la atmósfera, sin embargo dejamos estos puntos para
uno de los números siguientes, en atención a que nos hemos extendido más de lo
que quisiéramos. Creemos oportuno terminar este artículo con las definiciones
de algunas palabras de que hemos usado y cuya significación podrá quizá ser
ignorada de alguno de nuestros lectores.

……………………………………………………………………………………

Recomendamos
de paso a nuestros lectores que no consulten al diccionario de la Academia Española,
cuando ignoren la significación de alguna palabra científica, porque se exponen
a incurrir en errores de mucho tamaño. Para algunas personas es el mencionado
diccionario un oráculo infalible; sin embargo, si se quiere presentaremos no
una ni dos sino centenares de definiciones falsas, ridículas y a todas luces
erróneas. C. Bros.

 

 

26 COLEGIO SEMINARIO

 

Se
ha publicado un folleto con el título de "Pequeña defensa del Seminario
Conciliar de este Arzobispado, contra un comunicado inserto en El Museo Popular: o sea diálogo entre un
colegial actual del mismo, y una respetable anciana". Para que nuestros
lectores se convencieran de la falta de lógica que hay en los razonamientos del
autor de ese fastidioso papasal; los fundamentos tan débiles como inconducentes
en que estriba su pretendida pequeña defensa (y en efecto que es pequeña); en
fin para que se viera que el desfacedor de entuertos del Colegio Seminario, ha
escrito, sólo por escribir, y sin tener razones ni datos con que rebatir el
ataque que le dio nuestro articulista, nos bastaría reproducir en las columnas
de este periódico la pretendida "pequeña defensa". En ella verían
nuestros lectores a una respetable anciana llamada Doña Leocadia, hablando con
más espedición y conocimiento del Concilio Tridentino, de física, matemáticas,
lógica &c. que todo un bachiller seminarista, a quien instruye y da
lecciones en materias que un señor bachiller debía saber más bien que una respetable
anciana; verían nuestros lectores que el ignorante e impolítico defensor del
Seminario, cree hacer la apología de este colegio usando un lenguaje propio de
las tabernas, y haciendo alarde, en vez de razones, de un catálogo de groseros
e insultantes apodos, propios de la educación que se recibe en esos
establecimientos y que sólo seducen a los mentecatos: verían, en fin, nuestros
lectores a una anciana chusquísima, cuya única gracia se reduce a reírse ella
misma a cada momento de sus simplezas, y a un pobre y sandio colegial, a quien
acosa el hambre, que deja pendiente toda discusión por ir a dar un ataque
brusco al almuerzo de Doña Leocadia.

Sin
embargo, para que no se crea que carecemos de razones y de hechos con que
rebatir al defensor del Seminario, ofrecemos que en el número siguiente le
contestaremos muy detenidamente; advirtiendo, que hacemos nuestro el artículo
remitido que ha dado origen a esta cuestión: que abundamos en sus mismas ideas,
y que sostendremos del modo que se quiera, cuanto en él se asienta.- EE.

 

 

27 MÁSCARAS

 

Sabido
es que este año habrá Máscaras en el Teatro Principal. Nos alegramos de que en
Méjico se introduzca esta costumbre, admitida de tiempo atrás en Europa; donde,
según parece, se guarda mucho decoro en semejantes funciones. Creemos que
nuestro público hará lo mismo, para dar una prueba de su circunspección y
cultura, y para no ahogar en su cuna una diversión honesta, en la que se si no
se conserva orden y decencia, será justamente prohibida en lo sucesivo.

 

 

30 TEATRO

 

Una
plana entera y verdadera falta para que salga el periódico, y día quince, y las
dos y media de la tarde; he aquí uno de los trabajos atroces de un periodista;
está visto; por más que revuelvo los papeles, ninguno es a propósito. "La
esperanza en la tumba". No señor, hay mucho verso; para otro número.
Meteorología, ¡Jesús! ni por pienso: si cada artículo de esos soporiza
cincuenta suscriptores por lo menos.- Pues voy a hablar de chismografía
teatral; ¿y qué no está usted contento señor editor con haber insertado ya un
artículo sobre teatro, si no que quiere usted apurar nuestro sufrimiento con
otro?

Entremos
en materia: en estos últimos días, se ha representado la comedia titulada: El
tutor y la pupila, del inmortal Bretón de los Herreros; su genio inagotable ha
derramado con profusión que lo hace siempre, sus inimitables gracias; diálogo,
animadísimo, lenguaje correcto, versificación fácil, melodiosa, en fin, es una
comedia que no desmiente el acreditado mérito de su autor; sin embargo, se ha
palpado la falta de estudio de los actores, y de esto no los puede disculpar
nada; que un cómico se enferme, como casi siempre sucede de medio día en
adelante o poco antes, que de oro, entre un hervidero de palabras perciba usted
sólo dos o tres monosílabos; que... que el redactor de convites lo haga mal, o
el atizador de los quinqués lo deje de hacer bien, pase; pero deslucir una
buena comedia por desaplicación o por negligencia, es insufrible.

Por
último, porque ya me voy saliendo con llenar la plana ofrecida,

 

Cuesta
tan poco trabajo

El
escribir disparates

 

y
para que termine con un rasgo de caridad cristiana mi artículo escrito de
calamo currente suplicaré, a nombre del público, a Sr. La-madrid que no afee,
sus garvosa naturalidad, con el prurito de pronunciar la c y la z porque se
expone en "menoz de una vez a perder zu bien centada reputasión y en ves
de elogioz, mereser zátiraz;" vuelva a tomar su pasito antiguo, que así le
entendemos y le aplaudimos.

Hay
otro autorcito barbilampiño y ¡cáscaras! que es bueno; pero quisiéramos que no
recuerde tanto a Valleto en sus defectos, y que reserve las gracias suyas para
una comedia toda suya.

Entre
llorando y riendo, como las exclamaciones patéticas del Sr. Amador, le
suplicamos que se aplique; que estudie con detenimiento el carácter de los
personajes que representa; esto es muy difícil: Amador llora, haciendo reír; un
bufido es la expresión de enojo de González, y el delirio apasionado de
Aurorita nos recuerda, el monótono T, O, to, D, O, do, de nuestras amigas; por
último hacemos presente al Sr. Amador que en nuestro Museo y en el departamento
de antigüedades inútiles, hay dos lugares; uno que se desocupó por la muerte de
Rocamora y otro que nos ha pedido el empresario de los gallos par su
barba" pero no lo damos porque ... aquí debíamos hablar del Sr. Avecilla;
pero el impresor dice que basta con esto y ojalá no lo confirme el disgusto de
nuestros lectores.

 

 

38 (Dificultades imprevistas
hicieron...), 96

 

Dificultades
imprevistas hicieron que el primer número de este periódico no se publicara en
el día que habíamos señalado; necesariamente han sufrido igual atrazo los
números posteriores; por lo que advertimos que para evitar en lo sucesivo esta
falta, se repartirá puntualmente este periódico los días 10 y 25 de todos los
meses.

 

 

42 ABUL-HACEM

Novela de 1174

 

 

1
El rapto

 

Ya
no existe el castillo de Sangüesa. Sus altas torres cayeron: desmoronándose los
gruesos lienzos de murallas que lo circuían, y sólo ha llegado hasta nosotros
la fama de algunos guerreros, que encerrados en él, resistieron la pujanza del
intrépido Abdallá, consignada en antiguas y oscuras tradiciones. Hubo empero un
tiempo en que sólo el nombre de Sangüesa era respetado, y su terrible Señor
temido. ¡Su Señor! pronto lo conoceremos, sin que podamos negar una lágrima de
tierna compasión a las gracias de unos amantes virtuosos.

Grandes
preparativos se hacían en Lumbier para celebrar el himeneo de la bellísima
Eleonora, hija de D. Rodrigo de Mendoza, con el valiente y joven Abul-Hacem.
¿Quién entre los caudillos musulmanes la merecía mejor? Abul-Hacem era el único
que, a la cabeza de corta caballería, se había atrevido a desafiar el orgullo
del castellano de Sangüesa acercándose a sus muros; el único que introduciéndose
por una barbacana, a favor de las tinieblas de la noche, había sembrado el
espanto y la muerte entre los cristianos.

Dormía
D. Rodrigo: ni ¿qué podía temer de la morisma de Lumbier, acostumbrada a huir
vergonzosamente delante de su enristrada lanza...? Femeniles gritos le desvelan
repentinamente... llega a sus oídos el sordo rumor de las armas... no puede
engañarse... los enemigos han penetrado en el castillo. ¡Mi hija! grita con
furor, y arrojándose del lecho, empuña la espada, y desnudo, vuela al aposento
de Eleonora. ¿Por qué tanto dormiste, descuidado caballero? Inútil es ya el
esfuerzo de tu brazo... mas no temas: el castillo está intacto, tus soldados
han ahuyentado a los contrarios, puedes dormir. Pero mira, mira, si te lo
permite la oscuridad, al camino de Lumbier. Por él vuela tu hija, tu esperanza,
tu orgullo en brazos de su raptor.

Don
Rodrigo entró en el cuarto de Eleonora, y lo halló desierto. Clavó los ojos en
su espada, pateó el suelo con ira y volvió a salir sin proferir una queja. Sus
labios temblaban de coraje, cuando dijo a un paje favorito. "Que se reúnan
todos los hombres de armas y derriben la muralla por donde han penetrado esos
perros infieles, ya que tan mal han guardado mi honor".

Los
moros entretanto celebraban el Lumbier con fuegos y luminarias la sorpresa de
Abul-Hacem y a la mañana siguiente se presentó éste a Abdallá con su cautiva.
Fiera Leonora, como su padre, y enemiga mortal de todo lo que no llevaba el
nombre cristiano, rehusó doblar la rodilla ante el Señor de Lumbier, quien
contemplando su extraordinaria belleza, dijo al caudillo dándole la mano:
"Buena presa has cogido, valiente Abul-Hacem: yo te la doy en albricias
del triunfo que has alcanzado sobre el soberbio Mendoza: pronto vendrá éste a
echarse a nuestros pies implorando piedad; pronto entraremos en Sangüesa".

"Te
engañas, moro, respondió Eleonora. D. Rodrigo Mendoza te desprecia, y esta
ventaja que acabas de conseguir ha de serte funesta. Vendrá mi noble padre,
vendrá; mas no para arrojarse a tus pies, sino para rescatarme, a la cabeza de
sus lanzas. "¡Miserable cristiana! calla o te haré..."

Abul-Hacem
le contuvo.

"La
destiné para esposa mía", dijo al jefe: tú me la has dado."

"Llévatela,
fue la contestación de Abdallá".

 

 

2
El pacto

 

Entregada
a su dolor la desventurada Eleonora, no apartada sus miradas del camino de
Sangüesa. Allá, como dibujadas en las nubes, le parecía ver de cuando en cuando
las altas torres del castillo feudal de sus mayores; creía oír el agudo son de
los clarines, el relinchar de los corceles; y esperaba por instantes la llegada
de sus libertadores. Pero ni un grito de alarma en el campo moro, ninguna señal
de la proximidad de un peligro... Lumbier estaba tranquilo.

Dos
esclavas moras la acompañaban en la suntuosa habitación que Abul-Hacem le había
destinado. ¡Infelices! poco tienen que sufrir de los caprichos de su nueva
señora. La hija de Rodrigo solo anhelaba volar a su fortaleza querida: a la
fortaleza dentro de la cual su pundonoroso padre, desesperado tal vez, sucumbe
al dolor, y en donde el intrépido Alfonso, el amado de su corazón, ausente
aquella fatal noche de su desgracia, llorará cuando vuelva de una arriesgada
expedición, la forzosa ausencia, acaso eterna, que los separa.

Alrededor
de la plaza de Lumbier la soldadesca mora ha levantado barreras, formando un
ancho circo, donde sus gallardos capitanes deben solemnizar las bodas del
afortunado Abul-Hacem, lidiando, cinco toros, los más bravos que crían los
pastos de Tudela. Braman ya las fieras encerradas hiriendo con recias
embestidas las puertas del toril; tremolan las torres de la villa vistosos
gallardetes y estandartes rojos, sembrados de estrellas y medias lunas blancas;
el ronco son de los atabales y añafiles, trompetas y chirimías, atruena al
campamento. Abdallá seguido de cien caudillos, flor y nata de la caballería
sarracena, ocupa los estrados del palacio en que Eleonora lamenta su desdicha.
Eleonora no ha visto los preparativos de la fiesta, por que sólo ve a Sangüesa;
no ha oído hablar de la famosa corrida, porque sólo oye resonar en su
corazón... Sangüesa; ni imagina que va a unirse con un detestado moro, porque
sólo piensa en Sangüesa, en su padre y en su amante.

Abrese
de repente la puerta de la estancia y se presenta Abul-Hacem ricamente
ataviado. Cubre sus hombros y arrastra airosamente por el suelo, magnífico
manto de gran recamado de oro y rubíes con pieles de armiño finísimo; sobre el
turbante de gasa y sedas brillan mil diamantes, la media luna de oro orna su
frente, y cuelga al costado del gerrero pendiente de preciosa cadenilla el
damasquino alfanje.

Ven,
hermosa nazarena, incomparable huri, ven a gozar de mi triunfo, dijo a la
triste doncella; no eres desde hoy esclava, sino la favorita entre mis esposas.
Dentro de ocho días parto a Granada, a donde me llaman el honor y la fortuna:
qué ventura si tú me acompañaras. Allí tendrás un palacio más grande que toda
esta villa, y cien esclavas que adivinen el menor de tus gustos; jardines y
cascadas para tu solaz, oro y pedrería para tu adorno, carrozas de marfil para
pasear las aromáticas riberas del Darro y el Genil... todo esto te sobrará, si
mis parciales son fieles, dentro de un mes serás mi Sultana y yo, el rey de
Granada.

Eleonora
nada le respondió; preñados de lágrimas dirigió sus ojos a la llanura y suspiró
imperceptiblemente... No vienen!

Todo
está dispuesto, prosiguió Abul-Hacem; el motín debe empezar después de mi
llegada y... ¡desgraciados si me venden! Pero antes debo engañar a Abdallá
sobre mis proyectos, y le he ofrecido que dentro de tres días será Señor de
Sangüesa.

Moro,
eso es mucho ofrecer, dijo una voz detrás del guerrero. Sobresaltóse éste, y al
volverse para conocer al atrevido que así le hablaba, se encontró enfrente a un
anciano respetable, cuya blanca barba y largo ropaje le harían tener en nuestra
época por un misionero capuchino.

¿Quién
eres? le preguntó, echando mano al alfanje.

-Leo
en los astros el destino de los hombres, y vengo a predecirte el tuyo.

A
estas palabras el moro llevó ambas manos a la frente en señal de veneración.

-A
la noche me encontrarás, dijo en seguida, a la entrada de la primera tienda del
campamento; ahora no puedo escucharte, porque es preciso que acompañe a esta
cristiana, que mañana será mi esposa, a la fiesta preparada en mi obsequio...

-¿Cuál
es la mujer que será tu esposa mañana, moro? le interrumpió con ira el adivino.

-Esta
hermosa cristiana.

-Mientes
con solo imaginarlo; ni mañana ni nunca.

Y
diciendo y haciendo, quitóse la barba postiza y la túnica y ropón que le
cubría.

Abul-Hacem
retrocedió dos pasos... Eleonora lo reconoce, grita, ¡Alfonso! y cae en sus
brazos desmayada de placer.

-¡Alfonso!
repitió el sarraceno: el enemigo implacable de mis huestes! el que inmoló a mi
hermano Aliatar...!

-Sí,
el mismo; y añade a tan gloriosos títulos el de rival tuyo, respondió el
cristiano.

-¡Por
Alá! Si empuñaras un acero!

-¿Eres
capaz de cumplir un pacto?

-Todos
los que haga.

-Pues
bien. Jura que esta noche a las doce te hallaré acompañado solamente de Eleonora
a una milla de Lumbier en el camino de Sangüesa. Nuestros aceros probarán que
somos valientes, y la muerte de uno de los dos decidirá la contienda, y dará al
otro la posesión de la belleza que adoramos.

