TURISMO SALVAJE

 

No sé cuántos milenios han transcurrido desde la vez en que me encargaron realizar un reportaje sobre los enfrentamientos sangrientos entre tribus del Amazonas.

Mis conocimientos de la selva se limitaban a los eventuales recuerdo de mi madre de cuando la familia acompañó a mi abuelo a Iquitos, al ser nombrado gobernador de Loreto durante la guerra contra el Ecuador, Colombia o algo parecido. Es decir, me encontraba lleno de anécdotas y brujerías.

También, mucho años antes, mi abuelo nos había contado en una cena la historia de cuando él, acompañado de una escolta nativa y un sacerdote franciscano apellidado Santa María, cruzó -o cruzaron- por primera vez la llamada Pampa del Sacramento, abriéndose paso a balazos ante los continuos ataques de los chunchos armados con flechas y cerbatanas.

Cuando en la base militar de Iquitos subí en un helicóptero del gobierno peruano, acompañado del teniente Cubillas como piloto, y del fotógrafo Toma Shiroma, seguía sin haber agregado algo significativo a mis conocimientos sobre la selva.

La idea inicial fue bordear las riberas del Amazonas en un viaje de ida y vuelta, a fin de hacernos una idea del tipo de actividad bélica posible de avistar desde el aire. Era la puesta en práctica del concepto citadino sobre la comodidad de observar desde la altura lo que sucede en el suelo de la selva.

Durante las casi ocho horas del viaje de ida, sólo vimos vegetación a cantidades, pequeños frailecitos insignificantes y unas playas arenosas, ideales para practicar el tan difundido turismo salvaje.

Aterrizamos en un puesto militar fronterizo, donde cargamos gasolina, comimos y recogimos el correo. El regreso lo iniciamos por el margen opuesto del río.

Bueno, el paisaje era idéntico, sin la más mínima alteración y la modorra nos vencía sin pudor.

A las dos horas de vuelo, se desató una lluvia dispuesta a no amainar sino a aumentar en furia, volumen y aspiraciones. De pronto surgieron rayos y truenos.

Toma estaba totalmente occidentalizado: blanco y con los ojos redondos del susto.

El piloto volteaba constantemente la cabeza para mirarnos, en un supuesto gesto protector que resultó ser la esperanza de escuchar la sugerencia de bajar a esperar el paso de la tormenta.

Al helicóptero lo balanceaban como si fuera una mariposita enfrentada a un ventilador reforzado con chaparrones y descargas eléctricas. Resultó inevitable: nos caímos.

¡Hechos y no palabras!

Algo nos golpeó por arriba y en dos segundos me encontré colgando de cabeza en mitad de un montón de ramas, enredado en una tela plástica salida quién sabe de dónde con la buena idea de sostenerme.

Cuando volví a abrir los ojos, estaba empapado de la cabeza a los pies, me dolía todo el cuerpo, sangraba de la cabeza, de una pierna y de un brazo, que por su sorprendente colocación, quizá lo tuviera roto.

En fin, picadillo. Llamé a gritos al teniente a Toma, sin obtener respuesta. No me demoraré en esta parte: los dos estaban muertos. Los vi cuando recorrí con la vista los alrededores tratando de ubicarme en tan deplorable contingencia. Estaban destrozados, mojados, desangrados y sin miembros; también chamuscados por completo.

De cualquier parte de sus cuerpos salían ramitas verdes, hojas pequeñas y florecillas, y hasta pude ver animalitos minúsculos y otros más grandecitos correteando sobre ellos; parecía como si millares de hormigas se hubieran instalado a vivir entre sus restos. Un par de días más, imagino, y la vegetación los cubriría totalmente.

La mano izquierda de Toma, desprendida de su cuerpo y colgando cerca de mi cadera, no tenía ni su exhibicionista reloj de oro ni su aparatoso anillo de matrimonio.

Del helicóptero sólo logré ver restos desparramados, incluyendo un pedazo grande del fuselaje atracado entre ramas y esa especie de hamaca sosteniéndome.

Un rayo lo tiro abajo: tal vez le dio en el tejado, por la lateral izquierda, del lado donde viajaban el piloto y Toma. Me estaba salvando de milagro.

¡Hechos y no palabras!

No es nada fácil bajar de un árbol, y no lo digo para vanagloriarme. Un árbol es un conjunto de maderas, dividido en ramas, troncos, ramitas, además de hojas, flores o frutos si los tiene. Tal es la representación de un árbol en el vocabulario de la gente decente (detalle más, detalle menos), pero la gente decente no camina por la selva.

