DIALOGO PARA REMPLAZAR UN PROLOGO
(Sobre la Academia de Letrán y los Año Nuevo)

 

Estaba sentado en mi estudio, ligeramente ensimismado en los ambientes campestres del siglo XVIII inglés, cuando de pronto escuché un extraño ruido y apareció frente a mi una hermosa figura luminosa que, más o menos, correspondía a la imagen que solemos tener de un ángel, un arcángel o un serafín. Como es de suponer, quedé pasmado. Por lo que sé, tal tipo de apariciones no es frecuente y a mí, por lo menos, esta era la primera vez que me sucedía un prodigio de semejante naturaleza. Una tenue voz andrógina me dijo "Buenas noches". Respondí con amabilidad, pero sentí mi voz como la de un eco tembloroso. ¿Qué es posible decirle a alguien así? Trascribiré el singular diálogo que mantuvimos:
APARICION: Fernando, he venido a hablar contigo sobre el siglo XIX.
YO: ¿El siglo XIX? -Mi voz era por de más vacilante.
APARICION: ¿Cuántos meses llevas de retraso en la entrega del prólogo para los Año Nuevo? -Me interrogó con voz compugida.
YO: ¡Un momento, un momento! -contesté alarmado: imaginé de inmediato que estaba ante un truco de Vicente Quirarte que se había puesto a jugar a lo Steven Spilberg-. ¿Usted quién es y cómo ha entrado en mi casa?
APARICION: Si quieres pensar que soy un fantasma, seré un fantasma, pero lo concreto es que he venido a darte ánimos para que escribas el prólogo para los Año Nuevo.
 
En general soy bastante escéptico y esto del fantasma me pareció la salida más fácil para una evidente violación de mi intimidad. Alargué la mano y pude pasarla sin resistencia alguna a través de la imagen que tenía ante mi: ¡Era una proyección!
APARICION: Te equivocas y, peor aún, eres un incrédulo. Te contaré algunas cosas de tu vida, de esas que sólo tu sabes, y así abreviaremos dudas. (Acto seguido inició la enumeración de secretos personales. Lo interrumpí al sexto).
YO: Bien, bien, cambiemos de tema: acepto que eres una aparición, un fantasma. ¿Nos tutearemos? Bien, entonces ¿en qué puedo servirte?
APARICION: ¡Escribe el prólogo a los Año Nuevo!
YO: Es lo que estoy tratando...
APARICION: Desde hace ocho meses -dijo, concluyendo mi frase con ironía-. No puedes tardar más.
YO: Tienes razón, pero ya estoy cansado del siglo XIX mexicano. Escribir el prólogo al Rodríguez Galván me resultó fatigosísimo y, además, me puse a opinar, lo cual había jurado no hacer nunca. Con los Año Nuevo existe también el problema de que la única fuente es Memorias de mis tiempos de Guillermo Prieto y la solución que tengo es copiarlo en su totalidad; algo similar a mis prólogos a Manuel Carpio y a Fernando Calderón: ¡un rollo!
APARICION: Son, como tu mismo has dicho, aportes de material para futuros estudios. Pero con los Año Nuevo tienes otro problema. La Universidad ya repartió tres tomos; falta el primero por la simple y tonta razón de que aún no escribes el prólogo. Me imagino que tu amigo Vicente Quirarte estará molestísimo contigo...
YO: Supongo, me lo ha reclamado pero tú ya sabes como es de amable: 
no se va a poner alzar la voz.
APARICION: Peor entonces. ¿Y Guadalupe Bernal, que ya dejó de llamarte por considerar el asunto como una causa perdida?
YO: Y Martha Martínez, que es el brazo duro de la producción. Huberto Batis ya me regañó cuando recibió los tres tomos y le expliqué por qué faltaba el primero, y mejor no te cuento lo que me ha dicho Angel Muñoz Fernández por el mismo motivo.
APARICION: ¡Pon fin a esto! ¿Por qué no lo conversamos y así tienes un primer borrador? Podrías grabarlo...
YO: ¡Sería el colmo! Te imaginas lo que significaría publicar como prólogo a los Año Nuevo una conversación con una aparición fantasmal. ¡Haría el ridículo! A fines del siglo XX aparezco yo con la alucinación de que se me anda apareciendo un fantasma para hablar sobre el siglo XIX mexicano.
APARICION: No he dicho eso. Conversemos, lo grabas y luego lo usas como un primer borrador para escribir el prólogo. Dime, por ejemplo, ¿qué son los Año Nuevo?
YO: ¡Válgame Dios!
APARICION: ¿Qué son los Año Nuevo?
YO: Bueno, bueno, son unos libritos que se publicaron de 1837 a 1840, cuatro tomos, con composiciones escritas por miembros de la Academia de Letrán. Una especie de revista o memoria anual de la Academia.
APARICION: ¿La Academia de Letrán? ¿Qué es eso de la Academia de Letrán?
YO: ¡Por favor...! La Academia de Letrán es una asociación literaria que se fundó en 1836 y agrupó a casi todos los literatos de la época. Si quieres saber más puedes leer el libro de Alicia Perales Ojeda 
-Asociaciones literarias mexicanas. Siglo XIX- que publicó la UNAM en 1957.
APARICION: Y que está agotadísimo.
YO: Como todo lo que se publica en México sobre su historia literaria.
APARICION: Esa ya es otro asunto; te vas a desviar del tema. Dime más sobre la Academia de Letrán.
YO: Lee a Guillermo Prieto y a todos los que han ido repitiendo lo que él contó en Memorias de mis tiempos. No hay mucho que agregar.
APARICION: De todas maneras, en un prólogo, debes decir algo y no sólo remitir a las fuentes.
YO: Lo copiaré íntegro; ¿es eso lo que quieres?
APARICION: Yo no quiero nada. Eres tú quien tiene la obligación de escribir el prólogo; mi intención es tratar de ayudarte. ¡Resúmeme lo que dice Guillermo Prieto!
YO: ¡Horror! Ahora me pides que resuma.
APARICION: ¡Cuéntame! Imagínate que yo no sé nada y tú vas a informarme sobre el tema; después ya decidiré si recurro a las fuentes para ampliar la información que me des.
YO: Bien: la fundanción de la Academia de Letrán es una anécdota que se ha repetido infinidad de veces (creo que infinidad es una exageración). Una tarde de junio de 1836, estando reunidos Guillermo Prieto, Manuel Tossiat, Juan Nepomuceno Lacunza y su hermano José María, en el cuartito de este último en el Colegio de San Juan de Letrán -que, por otra parte, era una costumbre que mantenían desde hacía por lo menos dos años-, de pronto tuvieron una iluminación y decidieron establecer una "Academia" con el nombre del colegio y a la 
que invitarían a sus amigos, siempre y cuando la invitación fuera aprobada por unanimidad. Dicho y hecho, se pusieron formales, y José María Lacunza -que era el mayor- se levantó y pronunció un solemne discurso inaugural, "grandilocuente, conmovedor, magnífico"... Así quedó fundada la tan famosa y benemérita Academia de Letrán.
APARICION: Sé que hay algo más...
YO: Sí, la bromita consiguiente. Los fundadores eran más pobres que bolsillo de rico. Para celebrar la creación de la Academia, entre los cuatro apenas juntaron real y medio: no alcanzaba para nada. ¡Adios licor y bizcochos! Sin embargo, compraron una piña, la rebanaron, la enpolvorearon con azúcar, se la comieron y así festejaron la inauguración.
APARICION: Una pequeña y modesta celebración...
YO: Sí. Sin embargo, aquí hay algo que me llama la atención, como también parece que se la llamó a Guillermo Prieto al recordarla años después. ¿Por qué se pusieron solemenes para darle nombre a una vieja reunión de amigos? Como ya te dije, esa costumbre de juntarse los cuatro venía de hacía por lo menos dos años. Pero en ese instante se sentaron de otra manera -"cobró el auditorio cierta compostura"-, José María Lacunza se levantó y asumió "ínfulas" para dar su discurso. Luego se abrazaron, festejaron.
APARICION: ¿Te llama la atención que se pusieran serios?
YO: Sí, me resulta un gesto singular y, además, es un rasgo que perdurará a lo largo del XIX: la solemnidad, la bendita solemnidad mexicana. Busca a Altamirano y sus Veladas literarias, y encontrarás la misma cosa. Y ésto en reuniones de literatos, y además casi todos ellos más pobres que el hambre. Nunca alguna informalidad. Bastaba 
que se juntaran cuatro gatos para leer sus poemas, sus cuentos, sus piezas de teatro, y de inmediato nombraban un presidente, un secretario y pronunciaban discursos. Todo el siglo XIX fue de una solemnidad formal increíble que, más o menos, se interrumpió transitoriamente con la llegada de los modernistas y sus drogas, sus borracheras y sus reuniones en bares, cafeterías, cantinas y restaurantes. Hasta ellos, la literatura estuvo encerrada en casas particulares. Guardando las distancias, estaban más próximos a los salones literarios franceses. Imagínate a Rosario (la de Acuña) recibiendo en su casa, un día determinado de la semana, a la flor y nata de la sociedad literaria del país: Altamirano, Ramírez, Flores, Acuña y cualquier nombre importante de la época que deses agregar. Y ellos, además, adorándola, firmando recuerdos y versitos en su álbum... ¡Todo un mundo!
APARICION: Sí, pero y la Academia de Letrán...
YO: Es verdad. Bien, comencemos con un dato que se debe tener presente: la edad de los fundadores. El mayor -ya te dije- era José María Lacunza: había nacido en 1809: 27 años. Su hermano, Juan Nepomuceno: era de 1812: 24 años. Manuel Tossiat Ferrer -en la actualidad un completo desconocido- era amigo de Juan Nepomuceno y tendría una edad semejante: digamos 24 años. Guillermo Prieto era de 1818, por lo tanto, 18 años. ¿No te parece un poco extraña su presencia ahí?
APARICION: No, un grupo de gente joven.
YO: Te equivocas. Prieto era un muchacho. Pero los Lacunza y Tossiat eran personas mayores. 24 y 27 años, en el siglo XIX, era toda una señora edad. Las expectativas de vida no eran tan amplias y la gente 
moría temprano: 35, 40, 45 años. No era común pasar de los 50 años de vida. Es más, de esos cuatro fundadores, sólo dos sobrevivieron. Ni Juan Nepomuceno Lacunza ni Tossiat vivieron diez años más. Tengo la impresión de que, en el mejor de los casos, era una reunión de tres personas mayores con un admirador, a quien educaban literariamente y corregían sus escritos.
APARICION: Lo cual no tiene nada de raro.
YO: No. Pero hay otro aspecto, igual de interesante a considerar: el carácter marginal del grupo fundador. Los dos Lacunza y Tossiat eran abogados, pero abogados sin bufete, abogados en plena penuria. José María era una especie de monje erudito; su hermano, un calavera en lo que cabe; Tossiat parece que era muy tímido y algo femenil; Prieto, un pelagatos, un vivales, seguro simpatíquisimo y lleno de picardías. Lo que resalta en la base de la fundación de la Academia de Letrán es una admiración incondicional por José María Lacunza de parte de los otros tres, y también la marginalidad económica de los cuatro. Ya tendremos ocasión de volver sobre ésto.
APARICION: Si te parece conveniente...
YO: Sí. ¿Qué más quieres que te cuente?
APARICION: Háblame sobre estos señores.
YO: No. Tu pregunta era acerca de la Academia de Letrán y ahora la situaremos históricamente. Si lees el libro -que ya te mencioné- de Alicia Perales Ojeda -Asociaciones literarias mexicanas. Siglo XIX-, comprobarás que no eran muchas las que existieron en México desde principios del siglo XIX. Te las enumeraré: La Arcadia Mexicana, que se inicia a fines del XVIII; la Academia del señor Montaño; la Sociedad Pública de Lectura, antecedente de las bibliotecas públicas 
actuales, e incluía revistas y periódicos: la fundó José Joaquín Fernández de Lizardi; la Sociedad de amigos del país, presidida por Juan Wenceslao Banquera por orden del emperador Iturbide; el Instituto Nacional, creado por el cubano José María Heredia; las Academias de San Gregorio, fundadas por Juan Rodríguez Puebla; la Sociedad de literatos, que publicó la revista Registro Trimestre, y que era uno de los inventos del Conde de la Cortina, al igual que el Salón literario que estableció en su casa y la publicación que continuó a la anterior: la Revista Mexicana; al Conde también se le debe la fundación de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística. ¡Todo un tipazo el Conde de la Cortina!
APARICION: Háblame de él.
YO: No es el momento. Quizá más adelante. Ya van ocho o nueve con el salón del Conde. Sigue la tertulia literaria de Francisco Ortega (en la que nos detendremos después por ser el antecedente directo de la Academia de Letrán); la Academia de la lengua, también sacada de bajo la manga por el Conde de la Cortina y apoyada, al igual que sus dos revistas, por el gobierno de turno; y el Liceo Mexicano Artístico y Científico. ¿Cuántas son? Doce. No es un número muy elevado, ni una moda, como para motivar a los cuatro señores de la Academia de Letrán a crear la suya.
APARICION: De todos modos resulta culturamente interesante para la historia literaria de México la existencia de doce asociaciones literarias.
YO: Sí, pero déjame hacer un comentario al margen. El defecto que encuentro al trabajo de Alicia Perales Ojeda es que hace una ensalada en su lista de asociaciones literarias. No es lo mismo una tertulia, 
una reunión de muchachos, un salón literario y una asociación literaria. Es verdad que la solemnidad las auna, pero en su libro debió separar la Sociedad de lecturas, por ejemplo, del Salón literario del Conde de la Cortina, éstas de la de Francisco Ortega, y cada una de éstas de asociaciones como la Sociedad de Amigos del país, la Academia de la lengua o la Sociedad mexicana de Geografía y Estadística. Todas y cada una de ellas son muy diferentes. Ella no considera, por ejemplo -y creo que con razón-, la muy probable tertulia literaria en la librería de Galván. En realidad, gente que se reunía socialmente a conversar, debió abundar en México desde siempre. No sé si en tiempo de los mayas y los aztecas, pero sí desde la Colonia. Tales salones o tertulias de aspiración literaria y social, deben haber estado a la orden del día desde que apareció el primer virrey o desde que los conquistadores se sentaron juntos a recordar sus hazañas y sus amoríos con las indígenas. La sociedad literaria, en cambio, es algo distinto. Había una instalación, un reglamento, un apoyo económico, unas finalidades estatutarias, incluso un registro legal y quizá hasta una burocracia adjunta. No niego que en algunas tertulias se pretendiera lo mismo, pero no llegaban tan lejos en el aspecto legalmente formal de sus actos. Mi opinión es que se debería establecer una separación tajante entre tertulia, salón, gabinete de lectura y asociación literaria, por ejemplo.
APARICION: ¿Y la Academia de Letrán a cuál pertenecería?
YO: Mira, creo que comenzó como tertulia y continuó siendo una tertulia, aunque oficiosa por la formalidad que ellos mismos le impusieron. Hay, conceptualmente, mucha diferencia entre la Academia 
de la lengua y la Academia de Letrán, por ejemplo; ésto resulta evidente y no deberían mezclarse los fundamentos que las distinguen. Si lees el trabajo de Alicia Perales Ojeda, comprobarás que la Academia de la lengua -para continuar con este ejemplo en paralelo-, fue una institución oficial, establecida por decreto del gobierno el 22 de marzo de 1835, y con una misión muy concreta: "conservar la lengua en toda su pureza, promover la reimpresión y circulación de las obras de autores clásicos, formar un diccionario de voces hispanoamericanas, hacer gramáticas y diccionarios de las diferentes lenguas que se hablan en la República, determinar las obras que deban servir para el estudio de la elocuencia y la poesía castellanas, reunir materiales que sirvan para la formación del atlas etnográfico del país en lo concerniente a idiomas, censurar el lenguaje y el estilo de todas las obras cuyos autores o centros científicos soliciten su revisión, y establecer premios anuales de elocuencia y poesía".
APARICION: Suena interesante.
YO: Siempre y cuando creas en las virtudes de las intituciones públicas, lo cual no es mi caso. Además te diré otra cosa: en realidad el único interesado por esos temas era el Conde la Cortina; no creo que nadie más estuviera a su altura intelectual como para proyectar y llevar a cabo la misión de la Academia de la lengua. Por eso todo el plan quedó en nada.
APARICION: ¿Y el proyecto de la Academia de Letrán?
YO: Ellos no tenían algo tan concreto, carecían de subvenciones oficiales y -ya lo vimos- fue una estrambótica y explosiva idea de cuatro amigos que se reunían a leer y conversar sobre literatura. 
Prieto no tiene ningún reparo en declarar que esas reuniones y esos ejercicios literarios tenían el aspecto de un juego. Ahí -como ya también te dije- la figura clave era José María Lacunza: él era quien daba a esos juegos un aspecto de estudio. Esto es medular, te insisto: la gravitación del mayor de los Lacunza sobre sus tres compañeros.
APARICION: ¡Extiéndete sobre ésto!
YO: No exageres ni te entusiasmes. Fantasearé un poco. A veces pienso que fue en verdad Guillermo Prieto quien creó la Academia de Letrán. La broma de su fundación podría partir de dos aspectos, ambos igual de válidos. El primero sería que se agotara en sí misma la reunión literaria que tenían establecida desde hacia dos años -recuerda que eran sólo cuatro personas y con la muy clara superioridad intelectual de uno de ellos: José María- y les resultara necesaria la presencia de nuevos miembros para revitalizarla y hacer más interesante y polémica las reuniones. El segundo aspecto podría ser el crearle una reunión al maestro, en donde éste brillara, influenciara y formara a futuros literatos. No hay cómo sustentar esta idea, pero no es una locura suponer que la Academia de Letrán es un homenaje al talento de José María Lacunza y, a la vez, una manera de "airearlo". El era, verdaderamente, un ermitaño; no tenía amigos y se pasaba el día leyendo y dando clases en el Colegio de San Juan de Letrán. Además tenía un cierto "hábito autoritativo", lo cual, probablemente, imponía una relación de maestro a discípulo con quienes se acercaban a él. Crear en torno suyo una Academia era sacar a la luz pública a "Cubiletes" (así lo apodaban por su gusto en los juegos de prestidigitación intelectual). Creo que, en el fondo, ésta fue la 
intención de Prieto. Tan es así que a la siguiente reunión, los invitados fueron muchachos de la edad de Prieto: Eulalio M. Ortega, Joaquín Navarro, Antonio Larrañaga...
APARICION: Que van a aprender de Lacunza...
YO: Y a conocerlo y admirarlo. Pero lo que decía de que fue en realidad Guillermo Prieto quien creó la Academia, se basa en que no sólo trae a los primeros concurrentes, sino que -como para reforzar la idea del homenaje a José María Lacunza- todos ellos vienen de la tertulia que se realizaba en casa de Francisco Ortega. Si dijera que se los roba para ponerlos bajo la enseñanza de Lacunza, no creo que exagerara, y más si consideras que al crearse la Academia de Letrán desaparece la supuesta tertulia en casa de Ortega.
APARICION: Dijiste que ibas a hablar más largo de la tertulia de Francisco Ortega.
YO: Sí, y este es un buen momento para que aprecies los años luz de diferencia que existen con el carácter y funcionamiento de una Academia. Francisco Ortega era un poeta distinguido de los primeros años republicanos. Tenía seis hijos: una niña y cinco varones. Pensando en la educación de esta prole, al poeta no se le ocurrió mejor idea que reunir en su casa a muchachitos de la misma edad de sus hijos. Les puso una mesita de billar, música y les instaló una imprenta en los bajos de la casa para que aprendieran el oficio. Francisco Ortega también les daba clases de latín y de literatura, y hasta invitaba al poeta Manuel Carpio, buen amigo suyo, para encauzarlos literariamente. Los muchachos incluso se atrevieron a crear un periódico manuscrito que se llamaba Obsequio a la amistad -no me preguntes los motivos por los cuales no lo imprimían en la 
imprenta que tenían porque no sabría responderte-. En las memorias de Prieto ya figura en esa "tertulia" Ignacio Rodríguez Galván -lo cual me parece otro de sus recuerdos equivocados- y Luis Martínez de Castro. Estas reuniones duraron de 1833 a 1836. Piensa: ¡eran chiquillos de 15 años que se reunían a jugar... y a conversar de literatura cuando Francisco Ortega los sentaba en torno suyo! Por más que te empeñes, la realidad evidente es que era un grupo de muchachos bajo el control paternal de los Ortega. Dudo mucho que esas reuniones tuvieran una trascendencia que sobrepasara "el jardín de adolescentes".
APARICION: Parece correcto lo que dices.
YO: Así lo creo y, para regresar a la Academia de Letrán desde este punto, no puede tampoco descartarse la posibilidad de que Guillermo Prieto -que era el más maduro y ambicioso de todos ellos- se diera cuenta que el buenazo de Francisco Ortega tenía vuelos más bajos y menos brillantes que su admirado José María Lacunza, arrasara con la tertulia llevando a todos al cuartito de Letrán, donde, por otro lado, él ya era asiduo desde hacia un buen par de años. Fue algo tan contundente y radical que hasta Eulalio M. Ortega, el hijo más literato de Francisco Ortega, se encuentra incluido entre los asistentes a la segunda sesión de la Academia de Letrán.
APARICION: Bueno, es una idea.
YO: Claro, una opinión, pero no creo que resulte muy descabellada
APARICION: ¿Qué sigue?
YO: Ya está: desaparece la llamada "tertulia de Francisco Ortega" y se crea la Academia de Letrán. Aunque no lo creas es todo un acontecimiento para la literatura mexicana.
 
APARICION: ¿Todo un acontecimiento?
YO. ¡Y tanto! En términos absolutos te diría que es el inicio de la literatura mexicana; en relativos, el de la republicana.
APARICION: No lo entiendo.
YO: Es que la base de esta idea se apoya en el concepto que tengas de lo que es una literatura nacional. El patrimonio de la mexicana podría extenderse -con buena voluntad- hasta lo que ha llegado a nosotros de las expresiones religiosas (cantos, oraciones, ritos, mitos) de los más remotos pobladores indígenas prehispánicos. Incluso tienes ahí una figura literaria de la talla de Netzhuacoytl. Un miembro respetable de la Academia de Letrán, José Joaquín Pesado, publicó en 1854 un librito titulado Las aztecas, que llevaba como subtítulo "Poesías tomadas de los antiguos cantares mexicanos"; estaba divido en dos partes, la primera se llamaba "Cantares varios", y la segunda "Cantos de Netzahual-coyotl", con la indicación de que fue Rey de Tescoco y que "floreció en el siglo XV de la era vulgar". A este patrimonio, es posible agregar el producido durante la Colonia. También, en lo fundamental, obra de circustancias y motivaciones religiosas. A lo largo de tres siglos, puedes enumerar con los dedos de una mano los escritores de alguna singularidad literaria: Carlos Sigüenza y Gongora, Sor Juana Inés de la Cruz, Juan Ruíz de Alarcón. El resto no posee el vuelo para decir que escriben literatura. Pero si quieres hacer una literatura nacional, tienes plena libertad para incluir varios centenares de folletos en que se recogían versitos por celebraciones religiosas, funerales, fiestas cívicas, regocijos por la llegada de un virrey. Todo esto puede entrar, a saco, en la historia de una literatura. Igual las 
adaptaciones de piezas teatrales españolas de idéntica motivación y, aún más amplio, los sermones y las piezas de oratoria. Con toda esta no-literatura te es posible inventar una literatura nacional. La disculpa es que todo el mundo lo hace; es práctica común.
APARICION: Pero Sigüenza, Sor Juana y Ruíz de Alarcón ya son suficientes para enorgullecer a cualquier literatura.
YO: Sin duda. Y en este punto estoy en absoluto acuerdo con los defensores de la mexicanidad de estos tres escritores y con quienes los situan en el papel de fundadores de la literatura nacional. Toda esa compleja discusión sobre la mexicanidad o la españolidad de Ruíz de Alarcón, por ejemplo, es baladí. Los tres nacieron en México -Colonia o no Colonia- y escribieron en una lengua que ahora es tan española como mexicana. Con todas las excepciones que justificadamente desees citar, pienso que el nacimiento y el idioma son elementos básicos para situar en la historia de una literatura nacional a un escritor. En verdad, esa es toda su gracia. Los temas, los acentos, los ritmos, los paisajes, los neologismos cuentan, pero no para determinar exclusiones o inclusiones. Y las tan inverosímiles discusiones sobre la mexicanidad de la historia literaria mexicana -por ser escrita en una lengua no aborigen sino impuesta por la conquista y la colonización- son también discusiones muy bizantinas. Nos guste o no, todo lo escrito en castellano por personas nacidas en países latinoamericanos pertenece a la historia literaria de cada uno de ellos y, a la vez, a la historia literaria del idioma utilizado para expresarse.
APARICION: Parece lógico.
YO: Y muy tonto perder el tiempo en un tema así. Es cierto que existe 
el asunto de los escritores que se expresan en lenguas aborígenes, pero no es éste el momento para entrar en una gran matización sobre lo que pertenece y lo que no pertenece a la historia de la literatura mexicana. Ya te mencioné que Netzahuacoyotl es parte del patrimonio literario nacional; déjemos el tema pendiente para otra conversación o para otro prólogo.
APARICION: ¿Qué sigue entonces?
YO: Mi posición es que durante la Colonia existen unas individualidades muy singulares que escriben una literatura válida, muy válida, en la historia literaria de la la lengua castellana. Lo que dudo es que, en ese momento, se pueda hablar de una literatura mexicana en la cual estas individualidades destaquen dentro un proceso de carácter nacional. Son rara avis y así deben considerarse.
APARICION: No veo muy claro esto.
YO: Una literatura nacional existe cuando hay una diversidad de personas manifestándose literariamente en un país. Las expresiones aisladas son significativas pero no fundadoras. Un proyecto común, nacional, es lo que origina y da lugar al nacimiento de una literatura. Cuando ésta inicia su desarrollo, es cuando las excepciones anteriores se rescatan y adquieren importancia histórica. Déjame ejemplarizar ésto: ni Sigüenza, ni Sor Juana, ni Ruíz de Alarcón tienen la más mínima presencia en México durante la Colonia. Ni se les recordaba, ni se les leía. Al morir, murieron.
APARICION: Muy triste.
YO: Sin duda, pero es la verdad.
APARICION: Te creo. Volvamos a la Academia de Letrán.
YO: De acuerdo: hasta antes de ellos, el único vislumbre del inicio 
de una literatura mexicana, es el de la Arcadia, a fines del siglo XVIII. Ahí tienes a un grupo de escritores, con una poética compartida, expresándose a través del Diario de México. Es la primera vez que la literatura deja de lado los versos de circunstancias y a los escritores terriblemente improvisadores y de arranque súbito. Ya no es una actividad impuesta externamente; ellos se sienten poetas y algunos emplean en sus versos flora, fauna y hasta costumbres nacionales. Lamentablemente fue una literatura menor -incluso en la figura mayor, Fray Manuel de Navarrete-, con una poética sumamente hispánica, muy importada, muy prerromántica y de escasa amplitud, incluso en el tiempo. A la muerte del mayoral - Navarrete- en 1809, prácticamente se extingue la Arcadia; Sánchez de Tagle, que lo sucedió, no dió la altura, y poco más tarde aparece como poeta patriótico cantando odas a la independencia, a sus batallas y a sus principales promotores. De todas formas, la Arcadia fue un intento -frustrado, menor y de poca trascendencia- de surgimiento de la literatura mexicana. Sin duda, tiene un gran valor histórico. Algo ya se está iniciando. Después de ellos se vuelve a las raras avis y a los poetas patrióticos, también circunstanciales y sin mayor alcance poético.
APARICION: ¿Quiénes son los raras avis?
YO: En verdad sólo dos. Fray Servando Teresa de Mier, que se sostiene en la literatura por sus agitadas y rocambolescas autobiografías, y Fernández de Lizardi, una verdadera rara avis, en todos los sentidos de la palabra, y con mucho mayor presencia en la historia de la literatura mexicana e hispanoamericana. Posee gran emoción patriótica, inmenso interés por su país, una importante gravitación 
política y una voluntad de escritor digna de las mejores causas. Tiene a su favor el haber escrito la primera novela en Latinoamérica (escribió tres). También se ejercitó en la poesía, en piezas teatrales y en el ensayo o la exposición ideológica. Su lugar en la literatura de México y de Hispanoamérica está garantizado por el papel precursor y fundador de El Periquillo Sarniento. No creo que vaya más allá de ese detalle. Es una novela picaresca, más didáctica que literaria, y en la que se utiliza un género ya trasnochado. Sin embargo, se defiende por ser un amplio cuadro de costumbres, un valor indudable para el desarrollo de la literatura mexicana. Guardando distancias y reconociéndoles las limitaciones que le son propias, Fernández de Lizardi - y por qué no, Fray Servando- pueden agregarse históricamente tras los nombres de Sigüenza, Sor Juana y Ruíz de Alarcón. La diferencia digna de ser tomada en cuenta es que en el caso de Fernández de Lizardi, él ya tiene a su lado a una serie de panfletistas haciéndole eco, y no necesariamente a su favor. Está inmerso en un contexto literario (político sería más exacto) en el que hay un denominador común a todos: la situación política nacional, sumamente convulsionada (estamos en plena lucha de la independencia). A pesar de su significación literaria, mi opinión es que Fernández de Lizardi es antes que nada un moralista, un cuestionador social y político, un crítico permanente del status quo; y ésto siempre con el apellido de popular. Está muy lejos de ser una personalidad con una formación cultural o intelectual de primer orden.
APARICION: Pero, sin embargo, es un escritor de primer orden.
YO: Claro, para su país. En él se dan una serie de destacadas singularidades: es el primer escritor profesional de México (en el 
sentido que busca vivir de lo que escribe, produciendo el mismo sus obras y hasta vendiéndolas por las calles); es el primero en escribir tal como habla, es decir pletórico de mexicanismos; es el primero que utiliza en México la literatura para instruir y educar a sus lectores; es el primer escritor que no proviene de esa supuesta aristocracia o burguesía nacional, ni tampoco de la Iglesia. A Fernández de Lizardi se le pueden agregar todos los primeros que se te ocurran. Ya te dije que fue el primero en escribir una novela, no sólo en México sino en toda Latinoamerica. Aún quedan muchos aspectos de su obra por descubrir y analizar. La magnífica edición de sus Obras Completas realizada la UNAM, podría ser la cantera desde donde surgiría un Fernández de Lizardi mucho más trascendente que el que se limita a la anécdota de la primera novela escrita en este continente.
APARICION: ¿Y los cantores patrióticos?
YO: Manuel Sánchez de Tagle, Andres Quintana Roo, Francisco Ortega, Joaquín María Castillo y Lanzas, José María Mora, y varios otros que escribieron algunos versos en honor a la independencia. Ellos, al igual que los de la Arcadia, eran epígonos de escritores y escuelas cien por ciento españoles.
APARICION: De todos modos, si consideras el antecedente prehispánico, los tres nombres de la colonia, la Arcadia mexicana, Teresa de Mier, Fernández de Lizardi y los poetas patrióticos, ya tienes buenas bases para una historia literaria.
YO: Sí, y al agregar a Manuel Eduardo de Gorostiza, completaríamos el cuadro.
APARICION: ¿Gorostiza?
YO: Si, un criollo que a los cinco años de nacido, en 1794, volvió 
con su madre a España (el padre murió en Veracruz, donde era gobernador español), destacó como autor teatral -destacó mucho- y regresó a México a los 44 años. Es un caso aún más extremo que el de Ruíz de Alarcón, pero no se ha discutido sobre su nacionalidad ni su mexicanismo con el empeño que se ha hecho con Ruíz de Alarcón. Sólo diré que se portó magnificamente con su patria de origen desde que a los 35 años recuperó la nacionalidad mexicana; no me entretendré más en él para evitar la discusión sobre su mexicanismo. Pero ya te digo, fue un escritor teatral muy importante, de una labor muy destacada en España, y no estudiado con la seriedad que merece en México. Es otro de los pendientes de la literatura mexicana.
APARICION: Y así llegamos de nuevo a la Academia de Letrán.
Yo: Exactamente. Y ahora te diré porque opino que con ella se inicia la literatura mexicana. De acuerdo con lo que cuenta Guillermo Prieto (y lo que nos es posible leer), los que escribían en México, escribían muy mal. Estaban llenos de groseras faltas de prosodia -estoy repitiendo a Prieto-, y como el modo de hablar mexicano no correspondía a las reglas españolas, tenían dificultades para dividir la pronunciación en vocales que no formaran diptongos e incurrían en faltas graves; además la educación escolar era muy deficiente. Prieto dice algo que aún tiene actualidad: hasta hombres públicos de altísima talla y doctores con borlas de todos los colores, escribían abrazo con h.
APARICION: Lamentable.
YO: Muy lamentable, pero una preocupación gramatical y de forma no es suficiente para fundar una literatura. Como me dijo Marco Antonio Campos conversando una vez sobre esto, en realidad, en este sentido, 
la Academia de Letrán sería lo que ahora se llama un taller literario, un lugar donde se aprenden reglas de escritura y composición literaria. Este aspecto de taller también absorbe el discutir y conversar sobre lo que iban leyendo y escribiendo. Estos elementos son, sin duda, importantes, pero no es lo más trascendente de ella, al menos no para hacer nacer de sus reuniones a la literatura mexicana.
APARICION: Lo resaltante es que sean un grupo.
YO: Sí, pero hay algo muchísmo más importante. Te leeré nuevamente a Prieto: "La Academia tuvo aún más alta significación, democratizando los estudios literarios y asignando las distinciones al mérito, sin distinguir ni edad, ni posición social, ni bienes de fortuna, ni nada que no fuera lo justo y elevado./ Y era natural. Nacida la Academia de cuatro estudiantes sin fortuna -recuerda que esto de estudiantes es sólo un decir de Prieto-, y entrando indistintamente en ella próceres y sabios que cedían su puesto a meritorios de oficina, dependientes de librería y vagabundos como Ramírez, se verificaba espontanea una evolución en la que el saber, la luz, la inspiración, y el genio, alcanzaban noble y generosa supremacía./ Tampoco reunión de esta clase había tenido antecedente en México".
APARICION: Esto hace dudar de tu afirmación sobre que era un grupo marginal. Parece que había toda clase de gente y de todos los medios.
YO: Yo creo que, al contrario, refuerza lo que dije e incluso se reafirma en estos párrafos de Memorias de mis tiempos. Prieto habla de la democratización de la literatura, insiste en que fue fundada por cuatro personas sin fortuna y recalca que no hubo tampoco antes reunión de este tipo. Junta a próceres y sabios con meritorios, 
dependientes y vagabundos, e indica la desvolarización de la edad, los bienes de fortuna y la posición social. Con la Academia de Letrán se produce una ruptura en la costumbre del ejercicio de la literatura: deja de ser "propiedad" de religiosos y gente educada gracias a su posición social y económica. Como ya te señalé, la única excepción histórica a este tipo de propietarios es el rara avis de Fernández de Lizardi, pero difícilmente alguien más.
APARICION: Insistes en el carácter marginal de la Academia de Letrán.
YO: Definitivamente, pero ya volveré sobre ello. Déjame volver a citar a Prieto para dar el sentido fundacional que me interesa: "Pero, para mi -dice- lo grande y trascendental de la Academia, fue su tendencia decidida a mexicanizar la literatura, emancipándola de toda otra y dándole carácter peculiar". Esto es lo esencial y el gran valor de la Academia de Letrán. Líneas más adelante, Prieto acentúa que en ella "se procuraba exponer flores de nuestros verjeles y frutas de nuestros huertos deliciosos". Es un proyecto literario consciente, concreto, congruente y nacional. Ellos sabían perfectamente lo que estaban tratando de hacer. En este aspecto no hubo la menor inocencia ni la menor ingenuidad. A partir de la Academia de Letrán ya no es posible discutir sobre la mexicanidad o el españolismo de cualquier escritor mexicano: ellos son deliberadamente mexicanos. En ésto se puede agregar un sinfin de matices sobre el carácter epígonal hispánico de muchas de sus poéticas y sus aspiraciones, pero no al grado de disminuir lo mexicano. En la Academia de Letrán se inicia conscientemente la literatura mexicana.
APARICION: Es toda una frase eso de "carácter epígonal hispánico"...
 