-Cristiano,
acepto el desafío: me hallarás sin falta.

-Nada
más deseo, toma tu cautiva, y pues la amas, no necesito recomendarla a tu
honor.

Abul-Hacem
recibió a Eleonora, todavía desmayada, de los brazos de Alfonso. Este se vistió
con sosiego el ropón, se ajustó la barba, y besando con ardor la mano de su
amada se encaminó a la puerta. Antes de salir dijo a su rival.

-A
una milla; no lo olvides.

-A
las doce de la noche, replicó.

 

 

3
El duelo

 

Eleonora
tardó algún tiempo en volver de su desmayo, y cuando abrió los ojos se encontró
acostada en un rico lecho, acompañada de las dos esclavas que le prodigaban
esencias y espíritus. Parecíale que acababa de salir de un sueño profundo, y
equivocaba la realidad con las dulces ilusiones de su imaginación. Había visto
a Alfonso, a su adorado bien, pero mirábale cual un ser misterioso que huía de
sus brazos cuando los tendía hacia él: vagos recuerdos presentaban a su mente
la imagen de un adivino que leía en el libro del porvenir su suerte
desgraciada, y el nombre de Abul-Hacem, mezclándose a todo esto, producía en su
corazón una pequeña incertidumbre.

No
presenció las arriesgadas suertes de los caballeros moros, ni los variados
lances de la famosa corrida que en su obsequio se había celebrado.

Hacíanse
entre tanto en Sangüesa imponentes aprestos para embestir a Lumbier. D. Rodrigo
de Mendoza recorría las filas de sus soldados, armados de punta en blanco, y
juraba no dejar piedra sobre piedra en la villa enemiga, cuando llegó al
castillo uno de sus exploradores. Conducido a la presencia del irritado Señor,
supo éste que Abdallá entretenido en juegos y festines vivía descuidado; que
los moros celebraban con extremado júbilo el atrevido arrojo de Abul-Hacem,
quien se proponía desposarse al día siguiente con la bella Eleonora, y que ésta
lloraba en el palacio de Lumbier su malandante aventura.

Llegó
al último extremo el enojo del caballero de Mendoza con tales nuevas, y no
queriendo dilatar por más tiempo la libertad de su hija y la venganza
sangrienta que pensaba tomar de sus contrarios, dio la orden de partir aquella
misma noche.

Las
once de ella poco más o menos serían, cuando un caballero armado de todas
armas, se detuvo delante de otro que había rato le esperaba a corta distancia
de Lumbier. Echaron ambos pie a tierra sin hablarse, y abandonaron sus corceles
a la ventura. A pocos pasos reparó el recién llegado en dos mujeres, una de
ellas cuidadosamente encubierta con largo velo, y se acercó a examinarlas.

-Es
Eleonora, dijo el otro guerrero.

-Moro,
replicó el primero, puntual has sido, mas tampoco he tardado; no es la media noche

-Para
el que anhela deshacerse de un rival, corre el tiempo con harta lentitud.
Defiéndete.

-Espera;
estoy harto familiarizado con los engaños de los tuyos para dejarme alucinar.
Quiero satisfacerme de que una de esas damas es Eleonora de Mendoza.

-¿Sabes,
nazareno, que ni nombre es Abul-Hacem?

-Basta,
te creo. ¿Y la otra?

-Zomira,
una de mis esclavas.

-Pues
entonces, la victoria sea conmigo, y Dios y mi dama me amparen.

Apenas
pronunció estas palabras, desnudó el acero y esperó tranquilo a su rival; poco
tuvo que aguardar. El valiente sarraceno se arrojó a él, la cimitarra en alto,
y dio principio entre ambos un encarnizado combate, mientras la hija de
Rodrigo, mostrándose digna de la noble estirpe de que descendía ni una lágrima
derramaba, ni exhalaba un suspiro. Orgullosa en medio de su dolor, esperaba con
serenidad el éxito de la pelea, sin dudar de que la victoria coronaría los
esfuerzos de su campeón por quien dirigía al cielo ardientes votos, pues si
bien la fama pregonaba a Abul-Hacem por el más animoso de los caudillos moros,
la espada de Alfonso, nunca vencida era el terror de sus armas y la esperanza
de los adalides navarros.

Descargábanse
sin cesar los dos rivales sendos tajos y reveses, aprovechando para sus acometidas
el escaso resplandor de la luna que de cuando en cuando aparecía como huyendo
de entre negras nubes. La sangre empezaba a teñir sus armaduras, y el ardor del
combate les comunicaba nuevo aliento. Era preciso, según el convenio, que uno
de los dos dejase de existir, era preciso que Eleonora fuese el premio del
afortunado vencedor, Eleonora misma había dado su asentimiento, cuando
Abul-Hacem la informó del pacto que con Alfonso hiciera, y el deseo de
poseerla, unido al de la gloria, que es el alimento de los héroes, los
impulsaba a redoblar los golpes con desesperada furia.

De
repente se detiene el guerrero cristiano y dice a su enemigo:

-Tardamos
mucho, sarraceno: vendrá el día y nos encontrará combatiendo: desarmémonos el
lado izquierdo...

No
prosiguió, porque la cimitarra del moro, que no oyó sus primeras palabras, bajó
sobre el desventurado, hendiéndole el casco y la cabeza. Cayó moribundo, y el
eco de los bosques repitió el ruido de su armadura: Eleonora se precipitó sobre
él.

-¿No
alientas, pues, generoso amante y caballero mío? exclamó con voz dolorida. ¿Y
así me dejaste sin esperanza y amparo? En hora menguada vieron mis ojos la
primera luz; en más infausta te di mi corazón, si nuestro amor había de llegar
a tan infelice término. Moro, prosiguió dirigiéndose a Abul-Hacem, tuya soy por
el derecho que te da la victoria... aquí está mi mano, pero respeta mi dolor.
Acuérdate que me llamo Eleonora de Mendoza, y que una Mendoza no puede amar dos
veces.

-Marcharemos,
respondió el vencedor: cuando el sol dore el Oriente, mis soldados llevarán el
cuerpo de mi valiente enemigo a la mezquita de Lumbier con fúnebre pompa.

Dicho
esto dio un silbido, que oído por su caballo partió a la carrera hasta llegar
al sitio de la catástrofe. Subieron en él a Eleonora y la esclava, y Abul-Hacem
volvió junto al caído Alfonso diciendo a la primera: "Cuidaré de él hasta
el día, pues era digno de tu amor y de mi amistad".

El
caballo desapareció como un relámpago en la dirección de Lumbier.

 

 

4
La sorpresa

 

Las
cuatro de la mañana serían del día 14 de junio de 1174, cuando D. Rodrigo de
Mendoza al frente de su hueste llegó a la vista de los moros de Lumbier.
Detúvose para ordenar el asalto detrás de un espesísimo matorral, a fin de no
ser visto desde la villa; pero no permitiéndole su impaciencia más dilaciones,
dio la señal de avanzar, casi al mismo tiempo que la de detenerse, jurando no
sufrir por más tiempo que el espantajo de una fortaleza sarracena diese leyes
en un país cristiano, ni que ordenase su aborrecible estandarte enfrente de los
escudos y blasones de los Mendoza; juramento que cumplió con cruel fidelidad.

Un
cortejo fúnebre de cien moros conducían por la calle principal de Lumbier sobre
enlutado pavés el desfigurado cadáver de Alfonso. Cincuenta guerreros con
turbantes blancos le precedían arrastrando pendones, y cerraba la marcha
Abul-Hacem, herido, abollada la armadura y cubierto el rostro de profunda
tristeza. De repente suena el clarín de alarma, y una nube de flechas los cubre
por todas partes: caen heridos o muertos nobles moros, corren otros
atemorizados por las calles, y a las voces, "traición, traición" que
incesantemente resuenan, el repetido clamoreo de las campanas, a los gritos
desesperados de mujeres y niños que se amontonan en la Mezquita, se apodera el
terror de los ánimos más esforzados. Vuela Abdallá al sitio del desorden
seguido de veinte caudillos, alienta a los tibios, reprende a los cobardes,
pregunta, inquiere, y sabe por fin que el terrible Señor de Sangüesa ha talado
el campamento, y confundido con los fugitivos penetrado en la villa.

-¡Abul-Hacem!
grita el jefe al escuchar la funesta nueva.

Preséntasele
el noble moro cubierto de sangre.

-¿Has
visto al enemigo? pregunta el primero.

-"Ox-Alá;
tengo deseos de probarle que estoy resuelto a no cederle a su hija. Ya no es
temible don Rodrigo: que venga: sin el brazo del que ves ahí tendido, pronto te
besará los pies.

-¿Qué
cristiano es ese?

-"Don
Alfonso de Lazcano, Señor de Domeño y de Ochavagia, el espanto de las morisma,
el que derribó a mi hermano Aliatar... anoche lo maté en duelo. Abdallá, te
ofrecí ayer que antes de tres días pondría a Sangüesa en tu poder; pues bien,
hoy cumpliré mi palabra o perderé la vida.

Nuevos
gritos interrumpen esta corta plática. Los dos guerreros con alfange en mano se
precipitan en medio de la muchedumbre que huye espantada, y a fuerza de golpes
y amenazas logran reunir algunas tropas: dirígenlas en persona resueltas a
contener la irrupción del formidable contrario... en vano se afanan. D. Rodrigo
se abre paso con su fuerte lanza, alcanza a Adallá, atraviésale el pecho,
arrójalo con fuerza a los pies de su caballo, pasa por encima, sigue matando,
anima a los suyos, y en breves momentos se hace dueño de Lumbier. Espárcense
los cristianos por la villa degollando inhumanamente a cuantos moros les llegan
a las manos, y no perdonan sexo ni edad: derriban las puertas de las mezquitas,
las incendian, así como los edificios más notables, y ejercen las bárbaras
represalias, que el referirlas fuera horroroso, y sólo pueden disculparse en el
siglo a que esta relación se refiere.

 

 

5
Abul-Hacem

 

La
villa de Lumbier ardía; las llamas se perdían entre el humo y el cielo: algunos
aceros se chocaban en las calles, todo era luto y desolación, llanto y
horrores. En medio de esta imponente escena tres personas se hallaban
tranquilas (o al menos lo parecían) en uno de los espaciosos salones del
palacio de Abdallá. Era la primera una joven hermosa resignada a su mala
suerte... Eleonora; las otras dos, dos guerreros que se miraban sin pestañear,
varonil el uno, ya entrado en años, pero pujante, el segundo... Abul-Hacem y D.
Rodrigo de Mendoza.

-"He
dicho, moro, que vengo a rescatar a mi hija, dijo éste último; se que eres
valiente, escoge pues, o mi agradecimiento o mi espada".

-"Hace
dos horas no hubiera vacilado, respondió el moro, porque tenía que cumplir una
promesa: ahora es diferente: D. Rodrigo, no pelearé contigo."

-"Más
te vale. Mi acero, que ha derribado a Abadalá, no te trataría mejor si lo
provocases.

-"¡Eso
no, por Alá!" y moderándose al punto añadió: di cuanto quieras, cristiano.
El padre de Eleonora no puede ofenderme.

"Demuestran
tu nobleza esas corteses razones; pero basta, no hablemos más. Veo que estás
dispuesto a complacerme y te lo agradezco. Ven hija mía, volvamos a Sangüensa,
y tu, Abul-Hacem, si algún día te acercas a sus muros, o necesitas contra los
tuyos ayuda de D. Rodrigo de Mendoza, nómbrate y... nada más. Adiós.

Tomó
el caballero la mano de su hija y se disponía a salir.

"Detente,
le gritó Abul-Hacem, o bien, marcha solo; pero esa... es mi esposa.

Un
rayo no hiciera tanto estrago en el corazón del Señor de Sangüesa como esas
palabras.

-¿Sabes
lo que dices, infiel? exclamó con ira. ¡Mi hija tu esposa! No lo repitas por
piedad hacia ti mismo.

-¡Qué!
le replicó el moro. ¿Has imaginado por ventura que soy menos fuerte que tú?
Eres dueño de las ruinas de Lumbier ¿no es eso, cristiano? Pues bien, mira. Yo
soy dueño de las ruinas de Sangüesa.- Y abrió de par en par la gótica ventana
que daba al campo, al proferir estas razones.

Un
denso humo se percibía a lo lejos; ocupaba un espacio inmenso -¡Sangüesa! clamó
D. Rodrigo; corramos, Eleonora, acaso es tiempo...

-"No,
ya es tarde, dijo Abul-Hacem con fatídico acento. Tu villa y tu castillo son pasto
de las llamas: mis soldados han penetrado en Sangüesa, mientras los tuyos se
hartaban de horrores en Lumbier. ¿No habéis querido celebrar la victoria con
luminarias? Con luminarias celebro yo allí mi himeneo. Vete, D. Rodrigo, tu
hija es mía, te la he robado, la he ganado en combate... Cristiano, vete: has
aniquilado en el país la dominación de los hijos de Ismael. ¿Qué más quieres?
Un hijo de Ismael ha aniquilado en tu corazón toda la esperanza de felicidad.
Adiós, me quedo con tu hija.

-"Primero
caiga sobre tu cabeza la maldición del cielo. ¡Defiéndete!".

-"¡Padre
mío! Padre mío! exclamó Eleonora cayendo de rodillas. Conservad vuestros días
preciosos, vuestra hija os lo ruega, vuestra hija que morirá de desesperación
si la suerte os es contraria en la pelea. Y tu noble Abul-Hacem..."

-"¡No
lo mires, no le supliques, la interrumpió D. Rodrigo. Salgamos de aquí, y si se
atreve!...

-"¡Si
me atrevo!" Orgulloso Señor de la que fue Sangüesa, esta mujer me
pertenece por su propio consentimiento: es mía, ¿lo has oído? mía y no te
seguirá".

-¡Eleonora!
gritó el caballero, Eleonora! jura que no es verdad lo que dice este infame
sarraceno.

-¡Ah!
respondió la sin ventura; demasiado cierto es por mi desgracia.

-"¡Sí!
pues entonces muere, murmuró su padre, y le clavó la daga en el corazón.

Su
acción fue tan pronta que Abul-Hacem no tuvo tiempo de impedirla; en su
desesperación sacrificó al padre sobre el cadáver de la hija. Cruzó en seguida
los brazos y contempló con sardónica sonrisa las marchitas gracias de su amante,
mientras el fuego consumía las anchas cuadras y corredores del palacio. Dos
días después que éste fue devorado enteramente por las llamas, se vio a un moro
pálido arrastrarse penosamente hacia los escombros, y rebuscar entre ellos un
objeto querido, sin que los cristiano lograsen de él más explicación que su
sonrisa.- ¡Infeliz! Estaba loco. J. M. de A.

 

 

44 RESEÑA BIOGRAFICA

De doña María Napoleona Albini de
Vellani.

 

Esta
excelente actriz, celebrada con entusiasmo con las principales ciudades de
Europa y América, como lo acreditan varios artículos insertos en La Revieu Musical de
París, en el Velocífero de Nápoles, y en otros periódicos de Madrid, de
Barcelona y de Méjico. nació en Módena a fines de 1808, oriunda de una familia
ilustre; habiendo sido su padre uno de los primeros y más ricos comerciantes de
aquella ciudad.

                                                                                     ………………………………………………………………………………

En
Méjico conservó ilesa su celebridad, luciéndose en las óperas de más renombre,
cuales son: Norma, Pirata, Straniera, Donna del Lago, Zelmira, Johana Shor,
Cenerentola, Guillermo Tell, los Normandos en París, Ana Bolena, Capuleti e
Monteche, &c. &c.

Ahora
que tenemos el gusto de haber oído en el Teatro Principal de la Habana su hermosa voz, y
que hemos observado su gran maestría, su dignidad y finura en la acción, no
dudamos que cuantos encomios la han prodigado en los periódicos de las
capitales donde la han oído cantar, son justos; siendo dignos de notarse, entre
otros artículos que hemos leído, los redactados por Mr. Fétis y por el Sr.
Torelli, no tanto por su mérito literario, cuanto por el sello de imparcialidad
que los recomienda. F. G.

