1. A veces he pensado --debe estar anotado en el cuaderno de los buenos propósitos--, en la conveniencia de escribir una nota cada día, al levantarme o, tanto monta, al acostarme, lo que fuere, al correr de la pluma, una anécdota, un suceso, un estado de ánimo, una reflexión, pero de inmediato me pregunto: ¿Qué? ¿Un mojoncito por aquí, una pilita por allá, un pedito, un eructito acullá? ¿Dormí la siesta, vino P, murió K? ¿Me fumé un cigarrito? ¿Me bebí un whiskisito?

 

2. Pocas cosas del presente y del futuro me restan por contar: todo, absolutamente todo, continúa siendo pasado.

 

3. Anoche, mientras revisaba los libros enviados por un librero de Barcelona, encontré uno de P.D. James, la escritora de novelas de detectives. En las primeras líneas, me encontré con un comentario bastante acertado. Decía: la publicación de diarios es la manifestación de la literatura más egocéntrica, pues quien los escribe da por supuesto que sus pensamientos, sus actos, sus ocupaciones, cuanto ve, come, bebe cada día es tan interesante para los demás como lo es para él mismo.
Touche!

 

4. Pienso igual. (Recuerdas el comentario de Stendhal: siento una verdadera repugnancia a escribir sólo para hablar de mí, del número de mis camisas, de los traspiés de mi amor propio).

 

5. Yo comencé un diario pero a las pocas semanas lo deje de lado.
Era un remachar constante sobre mis flojeras, mi falta de constancia, mis aburrimientos.
En lo referente a mis relaciones sentimentales, en esos años el ombligo del mundo, las muchachas sólo adquirían individualidad al ser anotadas por desaparecer de mi vida o por comportarse en nuestros amoríos fuera de lo usual.
Eran comentarios ajenos a cualquier exaltación del amor, sur-gían, más bien, con la inconsciente voluntad de reprocharme esa retahíla de ínfimas canalladas egoístas de la juventud.
Nunca anoté los logros, felicidades o éxitos, de cualquier valor o naturaleza.
Nada de registrar lecturas, conversaciones, ideas o descripciones.
Sólo un continuo recalcar mis debilidades, amén de levantar ante mí una larga lista de afanes jamás cumplidos.
Esos apuntes no eran la verdad, por lo menos no lo que podría llamarse así; ni siquiera lograban ser una versión parcial de la realidad, de mi realidad.

 

6. P.D. James publicó un diario; bueno, más es un repaso de su vida que un diario en el sentido común. Léelo, te gustará.

 

7. ¿Y Camus?
En una encuesta le preguntaron su opinión sobre el motivo de la publicación de tantos diarios; su respuesta fue rotunda: la flojera.
Poco después de su muerte, la familia publicó sus diarios juveniles con el título de Carnets.
Era por los años cincuenta, un buen antecedente francés de lo que sucede en la actualidad en España. 

 

8. Pero al margen de por qué se escriben y se publican diarios, hay algo más serio señalado por alguien con una gran experiencia en el tema: Amiel: llevar un diario es pura falsedad, aseguraba.
No dicen la verdad, sólo reflejan los desánimos, los desfalleci-mientos, las repugnancias, las debilidades, olvidando los momentos de felicidad, de vida elevada, de contemplación.
Es confidente del sufrimiento, no de la felicidad; testigo de cargo, no de descargo.
Así es.

 

9.   Ah, olvidaba a Gide, otro gran diarista: “La enojosa cos-tumbre adquirida en estos últimos tiempos de publicar en la NRF cantidad de páginas de este diario (por impaciencia un poco y porque no escribía nada más) me he alejado lentamente de él como de un amigo indiscreto a quien no se puede confiar nada pues de inmediato lo va contando por ahí. Cuanta más abundante sería mi confidencia si hubiera sabido seguir siendo póstuma y mientras escribo esto, lo imagino impreso y calculo la desaprobación del lector.”

 

10. Recurriendo por enésima vez a Amiel, te diré un peligro real de esa manía al parecer tan difundida: El diario íntimo te convierte, con el paso del tiempo, en algo parecido a esas señoras mayores que viven solas, y terminan hablando a los muebles y al gato para no perder el hábito de la palabra.
¡Horrible!.

 

11. Y después de esta desaprobación y exposición de problemas por llevar un diario, valga el mal consuelo dado por Chateaubriand: Sólo a los seres vulgares nos está permitido hablar de nosotros mismos, porque nadie más lo haría.

 

12. Siempre nos ha parecido fastidioso, con razón o sin ella, el género de los diarios íntimos, donde muchas veces no se encuentra nada de verdadera utilidad para el lector. Ocurre que, con mucha frecuencia, los libros de este género no son sino pretextos para exhibiciones que, por desgracia, no son siempre interesantes; en otras ocasiones suelen ser la vana exteriorización de una desenfrenada adoración de si mismo. Dificilísimo es interesar en estas obras; y más difícil todavía esquivar los obstáculos que ya dificultaron el camino a Goncourt, según piensa el muy ilustrado Max Nordau. (Quien lo dice? Prólogo a La sombra inquieta, Diario íntimo de Alone, tercera edición, 1949, con una carta de Gabriela Mistral).