YO: Sin duda; acéptalo como una manera de resumir un concepto más amplio. Epígono es el que imita o sigue huellas y, hasta el modernismo, la literatura hispanomericana es epígonal de la española. Lo cual, por otra parte es muy natural. Con años de atraso, los escritores del XIX, y ya no se diga de la Colonia, van tras las huellas que marcan los escritores españoles. El imperio del idioma no se diluye con la independencia. Con el modernismo, se da un paso adelante, se produce la independencia literaria y, a partir de ahí, España sigue su camino y Latinoamérica el suyo. Los 40 años de Franco marcan aún más la separación, y todo el llamado boom de la literatura latinoamericana es la prueba definitiva de dos literaturas castellanas: la de la península y la de América. Los de la Academia de Letrán eran epígonales en el sentido que iban tras los pasos de los románticos españoles, como poco antes la Arcadia fue tras los neoclásicos o perrománticos, y los patrióticos tras sus semejantes hispánicos. La temática, los neologismos, los paisajes, los sentimientos eran diferentes, o por lo menos eso trataron.
APARICION: Pero en el siglo XIX no todo era tan absolutamente español, también se leen y traducen en México a escritores franceses, italianos, ingleses, alemanes y hasta norteamericanos.
YO: Claro, esas son influencias, es cultura literaria, pero también es eco de España en términos generales. Si quieres seguir con el rizo, hasta te diría que la literatura española es epígonal de la europea desde que se acabó el Siglo de Oro. No se qué genio podrán sacarse los españoles de la manga para demostrar originalidades dieciochescas o decimonónicas. Sin embargo, los latinoamericanos ibamos tras ellos. Creo que es una realidad.
 
APARICION: Aceptemos provisionalmente lo de epígonal y regresemos a la Academia de Letrán.
YO: Retomaré lo de marginal. Tres abogados sin éxito y un jovencito crean la Academía de Letrán en torno a uno de ellos: José María Lacunza. Prieto trae tras él a otros muchachitos de la casa de Francisco Ortega. Un día amplian lo de las invitaciones a que cualquier persona que presente un texto literario puede solicitar su ingreso a la Academia: de esa forma se ponían las bases para dar cabida a espontáneos. Y así marchaba la tertulia hasta que, al poco tiempo de fundada, se produce el golpe de estado: se presenta Quintana Roo y al amable susurro de "Vengo a ver qué hacen mis muchachos" altera la Academia de Letrán. Como dice Prieto, era "la visita cariñosa de la Patria". Entre aplausos se le nombró presidente vitalicio, y es fácil suponer que con él vinieron los que Prieto llama próceres y sabios. El aire exclusivamente juvenil que tenía la Academia en sus inicios, desaparece con Quintana Roo y con quienes lo acompañaron en la siguiente reunión. Seguramente también se mudó la Academia del cuarto de Lacunza.
APARICION: Esa es una suposición tuya.
YO: Si, pero lógica. El cuartito de Lacunza era una celda de monje. Te leeré cómo lo describe Prieto: una celda "con sus altas ventanas, sus desnudos ladrillos y su cancel en la puerta, estaba totalmente tapizada de libros, sin más claros que el que ocupaba una angosta mesa que sería calumnioso llamar bufete, y en un extremo de la pieza y en el opuesto un catre aislado y como llevado con carácter provisional a aquel lugar. Completaba el ajuar una mesilla de palo blanco, y en ella, o provocando, o atestiguando el apetito del dueño, 
una portavianda de hojalata y un cántaro poroso con agua pura". Que quepan diez muchachos en este espacio me lo creo, pero cuando viene la visita de la Patria y con ella Manuel Carpio, José Joaquín Pesado, el general Tornel, otros señorones y, digamos, diez muchachos más, es imposible continuar la tertulia en tal espacio. Es bastante natural suponer que la Academia debió trasladarse, y  muy probablemente a la Biblioteca del Colegio de San Juan de Letrán, ahí mismo, a dos pasos de habitación de José María Lacunza.
APARICION: ¿Tanta gente asistía?
YO: La leyenda dice que todos los literatos de México pasaron por ella. Lo que no podemos saber es cuántos eran todos los literatos de México.
APARICION: ¡Me imagino!
YO: Sobre este punto se dan un par de hechos extraños que me interesa señalar. La figura literaria más importante, en todos los sentidos -intelectual, social, económica y políticamente-, era, sin lugar a dudas, el Conde de la Cortina. Bueno, pues el Conde jamás se acercó a la Academia de Letrán: no tuvo ningún contacto con ellos, no los conocía en persona. Cuando se publicó el primer Año Nuevo, en enero de 1837, un amigo común le pidió que comentara el librito. Los destrozó sin misericordia. Para mayor inri, en forma pública y a través de un folleto. Y ésto ni siquiera fue motivo para que los de la Academia conocieran al Conde ni para que él se acercara a los muchachos de Quintana Roo. Es más que probable que en la Academia hubiera algún miembro o visitante que tuviera amistad con el Conde de la Cortina -como el señor que le pidió que comentara el Año Nuevo de 1837-, pero no actuó de intermediario para una aproximación personal. 
Y a él tampoco le interesó. Les pegó duro y se olvidó del asunto. Wenscelao Alpuche se defendió y el Conde volvió a publicar un folleto: Contestación a don Wesceslao Alpuche - Impreso por Ignacio Cumplido, Calle de los rebeldes No. 2, México 1837. Es un folleto de 19.5 x 12 centímetros y 46 páginas. También rarísmo- donde terminó de destrozar su poema "Moctezuma". Esto es sintomático del lugar en que estaban situado socialmente el Conde y los de la Academia. No existían tantos literatos en México para que se justificaran distancias tan profundas como la que se da entre el Conde y cualquier miembro de la Academia; salvo la edad, claro, la pintoresca inmadurez de la mayoría de los miembros. Con los adultos, probablemente ya algún día conversaría el Conde.
APARICION: Dijiste que eran dos hechos que te extrañaban. ¿Cuál es el segundo?
YO: Literariamente más importante que el Conde, pero de condición social y económica próxima a los de la Academia de Letrán, era el poeta cubano José María Heredia. En 1836, había caido en desgracia con Santa Anna y daba vueltas decepcionado por la capital. Bueno, él tampoco se acercó por la Academia de Letrán. En el Diario del Gobierno realizó en 1839 un comentario elogioso de la buena voluntad de los que publicaban en el Año Nuevo de 1839, pero los criticó y señaló una baja de calidad en la producción de los miembros. A Rodríguez Galván, tal vez el más próximo a él literariamente, le censura sus inclinaciones románticas. No sé qué explicación pueda darse para entender por qué Heredia no asistió a la Academia de Letrán aunque sólo fuera como visitante o, más raro aún, por qué no lo invitaron, teniendo admiradores y lectores entre ellos. Estas dos 
ausencias me extrañan mucho. Que quede ahí la observación.
APARICION: Son dos curiosas observaciones.
YO: Eso pienso. Y ahora, regresando a nuestro tema, y teniendo en cuenta las excepciones de las que hemos hablado, sí resulta bastante creíble que todos los literatos de la capital, y los que estuvieran de paso, se incorporaran o visitaran la Academia.
APARICION: ¿Quiénes eran estos visitantes?
YO: Ya te lo dije, todos los que eran literatos en México. Es imposible saber quienes concurrieron a la Academia de Letrán. Al no existir actas, no hay relación de asistencias a sus reuniones. Nuestra única fuente -lo sabes- es Memorias de mis tiempos de Prieto; el complemento podría ser el índice de colaboradores de los Año Nuevo. Eso es con lo que contamos.
APARICION: ¡Ya estamos en los Año Nuevo!
YO: Nunca nos hemos alejado. Pero antes de centrarnos en ellos, déjame retomar la fundación de la Academia de Letrán y a sus primeros meses. De acuerdo a Guillermo Prieto, se crea en una tarde junio de 1836. Ya sabemos que su base son tres abogados sin éxito y un jovencito que vive a salto de mata. Son pobres o, por lo menos, de muy escasos medios...
APARICION: Ya estás otra vez en lo que eran pobres. No sé qué importancia puede tener el recalcarlo. ¿Quizá algo que ver con tu idea de lo marginal?
YO: Mira, te he dicho por lo menos un par de veces que, que salvo en el caso de Fernández de Lizardi, quienes escribieron en el México colonial y en los primeros años republicanos, son personas social y económicamente desahogadas o miembros de la Iglesia católica.
 
APARICION: ¿Tan contundente es esto?
YO: Definitivamente. Ahora claro, si quieres mencionar al negrito poeta mexicano la cosas adquieren otro rumbo, pero estás hablando de folklore y no de literatura. También puedes decir que sor Juana Inés de la Cruz no provenía de un hogar con medios económicos abundantes... y es verdad. Pero ésto no cambia la situación. Sor Juana fue apoyada por el Virrey y la Virreyna, perteneció a la corte virreinal y finalmente fue monja, es decir, perteneció a la Iglesia. Repasa a cualquier escritor y caes en ese parámetro.
APARICION: Te creeré.
YO: Claro. Además el asunto no queda ahí. Ya te leí la parte en que Prieto explica que la Academia democratizó a la literatura y mezcló toda clase de gente sin tomar en cuenta posiciones sociales, medios de fortuna y edades. El deja muy bien sentado que fue fundada por cuatro personas sin dinero. Esto debió tener algún significado excesivamente destacable para ellos. Te daré otro ejemplo sobre el tema. Manuel Payno, al prologar en 1842 las poesías de Fernando Calderón y referirse a su destierro de Zacatecas, dice que el éxilio le permitió concurrir a la Academia de Letrán y -escúchame bien- recalca que era un lugar "donde unos cuantos muchachos con sus capas raidas de estudiantes, con sus bolsillos de estudiantes, sin un centavo, preparaban sin saberlo una nueva era para la también pobre y abatida literatura de México". A mi no me parece gratuito este poner el acento en la pobreza, la juventud y la condición de estudiantes de los fundadores y de los miembros de la Academia de Letrán. Evidentemente tenía un valor muy significativo para ellos.
YO: No sólo es cuestión de creer: te estoy dando pruebas. Hace un 
rato te dije que con la llegada de Quintana Roo se produce un golpe de estado en la Academia de Letrán. Repitamos una vez más lo principal (y disculpa mi insistencia): se fundó en junio de 1836 por José María Lacunza, de 27 años, su hermano Juan Nepomuceno y Manuel Tossiat, ambos de 24 años, y Guillermo Prieto, de 18. Esta es la base. A la siguiente reunión, Prieto trae a otros muchachos de su edad de la casa de Francisco Ortega: el hijo Eulalio María Ortega, Joaquín Navarro y Antonio Larrañaga. Ya son siete personas. A estas alturas de nuestra charla, me interesa señalar que, indudablemente, algo debió de haber llamado la atención sobre estas reuniones y es muy probable que Prieto, en sus Memorias, no recalcara lo suficiente los nombres de otros muchachos de 18 años llevados por él a la tercera, cuarta, quinta o quizá hasta a la segunda sesión de la Academia de Letrán.
APARICION: Otra idea sin donde apoyarla...
YO: Sí, pero también evidente. La Academia de Letrán debe haber hecho mucho ruido en la no tan grande capital mexicana, debe haber levantado un sinnúmero de comentarios del más variado tipo. De haber sido de otra manera, no podría explicarse que una personalidad de la importancia de Quintana Roo se presentara casi de inmediato a ver qué es lo que hacían sus muchachos.
APARICION: ¿Casi de inmediato...?
YO: Sí, de inmediato. Disculpa, hay una fecha que no te he indicado. El primer Año Nuevo aparece en enero de 1837. Si pensamos que en diciembre de 1836 ya tienen la mayoría de textos que se van a publicar, entonces resulta necesario que la Academia de Letrán, en cinco meses -de junio a noviembre de 1836-, sobrepasara el número de 
siete personas, y fuera algo más importante que sus cuatro fundadores, tres amigos y una tertulia en el cuartito de Lacunza. Tuvo que haberse creado el suficiente entusiasmo, la necesaria continuidad y la fundamental confianza en ellos mismos para lanzarse a una aventura editorial y, además, anunciando que es la primera en su género y de piezas originales que se presenta en México. Ten en cuanta que el creador e impulsor del Año Nuevo es Ignacio Rodríguez Galván que, por lo que cuenta Prieto, se presenta con un poema a solicitar su ingreso cuando ya Quintana Roo ejerce la presidencia. Quieres que te diga una cosa: mi sospecha es que el buenazo de Francisco Ortega se preocupó paternalmente por esa tertulia que suplantó a la suya y que, con seguridad, traía de cabeza a su hijo Eulalio y hacía deshacerse en alabanzas sobre José María Lacunza a los muchachos que antes concurrían con regularidad a su casa. Con tal preocupación y, quisquilloso, pidió a sus amigos Quintana Roo, Carpio y Pesado que se dieran una vuelta a ver con sus propios ojos qué estaba sucediendo en ese cuartito de la Academia de Letrán.
APARICION: ¿No será poco seria esa sospecha?
YO: Es probable, pero es divertida. A la vez es la única explicación que puede resolver la interrogación sobre la tan inmediata presencia en la Academia de Letrán de Quintana Roo y el subsiguiente arribo del "principe" José Joaquín Pesado y del afamado poeta Manuel Carpio quien, además, ya conocía a varios de los muchachos desde los tiempos de la casa de Ortega. La estrecha amistad de Francisco Ortega con estos señorones -pues éso eran- es indudable, y la petición del favor de ir a ver lo que hacían esos aspirantes a literatos resulta muy natural.
 
APARICION: Lo acepto como otra de tus fantasías.
YO: Gracias. Pero te diré más: en 1836, Andrés Quintana Roo tenía 49 años; Carpio, 45 años; Pesado, 35 años. Podrás murmurar lo que quieras, pero por lo menos Quintana Roo y Carpio eran unos viejos, y Pesado un señor hecho y derecho, de gran prestigio social y económico. (Recuerda que cuando Prieto narra la llegada de Quintana Roo al cuarto de Lacunza lo describe como "un viejecito con su barragán encarnado a cuadros..." y, pocas líneas más adelante, señala; "Era penoso el andar del anciano; su cuerpo notablemente inclinado...". Quintana Roo, te lo acabo de decir, contaba sólo con 49 años en 1836: ¡49 años!). No cabe tampoco duda alguna de que los tres eran personalidades señeras e importantes de la sociedad mexicana. Esto es otro hecho evidente y cierto. Bueno, ahora explícame ¿qué hac+an tres personas mayores y de esa categoría entre esos muchachos, esos estudiantes, esos pobretones, esos meritorios de oficina, dependientes de librería o vagabundos?
APARICION: No sé, dímelo tú.
YO: Volvamos a Prieto. Quiero que te hagas una idea más a fondo de lo que era la Academia de Letrán. "La influencia benéfica de Pesado y Carpio en la Academia consistió en el ejemplo que nos supieron dar de modestia, de decoro y de admiración del ajeno mérito./ Laureados por la estimación pública, distinguidos entre las más notables eminencias, llenos de honores y en elevada posición social, no sólo se mezclaban y confundían con nosotros, sino que escuchaban nuestras observaciones y adoptaban muchas enmiendas con sincera humildad./ Yo de mi, sé decir, que cuando comparaba mi insignificancia con la valía de aquellos grandes maestros, cuando oía a Pesado decir a Joaquín 
Navarro: "dicte usted Principe, dicte usted para poner este mejorcito", o cuando Carpio le decía una vez a Fernando Calderón: "No mintamos..., yo en mi vida tendré la admirable facilidad de usted..."; cuando yo presenciaba esos actos de modestia, digo, sentía que la vanidad era una excrecencia que nace y se desarrolla en las naturalezas débiles y dañadas". ¿Qué me dices de esto?
APARICION: Bueno, bueno...
YO: Es que todo resulta muy curioso. Me disculparás, pero para explicarlo yo regresó a José María Lacunza y a su brillantez. Prieto, cuando habla de la tertulia previa a la fundación de la Academia, indica que lo que podía sentirse como un juego, Lacunza lo convertía en estudio. El tuvo que ser el alma y el espíritu rector de la Academia, aún con la presencia de Quintana Roo, Carpio y Pesado entre ellos. También de él debió surgir la idea de mexicanizar la literatura como proyecto, como ejercicio y como finalidad para los escritores nacionales.
APARICION: ¿En qué apoyas esto?
YO: En el sentido común. Carpio y Pesado deben haber conversado sobre lo que escribían y sobre sus lecturas cientos de veces: eran amigos muy próximos. Los muchachos ya se reunían en casa de Ortega y, por lo tanto, se conocían y lo que escribían lo tenían requeteconversado y visto. El elemento detonador, lo subversivo a la costumbre de todos y cualquiera de ellos, sólo podía provenir de José María Lacunza. Estoy seguro que él fue quien dió otro tono a las discusiones, a los análisis de los trabajos presentados en la Academia, a los aportes que cada cual podía traer. Es más, creo que los "observadores" enviados por Francisco Ortega quedaron tan fascinados por Lacunza y 
por el ambiente y proyectos de la Academia, que se incorporaron de inmediato, tanto que hasta el mismo Ortega terminó siendo uno de los concurrentes asiduos y aportando colaboraciones al Año Nuevo. La idea de crear una literatura mexicana, de mexicanizar lo que escribieran, seguramente fue la base casi mística que unió y entusiasmó a todos los que llegaron junto a Lacunza.
APARICION: ¿Y dices que esta fascinación fue muy rápida?
YO: Fulminante: a lo más en un par de meses. En caso contrario no hay tiempo para publicar el primer Año Nuevo. No digo que lo que se publicó se escribiera en la Academia: casi todos ellos traían a sus espaldas sueños y experiencias de escritor y, en consecuencia, textos para ser discutidos en la Academia y entregarle a Rodríguez Galván para la edición del primer Año Nuevo. Pero el entusiasmo debió ser deslumbrante.
APARICION: De este Rodríguez Galván, mencionado varias veces, no has dicho nada concreto.
YO: ¡Rodríguez Galván! Ya dije que Prieto contó en Memorias de mis tiempos que se presentó con un poema a solicitar su ingreso a la Academia. También aludí a que me parecía dudoso que fuera concurrente a la casa de Francisco Ortega. Era un muchacho muy modesto -muy pobre-, al que sus padres, por no poder alimentarlo, lo enviaron, cuando tenía once años, desde Tizacuya, Hidalgo, a casa de su tio, el librero Galván, para que hiciera de "bueno para todo" a cambio de su mantenimiento: barría, hacía recados, atendía a los clientes y dormía en una especie de pajarera situada en los altos de la librería. Se entusiasmó con la lectura, a la que dedicaba las noches. Comenzó a escribir, a enviar poemas con seudónimos a diversos periódicos, y en 
1836, a los 20 años de edad, se presentó a la Academia de Letrán. Su llegada fue providencial pues gracias a su entusiasmo y al conocimiento del medio de los impresores y libreros, se le ocurrió la feliz idea de los Años Nuevo. Ignacio Rodríguez Galván fue el primero y más extremista de los románticos mexicanos (el calificativo de primer romántico mexicano lo comparte con Fernando Calderón, otro de los concurrentes ocasionales a la Academia de Letrán). Ya tendremos ocasión de hablar más de él.
APARICION: ¿Vamos a referirnos por fin a los Años Nuevo?
YO: Estamos hablando de ellos. Sin embargo, debo decirte algo más: los Año Nuevo no se publicaron, en ninguno de sus cuatro tomos, como órganos difusores de la Academia de Letrán. Figuraban como aportes modestos, de escritores modestos, que lo único que deseaban era que los lectores se identificaran con los sentimientos expresados por -eso sí- escritores mexicanos.
APARICION: ¿Y por qué motivo no se dijo nada de la Academia de Letrán?
YO: No sé. Lo único que puedo decirte en que en la presentación de cada tomo de los Año Nuevo hay una continua expresión de modestia. Es más, en el primero, el de 1837, los textos publicados sólo fueron firmados con iniciales, lo cual trajo posteriormente equivocaciones de identificación, bastante absurdas por otra parte.
APARICION: ¿Ah sí?
YO: La más grotesca es la sucedida justamente con José María Lacunza. Al publicar Victoriano Agüeros en su famosa Biblioteca de Autores Mexicanos, los dos volúmenes de Novelas cortas de esa época, confundió las iniciales de Lacunza con las de José Maria Lafragua y 
le atribuyó a éste "Netzula", lo cual fue repetido hasta 1985, en que Celia Miranda Cárabes terminó con el malentendido en su buen estudio-antología La novela corta en el primer romanticismo mexicano. Este error posiblemente se basa en dos causas: el primero es que en 1901, cuando Agüeros publica los volúmenes, José María Lacunza estaba totalmente olvidado por la historia literaria mexicana -debido a su participación en el imperio de Maximiliano- y, en cambio, José María Lafragua mal que bien era recordado; el segundo, que Prieto en Memorias de mis tiempos atribuye "Netzula" a Eulalio Ortega.
APARICION: ¿Por qué?
YO: Porque Prieto recuerda y la memoria nunca es precisa en los recuerdos. También, por darte otro ejemplo, dice que de los Año Nuevo se publicaron sólo tres tomitos, en 1837, 1838 y 1839. Olvidó el de 1840, tal vez porque no colaboró en él. Pero las Memorias de Prieto están llenas de errores de esta naturaleza, lo cual, felizmente, no le quita el gran valor que tienen como testimonio de una época ni, tampoco, la gracia literaria que abunda en casi todas sus páginas. Es un gran libro, tal vez lo mejor de Guillermo Prieto.
APARICION: ¿No crees que hasta ahora venimos dispersándonos mucho?
YO: Tal vez, pero lo que sucede es que voy y vuelvo para insistir en temas que me interesa mucho destacar. A mi me resulta muy entretenido conversar así. Debo reconocer que tu visita me será provechosa.
APARICION: Te lo agradezco, pero regresemos a la Academia de Letrán o a los Año Nuevo.
YO: Tienes razón. Me parece que sobre los orígenes de la Academia ya hemos hablado lo suficiente. Mi insistencia en los aspectos que considero resaltantes han sido suficientes. Podríamos ahora comenzar 
a centrarnos en los Año Nuevo. ¿Crees que sería adecuado ir año por año?
APARICION: No tengo una opinión al respecto.
YO: Ya veo. Bueno, como te decía, el primer volumen se publicó en 1837, a seis meses de creada la Academia. Se supone que estos libritos salían a la venta en los primeros días del nuevo año. Digo que son libritos porque medían 15 por 9.5 centímetros. El de 1837 tiene 190 páginas, índice incluido. Los colaboradores no son muchos -apenas 10 y tres traductores- pero dan una idea de la Academia de Letrán. Por lo pronto los 4 fundadores aparecen en él. Manuel Tossiat Ferrer es quien abre el número con el poema "Los recuerdos", fechado el 23 de setiembre de 1836; su otro aporte será la poesía "La idea del dolor", del 9 de julio de 1836. José María Lacunza colabora con un poema "Al matrimonio", fechado el 11 de junio de 1836; tres pensamientos líricos sobre "El tiempo", "la imaginación" y "El sol",  fechados el 1 de octubre de 1836; otro poema, "Adios a la patria", fechado el 31 de octubre de 1836; y un aporte importante: "Netzula", fechado el 27 de diciembre de 1832.
APARICION: Detente un poco en "Netzula", por favor.
YO: Claro, "Netzula" es una novela corta, ambientada en los últimos días de Moctezuma, y protagonizada por guerreros aztecas y la hija de uno de ellos, Netzula: ellos han de luchar y morir a manos de los españoles. Este es el primer texto indigenista y proindigenista mexicano. Su valor, a mi entender, radica en llevar la temática literaria nacional hasta los tiempos prehispánicos -aunque se situe a vísperas de la conquista- e incorporar como personajes a indígenas. Te he indicado las fechas de los textos porque resultan importantes 
para la historia de la Academia de Letrán y, en el caso de "Netzula", para reforzar mi opinión de que es José María Lacunza quien da el toque mexicanistas al proyecto literario que se plantean. Su novela es de 1832; tenía, por lo tanto, cuatro años de escrita. Este plantar una bandera literaria en el territorio histórico prehispánico es importante por cuanto implica ideológicamente una ambición de definir la mexicanidad de lo que se iba a escribir: el pasado no queda en la Colonia sino abarca como propio lo anterior a la llegada de los españoles. Es una innovación trascendente.
APARICION: Parece muy interesante.
YO: Sin duda. De los otros cuatro fundadores, Juan Nepomuceno Lacunza colabora con la poesía "El lago de Tezcoco", fechado el 25 de junio de 1836, que trae también 13 versos de lamentación proindigenista; y con "El sueño", poema fechado el 28 de setiembre de 1836. Guillermo Prieto figura con "El sabino de Chapultepec", fechado el 26 de noviembre de 1836. Para que te hagas una idea más justa del espíritu de estos poemas, te leeré 4 versos de este texto:

Y tú, anciano del Anáhuac,
viste al bravo moribundo
al alejarse del mundo
maldecir al español.

En el poema, además, Prieto menciona a Chapultepec, al Popocatepec y a Guatimoc:

Quizá mirando a tu cima
 
juró Guatimoc el fuerte,
o dar al tirano muerte,
o perecer de valor.

