A LA SALIDA DEL COLEGIO

 

“Cuando tenía 8 u 9 años, un señor se paraba cada tarde en la esquina derecha del colegio de los Hermanos maristas, donde estudiaba.

Era blanco con exageración, gordo en demasía, alto, y tan viejo como le parecen todos los señores a los niños. Vestía una bata o abrigo azul oscuro, y un sombrero de explorador inglés.

Poco antes del momento de salir, el profesor de educación física, don Lorenzo, iba a hablar con él, y mientras tanto nosotros íbamos uno a uno hacia donde nos esperaba algún familiar o sirviente, o en fila india rumbo al autobús de reparto a casa.

A mí me recogía Severino, el mayordomo de la casa de mi abuelo, donde vivía mientras mis padres viajaban por Europa.

En verdad, el colegio se encontraba sólo a dos cuadras de la casa del abuelo y yo podría haber ido a pie sin necesidad de mandar al mayordomo a buscarme como si fuera un niñito de kínder.

Bien, pues un día Severino no estuvo esperándome.

Miré para todos lados y entre los padres de familia vi a la tía Eduviges esperando la salida de su hijo, y sin pensarlo dos veces, cruce la reja, besé a mi tía y seguí de largo sin despertar la menor sospecha entre los hermanos maristas.

Justo al doblar la esquina, una señora mayor me llamó por señas desde el interior de su coche.

Mientras ella abría la puerta y hacia el movimiento de bajarse, fui acercándome y, al tenerme al frente, se levantó la falda y me enseñó una araña inmensa, llena de sangre, clavada entre sus muslos.

Debía hacerle mucho daño, pues la pobre mujer resoplaba y hacía ruidos bastante extraños, semejantes a pedir auxilio al estar ahogándose en el mar o en una piscina.

¿Ayudarla? Ni locos. Partí la carrera como si me persiguiera el diablo.

Al entrar a casa llamé a gritos a Severino con la idea de mandarlo en ayuda de la señora, pero me agarró mi abuelo de un brazo, me zamaqueó, me dio una regañada por venir solo del colegio y me mandó a mi cuarto castigado hasta la hora de la cena.

Después ya no quise contar nada.”