                                                               

 

(49)

 

Por
ocupaciones de la imprenta no fue posible que saliese este número cuando lo
teníamos ofrecido, y lo avisamos para satisfacción de los señores que nos honran
con sus suscripciones.

 

 

53 MARGARITA

Crónica de 1570

 

 

I

 

Una
paz poco duradera acababa de reunir por tercera vez a católicos y protestantes.
Catalina de Médicis esperando vencer o enfrentar el ardor de los jefes de ambos
partidos que dividían la Francia,
los atraía con astucia a sus palacio; las fiestas y los placeres se sucedían es
Saint-Germain; y la corte se componía de la juventud más brillante; de la más
bella y escogida de toda la nación. Carlos IX iba a cumplir 23 años, y sus
hermanos, los duques de Anjou, y de Aleçon, el rey Henrique de Navarra, y el
príncipe de Condé, los Guisas, Biron y Tavnnes, amigos inseparables de Henrique
rivalizaban en ardor y en ambición, distinguiéndose a porfía en las magníficas
justas y arriesgados torneos que se renovaban si cesar.

La
joven y hermosa Margarita, esposa del rey de Navarra, las duquesas de Suaves y
de Nevera, y la amable María Touchet, favorita de Carlos, embellecían con su
discreción, sus gracias y su elegancia aquellas suntuosas reuniones, llenas de
tanto encanto y seducciones, que dieron a su época un tinte poético de
franqueza y cortesanía, de delicadeza y marcialidad, inseparable de los tiempos
de turbulencias y de luchas sangrientas.

De
repente, en medio de tantos regocijos, en medio de aquella bulliciosa y alegre
juventud incansable de placeres, resuena un grito de horror... la sangre corre
a torrentes... descúbrese la traición... túrbase la paz, y los protestantes son
degollados. El rojizo sol del día de San Bartolomé alumbra por última vez a
cien mil franceses, y aquella corte frívola se precipita a la matanza con el
mismo entusiasmo que a un impúdico sarao. ¡Qué mucho! El rey Carlos IX, tan
joven y tan tierno, ha firmado la orden para la horrible carnicería. El de
Guisa abandona los brazos de la princesa que adora, para correr a hartarse de
la sangre de los Coligni; todos le siguen, todos combaten, todos hieren...
¡horrorosa noche! la primera luz del 25 de agosto de 1570 guió los fugitivos
pasos de los últimos protestantes, que no tardaron en reunirse y en turbar de
nuevo la tranquilidad de la nación.

Más
¿quién se pondrá al su frente? ¡Coligni no existe! Coligni que por su carácter,
por sus virtudes, y por su valor sabía ganar la voluntad de los aliados, aunque
sólo pudiese ofrecerles promesas o un porvenir incierto yacía vilmente
asesinado por el duque de Guisa! ¿Quién podía sustituirle? Henrique de Navarra,
su discípulo... Henrique, héroe ya desde las memorables batallas de Fernac y
Monteontour, Henrique, cuyo corazón ha podido ser alucinado por las delicias de
una corte voluptuosa, pero no corrompido. Hernique, pues, será el padre, el
amigo, el jefe de los protestantes; combatirá por ellos y con ellos, sufrirá
sus privaciones, gozará de sus triunfos, y asentará también su trono en medio de
ellos, hasta que sus esfuerzos reunidos lo coloquen en el de Francia, degradado
envilecido bajo la influencia peligrosa de una italiana más ambiciosa que
capaz, y tan pérfida como hipócrita.

Pero
Henrique estaba en poder de Carlos IX, con cuya hermana se había casado, y a
duras penas podía comunicarse con el partido protestante. Y con todo, su
presencia era necesaria en el campo.

Fórmose
un complot que tiene por objeto arrancarlo de la corte, y con él al príncipe de
Condé y al duque de Aleçon, hermano del rey, a quien Henrique a logrado
comprometer, halagando sus pretensiones sobre Flandes. Doscientos caballeros,
el Vizconde de Turena, el de Montmorency, el de Cossé, los señores de Thore y
Lamofe y el conde de Coconnas, se ponen a la cabeza de la conspiración.
Aplázase el día; Henrique lo ha previsto todo con serenidad, con aquella
serenidad que le distinguió después, y a la cual debió el renombre de hábil
político con la misma justicia que el de gran capitán. En el momento de la
ejecución es vendido; alármase la corte y se esparce la voz de que quieren
matar al rey. Son las dos de la mañana; Carlos IX, está agonizando, pero la
impávida Catalina manda colocarlo en una litera, y toda la corte se huye
apresurada desde Saint-Germain a París.

En
el mismo instante son arrestadas infinitas personas: Lamole y Cacommas, no
pueden fugarse y se encuentran seriamente comprometidos: instrúyese proceso
criminal contra ellos, y se considera su causa la del partido protestante. La
justicia siempre exige largos procedimientos, porque es necesario descubrir
cómplices, porque la muerte de dos hombres, de dos grandes señores, no basta
para satisfacer la venganza del rey, mejor dicho, el encono de Catalina de
Médicis. Durante estas dilaciones, la corte vuelve a engolfarse en sus acostumbradas
fiestas; estas también hacen parte de la política de aquella ambiciosa mujer.
Vuelven, pues, a adormecerse los palaciegos entre danzas y festines, y
Henrique, con la mira de burlar, la vigilancia de que es objeto, arrastrado tal
vez por aquel deseo incesante de placeres que de dominaba, como a la mayor
parte de los grandes hombres de su tiempo, obsequia tiernamente a su esposa
Margarita, dirige afectuosas miradas y lánguidos suspiros a la marquesa de
Suave, cuyo corazón se disputan los duques de Anjou y Aleçon, y se declara
abiertamente amante de la bella Torigni, dama de honor de la reina
constantemente adorada de Lamole.

El
ejemplo de la reina madre y la necesidad obligan al rey de Navarra a ocultar su
franco y noble carácter. Disimula aparenta divertirse, pues conoce que sólo así
puede ser útil al partido que cifra en su valor a prueba todas sus esperanzas.
De este modo, y mientras a los ojos perspicaces de Catalina, sólo aparece
ocupado de sentimientos tiernos y amorosos, cuenta sus fuerzas, alienta a sus
partidarios, visita a los miembros del parlamento que deban juzgar la
conspiración de Saint-Germain, estudia la astuta política de la reina, reanima
el ardor de los suyos con avisos secretos, y hace escribir a Margarita una
memoria justificativa; verdadera obra maestra inspirada a esa mujer célebre,
por la poderosa superioridad de las ideas de Henrique, y por la indecible
pasión que profesaba en secreto hacía algún tiempo, al conde de Coconnas.

 

 

II

 

Como
a las cuatro de la tarde de un día tempestuoso de diciembre, estaba sentada una
mujer joven y hermosa delante de una mesa de mármol negro, recargada de adornos
y relieves según la moda de aquella época, en un salón del palacio del Louvre,
que acababa de construirse por orden de Catalina de Médicis. Los muebles de
este salón, su techumbre, las pintadas batallas de los tapices y los largos y
estrechos espejos, raros todavía en aquel tiempo, detrás de los cuales ondeaban
banderas cogidas en Jarnac y Monteontour, le daban un aspecto imponente y guerrero,
a que no poco contribuían las encarnadas cortinas de damasco con franjas y
borlas de oro, que hacían sombra a las rasgadas ventanas y macizas puertas de
aquella habitación. Un rico tapete de la misma tela guarnecido de exquisitas
labores de oro y seda cubría la mesa de que hemos hablado, y varios papeles
esparcidos sobre ella, así como un enorme tintero de metal y varias plumas
indicaban que la tierna beldad que ocupaba el asiento inmediato, se había
ocupado en escribir. Con efecto, el trabajo de sus lindos dedos se hallaba
entre las manos de un hombre que de pie detrás de ella, lo leía sin pestañear.
Su figura era noble, aunque algo adusta; el color de su rostro moreno, y su
talla más alta que elegante; y aunque por estos indicios no era fácil calcular
la edad que tenía, revelaban no obstante que su juventud, unos ojos de fuego,
siempre que los volvía hacia la dama, y los enérgicos gestos y exclamaciones
que se le escapaban de cuando en cuando: entonces se podía conocer que una vida
inquieta y penosa había impreso en su fisonomía la expresión de las pasiones,
que ordinariamente son el patrimonio de la edad madura, pero que se habían
fijado en él merced a días borrascosos y circunstancias difíciles en que se
habían visto más de una vez.

La
joven parecía inmóvil; tenía el codo izquierdo sobre la mesa, apoyada en la
mano la mejilla y seguía con la vista todos los movimientos del lector.
Conocíase empero en aquel mirar vago y tímido, que sus pensamientos erraban
lejos de aquella estancia y del manuscrito que embelesaba a sus acompañante, y
parecía que olvidaba enteramente de cuanto contenía, se hallaba realmente donde
anhelaba hallarse. A juzgar por el encanto indefinible que animaba su rostro, y
por la gracia seductora de una sonrisa dulce, voluptuosa, que erraba sobre sus
labios, diríase que halagaba su corazón tiernas palabras de amor... En el mismo
instante desaparecía la ilusión, y aquella belleza tranquila sólo esperaba el
terror y el espanto. Herida de un presentimiento terrible, reconcentrábase en
sí misma, observaba temerosa las impresiones del hombre que tenía delante, y
procuraba sacar de sus generosos sentimientos, de su nobleza convicción, la
fuerza y la esperanza de que su alma combatida por encontrados efectos tenía
tanta necesidad.

-Bien,
Margarita; muy bien, decía el joven mientras leía. No hay duda; los salvaremos.

-¿Creeis
que esa memoria responde satisfactoriamente a todos los cargos, Henrique?

-¡Por
San Dionisio! desafío a todos los señores del Parlamento a que hagan otro
tanto. Creedme; con este papel espero confundirlos, y vos, esposa mía, acabáis
de adquirir nuevos derechos a mi agradecimiento, ocupándoos en trabajar por la
libertad de dos amigos míos. No, no hay en la corte dama alguna que desde hoy
pueda rivalizar con vos.

-Ni
aun la marquesa de Suave, replicó ella irónicamente,

Henrique
se mordió los labios y continuó su lectura. Madama de Suave era siempre motivo
de incomodidades entre aquellos esposos. Margarita volvió a alimentar su
corazón con mentidas ilusiones como al principio.

-¡Margarita!
mi hermosa reina Margarita! ¿se puede entrar? dijo una voz de mujer.

-Es
Torigni, murmuró el rey dejando el manuscrito sobre la mesa, y adelantándose de
puntillas, llegóse poco a poco a la puerta, levantó el tapiz que la cubría, y
se encontró cara a cara con la bella Torigni, amiga y confidente de la reina.
La joven lanzó un grito de sorpresa al ver al rey, se dio prisa en esconder en
el pecho un papel que llevaba en la mano.

-¡Ah!
querida mía! dijo Henrique agarrándola por el brazo, y conduciéndola al centro
del salón: ¿Qué venís a hacer aquí con Margarita? alguna picardía tal vez
contra mí, a quien sin duda no esperabais encontrar ¿eh? Pues bien; en castigo
vais ahora mismo a pegarme el beso que siempre me estáis prometiendo.

-Dejadme,
gritó Torigni, procurando desasirse. Y bajando la cabeza hizo, de modo que no
la viese el rey, una seña a Margarita, para indicarle que tenía que entregarle
alguna cosa.

-Vamos,
Henrique, soltadla, dijo Margarita interponiéndose.

-No,
por San Dionisio! es preciso que me de un abrazo.

-Soltadme
primero, respondió la astuta dama, y después veremos. Henrique la dejó libre.

Levantándose
entonces sobre las puntas de los pies hizo al rey una graciosa cortesía y le
ofreció su mejilla, y alargando al mismo tiempo el brazo entregó a Margarita,
colocada detrás de su esposo, el billete que había ocultado cuando divisó al
rey en la puerta del salón. Pero Hernrique al abrazarla no perdió la dirección
de sus miradas; dio repentinamente una vuelta con el objeto de sorprender a
Margarita, pero esta sin turbarse le dirigió una de aquellas sonrisas que tanto
le cautivaban.

-Sois
muy amable, Henrique; ¡oh! mucho pues atormentáis y perseguís a las damas hasta
en mi presencia.

-¿Qué
es lo que habéis dado a la reina, Torigni?

-Apuesto,
dijo esta alegremente a que sois capaz de suponer segundo delito, por exigir
segundo castigo. Mas por esta vez me perdonareis, señor, porque yo no he venido
aquí a divertirme con vos, y escapándose de junto a Henrique se puso en salvo
de un brinco detrás de Margarita.

-Henrique,
dijo la reina, deteniéndole al mismo tiempo que iba a seguir a Torigni,
¿olvidáis que Carlos está esperando esa memoria para enviarla a la comisión
encargada de juzgar el desgraciado asunto que tanto compromete vuestra seguridad
y las vidas de vuestros amigos? Lamole y Coconnas cuentan con vos... acabadla
de corregir... el tiempo se acerca, y el rey, que desea perdonarlos por daros
gusto, extrañará vuestra tardanza.

-Tenéis
razón, hermosa Margarita; no debo perder un instante. En cuanto a corregirla no
lo necesita; es una obra perfecta, y la presentaré al consejo con orgullo.

Acercóse
a la mesa, reunió los papeles, los arregló cuidadosamente, y ya solo se ocupó
en la importancia de la causa que pronto iba a decidirse. Margarita le ayudó en
este trabajo, acompañándole en seguida hasta la puerta desde la cual dirigió a
ambas un cortés saludo y las dejó solas.

Mirándose
entonces una a otra como queriendo explicarse mutuamente el peligro que habían
corrido,

-Es
del conde de Coconnas, dijo, Torigni; nos esperan.

Margarita
abrió el billete y lo leyó.

¡Ah!
volando, exclamó en seguida; mi manteleta. Henrique ha ido al consejo del rey y
tenemos tres horas de que disponer. ¿Está todo preparado?

-Todo,
todo, dijo Torigni ayudando a reina a cubrirse con la manteleta. La carroza
amarilla nos espera en el segundo patio, cerca de la escalera de la izquierda,
y podréis pasar sin que nadie os conozca, porque parecéis exactamente Madame de
Tournon.

-No
malogremos un minuto, dijo Margarita. Y el tapiz que cubría la puerta se
levantó.

 

 

III

 

En
el centro de un grueso muro se veía una puerta cercada de anchas piedras
colocadas en forma de ojiva, y cubierta de clavos y de barras de hierro de alto
a bajo: enfrente de esta puerta, en el opuesto lienzo de la muralla, había dos
aberturas defendidas por barrotes, las cuales comunicaban misteriosa luz a un
aposento húmedo y frío que servía de prisión de estado al Señor de Lamole y al
Conde de Cocconnas, hasta la conclusión del proceso mandado formar por el rey sobre
la conspiración de Saint-Germain. Una mala cama oculta entre dos cortinas de
sarga que había sido verde, un baul y dos o tres banquillos completaban el
ajuar de tan triste habitación.

Al
pie de aquella miserable cama estaba sentado el conde de Coconnas, a quien
había ido a consolar secretamente la hermosa reina de Navarra, Margarita de
Valois.

Al
otro lado del aposento, sentados en los banquillos Lamole y Torigni, olvidaban
todas las amarguras pasadas, con el recuerdo de su amor presente. Y los cuatros
esperaban que los debates del asunto que se discutía en aquel instante en el
Parlamento aclararían la verdad, y disculparían a Lamole y Coconnas de la
temible acusación producida contra ellos, suponiéndoles cómplices en el
proyecto formado por los protestantes de atentar a la vida del rey. Una vez
reconocida su inocencia con respecto a este punto, no dudaban de que sus
cadenas se romperían en breve, y el amor los adormecía con mil risueñas
perspectivas, con un porvenir delicioso rodeado de mágicos sueños y encantados
placeres. Mas ¡ay! la esperanza es hija de nuestros deseos y nos conduce casi
siempre a un fatal desengaño. Cuanto mayor es aquella, tanto más nos abruma
éste cuando llega la hora funesta.