Las otras dos colaboraciones de Guillermo Prieto se titulan "A mis padres", fechado el 2 de agosto de 1836, y "Las pasiones", fechado el 19 de noviembre de 1836.
APARICION: ¿Es necesario dar las fechas? Resulta pesado.
YO: Te entiendo, pero como te dije, lo hago para relacionar su composición con la fundación y la existencia de la Academia de Letrán. Lo haré en este primer volumen, después buscaré otro sistema menos aburrido.
APARICION: Supongo que no me queda otra alternativa que aceptarlo.
YO: Gracias. De los muchachitos que trajo consigo Prieto, sólo Antonio Larrañaga y Eulalio María Ortega hacen aportes. El primero colabora con un poema, "Una mirada", fechado el 18 de noviembre de 1836, y el hijo de Francisco Ortega con un cuento, "La batalla de Otumba", fechado el 30 de noviembre de 1836. Este cuento también es importante. Te leeré un fragmento para que aprecies bien cuál es el ánimo de esta mexicanización de la literatura. Eulalio María Ortega es mucho más radical que Lacunza. "El valle de Otumba brillará en la historia de España con la luz siniestra de los cometas. Los despojos de los iberos nos enseñarán el modo de fabricar el rayo; y traspasando el oceano, los atacaremos en sus hogares; incendiaremos sus habitaciones; talaremos sus campos y convertiremos en ruinas toda la España. Cuando no se halle un español en todo el mundo, forzaremos el destino a que borre la Iberia del padrón de las naciones; y 
volviéndonos a Anáhuac, dejaremos flotando el pabellon mejicano sobre los escombros de la España con el terror y la desolación por defensores, por muros, montañas de cadáveres, y por fosos, lagunas de sangre". ¿Terrible, no?
APARICION: Ciertamente.
YO: Recuerda que este texto lo escribe un muchacho de 18 años. A mi me parece muy revelador. Te leeré otro fragmento: Cihuacatzin, que asi se llama el guerrero, sufre un ataque de convulsiones y tiene una visión en donde Huitzilopuchitli le anuncia la derrota frente a los españoles: "mañana será subyugada tu patria: sus crímenes han exitado la cólera de los dioses; no son ya los mejicanos aquellos guerreros que siendo todas sus riquezas la macana y el arco, subyugaron a cien naciones. Enriquecidos con los tributos de las esclavizadas, afeminados y sumergidos en los vicios, no derraman más sangre que las de las víctimas indefensas. Tu espíritu irá a unirse con tus antepasados". De alguna manera, esta es una censura a los aztecas y una denuncia de su incapacidad de derrotar a los españoles.
APARICION: No es proazteca...
YO: Depende cómo entiendas el cuento. Déjame leerte algo más: "A su rededor marchan millones de hombres que palpitan de gozo al ir a combatir con los bárbaros invasores de un país cuyo único crímen era ser el más privilegiado de la naturaleza. Entretanto los sacerdotes sacrifican a Huitzilopuchtli sus víctimas, sacándoles el corazón, aún vivas, con la misma destreza con que lo hicieron en otro tiempo los satélites de Pedro I de Portugal con los asesinos de la interesante y desgraciada Inés de Castro. Y examinando sus entrañas áun palpitantes, fingían agüeros absurdos; supertición común a los que 
llaman bárbaros americanos con los habitadores civilizados de la Grecia e Italia".
APARICION: Aquí ya vuelve a ser proindigenista.
YO: Más o menos. Bueno, el cuento concluye con la huida inexplicable de los aztecas, el triunfo español y la muerte de Cihuacatzin, quien antes de morir aún tiene fuerzas para dar un último mensaje a Guatimotzin: "Huitzilopuchtli me ha ofrecido que yo, tú y Xochitl atormentaremos en la otra vida a los españoles. ¡Hasta la eternidad!". Así termina el cuento. Creo que revela bastante bien, como te dije, el espíritu de la mexicanización de la literatura que se estaba proyectando en la Academia de Letrán. Eulalio María Ortega lleva más lejos la posición que pudo haber tenido José María Lacunza al escribir "Netzula".
APARICION: Sí, lo que me has leído revela sentimientos antiespañoles muy fuertes y muy acentuados.
YO: Sin lugar a dudas. Y ya me dirás si no se llevó un gran susto Francisco Ortega, por más independentista que fuera, cuando descubrió que su hijo Eulalio María, de 18 años, propugnaba en sus escritos la matanza de todos los españoles y hasta la desaparición de España de la faz de la tierra. Debió pasarse varios días sin dormir.
APARICION: ¡Las cosas que se te ocurren!
YO: Bueno, eso es lo divertido de la literatura.
APARICION: Quizá. No sé qué decirte...
YO: Sigamos con los colaboradores. Manuel Carpio entrega para el Año Nuevo de 1837 un poema del 5 de noviembre de 1825: "Los zelos". Habría que buscar, y encontrar, el texto de ese año, si es que fue publicado, para averiguar las modificaciones sufridas gracias a las 
discusiones en la Academia. De todos modos, resulta extraño que Manuel Carpio recurra a un viejo texto para figurar en el primer Año Nuevo.
APARICION: Eso parece.
YO: José Joaquín Pesado, en cambio, colabora con el que probablemente sea el mejor poema de la colección: "Mi amada en la misa del alba", fechado el 28 de octubre de 1836; y con la traducción del Salmo CXXXVI, "El israelita prisionero en Babilonia", fechado el 11 de noviembre de 1836. Como verás, estas colaboraciones discrepan del espíritu de los poemas mexicanistas que te he dado como ejemplo. Sin embargo, creo que con buena voluntad se podría leer la traducción del Salmo como una referencia a la situación nacional. Esto es muy forzado, pero no descartaría la posibilidad.
APARICION: Aportan poco los escritores consagrados.
YO: Sí, muy poco para lo que deben tener escrito. Lo más extraño sigue siendo el gesto de Carpio: un poema, y además de 1825. Me intriga mucho. El que más figura es Ignacio Rodríguez Galván: 5 textos.
APARICION: ¿Qué publica?
YO: Cuatro poemas y un cuento. Los poemas son "El pajaro", fechado el 15 de abril de 1835; "El insurgente de Ulua", fechado el 19 de noviembre de 1836; "A ella", fechado el 18 de diciembre de 1836; y "Mora", fechado el 10 de setiembre de 1835. De esto poemas, "El pájaro" es situado en el apartado de imitaciones en la edición de 1851, realizada por su hermano; lamentablemente ni en el Año Nuevo ni en esa primera edición se indica a quién se imita. También resulta curioso que Rodríguez Galván publicara dos poemas de 1835 y dos del 
36. Sin embargo, los cuatro poemas, incluida la imitación, poseen ya los temas centrales de su obra: el amor, la voluntad de fijar paisajistamente el ambiente nacional y la actitud crítica sobre la situación social del país.
APARICION: ¿El cuento también es proindigenista?
YO: No sé muy bien cuan proindigenistas son los muchachos de la Academia de Letrán, lo que sí resulta evidente es cuan antihispánicos eran. El cuento de Rodríguez Galván, titulado "La hija del oidor", ambientada en el México de 1809, siendo virrey el arzobispo Lizana, como se indica en el subtítulo, y terminada de escribir el 27 de noviembre de 1836, es la conclusión del planteamiento mexicanista que tenían en mente. La ficción literaria que ellos asumen incluye la época prehispánica y la Colonia, igual, evidentemente, que la república que están viviendo y en la cual escriben. Esto es más importante de lo que puede parecer a simple vista, pues fijan una realidad: la mestiza. La posición proindigenista podría quedarse en los tiempos previos a la Conquista; la criolla quizá en la Colonia; la mestizo, en cambio, engloba todo como parte de su historia, de su territorio de ficción y de su verdad inmediata. De alguna manera están definiendo algo más importante que lo literario: están fijando el sentido de lo que es ser mexicano.
APARICION: ¡Caramba!
YO: Esa es la gran importancia de la Academia de Letrán; por éso te decía que con su fundación se iniciaba la literatura mexicana. Ese rasgo del mestizaje puedes encontrarlo en proclamas patrióticas y en aspiraciones republicanas, pero no creo que hasta ese momento se aceptara como una condición que asumía simultáneamente tres mundos: 
el indígena, el español y la sintesis resultante: el mestizaje. La presencia en este primer tomo de los Año Nuevo de textos que se situan en las tres épocas de México y las manejan como parte de su literatura es un aporte fundamental. Para mi es importantísmo.
APARICION: Ya lo creo.
YO: Bueno, para terminar con el contenido de el Año Nuevo de 1837 sólo nos falta una referencia a un autor y a tres traductores.
APARICION: ¿Quién es el autor?
YO: Wenceslao Alpuche, al que ya me referí al indicarte que le contestó al Conde de la Cortina su feroz crítica. En realidad, su presencia en la Academia de Letrán es circunstancial y muy bien podría considerarse como un visitante a pesar de su presencia en los inicios mismos de ella. Tenía 32 años en 1836 y se hallaba en la capital como diputado de Yucatán al Congreso de la Unión. Colaboró en el primer Año Nuevo con tres poemas: "A Clemencia", fechado el 15 de julio de 1836; "La ausencia", fechado el 15 de octubre de 1836; y "Moctezuma", fechado el 12 de noviembre de 1836. Es en este poema donde se nota la muy clara influencia de la Academia. Es un texto también proindigenista. Yo creo que la lectura de este Año Nuevo de 1837 te deja una impresión muy clara de lo que te he venido diciendo sobre el espíritu de mexicanizar la literatura que tuvieron en Letrán. De todos modos, no puedo dejarte de señalar que cualquier proindigenismo que expresen se situa siempre en las vísperas inmediatas a la Conquista: no llegan a los mayas, por ejemplo.
APARICION: ¿Por qué?
YO: Seguramente porque no tenían una idea muy clara sobre la época prehispánica. No puede afirmarse que la historia anterior a la 
Colonia fuera conocida por los escritores de la primeras décadas de la República. Ni los mayas pertencían a la cultura nacional, ni los aztecas eran motivo de estudio e investigaciones. Con los de Academia de Letrán también se inicia un despertar del interes por la historia y, según lo conversado con Angel Muñoz Fernández, posiblemente es José María Lacunza el primero en escribir y publicar una historia universal en la que se incluyen capitulos referentes a México, con muy poca información referente a tiempos anteriores a la Conquista.
APARICION: ¿En que año publicó Lacunza su historia?
YO: En 1844, en el tomo tercero y cuarto del Museo Mexicano; la parte referente a México está en el cuarto. Pero, como te digo, es más bastante pobre e ínfimo las referencias que puede hacer sobre lo prehispánico. De todas maneras es un esfuerzo fundador en medio de la ignorancia casi total.
APARICION: Creo que del Año Nuevo de 1837 sólo nos quedan los traductores.
YO: Sí, y no hay mucho que decir sobre ellos. Firman con iniciales y no sé a quiénes pertenecen. La primera es de M.A. y J.M.U., se títula "Carácter de Cristobal Colón", e indican que "Sacado de la vida del mismo, escrita en inglés por Washington Irving". La fecha es 24 de noviembre de 1836, lo cual nos indica que en la Academia de Letrán también se leían traducciones y sin ninguna limitación temática.
APARICION: ¿Y la otra traducción?
YO: Se titula "El agravio y la venganza, historia verdadera sacada de las Impresiones de viaje de Alejandro Dumas". La traducción es de J.M.A. y está fechada el 12 de diciembre de 1836. En realidad no debería sorprender las traduciones pues Guillermo Prieto cuenta que 
antes de la fundación de la Academia de Letran, leían entre ellos traducciones de Ossian, Byron, Goethe, Schiller y hasta Horacio y Virgilio. Esto también es importante pues te habla de un afán de cultivarse, como se decía en esos tiempos.
APARICION: Y así acabamos con el Año Nuevo de 1837.
YO: En realidad desearía decir muchas más cosas.
APARICION: ¿Ah, sí?
YO: Sí. Por ejemplo, me gustaría leerte el texto que el Mosaico Mexicano publica para saludar la aparición del Año Nuevo de 1837.
APARICION: ¿El Mosaico Mexicano?
YO: Ves, ahí tienes un tema que podemos tratar en las referencias a 1837: las revistas literarias de México. ¡Me has dado una buena idea! Pero antes te leeré ese texto. Tiene la gracia de ser muy raro pues se publicó en la primera edición del Mosaico Mexicano y esa edición es inencontrable. De pura casualidad cayeron en mis manos unas cuantas páginas, y quiso el azar que entre ellas estuviera la 339, que es la que te voy a leer. En la segunda edición, de 1840, se suprimieron esas líneas de saludo, seguramente por extemporáneas. De ésto ya hablaremos más adelante, ahora te las leeré:

                        NUEVA PUBLICACION EN MEXICO

   "El Año nuevo de 1837" que es una preciosa colección de poesías y anécdotas originalmente mexicanas, e inéditas, y de que debe salir un volumen al principio de cada año, según ofrecen sus editores. En cuanto a las piezas prosaicas, sólo dos se han traducido, y son las intituladas: Carácter de Colón, y El agravio y la venganza; pero aun 
este trabajo ha sido muy bien desempeñado por sujetos mexicanos. La obrita en nuestro concepto, tiene un mérito muy particular, porque en todas y en cada una de las piezas que comprende, encontramos brillantes descripciones, pensamientos tiernos y súblimes, y una dulzura insinuante e inimitable, sólo peculiar del genio mexicano. Creemos, por tanto, que más adelante podrá ir remplazando, con mucha ventaja, el "No me olvides", "El aguinaldo" y demás colecciones divertidas que anualmente se publican en Londres, siempre que el grabado y la encuadernación entre nosotros, lleguen a corresponder a todo cuanto puede escribirse por nuestros compatriotas en bella literatura. No dudamos, pues, ni un momento, en recomendar a nuestros lectores "El Año nuevo de 1837" como una producción muy grata e interesante, y cuyas materias, tan felizmente elegidas, se hacen más dignas del aprecio del público, por su espíritu todo nacional.- Los editores del Mosaico Mexicano.
APARICION: Destaca también el carácter nacional de las composiciones, pero no puede decirse que sea un comentario crítico.
YO: Te dije que era un saludo.
APARICION: ¿Pasaremos, ahora, al Año Nuevo de 1838?
YO: Tal vez fuera lo adecuado, pero mejor ponte cómodo porque me gustaría hacer una reseña del folleto con el comentario crítico del Conde la Corina. Fue una muy dura recepción a los literatos jóvenes de México. Como te dije, fue feroz y, además, se publicó en la imprenta de Ignacio Cumplido a los pocos meses de editado el Año Nuevo de 1837.
APARICION: ¿Vas a leérmelo en su integridad?
YO: Me gustaría, pues es un folleto muy raro del que tuve la suerte 
me enviaran una fotocopia de la Biblioteca de la Universidad de Austin. En México también está en la Colección de Lafragua de la Biblioteca Nacional, pero por las nuevas disposiciones proteccionistas, ahora ése y otros fondos sobre el siglo XIX sólo pueden ser consultados por los investigadores profesionales de la UNAM. Cualquier siemple mortal tiene prohibida su consulta.
APARICION: No parece justo.
YO: De ninguna manera. Es cierto que se deben proteger las ediciones del XIX -y en general cualquier edición- del vandalismo, la mutilación y el desgaste del uso, pero existen el microfilm, al cual deberían pasar todo lo que no es de consulta directa por el público. Mientras no hagan ésto, es un espantoso abuso de autoridad y una privilegización arbitraria el limitar la investigación o la simple lectura del patrimonio bibliográfico del país a quienes se designa con el dedo por parte de las autoridades encargadas de su custudia y ordenación. A mi, por ejemplo, y no en lo personal, me está vedado el paso a cualquier revista, periódico o libro del siglo XIX. Me es más fácil pedir una fotocopia a la Universidad de Austin, en los Estados Unidos, que ir hasta la Biblioteca Nacional a solicitarla y donde, invariablemente, me la negarán o, peor aún, me meterán en un marasmo burocrático de varias semanas y resultado incierto. Así que se acabaron mis investigaciones bibliográficas sobre el siglo XIX mexicano, por lo menos en México; ahora todo dependerá de la fuerza de la inclinación que me llevé a gastar mi dinero en subastas o en libreros internacionales, o de la amabilidad de universidades extranjeras para considerar la solicitud que les curse. Me parece una situación demencial.
 
APARICION: Tienes mucha razón para estar fastidiado.
YO: Fastidiado no, indignado.
APARICION: Bueno, bueno, mejor léeme el folleto del Conde la Cortina, aunque resulte largo y no sé si pesado.
YO: El folleto tiene 42 páginas, así que si extraigo lo esencial saldrás ganando y, tal como dijiste, quedará en tus manos decidir si lo pides a la Biblioteca de la Universidad de Austin y esperas tener la buena suerte de que te lo envien de pura amabilidad y sin cobrarte nada, como me sucedió a mi, y por lo cual me declaró públicamente agradecido.
APARICION: De acuerdo.
YO: Bien. El folleto tiene 42 páginas, mide 19.5 x 11.5 centímetros y se títula Ecsamen crítico de algunas de las piezas literarias contenidas en el libro intitulado el Año Nuevo. El pie de editorial o de imprenta es: México. Impreso por Ignacio Cumplido. Calle de los Rebeldes N. 2. 1837.
APARICION: Tomo nota.
YO: Correcto. El folleto se inicia con una carta dirigida "Al Sr. D. J.F. de L.".
APARICION: ¿Joaquín Fernández de Lizardi?
YO: No, hombre, ese Fernández de Lizardi falleció en 1827. No sé quién será el dueño de esas iniciales.
APARICION: Perdona, me entusiasmé. Continua, por favor.
YO: Bueno, pero como castigo te leeré la carta en su integridad.
APARICION: Dijiste que ibas a extractar.
YO: Sí, pero creo que la carta justifica que le dediquemos unos minutos.
 

AL SR. D. J. F. de L.

A V. le consta. amigo mio, la repugnancia con que me decidí a hacer el examen crítico de las piezas literarias que contiene el libro intitulado el Año Nuevo. Esta repugnancia dimanaba no tanto del árido y pesado trabajo que era necesario emprender, cuanto al conocimiento que tengo de la debilidad humana y de los poderosos influjos del amor propio, que se considera agraviado siempre que no se le halaga. Pero al momento que V. me manifestó que algunos de los mismos autores de aquellas piezas lo deseaban, y que lejos de darse por ofendidos de las observaciones que se les hicieran, las mirarían como un favor, mudé de opinión, y me resolví a hacer lo mismo que incesantemente procuro hagan otros conmigo, esto es, que cada uno me enseñé lo que sabe y corrija mis errores.
 A pesar de mis deseos, no me ha sido posible detenerme en este trabajo más que el cortísimo tiempo que me han concedido mis atenciones particulares, y por lo mismo no he examinado sino seis piezas poéticas del Año Nuevo, dejando todas las demás para más adelante; pero en lo poco que he hecho, V. verá que he procedido con toda la imparcialidad posible, porque ni conozco a los autores, ni puede moverme ningún interes respecto de ellos. V. que los conoce y trata, según pienso, debe decirles, que si mi crítica les parece injusta, no me crean a mi, sino que la remitan, justamente con las piezas literarias criticadas, a la Academia Española, único juez competente en este asunto, y le pidan su dictamen. Un desengaño de tanta importancia, que necesariamente debe influir en la suerte 
literaria de los autores de estas producciones, merece la pena de escribir una carta y esperar su contestación. Entre tanto, debo manifestar a esos señores, que en el mismo hecho de dedicarse al cultivo de la bella literatura, hacen a nuestra patria un servicio muy señalado, y merecen la gratitud de sus conciudadanos. Yo por mi parte les pido encarecidamente no desmayen en tan noble empresa, antes bien doblen sus esfuerzos a medida que crezcan las dificultades. Les pido igualmente se dediquen con preferencia a todo, al estudio de la lengua de nuestros padres, olvidado, o por mejor decir, desconocido entre nosotros. Les suplicó se convenzan de que el talento sin instrucción sirve de muy poco, y que ésta no se adquiere sino a fuerza de estudio, de meditación y de práctica. Finalmente, les pido miren con indulgencia mis observaciones como hijas únicamente del deseo que me anima de que se establezca el buen gusto en nuestra patria, y que ésta produzca hombres dignos del siglo en que vivimos.
 Confió en que V. se servirá hacer presentes estas ideas a esos señores, y seguirá dispensando su amistad a su afectísimo S.

                                      Q.B.S.M.

                                JOSE GOMEZ DE LA CORTINA

México, Mayo 8 de 1837.

APARICION: Me parece una carta atenta y respetuosa.
YO: A mi también, pero en ella está ya la advertencia de lo que viene 
a continuación.
APARICION: ¿Ah, sí?
YO: Claro, cuando les dice que en caso de creer de que su crítica es injusta que la envien con los textos criticados a la Academia Española, pues para un "desengaño de tanta importancia" merece la pena de escribir una carta y esperar una respuesta del único juez competente en ese asunto.
APARICION: El Conde la Cortina también dice que sólo tuvo tiempo de examinar seis piezas poéticas.
YO: Sí, y es una verdadera lástima; hubiera sido interesantísimo saber qué pensaba el Conde de "Netzula" y de "La Batalla de Otumba", así como de la posición mexicanista -por llamarla así- de muchos de los textos del Año Nuevo de 1837.
APARICION: Seguro. ¿Ahora leerás o harás extractos de lo que dice de las seis piezas analizadas?
YO: Buscaré una fórmula intermedia. Pienso que lo importante, antes que repetir el análisis detallado del Conde de la Cortina de cada una de los poemas de los que se ocupa, es darte su opinión sobre los poetas a los que les cayó la buena o mala suerte de ser juzgados por él. Me saltaré su comentario del prólogo y te diré lo que piensa de "Los recuerdos", el poema de Antonio Larrañaga que, como ya te dije, es el que abre el Año Nuevo de 1837.
APARICION: Bien.
YO: "Esta es una letrilla elegíaca muy bonita, muy tierna, de versificación suave y melodiosa, de buen lenguaje y cuyo autor debe emprender composiciones de mayor importancia. La idea está bien sostenida hasta el fin, y el concepto de cada estrofa bien escogido y 
apropiado".
APARICION: ¡Caramba! Esperaba encontrarme con un comentario demoledor y lo que me has leído es un elogio.
YO: El Conde dice que sólo encuentra dos "ligerísimos lunares" en las estrofas tercera y quinta y realiza la explicación correspondiente. Esto, aunque interesante, me lo saltaré para leerte la opinión sobre "Al matrimonio", el poema de José María Lacunza.
APARICION: Tú sabes lo que haces.
YO: Eso creo. Bien, del poema del mayor de los Lacunza dice: "iCuánta sería mi satisfacción si pudiera decir de esta pieza lo que digo de la letrilla anterior! Pero desgraciadamente se conoce que su autor necesita ejercitarse aún por algún tiempo en el estudio de la lengua castellana, y del uso que hacen de ella los buenos escritores. Figurándose sin duda el autor que en la inversión o transposición de las palabras, consiste la elevación del estilo, abusa de tal modo de esta licencia que lo hace intolerable. No me detendré en el examen de todas las faltas, así gramaticales como de ideología que se notan aun a primera vista, en la producción que se trata, porque este sería un trabajo tan cansado como prolijo; pero indicaré algunas de las más principales".
APARICION: Este es negativo. ¿A qué se refiere al decir faltas de ideología, además de gramaticales?
YO: Te daré ejemplos para que, a la vez, te hagas una idea de la manera de criticar del Conde la Cortina. Como prueba de error de ideología señala, entre otros, el verso 17: "La religión me dió tu hermoso seno". "¿Qué quiere decir esto, y quién fue el que dió? -se pregunta el Conde-. Porque tan incomprensible es que la religión de 
un seno, como que un seno de religión". Como error gramatical indica (entre varios más) el segundo verso donde José María Lacunza escribe "Y encantaban las bellas mi existencia". Sobre esto dice el Conde: "Jamás se ha usado en buen castellano el adjetivo bella absolutamente para significar una mujer hermosa, y mucho menos en plural: este es un galicismo intolerable. En francés se dice les belles, pero lo que es bueno en un idioma, suele no serlo en otro, porque cada uno tiene su genio y su filosofía particular". También señala un error de composición en el verso 15, indicando que le sobran dos sílabas:

"Teha-bi -a-yo-deen-con-trar-al-ver-re-u-ni-da.
  1    2  3  4   5   6    7   8  9  10 11 12 13

APARICION: Era un purista tu famoso Conde de la Cortina. Le da duro a José María Lacunza.
YO: Sí, pero al final realiza un comentario positivo: "Ahora bien: ¿deberá desanimarse el autor de esta pieza por las observaciones antecedentes? Todo lo contrario. Se ve que tiene ingenio, y que cuando deja correr a su imaginación sin violentarla, expresa sus ideas con propiedad, v.gr., en estos pasajes de la misma pieza.

Verso 9.....Así de torbellino en torbellino
            Me vi en furiosa agitación lanzado.

Verso 21....En tus brazos al fin contra mis males
            Amor y religión me han dado asilo.

 
El que así produce, promete mucho, y debe hacer cuanto esté de su parte por producirse siempre del mismo modo. Una vez conocidas las faltas, es más fácil evitarlas. Pero, nunca me cansaré de repetirlo, el estudio de los buenos autores, tanto antiguos como modernos, es absolutamente indispensable para progresar en esta materia: sin este estudio es inútil afanarse por ser poeta. Los escritores antiguos tienen la ventaja de que su mérito ha sido ya mil y mil veces depurado en el crisol de la crítica, y por consiguiente es muy fácil conocer lo que debemos imitar o tomar de ellos, y lo que debemos rechazar. Debe recomendarse este estudio del mismo modo que Horacio recomendaba a los Pisones el de los modelos griegos para aprender las reglas del buen gusto.

................Vos exemplaria graeca
nocturna versate manu, versate diurna.

APARICION: ¿A quién le toca ahora?
YO: A Guillermo Prieto y su poema "A un sabino de Chapultepec". "El autor de esta letrilla -opina el Conde- se expresa con facilidad y dulzura, y a veces deja ver ciertos rasgos que indican una imaginación viva, fecunda y no muy mal dirigida. La mayor parte de los defectos que se notan en esta producción, proceden de falta de estudio de la lengua castellana, y no pocos, de falta de reflexión".
APARICION: Una de cal y otra de arena.
YO: El Conde de la Cortina acierta al atribuirle a Prieto una "imaginación viva, fecunda y no mal dirigida", así como al decir que se expresa con "facilidad y dulzura". En el análisis que hace de los 
versos, le elogia el 25:

    Tal vez se regó tu tronco
    En otro tiempo inclemente,
    Con la sangre del valiente
    Y el llanto de la horfandad.
      Tal vez cuando una familia
    Llorosa en ti busco asilo,
    Tú te mecías tranquilo
    En la aura setentrional.

"Esto es hermosísimo -afirma el Conde-; y no es muy probable que lo expresaran mejor Herrera, Lope,, Rioja, Meléndez &C. Sin embargo, ¿No podría suprimirse una de las muchas tt que abundan en el primer cuarteto de la estrofa, y decir en el segundo verso (que es donde más suenan):

    En tiempo más inclemente.

APARICION: ¡Vaya, qué Prieto se expresa mejor que poeta españoles de la talla de Herrera, Lope de Vega, Rioja, Melendez y compañía! Es un elogio que debió dejarlo varios días sin dormir.
YO:Tal vez, pero el comentario general no sale Guillermo Prieto tan bien librado. No sólo también le hace una enumeración de silabas para indicarle las que sobran y las que faltan, sino que, por ejemplo, al analizar la cuarteta que se inicia en el verso 61:

 
En lo oscuro de los tiempo
Se ha perdido tu memoria:
Aun a la luz de la historia
Tu origen se le oculto.

el Conde comenta: "Esta estrofa es esencialmente mala por muchas razones: 1a.- Este modo de hablar por locuciones neutras como -lo oscuro de los tiempos-lo hermoso de los campos-lo blanco del papel &C. hace al lenguaje sumamente prosaico, además de ser superfluo, pues rara será la vez que no se pueda emplear el sustantivo que corresponde al adjetivo neutro, v.gr., en las mismas locuciones citadas -la oscuridad de los tiempos-la hermosura de los campos-la blancura del papel &c. Por consiguiente el verso quedaría menos prosaico diciendo

En la oscuridad del tiempo.

2a.- Los dos últimos versos de este cuarteto son un pleonasmo inútil, pues dicen lo mismo que los dos anteriores.
3a.- estos mismos dos versos últimos del cuarteto, contienen además otra falta gramatical que consiste en dar dos dativos de pertenencia a un mismo verbo, pues se dice en dichos versos:

Aun a la luz de la historia
Tu origen se le ocultó.

 Desenlazando el verso, se prueba la falta, de este modo.- Tu 
origen se ocultó aun a la luz de la historia. ¿De qué sirve ese dativo le que queda en el aire? El dativo intercalar es tolerable solamente en el estilo familiar, pero jamás en estilo algo culto.
 Toda esta estrofa de que tratamos (que es la octava de la letrilla), debería suprimirse, porque desdice demasiado el resto de la pieza".
APARICION: Bueno, es una lección de gramática, y de ideología, como dice el Conde de la Cortina.
YO: Sin duda. Y aquí, y para gusto de los que disfrutan con las variantes, hay una observación que, al menos, revela que el ejemplar que recibió el Conde de la Cortina estaba corregido por el mismo Prieto. Te lo leeré:

"Verso 65... Yo tu duración venero
             Y arrobado conjeturo
             ¿También del tiempo futuro
             Verás el último sol?

La idea de este cuarteto es bella y grandiosa. Hizo muy bien el autor en sustituir este último verso al que aparece impreso en la pág. 11 de la edición del Año Nuevo que tengo a la vista, y que dice

             Testigo eterno serás,

pues además de faltar la consonancia, encierra este verso una contradicción. No puede haber testigo eterno del tiempo, porque éste es de duración limitada".
 
APARICION: O sea que en el original aparecía impreso "Testigo eterno serás?", y Guillermo Prieto lo corrigio de su puño y letra por "Verás el último sol?". Me parece una buena corrección; gana el poema.
YO: Creo que sí. Déjame leerte un ultimo comentario del Conde sobre "A un sabino de Chapultepec": "Réstame por manifestar al autor de esta bonita letrilla, que en buen castellano no hay ningún árbol que se llamé Sabino. Lo único que hay es un arbusto, especie de enebro, que se llama Sabina, y a éste ciertamente no le conviene ninguna de las grandiosas ideas que se aplican al árbol que tratamos. Pero ¿qué necesidad hay de especificarlo? ¿Disminuiría el mérito de la composición poniendo a esta por título sencillamente -a un árbol de Chapultepec? O ¿por qué no se le ha de nombrar por su nombre propio mexicano diciendo -a un ahuehete de Chapultepec? El que publica las producciones de su ingenio se impone la obligación de ser entendido por todos los lectores, y para que esto pueda suceder, es indispensable que el autor observe escrupulosamente las reglas de la ideología, las de la lógica y las de la lengua en que escribe. Lo contrario no es producir, sino amontonar palabras sin orden ni objeto".
APARICION: Por lo que me vas leyendo, veo que el Conde de la Cortina elogia y censura simultáneamente.
YO: Sí, pero la parte más amplia de su crítica está dedicada a censurar, pero creo que ese era su trabajo, y estoy de acuerdo con que cada quien debe criticar siguiendo sus propios valores. El Conde de la Cortina, desde que regresó a México, estuvo empeñado en que se utilizara correctamente el castellano y no se cometieran tantas faltas gramaticales, ortográficas y de concepto como al parecer (y 
según reconoce el mismo Prieto en Memorias de mis tiempos) eran muy comunes, y no sólo en la escasa literatura que se escribía en esos años. Sin duda, la forma de criticar del Conde era poco amable y hasta antipática, pero, a la vez, creo que también muy necesaria.
APARICION: Sin la menor duda reconozco que ese tipo de comentario, verso por verso, debió resultar muy desagradable para los escritores de la Academia.
YO: Puedes asegurarlo. Ahora, con tu permiso, te leeré la crítica a los tres primeros versos de "Moctezuma" de Wenceslao Alpuche. Aunque sea algo largo, creo que es importante leerla en su totalidad.
APARICION: Toda esta parte me va resultando interesante pero a la vez, y no te ofendas, bastante pesadita.
YO: Lo siento, pero así son estas cosas. De Memorias de mis tiempos casi no he citado párrafos muy grandes por hallarse en circulación la edición de Boris Rosen Jálomer como primer volumen de su magnífico trabajo de recuperar las obras completas de Guillermo Prieto, pero este folleto del Conde de la Cortina, ya te lo dije, es raro y no fácil de consultar; por eso creo que vale la pena tratarlo con cierta atención. Además es muy importante en cualquier sentido que lo quieras ver.
APARICION: Yo ya te di un voto de confianza al decirte que tu sabrás lo que estás haciendo.
YO: Gracias. Bien, te leeré entonces el análisis de los tres primeros versos de "Moctezuma" de Alpuche.
APARICION: ¡Adelante!
YO: "Esta composición que parece una oda lírica, pertenece al género descriptivo; pero si su artificio métrico es sumamente defectuoso, lo 
es mucho más el uso que en ella se hace de la lengua castellana. Sería necesario detenerse mucho para notar todas las faltas que se echan a ver en esta pieza, aun sin examinarla con el rigor que exigen las producciones literarias, cuando se intenta determinar con todo fundamento el mérito que pueden tener. Por lo mismo me limitaré a examinar muy por encima las dos primeras estrofas.
 "Cuando un autor se propone componer una pieza descriptiva, debe figurarse que un pintor va a ejecutar con los colores lo que el poeta pinta con palabras. Si la pintura que resulta es natural y por consiguiente propia, la composición poética es buena; si resulta lo contrario, la composición es mala. Vamos a ver como aparece la composición descriptiva de que ahora se trata.

Herida la frente adusta.