De acuerdo a este concepto, los árboles del mundo deberían ser iguales a los contemplados día a día en los jardines, los parques y en algunas calles por donde caminamos; pues no, entre nuestro árbol y el de la selva no existe el menor parentesco, y menos aún si te corresponde colgar de él como si fueras una papaya o un perezoso.

A mi alrededor tenía una abigarrada masa de elementos vegetales, verdes, pardos, amarillos, rojitones, cafés, podridos, ramas, ramotas, ramitas, troncos, humedad, olores pestilentes, doscientos millones de mosquitos, arañas, gusanitos, hojas, hojitas, orquídeas, flores, lianas gruesas, delgaditas, regulares, gotitas de agua cayendo en cantidades industriales.

En fin, eso es lo que yo veía, y al balancearme me gustaba suponer en medio de eso, tapado por el descomunal amontonamiento vegetal, la existencia del tronco grueso de un árbol milenario, lleno de ramas de miles de tamaños, más hojas, flores y deliciosos frutos para saciar mi hambre y mi sed.

Y los ruidos, Señor, los ruidos. Por cualquier lado sonaban silbidos, gritos, hiquichacampiruru- tanrataplanchischasrischitacticchaspafzaspunzas.

Pájaros, supongo, monos, papagayos, pericos, leones, elefantes, la pantera rosa, las marabuntas y cientos de ratoncitos de variadísimos colores. La cuestión ahora consistía en desprenderme y bajar.

¡Hechos y no palabras!

Estiré un brazo y supe el significado de tener un miembro dormido mientras te encuentras despierto, lúcido, listo para emprender la marcha. No me obedecía. La sublevación justo en el momento más crítico de mi vida.

Y el otro, el roto, y las dos piernas, y el tronco, los pies, decidido a mostrar estrellitas refulgentes al más mínimo movimiento. ¿Estaría hecho mermelada, roto por arriba y por abajo, quizá muerto?

De pura desesperación volví a llamar a Toma, al teniente, a gritos, a muchos gritos. Pedí socorro, help, sos, mayday, mayday. Rezaba a borbotones: no sé de dónde me salieron tantos santos y tantas oraciones de carrerilla. Me puse a llorar, a llorar a mares, a verdaderos mares oceánicos.

Me dormí o desmayé de nuevo.

Al abrir los ojos, un montón de cabecitas marrones con el pelo negro grueso y mal peinado, nariz achatada y ojos amarillentos me examinaba desde todos los ángulos. No eran angelitos rubicundos, sonrientes y cariñosos.

Eran… ¡Jíbaros! ¡Reductores de cabezas! ¡Caníbales! ¡Chunchos! ¡Salvajes!

¡Dios me agarré confesado! Y apagué de nuevo la luz.

¡Hechos y no palabras!

Al abrir de nuevo los ojos me encontré echado, desnudo, acomodado en una desvencijada canoa, con una red tupida de caña y liana cubriéndome. Otra liana más gruesa sujetaba la nave presidencial a la orilla, supuse al notar su balanceo y su inmovilidad.

Traté de sentarme y no pude ni levantar la cabeza. Con gran dolor intenté alzar un brazo, y lo vi forrado con un mazacote de yerbas y barro; para mi estupor, el resto del cuerpo lo tenía igual.

¡Hechos y no palabras!

Deberé disculparme: la primera idea fue el convencimiento de estar siendo adobado con el propósito de transformarme en el manjar principal de una gran fiesta de bienvenida.

Moví un poco ambas piernas, el otro brazo, la cabeza; casi nada, quizá un centímetro, con gran dolor, pero se movían. Un golpe de aire hizo temblar la canoa.

Se volvieron a apagar los focos.

No sé cuánto tiempo después abrí un ojo y me di de sopetón con las carotas de dos salvajes sonriendo. Estaban mirándome desde otra canoa, bien agarrados a la mía.

Uno de ellos metió una caña en mi boca, a fondo, tocando la campanilla, y sentí bajar un líquido hirviente por el esófago. Los salvajes se rieron. Me estaban llenando de un brebaje con la finalidad de hacerme expulsar lo que tuviera dentro, incluidos hígado, páncreas, intestinos, ácidos gástricos y pulmones.

¡Hechos y no palabras!