-No,
tu no morirás, mi fiel, mi valiente caballero, le decía Margarita. Henrique me
lo ha prometido... he escrito una memoria justificativa que me ha dictado... en
este momento tal vez la está leyendo en el consejo... Por último, si la
comisión te condena, Henrique solicitará de Carlos tu perdón... ¡Ah! Dios quiera
que persuadan de tu inocencia para salir hoy mismo de tanta agitación, de tanto
tormento. ¡Si supieras como consolaba mi corazón este pensamiento! ¡Salvarte,
conde mío!...

-Reina
adorada, respondió el conde, el cielo sabe que solo por tí, por este amor que
hace mi felicidad, deseo conservar la vida.

-Escuchad,
dijo Margarita con voz calculada: alguno se acerca a este sitio. ¡Dios mío!
vamos a ser sorprendidos! ¿Qué partido tomar? ¿Dónde ocultarnos?

Levantáronse
los cuatro a un tiempo y permanecieron silenciosos un corto espacio: la reina
no se había equivocado; oíanse claramente los pasos de una persona que se
dirigía al calabozo apresuradamente.

-Estamos
perdidos, exclamó la reina retorciéndose las manos.

-Escondámonos,
decía Torigni con la mayor ansiedad, y recorría acelerada todo el aposento.

-Es
el rey, sí, los conozco bien; son los pasos de Henrique.

-¡Ah,
Margarita mía! no poderte salvar! dijo el conde dolorosamente; ¿qué hacer en
tan duro aprieto?

-Morir
contigo, le respondió ella con amorosa exaltación.

-¡Aquí!
gritó Torigni, separando el baúl, y señalando un estrecho ángulo saliente que
formaban las paredes detrás de la cama. Empujó a la reina, entró en seguida y
las cortinas acabaron de ocultarlas. Lamole arrimó el baúl y se sentó
aparentando una serenidad que desmentían las violentas palpitaciones de su
corazón.

Corriéronse
los cerrojos y se abrió la puerta con estrépito. Henrique entró en la prisión
seguido de cinco caballeros y estrechó en sus brazos cordialmente a Coconnas,
al mismo tiempo que con el mayor afecto apretaba la mano de Lamole. Mis nobles
y queridos amigos, les dijo, el consejo está reunido y en él se discute con
calor nuestro asunto. La memoria de la reina Margarita ha producido una sensación
profunda y sólo queda un punto por aclarar. Yo me he aprovechado del tiempo que
exige la discusión de tan grave negocio para venir a hablaros y saber de
vosotros una cosa importante. ¿Se podrá probar que cuando se desgració el golpe
de mano de Saint-Germain, no teníais relaciones con Ruggieri, el famoso
alquimista de Catalina de Médicis? ¿Lo puedo yo afirmar en conciencia? ¿Me
autorizas para ello?

-Sí,
respondieron los dos sin vacilar.

-Pues
entonces, esperemos.

-Señor,
dijo Coconnas, mucho deseo tenemos de salvar nuestras vidas de la cuchilla del
verdugo, pero nunca consentiremos que V. M. dé en nuestro favor paso alguno que
sea contrario a su interés. Nuestras vidas están consagradas al servicio de V.
M., y a la gloria de su nombre, y sabremos ofrecerlas en sacrificio por tan
caros objetos sin exhalar un suspiro.

-Yo
no lo acepto; y pues por mi causa os halláis comprometidos, yo soy quien debe
libertaros. Nuestros intereses se cifran todos en adquirir gloria y fama de
esforzados y generosos, y nunca se dirá que el navarro abandonó a sus amigos en
la hora del peligro. ¡Por San Dionisio! Si el parlamento os condena y Carlos es
inflexible ¿no tengo a mi hermano el de Aleçon que ayudará? ¿no tengo fieles
amigos y soldados a toda prueba? Me pondré a su cabeza y vendremos a arrancaros
de aquí, y de este modo contaré dos valientes más entre mis filas para rechazar
al enemigo. Si es preciso moriremos, pero moriremos a caballo empuñando las
espadas o las lanzas. Valor, amigos míos, y confianza en mí; os salvaré o perderé
mi corona.

-De
todos modos, contad con nuestra constante adhesión, dijeron los dos
prisioneros, estrechando entre las suyas las manos del rey.

-Vuelvo
al consejo, porque su influencia ha de ser de mucho peso en el ánimo de los
jueces, y sería tentar al diablo detenerme más tiempo.

Al
separarse de ellos, les dejó la esperanza.

-Sí,
caballeros, decía Henrique a los que le acompañaban; montaremos a caballo si se
nos obliga a ello, y aunque tengamos que huir, será una retirada honrosa, pues
conduciremos dos amigos más a nuestro reino de Navarra, y poniéndonos al frente
de los fieles vasallos que esperan nuestra llegada, nos juntaremos al ejército
de Larochelle y empezará la guerra.

La
noche empezaba a esparcir sus negras sombras. Al principio de la calle que
conducía al Louvre se veía una carroza amarilla. Estos carruajes no eran muy
comunes en aquel tiempo, y el sitio que ocupaba aquel y el aire de misterio que
le rodeaba, pues ninguna persona se divisaba a su inmediación, lo hicieron
sospechoso para el rey.

-Si
estuviéramos más despacio, señores, dijo alegremente, tal vez descubriríamos
por aquí alguna cita amorosa; pero no podemos disponer de un momento; sería
perjudicar a aquellos dos fieles compañeros.

-Quelús
vive por estos alrededores, dijo Sauvigne con malicia, y aseguran que la
duquesa de Nevers no le mira con indiferencia.

-La
carroza de la duquesa es verde, replicó Tavannes, y la que tenemos a la vista
es amarilla, a lo que parece desde aquí.

-¡Amarilla!
exclamó el rey, como si su alma hubiera sido herida de un recuerdo tristísimo.
En efecto, era amarilla, De repente se detiene Henrique y dice a sus
caballeros: he olvidado preguntar a Coconnas un punto de la mayor importancia;
nadie me acompañe, porque en breve volveré. Esperadme en el mismo sitio.

¡Una
de las carrozas de la reina Margarita era también amarilla! Henrique, acosado
por esto importuno pensamiento, se acuerda de mil circunstancias anteriores que
no había reparado, y resuelto a aclarar las dudas que cruzan su mente, llega
silenciosamente, manda abrir la puerta y encuentra a Margarita y a la joven
Torigni que acaban de salir de su escondite, y se felicitaban con sus amantes
por haber evitado el peligro con que les amenazó la primera llegada del rey.

Al
reparar en aquellas cuatro personas, quedó éste inmóvil en el umbral de la
puerta.

-No
me ha engañado el corazón. murmuró con furor reconcentrado, y temblando de pies
a cabeza; ¡la reina aquí!

-¡Henrique!...
Señor! gritó Margarita arrojándose a sus pies.

-¡Y
yo necio, que hubiera dado mi vida por salvarlos!

-¡Señor!
repitieron los dos prisioneros.

-Y
Torigni también! añadió dolorosamente Henrique. Cruzó después de pronunciar
estas palabras los brazos sobre el pecho con fuerza convulsiva, dirigió a su
esposa una mirada insultante de desprecio, y se retiró con el corazón
despedazado por el terrible golpe que acababa de recibir.

-Apresurémonos,
caballeros, dijo al reunirse con su comitiva: el negocio de Lamole y de
Coconnas se presenta de muy mal aspecto.

-Todos
estamos prontos, señor, pronunció Sauvigni: ¿quiere V. M. que nos armemos?
hemos jurado librarlos de la muerte, y lo cumpliremos sin temblar. Díganos
pues, V. M. lo que debemos hacer.

-Nada,
respondió secamente el rey.

 

 

IV

 

Todas
las noches se reunía la familia real en la estancia de Catalina de Médicis. El
día siguiente al del acontecimiento que se acaba de referir había habido corte,
y apenas se eclipsaron los últimos rayos del sol, se vio aquel magnífico
aposento lleno de grupos de señores, que se apresuraban a rendir galantes
obsequios a las apuestas damas que acudían gozosas al círculo brillante, del
cual era centro la reina madre, la astuta mujer que aparentemente rehusaba
mezclarse en el gobierno de la nación, y en realidad manejaba a su antojo el timón
del estado, abusando del poderoso ascendiente que tenía sobre Carlos IX.
Hablaban los cortesanos en voz baja, y era asunto de sus pláticas la
conspiración de Saint-Germain, de que se había ocupado el parlamento aquel
mismo día, y que al fin de la sesión habían tomado un carácter más serio con
respecto al Señor de Lamole y al conde Coconnas, a quienes se imputaban nuevos
delitos. Isabel de Austria, esposa del rey Carlos estaba sentada a un lado de
la chimenea, y enfrente de ella Catalina de Médicis procuraba animar su
escogida reunión disgustaba por la ausencia de Margarita de Navarra, dirigiendo
a cuantos la cercaban aduladores frases y fingidos elogios con aquella gracia y
finura que sabía emplear cuando quería seducir.

-Nuestra
querida Margarita se halla tan indispuesta esta noche, que ha mandado la
escusen conmigo, decía a la duquesa de Nevers. Nuestra tertulia tiene luto por
su ausencia, y en verdad, que sin ella no podemos las demás ser amables.

-Ahora
mismo acabo de dejarla, y me ha encargado que ofrezca sus respetos a V.M.:
realmente se halla en un estado que no la permite presentarse en la corte.

Al
oír el nombre de Margarita se acercaron a la chimenea muchos cortesanos. La
reina de Navarra era en efecto el alma de los placeres de la corte y su indisposición
interesaba a todos. Madame de Suave, que se entretenía con el duque de Aleçon,
dirigió la palabra a los señores de Souvré y de Brissac, que se hallaban
inmediatos con el objeto de llamar la atención de un personaje a quien miraba
de hito en hito desde que entró en el salón. Se había colocado aquel hombre al
lado de una ventana, y examinaba o fingía examinar a todos los señores que
entraban, aunque su imaginación se hallaba distraída en cosas bien diferentes
de la escena que tenía ante sus ojos. Cando reina Catalina pronunció el nombre
de Margarita, se estremeció; y fuese efecto de su temblor o encuentro casual de
su mano, se oyó el ruido que hizo la espada que llevaba ceñida. Madame de
Suave, acostumbraba a leer en a fisonomía de aquel caballero deseaba a toda
costa adivinar lo que tan vivamente le afectaba y estaba a punto de creer que
su mal humor no provenía solamente del peligro en que se hallaban sus dos
amigos Lamole y Coconna. Verdad es que se susurraba el mal estado de su
proceso, pero no era menos cierto que en el caso de ser sentenciados podía
apelarse, y cuando ya no quedase esperanza alguna, Carlos no era inflexible, y
en uso de sus reales prerrogativas era de creer les perdonase la vida: había
pues motivos para creer que escaparían del inminente peligro que les amenazaba,
sin contar las precauciones que Henrique había tomado. ¿Cuál podía empero ser
la causa de la profunda meditación en que se hallaba sumergido? Porque era el
mismo el hombre de la ventana, que no pudiendo excusarse de asistir a la
brillante reunión de costumbre, se violentaba inútilmente en ocultar los
sufrimientos de su alma.

La
llegada del rey suspendió las observaciones de Madame de Suave.

Aunque
de mediana talla, Carlos IX no carecía de majestad; se presentaba con elegancia,
y su figura pálida y enfermiza expresaba a favor de las luces artificiales una
dulce melancolía que el ardor de sus ojos azules hacía más poética. Saludó a
las mujeres con gracia, dirigió algunas palabras afectuosas a la reina madre, y
después de recibir los cumplidos de varios aduladores cortesanos, se detuvo
delante del rey de Navarra.

-Hermano
mío, le dijo, vuestros protegidos deben estar hoy muy tristes; el parlamento ha
sido severo para con ellos; pero yo puedo más que el parlamento: venid, en mi
cuarto está la sentencia y sólo se aguarda ni firma. ¿Nada tenéis que pedirme
en su favor?

-No;
nada, respondió Henrique con voz atronadora; hágase justicia, murmuró un
instante después.

Dirigió
Carlos sorprendido una ojeada observadora sobre el semblante del de Navarra,
como para adivinar su pensamiento; siéndole esto último imposible, reflexionó,
entró en sospechas, y cuando el duque de Aleçón se acercó a él para solicitar
el perdón de los dos presos, ya era tarde: el temor se había apoderado del débil
y receloso corazón del Monarca, y rehusó la gracia.

A
la mañana siguiente se levantó un cadalso en la plaza de Freve, y el verdugo de
París enseñó dos cabezas al pueblo.

Algunos
siglos después, en el mes de abril de 1837, todos los periódicos de aquella misma
ciudad de París publicaron el artículo siguiente.

Hace
poco tiempo que dos pescadores encontraron en el Sena, cerca de la isla de los
Cisnes, un cofrecito de madera cubierto de planchas de acero enmohecidas por el
agua y cerrado herméticamente: la cerradura se conservaba en muy buen estado.
Todavía se distinguían sobre la cubierta algunas flores de lis medio borradas y
la cifra de Margarita de Valois debajo de una corona real. Los pescadores
rompieron el cofre, mas en lugar del oro y de las piedras preciosas que
contaban encontrar en él, retrocedieron de horror al ver una cabeza de hombre,
embalsamada, y perfectamente conservada, a pesar de un tinte verdoso esparcido
sobre todas las facciones y de tal cual mecha de cabellos que adornaban la
parte superior del cráneo. En el fondo de aquel cofre había un cordón de pelo,
dos flores desecadas, una venda y un puñal con la punta manchada de sangre. Uno
de nuestros más distinguidos historiadores ha comprado el cofre con los efectos
que contenía, y es de opinión que, en vista de la cifra que adorna la tapa,
perteneció a Margarita de Valois, mujer de Henrique IV, la cual quiso poseer
hasta la muerte la cabeza del conde de Coconnas, su amante, después de haberla
hecho embalsamar. J. M. de A.

 

 

60LA CAMPANA DELAS DOCE

 

 

I

 

¿Cuál
sonoro clamor rasga las nubes

e
interrumpe el silencio magestoso,

que
reina en el espacio vagaroso

y
en la hermosa mansión de los querubes?

¿Es
la voz del Eterno que retruena

desprendida
del alto firmamento,

o el
zumbido fatídico del viento

que
en las etéreas bóvedas resuena?...

No;
es el fúnebre son de una campana

que
recuerda a los hombres obcecados,

la
existencia de seres olvidados

que,
tal vez, no pudieron comprender.

Vago
clamor que a la oración convida;

preludio
de un semblante macilento

que
preside al destino de un convento,

antro
de fanatismo y padecer.

Y
en tanto que en el mundo, interesante

por
la dicha fugaz que le engalana,

adormécese
altiva, cortesana,

objeto
de los brindis del festín;

Aquí,
sobre el marmóreo pavimento,

en
medio de la noche tenebrosa,

columbra
del Señor trémula esposa

de
negra tumba el aspecto confín.

Allí
todo es placer, aquí dolores;

todo
es risas allí, cuando aquí lloran;

cuando
adorando a un Dios, tal vez adoran

la
imagen de algún mísero mortal.

Cuando,
tal vez, ardiendo, allá en su pecho,

está
de amor la abrasadora llama;

cuando
la mente agita, el seno inflama

el
germen de un recuerdo mundanal!...

Hallar
su patria en miserable celda;

va
en estrecho claustro el orbe entero;

he
aquí la suerte de este ser, que fiero,

rabioso
el hado destinó a sufrir.

Y
en medio de ilusiones fugitivas

que
avivan los tormentos bramadores,

sin
ayer, sin presente, sin amores,

la
tumba en su espantoso porvenir!

Allá
en el fondo de enlutado coro,

sobre
la dura piedra arrodillada,

una
mujer, ya próxima a la nada,

contempla
indiferente un ataúd.

Retrátase
la calma en su semblante

como
en el rostro pálido de un muerto,

porque
su corazón helado, yerto

no
agita ya ferviente juventud.

 

Más
allá, en oración tierna, sublime.

una
virgen preséntase de hinojos;

el
llanto inunda sus hermosos ojos,

su
pecho oprime el peso del dolor.