 "Aquí se habla de Moctezuma; se le elogia, se le atribuye los caracteres de un héroe, y por consiguiente las aplicaciones, las alusiones y los epítetos deben ser propios de un héroe. Ahora bien, el adjetivo adusto en buen castellano, se aplica únicamente a la persona de genio melancólico y poco tratable, refiriéndose al carácter y no a las facciones del rostro; pero aun cuando así fuese, ¿convendría a un héroe la idea que inspira la palabra adusto?... ¿Por qué no se empleó el adjetivo augusta que conviene perfectamente a la idea, a la persona y parece que está pidiendo el mismo verso?".
APARICION: En pocas palabras que se equivocó Alpuche al usar adusta.
YO: Así es. Veamos ahora el segundo verso: "Sangriento el rostro feroz". El Conde de la Cortina comenta: "Este verso será, si se 
quiere, una consecuencia del primero, pues si la frente está herida, el rostro deb estar ensangrentado: no había necesidad de expresar está consecuencia porque es una de las muchas que deduce natural y espontanéamente nuestra imaginación; pero ya que se puso, convengamos en que ese adjetivo feroz es inadmisible; primeramente porque la idea de ferocidad que inspira, convendrá a un tirano o a un bandido, pero de ningún modo a un héroe valeroso y magnánimo, cual se intenta pintar a Moctezuma en esta composición: en segundo lugar, si la frente es adusta, ya era adusto el rostro, y éste no podía ser feroz, porque no podía ser a un mismo tiempo dos cosas distintas. El pintor debería hallarse en este caso algo embarazado".
APARICION: Otra vez el uso de adjetivos: ni adusto ni feroz son bien empleados.
YO: Así es. Vamos al tercer verso.
APARICION: ¿Es muy largo el comentario?
YO: No. El tercer verso dice "Su destino maldiciendo". Y esto es lo que dice el Conde: "Esta idea es baja, o a lo menos poca digna del personaje a quien se aplica. Puede haber dignidad en lamentarse de una suerte adversa, pero nunca la habrá en maldecir al destino. Esto no es propio de una alma grande".
APARICION: ¡Caray! Sí que es duro.
YO: Evidentemente, y continua en el mismo plan hasta terminar la segunda estrofa.
APARICION: ¡Terrible!
YO. Imaginate lo que habrá significado para el pobre de Wenceslao Alpuche. Te leeré, para terminar, el juicio global del Conde la Cortina: "En una palabra, toda esta composicion es mala naturae 
ratione, puesto que no hay en ella ideología, ni lógica, ni gramática, ni mucho menos invención. Los pensamientos que contiene son trivales, las metáforas violentas o impropias y la versificación floja y monótona..."
APARICION: Ya no sigas.
YO: Ahora viene un poco de cal después de la arena: "Sin embargo, su autor podrá en adelante ponerse en estado de evitar estos inconvenientes, siempre que dediqué algunos momentos al estudio, principalmente de la lengua castellana, y de los clásicos que han escrito en ella. Sin este estudio serán inútiles todos sus esfuerzos".
APARICION: De cal o de arena, pero mortal en definitiva.
YO. Ni lo dudes. Pero lo que duele, siempre, es la que censura y golpea. No hay elogio que compense y. menos, al venir envuelto en consejos. Y te ahorro la cruel carnicería que hace el Conde de la Cortina en el folleto en que le contesta a Alpuche y analiza a fondo este poema "Moctezuma". ¡Es terrible!
APARICION: Te creo, pero dejemos el problema entre el Conde y Alpuche y volvamos al análisis de El Año Nuevo de 1837. Si mal no recuerdo, el Conde dijo que la falta de tiempo sólo le había permitido examinar seis piezas poéticas: faltan dos.
YO: Tienes razón. El texto que viene después del de Alpuche es ni más ni menos que "Netzula", la novela corta de José María Lacunza y el primer intento de incorporar a la temática nacional el pasado indígena. Lamentablemente, como te dije, el Conde no continuó en orden su ejercicio crítico.
APARICION: ¿Por qué? Esto si que es una lástima. Hubiera sido 
interesantisimo conocer la opinión del Conde acerca de la novelita de Lacunza y, mucho más, sobre la de Eulalio María Ortega. ¿Qué pensaría sobre ese antihispanismo declarado?
YO: Quizá hubieras tenido una decepción. El Conde tuvo en esas primeras cuatro piezas oportunidad de dar su opinión sobre el nacionalismo y el proindigenismo que comenzaban a manifestar los de la Academia de Letrán; sin embargo se limitó al analisis de la composición y a la corrección o incorrección del castellano empleado. Este, en realidad, era su campo y donde se desenvolvía con mayor soltura. Y en cuanto al nacionalismo, no debes olvidar que el Conde de la Cortina fue el primero en escribir una leyenda ambientada en México: ""La calle de don Juan Manuel". Pero sí, tienes razón, hubiera resultado muy interesante que el Conde la Cortina comentara sobre la temática de una literatura nacional que, además, se estaba creando en ese mismo momento y en el anuario que analizaba. Perdió el tema. ¡Una verdadera lástima!
APARICION: Bueno, pero aún nos faltan dos piezas más.
YO: Te leeré la continuación. Dice el Conde: "Aquí hubiera yo terminado el examen de las producciones que contiene el Año nuevo, por no permitirme mis atenciones particulares emplear más tiempo en este trabajo, pero al recorrer por primera vez dicho libro, hallé dos piezas poéticas que llamaron singularmente mi atención: las leí por segunda y tercera vez, y causaron en mi el mismo efecto que experimenta un caminante que después de un largo y fatigoso camino, encuentra, cuando menos lo esperaba, un sitio fresco, ameno y agradable, donde puede reponerse del cansancio que lo abruma. Estas producciones tienen por título -Mi amada en la misa del alba y El 
israelita prisionero en Babilonia. Cada una de ellas pertence a un género diferente, y en una y en otra se percibe desde lugo mucho estudio de los clásicos castellanos, un ingenio muy fecundo, una imaginación perfectamente dirigida, mucho conocimiento de la lengua, un gusto muy fino; y finalmente, todas las cualidades que se necesitan para calificar de buena a una producción de ingenio. Por estas razones tengo una singular complacencia en detenerme a notar las principales bellezas en que abundan ambas piezas, aunque tal vez se escaparán muchas de aquellas a mi corta penetración".
APARICION: ¿Y quién es el merecedor de estos elogios tan incondicionales?
YO: José Joaquín Pesado. El Conde se deshace en elogios. Dejame leerte algunos salteados: En el romance que forma la tercera parte de "Mi amada en la misa del alba", "se hallan unidas la ternura la dulzura y la elegancia de Meléndez, a la pompa y majestad de Gongora".
APARICION: ¡Eso está bien!
YO: Sí, pero el Conde no puede reprimir comentarios adversos sobre errores de sintaxis, deslices prosaícos, la utilización de consonantes cuando en realidad son asonantes, y un par más de breves advertencias acerca de descuidos. Sin embargo, la verdad es que el Conde se entusiasma con lo publicado por Pesado, e incluso llega a decir sobre la traducción de "El israelita prisionero en Babilonia" que "Si el profeta David hubiera expresado sus afectos en nuestra lengua, tal vez no lo habría hecho de otro modo".
APARICION: Después de tanto palo, José Joaquín Pesado estaría feliz de la vida.
 
YO: Sin duda. Pero a los de la Academia les molestó mucho esa crítica tan despiadada. Para terminar, te leeré las tres últimas líneas del folleto: "El autor de las dos piezas que hemos examinado es poeta, sus poesías no están en el lugar que les conviene".
APARICION: ¡Es un final que no viene a cuento y podría haberse ahorrado! No me ha sido agradable esta parte de nuestra conversación. ¿No puedes saltartela? Al fin y al cabo, como dijiste, es un folleto muy raro y no sé cuál es la conveniencia de recalcar que estos muchachos no sabían escribir y, al hacerlo, saltaban a la vista sus garrafales defectos. Mejor vayamos a lo positivo y olvidémos de lo negativo. Podrías citar el elogio a Pesado y dejar de lado las censuras a los otros cuatro.
YO: Lo pensaré. De todos modos, en honor a Pesado, y a pesar del consejo del Conde, implicito en las últimas líneas acerca de la inconveniencia de continuar publicando en esa compañia, "el principe" no sólo siguió asistiendo a la Academia de Letrán, sino que fue uno de los colaboradores más asiduos y con más textos en los Año Nuevo. Esto habla muy bien de él y de su carencia de vanidades tontas. A mi José Joaquín Pesado me resulta muy simpático y -¿quieres que te diga una cosa?- creo que es el poeta más poeta de esa generación y, además, con bastante distancia a su favor.
APARICION: Es un juicio muy categórico. ¿Con quienes los comparas para hacer esa distinción?
YO: Con Guillermo Prieto, con Manuel Carpio, con Ignacio Rodríguez Galván y con Fernando Calderón. No sé, con quien tu quieras. Dime un nombre de esos años, y Pesado se lo lleva de largo. Si hay un poeta que urge rescatar de esa primera generación romántica, o de la 
segunda y hasta de la tercera generación mexicana del siglo XIX, ese, sin lugar a dudas, es José Joaquín Pesado.
APARICION: No sé qué estás diciendo: Pesado es clasicista, no romántico. ¿No estarás equivocando?
YO: Te leerée unas líneas de Antonio Castro Leal: "Nuestro romanticismo es tan suave y discreto que pasó todo el siglo XIX y parte del XX sin que los críticos se dieran cuenta que Manuel Carpio (1791-1860) y José Joaquín Pesado (1801-1861) fueron también románticos". Esto es absolutamente cierto; lo errado es creer que los críticos ya se han dado cuenta. Aún se sigue hablando de una división entre clásicos y románticos.
APARICION: Bueno, eso lo sabemos todos.
YO: Claro, y con la misma seriedad y distancia histórica que tenía José María Heredia, por ejemplo, el primer romántico hispanoamericano, que le reprochaba a Rodríguez Galván ser romántico, adoptar "las ridículas exageraciones de los insensatos que en Francia se han propuesto llamar la atención con los delirios de su fantasía", y le aconseja alejarse de esa "atmósfera tenebrosa" y de los "pestilentes vapores del romanticismo". Por cierto, Heredia también era un admirador de Pesado, a quien llamaba "el cisne de Orizaba". Y si miras a España. los románticos hispánicos también repudiaban el romanticismo.
APARICION: Es decir, que ni los románticos se consideraban románticos.
YO: Exactamente. Mi opinión es que dentro de la producción literaria de una época, y en México, y concretamente en la Academia de Letrán, habían dos posiciones extremas: la llamada "clásica", que 
correspondía a personas con una preparación más profunda, más amplia, más educada y más discreta; y la llamada "romántica", que era más espontánea, más subjetiva y más improvisada. Pero en el fondo de los dos grupos, y como base poética, se hallaba un tenue romanticismo, como el de Pesado o Carpio; o uno exacerbado, como el de Rodríguez Galván -que además era bastante exclusivo: ¿tendremos que hacer referencia al lugar común de la tan famosa y mentada discreción mexicana?- y uno temático, como podría ser el de Fernando Calderón. Pero todos, absolutamente todos, eran románticos. Desde 1836 y hasta la llegada de los modernistas, no hay un poeta mexicano que no tenga influencia romántica. Ahora, si me dices que lo romántico es la exageración, el sentimentalismo extremo, el desgarrarse las ropas y llenar las obras de muertos, venganzas y amores frustrados, entonces tendremos que replantearnos el significado y la definición del romanticismo. En fin, este ya es otro tema.
APARICION: ¿Regresaremos al Conde la Cortina y el primer Año Nuevo?
YO: Ese apartado prácticamente ya lo acabamos. Tal vez lo único que nos falte al respecto es recalcar algo más cómo molestó a los miembros de la Academia de Letrán la crítica del Conde. Te leeré lo que dice Prieto en sus Memorias: "El Zurriago, periódico que redactaba el erudito con de la Cortina, de la escuela de Hermosilla, aunque escrito sin elevación, sin gusto, y sin filosofía y buena educación, nos dió provechísimas lecciones que, aunque nos irritaban, rebajaban las pretensiones del amor propio y nos abrían los ojos para seguir los buenos modelos".
APARICION: Es una buena, aunque tardía respuesta, y eso que el Conde no trató tan mal a Guillermo Prieto.
 
YO: Pero El Zurriago jamás se ocupó de la Academia de Letrán como para irritar a alguien de ella. Manuel Payno, en el prólogo a la Obras de Fernando Calderón, en 1842, señala la molestía de los de Academia pero creo que deja mejor situado al Conde: "El Sr. D. José Gómez de la Cortina, hizo una severa crítica de él (el Año Nuevo), que disgustó a algunos de los autores, como era de presumir; pero que sirvió de mucho a los más, para publicar en seguida sus producciones con más cuidado y corrección. A propósito de crítica. El Sr. Cortina publicó después el Zurriago, y este periódico crítico, y los profundos estudios filológicos de su autor, han servido de guía y de poderoso auxilio, a los que su genio inspira escribir; pero que su posición social no les permite adquirir libros o dedicarse al utilísimo y esencial estudio de la lengua castellana".
APARICION: Reconoce el valor de las exigencias del Conde por una escritura más correcta, culta, y de acuerdo a las reglas académicas españolas.
YO: Y también esa "cosita" de la posición social que estaba muy presente en los miembros de la Academia de Letrán.
APARICION: ¿Vas a volver a eso de los muchachos pobres?
YO. No, eso ya lo dejamos bien establecido y sería mucho repetir insitir de nuevo en el tema. Pero que conste.
APARICION: Que conste tu persistencia en un tema. Bueno, sigamos...
YO: En 1844, José María Lacunza tiene un cambio de cartas públicas, en El Siglo Diez y nueve, con el Conde de la Cortina acerca de la enseñanza de Historia Universal. Angel Muñoz va a publicar esa polémica en el libro que prepara sobre Lacunza. Mientras tanto puedo adelantarte unas líneas que nos interesan: "Confía Ud. que haré 
justicia a sus buenas intenciones; la hago, y siempre me ha parecido laudable su celo por la literatura; lo único que alguna vez no he aprobado, es la dirección dada a ese celo, y jamás el estilo acre y mordente de algunos de sus escritos, más propio para irritar que para corregir, y que produce sobre todo el efecto de desanimar tales esfuerzos que pudieran hacerse para salir del orden común..."
APARICION: Estoy de acuerdo con Lacunza.
YO: Todavía hay más: "Después de lo que ha pasado conmigo, piensa Ud. qe alguno de los que enseñan historia en otros establecimientos -Lacunza lo hacía en el Colegio de Letrán-, quiera trabajar algo, y mucho menos darlo al público, para buscarse un adversario como Ud., y verse despedazado desde los primeros momentos de su aparición. ¿Para entrar en una disputa que no a todos será agradable, y en que no siempre se tiene la fortuna de poder rechazar satisfactoriamente los ataques? Sin duda que no: estos procederes no producen otra cosa, sino que cada cual quiera mantenerse cubierto con la sombra de su oscuridad, considerando como bien el olvido de ciertas personas, y prescindiendo de los adelantos de la ciencia para no comrometerse personalmente".
APARICION: Es que, verdaderamente, era mortal la actitud crítica del Conde de la Cortina.
YO: Sí, era muy despiadado. Da la impresión de que, para él, no existieran matices ni disculpas a la hora de juzgar una obra literaria o de cualquier tipo. En el fondo, uno tampoco puede alejarse mucho de esa posición. La bondad y la simpatía deben dirigirse a otros fines, por lo menos al hacer cualquier clase de crítica sobre contemporáneos.
 
APARICION: Pero hay diferentes maneras de decir las cosas, al menos eso también se lo insinua José María Lacunza.
YO: Una bofetada con guante o sin guante siempre es una bofetada. Y al Conde le encantaba ir por el mundo dando bofetadas. De cualquier forma, el Conde de la Cortina es otra de las personalidades mexicanas del siglo XIX que debería recuperarse.
APARICION: ¿Una edición facsimilar de El Zurriago?
YO: Sería estupendo, e incluyendo como apéndice la época que se publicó en El Siglo Diez y nueve. Sin duda, resultaría una labor valiosísima.
APARICION: Ojala alguien se anime.
YO: Ojala.
APARICION: Regresemos a la Academia de Letrán y, sobre todo, a los Año Nuevo. Pero, ahora que recuerdo, dijiste que a mí me correspondía el no sé si honroso mérito de aportar la idea de hacer referencia a las revistas literarias mexicanas de la época. ¿Tratamos este tema?
YO: Me parece muy conveniente, pues así situaremos en un contexto adecuado a El Año Nuevo de 1837.
APARICION: ¿También será largo y detallista?
YO: No, creo poder ocuparme de él de una manera bastante general.
APARICION: ¿Es importante?
YO. Muy importante, ya que dará una dimensión aún más profunda y atrayente sobre el significado de la publicación de El Año Nuevo de 1837.
APARICION: ¡Adelante!
YO: Gracias. En realidad, y aunque esperases lo contrario, no es mucho lo que puedo decirte sobre periódicos literarios previos a El 
Año Nuevo de 1837. Según opinión generalizada, el Diario de México es el primer cotidiano mexicano: aparece en 1805. Sin embargo, en el siglo XVIII existieron publicaciones que, sin ser diarias, vendrían a representar rudimentarios antecedentes de lo que hoy llamaríamos periódicos o revistas. Estaba, por ejemplo, La Gaceta de México, editada una vez al mes por Juan Ignacio María de Castorena Ursúa y Goyoneche. Salieron sólo seis números, de ocho páginas cada uno, de enero a junio de 1722. Se ocupaba de dar noticias sobre asuntos oficiales, sociales, religiosos, comerciales y marítimos, tanto de la capital como de todo el Virreinato. A partir del segundo número incluye una sección de "Nuevos libros", donde se anuncian los que hallaban a la venta -editados en México o recién llegados a la capital- en el local de los impresores, los Herederos de la Viuda de Miguel de Rivera y Calderón, en el Empedradillo. Esta Gaceta es la primera publicación periódica de Nueva España, es decir de México.
APARICION: Una vida efímera: seis números en seis meses.
YO: Así es. A ella la siguió La Gazeta de México.
APARICION: ¿Te equivocas o estás mencionando el mismo nombre?
YO: El mismo nombre, pero con la sutileza de Gazeta con z y no con c. No me preguntes, por favor, el significado o simbolismo de la modificación de las letras, pues no sabría qué responderte. Su vida fue más larga. El primer número se publicó a fines de enero de 1728 y el último en diciembre de 1739, en que se supendió por una grave carestía de papel. En 1742 reapareció con el más original nombre de Mercurio de México, pero ya estaba condenada: desapareció definitivamente en diciembre del mismo año, luego de haber tenido la amabilidad de incluir en los números de ese último año las noticias 
de 1740 y 1741, tal vez para dejar registro impreso de los sucesos acontecidos durante el tiempo de su ausencia. En total son 157 números, por lo general de ocho páginas, aunque hay una buena cantidad que apenas llegan a cuatro. Su editor fue Juan Francisco Sahagún y Arévalo Ladrón de Guevara. Con toda la originalidad del mundo, copió la sección "Nuevos Libros" de la anterior Gaceta, pero llamándola "Libros Nuevos".
APARICION: ¿Estas publicaciones eran literarias?
YO: No, creo que ya mencioné que sus noticias eran oficiales, sociales, religiosas, comerciales y marítimas. Lo literario, o cultural, estaba en esa sección de anuncios de libros. De estas dos Gacetas o Gazetas, la SEP hizo un facsimilar en 1949-1950: te lo digo por si quieres consultarlas o buscar los ejemplares en alguna librería de ocasión: son tres volúmenes.
APARICION: Pero me estás hablando del siglo XVIII y no del XIX.
YO: Tienes razón: quería darte ese antecedente de las publicaciones periódicas de México. En realidad, de ese siglo, como algo digno de mención, sólo habría que agregar La Gazeta de México -también con z-, el peródico más notable y conocido de la época virreynal. El primer número apareció el 14 de enero de 1784, editado por Manuel Antonio Valdés. Su vida se prolongó hasta fines de 1809, en que adquirió un nuevo nombre, más de acuerdo con su función: Gaceta -con c- del Gobierno de México, teniendo como redactor principal a Juan López de Cancelada. En realidad era una publicación oficiosa y luego oficial del gobierno. Durante los preámbulos y en plena guerra de la Independencia, fue un órgano eficiente contra los Insurgentes, por lo menos entre la mínima clase lectora y los curas, que así tenían 
argumentos para oponerse desde el púlpito a los rebeldes independentistas. El 29 de setiembre de 1821, desapareció, luego de llamarse transitoriamente Gaceta Imperial, al servicio del fugaz Imperio de Iturbide. Este tipo de publicación oficial continuó existiendo durante el siglo XIX, e incluso el XX, con diversos nombres, directores y redactores, que ya bien podían identificarse externa o internamente con el gobierno de turno. Nunca he tenido claro si este tipo de publicaciones es un bien o un mal público.
APARICION: Ese es otro tema. ¡No te disperses! ¿Y las revistas literarias?
YO: Bueno, José Antonio Alzate y Ramírez publicó, escritas en su totalidad por él, las célebres Gazetas de Literatura, pero lamentó decirte que es muy poco, casi nada, lo que contienen de literatura. Salieron de 1788 a 1795, y fueron reimpresas en 1831 por la Imprenta del Hospicio de San Pedro, Puebla.
APARICION: Ibas a hablar de revistas literarias y hasta ahora no mencionas ni una sola. ¿Qué pasó?
YO: Nada, te estoy dando una ligera idea de las publicaciones previas al El Año Nuevo de 1837. En eso habíamos quedado.
APARICION: Pero del siglo XIX, y no comenzando desde el XVIII.
YO: Creo que ya te has cansado, lo cual es muy comprensible.
APARICION: Es que no terminas y aún estamos en el siglo XVIII: faltan muchos años para llegar a 1837. ¡Me estás preocupando!
YO: No exageres, ya estamos por voltear la esquina. En 1805 se funda El Diario de México, el primer cotidiano de Nueva España. Ya te conté que fue el órgano de difusión de la Arcadia Mexicana.
APARICION: Lo recuerdo.
 
YO: Bien. Fue fundado por un antillano, Jacobo de Villa Urrutia, y un periodista, escritor e historiador oaxaqueño llamado Carlos María de Bustamante, cuya obra, siguiendo la bibliografía que preparó sobre él Joaquín García Icazbalzeta, comprende 107 títulos, varios de ellos fundamentales para la historia de México. El Diario de México tampoco fue una publicación muy abundante en páginas; lo mismo que las Gazetas, tenía un máximo de ocho páginas y una regularidad más bien de cuatro. Su contenido, de igual forma, se cubría con información religiosa, administrativa y civil; también cartas resaltando algún hecho doméstico de la capital, avisos comerciales, opiniones (lo que podría llamarse "cartas de los lectores"), inventos recientes, remedios caseros para la gripe o dolores de muelas, denuncias contra los servicios públicos, la suciedad de las calles, crímenes, robos, fallecimientos y estadísticas sobre multitud de asuntos; en fin, muchísimas cosas y del más diverso tema. En general, puede afirmarse, como ya se ha hecho, que es una magnífica cantera de información histórica, sociológica, económica y folklórica del México pre repúblicano. Hay un trabajo de una investigadora, que presumo norteamericana, Ruth Wold, sobre El Diario de México, pero, lamentablemente, se detiene en 1810. En ese libro, publicado en 1970 por la editorial Gredos, de España, hallarás amplia información al respecto.
APARICION: ¿Y la literatura?
YO: El Diccionario Porrúa dice sobre El Diario de México que "la parte literaria es de tal manera densa e importante, que puede considerársele como la primera publicación literaria mexicana".
APARICION: ¡La primera revista literaria de México!
 
