DURMIENDO EN HUANCAYO

 

 

No sé si usted en alguna etapa de su vida fue servilletero, es como una enfermedad común entre los jóvenes. A veces se comienza en la propia casa y se sigue con lo que se va encontrado en los ómnibus, el lunes femenino de los cines, en el supermercado o donde te pasen al lado. Es normal, a los chicos le resulta fácil para aplacar sus ardores y las muchachas se enamoran a veces o se llenan de sueños románticos; tampoco faltan las vampiras, las que tratan de chupar todo lo posible antes de que las despidan.

Las madres son inconmovibles en el castigo que ellas creen sanitario. Una vez, cuando aún estaba en el colegio, agarré una terrible gonorrea, cuando el farmacéutico pasó por la casa a entregar unas medicinas, le dije en voz baja que estaba quemado y que qué me aconsejaba. Penicilina, me respondió. En la tarde fui a la farmacia, me puso una inyección y al día siguiente como nuevo. Sí, creo que habré estado quemado cuatro o cinco veces, incluso una vez me equivoqué y lo atribuí a una chica que no tenía porque estar quemada. ¿Y ladillas? Bueno, eso es más corriente y se matan fácil. No recuerdo si las cogí o no.

Después de esta amena introducción, pasaré al argumento:

No logró situar la historia: no sé si fue en Huancayo o en Huánuco, pero debe ser en una de las dos. Tampoco recuerdo la razón para estar ahí. La cierto es que llegué y me alojé en la residencia de un ingeniero amigo que estaba ausente. Bueno, residencia tal vez sea una exageración. Si, fue en Huancayo. Era una mina. El ingeniero era Alejandro Valcárcel, buen amigo hasta su muerte en un derrumbe en esa misma mina. Yo estaba ahí huaqueando. No conseguí gran cosa, pero sí unos diez huacos de enfermedades faciales, moldeadas a la perfección. Los doné al museo. No era ese tipo de huaco la razón de mi búsqueda. Que-ría otra cosa, después te lo contaré con detalle.

Una vez estuve en casa de una amiga que tenía colgadas de las paredes, como tapices, unas magníficas telas de Nazca, creo que eran de Nazca. Nunca he sido bueno para la obstetricia (es una broma). Bueno, la amiga esta tenía unas telas preciosas; desfalleciente de amor, licor y mejores intenciones, me preguntó si quería que me obsequiara una de recuerdo. Es ese tipo de obsequio del que al día siguiente te arrepientes y si te es posible hasta eres capaz de llamar para pedir la devolución. ¿Cuánto podrá costar una de esas telas? Ni idea, pero con seguridad que no son baratas. Los huacos son otra cosa, además de la falsificación...

Bueno, llegué, el capataz, por instrucciones ya recibidas, me abrió la casa de Alejandro y dejé ahí mis maletas. No hay gran cosa que ver en un asentamiento minero. En los socavones estaban trabajando, pues al asomarme oí ruidos y palabras sueltas. Di un par de vueltas a media luz, después agarré el jeep y me fui a Huancayo.

Olvídate de pueblitos serranos. Por lo que recuerdo era una ciudad como cualquier otra. Edificios modernos y grandes, tiendas, conglomeración de coches. Me metí a un restaurante típico y me comí un par de hamburguesas con papas fritas, salsa de tomate, cátchup, y dos cocas. Era la oferta del menú.

Bueno, al salir choqué con una serranita vestida como puta. Lo mejor eran sus cachetes, rojos, rojos sobre un campo de trigo, trigueña. También tenía unos bonitos ojos café, sus dos trenzas, y las piernas y los brazos en carne de gallina. No llegaba a tiritar, pero se veía que estaba helada. Repuestos los dos de la sorpresa del choque, ella me dijo:

-¿Lo acompaño, patrón?

-¿A dónde, chiquita.

-Usted di, yo te sigo. Para eso lo acompaño pues…

-¿Qué edad tienes, muchacha? ¿Quince?

-No, patrón, los veinte. ¿Quiere mi carnet? No me tomó bien el fotógrafo, pero se nota que soy yo misma, su servidora. Pero yo lo acompaño. Será noche de frío (decidí, disculpa, suspender mi pretensión de copiar el castellano de los indígenas porque no me sale y nunca me ha salido). -Bueno, te sigo contando:

-Sí -le dije-, ¿y a cómo será la pedrada?

-Unos veinte dólares.

-Cincuenta soles, es mucho.

-Para toda la noche. Dormir calientito.

-Estoy en la mina…

-Eres minero o turista.

-Turista.

-Entonces que sean cuarenta.