Víctima
expiatoria que la tierra

fanática
consagra al justo cielo

¿encubres,
di, bajo tu denso velo

un
corazón que palpitó de amor...?

Dime,
virgen, cuando lloras

y
en férvido ruego imploras

de
Dios el sagrado nombre;

¿es
qué si imagen adoras,

o
es que adoras la de un hombre?

Si
de una ilusión impía

el
resplandor moribundo

te
agita en su sueño profundo;

¿no
halaga tu fantasía

un
recuerdo de este mundo?

¿no
ves las purpúreas flores

que
por doquier le matizan?

y
del mundo a los señores,

no
ves como se deslizan

sobre
torrentes de amores?

¿No
recuerdas que, al placer,

abierto
tu corazón,

te
lanzabas al no ser

tras
fantástica ilusión?

¿No
lo recuerdas, mujer...?

¿Olvidas
que engalanó

un
día tu frente pura.

divina
flor que brilló

al
par de aquesa hermosura,

que
un Dios nos arrebató?

Aquella
flor purpurina

sobre
tu cándida frente

inclinó
su faz divina

al
morir lánguidamente,

convirtiéndose
en espía.

Espina
que traspasó

tu
inocente y puro seno,

que
en volcán se convirtió

fuego
que amor derramó

en
él su letal veneno.

Y
si agita una ilusión

tu
doliente corazón;

¿del
desengaño a la luz

no
se ofusca tu razón

al
contemplar una cruz?...

 

 

II

 

 

En
el tortuoso lecho,

en
brazos, ay! de la ilusión perdida,

veloz
palpita su turgente pecho

donde
rebosan juventud y vida.

Ofuscada
la mente

no
eleva una plegaria al justo cielo,

que
no consuela al corazón doliente

cubrir
el rostro con sagrado velo.

Y
en ensueño agitado,

mientras
recuerda su pasada gloria.

un
porvenir fantástico, dorado,

preséntase
hechicero a su memoria.

Súbito
una hora suena

que
turbando la calma funeraria,

el
triste claustro rimbombando llena,

présaga
de tristísima plegaria.

Azorada
despierta

la
virgen pura al vagoroso acento;

convulsa
tiembla y se estremece incierta

al
tocar el helado pavimento.

Huyen
las ilusiones

que
la halagaron en la noche muda;

y
del bronce fatídico a los sones

queda
tan sólo la verdad desnuda...!!

 

 

 

III

 

Rasga
el viento la voz de una campana

que
resuena en la lúgubre mansión:

vendrá
luego riente la mañana,

y
hallará a una mujer en oración!

 

Regando
al cielo en noche tenebrosa

para
que otro mortal del mundo goce,

entona
la plegaria lastimosa

que
anuncia la campana de las doce...!!

 

Casimiro
Collado

 

 

63 MAGNETISMO ANIMAL

 

D.
José María Amable, profesor de medicina, fue bien conocido en esta capital.
Pasaba por uno de los más distinguidos, sino por el primero de los discípulos
del célebre Dr. Montaña. Su reputación como médico no era inferior a la que
gozaba como físico y naturista; mas al fin de sus días se puso en duda la
primera, porque curaba las enfermedades de nervios, que se conocían entonces
con el nombre de latido e histérico, aplicando las manos a los pacientes en los
lugares del cuerpo que creían más afectados del mal. Algunas personas, entre
las cuales no dejaban de contarse algunos de sus compañeros, llegaron a
ridiculizarlo, llamándole el médico del latido, aunque nadie puso jamás en duda
la extensión de sus conocimientos, su laboriosidad y modestia. Sin duda alguna
ese sabio mejicano sabía sacar partido de los maravillosos fenómenos del
magnetismo animal, de que entonces tendrían pocas o ningunas ideas los demás
profesores de la facultad, formados en nuestra miserable universidad, en la que
están todavía vigentes los estatutos que previenen se abran puntos en
Aristóteles y Avicena para recibir los grados mayores en filosofía y medicina,
así como se abren todavía en el famoso Pedro Lombardo llamado comúnmente el
maestro de las sentencias para obtener los de teología. Si viviera hoy el Sr.
Amable se le haría más justicia; pues aunque hay varias personas que no creen
en los efectos del magnetismo, otras muchas están ya convencidas de su
existencia por los numerosos hechos que han presenciado y de los cuales, a lo
menos de los que han pasado en nuestra presencia, o en la de personas dignas de
fe por su veracidad, daremos al fin de este artículo una sucinta relación. Mas
para que nuestros lectores formen una idea de lo que es magnetismo,
trasladaremos el artículo relativo de la Enciclopedia Americana,
segunda edición, impresa en Filadelfia en 1835 tomo VIII pág. 204.

…………………………………………………………………………………

Hasta
aquí la
Enciclopedia Americana.- Nuestros lectores habrán notado en
el artículo precedente que algunos partidarios del magnetismo con una buena
dosis de charlatanería, o nimia credulidad, le han atribuído un poder semejante
al de la magia o encantamiento, con lo que han conseguido atraerse la burla o
el desprecio de las gentes sensatas. Bastante maravillosos son los fenómenos
para que sin necesidad de exagerarlos temiesen la crítica severa de un siglo
escéptico como el nuestro, y no se aventurasen a fundar teorías atrevidas,
hijas de las más veces de una ardiente imaginación, debiéndose haber contentado
con referir sencillamente los hechos que iban obteniendo, que es el modo más
seguro de adelantar las ciencias naturales. No han faltado sabios que hayan
procedido con ese pulso y detenimiento, y entre ellos merece un lugar
distinguido Mr. Rostan, por mucho tiempo incrédulo, y al fin defensor vigoroso
del magnetismo, cuyo artículo inserto en el diccionario de medicina de 21
tomos, impreso por Rignoux recomendamos a nuestros lectores, y quisiéramos
poder insertar en este periódico; pero su larga extensión nos lo impide.

El
magnetismo animal se descubrió en Méjico de la manera siguiente. El Sr.
Prefecto de Tezcoco D. Joaquín Noriega está casado con una señorita que padece
frecuentes ataques de epilepsia, y notó que cuando en medio del accidente le
tomaba las manos le duraba menos el mal, o sus padecimientos eran menores. Las
repetidas experiencias que hizo no de dejaron duda de que su contacto tenía la
virtud de causar a su esposa alivios notables, y le hicieron descubrir también
el modo de manipulación con que se conseguía que esos alivios fueran mayores.
D. Angel Ramírez, profesor de medicina y que tenía entonces su residencia en
Tezcoco, noticioso del caso, hizo también sus observaciones así con la Sra. Noriega como con
otras personas, y consiguió que en muchas de ellas se desarrollase el
magnetismo hasta el grado de hacerlas dormir, y de que se produjese en algunas
sonambulismo. Una de estas fue la expresada Sra. Noriega, la cual se declaró
una excelente sonámbula, y lo mismo otra joven sobrina del Sr. D. Felipe Neri
del Barrio, habiéndonos referido de ambas personas fidedignas, como son el
mismo Sr. Prefecto y el Juez, de letras Lic. D. Ignacio Lóvis, casos asombrosos
de adivinación. Mas como nuestro objeto principal no es presentar el magnetismo
por este lado, sino llamar la atención de los inteligentes para que lo examinen
como un medio curativo de las enfermedades de nervios, diremos brevemente que
según se nos ha instruido obtuvo el Sr. Ramírez resultados felices en los casos
en que trató dichas enfermedades aplicando el magnetismo. Sería de desear que
el mismo profesor hiciese una relación de esos casos en el periódico de
medicina, por el bien de que esto pudiera resultar a la humanidad.

Trasladado
a esta capital el Sr. Ramírez, ha continuado sus experimentos, algunos de los
cuales hemos presenciado. No nos parece todavía decisivos para fundar en ellos
el sonambulismo adivinatorio, porque la persona magnetizada, que es una niña de
doce a catorce años, si ha acertado a responder a algunas preguntas, ha errado
en otras muchas. Sin embargo las que ha acertado nos han causado no poca
admiración, porque algunas se han versado sobre objetos conocidos solamente de
la persona que hacía la pregunta, lo cual parece alejar toda sospecha de
inteligencia entre la sonámbula y el magnetizador. Así es que ésta adivinó que
en un sombrero puesto en el rincón de la sala había una mascada, que acababa de
poner uno de los concurrentes sin que nadie lo viese, y que había tenido
guardada en la bolsa; y preguntada después por el color de la mascada, lo
indicó sin vacilar. Describió también la postura de otro de los concurrentes
colocados detrás de ella, y al que esto escribe le adivinó que en la mano izquierda
tenía un papel, y en la derecha un cigarro, con la circunstancia de que estaba
él con las manos hacia atrás, y con los puños cerrados. A este modo acertó la
sonámbula con otras preguntas que se le hicieron; pero habiendo errado otras
muchas, y algunas más fáciles de adivinar que las que acertó, es natural que
los concurrentes quedasen en un estado de perplejidad no muy favorable a las
pretensiones de los entusiastas por el magnetismo.

Más
decisivos nos parecen otros dos hechos, que aunque no hemos presenciado, han
pasado a la vista de sujetos intachables para nosotros, así por su veracidad,
como porque siendo los manipulantes ellos mismos, y otros que estuviesen en
absoluta ignorancia de la operación que iban a ejecutar. Así es que el uno de
ellos hizo que una criada de su casa magnetizase a otra de menor edad, y
consiguió que se produjera dentro de un breve rato no solo el sueño, sino el
sonambulismo; y la persona magnetizada adivinó tres cosas que se le presentaron
envueltas en un pañuelo. El otro caso pasó en el colegio seminario, donde uno
de los catedráticos, incrédulo como se ha dicho, tomó a un indígena, criado del
vide-rector, lo durmió a poco rato, y habiéndosele cubierto los ojos con una
turca, adivinó igualmente varias cosas que se le presentaron, si bien en
algunas erró. Esto pasó a presencia de otros catedráticos y del vice-rector.

Mas
sea lo que fuere de estas y otras adivinaciones que se nos han referido, y
sobre las cuales suspendemos nuestro juicio, lo que nos parece hasta ahora
fuera de duda son los fenómenos físicos de magnetismo, es a saber, el
adormecimiento de piernas y brazos que siente el magnetizado con el simple
tocamiento de manos del magnetizador, el sueño consiguiente a ese
adormecimiento, y que es muy distinto del sueño natural, pues hemos visto a un
magnetizado quedarse sin dar muestras de sensibilidad, habiéndole introducido
un alfiler y aplicándole un puro encendido en el brazo descubierto, la
imposibilidad de despertarlo sino por el magnetizador, y la atracción que éste
ejerce respecto de aquel, porque todos los movimientos del uno son ejecutados
por el otro. El Sr. Amable halló sin duda esta atracción tan general, que dijo
una vez a un profesor de medicina amigo nuestro. "Tengo tal dominio en los
nervios de mis enfermos, que me siguen por donde yo quiero; y puedo hacer que
una persona a quien yo le presente la punta de una espada, se clave en
ella."

Terminamos
este artículo ya demasiado largo, excitando a los profesores de medicina al
estudio de fenómenos tan singulares, y sobre todo a que ratifiquen los asertos
del Sr. Ramírez relativos a la terapéutica del magnetismo animal.

 

 

64 TEATRO PRINCIPAL

Artículo remitido

 

Se
abrió de nuevo el día 19 del pasado el expresado establecimiento, con placer de
todos los amantes de la poesía dramática. Son muy loables los esfuerzos de los
señores directores Salgado y Avecilla, para proporcionarnos procurándole
mejoras a una diversión que instruye deleitando, y en la que puede adquirirse
el conocimiento indispensable del mundo, sin los peligros y malandanza de los
poetas, que tal vez ponen a la vista de los espectadores los sucesos de su vida
y la historia de sus sensaciones.

Para
que produzca los felices resultados que en todo el mundo civilizado es
necesario que los señores encargados de la elección de las piezas dramáticas y
de la dirección de la escena, las elijan de tal clase, que sean el modelo del
buen lenguaje y de costumbres dignas de ser imitadas; que por fin presenten el

cuadro en donde se vean los vicios de la sociedad con sus horribles colores,
para que se amedrenten los que sientan en su alma inclinación a seguirlos, y se
corrijan los que por desgracia a ellos estén encadenados.

Se
objetará que el repertorio de piezas españolas se agotó, que las comedias de
Moratín ya no son del agrado del público por haberse representado innumerables
veces; que las de Iriarte fastidian ya, lo mismo que tantas y tantas que con
tanto placer fueron oídas en otro tiempo.

Responderemos
que no siendo posible ver siempre las comedias de estos autores, los señores
empresarios tienen un campo vasto donde escoger a su anchura obras de un
ingenio sutil, de una travesura inocente y de poesía tan escogida, que
vanamente la buscáremos semejante en las obras que han dado celebridad a los
poetas de nuestro siglo y a las de nuestros contemporáneos.

Hablamos
del teatro español del siglo XVI y XVII tan fecundo en grandes ingenios, en
poetas gigantescos, delante de los cuales deben humillar la cerviz los
modernos.

Bretón
de los Herreros, uno de los escritores cómicos más notables de la época
presente, que ha derramado con profusión esa sal ática que le distingue de
todos, es muy conocido ya en nuestro teatro, ha dado a luz muchas obras; y
aunque todas ellas no tengan el mérito de la Marcela, quizá la más acabada, ni tengan tampoco
la versificación suave, dulce y armoniosa de Muérete y verás, ni menos
personajes tan originales como los que aparecen en este drama, siempre se halla
en sus producciones el mérito de desarrollar los caracteres que presenta en la
escena, y el muy difícil de llevarlos hasta el fin con un acierto, con una
fuerza y verdad tal, que admira.

No
faltan dramas modernos llenos de interés que recuerdan las brillantes épocas de
los Calderones y López de Vega: uno ha sido representado en el teatro de
Méjico, con aplauso de los literatos y de los que aprecian lo que es bello y
grande. ¿Quién con un corazón bien formado no admiró y lloró a los Amantes de
Teruel, tan bien caracterizados por el Sr. Palomera y la Sra. Platero? Mucho
dolor causa que en la capital de la república haya pasado con menos aceptación
esta obra maestra de D. Eugenio Hartzembusch que las raquíticas composiciones
de Scribe, pésimamente traducidas. En aquel drama sublime campea la imaginación
enérgica de un gran poeta, y en estas... el genio fútil de ciertos espectadores
que se glorian de dar el tono en nuestro teatro, que pretenden decidirlo todo
con acierto y que con su charla importuna ni escuchan ni dejan escuchar a las gentes
pacíficas que desean sacar utilidad del espectáculo que tienen a la vista.

La
mejor composición de D. Francisco Martínez de la Rosa, la que presenta tanto
interés como los Amantes de Teruel, es la Conjuración de
Venecia; por desgracia le han olvidado los señores directores Salgado y
Avecilla, y en su lugar nos han dado el Mendigo de Bruselas, obra forjada por
un cerebro destrozado con la más espantosa pesadilla: en este soporífero
melodrama, no hay una sola de las cualidades que constituyen un buen drama: en
él se ve un hacinamiento incoherente de maldad y el protagonista nos echa a la
cara su cinismo brutal y su asquerosa inmoralidad. Cada vez que se ha dado en
espectáculo semejante obra hemos admirado el talento del Sr. Avecilla que ha
sabido sacar ventaja del personaje menos teatral del mundo; pero no hemos
dejado de sentir vivamente la mala elección que ha tenido para lucir su
maestría.

A
la misma familia pertenece el drama de la Mujer de dos maridos; teniendo el Edipo de
Martínez de la Rosa
y el Macías del malogrado Larra, la compañía de la capital pone en la escena el
Alcalde de Sardam, el Leñador Escocés y otras de este jaez. ¡No valdría más que
nos diese sainetes de Cruz, puesto que no hay año que no salen a la luz
aquellas producciones? Al menos el autor de Manolo tiene a veces originalidad;
y no le ocurre llevar a dos embajadores y al Czar de todas las Rusias a una
taberna.