YO: Así dicen. Yo, en cierta ocasión, hace unos años, tuve oportunidad de revisar una colección completa. No puede dudarse que es muy interesante, pero su espíritu se ubica más en lo pintoresco, folklórico o costumbrista, que en lo propiamente literario. Es verdad que en sus páginas encuentras colaboraciones de Fray Manuel de Navarrete, Francisco Sánchez de Tagle, Anastasio Ochoa y Acuña, José Manuel Sartorio, Mariano Barazábal y Juan Wenceslao Sánchez de la Barquera, por decirte algunos nombres, pero, para ser sincero, a mi me abrumó esa poética neoclásica y esa abundancia tan marcada de composiciones religiosas sin mayor valor literario. Además, el aspecto físico de El Diario de México me resultó muy fatigoso para leer. Ya te digo, es evidente su valor histórico, e incluso para la historia literaria de México, pero me siento incapaz de disfrutar en lo que casi creo que son palimpsestos. De esa experiencia nació mi respeto por quienes trabajan en textos y manuscritos anteriores al siglo XIX: es una inquietud y un interés que, felizmente, no tengo el muy ambiguo placer de compartir. Ahora, en cuanto a que es la primera revista literaria de México, me parece una exageración que no tiene por donde sostenerse. En todo el siglo XIX, los diarios y revistas traían siempre secciones y espacios para incluir piezas literarias de buen, regular, malo y pésimo gusto literario. El antecedente puedes rastrearlo hasta El Diario de México, sólo que rellenaban más con este tipo de colaboración. Hay que tener una mentalidad muy especial para convertir a El Diario de México en la primera revista literaria del país.
APARICION: No sé qué valor pueda tener tu opinión, y además tan categórica, sobre una publicación de un periodo que casi no has 
estudiado.
YO: El casi que empleas me permite, por lo menos, dar una opinión. Revisa los 25 volúmenes y después vienes a cantarme alabanzas literarias sobre la primera revista literaria de México. Yo me dí una aburrida tremenda, y eso que la fuí leyendo con ánimo e intenciones de descubridor de perlas. Para mí, definitivamente, es el primer cotidiano de Nueva España, la primera publicación que acoge en sus páginas al primer brote de un grupo literario nacional, y no discuto su valor histórico, pero de ahí a catalogarla de revista literaria, hay un trecho que no se salta tan fácilmente, por más cargado de muy buenas intenciones nacionalistas que tengas en la espalda.
APARICION: ¿No era, entonces, literaria?
YO: Ya te digo, hay abundante colaboración literaria, pero no en la proporción necesaria para convertirlo en una revista literaria. Era un diario noticioso, informativo que, además, publicaba colaboraciones literarias. Porque tampoco vayas a creer que todo un número se dedicaba a la literatura. Cuando se publicaba un poema o algún texto que ahora de muy buena fe podemos llamar costumbrista, el espacio estaba medido para que figurara en sus cuatro páginas su verdadera razón de ser: noticias e información miscelánica. En fin, yo me niego rotundamente a calificar El Diario de México con el rimbombante título de primera revista literaria de México: creo que es una exageración.
APARICION: Pues muy bien, tomo nota de tu contundente opinión. ¿Seguimos con otras revistas literarias del XIX?
YO: Abreviemos esta parte. Dejando de lado la innumerable cantidad de publicaciones políticas que se editan en la década de los 20 y de los 
30 del siglo XIX, como El Amigo del Pueblo, El Observador de la República Mexicana, la Gaceta Diaria de México, El Aguila Mejicana, El Indicador de la Federación, y que mantienen igual espíritu y casi el mismo espacio para las colaboraciones literarias que El Diario de México, sólo es posible mencionar unas pocas revistas en verdad literarias: El Iris, Miscelánea y Minerva, las tres del poeta cubano José María Heredia, y las dos revistas que ya cité del Conde de la Cortina: Registro Trimestre y Revista Mexicana. En ellas, en esas cinco revistas, se encuentran los antecedentes más próximos de El Año Nuevo de 1837. ¿Quiéres que hablemos de ellas?
APARICION: Rápidamente. No lo vuelvas muy aburrido.
YO: Hago lo más que puedo para no cansarte pero, ya te lo dije, así son estas cosas. El Iris, fue la primera revista básicamente literaria que se publicó en México. La fundó José María Heredia, asociado con dos refugiados políticos italianos: Claudio Linati y Florencio Galli. Su existencia dura del 4 de febrero de 1826 al 2 de agosto de 1826, mes y medio después de la retirada del poeta cubano de la revista por la intromisión de los italianos en la política mexicana o, quizá, por su polémica con Andrés Prieto acerca de la traducción y actuación de este actor en una obra francesa. El redactor casi único de El Iris es Heredia. La UNAM publicó, en 1986, una edición facsimilar, con prólogo de María del Carmen Ruíz Castañeda e índices de Luis Mario Schneider: edición y estudios muy valiosos. La revista contiene poesías, crítica, ensayos, comentarios teatrales de estrenos y actuaciones en la ciudad de México, biografías, información bibliográfica, artículos sobre ciencias y arte, cuadros de costumbres, modas y hasta anécdotas; Heredia también 
escribe sobre escritores franceses, ingleses, alemanes e, incluso, traduce a Lord Byron. Lamentablemente, si buscas en El Iris una presencia mexicana, sólo hallarás el comentario de Heredia al libro Poesías, de Joaquín María del Castillo y Lanzas, en especial del poema "Serafina de la Selva", al que censura por exceso de sentimientos, galicismos y poco conocimiento métrico. Su verdadero valor, en realidad, radica en la importancia literaria de José María Heredia y, tal vez, en abrir una ventana al exterior -aunque, al parecer, de escasos resultados- dentro de la cultura mexicana de la época. Pero ningún mexicano colaboró en en esa revista, aunque sólo fuera con un poema.
APARICION: Pero era una revista literaria.
YO: Sin duda. E igual tiene ese indiscutible sentido su segunda revista, Miscelánea, que editó Heredia en dos épocas, 1829 a 1830 y 1831 a 1832, e, igualmente, fue redactada casi en su totalidad por él. En ella figuran sus comentarios críticos a Fray Manuel de Navarrete, Francisco Ortega y Fernando Calderón, en ese entonces un escritor de provincia que debutaba a los 19 años de edad con un libro de poemas. Al igual que El Iris, tampoco hay colaboraciones de escritores nacionales en este segundo periódico de José María Heredia.
APARICION: ¿Y su tercera revista?
YO: Se llamaba Minerva. María del Carmen Ruíz Castañeda, en 1970, editó y prologó, para la UNAM, los dos únicos números conocidos, gracias a un microfilm que le proporcionó la Biblioteca Pública de Nueva York. Esta es una revista muy rara, de la que no se sabe si sólo se publicaron dos o tres números. La doctora Ruíz Castañeda se 
inclina a creer que los dos números que ella editó son los únicos que existieron. Sobre el año de publicación igualmente hay dudas, pues los muy escasos ejemplares conocidos carecen de portadas o de alguna fecha; se cree que fue en 1834. Con la excepción de la inclusión del poema "La tempestad", del Duque de Rivas, todos los textos se deben a la pluma de Heredia. Sobre México, sólo hay el comentario crítico -y adverso- acerca de la edición de Puebla, de 1832, de los Himnos del Brevario Romano y de algunas sagradas religiones, traducidas en verso castellano por el prebístero D. José Manuel Sartorio.
APARICION: ¿Tienen un cierto rintintín las indicaciones sobre la escasa inclusión de textos sobre México y de espacios para autores nacionales?
7YO: Es probable, pero mejor pasamos a las dos revistas del Conde de la Cortina, y así gano tiempo para reflexionar sobre lo que llamas rintintín.
APARICION: Aceptado.
YO: La primera revista del Conde la Cortina se llamó Registro Trimestre y se presenta como órgano de la Sociedad de Literatos. Son cinco números y se editan de 1832 a 1833. En sus páginas se publica un material muy variado, que va desde historia hasta minería, pasando por un sin fin de asuntos especializados. Hay espacios para la literatura, pero casi nada rescatable para la historia de la literatura mexicana. Exceptuando algunos textos de escritores españoles, el Conde es el único redactor de ella. La revista que le sigue inmediatamente, incluso a nivel de preguntarse por qué el cambio de nombre, es la Revista Mexicana, también de cinco números; el último se publica en 1835. La importancia de estas dos revistas, 
al menos desde mi interés por la literatura mexicana del siglo XIX, es que en esta última se publica por primera vez la leyenda fantástica "La calle de don Juan Manuel", escrita por el Conde, y que luego editaría en un folleto que ahora es una rareza bibliográfica. No creo que puedas hallar en ninguna de esas revistas material para un estudio general de la literatura mexicana; las dos, además, revelan las curiosidades e intereses particulares del Conde, que, en verdad, estaban más afincados en España que en México, y sobre temas que en esos años, me atrevo a sospechar, el único que los conocía con alguna seriedad en el país era él.
APARICION: Ya son dos las veces que otorgas al Conde la Cortina una destacada superioridad intelectual sobre el medio nacional.
YO: Y no lo dudes. E igual podría afirmar que, literariamente, José María Heredia tenía una formación y un conocimiento cultural muy superior al común del medio literario mexicano. No creo que entre los pocos literatos nacionales existiera alguien que se aproximara a las posiciones y o al saber de cualquiera de ellos dos. El Conde era más árido intelectualmente, y Heredia más artístico, si podemos llamar así a sus particularidades culturales, pero ambos habían leído y habían pensado sobre temas que aún no despertaban interés en México. Recuerda, además, que ellos solos fueron quienes escribieron, formaron y llenaron sus revistas...
APARICION: Dejando al margen a los escritores nacionales: ¿es éso lo qué ibas a decir?
YO: Sí y no. Aquí más bien yo plantearía una pregunta: ¿habían escritores literarios en México como para crear, dirigir y cubrir los requerimientos regulares de una publicación periódica? Mi respuesta 
es que no. ¿La tuya?
APARICION: No sabría contestarte.
YO: El problema del huevo y la gallina: ¿primero la gallina o primero los huevos para que nazcan las gallinas?
APARICION: ¡Te sales del tema!
YO: No: ¿primero los escritores o primero la revista en donde nacerán los escritores? Yo estoy convencido que, en México, hasta 1836, no existió el número necesario de escritores "regulares" como para sacar adelante una revista literaria, aunque fuera con una periodicidad anual como los Año Nuevo. Las que he mencionado -las de Heredia y las del Conde-, fueron esfuerzos muy individuales y solitarios; y las publicaciones no literarias -como los periódicos que nombré- trataron de muchísimos temas, copiaron de todos lados y dejaron espacios eventuales para esporádicas o espontáneas colaboraciones literarias; pero su razón fundamental de ser era cien por ciento política, y escritores políticos para llenar un diario o una revista los encuentras, siempre, por todos lados (la calidad, ya es otro asunto). Para buscar un antecedente y un paralelo a lo que hacen José María Heredia y el Conde de la Cortina con sus revistas, recordaría el esfuerzo de José Antonio Alzate con las Gazetas de Literatura a fines del siglo XVIII: redactaban ellos solos lo que publicaban, no como libros sino como revistas, y sobre temas que les interesaban o les preocupaba. El gran auge -si se permite denominarlo así- de la etapa panfletaria, hojas volantes o periodiquillos efímeros de los años previos a la Independencia y de los primeros años de la República, son igualmente entusiasmos individuales. No pasan de ahí y, además, no pueden denominarse literarios. Hasta 1837, en que aparece el 
primer Año Nuevo, hubiera sido imposible publicar una revista periódica, escrita por un cuerpo establecido y asegurado de colaboradores literarios. Esto es evidente.
APARICION: Si tú lo dices.
YO: Claro que lo digo. En 1836, el mismo año que se crea la Academia de Letrán, se publica en la capital de México una nueva revista: El Mosaico Mexicano. En el sentido amplio de la palabra cultura, El Mosaico es la primera revista cultural que se edita en México, pero dándole la ventaja a su favor de que no trata de actualidades políticas o de información sobre sucesos nacionales y gubernamentales inmediatos. No es, tampoco, el esfuerzo de un individuo, escribiendo, buscando y llenando la totalidad de las páginas, sino de un editor, Ignacio Cumplido, dispuesto a publicar con regularidad una verdadera revista, igual a las publicadas en Europa. Si lo revisas, en el primer tomo de El Mosaico Mexicano hallarás colaboraciones de Pesado, de Rodríguez Galván, Heredia, Mora, traducciones firmadas por José Ramón Pacheco e Isidro Rafael de Gondra, y hasta dos seudónimos nacionales: "Pica y une" y "El jaliciense".
APARICION: Bueno, ya tienes una revista escrita por mexicanos.
YO: Te equivocas. Con las colaboraciones de autores nacionales, no llenas ni siquiera 25 páginas de las 569 del primer tomo. El grueso de la revista son traducciones de Le Mosaique, Le Magasin Pittoresque, Le Musée des familes, L'Indicateur de Bordeaux, el Dictionary of Mechanical Science, el Jornal de Francfort, La Revue Britanique, La Academie de l'+ndustrie, el Journal Encyclopedique de Boullon, Le Pere de familie, Le Temps. De ellas provenía el 95 por ciento de los textos con los que se hacía El Mosaico Mexicano. 
Teniendo algunos traductores, buenas tijeras para recortar artículos, poemas, cuentos y traducciones de revistas españolas, ya era posible disponer del material necesario para completar las entregas quincenales.
APARICION: Me desconciertas.
YO: No veo por qué. Responde a lo que he venido diciendo: no existía en México un cuerpo "regular" de escritores como para mantener una revista.
APARICION: Esos llamados escritores regulares, ¿sólo aparecen gracias a la Academia de Letrán?
YO: Relativamente. De 1836 a 1840 no podría asegurarte que los escritores de la Academia de Letrán sean "regulares". Para darte otro ejemplo, aún más evidente: en 1837, Ignacio Rodríguez Galván, sin duda animado por el significado y tal vez la acogida de El Año Nuevo de 1837, y por ser miembro de una academia pletórica de escritores, se anima a editar una revista de entregas quincenales, y no anual como El Año Nuevo, y en verdad literaria (esta sí, y sin ambiguedad: literaria): El Recreo de las Familias.
APARICION: ¿Por qué "familias" si se trata de una revista literaria?
YO: Para vender, sin duda, para no restringir el mercado. Si lo hubieran titulado Recreo para las Señoritas Mexicanas, estarían igual de apegados a las costumbres de la época. Bueno, a lo que ibamos: El Recreo de las Familias, lo crea Ignacio Rodríguez Galván, contando con el supuesto apoyo de los miembros de la Academia de Letrán y, además, tal como afirma en la "Presentación", con la ayuda de algunos de los señores que redactaban El Mosaico Mexicano, y que "habían tenido la bondad de asociársenos". La revista es bastante buena, hay 
los debidos homenajes y los necesarios tijeretazos a revistas españolas por el afán de publicar poemas, biografías y grabados de escritores hispánicos, pero encuentras, en proporción importante, colaboraciones de Manuel Andrade, Fernando Calderón, Joaquín Castillo y Lanzas, Ignacio Rafael Gondra, José María Heredia (de quien se publica el primer retrato de un escritor realizado en México), José María y Juan Nepomuceno Lacunza, Antonio Larrañaga, Manuel Orozco y Berra, Eulalio María Ortega, José Ramón Pacheco, José Joaquín Pesado, Guillermo Prieto, Francisco Sánchez de Tagle, Manuel Tossiat Ferrer y del mismo Ignacio Rodríguez Galván.
APARICION: ¡La Academia de Letrán en pleno!
YO: Y más en pleno que jamás en los Año Nuevo. Sin embargo, la revista murió; murió de lo que morían todas las revistas literarias durante todo el siglo XIX (e igual en el XX), en México y en el mundo entero: por falta de suscriptores y de lectores. Sin embargo, te leeré el comentario que escriben al respecto los anónimos amigos de la nota necrológica publicada en El Siglo Diez y Nueve, en 1842, a la muerte de Rodríguez Galván: editó "casi solo, por haber sido muy débil la ayuda que le prestaron en la redacción sus amigos, El Recreo de las Familias, uno de los periódicos literarios más amenos y variados que se hayan publicado en esta capital".
APARICION: Allí lo destacable, para lo que vienes diciendo, es la referencia a la muy débil ayuda que le prestaron sus amigos en la redacción de El Recreo de las Familias. Me suena raro.
YO: Ni tanto. Los problemas de Rodríguez Galván para publicar los Año Nuevo, fueron grandes. Esa es una de las razones por la que tanto él como José Joaquín Pesado fueran los únicos que colaboraron en los 
cuatro tomos. No es tan fácil disciplinar a escritores, y menos aún si se sienten poetas.
APARICION: En pocas palabras, lo que estás tratando de demostrar es que en México no existían escritores para sostener con regularidad una revista de carácter literario.
YO: Exactamente. Te dije que en 1836 se creo El Mosaico Mexicano; bueno, el 15 de setiembre del año siguiente desapareció la revista. Te leeré lo que dicen en su despedida a sus lectores, lo cual, por otra parte, lo puede repetir cualquier director de una revista literaria hasta en nuestra época: "Ninguna cosa hay más perecedera entre nosotros que un periódico científico, literario y de artes: los planes mejor combinados para hacerlo en alguna manera subsisten, quedan reducidos a nulidad, casi al tiempo mismo de emprender la carrera, y si se dan en ella algunos pasos, es a costa de inmensos sacrificios pecunarios que tampoco pueden ser duraderos. Asi que, los papeles de esta clase mueren regularmente en su cuna después de haber brillado un momento. La abundancia de materias, el desinterés de los redactores, y la favorable acogida de un público ilustrado, no son siempre los elementos necesarios para perpetuar una lectura útil y agradable, si no tiene protección".
APARICION: No lo entiendo muy bien, ¿a qué protección se refieren?
YO: Escucha lo que sigue para hacerte así una idea adicional sobre los problemas de publicar una revista en esos años: Los redactores de El Mosaico Mexicano "se prometieron que el gobierno protegería una publicación tan útil, suscribiéndose a un número competente de ejemplares para su distribución; imaginaron también que los amantes de la ilustración pública promoverían el despacho de una ley, tantas 
veces iniciada, sobre que los periódicos circulen por toda la República sin el insoportable gravamen de su porte; se persuadieron asimismo que habría buena fe en las estafetas, y que dejarían pasar a su destino los paquetes sin retenerlos ni apropiárselos, lo que continua sucediendo a pesar del laudable celo y delicadeza con que nos consta ha procurado evitarlo el señor administrador general de correos; últimamente creyeron que la constante ocupación que darían a los litógrafos, serviría a dar mayor perfección a su arte, haciéndola al propio tiempo menos costosa; pero desgraciadamente ningunas de estas esperanzas se ha realizado. En vano los colaboradores del Mosaico Mexicano se han dedicado a nacionalizarlo con todo el empeño de que son susceptibles su genio y patriotismo, a fin de ponerlo en el rango a que han llegado en Europa los papeles de este género; sus esfuerzos se han estrellado contra tan poderosos obstáculos, y es necesario esperar a que mejoren las circunstancias porque hoy se suspende".
APARICION: ¿Tan complicado era todo en ese tiempo?
YO: Ya ves: ni ayuda del gobierno, gravámenes para el porte, retención y robo en el correo, precios altos en la producción; muchos inconvenientes para salir adelante.
APARICION: Pero estabas tratando el tema de lo que llamabas "escritores regulares". Lo que me has leído hace referencia a otro tipo de problemas.
YO: Tienes razón. En realidad, la queja principal de las publicaciones literarias del siglo XIX -como igual lo es en el XX-, es la carencia de suscriptores que sostengan económicamente a la revista y a los escritores. Este reclamo contra los probables 
suscriptores es continua y redundante.
APARICION: Ni la revista ni los escritores ganaban el necesario dinero para vivir.
YO. Exacto.
APARICION: Pero no vas a decir que, en esa época, los escritores jóvenes pensaban que iban a poder vivir de lo que escribían. Todavía no estaban las cosas tan mercantilizadas como en estos años actuales. Me imagino que aún eran los tiempos del amor al arte, el deseo de darse a conocer, tal vez la idea de comunicar sentimientos y compartirlos con otras personas. Algo así se dice en la presentación de El Año Nuevo de 1837.
YO: ¿Te lo estas creyendo?
APARICION: Sí, definitivamente. Que el editor piense en el dinero, pues al fin y al cabo lo necesita para comprar el papel, pagar la tipografía y la impresión, los costos de la encuadernación y la distribución; eso lo entiendo. Pero no voy a creer que escritores que andan bordeando los 18 años, si no se les paga, no publican (pues no me atrevo a decirte "no escriben"). Y los poetas que envian colaboraciones...
YO: Como toda buena aparición eres absolutamente ingenua. Con las muy singulares excepciones que me resultaría fácil señalarte, desde el siglo XVIII -y acentuadamente desde el XIX- no ha existido en el mundo ningún escritor, por más en las nubes que creas que vive, que no tuviera un deseo muy marcado, muy primario y muy voraz por ganar la máxima cantidad de dinero que le sea posible con lo que escribe. La historia literaria está llena de reclamaciones de los escritores a los editores, sean de libros o de revistas, por enriquecerse y por no 
pagarles lo que ellos suponen, creen o merecen verdaderamente por sus trabajos. Es cierto que algunos de ellos han regalado o donado sus derechos de autor, pero siempre con el cálculo muy claro del monto del regalo o la donación; siempre, además, han estado atentos -y han reclamado- por las ediciones piratas internacionales y por los sobretiros, sean estos reales o ficticios. El poeta más sublime que imagines (estoy hablando del mundo occidental, no sólo de México), es un tipo con una factura en el bolsillo y un cuaderno de cuentas escondido en su casa. Pensar en un escritor al que no le interese o se preocupe por el dinero, es una atroz fantasía... y supongo que demasiada injusta.
APARICION: No me lo creo.
YO. Allá tú. Te voy a leer lo que dice al respecto el editor de El Recreo de las Familias en la obligada despedida de la revista a sus lectores (y, como sabes, es Ignacio Rodríguez Galván, que en 1837 tenía 21 años de edad). En el segundo párrafo del "adiós" dice que no relatará "las reclamaciones y acusaciones injustas que se han hecho a los editores del Recreo" por no contentar a todos los lectores, pero señala que "contentar a todos es cosa materialmente imposible; pero también es verdad que nuestros compatriotas deben tener mucha, muchísima indulgencia con los periódicos de este género que se publiquen en nuestro país; y la razón es, en nuestro concepto, clara: en todos los ramos del saber humano estamos todavía a los principios; y sin protección ni luz, apenas podrán los más atrevidos dar un paso de tiempo en tiempo. Además deben tenerse algunas consideraciones con aquellos hombres que dedican las horas de descanso a sus conciudadanos sin ningún interés pecunario; y no se crea que esto lo 
decimos por nosotros, porque, como se ve, ya abandonamos el campo: lo decimos por los que vengan a ocuparlo después, y generalmente por todos los que en Mégico se dedican a la literatura y a las bellas artes".
APARICION: Tengo la ligera impresión que me estás tomando el pelo. Toda tu argumentación sobre el interés por el dinero de los escritores está desmentida en lo que acabas de leer. Comienzo a pensar que el cansado del rollo que me sueltas eres tú. Dices una cosa y para apoyarla haces citas que la contradicen. Me voy a comenzar a burlar de ti. Rodríguez Galván exige, precisamente, consideración por aquellos hombres que dedican sus horas de descanso a sus conciudadanos -escúchame bien- "sin ningún interés pecunario"; te lo recalco: sin ningún interés pecunario. Mejor cambia de tema y borra de la grabadora lo anterior.
YO: Todos los escritores, y especialmente los literarios, hacen este tipo de discurso... y parece que sólo las apariciones como tú pueden creerlo. Déjame seguir leyendo el párrafo siguiente: "Y ya que mentamos estas, hablaremos dos palabras sobre los que la ejercen (se refiere, como comprenderás, a los que se dedican a la literatura y a las bellas artes): muchos desean que tuvieran protección, pero en realidad nadie los protege; el que no puede andar por sí, el que no se puede avenir con la miseria, que no emprenda su peregrinación, porque nadie le alargará la mano y tendrá que retroceder todavía en el principio del camino. Los buenos deseos no dan de comer al artista y el artista retrocederá o perecerá de hambre. Dos cosas necesita el artista durante el tiempo que transita por este mundo: dinero y elogios: sin el primero poco pueden hacer los segundos, porque el 
artista no se mantiene de aplausos, ni es animal que se alimenta con solo aire".
APARICION: Bueno, hay que reconocer que no le falta razón: el artista no puede alimentarse ni de aplausos ni de aire.
YO: Claro, pero te habrás fijado que situa en primer lugar la necesidad de dinero; sin él de poco sirven los elogios. Al escritor lo que le gusta es el elogio contante y sonante, lo cual, por otra parte, me parece muy natural y bastante realista. Pero lo que afirmé, y ahora subrayo, es la existencia de un doble discurso en los escritores y en las personas relacionadas con la creación artística: uno para las apariciones como tú, en las que se exige "consideraciones con aquellos hombres que dedican las horas de descanso a sus conciudadanos sin ningún interés pecunario"; y otro, que es el auténtico y el realista: las exigencias de dinero mientras transita el artista por este mundo. Esta reclamación ha existido siempre. Los escritores de la Academia de Letrán -y supongo que cualquier nuevo escritor que comenzó a ejercer de poeta, cuentista o articulista en el México de esos años- esperaban que el gobierno les pasara una mensualidad para dedicarse a su arte y al cultivo de sus sentimientos e ideas. En Manuel Payno y en Guillermo Prieto, por ejemplo, encontrarás quejas contra la despreocupación del gobierno por apoyar a los artistas y a sus publicaciones. El respaldo que pedían debía medirse en desembolso de dinero. Este es un asunto que resulta necesario debatir con largueza pero que los dedicados al arte prefieren soslayar, lo cual me parece un terrible error, pues desvirtúa una imperiosa necesidad material que se halla siempre y naturalmente presente en la creación artística.
 
APARICION: Mejor cambiemos de tema porque me está resultando desagradable.
YO. Hablar de arte, literatura y artistas mezclados con el dinero, siempre resulta desagradable... sobre todo para espíritus o apariciones como tú. El arte es dinero, compañero; dinero para el que crea, para el distribuye, para el que vende y para el que compra. Siempre ha sido así, pero es más cómodo escuchar sólo el discurso de la exigencia de consideración para el que dedica sus horas de descanso a sus conciudadanos sin ningún interés pecunario. Defendamos la espiritualidad del artista, desligado de los sucios bienes terrenales y, sobre todo, de algo tan ruín como el dinero.
APARICION: Bueno, ¿entonces El Mosaico Mexicano suspendió su publicación el 15 de setiembre de 1837?
YO: Así es (y conste que me doy cuenta que me cambias de tema). En la despedida afirman que ya tenían preparado el tercer tomo, "que será en su mayor parte sobre objetos nacionales". Los redactores de El Mosaico Mexicano eran: Andrés del Río, Isidro Rafael Gondra, el general Juan Orbegoso, el coronel José Gómez de la Cortina -el mismísimo Conde la Cortina-, José Joaquín Pesado, José Ramón Pacheco, Miguel Bustamante, Manuel Moreno y Jove, Pedro Escobedo y Victoriano Roa.
APARICION: Entonces el Conde la Cortina y Pesado se conocían.
YO: Pienso que se deben haber conocido por lo menos a raíz de la crítica del Conde a El Año Nuevo de 1837. El compartir la lista de redaccióm de una revista no garantiza nada, pues igual podían enviar sus colaboraciones sin asistir, y, además, lo más probable es que fueran nombres para lucir y no los que en verdad se ocupaban de la 
parte de traducciones, redacción de sueltos, tijeretazos, etc. No encontrarás muchas colaboraciones de esos diez nombres en las páginas de El Mosaico Mexicano. En fin, para terminar con esta revista que, en mi opinión, es la primera revista cultural que se publica en México, en 1840, tres años más tarde, reaparece bajo la edición e impresión de Ignacio Cumplido, y con la colaboración más próxima y continua de concurrentes a la Academia de Letrán. Se reimprimió el primer y segundo tomo y se llegó hasta el séptimo tomo, en que se supendió la publicación, exactamente el 1 de octubre de 1842, por considerar que de hacerse "más voluminosa, su precio se haría inasequible para las personas de medianos recursos".
APARICION: Esta no murió por falta de suscriptores y de lectores.
YO: Quizá consiguieron las subvenciones oficiales que reclamaban en 1837. Lo cierto es que fue una revista bastante importante, aunque en realidad la literatura no predomine ni represente la aportación más significativa. Lo trascendente de esta aventura editorial es la persistencia de Cumplido en el mundo de las publicaciones periódicas y su encuentro con miembros de la Academia de Letrán: en la década de los 40 del siglo XIX, realizaron una serie de empresas conjuntas y de gran trascendencia para la literatura nacional. El Mosaico Mexicano fue la primera de ellas.
APARICION: ¿Regresamos a El Año Nuevo de 1837?
YO: Déjame terminar de una vez con las revistas de la época. En 1837 también se edita El Diorama, revista de corta vida, pero en la que figura Rodríguez Galván. Fue impresa por Miguel González, con una periodicidad semanal que alcanzó apenas los dos meses. No pasó, por lo que conozco, del número 10. Era una miscelania de historia, 
geografía y literatura. Lo único rescatable de ella son las colaboraciones de Rodríguez Galván, firmadas con iniciales o unas comprensibles R.Z. Lo demás no tiene mayor importancia y es muy escaso su interés en la actualidad.
APARICION: ¿Cuál sigue?
YO: En 1838, Mariano Galván, tío de Ignacio Rodríguez, inicia la edición de sus Calendario de las Señoritas Megicanas, que se publicarán ese año, y en 1839, 1840, 1841 y 1843. Tienen importancia para la literatura por estar dividida en el calendario propiamente dicho, en literatura y en modas. La parte relativa a la literatura mexicana es amplia: es fácil encontrar colaboraciones sin firma o con alguna inicial: Carpio, Heredia y Rodríguez Galván son los más visibles. Los cinco tomos de los Calendarios son una curiosidad bibliográfica, pero vale la pena darles una mirada. Un estudio sobre ellos es otra tarea pendiente de los investigadores actuales.
APARICION: ¿Alguna otra revista?
YO: Señalaré dos más: El Zurriago literario, que inicia su publicación en 1839 y concluye en 1840 su primera época (Tendría dos más: la segunda en el El Siglo Diez y Nueve en 1843 y 1844, y la tercera, de nuevo de forma independiente, en 1851). La edita y escribe en su integridad el Conde de la Cortina. Aunque es reducida la parte referente a comentar a escritores nacionales, a mi me resulta muy importante porque da una idea muy clara sobre la situación cultural de México desde la perspectiva de un intelectual que ha vivido largos años en España y tiene conceptos europeos del significado de la formación, exigencias y necesidades de una cultura nacional. El Conde vivía escandalizado de la situación cultural de 
México.
APARICION: Me imagino. Ibas a tratar sobre otra revista.
YO: Sí. El Ensayo Literario. Esta revista se publicó en 1838 en Puebla y abre una inquietante interrogación sobre las publicaciones literarias que pudieron haberse publicado en el interior de la República y de las cuales se carece de información. Su impulsor fue José María Lafragua pero, lamentablemente, se agota en traducciones y rellenos. Estamos de nuevo en el problema de la falta de colaboradores regulares para sostener una revista con aportes originales; y ya no digamos una vez al año, sino cada quince días, tal como se planeó El Ensayo Literario. De ella conozco 12 números -entregas para cubrir 6 meses- y que suman, en total, 328 páginas. Pero salvo los aportes de Lafragua y una eventual aparición de Manuel Orozco y Berra, esta revista queda como una curiosidad más de las pretensiones editoriales periódicas de 1838.
APARICION: Acabamos con las revistas.
YO: Prácticamente. Sin embargo, déjame hacer una última mención. En 1839, Ignacio Cumplido se empeña en hacerse presente con una de esas ediciones anuales, aunque, en verdad, sin mayor fortuna. Su publicación se llama La Guirnalda. Obsequio al bello secso, pero se le extraviaron los textos y "violentamente" tuvo que improvisar la reunión del material para editarla. Sin embargo, el aporte importante que ofrece es, tal como se resalta en la presentación, una novela corta: "El amor filial", que, al decir de Cumplido, "tuvo la fortuna de adquirir". La autora, porque es mujer, se llama Rosario Bosero, y colabora con esa narración y un par de poemas. En mi entender, es la primera escritora mexicana de la República. Ignoro qué habrá pasado 
con ella después: no volvió a hacerse presente en alguna otra publicación y, hasta donde se sabe, tampoco fue concurrente de la Academia de Letrán. Los tres textos, en todo caso, los he reproducido en el Museo literario tres. A esa publicación de Cumplido y a esta escritora, Rosario Bosero, creo que soy el único que las conoce, lo cual no sé si es un mérito o una tristeza. Nada más se destaca en este anuario. Un poeta que colaboró con diversos textos, G. F. Bustamante, ni es un escritor pasable ni volvió a figurar con alguna pieza resaltante en alguna otra revista. Es toda una curiosidad esta La Guirnalda, publicada por Ignacio Cumplido.
APARICION: Que, sin embargo, nos da a la primera cuentista y a la primera poetisa republicana de México: ¿Rosario Bosero, no?
YO: Exacto. Y mucho me temo que este es todo el panorama literario, en lo concerniente a revistas, cuando aparece y existe El Año Nuevo de 1837. Pero para que tengas una idea más clara, déjame decirte que en México a través de los siglos, se señala, en el apartado correspondiente a 1840, que en ese año se publicaban 21 periódicos en el interior de la República y 16 en la capital: 37 en total. No es una cantidad despreciable, aunque puedes tener la seguridad que el contenido y el espíritu de la gran mayoría de esas publicaciones eran políticos y circunstanciales. Para terminar, hazte un par de preguntas: ¿cuánta literatura, tal vez recuperable, podría hallarse en esas páginas? y ¿dónde podrán consultarse esas publicaciones?
APARICION: En bibliotecas norteamericanas.
YO: No seas irónico.
APARICION: ¿Pasamos a El Año Nuevo de 1838?
YO: Me dejas agregar algo más.
 