-¿Una rebajita?

-¿Por qué?

-Te bajas a cuarenta soles.

-No, cuarenta dólares.

-¿Duplicas? ¿No es mucho?

-Sí, pero tu ser turista.

-Bueno, bueno, vamos a la mina.

- Y como sé que eres buen hombre y no matador.

-¿Tengo cara de criminal?

-No, pero el destino de las chicas malas es terminar en las garras de un asesino o enfermas en un hospital. Tú no tienes cara de enfermo ni de asesino; vamos pues.

Y nos fuimos caminando hacia el jeep.

Le pregunté:

-¿Desde cuándo haces la calle?

-Medio año. No tres años. No, medio año. Lo que pasa es que me han dicho que mejor es aumentar el tiempo para hacer creer que tengo mucha experiencia en dar placer.

-¿Al qué…? Bueno, ¿cómo te llamas?

-Lulú.

- Caray, tu nombre de verdad. No te puedes llamar Lulú.

-Es el nombre que me dieron. El patrón dice que es mi nombre de combate.

-¡¡Ahhh!! Pero el que te pusieron tus padres cuál fue.

-María Rosario de las Panderetas.

-¿Cómo? –pregunté asombrado.

-Es verdad, patrón, así me pusieron mis papis.

-Pero cuando tu madre o tus hermanas te hablan no dirán Oye, María Rosario de las Panderetas, ven aquí.

-No, señor, no, me dicen Pan. Y mi papá me dice, eres buena como el pan, hijita. Ya se murió mi papá, ahora vivimos con mi madre y un primo suyo. Somos cuatro hermanas. Yo soy la grande. ¿De verdad quiere que le cuente mi vida?

-Si quieres… te escucho.

-¿Por qué me hace tantas preguntas? Los hombres no acostumbran preguntar tanto. Sólo el nombre y cuál es mi gracia.

-¿Y cual es tu gracia?

-Bailar como la Tongolele.

-¿De verdad?

-No, es broma.

-¿Y a quien le das tu dinero?

-¿Cómo?

-¿Quién te cuida? ¿Quién te protege?

-Mi papá, pero ya se murió. A veces viene mi tío, pero no siempre. Hoy no.

-¿Has estado antes en la mina?

-Sólo en fiestas dos o tres veces nomás.

-¿Fiestas?

-Si, festejan el día de la patrona, el santo del jefe, cuando abren un túnel. Habré venido dos o tres veces… invitada.

-¿A trabajar?

-No. De compañía de Toribio.

-¿Y quién es Toribio?

- Otro tío.

-Ahhhh…

-Pero en las noches trabajaba cuando ya estaban borrachos y pagaban. Se hacía buenos billetes.

-¿Cuánto ganas en una noche?

-No sé, a veces diez soles, otras veinte, otras a treinta. Depende de cuántos me lleven.

- O sea hoy te saldrá como si te hubieran llamado diez tíos.

-No sé. Aun no he hecho los cálculos. Mi tío es quien sabe. Mi mamá le da el dinero para que lo guarde. A veces, cuando le hago caricias,mi mamá llora…

-¿Por qué?

-Usted pregunta mucho, patrón. No me haga más preguntas.

Había en su voz un tono entre resentido y triste. Miró a otro lado por la ventanilla. Tal vez estaba llorando. No lo sé. No hablé ni hice preguntas durante el resto del camino. Al llegar a la mina me fui directo a la puerta de la casa de Alejandro y ahí bajamos los dos. Mañana, en la mañana, temprano, trataré de salir discretamente para evitar comentarios. Todos deben conocer a Lulú, me imagino.

No bien entramos, se me ocurrió preguntarle si quería una copa para alejar el frío. Casi nunca tomo, pero ahora si, me contestó; después se puso a elogiar la salita de Alejandro, la habitación, el baño, la cocinita. No encontraba ni una botella de licor. Después de un tiempo, apareció entre su ropa interior una botella de Chivas bien tapada por calzoncillos y calcetines. Me serví, me la tomé de un solo golpe, como en el oeste; le serví a ella y a mi otra vez. Son eses vasos chiquitos que la gente le ha dado un espantoso nombre: chupitos. En mi país un chupo es un grano grande con mucha pus, feo; chupito algo semejante pero de menor tamaño, pero igual lleno de pus. Ella no dijo nada y se le bebió como en el oeste; yo seguí así. Serví dos más, y como en el oeste. Al quinto paramos. ¿Ya quieres que me desnude?, me preguntó. Golpea el trago ese, comentó, y se fue hacia el dormitorio. Dicen que en la sierra le gente no se embriaga tan fácilmente como en la costa. No sé. Yo ahora no sentía nada, pero cinco, seis traguitos no emborrachan a nadie. Desde el cuarto dijo, yaaaa.