Apenas terminó uno, el otro me volvió a abrir la boca para zamparme en la parte interna de cada mejilla una bola vegetal, chica, áspera y en extremo ácida, acidísima. Se me escarapeló el cuerpo.

¡Estaba convertido en pura carne de gallina!

¡Dios mío, qué estaba pasando!

Los salvajes volvieron a reírse, me pellizcaron con fuerza en el brazo y se fueron hablando en un idioma incomprensible, caratajnosmecacacomercajaualplacakintínjocaal.

Miré el cielo y vi a por lo menos a ochenta Magdalenas llorando a moco tendido por mi estado: adobado, vaciado por dentro, con la carne a punto de caramelo, tierno, y tostándome sobre una canoa en el mismísimo Amazonas.

Grogui, miraba el cielo, sólo el cielo, y lloraba y continuaba llorando, tristísimo por suponerme muy joven para cascarla de manera tan burda e incivilizada. ¿Qué diría mi madre al saberlo, y Nonoi, y Agustín, y María Marta y la Virgen María?

¡Hechos y no palabras!

No sé si es de dominio público una serie de la tele llamada El fugitivo o Hunk o Los marcianos llegaron ya. Pues eso me pasó a mí.

Motivado por mi rabia, mi llanto, la ayuda celestial y sin olvidar a mi naturaleza imbatible e inesperada, mi cuerpo comenzó a hincharse, a crecer lleno de músculos, colorines, y otros músculos inmensos.

¿Sería alérgico a los menjunjes jíbaros? ¿Crecía en vez de achicarme?

Pulipulapunchinsen. Nanyanaya, beata del alma mía, apiádate de mi corazón pecador e incierto.

Fue terrible.

Se desbarató la canoa, voló por los aires la supuesta red y yo salí disparado cual pajarote asustado para estrellarme en la mismísima copa del alcornoque más próximo a la orilla.

Al instante el buen árbol se encontró rodeado de millones de indiecitos marrones, peludos, mal peinados y calatos (bueno, con su trapito colgándoles por delante, todo debe decirse). Miraban hacia arriba, me señalaban, gritaban asustados y corrían de un lado a otro pareciéndome, desde mi altura, pericotitos locos.

Yo sonreía despreciándolos. A ver quién se atrevía a subir para agarrarme.

¡Hechos y no palabras!

No me dolía nada, me sentí en la mejor de las formas y valiente, yo solito.

Pero, cáspita, truenos y rayos, estaba inmenso, gigantesco, medía al menos cuatro o cinco metros a ojo de buen cubero; pintarrajeado al arco iris; desnudo, igualito a cuando me trajo mi madre al mundo, sin trapito ni algo similar; llenó de músculos, parecido a Charles Atlas, el rey del culturismo de medio mundo y estrellas circundantes; en fin, era semejante a Hunk, el fugitivo o a los marcianos.

Levanté los brazos y grité a pleno pulmón algo aproximado a cuando se cantan rancheras; después recordé a Tarzán, y entonces inicie el golpeteo del pecho como suelen hacer los orangutanes y a gritar auuuaaaaa, auuuaaaaaa, usurpando el lugar del rey absoluto de la selva.

Mientras lo hacía, buscaba de reojo una liana para iniciar mi vuelo por las copas de los árboles y completar el cuadro, pero nada, no la habían puesto, quizá más abajo; sí, sí, sí, pueden jurarlo: yo no bajaba ni aunque estuviera chiflado. ¡Adiós papeo, muchachitos! ¡En la puerta del horno se quema el pan! Jajajaja. Y en ese momento, igual a cuando se revienta una lona llena de agua, cayó un tremendo chaparrón sobre mí.

¡Hechos y no palabras!

De golpe y porrazo me di cuenta de una cosa asombrosa, de dos, mejor: primero, la lluvia no me mojaba y, segundo, yo también me veía subido en la punta del alcornoque, sintiéndome lejos, sabiéndome otro. Era igual a verme en la tele, pero impermeabilizado.

El otro gritaba, se movía, alzaba los brazos, se balanceaba y miraba a los chunchos danzando alrededor del tronco, y yo veía lo mismo, desde la distancia apropiada, medio dormido, como si el pleito fuera con otro.

Ya está, me dije, los chunchos me han pichicateado con sus polvitos mágicos y me han reducido la cabeza y por eso veo todo en tercera dimensión. ¿O me habrán dado ayahuasca, el menjunje nativo capaz de convertir en putas a las supuestas señoras? En fin, el acabose.