APARICION: Creo que este es tu cuarto o quinto agregado: no vamos a terminar nunca.
YO. Discúlpame, sólo haré una especie de coda sobre las revistas.
APARICION: Bueno.
YO: En lo esencial, gracias a los miembros de la Academia de Letrán, los años 40 del siglo XIX fueron una magnífica década de ediciones periódicas. Ellos son la base de las publicaciones literarias, e incluso de un diario como EL Siglo Diez y nueve, que se funda en 1841 y dura hasta 1896. Para que te hagas una idea más amplia, la mayoría de los que participaron en las reuniones de la Academia de Letrán están presentes en El Museo Popular (1840), El Apuntador (1841), el Semanario de las Señoritas megicanas (1842), El Museo Mexicano (1843), El Liceo Mexicano (1844), El Ateneo Mexicano (1844), La Guirnalda (1844), la Revista Científica y Literaria (1845), El Católico (1846), el Presente Amistoso de 1847 (no tanto en el de 1851 y 1852), El Observador Católico (1848) y el Album Mexicano (1849). Aún más, como curiosidad adicional, Manuel Payno, en 1848, trata de revivir El Año Nuevo, como un homenaje a su amigo Ignacio Rodríguez Galván, pero la tentativa se agota en esa sola publicación: fue un simpático gesto recordatorio del verdadero iniciador de esta andanada de muy buenas publicaciones.
APARICION: ¿Todas ellas son revistas literarias?
YO: El Siglo Diez y Nueve evidentemente no era una revista literaria, era un diario político, pero con una importante sección literaria, sobre todo por la calidad de las personas que colaboraban en él; las demás sí eran en lo fundamental literarias, y he nombrado dos revistas religiosas por traer en sus páginas algún material literario 
que no debe olvidarse al estudiar tan destacada década. En esos mismos años se funda El Monitor Republicano, diario que existirá desde 1844 hasta 1896, en competencia con El Siglo Diez y Nueve. Su creador fue Vicente García Torres, otro de los grandes editores mexicanos del XIX. En sus páginas encontrarás colaboraciones literarias firmadas por escritores que fueron importantes en su época, y algunos que aún siguen siendo "nombres" en la nuestra. En esos dos diarios se pueden realizar grandes hallazgos literarios. Es otro pendiente de la cultura mexicana.
APARICION: ¿Por qué acabas la enumeración de las revistas en 1849? Creo recordar que a continuación hay una revista importante: El Liceo Mexicano.
YO: En mi opinión, con El Album Mexicano acaban formalmente los trabajos orgánicos, continuos y casi como equipo -parciales si quieres, pero en equipitos de amigos- de los antiguos concurrentes de la Academia de Letrán. El relevo lo toman, por esos años, en el último de la decada de los 40, los escritores que luego formarían El Liceo Hidalgo, teniendo como principal animador a Francisco Zarco, y como órgano de expresión literaria a la revista que señalas: El Liceo Mexicano. Ya es otra generación. Si lo deseas, te hablo de ella.
APARICION: No, por favor, mejor regresemos a los Año Nuevo. Piensa que todavía no salimos de 1837. Procura centrarte un poco en nuestro tema sin querer abarcar todo el siglo en un prólogo: ¡no terminarás nunca!
YO: Reconozco mis culpas, pero debes aceptar que hemos situado bastante bien a El Año Nuevo de 1837 y ahora tienes más claro su significado en la historia de las revistas literarias de México y en 
la aparición de la literatura mexicana republicana. Por lo menos deberías reconocer que no exageré al calificar de todo un señor acontecimiento a la fundación de la Academia de Letrán y la publicación de los Año Nuevo.
APARICION: Lo reconozco.
YO: Bueno, pasemos a El Año Nuevo de 1838 e iré a paso de carga y de caballería.
APARICION: Te lo agradezco.
YO: El Año Nuevo de 1838 tiene el mismo formato que el de 1837 y 256 páginas, 66 más que el anterior. Los colaboradores son diez: los cuatro fundadores de la Academia de Letrán -José María y Juan Nepomuceno Lacunza, Manuel Tossiat Ferrer y Guillermo Prieto-, que figuran con dos poemas cada uno de ellos; tres escritores que ya habían aparecido en el de 1837: José Joaquín Pesado, Ignacio Rodríguez Galván y Antonio Larrañaga (ni Manuel Carpio, ni Wenceslao Alpuche ni Eulalio María Ortega entregan textos); y tres nuevos asistentes a la Academia: Isidro Rafael Gondra, José Ramón Pacheco y Joaquín Navarro. Esta vez El Año Nuevo no incluye traducciones.
APARICION: ¿Vas a señalar fechas y títulos de las colaboraciones?
YO: Habíamos quedado en que no, pero puedo hacer las observaciones de que la mayoría de las composiciones se escribieron entre octubre y diciembre de 1837, que Pesado no fechó sus textos, y que entre él y Rodríguez Galván llenan 168 de las 256 páginas de El Año Nuevo de 1838. Pesado figura con dos cuentos -"El amor frustrado" y "El inquisidor de Méjico"- y dos poemas, "Rendimiento enamorado" y "Jerusalén", poema que años más tarde se utilizaría, con otros suyos, para descalificarlo literariamente acusándolo de plagiador 
impenitente.
APARICION: ¿"Jerusalén" era un plagio?
YO: A Pesado se le reprochó no indicar con claridad cuando sus textos eran originales, traducciones o paráfrasis: por ejemplo, algunos de sus poemas eran traducciones de Lamartine, pero olvidó señalar que "La inmortalidad" procedía del mismo autor. Con "Jerusalén" le sucedió algo semejante, no anotó que provenía de un modesto y olvidado poeta: Evasio Leone. Tanto Marcelino Menéndez y Pelayo como monseñor Ignacio Montes de Oca y Obregón, "Ipandro Acaico", lo defendieron en su momento, pero no consiguieron levantar la pesada lápida que se le echó encima. En mi opinión, como te he dicho, es el poeta más poeta de esa generación, y uno de los más importantes del siglo XIX mexicano. Si algún día se reconsidera el olvido al que se le ha condenado, saldrá triunfante.
APARICION: Ojalá tengas razón; lo que no sabía es que escribiera cuentos.
YO: Bueno, sólo escribió esos dos. Pesado era, en lo esencial, un poeta, pero destacó también como polemista conservador y acérrimo defensor de la religión católica. Sus trabajos ensayísticos en la revista La Cruz, lo convirtieron en el enemigo a vencer por los escritores liberales. Es justo en 1838 cuando Pesado abandona sus moderadas ideas liberales para pasarse al conservadorismo y, en ese mismo año, acepta, en la administración de Bustamante, hacerse cargo de las carteras del Interior y de Relaciones Exteriores. Cuatro años más tarde, en 1842, Manuel Payno, en el prólogo que escribió para las poesías de Fernando Calderón, le suelta un piropo: "marchitó en el fango del gobierno una hoja de laurel que sus amigos concedieron a su 
talento". ¡Pobre Pesado!: el aplastante triunfo de los liberales relegó a un injustificado olvido su obra literaria.
APARICION: ¿Algo más sobre El Año Nuevo de 1838?
YO: Hay mucho más que decir. Leeré la cita de Malon de Chaide que figura al inicio del volumen: "Digo, pues, que hay hombres, que con no ser ellos para nada... toman por oficio decir mal de todo aquello que no va medido con su grosero juicio. Tienen otra cosa rara, digna de tales sujetos, y es: si oyen algo, fuera de lo que ellos han leído en cuatro autores de Gramática, lo asquean tanto, y lo burlan, y mofan de tal suerte, como si sólo aquello, con que ellos han desayunado su entendimiento, fuese lo cierto, y de fe, y lo demás fuese patraña y sueño. Bien sé, que el ingenio humano no se contenta de una manera, ni con las mismas cosas; y así de lo que a unos parece bien de eso mismo murmuramos otros, y aquellos admiran, y engrandecen lo que estos abominan, y burlan". La cita, evidentemente, es una respuesta indirecta a las críticas del Conde de la Cortina.
APARICION: ¿Así lo crees?
YO: No me cabe ninguna duda, si no ¿a cuenta de qué va a figurar abriendo el volumen de El Año Nuevo de 1838? En la presentación, el editor reconoce que El Año Nuevo de 1837 ha sido merecedor de alabanzas y críticas: "las primeras -dice- nos han servido de estímulo, las segundas, en cuanto han sido justas y decentes, de lección". Puedes tener la seguridad de que en la Academia de Letrán no se consideraron las críticas del Conde de la Cortina como justas y decentes. Rodríguez Galván, en su ensayo "Un coplero mexicano del siglo XIX", utiliza el término "coplero" porque se sentía viviendo en un país que "no puede tolerar que se bauticen con el pomposo título 
de poetas, hombres que no han podido mover los corazones de nuestra generación, porque tampoco los movería Cervantes u Homero; porque leer una composición métrica a un sabio de nuestro país y de nuestro siglo, es lo mismo que írsela a recitar al Popocatepetl". Mi opinión es que a pesar de que en la presentación continúan haciendo votos de modestia y dedicando los escritos a "todos aquellos que al leerlas puedan decir: Así he pensado, así he sentido yo", la cita de Malon de Chaide y el ensayo de Rodríguez Galván fijan una respuesta al Conde de la Cortina, señalan una decepción ante el medio cultural de su tiempo y, tal vez, una profunda desilusión de las esperanzas que pudieron tener para asumir el ejercicio literario como una forma de ganarse la vida. El Año Nuevo de 1838 se publica al año siguiente del estrepitoso fracaso de El Recreo de las Familias, que debe haber sido una esperanza y una ilusión común en todos los miembros de la Academia de Letrán, en especial en los jóvenes.
APARICION: Es una suposición bastante creíble. Dime, ahora, algo sobre los poemas publicados en El Año Nuevo de 1838.
YO: En realidad, salvo los de Pesado, los demás se mantienen en la medianía que caracteriza a la producción literaria de esos años. Ni siquiera los dos poemas de Guillermo Prieto tienen algún chispazo de lo que sería la musa callejera de su adultez. Son todos muy convencionales, románticos y, con seguridad, el Conde de la Cortina podría haber continuado señalando los mismos errores gramáticales, de versificación y de ideología que criticó en el del año anterior. Más gracia tienen los cuentos, y muchísima más el ensayo de Rodríguez Galván que ya cité.
APARICION: Es raro que, en el que se dice un país de poetas, sea la 
prosa lo destacable en El Año Nuevo de 1838.
YO: Y de manera especial en el campo del ensayo. El trabajo "Rápida ojeada sobre la naturaleza i el origen de la poesía", de Isidro Rafael de Gondra, no tiene ningún vuelo especial y, como casi todos sus trabajos, más parece un resumen de lecturas, un ordenamiento de notas, que el resultado de meditar sobre un tema. De cualquier forma, ese texto, más "Un coplero mejicano del siglo XIX", inician la práctica del ensayo literario en México. Me parece muy destacable este aporte del El Año Nuevo de 1838.
APARICION: ¿Y los cuentos?
YO: Son cuatro: dos de José Joaquín Pesado, uno de Rodríguez Galván, y uno de José Ramón Pacheco. Si algo puedo lamentar sobre ellos, es que dejaran de lado la temática indigenista que "Netzula" y "La batalla de Otumba" inauguraron un año antes. El más fuerte ideológicamente es el de Pacheco, pero, a la vez, el menos correcto. Si en la poesía es difícil señalar alguna incursión inaugural, salvo en la franca exploración de la temática romántica, en el cuento y en el ensayo sí son muy destacables el sentido pionero de cada una de estos textos. Tal como he venido afirmado a lo largo de esta interminable conversación, lo importante de los Año Nuevo, y por supuesto, de la Academia de Letrán, es marcar el surgimiento de la literatura mexicana, y podemos agregar republicana sin necesidad, pero de manera útil, para evitar malentendidos y resentimientos históricos. De ahí la trascendencia, al margen de cualidades y calidades, de todas las piezas incluidas en estos cuatro anuarios y, también, en el ya citado El Recreo de las Familias, que sin ninguna duda fue una aventura editorial -digamos corporativa- de los miembros 
de la Academia de Letrán.
APARICION: Y así terminamos con tu comentario sobre El Año Nuevo de 1838.
YO: Exacto.
APARICION: No te enredes con nada y dame un breve apunte sobre El Año Nuevo de 1839.
YO: Seguiré la misma forma que utilicé al tratar el de 1838.
APARICION: Y a paso de carga y caballería, como dijiste.
YO: De acuerdo.
APARICION: ¡Adelante, adelante!
YO: El Año Nuevo de 1839 tiene igual formato que el de los dos anteriores y 216 páginas, 50 menos que el de 1838, pero 26 más que el de 1837. De los fundadores, en la publicación de este año no colaboran ni los dos Lacunza ni Tossiat; sólo figura Guillermo Prieto con cuatro poemas, dos de los cuales plantean meditaciones sobre la inmortalidad y la confianza en la religión, otro sobre la invasión francesa por la famosa "guerra de los pasteles", y el cuarto sobre un amor desdichado. De los conocidos por los anuarios anteriores, figuran Ignacio Rodríguez Galván, con siete textos; José Joaquín Pesado y Manuel Carpio, con dos poemas cada uno de ellos; Joaquín Navarro, con un poema; y Antonio Larrañaga con dos poemas.
APARICION: ¿Quién es ese Antonio Larrañaga que figura por tercera vez en los Año Nuevo?
YO: Uno de los muchachitos que llevó Guillermo Prieto a la segunda sesión de la Academia de Letrán. Lo triste de está aparición literaria es que Antonio Larrañaga había fallecido el 23 de agosto de 1838, a los 20 años de edad, y los amigos seleccionaron del material 
que dejó inédito los dos poemas con que se abre El Año Nuevo de 1839. La información que tenemos sobre él, como casi todo lo que sabemos sobre la Academia de Letrán y sus miembros, proviene, como te dije desde el principio, de Memorias de mis tiempos de Guillermo Prieto. Ahí nos dice, por ejemplo, que Larrañaga "era chiquitín, cabezón, pálido, nariz de pico de aguila" y proveniente de una familia de tradiciones muy aristocráticas y piadosas que hubieran preferido verlo de sacerdote. El, sin embargo, se apasionó por Olaguibel, Couto, Mora y de Farías, devoró a los enciclopedistas, a Voltaire, a Rousseau y logró, así, desde los quince años de edad, ventaja sobre los liberales más avanzados. Solía asistir a los debates de la Cámara y desde la tribuna se empeñaba en desmentir a los diputados hasta que la policía lo sacaba a la fuerza. Prieto también cuenta que "murió despedazado por su cerebro", lo cual, al parecer, tiene que ver con un cuerpo raquítico para una mente en constante ebullición por planes políticos y proyectos de transformación social. Evoca que, a veces, al ser expulsado de la Cámara, se veía en la obligación de guardar cama por un ataque de bilis y que, en medio de sus dolores, pedía papel y tinta para contestar al diputado que lo había indignado. Es de lamentar que de estas preocupaciones políticas y sociales no quedaran testimonios escritos. Y a él no se le ha vuelto a mencionar en ninguna antología o historia literaria mexicana. En verdad, lo que nos dejó fueron sólo unos poemas y unas cuantas traducciones.  Nada que le de un lugar respetable en la literatura nacional... pero nada que justifique un olvido histórico tan definitivo, y más si lo situamos entre los fundadores de la literatura mexicana. Ahora, por favor, pregúntame sobre Joaquín Navarro, colaborador de El Año Nuevo 
de 1838.
APARICION: Encantado: ¿Quién fue Joaquín Navarro?
YO: Otro de los muchachitos que trajo Guillermo Prieto a la segunda sesión de la Academia de Letrán. Nació en 1820 y murió en 1851, de una erisipela fulminante, a los 31 años de edad. Era médico y liberal exaltado: fue diputado y encargado d la Oficialía Mayor del Ministerio de Hacienda. Poseía una poderosa lógica y hablaba con suma corrección; se interesaba bastante por la filología. Al igual que Larrañaga, se envaraba en las discusiones, aunque Prieto reconoce que, al calmarse, era dulce, amante, juguetón, servicial y excelente amigo. En el recuerdo de Memorias de mis tiempos, es evocado como "chiquitín, cabezón, rubio, de piernas cortas y desmesurado busto, facciones toscas, boca grande y piel salpicada de barros". Su situación en la historia literaria es idéntica a la de Antonio Larrañaga. Prieto afirma que "hacia versos por condescendencia o vanidad, sin cuidarse del asunto ni del éxito".
APARICION: Si no me equivoco, Antonio Larrañaga, Joaquín Navarro y Eulalio María Ortega, que no ha vuelto a aparecer desde el El Año Nuevo de 1837, fueron los tres muchachos de su edad que Guillermo Prieto llevó consigo a la segunda sesión de la Academia de Letrán.
YO: Exacto. Y por eso no estuvo de más recordarlos ahora.
APARICION: Seguimos con El Año Nuevo de 1839.
YO: En eso estamos. Para la literatura nacional, uno de los aspectos más interesantes de este anuario, es el estreno literario de Manuel Payno con dos poemas: "La huérfana" y "Recuerdos de Ventura", y un cuento, "María". En verdad, no sé muy bien si el segundo poema es de Payno, pues mientras el primero está firmado, el segundo, no. Se lo 
atribuyo, de forma tentativa, porque se da el caso de que "La destrucción de Sodoma" está firmada con la acostumbrada "C" de Carpio, y el que le sigue, "El Monte Sinai", aunque no tiene firma sabemos que es de él. Supongo que aplicaron el mismo sistema con el que aparece trás el firmado por Payno. Es difícil sospechar que el autor de estos dos poemas y un convencional cuento romático, sería un cuentista destacado y, sobre todo, un novelista de tanta trascendencia para la historia de la narrativa mexicana, al redescubrirlo -o, más real, descubrirlo- en los años 40 del siglo XX.
APARICION: Manuel Payno es el autor de El fistol del diablo, El hombre de la situación y Los bandidos de Río Frío, novelas muy significativas en la historia literaria de México.
YO: Así es. Debe haber sido otro de los jovencitos traidos por Prieto a la Academia de Letrán. Eran amigos desde hacía un buen tiempo y, al darle a Ignacio Rodíguez Galván su colaboración para El Año Nuevo de 1839, Manuel Payno contaba con apenas 18 años de edad (había nacido en 1820).
APARICION: Es gratificante esta juventud en la Academia de Letrán y los Año Nuevo.
YO: Sin duda, pero recuerda que todos no eran tan jóvenes. En este Año Nuevo, por ejemplo, figuran como colaboradores dos personajes importantes que no eran menores de edad: Francisco Ortega, el padre de Eulalio María Ortega, y el general José María Tornel, que entre sus gracias tenía la de ejercer de mecenas literario, ser un incondicional respaldo oficial para los jóvenes escritores y ser un militar con inclinaciones culturales; fue casi un permanente ministro de Guerra y Marina en los diversos gobiernos que se suceden con 
rapidez desde 1833 hasta, digamos, 1846. La frase con la que defendió ante Santa Anna el regreso a Zacatecas del exilado Fernando Calderón, se repitió mucho en su tiempo: dijo que "el genio no tenía enemigos, y que los talentos debían respetarse por las revoluciones". Tornel financió la edición de El privado del virey (sic), de Ignacio Rodríguez Galván, en 1842, año en que este poeta estaba totalmente bajo su protección y al que, después de improvisarle un puesto en su ministerio, le consigue el nombramiento de redactor de la parte literaria del Diario de Gobierno y luego de oficial de legación ante los gobiernos sudamericanos. Es durante la escala en La Habana, al detenerse el barco en que viaja a cumplir esta misión diplomática, cuando Ignacio Rodríguez Galván muere a los 26 años de edad. El general Tornel es una personalidad curiosa y simpática; colaboró con diversas piezas literarias en publicaciones de la época. Tal vez, algún día, alguien se acuerde de él y recupere sus obras y escriba su semblanza: creo que se lo debemos. En el año del que hablamos, Francisco Ortega contaba con 46 años de edad y el general Tornel con 50: no tenían nada de jóvenes.
APARICION: Lo entiendo, pero ¿y el Año Nuevo de 1839?
YO: En eso estamos. En esta edición figura un cuento histórico de M. Navarro, "Angela", dedicado a Ignacio Rodríguez Galván, y "La consulta", cuento ambientado en París, pero que trata sobre el amor de una muchacha, que es quien hace la consulta, por un joven músico mexicano ciego. Lo firma A.D. e ignoro a quién corresponden las iniciales, sea hombre o mujer. Este cuento es interesante por la innovación geográfica que ofrece: se sale narrativamente de México y se situa la anécdota ni más ni menos que en París y en un balneario 
llamado Bade. El resto del anuario lo completan dos traducciones del inglés, realizadas ambas por la señorita D.I.G.F.: "La luna de miel", de la condesa de Biessihgton, y "El pescador", historia oriental de J.G. Wilkinson.
APARICION: Me da la impresión que no pones en el El Año Nuevo de 1839 el mismo entusiasmo que en los anteriores.
YO. Tienes razón. Lo que pasa es que, de alguna manera, comparto la opinión de José María Heredia sobre este volumen: "Este libro es el tercer tomo del periódico anual cuya publicación han emprendido algunos jóvenes llenos de talento, con el patriótico objeto de dar impulso a la literatura nacional. El segundo tomo aventajó considerablemente al primero en mérito literario, sobre todo respecto a los artículos en prosa, y por desgracia creemos que no podrá decirse lo mismo del de este año con respecto a su antecesor".
APARICION: ¿Y a qué se debería esto?
YO: Heredia lo atribuye a la situación nacional: dice que "se ha teñido bastante con el color de los sucesos ocurridos durante su redacción: La indignación excitada por el ultimátum y el bloqueo y tal vez la toma de Ulúa, se halla fuertemente expresada en el odioso retrato de Mr. Le Braconier en la novelita "La procesión" -que ya sabes es de Ignacio Rodríguez Galván-; y los magníficos honores fúnebres de Iturbide parecen haber sugerido la de "María" -de Manuel Payno-". A esto podríamos agregar el poema "A la invasión de los franceses", de Guillermo Prieto, en que campean frases como esta: "odio eterno al francés altanero/ i vengarse o morir con honor". Lo cual, digámoslo de paso, me trae a la memoria el poema "Una señorita mexicana a un amigo suyo, con motivo de nuestras actuales 
circunstancias", de Rosario Bosero (recordarás que es la muchacha que colabora en el anuario La Guirnalda, de Ignacio Cumplido, igual de 1839) y en el que le dice a su amigo que se vaya a luchar contra los franceses: "No, amigo, la patria clama:/ Su voz debe ser oída:/ Quien no le ofrezca su vida/ La infamia ha de merecer./ Marcha, pues, que aunque inexperto..." etcétera, etcétera. Y agrega que si por casualidad muere (¡"nunca el cielo/ permita mal tan tremendo!") a su "pecho condolido/ Consumirá la aflicción"; a el de ella, por supuesto. Es evidente que los ánimos literarios estaban muy exaltados por "la guerra de los pasteles" y se despertaron venas líricas de carácter patriótico que no tuvieron el necesario reposo "para templar la lira". En fin, yo también pienso que hubo un descenso de calidad en la publicación de 1839. Lo que no sé si la explicación sobre la situación nacional puede disculpar todo el contenido del número. A mí, además, me da la impresión de que Rodríguez Galván comenzaba a quedarse solo en sus trabajos de editor de El Año Nuevo. Hay mucho mayor improvisación y faltas garrafales en los textos publicados.
APARICION: ¡No me digas!
YO: Sí, como que no creo que los textos incluidos hubieran pasado por una discusión previa entre los miembros de la Academia de Letrán. Basta citarte las observaciones de Heredia para que te des cuenta. Por ejemplo, a Rodríguez Galván le aconseja meditar sus planes narrativos con atención para evitar incidentes y descenlaces violentos e inverosímiles; a M. Navarro le indica el error tremendo del cambio de nombre del personaje a medio cuento; a Manuel Payno le hace la observación de que las antillanas de "María" no guardan ninguna relación con la realidad de las vidas y costumbres de ellas; 
a la traductora de "El pescador" le señala que las monedas turcas carecen de efigie. Ninguno de estos errores se hubieran deslizado de haber existido una lectura y discusión previa de los textos en la Academia. A mí esto me da mala espina.
APARICION: Explícate, que puede ser interesante.
YO: Es una idea personal, quizá sólo una intuición, pero espero que no te molestes si te digo que resultará más evidente cuando tratemos El Año Nuevo de 1840. De no tener inconveniente, me parece más adecuado que ahora nos ocupemos un poco de libros, de las ediciones de libros literarios. El pie que nos permitiría abrir este paréntesis, es la publicación en 1839 del volumen de poesías de Francisco Ortega y, sobre todo, del de José Joaquín Pesado. Además ambos colaboran en El Año Nuevo de ese mismo año y eso me justifica, aunque sea ligeramente, para abordar este tema.
APARICION: ¿Te remontarás hasta el origen de la imprenta en México?
YO. Sería muy interesante, pero de hacerlo lo más probable es que te corporizaras. No, nos quedaremos en los márgenes de 1839, no iremos muy atrás.
APARICION: Siendo así, lo acepto.
YO: Bien. Hay un prólogo de Manuel Payno, fechado en agosto de 1842, en Zacatecas, al que no se le ha prestado la debida atención. Yo lo considero muy valioso pues, aparte de ser una presentación a la tercera edición de las poesías de Fernando Calderón, en él hace un repaso de la historia literaria de México y del papel que desempeñaba un escritor en los años a que nos estamos refiriendo. Es, sin duda, la visión de un muchacho de 22 años, pero si seguimos pensando que ese era el espíritu de los miembros de la Academia de Letrán, creo 
que resulta bastante representativo del ánimo que reinaba entre ellos. Te leeré un fragmento.
APARICION: Ya comenzamos... Dijiste que ibas a hablar de ediciones de libros.
YO: "Pregunto, ¿qué compone un pequeño tomo de poesías entre una biblioteca que posea el Panteón Literario, las Obras de Calderón, de Lope, de Moreto, de Tirso de Molina, de Herrera, de Rioja, de Quintana, de Lista, de Meléndez, de... ¿Dónde iré a parar si me pongo a nombrar a tantos autores líricos y dramáticos, ingleses, franceses, alemanes y españoles? Pero vuelvo a mi cuestión: un infeliz y aislado tomo de poesías mexicanas ¿qué viene a ser entre ese inmenso número de volumenes donde brilla el talento, la sensibilidad, la sátira, la melancolía y el estudio de los autores que los escribieron? Yo os diré lo que viene a ser. -Un grano de arena arrojado en un desierto de arabia. -Una hoja seca abandonada en un bosque. -Una gota de agua caída en el mar. -¿Qué importa al desierto un grano de arena, al bosque una hoja y al Océano una gota de agua? Nada; pues lo mismo importa a una biblioteca, y a la cabeza de un sabio, un tomo más de versos.- Esta reflexión descarnada, terrible, desconsoladora, nos agobia con su peso a los hombres de estos tiempos, que queremos escribir cuando se acabaron las costumbres, el drama y la poesía, porque con un furor sin ejemplo se han avalanzado a estas empresas Voltaire, Racine, Corneille y Calderón, Lope y tantos otros que nos han precedido en la afición al arte de la naturaleza y del alma".
APARICION: ¡Caramba! Sí que era pesimista.
YO: Continúa: "No hay que desconsolarse. El libro solitario de poesías es un triunfo para la literatura mexicana, es una estrella 
colocada en el firmamento de las bellas letras de México, donde relucen bien pocos astros, merced a que somos niños que ayer nacimos, niños que no hemos recibido educación, niños que superando la debilidad de nuestros miembros, pretendemos ponernos al nivel de las naciones de Europa, dando un salto de cuatro o cinco siglos. ¿Entendeis, amigos mios, lo que os quiero decir con esto?".
APARICION: Sí, sí lo entiendo.
YO: Me alegro. Acto seguido, Manuel Payno lleva a cabo un repaso de lo que llama "nuestro cielo literario", haciendo la broma de decir que será astrónomo por primera vez en su vida. Dice: "Si tomaís un telescopio, descubrireís allá lejos, muy lejos, un planeta brillante y radioso como el de Herschell. Este es nuestro paisano D. Juan Ruíz de Alarcón, que escribió tanto y tan bien como Moreto o Tirso; pero os digo que sin telescopio no puede verse un mexicano que vivió y escribió solo en España, y que a pesar de su talento admirable, no hemos oido una sola vez reproducir en nuestro teatros sus comedias, ni visto anunciado su nombre en un solo catálogo".
APARICION: Esto, me imagino, tiene algo que ver con lo que decías hace ya un buen rato sobre la historia literaria de México.
YO: Exactamente. Ahora te leeré cuál era el antecedente histórico que traían con ellos los jovencitos de la Academia de Letrán: "El resto de    nuestra poesía -continua Manuel Payno- se encierra en las composiciones fugitivas publicadas en los antiguos Diarios de México, en dos tomos de Fray Manuel Navarrete, que tuvo a bien reimprimir en París el Sr. Rosa; en un tomo del Padre Ochoa; en las comedias de D. Manuel Eduardo Gorostiza, y en las obras de D. José María Heredia, que por fortuna nuestra perteneció más a México que a la Isla de 
Cuba".
APARICION: ¿Y Sor Juana Inés de la Cruz?
YO: Tu pregunta es mi respuesta a los mexicanos y mexicanistas que fruncirán el ceño al leer que digo que "ni Sigüenza, ni Sor Juana, ni Ruíz de Alarcón tienen la más mínima presencia en México durante la Colonia. Ni se les recordaba, ni se les leía. Al morir, murieron".
APARICION: Supongo que es una contundente y desagradable respuesta.
YO. Claro que sí.
APARICION: ¿Vale la pena darla?
YO: Manuel Payno es quien está contestando por mí. Pero, en fin, lo que en verdad tiene importancia es la aceptación de una realidad histórica.
APARICION: Volvamos al prólogo de Payno.
YO: El, al extenderse un poco en su repaso a los antecedentes literarios mexicanos de su época, menciona a Francisco Manuel Sánchez de Tagle y a Andrés Quintana Roo. Este es más bien un matiz expositivo pues, en esos años, ninguno de los dos había publicado un libro de poemas: lo que escribieron estaba en esos fugaces periódicos de la época o en folletos u hojas sueltas. Sin embargo, bien vale la mención para tratar de abultar lo inexistente.
APARICION: Pero, en realidad, ¿a qué tipo de inexistencia te estás refieriendo?
YO: A la de los libros. Ese es nuestro tema ahora. Te leeré otro fragmento del prólogo de Payno: "Pero, preguntemos abismados: ¿Dónde está un Shakespeare y un Milton, un Calderón y un Lope, un Moliere y un Racine, un Dante y un Tasso? ¡Oh! todas las naciones tienen en las bibliotecas un monumento de sus poetas y artistas; en los edificios 
una biografía de sus arquitectos; en las aldeas y ciudades, una historia de sus capitanes. Nosotros nada, nada tenemos, sino unas memorias dolorosas, un mar sin playas, un horizonte sin color, un abismo ante los ojos. Nos hundiremos en él, o llegaremos a la vejez sin artistas, sin monumentos y sin gloria. ¿Quién es capaz de adivinar nuestra suerte futura?".
APARICION: ¿Esto es realismo o pesimismo?
YO: Creo que es realismo o, en cualquier caso, lo que él pensaba o sentía y, supongo, una idea que, de alguna manera, debió ser compartida por sus compañeros de la Academia de Letrán. Te he citado con cierta extensión a Payno para que no creas que son elucubraciones mías o fantasías que me van surgiendo. Imagino que estas cosas, dichas por una autoridad o, por lo menos, provenientes de alguien que vivió en esa época, te convencerán de la situación más que si te las expongo yo sin hacer referencia a nadie.
APARICION: Nunca he dudado de lo que me vas diciendo.
YO: Bueno, por si acaso... Vayamos ahora a pormenorizar sobre los libros. Pondré sobre la mesa el Diccionario de escritores mexicanos de Aurora M. Ocampo de Gómez y Ernesto Prado Velázquez, publicado por la UNAM en 1967; la Historia crítica de la tipografía en la ciudad de México. Impresos del siglo XIX, de Enrique Fernández Ledesma, publicado por el Palacio de Bellas Artes en 1935 para celebrar IV Centenario de la introducción de la imprenta en México; y los dos tomos del Fichero Bio-bibliográfico de la literatura mexicana del siglo XIX, de Angel Muñoz Fernández, publicados por Factoria ediciones en 1995, y lancémonos a la tarea de revisar a los autores de la época por la publicación de sus libros. ¿Con quién quieres 
comenzar?
APARICION: ¿Sería un buen inicio José Joaquín Fernández de Lizardi?
YO: Está bien. Como sabes, su obra es muy amplia; ya te mencioné que la UNAM ha publicado trece tomos de sus Obras completas; el grueso de esta producción se halla integrada por folletería, hojas volantes y periódicos de vida efímera, verdaderas rarezas bibliográficas. Lo que podríamos llamar sus libros-libros -digamos, sus novelas- son otras tantas de las rarezas bibliográficas del siglo XIX mexicano. A mí esto me da una primera pista: tirajes muy cortos.
APARICION: ¿Cómo haces para calificar a un libro de rareza bibliográfica?
YO: Hay dos medidas: su presencia en bibliotecas y, aleatoriamente, en el mercado de libros antiguos. Cuando sólo es posible consultar una edición determinada en una, dos o tres bibliotecas específicas del mundo, puedes asegurar que ese es un libro raro, muy raro. Esta sería la primera. La segunda la da el mercado del libro antiguo: si el que buscas nunca figura en catálogos o en las grandes subastas para bibliófilos, esa es una pista inquietante, y de darse la casualidad de que alguna vez esté incluído a un precio desorbitado, entonces resulta evidente que se trata de un ejemplar difícil de conseguir, lo cual, en la terminología de los coleccionistas, quiere decir "rareza bibliográfica".
APARICION: Que es el caso con los libros y publicaciones de Fernández de Lizardi.
YO: Exacto. Pero, en realidad, de animarte a coleccionar, comprobarás que se da una increíble escasez de la mayoría de libros publicados en México durante el siglo XIX -y no se diga durante la Colonia-. En lo 
referente a libros literarios, sospecho que, por lo menos en la primera mitad del siglo, los tirajes no llegaban ni siquiera a los 200 ejemplares, cifra que tal vez se duplicaría en los últimos treinta años, pero sin aproximarse al millar. Es probable que para las revistas y periódicos literarios, las cantidades fueran algo mayores, pero no acentuadamente mayores.
APARICION: ¿Esta idea es una sospecha o tienes datos en que basarla?
YO: Para mí es más que una sospecha. En otras partes del mundo se han realizado investigaciones sobre impresores y editores y, por ese camino, revisando sus libros de contabilidad o de publicaciones, se ha llegado a precisar la cantidad de los impresos que realizaban. En el caso de México, tal tipo de trabajo bibliográfico está pendiente. Sin embargo, adelantando una hipótesis, insistó en sostener que la mejor explicación sobre la rareza bibliográfica de la mayoría de los impresos literarios mexicanos del siglo XIX, se halla en los tirajes muy cortos. Es posible refutarla alegando factores como la humedad, el polvo, las polillas, el tiempo, la dejadez de la gente, las guerras, las revoluciones, la ausencia de bibliófilos o coleccionistas, y hasta el continuo cambio de residencia y formas de vida, pero ni todas estas razones juntas son suficientes para explicar porqué de tantos libros mexicanos de literatura del siglo XIX sólo encuentras un ejemplar o dos en todo el mundo; bueno, o diez, o veinte.
APARICION: Y la respuesta la encuentras en los tirajes cortos.
YO: Casi sin dudarlo. Además, tal práctica se justificaba porque tampoco había el suficiente número de lectores y, menos, alguna posibilidad de exportar. Volviendo a Fernández de Lizardi, te diré, 
como un ejemplo de esto, que, en 1816, los suscriptores para la primera edición de El Periquillo Sarniento eran ochentaiocho personas de la ciudad de México y catorce de la provincia. Sobre esta base, doblar el tiraje podía ser un grave desperdicio, y muy caro. Imprimir un libro en México era costoso, mucho más que en España. La tipografía se valuaba a precios prohibitivos, y no se diga del papel y su continua carencia. En esos principios del siglo XIX, no existían editores, es decir, empresarios que estuvieran dispuestos a financiar la publicación de la obra de un escritor para hacer negocio con su venta. Las ediciones corrían a cuenta de los autores, pagadas de sus bolsillos o por un mecenas o alguna institución. A esta situación es posible agregar, como otra explicación, la censura religiosa o política: la primera edición de El Periquillo Sarniento se interrumpió en el tercer tomo porque el Virrey de México decretó que "no siendo necesaria la impresión de este papel, archívese el original y hágase saber al autor, que no ha lugar a la impresión que solicita".
APARICION: ¿O sea que no llegó a publicarse completa la primera novela de Hispanoamérica?
YO: No. Y lo curioso es que el segundo intento de imprimirla también quedó a medias. En 1825 -nueve años después-, Fernández de Lizardi se empeñó en hacer una nueva edición, corregida y aumentada, de su novela. El presidente de la República, Guadalupe Victoria, a quien estaba dedicada la obra, la había protegido -según dice Fernández de Lizardi en la dedicatoria particular que incluyó- "prestándome el papel necesario para la impresión del primer tomo". Bueno, de este primer tomo, sólo se conoce un ejemplar, descubierto en 1940, en una 
biblioteca de los Estados Unidos, por Ernest Richard Moore. Hasta entonces -ciento quince años más tarde-, se ignoraba la existencia de esta edición de 1825. Para reforzar más la idea de lo que venimos hablando, los suscriptores eran setentaiocho, veinticuatro menos que los de la primera edición de 1816. ¡No mejoraba "la inclinación por la cultura"!
APARICION: ¿Cuándo se publicó, entonces, la primera edición completa?
YO: En 1831, cuatro años después de la muerte de Fernández de Lizardi. De su segunda novela, Noches tristes, sí se imprimió la primera edición completa en 1818: tenía a su favor contar sólo con 112 páginas, lo cual, sin duda, permitió una nueva edición al año siguiente, y esta vez aumentada a 265 páginas. Con su tercera novela, La Quijotita y su prima, aconteció algo similar a El Periquillo Sarniento: la primera edición, de 1818, quedó trunca por falta de recursos económicos del autor; la primera completa también es de 1831. De la Vida y hechos del famoso caballero don Catrín de la Fachenda, cuarta novela de Fernández de Lizardi, la primera edición es de 1832, es decir, una obra póstuma. Aquí hay algo interesante: en los años treinta del siglo XIX, a pesar de seguir dándose precios altos en la tipografía y el papel, ya existían impresores o editores dispuestos a correr los riesgos comerciales de las publicaciones. Esto explica, de alguna manera, el renacimiento de la obra literaria de Fernández de Lizardi al comienzo de esa década. Creo que las peripecias de las primeras ediciones de los libros de este autor, más el hecho de que, al fin, y sólo después de muerto, tres de sus cuatro novelas se publicaron por primera vez completas, te dará una imagen de lo difícil y complicado que resultaba imprimir un libro en los 
últimos años del México colonial e, incluso, en los inicios de la República.
APARICION: Todo esto es muy interesante, pero ¿qué tiene que ver con la Academia de Letrán y los Año Nuevo?
YO: Tú preguntaste por Fernández de Lizardi y te contesté. Pero sea como sea, ha resultado un ejemplo muy significativo pues ofrece, por lo menos, tres ideas sobre este tema: el alto costo de publicar un libro, amén de la escasez de papel; los tirajes cortos por la ausencia de lectores; y la necesidad de que el autor o un mecenas, individual o corporativo, pagasen la edición. Esto resultará fundamental para entender lo que viene después.
APARICION: Ya lo veremos.
YO: Hablemos ahora de las ediciones de los miembros de la Arcadia, por lo menos de sus dos escritores más representativos, los arcades: Navarrete y Sánchez de Tagle. Del primero se hizo en México una edición de sus poemas en 1823 (Navarrete había muerto en 1809), y una segunda, en París, más elegante y cuidada, en 1835. ¿Por qué en París? Porque resultaba menos caro y de mayor calidad. Setenta años más tarde, en 1904, se vuelve a imprimir sus obras, por última vez, en la colección de Agüeros, la Biblioteca de Autores Mexicanos. De Sánchez de Tagle no se reunieron sus poemas en libro hasta 1852, con prólogo de José Joaquín Pesado, y gracias al interés de sus hijos por mantener viva la memoria del padre. No se ha reimpreso nunca. Los dos arcades, antes de estas ediciones, sólo habían publicado sus textos en diarios, en folletos y en hojas sueltas, pero la recopilación de la obra -en ambos, comprendiendo dos volúmenes- se llevó a cabo hasta bastantes años después de sus muertes, y gracias a cariños y 
recuerdos privados.
APARICION: ¿No hay más publicaciones de los autores anteriores a los de la Academia de Letrán?
YO: Revisa el libro de Fernández Ledesma sobre la tipografía en México y comprobarás que, de 1800 a 1830, lo único que hace es lamentar el olvido en que cayó en esos años el arte tipográfico, que considera ilustre en los siglos XVII y XVIII y, citando los prolegómenos igual de ilustres, de Juan Pablos, Ocharte y Espinosa, afirma "que habían dado, en el siglo XVI mexicano, la nota de opriginalidad, de audacia, de superación en el seno mismo de la imprenta recién nacida".
APARICION: Existía, pues, una importante tradición tipográfica en México.
YO: Depende como lo veas. Si te circunscribes a lo tipográfico, se hacían ediciones elegantes... pero de lo que se suele llamar impresos efímeros: decretos virreinales, cartillas para enseñar a leer a los indios, diversos discursos o versitos por una celebración religiosa o cívica. Hay algunos muy bonitos y bien hechos. Pero de lo que se puede llamar un libro, casi los cuentas con los dedos de la mano. Del famoso impresor Juan Pablos, por ejemplo, es muy escaso lo que ha quedado para exhibir. Mi opinión es que imprimió poquísimos libros, e igual sucedió con otros ilustres impresores coloniales. La mayor parte de su trabajo se empleó en folletería y hojas sueltas. En realidad, de existir una actividad editorial en México en lo concerniente a libros y, más aún, a libros literarios, creo que los primeros asomos se dan justamente al iniciarse la decada de los 30 del siglo XIX. Ya te hablé de la reimpresión de las novelas de 
Fernández de Lizardi en 1831, y podemos agregar la primera edición mexicana de Don Quijote de la Mancha, en 1833, también gracias al impresor y editor Mariano Arévalo.
APARICION: Me niego a aceptar que no se imprimieran libros en México.
YO: Y tienes toda la razón. Pero estoy hablando de impresos literarios, y en este rubro, de libros, es decir de ediciones con un cierto cuerpo y no limitadas a 8, 30 o 40 páginas. De otra clase de libros, sobre variados temas, claro que se imprimieron en México, pero, la verdad, tampoco son tantos, y menos si eliminas la producción de tema religioso que, sepa Dios por qué razón, se prefería editar en México y no en España, donde era, como te dije, muchísimo más económico hacerlo.
APARICION: Bueno, así será, pero regresemos a la Academia de Letrán y a los Año Nuevo.
YO: Para evitar que te quedes con la idea de que antes de la Academia de Letrán -y en especial de las ediciones de las poesías de Francisco Ortega y José Joaquín Pesado- los mexicanos no editaban libros literarios, citaré unas cuantos al azar. Las Poesías de Juan José Lejarza, impresas en México en 1827 por la imprenta a cargo de Martín Rivera; los dos tomos de las Poesías de un mexicano, obra de Anastasio María de Ochoa y Acuña, miembro de la Arcadia, colaborador del Diario de México y, según el diccionario de Aurora Ocampo y Ernesto Prado, "el introductor del nacionalismo pintoresco en la poesía", y de cercano interés a Fernández de Lizardi en lo referente a la pintura de la vida social mexicana de su tiempo: la edición de estos dos volumenes se realizó en 1828, en Nueva York (ese mismo año, en México, en la imprenta de Galván a cargo de Mariano Arévalo, había 
dado a conocer su traducción de Las Heroídas de Ovidio, firmadas igualmente con el casi anónimo "un mexicano"); José María Heredia, el poeta cubano, imprimió en Toluca, en 1832, dos volúmenes de sus Poesías, segunda edición aumentada y corregida; y hablando de Heredia, haré referencia a Jicotencal, una precursora novela de personajes y ambientes indígenas, impresa en 1826 en  Filadelfia, que el estudioso cubano Alejandro González Acosta se halla empeñado en demostrar -como lo está logrando- que es obra del denominado "primer romántico hispanoamericano"; los Ocios juveniles de Joaquín María de Castillo y Lanzas, editada también en Filadelfia en 1835; hay por ahí una olvidada y curiosa novela, El misterioso, publicada en Guadalajara en 1836, y escrita por Mariano Meléndez y Muñoz. A esta somera lista, podríamos agregar las publicaciones del Conde la Cortina previas a 1839, de las cuales la más importante para la literatura es la de su cuento "La calle de don Juan Manuel", impresa por primera vez en la Revista Mexicana y como folleto en 1836 por Ignacio Cumplido; y las Fábulas políticas y militares, impresas en 1821, de Ludovico Lato-Monte, seudónimo de Luis de Mendizabal, estudiado y rescatado hace poco por monseñor Joaquín Antonio Peñalosa; pero, para ser estrictos, en ambos casos se trata de folletos más que de libros y, esos, los estamos descartando. Para concluir, haré referencia a las Poesías de Fernando Calderón, impresas en Guadalajara en 1828, cuando el poeta contaba 19 años de edad, y la edición de sus obras en 1837, en Zacatecas, edición que quedó trunca en el tercer cuaderno por su exilio a la capital; y a los Himnos del Breviario Romano y de algunas sagradas religiones traducidas en verso castellano por el prebístero D. José Manuel 
Sartorio, así como a los siete tomos de sus Poesías sagradas y profanas, impresos todos ellos en la Imprenta del Hospital de San Pedro, a cargo del ciudadano Manuel Buen-Abad, de Puebla, en 1832.
APARICION: No sigas, ya me he formado una idea de que hubieron escritores mexicanos, e incluso un poeta cubano, que publicaron libros de poesía, una novela o dos, en México, en Filadelfia o en Nueva York. La verdad es que no sé qué has pretendido demostrar con esta enumeración.
YO: Que existieron autores mexicanos, antes de 1836, que habían publicado libros de literatura. Lo que, en cambio, dejaré en tus manos, es averiguar si representan una cantidad significativa o importante como para hablar de una actividad editorial en el país gracias a los literatos nacionales.
APARICION: ¿Tu relación comprende todos los libros que publicaron los mexicanos antes de las ediciones de Ortega y Pesado en 1839?
YO: Por supuesto que no, pero ¿de cuántos más era posible esperar libros literarios?
APARICION: No lo sé.
YO: Lo que me olvidaba, y resulta muy importante, es, ni más ni menos, de la primera antología de poesía mexicana que se reune y publica. Se titula Colección de poesías mejicanas, impresa en París, por la Librería de Rosa, en 1836, lo cual resulta muy conveniente por la posibilidad de utilizarla como parteaguas literario a lo escrito con anterioridad a la fundación de la Academia de Letrán. Luis González Obregón atribuyó la paternidad de la selección a José María Luis de Mora, lo que, años más tarde, confirmarón los trabajos realizados por Arturo Arnáiz y Freg, Andrés Henestroza y Luis Leal, 
según informó Porfirio Martínez Peñaloza en su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua en 1976; en ese interesante discurso, también se afirma que esos estudiosos han identificado a los autores de 82 poemas -salvo 9 que tienen iniciales, el resto aparece como anónimo-, y dejan pendiente el conocimiento de la autoría de 18 poemas. Esta antología revela la sosedad y el poco vuelo de lo que se escribía en México antes de la fundación de la Academia de Letrán; si dijeras que parece una colección de malos y pésimos poetas españoles, asentiría sonriendo.
APARICION: Evitaré decirlo.
YO: Me parece muy bien. Bueno, creo que ya hicimos un esquemático panorama de los libros literarios impresos en México o en el extranjero por poetas, mejor dicho, escritores mexicanos. No sé qué es posible agregar. A mí me parece una producción editorial raquítica y de una calidad literaria muy baja. Lo único salvable es lo de José María Heredia, pero resulta que era cubano. Podrías decirme que he olvidado al presidente de la Academia de Letrán, Andrés Quintana Roo; de él sólo se conocen siete poemas, y de estos, tres son traducciones de los salmos del rey David. E igual es posible agregar a José María Moreno y Buenvecino, que editó un tomo de sus Poesías en Puebla, en 1821, y, junto a él, a varios señores que hicieron imprimir, en diversas ciudades del país, sus composiciones literarias en un volumen y -es lamentable decirlo- nadie jamás se ha tomado el trabajo de estudiarlos con seriedad. La con regular justicia famosa Antología del Centenario, es un buen inventario de la producción literaria del país... hasta 1821. La idea era abarcar el primer siglo del México independiente, pero ni el poeta Luis Urbina, ni Pedro Henríquez 
Ureña, ni Nicolás Rangel, teóricamente bajo la dirección de Justo Sierra, lograron pasar de los primeros ventiún años y de prestar cierta cuidadosa atención a dieciocho escritores. Pero, aún así, es un buen modelo a seguir: hubiera resultado una maravilla bibliográfica y erudita de llegar a completar el proyecto inicial: tendríamos información de primera línea, y de primera mano, sobre los autores mexicanos del siglo XIX. Ignoro por qué la universidad no se ocupa de llevar a buen término este trabajo trunco y comienza desde ahora a preparar, digamos, la Antología del Bicentenario... ¿Qué opinas?
APARICION: Si no te molesta, prefiero no decir nada sobre estos temas.
YO: Está bien.
APARICION: Y ahora, por fin, entraremos a las ediciones de los miembros de la Academia de Letrán.
YO: Así es, y te vas a llevar una sorpresa. De los cuatro fundadores, José María Lacunza, nunca publicó un libro; su hermano, Juan Nepomuceno, editó un folleto en 1841, Ocho días a Dios o sea una semana de ejercicios en La Profesa, una especie de meditación en verso sobre su amor a Dios; Manuel Tossiat Ferrer, sólo publicó en revistas o en folletos de discursos u odas a la independencia. Nos queda Guillermo Prieto. Boris Rosen Jálomer me dice que la recopilación que está publicando de las Obras Completas superará los treinta tomos. No lo dudo. Prieto era un escritor profesional y un improvisador contumaz. Dejando de lado sus pocas obras de teatro, que en realidad eran delgadísimos folletos pletóricos de ligerezas (el primero es El susto de Pinganillas, capricho dramático con que los 
alumnos del Colegio de San Idelfonso felicitaron el cumpleaños del general José María Tornel la noche del 19 de marzo de 1843), Guillermo Prieto esperó hasta 1879 para publicar su primer libro de poesía: Versos inéditos, en dos volúmenes; la tan famosa Musa callejera, recién se editó en 1883, también en dos volúmenes. Si quieres decirme que es literatura -como probablemente lo sea en el apartado de libros de viajes-, habría que mencionar Viajes de orden suprema, publicada en dos tomos en 1857, y el Viaje a los Estados Unidos, en tres volúmenes, editado en 1877-78. En fin, que después de 43 años de escribir día y noche, a los 61 años de edad, Guillermo Prieto vio reunida por primera vez parte de su producción poética; cuando se editó su primer libro de viajes, tenía 21 años de escritor pertinaz y 41 años de edad. Los dos volúmenes de sus excelentes Memorias de mis tiempos -que son la base, y única fuente, para escribir sobre la Academia de Letrán-, fue una publicación póstuma, de 1906, aunque es verdad que el capítulo central sobre la Academia lo adelantó en 1889, en la Revista Nacional de Letras y Ciencias. No podemos afirmar que los fundadores de la famosa Academia de Letrán se empeñaran en publicar libros reuniendo su obra literaria o que se dedicaran a escribir alguno sobre un tema concreto.
APARICION: ¿Cuál sería la razón de esta desidia libresca, si es que así puede llamarse, pues Guillermo Prieto, por ejemplo, siempre tuvo una abundante producción, tanta como para carecer de problemas a la hora de seleccionar entre sus muchos textos y formar, digamos, un libro temático de poesía?
YO: La verdad es que no lo sé; es un asunto que me asombra mucho. Pero sigamos con otros miembros de la Academia de Letrán. Ignacio 
Rodríguez Galván, para empezar, que era un escritor con evidentes inclinaciones de editor (recuerda El Recreo de las Familias y, claro, los cuatro volúmenes de los Año Nuevo como aventuras editoriales suyas), en vida sólo vio publicadas sus dos obras de teatro: Muñoz, visitador de México, estrenada en 1838 y editada ese mismo año por la librería de su tío, el señor Galván; y El privado de Virrey, impresa, bajo el mecenazgo del general Tornel, en 1842, por la imprenta de Ignacio Cumplido: la obras se estrenaron en esos mismos años, y puedes asegurar que su vigencia duraba sólo el día del estreno (aunque es verdad que la primera tuvo la fortuna de una nueva puesta en escena un par de años más tarde). Su hermano, Antonio Rodríguez Galván, que también colaboró con textos literarios en diversas revistas de la época y, al parecer, fue su incondicional apoyo en las aventuras editoriales en que se involucró, reunió en 1851, en dos volumenes, la poesía y el teatro de Ignacio, pero no las prosas: cuento, ensayo y traducciones: ya habían pasado nueve años desde su muerte en La Habana. Esta obra se reeditó en 1876 y en 1883; la UNAM, en 1994, más de un siglo después de la última edición, reimprimió, en facsímil, los dos tomos de la edición de 1851, con apéndices con su prosa y un prólogo mío. ¿No pensarás que es vanidad autocitarme?
APARICION: No, me parece correcto.
YO: Me sacas un peso de encima. Déjame traer una relación con el índice alfabético de los colaboradores de los Año Nuevo y así hacemos un repaso sin que me olvide de alguien. Veamos: Wenceslao Alpuche, editó un volumen con sus poesías en 1842, mismo que se reimpimió en 1887; M. Andrade (supongo que es Manuel Andrade y Pastor, un médico que, en 1833, fue el primer catedrático de cirugía que hubo en el 
país, y, a los pocos años, en 1838, fue director de la Escuela Nacional de Cirugia: nació en 1809 y murió en 1848), no publicó libros; Ignacio Rafael Gondra, nacido en 1788 y fallecido en 1861, tampoco publicó algún libro: con él se da la curiosidad de que por tener la mismas iniciales en su nombre que Ignacio Rodríguez Galván, resulta fácil que algunos investigadores -es imposible decir "todo el mundo"- atribuyan sus textos publicados en revistas a su homónimo en iniciales: no tiene mayor importancia pero asiento el dato. Era un gran aficionado a la arqueología y a la historia antigua de México.
APARICION: Todo esto es muy raro.
YO: Sin duda. De los amigos de su edad que trajo Guillermo Prieto a la Academia de Letrán y que colaboraron en los Año Nuevo, bueno, ni Antonio Larrañaga, ni Joaquín Navarro, ni Luis Martínez de Castro, ni Eulalio María Ortega, editaron algún libro mientras vivieron, y no se los volvió a publicar después de muertos. En la actualidad no los recuerda ni los cita nadie. De los mayores, ese M. Navarro, que figura en El Año Nuevo de 1839 con un cuento de carácter histórico, y que igual podría pertenecer al grupo de muchachos de la edad de Prieto, no se sabe nada y menos de un libro suyo; de José Ramón Pacheco, nacido en 1805 y fallecido en 1865, se conocen libros, pero que no tienen nada que ver con la literatura: por ejemplo, Cuestión del día o nuestros males y sus remedios, publicado en 1834, o la Exposición sumaria del sistema frenológico del Dr. Gall, de 1835, o una descripción sumaria sobre la honra a las cenizas de Iturbide, de 1849; el general José María Tornel supongo que nunca deseó publicar un libro, que, de pensarlo, le hubiera sido algo sencillísimo de lograr.
 