Se
ha notado una que la mayor parte de las comedias que nos presentan son
traducidas del francés al gabacho, llenas de equivocadillos no muy propios de
difundir la buena moral; si fueran ella el parto del genio, aun que libres en
su lenguaje, el público las admiraría y compadecería al autor; pero de todo no
le queda sino insulsas especies, y el escándalo de ver que la escuela de las
buenas costumbres se convierta en una cátedra de profanación y vaciedades.

Si
los mejicanos hemos de vivir condenados a divertirnos con traducciones,
elíjanse algunas buenas, como los Hijos de Eduardo que puso en elegantes versos
Bretón de los Herreros, como Marino Faliero como D. Juan de Austria.

Los
Sres. Salgado y Avecilla, tienen bastante conocimiento para saber cuando es
correcto el lenguaje, y cuando es bueno un drama; ya que con tanto afán y con
una actividad digna del mayor encarecimiento se dedican a establecer bajo un
buen pie, y mucho más de lo que es de esperarse, una compañía de actores
escogidos, ¿porqué no desplegan igual actividad en la adquisición de comedias
originales?

Es
verdad que en ninguna época han tenido protección de nuestros gobiernos los
empresarios del teatro (1); pero como quiera que de sus nobles esfuerzos
depende formar el gusto en la masa de los mejicanos, les aconsejamos que hagan
algunos sacrificios para reunir un repertorio digno de sus luces, y muy a
propósito para manifestar que no sólo saben imitar a los buenos actores que
conocemos, sino que pueden crear los nuevos personajes que se les presentan.

Hemos
dicho que de los poetas que brillaron en los siglos XVI y XVII, pueden sacarse
los mejores dramas, dignos de ser puestos en la escena, y de estudiarse con
asiduidad y aplicación.

Aunque
ciertos periodistas de la capital hayan asegurado que las comedias de capa y
espada no agradan por haber pasado su época, podemos asegurar que la opinión de
los literatos más notables de la
Europa, está en oposición con la que uno de nuestros
escritores políticos emitió en cierto periódico de la capital. Para las obras
de genio, entendemos que no hay épocas; todavía menos para las dramáticas: en
ellas se habla de pasiones y de vicios; todo lo que es ridículo se pone a la
vista del público para corregir propensiones que llevadas al cabo serían
funestas a la sociedad. Personificar los vicios del alma para demostrar sus
estragos ha sido el objeto de los grandes ingenios; representar personajes en
quienes brillen cualidades eminentes, para inspirar deseos de imitarlos, ha
sido la sagrada misión de esos seres privilegiados que no morirán en la memoria
de los pueblos, y cuyos nombres estarán escritos con letras de oro para siempre
en los anales del género humano.

Siendo
el teatro el cuadro del mundo y de la vida del hombre, mal podría aplicarse
aquella máxima política a un asunto puramente literario; tal o cual sistema de
gobierno cuadrará perfectamente a un pueblo que se regenera, mientras que a
otro le causará ruina. Para satisfacer las exigencias de los mejicanos acaso
será preciso, según las opiniones de nuestros publicistas, abolir las leyes
rancias por no ser conformes al espíritu de la época presente, a la vez que a la Inglaterra bien le va
con su antigua legislación: conforme a las costumbres de los pueblos en
cuestión si se aplicaran nuestras leyes totalmente opuestas a los súbditos de
S. M. B, o viceversa, es claro que ambas naciones acabarían.

Pero
los sistemas políticos son muy diversos de la literatura dramática; diremos
más, la política no puede ser el objeto de un drama; el autor se presenta a la
escena como tribuno, está personificado en cada uno de los héroes: todos ellos
tienen el mismo lenguaje, y no forman mas que un sólo individuo.

En
tanto que haya reyes, cortes, malvados y virtuosos habrá tragedias; en tanto
que haya debilidades, ridiculeces y manías habrá comedias: la especie humana
siempre tiene y ha tenido estos y más atributos; ella está dividida entre
señores y súbditos. Aristófanes se burló de los preocupados y de los necios;
Sófocles y Eurípides hicieron temblar a los pueblos, manifestando en
espectáculo a los tiranos con sus crímenes, con sus torpezas: ellos tuvieron la
noble audacia de presentar a la virtud desdichada triunfando de los grandes de
la tierra.

Semejante
ejemplo no se ha olvidado, y de entonces acá los pueblos se han imitado
mutuamente: los romanos se convirtieron en Helenos; Virgilio es el destello de
Homero; Cicerón de Demóstenes; todos los que florecieron en tiempo en Augusto
fueron griegos en el arte, y del comercio que las naciones tuvieron resultó que
todas se imitaran entre sí.

 

La
que más original aparece es la nación española, cuyo genio participa de los
caracteres comunes a los árabes y a los teutones: la gravedad, la constancia y
análisis de estos y el brillo de imaginación de aquellos dominan a la raza
española: con tan feliz conjunto, ¿cómo dejaría de tener su siglo de oro la España de Carlos V y de
Felipe II?

Efectivamente
las épocas en que brillaron los grandes poetas Lope de Vega, Calderón de la Barca, el padre Tirso de
Molina y D. Agustín Moreto, serán memorables mientras existan hombres que
admiren las producciones de los verdaderos maestros del gusto y del saber
-Conocimiento profundo del corazón del hombre, cortesanía, un fondo admirable
de filosofía, verdadera grandeza de alma en los personajes, idealidad, gracia,
poesía; todo se halla en las comedias de estos inimitables dramáticos.

Porque
el culteranismo suele manchar muchas piezas del antiguo teatro español, porque
parece muy inverosímil para nuestro siglo amanerado que los graciosos hablen
con toda libertad a los príncipes y a los reyes, no quieren muchos de los
espectadores que salgan a la luz nuevamente esas obras maestras del genio. Si
culteranismo es un defecto capital, y si un gracioso no parece bien en nuestros
días, toleramos ambas faltas que no son de los poetas si no de su siglo. No
hacía mucho tiempo que Triboulet había dicho infinitas sandeces a Francisco I
por ser el loco que le acompañaba: entre sus gentiles hombres acaso él mejor
que los favoritos del rey, tenía la prerrogativa de hablar con libertad. El
estudio de estas que llaman extravagancias de Lope y de Calderón es muy
interesante porque sacan en claro lo que fueron su siglo y los anteriores:
ellos presentaron semejantes tradiciones al pueblo, el cual seguía con
entusiasmo movimientos principales de sus autores favoritos.

Porque
no están concebidas las comedias de los poetas ya indicados según las reglas de
Aristóteles y de Boileau, se han querido condenar al olvido; todas ellas han
triunfado sin embargo de los hombres sistemáticos que pretenden desacreditarlos
y a su pesar las prensas de Alemania, las de Francia e Inglaterra las
reproducen con ardor. También los poetas de estas naciones las imitan a ejemplo
del padre del teatro francés, del insigne Pedro Corneille.

Hacemos
estas reflexiones de paso a los señores directores de la compañía dramática de
Méjico, para que no les arredre el temor de que el público no tenga a bien la
representación de las antiguas comedias españolas.

En
naciones más cultas que la nuestra, en pueblos en donde más general es el
conocimiento del arte, se presentan algunos dramas españoles o sus imitaciones;
aunque los literatos apegados a su servil sistema de escuela persigan con
encarnizamiento a los autores que marchan por las huellas de los cómicos
españoles, la mayoría de los espectadores les deja charlar y aplaude con
entusiasmo: y es que siempre el pueblo tiene el instinto de lo grande y sólo
sabe sentir.- Quien más le hace reír o llorar es el mejor poeta, porque llena
el objeto de toda composición dramática.

Entre
nosotros olvidamos imitar lo bueno de los países extranjeros, y sólo adoptamos
lo malo; tan cierto es lo que decimos, que aquí vemos con delicia comedias en
dos actos de no muy buenos autores, porque nos presentan a un pobre marido
ridiculizado, como en Fernández y compañía de Málaga, o en el Marido de mi
mujer: porque estas dos piezas no rompen las tan celebradas unidades, los aplaudimos
ciegamente. No tenemos presente entre tanto, que a penas hay semana en que no
se representen las obras de Molière y de Corneille o de Shakespeare en las
capitales cultas de Francia y de la Gran Bretaña, y que debíamos seguir a ejemplo de
aquel público el sistema de celebrar las obras maestras de sus poetas antiguos
y eminentes.

Para
los que tan opuestos se manifiestan a que se pongan en escena las comedias de
Calderón y sus contemporáneos, porque según ellos son disparatadas, y sólo
Racine, Corneille y Molière supieron escribir perfectamente les copiaremos lo
que dijo en el Ateneo Real de París el profesor de humanidades; profesor muy
alabado por su imparcialidad, su filosofía y su saber.

"El
gran Corneille, (así se explica) explotó la más dificultosa, la más íntima, la
más noble, y la más seria porción del genio español" "Potencia de
pasión, potencia de pensamiento, potencia de combinación; he aquí lo que tomó
del teatro español" Penetra en sus aguas brillantes, de las cuales han visto
sus contemporáneos tan sólo la superficie, la espuma de sus olas agitadas y su
reflejo luminoso". Las mocedades del Cid (comedia) le suministran la más
hermosa tragedia moderna: él la estudia, la imita, la copia, y la da, no como
una obra suya, sino como la obra de Guillén de Castro".

"Otro
drama, La verdad sospechosa, le ofrece una comedia verdadera, costumbres
reales, un nuevo descubrimiento en el carácter humano, una sublime moralidad,
una locuacidad deliciosa. ¡El hombre creado traduce! No pretende el gran poeta
lleno de modestia si no el mérito de haber hallado estas piedras preciosas, de
haberlas apreciado en su verdadero valor y de haberlas pulido conforme al gusto
de su nación. Daría todas mis obras, dijo, por haber inventado este bello
argumento".

"El
Mentiroso, esto es, la verdad sospechosa y el Cid, son obras maestras de
juicio, de arreglo y de imitación. Nada más quiso Corneille; "descubrió el
manantial, y de él hizo brotar la comedia y la tragedia francesa".

Cuando
así se explica el literato francés, cuando el mismo Corneille dice, si yo no
hubiera leído La verdad sospechosa, creo que no habría hecho comedias, cuando
este hombre, el más notable de su nación y del siglo de Luis XIV rinde tal
homenaje a nuestro poeta mejicano D. Juan Luis de Alarcón, y no hay pueblo que
no aplauda con entusiasmo la representación de los dramas españoles, ¿aquí los
vemos condenados siempre a una punible oscuridad?

Gracias
al cielo, en Méjico se marcha por el camino de la civilización y del buen
gusto; sólo falta que los señores directores del teatro nos presenten comedias
como el Desdén con el desdén, del que hizo una pálida traducción el inmortal
Molière bajo el título de la
Princesa de Elida, como la Mujer firme de Lope; que no dejen olvidadas ni a
El lindo D. Diego ni al Caballero de Moreto, ni Casa de dos puertas mala es
guardar; todavía menos a La
Verdad sospechosa de nuestro compatriota Alarcón. En la
capital se hallan todas estas piezas y otras de los mismos autores de tanto o
más mérito que las y enunciadas,

Tengan
presente los señores directores que si algunos hay que se disgustan con la
representación de los antiguos dramas españoles, llegará el tiempo en que
teniendo ellos mismos placer en verlos, se corrijan de la manía de celebrar
ciertas zarzuelas de los franceses que mueren tan luego como salen a la luz.

Los
bellos versos del joven poeta D. Fernando Calderón aplaudidos con tanto
entusiasmo, cuando se presentó en este teatro su Torneo nos los volveremos a
escuchar tal vez, por la falta que hace el Sr. Castañeda; pero en cambio será
probable que pronto reciba D. José Ramón Pacheco la Ana Bolena del mismo
Calderón.

Nada
decimos del interesantísimo drama, llamado El Visitador de Méjico, pues por sí
solo basta para granjearle la reputación de poeta dramático al joven modesto
que tan bien concibió a Muñoz y tan de relieve lo presentó a los espectadores.
¿Quién no aborrece a este tirano tal como en la escena aparece? ¿Quién no se
conmueve al escuchar los versos puestos en boca de D. Pedro de Quesada en la
primera escena de la jornada segunda, y quién al ver una reunión de personajes
tan bien caracterizados y al oír poesía tan armoniosa, pensamientos tan nobles
no cree hallar en D. Ignacio Rodríguez al sucesor de Moreto? -Del autor
mejicano puede decirse lo que algunos críticos de la Península escribieron
del cómico español, "que el verdadero D. Pedro el cruel más bien se ve en
el Rico-home de Alcalá que en las historias de España". Otro tanto sucede
con el Muñoz de Rodríguez: más bien se conoce su drama que en las historias de
Nueva España.- D. Juan Salgado comprendió al poeta, su talento distinguido le
hizo crear para la escena este personaje, y dudamos que haya quien le iguale en
el papel de Visitador. A su aptitud, a su empeño se debe que no haya caído en
el olvido la obra de que tratamos, como ha sucedido con muchas buenas que han
quedado en la oscuridad, porque los actores no han tenido disposición para
ejecutarlas. La representación del Muñoz ha sido la que con más esmero se ha
hecho de muchos años a esta parte; todos a porfía tomaron empeño en dar el
brillo correspondiente a la composición de nuestro paisano.

La
imitación que D. Fernando Calderón hizo de la Marcela; la comedia del
Sr, Prieto, el Alférez, manifiestan que también se presta el genio mejicano a
la sátira delicada y es a propósito para derramar las sales cómicas: ¡lástima
es que el Alférez no presente un cuadro completo de la clase media de nuestra
sociedad, y que su autor haya caído en el mismo defecto del Pensador mejicano
en su Periquillo que al hablar de las altas clases nos hizo sino describir las
guardillas! Pero al decir esto de joven tan digno de elogio por su talento
poético, no podemos menos que concederle lo que todos aquellos que han leído
sus versos: le han dado el nombre de uno de los primeros poetas líricos de la
república, y con el tiempo y el estudio igualará indudablemente a D. Nicasio
Gallego.

Más
errores que letras habrá en lo que hemos escrito; pero como partes
constituyentes del público tenemos el derecho de emitir nuestras opiniones, siempre
suplicando a los que no las profesen que las vean con indulgencia, pues sólo el
deseo de acertar nos ha impedido a ello. Si se nos tacha de románticos, es
decir, de extravagantes, según el idioma de la intolerancia, sufriremos
semejante epíteto sin murmurar, porque tendremos presente según nuestro humilde
concepto que todo el que sale del camino de la rutina es romántico; en este
sentido lo han sido Molière y Pedro Corneille, Chateaubriand y Lamartine, Lope
de Vega, Calderón, Moreto y Alarcón.

Lo
han sido también lo dos grandes colosos del mundo; Miguel Cervantes Saavedra en
el medio día de la Europa:
Shakespeare en el Norte.- Aquel representó la grandeza y sublimidad del
espíritu humano; las inclinaciones y los hábitos puramente de la vida animal:
D. Quijote por sí es el símbolo del alma y del cuerpo, según el sentir de
algunos humanistas de gran nota.

"Shakespeare
como Miguel Ángel parecen haber sido creados para resolver un problema extraño
cuya sola enunciación tiene la apariencia de absurdo: a saber -quedar simpre en
los límites de la naturaleza, saliendo de ellos algunas veces.-
"Shakespeare exagera las proporciones pero mantiene entre ellas una
relación exacta. Hamlet, por ejemplo, es tan real como cualquiera de nosotros,
aunque más grande.- Hamlet es colosal, y sin embargo es real, pero depende de
que Hamlet no es vosotros, no es yo, no es todos nosotros. Hamlet no es un
hombre, es el hombre mismo".

Para
ciertas personas será una herejía que hayamos citado esta opinión de Victor
Hugo; por extravagante que parezca en su concepto este célebre poeta, siempre
es un genio que comprende mejor, como tal, el espíritu trágico inglés que los
ciegos adoradores de Racine. Creemos que ha dicho una verdad incontestable y
reproducimos con el permiso de los literatos de nuestro país y de nuestros
lectores a quienes habremos cansado ya forzosamente. G. Ruz de Cea.