Estaba sumergido en mi depresión particular, disfrutándola a fondo, cuando vi una mano marrón avanzar de dorso hacia mí. Los dedos se le movían igual a las bailaoras de flamenco cuando tocan castañuelas. Se detuvo a dos o nueve milímetros de mis ojos y comenzó a girar, palma, dorso, palma, dorso. Ya no podía verme en la punta del alcornoque.

Sentí, me supe echado, haciendo el cojudo, inmóvil en la bendita canoa de marras con su canastita encima.

De pronto, sin decir agua va, se me acercó, cayó en primer plano, a plano completo, a color café, la cara más hermosa vista en mi vida. ¡Dios mío, la virgen María!, creí gritar.

Y me puse a rezar sin parar, y si no me arrodillé fue por la absoluta imposibilidad de hacerlo.

La hermosa faz celestial se fue esfumando y una lluvia de fuegos artificiales adornó el cielo de millares de colores.

¡Hechos y no palabras!

¿Alguien podría dudar de mi condición de muerto, refrito, futudo? ¿Quién me lloraría ahora, en medio de la selva y con mis pecadores despojos carnales manipulados por unos verdaderos salvajes reduce cabezas?

De nuevo se apagaron las luces y una amigable oscuridad me llevó a su seno.

Se me volvieron a abrir los ojos y me encontré colgado de un árbol, y para remate seguía igual a como mi madre me trajo al mundo.

No quiero adelantar pascuas y debo reconocer, sin vanagloriarme, mi hartazgo y mi requete hartazgo por ese persistente abrir y cerrar de ojos.

Pero, la verdad, justo en ese especial momento hubiera preferido continuar con los ojos cerrados.

Estaba suspendido a unos dos metros del suelo, colgando de unas lianas amarradas en mis axilas.

Abajo mío, varios niños me miraban y al verme abrir los ojos, se pusieron a reír a carcajadas y a dar saltitos y grititos.

Saltaban en plena excitación.

Del fondo del poblado, a unos cincuenta metros de mi forzada levitación, salieron corriendo ocho mil chunchos, riéndose, hablando, dando brincos y, ¡hechos y no palabras!, llevando cada uno de ellos largos palos, semejantes a garrochas, en las manos.

Me acordé de los versitos familiares de largo largo está colgando; mira mira está mirando; si largo largo se cayera; mira mira se lo comiera.

Y acto seguido me sentí un auténtico pavo rostizado.

No sé qué habrá pasado con los 7,993 chunchos, a mi lado sólo llegaron siete, con los palos, claro, con sus palos, y tres eran mujeres, chunchas.

Me miraban y se reían, se daban palmazos como si fueran jugadores de basket o miembros de una pandilla de Brooklin.

Yo alelado, inmóvil, haciéndome el muertito por si acaso, con los ojos semicerrados y una mueca de dolor en los labios.

Y en plena reidera, uno de los chunchos viejos levantó su palo, puso la punta en mi espalda y dio un empujón, convirtiéndome en súbita perinola.

Yo girando, maldiciendo, soltando insultos a diestra y siniestra, mareándome, sintiendo revivir a mis articulaciones y desintegrándome vivito y coleando.

No es broma, mi cuerpo estaba forrado con un barro lleno de hierbas e insectos muertos, y en ese instante sentí un desprendimiento corporal desparramándose por la ley de la atracción universal.

Cuando disminuyó la velocidad de mi rotación sobre un punto, el palo volvió a subir y me empujó otra vez, esta vez en plan columpio, lo cual ya no era tan terrible de aguantar.

Al rato sentí que comenzaba a bajar de los cielos con extrema lentitud y cuidado.

Los millares de chunchos levantaron los brazos y me agarraron de los pies, de las piernas, del tronco y la cabeza, hasta posar mi humanidad en tierra, con los pies bien asentados sobre ella.

Todos reían.

Yo también reí.

¡Hecho y no palabras!

¿Cuál sería el paso siguiente?

Me soltaron.

Caí cual tabla, a punto, recto y sin contonearme.

 

Ese mismo día, al atardecer, me vestí de chuncho.

Una especie de falda escocesa, formada con ramitas muy resistentes y una liana haciendo de cinturón.

Me colgué del cuello unos collares de hojitas y me dije ya está, listo para presentarme en sociedad.