APARICION: De los mayores te quedan dos: Manuel Carpio y José Joaquín Pesado.
YO: Y Francisco Ortega. Y, dentro de los jovencitos, Manuel Payno. Aún falta. Comenzemos con Manuel Carpio: en 1823 publicó una buena traducción de los Aforismos y pronósticos de Hipócrates y, según se dice, una obra titulada La Tierra Santa, que probablemente sea una traducción o compendio religioso. En 1849, cuando cumplía los 58 años de edad, su gran amigo José Joaquín Pesado reunió por primera vez sus poesías y las publicó con un prólogo suyo; en 1860, en el mismo año de su muerte, otro gran amigo suyo, José Bernardo Couto, realizó una segunda edición con más poemas y también le puso un prólogo suyo. Manuel Carpio, aunque parezca paradójico, fue el poeta del que más ediciones se hicieron en el siglo XIX, seguro por su vena literaria religiosa o, como afirmaban sus detractores, por haber puesto casi todos los temas de la Biblia en verso. Como dijiste que no es vanidad, agregaré que en 1987, la Universidad Veracruzana publicó un facsimil de la edición de 1860, con apéndices de poesías no recopiladas y el discurso sobre la "Higiene de los literatos" y el "Elogio fúnebre" a Pedro Escobedo, publicación que tuve el gusto de preparar y prologar.
APARICION: ¡Bien!
YO: La bibliografía de Manuel Payno es amplia pues está llena de libros y folletos de temas no literarios, los cuales resulta conveniente dejar en esta ocasión de lado. Su primera publicación que podríamos llamar literaria, fue de viajes: Memorias e impresiones de de un viaje a Inglatera y Escocia, editado en 1853 por Ignacio Cumplido, cuando el autor contaba con 33 años de edad: esta es una 
obra trunca pues faltó el segundo tomo, quizá porque nunca lo escribió o porque se presentó algún problema editorial; en 1859 se publicó en libro El fistol del diablo, novela que quedó inconclusa en 1846 en La Revista Científica y literaria; en 1861 se editó una novela inconclusa, El hombre de la situación; en 1871 reunió en un volumen una miscelánea, que comprendía cuentos y artículos de viaje, con el título de Tardes nubladas. Pocos años antes de morir, en 1891, mientras se hallaba desempeñando un cargo diplomático en Barcelona, Manuel Payno debió tomar conciencia de la importancia de dejar en libro lo que consideraba más valioso de su obra literaria: no sólo se ocupó de que se realizara una elegante edición, llena de modificaciones, de El fistol del diablo, sino que terminó de escribir Los bandidos de Rio Frío, que igual editó lujosamente, y cada una de ellas abarcando dos gruesos volúmenes. Al encargar la impresión de estas importantes novelas, Manuel Payno tenía 71 años de edad. Déjame agregar que al morir, en 1894, era un completo don nadie, tanto política y como literariamente. A su entierro, a pesar de ser el presidente del Congreso y la persona que remplazaría a Porfirio Díaz en caso de muerte, habrán asistido 20 personas; los pocos estudiosos de la literatura nacional que ejercían la historia o la crítica, no lo tomaban en cuenta o lo mencionaban como un escritor de segunda categoría: si no me crees, algo de ese estigma puedes hallarlo aún en la oficiosa Hitoria de la literatura mexicana de Carlos González Peña. Recién en los años 40 del siglo XX comenzó a reconocerse que Los bandidos de Río Frío era una de la dos grandes novelas del siglo XIX mexicano (la otra es Astucia de Luis G. Inclan). Ya me dirás si no tuvo importancia el gesto editorial de Manuel Payno tres años 
antes de su muerte.
APARICION: ¡Caray!
YO: Sí, ¡caray!.
APARICION: Y ahora, Francisco Ortega y José Joaquín Pesado.
YO: Si no tienes inconveniente, permíteme referirme a dos escritores que aún se recuerdan y sabemos, por el testimonio de Guillermo Prieto en sus memorias, que asistieron a reuniones de la Academia de Letrán: Fernando Calderón e Ignacio Ramírez, el Nigromante. Del primero de ellos, Fernando Calderón, ya hemos hablado y me disculparás por tener que repetir datos: él es un caso muy especial dentro de la historia bibliográfica literaria de México en el siglo XIX. Me parece que es el único escritor de ese siglo que, desde muy temprana edad, tuvo muy clara la importancia de publicar su obra en forma de libro, sin limitarse a la colaboración en revistas. Tan es así esto, que a los 19 años, en 1828, publicó su primera colección de poemas, misma que fue recibida con afecto y elogios por José María Heredia en su revista Miscelánea. En ese entonces, Fernando Calderón era un joven poeta de provincia; la edición se imprimió en la provincia, en Guadalajara, y es muy probable que ninguno de sus contemporáneos hubiera escuchado hablar de él; sin embargo ahí tienes la edición de sus versos y, además, por si esto fuera poco, comentada públicamente por Heredia. Nueve años más tarde, en 1837, Fernando Calderón vuelve a empeñarse en imprimir sus obras; lamentablemente el proyecto queda trunco por su salida política de Zacatecas a la Ciudad de México por orden de Santa Anna; sin embargo, ahí está el testimonio de la idea de publicar en libro sus obras. Durante su breve exilio en la capital, concurre a la Academia de Letrán (no colabora en los Año 
Nuevo, pero sí en El Recreo de las familias), se hace amigo de los literatos de su tiempo, y sienta las bases para estrenar, pocos años después, sus piezas teatrales (El Torneo en 1841, Ana Bolena en 1842 y Hernán o la vuelta del cruzado en 1843). En 1844, cuando Ignacio Cumplido decide iniciar la publicación de El Parnaso Mexicano, el poeta elegido es, naturalmente, Fernando Calderón. Para que aprecies mejor esta idea tan obvia sobre la importancia de la edición de sus obras, el prólogo que se incluye había sido escrito por Manuel Payno, en Zacatecas, dos años antes, al concluir una reunión de amigos, en la que Calderón consultó sobre la conveniencia de poner o no un prólogo a una nueva publicación de sus obras. Ya me dirás si al poeta no le rondaba esta idea fijamente por la cabeza.
APARICION: Una interrupción: dices que, en 1844, Ignacio Cumplido decide iniciar El Parnaso Mexicano, ¿quién continuó a Fernando Calderón?
YO: Nadie. Y aquí tienes una muy cierta reafirmación de una de las razones por las que en México casi no publicaban libros los autores nacionales. Cumplido dijo con absoluta claridad en el prospecto de la edición: "El editor no se propone lucrar en la empresa que anuncia; pero sus recursos no le permiten continuar la colección que se propone hacer de los demás poetas mexicanos, si no se costea la primera de D. Fernando Calderón. La protección mayor o menor que el público preste a ésta, será la señal de la continuación o paralización de las que le deben seguir. El editor se lisonjea con la esperanza de que todos los buenos mexicanos contribuirán por su parte a este monumento que se propone elevar a nuestra naciente literatura".
 
APARICION: En pocas palabras: la edición de la obra de Fernando Calderón no se vendió.
YO: Exactamente, y es triste pues Cumplido también decía en el prospecto que ya eran bastante numerosas las composiciones de "nuestros poetas" como para formar una colección de libros -"tomitos" los llamó- "tan cómodos en su forma, como agradables y útiles en su contenido".
APARICION: ¡Una verdadera lástima!
YO: Así es. Bueno, sigamos con Fernando Calderón. En 1850, a los siete años de su fallecimiento, Ignacio Cumplido retoma la idea de iniciar una colección de obras literarias nacionales; de nuevo el elegido es Fernando Calderón, y esto a pesar de que hacían ya siete años que había muerto en Zacatecas, a los 36 años de edad. La colección proyectada tampoco continuó después de este primer volumen, que llevaba un interesante prólogo de José Joaquín Pesado. La obra poética de Fernando Calderón se reedito en 1866, en 1882 -gracias a su hijo Fernando, quien agregó varios textos que no figuraban en ediciones anteriores-, en 1883 y en 1902, en la ya mencionada colección de Victoriano Agüeros. Echándome más flores de las debidas, te diré que en 1986, el gobierno del Estado de Zacatecas, la Universidad de Zacatecas y Premià editora, publicaron un facsímil de la edición de 1844, con apéndices que incluían poemas, dos obras de teatro y una oración fúnebre a Francisco García; además llevaba un prólogo mío. De Calderón se publicaron en 1854 tres tomos, de pequeño formato, con las obras teatrales que había estrenado en la capital entre 1841 y 1843, y que ya te mencioné.
APARICION: Ahora le toca a Igancio Ramírez, el Nigromante.
 
YO: Este es un caso tambén muy curioso. Sabemos, como siempre, gracias a las memorias de Guillermo Prieto, de su ingreso a la Academia de Letrán con la lectura de un discurso que escandalizó a muchos de los concurrentes y que se titulaba "No hay Dios". Ignoramos el año exacto de este suceso, pero lo que sí podemos saber es que no colaboró en los Año Nuevo, en El Recreo de las familias y en ninguna de las revistas en las que escribieron los miembros de la Academia. Según la edición de los ocho tomos de las Obras completas de Ignacio Ramírez que realizó Boris Rosen Jálomer -te lo mencioné al referirme a la edición de las Obras completas de Guillermo Prieto; él también fue el compilador de las Obras completas de Francisco Zarco y es probable que en 1996 inicie la edición de las Obras completas de Manuel Payno; un trabajo asombroso y digno de los mejores elogios-, sus primeros artículos recién se publicaron en 1845, en Don Simplicio, con el seudónimo que hizo famoso: El Nigromante. De todas formas, su primer libro de carácter literario, las Lecciones de literatura, es de 1884, cuando contaba con 66 años de edad; sus Obras completas, en dos volúmenes, son de 1889, cuando cumplía los 71 años. Asentados estos datos, pasemos ahora a Francisco Ortega y José Joaquín Pesado, culpables de este largo informe bibliográfico.
APARICION: Larguísimo.
YO: Discúlpame, de verdad.
APARICION: Estás disculpado, pero, con los respetos del caso, apúrate y abrevia un poco más.
YO: Haré lo posible.
APARICION: Y entonces seré yo quien te deberé un agradecimiento.
YO: Lo recordaré en el momento oportuno. El volumen de las Poesías de 
Francisco Ortega, fue impreso por Ojeda en 1839. El libro es más pequeño que un Año Nuevo, pero más grueso, 346 páginas más 14. En el prólogo -que se encuentra entre esas "más 14"- dice que como sus poesías habían sido bien recibidas por el público en diversas épocas, "ya sueltas, ya insertas en varios periódicos", se decidió a reunirlas. En 1833 inició la obra, pero "tuve que suspenderla por haberme sobrevenido ocupaciones que no me permitían descanso alguno, contentándome con publicar en 1834 un pequeño cuaderno"; también indica que en esta edición incluye poemas inéditos, "que habían merecido la aprobación de personas inteligentes". En un revelador acto de modestia, afirma que "por graves que sean las censuras que se me hagan, estoy dispuesto a sufrirlas, con tal de que mi ejemplo -nota mía: publicar el libro- anime a otros poetas que con más títulos que yo para obtener los favores del público, pudieran comparecer ante él y vindicar en la ilustrada Europa el honor de las musas mejicanas, particularmente hoy, en que a pretexto de los errores de nuestra infancia política, se ha hecho como de moda entre los periodistas extrangeros el tratarnos de bárbaros". Todas estas afirmaciones son importantes.
APARICION: Lo entiendo.
YO: Déjame hacerte una pregunta: ¿por qué animar a los poetas a comparecer ante el público, era una forma de vindicar ante la ilustrada Europa el honor de las musas mexicanas, sobre todo cuando se estaba considerando a los mexicanos como bárbaros?
APARICION: Bueno, porque verían que era un país de poetas y en el que existía actividad cultural.
YO: ¿Y esas demostraciones no la podían hacer las revistas 
literarias, El Año Nuevo, por ejemplo?
APARICION: Tienes razón.
YO: ¿Crees? Cuando en 1846, se publica en Valparaiso la primera antología literaria de Hispano América, América poética, realizada por Juan María Gutiérrez, la redacción de El Albún Mexicano hace, en las páginas 614 y 615 del tomo primero, el siguiente comentario sobre los poetas mexicanos incluidos: "Once de ellos alcanzaron el honor de que se insertara sus producciones la "América poética", y son los señores Arango, Calderón, Carpio, Couto, Lafragua, Navarrete, Pesado, Prieto, Quintana Roo, y Tagle -nota mía: los redactores del Album Mexicano olvidaron citar al incluido Joaquín María de Castillo y Lanzas-. Sensible es que no se hayan publicado las mejores composiciones de los poetas mencionados, ni la de otros ingenios que gozan entre nosotros de una merecida popularidad, como el malogrado Rodríguez, cuya tumba han cubierto de flores las musas nacionales. El rasgo marcado en la fisonomía literaria de nuestros escritores contemporáneos es la política; así es que, Tagle, Calderón, y Prieto, nunca se remontan más que cuando truenan contra los tiranos, y consagran sus himnos a la libertad y la gloria. También hemos cultivado con felicidad la poesía religiosa, y nos complacemos en reconocer que la lira de la patria nunca suena mejor que cuando eleva sus sonidos hasta el cielo".
APARICION: Noto cierto fastidio porque sólo se incluyeron poemas políticos de los poetas mexicanos y, además, se olvidaron de poetas considerados importantes en México, como Rodríguez Galván, al que citan.
YO: Sí, pero también olvidaron lo que habían dicho líneas antes: 
"Hojeando la "América poética" se puede percibir hasta qué punto es influyente la marcha de los sucesos políticos en la literatura; hasta qué punto esa generación, hija de la gloria y del infortunio, adoptó intenciones sociales hasta en los ensueños de la imaginación". Juan María Gutiérrez seleccionó de acuerdo a su gusto y a sus inclinaciones, de ahí, también, el reclamo mexicano por la ausencia de poesías pastoriles y de epigramas.
APARICION: Era una antología poética de inclinaciones políticas.
YO: No exactamente. Lo que más bien habría que preguntarse es de dónde se sacaron los poemas mexicanos que figuran en la antología hispanoamericana. De los poetas incluidos, sólo tres -Navarrete, Pesado y Calderón- tenían su obra en libro. Sin saber si esos libros llegaron a Sudamérica, lo más probable es que el material proveniera de periódicos políticos (lo cual no daría el tema necesariamente, pero podría explicar la difusión continental por los problemas muy similares que se enfrentaban las antiguas colonias españolas). De cualquier forma, el punto que aquí nos interesa es que resulta muy difícil, si no imposible, formarse una idea de la obra de un poeta -y más de una literatura nacional- a base de leer revistas, folletos y publicaciones por conmemoraciones o actos más o menos oficiales. Pero aún así debemos reconocer que entre los once poetas incluidos no se cometió ninguna pifia ni se dió importancia a un escritor que carecía de méritos en su medio literario.
APARICION: ¿Algún mexicano podría haber informado a Juan María Gutiérrez?
YO: Es una desconocida posibilidad que no debe descartarse del todo. Pero, en fin, este paréntesis era para señalar que sólo a través de 
la edición de una obra reunida en libro, puedes hacerte idea del valor y de los temas de un poeta; y que sólo gracias a varios o muchos libros de los escritores de un país, es posible crearse una idea aproximada sobre su literatura. En caso contrario, el único recurso es leer un amplio número de revistas y, desde esa base, formarte opiniones; lo cual, lo sabemos bien, es bastante complicado y poco creíble. Cuando Francisco Ortega se decide a dar el ejemplo con la publicación de su libro de poesías, está realizando una valorización del libro como el mejor medio para darse a conocer y, a la vez, esta dando una llamada de atención a los escritores nacionales para que reunan en libro sus composiciones, así sea en honor de las musas mexicanas y para evitar que se considerase bárbaros a los mexicanos. La publicación en revistas no le parecía suficiente: esto es importante.
APARICION: Ya estamos otra vez en Francisco Ortega.
YO: Sí, y antes de pasar a José Joaquín Pesado, te comentaré que, en 1836, Ortega publicó y anotó la Historia antigua de México, escrita por Mariano Veytia, quien había muerto 56 años antes, dejando inéditas sus obras principales. Mi referencia a esta edición es para lamentar la escasísima atención que mereció entre sus contemporáneos. Si te digo que la Historia de Veytia no se reeditó hasta 1944, podrás disculpar el que tampoco los escritores de la Academia de Letrán abrieran los ojos llenos de asombro, curiosidad y sed de saber por el trabajo de Francisco Ortega. Esto viene a cuento por el desconocimiento que tenían del pasado indígena los escritores de la época, que sólo pudieron remontarse narrativamente a años muy próximos a los de la Conquista por los españoles. Todo ese mundo maya 
y azteca se les escapaba a la imaginación.
APARICION: Esto correspondería al contexto de "Netzula" y "La batalla de Otumba", más a los poemas proindigenistas de los Año Nuevo.
YO: Así es. Pasemos ahora a José Joaquín Pesado. El, como ya sabes, igual que Francisco Ortega, publicó en 1839 su primer libro de poesía. Tenía 38 años de edad. Sus poemas se encuentran divididos en tres temas, que serán modulares de su creación: el amoroso, el moral y el religioso. En el prólogo explica de forma inteligente ese orden y su temática literaria.
APARICION: Es un ordenamiento muy amplio: ahí están todos los temas poéticos.
YO: Quizá. Pero no se acerca a la épica, por ejemplo, ni trata asuntos patrióticos, tan común en los poetas de su tiempo. Esta edición, aumentándose, se reimprimió en 1849 y 1886. Desde entonces, Pesado sólo ha figurado en antologías generales y nunca se ha realizado una selección valorativa de su obra. Ya te dije que, para mí, era el más poeta de su generación y, también, uno de los más importantes del siglo XIX. Me es muy fácil compartir la apreciación de Marcelino Menéndez y Pelayo: en Pesado no se presentan subidas y caídas literarias; es cierto que no escribió el gran poema de la literatura mexicana, pero es un poeta al que se lee casi sin rechazarle algo. Esto ya es un mérito entre tanto versificador en la historia literaria mexicana (e hispanoamericana), que igual sube como cae estrepitosamente en un poema o, tal vez más comprensible, en el conjunto de toda su obra.
APARICION: ¿Queda aún algo sobre Pesado?
YO: Sobre José Joaquín Pesado habría mucho que decir, pero para lo 
que nos interesa de esta revisión bibliográfica, hemos terminado; su libro Las aztecas lo mencioné en el momento adecuado. No tengo más que decir.
APARICION: Como quieras, pero por lo menos hazme una breve conclusión de este tema. No puedes dejarme en el aire.
 APARICION: Como quieras, pero por lo menos hazme una breve conclusión de este tema. No puedes dejarme en el aire.
YO: Eso es lo último que desearía; sin embargo, tenía la extravagante ilusión de que nuestra larga charla sobre ediciones de libros durante los primeros cuarenta años del siglo XIX, llevaba implícita, y explícita, los conceptos básicos que deseaba expresar.
APARICION: Pues te equivocas. Un ligero resumen no le hará mal a nadie.
YO: No sé qué decirte; me parece que podría ser redundante. En fín: lo elemental radica en el alto costo de editar un libro y en la necesidad de que fuera el autor, o algún mecenas que lo apoyara, quien debía pagar las facturas de tipografía, papel, impresión y encuadernación. Este aspecto económico, obligaba, en consecuencia, a reducir los tirajes y a tratar de lograr cierto número de suscriptores que garantizaran la venta de los ejemplares necesarios para cubrir el costo de edición.
APARICION: Espera, espera, no quería un resumen con ese tratamiento. Lo que acabas de decir ya me lo sabía. Te pedía algo más ameno, una manera alegre de recapitular lo conversado; el toque anecdótico a la exposición bibliográfica.
YO: Ahora te entiendo. Déjame ver, ¿qué te parecería, para comenzar, una anécdota de 60 años más tarde? De esta forma, además de ilustrar 
el tema, tendrías una idea sobre cómo evolucionó la situación a lo largo del siglo.
APARICION: Quizá resulte interesante.
YO: Ojalá. Hágamos la prueba. En 1889, cuando el maestro Altamirano estaba a vísperas de viajar a España -a Santander, en teoría- con el cargo de cónsul, uno de sus muchos proyectos anunciados en la prensa, consitió en "echarse sobre los hombros la pesada carga de mandar a hacer a Barcelona... las impresiones todas que le encomienden sus amigos de México, a condición de ajustarlas a precios excesivamente módicos". Más adelante, en esa misma nota, publicada en El Partido liberal el 25 de julio de 1889, se comenta que "la empresa de imprimir un libro en México raya al presente en la insensatez, por el costo exagerado que tiene el más pequeño libro. Además, los escritores mexicanos luchan ahora para cualesquiera de sus empresas con el editor, que en su afán de lucrar, se ha dado el caso de que no pague, al hacer la compra del libro, ni lo que importó el papel empleado en su tiro". Aquí, es evidente, hay un error de concepto entre lo que es un editor y lo que es un librero. Pero lo cierto es que el escritor preparaba su libro, iba a una imprenta, pagaba de su bolsillo, insensatamente, un precio altísimo por la edición de su obra y, luego, debía entablar negociaciones con los libreros sobre la venta de ejemplares, quienes, como verdaderos "ogros" -así los llaman en la nota-, trataban de darles cualquier miseria por lo que les llevaban. Esto es en 1889; creo que podrá servir de referencia sobre cómo eran estos asuntos 60 años antes: es difícil imaginar que hubieran mejorado.
APARICION: De acuerdo.
 