Media hora después ella dormía y yo estaba soñoliento. Eran como las doce de la noche, el nuevo día comenzaba. Vi la luz prendida de la salita, pero me dio flojera ir a apagarla. Ya estaba comenzando a dormirme, cuando sonó un largo pitido, intermitente. La chica dio un salto y se quedó sentada, mirando a todos lados y sin saber qué pasaba y dónde estaba. Después dijo:

-Disculpa, me dormí. ¿Quieres otro coito?

-No, así está bien, María Remedios de la Pandereta.

-No, María Rosario de la Pandereta, por la Virgen del Rosario.

-Ahhh.

-Cuando alguien alquila una mujer para toda la noche, puede hacer cuantos coitos quiera. El tiempo de ella es del que paga. Una tiene que obedecer. A veces te piden cosas raras como que te des la vuelta o chupes el pene. Yo lo hago pero no me gusta: uno duele y lo otro me da asco. Pero debo obedecer. ¿Tu quieres algo así? Si quieres te lo hago con gusto, contigo no me importa. Desde que te vi me gustaste, te lo juro por mi mamita linda.

No sabía cuanto había de ingenuidad o de sapiencia en lo que decía. Parecía inocente pero igual era puro teatro.

-Cuanto tiempo te quedaras en la mina.

-Mañana me voy, sigo rumbo hasta donde llegue, después regresaré aquí, a la vuelta. No en cuanto tiempo, una semana, dos, un mes.

Era verdad, sólo quería hacer kilómetros por la sierra, parando para huaquear un rato. Fue un antojo.

-Si quieres me voy contigo.

-No es mala idea.

-Al final, me regresas aquí.

-Claro.

-¿Y me llevarías a Lima también?

-Claro, María Remedios, claro.

-María Rosario. Le avisaré a mi mamita.

-Bueno.

-Quieres que ya durmamos.

Se acomodó a mi cuerpo y su calor me sirvió parta ir quedándome dormido poco a poco. Ella comenzó a roncar, despacito, pero roncaba.

A las seis nos volvió a despertar el pitido de la llamada al trabajo. Esta vez fuimos dos los que dimos un salto y nos quedamos sentados. Eran las seis de la mañana. Una buena hora para levantarnos. Nos duchamos juntos. Tenía un bonito cuerpo, bastante proporcionado. Ella me enjabonó a mi, pero no quiso que yo la enjabonara a ella. ¿Sabría lo que es la lluvia dorada?

Mientras nos vestíamos dijo que le gustaba mucho la casa. La mina no me gusta, pero sí viviría aquí, contigo. Subimos al jeep y nos fuimos. El capataz no estaba a la vista. Mejor así.

Durante el regreso a Huancayo hablamos del viaje que ha- ríamos juntos. Yo fui el que saqué el tema. Ella me pareció que no lo recordaba. Pero estuvo media fría haciendo comentarios y completamente falsa al mostrar alegrías. No era la putilla de ayer en la noche. Está era más basta, menos ingenua, más pilla. Le pregunté adonde quería que la dejara. En mi casa pues, me respondió. ¿Dónde está? Tú sigue, yo te aviso. Por ahora derecho. Era como si me despreciara; tal vez tuviera razón, no es muy respetable el hombre que alquila una hembra.

¿Aun no me has pagado? ¿Cuánto quieres? Lo que acordamos más la propina. Te daré cincuenta soles. No, dólares. No quise discutir. Siempre es así, a la hora de pagar todo el mundo se achica. Yo no.

Si ya me querías dar menos. Si me descuido me estafas. No, te juro que no. Calla tú, búscame cuando vengas de nuevo por aquí. Supongo que anoche la pasaste bien conmigo. Pero lo del viaje no sé si mi papá me dará el permiso. Haré la prueba, aunque sólo haya sido un polvo. Pero era tu culpa, no podías más, seguro. Espérame frente a la catedral a la una. Si no llegó es porque no me han dejado. Hay que guardar las formas con la familia. Además tengo dos hijas y mi madre no quiere cuidarlas aunque le doy su paga. Una mierda todo esto. Y para qué, para terminar con el cuello cortado por algún imbécil. Déjame aquí.

Paré y agradecí que se bajara. ¿Quéres un chupete? No, así está bien. Tu gusto. Me dio la espalda y se fue caminando vestida de puta y andando como puta. Era un mamarracho. La fregué…, como siempre, la fregué. Son atroces los despertares.