No tenía nada más que ponerme encima o abajo; sin duda resultaría inadecuado comenzar a interrogar por el destino de mis zapatos, mi reloj, mi cartera y mis anteojos de lectura.

Al anochecer, la tribu en su integridad inicio la prevista ceremonia cinematográfica de sentarse en círculo -no, no había fogata chisporroteando-, a fin de rezar o escuchar cuentos.

Entonces, instalado yo también en una discreta segunda fila, vi a cerca de cincuenta chunchos levantarse uno a uno -hombres y mujeres, con los niños de yapa-, acercarse donde yo estaba con mi cara de idiota y, sin permiso ni sonrisas, arrearme una palmada en la frente -unas más fuertes, otras casi sin tocarme y otras, malvadas, abarcando parte de la nariz.

Después escuché unos murmullos con cierto ritmo, unas conversaciones en una lengua incomprensible en cada uno de sus sonidos, y, a su aire, cada cual fue echándose a dormir.

Yo los imité, y de inmediato me dormí como una piedra, sin pastillas.

Al despertarme, estaba cubierto por grandes hojas de plátano y con el sol dándome perpendicularmente: mediodía, me dije.

Me puse en cuclillas haciendo un ruido estrepitoso de huesos y articulaciones.

En ese instante, cual si hubiera escuchado campanas de llamada, se materializó a mi lado una chuncha vieja con un cuenco lleno de un líquido lechoso.

Horrible, pero lo bebí hasta verte, Jesús mío.

Acto seguido, agarrándome de la mano, me llevó al borde del río, unos cien pasos a ritmo de castañuelas, incluyendo el resonar de cada uno de los huesitos de la cabeza.

No había un centímetro de mi cuerpo ajeno al dolor.

¡Hechos y no palabras!

Ahí, con un gesto, me ordenó de meterme al agua.

¿Y las pirañas, y los cocodrilos?

Yo le hacía cualquier cantidad de aspavientos, y la chuncha, nada, seguía imperturbable haciéndome el mismo gesto.

¿Qué hacer?

¡Al agua, patos!

Me quité la minifalda y me metí al río, en la orillita, bien sentadito y salpicándome la cabeza de rato en rato.

Me froté de íntegramente: era exactamente igual a sobar sobre carne viva.

Mis dos o tres tentativas por salir de remojarme fueron frustradas por la chuncha mediante el simple arte de apoyarse sobre mis hombros, evitando así la posibilidad de levantarme.

Era obvio: mi lavado matinal aún no había concluido.

La chuncha se empeñó en obligarme a untar mi cuerpo con el barro de la orilla (informaré a los interesados en estos temas: el pichulín apenas llegaba al centímetro y los huevos parecían de picaflor).

Obedecí.

Me cubrí de barro hasta por debajo de las uñas.

Además permanecí cerca de diez minutos, en pelotitas, embarrado y muerto de vergüenza, esperando la concesión de la gracia para quitármelo de encima.

Al concluir la ceremonia higiénica, me volví a vestir de chuncho y regresamos a la explanada.

Ahí alguien, no sé quién, me entregó una hoja grande conteniendo ensalada y algo de carne picada.

Agarré el primer bocado con la mano y me entraron unas espantosas arcadas de colores: veía pétalos, hojas, tronquitos, raíces, gusanitos, hormiguitas, carne en pedacitos, alguna uñita, ¿un ojito?, algo semejante a un caracol sin concha, ese espantoso animal baboso…

Hice un gesto de rechazo y, ¡Dios mío!, la chuncha se puso a dar gritos, con lo cual obtuve la atención de todos los chunchos de los alrededores, más pájaros y animales salvajes, y la insoslayable voluntad de comérmelo en dos segundos rapidísimos.

La chuncha se partió a carcajadas y me dejó parado en medio del descampado.

¡Hechos y no palabras!

 

Ignoro cuánto tiempo habré permanecido en ese estado de sonambulismo.

Me levantaba, bañaba, comía lo que me daban y dormía cuando los demás dormían.

Tenía una vida estupenda.

Todo regulado.

Mi chuncha hacía conmigo lo ordenado y lo correcto.

La obedecía al cien por ciento.

Apenas le oponía la más mínima resistencia, empezaba a gritar y los chunchos a reír y saltar.

Ella a veces me hablaba y yo le soltaba inmensas parrafadas.

Al principio traté de comunicarme con ellos actuando como en las películas.