YO: El segundo aspecto de mi charla bibliográfica, se centraba en la falta de lectores para las obras escritas por mexicanos. Ignoro si se daba un desdén por ellos o si lo que escribían no despertaba el interés de nadie. También he de decir, en defensa de los autores, que tampoco la capital de México podía presumir de una alta y marcada inclinación por la lectura. No conozco algún caso en que la gente se arrebatara de las manos un impreso decimonónico, sea periódico o libro. La desconexión mental entre el autor nacional y su público natural siempre ha sido en exceso evidente, incluso de los autores que podríamos llamar "populares"... y no se diga la de los intelectuales "cultos" con sus escritores y artistas populares. Para apoyar lo que digo, leeré un par de párrafos de una de las conferencias de Mariano Azuela en El Colegio Nacional, en 1947. Después de revelar que "nunca me atreví a confesar que yo había leído con positivo placer Astucia, la novela escrita por un ranchero palurdo", y preguntar acto seguido: "¿Qué persona de buen gusto, en vida del grabador Posada, se hubiera aventurado siquiera a pronunciar su nombre?", hace el planteamiento que me interesa: "Se ha dicho que Astucia fue tan popular o más que El Periquillo. ¿Por qué, entonces, pasaron más de cincuenta años para que se hiciera la segunda edición de esa obra?". Ten presente que su referencia es un escritor al que llama "ranchero palurdo". Bueno, pues esta misma pregunta es posible hacerla sobre cualquier escritor mexicano del siglo XIX, sea palurdo, general, diplomático, maestro, sacerdote o político; y, además, hablamos de ediciones de 200, 500 o, si lo quieres, hasta de 150 o 50 ejemplares (como eran, abiertamente consignadas, las de José María Roa Bárcena): muy rara, rarísma vez, una reimpresión, aunque sólo 
fuera diez o veinte años más tarde de la llamada "edición príncipe". Sea quien fuera el que escribiera en México, jamás halló público entre sus connacionales.
APARICION: ¿Es una boutade?
YO: Te estoy citando a Mariano Azuela, a quien igual le menospreciaron su novela Los de abajo y que, hasta no alcanzar una tardía fama, él mismo era quien se pagaba sus ediciones y las regalaba entre sus amigos. Y antes me referí a la consideración que merecieron Manuel Payno y Los bandidos de Río Frío, por lo menos hasta la década de los 40 del siglo XX. Si lo deseas, es muy fácil redundar en los ejemplos con el escritor y la obra que me indiques.
APARICION: De Manuel Carpio, José Joaquín Pesado, Ignacio Rodríguez Galván, Fernando Calderón, por citarte no uno sino varios nombres, tu mismo has dicho que durante el siglo XIX se reimprimieron sus libros en por lo menos tres ocasiones.
YO: Estás en lo correcto, pero porque ellos o sus familiares se encargaron de hacerlo. 200 ejemplares los regalas aunque sea en diez años, y a un hijo o a un nieto lo viste bien reeditar, entre sus contemporáneos, la obra del padre o del abuelo; tratándose de descendientes más lejanos, el asunto ya es otro cantar. Si no fuera por las universidades, la obra de los poetas que citas hubieran continuado durmiendo el sueño de los justos, como le sucede a la inmensa mayoría de escritores mexicanos del siglo XIX.
APARICION: ¿Es verdad lo que afirmas?
YO: Por supuesto, sin embargo he de agregar que dos empresas editoriales de origen francés, con casa en México -A. Donnamette y, años más tarde, la viuda de Ch. Bouret-, publicaron a finales del 
siglo XIX lo que llamaron "Biblioteca de autores mexicanos". En esas colecciones, por ejemplo, se reimprimieron las obras de los poetas que citas. Eran unos libros encuadernados en tela rojo fuerte y con abundantes dorados, incluyendo el escudo nacional, flores, paisajes con volcanes y hasta con un indio en el lomo; todo en resaltante color oro, por supuesto. No sé si esta aventura comercial -que no llegó a alcanzar tirajes elevados o reimpresiones- pueda quitar valor a mi juicio. No lo creo.
APARICION: Lo aceptaré provisionalmente.
YO: Gracias. Para terminar, repetiré mi última opinión sobre este tema de inspiración bibliográfica: los escritores nacionales tampoco estaban interesados en editar en libro sus escritos. Tal como sabes por lo que hemos venido conversado, cuando el editor Ignacio Cumplido se resuelve, en 1844, a dar comienzo a El Parnaso Mexicano, elige los escritos de Fernando Calderón, y una de las razones que emplea para explicar por qué se inicia la colección con las obras de él, es que "ha sido la primera que ha conseguido el editor, y está ya enteramente preparada para ponerse en prensa". Seis años más tarde, en 1850, al renovar su proyecto de El Parnaso Mexicano, de nuevo el elegido es Calderón, fallecido hacía unos años, y sabiendo el editor, además, que la primera vez no se vendió y frustró la colección.
APARICION: Debo reconocer, contigo, que este asunto es muy raro.
YO: Y tanto. Lo que sucedía, deduzco, es que ningún otro poeta de la época tenía reunidos sus textos publicados en periódicos o revistas para formar un libro. Lo paradójico del asunto es que, al mismísimo lado del editor, pululaban los escritores importantes de la Academia de Letrán, pues ellos eran los que, escribiendo, sostenían la edición 
de sus revistas y su diario. Resulta difícil aceptar que por simples caprichos o arraigadas preferencias literarias, cada vez que Cumplido se entusiasmaba con la idea de la editar El Parnaso Mexicano, tuviera que recurrir a Zacatecas para obtener algo que cualquiera de los que colaboraban diariamente con él podía entregarle; pero, te insito, en caso de haberlo tenido preparado -o, por lo menos, pensado- y, para colmo de los colmos, ¡sin que le costara un centavo al escritor!
APARICION: No lo entiendo.
YO: Igual me pasa a mí. Si recordamos una vez más, lo que afirmó Francisco Ortega en el prólogo a sus poesías -en el sentido de que le sobrevinieron ocupaciones que no le permitieron descanso alguno y, por lo tanto, durante seis años, dejó de lado la intención de reunir su obra literaria a fin de editarla-, entonces el problema se vuelve más incomprensible. ¿No tenían copias, no guardaban una colección de recortes, carecían de archivos, olvidaban dónde se publicaban sus textos? "Vamos a iniciar El Parnaso Mexicano", anunciaba Ignacio Cumplido, y todos sus colaboradores bajaban la cabeza, se hacían los sordos, y ahí tienes al editor escribiéndole a Fernando Calderón, a Zacatecas, para poner en marcha la colección; seis años después, lo mismo, aunque esta vez a sus descendientes. Y Francisco Ortega, no se queda atrás: el mismo tiempo: seis años para reunir su obra literaria, publicada e inédita, por no tener un rato libre para hacerlo. ¡Asombroso!
APARICION: ¿Así habrá sido?
YO: ¿Qué otra cosa puedes pensar? Es cierto que muchos de los escritores que trabajaban con Cumplido no tenían -y nunca tuvieron- obra literaria como para formar un volumen con ella, pero había otros 
(Prieto, Payno, por ejemplo)) que ya en 1844 habían escrito mucho. Una posibilidad que a veces imagino, es que vivieron sepultados por la presión del periodismo, y en especial del periodismo cultural, y ellos mismos menospreciaron sus escritos. Al fin y al cabo, por lo que cuentan, Ignacio Cumplido pagaba las colaboraciones en El Siglo Diez y Nueve con un par de cigarros, y ellos escribían a prisa; además se daban tiempo para entregar artículos, poemas o cuentos a las revistas literarias, o estaban entusiasmadísimos sacando un periodiquillo satírico sobre política. Se pasaban el santo día escribiendo sin pensar jamás en reunir textos para publicar un libro. Te lo repito: ¡asombroso! Y, además, es un fenómeno que persiste a lo largo del siglo XIX.
APARICION: ¡Un ejemplo!
YO: El más escandaloso es el de Manuel Gutiérrez Nájera. Escribía como un poseído, incluso refundía artículos para volver a cobrar. En vida, sólo publicó Cuentos frágiles, un pequeñísimo volumen -en tamaño y en grosor: 156 páginas en formato de 13.5 x 9 centímetros- con quince cuentos, y un folleto delgadísimo sobre Un baile en la Legación inglesa. Podrás decirme que la necesidad de escribir para vivir no le dejaba tiempo para pensar en publicar libros, y más con lo que costaban, y más aún, sin un público que comprase y devolviera la inversión. Es posible. Sin embargo, Gutiérrez Nájera era un diputado porfirista, uno de los periodistas más leídos de su tiempo, amigo, además, de editores de cuantiosa fortuna y de políticos a los que les hubiera resultado muy sencillo lograr que alguna dependencia del gobierno pagase la edición. ¿Qué pasaba? No lo sé. Y tampoco sé porque me viene a la memoria otro periodista, en esta ocasión 
español, Leopoldo Alas, "Clarín", que decía en el prólogo de una de sus recopilaciones de artículos de crítica literaria, que él los juntaba para tratar de sacarle un poco más de pesetas al trabajo periodístico, tan mal renumerado. Esta es una idea comercial que muy bien se le pudo haber ocurrido a Gutiérrez Nájera y, así, por lo menos, hubieramos tenido libros preparados por él sobre lo que consideraba perdurable de su trabajo de periodístico. En fin, creo que he cumplido con tu pedido y terminé con el tema bibliográfico.
APARICION: Aunque te volviste a enrollar. ¿Le toca ahora a El Año Nuevo de 1840?
YO: Exacto. Esta vez sí creo que estamos a punto de terminar.
APARICION: ¡Ojalá!
YO: Sí, no es mucho lo pendiente.
APARICION: Pero es mucho lo que te gusta explayarte apenas tocas un tema. Yo, hasta el día de hoy, creía que los prólogos tenían entre dos y treinta páginas. El tuyo sobrepasará las cien. No sé qué dirán en la UNAM.
YO: ¡No me asustes!
APARICION: Mejor empieza y dejémonos de conversaditas.
YO: De acuerdo. El Año Nuevo de 1840 mantiene idéntico formato a los tres anteriores y, por 12 páginas, es el más extenso de ellos: 268 páginas. Es, también, el último de la serie. Los colaboradores son nueve; cantidad engañosa pues de los 31 textos incluidos, 11 corresponden a José Joaquín Pesado y 9 a Ignacio Rodríguez Galván; es decir, sin los escritos de ellos, hubiera resultado imposible sacar este cuarto volumen. Otro aspecto a mencionar es algo que se justifica en el prólogo: "Muchos notarán que hay en ellas varios 
artículos traducidos, lo que arguye poca originalidad. A eso diremos, que siempre que lo se traduzca sea en sí bueno, no hay en ello desventaja, sino que por el contrario es útil, y prueba que las obras extranjeras dignas de aprecio, son conocidas por nosotros, y nos agradan. No hay quizá una nación que no haya dado principio a su literatura traduciendo lo bueno que hay en las extrañas. Sucede a los que se dedican a las bellas letras lo que a los pintores, quienes tienen que copiar mucho antes de ser inventores".
APARICION: ¿Incluyeron muchas traducciones?
YO: Sí, demasiadas. El cuerpo del volumen está estructurado sobre ellas. Por ejemplo, El Año Nuevo de 1840 comienza con tres poemas de Pesado, de una página cada uno de ellos (incluso el tercero es "imitando el estilo de Petrarca"); le sigue un poema de tres páginas de José María Lacunza, "Al cementerio de Santiago", escrito en 1837; luego viene una traducción de una "Carta de Hipócrates a Damagelo", de 19 páginas, por M. Andrade, y se dice en la nota al pie que "Una carta de Hipócrates en el Año Nuevo parecera a primera vista cosa repugnante"; a continuación, "Del hombre con relación al universo", traducción de la epístola del Ensayo sobre el Hombre de Alejandro Pope, por José Joaquín Pesado, y estamos en la página 59; en la 60 se inicia "La profecía de Guatimoc" -el mejor texto del volumen-, de Ignacio Rodríguez Galván, largo poema que se extiende 17 páginas; en la 77 se inicia "Bertinazzi y Clemente XIV", traducción de cartas realizada por Eulalio María Ortega, y que llega hasta la página 87; luego seis poemas que ocupan 14 páginas, y uno de ellos, al medio, es una cantata de Metastasio, traducida por Francisco Ortega; de inmediato, otra traducción, titulada "El Vesubio", por Luis Martínez 
de Castro, y estamos en la página 116. No sigo, pues supongo que te habrás hecho una idea de la excesiva gravitación de las traducciones en este último volumen.
APARICION: Sí. ¿Y esto a qué se debería?
YO: Dentro de poco rato te daré mi explicación. Déjame, ahora, agregar otro alarmante detalle. Quien escribió el prólogo, seguramente el editor, Ignacio Rodríguez Galván, justifica un principio increíble: "¿Por qué, nos dirán algunos, se dan a luz unas obras, que a juicio de sus mismos autores nada tienen de bueno?". Su larga explicación concluye afirmando que: "Donde se escribe mucho, algo se puede esperar de bueno; donde nada se publica, nada habrá, ni bueno, ni malo". Este es un rasero crítico que no podía, ni debía, esperarse de los miembros de la Academia de Letrán.
APARICION: ¿Me darás ahora tu explicación?
YO: Sí, pero antes repasaré a los colaboradores. De los fundadores, sólo aparecen dos: José María Lacunza, con el poema al que hice referencia y, como dije, fue escrito en 1837, y Manuel Tossiat Ferrer, con otro poema, "El marinero". Ni Guillermo Prieto ni Juan Nepomuceno Lacunza, dan textos. Sin contar a Pesado y a Rodríguez Galván, sólo es posible agregar otros cinco colaboradores: Francisco Ortega y su hijo Eulalio María, unas iniciales, E. M. G., que no sé a quién corresponden, y M. Andrade y Luis Martínez de Castro, con una traducción cada uno.
APARICION: Aquí explicarás tu idea.
YO: La impresión que tengo, es que El Año Nuevo de 1840 se publicó a marchas forzadas, que la totalidad de él es una absoluta improvisación, que José María Lacunza y Manuel Tossiat Ferrer dieron 
un poema cada uno a insistencia de Rodríguez Galván y como para hacerle un favor, que éste tuvo que recurrir a Pesado y a sus propios textos para llenar el volumen, que por eso son las explicaciones -no pedidas y sin fundamento- del prólogo, y que, por último y en definitivas cuentas, la Academia de Letrán en el año previo o en ese mismo año dejó de funcionar o, al menos, había perdido el sentido del 36, del 37 y quizá del 38. El Año Nuevo de 1840 corresponde a lo escrito en 1839: si descartas las colaboraciones de compromiso -las de un texto-, la evidencia es que entre Pesado, Rodríguez Galván, Francisco Ortega y su hijo Eulalio María -estos dos con tres textos cada uno, traducción incluida-, se llena el anuario de ese año: ¿ellos eran toda la Academia de Letrán; nadie más escribió durante 1839? ¿Y Manuel Carpio, y Prieto, y Payno, y el general Tornel, y los otros dos fundadores, y "todos" los escritores de Mexico que se suponía asistían a la Academia? Rodríguez Galván, en resumen, no tuvo a quien recurrir para llenar el anuario que se publicó en 1840: se había vuelto a quedar solo, lo mismo que con El Recreo de las Familias -¿como era la frase?-, "por haber sido muy débil la ayuda que le prestaron sus amigos".
APARICION: Lo que decías sobre la ausencia de "escritores regulares".
YO: ¡Bien! Mi opinión es que la Academia de Letrán se extinguió en 1838 o principios de 1839. Yo no sé de dónde se han inventado que duró hasta 1856. Esa es una confusión con la Academia Literaria San Juan de Letrán, preámbulo y alternancia de los miembros del Liceo Hidalgo para rendir homenaje a los de la generación anterior, que ya estaban fuera de la literatura "militante" y ocupando ministerios en el gobierno de José Joaquín Herrera (Manuel Payno, el benjamín de los 
Año Nuevo, fue ministro de Hacienda en 1850; el mayor de ellos, José María Lacunza, era ministro de Relaciones Exteriores en el mismo gabinete). La Academia de Letrán existió como tal, desde mediados de 1836 hasta finales de 1838 o, alargando al máximo, principios de 1839: esa es mi opinión.
APARICION: ¿Tienes cómo demostrarla?
YO: Tal vez. Guillermo Prieto, como he dicho un par de veces, es muy poco riguroso en Memorias de mis tiempos. El, simplemente, recuerda; recuerda lo esencial, lo que quedó grabado en su memoria, sin importarle la poca exactitud de la información o el desarrollo cronológico de lo que narra. De hecho, en el último capítulo del primer tomo de sus memorias, mezcla, sin discriminación, recuerdos que igual pueden ser de 1838 como de 1840. En él hace dos referencias a la Academia de Letrán. En la primero dice: "La Academia de Letrán continuaba sus trabajos. Rodríguez Galván publicó en los Año Nuevo de 1838 y 1839 composiciones realmente notables por su belleza y corrección..." y pasa a contar un "no recuerdo qué absurdo dramático" que había intentado Manuel Payno.
APARICION: Prieto hace referencia a los Año Nuevo de 1838 y 1839.
YO: Sí, pero recuerda que a él se le olvidó la publicación de El Año Nuevo de 1840 y en sus recuerdos sólo da como publicados tres volúmenes. Ahora te leeré un largo apartado que titula: "Academia de Letrán: decadencia". Me disculparás por recurrir a lo que bien podría llamarse "una larga cita textual".
APARICION: Dada la importancia que le atribuyes, estás disculpado.
YO: Gracias. En ese apartado confundé información de diferentes años. Lo importante, desde mi punto de vista, es que Guillermo Prieto sitúa 
entre sus recuerdos de 1839 y 1840 la decadencia que señala. Eso es lo relevante de lo que voy a leer.
APARICION: Muy bien.
YO: "La Academia de San Juan de Letrán había decaído lastimosamente: la política había surtido en su seno efectos de envenenamiento. Tornel se había separado del Ministerio. Pesado, al subir al Ministerio de Justicia, había tenido un rompimiento con sus amigos Ortega, D. Francisco Olaguibel y Couto, antiguos compañeros en el periódico La Oposición, de ideas muy exaltadas. Payno había marchado a Matamoros y estaba bajo las órdenes de D. Manuel Piña y Cuevas, Administrador de aquella aduana marítima. Munguía tomaba el camino del cielo, como decía con gracia, porque en los de la tierra se lucra poco y se tropieza uno mucho.
 "Aguilar y Marocho ingresaba con aplauso con los "moderados" y estrechaba sus relaciones con Otero, con Cardoso y conmigo, haciéndose admirar por su talento, por su erudición y por su chiste natural.
 "Rodríguez Galván estaba a punto de partir para la Habana, donde lo atajó los pasos de la muerte.
 "Alpuche emigraba, Iglesias se hacía notable en el turbulento estudio de Perdigón Garay, en que también estaba Julián Montiel y Duarte, por su retraimiento, por su estudio asiduo y por su memoria prodigiosa.
 "Pero la infancia inocente y florida había pasado; el amor platónico de la gloria se desvanecía, sonriendo en los horizontes en que dominaban la ambición y el interés...".
APARICION: En esta relación se indica que Rodríguez Galván estaba a 
punto de partir para la Habana, y eso fue a mediados de 1842.
YO: Correcto: es lo que te decía: la confusión de información dada por Guillermo Prieto. En los gobiernos que se suceden desde 1834, por fijar una fecha, hasta 1844, el general Tornel sólo deja de ser ministro de julio de 1839 a octubre de 1841; desde entonces, hasta 1844, vuelve a estar presente en los gabinetes ministeriales. Mal puede coincidir el dejar su ministerio con las vísperas del viaje a Sudamérica de Rodríguez Galvan. Por otro lado, Pesado sólo fue ministro durante 1838 y Manuel Payno se había marchado a Matamoros en 1839. Esta es una mescolanza de fechas. Para mí, lo importante en realidad, es que en el recuerdo de Prieto, la Academia de Letrán estaba en plena decadencia entre 1838 y 1840. Creo, además, como complemento de esto, que El Año Nuevo de 1840 es una prueba más de que la Academia había perdido cualquier significado. Antes, al tratar de El Año Nuevo de 1839, te dije no creer que los textos que se publicaron hubieran sido discutidos en la Academia. En ella, con seguridad, dije, no pasaban errores tan toscos como los señalados por José María Heredia. Y estábamos hablando de trabajos que debieron reunirse en 1838.
APARICION: Parece convincente.
YO: Aún puedo darte otra prueba de que la Academia de Letrán, digamos en 1838, cuando "El Nigromante" solicita su ingreso, era una reunión muy diferente a la que Prieto recuerda al narrar la fundación, los inicios y los concurrentes. El espíritu, a la vez, es evidentemente otro.
APARICION: Dame la prueba.
YO: Cuando se presentó ese "bulto inmóvil y silencioso" solicitando 
pertencer a la Academia mediante la lectura de una composición que se titulaba "No hay Dios", la discusión que se origina sobre si se autoriza a leerla -no se trata si se le acepta o no como miembro, es mucho más grave: si se le permite leer, simplemente-, se da entre personajes que están muy lejos de ser muchachos medio zarapastrosos, pobres, llenos de ilusiones, aspitantes a todo y de capas raidas. Los que discuten son el el señor Iturralde, rector del Colegio de San Juan de Letrán; el general Tornel, ministro de Estado; el joven abogado Munguía, que luego sería obispo y primer arzobispo de Michoacán; el patriarca Quintana Roo, quien afirma no presidir donde hay mordaza; Fernando Agreda, miembro de una de las familias más nobles de México; Joaquín Cardoso, distinguido abogado; y el doctor Guevarra, que dijo que era una triste reunión de literatos pues más parecían aduaneros temblando ante un montón de papeles.
APARICION: ¿Y los miembros fundadores?
YO. No figuran en la discusión, al menos en la que recuerda Prieto. Y son estos señorones, ni más ni menos, quienes autorizan a Ignacio Ramírez a leer su célebre ponencia "No hay Dios". Dentro del espíritu inicial que crea y desarrolla a la Academia de Letrán, una situación así me resulta inimaginable. Es verdad que, al concluir la lectura, en los comentarios intervienen Carpio, Pesado, Guevarra, Lacunza, Eulalio María Ortega, Iturralde y Tornel, pero parece que este último más por curiosidad en el personaje que por el tema. Y si la idea de fondo de la discusión inicial me parece bastante desagradable para lo que era la Academia de Letrán, igual de sorprendente -en lo negativo- es la conclusión práctica sobre el "No hay Dios" que nos cuenta Guillermo Prieto: Fernando Agreda le ofreció a "El Nigromante" su 
amistad y puso recursos a su disposición, Cardoso se convirtió en su panegirista, y Olaguibel "expeditó su recepción de abogado, y le nombró su secretario en el momento de tomar posesión del Gobierno del Estado de México". En lo que respecta a Prieto: lo quiso con extrañable ternura y admiración sincera. Ahora sí que estoy contemplando a un muchacho pobre, Ignacio Ramírez, en la ceremonia de recibir la protección material y el mecenazgo de la culta y minoritaria burguesía mexicana. No era este, evidentemente, el proyecto fundador de la Academia de Letrán y de la reunión de muchachos dispuestros a mexicanizar la literatura del país. En ese monento, creo, José María Lacunza y sus jóvenes admiradores, habían pasado a un segundo plano, e igual todos y cada uno de sus sueños.
APARICION: Lo que dices es bastante inesperado.
YO: Y también puedo decirte que en 1842, cuando Manuel Payno escribe el tan citado prólogo a las obras de Fernando Calderón, la referencia a la Academia de Letrán es en pasado lejano y terminado; incluso indica que los jóvenes que se reunían los jueves "fueron honrados con la concurrencia de varias personas que aún figuran en México por sus talentos y poder". Era pasado nostálgico; en 1842, como te digo.
APARICION: Está bien. ¿Harás otros comentarios sobre El Año Nuevo de 1840 o has terminado?
YO: Creo que he terminado. Con decir que "La profecía de Guatimoc" era el texto más importante del anuario, del resto poco o nada es lo que podría comentar. Fue el final -tal vez algo triste- de la Academia de Letrán y del significado fundador de los Año Nuevo y de El Recreo de las familias, que -déjame agregar- la UNAM acaba de publicar en facsímilar, editado y prologado por la maestra María del 
Carmen Ruiz Castañeda, con varios índices muy útiles, elaborados, bajo su dirección, por Sergio Márquez Acevedo. Es, como todo lo llevado a cabo por la maestra Ruiz Castañeda, un trabajo serio, bien realizado y de suma importancia para estudiar la literatura mexicana del siglo XIX y, de manera especial, el tema sobre el que hemos conversado tanto.
APARICION: Felicitémosla.
YO: Con mucho gusto. A ella, en la mayoría de mis trabajos sobre el siglo XX mexicano, le he agradecido las muchas facilidades que me brindó cuando era directora de la Biblioteca Nacional. Fue una amabilidad que siempre expresaré con gusto.
APARICION: ¿Hemos terminado?
YO: Me temo que sí. ¿Te ha parecido muy largo?
APARICION: Larguísimo.
YO: Para que veas, a mí, por ejemplo, me encantaría ocuparme de la situación política que rodeó a la Academia de Letrán, los terribles hechos históricos que debieron vivir sus miembros (la separación de Texas, la llamada "guerra de los pasteles"), la obligación de politizarse que, por lo que cuenta Guillermo Prieto y resulta obvio, fue lo que terminó por dispersarlos, enfrentarlos, y los condujo a definiciones que concluyeron inevitablemente en la formación de bandos, sea cual fuera la edad y la posición social que tuvieran. Con El Año Nuevo de 1840 se cierra una importantísima etapa del inicio de la creación de la literatura nacional; en la década siguiente, la de los 40, México, en las revistas publicadas durante esos años, asentará de manera definitiva las bases ideológicas y artísticas de su creación literaria, gracias a la muy variada escritura de los ex 
miembros de la Academia de Letrán.
APARICION: ¡Termina! Estas a punto de volverte a enrollar.
YO: Creo que tienes razón.
APARICION: Agregarás, supongo, una bibliografía.
YO: No. La fuente princial es Memorias de mis tiempos de Guillermo Prieto; el resto son repeticiones a partir de ahí. Al fin y al cabo, a lo largo de nuestro diálogo he ido citando los libros que utilizaba para hacer alguna referencia al contexto de la Academia de Letrán y la publicación de los Año Nuevo. No sé cuán importante pueda ser el prólogo que escriba -si es que llegó a escribirlo-, pero en lo que hemos hablado, más un ajuste por aquí, otro por allá, matiz más, matiz menos, recortes diversos y explicaciones adicionales, está lo fundamental que me es posible aportar. Lo realmente valioso, de cualquier manera, es la edición en facsímil de los Año Nuevo, verdaderas rarezas bibliográficas, que no se encuentran en las bibliotecas del país, y que, por lo que se dice, ningún estudioso nacional ha podido consultar completos.
APARICION: Y que tú tienes en tu biblioteca.
YO: Así es, para servicio de Dios, de la reina y de mis semejantes. De ahí la gran alegría que tuve cuando el Consejo editorial de la colección Ida y regreso al siglo XIX, aceptó la propuesta de realizar el facsímil. Este es un agradecimiento que deberé expresar en el prólogo.
APARICION: ¿Levantarás, por lo menos, un índice general de los Año Nuevo?
YO: Eso podría ser útil. Incluiré el alfabético de autores que empleé en nuestra conversación.
 
APARICION: ¿Nada más? Sé que, al final, se suelen poner agradecimientos.
YO: A todas las personas que he ido nombrando desde que iniciamos nuestro diálogo, les debo un agradecimiento; si por mí fuera, y no les molestaría, los nombraré diez veces más en el prólogo que escriba: ellos lo saben y no tengo ninguna necesidad de repetir ahora sus nombres.
APARICION: Vas a pronunciar, pues, la palabra "fin" y deberé retirarme. Espero haberte servido.
YO: Sin lugar a dudas, te lo agradezco mucho. Me has ayudado a ordenar ideas, refrescar temas que tenía casi olvidados y animarme a...
APARICION: Brrrrrrrrrr...
Agustín, mi hijo, apareció súbitamente a mi lado. Tenía la vista fija en mí y yo no sabía qué decirle. Me pregunté si no sería él la aparición. ¿Y ese extraño ruidito de despedida? ¿Me habré quedado dormido de tanto pensar en la Academia de Letrán y en los Año Nuevo? Nonoi, mi esposa, vino a buscar al niño. Nos miró a los dos con sorpresa; después paseó la vista alrededor mío, como buscando algo. Movió la cabeza llena de dudas, y cogió a Agustín de la mano. No entendí nada. Mientras se iban alejando de mi estudio, alcancé a decirles "gracias, muchas gracias"; de cualquier forma, y sea como fuera que haya sido el trafondo de este diálogo, los tres sabíamos muy bien lo que estaba agradeciendo. Me desesperecé levantándome, sonreí, abrí la puerta que da al jardín y, muerto de la risa, salí al sol y al aire puro de Tlahuapan. Ahora ya me era posible creer que estaba listo para escribir un buen prólogo a la edición facsimilar de 
los Año Nuevo. Todo había quedado en orden.

 

Tlahuapan, 1996.