AL REGRESAR DE UNA FIESTA

 

Una noche, al volver a mi casa de alguna fiesta juvenil, vi estrellarse un automóvil a unos cincuenta metros de donde yo iba caminando.
Se dio contra un poste y después de un par de vueltas de campana se clavó en la reja de una tienda.
Corrí a ver si podía ayudar en algo.
El automóvil ya estaba en llamas.
La gente seguía adentro: me parecieron dos matrimo-nios de edad intermedia.
No supe qué hacer.
Las cuatro personas se arremolinaron en las ventanas frente a mí para hacerme señas.
Los hombres golpeaban los vidrios y gritaban, todos llo-rando.
Vi un pedazo de vereda suelto, lo alcé y lo tiré contra la ventana de atrás.
¡El bloque de cemento rebotó!
Lo alcé de nuevo y lo tiré contra la ventana de uno de los lados, tal vez en la del conductor; se estrelló sin romper-lo y el pedazo volvió a caer al suelo.
Eran vidrios blindados.
Las llamas eran cada vez más fuertes, rodeaban por completo al automóvil.
El fuego y el humo me impedía acercar como antes: al poquísimo rato debía retroceder para no ahogarme con el humo.
Una de las señoras me hacía señas y vocalizaba, pero no lograba entenderla, ni los gestos ni las palabras.
Nadie aparecía con la intención de ayudar o sólo por curiosear.
Serían cerca de las dos o tres de la madrugada.
Yo tendría unos veinte años.
Las cuatro personas estaban desesperadas.
Deberían saber ya la imposibilidad de salvarse.
Recordé esas imágenes cinematográficas de automóviles explotando en accidentes.
Miré por última vez.
Fue espantoso ver las caras pegadas a los vidrios hacien-do todo tipo de muecas.
No existía la menor posibilidad de hacer algo por ellos.
Mientras me alejaba -estaría a unos ochenta metros-, el automóvil explotó.
Regresé corriendo: no había ningún cuerpo entero al cual acercarme para comprobar si aún le quedaba vida.
Estaban destrozados.
Reanudé mi camino a casa.
Ya lejos, escuché las sirenas de la policía, de las ambu-lancias, de los bomberos.
Deberían venir suponiendo en un atentado terrorista.
A la mañana siguiente los diarios, en primera plana, daban la noticia de la explosión del automóvil y el nombre de los muertos.
Una de las parejas eran los padres de un amigo del co-legio, a quien no veía desde cuando terminamos primaria.
 No los reconocí.
Ni me pasó por la cabeza que pudiera haber dentro al-guien conocido.
Y tampoco hubiera servido de mucho.