Me tocaba el pecho y decía, "yo, Tola; yo, Tola".

Ellos me miraban y sonreían poniendo cara de tontos. En la noche, a la hora de circunferenciar con la finalidad de murmurar, hablar y dormirse, los chunchos, a coro, se tocaban el pecho cantando "yo, Tola; yo Tola", y me miraban con el aplicado orgullo saliéndoles por las orejas.

Igual me pasó con agua, sol, comida, árbol, flores, monos, papagayos, chunchos y miles de palabras que me inventé.

El campamento entero repetía a coro mi intención de hacerles comprender palabras castellanas y abrir así la posibilidad de comunicarnos.

Pero nada.

A ninguno de ellos se les ocurrió decirme, "yo, Toro sentado; "yo, Flor del valle", yo, Bruja del árbol o Pez de la resurrección".

Nada.

Durante el santo día vagaba por nuestro lugar (lo llamaba sitio, espacio, terrenito y nunca campamento o pueblito), contemplado por viejos, viejas, niños y mujeres en edad de merecer.

Buscaba con desesperación una sombra donde sentarme o echarme.

¡Hechos y no palabras!

En la playa, al estar tendido en la arena, tostándose al sol, cubierto por la más grande variedad de cremas que un chuncho pueda imaginar, existe la posibilidad de levantarse cada cierto tiempo, dar una carrerita al mar, bañarse -refrescarse es el término apropiado- y vuelta a comenzar.

En la selva no es así.

Te rodea, respiras y se mete en tus pulmones, un aire caliente, cocido por el sol; es idéntico a estar cercado por una materia real, digamos, un algodón finísimo; eso, casi es literal: vives palpando el aire de tu alrededor y sintiendo la forma como va penetrando en tus pulmones.

Puedes esconderte bajo tierra, buscar una sombra inmensa, quitarte la ropa, pero seguirás sudando y tocando el aire caliente de tu pedacito de mundo.

Una vez probé refrescarme en el río: ¡el agua era caliente!, bueno, tibia, lo cual sigue siendo unos grados más cercanos al agua caliente y no a la fría.

Algunos días llovía a chaparrones, caían gotas del tamaño de piedras, qué va, de ladrillos.

¡Hechos y no palabras!

Te refrescabas, vaya si te refrescabas.

La tierra, el suelo, ese extraño conglomerado medio oleaginoso sobre el cual asentabas tus pies descalzos, era tibio a los cinco minutos y caliente a los diez.

Además, la lluvia podía matarte sin darte la oportunidad de enterarte.

Se iba amontonando gota a gota junto a los parásitos de las hojas de los árboles, y cuando estabas más distraído, cataplum, se rompía por el peso una rama inmensa, se te venía encima, directa a la cabeza y, para colmo y vergüenza familiar, morías hecho una sopa.

Al terminar la lluvia, ni un solo animal se mantenía en silencio.

Se organizaba una destemplada chillería capaz de romperle los nervios y los tímpanos al más cuerdo (similar, y tal vez más histérica, a la explosión cantora del amanecer y el oscurecer).

Aceptando la sabiduría milenaria, no hay dicha que dure cien años ni cuerpo que lo resista.

Una mañana, al despertarme, pensé, "carajo, qué hago yo aquí".

Los días comenzaron a pesarme como costales de piedras, los marcaba en un árbol, trataba de improvisar alguna cuenta del tiempo, buscaba saber algo sobre el más absoluto vacío.

Uno de mis primeros actos independentistas fue licenciar a mi chuncha matinal, rechazar el menjunje cotidiano, y empeñarme en hallar un chuncho capaz de hablar castellano o tener por lo menos la ligera sospecha del significado de mis gestos, muecas y señales esotéricas.

Durante el día el lugar tenía un claro signo geriátrico y femenino; recién en la noche regresaba la juventud masculina (¡vaya uno a saber de dónde!).

Durante tres o cuatro noches traté de hacerme entender cara a cara con los chunchos: no había modo.

Nunca fui invitado a los paseos diurnos de los guerreros, cazadores o turistas de la tribu, y por lo tanto el día lo pasaba recostado sobre el árbol elegido a servirme de cuaderno de notas, en la más completa y radical depresión literaria.

Jamás mis horas duraron tanto y fueron tan lentas e inútiles.

No tenía una salida o escapatoria a la vista.

Echarme dentro de una canoa y dejarme llevar por la corriente: ¿adónde?

¿Norte o Sur, Este u Oeste?