                                                                                    

No
estamos enteramente de acuerdo con el autor del precedente artículo sobre la
preferencia que quiere se de a las comedias antiguas, y por mucho que admiremos
como admiramos el enredo, la sal cómica y las demás prendas dramáticas de los
cómicos españoles de los siglos 16 y 17, y por mucho que nos embelesen sus
comedias, principalmente las de los famosos Lope de Vega y Calderón de la Barca, creemos que, a
excepción de unas cuantas, no pueden presentarse ya al teatro con mucho
aplauso. Convenimos sin dificultad en que son unos monumentos preciosos del
genio español, y de una fuente, si se quiere, de delicias para el literato que
las examina en su gabinete; y más diremos, que los que se dediquen al arte
dramático hallarán en ellos modelos de invención que imitar, situaciones muy
interesantes que admirar, y un calor animado y sostenido con que fecundar su
ingenio; pero prescindiendo de la hinchazón que generalmente reina en ellas, y
que hace ridículos a sus personajes cuando quieren expresar sentimientos
tiernos o sublimes, prescindiendo de las inepcias en que muy frecuentemente
prorrumpen sus importunos graciosos, y de otros defectos que no tolera el gusto
refinado de hoy, las costumbres que retratan, tan diversas de las del siglo en
que vivimos, son en nuestro concepto una barrera insuperable que las separa de
nosotros.

La
comedia es la pintura de las costumbres, y la mayor parte de los espectadores
ignora o ve con desprecio las que dominan en tiempo de Carlos V y Felipe II, de
lo que resulta que o no entiende el argumento, o pierde la ilusión. Así es que
las antiguas comedias, y esto es cierto no sólo entre nosotros sino en todas
las naciones, son para los literatos lo que una extensa galería de antiguos
cuadros, es para un pintor inteligente que examina los progresos y vicisitudes
del arte, y estudia los grandes maestros de la antigüedad. Se extasía admirando
las bellezas de Miguel Ángel y Rafael, que se ocultan a los ojos vulgares. Pero
el común de las gentes que no son del arte, que ignoran la historia, y que no
buscan en la pintura la fatiga del estudio, sino el embeleso que causa la
imitación de objetos que les son familiares, recorre esas galerías sin emociones,
y sale de ellas sin haber percibido los primores del arte. Otro tanto sucede
con las comedias que nos pintan costumbres ajenas de la sociedad en que
vivimos: los sabios las admiran en las bibliotecas, pero el pueblo las desecha
en el teatro. Es tan cierto esto que a fines del siglo pasado el gran Moliére,
el primer cómico de Francia, y el ídolo de su nación, ya no gustaba mucho en
los teatros de París, y los comediantes tenían trabajos para satisfacer las
exigencias de un pueblo que pensaba, obraba y vestía de una manera muy distinta
que el pueblo del tiempo de Luis XIV.

No
sucede lo mismo con la tragedia, y esto por dos razones. La primera porque las
grandes pasiones que son los resortes que la mueven como la ambición, la
venganza &c. no tienen época determinada, sino que son de todos tiempos; a
diferencia de los vicios o defectos que corrige la comedia, muchos de los
cuales desaparecen con los caprichos de la moda que los remplaza con otros. La
segunda que los personajes de la tragedia por lo común son de una celebridad
tal en la historia, que nos son familiares los rasgos principales de su
carácter, de lo que resulta que en las representaciones trágicas nos hacemos
fácilmente cosmopolitas. ¿Quién no ha oído hablar de Alejandro, de César, de
Semíramis, de Aquiles, de Agamenón y de Mahoma? La tragedia pues, no envejece,
y por esta razón Racine y Corneille no han experimentado en Francia la suerte
que Molière.

No
es esto decir que condenemos absolutamente la representación de todas las
comedias antiguas. Hay en la vida privada también vicios y caracteres generales
a la condición humana, y siendo estos de todos los tiempos las comedias que los
censuren con discreción no morirán jamás. Siempre habrá en el mundo hipócritas,
avaros, usureros, ignorantes, presumidos de sabios, mentirosos &c. Salgan,
pues, al teatro las comedias de Lope, de Calderón, Rojas y Moreto, que
confundan y pongan en ridículo a esta escoria de la sociedad, y nosotros
seremos los primeros en aplaudirlas; pero querer que el principal fondo de
nuestro repertorio dramático lo constituyan esos autores, pretender que el
público vaya al teatro a admirar ciegamente cuantos despropósitos produjo la
fecunda pero desarreglada vena del monstruo de naturaleza, como Cervantes llamó
a Lope, y del conceptuoso intrincado en sus enredos, hinchado y grotesco
Calderón, esto es exigir mucho. Nuestro fondo dramático deben componerlo
principalmente Moratín, Gorostiza, Bretón de los Herreros y Martínez de la Rosa entre los nacionales:
luego deben entrar en él los extranjeros Kotzbue, Goldoni, Delavigne, Dumas y
Scribe a quien no sabemos por qué se le llama raquítico; y después de las
hermosas producciones de estos poetas ilustres que nos ofrecen cuadros de un
colorido interesante y fresco, vengan todas las antiguas de Lope y Calderón que
comporten las maneras y el gusto de nuestros días.

Estamos
de acuerdo con el Sr. Ruz de Cea, cuando desea que se nos pongan en la escena
de Edipo y la Conjuración
de Venecia, y agregamos que es una fatalidad que los directores del teatro
hayan olvidado enteramente las tragedias que por muchos años fueron el embeleso
de los mejicanos, como Jaira; Raquel, Otelo, Zoraida, los hijos de Edipo,
Orestes, &C. piezas que nunca morirán. Se nos ha dicho que los directores
del teatro piensan que los mejicanos gustan más de la comedia que de la
tragedia. Suponemos que esto sea así, aunque lo dudamos mucho; pero aun
concediéndolo ¿será razón bastante la preferencia que los mejicanos dan a la
comedia, para que se les prive enteramente de la tragedia? Desearíamos que la
compañía dramática hiciese una prueba, ensayando con esmero alguna de las
tragedias ya indicadas, y vería que está equivocada, y que el público de Méjico
es como el de todas partes. Si sólo le dan paja come paja; pero cuando le dan grano,
come grano.

 

1
Se exceptúa la administración del año 1830, cuando el Sr. Alamán puso en un
estado brillante las compañías de ópera y de verso del Teatro Principal.

 

 

65 TOMA DE ZARAGOZA

 

En
la terrible historia de las revoluciones de la moderna Europa ningún episodio
hay más horroroso ni más sangriento que el sitio y la toma de Zaragoza. Se
necesita retroceder hasta el antiguo heroísmo de Sagunto, para encontrar una
ciudad cuyo valor para resistir a sus enemigos, pueda compararse al de la
capital de Aragón. Se halla situada esta ciudad a la izquierda del Ebro y su
población será de cincuenta mil almas poco más o menos. Su fortificación
consiste únicamente en su débil muralla que se edificó para impedir el
contrabando. Pero sus numerosos conventos construidos de ambos lados de la
muralla, la solidez de los edificios, en su mayoría de bóveda, favorecieron los
esfuerzos de una población animada por el ardiente fanatismo, por la religión y
la independencia.

Cuando
Madrid el 2 de mayo de 1808, extendió el grito de insurrección contra los
franceses por todos los ángulos del territorio español, el pueblo zaragozano
confirió el mando civil y militar de Aragón a D. José de Palafox y Melei,
oficial de 28 años de edad, y que poseía la confianza pública. A mediados de
junio de 1808, el general Lefevre Desnouettes, se dirigió desde Pamplona sobre
Zaragoza, donde batió a Palafox el día 4 de agosto del año citado: las tropas
francesas asaltaron la plaza y se alojaron en algunas casas y conventos; pero
el desastre de Bailén lo obligó a salir de allí. Reanimados los zaragozanos por
este acontecimiento, dieron gracias a Nuestra Señora del Pilar, patrona de
aquella ciudad, y a quien vieron como su más poderosa salvaguardia.

La
presencia de Napoleón trajo de nuevo la victoria sobre España. Fue invadida
Zaragoza por cincuenta mil hombres a las órdenes de los mariscales Moncey y
Mortier; y los habitantes del pueblo sitiado que se hallaban en disposición de
tomar las armas no llegaban a treinta y dos mil entre soldados y paisanos.

El
22 de enero de 1809 tomó el mando de las tropas sitiadoras el general Lannes, y
la mañana del 26 cincuenta piezas de artillería que estallaron desde la salida
del sol, habían demolido una parte considerable de la muralla: fortificáronse
los franceses en los mejores edificios de los alrededores de la ciudad, y
entonces comenzó una guerra encarnizada, aunque de distinto género. Defendíanse
los valerosos sitiados de calle en calle, de casa en casa, de palmo en palmo de
su desolada ciudad. Hombres, mujeres, niños, sacerdotes, ancianos todos
combatían por su patria, todos desafiaban la muerte con igual intrepidez.
Incendiaban o derribaban los edificios para aniquilar a aquellos adversarios
que tenían tantas ventajas por su número y por su posición. El interior de la
ciudad no era más que un montón de ruinas y cadáveres. La peste añadió nuevos
horrores de la guerra. Desde el principio de febrero cuatrocientas personas
morían diariamente y permanecían insepultas en las calles desiertas de la
ciudad.

Sin
embargo, el ínclito pueblo zaragozano cerró los oídos a las voces de
capitulación, y Palafox ni huyó ni quiso rendirse. En fin, atacado de la
epidemia que destruía la ciudad, delegó el mando nombrando sucesor al general
San Marcos que consintió en presidir una junta creada sobre el campo de
batalla. El 20 de febrero se defendía aun Zaragoza con increíble obstinación;
el general francés tomó sus medidas a fin de que la mañana siguiente
presenciase la total ruina de aquella ciudad; pero a las 4 de la tarde de ese
día algunos individuos de la junta pasaron a tratar con los franceses sobre la
rendición de la plaza, y por último se rindió Zaragoza a discreción.

El
día 21 a
medio día la guarnición reducida a quince mil hombres marchó a deponer las
armas. ¿Pero qué conquistaron los franceses? un inmenso cementerio; cincuenta
mil personas perecieron durante el sitio, y más de mil habitantes murieron
después de la capitulación. Presentaba Zaragoza el más pavoroso espectáculo.
Jamás, dice un historiador, el demonio de la guerra había acumulado más
espantosos males en tan estrechos límites. Triste condición de los hombres que
celebran como acaecimiento dichoso para los vencedores esta sangrientísima
destrucción. (Trad. por G. Prieto).

 

 

74 CAMPANAS

 

"Según
los cálculos de un sabio alemán, en el espacio de treinta años han caído
trescientos ochenta y seis rayos en torres donde se tocaban las campanas; y han
matado a ciento veinte y un campaneros". (Almacén pintoresco).

Traslado
a nuestros campaneros (los que sepan leer) para que hagan uso de la noticia en
la próxima estación de las aguas. EE.

 

 

75 CHISME

 

Preguntamos
si es justo que por celebrar los señores de la legación inglesa el matrimonio
de su augusta reina, hayan perdido cuatro días los alumnos del colegio de Minería.-
De este modo no será de gran provecho para dichos jóvenes la bula de su
Santidad sobre disminución de días festivos.

 

 

81 EL BOSQUE

                                             A
ELVIRA

 

Ven,
adorada Elvira;

conmigo
ven al bosque solitario:

el
aura blandamente aquí suspira

en
las hojas del árbol funerario.

 

Aquí
de los amores

blando
susurro de oloroso ambiente

mece
y retrata las dormidas flores

de
un arroyo en la límpida corriente.

 

Arroyo
que serpenteando

dócil,
murmurador, por la pradera,

irá
nuestros amores publicando

al
valle, al monte, a la celeste esfera.

Su
raudal cristalino

es
puro como tu alma virgen mía, suave,

apacible
cual tu amor divino,

preludio
de dulcísima alegría.

 

No
turbias sus arenas;

no
rápido raudal corre bramando,

para
arrasar las márgenes amenas

con
violencia los troncos arrancando:

 

No
como el amor mío,

fuerte,
ciego, frenético, impetuoso,

que
el roble arrastre en su torrente impío,

brame
y salve el abismo cavernoso;

 

Sino
tierno, apacible,

porque
es de un ángel tu pasión hermosa,

cual
arrullo de tórtola sensible,

cual
la queja del aura voluptuosa...-

 

De
verdad coronada,

fúnebre
sauce aquí, su copa inclina,

para
mirarla luego retratada

en
la corriente blanda y cristalina.

 

Aquí
en lánguido acento

canta
su amor una ave placentera,

amor
suspira en la enramada el viento

y
la luz de amor el bosque reverbera.

 

Aquí
el árbol copado

trémulo,
dócil, su ramaje inclina,

para
mirar sus tronco retratado

del
río en la corriente cristalina.

 

Todo
es amor, bien mío;

 

el
sol que aquí reluce es sol de amores,

y
la luna que alumbra al bosque umbrío

ama
a Endimion en las cerradas flores.

 

Ven,
cándida azucena;

aquí
el pensil te destinó la suerte:-

que
aquí no hay huracán... ¡aura serena

nunca
arrastra las flores a la muerte...!

 

Ven:
no temas, Elvira,

del
destino los bárbaros furores;

que
libre el corazón aquí suspira,

y
el bosque es el Edén de los amores.

 

Huyamos,
Elvira; su plácida calma

revela
el silencio que reina en la tumba,

y
sólo el susurro de altísima palma

o un
eco de amores en torno retumba.

En
tanto que vaga del mundo en la esfera

un
eco de muerte, un ¡ay! de dolor...

y
rueda en ruinas su voz pasajera

que
débil se extingue del mundo al rumor.

 

Huyamos
Elvira: el bosque sombrío

nos
brinda venturas, amores, contento:

la
tórtola arrulla... al margen del río

 

nos
llaman sus ecos en alas del viento.

Del
viento sereno, del plácido ambiente

que
besa apacible tu lánguida sien,

y
trémulo agita la rauda corriente

que
riega callada tan célico Edén.

 

Del
sol moribundo el vivo destello

reflejan
tu frente, tus ojos, Elvira!

y
al aura ondeante, tu negro cabello

se
riza en el seno y el aura suspira...

Y
el mundo que borra con negros colores

del
astro del día el grato arrebol,

no
ofrece a los ojos de tiernos amores

suspiros
del aura, destellos del sol.

 

No
temas que el viento derribe inconstante

el
árbol copado que asilo te ofrece;

si
cruje el ramaje de roble gigante,

de
otro árbol que humilde se eleva el abrigo

de
encina robusta que atiende a su afán;

que
altivo desprecia el rayo enemigo,

y
mece tan sólo rugiente huracán.

 

No
temas que el rayo destruya inclemente

el
fúnebre sauce dosel de mil flores;

no
temas que arrastre furioso torrente

 

la
pobre cabaña que es nido de amores.

Apágase
el rayo, sosiégase el viento,

si
el bosque matiza de amores la flor,

y
el cierzo, los rayos, el trueno violento

amores
se tornan al soplo de amor.

 

Empero
del mundo la furia terrible

no
dócil se apaga de amor a la brisa;

si
lloras, es crimen tu llanto apacible;

si
ríes mentida tu dulce sonrisa.

El
bosque, si lloras, de luto vestido,

tu
llanto retrata, tu acerbo sentir;

y
al cielo levanta sus ramas erguido,

si
mira en tu labio la risa lucir.-

 

Huyamos,
Elvira, la luz importuna

del
astro mezquino que el mundo ilumina;

del
bosque es más bella la cándida luna,

del
sol de la selva la faz más divina.

Rompamos,
hermosa, del mundo los lazos,

del
mundo y del hombre huyamos también.

¡Huyamos,
Elvira, te aguardan mis brazos,

el
bosque te aguarda y en él un Edén!

 

C.
Collado.

 

 

83 DE LAS FORMAS DRAMATICAS

                                                               

El
drama de los griegos, que en sus principios fue un acto religioso, conservó
cuando pasó a ser espectáculo, su carácter primitivo; y este fue, por decirlo
de paso, el motivo justo de las invectivas de los Santos Padres contra esta
diversión. Prescindiendo de la inmoralidad constante de la comedia griega y
romana; de la vergüenza y salacidad de los sátiros, y de la inmundicia de los
pantomimos tan enérgicamente descrita por Juvenal; la asistencia a esta clase
de espectáculos, que comenzaba siempre por un sacrificio a Baco como en los
tiempos primitivos, era una verdadera profesión de idolatría, incompatible con
la creencia y deberes del cristiano.

