EL DIA EN QUE SE MURIO EL ABUELO

 

 

Mi esposa, mi hijo de 9 años y yo estabamos yendo al velorio de una pariente lejana a la que todos deciamos tía.

Como era un camino largo el que debiamos recorrer, se me ocurrió decir: les contaré una historia verdadera de cuando se murió mi abuelo:

Una noche, como cualquier noche, mi abuelo sSe acostó, se durmió y ya no se despertó.

Su barragana, la viuda, se levantó como todos los días con el alba, realizó algunos trabajos domésticos, y preparó el desayuno para, tal como era costumbre en esos años, llevárselo a la cama a las ocho de la mañana.

Apenas entró a la habitación, le llamó la atención el inalterable gesto entre plácido y sonriente de su cara, pero como al abuelo le gustaba hacerse el muertito, al principio se lo tomó a broma e hizo la comedia correspondiente a ese juego, normal entre ellos.

Después, al prolongarse la broma, se acercó, y al tocarlo sintió su frialdad.

Lo movió varias veces y nada.

Le acercó un espejo a la nariz y no hubo vaho.

Aceptó su fallecimiento, y procedió de inmediato a comunicarse con el médico y con la familia.

Al mediodía nos recogió mi madre del colegio para llevarnos a despedir al abuelo.

Eso nos dijo.

Al llegar, la doña estaba arreglándose en su habitación, pero la familia en pleno, después de las primeras condolencias, se había retirado a vestirse de luto para regresar por la tarde; también se ocuparían de avisar por teléfono a los amigos y conocidos del abuelo.

Mi madre, con nosotros tres agarrados de la mano, nos dirigimos al salón, al lugar donde estaba el ataúd, y de acuerdo a como se ve en las películas, era un hecho indudable el fallecimiento del abuelo; lo siguiente serían los discursos y el entierro.

Nos situamos a tres pasos del féretro.

Mi madre, con tétrica voz, nos pidió acercáramos a darle un beso de despedida a su padre, nuestro abuelo.

Obedecimos, pero regresamos para decirle que el abuelo tenía la cara tras un vidrio, y era imposible besarlo.

En ese momento, un empleado de la funeraria se acercó a colocar la última lámpara votiva, y mi madre le pidió desentornillar la tapa interna del ataúd que protegía a su padre.

El empleado sacó los tuercas y se retiró sin levantar la tapa.

Mi madre nos volvió a ordenar ir a despedirnos del abuelo.

Los tres nos miramos, pues ya éramos conscientes de nuestra obligación de besar a un muerto, por más abuelo que fuera, y eso se situaba entre los actos incapaces de acomodarse con naturalidad en nuestras cabezas.

Mi hermano menor, por el miedo de ir, se abrazó llorando a mi madre; mi otro hermano y yo dimos un neutral paso lateral con la intención de no acercarnos ni alejarnos del abuelo.

En eso andábamos, cuando de pronto escuchamos unos ruidos extraños; el ataúd comenzó a moverse como si estuviera pasando un temblor de pocos grados, y, sin que nadie lo esperara, se levantó la protección interna del ataúd, y el abuelo, de golpe y porrazo, ya estaba sentado como si no sucediera nada.

Era un abuelo bastante desconocido y los cuatro entonamos agudos gritos de terror.

La cara se encontraba amarrada con una cinta rosada desde la cabeza al cuello; de la nariz le colgaban unos extraños algodones.

Tenía los ojos abiertos y su cara era de un color blanco, marfileño, fantasmal.

De pronto giró la cabeza y miró a mi madre, quien de inmediato cayó al suelo desmayada.

Nosotros tres, al unísono, hicimos cuerpo a tierra como nos habían enseñado, y ya sólo se escuchó al abuelo regresar a su antigua posición.

Debido a nuestro llanto y a nuestros gritos de susto, las personas de la casa vinieron a ver qué sucedía, y nos encontraron tirados por los suelos: mi madre desmayada, nosotros tres en pleno llanto abrazados a ella.

Al recuperarnos, contamos lo sucedido, pero nadie nos creyó; un médico amigo lo calificó de alucinación.

El de las pompas fúnebres, por dar una especie de disculpa infundada, explicó que a veces se crea un vacío al cerrar la tapa de del ataúd, y en raras, muy raras ocasiones, al abrirla, los gases contenidos provocan una momentánea e intensa contracción muscular en el cadáver.

Mi madre nos hizo agarrarnos de la manos y seguirla rumbo a casa.

No se despidió de nadie; durante varias horas tuvo la cara de quien ha visto un fantasma.

Ella, me parece recordar, no regresó a velar a su padre y, hasta donde sé, jamás volvió a ir a un velorio o a un entierro.