Meterme a la selva y caminar, caminar buscando encontrar un foco de civilización occidental; bien: aparte de ignorar cuál rumbo seguir, ¿cuántos días podría durar mi caminata y cuánta fuerza y cuánto ánimo tendría ante la obligación de abrir trocha a cada paso de avance?

Hacer una inmensa fogata, un terrible incendio selvático capaz de obligar al ejército peruano o de cualquier otra nacionalidad circundante a sobrevolar e investigar la catástrofe ecológica, era una efectiva y canallesca posibilidad, pero de dónde sacaba la sapiencia capaz de permitirme iniciar la espectacular hoguera india contemplable a millones de kilómetros de distancia.

¡Hechos y no palabras!

No estaba aún resignado a esa eternidad, y a pesar de esa pequeña chispa de esperanza me resultaba muy fácil imaginar un futuro en donde desempeñaría el papel del sordomudo incomprendido de la tribu, el guardián de los niños y el eunuco consentido de todas las chunchas de los alrededores y del mundo.

Veintidós marcas hice en el árbol.

Es difícil vivir así, mantenerse con vida y no mandar todo al diablo.

Son días blancos, absolutamente blancos; días en los que no sucede nada, nada de nada, y si algo acontece es la repetición de algo que ya sucedió sin alterar nada.

Es vivir en el vacío, sentado en el vacío en la más completa incomodidad.

Resulta imposible conversar sobre cualquier elemental tema, ni del clima, digamos.

Alrededor de uno sólo hay sonrisas, golpecitos en el brazo, chunchas calatas, chunchos calatos, niños con mocos, más sonrisas y palabras incomprensibles.

Pensé en entretenerme construyendo una cabaña, pero carecía de la fuerza capaz de romper a brazo limpio una rama del árbol frondoso.

Esa lluvia actuando durante unos minutos de guerrillera sorpresiva, para acto seguido desaparecer y regresar en el momento más inesperado a continuar empapando el mundo.

El aire, el comestible aire en el cual te hallas sumergido desde los pies a la cabeza.

Es una experiencia terrible.

¡Hechos y no palabras!

Un día escuché una gritería tremenda de las mujeres y los niños, apoyada por el entusiasta coro de animales selváticos, felices de prestar su colaboración.

Me aproxime lentamente, arrastrando los pies y jalando mi anatomía a ver la razón de tan inesperado alboroto: quizá un niño siendo comido por un cocodrilo, una mujer chapoteando en medio de una manta de pirañas, la aparición de una anaconda come chunchos, el cuco, cualquier cosa.

Pues no, ni más ni menos era ¡una lancha del ejército peruano haciendo un patrullaje de rutina!

Empujando a las mironas, abriéndome paso, semejante a quien a machetazos va creando su propio espacio por la selva, me puse en primer plano y grité ¡socorro, sálvenme, mayday, mayday, eseoese, hey, aquí, mírenme, mírenme!

El capitán al mando o un marinero -qué Dios lo llene de dones- tocó la sirena o la trompeta triunfal de la barcaza, la cual hizo un giro de 90 grados y comenzó a enrumbar hacía donde yo estaba de pie, agitando los brazos, rodeado de chunchas, alto, flaco, con el pelo largo, unos pelos espantosos cayéndome por la barbilla fruto de mi lampiñismo y, ¡hechos y no palabras!, vestido de chuncho común y corriente.

Mientras miraba cómo se iba aproximando el Arca salvadora, mis chunchas, niños y ancianos incluidos, desaparecieron de golpe y porrazo.

Voltee a mirarlos con la intención de despedirme y no había nadie, nadie de quien despedirme, ninguna chuncha a quien soltarle un par de besos en la mejilla, ningún niño al cual darle unas palmaditas cariñosas en su cabecita de puercoespín, o, de pérdida, un viejito o viejita al que pudiera avergonzar con un abrazo y cosquillas en el ombligo.

A la hora de irme, nadie estuvo a mi lado diciéndome adiós con lágrimas en los ojos y agitando un pañuelito bailarín.

Estaba solo, al borde del río, con el agua llegándome a la cintura, ansioso por subir a una lancha militar y regresar a la civilización, sintiéndome igual a un verdadero chuncho feliz capturado por el hombre blanco en una de sus cacerías antiecológicas.

Fue una terrible experiencia.

Algún día anotaré el resto.

No sé por qué debo recordar estas cosas.