El
drama comenzó por himnos y cantos religiosos, interrumpido después por
rapsodias o recitaciones sueltas de Homero o de otros poetas, y por último con
una acción más o menos regular representada también en verso. Esta parte, que
fue la accesoria, llegó a ser la principal: mas no desterró a la otra
enteramente, sino la sometió. El coro siguió cantando en el teatro, y aun sus
cantos eran religiosos o morales; pero subordinados al argumento y a la acción
principal del drama. Como nunca faltaba del teatro, y su jefe, llamado también
coro, era uno de los interlocutores de la pieza, era necesario que la escena
fuese fija. El espectáculo teatral de los antiguos en su mayor perfección, esto
es, en los tiempos de Sófocles y de Eurípides, era pues una ópera, mezclada de
representación y de canto, en la cual todas las artes, la poesía, la música, la
danza, la arquitectura, la pintura y la escultura desplegaban el tesoro de sus
riquezas.

De
esta situación de cosas se deducen fácilmente las reglas de la dramática en
general. La escena era necesariamente fija; pues el coro no debía faltar en
ella. De aquí la unidad del lugar. Es verdad que este inconveniente estaba
compensado con la grande extensión de terreno que ocupaba el teatro: extensión
que permitía representar a la vista de los espectadores muchos sitios diversos,
aunque cercanos entre sí, como se ve en la primera escena de la Electra de Sófocles.

No
variando la escena; no faltando nunca de ella algunos actores, era necesario
que los sucesos que se representase fuesen seguidos: de aquí la unidad de
tiempo.

Si
los sucesos eran inmediatos en tiempo entre sí, eran también necesario, so pena
de destruir el interés que estos sucesos compusiesen una cuestión única; de
aquí la unidad de acción.

No
bastaba que la cuestión fuese una: fue necesario que fuese muy sencilla, para
dejar al coro la parte que le correspondía tener en el espectáculo. Y así es,
que cuando los romanos escribieron comedias de acción complicada, pues una de
Terencio se componía de dos de Menandro, suprimieron el coro. Pero en la
tragedia romana se conservó; y por lo mismo no se renunció en ella a la
sencillez de Sófocles y de Eurípides. Esta sencillez es causa de no introducir
en la escena más de tres interlocutores:

 

Nec
quarta loqui persona laboret,

 

como
dice Horacio, Con tres personas y con el coro estaba suficientemente lleno el
teatro.

En
fin, el coro llenaba los intermedios. Por eso Horacio no permite a los
dramáticos latinos piezas tan largas que pasen de cinco actos, ni tan cortas
que no lleguen a este número, sin que conozcamos la razón filosófica de haberse
fijado en él de las pausas de representación.

Hemos
examinado el origen de las reglas de composición, dadas para el teatro antiguo.
Ninguna de ellas está tomada de la naturaleza de las cosas, sino de las
exigencias materiales de la escena y del espectáculo. Sin embargo, fuerza es
confesar que estas reglas bastaban para la verosimilitud, tal como la
concibieron los griegos; pues no los hemos de tener por tan necios que creyesen
causar ilusión con su coro siempre en escena, y testigo de cuanto se meditaba y
se hacía, ni con sus canciones y movimientos periódicos y regulares. En el
teatro no hay ilusión: ningún espectador cree verdadero lo que pasa en la
escena: sin embargo, después que ha hecho concesiones al autor y a los actores,
no quiere que la licencia de éstos ni de aquel llegue a tal punto, que
destruyan el placer y el interés que él siente, ya por los sucesos, ya por los
personajes representados. El placer de la representación es semejante al que
nos produce una novela leída. Nace de la simpatía que ejercen en nosotros las
ideas o sentimientos ajenos. Cuando asistimos a la representación de Edipo, no
sólo no creemos que el actor es el desgraciado rey de Tebas; pero no aun
creemos que haya existido esta víctima del fatalismo. Con todo, nos ponemos en
su lugar; par lo cual hacemos todas las suposiciones necesarias, por imposibles
que sean. ¿No temblamos muchas veces con sólo imaginar que estamos al margen de
un precipicio?

El
interés, pues, que excita el drama, nace de que nos sustituimos al actor, así
como el de una novela tiene el mismo origen. Cualquier cosa que destruya este
impulso simpático, nos disgusta, nos incomoda. La verisimilitud teatral no
dirige pues a hacer creíbles las cosas que se representan, sino ha hacerlas
interesantes. Por esta razón se dan al autor dramático muchas concesiones
contrarias a la verisimilitud: por ejemplo: que César o Alejandro hablen en
verso castellano o francés, que una perspectiva que se nos presenta sea el foro
de Roma, la plaza de Atenas o los pensiles de Babilonia: que un actor, a quien
conocemos de visto o de trato, sea Sócrates o Nerón, &C. &C.
Interesadnos y haced lo que queráis: es la divisa del espectador.

¡Destruyen
este interés las concesiones que se oponen a la verisimilitud material de la
escena? No. Cuando no eran conocidas las decoraciones teatrales: cuando una
miserable cortina era el único medio de separación entre el proscenio y el
vestuario, los pasajes verdaderamente buenos interesaban a los espectadores. ¿Y
no nos arrancan las lágrimas las quejas de Andrómaca o de Lear; no nos
estremecemos al verso de D. Mendo en García del Castañar: Aquel es el Rey,
García: slo a la simple lectura, y sin ninguno de los medios de ilusión o
verosimilitud dramática?

Pero
lo que verdaderamente destruye el interés es la falta de verosimilitud moral,
esto es, que los personajes hagan lo que no deben hacer, atendido el carácter
que se les ha atribuido, o no hagan lo que deben hacer bajo la misma hipótesis,
o en fin, que el hombre se represente en la escena diverso de lo que concebimos,
del que somos porque entonces se falsifica el principio de Terencio, en el cual
se funda todo el interés teatral:

 

Homo
sum: humani nil a me alienum puto

"Hombre
soy; nada del hombre

puede
serme indiferente."

 

Pero
si el personaje que nos presenta no tiene punto alguno de contacto con la
humanidad tal como la concebimos, en vano se cansará el actor: no nos
interesará, porque nada de hombre (nil humani) veremos en él.

Asentados
estos principios, vemos si Sófocles y Eurípides tuvieron bastante con las formas
del teatro griego y concesiones que les hacía el auditorio de Atenas para
representar fielmente al hombre, tal como era conocido en el siglo de Arístides
y de Pericles.

El
hombre que conocían los griegos era puramente fisiológico en cuanto a la moral.
Como aquella nación ingeniosa había convertido todas las pasiones en
divinidades, mal podría exigir de los hombres que fuesen mejores que sus
dioses: mal podría condenar en la humanidad que cediese al poder del destino,
ni al fanatismo que la religión pagana pregonaba. Así es que en el teatro
griego las pasiones caminaban siempre en línea recta, por decirlo así, sin que
se detengan o tuerzan el paso por el remordimiento ni por la advertencia de
ningún freno interior.

Casi
no había en Grecia vida doméstica que tanto contribuye a imprimir caracteres
individuales a las pasiones y a las costumbres, Los ciudadanos vivían en el
foro: las ideas y sentimientos, y hasta los afectos eran comunes.

El
poeta dramático que debía describir una sociedad de esta especie, no podía
quitarle a las pasiones humanas el carácter de generalidad que tenían. El
ambicioso, el amante, el vengativo, el iracundo, el virtuoso, el patriota, el
héroe, debían necesariamente ser pintados con los colores propios de su vicio o
de su virtud: mas no era posible introducir en el cuadro circunstancias o
diferencias individuales; porque esas diferencias no existían en la realidad
viviendo todos los ciudadanos de una misma manera.

De
aquí se infiere que las reglas del teatro griego, por más estrechas que fuesen,
eran suficientes para las exigencias del auditorio, y para las necesidades del
poeta. No olvidemos que la mayor parte del tiempo del espectáculo se empleaba
en movimientos y en cantos del coro; pero aun le quedaba hueco al autor para
desplegar suficientemente cuatro o cinco caracteres entre los cuales sobresalía
uno o dos, para formar el nudo de una acción sencilla y para conducirla con un
corto número de accidentes al desenlace. Lo más difícil en toda composición
dramática, que es la descripción y unidad de los caracteres podía hacerse con
comodidad en aquel cuadro, por más reducido que fuese; pues instaba
presentarlos en dos o tres ocasiones para que fuesen conocidos. Todo lo que
había que pintar era el hombre exterior, sin luchas que despedazasen su
corazón, sin particularidad ni circunstancias que caracterizasen al individuo;
en fin, sin esa infinidad de matices diversos que han introducido en los vicios
y las virtudes de la sociedad humana el uso de la vida doméstica por una parte,
y por otra la creencia de una religión que influye inmediatamente en las
costumbres.

El
Edipo rey de Sófocles, es justamente tenido por el drama más complicado del
teatro de Atenas; y es admirable la sagacidad con que el autor desenvuelve
sucesivamente todas las partes del terrible misterio, encerrado en la
existencia de aquel héroe, víctima del fatalismo. Pero obsérvese que si la
intriga de la fábula costó algún desvelo al trágico griego, no puede decirse
otro tanto de la invención de los caracteres. Edipo es rey, y buen rey; pero no
olvida el orgullo de su dignidad ni la irascibilidad de su condición en sus
contestaciones con Tiresias y Creonte; en esta parte es idéntico su carácter al
de Agamenón disputando con Pirro en las Troyanas de Séneca, y al rey de Corinto
en la Medea del
mismo, mandando salir de su estado a la esposa abandonada de Jasón. Medea y
Clitemnestra adoran a un mismo Dios, que es el de la venganza; solo se
diferencian en el modo de conseguirla. Hércules atormentado por el veneno del
centauro Nuso; Ayax por el oprobio de su locura, y Filoctétes llagado y
abandonado en Lemnos, se quejan de la misma manera. En fin, Electra, vengativa
como su madre, y Orestes, incitado por los mismos dioses al parricidio, tienen
igual impetuosidad, no detenida por ningún freno, para lograr su infausto
proyecto.

Había
otro motivo más para que fuese menos difícil la descripción de los caracteres;
y es que no era lícito a los poetas alterar en la escena la idea que los
griegos tenían formada de los antiguos héroes y monarcas: idea conservada por
la tradición; alimentada por la creencia gentílica, que reconocía como deidades
a muchos de aquellos héroes, y ligada con las pasiones políticas de las
públicas griegas, que se complacían en no ver más que crímenes e infortunios en
los palacios y en las familias reales. Así el único trabajo del poeta era
conducir la acción, escribir buenos versos y componer diálogos naturales e
interesantes.

Veamos
pues que el teatro de la antigüedad satisfacía completamente las exigencias del
auditorio que asistía al espectáculo, pues le presentaba personajes conocidos
de su historia bajo el aspecto que mejor satisfacía a sus pasiones, y en ellos
veía, y veía con placer al hombre, tal como era entonces, tal como le importaba
estudiarle y conocerle; esto, exterior y entregado al ímpetu de sus pasiones y
al imperio ciego del destino.

Así
no debemos extrañar que Aristóteles, dictando reglas de poesía dramática a su
nación y a su siglo, insertase como cánones del buen gusto, al lado de los
principios que tienen su origen en la naturaleza, las prácticas y costumbres,
del teatro de Atenas; ni que Horacio reprodujese una parte de ellas en su
epístola a los Pisones, pues nadie ignora que la literatura romana fue
imitación o copia de la griega: y como por otra parte la religión y la vida
civil eran las mismas en ambas naciones, debían serlo también los espectáculos
dramáticos.

Hemos
dicho y probado que la escuela actual del romanticismo dramático tiene por
objeto describir el hombre fisiológico de Sófocles y de Eurípides. Si su objeto
es el mismo que el del teatro griego, no sabemos que pueda haber razón para
abjurar las formas antiguas, sino la falta absoluta de genio en los dramaturgos
actuales.

En
efecto, estos tienen sobre los poetas griegos una ventaja preciosa, y es
haberse desterrado el coro de la tragedia moderna. Pueden, pues, desenvolver,
con más amplitud la acción, describir con más exactitud de acción, describir
con más exactitud los caracteres. ¿Qué necesidad tienen de quebrantar las tres
unidades? ¿No basta una sola fábula, un solo lugar, un tiempo no interrumpido
para desenvolver un carácter de los que ahora se presentan en escena? Para
describir un adúltero, una prostituta, una ministro infame, una princesa digna
de la horca; par pintar esos monstruos, esas pasiones desenfrenadas, esa
inmoralidad sin contrapeso alguno, ¿se necesitan tantas licencias? Cuanto más
pronto se llegue al suicidio, catástrofe obligada de todos esos dramas, como en
otro tiempo lo era el casamiento, será mejor, ¿Por qué no hacen lo que hacían
lo Sófocles y los Sénecas describiendo lo mismo? ¿Será por ejercer actos
positivos de independencia y de desprecio al código de Aristóteles? No; ya
dieran ellos algo por ser capaces de escribir la Jaira o la Alcira. No observan las
reglas, porque carecen de talento dramático. Si lo tuviesen, no se arredrarían
de la estrechez de preceptos al contrario, los mismos preceptos, la misma
dificultad de observarlos, les servían de estímulo y de alas para volar.
Ninguno de los dramas de que hablamos encierra tantos incidentes como una
comedia de Calderón; y vemos que este poeta, cuando quiso someterse a las
reglas, compuso con la misma facilidad que en sus demás comedias. Dígalo, si no
El Maestro de danzar y más aún Los empeños de seis horas, que aunque colocados
en todas las listas entre las apócrifas suyas, es en nuestra opinión auténtica;
a lo menos de Calderón en el estilo y el juego dramático.

Nosotros
estamos muy lejos de creer que las tres célebres unidades sean reglas dictadas
al drama por la naturaleza. No tardaremos en manifestar los fundamentos en que
nos apoyamos para creer las reglas de mera convención. Mas no hay duda que
pertenecen a la verisimilitud material; y por tanto son de tanto valor en la
dramática como la propiedad de las decoraciones y de los trajes. Deben
observarse hasta donde sea posible sin minuciosa superstición. Todo hombre de
buen gusto tolerará pacientemente su quebrantamiento, siempre que sea necesario
para producir grandes efectos teatrales; pero no permitirá esa licencia al
autor que abuse de ella para presentar monstruosidades en moral y en
literatura.- A.L.

                                                                                    

 

84 UN ÁRBOL DE INVIERNO

                                            

                               A MI AMIGO D.
F. M. DE OLAGUIBEL.

 

"¿Dó
los tesoros tiene

de
nueve Dios?"

F.L.
de León

 

Mirad
el árbol cuya sombra amena

no penetraba de la luz el rayo,

hoy
entre melancólico desmayo

ni
el aura viene a consolar su pena.

Pero
¡qué bello está! la tersa nieve

llega
a cubrir su descarnada vida;

tal
la inocencia en el dolor sumida

más
preciosa se muestra, más conmueve.

En
las mañanas del abril sereno

con
orgullo, vivífico se alzaba

cuando
el brillante sol le despertaba

bañando
con su luz su espeso seno.

Entonces
era la feliz morada

del
triste pajarillo y el consuelo;

mas
ahora al infeliz le abruma el hielo

con
angustias a joven desgraciada.

Y
sus hermosas flores y su aroma

mudó
ya la estación en la limpia espuma:

baja
la nieve cual pequeña pluma

que
en su vuelo dejó blanca paloma.

 

Un
tiempo más dichoso, una nueva era

cubrirá
el verdor el negro tallo,

¿y
al invierno de males en que me hallo

seguirá
del placer la primavera?

 

Nueva
York, diciembre 28 de 1839.-

Vicente
Calero Quintana.

 

 

(90 FIN
DELA REVISTA)

 

Con
este número concluye El Museo Popular,
dando las gracias a los señores que nos han honrado con sus suscripciones.-EE.